lunes, 14 de diciembre de 2015

(114) - Vamos allá, filósofo arruinado; eres un simple átomo pero el espectáculo del gran teatro del mundo resulta interesante: veamos cómo termina la interpretación de Gonzalo Jiménez de Quesada.
     - Qué no habrán visto esos resabiados ojos tuyos, vetusto ectoplasma. El multiusos granadino, después de llegar en 1540 a España con sus dos rivales y conseguir el arreglo del conflicto, resultó “chafado” por las raquíticas concesiones que le hizo Carlos V: todo el territorio conseguido quedó bajo el control del irresponsable Alonso Fernández de Lugo,  hijo del Gobernador de Santa Marta. Así que Gonzalo se pasó 7 años haciéndole la corte a la Corte hasta que obtuvo los títulos de Adelantado y Mariscal de Nueva Granada. Anduvo por toda Europa, quizá persiguiéndolo al rey, o por otras razones menos confesables. Es muy probable que las necesidades económicas le llevaran a utilizar fondos ajenos, porque (nadie lo comenta) hay varios documentos de “busca y captura” contra él. En un curiosísimo libro, “El carnero”, escrito por el criollo colombiano Juan Rodríguez Freyle a principios del XVI, en estilo llano, ameno y con un puritanismo bastante cómico, se cuenta que Gonzalo, en el viaje a España, le pidió dinero al padre del autor y que jamás se lo devolvió. Pero los apuros de Quesada terminaron felizmente: no recibió sanciones, sino esos dos títulos honoríficos. El resto de su vida lo pasó demostrando que era un escritor de altos vuelos.
     - Y que lo digas, discípulo amado. Hizo una crónica de su triunfal expedición colombiana: el famoso “Epítome”. Le mandó al rey una magnífica memoria de cómo consideraba que se había de tratar a los nativos. Se cabreó con el ilustre historiador Paulo Jovio por su versión antiespañola de las guerras de Italia, y, bajo aparentes muestras de respeto, le metió unas buenas sacudidas en su libro titulado “Antijovio”, demostrando unos conocimientos históricos impresionantes y de primera mano, porque vivió la experiencia. Sin contar otras obras de gran valor. Entretanto,  se enteró de que sus dos hermanos, Hernán y Francisco, que habían quedado al mando en Indias y eran de pasta menos tratable, fueron  achicharrados  por un rayo (quizá divino) en una tormenta que asoló el Cabo de Vela. Volvió a Bogotá, convertido en un respetado y sabio patriarca. Preparó un ejército  para cortarle el paso al espeluznante Lope de Aguirre, pero otros le ahorraron el trabajo. Luego cometió un gravísimo error; ya anciano, organizó una salida militar hacia  El Dorado: un desastre total que sobrellevó con cristiana resignación. Murió el año 1579, y, aunque alguno dice que de lepra, no parece cosa probada. Y se exagera su edad, aunque pasó de los 80. Honor y gloria para el grandísimo Quesada. Sayonara, baby.
     - Tanto como para Cortés, Pizarro y Valdivia. To see you, dad.



     Así yace de solemne el ilustre granadino Gonzalo Jiménez de Quesada en la catedral de Bogotá, la tierra de sus amores, en la que quiso pasar el resto de sus días saboreando el espléndido fruto de su heroica empresa. Que nadie olvide que estuvo a la altura de los más grandes y fue más humano y más culto que todos ellos.


domingo, 13 de diciembre de 2015

(113) - Hola, querubín: la caldera de Bogotá a punto estallar.
     - Todo un espectáculo, docto ectoplasma. Federmann frente a Quesada, gente rápida en desenvainar la espada. El granadino, acostumbrado a tratar con soldados alemanes en las guerras de Italia, no se asustaba fácilmente ante los gritos con  pedregoso acento teutón. Él era, con unos meses de ventaja, el  primero en llegar a Bogotá, pero su rival hablaba del derecho jurisdiccional de la gobernación de Venezuela; argumento de poco peso para un veterano leguleyo como Gonzalo: el colombiano río Magdalena iba derechito a desembocar en la gobernación de Santa Marta. Estaban como dos leones en un barranco sin salida. ¿Dramático? Pues la cosa se puso peor, porque entró en el recinto otro león, Benalcázar, también dispuesto a matar por su presa: ni Venezuela ni Santa Marta; la jurisdicción le correspondía a Perú, Quito y Popayán. Como para creer en las conjunciones astrales: la expedición del alemán había durado tres años, la de Gonzalo once meses, y la de Sebastián algo menos; todo ello para llegar casi al mismo tiempo. Demasiado sufrimiento para practicar el fair play.
     - Era imposible entenderse, como os pasa ahora en esas patéticas tertulias televisivas. Solo que aquello “iba en serio”: un revoltijo de jefes, oficiales y soldados vociferando y fuertemente armados. Tenían fresco en la memoria el desastre en que había acabado la relación entre Pizarro y Almagro (afectando al Perú entero) precisamente por discusiones sobre competencias territoriales. Pero esta vez, milagrosamente,  la espantosa nube negra no explotó.
     - Y fue porque la sensata intervención de unos de tu oficio, dos capellanes, más el peso moral y la serenidad de Gonzalo, impusieron la cordura: se le reconocieron a él provisionalmente los derechos, con fuertes compensaciones a los otros dos bandos, y vinieron después a España los tres líderes a zanjar el asunto, donde el rey confirmó básicamente el planteamiento inicial, con felices consecuencias para el futuro de la bautizada como Nueva Granada. Verdaderamente, se hizo la debida justicia, aunque las presiones del gobernador de Santa Marta le dejaron a Gonzalo sin la categoría que merecía, porque solo consiguió en la Corte los títulos, medio honoríficos, de Adelantado y Mariscal de Nueva Granada, y aun eso, tras  darle mucho el tostón al rey. ¿Volvemos a  invitarle mañana, daddy?
     - Por supuesto: me encanta tener al Quesadita en nuestra tertulia, y sería delito de lesa majestad no decir algo más de él. Bye, piccolino.



     En Bogotá, en la Plazoleta del Rosario, está plantada esta estatua del gran Gonzalo Jiménez de Quesada. En la mano derecha alza su espada, que, intencionadamente, el artista ha convertido en una cruz; quizá haya forzado el simbolismo, pero no cabe duda de que el ilustre granadino fue un  militar idealista y, al mismo tiempo, un fervoroso cristiano. Si lo que lleva en la mano izquierda es, como parece, un libro, ya tenemos ahí a Gonzalo entero, porque también brilló como un extraordinario letrado y escritor, de marcado carácter humanista en ambas facetas.


