jueves, 16 de julio de 2020

(Día 1162) Gonzalo Pizarro creyó que Francisco de Carvajal le traicionaría no volviendo de una misión. Al verlo venir, se alegró mucho. Luego, se pusieron en marcha hacia el Cuzco para luchar contra Diego Centeno.


     (752) Hay que reconocerle al peligrosísimo Francisco de Carvajal que tenía grandes virtudes, y una de ellas era la de no ser oportunista ni chaquetero. Y, sin embargo, Gonzalo Pizarro, en un momento determinado pensó que le iba a abandonar: "Cuando vio Carvajal que el ejército del tirano no cesaba de perder soldados, sabiendo que los que se iban eran los hombres más principales, le pesaba en gran manera. Por estas cosas, se acercaba de cuando en cuando a la tienda de Gonzalo Pizarro cantando con rabia estos dos versitos: 'Estos mis cabellitos, madre / de dos en dos me los lleva el aire'. Como también Gonzalo Pizarro, viendo que las cosas iban de mal en peor, lo sentía mucho, y le mandó a Francisco de Carvajal que fuera a Lima y recogiese a todos los soldados que allá estaban, y que no viniese sin ellos. Llegó a la hora en que Baltasar de Cepeda se lo dijo a Martín de Robles. Avisó, para que se reunieran con él, a todos los que habían salido del campamento, pero recogió muy poquitos soldados. Todos lo que estaban en el campamento creyeron que no volvería jamás, sino que se pondría al servicio de Su Majestad embarcándose en uno de los cuatro navíos. Pero él fue y volvió cantando sus dos versitos, y, cuando Gonzalo Pizarro lo vio, se alegró mucho, y luego le puso al corriente de la huida de Martín de Robles con sus soldados".
     Resumiré lo que sigue porque es bastante prolijo. Gonzalo Pizarro no sabía qué hacer ante tanta deserción en su ejército. El licenciado Cepeda le aconsejó salir de Lima e ir al Cuzco para enfrentarse a Diego Centeno y, si conseguía derrotarlo, quedarse con su tropa, unirla a las de sus capitanes Juan de Acosta, Alonso de Mendoza y Juan de Silveira, y volver triunfantes y poderosos a Lima, para frenar las intenciones de los hombres de Pedro de la Gasca. A Gonzalo Pizarro le pareció bien la idea, y se preparó para salir de la ciudad. Lo primero que hizo antes de salir fue repartir mucho oro entre sus soldados, para que mejorara su moral. Se pusieron en marcha, sabiendo que muchos intentarían escapar, y tomaron precauciones: "Francisco de Carvajal y Hernando Bachicao, con otros hombres crueles en los que confiaban mucho, iban en la retaguardia vigilando a los soldados para que no huyesen".
     Hicieron alto a dos leguas de Lima, y Gonzalo Pizarro les habló a sus soldados, con un discurso que sale de la boca del cronista Santa Clara, pero fiel al contenido de lo que dijo. Subrayó que no estaba huyendo por miedo a Lorenzo de Aldana y los hombres de Pedro de la Gasca, sino que iban al Cuzco para vencer a Diego Centeno y luego volver a Lima. Después se enfrentó al problema de las deserciones, y marcó un punto de no retorno. Daba libertad a quienes deseasen abandonarle. Pero aquellos que decidiesen seguirle, y después le traicionasen, serían castigados duramente. Todos los presentes, menos uno, le prometieron seguirle hasta la muerte. La oveja negra fue Pedro del Golfo, venido de México, y soldado del capitán Bachicao. Según lo prometido, Gonzalo Pizarro le permitió marchar, pero le salieron al paso Carvajal y Bachicao, quienes, aunque su mayor placer habría sido matarlo, se limitaron a robarle el caballo y dejarle literalmente desnudo. El encuerado se sintió feliz por estar vivo, se escondió hasta esperar la noche, y luego "se metió en la ciudad con otros que le alcanzaron y también habían huido".

     (Imagen) Acabamos de ver que PEDRO MARTÍN DE CECILIA, alcalde de Lima, mató a un soldado de Gonzalo Pizarro que parecía querer abandonarlo. Pedro era de Don Benito (Badajoz), y los cronistas lo consideraban valiente y vigoroso, aunque sumamente cruel. Cieza de León dice que "era tan cruelísimo, que le daba lo mismo ir al cielo que al infierno". Sin embargo, su fidelidad a los Pizarro fue total. Suele figurar como 'de Cecilia' o 'de Sicilia', y no es de extrañar, debido a la imprecisión de la caligrafía (así ocurre en el documento de la imagen, del año 1539). En 1537, el Rey le había concedido un escudo de armas familiar, por sus méritos en campaña. Por una carta que le envió Antonio Núñez de San Pedro a Gonzalo Pizarro, nos enteramos de que él y Pedro Martín de Cecilia habían luchado en las guerras de Francia junto a Gonzalo Pizarro el Romano (padre de los Pizarro), lo que da prueba de su veteranía y de que ya eran hombres muy mayores. También participaron juntos en las batallas contra Diego de Almagro el Viejo. En un informe, Pedro de la Gasca confirma lo que nos acaba de contar Santa Clara: "Cuando Gonzalo Pizarro pensaba atacar a nuestra armada, atemorizó a todos los de Lima para que se uniesen a él, y dicen que Pedro Martín de Cecilia andaba con uno de sus verdugos, un negro cargado de sogas, buscando por la ciudad a los que se escondían, para ahorcarlos". En el mismo informe, añade La Gasca dos datos importantes. En ellos se aclara cuándo el licenciado Diego Vázquez de Cepeda, en quien tanto se había apoyado Gonzalo Pizarro, lo abandonó, y también de qué manera y en qué momento murió PEDRO MARTÍN DE CECILIA. Ocurrió en la batalla de Jaquijaguana, momentos antes de la derrota de Gonzalo Pizarro (ejecutado al día siguiente). Todo queda explicado en un simple párrafo: "Y luego se les huyó (a los pizarristas) el licenciado Cepeda, y se vino hacia nuestro bando. Salió tras él Pedro Martín de Cecilia, y le lanceó el caballo, de manera que, si los nuestros no le socorrieran, también lanceara al licenciado; además de socorrerle, también mataron allí a Pedro Martín". Era el año 1548, y él contaba con más de setenta.



miércoles, 15 de julio de 2020

(Día 1161) Varios soldados de Gonzalo Pizarro escaparon a Trujillo. Martín de Robles desechó la idea de matar a Carvajal en Lima, y huyó con varios hombres también a Trujillo.


     (751) Sigue hablando Santa Clara de los desertores de Gonzalo Pizarro: "Estos hombres fueron a la ciudad (escapados del campamento que estaba en la costa), en donde tomaron lo que fue menester para el camino, y se dirigieron a Trujillo. Algunos que eran partidarios de Gonzalo Pizarro se lo dijeron, y lo sintió mucho. Por lo cual, envió de inmediato a toda furia tras ellos al capitán Juan de la Torre Villegas (el miserable que provocó la muerte del hermano del virrey) con cincuenta arcabuceros, y alcanzaron a Francisco de Ampuero, Vasco Pérez de Guevara y Diego Tinoco, con otros nueve soldados,  pero, como eran hombres de sangre en el ojo y de honra, se defendieron muy bien, y no los pudieron prender, sino que escaparon al amparo de la noche,  logrando llegar a Trujillo".
     Gonzalo Pizarro seguía acampado con su gente cerca del puerto del Callao, y Martín de Robles siguió con su doble juego: "Fue a la tienda del gran tirano, y le pidió licencia para ir a Lima para recoger a sus soldados, que habían ido allá para comer, y Gonzalo Pizarro se la dio. Cuando Martín llegó a la ciudad, Pedro Martín de Cecilia, que era allí alcalde y teniente general del gran tirano, acababa de matar a un soldado a lanzadas, mientras pedía confesión. La causa fue que, andando por las calles, vio al soldado y le mando muy airado que fuera a incorporarse al ejército, y él le contestó que lo haría en cuanto encontrara a dos indios para que le llevaran sus cosas. Pedro Martín le amenazó diciendo que, si tropezaba otra vez con él, lo mataría. Como volvió a ocurrir, le quitó la vida con su lanza".
     Después de que Martín de Robles entrara en Lima, se dedicó a su labor de zapa: "Llevó a su casa a muchos soldados, les dio muy bien de almorzar y beber, y allí les declaró su intención de irse a los navíos para servir a Su Majestad. Los soldados, como tenían el mismo deseo, le dijeron que les parecía muy bien y que ellos le seguirían". Dio la casualidad de que vieron pasar por la calle a Baltasar de Cepeda, hermano del licenciado Cepeda (hombre clave para Gonzalo Pizarro, como Francisco de Carvajal). Martín le pidió desde una ventana que entrase en su casa, pero se excusó alegando que estaba ocupado, ya que Francisco de Carvajal había llegado a la ciudad. Nunca se sabrá para qué llamó Martín de Robles a Baltasar de Cepeda, pero muchos pensaron que, una de dos, para matarlo, por el odio que le tenía a su hermano, el temible licenciado, o para apresarlo y llevarlo a los navíos.
     Al saber que Carvajal estaba ya en Lima, a Martín de Robles le rondó la idea de matarlo. Pero los soldados que le acompañaban le hicieron comprender que era un suicidio: "Le dijeron que sería imposible conseguirlo, porque acudirían de inmediato muchos para ayudarle, y, además, el alcalde Pedro Martín de Cecilia andaba por las calles muy acompañado de gente bien armada, y con un moro que iba cargado de cabestros para ahorcar a los que él mandase. Por lo cual, abandonando el propósito, Martín de Robles y los que estaban con él salieron secretamente de la casa y se fueron hacia Trujillo".

