viernes, 1 de febrero de 2019

(Día 743) Una vez más, Orgóñez le dice a Almagro que tiene que ser más duro en sus decisiones. Una vez más, Almagro prefiere la diplomacia. A pesar de estar seguro de tener razón, Orgóñez acató siempre, con disciplina militar, las órdenes de Almagro, para perdición de los dos.


     (333) Almagro no se pudo librar de otro sensato, aunque inútil, reproche militar de Rodrigo Orgóñez: “Tomando aparte al Adelantado Almagro, le dijo: ‘Si los capitanes que pretenden negocios arduos y de importancia, mirasen  con temor si los fines fueran prósperos o adversos, no se habrían hecho cosas que causan admiración, y aquellos capitanes que encogen sus ánimos, nunca harán nada. Muchas veces habéis reprobado mi opinión, con la que tan claramente os he dicho lo que os conviene hacer para conseguir el deseo que tenéis de veros en la gobernación que el Rey os tiene señalada, e ahora estáis muy contento por los juramentos e pleito homenaje que se han tomado, e aun parece que estáis muy seguro de que los Pizarro hayan de cumplir enteramente lo que prometieron, sin acordaros de que están entre ellos Gonzalo Pizarro, a quien vos prendisteis en el Cuzco, e Alonso de Alvarado, al que desbaratasteis en Abancay, no habiendo en el mundo cosa que más deseen que verse vengados. Mi consejo es que mandéis ya cortarle la cabeza a Hernando Pizarro, y que os retiréis con vuestra gente a la ciudad del Cuzco, adonde, no tardando muchos días, os seguirá Pizarro con sus hombres. Irán tan cansados por los nevados caminos de la sierra, que, sin mucha dificultad, los podréis prender, y tener en vuestro poder al Gobernador. E creed que ha de ser lo que siempre ha sido: que nunca el vencido dejó de ser tenido por culpable, y el vencedor en su causa justificado (puro Maquiavelo)’. El Adelantado Almagro le respondió que no había que temer que el Gobernador y sus capitanes quebrantasen lo que estaba jurado, y que convenía seguir con las gestiones iniciadas para que no se dijese que él había quebrado el pacto que se había hecho. Y dijo también que, antes de ver la sentencia, no quería retirarse de la ciudad del Cuzco ni matar a Hernando Pizarro, pues se diría que la pasión particular le había hecho vengarse de él”. Es seguro que Hernando Pizarro viviría con la pesadilla constante (desde hacía cinco meses) de que lo mataran en cualquier momento.
     Lo que no tuvo duda fue la absoluta e inquebrantable fidelidad de Rodrigo Orgóñez a Almagro, con quien llegó a Perú y fue a Cajamarca después de ser apresado Atahualpa. Pronto morirán los dos como consecuencia de su derrota en las Salinas. Orgóñez se había labrado un impresionante historial militar tanto en las guerras europeas como en la zona de Panamá. Quizá le mermara brillo público el hecho de que sus padres fueran judíos convertidos. Entre otros inconvenientes, eso le impidió obtener el hábito de Santiago. Él aseguraba que su verdadero padre era un noble apellidado Orgoños, y de nada le sirvió pedirle que lo reconociera en una carta que le envió desde el Cuzo en 1535. Le decía textualmente: "Lo que a vuestra merced suplico es que se entienda que yo soy legítimo suyo por cualquier medio, y por esta vía se podrá haber hábito de Santiago".
     No hubo tal legitimación, pero ni falta que le hizo. Rodrigo Orgóñez sufrió las grandes penalidades y el fracaso de la campaña de Chile. Cuando volvieron, destrozados y con las manos vacías, Almagro vio la salvación en arrebatarle a Pizarro la ciudad del Cuzco, con o sin razón, y lo consiguió gracias, especialmente, a la habilidad de Rodrigo Orgóñez, su magnífico Capitán General, al que siempre apreció, aunque, para desgracia de ambos, no le hiciera caso en todo. Los dos murieron en la batalla de las Salinas.

     (Imagen) El gran RODRIGO ORGÓÑEZ tuvo siempre un obsesivo empeño por triunfar militarmente y por librarse de su condición de plebeyo de orígenes judíos, al que su pretendido padre, un noble de Oropesa llamado Juan Orgoños, no le había reconocido la legitimidad. Le escribió una carta cuando iba a partir con Almagro hacia Chile, en la que mencionaba datos muy interesantes. Presumía, con razón, de ser ya el Capitán General de la tropa, y le suplicaba desesperadamente  a Juan Orgoños que lo reconociera como su hijo.  Para atreverse a semejante petición, tuvo que tener al menos como cosa cierta el hecho de que su madre hubiese sido su amante. Le decía a Orgoños: “El Gobernador Don Diego de Almagro me ha puesto a cargo de su flota naval y parto para Chile como su Capitán General. Incluso rechazó más de doscientos ducados de Hernando de Soto por el mismo puesto. Y, para beneficiarme más aún, ha solicitado a Su Majestad que me conceda una gobernación. Deseo que Su Majestad me conceda quinientas leguas de costa (unos 2.800 kilómetros), para que yo gobierne y sea Capitán General, y me otorgue el título de Gobernador, y también el de Marqués, y me conceda el hábito de la Orden de Santiago. Señor, lo que requiero de vos es que se entienda, por cualquier medio, que yo soy legítimo suyo, para tener el Hábito de Santiago. Por el amor de Dios, atienda mi petición, porque, en lo relativo a la legalización, lo puede hacer a través de un abogado. Su obediente hijo, Rodrigo Orgóñez”. En la imagen vemos que el Rey ordena buscar, para un pleito con Beatriz de Dueñas (madre de Rodrigo), algunas escrituras y cartas que se cruzaron entre Rodrigo Orgóñez y Juan Orgoños.



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