miércoles, 13 de febrero de 2019

(Día 753) Los hombres de Almagro se indignaron con el dictamen, y le presionaban para que batallara contra los de Pizarro. Almagro los calmaba, pero echaba pestes de Bobadilla. Orgóñez le dice, en vano, que es el momento de matar a Hernando Pizarro.


     (343) Naturalmente, para Almagro y los suyos la sentencia resultó un mazazo. Fueron incapaces de digerir lo que había decidido Bobadilla, quien, en varios aspectos, había dictaminado con sensatez.  En ninguno de los dos bandos reinaba la razón, sino la pasión, y sin duda también los de Pizarro se habrían rebelado en caso de salir perjudicados: “Cuando Almagro y sus capitanes lo conocieron, fue grande su turbación, y, con un furor recio, pidiendo las armas, decían que no se aguardase más, que no convenía disimular tan gran mal, ni que fraile tan cruel dejase de ser castigado por el error tan pesado que había hecho. También decían sus hombres que la ignorancia de Almagro había de ser causa de que los Pizarro triunfasen sobre ellos, y que, para quedar sin el Cuzco, mejor habría sido meterse en lo interior de Chile hasta llegar a la regiones que confinan con el Estrecho de Magallanes”. Almagro a duras penas podía contenerlos, y les recordaba todo el mérito que él tuvo en la conquista de Perú: “Y no creáis que exagero, porque yo os certifico que, si este viejo tuerto que aquí veis no hubiera puesto tanta vehemencia en la empresa, Pizarro la habría abandonado, pues muchos saben cuántas veces intentó la vuelta a Panamá”. No era justo lo que decía. Tuvo un mérito extraordinario, pero el de Pizarro había sido mucho mayor, y, si alguna vez titubeó, lo asombroso fue que pudiera seguir adelante con la enorme cruz que llevó a cuestas durante tantos terribles años.
     Luego Almagro se lamentó de haber aceptado (por consejo, quizá astuto, de Bobadilla) confiar la importante cuestión a un solo juez: “Y ahora ha venido un fraile, con las mañas que ha tenido, en cuyas manos se ha dejado algo para lo que eran menester letrados y hombres doctos que sin partidismo dictaran lo que fuera justo, y, exhortado por los Pizarro, mis enemigos, ha pronunciado un sentencia tan injusta para mí”.
      No podía faltar la voz airada de su principal capitán y puro hombre de acción militar: “Rodrigo Orgóñez, viendo que así se afligía, le dijo que él había sido la causa de todo aquello, y que le pesaba que todas las cosas que le había dicho se hubiesen cumplido,  e que el final remedio que tenía era cortar la cabeza a Hernando Pizarro y retirarse a la ciudad del Cuzco, donde se podían hacer fuertes, pues, aunque Pizarro los siguiese con un poderoso ejército, llegarían  tan fatigados por lo largo y difícil del camino, que no los podrían desbaratar”. Lo remató con una frase de sabiduría maquiavélica: “Que no le diese pena la sentencia que Bobadilla había dado, sino que pensase en lo que decía Julio César, ‘que si las leyes se habían de quebrantar, había de ser para reinar. Almagro le respondió (agarrándose a un clavo ardiendo) que había que ver primero si el falso juez otorgaba la apelación, y si podía haber todavía tales conciertos que Su Majestad no se viera deservido con guerras y alborotos. Y, como todos estaban tan indignados por la sentencia, amenazaban a Hernando Pizarro de muerte, y algunos dicen que le decían que se confesase porque le querían matar, y también que había orden de que cuando se llamase para la lucha, sin aguardar más, le cortarían la cabeza”.

     (Imagen) En la carta de la imagen, Hernando de Zaballos le escribe al Rey en nombre de Francisco y Hernando Pizarro. Era procedente pedirle con urgencia que zanjara el pleito entre Pizarro y Almagro, pero el escrito se centraba solamente en los derechos del primero, y los dos bandos fueron incapaces de esperar con calma una solución definitiva. Fue enviada el año 1537, poco antes de que empezara la guerra de las Salinas. Se hace mención a que el mismo Rey, al conocer las alteraciones que había habido en Perú, le envió a Almagro unas provisiones para que “él y la gente que tenía en la ciudad del Cuzco saliesen de ella, la dejasen libre al Marqués Don Francisco Pizarro, soltasen a Hernando Pizarro y a las otras personas que tenían presas, y les devolviesen todos los bienes (oro, plata y otras cosas que les habían sido tomadas), bajo ciertas penas y apercibimientos en las dichas provisiones contenidas”. El texto continúa con gran nerviosismo: “Y, porque podría ser que el dicho Mariscal Don Diego de Almagro, por estar tan lejos de Vuestra Majestad, o por causa de algunas personas bulliciosas que están con él y le aconsejan mal, no quisiese cumplir las provisiones, es necesario que se nombren tres o cuatro personas de letras y conciencia para que se las hagan cumplir, porque, si se hubiese de venir acá para poner remedio, esta tierra se perdería antes. Suplican a Vuestra Majestad que envíe a las personas que convengan para la pacificación de esta tierra, con lo que el dicho Marqués Don Francisco Pizarro recibirá gran merced”. Lo que quiere decir que Almagro ya había recibido una orden del Rey para que abandonara el Cuzco, y, al no hacerlo, se convirtió en el villano de la historia, perdiendo la legitimidad de sus, en principio, razonables reclamaciones. La desesperación de la carta revela que, con el Rey en la lejanía, el terrible conflicto iba a ser inevitable, porque la mecha ya estaba encendida.



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