viernes, 14 de diciembre de 2018

(Día 701) Rodrigo Orgóñez hace maniobras fingidas para desconcertar a Alonso de Alvarado, y se niega a la idea de proponerle que se rinda, pues lo considera perder el tiempo. Cieza opina que, salvo Garcilaso de la Vega y unos pocos más, el resto de los pizarristas deseaban pasarse al bando de Almagro. Orgóñez lanza el ataque definitivo.


     (291) Se puso, pues, en práctica la estrategia de Orgóñez: “Los indios de Paullo comenzaron a hacer muy gran ruido; cuando lo oyeron los hombres de Alvarado y aunque la oscuridad de la noche fuese mucha, acudieron a aquella parte creyendo que querían pasar, mas Rodrigo de Orgóñez no tenía tal propósito. Al amanecer, habló con Almagro sobre la manera de pasar el río sin que hubiese guerra ni muerte de hombres, porque, como ya sabían que tenían de su parte a la mayoría de los que estaban con Alonso de Alvarado, les parecía que sin muchos trabajos podrían prenderle a él y al capitán Garcilaso de la Vega (padre del cronista Inca Garcilaso), e que, con la gente que allí recogiesen, engrosarían su ejército para pasar adelante si el Gobernador  Francisco Pizarro no quisiese desocupar los términos de la gobernación (de Almagro)”.
     Después Cieza comenta, sin llegar a asegurarlo, que también el capitán Tordoya le pasó recado a Almagro de que quería ponerse a sus órdenes: “Estando en esto, dicen que vino un español, de origen portugués, llamado Magallanes, de parte de Tordoya con el mensaje de que se ofrecía a su servicio”.  Por si acaso, Cieza añade: “Otros cuentan que no lo hizo, pero lo que yo creo es que, salvo Garcilaso de la Vega y algunos de los que estuvieron en las Chachapoyas, todos los demás, eran aficionados a Almagro”. También surgió otra cuestión: “Entre los hombres de Almagro se platicó que sería acertado enviar mensajeros al capitán Alonso de Alvarado para que lo reconociese a él como General y Gobernador  y soltase a los presos (enseguida nos contará Enríquez, que era uno de los encarcelados, su insoportable y constante miedo a que lo mataran). Orgóñez  mostró que no estaba de acuerdo, diciendo que eran alargaciones, e que nunca se haría nada. Y venida la noche, tornó a simular que quería pasar el río para luchar contra  los de Alonso de Alvarado”.
     Tras esa maniobra de despiste, lanzó el ataque definitivo: “Habló a sus soldados de a pie y de a caballo, diciéndoles que batallaran animosamente, pues la guerra no requiere compasión ni corazones blandos. Tomando ochenta de a caballo y a los capitanes Cristóbal de Sotelo, Vasco de Guevara y Francisco de Chaves, fue al río Abancay (Almagro se quedó con el resto a la espera de atacar después). Yendo pasando el río, mandó Orgóñez que disparasen unos versos (pieza de artillería ligera). Uno de los de Alvarado lanzó una flecha de ballesta hiriendo malamente a un soldado, que dijo a grandes voces: ‘Pese a tal, que no es este de los que han afirmado estar de nuestra parte’. Como aquel río iba tan crecido y tan furioso, los de Alvarado no podían creer que los enemigos lo hubiesen pasado, y andaba entre ellos gran turbación. Habiendo llegado ya   algunos de los de a caballo, Juan Pérez de Guevara quiso ponerse en defensa, e le dieron un picazo en el muslo. Los indios y los negros de los españoles hacían tan gran tumulto, que no se podían entender unos a otros. Por aquel gran ruido y estruendo, había conocido Alonso de Alvarado que los enemigos estaban ya en su parte del río, y se vino hacia el puente para juntarse con Gómez de Tordoya”.

     (Imagen) Estar envuelto en el tóxico ambiente de las guerras civiles era vivir al borde del precipicio. Nadie se fiaba de nadie. Van apareciendo nombres de héroes sepultados en el olvido. Nos menciona Cieza a varios capitanes de Almagro. El toledano VASCO DE GUEVARA, llegó a Perú procedente de Nicaragua. Pronto veremos que, en la batalla de las Salinas, fue apresado, pero después Pizarro, como hizo con otros de los capitanes derrotados, tras ser ejecutado Diego de Almagro le confió una delicada misión, la de acabar con el cerco que Manco Inca tenía puesto con sus indios a la villa de San Juan de la Frontera. Lo hizo a la perfección, y, quizá por eso, lo nombró después teniente de gobernador de la provincia de Huamanga. Tras el asesinato de Pizarro, huyó de los almagristas, y se incorporó a las tropas leales al Rey para luchar contra Diego de Almagro el Mozo. El zamorano CRISTÓBAL SOTELO fue de los pocos que mantuvieron una fidelidad inalterable, en su caso, a los almagristas. Resultó derrotado y herido en la batalla de las Salinas. Cuando murió Pizarro, lo envió al Cuzco Diego de Almagro el Mozo para imponer allí la autoridad de los almagristas (desplazando a los pizarristas), pero, en una disputa, lo mató otro almagrista. Se trataba del capitán GARCÍA DE ALVARADO, quien, a pesar de haber participado en el asesinato de Pizarro bajo las órdenes de Diego de Almagro el Mozo, no le sirvió de mucho, pues el joven pero duro sucesor de Almagro dio orden de ejecutarlo por haber matado a Cristóbal Sotelo. Los horrores y las traiciones se encadenaban. Ojo por ojo…, y todos ciegos.



jueves, 13 de diciembre de 2018

(Día 700) En la breve versión del cronista Pedro Pizarro, Almagro, utilizando los consejos de los traidores, derrota a Alonso de Alvarado y lo apresa, llevándolo adonde están encarcelados Hernando y Gonzalo Pizarro. Cieza va a contarlo más extensamente.


     (290) La estrategia que Lerma le aconsejó a Almagro fue clave para el resultado de la batalla: “Pues haciéndolo Almagro así, estuvo todo el día sobre el puente peleando con algunos arcabuceros y ballesteros, y en esta pelea su gente mató a tres hombres de los de Alvarado. Llegando la noche, Almagro hizo grandes fuegos delante del puente, fingiendo asentar su real y querer acometer por allí. Dejando algunos hombres a la vista en el puente, al alba se fue al vado con el resto de la gente. Pasándolo sin riesgo, aunque hubo una débil resistencia por parte de algunos que no conocían el trato con los de Lerma, prendió a la gente que allí estaba, y, silenciosamente, dio sobre los que estaban guardando el puente, hirió a algunos, se rindieron los demás, y prendió a Alonso de Alvarado (que siempre recordó el percance herido en su orgullo de gran capitán); de aquí siguió hasta Cochacaxa, donde apresó a la gente que allí estaba. Después Almagro dio la vuelta hacia el Cuzco llevando a toda la gente consigo, unos voluntariamente, y otros a su pesar. Llevando preso con mucho recaudo a Alonso de Alvarado, y llegado que fue al Cuzco, lo metió en la prisión donde tenía a Hernando Pizarro y Gonzalo Pizarro. Esta fue la primera batalla entre españoles que en el Perú hubo (sin contar la ocupación violenta del Cuzco por parte de Almagro), y en esta batalla, según se dijo, afrentaron a muchos, y así Pedro de Lerma dio de palos a un Samaniego, y este Samaniego mató después a Pedro de Lerma cuando se dio la batalla de las Salinas”.
     Al igual que el cronista Pedro Pizarro, tampoco Cieza será demasiado extenso al hablar de la batalla de Abancay, pero dará más detalles, y no atribuirá exclusivamente la victoria de Almagro a la traición, aunque sí mencionará que le facilitaron las cosas desde el campo de Alonso de Alvarado: “Almagro llegó a la zona de Abancay, y mandó a cincuenta de a caballo que se acercasen al puente y viesen lo que había. Cuando se enteró del apresamiento del capitán Perálvarez Holguín (recordemos que fue sorprendido cuando iba hacia el Cuzco), recibió muy grande alegría, e mandó que lo tratasen muy bien. Viendo Diego de Alvarado que Almagro tardaba en llegar, le tornó a escribir, y, al recibir la carta, mandó Almagro a su gente que se diera prisa, y así llegaron al río Abancay. Alonso de Alvarado, sin turbarse al ver tan cerca las banderas del enemigo, animaba a su gente justificando su causa, mas todo esto era echar palabras al aire”. Lo que sigue narrando pone de relieve el protagonismo del capitán Rodrigo de Orgóñez, y el importante detalle de que continuaba participando en la lucha al lado de Almagro el inca Paullo con numerosos indios: “Rodrigo de Orgóñez mandó a Paullo que sus indios hiciesen grandes trincheras en un vado y doscientas balsas para pasar el río. El capitán Garcilaso de la Vega (pizarrista) estaba guardando aquel paso. Rodrigo de Orgóñez simuló querer pasar el río para sorprender a los enemigos desprevenidos, diciendo a sus hombres que en la guerra, con ardides,  las batallas eran vencidas sin muerte de mucha gente”.
     Parece evidente que los soldados tenían una gran confianza en la experiencia de su capitán general, Rodrigo de Orgóñez, porque nadie como él podía presumir de una hoja de servicios tan brillante, no solo en las Indias, sino, como ya dijimos, en las guerras europeas.

