lunes, 18 de enero de 2016

(148) - Gabon, lastana: final de la tragicomedia de Jaime Rasquín.
     - Kaixo, Santxo. La nao de Villaldrando parecía perdida, pero cuenta Santoya: “Seguíamos navegando muy despacio, de manera que nos alcanzó cuatro días después, y el gobernador, cuando vio la nao del maestre de campo, dio albricias (un premio) a quien se la mostró primero, pues pensaba que se habían ido a tierra firme, y le había preocupado mucho no poder dar cuenta a los de la Audiencia de Santo Domingo más que de una de las tres naos que había sacado de España”. Llegaron el día 17 de julio, en primer lugar Villandrando, “y como había noticia de piratas franceses y era de noche, desde la fortaleza nos tiraron dos piezas gruesas (ya sabemos ahora en qué barco iba Santoya), y vino en un batel el alguacil mayor. Los de la Audiencia, como fuese tiempo de huracanes, mandaron que el maestre de campo entrase sin aguardar al gobernador. Pero se quedó en el río dos días porque no quiso saltar en tierra hasta que el general entrase, aunque Dios sabe la gana que el pobre mozo tendría, siendo muchacho y haciendo tanto tiempo que lo deseaba. Pues, llegado el gobernador y saltados en tierra, como la gente iba tan debilitada y la tierra es enferma por razón de ser muy cálida y húmeda y a nadie perdona, vierais aquel hospital tan poblado que, en pocos días, no cabía de gente. Luego comenzaron los oficiales de Su Majestad a proceder contra el gobernador para cumplir con sus oficios, y los más agraviados pedían justicia del gobernador, tantos que se halló algún día que la Audiencia no tenía más pleitos que los del gobernador. Comenzáronsele a desvergonzar todos, de manera que, aunque se topaba en la calle con sus soldados, no hacían caso dél más que de un gabacho (era una expresión muy reciente). Al fin andaba solo como el más bajo hombre de la armada, que era lástima haberle conocido tan señor y verlo tan abatido. Y de aquí se puede colegir que la soberbia no sube al cielo”. Bonito remate filosófico.
     - Pero, divino scriptore, no parece que Rasquín quedara KO. Seis años después le escribió otra carta al rey, que nos la vamos a ahorrar porque lo tenemos ya fichado. Se muestra dramáticamente preocupado por la necesidad de enviar ayuda a la zona de Asunción. No lo dice claramente, pero da la impresión de que está intentando que le encarguen a él la tarea. Esta vez el rey no fue tan ingenuo y puso en otras manos más fiables esa misión, con buenos resultados, entre ellos la fundación definitiva de Buenos Aires. Agur.
     - Nos queda para mañana, entrañable ectoplasma, dedicar una sentida página al triste recuerdo de ese juvenil personaje del que con tanto afecto ha hablado repetidas veces Santoya: Villandrando.
Primero tropezó con Rasquín; luego con el demonio. Bihar arte.



     La expedición fue un total fracaso, pero la llegada a Santo Domingo una liberación. Esa ciudad fue la primera verdadera administración de Indias (con mi sobrinito Juan haciendo de las suyas en la audiencia desde 1512), y la más vinculada a Colón y a su familia. Ahí está su estatua apuntando hacia España, espejada en la que tiene en Barcelona. La otra foto nos muestra la fortaleza desde la que le tiraron dos balas de cañón a la “sospechosa” nao de Villandrando, y unos turistas entrando en tan histórico recinto. Es bonito que los hechos del pasado queden sacralizados.



domingo, 17 de enero de 2016

(147) - Delicado poeta: estás impresionado por lo que cuenta Lope García de Salazar sobre la época de la Alta Edad Media. ¿Qué opinas?
     - Que la naturaleza es engañosa y nos hace fanáticos: benditas sean las lumbreras que nos han abierto los ojos. Nos parece que nada cambia: tú viviste unos tiempos muy violentos, pero los siglos medievales eran pura brutalidad militar, gozosa de arrancar los ojos al enemigo. Asusta lo que queda de fanatismo en algunos países.
     - Estás pensando en esa embarazada que acaban de lapidar, víctima de las leyes musulmanas más demenciales. Sigue con lo que Santoya cuanta de la desventurada expedición, para que se vea lo afortunados que sois ahora.
     - Okay, arrepentido ectoplasma. “Acontenció un caso nefando (de sodomía) y harto estupendo (impresionante): que en la nao capitana se halló que el contramaestre della, que era puto, se echaba con un muchacho, y con otro pasaba una cosa horrenda. Y al contramaestre dieron garrote y lo echaron a la mar, y a los dos muchachos azotaron, y, por ser sin edad mayor, les quemaron los rabos, cosa que dio alteración harta en las dos naos, aunque dicen que el gobernador lo sabía desde Canarias”. En cuanto llegaron a   Barbados, se dieron cuenta de que los nativos eran muy agresivos. Bajaron a tierra con precaución, “yendo por principal Diego Velázquez por ser un experto hombre de Indias, porque decían que en la isla hay indios muy belicosos y que comen carne humana”, y unos  nativos hirieron a seis con sus flechas. Los españoles volvieron con más refuerzos, bajo el mando de Villandrando, “y descubrieron dos ríos, y miramos aquella tierra y a mí me pareció la más fértil  que hasta entonces había visto en mi vida. Y la gente, pensando que, si quedáramos allí, quizá Juan Gómez de Villandrando quedara por su capitán por irse fuera de la sujeción del gobernador, aunque fuera la más pésima tierra, la tuvieran por la mejor del mundo. El último día vinieron unos veinte indios en canoas y nos dieron guerra con tanto denuedo como si fueran mil”. Finalmente, decidieron salir de allí, e incluso les tentó la delirante idea de ir por la costa abajo hasta Río de la Plata. Tras una reunión de urgencia, se tiró definitivamente la toalla, y hasta el gobernador estuvo de acuerdo en dirigirse a Santo Domingo. Rasquín se había derrumbado, y se decía que era un milagro su cambio de comportamiento, “pues hay que ver la soberbia con que iba y cómo nuestro Señor le abajó, que de señor gobernador se volvió Jaime Rasquín y aun menos”. Puestos en marcha, siguieron con las penalidades, torturados por el hambre y la sed. “Fue Dios servido que nos dio unos aguaceros, y con sábanas y con camisas y con mantas, era tanta la  priesa de coger agua que no se mojaba el suelo”. Los vientos separaron  las dos naves hasta perderse de vista. Nos acercamos al fin. Bye, dear.
     - No vendrán mal unas pragmáticas palabras de Churchill. Adio.



     ¡Mamma mía! Al ladito de “mi” catedral, han puesto en el ayuntamiento de Sevilla una bandera del orgullo gay. En mis tiempos, el osado escalador habría terminado en la hoguera. Habéis perdido ilusiones y ganado libertad: sin duda, cualquier tiempo pasado fue peor. Hello, Winston: what do you think about?  Good night, dear Sancho, y escucha su respuesta: “No existe la forma perfecta de gobierno, pero cualquier otra produce peores resultados que la democracia. Hasta hoy, nada se ha inventado que regule mejor los asuntos públicos”.




