sábado, 16 de marzo de 2019

(Día 780) Almagro estaba enfermo, y hundido ante el inminente ataque. Aún quería la paz. Sólo Orgóñez conservaba su enorme bravura. Su tropa sale del Cuzco. Va a empezar la batalla de las Salinas.


     (370) Nos cuenta Cieza: “El Adelantado Almagro estaba muy enfermo, y sin condiciones para intervenir personalmente en la batalla. Lo mismo que el capitán Saavedra. Sabiendo que Hernando Pizarro había ya atravesado el río Apurima, todos recibieron muy gran turbación. Pero Orgóñez, no espantado por tales noticias, mandó a los capitanes que saliesen con sus banderas e se hiciese recuento de la gente que había. Almagro, muy debilitado e angustiado, se puso sentado en una silla a las puertas de su casa. Orgóñez, después de hacer el recuento, vino con gran denuedo hacia él con mucha alegría en su rostro, y le dijo que había cuatrocientos hombres, y que mirase lo que convenía hacer porque ya tenía al enemigo a la puerta. Almagro, con palabras tristes, le dijo (patéticamente): “¿No habría algún medio de paz si se requiriera a Hernando Pizarro que no llegase al enfrentamiento, ya que Su Majestad sería tan deservido por ello y habría muerte de muchos?”
     La respuesta de Orgóñez fue contundente: “Le dijo que, si los requerimientos pasados no habían aprovechado, no había necesidad de que se hiciese ninguno más, y, puesto que él había querido darle la vida a Hernando Pizarro, digno era de cualquier mal que le sucediese”. Se supo que los enemigos estaban ya a muy corta distancia: “Vino la noticia de que dormirían a dos leguas y media de la ciudad, y causó muy gran alboroto en ella, determinándose salir al campo para impedirle la entrada en el Cuzco. Viendo Almagro que no podía hallarse en persona en la batalla ayudando a los suyos, mandó al capitán Gabriel de Rojas que hiciese salir fuera de la ciudad a toda la gente. Salieron doscientos cuarenta de a caballo, y los demás de a pie, de los que unos cien no habían estado en el recuento y los habían hecho salir a la fuerza, lo cual aprovechó poco porque se quedaban escondidos entre los edificios. Y mandó asimismo el Adelantado Almagro a Paullo Inca que saliese con seis mil indios para que ayudasen a los soldados. Noguerol de Ulloa, por estar herido, se quedó en la ciudad”.
     Va a comenzar lo que ha pasado a la Historia como la batalla de las Salinas, a cuya zona se dirigen los que ahora se han preparado en el Cuzco: “Salieron al amanecer y llegaron cerca de las Salinas, desde donde enviaron corredores hacia la parte por la que sabían que venían los enemigos. Hernando Pizarro se había dado mucha prisa en andar, y, ya por la tarde de ese mismo día, se quedaron  a dormir en un cerro muy alto, tan cerca de los de Almagro, que los podían ver, y también los enemigos a ellos. Orgóñez daba grandes gritos haciendo creer a todos los que con él estaban que Hernando Pizarro no había de tener ánimo para enfrentarse con ellos. El Adelantado Almagro, que había llegado en unas andas, se esforzó en hablar, y animaba a sus capitanes para que luchasen fuertemente en la batalla, diciéndoles que, pues tenían  la justicia de su parte, procurasen lograr la victoria y hacer gran castigo en los enemigos”.

     (Imagen) Cuenta Cieza que los capitanes JUAN DE SAAVEDRA y FRANCISCO NOGUEROL DE ULLOA (ya he hablado de ellos anteriormente) no se encontraron en condiciones para poder luchar en la batalla de las Salinas. Tras la derrota, ninguno de los dos fue castigado por Pizarro. Enviados por Almagro, habían coincidido años atrás en el primer viaje que los españoles hicieron explorando las tierras de Chile. Saavedra dio entonces el nombre a lo que hoy es la ciudad de Valparaíso (así se llamaba su pequeño pueblo conquense). Noguerol fijó luego su residencia en Arequipa (Perú), vivió  inmerso en las guerras civiles, cambió repetidas veces de bando, y terminó incorporándose en las fuerzas realistas para luchar contra Gonzalo Pizarro, a quien, tras ser derrotado, lo ejecutaron. En un largo pleito, Noguerol tuvo que venir a España para defenderse. Su primera mujer, Beatriz Villasur, había denunciado que tenía en Perú una nueva esposa, Catalina de Vergara.  Lo condenaron a destierro por bigamia. En el documento de la imagen, vemos que el Rey le concedió la dispensa del tiempo que le quedaba por cumplir. De hecho, cuando Beatriz murió, pudo legalizar su  matrimonio con Catalina de Vergara. Acabó su vida en Medina del Campo, ya anciano, rico y bien casado. Había iniciado su brillante peripecia de conquistador con solo 16 años, cuando su importante padre, Mendo Noguerol, alcalde del castillo de Simancas, fue sañudamente asesinado por el temible obispo comunero don Antonio de  Acuña, a pesar de que Mendo lo tenía preso. Con el visto bueno del Rey, luego fue ejecutado el clérigo, y Carlos V, atenazado por los escrúpulos propios de la época, se abstuvo de comulgar hasta que el Papa le dio la autorización.




viernes, 15 de marzo de 2019

(Día 779) Hernando Pizarro, a punto de tener un incidente al ofender con sus palabras a Alonso de Alvarado. Almagro ejecuta a uno de sus hombres por fomentar entre otros la deserción. Tras una breve pausa, Hernando Pizarro inicia la marcha definitiva hacia el ataque.


     (369) Palabras que fueron ofensivas e injustas por parte de Hernando, pues, como ya hizo en su tiempo, le echó en cara la derrota que habían tenido anteriormente frente a Almagro: “Le dijo Hernando Pizarro al capitán Alonso de Alvarado que no había él de ir tan despacio como lo había hecho él (Alvarado) cuando fue desde Lima a Abancay, donde le desbarataron. Alonso de Alvarado le respondió que él había hecho lo que debía e lo que el Gobernador Pizarro le había mandado. Después de hablar otras cosas e porfías, Hernando Pizarro entró en su tienda, y Alvarado se fue a la suya. Dicen algunos que hubo entre los dos cierto desafío, y que los capitanes, viendo el grande daño que resultaría de su enfrentamiento, los pusieron en paz, e se determinó que se aguardase al día siguiente para que llegasen todos los soldados que faltaban, lo cual se hizo sin que hubiese más alborotos”.
     Aunque Almagro actuó comprensivamente con quienes deseaban desertar, y empleó más la diplomacia que la fuerza para retenerlos, hubo un caso en el que se mostró implacable, quizá porque el afectado trató de hacer proselitismo: “Sabido por un vecino del Cuzco, que se llamaba Villegas, que Hernando Pizarro venía cerca, procuraba salir de la ciudad, y, para que fuese más valorado su servicio (a la causa de Pizarro), habló con algunos que deseaban lo mismo que él, y hasta quería llevar consigo a Paullo Inca, del cual tenía mucha necesidad el Adelantado Almagro para muchas cosas por ser considerado por los indios como su Inca. Cuando ya Villegas iba a salir de la ciudad para realizar su propósito, no faltó quien diera de ello aviso a Almagro, e lo mandó prender. Como le pesó en gran manera lo que había intentado, mandó que se confesase y que le hiciesen cuartos (ejecutarlo y descuartizarlo después). Villegas, creyendo salvar la vida acusando a otros, dijo que cinco amigos de Almagro le habían obligado a hacerlo, y que se habían concertado para irse con él. Almagro los mandó prender, echándoles culpa sin tener ninguna, e queriéndole ya cortar la cabeza a Villegas, dijo la verdad, que no tenían culpa los cinco que estaban presos, y Almagro mandó soltarlos, e hizo justicia de Villegas sin quererle perdonar”.
     Ya a punto de producirse el enfrentamiento, Almagro hizo una nueva consulta con sus capitanes y consejeros (entre los que estaba Don Alonso Enríquez de Guzmán). Se trataba, otra vez, de una única alternativa: salirle al paso a Hernando Pizarro, o esperarle bien descansados y preparados dentro de la ciudad del Cuzco, siendo esta opción la que entonces les pareció más oportuna.
     Acabado el día de espera que le pidieron sus capitanes, Hernando Pizarro puso en marcha su ejército, y tuvo la satisfacción de saber, por algunos que se pasaron a su bando, que Almagro estaba en muy malas condiciones físicas. Parece ser que la moral de su ejército era baja y que Rodrigo Orgóñez era de los pocos que mostraban un espíritu decidido.

