jueves, 22 de octubre de 2015

(39) - Buenas noches, infatigable caballero andante en desigual lucha contra todos los buzones de correos del Valle de Mena.
     - Hola, querido Sancho. Te has convertido en una apasionante cuestión personal para mí. Dame tiempo, y venderé toda la edición de los libros; aunque lo que intento es que te conviertas en una figura conocida, familiar, valorada y querida por todos los meneses.
     - Manda eggs (discúlpame, pequeñín) que seas tú, un menés postizo, quien esté luchando por mi causa. Ya eres carne de mi carne, y sangre de mi sangre. Pero hay noticias alarmantes en Quántix: han puesto al frente de la Comisión Cuántica de Penalización de las Injusticias Cósmicas (la COCUPIC) a quien fue el primer Inquisidor General, Tomás de Torquemada. Llevan aquí quinientos años sometiéndole a un raspado abrasivo con chorreos constantes de altas dosis concentradas de bosones de Higgs, y aún le quedan tics despóticos. Ha unido en un solo legajo dos causas penales contra los meneses. Está con un desquiciado cabreo por el hecho de que me tengan olvidado, y también, ay Dios mío, por la mínima importancia que le dan a los antiquísimos y fundamentales hechos históricos que ocurrieron en Taranco. Me temo lo peor. Tendremos que hablar de vez en cuando de ese delicioso rincón y de lo que allí ocurrió el año 800 del nacimiento de Nuestro Señor.
     - Sé que esa alarma es fingida, porque fuiste un hombre sin miedo, renegrido por el humo de cien batallas. Pero está claro que Torquemada tiene un olfato muy fino para las injusticias: le subleva que se olvide que eres la persona más importante de la historia de Mena y  que Taranco marca el inicio del retorno de los cristianos, tras el dominio musulmán, a  las tierras castellanas. El abad Vitulo y algunos compañeros, mitad monjes, mitad guerreros, fundaron en ese lugar, el año 800, el monasterio de San Emeterio y San Celedonio. Hay depositada en el de San Millán de la Cogolla una copia del documento que recogió el hecho, y constituye la referencia medieval más antigua (tras la fundación del monasterio de San Miguel de Pedroso el año 759) de la vuelta de los expulsados a la zona burgalesa. La copia afirma que, en el documento original, de texto latino, se escribió por primera vez en la historia  de España la palabra Castella  (Castilla).
     - Lo has bordado, queridísimo vicario mío en  la tierra, pero ya hablaremos más del tema. Pon una foto de Taranco en la que se vea que el lugar es un remanso de paz y que la antigua iglesia quedó preciosa tras la reconstrucción que hizo nuestro queridísimo Pepe Bustamante. Ciao, caro. 
     - A domani, reverendíssimo dottore. 


     Y, para que todo el mundo lo sepa, diremos que el Valle de Mena (donde nací a finales del siglo XV) se encuentra situado al norte de España, en la provincia de Burgos, bendecido por el Señor con un paisaje extraordinario, como lo muestra la foto que añadimos.


(38) - Yo te saludo, vicario mío en la tierra, y en verdad te digo que eres  bienaventurado.
     - Sé bienvenido, dulce Sancho, pero me mosquean bastante tus aspavientos.
     - Es que te veo cual humilde franciscano, con tu morral lleno de los calendarios que muestran mi imagen, a pan y agua, descalzo y con los pies ensangrentados recorriendo todo el valle, y se me hace en la garganta un nudo de emoción paralizante, como si llevara atravesado el bocado de la manzana de Eva. Así que insisto: por ser pobre de espíritu, será tuyo el Reino de los Cielos. Te lo digo en serio, no como los que afirman que son bienaventurados los que usan los pasos de cebra porque pronto verán a Dios.
     - Tus bromas no me ofenden, Sancheski: me hacen reír. Tenemos que terminar con tu lista de los canónigos más notables que conociste.
     - Queda ya solamente uno  y voy a ser breve. Tengo ganas de llegar a  mi época de la Casa de la Contratación (aunque daremos antes un paseo histórico), porque nosotros, aunque éramos ambiciosos, brillantes y poderosos, en plan de amigos resultábamos bastante muermos. Sigamos, pues, con el último mohicano: Rodrigo de Santillán fue protonotario apostólico (daba fe de cuestiones eclesiásticas). Te contaré de él dos cosas llamativas: La primera, ciertamente admirable, es que fue un caso prácticamente único de alguien que reconoció crudamente sus culpas y las de sus parientes: hizo una fundación para misas “en descargo de las negligencias que el obispo de Osma, don Francisco de Santillán (era tío suyo), y él y sus hermanos (Francisco y Diego, también canónigos) habían hecho en el servicio de esta catedral y en otras”. La segunda fue una honra para mí, porque me nombró como uno de los albaceas de su testamento.
    - Tengo que añadir, mi entrañable biografiado, porque es de justicia, que era tal el prestigio de tu competencia y de tu sentido de la responsabilidad que, en repetidas ocasiones, te confiaron esa delicada misión: así lo hicieron Magallanes, tu compañero Hernando de la Torre (casi con seguridad menés), y la mala bestia de Pedrarias Dávila, entre otros muchos. Y añado que el gran historiador Hazañas y de la Rúa afirma que tu canonjía, la doctoral, era una de las dos más importantes de la catedral. A domani, mío caro. 
     - Ío te adoro, piccolino. E cosí la comedia canónica è finita. Cerca una foto. Va bene con la mía benedizione.



