domingo, 14 de enero de 2018

(Día 591) Pedro de Alvarado, tras recibir la cantidad acordada en el trato con Pizarro y Almagro, parte para Guatemala. Varios españoles aprovechan su viaje con la intención de volver a España. Pizarro decide fundar la Ciudad de los Reyes. Él y Almagro consolidan su buena relación, y Pizarro le aconseja que vaya a la zona del Cuzco a conquistar.

     (181) Fueron también a ver el templo de Pachacama. Como muestra de su riqueza, dice Cieza que un ‘espabilado’, el piloto Quintero, le pidió permiso a Pizarro para quedarse con unos clavos que había en la pared; “se lo dio como cosa de burla, y logró harta cantidad de oro con ellos porque eran rollizos y largos”.
     El pago a Alvarado de la cantidad acordada se hizo rápidamente porque se había preparado con tiempo: “Antes de que llegasen Almagro y Alvarado había enviado don Francisco Pizarro a Hernando de Soto al Cuzco, mandándole que recogiese dinero para pagarle a Alvarado ciento veinte mil castellanos, aunque para ello fuese menester tomar lo que hubiese de los difuntos, y se le pagó dándole también muchas joyas y piedras de gran valor”. Los bienes de los difuntos eran algo casi sagrado que controlaban escrupulosamente los funcionarios del rey para entregárselo a sus herederos. En este caso, si llegaron a utilizarse, con toda seguridad fueron repuestos después. Alvarado se pone en marcha y es una pena que Cieza no mencione nombres en lo que dice a continuación: “De los conquistadores que estaban con Pizarro, como algunos se hallaban muy ricos y viesen buena oportunidad para salir del reino, pidiendo licencia al Gobernador, se fueron con Alvarado a la costa, y embarcándose, salieron del Perú”. No sabemos de quiénes se trataba, pero hay dos cosas ciertas: supieron retirarse a tiempo y, disciplinadamente, tuvieron que contar con el permiso previo de Pizarro, lo que demuestra que estaban sujetos a una férrea estructura militar. El cronista Pedro Pizarro da importancia a las fiestas con que se celebró la llegada de Almagro y Alvarado, así como al asunto económico: “Se hicieron grandes regocijos y juegos de cañas. Cuando don Pedro de Alvarado hubo descansado algunos días y después de recibir sus dineros, aunque Almagro le había ganado casi la mitad de ellos (se supone que apostando), se embarcó y volvió a Guatemala, dejando a toda su gente en la tierra, y el Marqués se pasó a Lima y fundó la Ciudad de los Reyes”.
     Cieza añade otro detalle sobre la fundación de la ciudad de los Reyes: “A Pizarro y sus compañeros les pareció que el valle de Lima, donde había uno de los mejores puertos de la costa, era un buen lugar para fundar la ciudad que estaba en Jauja. Y Mandó Pizarro a Juan Tello que repartiese los solares según se había señalado. Dicen que este Juan Tello decía que esta tierra había de ser otra Italia, y en el trato, segunda Venecia, porque tanta cantidad de oro y plata había”.
     Y, al fin, solos. Les llegó el momento a Pizarro y Almagro de tratar sus cuitas cara a cara: “Pizarro se volvió a Pachacama, donde tuvieron tiempo él y Almagro de hablar de cosas privadas y pertenecientes a sus haciendas y hermandad; y, deseando tener la misma conformidad, tornaron a hacer nueva sociedad con grandes firmezas y juramentos. Después de que esto pasó, estando los dos en toda paz y amor porque Dios no había empezado a hacer el castigo en ellos, le dijo Pizarro a Almagro que se fuese al Cuzco para que se ocupase en lo que le pareciese conveniente en la ciudad o para descubrir más tierras en la parte del sur, o que enviase a la persona que él señalase, gastando a costa de entrambos lo que tuviese por bien”. Las intenciones de los dos socios eran muy buenas, pero el cáncer interno iba a resultar incurable. Ese cáncer que Cieza siempre considera un castigo divino, sobre todo por la ambición, la codicia y el mal trato a los nativos, aunque nunca deje de admirar la heroicidad de aquellos hombres y de reconocerles grandes valores.


     (Imagen) En el escudo de España no podía faltar una alusión a las Indias y a la asombrosa determinación de quienes las descubrieron y las conquistaron: PLUS ULTRA (Carlos V tuvo la feliz idea). Confiaron en que había algo ‘más allá’ del inmenso Atlántico, y lo encontraron. Llegaron a las nuevas tierras y se pusieron en marcha, siempre con el mismo lema: PLUS ULTRA. Lo descubrieron TODO, y lo llenaron de poblaciones. Pizarro fundó la Ciudad de los Reyes (por los Reyes Magos) el día 18 de enero de 1535. Pronto se la denominó Lima, un nombre derivado del río que la atraviesa, el Rímac. Cieza, que todo lo anotaba, llegó a la ciudad en 1550, y nos dejó un recuerdo de lo que vio: “Esta ciudad, después de la del Cuzco, es la mayor y la principal de todo el reino del Perú, y en ella hay muy buenas casas, algunas muy galanas. Está asentada en ella la Corte y la Chancillería Real, por lo cual y porque la contratación de todo el reino se hace en ella, hay siempre mucha gente y grandes y ricas tiendas de mercaderes. Muchas veces salen navíos del puerto de esta ciudad que llevan hasta un millón de ducados cada uno. Y si ha de ser para servicio de Dios, yo le ruego que siempre lo lleve en crecimiento. Por encima de la ciudad, hay un cerro muy alto, donde está puesta una cruz (el cerro de San Cristóbal, que hoy es una gran zona de chabolismo)”. Aquellos españoles eran unos benditos maniáticos de las fundaciones, y casi siempre las establecieron con ojo clínico.


sábado, 13 de enero de 2018

(Día 590) Hecho el trato, Almagro y Alvarado se dirigen al encuentro de Pizarro. Almagro, a base de dádivas, consigue ganarse adeptos, especialmente entre los hombres de Alvarado. Pizarro recibe muy bien a los dos capitanes; Almagro y él disipan cualquier suspicacia entre ellos. Pizarro le promete a Alvarado tratar bien a sus hombres.

     (180) Belalcázar tuvo el detalle de  ponerle a la ciudad el nombre de San Francisco de Quito en honor de Francisco Pizarro. Con su constante empatía, Cieza se queja de que la mala administración de Belalcázar esquilmó a los indios, y vuelve a hacer referencia a la justicia divina: “Así como todo lo que tomaban era y es sudor de sangre (de los indios), así hemos visto en nuestros días (los de las guerras civiles) los notables castigos que el poderoso Dios ha hecho en la mayoría de los perpetradores”.
     No deja de ser curioso que en Ecuador muchos prefieran considerar a Almagro como el verdadero fundador de Quito. Sin duda tenía mucho más rango militar que Belalcázar, pero su previa fundación fue algo casi simbólico y en un lugar próximo a Quito. Belalcázar estableció su instalación definitiva y  además con toda la parafernalia que exigía el protocolo. Puede ser que a los ecuatorianos les agrade más el comportamiento histórico de Almagro. También resulta sorprendente que esos tres gigantes de Indias, Pizarro, Almagro y Belalcázar, fueran analfabetos. El mal se produjo en su infancia, y aunque hubiesen intentado después  saber leer y escribir (como fue el caso de Pizarro), su trepidante vida de sufrimientos y peligros no les dejaría tiempo ni ganas para entregarse con torpeza a un aprendizaje infantil.
    Creyendo Almagro que Pizarro estaba en Juaja, tomó ese rumbo, pero se detuvo antes en la población más antigua, San Miguel,  y allí se mostró ostentosamente generoso, quizá con la intención de obtener apoyos entre los españoles: “Contar las liberalidades que Almagro hizo en este viaje sería nunca acabar porque se mostró tan dadivoso que volaba su fama por todas partes. Hacía mercedes hinchado de vanagloria, porque en secreto poco o nada quería dar, pero en público, donde hubiese mucha gente, le gustaba que le pidiesen, sin volver el rostro ni mostrarse triste. Esto hizo que la mayoría de aquellos caballeros que habían venido con Alvarado le tomasen amor y se aficionasen a él como se aficionaron”.
     Como en la ruta estaba Pachacama, el lugar escogido por Pizarro para su nueva fundación, Almagro y Alvarado se encontraron con él: “Pizarro, al saber que ya llegaban, salió a recibirlos con mucha gente de caballo. Y al verse, se abrazaron Pizarro, el Adelantado y el Mariscal; y a todos los caballeros que venían los recibió muy bien el Gobernador. Tras aposentarse, Pizarro y Almagro tuvieron tales pláticas que se entendió claramente que todo lo que se había dicho (de las malas intenciones de Almagro) era mentira”.
     También Alvarado le confirmó su buena voluntad y el trato que había hecho con Almagro. Olvidándose de momento del dinero que tendría que darle Pizarro, Alvarado solo le pidió una cosa: “Le dijo que le diese su palabra de tener por suyos a todos los caballeros tan principales que habían venido en su compañía, para los honrar y aprovechar, pues muchos habían dejado a sus indios y haciendas, y gastado lo que tenían para venir con él. Respondió Pizarro con mucha alegría, prometiendo hacer con ellos como con sus propios hermanos”.