     (Imagen) El gran RODRIGO ORGÓÑEZ, todo un carácter, a pesar de que las posibilidades de victoria eran casi nulas, siguió animoso en la batalla. Al final tuvo que rendirse, y, sin respetar  el juego limpio, lo mató un soldado. Fue una muerte injusta, pero en aquellas guerras civiles, encendidas de odio, todo valía, y, con frecuencia, perder era morir. También su herencia provocó vergonzosas disputas. En 1545, siete años después de su muerte, el entonces Príncipe Felipe ordenó una declaración de testigos para un largo pleito (que no sabemos cómo acabó). El texto de la imagen explica con qué objeto. Ocurría que se disputaban los bienes de Rodrigo Orgóñez cuatro demandantes: 1.- El fiscal Francisco de Prado reclamaba diez mil ducados que debía Orgóñez. 2.- Diego Méndez, vecino de la ciudad del Cuzco (y hermano de Rodrigo Orgóñez) reclamaba toda la herencia. 3.- El fiscal Villalobos defendía que Méndez tenía razón, pero sostenía que, por ciertos delitos que este había cometido, todos los bienes habían de ser confiscados por la Hacienda Real. 4.- Beatriz de Dueñas, mantenía que los bienes eran de su hijo, Rodrigo Orgóñez, y que le correspondían a ella como heredera. Luego ocurrieron cosas: Diego Méndez murió pronto a manos de los indios de Manco Inca, y Beatriz de Dueñas tuvo problemas por ser judía y acusada de hechicería. Por otra parte, el extraordinario Rodrigo había muerto sin que su verdadero padre lo legitimara, trámite previo para lavar su estigma de bastardo y lograr su deseo de ser Caballero de Santiago.



jueves, 14 de marzo de 2019

(Día 778) Almagro enfermó gravemente. Sus hombres creían que iba a morir, pero lo superó. Viendo que Hernando Pizarro se iba acercando con su ejército, decidieron irse al Cuzco para hacerle allí frente. Los hombres del ansioso Hernando Pizarro se quejaron de la acelerada marcha que les quería imponer.


     (368) Son muchas las veces que Cieza se apiada de los indios, cuyo mayor martirio era ir de marcha como porteadores a través de sierras escarpadas. Y vuelve a hacerlo: “Hernando Pizarro, con toda su gente, anduvo hasta llegar al valle de Nasca, donde proveyó todo su ejército  de las cosas necesarias, sacando a muchos de los pobres indios para llevar sus cargas. Tomó el camino de la sierra hasta salir en los Lucanes. Tras descansar algunos días, anduvo por despoblados y campos nevados hasta que llegó a la provincia de los indios almaraes.
     Mientras Hernando Pizarro y sus hombres avanzaban rápidamente hacia el objetivo, Almagro sufría los estragos de su enfermedad. Y Cieza toma nota de la trágica situación en que se encontraba entonces, y de la que padecerían después Pizarro y muchos de los hombres de los dos bandos: “Al Adelantado D. Diego de Almagro le fatigaba su mal con tan grandes dolores, que pensó morir. Viendo sus capitanes cuán peligroso le era estar en tierra tan fría, le llevaron al valle de Yungas. E tanto se acongojó un día, que tuvo quitada el habla, estando tan fuera de sentido que ni conocía a quien le miraba ni oía a quien le hablaba, y todos creyeron que allí iba a morir. Mas su fortuna, o, por mejor decir, sus pecados, no permitieron que se librase de morir con otro género de muerte (más cruel), aunque poca ventaja se llevaron los unos y los otros al acabar casi todos de forma parecida”. Así que Almagro superó esta dura crisis. Se retomaron las discusiones sobre lo que convendría hacer. Supieron entonces que Hernando Pizarro ya iba subiendo la sierra, acercándose amenazante a las posiciones de la tropa de Almagro. Viendo al lobo cerca, se acabaron las dudas y se impuso la acción: decidieron dirigirse a la ciudad del Cuzco.
     Por lo que cuenta Cieza, así como en el primer conflicto  se pasaron muchos del bando de Pizarro al de Almagro, ahora el intento de fuga era en sentido contrario, lo que parece un síntoma de que el que ya tenía apariencias de ‘caballo ganador’ era Hernando Pizarro, quien, por otra parte, contaba con un sólido prestigio de veterano militar duro y eficaz. En su acelerada marcha hacia el encuentro con Almagro, había impuesto a sus hombres seguir el camino más costoso porque era el más directo. Y sus prisas provocaron una protesta de los capitanes: “Tanto era su deseo de vengarse de Almagro, que cualquier retraso lo tenía por molestia, y, para que no se dilatase el tiempo, les dijo a sus capitanes que partiesen de inmediato hacia el Cuzco con los soldados que tenían, sin aguardar a los que faltaban. A todos les pareció muy mal el apresuramiento que tenía, y le pidieron a Alonso de Alvarado que hablase con Hernando Pizarro para que no quisiese pasar adelante sin esperar a toda la gente, pues quizá Almagro hubiese mandado desde el Cuzco algunos capitanes que podrían apresarlos en algún paso peligroso. Alvarado fue a hablar con Hernando Pizarro, y tuvieron algunas palabras sobre si sería bueno caminar o aguardar”.

     (Imagen) Nadie le puede negar a Almagro los méritos de su impresionante biografía. Ahora está en vísperas de la catástrofe total, viejo y muy enfermo. Como el lúcido Orgóñez temía, liberando al valioso y peligroso Hernando Pizarro, había reforzado a sus enemigos, quienes, además, contaban ya con mucha más gente en su ejército. Por si fueran pocos los tormentos de Almagro, había enviado a su hijo a Lima, el feudo de los pizarristas, convertido casi en un rehén cuando Hernando Pizarro había dejado de serlo. Con solo 16 años, Almagro el Mozo se va a transformar en un huérfano ansioso de venganza. Encabezará, en la sombra, la conspiración que acabó con la vida de Pizarro, y luego mostrará coraje y valor para luchar contra los pizarristas y el representante del Rey, Cristóbal Vaca de Castro, perdiendo la vida en la guerra civil de Chupas. En medio de la guerra civil, el Gobernador Almagro sufría también la indisciplina y el desamparo de los funcionarios del Rey. En la imagen vemos cómo la ejemplar reina Isabel (mujer de Carlos V), en una orden dirigida a los escribanos que dictó solo dos meses antes de la muerte de Almagro, les dice (resumido): “Don Diego de Almagro, nuestro Gobernador y Capitán General de Nueva Toledo me ha comunicado que tiene necesidad de hacer informaciones y escrituras de algunas cosas que tocan a nuestro servicio, y que teme que vosotros, los escribanos, no querréis dar testimonio de ello, de lo que él habría agravio y daño, e yo tomelo por bien, y, por ende, vos mando que, cuando fuereis requeridos por el dicho Adelantado Don Diego de Almagro para hacer alguna información u otros actos y escrituras, lo efectuéis”.



miércoles, 13 de marzo de 2019

(Día 777) Parte Hernando Pizarro con su tropa para atacar a Almagro en el Cuzco. Va con ansia de venganza. Almagro y los suyos dudan entre ir a Lima a plantar cara o esperar en el Cuzco la llegada de Hernando Pizarro.


    (367) Luego Cieza hace referencia a que, probablemente, Pizarro le dio a su hermano Hernando Pizarro una amplia libertad de actuación: “Hechas estas cosas, el Gobernador Pizarro mandó a su secretario, Antonio Picado, que hiciese los despachos e poderes para su hermano, e algunos dijeron que le dio ciertas firmas en blanco”.
     Estando todo organizado, Hernando Pizarro va a partir ya con el grueso del ejército hacia el Cuzco, ansioso de revancha y firmemente decidido a derrotar a Almagro. Cieza, como otras veces, nos muestra el sufrimiento de los indios que iban forzados a servir como porteadores: “Hernando Pizarro y los capitanes salieron del valle de Ica llevando mucha cantidad de indios atados, quedando  aquellos valles gastados, y muchos de los naturales muertos y  robados por las extorsiones de los españoles. Salieron con Hernando Pizarro setecientos hombres de a pie e de a caballo. Antes de que Hernando Pizarro partiese, algunos varones doctos, que deseaban la paz, le pidieron que se comportase con mesura, de manera que no se derramase sangre de españoles. Hernando Pizarro les respondió que la guerra la había causado Almagro al apoderarse del Cuzco, y que entendiesen que por ello el ejército de Almagro o el suyo había de quedar deshecho”. Cieza habla también del deseo de venganza de los soldados: “Había otro motivo muy grande para que el incendio de la guerra se encendiese, y era que, como en el ejército de Hernando Pizarro había muchos de los que estuvieron con el capitán Alonso de Alvarado en el puente de Abancay (cuando fueron derrotados), siendo entonces maltratados, deseaban en tan gran manera vengarse, que no veían la hora de pelear con ellos, y tuvieron gran influencia en que los hombres de Almagro fuesen desbaratados”.
     Por su parte, Almagro y sus hombres llegaron, como vimos, a Vilcas; se confirmó que allí había abundantes provisiones, y permanecieron más de treinta días en aquel lugar. Terminadas estas inquietas ‘vacaciones’, se plantearon qué decisión tomar ante el avance de Hernando Pizarro. Solo veían posibles dos opciones: ir a ocupar la ciudad de Lima (que estaba en poder de Pizarro), o volver a la ciudad del Cuzco y aguardar a Hernando Pizarro para dar la batalla. Pero, divididos  en dos bandos y sumidos en un mar de dudas,  no conseguían ponerse de acuerdo. Rodrigo Orgóñez le echó en cara a Almagro todos los errores que había cometido por no hacerle caso, como el de no querer cortarle la cabeza a Hernando Pizarro: “Dijo también que le parecía que a todos convenía ir a la ciudad de Lima para reforzar su ejército y para enviar un navío a su Majestad con una relación de las cosas que habían sucedido. E volviendo el rostro contra Almagro, le pidió que no dejase de hacerlo. A algunos capitanes les pareció my bien lo que Orgóñez decía. Pero otros opinaban que era gran desvarío volver a Lima, y que había que volver al Cuzco, donde se podrían defender bien, aunque todos temían la batalla porque Hernando Pizarro atacaría con mucha pujanza. Había también algunos soldados que huían para pasarse al bando de Pizarro”.

