jueves, 15 de marzo de 2018

(Día 642) A pesar de las malas expectativas, Almagro hace un último intento de lograr el éxito, mandando tres expediciones por Chile, una de ellas en barco. Vuelve a fracasar, y agarrándose al sueño de consolidar su gobernación en Perú, decide volver al Cuzco.


     (232) Almagro siguió con sus hombres explorando hacia el sur,  y a medida que avanzaba, se iba convenciendo de que se desvanecían las posibilidades de encontrar grandes riquezas o poblados importantes. Fue entonces cuando cogió fuerza poco a poco  la idea de volverse al Cuzco. Ya vimos (porque Inca Garcilaso se nos ha adelantado en la narración de los acontecimientos) que la decisión definitiva la tomaron los españoles cuando llegó Juan de Rada con el documento que establecía el límite de separación de las gobernaciones de Pizarro y Almagro, temerariamente interpretado por este y toda su tropa, cegados por la euforia.
     A pesar de las malas expectativas, no abandonaron la exploración, esperando un golpe de fortuna. Siguieron avanzando incasables. Hasta se atrevieron a enviar algunos hombres por mar reparando precariamente la desvencijada nave en la que habían llegado Ruy Díaz y el hijo de Almagro. En ella partieron setenta hombres y un capitán con la orden de navegar hasta el estrecho de Magallanes. Otra expedición, compuesta de setenta jinetes y veinte de a pie, fue hacia el sur bajo el mando de Gómez de Alvarado; recorrieron unos 750 kilómetros durante tres meses, sin encontrar nada que mereciera la pena.  Almagro se dedicó a explorar a fondo los valles cercanos al del Aconcagua, sin conseguir otra cosa que aumentar su decepción. Con estos pésimos resultados la situación era insostenible, porque, además, la tropa había crecido demasiado con los hombres que trajo Ruy Díaz y los que acababan de llegar a Copiapó con Juan de Rada y Orgóñez. Así que volvemos a enlazar con el momento de la decisión definitiva, que mostró quizá falta de verdadera determinación en aquella campaña, porque pocos años después Pedro de Valdivia tuvo un éxito rotundo en su conquista de Chile. Les pareció que nada quedaba por hacer en aquellas tierras y además les habían llenado de euforia las noticias que trajo Rada sobre la gobernación de Almagro. Se acabaron las dudas: DESTINO, EL CUZCO (a cualquier precio).
     A pesar de que eran conscientes de que su vuelta al Cuzco suponía  tensar peligrosamente las relaciones  con Pizarro y sus hombres, no pudieron imaginar que iban a quedar envueltos en el torbellino sangriento de las guerras civiles. Cuando llegue el momento, veremos que se podían haber evitado actuando con sentido común. Va a resultar tragicómico el espectáculo de Pizarro, Almagro y sus dos bandos haciendo desesperados intentos de resolver el asunto legalmente y sin guerra, pero tratando cada uno de llevarse la mejor parte. Desde el principio era evidente que se iba a imponer la ley del más fuerte y con las armas en la mano. Cualquier espectador imparcial habría visto con claridad que, dada la impaciencia y la pasión de los dos bandos, no querían atenerse a lo que era justo, sino a lo que más les convenía. Querían ser juez y parte. Solo una persona podía solucionar el conflicto: el Rey. Pero, por temor a salir perdiendo, ninguno quiso esperar, sino aferrarse a los hechos consumados. Dejemos, pues, que, locos de entusiasmo,
Almagro y los suyos partan hacia el encuentro de su destino.

     (Imagen) Sin la menor duda,  el capitán RUY DÍAZ fue uno de los hombres de confianza de Almagro, a quien sirvió fielmente hasta su muerte. Ahora le vemos llegando a Chile protegiendo con mimo  a Diego Almagro el Mozo. Cuando los almagristas volvieron de Chile y se apoderaron del Cuzco, Almagro, que también jugaba la baza de hacer una alianza con el gran Manco Inca, cometió el error de confiarle a Ruy Díaz la envenenada misión de ir a proponérselo. Pero el gran cacique estaba ya harto de todos los españoles, y no solo apresó a Ruy, sino que lo sometió a un trato brutal y vejatorio, estando a punto de que lo mataran. Antes de que ocurriera llegó el fuera de serie Rodrigo Orgóñez con varios hombres y lo rescataron. Ese Rodrigo Orgóñez que se hartó de decirle a Almagro que matara a Hernando Pizarro cuando lo tenían preso, porque si no lo hacía les iba a costar muy caro a todos. Pues no lo hizo, y les costó muy caro. En la batalla de las Salinas, los almagristas fueron derrotados, y allí murieron Almagro, Orgóñez y Ruy Díaz. El  documento de la imagen es una orden dada por Carlos V para que Hernando Pizarro declare sobre la acusación que le hacen unos familiares de Ruy Díaz por considerarle  responsable de su muerte. No tenían mucha razón, porque el único ejecutado fue Almagro (lo que le costó a Hernando un largo presidio); los otros dos, aunque se habían rendido, fueron los soldados quienes se tomaron la revancha matándolos. El documento nos descubre que su nombre completo era RUY DÍAZ LOBO, lo que denota una clara ascendencia portuguesa.



miércoles, 14 de marzo de 2018

(Día 641) Diego de Almagro el Mozo se encuentra con su padre. Todo iba bien con los indios, hasta que huyeron por la nefasta influencia de Felipillo. Apresaron a Felipillo, y Almagro, recordando pasadas traiciones suyas, manda ejecutarlo mediante el terrible método de hacerle cuartos.


     (231) Además de la nao San Pedro, hubo otra que había conseguido con dificultades llegar hasta Chincha, y sus ocupantes siguieron por tierra en busca de Almagro, a quien le esperaba una alegría especial. Al frente de aquellos hombres estaba Ruy Díaz, y lo acompaña el joven hijo del gobernador, Diego de Almagro el Mozo, a quien su padre lo envió por camino seguro. (Ya comenté que Inca Garcilaso se equivocaba al decir que Ruy Díaz había ido por los Andes).
     El entendimiento entre españoles e indios en el valle del Aconcagua era una delicia, logrado gracias a la positiva influencia de Gonzalo Calvo de Barrientos. Pero un indio de mala condición, astuto y cizañero, consiguió enturbiarla. Un indio que en Cajamarca se inventó chismes que influyeron en la muerte de Atahualpa, al parecer en venganza porque no le concedió una princesa india de la que se había enamorado. Un indio que ya estuvo a punto de perder la cabeza cuando traicionó a Almagro en Quito y se pasó al bando de Pedro de Alvarado. Entonces Almagro lo perdonó, pero ahora no.  Se trataba (no podía ser otro) del intérprete Felipillo, quizá el único de su oficio que resultó un taimado maniobrero, porque, en general, los intérpretes (las ‘lenguas’) valoraban el hecho de ser muy bien tratados, aunque corrieran peligros como el resto de los españoles. Lo raro es que Almagro lo tuviera todavía a su servicio.
     Todo iba bien, pero terminadas con el día las efusiones y alegrías, los españoles vieron sorprendidos al amanecer que los indios se habían esfumado. La labor de zapa de Felipillo insistiendo en la crueldad de los españoles les metió el miedo en el cuerpo y huyeron. Felipillo se fue con ellos, pero fue apresado. Veamos la versión de Inca Garcilaso, quien, como hombre culto, no lo llama ‘lengua’, sino intérprete: “El intérprete Felipe también huyó, porque después de la muerte de Atahualpa siempre anduvo temeroso y quería estar muy lejos de los españoles. Se escapó por verse libre de los que aborrecía, pero fue desdichado, pues, no conociendo bien la tierra, cayó en poder de los de Almagro. El cual, acordándose de su escapada al bando de don Pedro de Alvarado, y sospechando que lo sabía y no le había querido avisar cuando el sacerdote Villahoma huyó, ordenó que le hiciesen cuartos”.
     Con esa breve frase muestra Inca Garcilaso la fulminante y terrible reacción de Almagro, sin duda harto de la doblez del indio. Pocas cosas pueden ser más  brutales que una ejecución llevada a cabo ‘haciendo cuartos’, en la que cuatro caballos tirando de las extremidades del condenado, lo destrozaban. Un verdadero espanto.
     Inca Garcilaso cita un cometario del cronista López de Gómara sobre la mala condición de Felipillo: “Confesó el malvado al tiempo de su muerte haber acusado falsamente a su buen rey Atahualpa por yacer seguro con una de sus mujeres. Era un mal hombre, liviano, inconstante, mentiroso, amigo de revueltas y sangre, y aunque bautizado, poco cristiano”. Y añade el muy cristiano Inca Garcilaso: “Se debe llorar que el primer intérprete que tuvo aquel imperio para la predicación de la fe católica hubiese sido de tal condición”. El caso es que la terrible ejecución les convenció a los indios huidos de que era mal asunto crearles problemas a los españoles, siendo llevaderos cuando se aceptaban sus condiciones, y volvieron en son de paz.

