jueves, 15 de septiembre de 2016

(Día 389) CORTÉS se prepara para ir a ESPAÑA, de donde recibe al mismo tiempo noticias preocupantes. Acelera la partida con dos barcos pertrechados a lo grande. Llegan a su destino, y muere de enfermedad ese dechado de virtudes, el capitán al que BERNAL más admiraba: GONZALO DE SANDOVAL.

(141) -Qué casualidad, baby: Cortés iba a partir para España, y le llamaron de allí.
     -Tan simultáneo, daddy, que recibió la carta mientras preparaba el viaje. Contaba con llevar en un navío “4 indios maestros de jugar al palo con los pies, y otros indios grandes bailadores que parecen que vuelan por lo alto (sigue siendo un reclamo turístico), y llevó 3 indios corcovados muy enanos, y otros muy blancos, que con el gran blancor  no veían bien (¿albinos?). Y los caciques de Tlaxcala le rogaron que llevase a tres hijos de los principales de aquella provincia, y, entre ellos, un hijo del ciego Xicotenca el Viejo, que después se llamó don Lorenzo de Vargas”. Pero poco entusiasmo circense le quedaría a Cortés cuando recibió las noticias de España: “Entonces le vinieron cartas del presidente de Indias y cardenal de Sigüenza, don García de Loaysa, y del duque de Béjar y otros caballeros, en las que le decían que, como estaba ausente, daban quejas de él ante Su Majestad acerca de muchos males y muertes que había hecho dar a los que Su Majestad enviaba, y que fuese a volver por su honra; y le trajeron noticias de que su padre, Martín Cortés, había fallecido. Y desque vio las cartas, le pesó mucho, así de la muerte de su padre como de las cosas que decían que había hecho, no siendo así. Y, si mucho deseo tenía de ir a Castilla, después se dio mayor prisa”. No le faltaba oro, ¿eh, tesorero?
     -Salta a la vista, querido socio: “Compró Cortés dos navíos que habían llegado a Veracruz y los abasteció muy cumplidamente, como para el rico y gran señor que era, cargando tanto género que, con lo que les sobró en Castilla, se habrían podido mantener  dos años otros dos navíos”. Embarcados los tres prohombres, Cortés, Sandoval y Tapia, llegaron a España en 42 días.
     No lo puedo evitar, pequeñín: me  brotan ectoplásmicas lágrimas al leer lo que dice Bernal después. Ese dechado de virtudes que fue Gonzalo de Sandoval, su personaje preferido de cuantos aparecen en el libro, al que no le encuentra defecto alguno, y del que siempre habla con afecto de amigo aunque fuera su capitán, quizá por la complicidad de ser igualmente jóvenes, se  nos va a morir. Y le va a ocurrir sin poder ir más allá de la costa andaluza: volvía por primera y última  vez a España, pero no alcanzó a ver su Medellín natal, ni a su familia. Se había librado milagrosamente de incontables peligros, y una estúpida enfermedad acabó con él. A ver qué dice Bernal. Llegados a Palos de Moguer (Huelva), “pareció que Gonzalo de Sandoval iba muy doliente, y, a grandes alegrías, hubo tristezas, que fue Dios servido de llevarle a los pocos días desta vida”. Cortés había ido al próximo monasterio de La Rábida; entretanto, Sandoval se fue agravando hasta el extremo de que un miserable, que luego desapareció, “le hurtó en la posada 13 barras de oro, y, aunque Sandoval lo vio, no osó dar voces (el vencedor de tantas batallas), porque como estaba muy debilitado e flaco e malo, temió que aquel mal hombre le echase la almohada sobre la boca y le ahogase”. Le avisaron a Cortés de la gravedad de Sandoval y volvió rápidamente, “pero cada día iba empeorando de su mal. Se confesó y recibió los Santos Sacramentos con gran devoción, e hizo testamento; nombró por su albacea a Cortés, y heredera a su hermana María, la cual se casó, el tiempo andando, con un hijo bastardo del conde de Medellín. Y luego dio su ánima a Nuestro Señor Dios que la crio. Y, por su  muerte, se hizo gran sentimiento, y, con toda la pompa que pudieron, le enterraron en el monasterio de Nuestra Señora de La Rábida, y Cortés, con todos los caballeros que iban en su compañía, se pusieron de luto. Perdónele Dios, amén”.

     Foto: El antiguo puerto de Palos de  Moguer (Huelva), en la desembocadura del río Tinto, quedó hace tiempo cegado por las tierras; de allí partió Colón hacia lo desconocido, y nos dice ahora Bernal que Cortés, Sandoval y Tapia acaban de llegar a sus aguas protectoras. Sigue existiendo Palos de la Frontera, la ciudad del puerto desaparecido, y, en ella, un monumento vivo que representa la mejor esencia colombina: el monasterio franciscano de Santa María de la Rábida, tan bello y apacible como se ve en la foto. Entre sus muros, le animaron los franciscanos a Colón cuando tenía todo en contra; allí reposa Martín Alonso Yáñez Pinzón, el hábil y valiente piloto que le acompañó en su aventura. Dentro de su desgracia, va a resultar que Sandoval tuvo la suerte de ser enterrado en el mejor sitio posible para un héroe de Las Indias. Y, pocos días después de su fallecimiento, ocurrió un hecho verdaderamente singular: se encontraron en el monasterio los dos más grandes de Indias, Cortés y Pizarro; eran, además, parientes, y el glorioso analfabeto llegaba a España con la idea de conseguir las capitulaciones para conquistar el imperio inca, cuya existencia acababa de confirmar tras cuatro años de tremendas penalidades. Hay casualidades que parecen milagrosas.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

(Día 388) El crápula SALAZAR consigue que ESTRADA ¡destierre a CORTÉS!, que se lo toma con ironía porque ya pensaba ir a ESPAÑA. Gran sentido común el de la mujer de ESTRADA. Muchos le animan a CORTÉS a rebelarse, pero les replica con la amenaza de ahorcarlos. Se prepara para ir a ESPAÑA acompañado de dos leales, SANDOVAL y TAPIA.

(140) –Estrada la pifió, secre: había soltado a dos perros rabiosos.
     -Especialmente nefasto, sabio doctor, era el factor Salazar: “Y  desque el tesorero Estrada los hubo sacado (antes muerto que llamarlo gobernador), el factor Salazar y varias personas que no estaban a bien con Cortés le dijeron que desterrase a Cortés de México. Ya firmado este destierro por el tesorero (el magnífico héroe que conquistó Tenochtitlán, ¡expulsado!), se lo fueron a notificar a Cortés, y dijo que lo cumpliría tan bien que iría a Castilla a dar relación dello a Su Majestad y demandar justicia contra ellos. La mujer del tesorero, que se llamaba doña Marina Gutiérrez de la Caballería, ciertamente digna de buena memoria por sus muchas virtudes, cuando lo supo, le dijo a su marido: ‘Plegue a Dios que no nos venga mal desto’; le trajo a la memoria las mercedes que Cortés les había hecho, y le dijo que tornase a hacer amistades con él. Y dicen que el tesorero se arrepintió de haberlo desterrado, y aun de sacar de la cárcel al factor y al veedor, porque en todo le iban a la mano y eran muy contrarios a Cortés”. Gran mujer, reve.
     -Es raro, jovenzuelo, que Bernal, siempre tan anecdótico, no dé algún detalle más de ese ejemplo de matrona virtuosa. Acababa de llegar a México, después de 6 años sin verle el pelo a su marido (recordemos, de paso, que presumía de ser un bastardo de Fernando el Católico), y protegiendo bajo sus alas nada menos que a cinco hijas, a través de las cuales la familia emparentó después con lo más linajudo de Indias y de Castilla; seguro que ella fue la artífice. Y, además, ¡oh, oh, oh..!, se llamaba doña Marina. ¡Ay...!
     -Tranqui, Sancho; ya sigo yo, que te va a dar algo. Esto ocurría a principios de 1528, y, en el mismo barco que la adorable y sus retozonas, “vino de Castilla don fray Julián Garcés, primer obispo que fue de Tlaxcala, natural  de Aragón y gran predicador. Y desque supo lo del destierro de Cortés, le pareció muy mal. El tesorero le echó por intercesor para que fuese a Texcoco adonde Cortés (había ido allí al ser echado de México) y les hiciese amigos, y, aunque el obispo trató las amistades, no pudo lograr cosa ninguna, porque en lo que se ocupaba Cortés era en allegar todo el oro y la plata que podía para ir a Castilla; y asimismo se aparejaban el capitán Gonzalo de Sandoval y Andrés de Tapia, porque estos capitanes fueron en compañía de Cortes a Castilla”. Así que, nuevo escenario.
     -Y que lo digas, hijo mío. ¡Vaya cambiazo!: Cortés se va a presentar en España tras 24 años de ausencia. Pero, antes de partir, tuvo que oír algunos cantos de tentadoras sirenas: “Íbanle  a ver muchos vecinos de México y otras villas, y aun algunos bulliciosos y amigos de escándalos le iban con consejas diciéndole que, si se quería alzar por rey en la Nueva España, ellos le ayudarían. Y Cortés echó presos a dos hombres de los que vinieron con aquellas pláticas y les trató mal, llamándoles traidores, y estuvo para los ahorcar. Y también le trajeron de México  una carta de otros bandoleros que le decían lo mismo, haciéndolo para tentarlo, pero, como Cortés era tan servidor de Su Majestad, dijo con amenazas que, a los que volvieran con aquellas parlerías y traiciones, los mandaría ahorcar”. Bernal insiste en este aspecto cuando escribe, después de tantos años, con la evidente intención de desprestigiar a quienes sembraron a conciencia, en Indias y en la Corte, las dudas sobre la lealtad de Cortés al rey. (El que sí resultó un traidor, ya muerto Cortés, fue su hijo Martín, que salvó la cabeza de milagro). Llegaron, pues, los preparativos del viaje; Hernán dejó como administrador principal de su hacienda al licenciado Juan Altamirano, y  no renunció a llevar animales exóticos, plantas variadas, y a algunos indios peculiares, como veremos.

