jueves, 11 de abril de 2019

(Día 802) Almagro siguió dándole razones angustiosamente a Hernando Pizarro para que no lo matase. Perdida toda esperanza, dejó en herencia a su hijo la gobernación (bajo la tutela provisional de Diego de Alvarado). No hubo piedad: lo ejecutaron.


     (392) Y siguió el triste ‘regateo’ de Almagro: “No mostró Hernando Pizarro tener compasión ninguna de las palabras del Adelantado, y, con mucha severidad, le respondió que, puesto que era caballero y tenía un nombre ilustre, no mostrase flaqueza. Almagro, temiendo la muerte como hombre que era, tornó a replicar a Hernando Pizarro diciéndole que no le quitase la vida, pues, aunque entonces no lamentase su muerte, en tiempos venideros la lloraría, y la Real Majestad del Emperador, acordándose de lo mucho que él le había servido, lo castigaría. Le pidió también que por todo ello se condoliese de un mezquino viejo que tenía la cabeza por muchas partes quebrada por los golpes que recibió en el descubrimiento de estas tierras, y un ojo menos, y que tuviese piedad, pues a él no le faltó para respetarle la vida cuando lo tuvo en su poder. Hernando Pizarro le tornó a decir que se confesase, porque no tenía remedio para  evitar su muerte”.
    Almagro perdió toda esperanza, y se preparó, después de tantas increíbles aventuras y tantas tierras recorridas, para el viaje sin retorno: “Se confesó con mucha contrición, y, en virtud de una disposición del Emperador por la que podía en vida nombrar sucesor, señaló como Gobernador a su hijo, Don Diego, dejando a Diego de Alvarado (jamás perdió la confianza en él) como gobernador en funciones hasta que fuese mayor de edad. Y hecho el testamento, dejó por su heredero al Rey, suplicándole que hiciese mercedes a su hijo. Y, mirando contra Alonso de Toro (pronto tendrá mucho protagonismo), dijo: ‘Ahora, Toro, os veréis harto de mis carnes’. Las  bocas de las calles estaban tomadas, y cuando se divulgó que iban a matar al Adelantado, fue grandísimo el sentimiento que mostraron los almagristas. Todos los indios lloraban, diciendo que Almagro era buen caballero, del que siempre recibieron buen tratamiento”.
    Siguió imparable el tétrico episodio: “Después de que Almagro hizo su testamento, Hernando Pizarro mandó darle garrote a Almagro dentro de su prisión, porque no se atrevió a sacarle fuera. Y así se hizo. Tras haberlo ejecutado, le sacaron fuera en un repostero (un paño similar a un tapiz), con voz de un pregonero que iba diciendo: ‘Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad, y Hernando Pizarro en su nombre, a este hombre, por alborotador de estos reinos, y porque entró por la fuerza en la ciudad del Cuzco, prendiendo a sus autoridades, y porque fue al puente de Abancay y dio batalla al capitán Alonso de Alvarado, y lo prendió a él y a otros, y porque había hecho delitos y dado muertes’. Fueron grandes las lamentaciones que hacía entonces el virtuoso caballero Diego de Alvarado, llamando tirano a Hernando Pizarro, y diciendo que, por haberle perdonado la vida Almagro, le daba él la muerte. Luego cortaron la cabeza de Almagro al pie del rollo de la plaza. Después llevaron el cuerpo del mal afortunado Adelantado a las casas de Hernán Ponce de León, donde le amortajaron. Hernando Pizarro salió, cubierta la cabeza con un gran sombrero, y acompañaron también el cuerpo generoso todos los capitanes y los hombres más principales, y fue llevado con mucha honra al monasterio de Nuestra Señora de la Merced, donde están ahora sus huesos”.

     (Imagen) LLEGÓ LA HORA. Impresiona el relato de Cieza sobre el triste final de DIEGO DE ALMAGRO. El pobre viejo suplica que no lo maten, y abandona su dignidad militar tratando con desesperación de convencer al soberbio y vengativo HERNANDO PIZARRO. No se trataba de cobardía, sino de un profundo convencimiento de que se iba a cometer con él una gravísima injusticia. Insiste en sus méritos y duros sufrimientos durante los más de veinte años que había dedicado, junto a su compañero Francisco Pizarro, para que, milagrosamente, la campaña de Perú fuera un grandioso éxito. Estaba aturdido porque no podía creer que Hernando Pizarro, a quien, teniéndolo en sus manos, pudo haberlo matado y no lo hizo, a pesar de que se lo aconsejaron repetidamente, sea ahora tan cruel y desagradecido como para quitarle a él la vida. Aunque, probablemente, él jamás, de haberlo vencido, hubiera dado muerte a Francisco Pizarro, cometió el error de no adaptarse a la dureza que exigían aquellas crueles guerras, en las que se trataba de conseguir un jaque mate eliminando al rival. Pero habría bastado con que, en lugar de ejecutarlo, se lo enviaran preso al Rey para que decidiera su destino. Matándolo, avivaron el odio de sus rivales, y provocaron el asesinato de Francisco Pizarro, y otras nuevas guerras civiles. Como muestra la imagen, Hernando Pizarro no se atrevió a ejecutar a Almagro en público. Le dieron garrote vil y, después, le cortaron la cabeza. En cualquier caso, DIEGO DE ALMAGRO EL VIEJO fue un héroe excepcional.



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