       (Imagen) A medida que avanzamos sobre la desmesurada historia de la conquista de Perú, se  nos va quedando atrás el glorioso resplandor  de lo que Pizarro y Almagro consiguieron, y  vemos a lo lejos negros nubarrones que anuncian lo peor (lo peor que ocurrió en las Indias). Si hubo una figura especialmente torturada por los acontecimientos, fue la de DON DIEGO DE ALMAGRO EL MOZO. Era mestizo, y su padre, Don Diego de Almagro, lo preparó para alcanzar las más altas cumbres de la milicia. Aunque no lo llevó a través de los durísimos Andes, sí quiso que se juntara con él en Chile por otra ruta más segura. Vemos hoy que por fin se encuentran, y con gran alegría. El ‘mozo’ solo tiene  14 años, y no volverá a saber lo que es la tranquilidad. No se va a perder ni una sola batalla hasta que su padre muera dos años más tarde; los almagristas seguirán conspirando contra Pizarro, y  él tendrá que aceptar un liderazgo más bien simbólico. Pero cuando lograron asesinarlo, el Mozo, a sus 19 años, ya era un bravo capitán curtido en mil amarguras. Lo que vino después roza el dramatismo de las tragedias griegas. Sus partidarios lo proclamaron gobernador de Perú, el puesto que había dejado vacante Pizarro al morir, y el Mozo lo asumió con todas las consecuencias, hasta el punto de enfrentarse a Cristóbal Vaca de Castro, el enviado del rey, en la guerra de Chupas, la más sangrienta de todas las civiles. Perdió, lo ejecutaron y, por serena petición suya, lo enterraron junto a su padre. Es difícil encontrar documentación sobre los que fueron rebeldes (también esto parece una conspiración). Así que hoy toca poner, al menos, una imagen de la villa de Almagro, el pueblo natal de su padre.




martes, 13 de marzo de 2018

(Día 640) Almagro, tras un año de expedición, llega hasta el valle del Aconcagua, a 3.000 km de Cuzco. Sorprendente encuentro con el ‘desorejado’ Gonzalo Calvo de Barrientos, siendo grande la alegría por ambas partes. Les llega un barco a la costa próxima con un refuerzo de hombres y provisiones.


     (230) Ya vimos que Almagro fue implacable en Coquimbo con los indios que habían matado a los tres españoles que, codiciosos de botín, iban avanzando por delante de la tropa, y los quemó vivos. Partió de allí con su tropa, ya recuperados de la tortura y las angustias que sufrieron en la travesía de las nieves. Pasaban ahora por tierras muy fértiles y de clima muy agradable, pero no encontraban núcleos urbanos como los de Perú. En su caminar hacia el sur, habían rebasado con creces los 100 leguas de la gobernación concedida por el emperador a Almagro, pero no se trataba de una ilegalidad ya que, además de gobernador, era también, como solía ocurrir, ‘adelantado’, lo que le daba derecho a meterse en tierras desconocidas. Estaba ya en el maravilloso valle del río Aconcagua, muy cerca de lo que hoy es Santiago, la capital de Chile (lo que quiere decir que, en un año y con grandes dificultades, había recorrido desde el Cuzco unos 3.000 kilómetros).
     Y allí tuvieron un encuentro increíble, porque les salió a recibir el español Gonzalo Calvo de Sarmiento, que se les había adelantado ‘por libre’. Con una novelesca aventura, llegó a ser el primero en descubrir aquellos territorios chilenos y toda la larguísima ruta que llevaba, a través del desierto de Atacama, desde el Cuzco hasta el valle del Aconcagua. Quizá fuera un hombre de carácter indisciplinado. Culpable o no, lo acusaron en Jauja de robo, y Pizarro lo castigó ordenando que le cortaran las orejas. Gonzalo pudo soportar la mutilación, pero no la afrenta ni la marca perpetuamente visible de su delito, de manera que  tuvo la enorme osadía de expatriarse para siempre, huyendo con su compañera india lo más lejos posible. Se integró perfectamente entre los indios de Chile, lo que no habría sido posible si se tratara de  una mala persona.
     Almagro no sabía que se iba a encontrar con Gonzalo, pero él sí, porque los rumores de los indios viajaban rápidamente. Tuvo la sensatez de explicarle con detalle al cacique de su poblado cómo eran los españoles, aconsejándole que los recibiera pacíficamente porque su fuerza era muy poderosa. El encuentro fue especialmente amistoso y la sorpresa de los españoles enorme al ver a Gonzalo, a quien Almagro trató con tanta dignidad que logró su colaboración incondicional. Es de suponer que el ‘desorejado’, de forma casi instantánea, quedara integrado con los soldados españoles, y curado del trauma moral que arrastraba.
     El 25 de mayo de 1536, estando disfrutando de un merecido y necesario descanso en el valle del Aconcagua,  tuvieron noticias de que había llegado a la costa un refuerzo de españoles. Estaba previsto que vinieran cuatro naves, pero las corrientes de aquella zona chilena eran un rémora que creaba grandes dificultades a los barcos. Desconocían los marineros que bastaba separarse unas millas del litoral para poder avanzar rápidamente, un gran descubrimiento conseguido por el piloto Juan Fernández, pero 38 años más tarde. Aunque solamente la nao San Pedro logró su objetivo, su aportación llenó de alegría a las sufridas tropas de Almagro.

     (Imagen) Hablemos de los gloriosos solitarios de las Indias, con su toque de locura, y de los extraviados (héroes a la fuerza). De algunos, nunca más se supo, como cuando un marinero se cae al mar y el barco se aleja sin remedio. Tuvieron que ser muchos y con distintas causas: abandono por fatiga, extraviados, capturados por los indios, devorados por los caimanes, huidos de la justicia o, simplemente, seducidos por un sueño idílico. Unos pocos, retornaron y contaron su aventura, como Jerónimo de Aguilar y Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien escribió una magnífica crónica e incluso fue gobernador del Río de la Plata. Así ocurrió también con ‘el desorejado’ GONZALO CALVO DE BARRIENTOS, el verdadero descubridor de Chile, adonde llegó huyendo del rechazo de sus compañeros. Con ruda justicia, Pizarro dio orden de que le cortaran las orejas por ladrón, y él quiso vivir con los indios en algún lugar tan lejano que jamás pudiera encontrarse con un español. Y sin embargo, Almagro y sus hombres llegaron hasta allí. El desorejado fue a buscarlos, y se alegró de verlos, colaborando gustoso y eficazmente con ellos, quizá porque entendió que eran rivales de quien le había cortado las orejas. Fue un valioso guía para que Almagro atravesara en su vuelta al Cuzco el temible desierto de Atacama, por una ruta que él había recorrido en sentido contrario cuando huyó. Hay quien dice que retornó después a Chile, pero, según otra versión, murió en la batalla de Las Salinas luchando en el bando de Almagro contra los Pizarro. La imagen muestra el asombroso encuentro (para ambos) de Almagro con el que fue, ciertamente, el verdadero descubridor de Chile, GONZALO CALVO DE BARRIENTOS.



lunes, 12 de marzo de 2018

(Día 639) Inca Garcilaso dice que Almagro habría triunfado siguiendo por Chile pero le cegó el atractivo del Cuzco. Pone de relieve el error de creer que Almagro volvió por el mismo camino de la ida. Pero él se equivoca al decir que Ruy Díaz le alcanzó atravesando los Alpes.