     Foto: Nada mejor que una foto de la maravillosa catedral de León para decir algo de un personaje que la vio desde niño: Andrés de Tapia; él y Sandoval le acompañaron a Cortés en el viaje a España. Un bosquejo de su biografía: Era de edad muy similar a la de Sandoval y Bernal, que andarían por los 22 años al empezar la toma de México. El gobernador Velázquez lo encajó en la expedición de Cortés para hacerle la contra, pero se convirtió casi de inmediato en su incondicional amigo y en un capitán de gran valía, que estuvo siempre a su lado (recordemos que le salvó la vida en la campaña de México). Escribió una breve crónica de la conquista de México, utilizada por otros historiadores de su época, pero el texto suyo completo no se editó hasta el siglo XIX. Murió en México el año 1560, y, al parecer, pobre y con fama de honrado, cosa rara entre aquellos capitanes.


martes, 13 de septiembre de 2016

(Día 387) La inestabilidad es constante en MÉXICO con un CORTÉS limitado de poder. ESTRADA maneja pésimamente la situación. Incluso EL REY pierde los nervios y hace un absurdo amago de acabar con CORTÉS. El gobernador ESTRADA, cada vez más temeroso de CORTÉS, toma una decisión nefasta: libera a SALAZAR y a ALMÍREZ.

(139) –Certo, piccolino: Nuño de Guzmán daba miedo en México.
     -Y además, caro babbo, envidiaba y odiaba a Cortés. Bernal nos explica la situación: “Porque Nuño de Guzmán se metía en los términos de México, no mirando a lo que Su Majestad le mandaba; y a un vecino que se llamaba Pedro González de Trujillo, por decirle que no quería estar bajo de su gobernación, pues los indios de su encomienda no eran de Pánuco, le mandó ahorcar, e hizo otros desatinos. Por lo que los del cabildo le suplicaron a Alonso de Estrada que gobernase con Cortés, y no quiso; aunque otros creyeron que fue Cortés quien no lo aceptó, para que no dijeran los maliciosos que quería señorear a la fuerza; y también porque hubo murmuraciones de que Cortés le dio algo a Marcos de Aguilar para que muriera. Y lo que se concertó finalmente fue que, juntamente con el tesorero Estrada, gobernase Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor y persona de la que se hacía mucha cuenta”.
     -De verdad, picaruelo, que parece una  broma pesada: Cortés tuvo el triunfo casi cósmico de conquistar Tenochtitlan, pero llevamos resumidas unas 700 páginas del libro de Bernal, han pasado ocho años desde que partió de Cuba, y esto ha sido un continuo encadenamiento de sobresaltos. Ahorita mismo, Estrada va a acabar mal con Cortés, y se diría que el rey estaba ya harto, pero tampoco Su Majestad va a manejar bien el conflicto. Primero hubo un roce entre Estrada y Sandoval porque este  no castigó a un tal Proaño, que, según el pudoroso Bernal, “hizo un tal desacato contra Estrada que, por ser de tal calidad, aquí no lo digo; y pocos días después hubo otro más: el malísimo delito de poner en las puertas de la casa del tesorero (Estrada) unos libelos infamatorios muy malos, y, viendo Sandoval que no podía alcanzar justicia, lo disimuló; y, desde entonces, estuvo muy mal el tesorero con Cortés y Sandoval, y renegaba dellos como de cosas muy malas”.
     Los enemigos de Cortés volvieron a criticarle sin medida en nuevas cartas que le enviaron al rey. La guinda del pastel la pondría otro protagonista de viejas traiciones: “En aquella sazón fue a Castilla el contador Albornoz, que jamás estuvo bien con Cortés, y le habló al rey de las muertes de Luis Ponce y Aguilar muy en contra de Cortés”. Con esta avalancha de dardos, quedó tocado, “y Su Majestad mandó proveer que sólo Alonso de Estrada gobernase”.  Pero ya el colmo fue que el rey, dando palos de ciego por la lejanía de Indias, en otro rapto de histeria, volvió a ordenar una solución extrema: “Su Majestad mandó que un caballero llamado don Pedro de la Cueva fuese a México con 300 soldados, y que, si le hallase a Cortés culpable de lo que se le acusaba, que le cortase la cabeza”. Y ordenó algo más, que aumentaría la confusión en México: “que se crease la Audiencia Real, creyendo que con ella habría recta justicia”. Y llegó a haberla, pero después de la desastrosa intervención de su primer presidente, Nuño de Guzmán, y de los oidores Diego Delgadillo y  Juan Ortiz de Matienzo, mi sobrino (¡y yo que le mandé recomendado…!).
     Nuevamente, cuando ya estaba Cortés otra vez grogui,  sonó la  campana: quizá se serenara el rey, o puede ser que el duque de Béjar utilizara sus influencias; el caso es que se anuló la orden de que partiera Pedro de la Cueva. Cuenta también Bernal que todas las campañas de conquista o pacificación que gestionó Estrada, ya como gobernador en solitario,  fueron un fracaso, principalmente por encargárselas a militares novatos, “porque va mucho de los conquistadores viejos a los nuevamente venidos de Castilla, que  no saben qué es la guerra de indios ni sus astucias”. Otro incidente precipitó los acontecimientos: “Un mozo de espuelas de Sandoval tuvo una cuestión con un criado de Estrada, y le acuchilló, de lo que tuvo mucho enojo el tesorero (nunca le llama gobernador), y le mandó cortar la mano. Cortés le dijo tales palabras al tesorero que aun tuvo temor de que le quisiera matar”. Movido por el miedo, tomó una decisión nefasta: “Allegó soldados y amigos para que le guardaran, y sacó de la prisión al factor Saavedra y al veedor Almírez Chirinos para que, como oficiales todos de Su Majestad, se ayudasen unos a otros contra Cortés”. Genial: fue como si abriera la caja de los truenos.

     Foto 1ª: En esa bonita lámina aparece México unos 25 años después de la inestabilidad de gobierno que nos está contando Bernal ahora; lo que quiere decir que la ciudad siguió prosperando sobre las aguas. Cortés le había puesto buenos cimientos. Foto 2ª: Apenas un siglo más tarde, en 1628, la vemos ya bien desarrollada, siempre a costa de la laguna, cuya dimensión era mucho mayor que  lo que muestran las pintura.



lunes, 12 de septiembre de 2016

(Día 386) El prestigio de CORTÉS decae nuevamente. MUERE TAMBIÉN el nuevo gobernador, MARCOS DE AGUILAR, para alivio de CORTÉS, que, en este caso, y de momento, no resulta sospechoso. Le sustituye ESTRADA, pero el cabildo piensa que solo no podrá frenar una nueva amenaza: anda conquistando por la jurisdicción de MÉXICO el terrible NUÑO BELTRÁN DE GUZMÁN.

(138) – Muerto Ponce, trovatore, Cortés  se las vería con Marcos de Aguilar, a quien el difunto había dejado en el puesto de gobernador provisional.
     -Y, como siempre, ilustre abad, Cortés se hizo el generoso: “Dijo que, según el testamento de Ponce, Marcos de Aguilar  no podía entender en aquella causa (abierta contra él), mas que, si quería hacerlo, que fuese en buena hora”. Los del cabildo insistían en que Aguilar “no podía gobernar solo, porque era muy viejo y caducaba, estaba tullido de bubas y era de poca autoridad”. Pero el anciano era testarudo. “Y el Marcos Aguilar dijo que  no saldría ni poco ni mucho de lo que Luis Ponce mandó en su testamento. Y, por más que le aconsejaban a Cortés, no quiso tocar ya en esa tecla, y dijo que el viejo Aguilar gobernase solo, aunque estaba tan doliente que le daba de mamar una mujer de Castilla (ridícula escena, pero mitificado remedio para enfermos ricos)”. Fue por entonces cuando Bernal, incorporado a las tropas de Pedro de Alvarado, volvió a México después de permanecer más de dos años y tres meses batallando en diversos lugares por mandato de Cortés, que les recibió con todos los honores, a pesar de que su situación era muy precaria porque el rey le había quitado la gobernación. Apareció por allí Diego de Ordaz, a quien se atribuía el bulo de que Cortés y los suyos habían muerto. Se defendió “diciendo con grandes juramentos que nunca tal escribió, sino solamente que en Xicalango habían reñido los marineros de los navíos y se habían muerto los de un bando con los de otro, y que, si el factor Salazar había glosado sus cartas, él  no tenía culpa”. Lo que añade Bernal nos muestra que, de nuevo, el prestigio de Cortés iba cayendo en picado: “Diego de Ordaz, como era hombre de buenos consejos, y viendo que a Cortés ya no le tenían acato, ni se daba nadie por él un cantar desde que vino Luis Ponce de León y le había quitado la gobernación, y que muchas personas se le desvergonzaban e  no le tenían en nada, le aconsejó que se sirviese como señor y se llamase señoría; y que pusiese dosel, y que  no se llamase solamente Cortés, sino don Hernando Cortés. También le dijo que mirase que el factor Salazar fue criado de don Francisco de los Cobos, que era el que mandaba en Castilla (y el que se quedó con la culebrina que Cortés le había regalado a Carlos V); y que el mismo Cortés no estaba bien acreditado con su Majestad, y que  no matase al factor Salazar sin sentenciarle antes, porque había grandes sospechas en México de que quería hacerlo en la misma prisión”. Es la segunda vez que Bernal, al hablar de Ordaz, pone de relieve su sentido común. Luego nos explica con claridad un detalle que podría pasar desapercibido: “Quiero decir por qué hablo tan secamente de Cortés, sin llamarle don Hernando Cortés, ni marqués, ni capitán, salvo Cortés a boca llena. La causa es que, en aquel tiempo, no era marqués, y él mismo se preciaba de que le llamaran Cortés, y era tan temido y estimado este nombre en toda Castilla, como los de Julio César, Pompeyo, Aníbal, y nuestro Gran Capitán Hernández de Córdoba, o aquel valiente nunca vencido caballero Diego García de Paredes (capitán legendario por sus  proezas de fuerza y valor, muerto en 1533; curiosamente, un hijo suyo, de igual nombre, pondría fin a la vida del trastornado y bravo Lope de Aguirre)”. Pero éramos pocos, ruiseñor cantarín..., y murió Aguilar. Se estaba cociendo la  anarquía: “Con leche de  mujer y de cabras se sostuvo ocho meses, hasta que falleció, y, en su testamento, mandó que solo gobernase el tesorero Alonso de Estrada. Pero el cabildo vio que solo no podía gobernar tan bien como convenía”. Por una razón de peso: andaba metiéndose en la delimitación de México Nuño Beltrán de Guzmán, un sádico y temible energúmeno que fue compañero de mi sobrino Juan Ortiz de Matienzo, y, además, gobernador de Pánuco.