     (Imagen) La viuda de Jorge Robledo, en su querella contra BELALCÁZAR, además de acusarlo del asesinato de su marido, le expone al rey en varias páginas los abusos que cometió contra los indios. Afirma que esclavizó y vendió a muchos (estaba ya entonces tajantemente prohibido), y le acusa de permitir un comportamiento brutal a sus hombres. El uso de perros de guerra estaba permitido (era habitual en las contiendas de todos los países), pero, al parecer, los hombres de Belalcázar los cebaban con carne de indios muertos, como dice la viuda en el escrito de la imagen: “En la Gobernación de Belalcázar era cosa común, y él lo consentía, que, en matando un español a algún indio, lo hacía cuartos, y ponía los cuartos en su cocina para cebar a los perros poco a poco con la carne de los indios (para que atacaran ferozmente en los combates)”. Para defenderse, Belalcázar le  envió una carta al Rey argumentando que los indios de su gobernación eran especialmente salvajes y violentos, y que practicaban el canibalismo hasta el punto de tener muchas mujeres que les dieran hijos para comerlos recién nacidos. Que en la zona se practicaba el canibalismo, queda confirmado por el propio Cieza, quien por allí anduvo peleando y no es nada sospechoso de haber odiado a los indios. Pero el hecho cierto es que la ley vigente prohibía la brutalidad contra los nativos, y, a Belalcázar, esas acusaciones, más la del asesinato de Jorge Robledo, le costaron una pena de muerte. Apeló la sentencia, y  nunca sabremos si habría sido definitivamente condenado, porque murió de camino hacia España.



martes, 12 de marzo de 2019

(Día 776) Lorenzo de Aldana llevaba en su viaje a Quito, por delegación, todos los poderes de Pizarro. Pronto le encargó a Jorge Robledo la conquista de la zona de Anserma. Pizarro se queda en Lima y confía a Hernando y Gonzalo Pizarro el ataque contra Almagro.


     (366) El segundo despacho que apoderaba a Aldana le autorizaba expresamente a apresar a Belalcázar, “e incluso le advertía que le había de prenderlo reuniendo el cabildo en parte donde no hubiese público con el que pudiese defenderse”. Y añade después el meticuloso Cieza que ese despacho lo vio con sus propios ojos (bastantes años después).
     Quedaba una tercera provisión para Aldana, la más importante, la que le daba en representación de Pizarro un poder absoluto, debiendo ejecutarla después de haber enviado a Belalcázar preso a Lima: “Además de estas, llevaba Aldana otra provisión para sí, general y muy suficiente para deshacer todo lo hecho y anular lo otorgado (por Belalcázar), y para que en todas las ciudades le obedeciesen y lo tuviesen como si fuera la misma persona de Pizarro. Tenía poder también para repartir las tierras entre las personas que le pareciese que mejor le habían servido (a Pizarro). Y ciertamente, el repartimiento que él hizo aún permanece. Tenía también poder para enviar gente, con la persona que señalase, a poblar algunas provincias. Y en virtud de este poder, le confió a Jorge Robledo ir como capitán a poblar las provincias de Anserma”. Es buen momento para recordar que Jorge Robledo fue uno de los capitanes más humanos y razonables, a cuyo servicio estuvo el propio cronista Pedro de Cieza, y que años después, en un enfrentamiento por cuestión de derechos territoriales, fue ejecutado cruelmente por Belalcázar. Cieza, que apreciaba mucho a Robledo, le advirtió varias veces de que sus derechos eran dudosos y de que corría grave riesgo de morir a manos de su irascible competidor.
     Con el párrafo siguiente, Cieza deja para más tarde las aventuras de Aldana y Belalcázar en la provincia de Quito, y nos sitúa de nuevo en el escenario del terrible conflicto entre Pizarro y Almagro: “Dados estos poderes a Lorenzo de Aldana, sin que lo supiera nadie  más que el Gobernador, el mismo Lorenzo de Aldana, Antonio Picado y el bachiller García Díaz, y publicándose solamente que Aldana iba como juez de comisión, partió Pizarro de Lima a Caxca, donde tenía asentado su ejército. Dicho lo cual, volvamos a la materia principal, porque contaré lo que hizo Pizarro y lo que le sucedió”.
     Después de confiar Pizarro a su hermano Hernando todo el mando en la lucha contra Almagro, pidió a sus capitanes que le obedecieran: “Habiendo determinado Pizarro que su hermano fuese al Cuzco, reunió a toda la gente que había en su real, capitanes y soldados, y les dijo que bien sabían que, por ser él de tanta edad y tan agraviado de enfermedades, no se sentía con fuerzas para seguir adelante y evitar que los de Almagro quedasen sin castigo, e que le darían muy gran placer siguiendo a sus hermanos (Hernando y Gonzalo). Le respondieron todos que irían contentos con ellos”. Nombró nuevos mandos para la parte de la tropa que volvería con él a Lima, y aparece por primera vez (ahora con el título de Alférez General) alguien que hará historia más tarde siendo el primero que descendió todo el curso del Amazonas, y que también era de Trujillo: el gran Francisco de Orellana.

    (Imagen) JORGE ROBLEDO, nacido en Úbeda (Jaén),  veterano de las guerras de Italia, fue uno de los capitanes más brillantes y humanos de las Indias. El documento de la imagen (del año 1548) nos cuenta una triste historia. Viene a decir lo siguiente: “Doña María de Carvajal, mujer del Mariscal DON JORGE ROBLEDO, se querella contra el Adelantado BELALCÁZAR diciendo que Vuestra Majestad ya sabe que el Licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, Juez de Vuestra Alteza en las provincias de Cartagena, Santa Marta, Nuevo Reino de Granada, Popayán y Río de San Juan, proveyó al dicho Mariscal para que gobernase las ciudades de Anserma, Antioquia y Santa Ana, que el dicho Don Jorge Robledo había descubierto y poblado. Estando gobernando las dichas ciudades, el dicho Adelantado Balalcázar entró con mano armada, y, haciendo grandes alevosías, traiciones y tratos dobles, ejecutó su mal propósito, y de esta manera prendió al dicho Mariscal Don Jorge Robledo y le cortó la cabeza a él y a otros cuatro, personas principales que estaban al servicio de Vuestra Alteza”. Curiosamente, quien ejecutó el castigo (año 1546) fue el capitán Francisco Hernández Girón (el último rebelde), a quien acabamos de ver morir (año 1554) en una imagen anterior. La queja de la viuda de Robledo fue justa, pero oculta un dato: Armendáriz, aunque, de hecho,  fue nombrado juez por el Rey, no había recibido aún el documento oficial. Cieza, que veneraba a Robledo, le insistió en que, conociendo a Belalcázar, era una imprudencia desafiarlo antes de que se legitimara contundentemente el nombramiento del juez, paso previo necesario para que, el que le hizo a él gobernador, tuviera una rigurosa competencia legal. Belalcázar, con mala fe, se amparó en esta triquiñuela.



lunes, 11 de marzo de 2019

(Día 775) Pizarro cree que Belalcázar ha sobrepasado las competencias que le había concedido, y le encarga a Lorenzo de Aldana que lo frene. Le da, para ello, amplios poderes, y le pide que lo traiga preso. Le dice que los vaya mostrando gradualmente.