     (Imagen) Tras salir con un grupo de soldados, el indigno capitán Juan de la Torre Villegas (a quien ya conocemos) solo pudo apresar a uno de los que abandonaron a Gonzalo Pizarro: HERNÁN BRAVO DE LAGUNAS. Cuando llegaron a Lima, se enteró de que iban a matarlo Doña Inés Bravo, prima de Hernán y esposa del muy respetable Nicolás de Ribera el Viejo (uno de los Trece de la Fama). Fue rápidamente adonde Gonzalo Pizarro para suplicarle que lo perdonara, y, aunque habitualmente no lo hacía en casos similares, se lo concedió por el aprecio que sentía por ella y por su marido. Tuvo doble mérito el perdón, porque Inés siempre fue muy leal al Rey, y perteneciente al grupo de mujeres opuestas a la rebelión de Gonzalo, a cuya dirigente, María Calderón, la colgó Francisco de Carvajal de una ventana. Seguro que el 'Demonio de los Andes' le diría después que su indulto había sido un grave error, sobre todo cuando ocurrió que el capitán Alonso de Cáceres, tras abrazar a Gonzalo admirando su generosidad, al poco tiempo huyó también, pero no solo, sino acompañado por Nicolás de Ribera el Viejo, el mismísimo Hernán Bravo de Lagunas y un grupo de soldados. Se sabe poco de Hernán, pero no así de su familia. Era descendiente directo de un señor feudal llamado como él, y titular del Señorío de Almenar (Soria), creado en 1430. Fue una concesión del rey Juan II de Castilla (padre de la futura Isabel la Católica), y el castillo donde residía el premiado sigue siendo el mejor conservado de la provincia de Soria, en su día residencia frecuente de Calos II y Felipe V. El año 1894 nació en esta fortaleza (la placa de la imagen está en ella) alguien que no tenía nada que ver con la familia, pero muy importante para un hombre ilustre. Se llamaba LEONOR IZQUIERDO, hija de un sargento de la Guardia Civil, cuyo destacamento estaba entonces instalado en el castillo de Almenar. Siendo una adolescente, se casó muy enamorada (y correspondida) con el gran poeta ANTONIO MACHADO. A pesar de los 19 años de diferencia, fue un romance perfecto, pero truncado poco después por una enfermedad que se consideraba 'romántica', la tuberculosis que acabó con la vida de Leonor.



martes, 14 de julio de 2020

(Día 1160) Seguían pasando numerosos hombres de Gonzalo Pizarro al bando de Pedro de la Gasca, muchos de ellos convencidos por MARTÍN DE ROBLES, quien también lo hará después.


     (750) Las hábiles maniobras de Pedro de la Gasca iban minando la moral de los rebeldes, y dejando fuera de combate, golpe tras golpe, a su líder, aunque tendrá todavía un momento de gloria: "Mientras estaban en estos tratos de una parte y de la otra, en el ejército de Gonzalo Pizarro había tantas pláticas y rumores en diversos corrillos, que no sabían qué hacer. Muchos de ellos se fueron a los cañaverales por no verse envueltos en tan terribles congojas y sospechas. Así que el campamento de Gonzalo Pizarro se despoblaba de caballeros y buenos soldados. En esto colaboraba el capitán Martín de Robles, poniéndoles grandes temores y recelos".
     Acabamos de ver que Pedro Hernández de Paniagua le decía en su informe a Pedro de la Gasca que, aunque Martín de Robles no se lo confesó abiertamente, él tenía la certeza de que pensaba abandonar a Gonzalo Pizarro. Y eso, a pesar de que, como vimos, Diego Centeno, el capitán de La Gasca, había matado a su hermano Antonio de Robles, porque era un inconmovible partidario de Gonzalo Pizarro. Por su parte, Santa Clara va a ser ahora duro juzgando los motivos por los que Martín deseaba cambiar de bando, y puede que acierte, ya que Martín, aunque muy valioso como militar, era una persona poco recomendable: "Este Martín de Robles deseaba en gran manera hacer algunos servicios a Su Majestad para limpiar los males y delitos muy grandes que había hecho, como el de prender al virrey, y no hallaba otro camino para hacerlo más que el de  matar al gran tirano Gonzalo Pizarro, y así ganar reputación con su muerte. Para hacerlo, fue de noche con seis soldados de su confianza a la tienda de Pizarro, pero no lograron entrar porque estaban de guardia los soldados de Carvajal, a los que este llamaba los paladines de Pocona (lugar en el que habían derrotado a Lope de Mendoza y Nicolás de Heredia), y así, no tuvo efecto su intento. Aunque hubiesen entrado, no lo matarían, porque el tirano estaba bien armado y era muy valiente, teniendo, además, durmiendo a su lado más de veinte hombres armados".
     Tras este fracaso anunciado, Martín de Robles empezó a actuar como decidido promotor de deserciones entre los hombres de Gonzalo Pizarro, para lo cual se inventaba peligros y amenazas. Primeramente, lo hizo con Diego de Maldonado el Rico (cuya vida, como sabemos, resultó muy accidentada). Martín fue a su casa cuando estaba durmiendo, y le metió el miedo en el cuerpo diciéndole la mentira de que se había decidido darle garrote. Bastó que le mencionara el nombre de Francisco de Carvajal como inmediato visitante, para que Diego, huyera casi desnudo de su casa, buscando refugio en los cuatro navíos de La Gasca. Así lo hicieron también (aunque a lugares distintos), asustados por los temores que les provocaba Robles, otros muchos capitanes y soldados de Pizarro, entre los que estaban Francisco Retamoso, Vasco Pérez de Guevara, Heredia, Diego Tinoco, Nicolás de Ribera el Mozo, Francisco de Ampuero, Nicolás de Vivero, Alonso Ramírez de Sosa, Diego Ruiz, Bartolomé González de Almajano, Francisco de Barrionuevo, Alonso de Barrionuevo, Martín de Meneses, Alonso Martín Granado y Diego de Escobar. Una verdadera estampida de capitanes, que afectará sobremanera a Gonzalo Pizarro.
 
     (Imagen) Mucho daño le hizo MARTÍN DE ROBLES a Gonzalo Pizarro (y mucho valor necesitó para arriesgarse tanto) al provocar, con inventados peligros, que una parte importante de sus hombres, ya desde hacía tiempo dubitativos con la idea de abandonarlo, dejaran de dar vueltas a su cabeza y emprendieran la huida, aprovechando que estaban en el puerto de Lima los cuatro navíos de Pedro de la Gasca. Como era de esperar, más tarde, también Martín de Robles hizo lo mismo, pues quedarse junto a Pizarro le supondría una muerte segura. No hay duda de que Pedro de la Gasca, con su estrategia de perdonar toda culpa pasada a quienes se pusieran bajo sus órdenes y al servicio de Carlos V, provocó una riada de traiciones a Gonzalo Pizarro, a quien todavía le va a quedar una importante victoria, pero será la última, pues su rebeldía y su vida terminarán en la siguiente batalla. Lo que le dice en un informe La Gasca a Francisco de los Cobos, secretario del Rey, deja bien claro su eficaz y maquiavélico pragmatismo: "Cada día se iban pasando al servicio de Su Majestad más hombres de Gonzalo Pizarro, y a ninguno se le rechazaba. Cuanto mayor fama de culpables tenían, más fruto daban, porque animaban a otros a hacer lo mismo". Cita luego dos nombres como ejemplo de arrepentidos que pasaron a ser importantes colaboradores: "Y así, entre las personas que ayudaron mucho para que otros dejaran a Pizarro, están el licenciado Illán Suárez de Carvajal (nada menos que culpable de haber matado al virrey) y Martín de Robles (anteriormente, había apresado al virrey), porque eran considerados personas relevantes entre los hombres de Gonzalo Pizarro, y en especial Carvajal, a quien tenían por letrado y sensato. Viendo que ellos venían a servir a Su Majestad y confiaban en su perdón, también los demás tenían atrevimiento para hacer lo mismo. Y para que así lo entendiesen, teniendo en cuenta la entereza de sus personas para servir a Su Majestad, se les dio cargos en esta campaña, en la cual fueron luego muy valiosos". Pasaron bastantes años, y, a MARTIN DE ROBLES (como ya vimos), su lengua viperina le costará la vida a manos de un virrey menos diplomático que Pedro de la Gasca.



lunes, 13 de julio de 2020

(Día 1159) Gonzalo Pizarro desechó la idea de negociar con los capitanes de Pedro de la Gasca, y les envió un mensaje con la absurda petición de que, mediante soborno, le entregaran la flota. La respuesta de Aldana fue enviarle copias de los perdones que daba el Rey a los arrepentidos.