     (229) Explica muy bien Inca Garcilaso la verdadera razón que los impulsó a abandonar la campaña de Chile: “La pasión que Almagro y sus capitanes tenían por volver al Perú no era por gozar de las cien leguas de jurisdicción que su gobernación tenía, que muchas más ganaron en Chile, en tierras de mucho oro, según vieron por las muestras, y siendo muy bien recibidos por los indios. Pero nada les agradaba que no fuese poseer aquella imperial ciudad del Cuzco, la cual fue la manzana de la discordia que el demonio echó entre estos gobernadores para que tuviesen guerras civiles”. Garcilaso le da un giro totalmente religioso a su explicación. Dice que, con ello, el demonio consiguió “que se estorbase la predicación del Santo Evangelio y muriesen muchos fieles e innumerables infieles sin el sacramento del bautismo. Porque el enemigo del género humano y sus enemigos estorbaban su administración y la de los demás sacramentos que son remedios de nuestras ánimas”. Se entenderá mejor su comentario teniendo en cuenta que el extraordinario y complejo Inca Garcilaso, llegado a España con 21 años, fue militar, cronista, y también sacerdote.
     Después nos detalla la ruta que Almagro escogió para el camino de vuelta: “Con esta afición o pasión que Almagro y los suyos tenían por la imperial ciudad del Cuzco, resolvieron dejar Chile y volverse a Perú, no por el camino que a la ida llevaron, porque los escarmentó malamente, sino por otro igual de dificultoso, porque el pasado los habría de ahogar con nieves y agua, y el venidero con falta de ellas y sobra de arena, como luego veremos (les esperaba el tremendo desierto de Atacama)”. En varias crónicas se asegura que Almagro volvió a Perú por la misma ruta montañosa que había utilizado para su campaña de Chile, lo que niega rotundamente (con razón) Inca Garcilaso. “Los historiadores Zárate y Gómara andan muy confusos en este viaje que Almagro hizo, porque dicen que volvió por el mismo camino de la ida, al tiempo que aseguran que pasaron mucha necesidad de agua y que llevaban odres, siendo así que, donde hay nieves no hay falta de agua. Por lo que se ve claro que el que se lo contó confundió las cosas juntando lo que sucedió a la ida y a la vuelta de este viaje, y haciendo el camino uno solo siendo dos, y tan diferentes como luego se verá”. Hay otras confusiones sobre esta aventura chilena en los relatos que se transmiten de cronista en cronista, y creo que también Inca Garcilaso comete un error. Dice varias veces que Ruy Díaz acompañaba a Juan de Rada en la tremenda travesía de las montañas nevadas por las que habían pasado primeramente Almagro y después Orgóñez. He  eliminado en su texto el nombre de Ruy Díaz porque es más creíble, como veremos, la versión de que llegó por mar hasta la costa chilena, y llevando consigo a Diego de Almagro el Mozo por ser más seguro el viaje. De haber ido ‘el Mozo’ con Rada, su protector, Inca Garcilaso lo habría dicho. Dicho esto, le dejo de momento en este punto a Inca Garcilaso (para retomarlo después) y amplío las andanzas chilenas de Almagro sirviéndome del historiador Manuel Ballesteros, quien, además, nos  aclara que Almagro, antes de que lo alcanzaran Orgoños y Rada en Copayapo, había hecho un largo viaje en dirección sur (plagado de incidencias) llegando hasta el valle del Aconcagua, desde donde retornó.

     (Imagen) Aunque el cronista Inca Garcilaso asegura que, si no fuera por su empeño en ocupar El Cuzco, Almagro podía haber triunfado en Chile, otros datos que iremos viendo dejarán claro que las dificultades que encontró en su expedición le habrían desanimado a cualquiera. Y sin embargo… Sin embargo hubo otro ‘superhombre’ que, incluso conociendo perfectamente lo que fue la campaña de Almagro, se atrevió a repetirla y tuvo un éxito grandioso: PEDRO DE VALDIVIA, a quien, en su momento, habrá que dedicarle muchas páginas. Un ‘hombre de acero’, que tuvo de amante y compañera (hasta que llegó de España su legítima esposa) a una mujer tan brava como él: INÉS SUÁREZ (novelada por Isabel Allende en ‘Inés del alma mía’). Nació el año 1497 en la Comarca de La Serena (otro extremeño; y van…). Tenía mucho prestigio militar como veterano de las guerras de Flandes y de Italia. El año 1534 ya estaba implicado en las duras expediciones de la zona de Venezuela. Curiosamente, su llegada a Perú se debió a una orden dada por Alonso de Fuenmayor, presidente de la Audiencia de Santo Domingo, para que ayudara a Pizarro a sofocar las rebeliones incas. Pizarro lo admiró mucho y, por su pesada insistencia, le autorizó una misión que nadie quería, y que a Valdivia (que valoraba por encima de todo la gloria) le entusiasmaba precisamente por su dificultad: conquistar Chile. Superó mil obstáculos y lo consiguió. Aunque los mapuches lo apresaron y lo mataron con extrema crueldad, PEDRO DE VALDIVIA será para siempre uno de los más grandes de las Indias.



sábado, 10 de marzo de 2018

(Día 638) También en la travesía de Rada hubo muchos muertos. Al ver Almagro el documento real que le trae Rada, se entusiasma. Algunos de sus hombres le piden prudencia, pero él da por hecho que le corresponde el Cuzco y piensa ya en dar la vuelta. Lo sensato habría sido respetar que Pizarro tenía la posesión del Cuzco y esperar la última palabra del Rey.


     (228) La ocupación de territorio chileno estaba resultando un fructífero paseo, pero solo en algunos poblados indios: “Habiendo descansado Almagro y su gente, trató de conquistar los valles y provincias del reino de Chile que no estaban sujetos al imperio inca, porque las otras, viendo que Paullo, hermano de su rey, iba con él, todas le habían dado la obediencia”. La colaboración de Paullo para  esta campaña fue extraordinaria: “Viendo (ingenuamente) que era en beneficio de su hermano Manco Inca,  sacó gente de los presidios y guarniciones que en aquel reino había, y fue con don Diego de Almagro a la conquista. Las batallas fueron muy reñidas, pero, aunque resistían mucho los contrarios, iban ganando felicísimamente los españoles. Andando Almagro en sus victorias, aunque las alcanzaba a mucha costa de sangre española e india, llegó allá Juan de Rada con cien españoles por el mismo camino que siguió Almagro, y aunque hallaron los puertos con menos nieve, murieron muchos indios y algunos españoles por el frío que pasaron, y los demás pasaron grandísima hambre. Socorriéronse con la carne de los caballos que hallaron muertos de los que se helaron cuando pasó don Diego de Almagro. Estaban tan frescos tras pasar cinco meses, que parecían haber muerto aquel mismo día”.
     Es evidente que Almagro y sus hombres, después de tanto sufrir, estaban perdiendo motivación para seguir adelante, aunque mantenían esperanzas de alcanzar un gran éxito. Pero las noticias que traían Rada y sus acompañantes produjeron un efecto fulminante: “Fueron recibidos con mucha regocijo, y mucho más cuando supieron que Rada llegaba con la provisión  de Su Majestad (para Almagro) de la gobernación de cien leguas de tierra más allá de la jurisdicción del Marqués”. Garcilaso cita de nuevo a Gómara: “Con lo cual Almagro, aunque luego le costó la vida, se alegró más que con cuanto oro y plata había ganado, pues era codicioso de honra. Entró en consejo con sus capitanes sobre lo que debía hacer, y decidiose, con el parecer de la mayoría, volver al Cuzco a tomar en él la posesión de su gobernación, pues en su jurisdicción estaba. Hubo muchos que le dijeron y rogaron que, antes de volverse, poblase donde estaban o donde los charcas, pues la tierra era riquísima. Le dijeron que enviase entretanto a saber la voluntad de Francisco Pizarro y del cabildo del Cuzco, porque no era justo enemistarse antes. Quienes más atizaron la vuelta fueron Gómez de Alvarado, Diego de Alvarado y Rodrigo Orgóñez, su amigo y   privado. Almagro, en fin, determinó volver al Cuzco a gobernar por fuerza, si no lo quisiesen voluntariamente los Pizarro”.
     Pues igualito que Julio César al atravesar el río Rubicón: ‘La suerte está echada’. Ahí sí que metió la pata Almagro, abrasado por el deseo de conseguir, al fin, equipararse en honores, riqueza y poder con Pizarro, y dando por evidentes unos derechos que no estaban claros. La provisión que le dio Rada fue la que trajo Hernando Pizarro de España, tan imprecisa, que después la matizó el rey en el documento que fray Tomás de Berlanga dejó en manos de Pizarro. En el cual se establecía cómo había que medir las leguas concedidas, y aun así cabían interpretaciones. Con una negociación serena y basada en ese texto, Almagro tendría que haber renunciado al Cuzco, aunque solo fuera de momento, porque faltaba la última palabra del rey y la posesión la tenía entonces Pizarro. Pero no se va a imponer el diálogo, sino la sangrienta ley de la fuerza.

     (Imagen) Vemos hoy que, entre los que más animaron a Almagro (que ya se había entusiasmado con la idea) para volver de Chile y tomar posesión del Cuzco, estaban GOMEZ DE ALVARADO y DIEGO DE ALVARADO. Los dos tuvieron un carácter sensato (aunque en este caso, no demasiado) y vivieron situaciones muy parecidas. A Gómez ya le dediqué un apartado (con el inconveniente de que se le suele confundir con otro del mismo nombre). DIEGO DE ALVARADO había nacido en Zafra (Badajoz), población que puede presumir de la extraordinaria contribución de 221 vecinos a las campañas de las Indias. La humanidad de Diego de Alvarado le va a costar el mayor disgusto de su vida, y quizá hasta la muerte. Cuando empezaron las guerras civiles, Almagro ganó la primera batalla y apresó al temible Hernando Pizarro. Ya vimos que el implacable Rodrigo Orgóñez le insistió en que cortara la cabeza a Hernando, a su hermano Gonzalo y a Alonso de Alvarado. Argumentando que sería una crueldad innecesaria y contraproducente, Gómez y Diego consiguieron que Almagro, un hombre razonable, no lo hiciera. Pero luego, Diego logró más: que dejara libre a Hernando. Almagro perdió la siguiente batalla, y el maquiavélico Hernando Pizarro le quitó la vida. Fue tal la amargura de Diego de Alvarado que marchó a España para denunciar el crimen. Poco después llegó Hernando Pizarro. El pleito no avanzaba. Diego de Alvarado, como caballero de honor, lo desafió, y se señaló día y hora para el duelo a muerte. El que perdió la vida, pero de forma misteriosa y antes de batirse, fue uno de los mejores hombres de las Indias: DIEGO DE ALVARADO.



viernes, 9 de marzo de 2018

(Día 637) Rada y sus hombres pasan los Andes viendo los cadáveres helados de los grupos anteriores. Orgóñez interpreta temerariamente que el documento real indica que el Cuzco le corresponde a Almagro. Los indios, les dan mucho oro a los españoles. Almagro se entusiasma con la riqueza de Chile y perdona a sus soldados lo que le deben.


