jueves, 16 de mayo de 2019

(Día 832) Tras su victoria en Las Salinas, los pizarristas se dedicaron al desenfreno, y Pizarro lo consentía. Tampoco quiso reconocer a Almagro el Mozo como heredero de la gobernación de su padre. Diego de Alvarado consigue escapar a España.


     (422) Cieza se despacha a gusto en su crítica: “Terminada la batalla de las Salinas, muchos de los que habían sido de la parte de Pizarro se derramaron por las provincias, e robaban a los indios todo lo que podían. Les daban tormento apretándoles con cordeles hasta que les daban las ovejas que habían escondido, e, sacando grandes manadas, las llevaban a vender a la ciudad de Lima. Yendo los indios a pedirle justicia al Marqués, los echaba de sí diciéndoles que mentían. Las mujeres de los caciques e las indias hermosas eran llevadas en cadena para tenerlas por mancebas, e, si sus maridos las pedían quejándose, los mataban o les daban golpes. Algunos vecinos hicieron cosas más feas, siendo los más señalados un Gonzalo de los Nidos, que fue ahorcado por traidor en el Cuzco, e un Alonso de Orihuela, que sigue vivo este año de 1550. Se hacían cosas crueles en una parte y en otra, e se quedaban sin castigo”.
     Luego Cieza nos muestra que empezó pronto el desamparo de Diego de Almagro el Mozo: “Como hemos contado, Diego de Alvarado había quedado como albacea de Don Diego de Almagro, el cual, por virtud de una provisión del Rey, había nombrado Gobernador de Nueva Toledo (cuando él muriera) a Don Diego, su hijo, dejando por administrador (hasta su mayoría de edad) al mismo Diego de Alvarado, el cual, con gran mansedumbre e mucha crianza, compareció delante del Gobernador e le pidió que desembarazase (dejase libre) la Gobernación de Nueva Toledo (con excepción del Cuzco), pues D. Diego de Almagro se la dejaba a su hijo, e a él para que la gobernase hasta que fuese de edad. El Gobernador Pizarro le respondió desabridamente, e le dijo que su gobernación no tenía término, e que llegaba hasta Flandes”.
     La respuesta fue brutal, y Cieza saca sus conclusiones: “No quiso, pues, desembarazar la provincia de Nueva Toledo, mostrando así que la codicia, y no la justicia, había sido la causa de la guerra pasada. E Diego de Alvarado procuró ir a la Ciudad de los Reyes, adonde el Gobernador envió orden de que lo detuviesen, temiendo que su ida a España le haría daño. Mas, aunque mucho lo procuró, Diego de Alvarado se dio tal maña, que se embarcó en el puesto del Callao, de Lima, e salió del Perú para España”.
     Vencedores y vencidos quedaron en situación muy distinta. Cieza lo critica como una injusticia: “El Gobernador Don Francisco Pizarro se mostraba en ese tiempo muy generoso con los que habían seguido su partido, mientras que los de Chile (los almagristas) procuraban derramarse por otras tierras, conociendo cuán enojosa era su presencia para el Gobernador Pizarro, el cual, a muchos de los que vinieron con sus hermanos a darle la batalla a D. Diego de Almagro, dio ricos repartimientos, teniendo en más lo que en aquella guerra se había hecho, que lo que habían padecido e trabajado en conquistas e descubrimientos”.  Cieza siempre dice que, ya de por sí, la conquista de las Indias tuvo un pesado lastre de injusticias, pero también que en el balance general aparecían muchas cosas positivas y de gran valor, y se entusiasma con la heroicidad de los españoles. Pero le amarga profundamente el deterioro social que se produjo por culpa de las guerras civiles, llenas de vileza, de odio y de crueldad. De paso, insisto en que no tiene fundamento el que algunos historiadores opinen que adornaba la figura de Pizarro. Lo admiraba en su justa medida, que era bien grande, pero no son caricias lo que le dedica en lo que acabamos de leer.

     (Imagen) Cieza habla de que, con las guerras civiles, llegaron muchas brutalidades, como si aquello fuera ya una tierra sin ley, y pone de ejemplo extremo a un tal GONZALO DE NIDOS, especialista en maltratar a los indios para extorsionarlos. En los archivos de PARES se lo menciona varias veces. Fue un capitán de larga experiencia, que llegó a las Indias en 1528. Curiosamente, hacía el viaje con su paisano Francisco de Godoy, del que ya contamos que fue de los pocos que, ya ricos, volvieron a España, y, en su tierra natal, Cáceres, construyó un precioso palacio que sigue adornando el magnífico casco viejo de la ciudad. Consta que Gonzalo de los Nidos legitimó en 1544 a un hijo, Francisco de Figueroa, y una hija, Beatriz de Nidos. Ese mismo año había vuelto a España por un asunto turbio, que, al mismo tiempo, se mezclaba con un gesto noble hacia los indígenas. En una Real Cédula, se decía: “Que se imparta justicia a Gonzalo de Nidos, regidor del Cuzco, que sirvió en Nicaragua,  en Perú con Diego de Almagro, y pasó a Cuzco con Francisco Pizarro, sirviendo al Rey muchas veces; también luchó contra Diego de Almagro, donde murió su hermano. En un altercado, por defender a unas indias, mató a uno de los maltratadores, por lo que vino a España para pedir perdón a los parientes del muerto  y a Su Majestad”. Fue perdonado por el Rey, pero no le duro mucho la alegría. En el documento de la imagen (que ya conocemos), fechado en 1549, se ve que fue uno de los condenados a muerte (con sus bienes confiscados) por formar parte del ejército rebelde capitaneado por Gonzalo Pizarro. El hecho de que su nombre aparezca en los primeros lugares denota que GONZALO DE NIDOS era uno de sus principales capitanes. Sus legitimados hijos quedarían, probablemente, en la pobreza.



miércoles, 15 de mayo de 2019

(Día 831) Hernando Pizarro decide ir a España, y extorsiona a los indios con el fin de conseguir oro para ganarse la buena voluntad del Rey. Tendrá muchas peleas con los nativos.


     (421) Cieza nos cuenta que entonces Hernando Pizarro se dedicó afanosamente a recoger oro después de haber confiado una nueva misión (que, como vimos, resultó terrible) a Peransúrez, tras quitarle el mando al desprestigiado Pedro de Candía: “Hernando Pizarro e Gonzalo Pizarro, con otros capitanes, salieron del Cuzco hacia la provincia del Collao a juntar oro y plata, porque el intento de Hernando Pizarro era tener la mayor cantidad de moneda que pudiese para ir a España. E así, apremiando a los caciques de los pueblos les sacaba todo el oro que podía, e, para ello, les hacía hartos malos tratamientos”.
     Es curioso ver cómo cambió la actitud de Hernando Pizarro, sin duda de común acuerdo con sus hermanos. El plan les pareció perfecto. El infortunado e ingenuo Almagro le había dado la libertad a Hernando Pizarro con la obligación de que inmediatamente partiera hacia España para ponerse a disposición del Rey. Hernando prometió, pero no cumplió, porque tenía una misión mucho más importante: luchar, derrotar y matar a Almagro. Logrado el objetivo, ahora sí se dispone a ir a España, con otra sola intención: conseguir que el Rey dé el visto bueno a todo lo que han hecho los Pizarro, incluso a la ejecución de Almagro, de manera que mantenga a Francisco Pizarro como Gobernador de Perú, y hasta le otorgue la gobernación del difunto Almagro. Por soñar que no quede. Esa era la razón de que Hernando acumulara oro, pues pensaba que entregándoselo al Rey se facilitarían las cosas.
     Pero no le fue fácil la ‘colecta’, porque los indios le estaban esperando con malas intenciones: “Al llegar Hernando Pizarro a Chucuito, supo que lo indios le estaban aguardando de guerra. Vieron que el puente de la laguna estaba deshecho, e los indios en la otra parte dando grandísima grita. Se arrojaron al agua muchos españoles de a caballo, y sucedió que se ahogaron cuatro, y uno que salió por la orilla, fue tomado por los indios e llevado a un templo antiguo, donde lo sacrificaron a sus diablos. Gabriel de Rojas trajo alguna madera con la que hicieron un puente, y así pudieron pasar a la otra parte. Tuvieron alguna guerrilla con los indios, y Hernando Pizarro procuró tener todo el oro que pudiese. Sabiendo que D. Francisco Pizarro habría llegado al Cuzco, determinó volverse. Dejó con toda la gente al Capitán Gonzalo Pizarro, su hermano, a Diego de Rojas e a Garcilaso de la Vega, los cuales, partido Hernando Pizarro, hicieron la guerra a los del Collao, y pensaban ir a las Charcas a hacer lo mismo”. Está claro que aquellos hombres nunca paraban.
     Una vez más reflexiona Cieza con tristeza sobre lo más negativo de los españoles en las Indias. En este caso lo acentúa porque tiene claro que las guerras civiles agravaron de forma terrible la crueldad y el deterioro de las costumbres: “Muchos yerros se han cometido en este reino por los españoles, y ciertamente, yo me alegraría de no escribirlos, por ser mi nación. Y, aunque claramente hemos visto la justicia e castigo que Dios da a los malos, yo seré escritor verdadero y daré noticia de todo ello, para que tomen ejemplo los buenos, e se sepa en el futuro lo que pasó”. (Nos enteramos, amigo).