     (749)     Así que zanjó la discusión: "Mandó Gonzalo Pizarro que no se hablase más del asunto, de manera que nada resolvieron, ni les importaban los documentos que trajo Alonso de la Peña, sino solamente ir contra Diego Centeno, que era lo que más le acongojaba al tirano, porque sabía que la ciudad del Cuzco estaba alzada contra él, y que era un hueso muy malo de roer. Acabada la plática, salieron todos, con gran pesar de algunos de sus asesores porque no se decidía a ponerse al servicio de su Majestad, aunque, en verdad, no hubo ninguno que se atreviese, por miedo a que Francisco de Carvajal los mandara luego matar". Después Gonzalo Pizarro tomó una serie de medidas disparatadas y condenadas al fracaso. Intentó sobornar al capitán Antonio de Peña, el enviado de Aldana para que le recuperase uno de los cuatro navíos que habían sido suyos: "El capitán, como hombre leal, rehusó hacer tan malos tratos, diciéndole que no era justo que le pidiese semejante cosa. Gonzalo Pizarro le dijo que se fuese a los navíos, y que él enviaría un mensajero propio para tratar con Lorenzo de Aldana y los demás capitanes. Luego el gran tirano llamó a Juan Fernández de Íjar, hombre muy viejo y vecino de Lima, el cual había sido almirante de la Mar del Sur (el Pacífico) cuando gobernaba el marqués Don Francisco Pizarro, y le envió con largos escritos para los cuatro capitanes".
     Todo lo que Gonzalo Pizarro les pedía era una pérdida de tiempo. Les recordaba la gran amistad que había tenido con ellos, y que se lo debían casi todo a él y a sus hermanos. De forma privada, también quiso sobornar a Lorenzo de Aldana con promesas exorbitantes a cambio de que le entregara los cuatro navíos. Cuando llegó Juan Fernández de ÍJar a los navíos, lo recibieron bien, estando juntos los cuatro capitanes: "Cuando vieron lo que Gonzalo pretendía, hicieron burla y escarnio, y no quisieron concederle nada de lo que les pedía. Lorenzo de Aldana, con palabras corteses, dio como respuesta que el ser hijodalgo y caballero no le permitía hacer cosas indebidas". Le añadía que su referencia a los cuatro navíos era un insulto a su dignidad. Como era de esperar, también le replicaba que lo que le convenía hacer era abandonar su rebeldía y ponerse al servicio del Rey, el cual sería benevolente con él.
     Después de entregarle Aldana a Juan Fernández de Íjar un documento con sus respuestas, le dio también copias de las circulares que Pedro de la Gasca había escrito como publicidad de la revocación de las ordenanzas y los perdones que ofrecía el Rey a todos los que acataran su voluntad. Las escondió muy bien para que no se las viesen, pues con ellas arriesgaba su vida. Ya de vuelta, Gonzalo Pizarro se irritó sumamente con la la contestación recibida, "jurando a Dios que había de hacer cuartos a los cuatro capitanes de la flota, e hizo pedazos el escrito". Lo que no sospechaba era que también Juan Fernández se la iba a jugar: "Venida la noche, les dio a varios vecinos amigos las otras copias que traía, y los animó a que dejasen a Pizarro, pasándose al bando de Pedro de la Gasca para servir a Su Majestad".

     (Imagen) Terminaré la última parte del informe enviado por PEDRO HERNÁNDEZ DE PANIAGUA a Pedro de la Gasca haciendo un breve resumen. Le explica por qué Gonzalo Pizarro y sus capitanes le daban datos falsos. Sabiendo que era un novato en Perú (había llegado de España con la Gasca) "pensaron que me podían engañar, y que, si Gonzalo me hablaba de que tenía cuatro mil hombres, yo lo daría por cierto". Por otra parte, estaban tan desesperados, que se aferraban a él como una última esperanza, por ser el enviado de Pedro de la Gasca: "Como hombres que estaban a punto de ahogarse, se agarraban a mí porque no hallaban otro asidero". Sin embargo, nadie confesaba lo que sentía: "Era tanto el miedo que los hombres tenían en Lima, que a nadie le oí palabra por la que yo pudiese asegurarme de que deseaba servir al Rey". Así, por ejemplo, Martín de Robles (de cuyos sarcasmos ya hemos hablado), más tarde se pasó al bando del Rey, pero en Lima no se atrevió a decirle nada. El viaje de vuelta marítimo de Paniagua fue otra odisea, en la que le llegaban noticias confusas de la navegación de los navíos de Aldana, y del de La Gasca. Y viceversa: a él le habían dado por muerto. En su informe califica a diversas personas que fue viendo en los puertos: "El clérigo Baltasar de Loaysa es el más apasionado servidor del Rey que me he encontrado. En Trujillo encontré a dos frailes mercedarios que merecían ser quemados". Cita a otros que eran partidarios del Rey, como Juan Rubio, Martín Prieto, Palomino, Mercadillo y Procel. Al divisar los navíos de Aldana, se unió a ellos, rumbo a Lima de nuevo, y da un dato curioso. En total, Pizarro creyó que eran seis los barcos, y, viéndose sin artillería, echó a pique los siete suyos para que no se apropiaran de ellos. Recordemos que, cuando se enteró el bravo Francisco de Carvajal, se enfadó mucho, y, según Paniagua, con razón, porque los podían haber preparado y tener una victoria segura. Termina diciendo: "Escribo esto en la ciudad de San Miguel (la primera española de Perú, fundada en 1532), adonde llegué desde Tumbes, por mandato de vuestra señoría, para cosas cumplideras al servicio de su Majestad. Primero de agosto de 1547. Firmado: PASCUAL HERNÁNDEZ PANIAGUA DE LOAYSA".



sábado, 11 de julio de 2020

(Día 1158) Tras llegar adonde Gonzalo Pizarro un hombre de Aldana con propuestas de paz, el licenciado Cepeda sugirió un plan absurdo, que Carvajal criticó con sarcasmo.


     (748) Lorenzo de Aldana siguió la política tan eficaz de publicidad que solía emplear Pedro de la Gasca: "Aquella noche Lorenzo de Aldana mandó bajar un batel, y envió en él a un hombre con copias de los perdones que ofrecían las nuevas ordenanzas, para que las repartiese en Lima a los vecinos y a los capitanes y soldados del tirano. Al día siguiente, por la mañana, le dijo al capitán Alonso de la Peña que hablase con Gonzalo Pizarro para desengañarle de todo, y le entregase las disposiciones de su Majestad por las que se daba un perdón general de las culpas pasadas, incluso la de la muerte del virrey (por supuesto, renunciando a su rebeldía). Dicen también que, teniendo en cuenta sus servicios pasados, el Rey le ofrecía la gobernación de Chile (la que tuvo concedida Diego de Almagro el Viejo, y a la que aspiraba Pedro de Valdivia)". Llegó Alonso con su encargo, y fue bien recibido por Gonzalo Pizarro, el cual se retiró con sus capitanes para opinar al respecto. Tras leer en voz alta su secretario los documentos, se discutió mucho sobre qué hacer con el ofrecimiento del Rey.
     No llegaban a un acuerdo, pero es un espectáculo oírle al retorcido Francisco de Carvajal, el especialista del doble sentido. Tanto, que a veces no se sabe por dónde va, o si dice una cosa o lo contrario: "El licenciado Cepeda opinó (con una idea absurda) que convenía tener como amigos a Lorenzo de Aldana y los demás capitanes de La Gasca, para que entregaran la flota, pues, si lo hicieran, se podrían lograr con ella grandes cosas por mar y por tierra, y, si no aceptaran, se podría ir al Cuzco para ganarse a Diego Centeno haciéndole grandes promesas. En caso de que se negase, se le podría dar batalla, si no lo habían hecho ya Juan de Acosta y Lope de Mendoza". Con sincero o falso optimismo, le decía a Gonzalo: "Si por dicha vence su señoría a Diego Centeno, como espero en Dios, se puede hacer desde el Cuzco una guerra muy galana a los enemigos, pues hay en este ejército más de mil hombres que le seguirán hasta la muerte, pues tengo conocida la fidelidad que os tienen".
     A Gonzalo Pizarro le pareció bien, soñando ya que, con juntar las tropas de Acosta y Mendoza, le sería fácil recobrar Lima de sus enemigos si se hubiesen apoderado de ella, pero primeramente quiso escribir a Lorenzo de Aldana para conocer sus verdaderas intenciones. Fue entonces cuando el Demonio de los Andes metió baza: "Carvajal, como era astuto y experto en muchas cosas, sabía en lo que iba a terminar todo aquello. Y le respondió a Cepeda, al que le había estado mirando terriblemente mientras aconsejaba a Gonzalo: 'Señor Cepeda, si su señoría y vuestra merced quieren hacer lo que acaban de decir, yo estaré muy contento de ello, para que no digan de mí que, en la mejor ocasión, me escaparé de este negocio. Pero mire vuestra merced que, si hemos de morir en esta guerra por culpa de un plan desastroso, le hago saber que tengo tan buen pescuezo como vuestra merced para una buena soga, de lo cual a mí me pesaría mucho". Entre unos y otros, lo tenían a Gonzalo Pizarro hecho un lío, pero fue suya la última palabra.