     (Imagen) SEBASTIÁN GARCILASO DE LA VEGA Y VARGAS, nacido en Badajoz, fue un extraordinario capitán que, curiosamente, es más conocido por ser el padre del cronista mestizo Inca Garcilaso,  a quien lo tuvo con la princesa peruana Isabel Chimpu Ocllo, hija nada menos que del emperador Huayna Cápac. Fiel a los Pizarro, lo vamos a ver pronto apresado por Almagro, y liberado después tras la definitiva derrota y ejecución de este. Su fidelidad a la Corona fue más dudosa. En la guerra de Chupas, Sebastián no tuvo problemas de lealtad porque los pizarristas y las fuerzas reales luchaban juntos contra Diego de Almagro el Mozo, quien fue derrotado y ejecutado. Sebastián superó entonces una grave herida. Lo tuvo más complicado después, cuando Gonzalo Pizarro se enfrentó abiertamente a la corona, pero optó por las leyes de la amistad, luchó junto a él en la batalla de Huarina, e incluso le salvó la vida. Sin embargo, cuando el magnífico y hábil Pedro de la Gasca recibió el encargo del Rey de acabar con las guerras civiles, y consiguió, tras muchos obstáculos, poner a Gonzalo Pizarro contra las cuerdas, Sebastián Garcilaso de la Vega, no solo se pasó a su bando con toda su tropa, sino que esa ayuda fue la clave de la derrota definitiva de Gonzalo. El hermano pequeño de Pizarro, que tan azarosa y sufrida biografía tuvo, perdió entonces la batalla de Jaquijahuana, y la vida, esa misma vida que Sebastián Garcilaso de la Vega le había salvado poco antes. Luego Sebastián continuó en otras aventuras, pero, cosa rara entre aquellos capitanes, disfrutó de su vejez, y murió tranquilamente en la ciudad del Cuzco el año 1559.



miércoles, 12 de diciembre de 2018

(Día 699) Alonso de Alvarado sitúa su tropa junto al río Abancay. Pedro de Lerma se escapa con otros soldados para unirse a Almagro. Pero antes, según el cronista Pedro Pizarro, le pasó datos a Almagro sobre el mejor sitio para el ataque, todo ello en venganza por haber sido despojado de su categoría militar.


     (289) Tras lo dicho, Cieza entra de lleno en la batalla de Abancay. Alonso de Alvarado  bajó con varios de sus capitanes al puente del río Abancay para defender el paso, ordenándoles que todos los soldados estuviesen con las armas preparadas por si llegaban los enemigos: “Diego de Alvarado, Gómez de Alvarado e los otros presos, al saber que el capitán Alonso de Alvarado estaba situado en el río, enviaron un escrito a Almagro con un negro del licenciado Prado para que se viniese con toda prisa, y supiese que entre los de Alvarado tenía muchos amigos. Dicen que Pedro de Lerma, el capitán Diego Gutiérrez de los Ríos y otros tenían sus pláticas con los presos, y que hablaban mal de Alonso de Alvarado, y otras cosas que callo. El cual se enteró, y queriendo castigar a aquellos perturbadores, subió al real, donde vio que había algún alboroto entre los españoles, diciendo  unos a otros que quién les metía  a tener batalla contra Almagro por amor de Pizarro, y otras palabras de esta suerte. Al saberlo, Alonso de Alvarado determinó prender a Pedro de Lerma, quien, barruntando su intención, salió huyendo del real durante la noche, y con mucho trabajo llegó al río, logrando pasarlo con ayuda de los que lo guardaban, de los que algunos se fueron con él. Desde allí, corriendo su vida mucho riesgo, fue a juntarse con el Adelantado Almagro”. La escapada de Pedro de Lerma fue un gran disgusto para Alonso de Alvarado. Mandó a varios capitanes en su persecución, pero no logaron alcanzarlo.
     En la versión del cronista Pedro Pizarro (que estaba preso en el Cuzco con Hernando Pizarro, bastantes de sus hombres y su hermano Gonzalo) los datos son algo diferentes, pero aclaran las circunstancias, y hasta lo que dio origen a la traición de Lerma. Aunque su breve relato nos revela también el final de la batalla de Abancay, vendrá bien encajarlo ahora y completarlo después con la crónica de Cieza. Oigamos a Pedro Pizarro: “Ya dije que Antonio Picado le quitó el mando a  Pedro de Lerma y se lo dio a Alonso de Alvarado, porque, siendo secretario de Don Francisco Pizarro, podía tanto como él, pues no ordenaba más que lo que Alvarado quería, y fue la causa de harto mal en esta tierra. Pedro de Lerma venía con Alonso de Alvarado disconforme en su pecho, sin darlo a entender, por la afrenta que le había hecho Pizarro de quitarle el cargo de General y habérselo dado a Alonso de Alvarado. Traía muchos amigos y hombres principales el Pedro de Lerma, y visto que tenía coyuntura para vengarse, dicen que trató con ellos que le escribiesen a Almagro pidiéndole que atacase sin miedo, pues ellos le ayudarían a tomar presos a Alonso de Alvarado y a su gente”.
     Le mandaron el escrito a Almagro, y, aunque antes había dudado en lanzar el ataque, se fio de Lerma, poniendo en marcha su ejército de inmediato. La colaboración de los traidores va a ser decisiva. Pedro Pizarro deja claro que, en el inicio del ataque, hubo una colaboración activa de Lerma y sus hombres con Almagro: “Sabido por Pedro de Lerma y sus amigos la venida de Almagro, fingieron estar muy del lado de Pizarro, procurando que los pusiesen en la parte del vado, para señalarse más a su servicio (por ser el sitio de más peligro), y, lográndolo, dieron aviso de ello a Almagro, diciéndole que acometiera en el puente y, al cuarto del alba, se volviese al vado, y que lo hallaría sin obstáculos”.

     (Imagen) Concentrando datos: El mencionado DIEGO GUTIÉRREZ DE LOS RÍOS pertenecía a una ilustre familia cordobesa. Su tío, Pedro Gutiérrez de los Ríos, fue un extraño caso de gobernador (de Castilla del Oro, en la costa colombiana) que llegó a Indias para someter a juicio al terrible Pedrarias Dávila, pero no estuvo a la altura de su cargo, y decidió irse a batallar a las órdenes de Pizarro en Perú. Tío y sobrino lucharon juntos, aunque, como sospecha Cieza, el sobrino estuvo un tiempo bajo el mando de Almagro. Lo confirma el documento de la imagen, ya que en él el Rey ordena que el hijo de Almagro (a quien solo le quedaban unos meses de vida) le pague a Diego una deuda  de su padre, se supone que por los servicios que le prestó. Poco antes (en 1540), Diego estuvo en España, y declaró como testigo en una causa contra Hernando Pizarro, en la que una tal Leonor Becerra lo hacía responsable de la muerte de su hijo, el extremeño Hernando Alvarado de Mirandilla (del bando almagrista), porque un criado suyo lo mató de un arcabuzazo. Diego volvió a las Indias, y, sin duda por influencia de su tío, el viejo exgobernador, que siempre permaneció fiel a la legalidad, lucharon juntos en la batalla de Chupas contra Diego de Almagro el Mozo, quien perdió la batalla  y fue ejecutado. Por otra parte, Hernando Pizarro, cuando decidió venir a España se libró (quizá intuyéndolo) de las guerras civiles posteriores, y sobrevivió mucho tiempo a sus tres hermanos, Francisco, Juan y Gonzalo, pero, al llegar, lo abrasaron a procesos sus enemigos, siendo condenado, por lo que estuvo preso en el Castillo de la Mota más de veinte años (aunque con ciertas comodidades).



martes, 11 de diciembre de 2018

(Día 698) Gracias a un chivatazo, los almagristas apresan a Perálvarez Holguín y a casi todos sus hombres. Alonso de Alvarado, temeroso de que lo traicionen más soldados, los anima con buenos argumentos. Cieza lamenta los males que las traiciones trajeron al Perú.