    (Imagen) Hubo muchos en la historia de las Indias que fueron figuras asombrosas, pero que han quedado invisibles para el recuerdo por el brillo deslumbrante de algunas ‘luminarias’ de la talla de Cortés o Pizarro. La única carencia de Cieza en su prodigiosa crónica fue no mostrarnos la biografía de estos olvidados. Cita ahora de pasada a DIEGO DE ROJAS. Habrá que hacerle justicia. Nació el año 1500 en Burgos. Cuando llegó a las Indias, luchó bajo el mando de Cortés. Luego fue a Perú de casualidad, ya que formó parte de una tropa que había sido enviada desde México para ayudarle a Pizarro, quien estaba casi contra las cuerdas por los ataques de los indios de Manco Inca. Durante las guerras civiles, siempre fue pizarrista. Ahora vemos que se dirige a la zona de Charcas, donde triunfó y llegó a ser su gobernador. Luego luchó contra Diego de Almagro el Mozo, que fue derrotado y ejecutado, encargándose Rojas de degollar a dos ilustres almagristas, Juan Tello de Guzmán y Pedro de Oñate. Pero donde su carrera podía haber alcanzado la gloria definitiva fue en territorio argentino. El gobernador de Perú Cristóbal Vaca de Castro (el que terminó con la rebelión del Mozo) le dio permiso a Rojas para penetrar conquistando hacia el sur por los territorios hoy argentinos de la zona de Tucumán (donde  ningún español había estado), y sentó allá las bases para la fundación de Santiago del Estero (hoy con 900.000 habitantes). Él no lo pudo realizar porque, en 1544, una flecha envenenada de los indios acabó con su vida.



martes, 14 de mayo de 2019

(Día 830) Pizarro le asegura a Almagro el Mozo que no se matará a su padre, pero, yendo hacia el Cuzco, le llega la noticia de que su hermano Hernando lo ha ejecutado. Cieza recoge opiniones que acusan y disculpan a Pizarro. Da la impresión de que él lo considera responsable.


     (420) Aquí quien manda es Cieza. Primero deja constancia del tacto con que Alonso de Alvarado trataba a sus hombres, y del buen resultado de su comprensión: “Esta libertad que Alvarado les dio para quedarse pudo tanto, que todos a una dijeron que le querían seguir”. Y después interrumpe el relato para cambiar de tema: “Entre tanto que Alonso de Alvarado se aparejaba, hablaremos un poco del Gobernador Pizarro”.
     Francisco Pizarro estaba en Jauja, y se mostró preocupado (con sinceridad o sin ella) por el bienestar de Almagro el Mozo, a quien entonces lo  iban a llevar a Lima: “Escribió a sus criados para que lo tratasen honradamente e le proveyesen de lo necesario. Don Diego el mancebo le dijo al Gobernador que se acordase de la antigua amistad que tuvo con su padre, e que no permitiese que le fuese quitada la vida, porque, aunque en el Cuzco Hernando Pizarro publicaba que no le había de matar, muchos no creían que lo dejaría de hacer. El Gobernador le respondió que no se preocupase de aquello, e que creyese que su padre viviría e tendría con él la misma amistad pasada”.
     Pero la funesta noticia, que quizá no fuera una sorpresa para Pizarro, le llegó pronto: “Determinó el Gobernador partir para la ciudad del Cuzco, e, llegando al puente de Abancay, le vino un mensajero de Hernando Pizarro con la noticia de que había dado muerte al Adelantado D. Diego de Almagro. Algunos dijeron que lo supo por los indios pero lo disimuló y se alegró de ello”. En otra versión se hablaba de que Hernando Pizarro le consultó si procedía cortarle la cabeza, y le contestó que “obrase de tal manera que Almagro nunca más tuviese ocasión de crear más alborotos y disensiones”.
     Cieza se va a armar un lío con la cuestión, resultando algo contradictorio, aunque está claro que, como buen cronista, trató de consultar distintas fuentes: “Mas, dejado esto aparte, que son dichos de pueblo, lo verdadero es que yo le oí afirmar al obispo Don García Díaz, e me lo juró, que el Gobernador no supo nada de Almagro hasta que llegó a Abancay, ni le mandó nada a Hernando Pizarro, e que, cuando, le dieron el mensaje, estuvo tiempo con los ojos bajos, mirando luego al cielo, mostrando recibir pena y vertiendo lágrimas, las cuales, si eran fingidas o no, solo Dios lo sabe. A pesar de esto, yo oí a algunos de los que iban con el Gobernador, que, oída la noticia, se tocaron trompetas en señal de alegría”. Es difícil creer que Pizarro no supiera cuál iba a ser el resultado del proceso que Hernando Pizarro, juez y parte, estaba preparando contra Diego de Almagro, tan detallado que, a pesar de sus prisas, duró meses. Sin duda, desde el inicio, estaba destinado a justificar su ejecución. Cuando Pizarro llegó al Cuzco, lo recibieron, como era lógico, con gran alegría, aunque la reciente muerte de Almagro creó una situación de circunstancias: “Los regidores y los vecinos le decían, por agradarle, palabras aduladoras, dando a entender que había sido bien hecho dar la batalla al Adelantado e quitarle la vida; el Gobernador, como era de poco saber, pasaba por aquella cosas”. No está claro si Cieza se refiere a que Pizarro, por tener cierta ingenuidad, creía que las alabanzas que se hacían eran sinceras.

     (Imagen) El bachiller, y clérigo, GARCÍA DÍAZ ARIAS, natural de Consuegra (Toledo), se encontraba con Pizarro en Jauja cuando este recibió la noticia de que Hernando Pizarro había ejecutado a Diego de Almagro. A Cieza le dijo años después que fue evidente que, al enterarse, se conmocionó y que lo sintió mucho. Sin embargo y con respecto al valor de su testimonio, no se puede olvidar que tenía una estrecha relación con Pizarro porque llegó con él a Perú cuando volvió de su viaje a España, y porque fue durante mucho tiempo su confesor. El año 1540 Pizarro le pidió al Rey que le  solicitara al Papa su nombramiento como obispo. Fue cursada de inmediato la tramitación, y el sacerdote quedó pacientemente a la espera (ningún palacio iba más despacio que el del Vaticano). Entretanto, ocurrió el asesinato de Pizarro, y, aunque el reverendo estaba entonces con él (lo que demuestra que su cercanía era máxima), no sufrió ningún daño. Unos meses después le envió una carta al Rey (la imagen muestra una parte) dándole datos con mucho sentimiento de lo que había ocurrido, y se muestra extrañado de que Pizarro no lo previera. Resumo el texto: “Lo primero que haré será informar (a Vuestra Majestad) del desastrado fin, y tan desdichado, del Marqués Don Francisco Pizarro, como quien lo vio y pasó por la sombra de las armas que lo mataron (refleja el miedo que sintió al presenciarlo). Días y días antes de su muerte, fue avisado de ella por algunas señales y conjeturas, y no sé por qué se descuidó tanto y no se previno a resistir tanto como convenía, pues para su remedio había muchas cosas y todas tan fáciles, y en ninguna se puso diligencia”. GARCÍA DÍAZ DE ARIAS fue nombrado obispo (el primero) de Quito en 1546, y murió, siéndolo,  en aquella ciudad el año 1562.



lunes, 13 de mayo de 2019

(Día 829) Alonso de Alvarado funda la ciudad de San Juan de la Frontera de los Chachapoyas. Cieza elogia su buen trato a los indios. Alvarado continúa avanzando. Daba permiso para quedarse a quienes se desanimaban, pero todos le seguían.


     (419) Recordemos que Alonso de Alvarado llegó con su gente a Jauja para hablar con Pizarro, quien le había concedido la misión de ir a poblar una ciudad en el territorio de los chachapoyas: “Pizarro lo recibió muy bien y le hizo grandes ofrecimientos, mas no le dio préstamo ninguno con el que pudiese ir a su conquista”. Así que Alvarado, quien, sin duda, era hombre rico y dispuesto a financiársela, partió de inmediato hacia su destino: “El tirano Villatopa, cacique de los guancachupachos, sabía muy bien que venía, y juntaba todos los indios que podía. Con mucha gente de guerra, tomó descuidados a los cristianos, pero los indios ganaron poca honra, quedando en el campo algunos muertos y heridos, e, de los cristianos, hirieron malamente a Hernando de Mora. Cuando Alonso de Alvarado llegó a las provincias de los chachapoyas, algunos caciques le salieron de paz. En aquel valle fundó e pobló la Ciudad de la San Juan de la Frontera de los Chachapoyas”.
     Logrado su principal objetivo, Alonso de Alvarado se va a dedicar a mimar con tacto, pero sin bajar la guardia, a los nativos, y Cieza, que, en cuanto ve bondad en algún capitán español, no le ahorra elogios, ensalza su comportamiento: “El capitán mandaba a los naturales y españoles que  se diesen prisa en hacer sementeras y casas, pero que no se fatigase demasiado a los indios, ni les hiciesen ningún maltrato. Y, en esto, él se mostró siempre padre de los naturales, e ningún enojo recibía mayor que saber que algún español maltrataba a los indios, y, si él lo sabía, castigaba al español con todo rigor. No existe en este reino ningún capitán que haya humillado por ello públicamente a un español como él lo hizo, pues en Guarochiri azotó a dos, y solamente porque tomaban las provisiones que los indios traían”.
     Le llegó entonces a Alonso de Alvarado desde Lima gente de refuerzo, y tuvo noticias de que, pasado el río Moyobamba, había zonas muy ricas. Ambas cosas eran una bendición, y decidió ir a conquistarlas, dejando, bajo el mando de Gómez de Alvarado, un grupo de españoles en la ciudad recién fundada. Como, además de ser una persona seria y justa, tenía gran prestigio militar entre sus hombres, todos acogieron con entusiasmo el plan. Esperaban encontrar muchos poblados y tierras prósperas, pero sabían que iban a tener dificultades: “Como también había noticia de que los indios de aquellos lugares eran belicosos e de poca razón, porque se comían unos a  otros y eran muy viciosos, Alonso de Alvarado mandó a los que iban a partir con él que estuviesen apercibidos”.
     Partió Alonso con más de ciento veinte hombres, todos veteranos, y curtidos frente a los nativos. Como solía ocurrir en todas las Indias, contaba también con la ayuda de unos cuatro mil nativos amigos. Las cosas se complicaron porque supieron que tenían enfrente unas montañas prácticamente insalvables. Fue una avanzadilla a buscar algún paso, pero sufrieron un infierno, y volvieron sin lograrlo, después de cuarenta días, completamente agotados. El desánimo fue general. La gente quería abandonar la expedición, pero Alvarado insistió en seguir adelante: “Les dijo que fuesen con él los que quisiesen, e que él daba licencia a los demás para quedarse. Lo cual hacía el capitán porque siempre se preció de no seguir la guerra con hombres que la rehusasen, porque uno solo que vaya descontento es bastante para dañar e inquietar a los demás”. Chapeau para Alonso de Alvarado.