     (227) El paso por la sierra no solo resultó duro, sino también muy deprimente: “Topaban con algunos de los muchos negros e indios que no habían podido seguir, y les era lástima verlos estar muertos. Determinó Juan de Rada que se adelantaran el bachiller Enríquez, Luis de Matos y otros tres, y llegasen adonde estaba Orgóñez para que, sabiendo de su ida y que llevaba las provisiones de lo concedido por el rey a Almagro, le proveyese de alimentos. Así partieron estos, y con harto trabajo, llegaron a Copayapo. Le dieron el mensaje a Orgóñez, el cual se alegró mucho, afirmando que el Cuzco y lo mejor de la tierra de Perú entraba en la gobernación de Almagro, y acordó aguardar a Juan de Rada”. La interpretación de Orgóñez fue temeraria porque ni siquiera había visto el documento, que, además, era confuso. El que podía haber zanjado la cuestión fue el que trajo en persona el obispo fray Tomás de Berlanga, al que tampoco le hicieron caso; un documento que, como veremos en su día, sirvió para un último intento de evitar la explosión de las guerras civiles, que también fracasó a pesar de recurrir a intermediaros imparciales. Cieza nos dirá en un interesantísimo libro posterior que se impuso la ambición.
     Así termina Cieza su libro, añadiendo la indicación de que va a narrar lo que ocurrió durante la estancia de Hernando en el Cuzco. Pero, de momento (sin perder la esperanza de conseguir el texto), tendré que valerme de lo que cuentan otros cronistas.
     Retomo la narración de Inca Garcilaso sobre el duro peregrinar de Almagro por la ruta de Chile y nos va contando lo que pasó hasta el momento en que, como nos acaba de contar Cieza, llega al Cuzco Hernando Pizarro. Veremos después cómo se complican las cosas con Manco Inca y el acelerado deterioro de las relaciones de Almagro con los Pizarro. Nos explica con más detalle que Cieza el buen recibimiento que tuvieron Almagro y sus hombres en Copayapo porque el inca Paullo les dijo a los indios que le iban a devolver  a Manco Inca todo su poderío: “Se alegraron mucho con la esperanza de la restitución del imperio y juntaron más de doscientos mil ducados en oro que tenían guardados para los presentes que solían hacer a su emperador. Paullo llevó el oro a don Diego de Almagro y se lo entregó en nombre de su hermano Manco Inca. Almagro y los suyos se alegraron mucho de ver que en solo un pueblo diesen los indios tanto oro, pues era señal de la riqueza de aquella tierra”. Almagro se mostró tan agradecido, que Paullo en pocos días le consiguió otros trescientos mil ducados de oro.  Aquello era sumamente prometedor, y el entusiasmo de Almagro se desbordó: “Vista la riqueza de la tierra que le había cabido en suerte, y teniéndola ya por suya, quiso ser muy espléndido por su buena dicha de ganar honra y fama, que era muy amigo de ellas, y para obligar a los suyos a que le fuesen buenos compañeros, sacó en presencia de ellos las obligaciones que tenía de los muchos dineros que les había prestado, que pasaban de cien mil ducados, y una a una las rompió todas, diciendo a sus deudores que les perdonaba aquella cantidad, y que le pesaba que no fuese mucho mayor; y a la mayoría también les dio ayudas, con lo que todos quedaron muy contentos”. Inca Garcilaso recoge un triste comentario que hizo el cronista López de Gómara (acordándose de su trágica muerte) sobre esta gran generosidad de Almagro: “Fue liberalidad de príncipe más que de soldado, pero cuando murió no tuvo quien pusiese un paño en su degolladero”.

     (Imagen) Al hablar de lo espléndido que fue Almagro con sus hombres cuando creyó que en Chile iban a conseguir una enorme riqueza, Inca Garcilaso recoge el dramático comentario del cronista López de Gómara sobre su triste final: “Fue liberalidad de príncipe más que de soldado, pero cuando murió no tuvo quien pusiese un paño en su degolladero”. Aunque todavía le queda a Almagro un largo viaje por Chile, convendrá ya que nos preparemos para digerir la parte emponzoñada de la conquista de Perú. Entraremos pronto en la historia más dramática de las Indias (en ningún otro lugar ocurrió despropósito semejante): el enfrentamiento entre Pizarro y Almagro, la lucha de españoles contra españoles. El sensato cronista Cieza subraya que nada es más espantoso que una guerra civil. Lo más triste fue que no supieron (o la impaciencia les pudo) esperar la solución: el inapelable dictamen del rey que decidiera claramente la superficie que le correspondía a la gobernación de cada uno. Sin duda Pizarro y sus hermanos llevaban tiempo haciendo todo lo posible para laminar los derechos de Almagro, pero él, a su vez, se precipitó cometiendo errores que debilitaron sus razones. Además, aunque fue más tolerante que sus contrarios, esa ‘debilidad’ lo convirtió en la primera víctima, desencadenando la terrible ley del ojo por ojo. Durante años, la colaboración entre Pizarro y Almagro había sido maravillosa y dio un fruto de ensueño, pero se complicó con la mala influencia de los hermanos de Pizarro, y se potenció extraordinariamente al formarse dos poderosos grupos de conquistadores divididos por sus simpatías y, principalmente, por sus intereses: los pizarristas y los almagristas. TODO ACABARÁ DESASTROSAMENTE.



jueves, 8 de marzo de 2018

(Día 636) El segundo grupo, bajo el mando de Rodrigo Orgóñez, atraviesa los Andes. Otro horror. Rada se prepara para dirigir el tercer grupo, y parte tras conseguir que Hernando Pizarro le dé el documento de las concesiones del rey.


     (226) Tras varios días de marcha, llegaron a las temibles sierras nevadas, en las que van a sufrir el mismo calvario que Almagro, sus hombres, los indios y los negros: “Se espantaron de ver tanta blancura y temían el frío que habían de pasar. Entraron en las nieves encomendándose a Dios, caminaban con gran trabajo y el viento era recio. Fue tan grande el frío que murieron los más de los negros, indios e indias, y los que escaparon fue con los dedos comidos, o ciegos. Estando poniendo Orgóñez el toldo de su tienda, sólo de poner la mano en el palo para sostenerlo, cayó tanta nieve que le quemó los dedos y se le cayeron las uñas, y mudó la piel de todos como si fuera ‘fuego de San Antón’ (‘ergotismo’, enfermedad de la piel). Dos españoles estaban dentro de un toldo, y viniendo furiosamente el austro, lo arrancó, y cayó tanta nieve que los dos españoles, con los indios e indias que tenían, tuvieron aquel lugar por sepultura para siempre, e lo mismo ocurrió a dos caballos que estaban atados junto a la tienda. Sotelo y Castillo también sintieron en las manos el mismo daño que Orgóñez. Con la ayuda de Dios, pasados cuatro días, se hallaron fuera de las nieves, dejando muertos a los dos españoles, muchos indios e indias y negros, y veintiséis caballos con sus sillas y aderezos”. Llegaron, por fin, a Copayapo, donde fueron muy bien recibidos por los indios porque allí estaba el joven cacique al que Almagro le había conseguido la recuperación del legítimo poder heredado de su padre. Antes de seguir Orgóñez su marcha al encuentro de Almagro decidió descansar algunos días en el poblado para que todos sus hombres se repusieran de tanto sufrimiento y necesidad.
     Lo último que cuenta Cieza en este tomo del ‘Descubrimiento y conquista del Perú’ se refiere a una tercera expedición que también va a sufrir los rigores de la montaña nevada, aunque las consecuencias serán menos terribles. Su capitán era Juan de Rada, quien, como sabemos, se había quedado en el Cuzco preparando refuerzos para Almagro. De allí había ido a Lima por un asunto concreto y conflictivo, el de las concesiones que el emperador había hecho a Pizarro, a Almagro y, entre otros, también a Hernando Pizarro, con el que debía de llevarse muy mal: “Juan de Rada, mayordomo de Almagro, esperó en Lima hasta que Hernando Pizarro llegó (recordemos que venía de España). Pidiole las provisiones reales que traía para Almagro; respondiole que, pues todos habían de ir al Cuzco, allí se las daría. Se quejó a Pizarro y le respondió que en el Cuzco se las daría sin falta ninguna. Y habiendo llegado al Cuzco Hernando Pizarro, se las entregó. En seguimiento de Juan de Rada habían salido Lorenzo de Aldana, el contador Juan de Guzmán, Hernán Gómez, Juan de Larrínaga, Pedro Mateo, Picón, Luis de Matos, el bachiller Enríquez y cincuenta más. Juntáronse con Juan de Rada donde los chichas, siendo todos más de ochenta españoles”. La peripecia de su viaje hacia Chile fue parecida a las dos anteriores. Se agotaron los alimentos y volvieron a sufrir el peligro de las rocas que despeñaban los indios, pero esta vez Rada consiguió cogerles provisiones. “Mandó a los de a caballo que se apeasen y fuesen a la parte baja de la quebrada, de donde, a pesar de los indios, podrían sacar más de cien cargas de buen trigo. Hecho esto, descansaron quince días para cuidar de los caballos porque estaban flacos, y supieron que había puertos nevados y que Orgóñez se encontraba en Copayapo”.