sábado, 12 de diciembre de 2015

(112) - Good night, Príncipe de los Ingenios. Me encanta que hables de Gonzalo Jiménez de Quesada. No me importa que a mí no me acaben de poner en una hornacina, pero  lo suyo clama al cielo.
     - Welcome, sweet Sancho: en el hit parade tenía que estar junto a Cortés y Pizarro, a los que incluso superó en algunas cualidades, como la intelectual y la de comprensión humana. Los colombianos se quedaron con el mejor. Incluso la riqueza cultural del país tiene mucho que ver con que fuera colonizado por un militar intelectual.
     - Lástima, pequeñín, que hayamos de limitarnos a un boceto de tan rica personalidad. Hay aspectos misteriosos en su carácter.
     - Que, sin duda, sabio ectoplasma, condicionaron, para bien, su comportamiento. Nacido hacia 1496, estudió leyes, y ejerció como letrado en Granada. Erudito, sí, pero con alma aventurera, aparece en 1522 batallando en Génova. Ahí vemos ya dos ingredientes decisivos en su  trayectoria: una inteligencia ilustrada y un ansia de gloria a la que siempre subordinó la riqueza. Pongámonos sicoanalistas para fisgar en su interior: fue un misterio su relación con las mujeres; está claro que no le apasionaron, aunque se dice que alguna compañera tuvo, pero no hijos. Quizá esa aparente falta de instinto de macho alfa, le proporcionara serenidad para resolver con tino y buenas maneras las muchas situaciones conflictivas en las que se vio enredado. Lo mismo da cuál fuera la causa: sus diplomáticas maneras hicieron que Colombia fuera el territorio de Indias menos maltratado, lo que no quiere decir que los españoles se dedicaran allí solamente a hacer el bien, orque sus prioridades no eran precisamente humanitarias. Gonzalo llegó a Santa Marta el año 1536 en la expedición del recién nombrado gobernador de esa zona, Pedro Fernández de Lugo, y se ganó su con fianza.
     -Ya lo creo, querido freudiano.  Mucho tenía que valer Gonzalo para que Pedro le encargara precisamente a él una empresa verdaderamente estelar: ir río arriba por el caudaloso Magdalena, ¡con 900 hombres!, ascender después una terrible cordillera y alcanzar el oro rumoreado. A Gonzalo se le dispararon todos los entusiasmos cuando, durante el viaje, llegaron de las alturas unos indios que comerciaban con panes de sal: era la prueba de que venían de un lugar con desarrollo cultural.  Aquella tropa estaba ya, probablemenete, a punto de tirar la toalla. Prueba de ello es que, tras once meses infernales, solo llegaron a la cima unos 160, hechos polvo pero ya imparables: comenzaron la ocupación sin el menor titubeo. Gonzalo demostró todo lo que sabía de estrategia militar y diplomática, culminando el trabajo al asentarse en Bogotá. Y, ¡oh Dios mío!, a los pocos días llegó Federmann, el teutón cabezacuadrada, y, ¡santo Dios!, de seguido asoma el careto  Benalcázar. Sigue mañana.
     - De acuerdo, reverendo; parece de chiste, pero así fue. Bye, bye.



     Ahí se ven bien las rutas de las tres primeras expediciones que llegaron a Bogotá. El que más “sudó” fue Federmann: ¡tres años de sufrimiento. Quesada tuvo su ración: once meses desesperantes y mortíferos. Para Benalcázar tampoco fue fácil, pero tardó menos. Llegaran casi a un tiempo: enorme y peligrosa casualidad.


viernes, 11 de diciembre de 2015

(111) - Buona notte, mío dolce scrittore. Va a ser una gozada presentar  lo que podría haber sido de Indias en otras manos. No sé si los colombianos saben de qué se libraron.
     - Benvenuto, caro Sancio. Solamente una parte de esa zona fue administrada por otros europeos, alemanes en concreto. Carlos V estaba enredado en una tela de araña de deudas con los banqueros Walser, y les cedió en exclusiva el aprovechamiento del norte de Venezuela. Tres líderes teutones dejaron un pésimo recuerdo de crueldades insuperables y afán de enriquecerse, sin cumplir su compromiso de crear poblaciones, salvo la urbanización de Coro, su centro de partida. Dos de ellos llegaron hasta Colombia, y uno incluso a Bogotá, pero, por felices circunstancias, ninguno pudo establecerse allí. Todos fueron unas malas bestias, incluso para los españoles, que hasta se rebelaron, pero nadie les puede negar su capacidad de sufrimiento y la heroicidad que derrocharon durante las expediciones. Salieron una y otra vez de Coro hacia Colombia con el ardiente entusiasmo de encontrar El Dorado. El primero fue Ambrosio Alfínger, nombrado gobernador de Venezuela en 1529. Dos años después puso en marcha a su tropa rumbo a territorio colombiano, alcanzando las riberas del Magdalena, hasta que se vio obligado a volver, muriendo alcanzado por una flecha envenenada por las tierras donde después se fundaría Pamplona.
     - Así fue, jovencito. Pero muerto el perro no se acabó la rabia, porque le sustituyó otro impresentable teutón (aunque igual de heroico): Jorge de Spira. Era muy joven y tenía otro sueño, encontrar el mítico país del río Meta. Partió con unos 400 hombres y fue incapaz de dar con su desembocadura, pero recorrió la zona del Orinoco, llegando nada menos que hasta los Andes, y dio marcha atrás a 3.000 kilómetros de su punto de partida, Coro, donde se presentó, tres años después, con solo 100 hombres y fracasado. Remata la faena tú, divino vate, con Nicolás Federmann.
     - Okay, darling. Aunque estuvo subordinado a los otros dos, fue el más afortunado, pero no menos cruel. El año 1530 llegó, el primero, hasta los llanos del Orinoco. Muerto Alfinger, se vio sometido, como su nuevo jefe, Spira, a las crecientes protestas de los españoles, por lo que prudentemente se fueron de exploración y se hartaron de maltratar a los nativos. Federmann volvió por su cuenta hacia la zona de los Andes siguiendo el rastro del oro, y  decidió escalar la cordillera hacia Bogotá, adonde llegó ¡tres años después de su salida! y con la mitad de sus hombres. Según se aproximaba, iría eufórico pensando: “¡Esta tierra es mía!”. Pero, “vine, vi y me desesperé”: acababa de tomar la zona el gran Gonzalo Jiménez de Quesada. Y, poco después, otra increíble casualidad: asomó por el sur un polvoriento grupo de españoles que se acercaba bajo el mando del irascible Sebastián de Benalcázar. A domani, caro.
     - Vale, apasionado cronista: ¡qué respiro para los colombianos! Cuenta mañana cómo ganó el mejor de todos.  Ciao, e dorme bene.





     Desde Coro, en Venezuela, Federmann, olfateando el oro como un sabueso, trepó una criminal cordillera, y alcanzó Bogotá. Pero se encontró allí a Gonzalo Jiménez de Quesada, recién venido desde Santa Marta subiendo el río Magdalena y otra brutal montaña. Sin acabar  de discutir sus derechos, aparecieron por el sur, llegados desde Popayán y con cara de pocos amigos, Benalcázar y sus hombres: todo pronosticaba una tragedia.


jueves, 10 de diciembre de 2015

(110) - Enhorabuena, dulce querubín: bonito reportaje el lunes en Deia sobre nuestro libro con ese encanto de chica, Elixane (y sin que pudiera verme, porca miseria). Sigue con el duro Benalcázar.
     - Eres de risa, tierno Sancho. Va a tener razón Séspir: “la impotencia no elimina el deseo”. Sigamos con lo nuestro. No era la principal virtud de Sebastián la piedad. Además, da la sensación de que solo le interesaba el poder y la gloria, aunque, eso sí, dispuesto  a perder la vida. Siempre se alió con  los más prometedores, pero  jamás le echó un pulso al rey. Cuando el hijo de Almagro consiguió acabar con Pizarro, él se puso al servicio de las fuerzas del monarca. En la sublevación del otro Pizarro, Gonzalo, volvió a sumarse al ejército del virrey, pero le salió mal la jugada, ya que “su equipo” perdió; tuvo la suerte de que le perdonaran la vida, pero no fue obstáculo para que en la definitiva batalla de Xaquixaguana se incorporara al bando del virrey La Gasca, que acabó con la vida de Gonzalo Pizarro. La mayor mancha en su expediente fue Jorge Robledo.
     - Es que da pena, bondadoso jubileta, que Benalcázar lo ejecutara, porque pocos españoles tan humanos pisaron aquella bendita tierra: hasta los nativos lo apreciaban. Pero no hay cosa peor que la confusión de competencias (origen de muchas tragedias en Indias). Jorge había participado  con Benalcázar en sus incursiones sobre territorio colombiano, como en la que, entrando en la zona del río Cauca, se fundó en 1536 Cali y Popayán. Durante un viaje de Sebastián a España, le dieron autorización a Robledo para seguir explorando: fundó Anserma y Cartago. Volvió el temible Benalcázar con poderosos títulos de mando, como el de gobernador de Popayán, y acometió a Robledo (sin respetar al representante real, Armendáriz): lo derrotó, lo juzgó y lo ejecutó. Crecieron las protestas entre los españoles y vino de España Francisco Briceño para juzgarlo. Le absolvió de todo menos de la decapitación de Robledo, y lo condenó a muerte. Apeló la sentencia, y el Consejo de Indias atendió su reclamación. Después Benalcázar salió hacia España para defender con más fuerza su causa, pero falleció durante el viaje al llegar a Cartagena de Indias. Era el año 1551. Ya hablaremos también de cómo, tiempo atrás, el hiperactivo capitán jugó un importante papel en una situación crucial del nacimiento de Colombia, bautizada entonces como Nueva Granada. À demain, doux Sanchó.
     - Muy bien, ilustre cronista. Iremos viendo cómo coincidieron de forma sorprendente tres expediciones al mismo tiempo en Bogotá, y lo que entonces sucedió. Qué placer estar unos días en Colombia. Pon un mapa para que se entienda mejor. Au revoir mon petit.