     (Imagen) Quizá sea el momento de aclarar algunos detalles sobre la fundación de la ciudad de SAN JUAN DE LA FRONTERA DE LOS CHACHAPOYAS. Se creó en las montañas de los Andes situadas en territorio amazónico peruano. Los chachapoyas fueron unos de los indios ‘amigos’ que más colaboraron con los españoles, como hicieron los tlaxcaltecas en México ayudando a Hernán Cortés. Acabamos de ver que Alonso de Alvarado la fundó el año 1538, aunque Cieza se equivoca al decir que fue la primera población que se estableció. En realidad, ya había surgido dos años antes, pero Alvarado tuvo que dejarla inacabada para ir urgentemente a Lima porque Pizarro estaba siendo atacado por los indios del rebelde Manco Inca. Solucionado el problema, y luego otro más grave, la guerra contra Almagro, tras ser derrotado el desventurado socio de Pizarro volvió Alonso de Alvarado a concluir la fundación de la ciudad. San Juan de la Frontera es la capital peruana del Departamento de Amazonas, y, aunque su tamaño es reducido (actualmente tiene unos 23.000 habitantes), conserva intacto su sabor colonial. Los vecinos del lugar se sienten orgullosos de su historia. La imagen muestra cómo celebraron, el año 2014, el 476 aniversario del nacimiento de la ciudad. Conservan también su larga acta fundacional, que comienza así (resumido): “En cinco días del mes de Setiembre del año mil quinientos treinta y ocho, compareció ante el Consejo de esta Ciudad de La Frontera, que ahora se funda, el Capitán Alonso de Alvarado, e presentó una provisión del gobernador de estas provincias llamadas Perú, Don Francisco Pizarro, su tenor de la cual es el siguiente…”.



sábado, 11 de mayo de 2019

(Día 828) Aldana, con el fin de que la gente tenga repartimientos de indios, prepara expediciones para ir a zonas descubiertas por Belalcázar, escogiendo como jefe a JORGE ROBLEDO. También castiga a un blasfemo, al que Cieza juzga muy duramente.


     (418) Luego Cieza nos da una muestra de la preocupación de Aldana por el bienestar de los españoles y de los indios: “Llegando a la ciudad de Cali, entendió que, estando los indios repartidos entre muchos,  los españoles padecerían necesidad, y los indios acabarían consumidos por el trabajo. Por lo cual, hizo el repartimiento de indios entre los que le pareció que mejor lo merecían, y, entre los demás, miró quién pudiese ir a poblar las provincias que había descubierto el capitán Belalcázar”.
     En ese tiempo, al enterarse Pedro de Añasco de que Aldana estaba en Popayán, fue a verle. Aldana no solo lo recibió bien, sino que tuvo el detalle de complacerle nombrándolo teniente de la villa de Timaná, quizá con intención de restarle protagonismo a Belalcázar, que había sido quien le envió a Añasco a conquistar aquella zona. Luego Cieza muestra todo su rigor religioso y puritano, juzgando duramente: “Un tal Cristóbal Orejón, natural de Mérida, había dicho antes de aquellos días cierta herejía sobre Nuestra Señora, tan fea que en mí mismo me turbo al acordarme ahora de ella, y había quedado sin castigo. El General Aldana, queriendo que la tierra quedase limpia de toda maldad, lo prendió y envió preso a la ciudad de Lima, donde le fueron dados públicamente cien azotes. Tiempo después, lo mataron los indios porque pidió un pueblo que le correspondía a Nuestra Señora de la Merced, y, estando envuelto (curioso eufemismo) con la cacica de aquellos indios, vino su marido con otros, y lo mataron. Cosa muy bien hecha, pues quería tener para sí los indios del servicio de la Madre de Dios”. El caso es que Cristóbal Orejón tenía hecha la concesión legalmente. Pero Cieza, que lo consideraba un atropello a los derechos del convento, hace una última aclaración que retrata a dos personajes muy diferentes: “Los indios no se los concedió Lorenzo de Aldana, sino Belalcázar (que no respetaba nada) después de llegar como gobernador”.
     Como siempre, era un problema que los turbulentos conquistadores estuviesen ociosos. Así que Aldana preparó un grupo de hombres para que fuesen a poblar en la colombiana zona de Anserma, descubierta por Belalcázar. Y, como capitán suyo, escogió a un hombre que fue de gran importancia para el propio Cieza (y al que mucho apreció): “Mirando Aldana a quién nombraría, puso los ojos en JORGE ROBLEDO, porque no halló otro que tuviese tan buenas cualidades como él. Lo llamó y le dijo cuál era su voluntad, e que se aderezase para ir por capitán de la gente que quisiese ir a poblar las provincias de Anserma, que el capitán Belalcázar había descubierto, e que la ciudad había de llamarse Santa Ana de los Caballeros. Robledo le respondió que haría lo que le mandaba y que procuraría darse tal maña que Su Majestad se tuviese por bien servido de su persona. Y así, de los hombres que vinieron de Cartagena (entre los que estaba Cieza),  hicieron los capitanes gente para sus conquistas”.
     Dicho lo cual, nos lleva Cieza de nuevo tras las andanzas de Alonso de Alvarado que estaban ocurriendo al mismo tiempo.

     (Imagen) He mencionado ya los vaivenes del gran LORENZO DE ALDANA en sus fidelidades, y lo veremos más veces. Fue almagrista y se pasó al bando de Pizarro, quien lo tenía en alta estima y le confió la difícil tarea de controlar al ambicioso Belalcázar en Quito. Lo hizo ‘de cine’. Pero en ese tiempo asesinaron a Pizarro (año 1541), y Aldana mantuvo la fidelidad a su hermano Gonzalo Pizarro, cuando este fue fiel a la Corona y cuando se rebeló, hasta el punto de que, una vez sublevado, lo nombró gobernador de Lima.  Pero llegó Pedro de la Gasca, y este genial  negociador consiguió que Aldana abandonara a Gonzalo y se uniera al ejército del Rey, y le permitió seguir siendo gobernador dentro de la legalidad monárquica. Sin embargo, unos meses después de que Gonzalo Pizarro fuera ejecutado, ocurrió algo extraño: Pedro de la Gasca dio orden de que se  procesase a Lorenzo de Aldana, como consta en el documento de la imagen, aunque aún debía de conservar las astutas habilidades de un viejo zorro, ya que, si hubo castigo, tuvo que ser menor porque él siguió viviendo veintidós años más. La imagen (resumida) dice: “Cargo que le hace al capitán Lorenzo de Aldana el licenciado Pedro de la Gasca, Presidente de su Majestad en estos Reinos de Perú, sobre los pesos de oro que recibió de la Caja de las Tres Llaves de la Real Hacienda en esta Ciudad de los Reyes (por mandato de) Gonzalo Pizarro, cuando en ella quedó (Aldana) por Teniente del dicho Gonzalo Pizarro”. En el encabezamiento del expediente se dice que Lorenzo de Aldana había destinado esos pesos de oro a sostener la rebelión de Gonzalo Pizarro. El cargo se hizo en Lima el día 6 de febrero de 1549, estando presentes Pedro de la Gasca y Lorenzo de Aldana.



viernes, 10 de mayo de 2019

(Día 827) Al saber Aldana que Belalcázar se preparaba para ir a España, mostró la amplitud de los poderes que le había dado Pizarro. Cieza, que estaba allí, dice que todos los acataron, y que Aldana, hábilmente, estableció el orden en toda la comarca.