     (Imagen) Me voy a poner épico y agorero porque impresiona contemplar el abrazo que se dieron en Pachacama aquellos tres gigantes de las Indias con trágico final. DIEGO DE ALMAGRO encontró a PEDRO DE ALVARADO, y  logró milagrosamente que  aceptara el  acuerdo que  evitó un enfrentamiento militar. PIZARRO los recibe alegremente, a Almagro tras largo tiempo sin verlo, y a Alvarado, probablemente, por primera vez en su vida, aunque, como todo el mundo, conocía su glorioso historial. Pedro de Alvarado murió poco después en campaña, como consecuencia de ser aplastado por un caballo. Gajes normales de la profesión de ‘conquistador’.  Lo que no tuvo nada de normal en las Indias fue el desastroso final de Almagro y Pizarro, español contra español. Almagro, derrotado en batalla, fue juzgado y ejecutado en el Cuzco por Hernando Pizarro. No estaba allí Francisco Pizarro, pero es impensable que tal crueldad fuera llevada a cabo sin su permiso, quizá con el frío cálculo de que ‘muerto el perro, se acabó la rabia’. La tumba de Almagro, situada en la iglesia de la Merced del Cuzco, fue modesta. La tumba de Pizarro es hoy un solemne mausoleo en la catedral de Lima. La tumba de Alvarado permanece en la vieja catedral de Guatemala y está bien acompañado: una lápida dice que allí yacen también su esposa, Beatriz de la Cueva (la ‘sin ventura’), y un personaje inolvidable, entrañable y afortunado (murió rondando los 90 años): el gran BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO.


viernes, 12 de enero de 2018

(Día 589) Pizarro recibe con clemencia al piloto Juan Hernández. Juan Mogrovejo de Quiñones trata de indisponer a Pizarro con Almagro, pero no lo consigue. Almagro, viendo la valía de Belalcázar, lo deja al mando en la zona de Quito y parte al encuentro de Pizarro.

    (179) Apareció también por allí Juan Hernández (se supone que con el miedo en el cuerpo), aquel socio que rompió con Belalcázar y, con mala baba, había convencido a Pedro de Alvarado de que fuera a conquistar en Perú. Cieza muestra la generosidad de Pizarro (sin duda lo tenía en mucha estima), pero hace alusión al posterior espanto de las guerras civiles: “El piloto Juan Hernández iba por la costa descubriendo y cuando supo lo que se había concertado entre Alvarado y Almagro, se vino a poner a los pies de Pizarro, el cual, como era clemente y las guerras civiles no eran aún llegadas, que fueron las que endurecieron como el acero los corazones de los hombres, lo recibió muy bien, prometiendo darle indios de repartimiento”.
     En esas andaba Pizarro cuando le llegó otro chisme malicioso: “Tengo entendido que, estando muy alegre por haber su compañero don Diego de Almagro logrado tanto éxito en lo de Quito, un Mogrovejo de Quiñones, a quien pesaba que entre los dos compañeros hubiese paz, le avisó que tuviese cuidado porque Alvarado y Almagro venían concertados para quitarle la gobernación y aun la vida”. Pizarro tuvo dudas, pero no se lo tomó en serio, y de hecho todo fue un bulo, pero le sirve a Cieza para insistir en la importancia que tuvieron en las futuras tragedias este tipo de enredos: “Nunca han faltado, por nuestros pecados, en esta miserable tierra malos hombres que le ponían mal a Pizarro contra Almagro, para que hubiera pronto lo que al fin con sus maldades hubo”.
     No parece que Mogrovejo de Quiñones fuera castigado por su mezquindad, porque Pizarro le siguió confiando puestos importantes. Aunque miserable, tuvo sus méritos, y habrá que dar algún detalle de sus andanzas. Nació en Mayorga (Valladolid). Había sido soldado en Nicaragua y se incorporó a las tropas de Pizarro con los hombres que acompañaban a Belalcázar. Así que estuvo en el apresamiento de Atahualpa en Cajamarca, y además como capitán de caballería. Fue uno de los primeros vecinos de Jauja, pero dos años después aparece en los documentos como alcalde de Lima, lo que confirma que no perdió la amistad de Pizarro. Sin embargo pronto acabó su historia: algo más tarde, Pizarro lo envió a socorrer a los españoles que se encontraban sitiados en el Cuzco, y murió a manos de los indios en una emboscada (tenía 43 años).
     Almagro  se dispuso a ir al encuentro de Pizarro, yendo acompañado de Alvarado, y tomó algunas decisiones antes de partir: “Pareciole al Mariscal que, pues Belalcázar había acertado en el pasado (claro reconocimiento de lo que valía y aprobación de su escapada sin permiso desde San Miguel a Quito), sería justo dejarle el mando de capitán teniente de aquella tierra. Y así se quedaron con Belalcázar muchos de los que habían venido de Guatemala, y fundó en Quito la ciudad de Quito (poco antes y en lugar próximo, la había fundado provisionalmente Almagro)”.


    (Imagen) Tenían miserias, pero todos eran unos héroes. Hoy he comentado que JUAN MOGROVEJO DE QUIÑONES, a pesar de su mezquindad, fue un hombre valioso. Trato de encontrar en el portal PARES (ese saco sin fondo) algo más sobre él y solo encuentro una pequeña referencia, que vale también como muestra de cómo se vivía entonces. Está en un expediente de una petición de merced al rey. Consta de 52 folios (el que tenemos a la vista es el primero) y el solicitante expone los méritos de su familia, que es clérigo (doctor en derecho canónico) y que se llama LUIS DE QUIÑONES MOGROVEJO. El texto lo redacta en Lima en 1606. Dice también lo siguiente: “Que su padre, don Francisco de Quiñones, después de haber servido a Vuestra Alteza en los reinos de España muchos años, lo hizo en Italia y en Berbería, donde quedó cautivo con su hermano Antonio, que allí murió; él fue rescatado y marchó a Perú por tener allá a su tío don JUAN MOGROVEJO DE QUIÑONES, que fue de los primeros conquistadores e muy benemérito. Y su padre, Francisco, fue en esas provincias general de la armada que se despachó a Tierra Firme en guarda del tesoro de su majestad; fue también regidor de esta Ciudad de los Reyes, alcalde ordinario e gobernador del reino de Chile”. Es una muestra clara de cómo se enredaban los lazos familiares en Indias. Al final del expediente, el solicitante, basándose en su extensa información, le pide a Su  Majestad que le conceda un cargo que quede libre y vaya acorde con sus méritos.


jueves, 11 de enero de 2018

(Día 588) Pizarro deja el Cuzco bajo el mando de su hermano Juan y parte hacia la costa. Después de pasar por Jauja, vuelve otra vez llamado por Gabriel de Rojas, que teme un ataque indio. Pizarro decide trasladar la población para asentarla de nuevo en la zona de Lima. En Juaja se entera con alegría del trato que han hecho Almagro y Alvarado.

    (178) De inmediato le mandaron un mensaje a Pizarro para que supiera lo sucedido. Y con ello, Cieza vuelve a lo que estaba ocurriendo en el Cuzco. Después de repartir el tesoro, el gran capitán envió mensajes de buena voluntad a los caciques próximos “rogándoles que no diesen más guerra, pues siempre les fue mal con los españoles. Pareciéndole que convenía bajar a la costa, lo hizo, sacando del Cuzco todos los españoles que pudo. Dejó allá por teniente a Juan Pizarro (con más mando que Gonzalo, que era el menor de los hermanos). Antes de salir, habló con los orejones y principales de los indios, diciéndoles que, pues, por la muerte de Atahualpa y Huáscar, le correspondía la sucesión de ser inca (la palabra significaba también ‘rey’) a Manco Inca, debían recibirlo por tal. Respondieron que estaban contentos, y tomó la borla (la mascaipacha, símbolo de su poder)”. Con su salida, los españoles quedaron muy repartidos, y algunos a gran distancia. Un retén permanecerá en el Cuzco, Pizarro va a ir a la costa, Almagro anda por Quito y otros permanecen en las dos poblaciones fundadas, San Miguel y Jauja.
     Pizarro se dirige directamente a Jauja, de donde salió muy pronto con la intención de trasladar la fundación a la zona del litoral. Encontró el sitio apropiado en la zona de Pachacama, donde surgiría lo que hoy es Lima (nombre derivado del río que la cruza, el Rimac) y entonces se llamó Ciudad de Reyes. Según Cieza,  los indios que lo acompañaban, o por temor verdadero o porque lamentaban que Jauja dejara de ser una población española, se inventaron que sus enemigos la habían cercado. Pizarro volvió rápidamente a Jauja: “Cuando llegó, halló que todos estaban bien y muy tranquilos”. Sin embargo, el cronista Pedro Pizarro cambia la versión, que resulta más fiable porque por allí se encontraba cuando ocurrió: “Estando Pizarro en Pachacama, le escribió Gabriel de Rojas desde Jauja diciéndole que la tierra andaba alborotada y que volviese con brevedad porque se querían alzar. Recibida la carta, el Marqués partió pronto y llegó a Jauja, donde fue bien recibido de los españoles, y los indios se sosegaron”. Aunque Pizarro tenía la firme decisión de trasladar la población, aprovechó su estancia para deliberar sobre el asunto con sus hombres. Hubo discrepancias porque a unos les iban a quedar sus encomiendas de indios muy lejos y a otros muy cerca: “Miraban  todos solo su interés; mas Pizarro, que pretendía hacerlo como Dios y el rey fuesen servidos, mandó despoblarla, yendo hecha república (virtual) hasta que se tornase a hacer la población de aquella misma ciudad que mudaban”.
     Fue en la misma Jauja donde le llegó la noticia del importante trato de Almagro y Alvarado: “Vinieron los mensajeros, y cuando supo lo que había pasado, se alegró mucho, y a los mensajeros del Alvarado les hizo mucha honra, y además de las joyas y cosas ricas que les dio, les prometió conseguirles mucho provecho en aquella tierra”. Otra gran alegría fue saber que se iba a incrementar su tropa con quinientos españoles de los que acompañaban a Alvarado. Lo que no se imaginaba Pizarro era que ese refuerzo iba a resultarle muy problemático.