     COLOMBIA. La lógica de una expansión: Balboa descubre el Pacífico (no es extraño que lo llamara Mar del Sur). Por esta costa llega Pizarro a Perú. Desde Quito su hermano Gonzalo va al Amazonas, fracasa y es Orellana el que desciende todo el río. Benalcázar va desde Quito hacia Colombia y funda, entre otras poblaciones, Popayán y Cali. Luego le veremos en situación muy delicada en Bogotá al encontrarse con otras dos expediciones que venían desde el norte.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

(109) - ¡Eh, perillán!: te estás haciendo el tonto y has dejado de lado a mis descendientes. La verdad es que me gusta este desvío por las tierras americanas: alguien se enterará de aquella grandiosidad.
     - Buenas noches, querido Sancho: ya sabes que, en el fondo, todo lo hago por ti y me alegro de que disfrutes del paseíto colateral.
     - Pues ¡vámonos pa Colombia, mijo! Quiero que la rodees por varios frentes: cada cosa a su tiempo. Empieza cuanto antes con Balboa.
     - No te impacientes, daddy. Haremos unos importantes comentarios previos. Él y unos cuantos españoles fundaron el año 1510 la primera ciudad de la tierra continental americana, en la insalubre zona del colombiano golfo de Urabá, bajo el nombre de Santa María de la Antigua. Nada que ver con la “antigüedad” de la población, sino con la Virgen de la Antigua, tan querida por los conquistadores, especialmente por los andaluces, y en cuya preciosa capilla de la catedral hispalense estuvieron reposando algún tiempo los restos del ilustrísimo, docto, enérgico, sensato, trabajador, valiente, ambicioso, influyente, prestigioso abad y alto funcionario real que nació en Mena.
     - Aunque capto la ironía, acepto gustoso el cumplido, mi dulce bien.
     - Sigo, adorable ectoplasma. Ataquemos por la parte nororiental de Colombia, donde el gran protagonista fue Sebastián de  Benalcázar (o Belalcázar, porque ambas formas figuran ya desde sus tiempos). Ese gran país de nombre colombino (qué injusticia lo de Américo Vespucio) fue pronto explorado por las costas de los dos grandes océanos, pero se demoró el avance hacia su interior. Sebastián, también extremeño, llegó pronto a Indias, en 1507 (otro de los grandes que conociste bien, y tú, sin recoger datos para hacer una gran crónica, dita sea). Estuvo algún tiempo entre los soldados del cruel  Pedrarias Dávila y me temo que quedaría contaminado por la brutalidad de semejante animal, aunque él  mismo tenía fama de implacable. Puro hombre de acción, casi analfabeto, se atrevió con todo tipo de poder, hasta con el que le sobrepasaba, como el de gobernar. Vivió con Pizarro la gloria de someter a Atahualpa y acabó personalmente con la última resistencia de sus generales, quedando bajo su control el territorio actual de Ecuador, donde fundó Quito y Guayaquil (refundadas después). Bajo las órdenes de Pizarro comenzó a internarse en territorio colombiano, y con sus propias hazañas consiguió un poder independiente. Viajaremos mañana con él en sus peripecias hasta Bogotá. Ciao.
     - Tienes razón, my dear: fue el error de mi vida no recoger datos. Gabriel García Márquez  lo hizo bien: “Vivir para contarla”. Pero no tenía yo madera de cronista dicharachero. A domani; dorme bene.



     Nos estamos adelantando en el tiempo, porque de ese glorioso viaje que señala la foto hablaremos más adelante. Pero el plano sirve para ver emplazada la primera ciudad del continente americano: Santa María de la Antigua. Fue establecida por Vasco Núñez de Balboa, el inmenso personaje cuya joven vida fue truncada por un animal llamado Pedrarias Dávila. Para evitar confusiones, digamos que el nombre de “Vasco” no tiene nada que ver con los vascos. Era bastante corriente en las zonas de Extremadura, Galicia y Portugal, siendo muy posible que tuviera otas variantes, como Velasco y Blasco, con sus apellidos (Vázquez, Velazquez y Blazquez).


martes, 8 de diciembre de 2015

(108) -  Hola, picarón: de no haber sido un ectoplasma, ayer me habría  ruborizado comentando el desnudo de la imaginada Inés de Suárez.
     - Eres un teatrero, Sancho. Se supone que estás de vuelta de todo, y, además,  era muy tentadora la broma.
     - Y tan tentadora (que el Señor se apiade de mí). Pero le estoy cogiendo gusto: sigamos con otras mujeres de bandera, como la Malinche, hija de un cacique, inteligente, buena y hermosa mujer.
     - Tenemos que volver un poco atrás en el tiempo, porque falleció el año 1529, muy joven todavía, quizá víctima de la viruela. Poco antes de tomar México-Tenoctitlán, tu amigo Cortés venció a los indios de Tabasco, que la habían conseguido como esclava al derrotar a su padre en una batalla, y, a su vez, ellos se la regalaron a los españoles, con otras diecinueve indias. En un principio se la quedó el capitán Portocarrero, pero partió para España; Cortés la hizo su amante y, por un hecho singular, también su colaboradora. Cuéntalo, Sancho.
     - En una expedición española anterior, habían perecido a manos de los indios todos menos dos, Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, que consiguieron integrarse con los nativos. Los encontró Cortés siete años más tarde. Gonzalo no quiso volver: se había convertido en una especie de cacique de un poblado. Jerónimo, sin embargo, salió de allí pitando. Había aprendido a hablar maya, como la Malinche en sus tiempos de esclava, cuya lengua materna era la de los aztecas. Así que durante un tiempo fue muy útil una complicada comunicación Moctezuma-Malinche-Aguilar-Cortés. La chica era lista y pronto sobró Aguilar. Jugó también un papel fundamental en todo tipo de relaciones con los nativos. Si en México  se la ha considerado una traidora (no tenía mucho que agradecer a sus paisanos), en España se le debe un lucido monumento. Era muy respetada y estimada por todos los rudos soldados de Cortés. Tu querido Bernal Díaz del Castillo la adoraba.
     -  Así es: la menciona con frecuencia y siempre cariñosamente. Le pusieron el nombre de Marina cuando se bautizó, pero para todos era DOÑA Marina, tratamiento de mucha dignidad entonces. No le hizo ninguna gracia a aquella tropa de tierno corazón que Cortés, habiendo tenido un  hijo con ella, la abandonara para casarse con Juana de Zúñiga. El niño se llamó Martín, llegó a ser Caballero de Santiago y murió en Granada batallando contra moros sublevados. La resignada  doña Marina se casó con otro español, Juan Jaramillo. Qué destino el de esa desarraigada mujer. Bye, Sancho.
     - Quiero una foto de ese encanto, pero no me pongas en un aprieto.