     Adiós, querida catedral de Sevilla. Llegué a ti con ansias de medrar, pero el destino me regaló algo mucho mejor, porque pude conocer dos hitos gloriosos: la conquista de Granada, para la historia de España, y el descubrimiento de Indias, para la historia universal, en cuya administración política jugué un papel de primera importancia. Fui un hombre verdaderamente afortunado.

miércoles, 21 de octubre de 2015

(37) - Benedico tibi, carus filius meus putativus (con perdón).
     - Gratias ago tibi, dilectus et guasonis pater meus.
     - Llevas bien tu diaversario de hoy. Te han escrito desde Colombia porque quieren un libro, y, además, te ha ilusionado saber que alguien que vive en mi querida plaza, la que está entre el convento y mi palacio, compró un ejemplar hace tiempo, y se lo has dedicado diciendo que le envidias que viva en el sitio más tranquilo, más bonito y con mayor sabor a Matienzo de toda Villasana. Así que luego has ido repartiendo calendarios susurrando aquello de “Canta y no llores, corazón”. ¿Te das cuenta? Gracias a ti me siento reencarnado después de casi quinientos años. En la plaza que yo urbanicé, ¡pegando a los edificios que yo levanté!, vive alguien que ha comprado nuestro libro, mi biografía. Te adoro, pequeñín.
     - Tengo que quererte mucho yo también para hacer el papelón de tocar a los timbres pidiendo que se dignen abrirme el portal y así poder buzonear. Y he tenido mis cortes. Te aseguro que prefiero jugármela con los infinitos perros de las viviendas solitarias. Pero hablemos de tu odioso compañero Diego Rodríguez de Lucero.
     - Era, como yo, canónigo de Sevilla, pero tuvo también el cargo de inquisidor en Córdoba. En general, aunque se crea lo contrario, los tribunales eclesiásticos resultaron bastante más suaves que los civiles, pero hacia finales del siglo XV actuaron con especial dureza, y a Lucero (maldita la hora en que nació) “le iba la marcha”. El año 1500 se quemaron vivas allá a 130 personas. El pueblo no era contrario a la Inquisición, pero fueron tales las barbaridades de esa bestia que llovieron las denuncias, sin que nosotros, los del cabildo, ni el arzobispo Diego de Deza, las tomáramos en cuenta, de lo que nos ha quedado una mancha imborrable. Se atrevió, incluso, a procesar, acusándolo y acosándolo miserablemente cuando se encontraba ya en avanzada  ancianidad,  a aquel santo varón que fue el confesor de la reina Isabel y arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera. Pero esta osadía fue su ruina. Las protestas generales arreciaron, Diego de Deza perdió su puesto de Inquisidor General por hacer “las vista gorda”, y el “delicioso” Diego Rodríguez de Lucero fue, por fin, encarcelado y procesado. Perdió su cargo de inquisidor, pero pasó el resto de su vida plácidamente, paseando en Sevilla a la vera del Guadalquivir. ¡Si ese trajinado río pudiera hablar!... Vale por hoy. Tómate previamente algún antiemético, porque, al servicio de la Historia, no te quedará más remedio que poner dos ilustraciones de los shows del Santo Oficio. Por ejemplo, una del siniestro cuadro que pintó Goya ¡hacia 1819!, quizá creando opinión para suprimirlo definitivamente, y la otra, más espectacular, de mediados del siglo XVII.
     - Y luego me pides que duerma bien… Todo sea por la causa. Vale, reverendissimus canónicus hispalensis.

   Goya reflejó muy bien el poder dictatorial de los eclesiásticos y la tortura sicológica de esos "diferentes" ridiculizados y aplastados por el terror. La ambientación es tétrica.


     La condena pública de los herejes era un acto social de primer orden. Es cierto que la sociedad se defendía, pero, ¡qué vergüenza!, nos encantaba hacer leña del árbol caído, o, mejor dicho, quemarlo. El cuadro lo pintó Francisco Picci en 1683.


(36) - Aquí me tienes, mi querido biógrafo, con puntualidad cuántica, al sonar la campanada docena de la iglesia de Rosales, donde se casó mi nieta Catalina. ¿Te das cuenta?: le pusieron el nombre de mi, también amada, compañera, Catalina de la Puente, a la que le compliqué miserablemente la vida. Qué peligrosa es la ceguera de los instintos.
     - Bienvenido, entrañable arrepentido. Yo sé que el balance de tu vida fue muy positivo.
     - Tengo que agradecerte esto que dices y otras cosas. No solo yo, sino también el Valle de Mena está en deuda contigo por ese magnífico trabajo de investigación que ha puesto de relieve que fui el personaje más importante de la historia del lugar. Tú y yo estamos frenando a las autoridades de Quántix para que no envíen una plaga bíblica que castigue a los meneses que pasan de nuestro libro porque no se dan cuenta de lo que se pierden. Incluso, para convertirlos, los cuánticos están dejando  caer una benéfica lluvia de calendarios de bolsillo preciosos promocionando mi biografía. Descienden suavemente, como la blanca nieve cuando trapea, como el maná del cielo, y llegarán a inundar todo el valle. ¡Qué espectáculo! Me veo tan magnífico en una de las caras que ya me duele menos que fuera destruido el espléndido retablo que mandé instalar en el convento de Santa Ana.
     - Cuenta algo de los apuros de tu amigo el canónigo Juan Rodríguez de  Baeza.

     - Me da vergüenza, porque, una vez más, salta a la vista cuán duros e implacables éramos en aquellos tiempos. El cabildo se negaba a darle posesión como chantre de la catedral por ser “hijo o nieto de condenado” (¿no hemos nacido todos de los “condenados” Adán y Eva?). Más concretamente, se precisó que “es hijo de padre y madre que fueron herejes y, como tales, reconciliados (o sea, castigados pero no achicharrados), y nieto de herejes que fueron condenados o relajados (es decir, achicharrados) en la ciudad de Córdoba (quizá por obra de “mi amigo” Diego Rodríguez de Lucero, del que habrá que hablar mañana). Finalmente, el año 1517, se le admitió a Rodríguez de Baeza, aunque todavía hubo alguien en 1523 que quiso que le echaran porque “era persona que perjudicaba el cargo que ocupaba”. Pon hoy, discípulo amado, una foto de la portada de nuestro libro. Unas cuantas ventas más aplacarán a los de la COCUPIC, siempre intransigentes con las injusticias cósmicas. Ciao, mío caro. 
     - Arrivederci, divino maestro.