     (Imagen) Aunque borroso, este documento de PARES tiene un valor especial. Ya hice el elogio de GABRIEL DE ROJAS, subrayando que, en la locura de las guerras civiles, demostró gran sensatez, hasta el punto de que, derrotado junto a Almagro, a él no lo ejecutaron debido al respeto que todos le tenían. La cosa venía de lejos. El texto es del año 1527, antes de su llegada a Perú. Lo redacta Diego López de Salcedo, gobernador del Nuevo Reino de León (Honduras). Viene a decir lo siguiente: “Enterado de que al norte hay poblaciones de indios ricas en oro y plata, interesa ir a poblar de cristianos españoles para que conozcan la santa fe católica, que es la causa principal que me mueve a hacerlo. Por lo cual, confiando en la persona, fidelidad y habilidad de vos, el capitán GABRIEL DE ROJAS, y conociendo el buen celo que al servicio de Su Majestad tenéis, y que en las cosas que os han sido encargadas, las habéis hecho como fiel e diligente servidor suyo, OS ELIJO E PROVEO COMO CAPITÁN, y os mando que partáis con gente por la vía del desaguadero (lago) de la ciudad de Granada (fundada en Nicaragua en 1524 por Hernández de Córdoba), y vayáis adonde los naturales de aquellas tierras, y con buen tratamiento, los atraigáis al leal servicio y a la obediencia de Su Majestad, nuestro rey”.


miércoles, 10 de enero de 2018

(Día 587) Alvarado toma la dura decisión de renunciar al Perú en presencia de Almagro y Belalcázar. Apalabran un trato: él recibirá una compensación económica y volverá a Guatemala; sus hombres quedarán bajo el mando de Pizarro (pero algunos de ellos lo acatan con muy malos modos).

    (177) Y Pedro de Alvarado, optando por la cordura entre los opuestos consejos de sus hombres, dio el segundo paso necesario para que aquello no acabara violentamente: “Dijo que habían salido las cosas muy diferentes de lo que él pensó, y puesto que halló poblada aquella tierra y tomada en posesión por Pizarro en nombre de la corona de Castilla, se ponía debajo de su jurisdicción porque no quería dar lugar a que Dios nuestro señor y Su Majestad fuesen deservidos. Respondió Almagro que no esperaba otra cosa de él. Y estando en estas pláticas, llegaron Belalcázar, Vasco de Guevara, Diego de Agüero, Pacheco, Girón y otros hombres de Pizarro a besarle las manos a Almagro. Recibiolos muy bien, y asimismo los que habían venido con el Adelantado se humillaron ante Almagro”. Incluso las ‘traiciones’ fueron olvidadas: “Antonio Picado se presentó delante del Adelantado, y lo perdonó sin mostrar mal rostro; Felipillo volvió adonde Almagro, a quien tampoco riñó ni castigó por lo que había hecho (hasta que la armó de nuevo)”.
    Y Alvarado, con sensatez, a pesar de la oposición de gran parte de su tropa, decidió renunciar a sus pretensiones negociando un trato razonable, que parecía imposible pero se consiguió: “Hubo muchas pláticas sobre lo que convenía hacer. Interviniendo en ello el licenciado Hernando Caldera y otros varones cuerdos, se determinó que el Adelantado dejase la gente y navíos en el Perú y se volviese a su gobernación de Guatemala a cambio de que le pagasen los grandes gastos que había hecho. A muchos les pesó esta determinación y otros se alegraban pareciéndoles que era bueno quedarse en tierra tan rica. Fueron y vinieron de un campo al otro hasta que llegó la conclusión final: que le diesen al Adelantado unos ciento veinte mil castellanos (más de cuatrocientos kilos de oro) por lo mucho que gastó en la armada, y el Adelantado había de entregar los navíos y la gente, sin tener mando ni poder en ello”.
     La decisión era irrevocable. Alvarado trató de presentarles el trato a sus hombres como algo maravilloso (ni siquiera para él lo era). Algunos estaban eufóricos por la ilusión de conquistar. Pero otros apenas podían contener la rabia por tener que cumplir algo que les revolvía el estómago: “Tras oír a don Pedro de Alvarado, algunos lo tomaron a mal, diciendo que ellos no eran negros vendidos por dinero. Diego de Alvarado (pariente de Pedro) arrojó las armas con grande saña diciendo: ‘Gran mengua ha sido esta para los Alvarados’. El Adelantado procuraba amansarlo diciendo que él se vería con Francisco Pizarro y haría que los tuviese en lo mucho que merecían. Quien le respondió entonces fue Vítores de Alvarado: ‘Y le iré yo a ver para reconocerlo como señor, pero no por cumplir el mandato de vuestra señoría”. Desde luego, no se mordió la lengua Vítores, quizá porque tuviera parentesco cercano con Pedro, cuya familia resulta un lío: algunos eran cántabros (de allí procedía el apellido), pero Pedro, más sus cinco hermanos, Gonzalo, Jorge, Gómez, Hernando y Juan, eran de Badajoz. Cuando Bernal Díaz del Castillo hizo en su crónica referencia al triste final de Pedro de Alvarado y su esposa, Beatriz de la Cueva, comentó que también todos sus hermanos acabaron de mala manera. A pesar de las protestas, se impuso lo acordado entre Alvarado y Almagro.


     (Imagen) Entre los capitanes de importancia que llegaron con Belalcázar cuando Almagro negociaba con Alvarado, se cita a VASCO DE GUEVARA, en el que se da la circunstancia de que, habiendo nacido en Toledo, tenía un apellido vasco, y su nombre, paradójicamente, nada tiene que ver con la norteña región: era común en Galicia, Extremadura e, incluso, en Portugal (pensemos en Vasco de Gama). Nuestro Vasco de Guevara tuvo una militancia trepidante. En el portal PARES tiene un expediente de méritos y servicios que consta de 775 folios. Antes de llegar a Perú, ya se había zurrado en Nicaragua. Resultó derrotado con Almagro en la batalla de Las Salinas, pero, a diferencia de su jefe, no fue condenado a muerte, sino que Pizarro lo acogió en su ejército y le encargó dirigir un ataque contra el rebelde Manco Inca. El viejo analfabeto quedó tan satisfecho de su trabajo que lo nombró teniente de gobernador y capitán de aquel territorio, encargándole que fundara una población. Así surgió HUAMANGA, donde mucho después, en 1824, se desarrolló la batalla que supuso el fin del dominio español en Sudamérica. Por esa razón Huamanga pasó a llamarse AYACUCHO (como otras cuatro poblaciones situadas en Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela). La documentación de PARES nos dice que Vasco tuvo un hijo, también capitán, llamado Jerónimo de Guevara Manrique, y que el mismo año en que murió (1553), había enviado dinero para el costo del viaje a Perú de un sobrino suyo toledano, llamado Acacio Ramírez de Sosa.


martes, 9 de enero de 2018

(Día 586) Almagro habla a sus hombres, y se muestran dispuestos a batallar si Alvarado ataca. Alvarado duda: le parece humillante renunciar a la lucha, pero sabe que la razón no está de su parte. Sus hombres tienen opiniones encontradas. El día siguiente Alvarado y Almagro se encuentran para tratar de llegar a un acuerdo.