     Foto: Para desgracia de los mexicanos, Nuño de Guzmán fue un  militar de gran eficacia profesional, pero muy dado a someterlos a sangre y fuego, literalmente. Se le considera el capitán más despiadado de cuantos lucharon en la Nueva España, y el cabildo de México sabía que Estrada no sería capaz de  frenar sus brutales incursiones. Si algo hizo bien esta bestia desatada, hijo de muy ilustre familia, fue fundar varias ciudades, entre ellas Guadalajara, a la que le puso el nombre de su lugar de origen. El rey cometió el error de hacerle presidente de la Audiencia de México cuando se fundó, ayudado por varios oidores nefastos, ente ellos, mi sobrino Juan; y, además, con el objetivo principal de rebajar el brillo de Cortés, como nos contará Bernal. Fueron tantos los abusos de Nuño, que le enviaron preso a España, y acabó sus días en la cárcel. La escena que vemos es parte de un mural realizado por el mexicano Juan O´Gorman el siglo pasado. Representa la conquista de Michoacán. Nuño figura centrado en  la zona superior sobre un caballo blanco. Menos mal que, para compensar el espanto, aparece al pie de la pintura, con capa roja, el obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, sin duda uno de los hombres más humanos y constructivos que ha registrado la historia mundial de las colonizaciones.


domingo, 11 de septiembre de 2016

(Día 385) La fortuna de CORTÉS oscila como el péndulo de un reloj. SURGE OTRO GRAVE PROBLEMA: llega LUIS PONCE DE LEÓN para juzgarle. PONCE inicia el juicio y a CORTÉS le llueven acusaciones. Pero, en pocos días, ocurrirá algo que hace de CORTÉS el rey de los sospechosos: PONCE muere de “modorra”. BERNAL recoge las murmuraciones, pero, como siempre, procura defender a CORTÉS.

(137) -¡Ay, ay, ay! No puede ser, secre: ¡Cortés de nuevo en jaque!
     -Esto es una pesadilla, reverendo, aunque no le pillaría de sorpresa, porque (como ya vimos anteriormente), por más que saliera bien parado de las acusaciones de Narváez y compañía en España, el rey mencionó entonces que todo se aclararía definitivamente en un ‘juicio de residencia’. No fueron palabras que se llevara el viento. Así que, tras la gloria de la vuelta triunfal a México, otra vez le colocaron a Cortés bajo la espada de Damocles. Vimos que “Su Majestad le mandó al licenciado Luis Ponce de León que fuese a México a juzgar a Cortés, y, si le hallase culpable en lo que le acusaban, que le castigase de manera que en todas partes fuera conocida la sentencia”. Cuando Cortés se enteró de que ya estaba Ponce de León cerca de México, “despachó mensajeros adonde él con  ofrecimientos y palabras sabrosas, muy mejor dichas que las que yo sabré escribir”. Pero también lo hicieron los que no tragaban a Cortés, y en tono bien subido: “Le dijeron a Luis Ponce que Cortés quería ajusticiar al factor y al veedor antes de que él llegara a México, y aun le dijeron que  mirase bien por su persona, porque si Cortés le escribió para saber por cuál de los dos caminos quería ir, era para ‘despacharle’, y que no se fiase de sus palabras y ofertas”. Ponce llegó a México con estas advertencias, y le fue sondeando a Cortés, en relajadas conversaciones, sobre los espinosos y abundantes temas de que le acusaban sus enemigos: “Y Cortés a todo le contestó dándole razones muy buenas, de las que Luis Ponce en algo pareció que quedaba contento”. Luego ocurrió un incidente que quizá no trajera consecuencias, pero que uno no sabe si Bernal lo recoge para aumentar la intriga. Un fraile que había llegado con Ponce le dijo a Cortés: “Señor capitán, por lo mucho que os quiero, os aviso que Luis Ponce trae provisiones de Su Majestad para os degollar”. De momento el aviso hizo efecto: “Cuando esto oyó Cortés, estaba muy penoso y pensativo”. Pero, al parecer, se tranquilizó porque  creyó ver en el fraile una segunda intención “para que le tuviese por intercesor de que  no ejecutase Ponce tal mandato, y le diese por ello algunas barras de oro; otros dijeron que Luis Ponce quería así meterle temor a Cortés”. ¿Se quedaría tranquilo? No olvidemos que Ponce sustituía al Almirante de Santo Domingo, a quien, en un arrebato de ira, el rey le había mandado con la orden de ser implacable con Cortés. Luis Ponce, que había tardado más de dos años en aparecer por  México, al llegar puso en marcha de inmediato la maquinaria judicial. “Mandó pregonar residencia general contra Cortés y contra los que habían tenido cargo de justicia y habían sido capitanes”. Y como las pasiones son tornadizas, aparecieron a careta quitada nuevos enemigos y le llovieron más acusaciones de las que ya tenía. Ocurrió algo después que nunca se pudo aclarar, pero que, añadido al historial de Cortés, lo convirtió en el campeón de los sospechosos, aunque Bernal siguió confiando en él: “Quiso Nuestro Señor Jesucristo que, por nuestros pecados, cayó malo de modorra el licenciado Luis Ponce, y todo lo más del día y de la noche estaba durmiendo. Hizo testamento, dejando por su teniente de gobernador al licenciado Marcos de Aguilar. Ya hecho el testamento, y ordenada su ánima, al noveno día de caer malo se la dio a Nuestro Señor Jesucristo. Y Cortés y la mayoría de los caballeros se pusieron luto. Oí murmurar que en México había algunos de los que estaban a mal con Cortés y con Sandoval que afirmaron que  le dieron ponzoña a Luis Ponce”. Hay dos argumentos  en contra de esa opinión. Bernal utiliza el primero: “Varios frailes de los que llegaron entonces con Luis Ponce también murieron de modorra, porque al parecer dio pestilencia en los navíos en que vinieron, y asimismo otras cien personas durante el viaje, y fue fama de que aquella modorra cundió en México”. El segundo argumento se basa en que Luis Ponce tuvo nueve días para sacar conclusiones, pero nada dijo contra Cortés, ni siquiera en su testamento. Así que nunca se sabrá si hubo crimen o, una vez más, mucha suerte.

     Foto: Donde está ahora la hermosa catedral de México se encontraba la primitiva iglesia de San Francisco, mandada construir por Cortés, y en ella enterraron al ‘sin ventura’ Luis Ponce de León.


sábado, 10 de septiembre de 2016

(Día 384) CORTÉS supera el miedo y RESUCITA: decide volver a MÉXICO, y lo reciben apoteósicamente. Indios y españoles se sienten felices y aliviados. CORTÉS piensa hacer justicia con lo que alborotaron MÉXICO, pero desiste, lo que BERNAL considera una perjudicial debilidad.

(136) –Tranquilicemos a nuestros queridos tertulianos, baby.
     -Falta hará, daddy, porque  nos han acompañado un largo y áspero trecho. Un poquito más de esfuerzo y remataremos la escalada hasta la cima del maravilloso libro que escribió Bernal. ¿Lo harán?
     -¿Por qué lo dudas, hombre de poca fe? Ellos saben que en aquellas próximas alturas tendrán, de un solo golpe, la visión completa de la Nueva España y de cuanto hicieron por esas tierras Cortés y los suyos en tan grandiosa epopeya. Así que, prosigamos y demos ejemplo, pusilánime mancebo. ¿Llegó el fraile?
     -Vale, Sancho. Me agarraré a la manita de Bernal: “Fray Diego Altamirano llegó al puerto de Trujillo, y desque salió a tierra con los que traía en su compañía, Cortés conoció a algunos que había visto en México, e fueron a besarle las manos, y el fraile le abrazó. Luego le contó todo lo acaecido en  México, según lo tengo escrito más largamente. Y Cortés mostró gran sentimiento dello, y dijo que Nuestro Señor Dios fue servido de que aquello pasase así y de que México estuviese ya en paz. Luego dijo que quería ir allá presto, y se embarcó con sus amigos para llegar a Nueva España desde el puerto de La Habana”. Así que, reverendo, por fin resucitó Cortés.
     -Y parece, secre, que con fuerza; afortunadamente, porque la iba a necesitar, aunque no de momento. En cuanto puso pie en territorio de la Nueva España, quedó sorprendido de la buena acogida que le hicieron, y, después, el viaje hasta México fue un paseo triunfal lleno de loores: llegaba, por fin, ‘el deseado’. “En el puerto de Veracruz le hicieron muchas fiestas y regocijos; y, desque lo supieron todos los indios de la redonda, le trajeron muchos presentes de oro y bastimentos, y, según hacía el viaje, le tenían los caminos limpios y hechos aposentos. Y, en llegando a la laguna de México, todos los indios hicieron alegrías, y le enviaron a decir que, de que vaya, harán todo lo que son obligados, y le servirán como a su capitán que los conquistó. Los de Tlaxcala salieron a recibirle con danzas y bailes y mucho bastimento”. Y el no va más: un traidor le hizo la pelota: “De Texcoco, salió el contador Albornoz para estar a bien con él, y juntó a muchos españoles y caciques, y, con grandes invenciones de juegos y danzas fueron a recibir a Cortés; de lo cual se holgó”. Pero  no fue nada para lo que le tenían preparado en México. Cortés vivió de nuevo la ebriedad de la mitificación. Algo había en Cortés, coleguita, que le hacía demasiado sensible a la adulación y al deseo de hacerse querer. Seguro que al entrar en México babeaba de placer. Hubo hipócritas que fingieron alegría, pero el entusiasmo general era sincero: “Salió el (honrado) tesorero Estrada con todos los caballeros y todos los caciques, y la laguna estaba llena de canoas con indios guerreros como cuando peleaban con nosotros en el tiempo de Cuauhtémoc, y durante todo el día hubo bailes y danzas por las calles de México; y, cuando Cortés entró en sus aposentos, allí era servido y tenido por todos como un príncipe”. Nada más llegar, quiso mostrar su autoridad haciendo dura justicia sobre los responsables de los alborotos pasados, pero, al final, el cañonazo fue de fogueo, quizá en otro acceso de debilidad: “Desque Cortés hubo descansado, mandó prender a los bandoleros y comenzó a hacer pesquisas sobre los tratos del factor (Salazar) y el veedor (Almírez Chirinos): tenía pensamiento de hacer proceso contra ellos y por justicia despacharlos (pero  no lo hizo); y, si de presto lo hiciera, no habría en Castilla quien dijera ‘mal hizo’, y Su Majestad lo habría tenido por bien hecho”. Ese parecer debió de ser general, porque permaneció muy fresco tras largo tiempo: “Y yo les oí decir a los del Real Consejo de Indias el año 1540, cuando allá fui sobre mis pleitos, que Cortés se descuidó mucho en ello, e se lo tuvieron como flojedad y descuido”.