martes, 20 de octubre de 2015

(35) - Guten… (no puedo completarlo, me raspa la glotis). Buenas noches, querido Mandelita.
     - Vaya, eso es nuevo, querido poeta cósmico.
     - Es que me inspiras ternura. Creo que te voy a llamar así a menudo; vete acostumbrándote. Me ha gustado verte entregarle a la Diputación de Burgos 30 ejemplares de nuestro libro. Pero la COCUPIC (Comisión Cuántica de Penalización de Injusticias Cósmicas) dice que tenían que haberte comprado 300. En cualquier caso, exprésales también, como lo has hecho tú, mi agradecimiento, aunque, en lo que a mí respecta, con la boca pequeña. Los cuánticos, aunque con serenidad, también nos cabreamos.
     - No seas drástico, que todavía me los pueden devolver.
     - ¿Y te extraña que te llame Mandelita, el no violento? A mí no me importaría decirles, con educación, que se embuden los 30 ejemplares (oigo la carcajada de nuestro querido  Bernal del Castillo por copiarle la expresión). Pero sigamos con mis amigos del cabildo capitular. Cristóbal de los Ríos: prototipo del clérigo “figurón”, aunque nada tonto. Vivió en la pecadora Roma, le dieron allá el título puramente honorífico, pero muy rentable, de obispo de Valuas, y, para hacer bueno el calificativo de “príncipe de los fantasmas”, le encargó al imaginero Maestre Miguel que lo inmortalizara en una escultura, cuyos datos figuraban en el siguiente presupuesto: “Un bulto de vuestra Señoría al natural, de barro cocido, vestido de Pontífice, con las calidades que se requiere para estar bien hecho, conforme a las obras que yo hago en la santa iglesia de Sevilla, para questé acostado encima de su molde e questé levantado un palmo, debiendo aparecer en la delantera un escudo de armas de vuestra Señoría, questé a la cabecera, por precio de treinta ducados de oro”. Pon, por favor, otra de tus fotos de los Alcázares. Y, de propina, una de la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, donde está enterrado Fernando III el Santo (conquistador de Sevilla), su hijo Alfonso X el Sabio, y el protector de los Alcázares, Pedro I el Cruel, que, por inquina de los Trastámara (Isabel la Católica y compañía), no pudo ocupar la tumba que se merecía ¡hasta el año 1877! Ciao, bambino: per oggi, la comedia è finita.
     - Arrivederci, illustríssimo  e amato doctore.     

Los Alcázares de Sevilla, a un paso de la catedral y del Archivo de Indias, están llenos de dependencias como esta. Era un verdadero lujo tener ahí “mi” oficina de la Casa de la Contratación de Indias.

Pedro el Cruel (o el Justiciero, como también se llamaba a su padre Alfonso XI) murió a manos de su hermanastro Enrique de Trastámara, en un duelo quizá poco limpio. ¡Ay de los vencidos!: no depositaron sus restos en esta capilla real de la catedral de Sevilla hasta el año 1877



(34) - Buona notte, mío caro piccolino.
     - Benvenuto, ténero Sancheski: creo que has patinado, o, más bien, te han malinterpretado. Me da la impresión de que te han censurado un comentario de ayer.
     - Eso parece, y no me lo esperaba porque ya sabes que, siempre que hablo, está presente la Comisión Cuántica de Censura de Pendejadas Cósmicas (la CCCPC). Si crees que también nos pueden criticar esto, cambia pendejadas por paridas. Los cuánticos nos adaptamos a todo. Pero no volverá a ocurrir: acepto la reprimenda, y hasta estoy dispuesto a ir a galeras, aunque tendrás que tirar tú del remo, porque mi fuerza ectoplásmica solo es mental.
     - Contigo, querido Sancho, al fin del mundo.
     - Gracias, pequeñuelo. Sigo con la lista de los canónigos más notables que estuvieron conmigo en Sevilla, a pesar de que, como sabes, bastantes de ellos se me amotinaron cuando suplí al arzobispo Diego Hurtado de Mendoza (nos tomábamos demasiado en serio, y éramos, nosotros sí, censores de primera división). De Diego Ramírez, diré poco, pero sustancioso. Aprovechó el magnífico trampolín que era la catedral de Sevilla para alcanzar las máximas alturas (no las celestiales). Llegó a la catedral en 1493, con 34 años. Había estudiado en Salamanca, y tras sanear su economía, tuvo el humanista y generoso detalle de fundar allá un colegio. Incluso fue anteriormente deán de la catedral de Granada, justo cuando la tomaron los Reyes Católicos, que le confiaron después la delicada misión de ser embajador en Flandes, lo que demuestra que el tío valía (no arrugues el morro, meticuloso). Después no paró de ascender: fue sucesivamente obispo de Astorga, Málaga y Cuenca, donde murió en 1537. Me alegro por él. Solo le envidio su longevidad (para aquel tiempo), porque colmé todas mis ambiciones siendo Abad de Jamaica y teniendo el apasionante cargo de tesorero de la Casa de la Contratación de Indias y de la Mar Océana, aquel maravilloso desfiladero por el que pasaron todos los superhombres de la extraordinaria aventura americana. Pon alguna foto de las que tomaste en el magnífico lugar donde quedó establecida, los Alcázares de Sevilla. A Pedro I el Cruel habría que perdonarle todo por convertirse en protector de tanta belleza. Ío te benedico, mío caro biógrafo.
     - A domani, amábile Sancio.

     Los Alcázares de Sevilla son un extraordinario monumento, donde todavía alojan a los poderosos de la política. Pedro I el Cruel fue una bestia, pero de gusto refinado, y gracias a él se conserva esa joya. 




     