    (176) De manera que ninguno de los dos quería que explotara un conflicto armado, y el cauteloso Almagro consiguió que Alvarado y su tropa no entraran en Riobamba, pero ya habían dado un paso peligroso y previsible: encender la yesca para acercarla a la mecha. Y no se fiaban unos de otros: “Almagro decía a los que con él estaban que estuviesen siempre preparados y con buen ánimo por si intentase algo Alvarado, certificándoles que, si a tal término llegasen las cosas, él tenía palabra de muchos de los suyos de que se habían de pasar a su bando; todos sus hombres mostraron voluntad entera para morir por lo que les mandase”. Cieza nos cuenta que Pedro de Alvarado, el bravo héroe de mil batallas, sufría por no poder atacar: “Parecíale por una parte que era pequeñez suya, teniendo tanta gente y tan principal, darle tanta importancia a Almagro, y que debería seguir adelante y hacer lo que le conviniese; pero por otra, consideraba que estaba en gobernación ajena y que el emperador se tendría por deservido de cualquier cosa que sucediese”. Se encontraba en un callejón sin salida, porque la opción de retirarse traería consecuencias desastrosas: “Parecíale que había gastado muchos pesos de oro en los navíos y en los gastos de la armada, y que lo mismo habían hecho los que venían con él; además, si volvían a la costa para embarcarse y descubrir por ella, sería casi imposible porque los navíos habían partido para Nicaragua; si retrocedían por las nieves todos morirían, y también le parecía otro mayor trabajo el largo caminar de la sierra hasta salir de los límites de Pizarro”.
     Los de Alvarado se enredaron en agrias discusiones: “Los que eran mancebos y tenían la sangre hirviente pedían que amaneciesen sobre Almagro y le prendiesen a él y toda su gente, que poblase aquella tierra y que fuese  por el oro de Quito; otros le animaban a que caminara hasta salir de la gobernación de Pizarro para poder poblar y conquistar; los hombres cuerdos, que entre ellos venían muchos, afeaban estos dichos, diciéndole que no diese lugar a ningún escándalo ni a que Su Majestad fuese deservido”.  Luego Cieza nos dice poéticamente que no pegaron ojo: “Pasaron aquella noche con gran recogimiento, sin que el embelesamiento del sueño les impidiese estar en vela recelándose los unos de los otros. Mas, cuando vino el día, el Adelantado, acompañado de algunos caballeros, fue a la ciudad de Riobamba a verse con el Mariscal, estando todos armados con armas secretas. Abrazáronse cuando se vieron, y el Adelantado hizo un discurso largo diciendo que eran públicos en todos los reinos de las Indias los servicios que había hecho al emperador y con cuánta lealtad (se quedaba corto) y que, puesto que Su Majestad se los había pagado con los repartimientos que le había dado y la merced de que gobernase Guatemala, no le parecía honesto estar ocioso, ni que cumplía con su pundonor si no emprendiese nuevos trabajos para que la fama tuviese más que contar”. Fue sincero después contándole a Almagro que el emperador le había dado licencia para descubrir por las islas del Pacífico, pero que a él le pareció mejor dirigirse a alguna zona de Perú que no estuviera dentro de la gobernación de Pizarro.


     (Imagen) PEDRO DE ALVARADO tenía licencia para ir descubriendo hacia Las Molucas. Organizó una gran armada y cambió de idea al oír las maravillas de Perú, pero se metió donde ya había dos gallos, Pizarro y Almagro, que no le dejaron entrar y hasta terminaron luchando a muerte entre ellos mismos. Así que se preparó para navegar por el Pacífico: tampoco le fue posible porque murió pronto. Su historial de conquistador salió ganando con estas desgracias, dado que, lo que había conseguido hasta entonces en México y Guatemala era legendario. De haber ido hacia Asia, con toda probabilidad habría acabado también muriendo, o totalmente fracasado. El propósito del viaje era demencial: descubrir la mítica isla de Tarsis, llena de tesoros según los relatos bíblicos. Algo así como lo que intentó Álvaro de Mendaña años después, esta vez en busca de las minas del rey Salomón. Creyó que había acertado con el objetivo cuando encontró un gran archipiélago; pero, de oro y plata, nada, y se consoló denominándolo Islas Salomón. En aquel tiempo, ni siquiera conocían el camino de vuelta, impedido por corrientes marítimas contrarias. Así siguieron las cosas hasta que el gran ANDRÉS DE URDANETA dio con él en 1565. Fue el llamado TORNAVIAJE, que permitió establecer la ruta fija conocida como la del GALEÓN DE MANILA, utilizada hasta el año 1815.


lunes, 8 de enero de 2018

(Día 585) Pedro de Alvarado tiene un arrebato por la traición de Picado. Se prepara para atacar a Almagro si no lo devuelve. Cruce de desafiantes mensajes entre los dos. Van rebajando el tono del enfrentamiento.

     (175) Sigamos con el hilo de la historia. Al darse cuenta de la traición de Antonio Picado, la rabia de Alvarado fue incontenible y ordenó a varios de sus hombres que partieran para atacar a Diego de Almagro si no se lo entregaba: “Airose mucho el Adelantado, amenazando que lo mataría si lo prendiese. Mandó que saliesen cuatrocientos españoles, cuarenta de ellos a caballo junto al pendón real, Diego de Alvarado en la vanguardia, y Gómez de Alvarado junto a su persona. Mateo Lezcano iba por capitán de sesenta arcabuceros y ballesteros. La guardia iba a cargo de Rodrigo de Chaves; Jorge de Benavides fue como capitán del resto de la gente, y afirmaba el Adelantado que, si no le entregaban a Picado, había de desbaratar al Mariscal. Marcharon con gran orden hasta llegar a Riobamba, adonde el Adelantado envió un escudero para que dijese a Diego de Alvarado que hiciese alto sin trabar escaramuza ni pelear con los contrarios”.
     Almagro sospechaba que iba a haber problemas: “No dormía, ni tampoco los que con él estaban. Se habían preparado con entera determinación para lo que sucediese. Le envió Alvarado un mensajero a Almagro a decirle que le entregara a Picado, pues, siendo su criado, lo había servido tan mal. Respondió Almagro que Picado era libre y podía ir adonde quisiera. Envió, además, al alcalde Cristóbal de Ayala y al escribano Domingo de la Presa que fueran a requerirle a Alvarado, de parte de Dios y del emperador, que no diese lugar a escándalos, ni fuese contra la justicia real, ni entrase en la ciudad que ya tenían poblada, sino que se volviese a su gobernación de Guatemala y dejase la que el rey había encomendado a Francisco Pizarro, haciéndole responsable de los daños y muerte que resultasen”.
     Alvarado, en su contestación a los representantes de Almagro,  insistió en que él era gobernador y capitán general de su Majestad y había entrado en Perú con permiso para descubrir lo que estuviese fuera de lo concedido a Pizarro, y hasta se puso faltón al decir que, si ‘ellos’  habían ocupado lo que no les correspondía, aceptaría que le pagaran lo que fuera necesario. “Replicaron  el alcalde y el escribano que, no obstante la respuesta que les daba, le requerían que retrocediera una legua para asentar su campamento, y allí tratarían unos y otros lo que fuese mejor. Alvarado, que no deseaba desobedecer al rey, mandó al licenciado Caldera, su justicia mayor, y a Luis de Moscoso que fuesen a hablar con Almagro de su parte para que trataran lo que a todos convenía con toda cordura y discreción. Los españoles de ambos campos no todos tenían el mismo corazón, porque unos querían guerra y otros paz, y cada uno deseaba lo que veía que le sería más provechoso. Llegados donde estaba Almagro, les dijo a Luis de Moscoso y al licenciado Caldera que todo aquello era gobernación de Pizarro y que Alvarado debía volverse a su gobernación (Guatemala)”. De momento, y para alivio general, quedaron de acuerdo en que Alvarado y sus hombres se asentaran en un lugar próximo a Riobamba, con el fin de tratar allí el asunto más calmadamente.


    (Imagen) Todas eran vidas intensas. Veamos una más sacada casi del anonimato: ¿Quién era ese Domingo de la Presa al que envía Almagro a razonar con Alvarado? Figuró como escribano del rey en el acta de fundación de la ciudad de Lima, de la que fue alcalde. Ejerció también el cargo de contador. En 1537 aparece como testigo en el conflictivo asunto de los documentos sobre los límites de las gobernaciones de Pizarro y Almagro. En 1539 hospedó en su casa al huérfano Diego de Almagro el Mozo. ¿Y qué más? Busco en esa maravilla que es PARES (Portal de Archivos Españoles) y encuentro un expediente de 96 páginas que aportarán valiosa (y prácticamente desconocida) información sobre él, porque recoge su historial en Indias. De momento, resumo la primera página. La escribe en 1559 un sobrino suyo, Pedro de la Presa. Cuenta que Domingo murió en Sevilla, quedando frustrada su intención de casarse y volver a Perú. Al no dejar hijos, Pedro, en representación de todos los herederos, le pide licencia al rey para ir a Perú a recuperar unos 40.000 pesos que eran de su tío; necesita hacerlo porque le confiaron esa misión a Jerónimo de Escribano, un mercader de Bilbao, que sigue viviendo en Perú con su mujer e hijos y no les ha mandado ninguna comunicación. El escrito nos descubre dos cosas más: Domingo de la Presa era del Valle de Salcedo, en las Encartaciones de Vizcaya (que lindan con el burgalés Valle de Mena) y murió hacia el año 1547.


sábado, 6 de enero de 2018

(Día 584) En medio de los cuidadosos tanteos, Felipillo se escapa adonde Alvarado y el valioso Antonio Picado se pasa al bando de Almagro.