    (Imagen) Historias novelescas. RODRIGO ORGÓÑEZ fue el gran capitán general de Almagro. Nació en Oropesa hacia 1490. Sus padres eran judíos conversos, aunque él siempre se consideró hijo del noble Juan de Orgoños, a quien le suplicó, sin éxito, que lo reconociera. Entre otras razones, por esta: “Lo que yo a vuestra merced suplico es que me declare legítimo, y por esta vía podría tener el Hábito de Santiago”. Había sido un brillante veterano de las guerras europeas. Tenía una fuerte personalidad y era implacable cuando lo creía necesario. Se hartó de decirle (inútilmente) a Almagro que matara, después de haberlos apresado, a  Hernando Pizarro, Gonzalo Pizarro y nuestro conocido y sensato Alonso de Alvarado. Quizá por no hacerlo,  veremos pronto morir a los dos juntos en las guerras fratricidas. El heredero de Rodrigo Orgóñez fue su hermano DIEGO MÉNDEZ, otro apasionado de la adrenalina. Metido hasta las cejas en las trepidantes y durísimas guerras entre españoles, tomó parte en el asesinato de Pizarro, y luego, en otro que vimos ayer, el del poco recomendable capitán García de Alvarado. La última originalidad de Méndez, motivada por la desesperación, tuvo lugar al caer prisionero de las fuerzas  leales a la Corona. Consiguió huir con varios compañeros y, en una extraña maniobra, buscaron amparo en el rebelde emperador Manco Inca, a quien Diego le insistió en que hiciera las paces con el virrey Núñez Vela. Fue un error: los indios los masacraron a todos.



martes, 6 de marzo de 2018

(Día 635) Sale del Cuzco Rodrigo Orgóñez con gente para reforzar a Almagro. En una emboscada, los indios matan a cuatro españoles. Por estar acuciados por el hambre, Orgóñez desiste de castigar a los indios y sigue con sus hombres hacia delante.


     (225) Cieza nos recuerda que Almagro había dejado en el Cuzco a Rodrigo Orgóñez encargado de que le siguiera con gente que iba allá de todas partes para unirse a la expedición: “Llegado el momento, Orgóñez salió yendo con él Cristóbal de Sotelo, Oñate, Pérez y otros vecinos. Llevaban buenos caballos, con buen aderezo de servicio y negros, así como de otras cosas que son convenientes para los descubrimientos. Por donde pasaban, les atendían bien los indios porque estaban ansiosos por lo que les había amonestado el sumo sacerdote Villahoma. Aguardaban a saber que Manco Inca estuviese fuera de la prisión para oponerse abiertamente a los españoles y darles guerra. Pocos días después llegaron a Topisa con alguna necesidad de bastimento, por lo que salieron algunos a caballo para lo buscar. En una quebrada había cantidad de ganado y otros bastimentos, pero los indios estaban en armas para defenderlo de quienes viniesen a tomarlos. Por lo alto habían puesto muchas rocas para despeñarlas por los cerros y matar a todos los que topasen. Los españoles bajaron confiados por la quebrada y los naturales soltaron las rocas poniendo gran pavor en los nuestros, que procuraban hurtar sus cuerpos. No todos pudieron salvarse, siendo hechos pedazos dos de ellos, con lo que los indios se alegraron mucho. Los españoles habían dejado atrás los caballos porque la tierra era fragosa, y como se vieron en peligro, trataron de salir de entre los indios, quienes les apretaron malamente y mataron a otros dos de los cristianos”.
     Los que se salvaron volvieron adonde Orgóñez y le contaron lo ocurrido. En otra situación, el escarmiento contra los indios habría sido, como siempre, furibundo, pero, por la urgente necesidad de provisiones, continuaron su marcha: “Salieron de aquella tierra marchando con gran trabajo y necesidad porque los naturales habían escondido el bastimento y no hallaron sino algunas raíces y yerbas campesinas. Llegaron adonde los xuys y hallaron alguna comida que les fue harto remedio”.

    (Imagen) Entre los que acompañaban a Rodrigo Orgóñez para reforzar las tropas de Almagro estaba el zamorano CRISTÓBAL DE SOTELO. Nos va a servir para  anticipar un pequeño aperitivo de las futuras y siniestras guerras civiles. Había llegado a Perú en 1532 con el extraordinario y temible Sebastián de Belalcázar, lo que quiere decir que participó en el apresamiento de Atahualpa. Cristóbal era un hombre muy sensato, y aunque viera con horror las guerras civiles, por pura fidelidad a la memoria del ejecutado Almagro, siguió luchando en el bando de su hijo, Diego de Almagro el Mozo, quien le dio el cargo de Capitán General, pero compartido con alguien poco recomendable: GARCÍA DE ALVARADO, un hombre retorcido, ambicioso y peleón, que no pudo soportar limitaciones de poder, y que ya había participado en la conjura que acabó con la vida de Pizarro. Después, en otro episodio parecido de aquel cruel desbarajuste que fueron las guerras civiles, García de Alvarado, al mando de un grupo de hombres, estuvo a punto de matar a Cristóbal Vaca de Castro, el representante del rey. Con Cristóbal de Sotelo tuvo más éxito: lo mató cuando dormía. Pero la historia se repitió: por orden de Diego de Almagro el Mozo, al que había traicionado, también a él lo mataron en la cama. Si CRISTÓBAL DE SOTELO tuvo tiempo de pensar en algo antes de morir, es muy probable que le viniera el recuerdo de la inconfundible y hermosa catedral de Zamora.



(Día 634) En Chile, Marcandey mata, con el aplauso de los demás caciques, a los tres españoles que se habían adelantado sin permiso. Almagro quema vivos a los veintisiete considerados culpables.


     (224) Si hacemos memoria, recordaremos que, cuando Almagro partió del Cuzco, se habían adelantado sin permiso, primeramente tres hombres, y luego otros cinco, matando los indios a dos de estos últimos, con la consiguiente bronca de Almagro a los tres que volvieron. Todos ellos lo habían hecho por el ansia de obtener el mejor botín. Ahora nos vamos a enterar de que los tres primeros habían seguido en solitario, ya casi como desertores, un larguísimo recorrido, se supone que haciendo además la ‘machada’ de atravesar solos las terribles montañas nevadas. ¿Qué fue de aquellos heroicos insensatos? Oigamos a Cieza: “Ahora hablaré también de los tres cristianos que, sin lo mandar Pizarro ni Almagro, salieron delante de los otros dos que mataron los indios, pasando neciamente por tantas tierras y tan lejanas de donde había gente de los nuestros. Los indios fueron tan buenos que no les hicieron mal, y hasta de un pueblo a otro los llevaban en andas. Anduvieron de este modo hasta que llegaron a un valle, cuyo cacique se llamaba Marcandey. Les recibió bien, pero habiendo mal pensamiento, determinó matarlos a ellos y a los caballos que llevaban; y estando dormidos, lo hizo, enterrando los cuerpos y caballos en lugar secreto. Cuando lo supieron los caciques de la comarca, vinieron a celebrarlo con Marcandey, haciendo grandes sacrificios y borracheras. Almagro siempre preguntaba por estos cristianos, y siempre le daban a entender que iban más adelante. Partió de Copayapo, y en tres jornadas llegó a este valle. Lo recibieron bien, con semblante de paz y proveyendo a su gente de bastimento. Andando a buscar los anaconas y cristianos algunas cosas necesarias, descubrieron el engaño que tenían encubierto, hallando restos de los muertos. Siguió Almagro hasta llegar al valle de Coquimbo, donde había grandes aposentos de los incas, se informó sobre la muerte de los tres cristianos, mandó mensajeros atrás al capitán Diego de Vega, que había quedado con la retaguardia para que prendiese a Marcandey y a su hermano; también ordenó que algunos españoles volviesen a Copayapo y que prendiesen al cacique que había sido tirano y se viniesen con ellos a Coquimbo. Allí, Almagro hizo presentarse delante de sí a todos los caciques principales, y se prendieron veintisiete de ellos, a los cuales, con gran crueldad y poco temor de Dios, mandó quemar sin querer oír las excusas que algunos de ellos daban, siendo así que los españoles merecieron lo que les vino por querer adelantarse y mandar como señores en tierra ajena. Afirmáronme que murieron con grande ánimo, mas esto, por lo que yo he visto, sé que procede de bestialidad. Entre los que quemaron estaba un orejón; dijo en su lengua a grandes voces: “¡Cristianos, muy dulce me es el fuego!”.
     Cieza siempre trata de mostrarse justo, pero a veces resulta justiciero y contradictorio. Conoce como nadie los horrores de las Indias, porque, como dice, había visto escenas idénticas a esta. Y sabía también que eran habituales las represalias implacables cuando los indios mataban a españoles indefensos. Luego se pasa de frenada al decir que los tres insensatos merecieron la muerte. E incluso, en este caso, cosa rara en él porque siempre ve el lado bueno de los indios, le quita mérito a su temple estoico atribuyéndolo al primitivismo de su cultura.