     (288) Los traidores que se habían pasado de bando ya le habían avisado a Chaves de cuánta gente llevaba Perálvarez Holguín y de la mejor forma de reducirlos: “Se hizo como aconsejaron, de manera que Perálvarez, al ver a los enemigos, quiso ponerse en defensa y aun hacerles frente, pero se vio cercado por todas partes, y al no poder tener ningún provecho, suspendió el herir con las lanzas, e retuvo su brazo no cobarde, sino de español valeroso. E como fuesen tan pocos los que venían con Perálvarez, los cercaron e los prendieron, aunque se escaparon tres que, por tener caballos ligeros, pudieron salir de las manos de sus enemigos. Llegaron adonde Alonso de Alvarado, le contaron lo corrido e dijéronle que los de Almagro los estaban aguardando encubiertos en la bajada de un cerro, y que no sabían por quién les pudo ir aviso de su salida de Abancay”.
     Alonso de Alvarado disimuló  su decepción y se ocupó de lo más importante. Reforzó la defensa del puente de Abancay enviando varios hombres bajo el mando de Villalba y del capitán Gómez de Tordoya (al que, como acabamos de ver, le tenía un ‘cariño’ especial D. Alonso de Enríquez), y, sabiendo que algunos de sus soldados coqueteaban con pensamientos traicioneros, insistió en las justas razones de la causa del Gobernador Pizarro: “Les dijo que, si él viera que Almagro tenía razón en lo que pedía, y que Su Majestad ordenaba darle la ciudad del Cuzco, ya habría ido a entregarle las banderas y a meterse debajo de su estandarte, mas, puesto que conocían al Gobernador Pizarro e lo tenían por tal, no sería cosa justa desechar al verdadero para recibir al movedor de las guerras. Y añadió: ‘Ya que el Adelantado Don Diego de Almagro ha querido romper la amistad y la alianza que tenía con el Gobernador, yo prometo que  ni sus prometimientos ni sus exhortaciones harán que yo deje de servir al Emperador ni de cumplir el mandato de mi Gobernador, pues está puesto en esta tierra como su lugarteniente”. Respondieron los capitanes y los soldados que estaba muy bien hacer lo que decía, e que todos le servirían; mas no hablaban aquello con verdad, pues los ánimos de muchos estaban puestos en la buena o mala fortuna de la guerra”.
     A medida que lo relata Cieza, se llena de indignación y lástima por lo que va a ocurrir. Y se desahoga con grandes verdades: “¡Oh gente del Perú! (se refiere a almagristas y pizarristas). Cuánta gracia y merced le ha hecho Dios al Virrey, a los gobernadores y a los capitanes, que podrían vivir sin tener necesidad de personas tan inconstantes como vosotros, pues jamás guardasteis mucho tiempo vuestra fidelidad. Y estos de quienes vamos hablando, por una parte le decían a su capitán que le habían de servir lealmente, y por otra le enviaban ofrecimientos al que venía, para pasarse a él”.

     (Imagen) Veo en PARES algo que ocurrió en 1548, cuando el grueso de las guerras civiles ya había terminado (años después se inició la última). Aunque sucedió diez años más tarde de lo que nos está contando Cieza, es muy revelador de la enrarecida convivencia social de aquellos tiempos revueltos. Ya sabemos que Alonso de Alvarado y el licenciado (y juez) Cianca fueron encargados de juzgar al derrotado Gonzalo Pizarro, y  que lo condenaron a muerte. Pues bien: solo unos meses después, Cianca estuvo a punto de cortarle la cabeza a Alvarado por un asunto menor, y eso que era Mariscal (el poder de los jueces era enorme). La sensatez del gran Pedro de la Gasca lo impidió. Un funcionario real lo cuenta en una carta dirigida a Carlos V. La imagen muestra parte de su texto, y nos  aclara los hechos: “Dicen que el licenciado Cianca tenía preso en el Cuzco al Mariscal Alonso de Alvarado, y que, si este no acudiera al presidente Gasca, le habría cortado la cabeza a causa de dos criados suyos, por lo que hicieron a una mujer honrada, viuda, por cierta cosa que hubo sobre (la preeminencia de) los asientos en la iglesia con la mujer del dicho Alvarado, y a la madre de esta viuda le cortaron los cabellos, y a una hermana, las faldas por encima de la rodilla, y sacaron los huesos del marido de la viuda de la sepultura y los echaron por ahí, cosa que dicen dio grande escándalo. Y que la causa por la que tan recio se mostró el licenciado Cianca, fue porque, reprendiéndole este negocio, Alvarado había dicho ciertas palabras, y porque un criado de Alvarado dijo muchas palabras contra el oidor (Cianca) de grande escándalo, al que el oidor lo prendió, y dicen que lo ahorcó”.



lunes, 10 de diciembre de 2018

(Día 697). Almagro temía que Alonso de Alvarado estuviera ya en el Cuzco. Viendo que no, decide ir a liberar a los apresados por Alvarado, quien envía a Holguín para vigilar a Almagro. Le espera Chaves en una celada. El intento de Enríquez de calmar las cosas se frustra porque Almagro empieza a disparar.


     (287) Nos anuncia, pues, Enríquez que va a haber batalla y que la perderá Alonso de Alvarado. Lo vamos a ver con Cieza, pero recojo ahora un último detalle de lo que explica Enríquez, que tiene especial relieve porque ningún otro cronista lo indica con tanta precisión. El intento de hablar con Almagro se fue al garete porque hubo un inesperado cruce de disparos de artillería: “En cuanto llegamos, comenzó a jugar la artillería de una parte y de otra, habiéndolo empezado la de Don Diego de Almagro. Se enojó mucho el capitán Alvarado y nos mandó volver a la prisión”. Está claro que la batalla de Abancay se inició en ese preciso momento y que fue Almagro quien tomó la iniciativa.
     Toca en este punto enlazar de nuevo con la sabrosa crónica de Cieza. Nos cuenta que Almagro, a los cuatro días de haber salido del Cuzco con su ejército decidido a luchar, se alarmó porque le dieron la equivocada información de que Alonso de Alvarado se había puesto ya en marcha, y temió que se hubiese apoderado de la ciudad, liberando a Hernando Pizarro y al resto de los numerosos presos. Le daba sudores fríos la idea de que Hernando estuviera de nuevo al mando de la situación. Dio la vuelta rápidamente, y no le faltó el reproche de Rodrigo de Orgóñez: “Le dijo que, puesto que no había querido hacer lo que le había aconsejado (liquidar a Hernando Pizarro), que se quejase de sí mismo si algún daño notable le sobreviniese. El Adelantado le respondió que creyese que, si era verdad que Alonso de Alvarado iba con intención de entrar en el Cuzco, él mandaría cortarle la cabeza a Hernando Pizarro”. Fue un arranque ante el temor a un peligro inminente, pero Orgóñez y Almagro van a repetir ese mismo guión varias veces, el primero, machacón con su insistencia de que había que matar a Hernando Pizarro, y el segundo, sin atreverse a hacerlo, hasta llegar, error insuperable, a dejarlo en libertad, como veremos.
     Pero enseguida se comprobó, con gran alivio, que había sido una falsa alarma, y Almagro, pasados unos días para que descansasen los caballos, puso de nuevo en marcha su ejército: “Determinó ir al puente de Abancay a liberar a Diego de Alvarado y a los que con él fueron. Por su parte, Alonso de Alvarado mandó que fuese más gente a guardar el puente del río, y al capitán Perálvarez Holguín le dijo que, tomando treinta de a caballo, fuese hacia el Cuzco para ver si los de Almagro venían”. Pero en la tropa de Alvarado hubo dos desertores: “Dos soldados, Francisco Núñez y Lemos, habían tenido grandes pláticas con los apresados por Alvarado, y deseaban salir del campamento para pasarse al bando de Almagro, de lo que también habían hablado con el capitán Pedro de Lerma y con otros de la misma opinión”. Por delante de Almagro, avanzaba hacia Abancay su capitán Francisco de Chaves con sesenta de a caballo: “Supo que venía cerca el capitán Perálvarez, y mandó a su gente que se pusiese a cubierto en un collado, diciéndoles que se diesen toda buena maña, de suerte que lo apresaran sin derramar sangre española ninguna”.

     (Imagen) Como siempre, nada mejor que recurrir a PARES (Portal de Archivos Españoles), un tesoro (digitalizado) de nuestra documentación histórica, para ver cómo se confirman algunos datos ya comentados sobre PEDRO ÁLVAREZ HOLGUÍN, del que dije que fue especialmente ambiguo en sus lealtades, y que murió en 1542 luchando contra el hijo de Almagro. Son especialmente biográficos los expedientes relativos a los méritos y servicios de los conquistadores, y hay uno que trata exclusivamente de él a lo largo de más de 100 folios. En las peticiones de mercedes al Rey, era habitual presentar, no solo los merecimientos propios, sino también los que correspondían a los antepasados. En una sola página (la de la imagen), aparecen los siguientes méritos alegados por sus herederos, añadiendo luego otra larga lista: 1.- Hablan de la salida de Holguín (que ahora nos ha contado Cieza) por mandato de Alonso de Alvarado con treinta de a caballo para ir hacia el Cuzco, siendo apresado por la gente de Almagro. 2.- Dicen que Pizarro lo envió después a una conquista (pero escamotean el hecho de que antes Holguín le había sido infiel pasándose al bando de Almagro, que fueron derrotados en las Salinas, y que Pizarro le perdonó a él la vida). 3.- Añaden que, estando en la campaña encomendada, al enterarse de que Almagro el Mozo había matado a Pizarro, dio la vuelta para reunir gente en el Cuzco, con la que fue, en nombre del Rey, hasta la ciudad de Huamanga y allí luchó contra Diego de Almagro el Mozo. 4.- Para mostrar su caballerosidad, cuentan que Almagro el Mozo le envió mensajeros con grandes promesas pidiéndole que se pasara a su bando, pero Holguín los rechazó, y no los mató.




sábado, 8 de diciembre de 2018

(Día 696) Don Alonso de Enríquez hace una crítica brutal de Gómez deTordoya. Al saberse que Almagro piensa atacar, Enríquez, esta vez sensato, consigue de Alonso de Alvarado que le deje ir a hablar con Almagro para que no se precipite.