     Ese dibujo es del lienzo de Tlaxcala, pintado en el siglo XVI. ¡Qué escena, y qué mujer! DOÑA Marina (la Malinche), detrás de Cortés, le sirve de intérprete frente a Moctezuma. Pongámonos en su piel. Para ella, el emperador mexica había sido un dios, llegaron después por el mar unos seres enigmáticos que arrasaron todo lo que había adorado, vivió un amor con el jefe de los nuevos amos, tuvieron un hijo, quedó asimilada con naturalidad por la nueva cultura, dejó de ser una esclava y se convirtió en una dama muy respetada por los españoles, aunque Cortés la abandonara. Otro español se casó con ella y supo tratarla como se merecía. Tuvo que valer mucho.


lunes, 7 de diciembre de 2015

(107) - Inés de Suárez, ¡qué peaso muhé, mi niño! Fue un conjunto de variopintas cualidades, algunas contradictorias, como las de implacable y maternal. Afortunado Pedro de Valdivia.
     - Fue bonito mientras duró, romántico ectoplasma. No me extraña que Isabel Allende novelara su vida en “Inés del alma mía”. Se casó en España y su marido se fue a Indias. Harta de su ausencia y de la falta de noticias, se embarcó en busca del evaporado, comprobando al llegar que había fallecido en uno de los enfrentamiento civiles de Perú, adonde, como viuda, se trasladó de inmediato. Conoció a Valdivia y formaron la sociedad ideal: no solo con amor y sexo, sino también como compañeros de batalla y de responsabilidades militares. Allí estaba ella, junto al gran extremeño, cuando se fundó Santiago de Chile. Cuenta tú, sabio clérigo, de lo que era capaz.
     - Como dices en nuestro libro, el peso de las circunstancias es decisivo en nuestras vidas. Valdivia salió de Santiago a sofocar una rebelión india, y dejó la ciudad al mando de Inés (¡qué señora!), oportuna ocasión que aprovecharon otros grupos nativos para lanzar un ataque muy poderoso. Los españoles tenían presos a algunos caciques de estos rebeldes, y pensaban que, mientras los mantuvieran vivos, podrían resistir.  Pero Inés se la jugó imponiendo su autoridad (¡qué hembra!): les cortó la cabeza a todos los líderes indios y se las tiró desde el fuerte a los belicosos asaltantes, arruinándoles por completo la moral y zanjando así el problema.
     - Así es, Sancho: tuvo el coraje de ejecutar lo que tenía que hacer. Esa misma mujer se desvivía en atenciones, como una madre, por sus compañeros españoles, y, en general, era muy querida. Pero, algunos, para perjudicar a  Valdivia, la sacrificaron a ella acusándolos de amancebamiento. El extremeño fue sometido a juicio por algunos abusos: salió absuelto, pero le exigieron que abandonara a Inés porque él ya tenía una esposa en España, llamada Marina Ortiz de Gaete. Se vio obligado a aceptar para librarse de duras condenas, y así terminó el romance. Qué tiempos.
     - Pero no fue tan dramática la situación, jovencito, porque en el “arreglo” se acordó que Inés se casara por todo lo alto con el más importante colaborador de su amante, Rodrigo de Quiroga, quien, años después de la tremebunda muerte de Pedro de Valdivia, fue gobernador de Chile, formando un feliz matrimonio hasta que la muerte les separó a muy avanzada edad.
     - Como no tenemos ninguna foto de tu adorada Inés, querido abad, pondremos la de una portada del libro de Isabel Allende. Sayonara.
     - Buena idea, secre; pero ten cuidado con la que escoges, porque hay una que no es comentable por un casto clérigo. Duerme bien.


     ¡Maldición!: este plumífero me la ha jugado abusando de que no lo puedo excomulgar y con la artera estrategia de los hechos consumados. Se ha desquitado de mis guasas, aunque tengo  que reconocer que la portada es estimulante (que el Señor me perdone). En cualquier caso, no hay mal que por bien no venga: que todo el mundo lea esa apasionante biografía y se convierta en un adicto irrecuperable a la epopeya de Indias.


domingo, 6 de diciembre de 2015

(106) - Noche primaveral y estrellada en mi querido valle de Mena. Has nacido tarde, lucero mío. Te habría gustado ser un reportero de Indias. Lo hacían mejor que tú, pero les faltaba apasionamiento.
     - Buena notte, caro dottore. Es cierto que su tono general era frío, salvo raras excepciones, como la del entrañable Bernal Díaz del Castillo. Hoy sacaremos de la mágica e inagotable chistera de Indias otro conejo espectacular: Pedro de Valdivia, también extremeño, nacido en 1497 y zurrado previamente, como varios de los que allí llegaron, en las batallas de Europa. Hacia 1537 ya estaba en el equipo de su amigo Pizarro. Acababa de volver Almagro fracasado de su exploración hacia Chile, y Valdivia consiguió permiso para un nuevo intento en la misma zona. Era muy rico, pero puso su dinero, y el hasta el ajeno, al servicio de la gloria. Ese abuso fue la única mancha en su expediente: en momentos de emergencia, se aprovechó de los bienes de sus soldados, e incluso de un amigo acaudalado que se hundió en la depresión y se suicidó. Con el resto de sus virtudes, que eran muchas, alcanzó un lugar privilegiado en el panteón de los más excelsos capitanes de Indias.
     - Y que lo digas, jovencito. Fue un corretón hasta el último aliento. Con su tropa de 150 españoles y 3.000 indios (alguien tendría que contar con objetividad la importancia de esa aportación de los nativos) puso rumbo al sur, empezando con el sabroso aperitivo de atravesar el desierto más duro de la tierra: Atacama.
     - Por si fuera poco, histórico reverendo, viéndose necesitado de bastimentos, lo volvió a atravesar con unos cuantos hacia Perú, y, conseguidos, más Atacama para continuar la delirante empresa. Su avance chileno fue espectacular y se hartó de fundar poblaciones, hoy archiconocidas, empezando en 1541 con la capitalina Santiago (qué visión de futuro). Todo ello en medio de los araucanos, sin duda los nativos más bravos de todas las Indias, como el cacique Caupolicán, inmortalizado con pomposos versos en La Araucana por Ercilla, que llegó a aquellas tierras poco después.
     - Y fíjate, querido cronista, en la lógica de los nombres. Su familia llevaba como apellido “de Valdivia” por tener su origen en ese pueblo extremeño, y él trasplantó la raíz a Chile dándole ese nombre a una nueva ciudad. Igualito que el caso de mi familia.
     - Razón tienes, amigo Sancho (estoy cervantino): los Matienzo de Matienzo de Ruesga (Cantabria) llegaron a Carranza (Vizcaya), no solo con el apellido, sino con el objetivo de fundar otro  pueblo con ese misno nombre, y llo llevaron a cabo. Termino con  Pedro: los aracuanos, para su desgracia, lo apresaron en una batalla y lo mataron con refinamiento, sabiamente torturado (se dice que  comieron sus brazos delante de él antes de que muriera). Tuvo de amante a una gran mujer: Inés Suárez. Mañana saldrá a escena. Ciao, caro.
     - Es justo y necesario: que salgan más damas, please. La mía benedizione por te.