    (Imagen) Puesto que DIEGO DE VEGA había sido el encargado por Almagro de apresar a los caciques que después fueron quemados, veamos algo más de su historia personal. En 1535 vivía en Trujillo (Perú), y poco después partió con Almagro para Chile. Al comenzar las guerras civiles, cambió de bando, quizá para evitar castigos. El documento de la imagen, fechado en 1539, es una orden que comienza así: “Don Carlos Rey, a Vos el nuestro Gobernador (Pizarro) de la provincia de Nueva Castilla, llamada Perú…”. En el texto le comunica a Pizarro que Diego de Vega se queja de que le quieren quitar una encomienda de indios. El Rey ordena que no se haga sin oírle primero a Diego sus razones, y que, en caso de que se decida anularle la encomienda, se le reconozca el derecho  de apelación. De paso le indica algo a Pizarro que muestra cómo, a través del Consejo de Indias, se practicaba una vigilancia continua para que las leyes de protección a los indios se cumplieran debidamente. Puesto que había abusos, le dice: “Por otra carta, os hemos mandado que, juntamente con el Obispo de esa provincia, hagáis la tasación y moderación de los tributos que los indios han de pagar”. Se supone que todo acabaría bien para Diego de Vega, porque después estuvo siempre luchando al lado de los rebeldes pizarristas, aunque no pagó con la vida por ello. Y eso que en 1551 figuraba entre los demandados por doña Brianda de Acuña, la viuda del asesinado Blasco Núñez Vela, nada menos que el virrey de Perú.



lunes, 5 de marzo de 2018

(Día 633) Hoy en el blog: Los indios le aconsejaron bien a ALMAGRO sobre la ruta más conveniente para Chile, pero era lógica su desconfianza. Resultado: decidió ir por el peor sitio, los Andes, y en la peor época del año. Consiguieron pasar pagando un alto precio en vidas y sufrimientos.


     (223) Cieza detalla el sufrimiento, aún más intenso, de la tropa que iba siguiendo a  Almagro: “Tenían mucha necesidad de bastimentos, y cuando entraron en la nieve fue mayor su fatiga; los indios lloraban quejándose de que les habían traído de sus tierras a morir entre las  nieves y los españoles se angustiaban viéndose en ellas; los indios, si querían andar, no podían de flaqueza, y si paraban a descansar, quedaban helados; también los caballos iban flacos y maltratados. Esforzábanse los unos a los otros diciendo que presto llegarían al valle de  Copayapo; comenzaron a se quedar muchos de los indios e indias y algunos españoles y negros muertos; comían con hambre unos limos que se crían entre lagunas; leña para hacer lumbre no había otra que estiércol de ovejas y unas raíces que sacaban de la tierra. Las  noches que durmieron en los puertos fueron tan trabajosas, temerosas y espantables que les parecía estar todos en los infiernos. El aire no aflojaba y era tan frío que les hacía perder el aliento. Muriéronse treinta caballos, y muchos indios e indias y negros; arrimados a las rocas, boqueando, se les salía el alma (antes ha dicho que también murió algún español); además de esta desventura, había tan grande y rabiosa hambre que muchos de los indios vivos comían a los muertos; los caballos que habían quedado helados, de buena gana los comían los españoles, mas si pararan a desollarlos, se verían como ellos; y así cuentan de un negro que, yendo con un caballo de la mano, se detuvo al oír unas voces y quedaron él y el caballo helados. Los españoles, afligidos y transfigurados, marchaban encomendándose a Dios todopoderoso y a nuestra Señora, y cuando venía la noche, armaban sus tiendas lo mejor que podían entre tanta nieve como sobre ellos caía”.
     Cuando dejaron atrás aquella pesadilla y vieron a los indios que había mandado Almagro con provisiones, la felicidad fue completa: “Al verse fuera de la montaña y de los grandes roquedos nevados, en tierra tan alegre donde el sol daba con gran claridad, loaban a Dios por ello y les parecía que aquel día habían nacido. Acrecentáronles el placer las provisiones que los indios tenían de carne, maíz y otras cosas. Y como venían tan ansiosos, metiéronse tanto en el comer, que muchos, por no poder digerirlo, enfermaron criándoseles opilaciones (obstrucciones) en los vientres, pero sanaron pronto”. En el valle de Copayapo, donde  se juntaron por fin con Almagro, los indios tenían un problema interno: “El señor natural de este valle era un mancebo joven, y cuando murió su padre, dejó encomendada su tutela y la gobernación de la tierra a un cacique principal pariente suyo, el cual usurpó el mando que no le competía cuando el menor fue mayor de edad, y procuraba matarlo para tener segura su traición. Algunos de los naturales que le fueron leales al mancebo lo escondieron donde no pudo efectuar su propósito el tirano (se usaba también la palabra en sentido de ‘usurpador’). Al entrar los españoles, les pidió favor y justicia. Almagro se informó de este caso, supo que decía verdad el mozo desheredado, y  logró devolverle su señorío”.

     (Imagen) Similitudes y diferencias: tragedias en los Andes. Los españoles se lanzaron a una travesía incierta pero amenazadora por las temibles nieves de las cumbres andinas. Las tropas pasaron en tres tandas, a cual más terrorífica. Muchos murieron, sobre todo indios, las congelaciones con pérdidas de miembros fueron frecuentes, el hambre resultó insoportable y la angustia era continua porque no sabían cuánto tiempo duraría la marcha. Morían caballos y se los comían. Morían indios y se los comían los indios. En el código moral de los españoles era impensable la antropofagia. Todos sabían que nadie les podía ayudar, aunque les daba fuerza una temblorosa confianza en Dios. Detenerse era morir, y solo un caminar incesante, restando tiempo al sueño, los podía salvar. El año 1972 ocurrió en los Andes la espeluznante tragedia del equipo de rugby uruguayo que se estrelló con un avión. Murieron veintinueve. Los supervivientes, lógicamente, confiaron en que los encontraran pronto. Pero cometieron un error al oír por radio diez días después que se había suspendido su búsqueda: siguieron esperando. No les quedó más remedio que comer carne de los fallecidos para no morir. Hasta que, por fin, hubo tres que, ¡pasados ya dos meses!, tomaron la decisión correcta: se pusieron en marcha decididos a lograr ayuda o perder la vida. Setenta y dos días después del accidente se terminó aquella horrible pesadilla para los dieciséis que lograron resistir.



sábado, 3 de marzo de 2018

(Día 632) Todos los cronistas coinciden en que la travesía de los nevados Andes por Almagro y sus hombres fue un horror, sobre todo para los indios que los acompañaban. Llegan a Copayapo y son bien tratados por los indios gracias a la amistad de los españoles con Paullo Inca y el sumo sacerdote Villahoma.