     (417) Aunque se le va a escapar de las manos Belalcázar, no andaba demasiado lejos Lorenzo de Aldana cumpliendo lo que Francisco Pizarro le había ordenado, con amplísimos poderes para hacerlo: “Pasadas las cosas que hemos contado, Vadillo se partió con sus hombres para Popayán, y Aldana envió a Francisco Hernández a la ciudad de Lima con cartas en las que le daba cuenta al Gobernador Pizarro de todo lo que había sucedido. Luego dijo al capitán Francisco García Tobar que atravesase con algunos españoles la cordillera de los Andes y supiese si tenían alguna noticia del capitán Belalcázar. El capitán García de Tobar era muy diligente y para mucho trabajo, e muy temido de los indios, aunque hubo de morir a sus manos”.
     Lorenzo de Aldana estaba muy impaciente por la falta de noticias sobre Belalcázar. Había decidido que, si pasaba un mes sin obtenerlas, acabaría con su silencio sobre los poderes que tenía. No hizo falta esperar tanto. Recordemos que Belalcázar le había encargado a Juan de Ampudia que se hiciera cargo, como lugarteniente suyo, de la ciudad de Popayán: “Juan de Ampudia, con algunos que le venían acompañando, llegó a Popayán, y dio la noticia de la ida de Belalcázar en los bergantines (para ir a España), y de todo lo demás que había pasado. Al saberlo Lorenzo de Aldana, presentó en el cabildo todas las provisiones que tenía del Gobernador Pizarro, y, por virtud de ellas, fue recibido como teniente general de las ciudades de Quito, Popayán y Cali (desautorizando por completo a Belalcázar, y, en consecuencia, a su enviado Juan de Ampudia). Hizo gran efecto esta toma de posesión de Aldana, pues los ánimos de los españoles se asentaron y no hubo ninguna reacción por la presencia de Ampudia. Y ciertamente, de  no estar allí Aldana, habría habido bullicios, porque los vecinos de Cali estaban a mal con el alcalde Miguel Muñoz, y habrían procurado desobedecerle sabiendo la ida de Belalcázar, lo que sé muy bien porque en ese tiempo me hallé en Cali”.
     Como testigo de primera mano, Cieza elogia el buen gobierno de Lorenzo de Aldana. Lograba que todo funcionara bien: “Después de haber sido obedecido Aldana en Popayán, envió su provisiones a la ciudad de Cali, y los del cabildo reconocieron los poderes que el Gobernador Pizarro le había dado. Los españoles que habían venido de Cartagena podían salir por todas las partes, los indios servían a los vecinos de la ciudad y pagaban los tributos que estaban obligados a dar, y las cosas llevaban buen camino. El general Lorenzo de Aldana organizó la ciudad de Popayán lo mejor que pudo, amonestando a los indios para que no fuesen locos en andar en guerra contra los cristianos, y para que sembrasen y labrasen sus tierras, y diciéndoles que, si algún cristiano les hiciese alguna vejación o maltrato, que él les castigaría. Asimismo les pedía a los indios que dejasen los ritos que tenían, pues era todo engaño, y que se volviesen cristianos. Estas y otras cosas les dijo a todas aquellas naciones y caciques, y fueron harta parte para que se apaciguasen”.

     (Imagen) A pesar de que recientemente hemos visto una carta en la que se afirma que PEDRO DE PUELLES, tras ahorcar a una mujer que protestó contra los rebeldes a la Corona, fue matado por “un capitán Salazar”, veo que un historiador asegura que le cortó la cabeza Vaca de Castro, el representante del Rey. No tiene sentido porque la apasionante y torturada biografía de Puelles, que en su día iremos viendo, fue más prolongada. Buscando en Pares, encuentro la confirmación definitiva. El tal Salazar existía. Se llamaba Rodrigo de Salazar, y, en un expediente de méritos suyos presentado por su yerno  el año 1557, se relata la muerte de Puelles. El texto aparece en la imagen, y lo transcribo (en lo esencial) porque aporta datos curiosos: “Don Francisco de Aguilar, vecino de la ciudad de Quito, dice que fue casado con Doña María de Salazar, hija natural del capitán Rodrigo de Salazar, ya difunto, y de Doña Ana Palla, señora principal del linaje de los incas, tía de Don Francisco Atahualpa, primo de Atahualpa, señor que fue de aquellos reinos, de la cual (María Salazar) le quedaron ocho hijos naturales y legítimos (da los nombres), todos nietos del dicho capitán Rodrigo de Salazar, cuyos servicios son muy notorios en aquellos reinos, y particularmente (especialmente) sirvió a Vuestra Alteza en la rebelión de Gonzalo Pizarro, en la que, habiendo matado al virrey Blasco Núñez Vela en Añaquito, y dejando el dicho tirano en aquella ciudad como Capitán General a Pedro de Puelles, poniéndola (este) inquieta y tiranizada, matando a muchos españoles, sabiéndolo el dicho capitán Salazar, que estaba en Chimbo, con celo de servir a Vuestra Majestad vino y mató al dicho Pedro de Puelles”. Pone los pelos de punto pensar en el terrible clima de inseguridad que hubo durante la guerras civiles.



jueves, 9 de mayo de 2019

(Día 826) Los tres capitanes dejan en suspenso a quién pertenece Bogotá y deciden ir a España para que lo resuelva el Rey. Necesitado de dinero para el viaje, Belalcázar vende a unas indias que eran libres.


     (416) Mal asunto tres gallos en un corral. Pero llegaron a un acuerdo provisional, y, aunque Cieza no lo comenta, fue la habilidad  negociadora del letrado Gonzalo Jiménez de Quesada la que acertó con la salida del embrollo, para lo que contó también con la ventaja de que era quien, de momento, más derechos parecía tener sobre aquellos territorios. Venció la sensatez del granadino frente a dos contendientes muy ásperos, especialmente el alemán Federman, cuya brutalidad todos conocían: “Llegado el capitán Belalcázar a Bogotá, pasaron algunas porfías entre los tres capitanes sobre quién quedaría señor de aquella tierra. Como Belalcázar deseaba salir a la mar del Norte (Atlántico), y también Gonzalo Jiménez de Quesada, lo acordaron de tal manera que se conformaron ellos y Federman en que todos juntos fuesen a España a dar cuenta de lo que habían descubierto,  y en que, aquel a quien se hiciese merced de la provincia, fuese Gobernador de ella, quedando entre tanto el gobierno en manos de los de Santa Marta, pues fueron los primeros descubridores”. Dada su capacidad de improvisar soluciones, prepararon rápidamente lo necesario, y Cieza, siempre respetuoso con los indios, no se priva de censurar el miserable comportamiento de Belalcázar: “Luego enviaron al pueblo de Tocaima maestros que hiciesen bergantines (para bajar por el río Magdalena). Como Belalcázar se viese desprovisto de dineros, vendió allí lo que le había restado de su hacienda, y, para llevar más cantidad, hizo una cosa no poco fea, que fue vender por oro y esmeraldas las indias que hacía mucho tiempo que le habían servido y que eran libres”.
     Iban, pues, a partir para España los tres prohombres. Para Federman supondrá prácticamente el final de su carrera de conquistador, dejando en ella la marca de su brutalidad;  Belalcázar sacará provecho de su visita al Rey ampliando sus poderes al margen de Pizarro, y quien alcanzará la mayor gloria será Quesada, implantando su autoridad en tierras colombianas; aunque no le faltaron después serios disgustos, murió muy anciano en su querida Nueva Granada, y su cuerpo sigue reposando en la catedral de Bogotá. Cieza lo remata así: “Al emprender el viaje, Gonzalo Jiménez de Quesada dejó como su lugarteniente al capitán Hernando Pérez de Quesada, su hermano (morirá trágicamente).  A muchos de los españoles que llegaron con Belalcázar y Federman se les dio repartimientos de indios, y  a aquella provincia de Bogotá se la llamó Nuevo Reino de Granada por ser el que lo descubrió, el licenciado Jiménez de Quesada, natural de la ciudad de Granada. Están en ella pobladas (y siguen estando) las ciudades de Tunja, Santa Fe (Bogotá), Vélez y otras. Se ha fundado por mandato del Rey la Audiencia Real en aquel reino este año de mil quinientos cincuenta (lo escribió Cieza en Sevilla, donde murió cuatro años después). Cuando iba a partir, Belalcázar mandó al capitán Juan de Ampudia que fuese a la ciudad de Popayán para ser allá su teniente, y a Juan Cabrera le encargó que poblase una villa en Neiva. Estos proveimientos los hizo Belalcázar por su propia autoridad, pues no tenía poder para ello ni del Rey ni del Gobernador Pizarro. Después de que los bergantines estuvieron hechos, partieron por el río Grande abajo (el Magdalena) y fueron a aportar a Cartagena, desde donde salieron para España. Pedro de Puelles volvió a Perú a dar cuenta de todo al Gobernador Pizarro”.
    

     (Imagen) La zona continental de la costa atlántica de Colombia fue la que en primer lugar recorrieron los españoles. Se fundaron poblaciones, pero hubo mucho sufrimiento y pocos éxitos. Lo mismo ocurrió en Venezuela, donde se produjo, además, una rareza. Carlos V, sin duda para complacer a sus poderosos banqueros alemanes, les concedió permiso para conquistar en aquellas tierras. Los teutones dejaron fama de hombres muy duros con los indios. Estamos viendo cómo NICOLÁS FEDERMAN, igual que Belalcázar, aparece por Bogotá, viéndose los dos frustrados, ya que el éxito lo gozará Jiménez de Quesada por haber llegado antes. La aventurera vida de Federman le había traído a España como empleado de la familia de banqueros Welser, quienes le confiaron, junto a Ambrosio Alfinger y Jorge de Espira (en fases diversas), ir de conquista por tierras venezolanas. Federman, que ya era gobernador de Venezuela, sabía que Quesada había partido de Santa Marta con intención de descubrir nuevas tierras, sin descartar las del mítico Eldorado, y quiso llegar él antes por la vía del Orinoco. Desde el Ecuador, Belalcázar se acercaba con la misma intención. Nadie encontró Eldorado, pero sí la civilización de los chibchas y el rico territorio de Bogotá. El único triunfador fue Quesada. Después Federman se vio acosado por los banqueros Welser, que lo acusaban de fraudes, se vino a Madrid a defenderse judicialmente, y  murió, con tan solo 36 años, en 1542. Siendo un luterano, tuvo siempre otro problema: había sido mal visto por los supercatólicos soldados de sus tropas. La estatua de la imagen, regalo de la embajada de Alemania, está dedicada a Federman en la población de Fosca (Colombia), fundada por él en 1536, antes de llegar hasta Bogotá.



miércoles, 8 de mayo de 2019

(Día 825) Cieza explica cómo coincidieron en Bogotá tres expediciones dirigidas por capitanes distintos: Gonzalo Jiménez de Quesada, Belalcázar y Federman.