     (Imagen) El informe de PEDRO HERNÁNDEZ DE PANIAGUA para Pedro de La Gasca da mucho juego; así que, veremos algo más. Era natural de Plasencia (Cáceres), donde fue regidor, y, teniendo 48 años, había llegado a las Indias con Pedro de la Gasca. Lo que sigue contando nos muestra con claridad que se había metido en la boca del lobo, y quería salir pitando. Gonzalo Pizarro no acababa de darle permiso para marchar. El pizarrista Martín de Almendras, paisano de Paniagua, le dijo, por pura amistad, que se escapara porque se estaban riendo de él. Le explica a La Gasca: "Me pareció mal aquella risa, pues, comenzada la guerra, me ahorcarían". Tuvo la genialidad de convencerle al licenciado Cepeda de que podía servirles de mensajero ante el Rey para conseguirle muchos beneficios a Gonzalo Pizarro, al que apreciaba mucho, como parientes que eran. Le dijo lo mismo al licenciado Carvajal, también pariente suyo. Y le cuenta a La Gasca: "Después, en Tumbes, el clérigo Baltasar de Loaysa me certificó que, sin duda, de no haber sido por Carvajal, me habrían matado en Lima". Tras haber hablado Cepeda y Carvajal con Gonzalo, le invitó a comer a Paniagua, y le dijo que confiaba en que haría lo que prometía. Y añade en su informe: "Pienso que una de las cosas que le hicieron engañarse y creerme, fue que le habían escrito que se pensaba que le iban a nombrar gobernador, como yo le decía". Paniagua, para hacer más fuerza, le ofreció dejar como rehén a un hijo suyo. Pronto se dio cuenta de su error, y le pidió a Pizarro que le librara de esa promesa, argumentando astutamente que, si lo supieran en España, sospecharían de su sinceridad por estar bajo esa presión: "Gonzalo Pizarro mostró su conformidad, y me dijo que él jamás había exigido prendas, ni querido que la gente le siguiera forzada". Le dio, pues, permiso para partir, y fue tanta la sintonía, que Gonzalo Pizarro le regaló para el viaje una importante cantidad de plata, llevando a dos indios que le ayudaran: "Salí de Lima, después de mediodía, el día treinta y uno de enero de mil quinientos cuarenta y siete, y fui a dormir junto a una fuente, a tres leguas de la ciudad". Se acabó la pesadilla.



viernes, 10 de julio de 2020

(Día 1157) Hubo un gran alboroto en Lima cuando vieron que ya llegaban los navíos de Pedro de la la Gasca, y Gonzalo Pizarro cometió el error de destruir un barco suyo para que no se lo apropiaran.


   (747) Santa Clara cambia de tema, y hay que recordar que Juan de Acosta, cuando volvía hacia Lima y Lorenzo de Aldana le puso una celada en el camino, se enteró de ello, evitó el peligro dando un rodeo y apresó a unos soldados y marineros de Aldana que estaban despistados. Sigamos la narración: " Grande fue el enojo que recibió Lorenzo de Aldana cuando supo de la prisión de sus soldados y marineros, y de haber fracasado los capitanes que habían puesto la celada a Juan de Acosta. Mandó que todos se embarcasen para proseguir su viaje, y, al cabo de unos días, tuvieron a la vista el puerto de Lima los cuatro capitanes de los navíos. Cuando lo vieron los vecinos, hubo grandísimo alboroto en la ciudad, y andaban todos como ovejas sin pastor, asustadas por la vista del lobo rapaz. Los capitanes y soldados comenzaron a armarse, y se iban sin orden a la casa de Gonzalo Pizarro para ver lo que mandaba hacer. Los que no tuvieron ánimo, como la gente común y los mercaderes, se escondieron en sus casas, como si los leales al Rey estuvieran ya haciendo mil desafueros y matando a la gente".
     Resulta sorprendente que, a pesar del uso habitual de espías, le pillaran a Gonzalo Pizarro tan desprevenido: "Había en el puerto un navío muy grande, que era de Bartolomé Pérez, en el cual había venido Pedro de Fuentes, y estaba sin velas ni mástiles, y el tirano mandó barrenarlo y echarlo al fondo para que los leales no se aprovechasen de él. Dos horas después los cuatro navíos fueron anclados ante la vista de la ciudad, haciendo salvas con la artillería, con gran pesar de muchos capitanes y vecinos pizarristas. El gran tirano se retiró a su cámara con sus principales capitanes. Francisco de Carvajal (el más realista y expeditivo) criticó, como ya hizo en su día, que se hubiese hecho quemar un navío, y que ahora se hubiese echado otro al fondo, por lo cual creía conveniente armar muchas balsas, metiendo en ellas arcabuceros, que entonces había muchos, para tomar con ellas los navíos o quemar a todos dentro de ellos. Algunos dijeron que sería mejor saber primeramente las pretensiones que tenía Lorenzo de Aldana, pero otros les replicaron que ya se conocían, porque el comendador fray Miguel de Lorena había descubierto en qué consistían".
     Optó Gonzalo Pizarro por una última opinión, que era la de presentarse en el muelle del puerto con todas las fuerzas, que eran muchas, desplegadas, con el fin de amedrentar a los contrarios, provocando quizá que algunos decidieran cambiar de bando: "Fueron al puerto, por mandato del tirano, con toda la caballería, y se pusieron a la orilla del mar. Viendo que los cuatro capitanes no hacían ningún movimiento, ni mandaban sacar ningún batel, les pareció que venían de paz, por lo cual el licenciado Cepeda dio la vuelta a la ciudad y dejó allí a Francisco de Espinosa con la gente de a caballo". Al volver, Cepeda le aconsejó a Gonzalo Pizarro que adelantara la infantería a medio camino del puerto, y allí acamparon a la espera de acontecimientos. Pero ocurrió algo muy revelador de la tensión con que vivían los rebeldes por la ventaja que iba adquiriendo Pedro de la Gasca. Como no habían llevado alimentos para la cena, se dio permiso para ir a Lima a conseguirlos: "Muchos no volvieron al campamento, para poder recuperar la lealtad al Rey, y fueron a esconderse en los cañaverales".

     (Imagen) Habrá que seguir con el informe que le envió PEDRO HERNÁNDEZ DE PANIAGUA a Pedro de la Gasca, porque parece una escena de Shakespeare. Le enfrentó a Gonzalo Pizarro, como infalible adivino, ante su terrible futuro, y él contestó que prefería morir siendo gobernador. Hablaba Gonzalo de que muchos le seguían con total entrega. Le contesto Paniagua: "Lo han hecho hasta ahora por sus particulares intereses, pero no seguirán peleando, porque nada les interesa que sea vuestra señoría gobernador. Cuando llegue la lucha contra el Rey, aquellos en los que más confía vuestra señoría lo han de matar o entregar, para salvar sus cabezas con la suya. Me maravillo de la ceguedad que vuestra señoría tiene. ¿No ve que, si le desbarata la gente del Rey, no tendrá otra para rehacerse, y que, en caso de que vuestra señoría desbarate a los del Rey, pronto vendrá otro y otro ejército, y que, aunque vuestra señoría los derrotase, perdería tantos en las batallas, que no tendría soldados suficientes para enfrentarse al tercero?". Al decirle Pizarro que se conformaba con vivir diez años siendo gobernador, y que esperaba conseguirlo, le contestó Paniagua con una sonrisa (proféticamente: solo le quedaban meses): "Ni diez, ni dos. Perdóneme vuestra señoría, pero he venido para decir verdades y no lisonjas. Adondequiera que huyese, desde aquí hasta el Estrecho de Magallanes, le alcanzarían y le cortarían la cabeza". Le dijo Gonzalo Pizarro: "No insistáis más: yo tengo que morir como gobernador. Esta es mi respuesta a Pedro de la Gasca, y no es menester hablar más de ello".  Aun así, Paniagua le dijo que, si en lugar de exigirle al Rey, le suplicase y le enviase los impuestos que le correspondían, quizá consiguiera grandes beneficios. Pero su respuesta fue definitivamente de enfrentamiento: "Eso no haré yo, porque no quiero darle al Rey dinero con el que hacerme la guerra". Como era otra tontería, Paniagua le replicó que al Rey le sobraba dinero para derrotarlo. Está claro que Gonzalo Pizarro solo quería una cosa, ser gobernador, aun sabiendo que le costaría la vida. Recordemos que así pensaba el bravo, lúcido y fiel Carvajal, y se lo advirtió a tiempo: "Si ahora matamos al virrey, pronto vendrá otro".



jueves, 9 de julio de 2020

(Día 1156) El licenciado Cepeda hizo un discurso en Lima defendiendo a Gonzalo Pizarro y acusando a Pedro de la Gasca. Luego, con mala intención, pidió que todos manifestaran si estaban a favor de Pizarro, prometiendo no castigar a los que estuvieran en contra. Lógicamente, todos se mostraron a favor.