     (174) Mientas tanto, Pedro de Alvarado se iba acercando  a Almagro: “Encontró a los mensajeros; recibiolos muy bien, y ellos, para ganarse las voluntades de los que venían con él, afirmaban que había grandes tesoros que repartir en el Cuzco, y que aquellas grandes provincias se habían de repartir entre los que poblasen, negocio grande y que les convenía ponderarlo para gozar de él sin ir a descubrir nieves y malas venturas. Con estos dichos, turbáronse muchos de los que los oían”. Parece ser que su intención era que los de Alvarado se uniesen a Pizarro, y que la táctica hacía mella. Sin embargo el carismático Pedro siguió maniobrando: “El Adelantado, habiendo tomado consejo de sus capitanes y mandando llamar a los mensajeros, los envió diciéndoles que  dijesen al Mariscal que, cuando estuviese cerca de Riobamba le mandaría noticias suyas. Y estando a cinco leguas de Riobamba, envió a Martín de Estete para que hablase a Almagro pidiéndole que le proveyese de lenguas y le hiciese el camino seguro para ir a descubrir lo que no tenía en gobernación Pizarro. Almagro respondía con alegaciones y excusas, pero no dejaba de dar grandes esperanzas a los que de su parte venían deseando que se pasasen a su bando (de tramposo a tramposo). Y como acá todos andan con cautelas, los que vinieron se dieron tanta maña que el intérprete Felipillo amaneció un día huido y se pasó a su campo”.    
     No solo eso, sino que el traidor nato le puso al corriente a Alvarado del número de soldados de Almagro y de la forma de superar sus defensas. Pero hubo otro tránsfuga (esta vez en sentido contrario) que luego fue tan importante para Pizarro que lo convirtió en su secretario: Antonio Picado. Lo explica Cieza: “Venía con el Adelantado uno a quien llamaban Antonio, que después, como iremos relatando, fue secretario de Pizarro y tuvo mucho trato con él; como había oído tantas grandezas del Cuzco y confiando en su habilidad y en su valía, lo más disimuladamente que pudo y aunque venía al servicio de Alvarado como su criado (era un cargo de mucha confianza), se fue adonde Almagro ofreciéndose a su servicio. Almagro lo recibió bien y supo por él las intenciones que tenía Alvarado y lo que le había revelado el traidor Felipillo”.
    Alvarado se puso rabioso cuando se dio cuenta de la jugada de Antonio Picado. Pero antes de saber su reacción, vamos a conocer algo del que lo abandonó. Y, paradojas de la vida, el hijo de ese Almagro que lo recibió con los brazos abiertos será más tarde su perdición. Cuando Antonio se encontró con Francisco Pizarro, se ganó rápidamente su amistad, y tras nombrarlo su secretario, llegó a ser en poco tiempo uno de los españoles más poderosos de Perú. Tuvo que tenerle Pizarro una confianza absoluta, en su honradez y en su valía personal, puesto que en su testamento lo designó albacea  y gobernador interino de Perú en caso de ausencia de sus hermanos y durante la minoría de edad de sus hijos. En 1541, cuando fue asesinado Pizarro, se refugió en casa del tesorero Riquelme, quien lo delató (ya le hemos visto en otras dudosas actuaciones). Tres días después, Diego de Almagro el Mozo, tras procesarlo, ordenó su ejecución y fue agarrotado.
    

     (Imagen) El cronista Agustín de Zárate aporta un dato que incide en las dudas que algunos historiadores tuvieron sobre si Pizarro era o no analfabeto. Ya vimos que lo dejaba claro su pariente Pedro Pizarro, afirmando que  no solo él, sino que también Almagro lo era y firmaban con una cruz (lo mismo pasaba con el gran Belalcázar). Sin embargo desconcertaba el hecho de que en muchos documentos aparece la firma de Pizarro, aunque resultaba extraño que esa firma variara de forma repetidas veces. Zárate lo explica con más claridad, precisamente haciendo referencia a su secretario Antonio Picado: “Ni Pizarro ni Almagro sabían leer ni firmar, y Pizarro en todos los despachos que hacía, así de gobernación como de repartimiento de indios, marcaba al pie dos señales, en medio de las cuales Antonio Picado, su secretario, firmaba el nombre de Francisco Pizarro». Lógicamente, cada nuevo secretario le ‘regalaba’ una nueva firma. Al gran conquistador le molestaba esa limitación (Atahualpa se decepcionó cuando la supo), y hasta le preocupaba que le falsearan sus órdenes; intentó aprender a leer y escribir, pero  la tarea era ingrata y robaba demasiado tiempo a las grandes hazañas de su vida hiperactiva.


viernes, 5 de enero de 2018

(Día 583) Pedro de Alvarado trata bien a los hombres de Almagro y los libera para que le digan que sus intenciones son buenas. Almagro funda Riobamba y le contesta a Alvarado con cortesía diplomática.

      (173) Cieza nos cuenta lo que hizo Diego de Alvarado al apresar a los hombres de Almagro: “Les habló con mucha crianza, supo por ellos que Almagro estaba en Riobamba, y mandó a Juan de Rada que con toda prisa fuese a decir esas cosas al Adelantado Alvarado, el cual, cuando lo supo, dejando el cerco que tenía contra Zopezopagua, dio la vuelta para encontrarse con Diego de Alvarado. Y cuando vio a los mensajeros, les habló muy bien, diciéndoles que él no venía a que hubiese escándalos ni guerra, sino a descubrir nuevas tierras donde el emperador fuera servido. A lo que respondieron los de Almagro que no esperaban otra cosa, especialmente sabiendo él que aquella tierra estaba dentro de los límites de don Francisco Pizarro. Dioles el Adelantado algunos presentes y joyas de lo que pudo salvar de las nieves. Almagro supo pronto, por los indios que habían ido con ellos, que los corredores habían sido apresados por Diego de Alvarado, y lo sintió mucho, recibiendo gran turbación, mas pronto se repuso. Don Pedro de Alvarado, después de haber obtenido información suficiente de los corredores, les dio licencia para que volviesen con cartas muy graciosas (amables) para Almagro diciendo que, teniendo permiso del emperador para descubrir nuevas tierras, estaba determinado a hacerlo en lo que cayese fuera de los límites de la gobernación de don Francisco Pizarro, sin tener intención de hacerle enojo. Pasadas estas cosas, Almagro determinó fundar una ciudad en Riobamba”. Fue la primera ciudad española en territorio ecuatoriano, y poco después Belalcázar la trasladó a Quito, volviendo a constituirla.    
     Almagro hizo la fundación en nombre del emperador, con el protocolo habitual y las actas correspondientes, nombrando alcaldes y regidores. De inmediato redactó una carta para Pedro de Alvarado, con los sutiles rodeos de la diplomacia cuando se ven nubarrones en el horizonte: “Le daba la enhorabuena al Adelantado por su venida y le decía que tenía creído que, habiendo servido siempre al emperador, no haría otra cosa que lo que le había escrito, pues le constaba que don Francisco Pizarro, su compañero, era gobernador de la mayor parte del reino, y por días aguardaba él (Almagro) que el rey le enviase provisión de gobernador de lo de adelante”. Almagro no solo le está advirtiendo de la amplitud del terreno que tenía concedido Pizarro, sino que, por si lo desconocía, le dice además que a él le van a conceder el resto de lo disponible. Y no era un farol, puesto que, como veremos, pronto llegó Hernando Pizarro de España con esa licencia para Almagro, en la que se le nombraba gobernador de la zona del sur, la de Chile.
     La tensión iría en aumento. Almagro encargó de llevar la carta y hacer de tanteadores de la situación a tres hombres de su confianza: el capitán Ruy Díaz, Diego de Agüero y el padre Bartolomé de Segovia. Lo que son la cosas: Ruy Díaz, siempre fiel a Almagro, murió en 1538 luchando a su lado contra los Pizarro, mientras que, después, Diego de Agüero, en 1541, fue corriendo  a salvar a Francisco Pizarro cuando fueron a asesinarlo los almagristas, pero lo encontró ya muerto, y se libró por los pelos de que lo mataran también a él, aunque murió pronto, en 1544. El padre Bartolomé de Segovia, incondicional partidario de Almagro, medió a su favor en los conflictos con los Pizarro y lo acompañó luego en su campaña de Chile.