     (415) Es ahora cuando Cieza, con su facilidad para narrar hechos importantes con pocas palabras, nos explica el conflicto que he mencionado anteriormente: “En este tiempo vino a descubrir gente de Santa Marta y de Venezuela, y, para claridad de lo que escribo y saber por qué fue el capitán Belalcázar a España, conviene hacer algunas digresiones, las más breves que yo pueda. El Emperador Don Carlos, nuestro Señor, nombró Gobernador y Capitán General de Santa Marta, que está entre las gobernaciones de Venezuela y Cartagena, al Adelantado D. Pedro de Lugo. Llegó desde Tenerife, y su hijo D. Alonso de Lugo salió con otros capitanes a hacer entradas, muriendo muchos de ellos por falta de experiencia. El viejo gobernador murió pronto en Santa Marta, pero, antes de que ocurriera, había enviado una armada de bergantines por el río arriba, siendo su capitán el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, natural de Granada”. Conviene aclarar que este personaje merece ser tenido por uno de los cuatro más grandes de las Indias, junto a Cortés, Pizarro y Valdivia, y, de todos ellos, con diferencia, el más culto y más humano. A la conquista de este granadino se debe que el primer nombre de Colombia, y permanente durante siglos, fuera el de Nuevo Reino de Granada.
     La aventura de Quesada fue durísima y así lo indica Cieza: “Después de haber pasado grandes trabajos y necesidades, llegó a una de las más ricas provincias que se han descubierto en este nuevo imperio de Indias, poblada de señores poderosos que tenían muchos y muy suntuosos templos llenos de muchas riquezas, así oro como esmeraldas, todo dedicado y ofrecido al diablo, de quien tenían muchas figuras que adoraban. Hay en aquella provincia de Bogotá una laguna muy grande que, si Su Majestad mandase desaguarla, sacaría harta cantidad de oro y esmeraldas que los indios antiguamente echaron en ella (está relacionado con el mito de El Dorado). Siendo los españoles de Santa Marta los primeros descubridores de aquellas provincias, y, estando ellos en Bogotá, llegó allí el Gobernador de Venezuela, de nacionalidad alemana, llamado Federman, el cual hacía más de un año que había andado descubriendo por muchas tierras con grandes trabajos. Se produjeron serias diferencias entre los dos capitanes sobre sus derechos, y ocurrió que, caminando Belalcázar por el valle de Neiva, tuvo aviso por medio de los indios sobre que había cerca de allí españoles que iban hacia él bajo el mando del capitán Hernando Pérez de Quesada, hermano del general Gonzalo Jiménez de Quesada, que había salido a descubrir por aquella parte. Tuvieron noticia los unos de los otros, y, cuando se vieron, mostraron todos grandísimo placer, aunque los españoles de Perú (los de Belalcázar) se quejaban de sí propios porque no habían andado con diligencia para ser ellos los primeros en dar con la riqueza de Bogotá. También se alegraron todos los que estaban en Bogotá al saber que era Belalcázar el que venía, porque tenía fama de buen capitán”. A pesar de ser hombre duro, el prestigio militar de Belalcázar (otro glorioso que no sabía ni firmar) era reconocido en todas partes e inspiraba respeto.

     (Imagen) Qué peligrosa casualidad. Van a encontrarse, casi a un tiempo, tres grandes conquistadores en un mismo lugar: Bogotá. Eran Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián de Belalcázar y el alemán Nicolás Federman. Sorprendentemente, no hubo conflicto, y se respetaron los derechos prioritarios de Quesada. Coincidieron porque sabían que allí había tierra sin descubrir, y fueron a buscarla desde tres sitios distintos: Belalcázar desde Quito, Quesada desde Santa Marta (Colombia), y Federman desde Venezuela. Quesada era lugarteniente de PEDRO FERNÁNDEZ DE LUGO, de quien  nos toca hablar ahora. Tuvo una vida extraña y apasionante. Nació el año 1475 en Sevilla. Su padre, Alonso Luis Fernandez de Lugo fue el conquistador de La Palma y Tenerife, y su primer gobernador. Al morir en 1525, le sucedió Pedro, su hijo, quien tuvo actuaciones muy censuradas, siendo por ello procesado varias veces. Sin embargo, fue un hombre querido y respetado. En 1535 hizo algo extraño. Quizá por ver detenerse en Canarias todas las expediciones que iban a las Indias, solicitó y consiguió del Rey ser nombrado Gobernador del territorio de Santa Marta, la ciudad colombiana fundada por Pedro de Heredia. Al parecer, esperaba ambiciosamente que desde allí pudiera extender su dominio hasta Perú. De hecho, logró su sueño encargándole la misión a Quesada, pero no llegó a disfrutarlo porque murió unos meses después, en 1539. En la imagen aparece parte del documento de la concesión que le dieron en 1535 para poder conquistar en la demarcación de Santa Marta, debiendo respetar los derechos de Pedro de Heredia (Cartagena) y los de los alemanes (Venezuela), y pudiendo llegar hasta el Mar del Sur (el Pacífico), “sin entrar en otras provincias que están encomendadas a otros gobernadores”.



martes, 7 de mayo de 2019

(Día 824) Mueren diecinueve hombres de Belalcázar por flechas envenenadas. Decide retirarse hacia el Magdalena, el gran río colombiano. Cieza, que había andado por allí varias veces, comenta que era una zona muy rica.


     (414) En cuanto a Vadillo, de nuevo Cieza, que es el que manda, interrumpe el relato: “Necesario será que dejemos por un poco de hablar de Vadillo e de Aldana, y concluyamos con la campaña del capitán Sebastián de Belalcázar, quien, llegado al valle de Neiva (Colombia), teniendo por principal intento salir al mar Océano (el Atlántico), determinó enviar a poblar Timaná y los Yalcones (que él había descubierto) al capitán Pedro de Añasco, natural de Sevilla (ya hablé hace tiempo de su terrible muerte a manos de la cacica Gaitana).
     Muchas veces hablaban los cronistas de las flechas envenenadas, y ahora Cieza nos explica su terrible efecto: “Cuando partió Pedro de Añasco, el capitán Belalcázar anduvo caminando hacia el Mediodía. Llegó a unas poblaciones de indios belicosos y grandes flecheros que viven al final de la muy grande cordillera de los Andes. Los cuales salieron a darles guerra, cogiendo a los españoles descuidados, e hirieron a veinte con sus flechas. Como en el Perú no hay cosa más dañosa que aquella hierba, es muy doloroso oír de qué arte morían aquellos tristes, y con la pena que sus ánimas salían de los trabajados cuerpos. No se piense que las heridas eran muy grandes. Bastaba que las flechas oliesen la sangre para que el furor de la ponzoña subiese a su corazón, y los tocados mordían con grandes vascas sus propias manos; aborreciendo el vivir, deseaban la muerte. Tan encendidos estaban en aquella llama ponzoñosa que les abrasaba las entrañas, y, semejantes al que rabia, daban voces como locos. Tenían tanta congoja en sí mismos que en breve les llevaba a la sepultura. El capitán Belalcázar y los demás españoles se admiraban de ver las súbitas muertes de sus compañeros. De veinte que fueron heridos, se escapó solamente uno que se llamaba Diego López. Y no murió  porque, antes de que la hierba penetrase, asió fuertemente con un anzuelo de pescar la carne de su pantorrilla, y, sacando un cuchillo, se lo dio a un compañero llamado Trujillo, y le dijo que sin piedad cortase toda la carne que estaba alrededor de la herida, y que  no tardase, porque ya le parecía sentir lo que sentían quienes habían muerto con tales heridas. Tomando el cuchillo, cortó sin ninguna piedad lo que pareció convenir, con tanta presteza que la ponzoña quedó en la carne cortada”.
     Ante semejante peligro, los españoles retrocedieron: “El capitán Sebastián de Belalcázar decidió volverse al valle de Neiva y llegar desde allí al gran río que llaman Santa Marta (el actual Magdalena), un brazo del cual nace junto a Popayán, y el otro a poco más de cuarenta leguas, yendo divididos hasta cerca de la ciudad de Mompox, donde, juntándose, se hace tan grande como se lo ve al salir al mar Océano o del Norte. Entre estos ríos hay por descubrir provincias muy ricas, y sé harto de ello porque he ido tres o cuatro veces con  capitanes que iban a conquistarlo”. Resulta curiosa la imprecisión de Cieza al hablar de ‘tres o cuatro veces’. Es posible que no fuera muy memorioso, o sencillamente, que no se detuviera a pensar cuando escribía.
    