     Foto: Con mucho amor, muy queridos tertulianos, vos suplicamos que sigáis con la crus a cuestas fasta la cumbre bernaliana. Falta poco y merese la pena. Fased como Diego de Ordaz, tomando un reposo poco antes de alcansar la cumbre maxestuosa del Popocatépetl, e, cuando lleguéis, se vos fará la mersed de ver Tenochtitlán y entender totalmente lo que fue su imperio e la sublime locura de un puñado de españoles.


viernes, 9 de septiembre de 2016

(Día 383) Ni SANDOVAL consigue que CORTÉS se decida a ir a MÉXICO (tiene miedo). Desde la distancia, ordena que gobiernen ESTRADA y ALBORNOZ en lugar de SALAZAR y ALMÍREZ. Estos dos son apresados. ALBORNOZ no era de fiar, pero ESTRADA tuvo un comportamiento sensato. Fray DIEGO ALTAMIRANO emprende viaje para convencer a CORTÉS de que vuelva a la ciudad. Revueltas en MÉXICO: son ahorcados tres conspiradores.

(135) –Lamentable, socio: tampoco Sandoval convenció a Cortés.
     -Lo curioso, reverendo provisor de Sevilla, es que todo el mundo, menos él, veía sin sombra de duda la imperiosa necesidad de que volviera a tomar el timón de un México a la deriva. Cortés prefirió seguir con sus batallitas lejos de la ciudad, aunque solo había un verdadero motivo: el miedo. Temía que sus rivales le mataran. Pero era necesario solucionar el problema, y quiso hacerlo improvisando un parche nada prometedor: “Cortés mandó poderes para Pedro de Alvarado y Francisco de las Casas, si hubiesen vuelto a México, para que fuesen gobernadores de la Nueva España hasta que él fuese; y, si no estaban en México, que gobernasen Alonso de Estrada y el contador Albornoz, según el poder que les dio anteriormente. Y revocó los poderes del factor (Salazar) y del veedor Almírez (vaya revoltijo, sabiendo, sobre todo, que Albornoz le había desprestigiado ante el rey)”. El encargado de llevar las órdenes era un criado de Cortés llamado Martín Dorantes, y viajó disfrazado de labrador: “Entró en México de noche, y se fue al monasterio de San Francisco, donde halló refugiados a muchos partidarios de Cortés. Y, desque vieron al Dorantes y supieron que Cortés estaba vivo, no podían estar de placer, y saltaban y bailaban, y también los frailes Toribio Motolinía y Diego de Altamirano. Y se acordó ir a prender al factor (el veedor estaba de campaña, fuera de México)”. El entusiasmo en México fue general al saber que Cortés vivía, “y muchos vecinos se juntaron con el tesorero Estrada para ayudarle, porque, según pareció, el contador Albornoz no ponía en ello mucho calor, que andada doblado (en plan falso, como era de suponer)”. Tan ‘doblado’ que ya le había ido con el cuento a Salazar, y el ambicioso factor se dispuso a repeler con artillería a los revoltosos, “pero todos los que eran de su parte desmayaron, allí le prendieron y en esto acabó la cosa de su gobernación; luego trajeron a México al veedor Almírez y le echaron en otra jaula como al factor”. Hizo algo el tesorero Estrada digno de ser alabado: “Para honrar a Juana de Mansilla, a la que había hecho azotar el factor por hechicera,  mandó cabalgar a todos  los caballeros, y él  mismo la llevó a las ancas de su caballo por la calles de México, y la gente decía que como matrona romana hizo lo que hizo (negarse a tener otro marido hasta que se confirmase la muerte del suyo), y con mucho regocijo se la llamó desde entonces ‘doña’ Juana de Mansilla”. Honremos a los dos: Juana y Estrada.   
     -Vamos a ver ahora, entrañable rapsoda, un nuevo intento de convencer a Cortés para que vuelva a México y acabe con aquel desbarajuste social: “El tesorero y otros partidarios de Cortés  lograron que fray Diego Altamirano fuese a Trujillo para que le hiciese venir a México, porque era su pariente y hombre que, antes de que se metiese a fraile, había sido soldado e sabía de negocios”. Y allá que se fue. Pero, entre tanto, la situación en la capital estaba movidita: “Muchos amigos del factor Salazar se juntaron y concertaron soltarle a él y al veedor, y matar al tesorero Estrada y a los carceleros, y dicen que lo sabía el contador Albornoz. Y, para hacerlo, hablaron a un cerrajero llamado Guzmán, hombre soez que decía gracias y chocarrerías, para que les hiciese unas llaves de la cárcel”. Total que el ‘chocarrero’ les siguió el juego pero los delató: “Sin más dilación, el tesorero fue con los del bando de Cortés a la casa donde estaban recogidos los contrarios y prendieron hasta veinte dellos, y otros se huyeron. Y, como había entre los cogidos cuatro hombres muy bandoleros, que se habían encontrado en todas las revueltas que en México había habido –y aun uno ellos había hecho fuerza a una mujer de Castilla-, se hizo proceso contra ellos, y el alcalde mayor, que se llamaba Ortega y era de la tierra de Cortés, ahorcó a tres, que se llamaban Pastrana, Valverde y Escobar, e hizo azotar a otros”. Así las cosas, ¿dará resultado  el viaje del hábil predicador, el frailuco  Diego Altamirano, para convencer a Cortés?

     Foto: Mi secre nos pone una foto de la plaza mayor de Ciudad Real, capital que se encuentra a 210 km al sur de Madrid. Bien está porque de allí era el tesorero Alonso de Estrada. Él y los otros funcionarios que llegaron al mismo tiempo a México, Albornoz, Salazar y Almírez, tenían como misión menguar el enorme poder de Cortés. El más decente, y de lejos,  fue Estrada. Presumía de ser hijo bastardo de Fernando el Católico, y, quizá por ser cierto, Carlos V le asignó un sueldo extraordinario. Veremos que se ocupó de la gobernación de México en varias fases de aquellos tiempos turbulentos. Murió en 1530, a la edad de 60 años.




jueves, 8 de septiembre de 2016

(Día 382) ANDRÉS GARABITO, envidioso y traidor. Provocó la muerte de BALBOA, y, ahora, la de FRANCISCO HERNÁNDEZ DE CÓRDOBA. También delata a un viejo rival en amores: CORTÉS. El implacable PEDRARIAS ejecuta a HERNÁNDEZ DE CÓRDOBA. Los soldados, incluido BERNAL, echan pestes de un acobardado CORTÉS que no se atreve a volver a MÉXICO.

