martes, 9 de febrero de 2021

(Día 1339) A diferencia del poco fiable Hirrihigua, el cacique Mucozo fue un modelo de buen trato y generosidad con los españoles.

 

     (929) Tres días después de que recibiera la invitación, el cacique Mucozo fue a visitar a Hernando de Soto y a sus hombres. Inca Garcilaso sigue extendiéndose en el relato, y habla ahora de las cortesías que hubo por ambas partes, de la curiosidad que Mucozo tenía por todas las cosas que veía, de lo cual se reían con simpatía los soldados, y de su disposición favorable a tener amistad con los españoles y con su rey; todo ello facilitado por la labor de Juan Ortiz como intérprete: " Estas y otras muchas gentilezas dijo este cacique con toda la buena gracia y discreción que en un discreto cortesano se puede pintar, de lo que el gobernador y los que con él estaban se admiraron no menos que de las generosidades que por Juan Ortiz había hecho, a las cuales imitaban las palabras. Por todo lo cual, el adelantado (y gobernador) Hernando de Soto y el teniente general Vasco Porcallo de Figueroa y otros caballeros particulares quisieron corresponderle al cacique Mucozo en lo que, en agradecimiento por tanta bondad, le pudiesen premiar. Y así le dieron muchas dádivas, no sólo a él sino también a los indios nobles que con él vinieron, de lo que todos ellos quedaron muy contentos. Después de haber pasado estas cosas, estuvo el buen cacique en el ejército ocho días, en los cuales visitó al teniente general, al maestre de campo, a los capitanes y a los oficiales de la Hacienda Imperial, con los cuales hablaba tan familiarmente, que parecía haberse criado entre ellos. Pasados los ocho días, se fue a su casa. Era Mucozo de edad de veintiséis o veintisiete años, lindo hombre de cuerpo y rostro".

     Al margen de lo anecdótico, Hernando de Soto no paraba de preparar lo mejor posible su ejército. Bajó a tierra el armamento y  las provisiones, dejándolo junto al poblado de Hirrihigua, porque era el lugar más próximo a la bahía de Espíritu Santo: "Luego mandó que, de los once navíos que había llevado, volviesen los siete mayores a La Habana, para lo que doña Isabel de Bobadilla, su mujer, dispusiese, quedando los cuatro menores destinados a ser utilizados por la mar en lo que fuera menester, y los puso bajo el mando del capitán Pedro Calderón, el cual, entre otras excelencias que tenía, estaba la de haber militado muy mozo al servicio del gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba". Se propuso Soto conseguir que el cacique Hirrihigua abandonara su actitud agresiva. Si los españoles apresaban a alguno de sus indios, se los devolvía con regalos y buenas palabras para él, insistiéndole en que olvidara los agravios de Pánfilo de Narváez, pero todo era inútil, "aunque al menos sirvió para mitigar en parte la ira y rencor que este cacique tenía contra los españoles, lo cual se vio en lo que diremos luego".

     Hirrihigua cambió más tarde de actitud. Sus indios apresaron a un soldado apellidado Grajales, e inmediatamente envió Soto a un grupo de soldados para rescatarlo. Fue trabajo fácil, porque pudieron sorprender a los indios, que salieron huyendo y, además, dejaron a sus familias desamparadas y a Grajales libre: "Los españoles se regocijaron con él, y, recogiendo toda la gente que en el cañaveral había de mujeres y niños, se fueron con ellos al ejército, donde el gobernador los recibió con alegría de que se hubiese recuperado a Grajales y apresado tanta gente de los enemigos". Pero el trato que le dieron los indios a Grajales había sido casi de amistad (quizá Hirrihigua, ya más apaciguado, hubiese dado esas normas a sus indios), y, al saberlo Hernando de Soto, les agradeció a las mujeres su comportamiento, y las puso, con sus  niños, en libertad.

 

     (Imagen) Lo de Hernando de Soto va a ser una aventura extraordinaria, pero fracasada. Sin embargo, servirá de trampolín para otros avances hacia el norte, aunque llegará el momento en que los españoles aflojarán su empuje, y serán los ingleses quienes se vayan asentando en las tierras del  norte. Hay una dramática historia que ocurrió en aquellos lugares extremos, protagonizada, no por los conquistadores, sino por misioneros. En 1561, los españoles capturaron a un niño indio y lo llevaron a México. Fue bautizado con el nombre de Luis. Se lo presentaron a Felipe II en Madrid, y luego estudió con los jesuitas. Volvió a la Habana con unos dominicos, justo cuando el jesuita JUAN BAUTISTA DE SEGURA preparaba un viaje evangelizador al norte de La Florida, para fundar una misión, que luego se llamó Santa María de Ajacán (topónimo puesto por los españoles), pero con la angelical idea de que no tuviera guarnición militar, y los superiores le permitieron tanta osadía. Llevaba como guía e intérprete al indio Luis, y, cuando ya estaban cerca de su lugar de origen (del que faltaba desde hacía diez años), se adelantó para encontrarlo. Luis tardaba en volver, pero, cuando lo hizo, le acompañaban los guerreros de su poblado, y asesinaron a tres misioneros que iban a su encuentro. Después los condujo hasta donde estaban los restantes jesuitas, y mataron a todos, menos a un criado llamado Alonso de Olmos, al que se lo llevaron consigo, aunque luego fue canjeado por indios presos. En 1572, los españoles repelieron otro ataque de los nativos, y el gobernador decidió ir a su poblado para escarmentarlos. Era el gran Pedro Menéndez de Avilés, fundador de San Agustín, la primera población europea del actual territorio norteamericano, donde todos los años sus vecinos le rinden pomposos honores (con bandera española incluida). Aunque no pudieron encontrar al indio Luis, mataron a veinte guerreros en el ataque, y ahorcaron a otros siete. En la imagen (diseñada por Crespo-Francés) queda claro el recorrido que haremos con la expedición de HERNANDO DE SOTO. Línea roja: la enorme distancia que anduvo el propio Soto, hasta que murió; línea azul: camino de ida y vuelta (ya desanimados) bajo el mando de Luis de Moscoso; línea verde: bajada con Moscoso por el Misisipi, saliendo al Atlántico y regresando a México.




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