     (Imagen) Sigamos familiarizándonos con SEBASTIÁN DE BELALCÁZAR (fundador de Quito), ese duro, pero gran personaje. Como era habitual entre herederos de conquistadores, en este caso vemos (en el folio de la imagen) que un nieto suyo, vecino de Popayán y también llamado Sebastián de Belalcázar, solicita del Rey (¡el año 1582!) alguna merced por los méritos de su padre, Francisco de Belalcázar, por los de su abuelo y también por los suyos. Expone lo siguiente: “Él (el solicitante) sirvió a Vuestra Alteza imitando al Adelantado Don Sebastián de Belalcázar, su abuelo, vuestro Gobernador que fue de Popayán, y al capitán Don Francisco de Belalcázar, su padre. El dicho Adelantado fue poblador, conquistador y descubridor de muchos pueblos de la Isla Española (Santo Domingo), del (territorio del) Río Darién, de Panamá, del descubrimiento de la Mar del Sur (el Pacífico), de la gobernación de Nicaragua, y de estos vuestros reinos del Perú, siendo el capitán que pobló la ciudad de Quito y la gobernación de Popayán”. Luego nos descubre la trayectoria de alguien apenas conocido, su padre: “En la mayor parte de ello, (participó) el capitán Don Francisco de Belalcázar, su hijo legítimo”. Habla después del comportamiento de Belalcázar en las guerras civiles. No miente, pero oculta que le costó decidirse a colaborar con las fuerzas del Rey. Manifiesta que luchó junto al virrey Núñez Vela, resultando herido, y que fue apresado por Gonzalo Pizarro. Termina diciendo: “Cuando vino vuestro Presidente, Pedro de la Gasca, salió con gente el dicho Adelantado Belalcázar,  se unió a él, y estuvo acompañándolo hasta que, habiéndose dado la batalla, Gonzalo Pizarro fue desbaratado y preso, y, los reinos de Perú, resurgidos para vuestro real servicio”.


lunes, 6 de mayo de 2019

(Día 823) Juan de Vadillo, frustrado por no haber tenido éxito, intentó conquistar en zona que no le correspondía. Lorenzo de Aldana se lo impidió. Era como una premonición de futuras rivalidades entre capitanes por aquellos lugares.


     (413) Aquellos peripatéticos  nunca estaban quietos, y Cieza no para de contar incidentes: “Antes de que  entrase el licenciado Juan de Vadillo en Cali, estando en un pueblo llamado Mediacanoa, le hurtaron de dentro de su tienda un lío de oro que valdría dos mil seiscientos pesos, que era del común y se había de repartir entre todos. Algunos creyeron que el mismo licenciado lo había escondido y que echó fama de que lo habían hurtado. Pesábale a Vadillo, y afirmaba que lo había tomado un Baltasar Ledesma,  hombre mañoso, que fue dotado de gracias excelentes y abundó en vicios my feos. Después se vio que era verdad, pues estuvo preso el Ledesma, sobre ello le dieron tormento, y apareció el oro. Luego se repartió entre los que estábamos en Cali, y a mí me cupo de parte cinco pesos y medio: para que vean cuánto fue el premio de descubrimiento tan trabajoso como aquel”.
     Como era previsible, el licenciado Vadillo, aunque estaba en corral ajeno, no se iba a resignar a  permanecer con los brazos cruzados: “Al cabo de algunos días, viendo el licenciado Vadillo que había salido de Cartagena con una armada tan pujante y españoles tan valerosos, e no había hecho ninguna población como los demás capitanes suelen hacer, vínole voluntad de enviar a un capitán a poblar las provincias de Buturica. Aldana tuvo aviso de estos movimientos, e pesole que Vadillo, después de haber dejado alborotadas las provincias (por las que había pasado), quisiese poblar, y determinó no consentir que ningún capitán saliese de la ciudad sin su licencia. Y, estando en una sala de las casas de Miguel Muñoz, le dijo a Vadillo, delante de muchos que allí estaban, que le admiraba que, viendo el orden que en Perú había en la conquista de los naturales y en poblar las ciudades, quisiese ir a poblar las provincias en las que no había hecho más fruto que el fuego, que consume todo lo que en él se echa. Y que supiese que él y todos los que habían venido de Cartagena estaban ya fuera de los límites de aquella gobernación y en los términos de la de D. Francisco Pizarro. Le añadió que, si quisiera volverse con su gente, le daría todo su favor, pero, si no, que no hablase de enviar un capitán con hombres, porque no lo había de consentir. El licenciado Vadillo le respondió que él era Oidor del Rey y Gobernador suyo y que no había destruido ninguna provincia, añadiendo que quería salir por la costa del mar del Sur, y que Lorenzo de Aldana no tenía autoridad para estorbarle lo que él quisiere hacer. Luego el licenciado Vadillo se fue a la posada de Pedro de Ayala”.
     Estamos viendo  que lo que ahora es suelo colombiano se prestaba a conflictos de competencias. Pizarro no quería que se le fuera de las manos su dominio, pero, andando el tiempo, el territorio quedó desgajado de la gobernación de Perú. Si la llegada de Vadillo fue inquietante, se complicó mucho más la situación años después. Enseguida contemplaremos cómo aparecieron tres grandes capitanes por Bogotá, separados pero casi al mismo tiempo, y por este orden de llegada: Gonzalo Jiménez de Quesada, el holandés Federman (autorizado por Carlos V), y el inquietante Belalcázar. Y fue un milagro que la peligrosa disputa por cuestiones de derechos se resolviera pacíficamente a favor de Quesada. Ganó el más razonable, frente al duro Belalcázar y al brutal Federman.

     (Imagen) Se puso en marcha JUAN DE VADILLO con su expedición en busca de oro donde Francisco César lo había encontrado. No hallaron ni rastro. Para colmo, el recorrido fue una pesadilla, muriendo muchos hombres, incluso Francisco César. Cuando volvieron, Vadillo, que temía ser procesado por los hechos que le motivaron a huir, hizo una interesante memoria del viaje y se la envió al Rey. Veamos parte del relato (el mapa de la imagen muestra el recorrido): “La gente, visto que no había oro y que la esperanza que llevaban les había faltado, comenzaron a desmayar”. El mismo Vadillo enfermó gravemente, y hasta le dieron la extremaunción, pero, viendo que muchos se querían volver, sacó fuerzas de flaqueza, se levantó y puso en marcha a sus hombres hacia otro valle. Llegaron a Cali. Confirmando a Cieza, dice que allí los indios practicaban la antropofagia. Apenas detalla el hecho de que se habían metido en zona ya ocupada por capitanes españoles. Explica las distancias de su recorrido hasta empezar la vuelta a Panamá (de donde mandó la carta), y el tiempo que duró el viaje. En total: un año y seis meses de pesadillas y unos dos mil kilómetros hasta llegar a San Miguel, donde se embarcaron hacia Panamá. Como era de esperar, termina su relato lamentándose ante el Rey porque espera verse enredado en pleitos: “Iré ahora a Cartagena a dar descargo de mí, por los males que de mí se han dicho en mi ausencia, pues mis obras y voluntad no han sido tales como dicen. Los que hacen justicia siempre son odiosos a los que no la quieren, y así me ha acaecido por hacer lo que debo,  y esta voluntad, por muchos trabajos que me vengan, no dejaré de efectuarla hasta perder la vida”. Del que nada dice (porque era entonces un simple y jovenzuelo soldado de su tropa) es del gran PEDRO CIEZA DE LEÓN.



sábado, 4 de mayo de 2019

(Día 822) Parte Vadillo con 345 españoles (Cieza incluido), algunos de ellos ilustres. Fue tan dura la campaña que murieron 92. Al final de su viaje, se encuentra con Lorenzo de Aldana, gobernador en funciones de aquel territorio.



    (412) Y fue entonces cuando Pedro Cieza de León se convirtió en accidental protagonista de su propia crónica: “Como en aquel tiempo estábamos en Cartagena reclusos (sin nada que hacer) muchos mancebos, deseábamos ir a alguna jornada que se tuviese por provechosa, y, como Vadillo declaró que quería ir personalmente en ella, codiciaron (codiciamos) con más voluntad seguirle. Sacó la más lucida y caballerosa gente que jamás haya salido de Tierra Firme, llevando en naves desde Cartagena trescientos cuarenta y cinco españoles, muchos negros, negras, indios e indias esclavos, hasta la ciudad de Urabá, el mes de febrero de mil quinientos treinta y siete (aún vivía Diego de Almagro)”.
     Se supone que los indios esclavos serían grupos derrotados en batalla, porque estaba prohibida su esclavitud y la de sus mujeres ‘sin culpa’ de rebeldía. Cieza se siente orgulloso de que fueran los primeros españoles que hicieron ese trayecto: “Por ser nosotros los que abrimos camino desde el mar Océano hasta el del Sur, y para que se sepa cómo entraron tantos españoles de Cartagena juntos en el Perú, escribo lo que conviene al respecto”. Y, como esta vez está hablando de sus propias vivencias, cita con detalle a las personas que más le impresionaron (él sólo tenía 17 años):  “Los principales que venían en esta armada eran el teniente Francisco César, Juan de Villoria, D. Antonio de Ribera, natural de Soria, el comendador Hernán Rodríguez de Sosa, portugués natural de Estremoz, el alférez Montemayor, natural de Herranúñez, el tesorero Alonso de Saavedra, Álvaro de Mendoza, natural de Don Benito,  Lorenzo Estopiñán de Figueroa, natural de Jerez de la Frontera, Melchor de Suerdenava, natural de Toro, Martín Yáñez Tafor, natural de Córdoba, Arias Maldonado, natural de Salamanca, Antonio Pimentel, natural de Mayorga, Alonso Villacreces, natural de Sevilla, Baltasar de Ledesma, natural de Salamanca, e otros muchos caballeros e hijosdalgo. Con ellos partió Vadillo y anduvo más de un año descubriendo, pasando muy gran trabajo y grandes miserias de hambres,  pues murieron noventa y dos españoles y ciento diecinueve caballos. Fue tanta el hambre, que se tuvo por cierto que todos íbamos a perecer. Cuando llegamos a la ciudad de Cali, si Vadillo no tuviera intento de llegar al mar, bien habría podido aprovecharse de la riqueza de Bogotá”. (Quien se llevó la gloria poco después, fundando la ciudad de Bogotá, fue otro de los grandes, Gonzalo Jiménez de Quesada)
     Allí se encontraron  una sorpresa: “Sabiendo Vadillo que Lorenzo de Aldana estaba en Cali, le pesó en gran manera, y dijo a los que le aseguraban que no traía poderes: ‘Creedme que, si un caballero como Lorenzo de Aldana ha venido desde Lima a esta tierra, trae poder sobre ella’. Llegados a Cali, Lorenzo de Aldana le dijo al teniente Miguel Muñoz (nombrado en el cargo por Belalcázar al fundar Cali) que mandase que la gente que de Cartagena había venido fuese aposentada y proveída, ya que venían tan fatigados del largo camino que habían traído. El ánimo de Aldana en nada se alteró al ver que estaban en la ciudad unos trescientos españoles más que podrían emprender cualquier negocio. Prefirió que le tuviesen por Lorenzo de Aldana, sin cargo ninguno, a figurar como general y capitán mayor tras el Gobernador (Pizarro) en todas aquellas ciudades. Y esto lo hacía para ver si, por ventura, Belalcázar daba noticias de los territorios en los que había entrado”.
    