     (365) La situación era compleja y muy delicada. Por no poder Pizarro abarcarlo todo, había nombrado a Belalcázar como su lugarteniente en la lejana zona de Quito, con poderes para seguir descubriendo nuevas tierras ‘más allá’ de los límites de su gobernación, algo legítimo porque todavía era zona de nadie. Tenían permitido avanzar y someter nuevos territorios, para luego obtener sin dificultad por parte del Rey  el derecho oficial de ocupación. Como se suele decir, Belalcázar era mucho Belalcázar, y, a nada que se descuidase Pizarro, podría maniobrar para que Carlos V le adjudicara los derechos sobre lo que él fuera conquistando. En ese tipo de lugares imprecisos casi siempre hubo graves problemas, y la pujanza de Belalcázar era extraordinaria. Pizarro le va a confiar la difícil misión de frenarlo a Lorenzo de Aldana, un hombre con historial muy brillante, como ya he comentado anteriormente, y que ahora va a tener un protagonismo de alto nivel.
     Pizarro habló con Aldana quejándose de que Belalcázar había sobrepasado sus competencias como lugarteniente suyo en la zona de Quito, “tomándose muchas libertades, sacando de allá muchos millares de indios para los descubrimientos que hizo, y, aunque prometió obedecerle, prendió a Pedro de Puelles sin su permiso, y tenía pensamientos de hacerse con el gobierno de aquella tierra con la conformidad que le daría la gente que con él andaba, por el poco castigo que les hacía dejándolos a su libre voluntad (era cierto que Belcázar miraba para otro lado ante los desmanes de sus hombres). Le dijo también que, si no fuera por las discordias que había entre él y Almagro, iría personalmente a poner remedio en aquella tierra, castigando al capitán Belalcázar por su mal propósito, y que, teniendo esperanza de que él (Aldana) haría lo que le mandase, le quería enviar con poderes largos para actuar en aquel territorio, y para apresar al capitán Sebastián Belalcázar y enviarlo a la Ciudad de los Reyes para que él, como Gobernador, le hiciese justicia. Lorenzo de Aldana respondió que él había venido de España a servir a Su Majestad, y que, si él le podía servir en aquella misión, estaba presto a hacerlo”.
     Pizarro mandó preparar unos despachos para Aldana, con la orden de que los utilizara con mucha prudencia, sin  apresurarse a descubrir todo su alcance. Veremos enseguida que esa cautela ‘la bordó’: “Le entregó a Aldana tres despachos, muy convenientes para el negocio que tenía que hacer, dándoselos con gran secreto para que nadie supiera por entero lo que llevaba”. Cada documento le asignaba una competencia de distinta importancia y Aldana los fue mostrando gradualmente, desde el más simple hasta el de mayores consecuencias, porque Belalcázar era temible en su capacidad de reacción y de liderazgo: “Le dio a Aldana una provisión nombrándole juez de comisión entre Belalcázar y Pedro de Puelles (al que podría poner en libertad). Quería el Gobernador Pizarro que Aldana llegase a la provincia de Quito mostrándose solamente como juez de comisión para que Belalcázar no se pusiese en armas”. También llevaba Aldana provisiones para varios capitanes, nombrándolos tenientes de las ciudades. Con ello intentaba Pizarro igualar su autoridad con la de Belalcázar: “Se las mandaba para que, con el deseo de no ser inferiores a Belalcázar, se mostrasen de su parte (la de Pizarro)”.

     (Imagen) SEBASTIÁN DE BELALCÁZAR va a figurar a partir de ahora con un gran protagonismo, porque, además de llegar a ser Gobernador de Popayán (Colombia), también aparecerá su figura en las guerras civiles luchando al servicio del Rey, bajo el mando de Pedro de la Gasca, contra Gonzalo Pizarro. El documento de la imagen (fechado en Lovaina el año 1540) es el primer folio de unas nuevas capitulaciones de Carlos V con Belalcázar, ya como Gobernador de Popayán, un año antes de que muriera Pizarro. El Rey le reconoce que ha conquistado y fundado a su costa las ciudades de Popayán, Anserma, Guacacayo y Neiva, todas en la provincia colombiana de Popayán (el gran Gonzalo Jiménez de Quesada, que ya había fundado Bogotá, consiguió evitar en 1539 que se apoderara de la ciudad). Además, el Rey deja constancia de que Belalcázar le ha comunicado que “tiene noticias de otras provincias que hasta ahora no han sido descubiertas”, y, puesto que Belalcázar le pedía que le otorgase licencia para ir a conquistarlas, se lo concede y le detalla con qué derechos y obligaciones (en un total de 17 folios). En 1546 Belalcázar cometió el error y la brutalidad de ejecutar al ejemplar Jorge de Robledo (a quien siempre admiró Cieza, que lo tuvo como capitán). Por eso y por malos tratos a los indios, lo procesaron y fue condenado a muerte. Apeló la sentencia y se puso de camino hacia España para defender su causa, pero murió de enfermedad, en 1551, cuando iba a embarcar en Cartagena de Indias. El Destino es caprichoso: ejecuta antes de que se resuelva la apelación de una condena a muerte.



sábado, 9 de marzo de 2019

(774) Cieza nos traslada a Quito, porque Pizarro temía que Belalcázar le quitara allá poderes. Habría ido él en persona a poner orden, pero, absorbido por el conflicto con Almagro, le confiará la tarea a Lorenzo de Aldana.


     (364) Las informaciones sobre los movimiento del enemigo llegaban a ambos bandos: “Presos Tomás Vázquez y Antonio de Orihuela, Rodrigo Orgóñez supo por ellos cómo el Gobernador Pizarro, con toda su gente, bajaba a los llanos para, desde Nasca, subir a los Lucanes y volverse al Cuzco. Orgóñez fue a comunicárselo al Adelantado Almagro, que estaba muy agravado de la enfermedad que tenía; cuando tuvo las noticias, decidió con sus capitanes ir a Vilcas para conseguir provisiones. Por entonces ya había llegado Diego de Alvarado al Cuzco, le hizo saber a Gabriel de Rojas que Pizarro venía contra ellos, y le dijo que se aparejasen con sus armas y caballos para defenderse de la ira de Hernando Pizarro y para ayudar al Adelantado D. Diego de Almagro”.
     Es habitual en Cieza suspender la narración de lo que ocurre en un sitio para trasladarse a otro, por estar, al mismo tiempo, sucediendo allá hechos muy importantes. Temía que esto le incomodara al lector, y solía disculparse, pero haciéndole ver que era necesario para tener una visión de conjunto. Abandona de momento la zona del Cuzco y nos lleva bien lejos: “Dejado esto, hablaré de las órdenes que el Gobernador Pizarro dio para las provincias de Quito, porque fue en ese tiempo, e luego daré fin a lo que he escrito sobre la guerra de las Salinas”. En este caso concreto, tanto lo contado como lo que nos va a mostrar, aunque se iba produciendo a más de mil kilómetros de distancia, estaba entremezclado en un mismo escenario: el alma atormentada del anciano Francisco Pizarro. Nos traslada, pues, ahora a Quito, donde Belalcázar, seguro de ser entonces una luminosa estrella ascendente, daba muestras de  querer independizarse de la galaxia Pizarro: “Aunque las cosas estaban tan enconadas en las provincias de acá arriba, no por eso Pizarro dejaba de tener pena al saber que Belalcázar quizá quisiese gobernar las provincias equinocciales (ecuatoriales, incluida parte de la Colombia actual), e que aspirase a que Su Majestad le hiciese gobernador de aquella parte que él (Pizarro) le había mandado conquistar”.
     A pesar de la distancia, Pizarro ya tenía datos para desconfiar de la lealtad del gran Belalcázar: “Viendo el Gobernador Pizarro cuán mal le miraba Belalcázar, pues no solamente no acudía a su llamada (le había mandao aviso de que le ayudara para luchar contra la rebelión de Manco Inca), sino que pretendía el gobierno de la provincia de Quito, si las alteraciones que él (Pizarro) tenía con el Adelantado Almagro hubieran cesado, habría ido personalmente a Quito, y con todas sus fuerzas procuraría tener en sus manos al capitán Belalcázar”. No solo le preocupaba a Pizarro la posible rebelión de Belalcázar, sino también el hecho cierto de “la disminución de indios que había habido en las ciudades de Popayán y Cali (actual Colombia)”. Probablemente se debía a la dureza de Belalcázar en sus conquistas. El plan de Pizarro era el siguiente: “Teniendo deseo de que Su Majestad le hiciese merced de que las provincias de Quito y las de su comarca fuesen gobernadas por su hermano Gonzalo Pizarro, puso sus ojos en Lorenzo de Adana, diciéndole que le quería confiar el negocio de más importancia que en todo el reino había”.

    (Imagen) Tirando del hilo de la imagen anterior, salen datos muy interesantes sobre distintos acontecimientos de Perú. La nueva imagen corresponde a otro expediente de méritos y servicios. Lo presenta en 1561 Francisco de Valverde, y empieza contando los de su padre, llamado igual que él. Dice que su mayor mérito fue luchar contra Francisco Hernández Girón (como acabamos de ver, el último rebelde) bajo la bandera del capitán Miguel de la Serna. Luego confirma todo lo que detallaba la imagen anterior. Lo vencieron en la última de las batallas, la de Pucará, y lo persiguieron después hasta el valle de Jauja, donde lo apresaron. Habla de los gastos económicos su padre, que, además, murió después al servicio del Rey, y, para hacer más fuerza en su petición de una merced, añade los méritos que tuvo un hermano de su padre. Resulta que se trataba, ni más ni menos que de Fray Vicente de Valverde, el que provocó la ira de Atahualpa cuando le puso un libro eclesiástico en la mano. Ya nos contó Diego de Urbina cómo murió el reverendo, pero su sobrino añade un dato macabro: “Fue el primer obispo que pasó al Perú en compañía de Don Francisco Pizarro, y el primero que comenzó a predicar nuestra santa fe católica, al cual mataron los indios con otros dos primos suyos (del obispo; mataron a más de treinta hombres), a los cuales, los indios los comieron asados”. De Miguel de la Serna, quien, como sabemos, fue el capitán que acabó con el último rebelde, habrá que decir que también tuvo su época de amotinado, puesto que había luchado junto a Gonzalo Pizarro contra el virrey Blasco Núñez Vela. Vaivenes muy propios de aquellas peligrosas guerras civiles, en las que cada uno era, sobre todo, fiel a sí mismo.



viernes, 8 de marzo de 2019

(Día 773) Hernando Pizarro le pide a su hermano que le confíe el ataque contra Almagro en el Cuzco, y Pizarro accede encantado; en consecuencia, lo nombra Capitán General de sus tropas. Todos sus asesores se muestran conformes.