     (Imagen) JUAN DE RADA era alguien que podía haber pasado a la Historia gloriosamente. Su vida fue épica, pero su falta de visión, o quizá una malentendida fidelidad, lo ha dejado abandonado en el trastero de las cosas averiadas. Nació hacia 1487 en Obanos (Navarra), el único lugar en que lo recuerdan con (justo) orgullo: una calle lleva su nombre. Ese jinete que se nos aparece ahora en la humilde misión de llevar un mensaje, era un veteranísimo soldado de enorme valía. Después de pelear en Cuba, vivió íntegramente la heroica conquista de México y los horrores de las campañas de Honduras y Guatemala. Acaba de llegar a Perú con Pedro de Alvarado. Nadie como él nos va a mostrar el foso de odio que separó a almagristas (casi todos antiguos soldados de Alvarado) y pizarristas. Muchos chaquetearon, pero él siempre se mantuvo en el primer bando. Es más: cuando Almagro fue ejecutado después de que los dos volvieran de la fracasada campaña de Chile, Rada tomó el testigo, protegió a su huérfano, Diego de Almagro el Mozo, y  lo puso al frente de una rebelión que acabó con la vida de Francisco Pizarro. Unos confabulados se presentaron en su casa para matarlo, y el que le dio la estocada decisiva al luchador Pizarro en la garganta fue Juan de Rada, cuyo destino habría sido, sin duda, la muerte por rebeldía contra la Corona, pero falleció de una prosaica enfermedad tres años después.


jueves, 4 de enero de 2018

(Día 582) Almagro reprende duramente a Belalcázar por haber ido a Quito sin autorización. Se ponen en marcha. Vencen a unos indios pero se ahogan más de 80 cañaris. Pedro de Alvarado apresa a cinco jinetes que Almagro había enviado para saber por dónde andaba.

     (172) Cieza los deja tal cual y nos sitúa en las andanzas de Almagro y Belalcácar, los temidos rivales de Pedro de Alvarado, quienes, si bien estaban  los dos bajo la autoridad de Pizarro, no se fiaban el uno del otro: “Sebastián de Belalcázar, como supo que Almagro estaba en Quito y le llamaba, dio la vuelta con los que con él estaban. Reprendiolo Almagro cuando lo vio por haber salido de San Miguel sin tener orden del Gobernador. Se hizo con toda su gente, teniendo a Belalcázar y a algunos de sus amigos como presos, el cual justificaba lo hecho afirmando que le movió el deseo de servir y no lo que le habían informado”. La cosa de momento no llegó a más.
     Almagro contó maravillas del Cuzco: “Engrandecía mucho don Diego las riquezas del Cuzco, las grandes provincias de sus comarcas y las muchas ciudades que se habían de fundar donde todos tendrían ricos repartimientos. Ganó gracia con estos dichos en todos ellos. Determinó salir de aquella tierra para regresar al lugar de su partida y saber  por qué parte andaba don Pedro de Alvarado. Salieron con Almagro de Quito Belalcázar y todos los españoles, que serían poco más de ciento ochenta, entre jinetes y peones. Los indios habían matado a tres cristianos que venían en seguimiento de Almagro, y con grande orgullo vinieron hasta llegar a un río grande desde donde les daban gritos. Ahogáronse más de ochenta cañaris amigos de los cristianos. Los de a caballo se echaron al río; los que eran torpes, volvieron a la orilla, pero llegaron a la otra parte unos doce que bastaron para matar a muchos indios, huyendo los demás; haciendo un puente, pasaron todos los que iban con Almagro. Cautivaron muchos indios y caciques en aquel lance”.
     Uno de los caciques les dio la primera pista sobre las andanzas de Pedro de Alvarado (lo que le sirve a Cieza para recuperarlo): “Afirmó el indio que  habían pasado por los montes nevados muchos cristianos que estaban cerca, y comprendieron que eran los que venían con el Adelantado. Pareciole a Almagro que sería bueno enviar corredores a conocer cómo venían y por dónde llegaban. Mandó a Diego Pacheco, Lope de Idiáquez, Cristóbal de Ayala, Lope Ortiz Aguilera y Román Morales que fueran a lo hacer y le avisasen con toda presteza”.
     En ese mismo tiempo, Pedro de Alvarado se enteró de que el inca que había sido gobernador de Quito, Zopezopagua, estaba refugiado por miedo a los españoles y fue a prenderle por ser un personaje de mucha importancia. Sobre la marcha, consideró que iba a necesitar más gente para este empeño y mandó recado a su campamento para que la enviaran. Quien se puso en marcha con la ayuda fue Diego de Alvarado y dio la casualidad de que se encontró por el camino de sopetón con los cinco jinetes de Almagro. Los apresó de inmediato porque era muy consciente de que ambos bandos estaban metidos en una situación de alto riesgo. Eso va a dar motivo al comienzo de un sainete de listo a listo entre Pedro de Alvarado y Diego de Almagro, que será el preámbulo de las complicadas negociaciones para no llegar a las manos por cuestiones de derechos territoriales.


     (Imagen) Hoy va de vascos. De aquellos que luchaban por la gloria, la riqueza, la conversión de los indios y el aumento de las tierras del imperio español. Eran pocos en la campaña de Perú. Contemos algo de LOPE DE IDIÁQUEZ YURRAMENDI, uno de los jinetes enviados por Almagro para informarse sobre la preocupante llegada de Pedro de Alvarado a la zona de Quito. Nacido en una linajuda familia de Tolosa (Guipúzcoa), tuvo que dejarse de refinamientos y espabilar en las Indias, donde fue mercader y soldado a caballo. En el desmadre de las guerras civiles, estuvo primero del lado de Almagro, y al ser derrotados, no fue ajusticiado y se alió con Pizarro, por lo que no tuvo nada que ver con su posterior muerte. Incluso después fue mediador (sin éxito) para tratar de convencer al hijo de Almagro de que hiciera las paces con Gonzalo Pizarro. Su fortuna creció y consta que hacia 1541  era titular de una espléndida encomienda de indios. Tenía un socio también vasco, Miguel de Vergara. Se separaron amistosamente y su destino cambió de manera radical: Miguel murió en 1547 luchando contra Gonzalo Pizarro, mientras Lope, vuelto a Tolosa, construyó una torre y pasó el resto de su vida saboreando lo mucho que había conseguido, casi con tanto relumbrón como su hermano, ALONSO DE IDIÁQUEZ YURRAMENDI, que era ni más ni menos que el secretario del emperador Carlos V. Qué vascos aquellos…


miércoles, 3 de enero de 2018

(Día 581) Pedro de Alvarado decide atravesar la sierra a cualquier precio. Consideran el oro un lastre y abandonan la mayor parte. Lo lograron, pero fue un espanto: murieron 15 españoles, 6 españolas, esclavos negros y más de 3.000 indios. En un ataque indio, muere otro español (y 85 desde el comienzo de la campaña).

     (171) Pero cambiaron de idea, dispuestos a todo. “El Adelantado Alvarado, con el licenciado Caldera y los principales que allí estaban, determinó que convenía, para que no se perdiesen totalmente, pasar los alpes (montañas nevadas) comoquiera que pudiesen, pues sabían que donde estaba Diego de Alvarado había buena tierra”. Hasta renunciaron al oro por no cargarlo. Alvarado dio licencia para que cogiera cada uno el que quisiese del botín que habían obtenido en la costa: “Ya no lo estimaban; todo aquel oro se perdió, dejándolo por aquellos lugares”.
     Así que volvieron a intentar vencer a la nieve. Pedro de Alvarado estaba deprimido recordando cómo se le había muerto la gente: “Encubriendo esta congoja, procuró animar a los españoles, esforzándolos con palabras. Sabía de ellos que tenían en menos enfrentarse en batalla con enemigos más numerosos que pelear contra los elementos. Puestos en camino, solo hablaban de las nieves, hasta que llegaron cerca de ellas y se alojaron; al otro día, subieron la sierra sin ver otra cosa que nieve y tuvieron una gran tormenta. Los caballos sentían el trabajo, los que iban encima, mucho mayor que los que caminaban, porque estos se calentaban con el ejercicio del camino, y ellos iban helados y sin vigor. Los desventurados indios e indias iban gritando por morir tan miserablemente; caían faltos de toda fuerza; boqueando, echaban las ánimas del cuerpo. Muchos hubo     que, de cansados, se arrimaban a algunas rocas y se quedaban helados y sin almas, de tal manera que parecían espantajos (¿momias?). De los negros también se helaron muchos. Y aunque los españoles sean de muy buena complexión, comenzaron algunos a quedarse muertos sin tener otras sepulturas que las nieves. Dejaban allá sus armas, sus ropas y todo el haber que tenían (hasta el oro, como dijo antes); ni querían ni procuraban otra cosa sino salvar las vidas. El ensayador (de los metales) Pero Gómez y su caballo se helaron. Helose Guesma y su mujer, con dos hijas doncellas que llevaban, que es mucha lástima contarlo por los gemidos que dieron. Murieron con estas nieves quince españoles y seis mujeres españolas y muchos negros y más de tres mil indios e indias”.
     Habían conseguido superar el terrible paso de montaña, pero pagando un precio muy alto y hasta sufrieron de inmediato un breve ataque indio: “Tuvieron noticia los naturales de esta desventura, y venían en cuadrillas. Mataron a un español y quebraron un ojo a otro, que era herrero. Después de haber pasado el trabajo que se ha contado y mucho más, el Adelantado y los que seguían vivos llegaron al pueblo de Pasa, donde contaron que se habían muerto desde que salieron de la costa ochenta y cinco españoles y muchos caballos, y tantos indios que es dolor decirlo. Con este mal quedaron las capitanías deshechas. Siguieron caminando y llegaron al grande y real camino de los incas, donde hallaron huella de caballos y rastro de españoles, lo que les pesó, y determinó el Adelantado que fuese a observar el campo Diego de Alvarado con algunos de a caballo”. No les hizo ninguna gracia comprobar la proximidad de los españoles porque sabían que iban a tener problemas de rivalidad sobre los derechos de conquista.