     (Imagen) JUAN DE VADILLO fue encargado de presidir varios juicios de residencia  contra algunos gobernadores. Había acusado a uno de los de Cuba, Gonzalo de Guzmán, de violencias y desórdenes, lo apresó y se lo envió al Consejo de Indias para que tomara medidas. Después Vadillo hizo de gobernador interino, pero sin mejorar la situación cubana. La historia se repitió con Pedro de Heredia, el gobernador de Cartagena de Indias. En este caso, Vadillo se metió después a conquistador, como habían hecho otros jueces (siempre fracasando). Pero el ‘alguacil’ se convirtió en alguacilado. La imagen muestra parte de las acusaciones del juicio al que lo sometieron en 1554, centrándose la primera en el motivo por el que salió de la gobernación. Le acusan de huir para no ser procesado (Cieza, que iba en la expedición, dice lo mismo). Resumo el texto: “Vadillo había salido de la gobernación, y sacado consigo toda la mala gente que en ella había, y las personas que por su tolerancia (como gobernador interino) habían cometido muchas y grandes crueldades, robos, muertes y heridas contra los indios, y llevó especialmente en su compañía a un Montemayor y a un Baltasar de Ledesma, y a otros capitanes, a hacer entradas por la tierra contra los indios, y, debiéndolos castigar, no lo había hecho, disimulándolo y llevándolos consigo para que el juez que le iba a tomar residencia no pudiese tener sus declaraciones. Y, por los lugares por donde iba después de salir de la gobernación, había cometido con los capitanes y gente que llevaba grandes muertes e otros daños y delitos contra los indios naturales (y contra los españoles que llevaba consigo) haciendo venir de paz a los caciques e indios para luego prenderlos y atormentarlos”.



viernes, 3 de mayo de 2019

(Día 821) Pedro de Heredia confió una misión al capitán Francisco César, quien volvió de ella entusiasmado por haber encontrado tumbas con tesoros. El juez Juan de Vadillo encarceló a Heredia, y, viéndose él mismo en apuros legales, se hizo cargo de ir en campaña adonde había estado César. Con Vadillo iba Cieza.


     (411) Oigamos sus palabras: “Aunque está fuera de los sucesos de Perú, diré lo que sucedió con la venida del licenciado Juan de Vadillo, pues  el discurso de la obra da lugar para ello, y lo pondré aquí porque me hallé en persona en aquel descubrimiento. Vine desde Cartagena (de Indias) con Vadillo. Ocurrió que, gobernando en la provincia de Cartagena, que está situada en el mar Océano (el Atántico), D. Pedro de Heredia, envió a descubrir a un capitán esforzado, diestro y muy valeroso, llamado Francisco César”. El gobernador Pedro de Heredia era muy emprendedor (fundó Cartagena de Indias) pero sospechoso de corrupción y de crueldad con los indios. Por su parte, Francisco César, probablemente portugués, ya había sido protagonista de viajes marítimos casi de leyenda, pero, ahora, él y sus hombres van a pasar mil calamidades a través de una durísima montaña, sin que faltaran batallas con los indios, a los que vencieron, con explicación de intervención divina incluida: “Hallaron allí el templo de un demonio, y sacaron de una sepultura treinta mil pesos de oro, teniendo noticia de haber en el valle muchos enterramientos como aquel que habían hallado. Viéndose Francisco César con tan pocos españoles (iban con él sesenta y tres), y que los caballos estaban sin herraje y en tal estado que no eran de ningún provecho, determinó volverse, y, queriéndolo Dios Nuestro Señor, el camino que habían traído en diez meses, lo anduvieron de vuelta en diecisiete días, y fueron a salir a la ciudad de San Sebastián, que está en el puerto de Urabá, desde donde llegó pronto la noticia a Cartagena. Cuando el licenciado Vadillo lo supo, recibió muy gran placer”.
     Es necesario aclarar ahora que el control de la Corona vigilaba estrechamente a las autoridades de las Indias. Siempre que un alto funcionario cesaba, era sometido al llamado ‘juicio de residencia’, útil herramienta para examinar la calidad de su mandato. En muchas ocasiones, se adelantaba ese juicio si se habían producido importantes quejas contra el titular del cargo. El licenciado Vadillo había llegado a la gobernación de Cartagena de Indias para ejercer esa inspección: “En este tiempo D. Pedro de Heredia estaba preso, y el licenciado Vadillo le había tomado juico de residencia más ásperamente de lo que requería un gobernador que tan bien había servido (se refiere principalmente a su eficacia como conquistador). Luego el licenciado Vadillo acordó mandar descubrir enteramente aquellas provincias. Pero, según tuvimos entonces noticias, un tal Francisco de Ávila, vecino de Santo Domingo, en la Isla Española, le escribió que supiese que Su Majestad había encargado al licenciado Santa Cruz que lo procesase a él, y, como Vadillo se tenía por culpable en lo de Heredia, determinó hacer en persona aquella jornada que había pensado dar a Francisco César”. No fue muy airosa la espantada del licenciado Vadillo, ni le haría mucha gracia a César que lo dejara con la miel en los labios. Por si fuera poco, se iban a meter en un territorio que ya estaba bajo la competencia de Pizarro, y hasta, de alguna manera, disputado por Belalcázar. Así que, de esta forma, Cieza se vio enrolado en una expedición problemática y encabezada por quien ejercía como gobernador en funciones de Cartagena de Indias.


     (Imagen) El Gobernador PEDRO DE HEREDIA fue un eficaz militar y fundador de varias poblaciones. Tuvo especial importancia la de Cartagena de Indias.  Pero siempre lo acompañó la fama de carente de escrúpulos. Sin embargo, Cieza lo valora positivamente, y parece ser que el tiempo le dio la razón. Heredia fue sometido, por orden del Rey, nada menos que a tres juicios de residencia (investigación). El primero fue el que llevó a cabo en 1536 el Licenciado Juan de Vadillo (que además era su amigo), con graves acusaciones, que, como hemos visto, a Cieza le parecieron excesivas, y, de hecho, el Consejo de Indias determinó su inocencia y le devolvió el cargo de gobernador que Vadillo le había suprimido. El segundo, en 1544, corrió a cargo de Miguel Díez de Armendáriz (tío del gran Pedro de Ursúa, a quien mató el trastornado Lope de Aguirre); condenó a Heredia, pero, nuevamente, el Consejo de Indias revocó la sentencia, pudiendo conservar su cargo de gobernador de Cartagena. El tercero lo presidió en 1554 Juan de Maldonado. Se repitieron las durísimas acusaciones, pero Maldonado pasó el expediente al Consejo de Indias para que sus jueces dictaminaran. Y allá que se fue Pedro de Heredia con la intención de defender su honor bravamente. Atravesó el océano, llegó a las costas españolas, y falleció sin alcanzar su destino. Pero venció después de muerto, porque el Consejo de Indias dictó sentencia absolviéndole de todos los cargos. En la imagen vemos una orden del Rey por la que se le había nombrado, en 1540, Adelantado y Capitán General de todo lo que descubriese en la zona de Cartagena de Indias.



jueves, 2 de mayo de 2019

(Día 820) Con la aprobación de todos sus hombres, el Capitán Alonso de Mercadillo fue destituido y apresado. Lorenzo de Aldana consigue con mucha habilidad aplacar a los indios caníbales de Popayán.