    ¡DON PEDRO DE VALDIVIA! Otro gigante perseguidor incansable de sueños de gloria. El objetivo era utópico, pero aquella era gente que alcanzaba todo lo humanamente posible. Hasta tenían ojo clínico para fundar poblaciones inmortales, como Santiago de Chile, justito en el centro de ese país que parece una franja sin fin. Un monumento le recuerda merecidamente en el centro de la gran capital. Fue un César civilizador: “Vine, vi y fundé”.


sábado, 5 de diciembre de 2015

(105) - Buenas noches, “suavidades”: vas dando el pego con tu apariencia de caballero. Pero me alegro de que estés contento porque ha vuelto de Colombia tu querida muisquita. Ya sabes que los españoles decían que eran las mujeres más bellas de Indias. Tenía que haberme embarcado (que el Señor me perdone).
     - Yo creo que estás envidioso de que me hayan enviado dos libros del descacharrante y extraordinario escritor Daniel Samper.
     - En Quántix no sabemos lo que es la envidia, my dear. Al contrario: estoy deseando que los leas lápiz en mano, recojas sabrosas palabras colombianas y sazones con ellas nuestras divinas tertulias.
     - Okay, tierno Sancho. Pero sigamos con lo nuestro. Fancisco de Orellana, después de ser vomitado por el Amazonas  en  la Mar Océana, tuvo claro que debía  “volver al toro”, como otro igual de “trastornado” y tuerto que él, Padilla, con ese look (nunca mejor dicho) a lo Millán Astray (vaya trío de novios de la muerte). Consiguió del rey la licencia para llegar al monstruoso río y subir su curso descubriendo tierras, poblándolas y explotándolas. Se casó en Sevilla (no solo de gloria vive el hombre) con una jovencita llamada Ana de Ayala.
     - Alto ahí, perillán, que no has dicho que, aunque sevillana, era probablemente deuda mía porque yo estaba también emparentado con los Ayala. Lo dice muy claro mi hijo en su testamento, esa preciosa joya que recoges en nuestro glorioso libro. Pobre chiquilla, atada al carro de un héroe iluminado y medio suicida.
     - Pero el tuerto era mucho tuerto, reverendo. Como los reyes fueron siempre unos rácanos, Orellana se empeñó hasta el morrión. Incluso le pusieron trabas para partir, y el tío se largó sin permiso. Llevaba cuatro naves, y solo una llegó  al Amazonas; Francisco inició su peripecia río arriba, pero su memoria  le falló y fue incapaz de encontrar la vía principal. Era demasiado cabezón para rendirse, y las fatigas de tanto empeño terminaron con su vida sin que conste cómo ni dónde exactamente. Posteriormente se hizo una investigación oficial de lo ocurrido. Aparece como testigo su enamorada, Ana de Ayala, que, probablemente, se habría quedado en puerto seguro esperando la vuelta de Francisco. Esto es parte de su testimonio: “La testigo sabe que pasaron grandísimo trabajo de hambre y enfermedades, que se comieron los caballos y los perros en once meses que anduvieron perdidos por el río, que murió la mayor parte de la gente y su marido, y que solo escaparon 44 hombres, uno de los cuales fue el capitán Juan Peñalosa” (con quien, por cierto, se casó).  Gente heroica, Sancho. Bye, daddy.
     - A su lado, los clérigos éramos tímidas damiselas, aunque algunos alcanzamos gran poder. Happy dreams.



     Misterioso Amazonas, tan hermoso como terrible, tumba de Francisco de Orellana. Navegaron miles de kilómetros torturados sin tregua: enfermedades, mosquitos, alimañas, ataques de los indios, hambre, fatiga, anemias, nervios destrozados, y sin poder abandonar el río por la impenetrable selva, más la depresión de ver cómo los compañeros se iban muriendo.Algunas empresas terminaron con éxito, pero muchas, como la del heroico tuerto, en un fracaso total. Un respeto, please.


viernes, 4 de diciembre de 2015

(104) - Good night, my dear old man. Nos falta otro tuerto “grande”.
     - Welcome, my good priest of Maine. El hiperactivo Francisco de Orellana: corta vida, largos hechos. Natural de Trujillo, tierra de héroes. Nacido en 1511, se largó a las Indias con 16 años, dispuesto a comerse el mundo o a que lo comieran. Pronto se convirtió en un eficaz colaborador de su pariente y amigo Pizarro, pero con vuelo propio por sus dotes de mando, y adquiriendo relieve social como rico y respetado encomendero. Ese instinto “civil” le permitió dedicarse también a fundar poblaciones. La primera en 1535 (casi un chavalín) bajo el nombre de Puertoviejo, y al precio, entre otras cosas, de que le quebraran un ojo. Entre batalla y batalla, le dio tiempo a restablecer de forma sólida y definitiva, el año 1539, la ciudad de Guayaquil, donde recuerda el acontecimiento una lucida estatua respetada por los agradecidos ecuatorianos. Como ya vimos, el año 1540 Pizarro envió a su hermano Gonzalo a la loca aventura de la búsqueda de El Dorado.
     - Solo el hombre se empeña en dar coces contra el aguijón, hijo mío. A Gonzalito no le hizo mucha gracia, pero tuvo que aceptar que participara en la empresa Orellana. Se metieron en un callejón sin salida, y, como vimos ayer, tuvieron que comerse hasta los perros. El “tuerto” se ofreció a ir río abajo para buscar comida, prometiendo volver con los recursos. Aceptado el plan, se puso en marcha, pero el poderosísimo Amazonas arrastró a Orellana y sus “cuates” a lo largo de miles de kilómetros, encargándose de convertirlos,  a base de sufrimientos de todo tipo durante unos dos años (héroes a la fuerza), en los primeros asombrosos descubridores que lo recorrieron enterito. Gonzalo, por supuesto, cansado de esperar, se había vuelto a casa derrotado, y Orellana, radiante, vino a España.
     - Tú, querido abad, no llegaste a conocerlo, pero trataste a muchos del mismo calibre; seguro que nunca supiste lo que era el aburrimiento. La historia de este extremeño, como la de la mayoría de aquellos numerosísimos alucinados, da para un extenso culebrón. Dejaremos para mañana el segundo capítulo de su odisea amazónica, porque no tuvo más remedio que volver, como los asesinos, al lugar del “crimen”. Primero consiguió pasar la prueba de fuego de demostrar que no había dejado abandonado a su jefe, Gonzalo Pizarro. Quizá el “notición” que traía le allanara el camino ante el rey. Acto seguido, loco de ilusiones, solicitó una exclusiva para dejarse tragar de nuevo por el Amazonas, esta vez río arriba, y poblar aquellos inmensos territorios. Se lo concedieron y, además, con el nombramiento de gobernador. To see you to-morrow, daddy.
     - Okay, my little and lovely biographe. Be happy.



     Ahí tenemos, con cara de pocos amigos, al gran Francisco de Orellana, recordado en su pueblo natal, Trujillo. También se le hizo justicia en Guayaquil, la ciudad ecuatoriana que fundó, colocándole una vistosa estatua. Da gusto ver que se reconozcan los méritos.


jueves, 3 de diciembre de 2015

(103) - Hola, agonías: ayer no pude aguantarme la risa; excuse me.
     - Me lo imaginaba, juguetón ectoplasma, y voy cambiar el tema del día. En mis varios buzoneos, tropecé con perros amenazantes, pero los toreé bien. Ayer paseaba, me salió de frente un trío de canes histéricos,  y los tenía a raya, pero uno de ellos, traicionero, se puso detrás y me lanzó una dentellada al muslo que fue como un trallazo.
     - Dale gracias al Señor, hijo mío, por tener lo principal delante.
     - Tú sigue con la  broma, que es gratis. El desgraciado hizo tirabuzón y me desgarró el músculo. Pensé en lo que podría haberle hecho a un niño. Y, de rebote, en la utilización de perros en Indias.
     - Lo pasaste de largo en nuestro libro, en parte porque también tu querido Balboa los utilizó, y, en una ocasión, de forma dramática.
     - Pues es el momento de hablar de esta “arma de combate”. Los soldados llevaban perros agresivos, especialmente de raza alana, pero bien amaestrados, que eran magníficos para cazar, vigilar y rastrear. Lo terrible era su uso para la guerra, algo habitual a lo largo de la historia humana. Resultaban tan eficaces contra los aterrorizados indios que algunos se hicieron famosos y llegaron a cobrar para sus dueños un sueldo de soldado, como el llamado Bruto, y otros dos de cariñosos nombres, Becerrillo y Leoncico. Recojo unos breves textos de los cronistas. El primero honra bien poco la memoria de Vasco Núñez de Balboa, y las víctimas fueron indios homosexuales. Lo contó entonces  Pedro Mártir de Anglería: “La casa de este indio encontró Vasco llena de nefanda voluptuosidad: halló al hermano del cacique en traje de mujer, y a otros muchos acicalados y, según testimonio de los vecinos, dispuestos a usos licenciosos. Entonces mandó echarles los perros, que destrozaron a unos cuarenta”. El segundo es del historiador Oviedo y habla de una vieja india a la que sin razón alguna el capitán Diego de Salazar quiso aperrear (quizá por supuesta bruja): “El perro se paró como la oyó hablar, e muy manso se llegó a ella e alzó una pierna e la meó, como los perros lo suelen hacer en una esquina o cuando quieren orinar, sin le hacer ningún mal. Lo cual los cristianos tuvieron por cosa de misterio, según el perro era fiero y denodado; e así, el capitán, vista la clemencia que el perro había usado, mandóle atar, e llamaron a la pobre india. Y desde a un poco llegó el gobernador Joan Ponce; e sabido el caso, no quiso ser menos piadoso con la india de lo que había sido el perro, y mandóla dejar libremente y que se fuese donde quisiese, e así lo fizo”. El que, fiel a su mala condición, los utilizó con sádica crueldad fue Pedrarias Dávila. Aunque también los multiusos chuchos sirvieron de comida en situaciones desesperadas, como le ocurrió a la tropa de Gonzalo Pizarro en su desastroso viaje por el Amazonas. Lo cuenta el extraordinario cronista (uno más de los muchos “grandes”) Cieza de León: “E padecían grandísima necesidad de comida, porque ya se habían comido los perros, que eran más de novecientos, e dos tan solamente habían quedado vivos”. Había que contarlo. Misión cumplida. Agur, Santxotxu.
     - Bihar arte, lastana. Y no  salgas a pasear  sin un bastón, Felitxu.