     (222) Inca Garcilaso ha señalado el grave error de Almagro al escoger la ruta hacia Chile y Cieza hace referencia a las dificultades que van a encontrar los españoles. Como buen capitán, Almagro decidió ir con algunos por delante, con la intención de que, si atravesaban la nieve y encontraban provisiones, pudieran enviárselas a la retaguardia: “El austro ventaba tan recio que ni sentían narices ni orejas, llevando los pies como el carámbano, y si alzaban los ojos, se los quemaba la nieve, de la cual caía tanta que era cosa de espanto. Al tercer día, salieron de aquel tormento tan fatigados como el lector puede imaginar. Llegaron a un valle donde fueron muy bien recibidos de sus moradores, a los cuales les habló Almagro amorosamente, rogándoles que saliesen a ayudar a los españoles que venían. Con mucha alegría, los buenos hombres dijeron que lo harían y salieron con provisiones”.
     También Inca Garcilaso, y con más detalle, cuenta el horror de aquella travesía, aunque, sin duda, exagerando mucho la cifra de los muertos, pero aporta datos interesantes, como la valiosa influencia de Paullo y Villahoma para que los indios trataran bien a los españoles, ya que seguían confiando en que reconocerían a Manco Inca como verdadero emperador: “A pocas jornadas de caminar por la sierra, se arrepintieron de no haber tomado la otra ruta. No podían caminar por la mucha nieve, que a veces la apartaban a base de brazos. Empezaron a faltar los bastimentos. Se helaron muchos españoles y negros e indios, y muchos caballos. Los indios llevaron la peor parte por la poca ropa que visten. De quince mil que iban, se helaron más de diez mil (!), y aun de los españoles murieron más de ciento cincuenta (!). Yo conocí uno de ellos, que se llamaba Jerónimo Costilla, natural de Zamora. Perdieron el fardaje porque se murieron los indios que lo llevaban”.
     Explica Inca Garcilaso que, cuando atravesaron la sierra,  Almagro y los suyos llegaron a un lugar llamado Copayapo (Cieza también nos dará su versión) donde fueron muy bien recibidos por los indios, ya que eran incas. Los problemas los tendrán con otros nativos de tribus rebeldes: “Paullo y Villahoma les contaron a los capitanes y caciques de aquellos indios lo sucedido entre Huáscar y Atahualpa, y cómo los españoles lo mataron a este en venganza de la muerte de su rey (Huáscar) y de toda su real familia, y que al presente tenían en su poder al Príncipe Manco Inca, legítimo heredero de aquel imperio, y que le trataban con mucho respeto y honra y con grandes promesas de restituirle en su alteza y majestad. Y que, por tanto, estaban todos los indios obligados a servir a los españoles, de manera que con sus servicios les obligasen a cumplir la promesa de la restitución del imperio,  siendo el mayor regalo que les podían hacer darles mucho oro, plata y piedras preciosas, porque eran muy amigos de estas cosas, y su príncipe Manco Inca se daría por muy servido de ello. Los indios de Copayapo se alegraron mucho con la esperanza de la restitución del imperio, y aquel mismo día juntaron más de doscientos mil ducados de oro que tenían retenidos para los presentes que solían hacer a sus emperadores, pues dejaron de enviárselos por esperar a saber cuál de los dos, Huáscar o Atahualpa, quedaría por señor en la guerra que tuvieron”.

     (Imagen) Almagro y sus hombres se quedaron mudos al ver la nevada mole que habían de atravesar: silenciosos y angustiados, pero sin el menor pensamiento de dar la vuelta, porque eso no cabía en el comportamiento de un ‘conquistador’. Fue otro ejemplo de la DETERMINACIÓN de aquellos hombres, aunque quienes pagaban el mayor precio eran los indios que les acompañaban. En algún lugar dice Cieza que, en general, eran menos resistentes, pero también contaba el hecho de ir cargados y no tan abrigados como los españoles. Esa ‘debilidad’ y las leyes de protección a los indios fomentaron la importación de esclavos negros. Ya vimos la catástrofe que sufrieron los españoles y los nativos que iban con Pedro de Alvarado atravesando la misma cordillera nevada de los Andes pero muy lejos de allí, en la zona de Quito. En todas las historias de las Indias se repiten las escenas en las que hay que superar un obstáculo que causará muertos. Jamás se detuvieron: bastaba con que algunos sobrevivieran. Con ese mismo espíritu de apostar a la ruleta rusa, lo iniciaron todo Colón y sus hombres el día tres de agosto de 1492 cuando partieron del puerto de Palos (Huelva). Así fue como los españoles pudieron ocupar el continente entero y establecer en él un número asombroso de ciudades en poco más de cincuenta años.



viernes, 2 de marzo de 2018

(Día 631) Empiezan los apuros en la expedición: se agotan los alimentos y no consiguen encontrar lo suficiente. Ven con preocupación la amenazante sierra nevada que han de atravesar. Cieza elogia su determinación. Almagro, equíivocadamente, había desechado otra ruta más viable, aconsejada por Paullo y Villahoma. Gabriel de Rojas andaba cerca, enviado por Pizarro. Al ser descubierto vuelve al Cuzco.


      (221) Sigamos con Almagro y sus hombres, viendo en esta ocasión que van de avanzadilla y son víctimas de un mal cálculo sobre  lo que les iban a durar las provisiones. Así como Cieza critica duramente a los españoles cuando habla de sus abusos, ahora se va a deshacer en elogios por su heroicidad: “Caminaba Almagro hacia el sur en dirección a lo que llaman Chile y llegó donde había una fortaleza teniendo gran falta de provisiones, y a pesar de ser aquella comarca tan estéril que falta lo que en otras sobra, mandó salir a algunos a que buscasen por todas partes. Como trajeron poco y eran muchos los de la tropa, tuvieron gran tristeza. Mandó Almagro repartir ciertos puercos y ovejas que habían quedado, y rogó a los españoles muy animosamente que soportasen los trabajos, pues sin ellos jamás se ganaba honra ni ningún provecho. Respondieron que lo harían y fueron caminando por unos salitrales y tierra estéril siete jornadas. Subieron por una quebrada y toparon un aposento pequeño donde se alojó Almagro. Vieron no muy lejos grandes sierras blancas cubiertas de nieve. Las recorrieron con sus ojos y vieron que la sierra se prolongaba por un gran espacio de tierra, comprendiendo que la habían de atravesar sin saber su profundidad, si era poca o mucha. Siendo el ánimo de los españoles tan generoso y grande como ha sido, creedme que, en llegando a tales pasos, no creo que haya otra nación del mundo que no rehuyese la carrera, pues, bien mirado, parece temeridad más que fortaleza cómo se meten por espesos montes o nevados campos sin saber cuándo ni dónde se acaban, ni hacia dónde van, ni si tendrán provisiones o no (recordemos a Alvarado y su terrible travesía por los Andes hacia Quito)”.

     Pero esto no habría ocurrido de haber hecho caso Almagro a Paullo y Villahoma cuando le aconsejaron otra ruta. Lo cuenta Inca Garcilaso: “Cuando llegaron a Charcas, quiso Almagro ir a Chile por la sierra y no por la costa, porque supo que era más breve camino, y aunque Paullo y Villahoma le dijeron que por allí solo se caminaba cuando había menos nieve en los puertos de aquella brava cordillera, no quiso creerles, diciendo que la tierra y los demás elementos debían obedecer a los descubridores y ganadores del Perú, y los cielos les habían de favorecer como lo habían hecho hasta entonces. De manera que siguió el camino de la sierra que los incas habían descubierto, pero por donde solamente andaban en verano,  y con mucho recato de la nieve porque todo el año se hace temer (a Almagro le iba a costar cara la ‘fantasmada’)”.
        Antes había ocurrido algo que llama la atención: “Juan de Saavedra, que iba delante de Almagro, llegó a Charcas y halló a Gabriel de Rojas, al que lo había enviado Pizarro con sesenta soldados. Quiso Saavedra prenderle, porque la discordia se metía ya entre los españoles. Gabriel de Rojas, siendo avisado, se ausentó disimuladamente, y se volvió a la Ciudad de los Reyes por diferente camino del que don Diego de Almagro llevaba, por no encontrarle; la mayoría de sus sesenta compañeros se quedaron para unirse a la campaña de Chile”. No parece que la idea de Pizarro fuera asistir a Almagro si necesitaba ayuda, sino más bien la de vigilar sus andanzas. Lo sorprendente es que la mayoría de los soldados se pasaran a su bando.


     (Imagen) Digamos algo más de GABRIEL DE ROJAS,  a quien vemos ahora llegar, por orden de Pizarro, a vigilar las andanzas de Almagro por Chile (una prueba más de la desconfianza soterrada entre los dos gobernadores, a pesar del pomposo compromiso documentado de eterna amistad que habían establecido). Rojas era uno de los capitanes más prestigiosos y respetados desde que llegó en 1514 a las Indias. El gran cronista Fernández de Oviedo lo pone por las nubes, pero reconoce con realismo que, como militar, no podía tener las manos limpias: “Solo Dios sabe cómo acabará, porque así él como los demás tienen sobre su conciencia hartas vidas de los indios, aunque unos más que otros, pues es lo que trae el oficio de la guerra”. Tuvo que transigir con ambigüedades en las demenciales guerras civiles, aunque Cieza lo consideraba poco fiel. Se pasará pronto a las tropas de Almagro; muerto este, volverá al bando de Pizarro, y muerto Pizarro, viendo que rebelarse contra el rey era un fracaso seguro, abandonó a Gonzalo Pizarro y se puso a las órdenes de Pedro de la Gasca, el enviado por Carlos V. A pesar de una vida que transcurrió siempre al borde del abismo, murió el año 1549 por causas naturales (‘de su muerte’, como solía decir Bernal Díaz del Castillo), pero sin olvidarse de su patria chica, Cuéllar, como indica el siguiente documento: “Real Cédula a la Audiencia de Lima para que se envíen a la Casa de la Contratación de Sevilla los 20.800 ducados que el capitán Gabriel de Rojas dejó en su testamento para hacer una capellanía en Cuéllar,  según reclama el Concejo de dicha villa”.


jueves, 1 de marzo de 2018

(Día 630) Cieza expone con total crudeza la brutalidad inhumana que solía haber en el trato a los indios que llevaban de servicio o como porteadores.