sábado, 16 de enero de 2016

(146) - ¡Bingo, prespicaz ratoncillo de archivos!: al fin has descubierto  que ya conocías a Juan Gómez de Villandrando, ese joven y valioso maestre de campo que iba bajo el mando del tortuoso Rasquín. Ha sido una chiripa (excomulgaré al cursi que diga “senderipity”).
     - Pobre Villandrando. Ya se recoge su triste final en tu biografía, y supongo que casi nadie sabe que se trata de la misma persona. Pero lo explicaremos con calma más adelante, y seguiremos ahora acompañándole en este tragicómico viaje. Le avisaron a Rasquín de que Boyl se había marchado con su nave, y de que los valencianos que iban en la de Villandrando le presionaban para que hiciera lo mismo, a lo que les contestó el idealista mozo que “moriría siguiendo al gobernador porque su profesión así lo exige”. La situación se agravaba porque los pilotos verdaderamente expertos iban con Boyl, y los que quedaban en las dos naos gobernadas por Rasquín equivocaron la ruta. Los embarcados no aguantaban con la raquítica ración de comida y bebida, sabiendo que el mezquino jefe lo acaparaba casi todo, y empezaron a enfermar. En  la nao de Villandrando, “todos acudían a él, como mancebo de buena condición, y no sabía qué les responder y con buenas palabras los callaba, y las mujeres que llevaban niños lloraban delante de él. Consideremos lo que el maestre sentiría siendo caballero tan muchacho y que se había criado muy regalado y nunca se había visto en el mar. Se iba al escotillón y daba a cada uno dos o tres tragos de agua”. Acto seguido, Santoya nos expresa la desesperación y la religiosidad de aquella gente: “En la nao del maestre se decidió escoger a suertes, entre gente de calidad, un romero que, llegados a tierra, estuviese tres días en una iglesia y dijese a su costa tres misas a honor de la Santísima Trinidad, y todos los demás fuesen a las oír de rodillas con sus candelas en las manos”. En la otra nao, “ciertos caballeros habíanse amotinado contra el gobernador,  y con arcabuces y mechas encendidas fueron a su cámara diciendo muera el tirano”. Unos frailes calmaron la situación. El gobernador tuvo que ceder y darles las llaves del escotillón a los amotinados para que ellos hicieran los repartos de comida y agua, y dice Santoya que lo que almacenaba Rasquín era una exageración comparado con lo que llevaba Villandrando en su barco. “Y quiso Dios que, al día siguiente vimos tierra de Barbados”.
A mucha gente le tentó la idea de quedarse en aquellas atractivas islas y poblar allí bajo el mando de Villandrando. Ya veremos que la decisión final fue otra. Ciao, dolce  e sapientissimo preceptore.
     - Deberías hacer una biografía de ese ilustre mancebo, lleno de nobleza, y quizá de soñadora ingenuidad, como se ve en esta parte de su vida, y se repetirá en la segunda y final. Efectivamente: era blanco y en botella, pero todavía dudabas de que fuera el mismo. Dorme bene.



     Qué chapuza de expedición. Iba mal aprovisionada, por la tacañería de Rasquín. La torpeza de los pilotos perdió el rumbo y acabaron a miles de kilómetros del Río de la Plata, su destino, tocando tierra ¡en una isla caribeña!, Barbados (que 100 años después quedaría bajo dominio inglés). En la foto 1, su situación. En la 2, su belleza tentadora, que les hizo pensar a los desesperados españoles en quedarse allí para siempre. Se impuso la sensatez, y siguieron viaje con su fracaso  a cuestas hasta la civilizada Santo Domingo, que, comparado con lo navegado, estaba ‘a tiro de piedra’.



viernes, 15 de enero de 2016

(145) - Qué difícil es la convivencia, ¿eh, carrozón? Y más sin poder huir.
     - Razón tienes, amigo Sancho. Donde hay un grupo, hay un jefe, y a veces es un imbécil de libro. Rasquín pasaba de las protestas,  “y, con todo, no valió ni por codicilo, sino que airóse mucho contra los oficiales porque no les mandaron colgar (a los quejosos). Quiso nuestro Señor que la nao almiranta comenzó a hacer agua a toda furia, y el gobernador tuvo necesidad de entrar en Cabo Verde porque el almirante don Juan Boyl era muy temeroso en la mar y había sido su fiador en la capitulación, y si el gobernador era mal acondicionado (de carácter), don Juan le ganaba. Y en el puerto se quedaron muchos de los soldados porque habían visto el mal principio y que actuaba zafiamente, porque no era otro su trofeo sino tener dinero y andar desaliñado, y su fruta de postre a la mesa era tratar de putas y decir a los otros que no servían para nada porque no llevaba cada uno una; y él tenía tres, una gallega, otra sevillana, y la otra una india que trajo del Río de la Plata”. Luego Rasquín tuvo cuatro días presos a los oficiales que habían mediado a favor de los pasajeros, y apareció por allí la otra bestia con mando: “Entrando el almirante don Juan de Boyl, que iba de malas, comenzó a dar voces diciéndole al gobernador que de una entena quisiera verlos colgados, porque  los traidores amotinadores así se han de castigar. Como vieron esto los que estaban en la nao, murmuraban diciendo que el diablo les había metido aquellos valencianos. Luego el gobernador hizo alférez mayor a un sobrino de don Juan Boyl que se llamaba Honorato, escriba peor que fariseo, de los peor acondicionados que mis ojos vieron”. En tierra, el valenciano Honorato, haciendo de cabecilla de varios paisanos suyos, tuvo una pelea con un grupo de castellanos, algunos de los cuales no volvieron a embarcarse, “vista la muy gran soberbia del gobernador, que no parecía sino que desde España hasta allí se había convertido en Lucifer. Salidos de Cabo Verde, comenzó a hacer leyes, y puso un cartel en el mástil mayor con esta norma para los soldados: ‘A cada uno  se le dará una libra de bizcocho y media azumbre de agua, y si alguien murmurare dello, si fuere caballero le cortarán la cabeza, y, si fuere de otra calidad, le ahorcarán, y si alguien lo oyere y  no denunciare, le darán un trato de cuerda (una pasada por debajo de la quilla)”. Rasquín tenía agua suficiente, pero las otras naos no, y le pasaron aviso de que, si no se la suministraba, pondrían rumbo a Santo Domingo. De hecho, Boyl “fue apartándose poco a poco, simulando que le llevaba el viento, y a la prima noche estaba ya apartado espacio de media legua, y, en dos credos, se nos hizo invisible”. O sea, de mal en peor. Bye, bye.
      -Es bien sabido que el rey puso su confianza en muchos desgarramantas. Ciao, caro.


     Vemos en el retrato a Felipe II, el rey más poderoso de la historia de España, incluso soberano de  Portugal y sus dominios, vestido como un clérigo, con el rosario en la mano: no lleva más adorno que el Toisón de Oro. Pero su administración fallaba en los detalles: así pudo llegar el odioso Rasquín a un puesto que le venía grande. De la misma manera en que  un miserable llamado Diego Flores Valdés (como veremos más adelante) le hizo la vida imposible al gran Pedro Sarmiento de Gamboa, llegó a un puesto clave  en la Armada Invencible, y fue después considerado como el mayor responsable de aquel desastre naval, por su incompetencia y su cobardía. De nada sirvió lo que Pedro le había advertido al rey sobre la mala condición del interfecto.