     (Imagen) DETERMINACIÓN. La terrible determinación es lo que destaca de los españoles en el relato de los cronistas. Como ahora la de Pedro de Alvarado, que había dado la vuelta atrás porque casi se mueren todos en la travesía de las nieves de los Andes, pero ha sido solo para coger más impulso e intentarlo de nuevo pase lo que pase y carcomido de angustia. Lo lograron, pero a muy alto precio. En el escenario vemos el drama de los españoles, heroicos y sufridos. Murieron 15 hombres y 6 mujeres. Pero Cieza nos habla también con estremecimiento y compasión de los silenciosos olvidados, los esclavos negros (no eran muchos) y el enorme número de indios e indias de servicio, sin los que, como él mismo dice, no habrían sido posibles las campañas de las Indias. Pone los pelos de punta lo que revela. Habla de 3.000 indios muertos en la helada travesía. Las cifras de los cronistas suelen ser muy exageradas, pero el fondo, no, de manera que, sin duda, la mortandad fue terrible. Un caso extremo y habitual de exageración fue el de Bartolomé de las Casas, con dos efectos: uno positivo, al concienciar a la corte española de que era necesario dictar leyes más humanas para proteger a los indios, pero otro, negativo, porque sus críticas desmedidas y sus cifras disparatadas sirvieron para  reforzar la propaganda de una leyenda negra. Por otra parte, esas masas de indios  no solían ir totalmente forzadas, sino, según sus tradicionales costumbres, cedidas por caciques aliados de los españoles.


martes, 2 de enero de 2018

(Día 580) Diego de Alvarado encuentra una ruta para ir a Quito, pero dificilísima: los nevados Andes. Consigue pasar con grandes apuros. Tras él va Pedro de Alvarado, y lo tiene aún peor. Mueren españoles y, sobre todo, indios. Pasan una noche horrible y se dan la vuelta para huir de aquel infierno.

    (170) Mientras los mensajeros de Almagro  marchaban al encuentro de Pedro de Alvarado, el mítico personaje de México y Guatemala y sus hombres pasaban “las de Caín” en su tormentosa y desorientada marcha hacia Quito, donde Almagro y Belalcázar temían su llegada y, además, estaban incubando suspicacias mutuas. Por fin Alvarado dio con el camino que llevaba directo a Quito y hacia allá fueron, pero la senda iba a resultar paradójicamente un infierno helado. Iba por delante Diego de Alvarado, después, Pedro de Alvarado, y más atrás, el licenciado Caldera con la rémora de estar al cargo de los enfermos. Veámoslo con Cieza: “Diego de Alvarado, tras enviar aviso a don Pedro de Alvarado de lo que había descubierto, determinó, con el parecer de los que allí estaban, seguir adelante para descubrir lo que pudiesen. Y después de haber andado algún camino, llegaron a unas grandes sierras tan cubiertas de nieve cuanto otras lo suelen estar de rocas. El viento austro ventaba tan recio que era otro mayor mal por ser el frío desigual. No había manera de pasar por otra parte, aunque con gran rodeo lo quisieron procurar. Temían aquellos alpes (montañas nevadas), pero, forzados de la necesidad que había de conocer lo de delante, se metieron por aquellas nieves sin saber cuándo ni dónde acababan; constancia grande para tener en mucho el ánimo de los españoles, pues se han puesto a tales trabajos en estas Indias que da dolor decirlo”. Lo de Cieza suele ser una de cal y otra de arena, probablemente con justicia. Admira sin medida la heroicidad de los españoles (él fue también un sufrido soldado), y acto seguido, como vamos a ver pronto, denuncia amargamente su culpa en los padecimientos de los indios. Sigue diciendo: “Al cabo de haber andado seis leguas, los que iban con Diego de Alvarado salieron de tanta nieve y llegaron a un pueblo donde había bastimentos. Enviaron aviso al Adelantado Alvarado para darle noticia y decirle de qué manera habían de pasar las nieves, quien venía seguido del licenciado Caldera. No dejaban de morirse españoles; hacíase almoneda de sus bienes (cuyo pago siempre se guardaba oficialmente para entregárselo a los herederos). Llegaron a las nieves, y caía mucha más que cuando pasó Diego de Alvarado. Los indios que llevaban, como son de complexión delicadísima y para poco trabajo, viéndose en tal aprieto, desmayaban porque la nieve les quemaba los ojos, y muchos perdían dedos y pies cuando andaban, y otros se helaban y quedaban hechos visajes (con una mueca). Los españoles, como son de gran complexión y tienen ánimo tan maravilloso, esforzábanse para ir adelante. Llegaba la noche con gran oscuridad, que era otro tormento porque no tenían cobijo ni candela. Muchos gemían; todos batían los dientes; heláronse algunos negros y muchos indios e indias. Don Pedro de Alvarado estuvo fatigado por el gran frío, tanto que tendría por mejor no haber salido de su gobernación (Guatemala), y aun para su alma habría valido, pues se podría excusar de la muerte de tantos indios como murieron por sacarlos de su tierra”. Estaban tan desesperados que dieron la vuelta hasta el poblado que dejaron detrás, adonde ya había llegado el licenciado Caldera “con su desventura y trabajo que traía con los enfermos”.


     (Imagen) Si alguien se merece una reseña es DIEGO DE ALVARADO (nacido en Badaloz), quien iba por delante de Pedro de Alvarado (del que era pariente) y consiguió atravesar la nevada sierra andina. Fue un extraordinario personaje, caracterizado sobre todo por su nobleza de carácter. Lo veremos como gran protagonista en lo que falta de esta apasionante historia. Por mandato de Pedro, fundó la ciudad de San Salvador en 1528. Va a ser el mejor aliado de Diego de Almagro en su conflicto con los Pizarro. Y precisamente esa inclinación por el juego limpio le hará cometer un error grave. Almagro ocupó el Cuzco y apresó a  Hernando y a Gonzalo Pizarro. El terrible Orgóñez le insistió en que los matase. Pero Almagro, por consejo de Diego de Alvarado, no lo hizo. Después Almagro derrotó a un capitán de Pizarro, Alonso de Alvarado, y lo apresó. Esta vez Orgóñez le pidió que degollase a los tres, Alonso, Hernando y Gonzalo, y se salvaron por una nueva intercesión de Diego de Alvarado. Le aconsejó, además, a Almagro que negociara la libertad de Hernando, llevándose a efecto tras jurar el perdonado que mantendría la paz. Pero no lo hizo: luchó contra Almagro, lo venció y lo ejecutó. Estando los dos en España, Diego denunció a Hernando por sus crímenes. El pleito no avanzaba y, con su típica actitud caballeresca, le desafió a un duelo, que no tuvo lugar porque él murió misteriosamente. De alguna manera, triunfó después de muerto, porque su denuncia prosperó y Hernando estuvo preso durante veinte años. Dos hombres muy diferentes.


lunes, 1 de enero de 2018

(Día 579) En la persecución de Almagro y Soto a Quizquiz, les acompañó como refuerzo Manco Inca con sus indios. Derrotaron a la tropa de Quizquiz. Antes de salir del Cuzco, Pizarro incentivó a quienes quisieran avecindarse porque era muy arriesgado quedarse aislados. Almagro envía una advertencia a Alvarado.

