martes, 5 de febrero de 2019

(Día 746) Cieza asegura que Bobadilla quería favorecer a Pizarro, quien, según Enríquez, estaba dispuesto a atacar si las mediciones iban en su contra. Enríquez le toma el juramento de pleito homenaje a Pizarro.


     (336) Continuando ahora con Cieza, vemos que, a pesar de su afecto por Pizarro, lo pone bajo sospecha de hacer maniobras para salir beneficiado en la decisión sobre los límites de las gobernaciones: “Cuando llegó al pueblo de Mala, el Gobernador Pizarro puso gran diligencia por atraerse a su voluntad al juez Bobadilla, y en alguna manera se supo que se inclinaba más a la parte suya que a la de Almagro, y tenían pública e ocultamente pláticas y conciertos”. No es extraño que el furibundo D. Alonso Enríquez, uno de los encargados, en representación de Almagro, de tomarle juramento a Pizarro para que hiciera sus promesas, lo mencione rabioso. Incluso habla de la trampa preparada por Gonzalo Pizarro y llega a decir que Bobadilla era cómplice en el plan: “El fraile Bobadilla se puso en medio de los dos campamentos, y mandó comparecer ante sí a los dos gobernadores (lo hicieron por separado), cada uno con doce caballeros armados, y yo fui uno de los que llevó consigo don Diego de Almagro. Tenían el fraile, que podemos comparar a Judas, y don Francisco Pizarro trato doble con mucha gente emboscada para prendernos y matarnos si el resultado de las investigaciones sobre los límites no le resultaran favorables”.
     En el momento de hacer el trámite, fue precisamente D. Alonso Enríquez el encargado de tomar el juramento a Pizarro. La fórmula no podía ser más solemne: “Vuestra Señoría, señor D. Francisco Pizarro, Gobernador  de la Nueva Castilla por Su Majestad, ¿jura por vida del emperador rey D. Carlos nuestro Señor, e hace pleito homenaje, como caballero hijodalgo, en manos o poder de mí, D. Alonso Enríquez, una, dos e tres veces (como el juramento de Alfonso VI ante el Cid), según el estilo de España e como lo hacen los caballeros de ella, que guardará e mantendrá e cumplirá bien e fielmente, sin cautela alguna, las cosas siguientes…”. Fundamentalmente se trataba de prometer que, mientras se resolviera el pleito cuya sentencia estaba en manos de Bobadilla, no hubiera por parte de Pizarro ni de sus hombres ningún intento de dañar a Almagro o a sus hombres. Resulta patético que, mientras Pizarro daba su conformidad a juramento tan pomposo, y tan comprometedor para su honra en caso de no cumplirlo, sus tropas se iban acercando con las peores intenciones. Luego D. Alonso Enríquez les pidió que juraran (y juraron) algo parecido a los capitanes que acompañaban a Pizarro.
     Va a llegar el impresionante momento del encuentro de Pizarro y Almagro, los dos viejos amigos y socios, compañeros de mil fatigas y auténticos artífices complementarios de la conquista de Perú. Llevaban dos años sin verse, desde el mes de junio de 1536, cuando  hicieron en el Cuzco, antes de que Almagro partiera para Chile, el dramático juramento de amistad eterna. Por lo que cuenta Cieza, el que estaba más temeroso de que se hiciera alguna trampa era Almagro, sobre todo porque sus capitanes le insistían en que los de Pizarro andaban con demasiadas cautelas.

     (Imagen) No sabe uno ya si Bobadilla era un tramposo que estaba al servicio de Pizarro o un hombre sumamente autoritario, porque fue muy duro y comprometedor el juramento de cumplimiento que les obligó a hacer a los dos gobernadores. Para el cronista Don Alonso Enríquez de Guzmán no había duda: iba a favorecer con su sentencia a Pizarro (de hecho, así ocurrió). La complicada forma de ser de Enríquez resulta desconcertante. Todos reconocían su valía como militar y persona influyente, pero, al mismo tiempo, desconfiaban de sus maniobras de pícaro. Cieza dice que “tenía muchas mañas”. En 1541, se atrevió incluso a pleitear con Pizarro (a quien poco tiempo le faltaba para ser asesinado).  Le reclamaba (cosa sorprendente) “que Don Francisco Pizarro, Gobernador del Perú, le debe 730 pesos de oro que le ganó en un juego de pelota (dada la edad de Pizarro, tuvo que ser apostando), y no se los ha querido pagar ni ha podido alcanzar justicia contra él”. Era también mal enemigo e incapaz de perdonar las ofensas, como lo muestra el incidente al que se refiere el documento de la imagen, escrito por el Rey, con el siguiente contenido: Diego de Mercado le debía dinero a Enríquez, y su hermano Diego Núñez de Mercado (del que ya hemos hablado) había resultado su avalista. Esa deuda la utilizó Enríquez como fianza en un pleito que había iniciado el fiscal Villalobos contra él “por haber cometido ciertos delitos en las nuestras Indias”. El fiscal embargó, pues, a Núñez de Mercado, a quien el Rey le dice ahora (en otra página) que se ha levantado el embargo porque Enríquez había pagado ya directamente el importe.



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