(134) -¡Maldición eterna para Andrés Garabito! Llevaba la traición en la sangre, secre: has confirmado que es el mismo que vendió a Balboa.
     -Y el que ahora volverá a ser un repugnante chivato, reverendo, movido, como entonces, por los celos y el rencor. Vayamos por orden. Balboa y Garabito eran amigos íntimos, pero este desgraciado se moría de envidia por uno de los amores más románticos de Indias, el de Balboa con la indígena Pocahontas, digo Anayansi, y, de forma miserable, trató de seducirla en secreto; la deliciosa criatura se lo contó a su amado, que frenó en seco a su ‘amigo’ con palabras muy duras. Garabito, verde de rabia, le escribió al terrible Pedrarias Dávila con dos infundios: que Balboa no pensaba cumplir el trato de casarse con su hija, y que, además, pretendía quitarle la gobernación. Bastó para que Balboa acabara degollado. Qué triste.
     -Pues va a hacer algo parecido, galante jovenzuelo,  con Cortés y con Francisco Hernández de Córdoba; también ahora, aunque parezca por lealtad a Pedrarias, será más bien fruto del odio: “Como un soldado que se decía Garabito (Andrés) y otros dos, todos íntimos amigos de Pedrarias Dávila, vieron que Cortés había enviado presentes al Francisco Hernández (de Córdoba), tuvieron sospecha que este quería dar aquellas tierras a Cortés. Y demás desto, el Garabito era enemigo de Cortés porque, siendo mancebos en la isla de Santo Domingo, Cortés le había acuchillado sobre amores de una mujer. Y cuando Pedrarias lo alcanzó a saber por cartas que ellos le escribieron, vino más que de paso con gran cantidad de soldados y prendieron a Francisco Hernández, que no había querido huir creyendo que Pedrarias lo hiciera de otra manera, porque habían sido muy grandes amigos. Y después que Pedrarias hubo hecho proceso contra Francisco Hernández y halló que se le alzaba, por sentencia le degolló”. De rebote, Cortés vio claro que ‘ojito con Pedrarias’, y desistió de competir con él por las tierras de  Nicaragua. Pero es que, además, el gran Cortés estaba irreconocible, depresivo y en un mar de dudas. Le vimos decidido a ir a poner orden en México, aunque fuera de tapadillo. Pero llegó al puerto de Trujillo, “y, como estaba flaco, mal dispuesto, quebrantado de la mar y muy temeroso de ir a la Nueva España por temor a que le prendiese el factor, le pareció que no era oportuno ir a México”. Está claro, pequeñín, que este no es  nuestro Cortés. Andaba tan confuso que consultó al mismísimo Espíritu Santo, “al que le mandó decir misas, con  procesión y rogativas, para que le encaminase a lo que más fuese a su santo servicio. Y pareció que el Espíritu Santo le alumbró de no ir a México por entonces, sino que conquistase y poblase aquellas tierras en las que estábamos. Y luego, sin más dilación envió a matacaballo tres mensajeros diciéndonos que así lo pensaba hacer”. ¿Creen vuesas mersedes que sus soldados eran fieles creyentes en el hilo directo con el Espíritu Santo? Pues vean: “Y desque vimos la carta, no lo pudimos sufrir, y le echamos mil maldiciones, deseando que no tuviese ventura en todo en lo que pusiese mano, y que se  perdiese como nos había echado a perder (nunca le hemos visto, ni le veremos, a Bernal tan ‘cabreado’); y todos a una le dijimos al capitán Sandoval que, si Cortés quería quedarse a poblar, que se quedase con los que quisiesen, que hartos conquistados y perdidos nos traía, y que nos iríamos a las tierras de México que ganamos. Y asimismo Sandoval era de nuestro parecer”. Lo escribieron en una carta, firmaron todos, y se lo mandaron a Cortés, que contestó con halagüeñas promesas para los que quisieran quedarse y una frase ofensiva (que debía de ser frecuente en Indias): “que si  no le querían obedecer lo que mandaba, que en Castilla y todas partes había soldados. Y desque aquella respuesta vimos, todos  nos queríamos ir camino de México, perdiéndole la vergüenza. Entonces el Sandoval, muy afectuosamente y con grandes ruegos, nos insistió en que aguardásemos unos días, que él en persona iría a hacer embarcar a Cortés camino de México”. Era ya como los viejos matrimonios deteriorados y con el mutuo respeto arruinado.

     Foto: El bilioso Garabito le informó al implacable Pedrarias de los sueños de independencia de Francisco Hernández de Córdoba, y le costó la cabeza; sin embargo se trataba de un personaje noble que no huyó, confiando en poder razonar con ‘la bestia’. Para entonces, Francisco había hecho una magnífica labor en Nicaragua, fundando las ciudades de León y de Granada, donde le han levantado este monumento en un lugar que le habría encantado. 


miércoles, 7 de septiembre de 2016

(Día 381) Se intenta que vaya ALVARADO a MÉXICO para gobernarlo, pero se niega por el gran riesgo. El despótico GONZALO DE SALAZAR apresa a los amigos de CORTÉS y ahorca a su mayordomo después de torturarlo. Los soldados de CORTÉS lo sacan de su abatimiento y le convencen para volver a MÉXICO. Ya, incluso, hasta planea conspirar contra PEDRARIAS.

(133) –Y siguieron los sainetes, picaruelo: no nos vamos a aburrir.
     -Dice Bernal, alegre canónigo, que, en medio de ese barullo, llegaron a México Francisco de las Casas y Gil González de Ávila negándose a admitir que Cortés hubiese  muerto, “y dijeron que no se podían consentir aquellas revueltas y que era mal hecho nombrar por gobernador al factor Salazar, e que, en cualquier caso, más méritos tenía Pedro de Alvarado para serlo; e, secretamente, le escribieron a Alvarado para que se viniese con todos los soldados que tenía, y que le procurarían de le dar la gobernación hasta saber si Cortés era vivo. E cuando ya Pedro de Alvarado se venía para México, tuvo temor del factor por las amenazas que le envió de que le mataría, y también porque  habían ahorcado a Rodrigo de Paz (pariente de Cortés, su mayordomo y alguacil mayor de la ciudad), y apresado al licenciado Zuazo, de manera que se volvió a su conquista. Y, después que el factor vio que el de las Casas y González de Ávila no eran buenos amigos, los mandó prender, les hizo proceso sobre la muerte de Olid, y los sentenció a degollar, pero luego los envió presos a Castilla”. Con el que se había ensañado antes, a plena satisfacción, reve, fue con Rodrigo de Paz.
     -Ese Judas, amado secre, era un perro rabioso: “El factor Salazar lo apresó y le pidió el oro y la plata de Cortés porque era su mayordomo, y, porque no se lo dio, pues era claro que él no lo tenía, le dio tormentos, y, con aceite y fuego, le quemó los pies y aun parte de las piernas; y estaba en las prisiones tan flaco y malo como para morir; y no contento con los tormentos, temiendo que se quejara a Su Majestad, lo mandó ahorcar por revoltoso; y, a la mayoría de los soldados y vecinos que estaban por Cortés, los mandaba prender, amparándose muchos en el convento de San Francisco”. Mientras leía Cortés ante sus tropas la carta de tan deprimentes noticias, “estábamos tristes y enojados, ansí del Cortés, que  nos trajo con tantos trabajos, como del factor, y echábamos dos mil maldiciones al uno y al otro, y se  nos saltaban los corazones de tanto coraje. Pero Cortés  no pudo contener las lágrimas, y, con la  misma carta, se fue a encerrar en su aposento, y  no quiso que le viéramos hasta más de mediodía. Y todos  nosotros le rogamos que presto se embarcase en tres navíos y que  nos fuésemos a la  Nueva España”. El hundido Cortés tendría que enmendar sus errores. Bernal  estaba allí, y nos cuenta lo que les respondió Cortés: “¡Oh hijos y compañeros míos!; veo que aquel mal hombre del factor está muy poderoso, y temo que si nos ve en el puerto se atreva a matarme  o echarme preso, a mí y a vuestras personas. Yo iré a México  muy secretamente  con solo cinco de vuestras mercedes para que, desconocidos, entremos en la ciudad. Conviene que vos, señor Luis Marín, con los compañeros que vinisteis en mi busca, os juntéis en Naco con Sandoval y vayáis camino de México”. Es como si despertara el oso dormido, porque le empezó a renacer el ansia de intrigas. Le envió una carta y ayuda de provisiones al capitán Pedro de Garro con destino a Francisco Hernández de Córdoba, con el mensaje de que “haría por él todo lo que pudiese” para que consiguiera alzarse contra el gobernador Pedrarias Dávila y conquistar Nicaragua. En medio de situación tan dramática, Bernal  no se resiste a contar una anécdota, también dramática, o, más bien, tragicómica: “Estando que estábamos en aquella villa de Trujillo, un hidalgo que se decía Rodrigo Mañueco, maestresala de Cortés, por dar contento y alegrar a Cortés, que estaba, con razón, muy triste, apostó con otros caballeros que subiría con todas sus armas a unas casas, las cuales estaban en un cerro algo alto. Y, subiendo armado, reventó en la cuesta y murió dello”.

     Foto.- Queridos hijos míos: el cuadro representa la rendición de Granada a los Reyes Católicos. Tuve el inmenso honor de recibir, con el señor arzobispo y los demás canónigos de la catedral de Sevilla, una carta que nos escribió de inmediato Fernando el Católico, de la que extraigo un párrafo: “Fágoos saber que ha placido a N. Señor, después de muchos y grandes trabajos, gastos y fatigas de nuestros Reinos, y derramamiento de sangre de muchos de nuestros súbditos, dar bienaventurado fin a la guerra que he tenido con el Rey y moros del Reino y Ciudad de Granada, la cual, tenida y ocupada por ellos por más de 780 años, hoy, dos días de enero de este año de 1492, es venida en nuestro poder y señorío”. ¿Que a qué viene esto? Pues, simplemente, a que poco después nació en Granada, de ilustre linaje, el primer niño cristiano, un niño que, con el tiempo, llegaría a ser el retorcido traidor Gonzalo de Salazar, también llamado “El Gordo”.


martes, 6 de septiembre de 2016

(Día 380) CARTA DEMOLEDORA enviada por ZUAZO a CORTÉS: en MÉXICO reinan el desorden y los abusos. SALAZAR Y ALMÍREZ hacían y deshacían. Hubo rebeldía de indios. Se dijo que CORTÉS y los suyos habían muerto. SALAZAR trata de obligar a que sus “viudas” vuelvan a casarse.