     (746) No deja de ser un misterio que el licenciado Cepeda, alguien con buena formación jurídica y conocedor del poderío de Carlos V, se aliara tan fanáticamente con Gonzalo Pizarro. Sin duda jugaba la baza de un futuro glorioso y poderoso, si salían vencedores. Su ciega ambición y su mala catadura le costarán caras, aunque, en su día, veremos que no murió ejecutado por La Gasca, sino, posiblemente, envenenado por manos anónimas. Estaba ya viendo muy feo el panorama, y le pidió a Gonzalo Pizarro que animara a su gente. Le pareció bien, y llamó a todos los capitanes y a los vecinos principales de Lima. Cuando se presentaron, fue Cepeda el que soltó un discurso para hacerles ver cuánto le debían a Gonzalo y a sus hermanos por haber conquistado las tierras de Perú, y qué tramposas ofertas hacía Pedro de la Gasca, a quien también acusaba de que, con sus ardides, se había apoderado de la flota sin permiso de su Majestad. Le echaba en cara, además, la propaganda que estaba haciendo en su favor enviando cartas por todo el Perú. Todo lo cual le servía a Cepeda de argumento para decirles a los asistentes que Gonzalo Pizarro estaba lleno de justas razones para luchar militarmente contra él. Total: Gonzalo Pizarro era un santo y Pedro de la Gasca un demonio.
     Después de añadir que era necesario que defendiesen contra La Gasca sus vidas y sus haciendas, remató su arenga con una oferta trampa: "Finalmente les dijo que la intención de Gonzalo Pizarro era que cada uno le diese su parecer, y que cualquiera que no estuviese de acuerdo, que lo dijese, pues el señor gobernador prometía, como caballero hijodalgo, y lo juraría solemnemente, respetar lo que dijese, y no tocar su persona ni hacienda, sino dejarle libre". Pidió también que los que estaban de acuerdo lo manifestasen, pero con obligación de cumplirlo: "Les dijo que habían de firmarlo con su nombre propio, porque, si alguno después quebrantase su palabra o estuviese tibio antes de concluir las batallas futuras, bastaría para que se le cortase la cabeza. Acabada esta plática del licenciado Cepeda, enseguida dijo Gonzalo Pizarro que esas eran sus mismas palabras, y que cada uno dijese abiertamente lo que sentía al respecto. Luego, todos a una voz, dijeron que harían lo que Cepeda había pedido, y que le servirían a Gonzalo Pizarro en todo cuanto les mandase".
     Cepeda tenía preparado un documento de compromiso personal con Gonzalo Pizarro en los términos expuestos. Su firma iba al pie del texto. Y la tropa se volcó: "Dijeron que ellos decían lo mismo que que el licenciado Cepeda, lo prometieron y juraron, y, después, cada uno lo firmó con su nombre". Pero Santa Clara nos muestra el previsible resultado en aquel imperio de la mentira, donde lo más importante era salvar la cabeza, aunque él hace una interpretación jurídica de lo que en realidad era un pacto entre caballeros (poco fiables): "Concluido esto, Gonzalo Pizarro les dio a todos las gracias por la buena voluntad que mostraban tener, y prometió premiar a todos; pero estos fueron los primeros que le negaron, porque juramento hecho en perjuicio de otro no vale, y en este caso era contra el presidente La Gasca, que venía en nombre del Rey".

     (Imagen) Ya le dediqué una imagen a PEDRO HERNÁNDEZ DE PANIAGUA, nacido en Plasencia (Cáceres), uno de los hombres más leales de Perú. Ahora vemos que quienes mandan en la rebeldía contra la Corona son Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal y el licenciado Diego Vázquez de Cepeda. Paniagua se encargó de la suicida misión de presentarse en nombre de Pedro de la Gasca ante Gonzalo Pizarro para reprocharle su actitud y ofrecerle soluciones pacíficas. De vuelta, milagrosamente vivo (Pizarro estuvo a punto de matarlo), le escribió a La Gasca un informe de sus gestiones. Está magníficamente escrito, y tiene 25 páginas. Lamentablemente solo podré dar algunos detalles del texto. La siguiente frase, dirigida a La Gasca, no tiene desperdicio: "Desde que vuestra señoría me mandó partir, me propuse tener en poco mi vida, y en mucho hacer lo que convenía al servicio de mi Rey". Tuvo frente a frente al tenebroso triunvirato (Pizarro, Carvajal, Cepeda) sometiéndole a un interrogatorio explosivo, pero a todo les contestó con serenidad y valentía, tratándoles de convencer de su error, y de que no siguieran actuando sin el permiso de Su Majestad. Les alababa la bondad y sensatez de La Gasca. Le respondían que en Perú se corrompe a los hombres con lingotes de oro. Y replicó: "No es de los que se venden por oro, no tiene hijos, y sus hermanos son tan ricos y puestos en tales cargos, que no necesitan el oro del Perú". Les insistió en que el Rey les perdonaría todo si volvían a respetarlo, y que La Gasca procuraría suavizar lo más grave. Gonzalo le peguntó qué era lo más grave. Y les contestó: "Cortarle la cabeza al virrey". Después le dijo claramente a Gonzalo que debía desistir de actuar como gobernador, y le puso como ejemplo a Hernán Cortés, el cual, aunque lo merecía más que él, se conformó con no serlo de México, a pesar de habérselo pedido al Rey muchas veces, pues siempre se lo negó. Le respondió Gonzalo: "Mirad: yo tengo que ser gobernador porque de otro no nos fiamos', y yo le dije: '¿Cómo, señor? ¿Gobernador contra la voluntad del Rey?". Todo ello mientras la cabeza de Paniagua pendía de un hilo.



miércoles, 8 de julio de 2020

(Día 1155) Al parecer, Antonio de Altamirano quería matar a Gonzalo Pizarro, a Francisco de Carvajal y al licenciado Cepeda. Fue descubierto, y lo ejecutaron a él. Se menciona de paso al mejor intérprete de las Indias, el nativo Don Martín.


     (745) La vida valía bien poco en aquellas circunstancias. Capitán derrotado era capitán muerto si no se ponía a las órdenes del vencedor, aunque muchos que pasaron por esa humillación resultaban un peligro constante para quien los había sometido. De vez en cuando, se decidían a matarlo, y casi siempre acababan degollados. Veamos un ejemplo típico: "La idea de Antonio de Altamirano era matar a Gonzalo Pizarro, al licenciado Cepeda y a Francisco de Carvajal, y después a todos los que seguían su falsa opinión y tenían gran amistad con ellos, pero, en cuanto platicó esto con algunos de sus amigos, fueron descubiertos. Gonzalo Pizarro mandó prender a Antonio de Altamirano y a Pedro de Rávena, que era buen piloto y marinero, a quien pensaban hacer capitán de los navíos. El licenciado Cepeda, que estaba muy indignado con Altamirano, lo sometió a recios tormentos para que dijese cuántos eran los de la conjuración, pero respondió que era falsedad todo lo que contaban de él. No le admitieron ninguna disculpa, y le ahorcaron a media noche en el rollo de la plaza. También le dieron tormento a Pedro de Rávena, y lo negó todo. Dicen que fue Francisco de Carvajal el que lo hizo prender, porque había sido partidario del virrey Blasco Núñez. También apresó a Lope Martín por haberle facilitado un caballo a Jerónimo de Soria para que huyera, y, no siendo cierto, le mandó que se confesase y mandó que le dieran garrote, pero, cuando ya estaba medio ahogado, se lo quitaron porque Antonio Ribera consiguió de Gonzalo Pizarro que no lo mataran".
     Hubo al respecto otras versiones: "Muchos dijeron que Antonio de Altamirano no era culpable, sino que el licenciado Cepeda lo ejecutó para quedarse con las encomiendas de indios que tenía, y porque muchas veces le había llevado la contraria en cosas que quería hacer, de lo que le tenía mortal odio. Son embargo, algunos amigos de Cepeda insistían en que Altamirano era culpable, y que todo se había concertado en casa de Francisco de Maldonado, de lo cual era sabedor el padre Diego Martín, mayordomo de Gonzalo Pizarro, porque se halló presente con los dos hermanos Quiñones y otros más. El caso es que solo mataron a Altamirano; y a Pedro de Rávena le perdonaron la vida por intercesión de Luisa Madina, mujer de un indio llamado Martín, que era principal, e intérprete del marqués Pizarro, y por ser ella hermosa, pues dicen que Gonzalo Pizarro tenía amistad secreta con la dama". Es una lástima que Don Martín (en realidad Don Martín Pizarro o Martín de Poechos), el increíble intérprete indio (al que ya dediqué dos imágenes), asimilado completamente a la cultura española y próspero ciudadano (aunque luego pasó apuros por haber ayudado a Gonzalo Pizarro), sea ahora objeto de un comentario lamentable, doblemente triste si tenía visos de ser cierto. Su vida daba perfectamente para rodar una película apasionante.
     Estaba la situación tan complicada para Gonzalo Pizarro y sus partidarios, viendo a Pedro de la Gasca día a día más reforzado de gente, y ellos perdiéndola a chorros, que al licenciado Cepeda le pareció oportuno reunir a todos con el fin de mostrarles razones que reforzaran su fidelidad.