     (286) Don Alonso de Enríquez nos cuenta lo que hizo entonces Alonso de Alvarado, al que vuelve a insultar, no dejando de tener su gracia las pestes que echa contra Tordoya: “Recibido el mensaje de Don Diego de Almagro,  el perezoso y cabezón capitán Alonso de Alvarado dijo que no quería tomar consejo con nadie sino con Gómez de Tordoya, un viejo bellaco que estuvo desterrado de todos los reinos y señoríos del Emperador  nuestro  señor, y sentenciado a mil muertes, condenada y confiscada toda su hacienda por traidor, un hombre de mala traición, codicioso de bregas y revueltas, enemigo de paz y de justicia, así por nacer en este signo (astrológico) y criarse en esta condición, como porque sabía que, teniéndola, le habían de hacer cuartos como a los malhechores, ejecutando las penas de sus sentencias por sus maleficios, lo cual le había consentido sin castigo Don Francisco Pizarro por ser de Extremadura, de donde es él, y por necesitar gente en la tierra, que estaba rebelada de indios. La respuesta de Alonso de Alvarado fue que ellos no conocían otro gobernador sino a Don Francisco Pizarro, y que no quería oír las provisiones de Su Majestad, ni entregar a los prisioneros, sino que, por el contrario, pensaba enviar al Cuzco a soltar por fuerza a los que Almagro tenía”.
     Sin duda, Enríquez, que tenía trato personal con Calos V y Felipe II (entonces Príncipe) rezumaba sentimientos de mucha superioridad sobre el común de la tropa. Se daba también la circunstancia de que, tanto los encarcelados Hernando y Gonzalo Pizarro, como Enríquez y sus compañeros en su papel de rehenes, se encontraban en alto riesgo de ser ejecutados. Fue un milagro que salvaran la vida.
     Aunque enseguida vamos a conectar con Cieza para ver en directo el desarrollo de la batalla de Abancay, voy a seguir un poco más con Enríquez porque nos muestra sus angustias personales en esa situación previa, y hasta su sensatez (que también la tenía):      
     “Entonces el Gobernador  Don Diego de Almagro, viendo su justicia y razón, partió con cuatrocientos cincuenta hombres, se puso de la otra parte del río Abancay, asentó su artillería, y envió a su confesor a decir a Alonso de Alvarado que no fuese causa de tanta muerte de españoles como allí se esperaba. Respondió el capitán que había mandado trece de a caballo para comunicar a don Francisco Pizarro el estado del negocio, y que no haría nada hasta que viniese o mandase lo que quisiese. Cuando supimos esto los prisioneros, considerando que Don Diego de Almagro se aventuraba a perder por nosotros su buena y justa justicia, como la mala e injusta que estos tenían, enviamos a decir al cabezón capitán que queríamos ir dos de nosotros al puente del Abancay a pedir a nuestro Gobernador que se volviese y esperase, pues ellos se concertarían. Lo cual consintió el capitán Alvarado, y fuimos el licenciado Prado y yo con él. Cuando bajamos por el camino, yo le dije al capitán: ‘Mirad, señor, que, aunque sea verdad que contra justicia estén presos los hermanos de vuestro dueño, a los que reclamáis con fuerza armada, no sois juez de esta causa ni os afecta a vos, y, aunque venzáis, seréis vencido, y, por los daños que de ello sucedieran, seréis castigado. Ni esta reprensión ni otros buenos consejos que le daba, no quiso tomar, como hombre desatinado, y así Dios le dio su pago”.

     (Imagen) A pesar de las críticas que le hizo Don Alonso de Enríquez en su apasionada crónica, Alonso de Alvarado era uno de los mejores capitanes de Perú. Fue precisamente su sensatez lo que le llevó a protagonizar un hecho escalofriante. Siempre fiel a los Pizarro y gran amigo suyo, tuvo que luchar contra Gonzalo Pizarro para no traicionar a la Corona Real. Veremos que, derrotado Gonzalo, el Rey les confió a Alonso y al licenciado Cianca que presidieran el proceso al que fue sometido. Hubo sentencia de muerte, como consta en la última página del expediente (la que muestra la imagen): “Condenamos a Gonzalo Pizarro a pena de muerte, que será dada en la forma siguiente: será sacado de la prisión caballero sobre una mula, atado de pies y manos, e traído públicamente a este real, con voz de pregonero que manifieste su delito. Será llevado al tablado que está hecho en este real. Allí será apeado, e cortada la cabeza por el pescuezo, e después de muerta naturalmente, mandamos que la dicha cabeza sea llevada a la Ciudad de los Reyes (Lima), como ciudad más principal de estos Reinos, e sea puesta clavada en el rollo de la dicha ciudad, con un rótulo de letra gruesa que diga: “Esta es la cabeza del traidor Gonzalo Pizarro, que en el valle de Jaquijaguana dio la batalla campal contra el Estandarte Real queriendo defender su traición e tiranía. Ninguno sea osado de la seguir, so pena de muerte natural”. Mandan también que se le confisque a Gonzalo bienes que consideran robados. Terminan diciendo: “Por esta  nuestra sentencia definitiva, así lo mandamos Alonso de Alvarado y el Licenciado Cianca”. Fue ejecutado en abril de 1548.



viernes, 7 de diciembre de 2018

(Día 695) Al ser apresados por Alonso de Alvarado, Don Alonso Enríquez de Guzmán protestó, y le dijo que Pizarro no tenía derechos sobre el Cuzco. Enterado Almagro, envió mensajeros exigiendo con amenazas que los liberara.


     (285) El espíritu ventajista y apasionado de Don Alonso Enríquez de Guzmán (muy amigo de sus amigos y muy enemigo de sus enemigos) intenta ‘colar’ en su crónica que, sin duda alguna, Almagro tenía derecho a la posesión del Cuzco: “Nosotros le respondimos a Alonso de Alvarado que Hernando y Gonzalo Pizarro estaban presos por delitos que habían hecho, por quejas que de ellos se daban de fuerzas y cohechos, y por haber levantado la tierra con mano armada contra las provisiones reales, las cuales llevábamos con nosotros y se la presentamos (a Alvarado) diciéndole que nosotros éramos mensajeros y que no teníamos culpa ninguna. Las cuales provisiones no quiso ver ni a nosotros acabar de oír, diciendo (de hecho, con absoluta lógica y buen criterio) que era menester que el Emperador enviase un repartidor de los límites de las gobernaciones, y que dejásemos las espadas, las cuales, aunque nos pesó (ya hemos visto la reacción altiva de Diego de Alvarado), nos quitó, y nos puso en grillos y cadenas a todos, con grandes guardas de centinelas. Con muchos indios, nos hizo una cárcel de cal y canto, no dejando que entrase nadie a vernos ni hablarnos, para que no alumbrásemos a la gente que estaba en su compañía y se pasase al otro bando al oír la justicia que tenía Don Diego de Almagro y la traición que cometían sus contrarios contra las provisiones de Su Majestad. Y puso en la cárcel a dos hidalgos para que no nos dejasen escribir, ni hablar con los que hacían guardia alrededor. Cuando lo supo Don Diego de Almagro, envió desde el Cuzco un alcalde, un escribano y el procurador para requerirle de parte del Rey que le devolviese a sus mensajeros que tenía presos y oyese las provisiones reales que de Su Majestad tenía, en las que le hacía Gobernador de esta tierra, con apercibimiento de que, si no lo hacía, (Almagro) iría con mano armada a hacérselas oír, a sacar a los prisioneros y a castigarles a ellos como a traidores”.
     Según Enríquez, Alonso de Alvarado solamente consultó con un capitán la respuesta. Se trataba de GÓMEZ DE TORDOYA DE VARGAS, lo que le va a servir al cronista y preso para despacharse a gusto con su estilo viperino contra este, sin duda haciendo una caricatura del personaje, pero, como siempre, partiendo de hechos ciertos. Tordoya era extremeño y había llegado a Perú junto a Hernando Pizarro, que lo había reclutado en su tierra. Era un hombre duro, y permaneció siempre fiel a los Pizarro, como veremos a lo largo de estas guerras civiles, muriendo al servicio de Gonzalo Pizarro en la batalla de Chupas. Allí también perdió la vida, en el bando contrario,  el hijo de Almagro, Diego de Almagro el Mozo. Fueron muchos los que acabaron trágicamente arrastrados por la espiral de las venganzas, y pocos como el Mozo tuvieron tan poderosos motivos para entrar en esa dinámica. Siendo un adolescente, sufrió al lado de su padre la enorme tensión de las rivalidades con Pizarro, y el insoportable drama de que lo ejecutaran. Se vengó organizando el asesinato de Pizarro, y su rebelión contra Vaca de Castro, el representante del Rey, le costó la cabeza.
    
     (Imagen) De GÓMEZ DE TORDOYA se sabe también que en España había dejado mala fama, teniendo cuentas pendientes con la justicia por haber matado a un funcionario real. Sin embargo, sus herederos consiguieron que su herencia fuera respetada. El documento que vemos parcialmente en la imagen es del año 1546, corresponde a la petición de derechos que los hijos de Tordoya enviaron al Rey, y aclara algunos datos que parecían dudosos: 1.-  Quien dirigió la confabulación para matar a Pizarro fue Diego de Almagro el Mozo. 2.- Después Tordoya mantuvo el Cuzco en orden hasta que llegó Vaca de Castro, el representante del Rey. 3.- Tordoya murió de un arcabuzazo en la guerra de Chupas cuando luchaba en el ejército de Vaca de Castro contra el Mozo. Así razonaban los herederos (resumido): “El Capitán Gómez de Tordoya hizo muchos servicios a Vuestra Alteza. Cuando Don Diego de Almagro (el Mozo) mató al Marqués Don Francisco Pizarro, (Tordoya) fue con gente al Cuzco e hizo que la ciudad estuviese en servicio de Vuestra Alteza hasta que fue el Licenciado Vaca de Castro. Después, en el reencuentro que tuvo Vaca de Castro con el dicho Don Diego, iba con él Gómez de Tordoya al servicio de Su Majestad, y lo mataron con un arcabuzazo”. El expediente tiene 31 folios, llenos, como de costumbre en estos casos, de declaraciones de testigos, las cuales sirvieron para que los hijos de Gómez de Tordoya lograran su propósito.



jueves, 6 de diciembre de 2018

(Día 694) Pintoresca versión (como siempre) de Don Alonso Enríquez de Guzmán sobre cómo él y otros enviados de Almagro fueron apresados por Alonso de Alvarado, del que hace una caricatura partidista.


