sábado, 9 de febrero de 2019

(Día 750) Los tres pilotos de Almagro dictaminan a su favor diciendo que el Cuzco le corresponde a él. Los tres de Pizarro le dan la razón a este. Carecían de objetividad, pero podían defender su postura porque, contra lo que dice Cieza, el reparto del Rey era impreciso.


     (340) Cieza se equivoca en lo que dice, porque, en realidad, las provisiones  eran confusas, y se produjo el trágico error del que fueron responsables los dos contendientes y sus bandos de partidarios interesados. La ambición los llenó de impaciencia, y decidieron aplicar la ley del más fuerte tomándose la supuesta justicia por su mano. Y así, Pizarro enterró a Almagro, a Pizarro el hijo de Almagro y a éste Gonzalo Pizarro, quien fue luego decapitado por el representante del Rey, muriendo asimismo miles de españoles enfrentados en implacables guerras civiles, que también supusieron una sangría para los indios. Qué diferente habría sido la historia de haber sabido esperar a que Carlos V pusiera con claridad a cada uno en su sitio, algo que, además, podía haber sido cuestión de poco tiempo. Perdió la sensatez y ganó la locura, con la fatalidad de las tragedias griegas.
     Se levanta, pues, el telón, y veremos a Bobadilla enredado en sus dificultades: “Después de que el Provincial Bobadilla hubo visto las provisiones del Rey, mandó a los procuradores que trajesen a los pilotos para que dijesen lo que sabían sobre el límite de las gobernaciones”. Y, de entrada, Cieza nos quita toda esperanza sobre su objetividad: “Vinieron algunos pilotos de la parte del Almagro y de Pizarro (tres de uno y tres del otro), y se puede creer sin pecado que estaban bien exhortados para favorecerlos de tal manera que su gobernador se quedase con el Cuzco, pues cada uno de ellos les había dado esperanzas de concederles repartimientos. El Provincial recibió juramento de ellos, que eran Juan de Mafra, Francisco Cansino, Ginés Sánchez, Francisco Quintero, Pedro Gallego y Juan Márquez. Les pidió que declarasen la altura (latitud geográfica) a la que se encontraba el pueblo de Mala. Y, bajo el juramento que habían hecho, dijeron que habían tomado la medida aquel mismo día, y declararon todos unánimes que estaba a doce grados y dieciocho minutos”. Así que ya sabemos que la situación de la población de Mala no era un problema, porque todos estaban de acuerdo en la distancia exacta a la que se encontraba. Pero empieza la locura. Aparecieron más pilotos de ambos bandos para darle su opinión a Bobadilla en el asunto principal, Cuzco sí, o Cuzco no. Y vamos a entender por qué Cieza se equivoca al decir que  la solución era sencilla y clara. Los pilotos favorables a Pizarro decían que el Cuzco le pertenecía, pero que estaba solamente a unas ¡cuatro leguas! del límite de su gobernación, una distancia tan raquítica en una medida de más de mil kilómetros, que carecía de fiabilidad para zanjar el asunto.  Naturalmente, los partidarios de Almagro lo tenían fácil para defender terca e imprecisamente que se encontraba al otro lado, en territorio de Almagro. Era una cuestión bizantina, donde nada se podía demostrar por la inevitable inseguridad de los astrolabios a aquella mínima escala. Esa fue la fatalidad de una catástrofe anunciada, como indica Cieza: “Los pilotos de la parte de Pizarro dijeron que el Cuzco entraba en su gobernación; de la parte de Almagro se presentaron otros que dijeron que caía en la suya”.

     (Imagen) FRAY FRANCISCO DE BOBADILLA va a resultar un enigma porque tan pronto se muestra sensato y razonable como evidente partidario de Pizarro. Da la impresión de que tendía a imponer lo que consideraba justo desde su propia subjetividad, despreciando las reglas de juego establecidas, con el agravante de que había conseguido que los dos contrincantes, Pizarro y Almagro, prometiesen acatar su decisión sobre el conflicto de los límites de las gobernaciones. Su trayectoria de evangelizador puede servir para confirmar que tenía un temperamento autoritario. No solo evangelizaba apasionadamente, sino que solía tomar decisiones que rayaban en lo fanático. Supo utilizar la psicología de los indios para convertirlos, y, según cuenta el propio Bobadilla en una carta, entre 1528 y 1529 fue capaz de bautizar a 52.558 indígenas, pero con una contrapartida negativa: confiscó todos los pergaminos conservados por los caciques y ancianos de las comunidades nativas, donde conservaban las imágenes de sus dioses y sus cosmogonías, y ordenó quemarlos en una hoguera por contener herejías contrarias a la religión católica, perdiéndose así una parte importante del legado cultural y religioso de los indígenas nicaragüenses. También consta que en 1527 exorcizó el volcán Masaya, por creer que el humo que exhalaba provenía del fuego eterno del infierno. Este hecho se recuerda con la llamada cruz de Bobadilla.



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