jueves, 14 de enero de 2016

(144) - Venga, jovencito; no te me duermas. Al tajo: continúa la crónica.
     - Hola, querido Sancho; me ofendes: es un placer tertuliar contigo. Sigamos con la copla. Para que Rasquín pudiera completar la armada, el rey se saltó algunas normas. Dice Santoya que le dio permiso “para que fuesen casados sin sus mujeres, y gente prohibida (delincuentes y judíos), y aun medio moros, así como gente aventurera que acababa de llegar destrozada de Perú y Nueva España”. Apunta ya de entrada un conflicto entre valencianos (léase catalanes) y castellanos. Su reverenciado Villandrando “quiso presentar a la gente (noble) al duque (de Medinasidonia) y a la condesa de Niebla, su madre, y ciertos valencianos agraviáronse dello y dijeron que no eran soldados sino caballeros; además les pesaba que caballero tan mozo y castellano llevase el preeminente oficio de maestre de campo; y todos los más valencianos eran hombres de bandos y homicidas y fugitivos, excepto algunos caballeros muy honrados (prestigiosos), de lo que el gobernador (Rasquín) llevaba mala ventura, porque todos le tenían en poco, y ya desde el principio se entendió mal con sus oficiales”. El tacaño Jaime partió con pocas provisiones, “que la gente más parecía estar condenada a galeras que ir en una armada del rey. Salimos de Sanlúcar el 14 de marzo de 1559, y enseguida quisieron los oficiales ver cómo se gastaban los bastimentos, y el gobernador dijo que no se embarazasen en esas cosas, que él lo tomaba a su cargo.  Hasta llegar a Canarias (10 días) no comió la gente vianda (carne) ni bebió vino, porque no lo había”. En Cabo Verde, “el maestre de campo dijo que había que entrar en el puerto por falta de alimentos y porque en Canarias se había cargado poca agua; y el gobernador le comenzó a reñir y decir que, aunque muriesen, que había que pasar de largo”.
     - Y ahí tenemos, doctísimo hijo mío, la clásica reacción ciega de obediencia militar (o te cortan la cabeza): el caballeroso Villandrando se traga sus palabras, se pone firme, y respetuosamente le dice al hijo de su madre que, “como capitán y caballero, no dejaría de seguir la nao capitana hasta morir”. Prosiga el mosén.
     - Según Santoya, todos estaban angustiados. “Los caballeros y gente de cuenta decían que el gobernador lo había tomado a pechos y que le tenían por hombre cabezudo, y rogaron a los oficiales que le hablasen y le hiciesen tomar puerto.  Le pidieron que tomase puerto para no poner en peligro la vida de tantas ánimas. El gobernador comenzóse a alborotar y decir palabras de señor enojado en su tierra (en catalán)”. A domani, caro.
     - ¿Cómo terminará el incidente? ¿Qué hará ese tarugo? ¿Ahorcará a los oficiales? Amigo lector: la próxima entrega mañana. Ciao.



     El motín de la Bounty, muy repetido en el cine. Otro conflicto histórico debido a un capitán obsesivo, paranoico y despótico: Willian Blight.  En esta versión, Trevor Howard borda el personaje. El pensativo primer oficial, Christian Fletcher (Marlon Brando), está a punto de quitarle el mando al trastornado, aun sabiendo que la rebelión se castigaba con la muerte. Los amotinados quedaron como proscritos, y varios fueron ahorcados. Esa fue la razón de que Villandrando no se atreviera a hacer lo mismo con Rasquín.


miércoles, 13 de enero de 2016

(143) - Bonne nuit, mon petit trovateur. Qué harto quedó Gómez de Santoya del impresentable Jaime Rasquín. Vaya odisea marítima.
     - Salut, mon doux précepteur. Para empezar su pequeña crónica, Santoya hizo una sabrosa referencia a los antecedentes en Asunción, “que fue poblada por el capitán Juan de Salazar, que fue de Espinosa de los Monteros, que había ido con el gobernador don Pedro de Mendoza; y de los que quedaron allá, fue este Juan de Salazar uno. Y después el gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca la hizo hasta de 600 casas. Y como la envidia puede mucho, no le valió su buen vivir para librarse della, porque, siendo muy buen gobernador, según cuentan los que allá lo conocieron, los oficiales de su majestad, con parecer de malsines (miserables), le prendieron y enviaron a España, donde murió en Valladolid (fue en Sevilla) harto pobre caballero; ese fue el pago de tantos  infortunios y naufragios (son dos palabras tomadas del libro que escribió el propio Álvar)  como había pasado en servicio de su majestad”. El texto de Santoya es del año 1559 y pone de manifiesto que Cabeza de Vaca, que acababa de morir, se había convertido en una leyenda muy respetada. Explica que en 1556 vino del Paraguay una nave a España con 20 conquistadores, “entre ellos un Jaime Rasquín, hijo de mercader (era una profesión mal vista)”,  para conseguir del rey alguna gobernación. El valenciano consiguió la de la actual zona de Uruguay, debiendo correr con casi todos los gastos del viaje (sin que tuviera apenas con qué), hacer cuatro poblaciones y dos fortalezas, más llevar 600 hombres y todas las mujeres que quisieran reunirse con sus maridos indianos. Y para allá que se fue don Jaime, ciego de ambición y sin reparar en los avisos del desastre. Santoya nos revela que en aquella expedición iba gente muy notable y con mucho más prestigio que Rasquín, pero empobrecida: “Había hartos que, para su calidad y méritos, no era mucho esa gobernación, pero la Fortuna tiene cojos a muchos con la aborrecida pobreza”. Acto seguido, nos presenta la contrapartida del valenciano, el maestre de campo don Juan Gómez de Villandrando (el bueno de esta película). El cronista lo admira sin reservas: “vecino de Valladolid y sobrino del conde de Ribagorda, mozo de hasta 20 años y hombre que de  más de 40 parecía en cristiandad y ánimo”. Pero cita a otro villano: “el teniente de guerra, caballero valenciano, que se dijo don Francisco Calle, hombre de más de 60 años, que fuera mejor no haberle conocido, porque fue como almirante de la armada y cada día estropeaba soldados pensando vengarse de los agravios recibidos en sus bandos en Valencia”. Preludio de conflictos: iban bastantes valencianos haciendo patria privilegiados por Rasquín. Está claro, querido Sancho, que las inquinas regionales vienen de lejos.
     - Pues ya va siendo hora, sufrido ciudadano, de que viváis como vecinos bien avenidos. Pax vobis.


     Nos viene “como de molde”, jovencito, una preciosa canción del cantautor valenciano-catalán Juan Bautista Humet, fallecido en 2008 con solo 58 años.  Su creación resulta de candente actualidad: dirige el mundo una pandilla de “rasquines”, pero todo va a cambiar; tenéis que soltar el lastre viejo y seguir hacia delante con el entusiasmo de la letra: “¡HAY QUE VIVIR, AMIGO MÍO!”


martes, 12 de enero de 2016

(142) - Mi bendición monacal para ti, santo varón. Terminado el rezo de maitines, quiero que saques al escenario al valenciano Jaime Rasquín. A pesar de la antipatía que puede producir ese veterano del Río de la Plata, resulta interesante conocer sus andanzas porque tampoco estuvieron carentes de fuerza y sufrimiento.
     - Como mande su reverencia,  padre prior.  Rasquín era el aliado de Irala que le puso amenazante a Cabeza de Vaca “a los pechos” una flecha envenenada. En 1556 vino a España,  y maniobró para que le nombraran gobernador de aquella dramática zona. Visto su comportamiento posterior, es extraño que  el rey picara (parcialmente) el anzuelo: le dio el mando de un territorio más limitado, el que hoy corresponde a Uruguay. Se diría que el “trepa” Jaime se presentó en la corte aprovechando la ocasión de que Irala acababa de morir. Y, ya puestos, comentaremos un “chisme” sobre este porque nos da idea del desmadre moral (entre otros) en que chapoteaba la ciudad de Asunción. En su testamento,  dejó escrito: “Declaro que tengo ciertos hijos, que son: Diego Martínez de Irala y Antonio de Irala y doña Ginebra Martínez de Irala, mis hijos y de Marina, mi criada, hija de Pedro de Mendoza, indio principal de esta tierra; y doña Marina de Irala, hija de Juana, mi criada; y doña Isabel de Irala, hija de Águeda, mi criada; y doña Úrsula de Irala, hija de Leonor, mi criada; y Martín Pérez de Irala, hijo de Escolástica, mi criada; e Ana de Irala, hija de Marina, mi criada; y María, hija de Beatriz, criada de Diego de Villapando, y los declaro por mis hijos, y los he casado a bendición según lo manda la Santa Madre Iglesia (todas las madres eran indígenas bautizadas)”. Sigamos con Jaime Rasquín. En cuanto obtuvo la licencia del rey, organizó una expedición y puso rumbo hacia la desembocadura del río de la Plata, pero el viaje se convirtió en un cúmulo de equivocaciones y arbitrariedades que sacaron de quicio a todo el mundo, sin que el testarudo y prepotente valenciano (igualito que el despótico Humphey Bogart de “El motín del Caine”) hiciera el menor caso de las sensatas protestas. En la desventurada expedición iba Alonso Gómez de Santoya, quien, terminado el desastre, vomitó en una intensa crónica toda la amargura que llevaba dentro. Mañana más.
- Perfecto, ilustre pendolista. Abrevia lo que puedas la sabrosa narración de Santoya. Te llamo a las tres para cantar laudes. Ciao.