     Bastante mala prensa tiene la llegada de los españoles a Indias como para  que nos adjudiquen también la “patente” del uso de perros de guerra. Esa escena se pintó en la sepultura del faraón Tutankamon.


miércoles, 2 de diciembre de 2015

(102) - Buenas noches, romántico trovador: vaya piropo tuviste para  Francisca Pizarro; rozaste la frontera entre lo sublime y lo ridículo.
     - Hola, ironías; no perdonas una. Hoy diremos algo de Gonzalo Pizarro, su tío, otro que le echó los tejos; pero “ná de ná”. Era también bastardo, aunque legitimado por su padre, y estaba lleno de cualidades militares y de arrogancia. Entre los cuatro hermanos Pizarro se habían comido crudo al tuerto Almagro, que en mala hora se asoció con Francisco  en tiempos de promesas y esperanzas. Como todos los descomunales personajes de Indias, Gonzalo ardía de desasosegada ambición, y en 1540 organizó una armada con  unos doscientos españoles y más de mil indios, saliendo de Quito y comenzando a descender por el río Amazonas para llegar a la fantasiosa zona de El Dorado, donde se suponía que el seductor metal abundaba como las piedras porque los caciques celebraban ceremonias cubiertos con su polvo. Todas las expediciones que se hicieron terminaron trágicamente. Y la de Gonzalo fracasó desde el comienzo, porque se vio tan desesperado que tuvo que parar  y aceptar, a regañadientes y con desconfianza, que otro sublime tuerto, Francisco de Orellana, descendiera la corriente para buscar alimentos, bajo caballeresca palabra de volver. Pero no volvió. Y tener la certeza de que no pudo es imposible, aunque no era fácil remontar semejante río. Mañana hablaremos de su peripecia.
     - Siempre me impresionó, querido secre, el sentido común de Cortés, que, por desgracia, les faltó a los Pizarro. Gonzalo tuvo que volverse, y, al llegar a Perú se enteró de la muerte de Francisco a manos de los partidarios del ejecutado Almagro dirigidos por su hijo, también llamado Diego. Aquello era un mar turbulento de enfrentamientos civiles que costaron mucha sangre. Gonzalo, inicialmente, simuló coquetear con el bando leal a la Corona. Se le quitó la vida después al hijo de Almagro, y la situación degeneró tanto que un poderoso grupo de españoles, eligiendo por jefe a Gonzalo Pizarro, se sublevó contra el rey pretendiendo la independencia de Perú.
     - Lo que demuestra, querido abad, que es fácil hacer política de salón y practicar el “buenismo”. Las leyes protectoras de los indios del año 1543 fueron absolutamente necesarias, pero su aplicación se hizo de manera traumática para los hacendados españoles, dando origen a esa demencial rebeldía que era imposible llevar a buen puerto. Carlos V mandó a un hábil virrey, Pedro de Lagasca, quedando sofocado con rapidez el intento, cuya cabeza era, como hemos dicho, Gonzalo, y perdió la suya. Otra revuelta posterior tuvo el mismo fin. Después las aguas  remansaron y, poco a poco, Perú llegó a ser el virreinato más próspero y mejor administrado de Indias. Vale, carus Sanctus.
     - Ego benedico tibi et te absolvo ab abundantibus peccatis tuis.


     El cuadro es moderno, pero pudo ser así la partida de Gonzalo Pizarro hacia El Dorado. No les bastaba a los Pizarro el Perú y esperaban dar en la diana de un reino cubierto de oro. El ambicioso capitán ni siquiera pudo comprobar que todo era una fábula: el Amazonas le derrotó en el primer asalto. Luego sería peor: al dar la vuelta se enteró de que su hermano Francisco había sido asesinado, y,  después, insensatamente, se enfrentó al rey, perdió la batalla y lo ejecutaron. Lo de Indias tenía que haberlo contado Homero, porque Troya, dioses aparte y comparado con esto,  fue un juego de  niños.


martes, 1 de diciembre de 2015

(101) - La campanada docena de Rosales. I am here, my sweet heart. Dice un seguidor de estas peripatéticas tertulias que le gustan nuestros escarceos; así que adelante y sin freno (que el Señor lo bendiga y le premie tanta bondad).
     - Wellcome, my bosom friend. Francisco Pizarro se casó con la hermana de Atahualpa (dramática cosa, porque lo ejecutó); tuvieron dos hijos, Gonzalo, que murió joven, y Francisca Pizarro Yupanqui. Si todos sus compañeros se “forraron” en los inicios de la “conquista”, lo de Pizarro fue el no va más.  Al quedar huérfana la mestiza, heredó la gran fortuna de su progenitor,  y cuando se transformó en una primaveral  mariposa de vivos colores andinos, fue pretendida por un montón de moscones hispanos, a los que, como nueva Penélope, les dio esquinazo. Se vino a España rondando los veinte años, donde le esperaba otro  moscón más pegajoso, taimado y carrozón, su tío Hernando Pizarro, de cuya fecha de nacimiento circulan datos disparatados, pero que andaría entonces por los 50 años (pura lógica, si nos atenemos a la fecha del documento en el que vimos que, todavía muy joven, le nombró capitán el emperador). Hernando se encontraba en su acogedora prisión de privilegiado reo dentro del castillo de La Mota. Era muy rico, pero su sobrina más, y se la llevó al tálamo: algo tendría el “chuleta”, porque Francisca demostró ser, además de acaudalada, una mujer llena de cualidades (la belleza mestiza se le supone), buena esposa y buena madre. Muerto en 1978 el añejo esposo, ella se volvió a casar, y cumplió al pie de la letra el deseo del difunto: hacer un suntuoso palacio en su pueblo natal, Trujillo. No se anduvo con miserias: construyó el edificio, hoy llamado de los Pizarro, en la Plaza Mayor, de hechuras principescas, con amor de esposa y de hija (en su momento hablaremos de otras maravillosas mujeres de la aventura de Indias).
     - Y tú, que tanto has viajado a la aventura, llegaste “in illo tempore” a Trujillo, te encantó el pueblo, viste el palacio, te llamó la atención el balcón y su  gran escudo esquinados, y, por tus pecados, te pareció suficiente saboreo, y, dita sea, te largaste. ¡Porca miseria!
     - Me pasó lo mismo contigo, querido padrino: solo vi sobre la superficie de Mena borrosos y escasos rastros tuyos. Pero empecé a escarbar y descubrí un  mundo apasionante e inagotable.
     - ¡Meneses, menesas, escarmentad en cabeza ajena! Sigue, corazón, que ya me he desahogado. Quedan dos hermanos.
     - Te pones grandilocuente, dulce Sancho; pero me gusta que no des puntada sin hilo. De Juan Pizarro, poco hay que decir. Era un tipo valioso, pero  murió pronto, en 1536, luchando contra los indios sublevados en Cuzco. Nos queda para mañana Gonzalo, el más joven, y de muy complicada trayectoria en Perú. Sayonara, daddy.