lunes, 19 de octubre de 2015

(33) - Ave, Félix de los Ingenios, Monstruo de la Naturaleza, Príncipe del Parnaso…
     - Stop, Sancho. También yo te quiero mucho, pero me estás haciendo pasar vergüenza ajena. Además, me confundes con el otro,  Félix Lope de Vega.
     - No, my dear. Hablo de ti, mi querido hijo putativo (¿no hay otra palabra?), Félix Lope de Matienzo. Como le decía a mi otro hijo, Luis, todo esto  lo hago “por el mucho amor e deudo que os tengo”. Te estoy profundamente agradecido por la maravillosa biografía que me has escrito y quizá mi corazón desbarre. Pero sé decirte las verdades: se te ha colado una errata imperdonable. Le has cambiado el apellido a uno de nuestros lectores. Y eso escuece. Lo sé muy bien porque en el Archivo Histórico de Burgos me han hecho a mí exactamente lo mismo (¡y no rectifican!): figuro como  Sancho Ruiz de Matienzo, el tesorero de su catedral, de forma que la estrella heráldica de los Ortiz la tengo clavada en el corazón. Sigamos, sin más, con los canónigos trepas, pero valiosos, que conocí. Digamos algo de Diego de Ribera.  Había sido nada menos que preceptor del príncipe Alfonso, y, más tarde, de su hermana, la que se convertiría en Isabel La Católica, tocándole el “marrón” (perdona, pequeñín) de darle a su hermanastro, el rey Enrique IV (el supuesto impotente), la amenazante noticia de que ella se acababa de casar con el maquiavélico Fernando de Aragón. En la lápida mortuoria de mi amigo canónigo dice que fue ayo del “rey” Alfonso, un puro halago para su hermana Isabel, porque ocupó ese puesto ilegítimamente y durante un suspiro. Pero, ya que el Pisuerga…, hablemos de otro Rivera (con uve): el orondo pintor mexicano. Es de los pocos que vive aquí renegando: dice que Quántix es un cuéntix, y que echa de menos las bacanales de comida, vino y sexo. Háblame de tu visita a México.
     - El mural de Diego de Rivera pintado en el Palacio Nacional (cuyo edificio surgió ampliando el construido por Cortés) me encantó, pero no así su tendenciosidad. Aunque fue un creador gigantesco, cargó mucho, más bien muchísimo, contra todo lo español y todo lo católico (si bien me pareció que trataba con simpatía a Vasco de Quiroga y a Bartolomé de las Casas). Diría que se equivoca al observar la historia con mirada de caricaturista, exagerando los defectos físicos y mentales. Estuve también en Cuernavaca, y visité el precioso palacio de Cortés. Encontré más de lo mismo: una furibunda propaganda política antiespañola en todo el museo,  apoyada nuevamente sobre la obra de Rivera.
     - Vale por hoy, mi tierno biógrafo. Quiero esa foto que tomaste en el palacio cortesino, que, afortunadamente, no se lo han cargado. Y descansa: no quiero más erratas.
     - I do my best, dear Sancho: creo que,  cuanto más reviso, menos veo. To see to-morrow.


Ahí tienes al pobre chamaco. Ha salido asustado de la visita al museo que está en el palacio de Cortés, en Cuernavaca, y con el lavado de cerebro de Diego Rivera. Tiene pinta de traumatizado, pero yo te voy a decir, sin censura, lo que está pensando: "¡Qué hijos de la chingada estos españoles!"

(32) - Salud, camarada Felisenko.
     - Bienvenido, compañero Sancheski.
     - Hombre, ya sé que patino a menudo con el lenguaje, pero me parece infantil y ridículo el nombrecito. Aunque yo también me reí con ganas ayer de ti. Menuda encerrona te preparó tu querida amiga colombiana.
     - Es su especialidad, pero ya lo dijo, más o menos, el Señor: “Se le perdonará mucho porque tiene mucho corazón”. La verdad es que terminé contento de compartir en su casa esa entrañable celebración de la novena previa a la Navidad. Incluso aquí, aunque pocos lo sepan, se tenía devoción  a María de la O (que creo que se está recuperando en Burgos), con novenarios y tiernos piropos a la Virgen por su próximo parto. El pueblo americano odió a los españoles, pero también los admiraron, y, sin duda, amaron profundamente su lengua, su cultura y su religión, haciéndolas suyas y modificándolas a su estilo.
     - Pobre pequeñuelo. Cómo envidiaste su fe cristiana, ¿eh?
     - No te rías de mis cuitas. Ya sabes  que mi estrategia es no parar de dar pedales y procurar celebrar todos los diaversarios.
     - Vale, caro figlio mío. Tenemos que decir algo más del cardenal Juan Pardo Tavera. Sorprendentemente, está contento con el retrato que le hizo El Greco, porque le da un aire muy ectoplásmico. Y quiere que hablemos de sus amigos los Quiroga, con los que tuvo un trato muy cercano cuando se crió de niño en tu querido Madrigal de las Altas Torres. Del humanísimo, excepcional, sabio, hábil y raro ejemplar de español dedicado a la protección de los indios Vasco de Quiroga (a ver si terminan de una vez su proceso de canonización), ya hablaremos más adelante. Ahora toca su sobrino, Gaspar de Quiroga. Lo cogió Tavera bajo su amparo, y se produjo una rara conjunción astral de pareja excepcional, como la de Alejandro Magno y Aristóteles. Gaspar casi calcó la esplendorosa trayectoria de su protector. Resumiendo: fue, nombrado por Felipe II, auditor en el Tribunal de la Rota  de Nápoles y miembro del Consejo Supremo de Justicia, obispo de Cuenca, Inquisidor General, arzobispo de Toledo y cardenal. ¡La releche! (con perdón). Inmensamente rico, pero generoso, construyó un espectacular monasterio en Madrigal, tanto que era conocido como El Escorial de Castilla. ¿Y todo para qué? Para que la ignorancia y la desidia hayan permitido que ahora no quede más que una majestuosa ruina. Me despido, querido, que hoy nos hemos pasado. Pon foto.
      - Amén, mi paternal abad.


     Conocí personalmente al humanísimo Vasco de Quiroga, pero no a su sobrino el cardenal Gaspar de Quiroga, uno de los hombres más importantes de la historia de España. Por si fuersa poco, tuvo el inmenso honor de que lo pintara El Greco depositando el cuerpo del conde de Orgaz en ese cuadro que es un prodigio.

