lunes, 18 de febrero de 2019

(Día 757) Peransúrez traía dos cartas del Rey y una de la Reina, pero los datos quedaron desfasados porque hacía un año que se habían escrito. El Rey les exige a Pizarro y a Almagro que no traspasen los límites de sus gobernaciones.



     (347) Nada podía complicar más la situación que el hecho de que el Cuzco estuviera entonces en manos de Almagro. Si ya, con dudosos derechos, se consideraba ansiosa y tozudamente dueño y señor de la ciudad del Cuzco, la nueva provisión real recibida podía ser un grave peligro para Pizarro. Peransúrez traía dos cartas de Carlos V y una de su mujer, la Emperatriz Isabel, debiendo tenerse en cuenta que todas ellas se habían escrito un año antes de que las recibiera Pizarro. Haré un resumen del texto íntegro que copia Cieza, dejando de lado la primera de Carlos V por su escasa relevancia para lo que ahora nos interesa, y empezando con una breve alusión a la de la Reina, que habla de asuntos generales y comenta su preocupación por la noticia que le dio Peransúrez del cerco que había puesto Manco Inca a la ciudad del Cuzco. Hace también una referencia de alivio con respecto a las andanzas de Almagro por Chile: “Vi vuestra carta (se dirige a Pizarro), hecha en la Ciudad de los Reyes a veintiséis de mayo del presente año (1536) en la que me hacéis saber el estado en que están las cosas de la provincia, especialmente el levantamiento que los naturales de ella han hecho, e que querían cercar a Hernando Pizarro y otros españoles en la ciudad del Cuzco, lo que me ha desplacido mucho, principalmente por lo que toca al servicio de Dios Nuestro Señor. Vi también lo que me decís sobre que a veintiséis de mayo, fecha de vuestra carta,  no teníais nueva alguna del Mariscal D. Diego de Almagro, y holgué mucho de ello porque acá se había dicho que era fallecido, pues le tenemos por muy buen servidor nuestro. También holgué del socorro que decís que le enviasteis en un galeón con gente, armas y bastimento, y os encargo que siempre le ayudéis e le favorezcáis en lo que os fuere posible”.
     En su segunda carta, el Rey dictaba la nueva provisión. Curiosamente, y quizá para rebajar simbólicamente su autoridad, no se dirige a Pizarro y a Almagro como gobernadores, sino como Adelantado y Mariscal respectivamente. Recordaba en su escrito que estaban señaladas las separaciones de las dos  gobernaciones, pero alertaba del peligro de que surgieran disensiones entre ellos por excederse en la ocupación de lo que tenían concedido, “lo que causaría gran estorbo para la población de estas tierras, e para que los naturales de ellas alcanzasen el verdadero conocimiento de la lumbre de la fe, que es nuestro principal intento y deseo”. Tras esta coletilla habitual, que no resulta del todo creíble, puesto que lo principal era lo siguiente, añade: “… y por el daño que vendría a nuestra Corona Real e a los súbditos de ella, queriendo poner remedio en ello de manera que cesen los dichos inconvenientes e daños, y, visto en el Consejo de las Indias, e consultado con la Emperatriz, nuestra muy cara e muy amada mujer (va a ser quien firme el documento), fue acordado que debíamos dar esta carta, e Nos lo tuvimos por bien, por la cual os mandamos que no salgáis de los límites que os están dados en gobernación, ni enviéis capitanes a descubrir ni conquistar otras tierras más que aquellas que se incluyen dentro de los dichos límites”.
    
     (Imagen) LA EMPERATRIZ ISABEL DE PORTUGAL era hija de Manuel I de Portugal y de María de Aragón, y, por tanto,  nieta de los Reyes Católicos. Fue una mujer llena de cualidades y muy religiosa, de la que, cosa rara entre la realeza, su primo y marido Carlos V estuvo muy enamorado. Quizá por eso no se volviera a casar al quedarse viudo tras 16 años de matrimonio. Delegó en ella los poderes durante sus frecuentes y largos viajes, y actuó mucho tiempo  como Gobernadora de Castilla. De ahí que gran parte de la correspondencia de la corona castellana que llegó a las Indias llevara su firma. Era tal la confianza del emperador en ella que,  a partir de 1535, decidió que las  órdenes de la reina Isabel tuvieran el mismo valor que las suyas en todos los dominios peninsulares. El acierto en el desarrollo de su política hizo que sus súbditos le mostraran gran afecto. La reina Isabel debía de ser de gran belleza, como aparece en el cuadro de la imagen, lo que evitaría que su autor, Tiziano, tuviera que mejorar su aspecto, como era habitual entre los pintores de la realeza. Lo confirma también el hecho de que Francisco de Borja, filosóficamente impresionado al ver el deteriorado cadáver de la que fuera tan hermosa, se hizo jesuita y llegó a santo. Tiziano pintó, colgada del magnífico collar de la reina, la famosa Perla Peregrina, encontrada en las Indias y comprada, primeramente, por la mujer del intratable Pedrarias Dávila, Isabel de Bobadilla, quien luego se la vendió a Isabel de Portugal. La última que la lució fue Liz Taylor, y actualmente está en manos de un pujador anónimo que la adquirió en una subasta pagando 11,8 millones de dólares.


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