(132) –La carta de Zuazo, querido biógrafo, le hizo polvo a Cortés.
     -Rebobinemos, amado biografiado. Alonso de Zuazo era el letrado que utilizó Garay para mediar con Cortés, al que el gran capitán recibió con todos los sibilinos honores que solía utilizar ‘para quebrantar peñas’. Oigamos a Bernal: “Cuando Cortés leyó la carta que le enviaba el licenciado Zuazo, al que había dejado en México como alcalde mayor, tomó tanta tristeza que se metió en su aposento y comenzó a sollozar (¡el superman!), y  no salió hasta el otro día por la mañana. Y después de oír misa nos rogó que le escuchásemos porque las  noticias de la  Nueva España eran que se había echado fama de que todos  estábamos muertos, nos habían tomado las haciendas y las habían vendido en almoneda, quitándonos los indios  y repartiéndolos a españoles que no tenían méritos. Y comenzó a leernos la carta”. Lo que contaba de España no era tan malo, y ya lo sabemos: los ataques contra Cortés que el contador de México, Rodrigo de Albornoz, había escrito a la Corte, apuntalados en persona por Pánfilo de Narváez y otros de su bando, apenas le perjudicaron. Daba también una noticia que te afecta a ti, reverendo.
     -Para mí, dolorosa, hijo mío: el obispo Fonseca había muerto (a quien Dios le perdone; amén). Así que, el comienzo de la carta fue agradable para Cortés; pero lo que seguía, desesperante, y,  además, consecuencia directa del incomprensible error que tuvo al abandonar México para embarcarse en el desquiciado viaje a Honduras. Fijémonos ya en los cuatro protagonistas del desbarajuste administrativo que enloqueció a la ciudad: el factor Gonzalo de Salazar, el veedor Pedro Almírez Chirinos, el tesorero Alonso de Estrada y el contador Rodrigo de Albornoz, quien, como hemos visto, conspiró contra Cortés desde el mismo momento en que se ausentó. El licenciado Zuazo le contaba en su misiva a Cortés que, en cuanto aterrizaron en México Salazar y Almírez con los enormes poderes que le habían arrancado astutamente en Honduras a Cortés (esta vez ingenuo zorro), se rodearon de cómplices y empezó el baile. Bernal resume el contenido: “En cuanto se vio el factor con tantos amigos de su bando, dijo que él y el veedor habían de gobernar, y no el tesorero y el contador, y sobre ello hubo muchos ruidos y muertes de hombres, quedando finalmente en el cargo el factor y el veedor, y echaron presos a los contrarios, y cada día había cuchilladas y revueltas”. (Pobre México). La lista de desastres que recogía la carta era inquietante. Los nuevos ‘gobernantes’ no se preocupaban en absoluto de los nativos, gastaban sin control de la hacienda pública en sus caprichos; además, algunos indios se desmandaron y mataron a varios soldados, sintiéndose victoriosos y poniendo a México en peligro de alzarse, para lo que el factor envió una tropa bajo el mando de dos incapaces. Llegó la noticia equivocada, o manipulada, de que Cortés y los suyos habían muerto en Honduras, aprovechándolo el factor Salazar para consolidar su poder: “Se puso luto e hizo un túmulo en la iglesia mayor de México para honrar a Cortés (un corazón sensible), y luego se hizo pregonar con trompetas y atabales capitán y gobernador de la  Nueva España, y (hace falta cuajo, o ser tonto perdido) mandó que todas las mujeres cuyos maridos habían muerto en compañía de Cortés que se casasen. Como una mujer llamada Juana de Mansilla, que era mujer de Alonso Valiente, no se quería casar y dijo que Cortés y todos   nosotros estábamos vivos, la mandó azotar el factor por las calles públicas de México por hechicera”. A lo que hay que añadir el esperpento al servicio de la política: “Uno, al que yo tenía por honrado, que por su honor no le nombro, le dijo al factor, delante de otras muchas personas, que vio en el patio del templo de Huichilobos que ardían en vivas llamas el ánima de Cortés, de doña Marina y de Sandoval; y lo mismo contó otro hombre al que yo le tenía en buena reputación. Y todas estas mentiras y traiciones, las dijeron por congraciarse con el factor o porque se lo mandó decir”.

     Foto.- Hagamos memoria. Salazar y Almírez acompañaron a Cortés a Honduras con la aviesa intención de conseguir que les dejara vía libre para gobernar en  México. “Y decía tantas cosas melosas el factor Salazar, y con tan amorosas palabras, que le convenció a Cortés para que les diese a él y a Almírez un poder, siendo de esta condición: que, si viesen que el Estrada y el Albornoz (los que habían quedado al mando) no hacían lo que debían al servicio de Dios y del rey, gobernasen ellos solos. Cuando se despidieron de Cortés para se volver a México, ¡cuántos cumplimientos y abrazos!, y tenía el factor una manera como de sollozos”. ¿Cómo es posible que el astuto Cortés no viera la oscura baba de Judas Salazar? Bernal, por el contrario, contemplaba la escena con dolor.


lunes, 5 de septiembre de 2016

(Día 379) SANDOVAL apresó a unos brutales soldados del temible PEDRARIAS. Al enterarse de que eran de las tropas de FRANCISCO HERNÁNDEZ DE CÓRDOBA y de que este pretendía alzarse contra PEDRARIAS, los envió adonde CORTÉS para que se uniera al plan. Afortunadamente, la idea no cuajó porque CORTÉS estaba muy enfermo y profundamente deprimido.

(131) –Venga, secre, suéltanos sin anestesia otra complicación.
     -De momento, padre prior, el susto fue leve, pero indicio de algo grave: iban a topar con las ambiciones del temible Pedrarias Dávila, tan delicado de tratar como la nitroglicerina. Andaban por la zona de Naco otros españoles conquistando de forma brutal. “Enterado Sandoval (‘San Doval’), tuvo gran enojo. Salimos 70 hombres con él, y llegados donde estaban, los hallamos muy de reposo; de presto prendimos al capitán y muchos dellos sin que hubiese sangre. Sandoval les dijo con palabras algo desabridas si les parecía bien andar robando a los vasallos de su Majestad, y si  era buena conquista y pacificación aquella. Y mandó que a unos indios que traían con cadenas se las quitaran, dándoselos al cacique de aquel pueblo”. Buena ocasión, dottore, para aclarar un importante matiz.
     -Me parece procedente, detallista notario. Vemos ahí un ejemplo de la maquinaria de conquista en acción; en cualquier caso, muy dura, pero, en este,  brutal. Para poner un cierto freno humano a aquellas campañas, había unas leyes, y una de las más sagradas era no esclavizar a los indios sometidos ‘voluntariamente’; aunque, de hecho,  se les explotaba, pasaban a ser oficialmente tan vasallos de Su Majestad como los de Castilla. Podemos, pues, decir que Sandoval era un caballero, porque respetaba las reglas del juego. Y a Bernal le gustaba eso. Después de contar que apresaron a aquellos españoles y a su capitán, Pedro de Garro, no puede evitar hacer una comparación entre la vida de las dos tropas: “Caminamos hacia Naco con ellos, que llevaban casi todos caballos y servicio de indios. Y, como nosotros estábamos tan trillados (qué expresivo) y deshechos de los caminos, y teníamos pocas indias que nos hiciesen pan, nos parecían unos condes en el servirse, para según nuestra pobreza”. Y como Bernal, si se le pone una historia a tiro, la cuenta, continúa; “Quiero decir por qué venían aquel capitán y sus soldados. Pedrarias Dávila (rápidos, al burladero, que es astifino) había enviado a pacificar las tierras de Nicaragua a un capitán que se llamaba Francisco Hernández de Córdoba”. (No podré suspender a ninguno de nuestro    queridos tertulianos, pero, si alguno, Dios no lo quiera, en el examen final le confunde a este con el Francisco Hernández de Córdoba que dirigió la armada del primer viaje a la costa mexicana, en la que también iba Bernal, me partirá el corazón).
     Fecha la  noble advertensia, prosigamos: “Hernández de Córdoba llegó a la provincia de  Nicaragua, la pacificó y pobló. Y, como se vio con muchos soldados, próspero y apartado de Pedrarias, mandó al capitán Pedro de Garro que buscase un puerto para hacer sabedor al rey de que había pacificado aquellas provincias, pidiéndole que le hiciese merced de ser el gobernador dellas (gran patinazo, en el que faltó poco para que se implicara Cortés)”. Al saber Sandoval qué pintaba Garro por allí, le dijo que “tenía por cierto que Cortés ayudaría a que quedase Hernández de Córdoba por gobernador de Nicaragua. E, ya concertado, nos mandó ir adonde Cortés al capitán Luis Marín con varios soldados, y algunos de Garro, yendo todos a pie por pueblos que estaban en guerra. Sería no acabar de presto contar las guerras que tuvimos, los ríos que pasamos y el hambre que sufrimos”. Se iban a encontrar a un Cortés atormentado de nuevo por el ‘perro negro’ del desaliento y la depresión: “Cuando entramos en Trujillo, Cortés vino con lágrimas en los ojos a abrazarnos, y  nos dijo: ‘¡Oh, hermanos, qué deseo tenía de veros y saber qué tales estábades!’. Y estaba tan flaco que tuvimos pena de verle, porque, según supimos, había estado a punto de muerte de calenturas e tristeza que en sí tenía, y tanto que ya le habían hecho unos hábitos del señor San Francisco para le enterrar con ellos”. No estaba Cortés para alegres rebeldías, así que, educadamente, “después de haber leído la carta sobre lo de Hernández de Córdoba, dijo que haría lo que pudiese por él”. Por si no bastara la desmoralización que llevaba a cuestas, Cortés iba a recibir otra carta demoledora…

     Foto.- Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico, tiene este monumento en Panamá. Era un hombre carismático y tratable, muy querido por algunos nativos: su gran amor fue la india Anayansi, mediante cesión gustosa de su padre, un cacique local, y el entusiasmo de ella misma. Tuvo el destino de cara hasta que tropezó con el brutal Pedrarias Dávila, quien, por puros celos del brillo de Balboa, y sin que lo impidiera que había concertado la boda de su hija con él, le cortó la cabeza. ¿En qué acabará la rebeldía de Hernández de Córdoba contra Pedrarias? Bernal nos deja en suspenso, de momento, porque tiene que hablar antes de la negra carta que le llegó a Cortés.


domingo, 4 de septiembre de 2016

(Día 378) SANDOVAL obliga a BERNAL y a otro soldado a volver para enterrar a un español muerto. BERNAL saborea un rato de bucólico reposo. CORTÉS perdona a los aliados del rebelde OLID. Parte hacia CUBA un navío con gente enferma, naufraga, y los supervivientes propagan la noticia de que CORTÉS y los suyos siguen vivos.

