martes, 26 de febrero de 2019

(Día 764) Don Alonso Enríquez, en su crónica, nos anticipa brevemente el inicio del enfrentamiento militar en cuanto quedó libre Hernando Pizarro. Cieza lo confirma, mostrando a un Pizarro indefenso ante las presiones de sus hermanos y su gente para que diera la orden de atacar a Almagro.


     (354) Ya vimos que el cronista Pedro Pizarro echaba toda la culpa de lo que pasó a la mala influencia que tenían sobre Almagro sus hombres; sin embargo, Don Alonso Enríquez los ensalza: “Había una legua de distancia entre los  reales de los dos gobernadores. Pizarro tenía ochocientos hombres, todos queriéndonos echar de donde estábamos. Con Almagro había cuatrocientos, que, aunque menos en cantidad, eran más unidos porque habían andado con él mucho tiempo (en la larga campaña de Chile), y venían hermanados y muy endeudados, pues llegó a valer un caballo siete mil castellanos, y asimismo subieron mucho los precios de las cosas necesarias. Y no solo pensaban pagar sus deudas con el amor y larga conversación que tenían con su gobernador, sino ser muy ricos en su gobernación. Por lo que estaban determinados a morir antes que a dejarla”.
     Luego hace referencia a los inicios del fatal enfrentamiento. Almagro se retiró con sus hombres: “El ejército de Pizarro estaba en los llanos, donde nunca llueve, y el de Almagro en la sierra, donde llueve y nieva medio año. Cuando subieron a la sierra los de Pizarro, saliendo del calor y metiéndose en el frío, se marearon, y se retiraron para prepararse y tornar a seguir sus intereses, movidos y azuzados por Hernando Pizarro más que por su hermano, el Gobernador, ya que, como tengo dicho, es hombre apasionado, con poco temor de Dios y del Rey”. Dejamos ya, de momento, con un último párrafo de carácter personal, al también apasionado Don Alonso Enríquez de Guzmán: “Yo, como criado de Su Majestad, siendo persona de calidad y con deseo de ir a reposar (a España) con mi capital de veinte mil castellanos, quince mil que tenía más cinco mil que me dio Don Diego de Almagro, que no son tantos cuanto ha sido mi trabajo, metí toda la paz que pude entre los dos Gobernadores, porque me debía a ambos, aunque servía a don Diego de Almagro”. La última frase no deja de ser caballeresca, porque también demuestra un gran respeto por Francisco Pizarro. Una cosa que llama la atención es que el tratamiento de ‘Don’ era algo obligado con quien lo había adquirido. En los documentos se ve que hasta el Rey lo llamaba siempre Don Alonso.
     Recuperando a Cieza, que se informaba siempre que podía con testigos de los hechos, nos comenta que nadie confiaba en que Pizarro respetara la paz: “Es público, y así lo afirmaban todos, que, cuando Hernando Pizarro llegó adonde los hombres de Pizarro, no hablaban de otra cosa más que de cómo podrían tomar venganza de Almagro. Al saber que había abandonado Chincha, partieron todos hacia allá y asentaron su real, donde Hernando Pizarro, al parecer, le dijo a su hermano que no le convenía a su autoridad que Almagro dejase de ser castigado por el delito que cometió en la ciudad del Cuzco, donde le trataron a él con tanta crueldad. El Gobernador Pizarro le respondió que no olvidaba lo mal que Almagro se había comportado, e que por lo hecho merecía ser castigado, pero que temía la ira del Rey y su castigo. A lo cual respondió Gonzalo Pizarro, su otro hermano, que no era tiempo de tener esos temores, y que Almagro, cuando entró en el Cuzco, nunca tuvo reparo en cómo lo tomaría Su Majestad”.

    (Imagen) A FELIPE GUTIÉRREZ  le voy a dedicar dos imágenes utilizando una carta bien escrita que le envió al Rey. Fue un hombre sensato, aunque quizá demasiado interesado. Luego veremos que le pidió al monarca algo desmedido: que, por haber muerto Almagro, le concediese parte de las tierras peruanas para conquistar él por su cuenta. Quizá se debiera a que había fracasado en una expedición que se le había confiado, como se recoge en una comunicación oficial, del año 1537, en la que se decía de él que “habiéndole  sido asignada  la conquista y población de Veragua, por no tener el aparejo necesario de gente y bastimentos y por otras causas, se ausentó con la gente que en ella tenía y se fue a la provincia del Perú”. Vamos con la carta. Recojo el sentido de la primera hoja: “Nadie ha sabido poner orden en esta tierra de Perú. Vine desde Veragua en socorro de esta tierra (para luchar contra los indios rebeldes), y luego fui por orden de Pizarro a socorrer el Cuzco del cerco de los indios, enterándome entonces de que Almagro lo había ocupado y apresado a Hernando y Gonzalo Pizarro. Luego supimos que también habían apresado a Alonso de Alvarado, enviado por Don Francisco Pizarro con la misma misión de rechazar a los indios. Como lo que era guerra contra indios se mudó a guerra entre cristianos, abandoné mi puesto de Capitán General de la lucha contra los infieles y, por mediar la paz entre los dos gobernadores, requerí al uno y al otro lo que para ella convenía, diciéndoles cuán injusto era su enfrentamiento, y contrario al servicio de Dios y de Vuestra Majestad. Suelto luego Hernando Pizarro, les pareció a él y a su hermano, el gobernador, por la provisión que trajo Peransúrez, que debían recuperar el Cuzco, y lo pusieron en efecto”.




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