jueves, 1 de febrero de 2018

(Día 606) Parte Almagro para Chile. Cieza se lamenta de la situación de los muchos indios que acompañaban a los españoles, pero reconoce que eran necesarios. Un atormentado Almagro le pide a Pizarro que mande a sus hermanos a España porque le odian. Pizarro trata de calmarle. Al partir Almagro salen todos a despedirle.


     (196) Cieza nos hace ahora una nueva reflexión moral, pero esta vez distinguiendo entre lo que deberían ser y lo que, casi inevitablemente, eran aquellas marchas militares: “Casi todos iban bien proveídos de indias hermosas y de anaconas (criados) para sus servicios, en tanta manera que pone lástima considerar cuán caros cuestan estos descubrimientos y cuántos naturales del Perú han muerto en ellos; aunque también digo que, si no es con demasiado servicio, o muchos caballos, como solíamos descubrir en la Mar del Norte (costa del Atlántico, donde él había luchado), por ninguna vía, forma ni manera se podría hacer ninguna jornada, y aun haciéndose de esta suerte, han sido sepulturas de españoles, pues han pasado en ellas lo que es asombro y admiración y que nunca hombres tal pasaron ni para tanto tuvieron ánimos”. Cieza, un hombre que casi siente como nosotros hoy, sufre por los abusos contra los indios, pero viviendo dentro de aquella maquinaria infernal, no cree que hubiera podido ser de otra manera, y al mismo tiempo expresa la mayor admiración por las proezas que vio hacer en campañas tan desmesuradas y heroicas.
     Según se va avanzando en la lectura de los cronistas, vemos que los dos personajes principales de esta aventura, Pizarro y Almagro, los que la iniciaron y sufrieron, cada uno a su manera, puesto que se ocuparon de funciones distintas, están llegando a un punto de soterrada tensión, porque eran evidentes los indicios de un futuro terremoto demoledor. No es fácil mantener sin grietas una sociedad de esta envergadura, y menos si aparecen ‘consejeros’ interesados. Da lástima oír lo que cuenta Cieza a continuación porque se palpa la angustia de Almagro, quien, además, no tenía, a diferencia de Pizarro, ningún ser querido que lo apoyara y confortara. Más solo que la una, sin otro refuerzo que el falso afecto de los buitres que lo acompañaban: “Antes de que Almagro partiese del Cuzco, habló con Pizarro diciéndole que a sus hermanos les pesaba por haberle hecho el rey gobernador, de donde colegía que habían de procurar meter escándalos entre ellos dos, ciegos de la envidia que tenían; por tanto, le parecía que los debía enviar a España, dándoles de sus haciendas (la de Pizarro y la suya) la cantidad de dineros que quisiesen, porque él estaría muy contento, y sería ocasión de estar siempre en paz. Respondiole Pizarro que no creyese tal cosa de sus hermanos, porque todos le amaban como a un padre”. A Pizarro le pudo la preferencia por los deseos de sus hermanos, incluso sabiendo como Almagro que el futuro era muy amenazante. Nadie mejor que él podía conocer que sus hermanos odiaban a Almagro.
     Llegó entonces el momento de la emocionante partida, aunque los presentes tendrían sentimientos muy distintos, unos deseándoles el mayor éxito y otros temiendo que lo consiguieran: “Habiendo salido ya toda la gente del Cuzco, hizo lo mismo Almagro acompañado del Gobernador y de sus hermanos y de muchos vecinos de la ciudad, que por le honrar quisieron salir un trecho de camino hasta que de todos se despidió, yendo sin parar hasta Mohína”.

     (Imagen) En un momento clave, antes de partir ALMAGRO desde el Cuzco para la campaña de Chile (que resultará muy dura y un fracaso), se va a sincerar desesperadamente con PIZARRO porque en lo más íntimo de su alma sabe que su mutuo futuro está seriamente amenazado. Pocos socios habrá en la Historia que hayan seguido juntos durante tantos años de ilusiones, sacrificios, inseguridades, esfuerzos, compañerismo y obstáculos casi insuperables, logrando al final un éxito deslumbrante. Fue necesario hacer tres heroicos viajes desde Panamá hasta conseguir en Cajamarca el apresamiento de Atahualpa. Doce años después de que empezara esta odisea, Almagro, sin duda rememorando la historia de esta vieja e inquebrantable amistad que empezó en las tropas del temible Pedrarias Dávila, que la continuaron como socios en Panamá y que después logró la gran conquista, piensa en la carcoma que va a derrumbarla: los hermanos de Pizarro, especialmente Hernando. No quiere partir para Chile sin pedirle antes patéticamente a  Pizarro que los mande a España, compensándolos con dinero de su sociedad y cueste lo que cueste,  porque sabe que lo odian y su influencia va a ser funesta. Pizarro, mintiendo, le contesta que sus hermanos lo quieren como a un padre. En la despedida, les vendría a la mente el dramático juramento de eterna amistad que acababan de firmar. Almagro sabía que era necesario alejar aquella amenaza del tenebroso futuro. Pizarro sabía que no lo podía hacer. Quizá les quedara alguna esperanza de salvación. Pero no la hubo.



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