     (284) Ya de entrada, muestra Don Alonso Enríquez de Guzmán un total y tendencioso convencimiento de que el Cuzco le correspondía por derecho a Almagro, cuando, en realidad, el asunto era sumamente confuso: “El Gobernador Don Francisco Pizarro pretendía corresponderle esta provincia del Cuzco por haberla descubierto y conquistado. Sin embargo, el que ahora era Gobernador de ella (evita decir que la ocupó por la fuerza), Don Diego de Almagro, colaboró en descubrirla y conquistarla con su persona y hacienda, porque en trabajos e intereses han sido compañeros desde hace mucho tiempo, y el Emperador nuestro señor le había hecho gobernador de esta provincia a Don Diego de Almagro, declarando en su provisión que se cumpliesen los límites con la gobernación de su compañero. Pero  Don Francisco Pizarro creyó que Don Diego había muerto cuando fue a descubrir a Chile, y quiso poseerlo todo, no solo por lo que tengo dicho, sino también por la compañía con la que nos criamos, que es la señora Codicia. Don Francisco Pizarro, por socorrer a sus hermanos, Hernando y Gonzalo, y a los cristianos que estábamos en el Cuzco cercados por los indios (Enríquez no había traicionado todavía a los Pizarro), reunió gran cantidad de gente, y, quedándose él en Lima con gran refuerzo porque la ciudad estaba rodeada y apretada por los indios, envió quinientos hombres con un capitán montañés (cántabro) y necio, cabezón sin medios ni remedio, como adelante veréis. Su nombre, Alonso de Alvarado (en realidad, como vimos, era uno de los más brillantes capitanes y de las mejores personas de la campaña de Perú)”.
     Y sigue desprestigiando a Alonso de Alvarado: “Cuando Don Diego de Almagro supo que este perezoso capitán y su gente estaban a veinticinco leguas del Cuzco, acordó salir a recibirlos con otros quinientos hombres, y, a seis leguas de ellos, envió a decirles que no era menester que socorrieran la dicha ciudad, porque ya lo había hecho él, pero que eran bienvenidos. Para lo cual tomó como mensajeros a Juan de Guzmán, Diego Mercado, el licenciado Francisco Prado, Diego de Alvarado, Gómez de Alvarado, Hernando de Sosa, escribano, para que diese fe de todo lo que pasara, y a mí. Caminamos una  noche y llegamos donde ellos, que estaban en una sierra muy fuerte, con un río de grandes corrientes (el Abancay), que se pasaba por un puente, en el cual tenían mucha cantidad de artillería y gente. El capitán Alonso de Alvarado nos recibió con gran cortesía y amor. Nos convidó a comer y después, estando presentes sus principales, nos dijo: ‘Señores, yo venía a socorrer la ciudad del Cuzco por orden del gobernador Don Francisco Pizarro, mi dueño, porque lo tiene como de su gobernación, y porque creyó que don Diego de Almagro había muerto cuando fue a descubrir Chile. Ahora hemos sabido que ha entrado por fuerza en dicha ciudad, tomándola y haciéndose obedecer como gobernador de ella, apresando a Hernando y Gonzalo Pizarro, hermanos de nuestro dueño, para cortarles la cabeza. Por lo cual, nos ha parecido necesario prender a vuestra mercedes hasta que Su Señoría nos los dé”.

     (Imagen) La situación entre los pizarristas y los almagristas se iba enturbiando tanto que hasta el intachable Alonso de Alvarado, para evitar que fueran ejecutados Hernando y Gonzalo Pizarro, dejó de lado su caballerosidad y apresó a los mensajeros que le había enviado Almagro. Más tarde, todos se verían libres (también los Pizarro). Dos de ellos eran JUAN DE GUZMÁN y HERNANDO DE SOSA. El primero fue siempre un almagrista sin fisuras. Había sido uno de los que apresaron a Hernando Pizarro en su casa del Cuzco. En la batalla de los Salinas fue encarcelado, y, aunque luego lo dejaron libre, mantuvo su deseo de venganza hasta el punto de formar parte del grupo que preparó el asesinato de Pizarro, por lo que el representante del rey, Vaca de Castro, lo procesó, pero no fue condenado. Después pudo actuar dentro de la ley luchando en las fuerzas leales a Carlos V contra Gonzalo, el único que quedaba en las Indias de su odiada familia de los Pizarro. Por su parte, el madrileño Hernando de Sosa, aunque era escribano, estuvo entre los soldados que apresaron a Atahualpa. Había sido secretario de Pizarro, pero luego lo fue de Almagro. Algo serio tuvo que ocurrir para que se cambiara de bando. Francisco Pizarro lo expulsó después del Cuzco, y él se fue a España para dar una versión muy crítica contra la actuación de los Pizarro en Perú, especialmente virulenta en lo que se refería al comportamiento de Hernando Pizarro, a quien estas denuncias, junto a otras, como las de Diego de Alvarado, le supondrían más de veinte años de cárcel.



miércoles, 5 de diciembre de 2018

(Día 693) Orgóñez quiere que Almagro mate a Hernando Pizarro y ataque a los pizarristas para liberar a sus mensajeros. Almagro se opone a la ejecución de Hernando. Orgóñez obedece, pero le profetiza lo que le va a ocurrir. El ejército de Almagro se pone en marcha.


     (283) Veamos el primer botón de muestra de la insistencia machacona de Orgóñez sobre un mismo tema. Cuando Almagro reunió a sus principales capitanes, les pidió su opinión sobre lo que convenía hacer puesto que todo indicaba que Alonso de Alvarado había apresado a sus enviados. Les planteó la situación: “Bien sabéis que, por consejo vuestro, envié al puente de Abancay a Diego de Alvarado y a los otros para que requiriesen a los capitanes que allí estaban que, cumpliendo las provisiones del Rey, me recibiesen como Gobernador, y, según veo, he deducido que ellos están presos y no pueden venir con la conclusión del negocio; por eso, os pido que digáis lo que os parece que debemos hacer”.
     Quien tomó la palabra fue Rodrigo Ordóñez: “Dijo que tenía por cosa cierta que estaban presos, y que, puesto que, ya la guerra había comenzado, que matase a Hernando Pizarro y que saliesen todos a liberarlos, pues tenían allá muchos amigos que, viendo sus banderas, se habían de pasar a ellas. A la mayoría de los capitanes les pareció muy bien el parecer de Orgóñez. Pero Almagro, deseando solamente tener la Gobernación sin mucho daño, que él creía pertenecerle, y como las guerras no estaban tan encendidas, ni se tenía en tan poco matar a los hombres como después, aunque él quisiese mal a Hernando Pizarro, temía que el Rey se airase y lo castigase, y en alguna manera se condolía del Gobernador Don Francisco Pizarro y no quería darle tan gran pesar. Por estas causas, dijo que no quería que se hablase más en lo referente a la muerte de Hernando Pizarro”.
     Como todos los conquistadores de las Indias, también Almagro era un hombre curtido en batallas implacables, y  nunca le tembló el pulso cuando tuvo que ahorcar a alguno de sus soldados, pero está demostrando ahora que siempre actuó noblemente como socio de Pizarro, quien, sin duda potenciado por la influencia de sus hermanos, sobre todo la del soberbio y duro Hernando, en varias ocasiones había sido injusto con él. También tenía razón al temer la ira del emperador si ejecutaba a Hernando Pizarro (quien luego sería castigado por matarlo a él), y, en teoría, no era ninguna insensatez tratar de evitar que el conflicto desembocara en terribles enfrentamientos. Pero quien lo veía todo claro, con la infalibilidad de un  profeta iluminado, era Rodrigo Orgóñez, militar de una sola pieza que había vivido demasiado para dejarse engañar por los sentimientos: “Le respondió a Almagro que no se mostrase tan piadoso, porque Hernando Pizarro era tal hombre que, si viviese, se vengaría a su voluntad. El Adelantado le respondió que no quería que lo tuviesen por cruel ni sanguinario. Le dijo que ordenara a la gente que se preparase y que se  tocaran los tambores para que saliesen las banderas el día siguiente. Rodrigo Ordóñez dijo que lo haría como se lo mandaba, e todos salieron de la ciudad dejando por teniente a Gabriel de Rojas, con recaudo convenible para que guardase a Hernando Pizarro y a su hermano Gonzalo Pizarro”.
      No vendrá mal oír ahora al ‘figura’ Don Alonso Enríquez de Guzmán hablar de lo que había ocurrido después de que Almagro apresara a Hernando Pizarro, puesto que fue protagonista importante en estos cruciales hechos, aunque, como siempre, hay que separar el trigo de la paja porque le encanta denigrar a quienes odia o desprecia.