domingo, 18 de octubre de 2015

(31) - Bienvenido, tierno ectoplasma y gloria nacional.
- Y que lo digas, insigne literato. Otro notabilísimo compañero mío en la catedral fue Juan Pardo Tavera, nacido en Toro el año 1472. Nombrado canónigo de Sevilla en 1507, allá nos llegó con simulados aires de  pardillo, aunque todos sabíamos que era muy inteligente, ambicioso y linajudo. Nadie se atrevió a hacerle alguna novatada: se trataba nada menos que del sobrino del mismísimo arzobispo de Sevilla, fray Diego de Deza. Pronto comenzó a volar hacia las altas cúspides, alcanzando tanto las cimas del poder eclesiástico como del político. Con sus faldas clericales, estuvo al frente de la Universidad de Salamanca y de los obispados de Ciudad Rodrigo y Burgo de Osma, así como del arzobispado  de Santiago  y del no va más, el de Toledo, llegando también, ¡oh envidiada dignidad!, a recibir el capelo cardenalicio, que, en aquella época, solamente cubría la cabeza de unos pocos bienaventurados de la Iglesia Católica. Tuvo otro cargo temible: el de Inquisidor General. Eso en cuanto clérigo. Pero, para que se sepa lo adinerados que éramos los canónigos de Sevilla, bastará mencionar el “cabreo” que cogió cuando el Rey  le consiguió el obispado de Ciudad Rodrigo (que, naturalmente, tuvo que aceptar). Le hizo este plañidero comentario a su tío en una carta: “Su Alteza, de clérigo rico, me ha hecho obispo pobre”. ¡Manda eggs! (ya ves que suavizo finamente mis expresiones). En el terreno político,  fue Presidente de la importantísima Chancillería de Valladolid, e incluso llegó a ejercer como Gobernador del Reino en 1539. Él fue quien le aconsejó a Carlos V que acabara con los abusos de los oidores de la Audiencia de México (pobre sobrino mío Juan Ortiz de Matienzo). Fundó el magnífico Hospital Tavera de Toledo, donde hoy se alberga el Archivo Nacional de la Nobleza, y que se honra con que tú hicieras ahí la última consulta de tu nunca suficientemente alabado libro, el de mi biografía. Cuenta algo, pequeñín.
     - Pues solamente dos cosas. Que en ningún otro archivo me han tratado mejor, y que encontré lo que buscaba: el precioso documento  del año 1669 en el que tu importante tataranieto Antonio Ortiz de Matienzo y Bricianos Vicentelo le cedió toda la herencia a su hermano mayor, Álvaro, ciego por heridas de guerra, del que dice que “está privado de la vista corporal”.
     - Se expresaba bien mi generoso tataranieto: la “vista espiritual” es otra cosa. Pon dos fotos del ilustre cardenal: una de ellas irreverente. ¡Qué valiente era Buñuel con un Inquisidor General ya difunto!
     - No te enfades, reverendo: “A moro muerto, gran lanzada”.

      
     El año 1609, pintó el Greco este cuadro basándose en la mascarilla mortuoria de mi amigo el Cardenal Tavera. Le vino bien para su deformado estilo, pero ahora son buenos amigos. Nadie se enfada aquí, en Quántix, el Reino de la Risa.

     Ya no sufrimos por nada, hijo mío, pero me rechinan los dientes viendo ese tremendo y sacrílego contraste. Buñuel filmó a Catherine Deneuve en "Tristana" acercando morbosamente sus exquisitos labios a la imagen sepulcral del Inquisidor General Tavera. El retorcido aragonés sabía que jugaba con una bomba ya desactivada.


     


LA RAZÓN DE ESTE BLOG



     Escribí una biografía de un personaje histórico nacido en el Valle de Mena (Burgos) hacia el año 1460. Fue el resultado de tres años de investigación que dieron para 500 páginas de texto (con abundante material que dejé en reserva). El protagonista de la historia es SANCHO ORTIZ DE MATIENZO, un canónigo de la catedral de Sevilla que tuvo una gran importancia, hasta ahora poco conocida, en el apasionante entramado de los lazos iniciales de Castilla con el Nuevo Mundo, debido fundamentalmente a su privilegiado cargo de primer Tesorero de la Casa de la Contratación de Indias de Sevilla, desde su fundación en 1503  hasta que él falleció en 1521.
    
     Posteriormente abrí una cuenta en Facebook con dos objetivos: promocionar el libro, titulado SANCHO ORTIZ DE MATIENZO Y SUS CIRCUNSTANCIAS, y (porque me lo pedía el cuerpo) dar a conocer hechos, no solo de la vida de Sancho y de la época que le tocó en suerte, sino también de aquella locura histórica y deslumbrante del descubrimiento de América y la subsiguiente ocupación, puesto que él la conoció bien y trató a muchos de los héroes y villanos que la protagonizaron. Aunque el Sancho de la biografía que escribí fue un personaje absolutamente serio, la publicación en la red se convirtió en una tertulia a dúo, entre él y yo, haciendo comentarios sobre la marcha a medida que íbamos presentando lo sustancial, de manera que quedé casi abducido por un Sancho ectoplásmico y zumbón (pero, eso sí, entrañable) que se me aparecía a diario para esa labor de divulgación de hechos tan impactantes. De mutuo acuerdo, nos propusimos como disciplina procurar que el resultado fuera ameno y claro (plagado de fotografías), con santo respeto a la sintaxis, para hacerlo todo más asimilable y sabroso.
   
     Estuvimos 463 días dale que te pego, y tuvimos un fiel y sufrido grupo de seguidores a los que hemos de dar las gracias y el mérito de nuestra constancia. Las 160 tertulias finales se convirtieron en un amplio resumen de la absolutamente magnífica crónica de BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO titulada LA VERDADERA HISTORIA DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA. Con estos 160 mimbres, he preparado un libro  de unas 400 páginas que espero publicar en breve. Eso mismo es lo que intento ahora: ir dando forma a las primeras 303 tertulias que ya se publicaron en Facebook para que en este blog alcancen más difusión y se conviertan después en otros dos libros.

     Así que vamos publicando las tertulias al ritmo conveniente,  llevando como ingredientes, fuertemente sazonados, la apasionante biografía de Sancho y el grandioso espectáculo (tan admirable como horrendo) de las andanzas de los españoles por las tierras de Indias.


     Como remate de lo dicho, y siguiendo el lema de no dar puntada sin hilo, aprovecho la ocasión para mostrar la portada del libro sobre Bernal al que he hecho referencia, que, si el Señor no lo remedia, aparecerá en breve.