      (Día 220) Continuaron su avanzada por Chile, y siente uno vergüenza ajena por tener que escribir lo que cuenta Cieza, pero es lo que dice y su palabra es digna de todo crédito: “La gente que iba con Almagro serían ciento noventa y tres españoles, llevando por maese de campo a Rodrigo Núñez y por alférez a Maldonado. Para cargar el bagaje y para el servicio, llevaban tantos indios e indias que era lástima decirlo, todos puestos en cadenas y sogas, a los cuales por nada les daban grandes palos y azotes sin les dar tiempo de tomar respiro; si alguno se quejaba por ir cansado o estar enfermo, no era creído ni tenía otra cura que los golpes, tanto que, perdiendo el vigor y el aliento, dejaban los cuerpos sin ánimos en las cadenas y prisiones. Al llegar al real así cansados como estaban, les hacían ir por leña y todo lo que era menester; comían malamente; venida la noche, los juntaban a todos dándoles para cama el suelo; y si alguno quería usar de su persona, los veladores les hacían estar quedos con los pomos de las espadas. Estas cosas y otras más ásperas, por mis ojos he yo viso hacer a esta gente desventurada, muchas y muchas veces. Y los que lo leyeren sepan que me corto en lo que cuento, y aprovéchense de lo leer para suplicar a nuestro Señor que perdone tan graves pecados”. Total: un espanto. Cieza lo sabe porque participó en muchas campañas y esa brutalidad con los porteadores debía de ser frecuente. Los utilizaban como esclavos. Hay una razón para que los llevaran encadenados: evitar su fuga. No es fácil entender por qué los trataban peor que a los animales, ya que, por propio interés, los necesitaban sanos para que fueran útiles. Por otra parte y en situación completamente diferente, iban también con los españoles indios amigos que voluntariamente luchaban a su lado. En cualquier caso, es una prueba evidente de que no se cumplía la ley, puesto que había disposiciones bien claras que prohibían la esclavitud (salvo la de los negros, raza que, basándose en los datos históricos, tendría razones suficientes para incendiar el mundo).
     Seguiré comentando sobre las ya últimas páginas del libro Cieza titulado el “Descubrimiento y conquista del Perú”, y después recurriré a otros cronistas. Se debe a una dificultad que pone de relieve el poco interés con que se  nos ha hablado en la enseñanza escolar sobre estas historias tan importantes en nuestro patrimonio cultural. La dificultad mencionada consiste en que resulta muy difícil conseguir algunas de estas maravillosas crónicas, casi siempre porque no se han reeditado por falta de lectores. Baste un chusco ejemplo: logré que me enviaran ¡desde Estados Unidos! (lo que clama al cielo: otra opción era ¡La India!) el siguiente tomo de Cieza, y para sorpresa mía (en la referencia no se indicaba nada), el texto estaba traducido al inglés. Queda otro recurso que tendré que utilizar. Hay bibliotecas virtuales, como la “Miguel de Cervantes”, que, aunque no lo tienen todo, sí dan acceso a muchas obras digitalizadas. Pero es incomprensible que no se puedan conseguir en papel en España.
  
  (Imagen) Hoy toca hablar de lo peor de las Indias: la explotación de los nativos. Cieza nos describe con una crudeza que parte el corazón la innecesaria brutalidad con que se los trataba. No eran casos aislados sino frecuentes, sobre todo en campaña, y Cieza, que también fue soldado, lo conocía bien. A veces tiene uno la impresión de que es demasiado crítico con los españoles, pero admiró su grandeza y se sintió orgulloso de serlo. Me ha llegado un libro suyo que tuve que pedir a ¡La India! (para vergüenza nuestra). Trata del comienzo de las guerras civiles y es evidente que, con la experiencia, su estilo, siempre muy bueno, fue mejorando. Era, sin duda, el más grande de los cronistas. Resulta gratificante que hubiera en las Indias españoles con esa sensibilidad humana. Quizá, tras participar personalmente en campañas tan heroicas y tan implacables al mismo tiempo, le quedara en el alma un remordimiento crónico. Aunque el gran pintor mexicano Diego Rivera resulte odioso por centrarse, casi exclusivamente y exagerando mucho, en los abusos de los españoles, en el cuadro de la imagen (donde no prescinde de una injusta crítica al religioso) mostró hechos reales: indios trabajando como bestias de carga, uno al que lo están marcando como esclavo, comerciantes que mercadean con seres humanos… Cosas que se fueron corrigiendo a través de la leyes promulgadas como resultado de las quejas apocalípticas de los frailes.



miércoles, 28 de febrero de 2018

(Día 629) El sumo sacerdote Villahoma huye hacia el Cuzco. Almagro, muy enfadado, sospecha de la complicidad de Paullo, quien lo niega. Almagro, que sigue con dudas, le ordena al vasco Mendicote que no lo pierda de vista.


     (Día 219) Luego ocurrió algo que confirma la intención de rebeldía del sumo sacerdote Villahoma (y quizá también la de Paullo, el hermano de Manco Inca): “Villahoma, como había concertado con Manco Inca alzar las provincias del sur contra los cristianos que iban a Chile, de callada y con gran disimulación alborotaba los pueblos y lugares por donde pasaban, diciendo de los españoles muchas blasfemias (en el antiguo sentido de ‘graves injurias’) para que se pusiesen contra ellos. Ni los que le oían tenían ánimo, ni él lo pretendía, por temor de que eran muchos los caballos y los españoles, mas deseaba ausentarse para juntarse con Manco Inca, teniendo por más fácil matar a los que estaban en el Cuzco que a los que iban a Chile. Y así, pareciéndole que Almagro no podría volver con brevedad al Cuzco, determinó de se huir. Como lo pensó, lo puso en obra una noche llevando consigo algunos indios y mujeres. Caminó por caminos secretos que los nuestros no conocían, recibiendo por donde pasaba grandes servicios porque, por la dignidad pontifical del sacerdocio, le tenían gran respeto.
     “Por la mañana, súpose que se había ausentado. Almagro recibió mucho enojo por ello, mandó llamar a Paullo y airadamente le preguntó por qué no le había avisado de la huida de Villahoma. Paullo era muchacho y le respondió con temor que no supo nada. Almagró ordenó que lo vigilasen en adelante para que no hiciese lo que Villahoma, encargándolo a Marticote, un valiente soldado vizcaíno (equivalía a ‘vasco’; era guipuzcoano)”. Un breve comentario sobre Marticote, aunque le veremos más veces. Siempre se mantuvo fiel al bando de Almagro. En las guerras civiles, muerto Pizarro, fue enviado como capitán al Cuzco, con el objetivo de someterlo, por orden del hijo de Almagro, a cuyo lado murió en la batalla de Chupas.
     Siguió Almagro su ruta: “Habló con toda gracia a los naturales de aquella tierra, esforzolos para que tuvieran amistad con los cristianos. Partió para juntarse con Salcedo y Francisco de Chaves, dejando escrito a Noguerol de Ulloa que se diese prisa para alcanzarlo. Llegó al pueblo de Jujuy, donde estuvo más de dos meses aguardando a los que quedaban atrás. Vino entre ellos don Alonso de Montemayor, caballero principal, natural de Sevilla, a quien Almagro recibió muy bien”. Empezaron a encontrar indios en pie de guerra: “Se juntaron muchos y juraron por el Sol alto y poderoso que habían de morir o matar a todos los españoles. Atacaron a los yanaconas, negros y servidores que salían del real a buscar leña y otras cosas necesarias. Después de haber hecho algún daño, se puso Almagro con algunos de a caballo en celada para los matar, mas ellos le mataron el caballo, y huyeron”.

     (Imagen) DON ALFONSO DE MONTEMAYOR partió hacia Perú con un criado en 1534. Era un sevillano de familia noble (merecedor del ‘Don’) y vemos hoy que se incorpora en Chile a las tropas de Almagro, quien se alegra mucho de su llegada. Montemayor se mantuvo fiel a Almagro y a su hijo en situaciones verdaderamente dramáticas. Tras volver de Chile, Almagro sitió a los pizarristas que estaban en el Cuzco, y fue Montemayor quien apresó a Hernando Pizarro. En la inmediata batalla de Las Salinas (año 1538), luchó también al lado de Almagro, que resultaría derrotado y ejecutado, pero a él le perdonaron la vida. Un año después, en aquel mar de confusiones, Diego Almagro el Mozo lo envió a Trujillo para que informase a las autoridades (que eran almagristas) de que Cristóbal Vaca de Castro, representante del rey, había llegado a Perú con la envenenada misión de poner fin a las guerras civiles. En 1541, al llegar Montemayor al Cuzco cumpliendo otro encargo, los almagristas sospecharon que coqueteaba con el bando leal al rey y lo condenaron a tres años de cárcel. Ya libre, en 1544 le envía a Gonzalo Pizarro la carta que vemos en la imagen, justificando su lealtad e insistiendo en que ha sido víctima de difamaciones. Gonzalo (al que solo le quedaban cuatro años de vida) no le creyó, y DON ALONSO DE MONTEMAYOR se fue a México huyendo de un terrorífico mundo de locos en el que ya se sentía amenazado por los dos bandos. Tuvo también el mérito de escribir una crónica de aquellas malditas guerras civiles.