     (Imagen) ANTONIO DE ALTAMIRANO era natural de Fontiveros (Ávila), tierra chica de San Juan de la Cruz, otro gran conquistador, pero de las alturas celestiales. Llegó a Perú con Pedro de Alvarado en 1534. A pesar de militar con Diego de Almagro, no le pareció bien que se enfrentara a Francisco Pizarro sin permiso del Rey. De hecho, muertos los dos, Altamirano luchó contra Diego de Almagro el Mozo, y fue encargado de apresarlo en su huida. Tenía adjudicada en el Cuzco (de donde fue alcalde) una parte del palacio imperial inca, y allí le sonrió la suerte. Un caballo suyo desenterró casualmente con sus patas un tesoro de vasijas de oro y plata que valían más de 80.000 ducados, toda una fortuna. Para darle más rentabilidad a su hallazgo, se convirtió en el primer hombre que crio vacas en el Cuzco. Es posible que esa riqueza de la que disfrutaba tuviera que ver con su muerte. Como hemos visto, se le acusó de conspirar para quitarles la vida a Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal y el licenciado Cepeda, lo que parece demasiada insensatez para que fuera cierto. Se declaró inocente, pero lo mataron. Luego corrieron muchas versiones de los hechos, porque los sentimientos de Altamirano fueron oscilantes. En las anotaciones que conservaba Pedro de la Gasca, aparecen datos que dan pie a distintas explicaciones. En 1544 firmó en el Cuzco el nombramiento de Gonzalo como procurador, pero se arrepintió, y, después, tuvo que firmarle a la fuerza otros poderes más amplios. Con el tiempo, la relación mejoró, y Antonio fue nombrado alférez general. En 1545, Carvajal le decía a Gonzalo: "Altamirano es tan buen servidor de vuestra señoría, que no puede haber en el mundo hombre que se iguale con él". Según Juan de Acosta, en 1547 (poco antes de que lo ejecutaran) Altamirano ya era sospechoso. Le decía a Gonzalo Pizarro: "Altamirano trataba, con otros cinco soldados, de irse adonde Diego de Mora. Lo hemos apresado, sabré por qué se iba, y haré con él lo que convenga". Aun así, muchos pensaban que, quien maquinó su muerte, fue el licenciado Cepeda, para robarle su fortuna y porque le tenía un odio desenfrenado.



martes, 7 de julio de 2020

(Día 1154) Gran pesar de Gonzalo Pizarro al saber que Diego Centeno se había apoderado del Cuzco. Juan de Acosta se reunió con él en Lima, pero iba a partir hacia el Cuzco. Se tramó un intento de asesinar a Gonzalo Pizarro.


     (744) Nos acaba de explicar Santa Clara que, entre los que se le huyeron a Juan de Acosta antes de que llegaran a Lima, estaba Jerónimo de Soria. Vamos a ver cómo se lo contaba Pedro de la Gasca a Francisco de los Cobos, el secretario de Carlos V, aunque solo sea para confirmar, una vez más, que los cronistas eran muy fiables: "El 30 de julio de 1547 llegó a Tumbes (allí estaba La Gasca de camino hacia Lima) Jerónimo de Soria, vecino del Cuzco, quien, al principio de estas alteraciones acudió a la voz de Su Majestad y del virrey, por lo cual Pizarro le quitó los indios que tenía, y estuvo a punto de ahorcarlo. Dijo que, cuando Gonzalo Pizarro envió por segunda vez a Juan de Acosta hacia Trujillo, le mandó, cuando ya estaba a unas treinta leguas de Lima, una carta para que regresara, porque necesitaba refuerzos. Al tiempo en que se volvían, este Jerónimo de Soria con otro llamado Juanes de Randona, natural de Badajoz, y un tal Godínez, sobrino del dicho Acosta, natural de Villanueva de Barcarrota, huyeron del dicho Acosta, y se vinieron a Tumbes".
     Lo mismo dice Santa Clara: "Después de ejecutar Juan de Acosta al soldado Francisco Rodríguez, le llegaron cartas de Gonzalo Pizarro llamándole para que volviera a Lima, porque supo que Diego Centeno se había apoderado de la ciudad del Cuzco con intención de atacarle después, y, durante el regreso, se le huyeron más soldados". En lo que sigue, el cronista deja al descubierto, con acierto literario, las angustias de Gonzalo Pizarro: "Grandísima fue su pena al saber que la ciudad del Cuzco estaba alzada contra él, pues le pareció que todos sus amigos le iban abandonando. Se veía cercado por todas partes, pues, por el sur, estaba Diego Centeno, por la parte de oriente estaba Pedro de la Gasca, por la del poniente Lorenzo de Aldana, y, por la parte norte, Diego de Mora. De manera que podía decirse a sí mismo: 'Me han cercado dolores y gemidos de muerte, y, alrededor de mi persona, están los capitanes de Su Majestad, que son mis mortales enemigos".
     Gonzalo Pizarro quiso que Juan de Acosta se detuviese poco tiempo en Lima. Al llegar, acampó fuera de la ciudad, y entró en ella al día siguiente con todos sus hombres en buena formación militar. Gonzalo reforzó la tropa hasta tener unos cuatrocientos hombres, y se organizaron los mandos. Como general, figuraba Acosta. Era maestre de campo Diego Páez de Sotomayor, siendo los capitanes de piqueros, arcabuceros y caballería, respectivamente, Martín de Almendras, Diego de Gumiel y Martín de Olmos. Tenía el puesto de alférez mayor Martín de Alarcón. Luego Gonzalo Pizarro mandó el siguiente recado a Alonso de Mendoza y a Juan de Silveira: "Que no diesen batalla a Diego Centeno sin que primeramente se juntasen con Juan de Acosta, y que lo hiciesen de tal manera que no escapase con vida".
     Pero se produjo otro susto: "Partido que fue Juan de Acosta, no faltó en la ciudad quien intentase matar a Gonzalo Pizarro. Ocurrió que Antonio de Altamirano, su alférez mayor, queriendo salir de la tiranía en la que estaba, y por servir a Su Majestad, preparó un plan para hacerlo".

     (Imagen) Puesto que vemos ahora a JUAN DE ACOSTA (del que ya hablé) con mucho protagonismo, vendrá bien añadir algo. Según consta en el registro de la imagen, era de Barcarrota (Badajoz) y partió hacia las Indias en 1535. Fue el inicio de una tremenda aventura unida al destino de Gonzalo Pizarro. Todo empezó en Quito, adonde llegó Gonzalo como Gobernador, quien pronto organizó la terrorífica campaña a los territorios amazónicos, llevando a su lado a Juan de Acosta. Fue un desastre total, salvo para Orellana, quien, probablemente desobedeciendo a Gonzalo, logró el gran triunfo de recorrer todo el inmenso Amazonas. Los demás tuvieron que volver, quedando la mayoría muertos por el camino. Cuando ya estaban casi agonizando de hambre, salió JUAN DE ACOSTA con diez soldados en busca de provisiones, dispuesto a todo. Tuvieron un duro enfrentamiento con los nativos, y Acosta resultó herido, pero lograron regresar con abundantes alimentos. Ya de vuelta a Quito, con tan desastroso aspecto que los vecinos quedaron impresionados, empezó otra odisea. Primer golpe: Gonzalo Pizarro se entera de que han asesinado a su hermano Francisco. Segundo golpe: había llegado Vaca de Castro con poderes de gobernador para poner orden en Perú. Tanta frustración provocó que aquellos hombres intentaran algo desesperado. No fue difícil convencerle a Gonzalo Pizarro de que tenía derecho a seguir siendo gobernador de Quito, y, por añadidura, de todo Perú, ya que era el heredero de su hermano. Había, pues, que eliminar a Vaca de Castro. Se decidió que, llegado el momento oportuno, Gonzalo hiciera una señal para que JUAN DE ACOSTA matase a puñaladas al 'usurpador'. Enterado Vaca de Castro del plan, lo desactivó, y obligó a Gonzalo Pizarro a que se retirara a la lejana zona de Charcas. Allí estuvo pacíficamente, con su leal Acosta, pero, cuando llegó el virrey Blasco Núñez, se puso al frente de una nueva rebelión, en la que, finalmente, lo mataron. JUAN DE ACOSTA no se perdió aquellas batallas, y sigue ahora luchando contra Pedro de la Gasca, dispuesto a dar la vida (como ocurrirá pronto) por Gonzalo Pizarro. FUE VALIENTE, BRUTAL Y FIEL (a su manera).



domingo, 5 de julio de 2020

(Día 1153) Lorenzo de Aldana quiso apresar a Juan de Acosta, pero, avisado, fue este quien apresó a varios soldados suyos. Acosta partió para Trujillo, se le escaparon varios hombres, y ejecutó luego a otros que intentaron matarlo.