     Ahí tenemos al desquiciado Janfri Rasquín, dando vueltas a las bolitas para contener su angustia, al mando de una expedición naval e incapaz de escuchar una opinión ajena. No lo olvides, jovencito: si ves venir de frente la necesaria maquinaria del poder militar, desvíate de inmediato por otro camino.



lunes, 11 de enero de 2016

(141) - Hello, glorious Prince of Maine. Último capítulo del Río de la Plata.
     - God save you, King of New Quantix. Irala se alió con los más bestias, y, con Cabeza de Vaca, los moderados. Ya antes de llegar Álvar como gobernador, aquello era un lugar poco recomendable. Pedro de Mendoza envió una expedición hacia el norte al mando de Juan de Ayolas, que se adelantó y dejó en la retaguardia de jefe a Irala, con orden de que le esperara, pero, con  motivo o sin él, no lo hizo: su jefe murió y él quedó con el mando, incluso con rango de gobernador porque Pedro de Mendoza, moribundo de sífilis, había partido para España. Se rodeó de verdaderas máquinas de matar, y organizó otras salidas que no obtuvieron más botín que miles de indios esclavizados, algo estrictamente prohibido por las leyes vigentes. Llegó entonces con sus humanitarias ideas el nuevo gobernador: Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Se le amotinaron y lo destituyeron. Dirigía la maniobra Irala y le secundaban hombres de gran valor militar, aunque brutales (como el trujillano Nufrio de Chaves, al que, como contrapartida, le reventaron la cabeza los indios) y algún que otro miserable, como Jaime Rasquín (del que hablaremos sobre su fracasado intento del volver como gobernador a la zona). Si esta gentecilla eran  los amigos de Irala, y personas como Carvajal (el de la carta que vimos ayer) los de Álvar, parece claro de qué parte estaba la razón. Pero también a Irala, en una ausencia, le quitaron el poder sus contrarios. Pusieron al mando a  Diego de Abreu, quien, de forma impopular, ejecutó al hombre de confianza de Irala, Fernando de Mendoza, y a su vez “el implacable”, cuando volvió, se cargó a Abreu. Juan de Salazar retornó de España en 1556, y tuvo la sensatez de navegar hábilmente para no zozobrar en aquellas tormentosas aguas.  Le llevaba a Irala su definitivo nombramiento como gobernador, el sueño de toda su vida, del que apenas disfrutó  porque murió enseguida, al parecer de enfermedad. Le sustituyó su suegro, Gonzalo de Mendoza. El implacable Domingo Martínez de Irala, nacido en Vergara, pasó por el Río de la Plata como un temible ciclón. Tendría 44 años cuando murió. Juan de Salazar de Espinosa pudo vivir con tranquilidad otros cuatro años en la ciudad de Asunción, su “criatura”, muriendo en 1560. Y el humano y genial Álvar Núñez Cabeza de Vaca en Sevilla, el año 1559, probablemente con una sonrisa escéptica. Sic transit, carus.
     - Okay, my dear. Salimos ya del Río de la Plata: bye bye, Paraguay.


     Este monumento representa en Buenos Aires a Domingo Martínez de Irala como un “amigo entrañable” de los indios, de tú a tú, en un fraternal abrazo; casi parece que  va a ir a tomarse unas copas con el cacique. Es comprensible que en su pueblo, Vergara, haya gustado la talla y la tengan reproducida. Irala fue un hombre muy importante, que hizo historia, y se merece un relieve; pero no una patraña de ese calibre.


domingo, 10 de enero de 2016

(140) - Buenas noches, indeciso Hamlet: ya sé que casi todo está podrido, pero tienes que ir a votar el domingo. Escoge al menos malo.
     - Es justo y necesario, sabio abad. Pero me taparé la nariz. Hoy nos toca la carta de denuncia contra el gobernador Irala escrita en 1556 por el muy fiable Juan Muñoz de Carvajal (aunque quizá patine en las cifras, cosa habitual entonces). Se expresaba bien, tenía una letra preciosa y nos convence de la valía de Cabeza de Vaca. Vamos con ella: “Con el debido acatamiento, haré relación verdadera a Vtra. Majestad de las cosas que suceden desde la prisión del gobernador Cabeza de Vaca, con el cual yo vine de España, y cómo siempre me pareció mal esto de su prisión, por ser legalmente el gobernador de esta tierra, y también por ver que no le prendieron los oficiales y el capitán Domingo de Irala por el servicio de Vtra. Maj., sino por sus intereses, como luego se vio en los malos tratos que hicieron en los indios, enviando sus corredores, robando y destruyéndolos, tomándoles sus mujeres paridas y preñadas, y quitándoles las criaturas de los pechos, y tomándoles sus hijas para su servicio y todas las cosas necesarias que los míseros tenían para pasar su vida. Y viendo los conquistadores que gozaban la tierra, les dio la vileza de dedicarse a robar. Y los oficiales y el capitán Domingo de Irala lo hacían con tanta crueldad que, cuando se marchaban, hacían tantos llantos los maridos por sus mujeres y las mujeres por sus maridos y por las criaturas que dejaban, que parecía romperse el cielo pidiendo a Dios misericordia y a Vtra. Maj. justicia, y amparo a quienes tienen el oficio pastoral destas míseras ovejas. Y esto ha durado desde el día de la prisión del gobernador Cabeza de Vaca. Que traen manadas destas mujeres para sus servicios como quien va a una feria y trae una manada de ovejas. Lo cual ha sido causa de haber perecido más de veinte mil ánimas y haberse despoblado gran parte de la tierra. Pues agora que vivieron las provisiones de gobernador al dicho Domingo de Irala, que tanto ha destruido la tierra, lo cual puso muy gran confusión de los españoles y de los naturales, en seguida repartió la tierra y el servicio de los indios, tomando para sí  y para cuatro yernos que tiene, y para los cuatro oficiales de Vtra. Maj., lo más y mejor de la tierra, y lo demás lo repartió entre sus amigos y paniaguados, y entre extranjeros, franceses, italianos, venecianos, genoveses  y de otras naciones, porque le han ayudado a hacer lo que tengo dicho, y aun a otros que vinieron del Perú y allá nada hicieron al servicio de V. M., olvidando a muchos conquistadores viejos que han conquistado y descubierto la tierra. Por lo cual, de mi parte suplico a  Vtra. Maj. que no consienta quedar así esto, aunque solo sea  por no desanimar a los que de aquí adelante serán al servicio de S. Maj. He hecho esta relación por me parecer hacer lo que debo al servicio de Dios y de Vtra. Maj., dejando muchas cosas por la prolijidad, y esta es la verdad de todo, y cuando otra cosa Vtra.Maj. hallase, mándeme cortar la cabeza como a hombre que a su rey y señor no dice verdad”. Impresionante Carvajal. Votaré por uno así.
     - Pero traga saliva que mañana te toca hablar Irala. Pax tibi, filius meus.