sábado, 17 de octubre de 2015

(30) - Ave, Félix, insignis historiator.
     - Ave, Sanctus, magnánimus exagerator.
     - Hoy procede hablar en latín porque el lunes viste una cloaca romana más interesante y menos hedionda que la de la política. Fuiste a Cantabria a coger cien ejemplares de nuestro libro (la verdad es que se va vendiendo bien y es muy posible que la insaciable  COCUPIC deje de lado sus amenazas al Valle de Mena). A la vuelta, paraste en Matienzo de Ruesga para hacer unas fotos en la más antigua casa-solar de mi familia. Y es allí, en su terreno,  donde está esa cloaca romana que da fe de la antigüedad del lugar en el que se asienta el edificio, el más añejo de todo el valle. En él se pierde el rastro más lejano de los Matienzo. Es cosa curiosa el tiempo: pasado, parece un suspiro, pero, ¿te imaginas a ti mismo hablando con alguien dentro de 500 años? Tu visita me emocionó. Nos reímos  mucho al verte pasar  por encima de la cinta eléctrica que cerraba un prado para conseguir una foto interesante. Por poco te chamuscas los bajos.
     - Eres imposible Sancho: le has cogido demasiado gusto a las expresiones populares.
     - No hay nada como el pueblo, jovencito. Pero tenemos que seguir con mis importantes “cuates” de la catedral de Sevilla. Mi amigo Diego López de Cortegana empezó como canónigo ocho años más tarde que yo, y lo fue hasta su muerte, ocurrida en 1524, no mucho después de la mía. Hombre duro, fue fiscal de la Inquisición, y, en enero de 1516, formó parte de una comisión encargada de echar de la catedral a los capellanes descendientes de judaizantes quemados o reconciliados (arrepentidos). Hoy me doy cuenta de la tremenda crueldad que actuaba tras una apariencia de justicia. Era un drama la expulsión de tanto sospechoso de pertenecer a una “mala raza”. Como ni a él ni a mí nos faltaba dinero abundante, y además queríamos apuntarnos un tanto a los ojos del nuevo arzobispo, don Diego de Deza, salimos sus fiadores para que el cabildo le permitiera tomar posesión de su puesto “en ausencia”, antes de que llegara a la catedral.  Cortegana era buen escritor y, aunque resulte chocante dado su cargo, tradujo alguna obra de Erasmo. Enterrado en la catedral, su latino epitafio lo ensalza como eximio en piedad, en la defensa de la verdad católica, y como acérrimo expulsor de los heréticos (que vaya alguien, por favor, a borrar de la lápida con vitriolo esto último, sobre todo lo de “acérrimo”). Para la prensa amarilla, comentaré que en su testamento dejó  “como heredera universal a su sobrina Violante, a quien había criado”.  No te olvides de publicar la foto de la casa-solar de mis antepasados más antiguos: los Matienzo del Valle de Ruesga (Cantabria). Vale, caríssimus filius, máxime amatus. Carpe diem, carpe diaversarium. 
     -Vale, ténerus pater meus.
    



(29) - Salut, mon chéri. Je suis vraiment desolé.
     - Salut, mon bon Sanschó. Sé por qué estás desolado.
     - Y yo sé que lo sabes. Viste la espectacular puesta de sol de anteayer, pero, al sacar la foto cuando llegabas a tu casa, te diste cuenta de que tanta belleza ocultaba una amenaza. Yo he querido proteger a todos los meneses, pero el Comité Cuántico de Penalización de Injurias Cósmicas (el COCUPIC) es implacable.
     - ¿Te has dado cuenta de que esas siglas no quedan bien en francés?
     - Ya sé que suenan a “pico de cornudo”, pero para Francia las cambiamos. Deberías más bien llamar la atención al Gobierno por su Plan de Ordenación de los Recursos Naturales (el PORN). Con esos lindos, pero temibles, colores, nuestro Comité avisaba al Valle de Mena de que, si no se alcanza un decente nivel de comporas de nuestro libro, será arrasado a sangre y fuego, siendo solamente protegidos los que lleven en sus manos mi biografía. Exigen que se reconozca la importancia histórica de mi paso por la tierra y el valor de tu brillante trabajo. No admiten excusas; ni siquiera la de la crisis económica. Dicen que esas quinientas páginas equivalen a seis películas apasionantes, y que sería maravilloso que las leyeran los enamorados en el tálamo, al anochecer, como preludio de una tierna y hermosa fusión de amor.
     - Cambiemos de tema, mensajero de las desgracias, porque estoy a punto de desmayarme. Vamos con otro de tus compañeros de la catedral de Sevilla.
     - Traté mucho al canónigo Luis Fernández de Soria, porque, amén de ser mi compañero en el coro, hizo muchos trabajos para la Casa de la Contratación. Murió en 1522, un año más tarde que yo. Era tan amigo de los Colón, que fue apoderado en Sevilla de Cristóbal y de su hijo Diego, y, cuando el bastardo Hernando Colón donó la rica biblioteca colombina de su padre a la catedral, nombró al canónigo Luis segundo posible destinatario de ese legado. Era de origen judío-converso, y siempre tuvo el desparpajo de no ocultar la convivencia con su amante. Pero, ¿cómo no?, quiso asegurarse una plácida llegada al Paraíso dejando un montón de dinero para misas por su alma. Mas, ¡ay!, los trámites testamentarios le jugaron una mala pasada, quedando retenido ese dinero varios años. Nos daba pena ver cómo, mientras tanto, se estaba achicharrando en el Purgatorio. Bonne nuit, mon petit: pon esa apocalíptica foto como advertencia a los frívolos. 
     - À la procaine, mon cher chanoine de Seville. 