     (743) Juan de Acosta reconoció que, como decían sus soldados, era una imprudencia presentarse en Cajamarca para apresar a Diego de Mora, y decidió volverse a Lima. De camino iba a pasar por Trujillo, y algunos se lo dijeron a Lorenzo de Aldana: "Se alegró mucho de la noticia, y determinó prenderlos, si pudiese, cuando se acercaran de pasada hacia Lima. Bajó a tierra en el puerto de Santa (a 120 km de Trujillo), y puso una fila de cien arcabuces en un cañaveral, junto al río por donde habían de pasar, donde creyeron que sería fácil prenderlos al atravesarlo. Ocurrió que Juan de Acosta, prendió sobre la marcha a un español, al cual quiso ahorcar, y, para que no lo matase, le descubrió la celada que le tenían preparada en el río de Santa. Para escapar de esta emboscada, Juan de Acosta tomó otro camino, más hacia el mar, donde pasaron el río con mucho trabajo, por ser por allí muy hondo, y con peligro de ahogarse todos. Tras lograr atravesarlo, prendieron a unos doce soldados y marineros que estaban lavando la ropa descuidadamente, y los llevaron con ellos hacia Lima, con gran contento porque habían burlado a los capitanes de su Majestad".
     Llegados a Lima, Gonzalo Pizarro conoció por medio de los apresados la gran admiración que todos le tenían a Pedro de la Gasca por sus extraordinarias cualidades, y por su bondad. Tomó nota de lo que oyó, y les mandó que no contaron esas cosas a sus hombres, porque, de lo contrario, les castigaría severamente. Después le dio orden a Juan de Acosta de que volviera a Trujillo, pero esta vez reforzado con una tropa de doscientos cincuenta hombres. La misión sería implacable: "Luego deberían ir al pueblo de Cajamarca, para prender o matar a todos los que allí estuviesen. Pero, para entonces, Diego de Mora estaba ya muy pujante de gente que se le había unido, con la cual podría dar batalla a cualquier capitán que llegase con cuatrocientos hombres".
     Aunque Santa Clara no lo acaba de decir, Gonzalo Pizarro estaba muy preocupado por la proximidad de la flota de Lorenzo de Aldana y por la llegada inminente de Pedro de la Gasca. Esa tuvo que ser la razón de su salida de la ciudad. Pero antes le encargó a Acosta que fuera a Trujillo con un grupo de soldados "Partió Juan de Acosta con su gente, y, según caminaban, se le empezaron a malear sus soldados, los cuales iban amotinados y con deseos de ponerse al servicio de Su Majestad. Estando ya a veinte leguas de Lima, se le huyeron Jerónimo de Soria y Juanes de Randona con otros seis soldados, y estos ocho mataron a dos compañeros porque no quisieron ir con ellos. Siguió Juan de Acosta hacia Trujillo en busca de Diego de Mora, por lo cual se pusieron los soldados a punto de alboroto. Al llegar al pueblo de La Barranca, Lorenzo Mejía, yerno del conde de la Gomera, quiso matar a Acosta, quien, al enterarse, mandó prenderlo, y luego confesó haberlo intentado porque ayudaba mucho a los tiranos que estaban en contra de Su Majestad. Después Acosta mandó que se le cortara la cabeza, y también a otros dos soldados, perdonando a los demás por el ruego de hombres buenos. Se le huyeron otros dos adonde Diego de Mora, y, porque el soldado Francisco Rodríguez llevaba dos camisas puestas, tuvo sospecha de que se quería escapar, y, sin querer oírle ninguna disculpa, también mandó ahorcarle".
     Seguro que Lorenzo de Mejía (y Figueroa) tuvo una biografía interesante, pero solo he encontrado estos datos: Era bastante mayor, había llegado a Perú con su mujer y sus hijos en 1542, y fue testigo de la injusta manera en que el virrey Blasco Núñez mató al licenciado Illán Suárez de Carvajal.

     (Imagen) Qué sorpresa verle al capitán MANUEL DE ESPINAR en danza (en triste danza). Ya hablé de él en dos ocasiones, pero vamos a descubrir ahora su última aventura. Era un misterio su destino, pero, gracias al archivo de cartas de Pedro de la Gasca, veremos con precisión cómo y cuándo murió. Años atrás, fue nombrado tesorero de su demarcación por Diego de Almagro el Viejo, al que siempre le guardó fidelidad. A raíz del asesinato de Almagro, fue muy crítico con los hermanos Pizarro (Francisco llegó a amenazarle con un puñal), porque, además, le habían confiscado sus bienes. Es posible que luchara al lado de Diego de Almagro el Mozo cuando este trágico personaje fue derrotado y ejecutado en Chupas. Lo que no tiene duda es que, después, actuó como un enconado enemigo de Gonzalo Pizarro al servicio del virrey, y, luego, de Pedro de la Gasca. Así le hemos visto en la imagen anterior. Consiguió escapar de los pizarristas de Arequipa, y nos queda por saber cómo lo atraparon después. En mayo de 1547, Francisco de Villacastín (a quien, como sabemos, un mono con mucha puntería le había saltado los dientes de una pedrada) perseguía a Espinar y a los suyos, y le escribió a Gonzalo Pizarro lo siguiente: "Topé con una cuadrilla de ellos, entre los cuales estaban el tesorero Espinar y Fernando Montañés. Como tengo a vuestra señoría por buen cristiano, los he perdonado". De paso, hace un elogio del Esteban Pretel (mencionado recientemente en otra imagen), y le dice a Gonzalo: "Es muy honrado, y le conviene a vuestra señoría servirse siempre de semejantes hombres". También debía de serlo Villacastín, a juzgar por su generoso perdón. Pero fue un gesto inútil, porque Gonzalo Pizarro le ordenó que entregara a aquellos hombres en Arequipa a Lucas Martínez Vegaso, quien, de inmediato, los ahorcó. Ese fue el triste final de MANUEL DE ESPINAR, hombre digno de mayor recuerdo. En la imagen vemos que el Rey, el año 1556, le concedió una gratificación a su hijo, Francisco de Espinar (había obtenido otras anteriormente).



sábado, 4 de julio de 2020

(Día 1152) Francisco de León intrigó para asesinar a Diego Centeno, pero le costó a él la vida. Juan de Acosta se enteró en Trujillo de que Diego de Mora había traicionado a Gonzalo Pizarro.


     (742) Se había juntado la importante tropa en Zepita, al borde del lago Titicaca, y se produjo un incidente: "Estando todos en este paraje con buena paz y quietud, Francisco de León, vecino de Arequipa, quiso revolver a los dos ejércitos. Habló en secreto al capitán Juan de Silveira aconsejándole que matase a Diego Centeno y se alzase en favor de Gonzalo Pizarro, porque él había encontrado la forma de hacerlo fácilmente. Oyendo esto Juan de Silveira, pensó que Francisco de León le tentaba por consejo de Diego de Centeno, de lo cual se maravilló mucho, y fue adonde él y le dijo que estaba muy ofendido de su intención. Diego Centeno se disculpó reciamente, y, para que viese que no había intervenido en nada, mandó que apresaran a Francisco de León, y lo trajeron ante ellos. Le preguntaron quién le había pedido que hablase así al capitán Silveira, y contestó que nadie, y que lo había hecho por el amor que le tenía a Gonzalo Pizarro. Entonces Diego Centeno mandó que aquella noche se le diera garrote a Francisco de León, y así se hizo. Al día siguiente amaneció puesto en un palo, con un letrero que lo tildaba de amotinador".
     Nos confirma también Santa Clara algo que supuse en una imagen dedicada a Antonio de Ulloa: el momento preciso en que cambió de bando y se unió a Diego Centeno. Fue cuando, habiéndole sido arrebatado su barco, tuvo que quedarse en tierra sin poder hacer el viaje a Chile: "Por entonces, se volvió Antonio de Ulloa, que iba a Chile, con poca gente de la que había llevado, porque casi todos los soldados huyeron. Después se unió a Diego Centeno, y le dio la noticia de que Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal iban huyendo a la ciudad de Arequipa (porque La Gasca se acercaba a Lima)".  En el siguiente párrafo, nos muestra cómo Gonzalo Pizarro perdía a chorros sus seguidores; el efecto La Gasca era demoledor: "Por estas causas y por los alzamientos que hemos dicho, no fueron a Lima capitanes y soldados al llamamiento de Gonzalo Pizarro, salvo los pocos que llevó Francisco de Espinosa. También le fue a servir Pedro de Fuentes (como vimos, era un tipo complicado y le creó muchos problemas a Gonzalo Pizarro, por lo que estuvo a punto de matarle Juan de Silveira). Con él llevaba unos diez hombres que iban desterrados a Chile por el mismo Pizarro, pero, como llegaban en un momento tan difícil, los recibió alegremente y con amor".
     Vimos a Gonzalo Pizarro entrar triunfalmente en Lima después de su brillante victoria contra el vilmente asesinado virrey Blasco Núñez Vela. Pero ahora la partida de ajedrez se le está volviendo en contra. Va a tener otra sabrosa victoria, pero será la última. Sigamos con Santa Clara, que nos cuenta cómo Gonzalo buscaba afanosamente reforzar sus tropas, cada vez con menos éxito: "Envió al capitán Juan de Acosta a la ciudad de Trujillo con dos misiones: para ver si Lorenzo de Aldana estaba en ella, pues hacía que no tenía noticias de él, y para que trajese consigo a Diego de Mora, ya que tardaba mucho en hacerlo. Acosta partió con setenta arcabuceros. Entrando en la ciudad, la vio despoblada de hombres, como si fuera habitada por amazonas. Cuando supo que Diego de Mora se había alzado y estaba con unos pocos hombres en Cajamarca, quiso ir allá, pero los suyos, pensando que no serían suficientes para enfrentarse a ellos, le aconsejaron que no lo hiciera".