     (363) Este ansioso y fracasado intento de derrotar a Almagro y desposeerle del Cuzco va a provocar un cambio importante en el ejército del cansado y envejecido Pizarro, fortaleciéndose con el impulso guerrero de su hermano. Porque a este se le podían reprochar muchos defectos, especialmente su prepotencia y pocos escrúpulos, pero no el de la cobardía: “Hernando Pizarro, viendo que Almagro ya estaría en la ciudad del Cuzco, donde debería terminar la guerra, le aconsejó a Pizarro que le confiase aquella misión para ir en persona a recuperarla, y para que los jueces de la ciudad lo reconociesen como Gobernador en nombre de Su Majestad, y para castigar a Almagro si tratara de impedirlo”. El siguiente párrafo de Cieza muestra a Pizarro sacando de su interior toda la rabia que tenía contenida contra quien fuera durante tantos años su gran amigo y magnífico socio: “Como el odio que el Gobernador tenía ya contra Almagro fue mucho y en tanta manera lo aborrecía, no solamente deseaba lo que su hermano le aconsejaba, sino que decía que su gobernación (la de Pizarro) llegaba hasta el Estrecho de Magallanes, e que con la punta de la lanza había de impedir que se lo arrebatase Almagro o cualquier otra persona que lo intentase sin permiso del Rey”.
     Después Pizarro habló con su gente de confianza para formalizar lo que Hernando Pizarro quería: “Consultó con el Capitán Alonso de Alvarado, Diego de Agüero, el padre García Díaz, fray Juan de Olías, D. Pedro Portocarrero, Antonio Picado, su secretario, Peransúrez y otros sobre que, por verse viejo, muy cansado e lleno de enfermedades, tenía determinado nombrar a su hermano Hernando Pizarro Capitán General, para que, si Almagro tuviese sujetos a los jueces de la ciudad del Cuzco, le compeliese a salir de ella con la fuerza de las armas. Todos respondieron que, puesto que su intento era servir al Rey, ellos lo aprobaban e le aconsejaban que, pues su vejez era mucha e tan cansado estaba, se volviese a la Ciudad de los Reyes y diese su poder a Hernando Pizarro y comisión para que fuese conquistando la tierra y tuviese en su poder el Cuzco como antes. Y así se hizo”. Luego, como era lógico dado que el enfrentamiento militar estaba en marcha, se rompió también el compromiso con Almagro de que Hernando Pizarro, tras ser liberado, partiera para España: “A Don Francisco Pizarro le pareció que era tiempo de ir a entregar a Su Majestad el tesoro que había en estos reinos, y, por consejo de Hernando Pizarro, acordó enviar a España aquel oro con Diego de Funmayor, hermano del licenciado Funmayor, presidente de la Audiencia de la isla Española”. Este presidente, cuando Pizarro le pidió refuerzos para sofocar la rebelión de Manco Inca, le había ayudado con una tropa que llegó a Perú bajo el mando del futuro conquistador de Chile, Pedro de Valdivia (al que acabamos de ver al lado de Pizarro), quien, como ya sabemos, era un capitán muy fogueado en peligrosas aventuras por la costa atlántica de Venezuela y Colombia, después de haber estado en la guerras de Italia. Queda claro también que la ostentosa exhibición que habían hecho Pizarro y su hermano Hernando (con promesas de por medio) de que este partiría sin falta hacia España, fueron un teatral montaje. El único objetivo sagrado era derrotar a Almagro, y, para ello, Hernando Pizarro resultaba imprescindible.

     (Imagen) También es casualidad… Busco algún dato más en PARES sobre PEDRO DE PORTOCARRERO, de quien acabamos de ver que fue el segundo marido de María Escobar, la viuda de Francisco de Chaves, y lo encuentro mencionado en un documento de gran importancia histórica. Y, de propina, también nos muestra a otro recientemente conocido: JUAN TELLO DE SOTOMAYOR. La trascendencia del escrito (el de la imagen) radica en que nos certifica el fin de todas las guerras civiles, en diciembre de 1554, con el apresamiento del último gran rebelde: FRANCISCO HERNÁNDEZ DE GIRÓN. Resumo el texto: “Yo, el escribano Juan de Padilla, doy fe de que en esta Ciudad de los Reyes, el día cuatro de diciembre de 1554, el maestre de campo Don Pedro Portocarrero, con mucha gente, y los capitanes Miguel de la Serna y Juan Tello de Sotomayor traían preso a Francisco Hernández Girón, y el dicho maestre de campo me pidió a mí que diera testimonio de cómo le traía preso, al cual le metieron luego en la cárcel los capitanes Juan Tello y Miguel de la Serna con una cadena al pie, y después dijeron que ellos habían salido del Cuzco con provisión de Su Majestad de lo prender y castigar, y lo habían apresado en el valle de Jauja, de donde lo traían, y lo entregaron al alguacil Lope Hernández, y el capitán Gómez Arias, que estaba presente, dijo que los capitanes Juan Tello y Miguel de la Serna se lo habían entregado, y yo di testimonio de todo ello. Y fueron testigos de ello Juan de Argama, Hernando Pantoja, Diego García de Trujillo, Álvaro de Santana y otra mucha gente”. Fue condenado y ejecutado casi de inmediato. Después, su mujer y su madre se recluyeron en un convento de por vida.



jueves, 7 de marzo de 2019

(Día 772) En su marcha, los de Pizarro exhibían las banderas de la Corona. La altura de la montaña y la nieve les creaban muchas dificultades. Orgóñez cometió el error de no atacarles entonces. Los de Pizarro se retiran para reforzarse. Juan de Guzmán escapa de la prisión pizarrista.


     (362) En su persecución a Almagro, los de Pizarro hicieron alarde de que su causa era la que respetaba la autoridad del Rey: “Fueron siguiéndole llevando delante de sí las banderas; e para justificar más su causa y dar a entender que luchaba al servicio del Rey, traía en su ejército el Gobernador Pizarro el estandarte Real, en el cual venían esculpidas las armas Reales y el águila imperial del César, como  si por su mandato e voluntad se hicieran aquellas guerras. Iban a la ligera, sin llevar tiendas en las que guarecerse del frío y de la mucha nieve que caía. Sobrevínoles otro trabajo mayor, pues todos los más, con el viento tan recio que venía, se mareaban hasta provocarles vómito (probablemente se trataba del ‘soroche’ o mal de altura andino). Hubo tan recias tormentas de nieve, que fue gran ventura que no quedaran todos helados. Con gran razón se dice que no hay en el mundo guerra más cruel que la que se da entre los de una misma nación”
     Y, cosa rara en él, Orgóñez cometió un error. “El capitán Vasco de Guevara, Cristóbal de Sotelo y otros muchos decían que, puesto que ellos estaban descansados, había que volver contra los de Pizarro, y que les sería fácil desbaratarlos. Orgóñez les respondió, según dicen, que bien estaba él durmiendo a su placer, y otras cosas. Se tiene por cierto que fue la causa de que no fuesen desbaratados los de Pizarro, pues no hay duda de que los habrían vencido por venir los de Pizarro tan fatigados. Cuando partieron de allí, los de Almagro llegaron adonde estaba la gente de servicio (los indios que llevaban el fardaje), y se aposentaron en las tiendas que hallaron puestas”.
     La prueba de que Orgóñez cometió un error al no atacar, se muestra evidente por el hecho de que Pizarro y sus hombres, tras pasar agotados y cubiertos de nieve una noche de perros en un descampado por no llevar tiendas, y viendo que no habían podido alcanzar a Almagro, decidieron volver al valle de Ica para organizar su estrategia. Cieza comenta: “E ciertamente, si la noche que Pizarro durmió en aquel despoblado se tomara el consejo de Vasco de Guevara y Cristóbal de Sotelo, lo habrían desbaratado a él y a toda su gente sin mucho riesgo. Antes de volverse, Pizarro mandó al capitán Diego de Agüero que fuese con veinte de a caballo para ver lo que hacían los de Almagro. Yendo con su misión, fue visto por sus contrarios, y, al saberlo Orgóñez, mandó poner algunos hombres en una emboscada para poder prender a algunos de ellos.
Cuando Diego de Agüero y sus hombres tropezaron con los de la celada, fueron atacados, y resultaron presos Tomás Vázquez y Antonio de Orihuela. Los demás se retiraron, y, dando mucha prisa a sus caballos, alcanzaron al Gobernador Pizarro, que ya se iba; le pesó lo ocurrido, y bajaron al valle de Ica. Sucedió por entonces que Juan de Guzmán, que había quedado preso en Lima, se escapó de la prisión y fue a juntarse con Almagro”.
     (Imagen) ANTONIO DE ORIHUELA se mantuvo siempre fiel a Pizarro, y ahora vemos que lo acaban de apresar los hombres de Almagro. Pronto va a estallar la guerra de las Salinas, y, derrotado Almagro, Orihuela se incorporará de nuevo a las tropas pizarristas. Luego tendrá la suerte de volver a su tierra salmantina rico y heroico, y, tras disfrutarla, saldrá de nuevo para las Indias en 1540, como consta en el documento de la imagen, en el que el Rey le concede lo siguiente: “Doy licencia a vos el capitán Antonio de Orihuela para que de estos Nuestros Reinos podáis pasar a las Indias cuatro esclavos negros para servicio de vuestra persona y casa, yendo vos en persona a las dichas nuestras Indias, y no de otra manera, e habiendo primeramente pagado (por la licencia) dos ducados por cada uno de ellos”. Como ya dije, al llegar a las Indias, supo que Pizarro acababa de ser asesinado, insultó con valentía públicamente a los almagristas por su crimen, y lo mataron a él también. Rastreando en PARES, veo algunos datos más. Tenía otros dos hermanos en Perú. Él llegó en 1527 con uno de ellos, Alonso, y fueron registrados en el embarque como “naturales de Salamanca, hijos del bachiller Rodrigo de Orihuela y de Petronila de Cabezuela”. En 1557 se dio orden de que “se traigan a la Casa de la Contratación de Sevilla los bienes que reclaman la priora, monjas y Monasterio de Santa María Magdalena del Barco de Ávila, e Isabel de Orihuela y María de los Santos, monjas profesas en ese monasterio,  hermana y sobrina de Alonso, Antonio y Diego de Orihuela, difuntos en Perú, que habían mandado al monasterio 2.000 pesos (como dote de ellas) y nunca llegaron, para que se cobren de los bienes que de ellos quedaron”.