     Un ilustre anónimo: Juan de Carvajal. Y sin embargo, era culto (la elegante caligrafía de la firma es idéntica a la del texto), no pide nada para sí, salvo orden y justicia para todos, indios incluidos, y para no desanimar a los futuros vecinos de Asunción, y, además, de probada valentía al desafiar al temible Irala y emplazar al rey a que ¡le corte la cabeza! si considera que miente. Un héroe en la sombra.


sábado, 9 de enero de 2016

(139) - Bonne nuit, genial chef: ¿qué delicatessen tenemos hoy de menú?
     - Salut, mon bon père. Estamos ya en los postres del Río de la Plata. Al tiempo que se aprobaron las ordenanzas sobre los indios, dos cartas criticaban “la realidad”. Veremos hoy la primera, en la que el autor denuncia probablemente con sinceridad, aunque también habla en su propio interés. Resumida, dice así: “Alonso García Agudo, digo que hará veintiún años que pasé a la provincia del Río de la Plata con el gobernador don Pedro de Mendoza, gentilhombre de S. Maj., y he estado a la continua padeciendo muy grandes trabajos, y, como a hombre de confianza, el capitán Domingo Martínez de Irala, que  al presente es gobernador, me hizo empadronar todos los indios de la tierra para hacer el repartimiento dellos, en cuyo reparto me agravió por haber sido yo uno de los que más sustentaron ser mala la prisión de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y en perjuicio de S. Maj., haciendo mucho daño de la tierra e indios, de lo cual V. Alteza debe estar bien enterado por las muchas personas que de la conquista han ido. Y como hombre que ha visto toda la tierra de los indios y el tratamiento que se les ha hecho, y si no se remedia la tierra se despoblará muy brevemente, a Vtra. Alteza suplico que con cristianos lo provea y remedie para que en esto hagan servicio a Dios y muy gran bien a los naturales de la tierra. Suplico asimismo a V. Alteza, atento a los trabajos que he pasado en su servicio, que me haga merced de un repartimiento de un francés que se dice Julián, yerno de Juan Rute, inglés, pues que por V. Alteza está mandado que  a ningún extranjero se le dé repartimiento. Otrosí suplico a V. Alteza me haga merced del oficio de alcalde de minas de la dicha provincia, y un oficio de regimiento y fiel ejecutor de la ciudad de Asunción, porque, como hombre que lo entiendo,  podré servir a V. Alteza con los dichos oficios. E, como no he hecho información de mi persona y trabajos, ni de lo poco que en esta tierra yo he sido aprovechado, V. Alteza podrá ser informada de la verdad por medio de los conquistadores que en esa corte están. Y en lo así hacer, V. Ateza hará servicio a Dios y justicia, y a mí, señalada merced”. La siguiente carta, más contundente y creíble, queda para mañana. Adieu, mon reverend.
     - El duro Irala tumbó al humano Vaca: la vida es injusta. Pero la carta es un fiel reflejo del malestar que este abuso produjo en algunos españoles. Au revoir, mon petit.


     Esta lámina representa Buenos Aires recién fundada (la primera vez), el año 1536, a orillas del río de la Plata, por el desafortunado Pedro de Mendoza. Poco después sería arrasada por los nativos. Es reveladora la presencia de la habitual horca (sempiterno gólgota), en la que se ve que los ajusticiados son españoles. Uno de los que acompañaban a Mendoza era Domingo Martínez de Irala, quien, con su estrategia de “la razón de la fuerza”, arruinó la carrera del idealista gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca.


viernes, 8 de enero de 2016

(138) - Súbito, divino scrittore: termina esas ordenanzas, sin duda más de apariencia que  justamente cumplidas.
     - Con molto piacere, caro dottore. Parte final: “Item ordenamos que los indios den al hombre de a caballo cinco indios, y al de a pie tres, para sus cargas hasta otro pueblo o casa; y si los encomenderos tuvieran que detenerse más de tres días en una casa, tendrán que pagar los gastos de mantenimiento. Item ordenamos que se pida permiso para ir a visitar a sus indios para que no todos vayan al mismo tiempo y sin llevar seguridad de sus persona y vidas, hasta tanto que se funden más pueblos y los naturales mejor entiendan lo que deben hacer y estén en disposición de hacer lo que son obligados. Item ordenamos a los indios principales  venir a saber  lo que se les mandare, y dar indios que por tiempos  estén de asiento en las casas de sus encomenderos y que estos los sustenten e curen en sus enfermedades y les doctrinen y ayuden a bien morir e les enseñen la mejor orden y policía de vivir, e cuando marchen, que vengan otros, pues así se hace en el Perú y Nueva España y otras partes de las Indias, procurándose que los tales indios no sean de los casados. Item mandamos que los encomenderos procuren tener en sus casas dos o tres niños indios de diez años abajo para que aprendan la doctrina cristiana, para que teniendo doce o trece años vuelvan a sus casas y puedan instruir a su familia, siendo esta la principal intención del Sumo Pontífice y de  Su Majestad. Otrosí mandamos que nadie moleste a los indios en sus tierras, pastos, campos, cazas, pesquerías y pueblos que ellos tienen por uso y costumbre. Item mandamos que, si muriesen indios encomendados y dejaren mujeres, hijas o hermanas, continúen en el mismo repartimiento, y se casen, vivan y mueran dentro de él. Otrosí ordenamos que si los indios vinieren a quejarse justamente de malos tratos, que sean oídos en justicia. Otrosí mandamos que  vayan visitadores por toda la tierra para que informen de los delitos y prendan cristianos e indios e los traigan a esta ciudad para que se haga justicia. Otrosí mandamos que, si, Dios no lo permita, algunos indios se rebelaren, se nombre caudillo o capitán  que, con la ayuda de los indios obedientes, vayan a reducirlos al servicio de S. Majestad. Y que estas ordenanzas sean enseñadas a todos los indios, incluso de poblaciones no encomendadas, para que conozcan su provecho y que han de vivir para se salvar. Y, para que ninguno  pueda pretender ignorancia, quedan escritas en el libro de las encomiendas, firmadas  de nuestros nombres, a catorce días del mes de marzo, año de nuestro Señor de mil y quinientos y cincuenta y seis años”. La comedia è finita, caro Sancio.
    - Encabezaste bien nuestro libro, mi querido biógrafo: “Nos arrastra el Río de las Circunstancias”. Bye, bye, my dear son.



     Fíjense vuesas mersedes  que, al publicar las ordenanzas, las rubrican todas las autoridades que representaban al rey (esa era la estructura administrativa en todas las Indias): el Gobernador  Domingo de Irala, el Contador Felipe de Cáceres, el Factor Pedro Dorantes, el Veedor Antón Cabrera y el Tesorero Juan de Salazar, al que le sale la firma igualica que la que estampó en su carta. Y acuérdense de la Casa de Contratación de Indias de Sevilla, donde no hacía falta veedor: un factor, un contador y un tesorero que se hizo el amo (modestia aparte: me lo merecí).

jueves, 7 de enero de 2016

(137) - Buenas noches, querido revuelvelegajos. Las ordenanzas no estaban del todo mal, pero “pobre Río de la Plata, tan cerca del gobernador Irala y tan lejos del control del rey”.
     - Razón tienes, sabio ectoplasma. Fue una lástima que desbancara arteramente a Cabeza de Vaca. Veamos más texto del documento:
     “Item ordenamos que los encomenderos no puedan pedir ni contratar de sus indios india alguna, so pena de la suspensión del servicio de los dichos indios por tiempo de un año. Item ordenamos que, por ser tan pocos los indios, y convenir tanto para que la tierra se mejore y pueble, no se les den excesivos trabajos como hasta aquí, e los encomenderos no puedan, sin su expresa voluntad, prestarlos a otras personas para ningún trabajo, y si los indios están conformes, que el trabajo sea honesto y sufrible, y que la paga la gocen para sí. Otrosí ordenamos que los indios sirvan a los encomenderos en su labores, labranzas y crianzas, cazas y pesquerías y otras granjerías, y obedezcan lo que les fuere mandado, so las penas que  les fueren puestas, e para que las labores sean moderadas, prohibimos que se hagan casas para vender, sino solo las que hubieren menester, e las labranzas necesarias. Item ordenamos que los encomenderos sean obligados a tratar muy bien a los indios e a los favorecer en todo lo que fuere posible, e no darles excesivos trabajos, conforme a la intención de Su Majestad, tratándolos como a próximos, doctrinándolos en las cosas de nuestra santa fe católica, y apartándolos de sus vicios, para que mediante la divina gracia y su santísima misericordia se puedan salvar, y las personas que este trabajo tomaren, con Dios merecer, sobre todo lo cual encargamos  a las tales personas sus conciencias, y descargamos la de Su Majestad y la nuestra en su real nombre. Item ordenamos que nadie pueda utilizar de una vez más  que la cuarta parte de los indios que tenga encomendados, para que no dejen sus casas desamparadas, salvo la mitad en caso de conocida necesidad, lo cual muy pocas veces será menester. Item ordenamos que, para que los caminos se puedan andar a pie y a caballo, todos los indios sean obligados a juntarse para aderezarlos. Item mandamos que cuando los encomenderos fueren a visitar a sus indios no sean osados a hacer, ni consentir a la gente y criados que llevaren que hagan, daño alguno a los indios ni tomarles cosa alguna, y solamente usen de su obligación de darles de comer dos o tres días de sus ordinarios sostenimientos, sin estar obligados a les dar gallinas ni puercos de lo suyo, salvo mediante justo precio”. Mañana mostraremos lo que falta. Sayonara, daddy.
     - Y después veremos dos bonitas cartas contra Irala. Be happy, my son.