(130) –Tenía razón Bernal, caro piccolino: Sandoval era un caballero.
     -Certamente, caríssimo babbo: valiente y respetuoso con la tropa. Hoy veremos más ejemplos. Cortés tampoco estaba a gusto en Natividad (Puerto Caballos), y decidió trasladarse al poblado costero fundado por Francisco de las Casas, al que le había puesto el nombre  de su pueblo natal, Trujillo. Pero, antes de partir, le ordenó a Sandoval que fuera a pacificar el pueblo de Naco.  A su vez, Sandoval, para proteger el paso de un río, le dejó a Bernal al mando de ocho soldados; cumplieron la misión y algo más: “Fuimos a unas estancias donde creíamos que habían quedado indios y españoles dolientes, los encontramos y volvimos adonde Sandoval. Por el camino, uno de los españoles, que era de los recién venidos de Castilla e hijo de genovés,  iba muy malo y se murió, y no tuvimos gente para llevar su cuerpo hasta el real. Cuando se lo dije a Sandoval, tuvo enojo conmigo porque  no lo trajimos a cuestas o en un caballo. Le dije que  traíamos dos dolientes en cada caballo e  nos veníamos a pie. Un soldado que se llamaba Bartolomé Villanueva, que era mi compañero, le respondió al Sandoval muy soberbio que harto teníamos con traer nuestras personas sin traer muertos a cuestas, y que renegaba de tanto trabajo y pérdida como Cortés nos había causado. Y luego mandó Sandoval a mí y al Villanueva que le fuésemos a enterrar. Llevamos dos indios y un azadón,  lo enterramos y pusimos una cruz. Y hallamos en la faltriquera del muerto muchos datos escritos en un papel. Andando el tiempo, se envió aquella memoria; y perdónele Dios, amén. Cuando llegamos a Naco, después de aposentar en unos patios grandes, que es donde  habían degollado a Cristóbal de Olid, vimos que el pueblo estaba bien abastecido, y también hallamos un poco de sal, que era la cosa que más deseábamos”. Y Bernal, reverendo, se nos pone tierno.
     -Lo hace, querido novicio, disfrutando de lo sencillo: “Hay en este pueblo la mejor agua que habíamos visto en la  Nueva  España, y un árbol que, en mitad de la siesta (¡oh, la siesta!), por recio sol que hiciese, parecía que la sombra del árbol refrescaba el corazón, y caía de él un como rocío muy delgado que confortaba las cabezas (que le den el premio nacional de poesía)”. Luego dice que contará más adelante los trabajos que tuvieron en la zona de Naco, “porque quiero hablar ahora de lo que Cortés hizo en Trujillo”. (Sea, pues). “Desque los vecinos de Trujillo, a los que dejó allí poblados Francisco de las Casas, vieron que llegaba Cortés, todos fueron a besarle las manos, porque muchos dellos eran de los que habían aconsejado a Cristóbal de Olid que se alzase, y los habían desterrado allí; y, como se hallaban culpantes, suplicaron a Cortés que los perdonase. Y Cortés, con muchas caricias y ofrecimientos, les abrazó a todos y los perdonó. Y luego envió a llamar a todos los pueblos comarcales, y, cuando tuvieron noticia de que era el capitán Malinche, como sabían que había conquistado  México, los indios vinieron a su llamado y le trajeron presentes de bastimento; Cortés les habló con doña Marina sobre cosas tocantes a nuestra fe y a nuestro emperador. Y también les dijo cosas doña Marina, que lo sabía bien decir (tienes razón, poeta enamorado: esa princesita india era un tesoro). Total: éxito completo. Pero algo le iba a salir mal a Cortés; los franciscanos y bastantes de los hombres de confianza de Cortés se habían enfermado: “Y acordó enviarlos a la isla de Cuba con una relación de todo lo acontecido para la Audiencia de Santo Domingo. Partieron del puerto de Trujillo, y, con un temporal, se hundió el navío, ahogándose los frailes y muchos soldados; los que se salvaron en el batel y en tablas aportaron en La Habana. Y desde allí la fama fue volando por toda Cuba y a Santo Domingo de cómo Cortés y todos  nosotros estábamos vivos. Y, desque se supo, todos se alegraron, porque ya se tenía por cierto que todos estábamos muertos”. Sin embargo en México (lo veremos más adelante) algunos rabiaron, porque, sin pruebas suficientes de su muerte, iban acaparando todo el poder asegurando interesadamente que Cortés ya era un ser de ultratumba: tuvieron el cinismo de guardarle luto oficial.

     Foto.- Se le quedó grabada a Bernal aquella siesta memorable entre tanto peligro y horror: se le refrescaba el corazón y el “muy delgado rocío le confortaba la cabeza”. Pudo ser en un lugar como el de la foto. Él era demasiado delicado para mencionarlo, pero seguro que añoraba a su compañera india (que el Señor me perdone).


sábado, 3 de septiembre de 2016

(Día 377) GRAN REGALO DE CORTÉS al soldado que le comunica la muerte de OLID. Pelea, al pasar un río, entre SANDOVAL y SAAVEDRA. Llega CORTÉS a SAN GIL, consigue alimentos para los famélicos vecinos y muchos mueren de indigestión. CORTÉS compra fiado un navío que viene de CUBA, y sigue avanzando por la costa.

(129) –Veamos, caro investigatore, un bonito ejemplo de ‘albricias’.
     -Ha quedado, querido maestro, como exclamación de alegría, pero no era exactamente eso, sino el premio por una buena noticia, y da la sensación de que se consideraba obligatorio. “El soldado Alonso Ortiz suplicó a Sandoval que le diese licencia para adelantarse a llevar las noticias (la ejecución de Olid, etc.) a Cortés y a todos nosotros, para que le diésemos albricias. Y se lo concedió, de las cuales nuevas se holgó Cortés, y todo el real, creyendo que acabaríamos de pasar tantos trabajos como pasábamos (ya, ya), pero se nos doblaron mucho más. E Cortés le dio un caballo muy bueno (gran regalo), que se llamaba Cabeza de Moro, y todos le dimos de lo que entonces teníamos”. Quiso Cortés ir el primero, con poca compañía, al poblado en el que estaban los soldados de Gil González Dávila, fundado como San Gil de la Buena Vista, “e desque supieron que el que llegaba era él, que tan mentado era en todas las partes de las Indias e en Castilla, no sabían qué se hacer de placer”. Satisfecho de lo que vio, mandó recado Cortés al resto de la expedición para que se pusieran en marcha, pero con  precaución al atravesar un río peliagudo. Y hubo otro pique, daddy.
     -Pero Sandoval, my dear son, lo solucionó a la brava, sin ninguna diplomacia. Cortés le había encargado dirigir la peligrosa maniobra, y, por respeto, Sandoval mandó que unos frailes pasaran en primer lugar; entonces, un tal Saavedra le exigió que él y sus hermanos, parientes de Cortés, lo hicieran antes, pero no lo permitió. En mala hora: “Y como la envidia de mandar vino desde Lucifer (‘¡non serviam!’), no quiso que Sandoval le pusiera impedimento, y le respondió no tan bien mirado como correspondía. Como Sandoval no se lo sufría, tuvieron palabras, de manera que el Saavedra echó mano a su puñal, y aunque Sandoval estaba dentro del río, arremetió al Saavedra y le derrocó en el agua, y, si de presto no los separáramos, ciertamente Saavedra se librara mal”. El paso del río no era ninguna broma: “Se ahogó un soldado que se llamaba Tarifa, con su caballo. Y otros dos caballos, uno de ellos de un soldado que se llamaba Solís Casquete, que hacía bramuras por su pérdida, e maldecía a Cortés e su viaje”. Entretanto, la situación de los vecinos de San Gil de la Buena Vista era lamentable, debido a una sola causa: ¡el hambre!: “eran 40 hombres, 4 mujeres de Castilla y 2 mulatas, todos dolientes y muy amarillos”. Había que remediarlo. Solo se explica la situación desesperada de los vecinos de San Gil de la Buena Vista por un círculo vicioso de abatimiento y dejadez. Cuando vio el problema, Cortés recurrió a su herramienta preferida: la acción. “Como no teníamos qué comer nosotros ni ellos, mandó que saliésemos con el capitán Luis Marín a buscar maíz. En unos poblados que estaban a 8 leguas, hallamos mucho maíz, frijoles y otras legumbres, y volvimos con diez fanegas dello, repartiéndose también a los vecinos de la villa; como se hartaron de tortillas de maíz, se les hincharon las barrigas, e, por estar dolientes, se murieron siete. Aportó entonces en la villa un navío que venía cargado de Cuba con puercos y pan cazabe; Cortés lo compró todo fiado, repartió dello a los vecinos, y se hartaron tanto de carne salada, que a muchos les dio cámaras (diarrea), de lo que murieron catorce”. Cortés, cuyo prestigio y riqueza le daban una solvencia absoluta, podía comprar a crédito lo que quisiera; dueño ya del navío recién llegado, incluidos los marineros, y alistando en sus tropas a los pocos que quedaron vivos en San Gil después de las “hartazgas” de comida, abandonó el poblado costero por la misma razón que, poco antes, Francisco de las Casas: no reunía condiciones. “En ocho días de navegación fue a desembarcar adonde ahora llaman Puerto Caballos, y que él llamó Natividad”.  En realidad, el nombre de Puerto Caballos había sido ya el primero, pues se lo había puesto Gil González Dávila cuando, para aligerar un barco que hacía agua, se vio obligado en aquella zona a echar varios caballos al mar. La carambola final se produjo en el siglo XIX, porque, para darle más lustre a la población, se la denominó Puerto Cortés.

     Foto.- ¡Eeepaaa..!: no se me confundan vuesas mersedes. Lo de la foto no es una reproducción de Tenochtitlán. Estamos en Honduras. Ahí dio Cortés, a una población ya existente, el nombre de Natividad durante su farragosa expedición tras los pasos de Cristóbal de Olid. Como hemos visto, volvió a llamarse, durante siglos, Puerto Caballos. En la actualidad  tiene el nombre de Puerto Cortés. Residen en la ciudad unos 130.000 habitantes, y, con su hermosa bahía, constituye la zona portuaria más importante de Honduras.


viernes, 2 de septiembre de 2016

(Día 376) CORTÉS llega a la zona en la que suponía aún vivo a OLID. Sus ejecutores, FRANCISCO DE LAS CASA y GIL GONZÁLEZ DÁVILA, habían vuelto a MÉXICO. GIL, que tenía licencia para explorar por HONDURAS, había creado el topónimo GOLFO FONSECA en agradecimiento a su protector. Fundó una población y la dejó al mando del capitán ARMENTA, que terminó asesinado en un motín de la tropa.