     (Imagen) Algunos datos más sobre RODRIGO ORGÓÑEZ. Aquellos que se rebelaron contra la legalidad de la Corona en las guerras civiles, no solo perdieron sus bienes y fueron castigados con prisión, a galeras o desterrados, sino que, en muchos casos, perdieron la vida. Incluso, gran parte de su historial militar desapareció de los archivos históricos. Orgóñez lo sufrió todo. En la página de archivos PARES encuentro un dato referente a su llegada a las Indias en el mismo barco que el Gobernador de Santa Marta (Colombia), García  de Lerma, y junto a un sobrino de este al que ya conocemos, Pedro de Lerma. Veremos que los dos, Pedro y Rodrigo, murieron trágicamente al servicio de Almagro. Como muchos otros, Orgóñez, que desembarcó en las Indias ya muy zurrado de las guerras europeas, sufría las dificultades de quienes fueron hijos de nobles pero con los inconvenientes de la bastardía, y vivían obsesionados con alcanzar la gloria y la riqueza escribiendo páginas heroicas en el libro de la Historia. Pero, a veces, ni eso era suficiente: tuvo que enviarle mucho dinero a su padre para que lo legitimara, y así poder convertirse en Caballero de Santiago. Con varios amigos, partió en una nave desde Nicaragua atraído por el prometedor Perú. Se puso a las órdenes de Almagro y jamás lo traicionó, haciendo con él la frustrante campaña de Chile, de donde volvió ya convertido en el más importante capitán de aquella tropa. Nunca titubeó en su fidelidad a Almagro, ni siquiera en las guerras civiles, en las que los dos murieron como consecuencia de la batalla de las Salinas.



martes, 4 de diciembre de 2018

(Día 692) Almagro sospecha que Alonso de Alvarado ha apresado a sus mensajeros. Cieza pone a los Alvarado como ejemplo de familiares enfrentados en las guerras civiles. Hubo mucho chaqueteo. Ejemplo de lo contrario fue Rodrigo Orgóñez, fiel a Almagro hasta la muerte.


     (282) Como otras veces, Cieza, sabiendo que estos Alvarado eran buena gente, saca su moraleja: “Estará bien que el lector tenga un poco de atención en mirar cuánto pueden las guerras, pues arrastran también a los sabios, a los humildes y a los pacíficos, y toda clase de gente a hacer lo que ellas mandan. Una vez que las banderas se despliegan e los tambores suenan, no hay cosa en el mundo que logre que los que están en ella la dejen de seguir; bien claro se ve por estos capitanes, pues siendo todos tan amigos desde que vinieron de Guatemala en compañía del Adelantado Don Pedro de Alvarado, ya había ahora entre ellos la enemistad que habéis visto”.
     Naturalmente, Almagro se inquietó en extremo cuando ya habían pasado ocho días sin que sus hombres regresaran. Mandó aviso a los soldados suyos que iban hacia el puente de Abancay para que extremaran sus precauciones ante un posible ataque de Alonso de Alvarado: “Por medio de dos indios que habían apresado, supieron que los enviados habían llegado al río de Abancay, y que llevaban allí muchos días con los otros cristianos que tenían asentado el campamento (los pizarristas). Oyéndolo, Almagro creyó que sus emisarios debían de estar presos, y, muy pesaroso por haberlos enviado, llamó a consulta a su General, Rodrigo Orgóñez, e a los capitanes Juan de Saavedra, Francisco de Chaves, Salcedo, Vasco de Guevara, el maestre de campo Rodrigo Núñez, Lorenzo de Aldana, D. Alonso de Montemayor, Gabriel de Rojas y algunos otros”. Vemos por los nombres que menciona cómo, ya desde los inicios de las guerras civiles, aparecen algunos tránsfugas importantes. Con el paso del tiempo, y a medida que la situación se vuelva más dramática, el ‘baile’ de cambios de bando será tan intenso, que resultará difícil seguirles la pista a los `volubles’. De los almagristas recién nombrados, dos habían sido fieles servidores de Pizarro: Lorenzo de Aldana, hombre de mucha valía, pero con gran habilidad para arrimarse a las estrellas ascendentes, y Gabriel de Rojas, también un brillante capitán, a quien, como vimos en su día, envió Pizarro a Chile para que discretamente observara las andanzas de Almagro. Todo lo contrario va a resultar Rodrigo Orgóñez; le será fiel a Almagro hasta la muerte (literalmente). Como dije en su día, tuvo un historial militar muy importante, y, después de batallar incansablemente por Honduras, llegó a Perú (cuando Atahualpa ya había sido apresado) en uno de los viajes de ida y vuelta que hacía Almagro, siempre como eficaz suministrador de hombres y provisiones para Pizarro (lástima que tan buenos socios acabaran desastrosamente). Y recordemos que Orgóñez era también un veterano de las guerras europeas, luciendo el timbre de gloria de estar en el pequeño grupo que apresó en Pavía al rey Francisco I de Francia. Personaje tan aguerrido, y conocedor de que un exceso de confianza o de ‘piedad’ podía ser fatal, tenía entre ceja y ceja la idea obsesiva de que era necesario ejecutar al peligroso e implacable Hernando Pizarro. Ahora le va a pedir por primera vez a Almagro que lo haga, pero después lo repetirá hasta la saciedad. No consiguió su deseo, tuvo que aceptar las órdenes de su Gobernador, y eso les costará la vida a los dos; así de simple.

     (Imagen) Hablemos de nuevo de FRANCISCO DE CHAVES, pero haciendo hincapié en su proceso de fidelidades e infidelidades, originadas por las circunstancias más extremas. Estuvo en México con el ejército que envió el Gobernador de Cuba para someter al rebelde Hernán Cortés. Iba al mando la trágica figura de Pánfilo de Narváez, rápidamente derrotado por el hábil y expeditivo Cortés (también aquello fue una pequeña guerra civil). Casi todos los hombres de Narváez se pasaron a las tropas del enemigo, y, entre ellos, Chaves, quien, tiempo después, encontró en Panamá a su paisano Pizarro. No lo dudó un momento: partió con él para vivir intensamente el tramo definitivo de la conquista de Perú. Asistió al apresamiento de Atahualpa, e incluso fue de los pocos que intercedieron (sin éxito) para que no fuera ejecutado. Veremos que, el hecho de acompañar a Almagro en su expedición a Chile, le obligó a luchar contra Pizarro a la vuelta al surgir las guerras civiles, y que va a ser uno los capitanes derrotados en la batalla de las Salinas. Pizarro fue comprensivo y le perdonó la vida, confiándole nuevas aventuras. En una de ellas, vencido por los indios, no lo ejecutaron porque sabían que había intentado salvar a Atahualpa. La última fidelidad de Chaves a Pizarro fue heroica: murió junto a su viejo amigo, tratando de retener a la entrada de la casa a los conspiradores que llegaban para asesinar al Marqués y Gobernador Don Francisco Pizarro, quien, a su vez, vendió cara su vida. Con esa nobleza y valentía acabaron las vidas de estos dos ilustres trujillanos.




lunes, 3 de diciembre de 2018

(Día 691) Alonso de Alvarado recibe bien a los embajadores de Almagro. Ante su pretensión de que traicione a Pizarro, les rechaza la idea. Luego le ordenan, si no acata la autoridad de Almagro, que salga de su gobernación. Se niega de nuevo. Tras consultar a sus capitanes, Alvarado apresa a los embajadores.


      (281) Se produjo el encuentro al lado del río. Al verse, se abrazaron, y tras invitarles Alvarado, subieron juntos a su campamento. Alonso Enríquez de Guzmán, siempre tan charlatán, le preguntó a un soldado llamado Beltrán de Salto si tenían muchos barriles de conservas. La respuesta fue desafiante: “Sí, señor, muy buenos y gustosos barriles llenos de afinada pólvora y redondas pelotas de arcabuz por si traéis buenas ganas”. Pero el pendenciero Enríquez le replicó a su estilo: “Tan buenas ganas traemos de eso como de lo otro”.
     Como era de prever, el encuentro terminó en fracaso, y además poniendo de relieve que el envío de la embajada había sido una increíble imprudencia. La tensión alcanzó niveles extremos y los de Almagro pagaron un alto precio. Le entregaron a Alonso de Alvarado las cartas de su Gobernador, y trataron de conseguir que traicionara a Pizarro: “Pero no tenía tal pensamiento, e respondioles que él era capitán general del Gobernador Don Francisco Pizarro, y por ninguna codicia o cualquier otra cosa negaría la amistad que tenía puesta en él. Tratando estas cosas, comieron todos en mucha paz, aunque los corazones de muchos deseaban verse ya al servicio de Almagro”. Luego los emisarios dieron un paso más atrevido: “Mandaron a su escribano que notificase al General Alonso de Alvarado y a sus capitanes las provisiones de Su Majestad que traían (recordemos que eran muy imprecisas), requiriéndoles que las obedeciesen y que se pusiesen bajo el mando del Adelantado Don Diego de Almagro, pues estaban dentro de los términos y jurisdicción de su gobernación, y si no, que saliesen fuera e la dejasen libre. Alonso de Alvarado respondió que, sabidas las cosas que habían pasado en el Cuzco, él venía solamente a traer aquellas provincias al servicio de Su Majestad por mandato de Don Francisco Pizarro, a quien él tenía por Gobernador y Capitán General”. También le dijo que había comunicado a Pizarro lo que ocurría y que no se movería de allí hasta que recibiera sus órdenes.
     La situación era ya clara para todos, pero los de Almagro, ingenuamente, habían caído en una trampa: “Sus capitanes y sus hombres más principales estaban junto a Alonso de Alvarado, y tomó parecer con algunos de ellos sobre lo que haría de Diego de Alvarado y de los que habían venido con él; le dijeron que sería muy bueno prenderlos, pues, ya que tenían preso a Hernando Pizarro (también lo estaba Gonzalo Pizarro), con gran riesgo de que le quitaran la vida, servirían de rehenes para su seguridad. Alonso de Alvarado, teniéndose por bien aconsejado, mandó prenderlos, quitarles las armas y echarles grillos. Diego de Alvarado y Gómez de Alvarado mostraron gran sentimiento, diciendo que aquello no era cosa que fuera tolerable hacerse entre caballeros”. Y se cruzaron palabras desafiantes: “Al tiempo en que les quitaban las armas, Diego de Alvarado, vuelta atrás la cabeza, dio su espada a un negro que vio entre los españoles, diciendo contra el capitán: ‘Por mi vida que, si yo puedo, no me la quitaréis otra vez’. Alonso de Alvarado respondió: ‘Sed ahora preso y dadla a quien quisiéredes, que después será lo que Dios quisiere”.
 