miércoles, 6 de marzo de 2019

(Día 771) En el primer encuentro, fue fácil para los de Pizarro hacer huir a sus contrarios. Cieza niega que Francisco de Chaves traicionara a Almagro, quien quedó muy deprimido por el incidente, pero, tras reforzarse en la sierra, recuperó el coraje a la espera del ataque.


     (361) Orgóñez contaba allí con doscientos cincuenta hombres. Y tuvo que decidir con sus capitanes qué hacer: “Les pareció algunas veces que sería cosa acertada volverse contra los enemigos, batallar con ellos y vencerlos o perder la vida. Pareciéndole a Orgóñez que más sería temeridad que acto de fortaleza, dijo a todos que se retirasen. Y los Pizarro subían con toda prisa muy contentos de ver qué cosa tan fácil les fue ganar el paso que tanto temían, diciendo que ya la fortuna de Almagro se había acabado, pues con tanto descuido y flojedad habían perdido un sitio tan fuerte”.
     Orgóñez le mandó a Almagro mensajeros para darle la mala noticia: “Al conocerla, fue grande la turbación que recibió, e pareciéndole que ya veía venir a Hernando Pizarro con su ejército, mandó a sus hombres que partiesen a toda prisa para juntarse con Orgóñez. Caminaron él y su gente toda la noche, haciendo muy grandísimo frío, y al otro día, a la hora del mediodía, se juntaron Almagro y Orgóñez con toda su gente, e hicieron alto”.
      Hay que precisar algo sobre un comentario de Cieza: “Se dijo entonces que el capitán Francisco de Chaves había tenido trato con los Pizarro para que pudiesen ganar el alto de Guaitara. Unos lo afirman por verdad, y otros lo niegan, y aun dicen sobre esto que, al tiempo en que D. Diego de Almagro el Mozo mató al Marqués Don Francisco Pizarro, le dijo Francisco de Chaves: ‘Ninguno me la hizo que no me la pagase, e una me hizo vuestro padre y bien me la pagó’. Lo que fue, yo no lo sé, pero lo que yo creo es que Francisco de Chaves no supo que los Pizarro llegaban, ni que se carteara con ellos, porque jamás hubo amistad entre ellos”. Ese ‘jamás’ tiene que referirse solo a aquellos tiempos, ya que después la amistad llegó a tal extremo que Chaves murió al lado de Pizarro cuando lo asesinaron, cosa que Cieza no podía desconocer.
     “Ganado el paso de Guaitara Alonso de Alvarado le dijo a Hernando Pizarro que deberían aguardar a que el Gobernador subiese a lo alto con el resto de la gente para oír su consejo, y le pareció bien. Al cabo de un tiempo llegó el Gobernador con su gente, y se alegró mucho de ver que sus capitanes habían ganado el alto sin derramar sangre. Luego se acordó por todos ellos seguir a Almagro. Según caminaban vieron venir a toda prisa a dos hombres, los cuales, pareciéndoles que no iban muy seguros con Almagro, lo abandonaron. Se llamaban Manjarres y Sancho de Reinosa, y dijeron que Almagro iba hacia el Cuzco. Al saberlo el Gobernador y sus capitanes, determinaron ir siguiéndolo porque creían que lo podrían desbaratar. El Adelantado Almagro y sus capitanes habían hecho alto en un despoblado, donde había gran cantidad de nieve, que no poca fatiga le daba porque ya era anciano y estaba enfermo de bubas (además de los achaques parecidos a los de Pizarro, se había contagiado de sífilis). Todos sus hombres estaban puestos a punto de guerra, con gran decisión, unánimes y conformes, no importándoles nada el frío e los crecidos cerros de nieves, entre las cuales estaban metidos. Aguardaron todo un día e una noche al enemigo para dar la batalla. Los alféreces tenían las banderas, y los caballeros más principales estaban siempre junto al Adelantado”.

     (Imagen). Pongo una imagen que está relacionada con la anterior porque hace referencia a alguien que había participado en el supuesto crimen del que acusaban a Pedro de Valdivia. Se trata de otro gran conquistador, JERÓNIMO DE ALDERETE, nacido en Olmedo (Valladolid) el año 1516. Les unía una vieja amistad porque habían luchado juntos en las guerras de Italia. Alderete se fue a la conquista de Chile con Pedro de Valdivia, quien decía quererle como a un hijo y decidió que, en caso de necesidad, le sucediera como gobernador. El año 1553 volvió a España trayendo oro para el Rey. Llegó poco después la noticia de la horrible muerte de Valdivia, y, cumpliendo los deseos del difunto, el Rey decidió nombrar en 1555 Gobernador de Chile a Jerónimo de Alderete, e incluso le concedió la dignidad de Caballero de Santiago. Todo ello es una prueba clara de que fue archivada la denuncia que puso contra Valdivia y Alderete la viuda María de León por robar y asesinar a Juan Pinel, su marido. En 1556, partió hacia Chile Jerónimo de Alderete saboreando su poder y sus dignidades. Llegó a Panamá. Volvió a embarcar en la costa del Pacífico, su barco naufragó a poca distancia, fue uno de los tres únicos supervivientes, alcanzó la pequeña isla de Taboga y murió abatido por las fiebres. En la carta de la imagen, los chilenos le piden al Rey que nombre con urgencia un nuevo gobernador, porque “se ha tenido noticia de que el gobernador Don Jerónimo de Alderete ha fallecido en la isla de Taboga el 7 de abril de 1556, a cuatro leguas de la ciudad de Panamá (y hay graves disputas entre quienes pretenden el cargo)”.



martes, 5 de marzo de 2019

(Día 770) Uno de los de Pizarro se pasa al bando de Almagro y le da informes. Los pizarristas inician la marcha para atacar a Almagro. Un grupo de almagristas, sorprendidos por su llegada, huyen, pero cinco son apresados.


     (360) Surge entonces con mucho protagonismo en el bando de Pizarro el gran Pedro de Valdivia, futuro conquistador de Chile, a quien lo nombra Maestre de Campo de su ejército, y quien, en palabras de Cieza, “era muy entendido en la malicia de la guerra”. Nos cuenta también una anécdota sobre un pequeño traidor: “Un soldado llamado Encinas, por codicia de tener dineros, se aventuró a un muy gran trabajo y fea hazaña, quien, yendo al campo de Almagro, le dio cuenta de que Juan de Guzmán y Diego Núñez de Mercado estaban presos, y de que los de Pizarro iban a tratar de desbaratarle. Almagro mandó darle dos  mil pesos de oro, y Rodrigo Orgóñez proveyó de más gente los altos de Guaitara. Los del Gobernador Pizarro llegaron hasta el principio de la sierra. Se acordó que quedase allá el Gobernador  con doscientos hombres (lo que indica que Pizarro estaba envejecido),  que todos los demás siguiesen a los capitanes Hernando Pizarro y Alonso de Alvarado, yendo por delante los dos que habían ido a ver la disposición de la sierra. Había dos caminos para subir a lo alto de Guaitara. Se decidió que por uno de ellos fueran con sus hombres, y guiados por Fabián González,  Hernando Pizarro, Alonso de Alvarado, Diego de Rojas, Pedro de Vergara, Peransúrez y Gonzalo Pizarro, dejando en los llanos los caballos porque no podían hacer con ellos cosa ninguna. Por el otro camino fueron el Maestre de Campo Valdivia, el capitán Castro, Diego de Urbina, Ruy López, Orihuela y otros muchos, llevando por guía a Lope Martín”.
     Con la típica determinación de aquellos conquistadores, subieron la penosa sierra dispuestos a todo, aunque ahora los enemigos no eran los indios, sino otros veteranos conquistadores, antiguos compañeros suyos y con su mismo empuje: “Por ser la subida muy larga y dificultosa, hubo algunos capitanes que, de cansados, no pudieron llegar hasta lo alto, pero, aunque el camino estaba cortado, los que iban con Valdivia y Castro alcanzaron la cumbre de la gran sierra. Los de Almagro tenían centinelas y gran cantidad de piedras juntas para arrojarlas si viesen al enemigo. Pero como los pocos de Pizarro que subieron comenzaron a decir a grandes voces ‘Pizarro, Pizarro’, los que vigilaban, creyendo que les llegaba toda la potencia de Pizarro, salieron huyendo. También Francisco de Chaves y Salinas habían desamparado sus puestos, y lo mismo habían hecho Paullo Inca y sus indios. Como los de Almagro se iban retirando desacordados y con gran temor, dejaban muchos caballos y armas para ir más ligeros. Los de Pizarro, viendo que huían, los iban siguiendo, y prendieron a cinco de ellos”.
     Nada le podía haber afectado más al bravo Orgóñez que aquella desbandada: “Francisco de Chaves llegó adonde estaba Orgóñez, que iba a ver con cien de a caballo lo que había en lo alto, y, cuando supo que había sido tomado por los de Pizarro, le pesó en gran manera, e pelábase las barbas con gran rabia, diciendo muchas palabras feas contra Francisco de Chaves, y se acusaba a sí mismo de haber perdido aquel paso por fiarse de un hombre temeroso y sin confianza, pues, si fuera experto en la guerra, habría sido imposible que los de Pizarro lo tomaran tan fácilmente”.