     (410) La altanería de Mercadillo acabó con la paciencia de sus hombres: “Estando en esto, el Maestre de Campo y Lope Martín le echaron mano diciendo que no era tiempo de más disimular. Llegaron los otros más principales, y le echaron una cadena y unos grillos al capitán Mercadillo, que muy temeroso estaba de lo que veía. Con palabras tristes imploraba a los soldados que le ayudasen, diciendo que no lo disimulasen y que era gran oprobio para ellos que su capitán fuera apresado de aquella manera. Mas, aunque Mercadillo pensaba conmoverlos, de nada le aprovechó porque todos estaban mal con él. Después le pusieron guardias, e hicieron contra él un proceso por los juramentos que había hecho, y de otras cosas tocantes a la Santa Inquisición”. Mercadillo perdió cualquier legitimidad porque todos sus hombres aprobaron el apresamiento, y el motín recibió la bendición de las autoridades.
     Mala cosa era en las Indias que los soldados estuviesen ociosos. Necesitaban acción y embarcarse en nuevas aventuras ilusionantes. De no tenerlas, la vida en las poblaciones se alteraba con conflictos sociales, y más todavía en un ambiente de guerra civil. Cieza nos va explicando datos sobre varias de las expediciones enviadas por Pizarro. Ha hablado de la de Pedro de Candía, la de Peransúrez y la de Mercadillo (todas fracasadas), y también del comienzo de la de Alonso de Alvarado (que terminará bien). Pero ahora nos sigue contando cómo le iba a Lorenzo de Aldana en su difícil misión de evitar que Belalcázar se independizara de Pizarro en territorios de Quito y de la actual Colombia. Ya vimos que, en su recorrido, Aldana ocultaba sensatamente la poderosa amplitud de los poderes que le había dado Pizarro, para que no lo supiera Belalcázar hasta que se vieran cara a cara. Pero ansiaba que llegara el momento de poder exhibirlos y ejercitarlos. Páginas atrás, supimos que Aldana llegó hasta Popayán, y de la grave crisis social de los indios, tercamente empeñados en no sembrar nada para que los españoles se marcharan de la zona, hasta el punto de que muchos nativos murieron de hambre  y otros practicaron el canibalismo con los muertos. La habilidad de Aldana consiguió solucionar el problema. Envió alimentos desde Cali, y los indios, comprobando que su estrategia era inútil, volvieron a sembrar. De esta manera, se pudo mantener la población de Popayán (aún sigue pujante), que estaba ya a punto de ser abandonada por los españoles. En ese tiempo Aldana conoció al humano capitán Jorge Robledo, cuya vida terminó trágicamente, ejecutado por Belalcázar, según ya  mencioné, y al que sirvió como soldado el propio PEDRO CIEZA DE LEÓN.
     Después de solucionar lo de Popayán, Aldana (el que todo lo arreglaba) volvió a Cali. Y ahora, en el hilo de la narración, se mete de repente el humilde pero excepcional Cieza como protagonista, porque, de forma sorprendente, va a llegar (¡desde el Atlántico!) con una expedición que nada tenía que ver con esta zona próxima al Pacífico. Cruce de vidas, cruce de historias apasionantes de gentes salidas de la lejana España y casi perdidas en la inmensidad de las Indias.

     (Imagen) Acabamos de ver en la imagen anterior que los del Consejo de Indias le proponen como prioritario para ser Mariscal de Perú a MARTÍN DE AVENDAÑO Y GAMBOA, de forma que el hijo de Alonso de  Alvarado lo sea de una zona más lejana, colindante con Chile (Ana de Velasco, la mujer del gran Alonso, era hermana de Avendaño). No es fácil encontrar datos suyos, pero resulta que fue un personaje extraordinario. Todo indica que nació en Bilbao. Estuvo en las guerras europeas, y después batallando por Perú, siempre fiel a la Corona (luchó también contra el rebelde Hernández Girón). Encuentro un documento de 1557 muy curioso (es el de la imagen, y tiene letra clara). El autor es Carlos V, y este es el contenido: Ha recibido una carta de Avendaño, quien desconoce que, retirado en Yuste, ha renunciado ya al trono. Se la remite a su hijo con un trato muy cariñoso, pero de un respeto absolutamente protocolario porque ahora Felipe II es el Emperador. Le dice que Avendaño ha llegado de las Indias, al frente de una armada que traía oro y plata para el Tesoro Real, con la buena noticia de que aquellas tierras estaban en paz, y desmintiendo el rumor de que habían asesinado al Marqués de Cañete, Virrey de Perú. Le anuncia a Felipe que Avendaño se dirige a visitarlo, y que le lleva un expediente de sus servicios y la petición de alguna merced. Casi suplicando (mucha tenía que ser su estima por Avendaño) le añade: “No tenía intención de hacerlo por nadie, pero (por su méritos) no he querido dejar de rogaros que le hagáis la merced que os pareciere ser justa”. Luego se despide del “Serenísimo Rey, mi muy caro y muy amado hijo”. Pero la historia acabo mal: tanto Carlos V como Martín de Avendaño y Gamboa murieron pocos meses después.



miércoles, 1 de mayo de 2019

(Día 819) Los hombres de Mercadillo quieren ir por un camino viable. Para evitar encontrarse con Alonso de Alvarado, no lo acepta. Su terca oposición a lo que le piden sus capitanes va a desencadenar un motín.


     (409) Ya hemos visto que, tanto Alonso de Alvarado como Alonso de Mercadillo tenían un largo historial de valientes militares, pero, en cuanto personas, eran completamente diferentes. Alvarado, un ejemplo de sensatez y bonhomía. Mercadillo, un mezquino avinagrado, que ahora va a pasar un mal trago: “Hallaron ríos muy grandes, despoblados y sin topar ninguna comida. Los españoles se decían que fue mala decisión seguir a un hombre de tan malas mañas como era Mercadillo. Después de haber andado siete jornadas por malos caminos, llegaron a una sierra tan áspera que no la pudieron pasar. Asentaron allí su real, y, aunque procuraron buscar comida por muchas partes, no la pudieron hallar”. Tenían noticia de que había una región digna de ser conquistada, la de Iscaicinga: “Los indios que en ella vivían  eran de cuerpos grandes y tenían las narices rasgadas por las ventanas, y por ello los llamaban iscaicingas, que quiere decir dos narices”. Los guías le dijeron a Mercadillo que pasar a través de las montañas era tan imposible que morirían todos si lo intentaban: “Pero el capitán, por no volver atrás ni ir hacia donde estaba Alonso de Alvarado, no quería dejar de proseguir por aquella parte”.
     Su absurda terquedad va a provocar un motín general: “Viendo un español llamado Cazalla que Mercadillo quería seguir por aquel camino, y habiendo oído lo que decían los guías indios, pensó que, para atajar tan gran daño, sería cordura dar de ello parte a los más principales que venían en la armada. Dijo al maestre de campo, Hernando Garzón, a Lope Martín, a Francisco de Santillana y a otros lo que había oído a los indios, y que Mercadillo determinaba pasar adelante. Al saberlo, temieron perderse, y decidieron persuadir a Mercadillo a que fuese por otra parte más segura, y, si no les diera razones, hacerle volver aunque no quisiese. Luego fueron todos juntos adonde estaba Mercadillo y le dijeron que, puesto que era capitán y cristiano, diese la vuelta a la provincia de Maina, para allí informarse de cuál era el mejor camino para ir a Iscaicinga. Les respondió que no pensaba volver atrás, ni le hablasen de ello. Viendo cuán porfiado estaba en pasar por aquella tierra tan dificultosa, se fueron a sus tiendas. Después de saber todos los del real que Mercadillo quería caminar por allí, vinieron muy tristes adonde los principales, a los cuales les decían que, pues eran hombres tan entendidos en la guerra, no permitiesen que todos ellos se perdiesen por el loco parecer de Mercadillo. Y, tomando un escribano, le hicieron un requerimiento protestando de los daños que resultarían de no volver a la provincia de Maina, e implorándole lo que veían que convenía”.
     La terquedad de Mercadillo era suicida: “Les respondió que no le requiriesen cosa ninguna, pues no había de volver atrás. No obstante, le hicieron otro requerimiento de la misma manera. Viendo Mercadillo que ya la cosa iba de veras, les pidió que firmasen con sus nombres los que aquello le requerían, y bastó que lo dijera para que todo el real se juntara allí para firmar. Mas no tenía intención de volver, y, viendo que todos querían firmar, les dijo que se dejasen de aquello, y que, si no, a todos los castigaría”.

     (Imagen) Apenas hay datos de Cazalla, Garzón, Martín y Santillana, los cuatro héroes que evitaron la insensatez del capitán Alonso de Mercadillo. Así que diremos algo más del  brillante y ejemplar Alonso de Alvarado, con quien Mercadillo (avanzando por las mismas tierras)  no quería competir. Hay un documento de los herederos de Alvarado (año 1557) que nos muestra la importancia que tenía ser descendiente de un personaje ilustre. Adornaba ser hidalgo (hijo de algo), pero era un verdadero privilegio ser ‘hijo de mucho’. En el texto (el de la imagen) se ve que el Consejo de Indias le envía al Rey una petición presentada por la mujer y los hijos del fallecido Mariscal Alonso de Alvarado, amparándose en sus brillantes logros. Solicitan, para su hijo mayor, Don Alonso, que conserven él y sus herederos a perpetuidad la encomienda de indios que ya posee, y el título de Mariscal que tenía su padre, Alonso de Alvarado, y que le concedan el Hábito de Santiago, como lo tuvo él; para el segundo, Don García, un repartimiento de indios con el que pueda vivir bien; y, para el tercero, Don Juan, otra merced y un Hábito de Calatrava. Luego, los del Consejo de Indias, aun pareciéndoles bien las peticiones, le proponen al Rey alguna matización. Consideran que el título de Mariscal lo podría ejercer Don Alonso en la Nueva Toledo (hacia Chile) porque convendría nombrar Mariscal de la Nueva Castilla (Perú) a Don Martín de Avendaño, y que, asimismo, lo de la perpetuidad de la encomienda debería posponerse hasta que estuviesen las tierras sin disturbios. Dicen, además, que sería oportuno asignarles por añadidura a sus otros dos hijos una generosa pensión. Y hacen, de paso, grandes elogios de los extraordinarios méritos de DON ALONSO DE ALVARADO al servicio de Su Majestad.