     (Imagen) Hablemos del drama personal de DIEGO DE ALVARADO, tan fiel a sus principios morales, que su honradez le va a costar una catástrofe a Almagro. Y ello porque Diego de Alvarado tuvo un peso decisivo en la deriva que tomó el curso de las negociaciones entre los dos bandos,  ganando ‘los malos’ (es decir, los que tuvieron menos escrúpulos) el primer capítulo importante de este culebrón. Fue un noble personaje digno de una biografía que exponga el drama íntimo de alguien que supo mantener inmaculada su integridad moral en medio de uno de los escenarios más sucios de la historia de las Indias. Fue sensible y, al mismo tiempo, bravo y luchador, con grandes logros, como la refundación de San Salvador el año 1528. Hizo cuanto pudo por evitar la guerra civil entre Pizarro y Almagro, pero se impuso la locura. Cuando Hernando Pizarro ejecutó a Almagro, el equilibrado y humano Diego de Alvarado, sacudido por el fracaso de su estrategia pacificadora, solo tuvo un objetivo en la vida: lograr que la justicia castigara a Hernando Pizarro como se merecía, para que la memoria de su respetado líder, Diego de Almagro, quedara purificada. Y solo para eso se trasladó a España. Pleiteó contra Hernando Pizarro, muriendo en el trascurso del proceso. Incluso se dice que lo envenenó su enemigo, pero, aunque no llegara a verlo, fueron en gran medida sus acusaciones las que consiguieron que estuviera en la cárcel más de veinte años.



sábado, 1 de diciembre de 2018

(Día 690) Pizarro teme las deserciones y anima a sus hombres con atractivas promesas. Sus capitanes le aconsejan que siga negociando con Almagro. También Almagro envía mensajeros para tantear a Alonso de Alvarado, quien desconfía especialmente de uno de ellos: Don Alonso Enríquez de Guzmán.


      (280) Quizá la primera gran preocupación de los dos fueran los posibles desertores, motivados por el interés o, incluso, por tener familiares o amigos en el bando contrario. Pizarro, como ya lo había hecho Almagro, habló con sus hombres de mayor confianza, justificando sus derechos y prometiéndoles premios: “Queriendo Pizarro encaminar bien las cosas, aunque por parte de su compañero Almagro iban mal guiadas, tomó consigo al bachiller García Díaz, Diego Funmayor, Diego de Urbina, Felipe Gutiérrez, Antonio Picado  (su secretario), D Pedro Puertocarrero y algunas otras personas, y les dijo que a todos les constaba que Almagro había cometido un delito muy grave, y que la presencia de Su Majestad estaba tan arredrada (alejada) para castigarlo, que le pertenecía a él, como su Gobernador, hacerlo con los que andaban alborotando las tierras y las ciudades pacíficas. Les rogaba que quisiesen ser buenos amigos e compañeros suyos, porque les prometía honrarlos tanto como pudiese, y les pidió que, aunque su voluntad era la que les había dicho, diesen su parecer reunidos en consejo, ya que el negocio era tan importante. Oído lo que el Gobernador les había dicho, a todos les pareció que debía enviar mensajeros al Adelantado Almagro, y que las cartas fuesen escritas con palabras blandas e amorosas, y que escribiese también a algunos de los más importantes hombres de Almagro”. A nadie se le escapaba que las posibilidades de éxito eran muy escasas, y le dieron otro consejo (que en realidad no hacía falta advertírselo a Pizarro): “Le dijeron también que enviase mensajeros a la Ciudad de los Reyes para que, si las cosas no tuviesen buen fin, se hiciese llamamiento (militar) de gente e se recogiesen las armas que hubiese”.
     Pues en este juego de emisarios y negociaciones, veamos cómo les fue a los representantes de Almagro que se dirigieron a Abancay para decirle a Alonso de Alvarado que fuera ‘buen chico’: “Salido del Cuzco Diego de Alvarado con Don Alonso Enríquez de Guzmán, el contador Juan de Guzmán y los demás que les acompañaban, llegaron al puente de Abancay, dijeron a los que allí estaban a lo que venían, y dos soldados fueron adonde Alonso de Alvarado y le hicieron saber de la llegada de los embajadores de Almagro. Les dijo que volviesen al puente y que él bajaría después para verse con los llegados. Llamó a los capitanes Garcilaso de la Vega, Perálvarez Holguín, Diego Gutiérrez de los Ríos, Pero de Lerma (ya sabemos que se va a pasar al bando de Almagro), Gómez de Tordoya y algunos otros. Les dijo que quería bajar al río a recibir a aquellos caballeros, pues eran de mucha calidad, y que estuviesen todos preparados pues entre ellos venía D. Alonso Enríquez de Guzmán”. No se fiaba un pelo de Enríquez por varias razones: era muy inteligente y maniobrero, a lo que se añadía que odiaba a Hernando Pizarro (como ya sabemos) y que se había pasado al bando de Almagro en cuanto llegó al Cuzco (incluso le ayudó a tomarlo). Resulta también curiosa la relación de Alonso de Alvarado con Pedro de Lerma, a quien había desplazado del mando. Aunque Alvarado era un hombre cabal y muy respetado, todo el mundo sabía que Lerma no había podido digerir la humillación, y muchos daban por hecho que, tarde o temprano, traicionaría a los de Pizarro. Fue temprano.

     (Imagen) Lo de Perú fue principalmente cosa de extremeños. Haré un breve cometario sobre la trayectoria de dos de ellos. El cacereño PEDRO ÁLVAREZ HOLGUÍN luchaba en el bando pizarrista, pero, en medio de aquella locura de tránsfugas, cambió de chaqueta. Le veremos luchar junto a los de Almagro en la batalla de las Salinas. Sobrevivió, y, curiosamente, Pizarro no solo le perdonó su traición, sino que le confió una campaña de nuevos descubrimientos. Cuando asesinaron en 1541 al ilustre gobernador Pizarro, y quizá por acordarse agradecido de su perdón, no quiso unirse a Diego de Almagro el Mozo, promotor del crimen, pese a que le ofreció una capitanía, dinero, armas y caballos. Todo lo contrario: lo que sí aceptó después, con clara fidelidad al recuerdo de Pizarro, fue el nombramiento de justicia mayor del Cuzco, poniendo en marcha el procesamiento de los almagristas. Por su parte, el bravo GÓMEZ DE TORDOYA, también extremeño, abandonó los placeres de la caza para luchar bajo el mando de Vaca de Castro contra los almagristas. Lo hizo retorciéndole el pescuezo a su halcón, y diciendo: más tiempo es de guerra a fuego y a sangre que no de caza y pasatiempos. Convenció a su amigo Pedro Álvarez Holguín para que se incorporara con él a la batalla de Chupas. Ganó su bando, y Diego de Almagro el Mozo fue ejecutado, pero tanto Pedro como Gómez fallecieron a consecuencia de las heridas recibidas. Aunque fue una desgracia, murieron con su fidelidad a Pizarro intacta. De haber sobrevivido, se habrían tenido que enfrentar al difícil dilema de escoger entre la obediencia al Rey o a Gonzalo Pizarro.



viernes, 30 de noviembre de 2018

(Día 689) En medio de su angustia, Pizarro se alegra de que haya sido Almagro el iniciador del conflicto armado. Anima a sus hombres confiando en que, con la ayuda de Alonso de Alvarado, someterían a su enemigo. La gravedad de la situación superaba lo que Pizarro y Almagro, ya ancianos, podían soportar.