     (Imagen) Sale a escena la figura del extremeño PEDRO DE VALDIVIA (nacido en 1497), a quien ya le he dedicado varios espacios. Después se convertirá en Chile en otro de los más grandes, como Cortés en México, Pizarro en Perú y Gonzalo Jiménez de Quesada en Colombia, de los cuales, él y Pizarro murieron trágicamente. Ahora le vemos al servicio de Pizarro, quien le recompensó confiándole la durísima campaña de Chile, de donde regresó temporalmente (muerto ya Pizarro) para ayudarle al gran Pedro de la Gasca en su lucha contra la rebelión de Gonzalo Pizarro. Siguió luego triunfando en Chile, y el año 1553 lo mataron los araucanos de forma horrenda. Pero es posible que su grandeza no estuviera reñida con la miseria moral. Una viuda desesperada (y sus hijas) denunció a Valdivia por haber participado en el asesinato de su marido. No parece que fuera un montaje, porque la demanda la hizo desde Granada y con testigos. En el documento de la imagen el Príncipe Felipe (el futuro Felipe II) manda que se los escuche. Según la reclamación, hacia 1548, cuando Juan Pinel, el marido de la viuda, María de León, se disponía a volver a España  desde Valparaíso, Pedro de Valdivia y otros cómplices lo maltrataron y le quitaron el oro que tenía en el barco de partida. Pinel se lo reclamó después, y, esta vez, lo mataron a garrote vil. Sabiendo la viuda que hubo testigos de los hechos, pidió que declararan. Es probable que no hubiera condena, y por dos razones: porque Valdivia ya había muerto y porque, siendo el Gobernador de Chile, no se puede descartar que el robo fuera en realidad una requisa por haber cometido Juan Pinel algún delito previo.



domingo, 3 de marzo de 2019

(Día 769) Pizarro retiene presos a los dos emisarios de Almagro. Manda también espías para ver por dónde se le puede atacar. Con la información, Hernando Pizarro le pide a Pizarro que dé la orden de entrar en combate, y lo acepta.


     (359) A Pizarro le leyó la provisión un escribano: “Después de haberlo oído, dijo que se les tuviese allí hasta que él otra cosa mandase, e los dejó bajo la guardia de algunos de a caballo. Y de esta suerte fueron detenidos Juan de Guzmán y el licenciado Castro”. Su situación empeoró cuando Pizarro tuvo noticias de las andanzas de Rodrigo Orgóñez: “Supo que Rodrigo Orgóñez había apresado y matado a algunos de sus hombres (otro paso en la fatal escalada), y, mandando que trajesen a Juan de Guzmán y al licenciado Castro, les fueron echados grillos y cadenas”.
     Para conocer los posibles movimientos militares de los contrarios, Pizarro tomó sus precauciones: “Mandó a Lope Martín y a Fabián González que fuesen con tres indios naturales de aquella provincia para que mirasen los dos caminos que iban a salir a Guaitara, donde tenía asentado su real Almagro, y que volviesen a darle aviso de todo ello, para que él decidiese lo que convenía hacer. Se ofrecieron a hacer lo que les mandaba, y partieron al cuarto del alba con los tres indios, dándose tanta prisa que subieron hasta lo alto de de la sierra, que serían dos leguas de camino, cuando amanecía. Después de ver que allí había gente de los enemigos, las dificultades del camino y por dónde se les podía atacar, dieron la vuelta, y, a todo correr, comenzaron a huir por el camino por el que habían venido para no ser apresados por sus enemigos, que ya les habían oído y los perseguían, mas no los pudieron alcanzar. Llegaron al valle de Lima y avisaron al Gobernador Pizarro de que se podría ganar aquel paso, aunque con gran dificultad e con muerte de alguna gente. Hernando Pizarro les dijo que no lo contasen en el real, porque él pensaba prepararse ya para ir a ganar aquella posición”.
     En el campo contrario, también reinaba el nerviosismo: “Los de Almagro, como vieron que no volvían Juan de Guzmán y el licenciado Castro, imaginaron que estaban presos. Rodrigo Orgóñez mandó a Francisco de Chaves e a Salinas que tuviesen gran cuidado en guardar la parte alta para que no la ganasen los enemigos, y él se fue adonde estaba asentado su real”.
     Sabio consejo, porque los de Pizarro lo iban a intentar: “Después de traer Lope Martín y su compañero las noticias de lo que habían visto  de lo dificultoso que sería ganar la cumbre de la sierra,  Hernando Pizarro y los demás capitanes le dijeron al Gobernador Pizarro que ya era tiempo de mostrar a los de Chile cuán errados habían andado, y de castigarlos por todo el atrevimiento que habían tenido, y que se debía ya mandar a la gente que se preparara para irles a ganar lo alto de Guaitara. Respondioles el Gobernador que se hiciese así, porque le contentaba mucho”. De manera, pues, que, de mal en peor, llegamos al punto en el que la escalada militar va a ser imparable. Estallará la batalla de las Salinas, en la que Almagro, hasta ahora triunfador en los encontronazos anteriores y en su apoderamiento del Cuzco, lo perderá todo, incluso la vida (tres años más tarde, lo pagará Pizarro con la suya).

     (Imagen) No vendrá mal familiarizarse con los nombres de los principales protagonistas de las guerras civiles haciendo referencia a hechos que veremos posteriormente. Tras haber adelantado que FRANCISCO DE CHAVES murió asesinado junto a Francisco Pizarro en 1541, toco otro asunto posterior a través de un expediente de PARES del año 1552. El escrito de la imagen es la primera página, y cuenta lo siguiente: La viuda de Chaves, María de Escobar, y su nuevo marido, Don Pedro Portocarrero, pleiteaban porque se les había quitado una encomienda de indios. Él decía que tenía otras concedidas (en el Cuzco) “por los muchos servicios que había hecho y hace”. Pero también se le había dado otra encomienda (en Lima) a FRANCISCO DE CHAVES, “marido que fue de la dicha María de Escobar, en la cual sucedió ella por no quedar hijo ninguno del dicho su marido, y el licenciado Vaca de Castro, Gobernador de aquella tierra, se la reconoció por nuevo título, y la tuvo pacíficamente ella y su marido (Portocarrero) por mucho tiempo. Y estando así, el licenciado Pedro de la Gasca, Presidente que fue de aquellas tierras, Obispo que al presente es de Palencia, sin oírles, los despojó de la encomienda de la dicha María de Escobar y se la entregó al Arzobispo de Lima, Fray Jerónimo de Loaysa”. El gran Pedro de la Gasca no solo era un hombre muy hábil y valiente, sino también justo. Es muy probable que, tras derrotar a Gonzalo Pizarro, quisiera saldar viejas cuentas, y, aunque Chaves llevaba unos diez años muerto, quizá viera en él pruebas de haber sido desleal a la Corona. Por otra parte, no cabe duda de que la encomienda quedaba en buenas manos, las de otro tipo excepcional, el arzobispo Loaysa.



sábado, 2 de marzo de 2019

(Día 768) Nuevo incidente. Los de Pizarro apresan a dos jinetes almagristas. Almagro decide enviar mensajeros a España para informarle al Rey de lo que ocurre. Pero necesita que Pizarro les permita embarcarse.