(128) -Vuelta atrás, pastorcito de Belén, para entender lo que sigue.
     -Vale la pena, sabio doctor, porque Cortés se va a encontrar una mezcla confusa de españoles, y, como siempre, para incorporarlos a sus mesnadas en esta descabellada expedición. Recapitulemos: Olid llega a la costa del Atlántico y topa con una gran bahía a la que, por tener aguas muy profundas, la bautiza como Golfo de Honduras (con esa sencillez surgen los topónimos); se subleva contra Cortés, que, intuyéndolo, manda a Francisco de las Casas para apagar el posible incendio de ambición. Por allí andaba otro capitán, Gonzalo Gil Dávila, explorando una zona que le había concedido el emperador. Olid consiguió derrotar y apresar a los dos, al primero porque era un enviado de Cortés, y, al segundo, simplemente porque le hacía competencia. Los dos encarcelados se convierten en grandes amigos, y, en un descuido de Olid, le acuchillan, lo detienen, le hacen juicio y le cortan la cabeza (bye, bye). Gonzalo ya había establecido un poblado en el Golfo de Honduras, al que llamó San Gil de la Buena Vista;  no muy lejos, había hecho lo mismo Olid, utilizando el nombre de Triunfo de la Cruz, y después, por ser un puerto poco fiable, trasladó Francisco de las Casas el emplazamiento unas cuantas leguas al este, también en la costa. Lo llamó Trujillo, como su pueblo natal. Así las cosas, los dos amiguetes partieron para México a dar cuenta de todo lo ocurrido, dejando a sus respectivas tropas con un capitán al mando. Vaya lío.
     -Que se enredó  más todavía, veterano plumífero, porque, como sabemos, el impaciente Cortés montó una expedición a lo grande antes de tiempo, y se puso en marcha para solucionar el problema Olid; se cruzó en el camino, sin verlos, con Francisco de las Casas y Gil González Dávila, que iban precisamente a México para contarle todo lo ocurrido. Vamos a hacer una pequeña reseña de este último, por su interesante biografía y porque era otro protegido del obispo Fonseca, al que, mal que os pese, hijos míos, siempre le estaré agradecido. Don Gil comenzó su carrera como criado de  mi ‘padrino’. Fue a La Española en 1511, como funcionario. Con la ayuda de Fonseca, le nombraron general del Mar del Sur (el Pacífico), consiguió esquivar al  despótico Pedrarias, se asoció con el piloto Andrés Niño (cuyos restos, como veremos, reposan junto a Sandoval en el monasterio de La Rábida), y salieron de expedición. Gil González Dávila y Andrés  Niño llegaron desde Panamá a una amplia entrada de la costa de Honduras, en el Pacífico, y el agradecido pupilo del obispo la dejó llamada para siempre Golfo de Fonseca. Luego se separaron, yendo Niño por las aguas costeras y siguiendo Gil, tierra adentro, por  Nicaragua. Una nueva manita del poderosísimo Fonseca le consiguió autorización para explorar Honduras por la costa del Atlántico. Pasó luego lo que ya hemos contado. Cuando Cortés se enteró de que en un poblado cercano había españoles, maniobró con datos equivocados por desconocer aún que Olid había sido ejecutado: “Y mandó a Sandoval que fuese a ver si eran muchos los que allí estaban con Olid, para que diésemos sobre él de noche y le prendiéramos”. El grupo de Sandoval se encontró por el camino otra sorpresa: vieron venir a cuatro españoles; tras una primera reacción de recelo, llegaron las explicaciones. Eran soldados de los que dejó en su poblado Gil González Dávila, y andaban buscando desesperadamente alimentos. Por ellos se enteraron de todo lo pasado con Olid, y de algo más; partido Gil, los soldados se habían alzado contra su delegado en el cargo, el capitán Armenta, y lo habían matado. “Sandoval volvió con ellos hasta donde Cortés, a quien le dijeron los soldados que tenían en la villa un navío que estaban calafateando para se embarcar todos los que allí vivían e irse a Cuba; y que ahorcaron al capitán Armenta porque no  les había dejado embarcar y porque había mandado dar garrote a un clérigo que revolvía la villa”. Perdonen vuesas mersedes el lío de hoy (le otorgaré una bula especial al que lo tenga claro); pero por lo menos se habrá entendido que aquello era una casa de locos.

     Foto 1ª.- Ahí se ve todo: el Golfo de Honduras, en el Atlántico; el Golfo Fonseca, en el Pacífico. Después de explorar Gil González Dávila el lago de Nicaragua, creyó, equivocadamente, que había encontrado otro paso entre los dos océanos. Lo asombroso es que ahora, precisamente por ahí, está en proyecto hacer un canal, obra más que faraónica. Foto 2ª.- ¡Qué ilusión me hace, discípulo amado! Así de hermoso aparece el Golfo Fonseca sobre la costa hondureña del Pacífico. No es solo porque yo siempre le apreciara, sino también porque se lo merece: trabajó incansablemente al frente de la administración de las Indias. No me importó gastarme la mitad de mi hacienda en misas por su alma: así conseguí que, en el Purgatorio, entrara por una puerta y saliera de inmediato por la otra.



jueves, 1 de septiembre de 2016

(Día 375) ¡LA TRAGEDIA!: habiendo visos de rebelión, CORTÉS EJECUTA A CUAUHTÉMOC Y AL CACIQUE DE TACUBA, algo muy criticado por BERNAL y los demás soldados. Profunda depresión de CORTÉS por lo ocurrido y por las penurias de la empresa.

(127) –No bastó con quemarle los pies, mancebito: lo ejecutaron.
     -La tragedia nos envuelve, tierno ectoplasma. Esto es lo que cuenta Bernal: “El gran cacique de México, Cuauhtémoc, y otros principales aztecas que iban con nosotros habían platicado acerca de nos matar a todos, volverse a México y, llegados allí, juntar sus grandes poderes y dar guerra a los que en  México quedaron. Pero se lo descubrió a Cortés un cacique llamado Juan Velázquez (bautizado), que había sido capitán general de Cuauhtémoc cuando nos dieron guerra en  México. Cortés hizo informaciones con caciques que estaban en ello, y confesaron que, como nos veían ir por los caminos descuidados y descontentos, que sería bien dar en nosotros, porque más querían morir que ir adelante, y los mexicanos llevaban armas y eran unos tres mil. El Cuauhtémoc confesó que así era, pero que solo fue una plática. El cacique de Tacuba dijo que creyeron mejor morir de una vez que cada día de hambre en el camino. Y, sin  haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar al Cuauhtémoc y al señor de Tacuba, que era su primo (ya habían sufrido juntos anteriormente la quemadura de los pies). Y, antes de que los ahorcasen, los frailes franciscos les fueron encomendando a Dios con la lengua doña Marina; y, cuando le ahorcaban, dijo el Cuauhtémoc: ‘¡Oh, Malinche!, días hacía que tenía entendido que esta muerte me habías de dar e había conocido tus falsas palabras. Porque me matas sin justicia, Dios te lo demande’. El señor de Tacuba dijo que él daba por bien empleada su muerte por  morir junto a Cuauhtémoc. Verdaderamente, yo tuve gran lástima de Cuauhtémoc y de su primo, por haberles conocido tan grandes señores, y aun  me hacían honra en el camino, especialmente dándome algunos indios para traer yerba para  mi caballo”. Hubiera o no confabulación, Bernal termina con una frase lapidaria: “Y fue esta muerte que les dieron muy injusta, e pareció mal a todos los que íbamos”. Siguieron luego su azaroso camino: “Íbamos con gran concierto por temor de que los mexicanos, viendo ahorcar a sus señores, se alzasen, mas traían tanta malaventura de hambre e dolencia que no se acordaban dello”. Según marchaban, algunos indios les aseguraron que “a siete soles” estaban los españoles que buscaban. Pero, reverendo, el otrora inoxidable Cortés  empezaba a sentir el mordisco del “perro negro”.
     -Era evidente, querido socio. El espíritu del hasta entonces inquebrantable Cortés estaba cayendo en la melancolía: “Cortés andaba mal dispuesto y aun muy pensativo por el trabajoso camino que llevábamos, e por haber mandado ahorcar a Cuauhtémoc e a su primo, el señor de Tacuba, e porque cada día había tanta hambre e adolecían españoles y  morían muchos mexicanos; pensando en ello,   no reposaba de noche, y salíase de la cama en una sala donde había ídolos, que era el aposento principal del cu del un poblezuelo al que habíamos llegado. Y descuidóse y cayó dos estados abajo (unos 3 metros), y se descalabró la cabeza; se curó la descalabradura, pero no dijo nada sobre ello, porque todo se lo pasaba y sufría”.
     Tenían que seguir; llegaron a un poblado y les dijeron que en Naco, un lugar próximo, encontrarían a los españoles; lo que  no sabían aún era que en ese lugar había sido ejecutado el capitán Cristóbal de Olid. Y tampoco se dieron cuenta de que “se huyeron un negro y dos indios naborías (servidores), y se quedaron en el poblado tres españoles que  no se echaron de menos hasta tres días después, que más querían quedarse entre enemigos que venir con tanto trabajo con nosotros”. Pasaron por una montaña tan dificultosa “que la llamamos Sierra de los Pedernales, y allí se nos quedaron ocho caballos muertos, y se le quebró una pierna a un deudo de Cortés que se llamaba Palacios Rubios”.       

     Foto 1ª.- El horror de un viaje que no era necesario. Fue una equivocación total de Cortés, al que vemos a caballo, con gorra; a su lado llevan en andas a Cuauhtémoc, que, aunque derrocado, seguía siendo un dios para sus mexicanos, e incluso los españoles fomentaban ese respeto. Foto 2ª.- Ningún recuerdo les duele más a los mexicanos que la ejecución de Cuauhtémoc. De haber mandado en México cuando llegaron Cortés y sus hombres por primera vez, probablemente los habría barrido; pero también es probable que nuevos españoles se presentaran no tardando mucho y acabaran con él. Debajo de ese hermoso busto que le recuerda, una lápida tiene escrito: “Cuauhtémoc. Fue el último tlatoani mexica, y su nombre significa ‘Águila  que cae’. Se distinguió como héroe de la resistencia y líder militar. El coraje, el estoicismo y la dignidad del último emperador azteca es un ejemplo de heroísmo para todos los mexicanos”.