(28) - Bona nit, el meu fill.
   - Benvingut, el meu pare. Ya veo que disfrutas con los idiomas.
   - Me encantan los nuevos usos del lenguaje. Aunque te diré que la costumbre actual de blasfemar sin ton ni son me saca de quicio. Y el no va más es que suelten un mecagüendiós  niños pequeños. Cuando les oigo, toda mi refinada estructura ectoplásmica se cortocircuita con un olor insoportable a quemado, y, durante unos instantes, desaparece mi imagen hasta que recupero correctamente, pero a trompicones, mi onda cuántica. Lo del catalán viene por el espectáculo que nos estáis dando. Si pudiéramos votar nosotros, saldría adelante una Federación Ibérica, en la que todos, incluidos los portugueses, estaríais cogiditos de las manos, como primos bien avenidos. No te extrañe que los Reyes Católicos estén pasando una etapa desagradable, aunque con serenidad ectoplásmica y cierto sentido del humor.
     - Una vez desahogado, querido e ilustre menés, sigamos con la historia de tus compañeros canónigos.
     - Pues hablemos de otros “figuras” de mi cabildo sevillano. Bernardino de Carvajal tenía, más o menos, mi edad. Fue uno de los muchos protegidos del poderosísimo cardenal Pedro González de Mendoza (nuestro viejo conocido, el de los “lindos pecados”). El “inquietante” papa español Alejandro VI lo nombró cardenal, y los Reyes Católicos le enviaron como embajador al Vaticano, tras haber sido nuncio en España. En 1511 estuvo implicado en una intriga contra el papa Julio II (el que peleó con Miguel Ángel hasta conseguir que terminara de pintar la Capilla Sixtina, y pasó a mejor vida cuatro meses después). Por no ser de fiar, le quitaron el cardenalato a Bernardino, pero lo recuperó pronto y fue nombrado obispo de Plasencia. Nos superó en avidez de honores y riqueza a la mayoría de nosotros, que ya es decir. Un siglo después, comentaría de él, con acierto, el cronista Gil González Dávila que “causa admiración que cupiesen tantas prebendas en una sola cabeza”. Menéndez Pelayo fue más contundente: “Bernardino de Carvajal murió en 1523, sin haber conseguido la tiara papal, tras de la cual anduvo toda su vida”. Así que nuestra vidas fueron paralelas en el tiempo, pero él lo aprovechó mucho mejor, y eso que yo no era manco. Todo esto me pone melancólico y avergonzado. Necesito volver a Triana para visitar la iglesia de Santa Ana, porque viví intensamente esa devoción y la trasladé tal cual a mi convento de Mena. Pon la foto que hiciste en su interior, a ver si vuelvo a sentirme limpio. Adeu, Feliset. 
     - Fins demà, estimat Sanchet.
       

viernes, 16 de octubre de 2015

(27) - Gute Nacht (casi me atraganto), genial literato.
     - Willcommen, guasón Abad de Jamaica.
     - Te voy a hablar en serio. Sin duda, en mi biografía has sido un Sófocles en la tragedia, un Aristófanes en la comedia, en la epopeya un Homero y en el drama un Séspir. Pero, aunque te amo más que a mi vida, te quiero perfecto. No bajes la guardia: una falta de ortografía es como una mosca en la sopa.
     - Me viste titubear con la palabra “mohíno”. Lo sorprendente es que en los diccionarios viene sin tilde, pero, en gramáticas modernas, con ella.
     - Y luego dices que yo soy impreciso en el manejo de las palabras porque no calibro los matices; ¡hay que joderse!
     - No sé, querido Sancho, si lo tuyo va a tener remedio.
     - Más vale que  cambiemos de tema. Sé que estás deseando hablar de la película que acabas de ver, “Doce años de esclavitud”.
     - Es extraordinaria, “mi amo”. Narra la tragedia (que el propio protagonista real de la historia contó en un libro) de un negro norteamericano libre y exitoso al que, antes de la abolición de la esclavitud, lo raptan unos crápulas y lo vuelven a vender en el mercado. Película larga y lenta (como requiere el tema), pero llena de intensidad. Sin duda, la historia podía haber ocurrido tal cual (y seguro que ocurrió) en tu ambiente sevillano, por  más que cuando su destino era el trabajo doméstico resultara algo más suave, aunque ya la brutalidad llegaría al colmo al ser enviados los esclavos negros a Las Indias. Sin embargo, me desconcierta la frase del notable historiador del tema José Antonio Saco, cubano mulato del siglo XIX: “La crueldad no fue el signo distintivo de la esclavitud de los negros en las posesiones españolas, sobre todo en ciertos países del continente”.
     - Mi discípulo amado: aunque ya estoy más allá del bien y del mal, me ha emocionado esa película. El poco conocido protagonista, Chiwetel Ejiotor, lo borda: no he visto otros ojos con una tristeza tan natural. Lo que más te gustó fue la escena en la que los negros despiden a un compañero muerto con la canción “Go Jordan, go”, animándose a sí mismos a seguir hacia delante como ese río bíblico. Solo por ese pasaje, la película y el actor se merecen un Óscar, y, si la voz con que canta el bueno de Chiwetel es la suya, otro más. Tu pobre madre, que ahora es feliz, se ha puesto a cantar también, deseándote que sigas pedaleando hacia Ítaca, o hacia Quántix, con aquella melodía zarzuelera que te repetía cuando eras un crío: “Borrico, corre ligero; anda y no mires patrás; lo que importa, lo que importa es el camino que falta para llegar”.
     - No puedo continuar, dulce Sancho: me tiemblan las carnes.

     - Aufidersen. Pon una foto de la dramática escultura   que tiene San Pedro Claver en Cartagena de Indias. Necesito mitigar mi ectoplásmico sentimiento de culpa.

jueves, 15 de octubre de 2015

(26) -Gabon, biotza.
     -Ongi etorri, lastana.
     - Nos hemos reído mucho en Quántix con lo que te contó una lectora nuestra, Carmen, y lo que le contestaste.  Te dijo que le había regalado nuestro libro a una tía suya que es monja, y también ella soltó la carcajada cuando vio tu mail. Que es como sigue: “Hola, Carmen: Me alegro por lo de tu tía, pero, después de que lea el libro, pueden ocurrir cuatro cosas: 1.- Que cuelgue los hábitos. 2.- Que me localice y me arranque la cabeza. 3.- Que vea lo positivo y esté segura de que Dios escribe derecho con líneas torcidas. 4.- Que le encante el libro. Si ves síntomas de que va a optar por la uno y la dos, avísame con tiempo para que me esfume. Un abrazo”. Pero, aunque has utilizado la parodia, en el fondo hay algo que  no te deja tranquilo.
     - Sé que no me vas a aconsejar nada, querido Sancho, pero describiré mi situación. Tengo muy claro que los hechos de la historia hay que contarlos, pero me duele que puedan producir alguna indigestión o dañar las ilusiones de personas idealistas. Da la casualidad de que ayer salió un artículo hablando del dilema de los periodistas cuando manejan material de alto riesgo (“lo cuento o no lo cuento”). El autor (a quien llamaremos “El Oscuro” porque solo admite lectores con  coeficiente mental por encima de 160) tocaba este tema, y, como  “casi” he entendido lo que decía, creo que daba en la diana defendiendo la libertad del escritor. Con nuestro libro, no me preocupa demasiado el público en general, pero tengo una obsesión con las monjas de Mondragón. A pesar de que en el texto las trato con mucho cariño, no me decido a enviarles un ejemplar (que, por otra parte, merecen más que nadie), porque van a ver tu imagen (la de su fundador) y la de la Iglesia bastante deterioradas (para los criterios actuales). Creo que solamente se lo entregaré si ellas mismas (supongo que les llegará la onda) me lo piden.
     - Caro piccolino. Por mí no te preocupes. Sigue tu propio criterio. Pero no te pongas mohíno. Recuperemos la alegría andaluza: ¡Arsa, mi niño: vámono pa Triana! Paseaste a gusto por ese delicioso barrio sevillano y le hiciste una bonita foto a la estatua desafiante de Juan Belmonte, conocido como el Pasmo de Triana. Ponla. Quién me iba a decir que el toreo que hacía en mi tiempo la “aristocrática caballería”, sería desbancado después por el de la “popular infantería”. Bihar arte, potxolo.
       -Agur, aitatxu.
     