     Mi querido secretario y vicario mío en la tierra, si bien carrozón y conservador, se las ha apañado para fotocopiaros el final de la carta que Juan de Salazar de Espinosa envió al rey, para que conozcáis su firma, que aparece al pie de la misma. Como ya dijimos, queda claro que el texto fue dictado, porque él lo rubricó con letra algo insegura, aunque clara, muy de acuerdo con su sentimiento de ser ya un hombre viejo y fatigado, no por su edad (48 años), sino por su trabajada vida.


miércoles, 6 de enero de 2016

(136)- Hola, entrañable socio. Va a ser largo, pero te ruego que “sueltes” en tres días el texto abreviado de las ordenanzas relativas a los indios firmadas por Martínez de Irala (gobernador del Río de la Plata), Felipe de Cáceres, Pedro Dorantes, Antón Cabrera y el Capitán y Tesorero, JUAN DE SALAZAR DE ESPINOSA. Y que cada cual saque sus conclusiones sobre la situación de los nativos, pero, eso sí, procurando entender la perspectiva de la época.
     - Okay, ilustre cuate. Solo hacía 13 años desde que se dictaron las leyes más humanas. Así y todo, el panorama era desolador; resulta evidente que, en la práctica, los derechos de las encomiendas permanecían todavía perpetuos: “Primeramente ordenamos que todos los indios encomendados, e que de aquí adelante Dios Nuestro Señor criare, sean obligados a obedecer a sus mayorales (los encomenderos) y no se muden de sus casas todo el tiempo que Dios les diere de vida, y si sus principales (los encomenderos) se mudaren a otra parte, que asimismo todos pasen con él so las penas arbitrarias de la justicia, e no se consiente que indios de otras encomiendas pasen a las suyas, porque más sería confusión y behetría que encomienda de indios, y la persona que así no lo guardare incurra en pena, por la primera vez de tres mil maravedís, y por la segunda la pena doblada, siendo la tercera parte para S. Majestad, la otra tercera para el denunciador y la otra tercera para el juez que lo sentenciare, e por la tercera vez, sea suspendido del repartimiento y encomienda de sus indios por tiempo de dos años. Otrosí mandamos aviso respecto al bien de los indios y a su conservación, descanso e multiplicación dellos. Y que los indios no puedan servir, ni tratar ni contratar con ninguna otra persona más que con aquella a quien estuvieren encomendados. Ni podrán dar ni contratar las mujeres, hijas, ni hermanas, ni parientas con ninguna persona, poblador ni conquistador, así por ser los indios muy pocos y entre muchos repartidos, como por evitar pasiones y diferencias entre unos y otros, y no sería justo que la persona a quien son encomendados los cure, favorezca, doctrine y ampare tan a su costa  e obligación de su conciencia, y otros se lleven sus despojos y los cansen y trabajen hasta que mueran, como hasta aquí se ha hecho por algunas personas, tan en deservicio de Dios nuestro Señor y de Su Majestad. Pues es notorio que los indios no tienen oro ni plata, ni ropa ni ganados, ni otras  cosas de provecho que puedan vender, más que los miserables frutos de la tierra y el servicio de las personas. Y las personas que contra esta ordenanza fueren, serán obligadas a restituir a los indios lo que de ellos hubieren contratado, e perderán la moneda e rescate que por ello hubieren dado, destinándose a obras pías y gastos de justicia”. A domani, caro.
     - También había, entreverado, algo de buena intención. Ciao piccolino.



     Contemos algo más de Espinosa de los Monteros, lugar de nacimiento de Juan de Salazar. El del careto de este monumento es el gran conde castellano Sancho García. A principios del siglo XI, decidió que su guardia personal (sus “monteros”) la formaran vecinos de Espinosa, por haberle salvado la vida algún soldado de este pueblo, y, de hecho, desde entonces han sido siempre ellos los integrantes de la guardia real española. Es curioso que Lope García de Salazar, en su asombroso y extenso  libro “Bienandanzas e fortunas”, escrito hacia 1470, se refiera todavía a esa localidad solamente como Espinosa de Montija.


martes, 5 de enero de 2016

(135) -  Al grano, jovencito: segunda parte de la carta. E todas vuesas mercedes de pie e a gorra quitada, que nos fabla el mesmo Juan de Salazar.
     - Y “de Espinosa”, daddy. Escuchemos: “Por ser el primer poblador y fundador desta ciudad y tierra, y por muchos trabajos, gastos y servicios que en ellas he hecho, se me han encomendado muchos indios. Yo estoy viejo y muy cansado y pobre. Humildemente suplico a V. Maj. se me haga merced dellos perpetuos, porque, muriendo yo, mi mujer y sus hijas, y los hijos que V. Alteza me hizo merced de legitimar, quedarían todos perdidos. El Gobernador (Irala) va al Paraná a acabar de poblar Guayza, porque conviene mucho para el bien destos indios que los tupis no los acaben de destruir, y para matar los pensamientos de los portugueses, y a ver aquellas minas lo que podrán ser, aunque no hay personas que lo sepan beneficiar. También desea mucho poblar San Francisco; la posibilidad es poca. Yo he escrito a V. A. el cómo se podría hacer a poca costa. De San Vicente fueron en un navío fletado a San Francisco Hernando de Trejo y doña Mencía Calderón y sus hijas, y algunas mujeres casadas, y otros soldados, que por todos serían hasta treinta hombres, con propósito de esperar allí a la armada, de que se tenía nueva que venía, para ir en ella, o poblar habiendo buen aparejo. Estuvieron allí diez meses, y visto que la armada no venía, ni ellos tenían hierro, ni con qué lo sustentar, ni tampoco municiones de pólvora y plomo, ni otros menesteres, lo descamparon, de lo que al Gobernador y a todos ha pesado mucho, porque él pensaba socorrerlos con lo que pudiera. Después de llegado yo allí, ahora ha venido nueva de que todos han llegado a Guayza, con hartos trabajos, y también dicen que casó doña Mencía Calderón la hija que le quedaba con Cristóbal de Saavedra. Sabrá V. A. que los vecinos desta ciudad no  pagan los diezmos de yeguas ni caballos, ni otro ganado, ni del grano, como deben. La ocasión que han tomado es que en la instrucción del gobernador Felipe de Cáceres mandan que paguen diezmo conforme a las islas de Santo Domingo, Cuba y Jamaica, y (no les preocupa) no quererles absolver los capellanes que por vuestra Alteza están en las iglesias, y porque no hay prelado que los pueda excomulgar. Débeles mandar expresamente que paguen de diez uno de todas las cosas que deben pagarlo, no obstante el capítulo que haya para Cuba y Jamaica, pues la intención de V. A. es que así lo paguen; y desta manera lo pagarán y descargarán las conciencias, y nosotros podremos proveer las iglesias mejor y pagar a los capellanes. Y si no se haciendo así, siempre irá de mal en peor. Desta ciudad de La Asunción, a 20 de marzo, 1556 años. Criado de V. Alt. que sus reales pies y manos besa. Juan de Salazar (firma autógrafa)”. Veremos mañana unas ordenanzas sobre los indios. Ciao, dottore.
     - Y también que no había más de 500 cabezas de familia en la enterita e inmensa provincia del Río de la Plata. Dorme bene, caro figlio.