     Francisca Pizarro Yupanqui: ¡viva el mestizaje! Siempre fue consciente de su alta dignidad, frente a españoles y a indios. También el Inca Garcilaso de la Vega, buen cronista del Perú, presumió de su doble grandeza por mestizo de alcurnia. Francisca construyó ese precioso palacio que se ve al fondo para gloria de su marido, Hernando, y de su padre, Francisco. Siglos después se colocó la estatua ecuestre y la plaza quedó convertida en un lugar excepcional. Pero, jovencito, para saborearlo bien, hay que saberlo.


lunes, 30 de noviembre de 2015

(100) - Estás picoteando bien la historia, pequeñín: como alguien se anime a fisgar entre los cronistas de Indias, se va a quedar enganchado de por vida. Hablemos de Hernando Pizarro.
     - Eres un coach de primera, astuto abad.  Francisco Pizarro resulta atractivo como persona, pero su hermano  fue un tipo arrogante. Entre varios bastardos, fue el legítimo  heredero de Gonzalo, que, para mayor escarnio, reconoció como hijos a todos sus “bellos pecados” menos a Francisco, aunque quizá hubiera una razón: de haberlo hecho, quedaría desplazado como primogénito el “chuleta”. Lo que no se le puede negar a Hernando es su gran valía como militar. Estuvo, siendo muy joven, luchando al lado de su padre, capitán del rey, en la zona de Navarra contra los franceses. Hay un documento que encontré por chiripa y nunca he visto mencionado, en el que se le nombra también a él capitán. Resumo lo esencial: “El Rey. Por cuanto yo soy informado que, al tiempo que el exército de Francia entró en el nuestro Reino de Navarra, Juan Nicorte, nuestro capitán de infantería, reo (o sea, culpable), no guardando la fidelidad que nos debía, se quedó en Pamplona con los franceses, a cuya causa diz que el Duque de Nazara, nuestro visorrey del dicho reino, nombró en su lugar a Hernando Pizarro, hijo del capitán Gonzalo Pizarro, persona muy hábil para ello, por lo mucho que el dicho su padre y él nos sirvieron en el cerco de Logroño; por ende, Yo por la presente lo he por bien y lo confirmo y apruebo. Fecha en Gante a 27 de julio de 1521 años”.
     - ¡Ay, lucero mío! Qué recuerdos. Solo me quedaban cinco meses de vida. Quien da fe del documento es el temible secretario real Francisco de los Cobos. ¡Vaya elemento! Pero era uno de los aliados de mi padrino, el obispo Fonseca, y me vino de perlas para que Carlos V  me mantuviera en la Casa de la Contratación.
     - Tuviste una vida tormentosa pero apasionante, olvidado menés. Al recibir la copia de la confirmación real de su nombramiento, Hernando dejó diáfana su firma manuscrita. Uno se queda con la impresión de que el grandísimo Francisco Pizarro le tenía cierta reverencia a este petulante e ilustrado “hijo legítimo”, y es muy posible que, por propia iniciativa, fuera Hernando el que ejecutó a Almagro, el “sin ventura” socio de su hermano. De hecho, al volver a la Corte en 1539 para negociar asuntos, fue acusado del delito y condenado a prisión, permaneciendo “teóricamente”  encerrado en el castillo de La Mota más de veinte de años, aunque viviendo a lo grande. Fue una suerte para él porque se libró de acabar en Perú  tan trágicamente como su hermano Gonzalo.
     - Sigue mañana  con la historia. Esto se está llenado de tuertos de guerra. Le “quebraron” un ojo a Pánfilo de Narváez en batalla contra Cortés; la misma “quiebra” tuvo Almagro, y pronto aparecerá otro ilustrísimo “cíclope”. Y, ¡oh, Dios mío!: más adelante hablarás  de mi querido tataranieto Álvaro Ortiz de Matienzo, que el pobre, también por heridas de guerra, quedó “ciego de la vista corporal”. Saca alguna foto bonita que me consuele. Bye, my dear.
     -  Continuaremos con los Pizarro. Bye, sweet Sancho.



     No es muy alegre la foto, secre, pero al menos es positiva: ese mausoleo está  dedicado con toda justicia a Francisco  Pizarro dentro de la catedral de Lima, ciudad fundada por él en 1535. Se preparó en 1985 con motivo del 450 aniversario de la ciudad, y da gusto ver que  los peruanos se sienten todavía agradecidos al viejo luchador.


domingo, 29 de noviembre de 2015

(99) - Bonne nuit, mon doux bigraphe. Ça va bien?
- Tout  va bien, mon cher ectoplasme.  El superman Pizarro era hijo bastardo de Gonzalo Pizarro, un veterano militar de cierta alcurnia, que lo estimaba, pero dio, como era lógico, un trato preferente a sus legítimos. Eso fue una bendición para la Historia, porque Francisco tuvo que espabilar, largarse a Indias y sacar el máximo provecho a sus extraordinarias cualidades. Afinando su perspectiva con lo que Hernando de Soto le contó de su visita a Atahualpa, decidió, demencialmente, ir a por él con su pequeño grupo de apenas 180 hombres, a los que, al llegar al punto de encuentro, colocó estratégicamente. Llegó el “divino” inca con una inmensidad de indios, y, tras un diálogo surrealista, un fraile “arrebatado” le dio una biblia con gestos amenazantes, y Atahualpa, naturalmente confuso, la tiró al suelo con desprecio. Resultó fulminante: Pizarro dio orden de atacar y, al grito de “¡Santiago!”, los capitanes y sus chusqueros hicieron una rápida escabechina que paralizó a los guerreros incas, y, en un instante, se apoderaron del “intocable”. Fue una estrategia calcada de lo que había utilizado Cortés con Moctezuma.
     - ¡Qué grande era aquel tosco analfabeto! Con el tiempo, el Perú se convirtió en el virreinato más importante de Indias y del que más riquezas se extrajeron. Pero Francisco tuvo un punto débil que ocasionó varias revueltas sangrientas entre los propios españoles: le faltó el sentido práctico de Cortés. Cuéntalo, jubiloso jubilado.
     - Tú cojeabas de lo mismo, dulce abad: la pasión por la familia, al estilo Corleone. Cuando vino a España para negociar los permisos reales de su “conquista”, hizo trampa, rebajó los derechos de su socio Diego de Almagro, y, lo que fue peor, retornó a Indias con tres hermanastros, Hernando (el “legítimo”), Gonzalo y Juan, todos valiosos, pero novatos (salvo el primero, que se había zurrado bien en las guerras de Europa), dándoles en Perú los cargos más importantes, con el resquemor de sus mejores capitanes. Más de uno terminó por abandonarle, como Hernando de Soto. Pero su socio, Diego de Almagro, dolido en lo más íntimo, intentó explorar por su cuenta en otra zona, y tras fracasar, se revolvió  militarmente contra los Pizarro: fue derrotado y ejecutado, aunque, al parecer, sin permiso de Francisco. El hijo de Diego lo vio de otra forma, de manera que, confabulado con otros descontentos, consiguió que mataran a cuchilladas al gran Francisco Pizarro, cual nuevo César, aunque el viejo héroe se llevó por delante a más de uno. Era un antiguo “novio” de la muerte.
     - Y, por cierto, ¿qué me dices de su amores, pequeño morboso?
     - Pues que no parece que “le fueran” las españolas: tuvo como compañera a Angélica Yupanqui, hija de un inca noble. Bonne nuit