     (279) Siguió Pizarro con sus lamentaciones, pero dijo que se alegraba de no haber sido él quien había iniciado el conflicto: “Mirando hacia el cielo, decía que mucho se holgaba de que hubiera sido Almagro el primero que rompió la paz y fue contra lo jurado, ya que sus hados y los de su compañeros habían querido que, en la senectud de ambos, contendiesen en guerras civiles e fueran tenidos por los principales promovedores; de lo cual él ponía por testigo a Dios de que no se holgaba, ni quería seguir adelante, porque el Rey sería de ello muy deservido”.
     Vemos que Cieza ha utilizado las reflexiones de Pizarro (al que sin duda apreciaba y admiraba) para ponerse de su parte en este punto concreto. Sabe, y no lo oculta en sus crónicas, que Almagro tenía poderosas razones para sentirse injusta y repetidamente ninguneado por los Pizarro, pero se nota que le produce cierta satisfacción que ahora el villano sea Almagro, y además en un acto de terribles consecuencias: desencadenó el inicio de las guerras civiles.
     Pizarro se sobrepuso y trató de animar a sus soldados: “A todos los que venían con él les pareció mal que Almagro hubiese entrado en el Cuzco por la fuerza de las armas e prendido a Hernando Pizarro, que estaba en ella como Teniente del Gobernador y Justicia Mayor, e decían que de aquella entrada habían de redundar grandes males en todo el reino. El Gobernador, mirando que convenía mostrar buen ánimo a sus gentes para que no deseasen algún cambio, les dijo que no se acongojasen, porque  su capitán Alonso de Alvarado se había situado en el puente de Abancay con tanta gente que, juntos con ellos, bastaban para constreñirle a Almagro, si hiciera falta,  a que se arrepintiese de lo hecho y volviese a su amistad”.
     Tanto Almagro como Pizarro eran entonces, para su época, unos hombre ancianos y, como veremos después, también achacosos. Aunque no debe olvidarse que, cuando tres años después, le atacaron sus asesinos a Pizarro, tuvo el arranque y el pundonor de morir matando, acabando con la vida de tres de los confabulados. Pero lo cierto es que Almagro estaba my afectado de sífilis, y Pizarro ya no peleaba abiertamente en campaña. El uno y el otro tenían que verse sobrepasados por el enorme problema en el que estaban metidos. Los dos ilustres analfabetos van a protagonizar, a través de sus asesores, una serie de inútiles intentos de negociación, con cartas y emisarios que volaban de un bando al otro, agotando hasta la última esperanza de una solución pacífica y acordada. Va a ser un espectáculo penoso por lo repetitivo y las eternas discusiones acerca de cómo había que interpretar las provisiones del emperador. Ni siquiera la batalla de Abancay, que, como enseguida vamos a ver, fue ganada por Almagro, cambiará el panorama. Habrá más y más negociaciones, siempre hechas tendenciosamente y sin posible arreglo, porque ni Pizarro ni Almagro estaban dispuestos a ceder en sus pretensiones, justas o no.

     (Imagen) Nunca podremos agradecerle suficientemente a Carlos Lummis los ‘buenos ojos’ y la admiración con que propagó en sus escritos los hechos de los españoles en América. Mérito doble tratándose de un ‘gringo’. Su propia vida fue novelesca. Valoraba especialmente la heroicidad  y no se equivocó sobre la grandeza de la epopeya de Indias. En su magnífico libro ‘Los exploradores españoles del siglo XVI’ (publicado ¡en 1893!) le dedica su mayor entusiasmo a Pizarro. Como hombre apasionado, se dejaba llevar a veces por su simpatía o antipatía hacia los personajes, y, con Almagro, fue muy injusto, haciéndole culpable de revolverse contra Pizarro por su mezquina envidia. Así juzga el inicio de los primeros enfrentamientos entre los dos socios: “La diferencia de poderes concedidos por el Emperador a cada uno de los dos dio pie a disgustos muy serios. Almagro jamás perdonó a Pizarro su preeminencia, y le acusó de haber procurado lo mejor para sí de forma traicionera. Algunos historiadores se han puesto de parte de Almagro, pero tengo fundados motivos para creer que Pizarro obró con rectitud, y que fue la Corona la que se negó a darle a Almagro los mismos poderes. Era una medida muy prudente, pues la existencia de dos jefes constituye siempre un peligro”. El bueno de Lummis murió en 1528, con 69 años, y seguro que, en alegre tertulia con los dos magníficos personajes, se habrá dado cuenta de que Almagro, aunque triturado por el destino y despreciado injustamente, como suele ocurrir con los perdedores, fue el más noble y leal.



jueves, 29 de noviembre de 2018

(Día 688) Pizarro y sus hombres siguen avanzando hacia el Cuzco para expulsar a Almagro. Cieza critica con gran dureza el mal trato que daban a los indios porteadores. Pizarro se deprime al recibir las malas noticias que le envía Alonso de Alvarado sobre la situación en el Cuzco.


     (278) Por entonces, avanzaban Pizarro y sus cuatrocientos hombres hacia el Cuzco: “Llevaba por capitanes a Felipe Gutiérrez y Diego de Urbina. Iba con gran voluntad de socorrer la ciudad del Cuzco, pues hacía muchos días que no había recibido de allí noticia alguna, por lo cual estaba muy acongojado”. Cieza tratará de disculpar a Pizarro, pero nos muestra la terrible explotación que podían sufrir los indios cuando los españoles iban a marchas forzadas. Ya lo vimos en la travesía de los Andes que hizo Almagro. Y ahora se repetirá el tremendo espectáculo: “Los indios de los fructíferos valles, viendo el poderío que el Gobernador llevaba, le salían a servir y le proveían de lo necesario. Aunque Don Francisco Pizarro llevaba muy buen propósito en lo referente a la pacificación de las provincias, no dejaré de decir que ocurrieron grandes maldades contra los naturales cometidas por los españoles”.
     Y para no ahorrarnos la vergüenza, las detalla: “Les tomaban a sus mujeres y, a algunos, sus haciendas. Y lo que más de llorar es que, para que llevaran sus cargas, los ponían en cadenas, y como iban caminando por los arenales, sin sombras ni fuentes, los pobres indios se cansaban, y en lugar de dejarles descansar, les daban muchos palos, diciendo que como bellacos lo hacían. Tanto los maltrataban, que muchos de ellos caían al suelo, y por no pararse a soltar a todos los encadenados y sacar a los caídos, algunos les cortaban las cabezas con poco temor de Dios”. Cieza no  miente, pero, sin tener en cuenta el gran daño que hicieron las epidemias, saca una conclusión exagerada: “De esta suerte fueron muertos muchos indios, pues solía haber en estos valles gran número de ellos, y por los malos tratos que han recibido de los gobernadores y capitanes, vinieron a la disminución que ahora tienen, estando ahora muchas de estas tierras despobladas”. De lo que cuenta Cieza parece entenderse que el mayor tormento para los indios fue servir de porteadores en las grandes expediciones militares. De hecho, había leyes que los protegían en su servicio a los encomenderos, entre otras, la que prohibía que se les cargara con más de dieciocho kilos de peso. Pero, sin duda, las leyes fueron en muchas ocasiones simple texto orillado, quedando los indios a merced del buen o mal corazón de cada español.
     PIZARRO alcanzó en su impaciente marcha hacia el Cuzco el valle de Guarco. Nada más asentar su campamento, llegaron Gómez de León y sus hombres con las preocupantes noticias que le enviaba Alonso de Alvarado, y el viejo y trabajado trujillano se deprimió: “Cuando las supo, fue grande la turbación que recibió, en tanta manera que bien lo mostraba en el rostro. Estuvo un poco de tiempo perplejo acordándose de la afinidad tan conjunta que había habido entre el Adelantado don Diego de Almagro y él, de los trabajos tan crecidos que habían pasado en los descubrimientos, del juramento tan solemne que en el Cuzco habían hecho entrambos, con tantos vínculos y firmezas (hasta poniendo a Dios por testigo), y de que, sin mirar los daños que de la guerras podían resultar, Almagro había entrado violentamente en el Cuzco y prendido a sus hermanos”.

    (Imagen) El capitán Diego de Urbina, también nacido en Orduña, fue siempre fiel a Pizarro, y era sobrino del almagrista Juan de Urbina, un ejemplo más de las trágicas enemistades entre amigos y familiares que provocaban aquellas nefastas guerras civiles. Encuentro en el maravilloso archivo PARES una carta de Diego (parte de ella aparece en la imagen) que me aclara un tema que me parecía extraño (la muerte del obispo Vicente de Valverde). Resumo el texto: Le cuenta al Rey algo que sucedió años después del inicio de estas guerras fratricidas.  Cuando mataron a Pizarro, en 1541,  Diego de Urbina estaba como teniente suyo en Puerto Viejo y en Santiago (cerca de Colombia). Los indios de la zona se rebelaron contra los españoles. El obispo fray Vicente de Valverde iba hacia Quito en unas balsas con treinta y tantos hombres. Salieron los indios de la isla Puná y mataron a todos (no era, pues, un asunto personal: lo hicieron porque estaban en rebeldía general aprovechando la muerte de Pizarro). Urbina permanecía en Santiago, y todos los indios de Puná, con los demás caciques de aquellas provincias, fueron a cercarle. “Nos tuvieron cercados seis meses, dándonos muchas guazabaras (peleas), y nos tenían tan fatigados que acordé, con la conformidad del cabildo, irme de la ciudad, y con veinte balsas traje a los vecinos, sin perder ninguno (muestra su orgullo), por un río abajo en las provincias de los guancavelicas, que son indios de paz e seguros,  donde dejé la ciudad asentada  (la refundó como un campamento provisional), e fui a la ciudad de Puerto Viejo, donde hallé que habían matado a ciertos cristianos, recogí toda la gente que pude, prendí a ciertos caciques e hice castigo de ellos, poniendo temor en los demás, que fue causa de que vinieran a la obediencia de Vuestra Majestad”.