     (358) Necesitaban provisiones las dos tropas, así que volvieron a salir, pero ahora con mayor número de soldados, y siendo conscientes de que estaban envueltos en los inicios de una guerra civil tácita: “Rodrigo Orgóñez salió con setenta de a caballo y treinta de a pie, y, por la parte contraria, Gonzalo Pizarro y Diego de Rojas con cien hombres de a caballo”. Orgóñez se enteró de que se le acercaban  los de Pizarro, y creyendo que eran superiores en número, dio la vuelta para evitar el enfrentamiento, quedando en manos de los contrarios todas las provisiones que habían obtenido.
     Tras estas dos escaramuzas iniciales, se dio un pasito más en el proceso de destrucción de la paz: “Hernando Pizarro y Alonso de Alvarado dijeron al Gobernador Pizarro que sería una cosa sensata enviar algunos hombres ligeros que estuviesen en emboscada, y, si viesen corredores, los prendiesen para saber lo que Almagro intentaba hacer. Pizarro mandó hasta veinte soldados de a pie con orden de que se pusiesen a cubierto en una sierra, porque Francisco de Chaves (capitán de Almagro) enviaba todos los días hombres para que mirasen si por ventura los de Pizarro venían hacía ellos. Había mandado Francisco de Chaves a dos de a caballo y cuatro de a pie para vigilar, y, mientras iban caminando muy sin sospecha, los de Pizarro estaban encubiertos por la espesura de los árboles, e uno de ellos, que se llamaba Lope Martín, subido en un algarrobo, les vio venir, y avisó  sus compañeros, los cuales dejaron que llegaran hasta ellos, y en el momento oportuno, arremetieron, e, como el camino era áspero, los de Almagro no pudieron defenderse de sus manos, ni pudieron evitar ser apresados. Los de a pie venían por fuera del camino, y se arrojaron al río, ahogándose uno de ellos”.
     La mecha encendida seguía avanzando fatídicamente  hacia el polvorín, y no tardando mucho lo haría explotar. Le llevaron a Pizarro a los dos presos y dio orden de que los retuvieran vigilados en Lima. Los que habían escapado le pusieron al corriente a Almagro de lo ocurrido. Consultó con sus capitanes y decidieron informarle al Rey de la crítica situación por la que estaban pasando. Pero sería imposible enviarle el informe si Pizarro no lo permitía. Y, una vez más, intentaron una gestión condenada al fracaso de antemano: “Señalaron para ir a España al contador Juan de Guzmán, e, para que Pizarro no lo detuviese, le dieron una provisión firmada por la Emperatriz en la que mandaba que, si alguno quisiese informarla de cosas relativas a su servicio, lo pudiese hacer, so graves penas que pondría a quien lo quisiese evitar. Además la provisión también mandaba que los oficiales de la Real Hacienda, como lo era Juan de Guzmán, pudiesen ir siempre a dar esto avisos. Para que pudiese dar testimonio de lo que Pizarro respondiese, Almagro mandó que fuese con él el licenciado Castro, clérigo y notario apostólico”.
     Al tener noticia Pizarro de que los dos enviados se acercaban, salió a recibirles con mala cara: “Le dijo a Juan de Guzmán con alguna ira que a qué venían, y le respondió que a requerirle, con una provisión de la Emperatriz, que los dejase ir a España a avisar a Su Majestad de cosas que a su servicio convenían”.

     (Imagen) Puesto que, al hablar de Alonso Riquelme, se mencionaba en  la imagen anterior a su yerno JUAN TELLO DE SOTOMAYOR, un capitán de gran relieve, no estará de más ver una carta (la de la imagen) que este le dirigió al Rey suplicándole una ayuda. Tenía que ser ya muy mayor porque la envió en 1573. Habla de sus méritos (que resumo): Llegó a Perú en el tiempo en que se había rebelado contra el Rey Gonzalo Pizarro, quien le pidió que se uniera a él. Por no querer hacerlo, se vio muchas veces acosado por sus capitanes y en peligro de muerte, hasta que escapó dejando caer su hacienda en manos de Gonzalo, y se fue huyendo hasta Lima. Al tener noticia de que el presidente La Gasca había desembarcado, fue a ofrecerse al servicio de Su Majestad, y, haciendo señalados servicios, se halló en la batalla de Jaquijaguana, donde Gonzalo Pizarro fue derrotado y ejecutado. Se queja de que el presidente La Gasca debería haberle dado muchos repartimientos de indios que tenía su suegro Alonso Riquelme (concedidos por los grandes servicios que hizo en la conquista de aquellos reinos), ya que estuvo casado con su única hija y heredera, pero solamente le encomendó unos pocos indios. Sin embargo, no menciona que, al fallecer su mujer, alegó ser heredero suyo Francisco de Plasencia, como vimos, dejando al margen extrañamente a su marido. Juan Tello siguió sirviendo al Rey como capitán cuando se rebeló Don Sebastián (así era conocido), y más tarde luchó contra el último amotinado, el notable Francisco Hernández Girón, poniendo él siempre hombres y armas a su costa. Tras la relación de méritos, le pide al Rey una merced, indicando que todo se lo dejará en herencia a un  nieto suyo.



viernes, 1 de marzo de 2019

(Día 767) Almagro tiene todavía una ligera esperanza de paz, pero también se prepara para la defensa. Pizarro se vuelve a Lima, y Hernando Pizarro solo piensa en atacar. Los hombres de Almagro hieren a tres de los de Pizarro y apresan a uno.


     (357) Al tesorero Alonso Riquelme le pareció algo muy sucio querer expoliar los bienes de los hermanos de Pizarro, y se  lo dijo bien claro a todos. Rodrigo Orgóñez, mostrando que no se dejaba llevar por las ganas de venganza, consideró sensatas las palabras de Riquelme, y convenció a Almagro y  a sus hombres de que lo correcto sería “no tomar por entonces ninguna cosa, hasta ver lo que determinaba el Gobernador Pizarro”.
     Almagro decidió estar prevenido, aunque, ansioso por la paz, se aferró a un atisbo de esperanza: “Almagro y sus capitanes determinaron irse a Guaitara, que era un lugar fuerte, y desde allí tornar otra vez a intentar la paz. Llegado con su gente a los aposentos que allí tenía, que, por estar cercados de grandes despeñaderos, eran fáciles de defender, le dijo a Rodrigo Orgóñez que ya veía en el estado en que estaban los negocios y que les convenía tener prudencia, de manera que sus enemigos no pudieran tomar venganza de ellos. Orgóñez le respondió que él lo haría, aunque tenía bien creído que Hernando Pizarro se daría maña para quedar satisfecho. E tras decir esto, mandó al capitán Francisco Chaves que estuviese con cincuenta hombres por donde venía el camino, e a Paullo (llama la atención que el hermano de Manco Inca siguiera aliado con Almagro) que se quedara con él con todos sus indios, para que, recogida toda la mayor cantidad de piedras, las juntasen en montones para tirar a los enemigos si viniesen”.
     En este punto, Cieza se deja de ambigüedades, y da por hecho que el fatal encontronazo iba a empezar de forma imparable: “Todos sabían que la guerra estaba ya declarada, e con tanta crueldad e incendio tratada entre unos y otros, que no se perdonaba sangre a sangre, ni a Dios ni al Rey se tenía temor, mandando pregonarla públicamente, y haciéndola con tanto rigor como si los unos fueran venecianos y los otros genoveses, o como si fueran turcos y españoles. Ya en el campo del Gobernador no se hacía otra cosa más que lo que Hernando Pizarro mandaba. Cuando llegó la respuesta del Adelantado Almagro, le dijo al Gobernador Pizarro que debía partir para el valle de Lima, y así se hizo, donde estuvo dos meses. Y allí, de inmediato,  mandó que la ciudad de Almagro, que había fundado el Adelantado, fuese deshecha, como cosa frívola que se hizo sin derechos en términos ajenos”.
     Y se puso en marcha el fatal mecanismo de acción reacción: “Teniendo aviso el Adelantado Almagro de que la potencia de Pizarro crecía, mandó a Lima a Juan de Guzmán y a Diego Núñez de Mercado  para que le dijesen al Gobernador que no siguiese adelante con la guerra, ni quebrantase lo que habían asentado entre ellos”. Fueron allá, y se volvieron sin ningún resultado. Después se produjo un primer incidente entre hombres de ambos bandos que habían salido de sus acuartelamientos para conseguir provisiones. Prueba clara de que ya se consideraban enemigos. Los de Almagro hirieron a tres de los de  Pizarro y apresaron a uno llamado Felipe Boscán. Naturalmente, tras el primer tropiezo, vino otro de mayor consideración.

     (Imagen) El tesorero ALONSO RIQUELME no era un hombre fácil. Ya vimos que tuvo algún conflicto serio con Hernando Pizarro, y, sin embargo, se  nos ha mostrado ahora como una persona ecuánime al oponerse a que se convirtieran en botín los bienes de Hernando y Gonzalo Pizarro. Pero, dado su cargo, es muy posible que consiguiera una gran riqueza de manera dudosa. El historiador peruano Raúl Porras lo consideró “el más aguzado cuervo de la conquista”. Murió en 1548, quizá ejecutado por Gonzalo Pizarro en las guerras civiles, y sus bienes  dieron origen a un largo pleito. Primeramente, el magnífico Pedro de la Gasca ordenó que fueran subastados, según se ve en el documento de la imagen (lo resumo): “Yo, el licenciado Pedro de la Gasca, del Consejo de la Santa Inquisición y Presidente de estos Reinos del Perú, por cuanto por muerte del tesorero Alonso Riquelme quedaron muchos bienes en esta ciudad (Lima), los cuales están inventariados, y conviene que se vendan en publica almoneda, poniéndose lo obtenido en la caja de las tres llaves de Su Majestad hasta que se acaben la cuentas que yo he mandado tomar del dicho tesorero… (ordena que así se haga)”. Pero reclamó los bienes su hija, Catalina Riquelme. Y, habiendo fallecido ella, los pidió en un largo pleito un tal Francisco de Plasencia, quien aparece como heredero de Catalina sin que se sepa por qué, ya que vivía aún su marido, Juan Tello de Sotomayor, el cual, por cierto, tuvo un papel importante al servicio del Rey en las guerras civiles de Perú.