(25) - Salut, mon cher petit. Ça va?
     - Bienvenu, mon tendre père. Ça va très bien. Cuando desapareció tu ectoplasma anoche, me quedé pensando en vuestra “contaminada” vida clerical. ¿Qué teníais en la cabeza hacia el año 1500?
     - Terror y una fantasía enloquecida. Era la angustia de ir en una nave que podía hundirse en cualquier momento, y necesitabas garantizarte la supervivencia. Hazte una idea: imagina que no tienes seguridad social ni de ninguna otra clase, que “el pedrisco” puede arrasar todas las cosechas y originar  tal hambruna que tu vecino te  mira con ojos de antropófago, que, si no has sido “listo” haciéndote hombre de letras o clérigo, te van a enrolar en constantes guerras, que de la manita de esa hambruna llega una peste (a ser posible, “la negra”), y que, si no asciendes en la escala social, vas a estar pisoteado por las botas de otros desesperados que trepan implacablemente para escapar del siniestro pozo. Y lo curioso, contradictorio y lógico al mismo tiempo, es que ese espanto nos convertía en seres profundamente religiosos. De no ser por  la fe, que tanto  nos frenaba con sus amenazas y nos consolaba con sus promesas, aquella situación habría sido un verdadero infierno.
     -  Me lo imaginaba, arrepentido Sancho.
     - Te diré algo de otro canónigo que conocí de cerca: Jerónimo Pinelo. Era hijo  de Francisco de Pinelo, uno de mis compañeros en la Casa de Contratación, poderoso mercader nacido en Génova, como otros muchos paisanos suyos asentados en Sevilla, pero no, como se cree, a partir del descubrimiento de Las Indias, sino ya desde antes, porque esta ciudad tenía una importancia comercial y marítima de primer orden. Jerónimo nació rico, y, hábil canónigo, aumentó considerablemente sus caudales. Era, además, un culto y refinado renacentista, y convirtió la casa de sus padres en un exquisito palacio que, finalmente, por iniciativa del gran pintor Murillo, pasó a ser, en 1660, y sigue siendo, la Academia de Buenas Artes y Buenas Letras de Sevilla. Pon dos fotos, porque el lugar es precioso.
     - Total, arrepentido clérigo, que el tiempo convierte los caprichos de los ricos en patrimonio público. À demain, Vicerroy des Indes.
     - Son paradojas de la Historia, mon cher: la argamasa de las pirámides de Egipto fue la sangre humana, pero el resultado nos admira. Bonne  nuit, mon Prince d'Orleans.


miércoles, 14 de octubre de 2015

(24)- A tus órdenes, mio caro benefactore.
     - Helo, my dear Vicario en el Valle de Mena. Sigamos con lo que prometimos comentar ayer: las andanzas de mi amigo el canónigo Rodrigo Fernández de Santaella. Fue  extremadamente inteligente, ambicioso y, al mismo tiempo, generoso. Nació en Carmona (Sevilla) el año 1444. Como les gusta a los gringos, se trata de un hombre que se hizo a sí mismo, saliendo prácticamente de la nada, lo que era casi un milagro en aquellos tiempos. Yo tuve difícil el ascenso, pero  mi situación familiar era muy superior a la suya. Alcanzó un gran nivel intelectual estudiando en Bolonia, donde tuvo de rector, según parece, al eminente Antonio de Nebrija (el que puso orden en nuestra anarquía gramatical). Rodrigo era el “mero, mero” entre los canónigos de Sevilla, destacando su categoría intelectual. Estuvo al frente del arzobispado  durante la vacante que precedió a la llegada del titular, fray Diego de Deza.  Hizo una traducción de la narración que publicó Marco Polo sobre sus viajes, y escribió numerosos libros, entre ellos, para mancha de su memoria, uno en el que justificaba que los Reyes Católicos hubiesen establecido una ley que castigaba a los sodomitas con la confiscación de sus bienes y la hoguera. Su testamento, meritoriamente escrito en latín, es un reflejo fiel de cómo éramos muchos de los canónigos: potentados llenos de propiedades, sospechosos de favoritismos hacia posibles amantes o hijos, poseedores de  esclavos negros, y llenos de otras miserias que el pueblo conocía bien (“Los canónigos, madre, no tienen hijos; los que tienen en casa son sobrinicos”). Pero no te falta razón al encabezar mi biografía diciendo que todos íbamos arrastrados por  el “Río de las Circunstancias”. Y luego estaba la parte positiva: Maese Rodrigo (ese nombre tiene la calle que le dedicaron en la ciudad andaluza) fue extremadamente  generoso. Así como yo fundé el convento de Villasana, él puso en marcha un magnífico colegio de alto nivel que sirvió de base para lo que luego fue la Universidad de Sevilla. Quiero que coloques la foto del retrato que le encargó al mismo gran artista que pintó también el mío, Alejo Fernández.
     -Pondré además, reverendo, la de la lápida bajo la que está enterrado, en la catedral de Sevilla, Hernando Colón, el hijo bastardo del descubridor, porque le dedicó esta airada frase a Maese en su “Historia del Almirante”, escrita en 1537 (Rodrigo había muerto en 1509): “Y se ve cuán desvariadamente Maese Rodrigo y algunos secuaces suyos reprendían al Almirante diciendo que no debía llamar Indias a aquellas tierras”.
     -Buenas noches, mío caro Félix López de Matienzo
     - No te regodees retocándome el apellido, travieso y querido ectoplasma;  A domani.