     - Hacia el año 1931, el escultor gringo Rumsey hizo tres copias de esta grandilocuente escultura del excepcional Francisco Pizarro. Luce bien en la plaza de su precioso pueblo, Trujillo. Otra de las copias tuvo sus más y sus menos en Lima. Estuvo a la entrada de la catedral, hasta que, por misteriosas presiones del obispo, la retiraron y quedó arrinconada largo tiempo en un almacén. En esos vaivenes de la crítica antiespañola, se decidió finalmente respetar la memoria del extremeño, y, aunque, el sitio es más modesto, ahora se la puede ver en el limeño Parque de la Muralla.


viernes, 27 de noviembre de 2015

     (98) - ¿Te das cuenta, perspicaz joven? Algo pasa en nuestro país que no es normal: sois muy negativos con vuestros propios valores. No sé si es un ramalazo masoquista. Quizá sea verdad aquello de que “si alguien está hablando mal de un español, es un español”. Clama al cielo que en vuestra formación escolar se deje de lado la grandeza de vuestra historia, tanto en sus vergonzosas miserias como en sus sublimes logros. Sois muy dados al complejo de Estocolmo: ha calado profundamente en vosotros el sentimiento de culpa inclucado por viejas propagandas interesadas. Pero, arriba los corazones y dejemos de lado estas debilidades. Sigue con el gran Pizarro, que ese sí era un ejemplo de tenacidad y de sano orgullo.
     - Pues a ver si se nos pega algo, reverendo. Francisco y  sus “trece de la fama” recibieron la ayuda que esperaban, y, con ese refuerzo, llegaron hasta Cajamarca, con la fortuna de que el imperio inca se encontraba dividido por la rebelión de Atahualpa. Una vez más, como ocurrió en México, se repetía el choque entre dos culturas. Pizarro no quiso ser el primero en presentarse ante el inca. Le confió la misión a Hernando de Soto. Atahualpa era una “divinidad”: las mujeres de su harén ponían las manos cuando iba a escupir y se tragaban sus cabellos antes de caer al suelo para que nada suyo tocara la vil tierra. El español era un experto jinete y se puso a caracolear con su caballo simulando arremetidas, lo que provocó el pánico de la numerosa guardia personal del “divino”, que se mostró diplomático con Soto, pero ejecutó a sus medrosos soldados. (Ojo con idealizar las culturas).
     - Habrá que contar algo de Hernando. Le conocí muy joven, cuando partió en la enorme expedición del fanático Pedrarias, que tuve yo el honor de organizar. Fue otro gigante: daré solo dos detalles como aperitivo que despierte el ansia de entrar en ese riquísimo desfile de apasionantes biografías que llenan la historia de Indias. Pizarro le tuvo como su mano derecha en los momentos heroicos del Perú. Después, muy rico pero algo distanciado del “analfabeto”, se volvió a España, y, entusiasmado por lo que Cabeza de Vaca contó de su increíble peregrinaje, consiguió una licencia real para explorar la zona de Florida, donde fue, como siempre, un buen líder. Pero una vez más esa “maldita” tierra resultó, también para él, la perdición y su tumba, no pudiendo conseguir más que éxitos geográficos: fue el primero en adentrarse por el río Mississipí. Cuenta mañana, pero a ser posible como “boccati di cardenali” para exquisitos gurmets, algunos detalles esenciales más sobre Francisco Pizarro, cuya historia personal necesitaría un tratado enciclopédico. Y dices bien: ¡los conocí a todos! Ciao, bambino.
     - Va bene, caro Sancio: seguiremos regalando “aperitivos”.


     No seáis injustos hijos míos: aquellos vilipendiados españoles quedaban, en la mayoría de los casos, miserablemente recompensados, cuando no endeudados de por vida, o, peor todavía y con frecuencia, trágicamente muertos, salvo los pocos “elegidos” que lograban el éxito, aunque también ellos tenían que entregar lo más valioso a su rey y a su país. El mapa muestra el recorrido de Hernando de Soto, partiendo de Cuba, avanzando desde Florida y atravesando varias veces el Mississipí, en cuya orilla fue enterrado. Sus fieles compañeros bastante hicieron con volver dificultosamente a casa bajo el mando del capitán Moscoso de Alvarado.


jueves, 26 de noviembre de 2015

(97) - ¡Qué epopeya la de Indias!, jovencito. Y casi ni la conocías.
     - No te rías de mí, ilustre doctor, porque el fallo es de la enseñanza. Es imperdonable que se entierre algo tan grandioso. En poco más de 50 años, se descubrió cuanto había por recorrer: una inmensidad. Después el trabajo se redujo a administrar lo ocupado y construido, que tampoco era pequeña tarea. Para vergüenza nuestra, el más apasionado entusiasta (incluso, a veces, demasiado) de aquellos asombrosos hechos fue un norteamericano llamado Carlos F. Lummis, que escribió el libro “Exploradores españoles del siglo XVI” hacia el año 1900.
     - También tú llegaste de fuera para desenterrar mi trepidante memoria. Pero recupera el hilo sobre  Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
     - Personaje singular donde los haya. Buena persona, afable con los nativos, heroico aventurero a la fuerza, y magnífico cronista de su propia peripecia en el libro  “Naufragios y comentarios”. Anduvo errante por el norte de México  durante siete años  tras el desastre de la armada de Pánfilo de Narváez, acompañado de Alonso del Castillo, del esclavo negro Estebanico y de un, casi seguro, paisano de tu familia, Andrés Dorantes de Carranza. Los indios los esclavizaron, pero se ganaron prestigio como curanderos y fueron muy respetados. Su ansia de alcanzar la zona de españoles les obligó a recorrer miles de kilómetros por el norte de México. Álvar se cubrió de gloria y volvió a España, donde el rey le encomendó otra misión que comentaremos más adelante, porque el orden de fechas nos obliga a presentar ante el respetable a otro gigante: Francisco Pizarro (pariente de Cortés). Es posible que fuera el testigo privilegiado del mayor número de acontecimientos indianos. Salvó el pellejo de milagro en innumerables ocasiones, como en la que perdió la vida Juan de la Cosa por un error táctico de Ojeda. Iba en el grupo que vio por primera vez el Pacífico bajo el mando de Vasco Núñez de Balboa, a quien apresó después por orden del nefasto Pedrarias Dávila, que no paró hasta que lo mató, por muy yerno suyo que fuera. Tras el exitazo de Cortés, llegaban rumores de que, por la costa del Pacífico abajo, había otra civilización de fábula. Y ese fue el objetivo del correoso, inteligente, carismático, bastardo ¡y analfabeto! Don Francisco  Pizarro.
     - También yo le vi varias veces por la Casa de la Contratación. Alcanzó la gloria gracias a su madera de líder nato. Eran tantas las penalidades de la marcha que todos se quisieron volver. Pizarro a nadie forzó, pero soltó una arenga megalómana diciendo que la retirada era el fracaso y que seguir el camino sería llegar a la cima de los dioses. Solo convenció a trece, “los de la fama”, que durante toda su vida exhibirían con orgullo ese mérito. Los demás prometieron volver, y lo hicieron, pero en barco, con provisiones y de forma más soportable. Y lo que son las cosas: llega Pizarro a Sevilla con la “buena nueva”, y lo encarcelan por antiguas deudas. Pero allí estaba Cortés para sacarle del apuro. (Continuará).
     - Y pensar, Sancho,  que los conociste a todos… Mañana más.



     Ese interminable recorrido terrestre de la parte norte, ocupada por los indios navajos (los de las películas del Oeste), fue el que hizo Álvar Núñez Cabeza de Vaca con sus tres compañeros,  hasta llegar a la zona española de Culiacán. El resto, hasta México capital, fue cómodo y triunfal, repitiendo mil veces a  los curiosos españoles su experiencia atormentada y larga (siete años), e, incluso, dando pie a futuras expediciones fantasiosas y fracasadas de otros capitanes, en una de las cuales murió el esclavo negro Estebanico.