     (169) El cronista Pedro Pizarro aclara algunas cosas más sobre cómo Pizarro envió parte de la tropa desde el Cuzco para  acabar con la amenaza de Qizquiz: “Nombrado pues por señor Manco Inca, el Marqués mandó a Almagro y Hernando de Soto que fuesen con cien hombres tras Quizquiz, que iba hacia Quito abrasando la tierra, y para que socorriesen a los españoles que habían quedado en Jauja, para que no los matasen, y asimismo le dijo a Manco Inca que fuese con gente de guerra ayudando a los españoles. El Marqués quedó en el Cuzco con unos cien españoles para recoger todo el oro y plata que pudiese haber y hacerlo partes, tanto para los que iban tras Quizquiz como para los que se quedaban, y así lo hizo (el cronista no pierde ocasión de subrayar la honradez de Pizarro). Hechas las partes, acordó fundar el Cuzco, y pregonó que el que quisiese ser allí vecino asentase su nombre ante el secretario y pidiese cada uno lo que quisiese. Esto lo hizo el Marqués por dar ánimo a que se quedasen gentes y poblasen el Cuzco, porque ciertamente quedaban a gran riesgo y ventura de las vidas, por ser poca gente la que al presente había y muchos los naturales (de hecho, van a sufrir después un terrible cerco). Y por esta causa, dio entonces muy grandes repartimientos; y por esto no hizo las encomiendas como Su Majestad lo mandaba, sino depósitos para poder quitar lo que después le pareciese, como lo hizo cuando Picado entró de secretario”.  Al mencionar a Picado, dice que sustituyó a Pero Sancho, y “que el primero fue un Xerez natural de Sevilla”. Nada le habría costado a Pedro Pizarro comentar que se trataba de Francisco de Xerez, el primero en escribir sobre el Perú, y cuya crónica, sin duda, él mismo utilizó.
     Luego Pedro Pizarro confirma que ‘el Marqués’ partió del Cuzco para formalizar la fundación de Jauja y tuvo noticias de Quizquiz: “En Jauja halló a Soto y a Manco Inca, que ya habían vuelto por haberse ya deshecho la gente de guerra que Quizquiz llevaba huyendo hacia Quito, donde después fue muerto por los indios naturales, ya que los españoles nunca lo tuvieron al alcance de las manos”. Vemos, pues, que Manco Inca colaboraba con los españoles (y así continuó hasta que se derrumbaron sus falsas expectativas).
     Vamos a volver con Cieza, pero añado un nuevo párrafo  de Pedro Pizarro porque nos sitúa claramente en el amenazante encuentro de los tres grandes posibles rivales, Almagro, Belalcázar y Alvarado (y sobre ellos, la poderosa sombra de Francisco Pizarro): “Don Diego de Almagro  fue a Quito porque tuvo noticia de que don Pedro de Alvarado había desembarcado en Puerto Viejo con quinientos hombres y que iba hacia Quito. En Quito estaba Belalcázar, al que había mandado el Marqués desde Cajamarca para que ocupase aquella tierra en su nombre porque tuvo sospecha de que fuese algún capitán y ocupase la provincia de Quito por estar despoblada de españoles. Pues llegado que fue don Diego de Almagro a Quito, tuvo noticia de que don Pedro de Alvarado venía ya cerca, y enviole mensajeros haciéndole saber que Quito estaba poblado por don Francisco Pizarro y que no quisiese alborotar aquella tierra, porque se quejaría a Su Majestad”.


     (Imagen) Los españoles habían conseguido lo más importante, derrotar a Atahualpa, pero quedaban en rebeldía tres capitanes míticos: Caracuchima, Quizquiz y Rumiñahui, quienes intentaron lo imposible y acabaron de mala manera. A Caracuchima, como ya sabemos, lo mataron los españoles en Jaquijaguana. Más adelante veremos cómo Rumiñahui, el último en morir, peleó bravamente contra los españoles en la zona de Quito, pero terminó torturado y ejecutado. Hablemos de Quizquiz. Era un veterano capitán que apresó a Huáscar y se apoderó del Cuzco cuando su rey, Atahualpa, estaba retenido por Pizarro. Malogró la necesaria alianza de todos los incas contra los españoles por su crueldad con los vencidos, y  porque sus soldados quiteños, que nunca olvidaron la masacre de Yahuarcocha, -en la que Huayna Cápac ejecutó a los miles de varones que podían luchar-, quemaron la sagrada momia de su padre, Túpac Yupanqui. (Hace dos días vimos que el historiador quiteño Lara comparó esa masacre con la de los romanos en Massada contra los judíos).El batallador Quizquiz hizo mucho daño a los españoles. Él fue quien estuvo a punto de acabar con Soto y sus hombres cuando se dirigían hacia el Cuzco. Luego siguió atacando en la zona de Quito, y le resultaron fatales las discrepancias con uno de sus capitanes, el aristocrático inca Huayna Palcón, quien, al parecer, deseaba un entendimiento con los españoles. Tuvieron una discusión tan violenta que Huayna Palcón mató a Quizquiz atravesándolo con una lanza.


sábado, 30 de diciembre de 2017

(Día 578) Los cañaris, confiados en el apoyo español, luchan contra los hombres de Rumiñahui. Nota negra en el historial de Belalcázar: da muerte a mujeres y niños de enemigos huidos. Luego vuelve a Quito al saber que había llegado allí Almagro en su persecución de Quizquiz, al que matan sus propios aliados.

     (168) Esa circunstancia nos va a permitir ver lo importante que fue siempre para los españoles la ayuda de los indios cañaris. Odiaban a los atacantes debido al terrible daño que les habían hecho por orden del vengativo Atahualpa cuando luchaba contra su hermano Huáscar: “Los cañaris, confederados de los cristianos, habían sabido de estos movimientos de los indios. Quito tiene  una fortaleza que mandaron hacer los reyes incas, fuera de la cual estaban rondas y centinelas cañaris que pudieron oír el estruendo de los indios que venían de guerra y dieron aviso a Belalcázar, el cual mandó que los de a caballo y los peones saliesen a la plaza para resistir a los enemigos. Los cuales supieron por el tumulto que oían que los habían sentido, y abriendo las bocas daban grandes voces con muchas amenazas, como lo tienen siempre de costumbre. Los cañaris, confiados en la ayuda de los españoles, fueron a darles batalla, viéndose en la noche por la lumbre que daban muchas casas de la ciudad que los guerreros del bando de Ruminhaui habían quemado. Duró la pelea entre unos indios y otros hasta que, queriendo venir el día, se retrajeron los que habían venido contra la ciudad. Salieron los de a caballo tras ellos, alcanzándolos,  y mataron e hirieron a tantos de ellos, que fueron escarmentados y tuvieron por bien no volver más”.
     Entretanto, Rumiñahui huía de Ruy Díaz y sus hombres, por lo que estos aprovecharon la salida para conseguir un botín: “Tomaron ropa fina y otras preseas ricas, algunos vasos y vajillas de oro y plata, y muchas mujeres muy hermosas con que se volvieron a dar cuenta al capitán”. Añade algo muy duro sobre Belalcázar. Partió, antes de que volviera Ruy Díaz, hacia Cayambe porque algunos indios le aseguraron que allí encontraría gran parte del tesoro. Fue poco lo que halló, pero, de camino, hizo una barbaridad: “Llegados a un pueblo que se dice Quioche, dicen que, hallando muchas mujeres y muchachos solos porque los hombres andaban con los capitanes indios, mandó que los matasen a todos, sin tener culpa ninguna. ¡Crueldad grande!”. Belalcázar no siguió adelante porque le pasaron aviso de que Almagro había llegado a Quito; así que dio la vuelta.
     Sin duda la llegada de Almagro a Quito le alarmó a Belalcázar, que no quería moscones alrededor. De manera que el escenario se nos va a complicar extraordinariamente con el trío Belalcázar, Almagro, Alvarado, en un revoltijo de confusiones y sospechas. Primero explica Cieza por qué se había presentado allí Almagro: “El capitán Quizquiz, con muchos indios de las comarcas, se revolvió sobre la ciudad del Cuzco. Mandó Almagro preparar cincuenta de a caballo y peones, y salió con Soto a darles batalla a los indios; les alcanzaron y mataron e hirieron muchos de ellos. Quizquiz había apresado a más de sesenta anaconas (indios de servicio) de los españoles. Almagro peleó contra sus indios, los cuales le hirieron a él y a su caballo, pero el Quizquiz, no pudiendo prevalecer contra los españoles, después de haber muerto los anaconas e las indias que tenía, se fue con los indios guamaraconas que le acompañaban camino de Quito sin haber podido conseguir ninguna cosa en las que pensó. Alababan que fue capitán de mucho ánimo y muy sabio. Matáronlo los mismos guamaraconas que con él iban cerca de Quito, en el pueblo de Tracambe”.


    (Imagen) Cieza nos muestra a Belalcázar matando a mujeres y niños. Y exclama: “¡Crueldad grande!”. Aunque era un hombre duro, no se comportaba así habitualmente. En la historia de las Indias hay de todo, incluso una galería de monstruos que, paradójicamente, tuvieron cualidades admirables. Se lleva la palma Lope de Aguirre. También fueron  implacables Nuño Beltrán de Guzmán en México y Pedrarias Dávila en Panamá. Y hubo otros, menos conocidos pero tanto o más crueles. Pronto veremos en acción a Francisco de Carvajal, que se ganó a pulso el apodo de Demonio de los Andes. Fue sobresaliente en lo bueno y en lo malo: cruel y sarcástico, pero también inteligente, heroico y hasta con sentido del honor. Nació hacia 1468 en Arévalo (Ávila). Estuvo en México y de allí pasó a Perú en 1536, enviado para luchar contra Manco Inca. Pero, muerto Pizarro, estuvo del lado de su hermano Gonzalo contra Almagro. Esa participación en las guerras civiles lo convirtió en una leyenda de bravura y de crueldad, y además, no solo contra los indios, sino especialmente contra los españoles del bando contrario. Siempre leal a Gonzalo Pizarro, fue ejecutado junto a él (exhibiendo un irónico estoicismo) al perder la batalla de Jaquijaguana (es asombroso que tuviera más de 80 años). El cronista Zárate anotó: “Fue muy cruel; mató mucha gente por causas muy livianas, y algunos sin ninguna culpa, y lo hacía sin tener de ellos ninguna piedad, antes diciéndoles donaires y cosas de burla”. Y Francisco de Xerez añade: “Tenía fama de mala y cruel condición, que por cualquier sospecha mataba a quien le parecía que no le estaba muy sujeto”.