     Es evidente que Juan de Salazar de Espinosa le dictó la carta a un escribano porque la letra es mucho más segura que la de su firma, que aparece debajo; se diría que, a pesar de sus escasos cincuenta años, era verdad que se sentía viejo y enfermo, como le dice al monarca. El desgaste que sufrían aquellos “conquistadores” era brutal. En nada pensaría más entonces aquel trabajado personaje que en la dulzura de la tierruca de sus añoranzas. Pongamos en su honor una foto de la pequeña, pero ilustre Espinosa de los Monteros.


lunes, 4 de enero de 2016

(134) - Callen vuesas mersedes e que fable Juan de Salazar de Espinosa.
     - Bien dicho, Sancho. Resumiremos (como siempre) una carta que le envió al rey en marzo de 1556, cuando logró volver a la ciudad que había fundado, Asunción.
    - E préstenle la debida atensión para enriqueser sus duras cabesas.
    - Pues allá va: “De Santos y San Vicente escribí postreramente con Francisco Gamba, genovés, que iba del Paraguay a ese Consejo Real de Indias, y con él envié cierto metal del Paraná para muestra. Visto que de Portugal no venía el despacho para nos partir al Paraguay,  y la necesidad cada día mayor, y muchas molestias que no se podían sufrir, traté con Ciprián de (?) que nos viniésemos al Paraguay, y así lo hicimos, con una docena de soldados que conmigo estaban, y otros seis portugueses, y así trujo su mujer y a doña Isabel de Contreras, con quien me casé, y dos hijas suyas, y otras tres mujeres casadas. Salimos sin  hacer daño a la tierra ni a cosa della. Ellos (los portugueses) mandaron a los indios que nos prendiesen, y si nos defendiésemos, que nos matasen. Doce leguas adelante, estando en arma los indios esperándonos, lo supo Manuel de Nobrega,  de la Orden de Jesús. Tenía un monasterio a tres leguas de los indios, y los instruían en la fe. Y los movió de su mal propósito diciéndoles que Dios se enojaría, y que así el rey de Portugal como los que se lo habían mandado eran malos cristianos, y nos querían mal, porque habíamos matado a muchos dellos. Y con esta buena ayuda, pasamos sin  luchar con ellos. Llegamos a Guayza, la primera tierra del Paraguay, a cabo de cinco meses. Hallamos al capitán García de Vergara, hermano de frey Pedro de Soto, confesor de Su Majestad, a quien se hizo merced del oficio de Contador de esta tierra. Estaba con ciertos españoles, por mandado del gobernador Domingo Martínez de Yrala, y esperando que le ordenara bajarse para sacar metal en cantidad. No he sabido más lo que ha hecho. Allí pasé a descansar las mujeres y reformarnos para llegar al Paraguay, que hay de allí allá cien leguas, y en ellas algunos despoblados. De allí despaché luego adonde el  gobernador Domingo de Yrala a Bartolomé Justiniano con las provisiones (cédulas) que traía para él. Diéronselas en setiembre deste año pasado, de 1555. Cuando yo llegué, en octubre, ya era recibido. Y yo llegué con el oficio de Tesorero y el de Regidor. Entendido he que el Gobernador envía a ese Consejo una persona por este camino de San Vicente. Dél sabrá Vuestra Alteza lo más que fuere servido. Yo ha poco que llegué. No estoy bien enterado de las cosas de la tierra. El Obispo ni la armada, que tanto importaba a los cristianos e indios, no han venido, ni nueva della. El Gobernador ha encomendado (repartido) los indios que en la tierra hay, que por ser pocos, han cabido a muy pocos”. Curioso: utilizó la vía de Cabeza de Vaca. La segunda parte, para mañana. Ciao.
     - Y se nos mostrará organizador y necesitado de ayuda. Agur.



     Dos vistas al precio de una, para que se advierta que Juan de Salazar de Espinosa, que procedía de un lugar histórico, pero pequeño, Espinosa de los Monteros, fundó la Asunción, esa espectacular y hermosa ciudad que se extiende por la llana ribera  del río Paraguay. Y dejemos constancia, querido escribano, de dos cosas: 1.- No tienen razón los de Medina de Pomar cuando pregonan que Juan nació en su tierra; 2.- Espinosa y Medina están a tan solo 30 kilómetros del maravilloso valle de Mena en el que estos mis ojos pecadores vieron la luz por primera vez.



domingo, 3 de enero de 2016

(133) -  Heme aquí, luminoso cronista de Indias. Y luego os quejáis del estrés y la dureza  de vuestra vida: hasta el viaje de vuelta de Cabeza de Vaca y Salazar de Espinosa fue movidito. Al depuesto gobernador le intentaron envenenar en el barco, pero, como era muy hierbero, “con esos remedios, plugo a Dios que se salvara”.
     - Un placer verte, entrañable Sancho. Al llegar al mar, tuvieron tal tormenta que sus almas supersticiosas sacaron conclusiones. Sus carceleros, Alonso Cabrera (que luego, trastornado, mataría a su mujer en Andalucía) y Garci-Vanegas, viendo en ello la mano del Señor, le soltaron, “le besaron el pie, aunque él no quiso, y dijeron públicamente que Dios les había dado aquellos cuatro días de tormenta por los agravios y sinjusticias que le habían hecho sin razón”. Comenta que también murieron de forma súbita y desastrada Vanegas y los frailes que estuvieron en su contra; y lo interpreta como un castigo divino por el  “que parece manifestarse la poca culpa que el gobernador tuvo”. Pero en España iba a tener graves problemas.
- Así es, discípulo mío: sus adversarios eran poderosos, “y después de haberle tenido preso en la Corte (la barbaridad de) ocho años, le dieron por libre y quito”. Pero no pudo recuperar la gobernación “porque sus contrarios decían que si volvía a la tierra, habría escándalos y alteraciones”. Ni le dieron “recompensa de lo mucho que gastó en ir a socorrer y descubrir”. Sin embargo, terminó sus días plácidamente en 1559, justamente rehabilitado y ejerciendo como juez en Sevilla. Vida corta (52 años), pero de apasionante intensidad. El rey se amoldó a los hechos consumados (quizá por ser Asunción un lugar explosivo) y legalizó la situación de Irala nombrándolo gobernador. Por su parte, el gran capitán Juan de Salazar de Espinosa no tuvo ningún problema en España con las autoridades. Se le dio permiso en 1550 para volver a la provincia del Río de la Plata como tesorero (cargo digno, pero por debajo de sus méritos), teniendo que tragarse el sapo de darle al odiado Irala la provisión de su nombramiento como gobernador. Partió con 300 hombres y 50 mujeres, tan necesarias para matrimoniar y así mitigar la anarquía sexual de Asunción, pero el viaje fue un revoltijo de circunstancias adversas donde pasó de todo. Pronto perdieron dos naves y murieron 200 hombres; en la costa africana les dejaron bajo mínimos los piratas franceses. En Brasil, les retuvo ¡cinco años! el mandamás portugués, y resistieron ataques de los indios. Juan de Salazar logró llegar a Asunción con algún soldado y las pocas mujeres que quisieron o pudieron seguirle (después irían otras).  Lo primero que hizo el espinosiego fue tragar saliva y saludar a Irala, que estaba eufórico por su nombramiento (esta vez legítimo) de gobernador. Adeu, Feliset.
     - Mañana disfrutaremos la carta que Juan le envió al rey. Visca Mena, Sanchet.


     Álvar Núñez  Cabeza de Vaca, jerezano, de ilustre familia, pero de ninguna manera un “zeñorito andalú”. Ese monumento fuente que le han dedicado en su pueblo, Jerez de la Frontera, junto a la antigua muralla, nos muestra al heroico náufrago que inicia su lucha por sobrevivir atravesando América. El busto con casco está emplazado en un  parque de Houston (Texas) para que también los gringos conozcan la asombrosa historia. Se echa de menos algo que recuerde su faceta de notable cronista y de gobernador injustamente tratado.



sábado, 2 de enero de 2016

(132) - Pax Domini tibi, carissimus filius, magnus amanuensis mainensis.
     - Salve, illustissimus tesorerus, canonicus et abba jamaicensis. Vamos allá con Cabeza de Vaca. Tenía la paciencia del buen escritor, y, al mismo tiempo, el espíritu inquieto de un hombre de acción nato. Se puso al frente  de penosas marchas de exploración, oyendo siempre el silbido de las flechas envenenadas. Mandó a un grupo hacia Buenos Aires para reconstruir la abandonada ciudad, pero todo salió al revés. Entre bastidores, aparece en su relato, como figura muy importante, Juan de Salazar y de Espinosa. Veamos sus alusiones. Se le presentaron cinco caciques principales, todos cristianos,  denunciando abusos de Irala y compañía. Escribe sus nombres, y resulta que uno de los indios se llamaba Juan de Salazar Cupirati, sin duda por el orgullo de tener en su bautismo como padrino al gran capitán. Partió el culoinquieto Álvar con 400 hombres para otra expedición “después de haber dejado por su lugarteniente de capitán general a Juan de Salazar de Espinosa, para que gobernase en paz y en justicia aquella tierra”. Cuando le apresaron a Cabeza de Vaca los de Irala, uno de los más villanos fue el malababa de Jaime Rasquín: “y este puso una ballesta con un arpón con yerba (veneno) a los pechos al gobernador”. Que Jaimito era un miserable se confirmó en una travesía desastrosa que, años después, iba capitaneada por él, flamante nuevo gobernador. Álvar da algún dato más del “fundador de Asunción, Juan de Salazar, que fue de Espinosa de los Monteros (lo que desautoriza la interesada vesión de que nació en Medina de Pomar)”. Estaba tan alborotada la ciudad, con asesinatos de por medio y riesgo del desastre total,  que Irala decidió embarcarle a Cabeza de Vaca  y enviarle preso a España, con un pliego de acusaciones. Cuando le fueron a sacar de la pocilga, dijo solemnemente: “Señores, sed testigos de que dejo por mi lugarteniente al capitán Juan de Salazar de Espinosa hasta que Su Majestad provea lo que más servido sea”, lo que le costó  que le dieran un golpe en la cabeza. Sigue, daddy.
     - Okay, jovencito. Me dejas lo que menos me gusta: y es que Álvar hace un comentario que me parece injusto, aunque  no eran  momentos para gran objetividad. Dice. “Y es cierto que, si el capitán Salazar quisiera, el gobernador no fuera preso, ni sacado de la tierra y traído a Castilla; mas, como  quedaba por teniente, disimulólo todo”. La situación más bien parece indicar que Juan de Salazar y Espinosa no estaba en absoluto de acuerdo con aquella rebelión, y que era tan fácil ser degollado que se imponía la diplomacia. Como lo demuestra el hecho de que, finalmente,   también lo empaquetaron a él con grilletes hacia  España en el mismo barco que a Cabeza de Vaca. Es medio cómico: el 
gobernador y su lugarteniente terminaron compartiendo el desenlace de aquel peligroso sainete, juntitos de la mano y expulsados del territorio de las Indias. Ciao, trovatore.                                 
     - Hoy, en la cima; mañana, arruinados: inestabilidad  pura de aquella ciudad sin ley. Adío, caro.



     Esta placa es de agradecer, pero  ni de lejos expresa  la grandeza de Álvar Núñez  Cabeza de Vaca. Está puesta en la ribera argentina del Iguazú, y dice que “tras cruentas luchas con la naturaleza y lo ignoto, en su temerario viaje desde selvas brasileñas atlánticas en busca de una vía al Río de la Plata, descubrió esta maravilla del mundo en el año 1541”.  Álvar apenas le da importancia en su libro: él ya fue el increíble personaje que atravesó a pie, sonriéndole a la muerte, el norte de México, y se dirigía ahora ¡como flamante gobernador! a Asunción, la capital  de la provincia del Río de la Plata.


viernes, 1 de enero de 2016


(131) - ¡Alto, compañeiru!: fagamos una paradiña.  Núñez Cabeza de Vaca está contento con nuestra versión, pero te pide que muestres la suya, expuesta en su precioso libro “Naufragios y Comentarios”.
    - É certu, Sanchiñu. Lo frustrante es el corsé de la brevedad: él lo expuso en 120 páginas. Pero allá van unas gotitas de su esencia. Ya sabemos que Martínez de Irala le arrebató el poder en Asunción y lo metió en la cárcel, donde estuvo casi año y medio refinadamente maltratado. Narra los hechos, según la costumbre de la época, en tercera persona, como si fuera el cronista de lo que le sucedió al gobernador (él mismo). Pone un ejemplo de esa sibilina estrategia de castigo. Dice que la facción de Irala escogió como guardián “al hombre que más mal le quisiese, Hernando de Sosa, al cual el gobernador había castigado porque había dado un bofetón y palos a un indio principal”. En su narración se ve con claridad que Asunción vivió durante ese tiempo en constante alboroto, al borde de la guerra civil, por la división entre amigos y enemigos suyos: Irala, con la sartén por el mango, aunque metido en las peligrosas aguas de una rebelión contra la autoridad real, y los partidarios de Cabeza de Vaca, viendo la amenazante sombra de la muerte.
     - Y tú, pecador, has acusado en falso a unos frailes por fiarte de versiones de segunda mano. Sed ego te absolvo a peccatis tuis.
     - Razón tienes, reverendo.  Dije que no le tragaban a Álvar unos frailes a los que había reprochado sus pendoneos. Lo que en realidad ocurrió (sin duda raro) fue que, como gobernador, les había impedido  marcharse a Brasil con unas indias a las que daban catequesis: “y como esto supieron los indios principales, le dijeron que les llevaban por fuerza sus hijas y que los frailes las tenían muy sujetas y aprisionadas; cuando el gobernador supo esto, envió tras ellos y los hizo volver; las mozas que llevaban eran treinta y cinco”. Durante su prisión, la india que le servía la comida a Álvar, le pasaba cada tres días una carta con noticias del exterior. Sospechaban de ella y la cachearon. Cuenta con verdadero tacto, pero claramente, lo que la india le dijo: “La desnudaban, catándola todo lo posible, que, por ser cosa vergonzosa, no lo señalo”. Nunca le encontraban la carta buscada; el truco estaba en que se la sujetaba hábilmente entre los dedos de los pies. Intentaron otro método que, al expicarlo, Álvar nos revela indirectamente que la mentalidad de los indígenas evitaba un uso habitual de violaciones sexuales. Lo dice con tanta delicadeza que hay que leer con atención: “Buscaron cuatro mancebos de entre ellos (los españoles) para que se envolviesen con la india, (lo cual era fácil) porque de costumbre no son escasas de sus personas, y tienen por gran afrenta negallo a nadie que se lo pida, y dicen que para qué se lo dieron sino para aquello”. Once meses de amoríos disfrutando de la mujeruca, pero ella no reveló su secreto. Como dicen en México: “Este cuerpesito no es para los gusanos, sino para los humanos”. Mañana más texto. Sayonara, daddy.
     - Y Álvar nos mencionará repetidamente a Juan de Salazar de Espinosa. Bye, baby.




    - Esa belleza de cataratas, las de Iguazú, las descubrió Álvar Núñez Cabeza de Vaca  al atreverse a ir en línea recta desde la costa brasileña hasta Asunción (¿por qué, dita sea, no leen vuesas mersedes su presioso libro “Naufragios y Comentarios“?). Los portugueses solo les permitían a lo españoles pasos esporádicos por sus dominios: a eso se debe que “mi primo” Juan de Martienzo (el más listo de la familia) estableciera su GRAN RUTA MATIENZO (de Perú a Buenos Aires) por el trayecto más corto posible sobre zona de jurisdicción estrictamente española.