     (Imagen). También FRANCISCO DE LEÓN le fue fiel a Gonzalo Pizarro hasta la muerte. En el registro de la imagen, se anota que partió hacia Perú con un hermano llamado Pedro en 1535, y que eran naturales de El Viso (Córdoba). Francisco arriesgó mucho al planear el asesinato de Diego Centeno, y le costó la vida. En las cartas que archivaba Pedro de la Gasca, se puede confirmar que su trayectoria fue apasionada y fanática, siempre a los pies de Gonzalo Pizarro. En 1547, poco antes de que Centeno saliera de la cueva en la que permanecía oculto, Francisco firmaba, junto a los notables de Arequipa, una carta que le enviaron a Gonzalo Pizarro. En otra escrita por él en febrero de 1547, le dice a Gonzalo que, cuando llegaba a la ciudad el temible Francisco de Carvajal, "salí a recibirle más de miedo que de vergüenza". Y añade (ingeniosamente): "Cuando pensaba que ya estaba en gracia con el maestre de campo (Carvajal), me hallé más lejos de ella que él de la de Dios. Mal me quiere, y maldice de mí, pero, como en servir a vuestra señoría no dirán que soy perezoso, no me importa mucho". En marzo de 1547, Alonso Picado le escribe a Gonzalo Pizarro diciéndole que "el tesorero Manuel de Espinar tenía planeado entrar en Arequipa para robar y matar, levantando bandera por Su Majestad". Pero ocurrió lo siguiente: "Se coló entre nosotros un espía suyo gritando vivas al Rey. Noguerol le dio muchas cuchilladas en la cabeza, y Francisco de León, dándole muchas lanzadas, lo mató. Enterado el tesorero Espinar, huyó con su gente". Ese mismo mes, FRANCISCO DE LEÓN le comenta a Gonzalo en una carta datos de lo que ocurrió después: "De todos estos traidores, se han matado a más de tres, y el caudillo (Espinar) quedó vivo y va camino de Tambo. Yo pedí que me mandaran tras él, pero los mandones (del cabildo) decidieron guardar la ciudad". Muestra su odio por Juan Cobo, "un mercader que es amigo del tesorerillo (Espinar), y ha estado preso por favorecer a Centeno". Termina diciéndole a Gonzalo Pizarro (en plan bravucón y adulador) que se alegra de lo ocurrido con Espinar, "porque así entenderá el Rey y el mundo que no habrá motines suficientes para perturbar el invencible nombre de vuestra señoría".



viernes, 3 de julio de 2020

(Día 1151) Aunque con arriesgados tanteos, Diego Centeno consiguió que se pasaran al bando del Rey, con todos sus hombres, dos importantes capitanes de Gonzalo Pizarro: Alonso de Mendoza y Juan Silveira.


     (741) Teniendo en cuenta que Alonso de Mendoza y Juan Silveira eran capitanes leales a Gonzalo Pizarro, parece muy optimista el plan de Diego Centeno y sus capitanes, aunque es posible que tuvieran informes de que esa lealtad era muy frágil: "Para poner en obra lo platicado, Diego Centeno le envió por medio de indios muchas cartas a los capitanes Alonso de Mendoza y Juan de Silveira, y a otros caballeros. Luego se puso en camino con más de cuatrocientos hombres. Llegó al pueblo de Chucuito, donde fue muy bien recibido por los vecinos de Arequipa, que allí le esperaban, y se pusieron bajo el estandarte de Su Majestad, de lo cual Centeno recibió mucho contento, abrazando con amor a Jerónimo de Villegas y a los principales vecinos que le acompañaban".
     Luego empezó un 'teatrillo' previsible: "Cuando Alonso de Mendoza y Juan de Silveira recibieron las cartas de Diego Centeno, se enojaron bravamente contra él, y le respondieron que, si él viniese a juntarse con ellos en paz, lo recibirían muy bien, yendo todos juntos en paz y concordia a servir a Gonzalo Pizarro. Considerando Diego Centeno que estos asuntos tan arduos no llegaban a buen fin en los primeros encuentros, tornó a escribirles para que supieran que toda la tierra de Perú se había alzado en nombre de Su Majestad contra Gonzalo Pizarro y los que estaban en Lima con él".
     Les añadía la noticia de que Pedro de la Gasca ya había llegado a Tumbes con muchos navíos y soldados, pero, de momento, en son de paz, portando un perdón general de Su Majestad para quienes abandonasen su rebeldía: "Cuando los dudosos capitanes Alonso de Mendoza y Juan de Silveira, así como los que estaban en consulta con ellos, vieron estos buenos mensajes, hablaron muy de veras sobre estas cosas para ver lo que habían de hacer. Finalmente, fue acordado que se hiciese lo que Diego Centeno quería. En parte, por servir a Su Majestad y estar en gracia con el presidente Pedro de la Gasca, que venía con muy buenas intenciones, y en parte, porque sospechaban que sus principales soldados tenían intención de pasarse al bando de Diego Centeno en cuanto estuviese cerca. Decidieron, pues, unirse a Diego Centeno, y así se lo escribieron. Después firmaron las paces y se hicieron buenos conciertos, honrosos y provechosos para todos".
     Cuando volvieron los mensajeros con los compromisos firmados por Mendoza y Silveira, todos se alegraron mucho, y no era de extrañar, ya que habían conseguido un gran refuerzo, y con mucha suerte, pues no era probable que dos capitanes tan importantes de Gonzalo Pizarro lo abandonaran: "Después Diego Centeno siguió adelante con sus soldados, y, a una legua de Paria, salieron a recibirlos los dos capitanes con cuatrocientos hombres y con las banderas tendidas. Los unos y los otros se juntaron con una salva de arcabucería y con gran amor, dejando aparte las enemistades particulares que se habían tenido en los tiempos de atrás". Se tomaron medidas muy sensatas, respetando el mando que había tenido cada capitán, e incluso dejando en el olvido las cosas que unos a otros se habían robado en enfrentamientos anteriores. Con ese acuerdo, la fuerza conjunta ascendía a unos mil hombres. Un duro golpe (otro más) para Gonzalo Pizarro. Y, de nuevo, la elección de los capitanes fue seguida por todos sus soldados.

     (Imagen) Pedro de la Gasca no solo contó con su habilidad diplomática y su valentía. Sin duda alguna, aunque él no fuera militar, le cortarían la cabeza si lo derrotaran los de Gonzalo Pizarro. Pero diseñó jugadas maestras, como la de hacerse con la importante armada enemiga con la sola fuerza de sus palabras. Además, era ya demasiado el horror y el sufrimiento que habían padecido los soldados y los vecinos. Tuvo que asustarles profundamente a todos el atrevimiento de haber matado los pizarristas a Blasco Núñez Vela, el virrey, representante directo del poderosísimo emperador Carlos V. Era una evidente locura, y, poco a poco, pero de forma acelerada, fueron aumentando las deserciones de los partidarios de Gonzalo Pizarro. Así ocurrió con el capitán JUAN DE SILVEIRA. Impresionan el proceso de su cambio y el final de la historia. En diciembre de 1546, le escribió una carta a Gonzalo con grandes muestras de fidelidad, y le decía sobre Diego Centeno, capitán de La Gasca: "Tengo gran cuidado de encontrarlo, y no le he hallado; se cree que le han matado". Junio de 1547: Centeno sale de la cueva donde estaba escondido, y, en un alarde de valentía y habilidad, se apodera del Cuzco. De inmediato, convence a Juan de Silveira para que abandone a Pizarro. Octubre 1547: Gonzalo Pizarro, con un triunfo espectacular (el último de su vida), derrota en Huarina (ver imagen) a Centeno y a los demás partidarios de Pedro de la Gasca, muriendo JUAN DE SILVEIRA en la batalla. Abril 1548: Tras ser derrotado Gonzalo Pizarro en Jaquijaguana, se procede a su decapitación. La última referencia a JUAN SILVEIRA es una cédula real del año 1551, cuyo encabezamiento dice: "Petición de que se informe de los bienes que reclama, como heredera, María Silveira, que pertenecían al difunto capitán Juan de Silveira, hermano de María, el cual pasó a Perú hará unos 16 años, donde murió en batalla contra Gonzalo Pizarro, dejando muchos bienes en oro, plata, joyas y hacienda". No fue mucho lo que perdió JUAN DE SILVEIRA cambiando de bando, porque, de haber seguido fiel a Gonzalo Pizarro, habría muerto junto a él, luchando en Jaquijaguana o ejecutado después.



jueves, 2 de julio de 2020

(Día 1150) Lucas Martínez Vegaso se resistía con chulería a traicionar a Gonzalo Pizarro, pero lo asustaron lo suficiente como para que lo hiciera. Diego Centeno decidió unirse con las tropas leales al Rey que había en Las Charcas.


     (740) Como solía ocurrir en esas circunstancias, la vida del destituido Vegaso corría peligro: "Viendo que se negaba, lo tornaron desarmado a la ciudad a las ancas de una mula, y le metieron en la cárcel pública hasta determinar lo que harían de él. A los pocos días, supieron que Diego Centeno había entrado en el Cuzco, y de lo que había hecho en la ciudad, por lo que pensaron que sería bueno soltar a Lucas Martínez Vegaso para que fuese allá con algunos vecinos a darle la enhorabuena por su victoria. Además, se decidió que veinte soldados fuesen al puerto de Quilca para tomar la fragata e impedir que partiese para Lima. Llegaron allá, tomaron la fragata y prendieron a Pedro Martínez Vegaso y los marineros, tomando el tesoro que había en ella, tofo lo cual se trajo a Arequipa y se metió en la Caja del Rey. Llegado al Cuzco Lucas Martínez Vegaso, se presentó ante Diego Centeno, el cual le recibió muy bien, creyendo que iba por su propia voluntad, como los que le acompañaban, y él le dio toda la mensajería en nombre de los vecinos de Arequipa. Cuando luego Centeno supo que Lucas había ido obligado y en condición de preso, sintió mucho no haber ordenado que le costasen la cabeza, porque, además, Lucas les dijo a personas del Cuzco, con las que tenía estrecha amistad, que le pesaría mucho que Gonzalo Pizarro supiese que había hecho cosas indebidas, y, asimismo, había hablado con mucha soberbia y altivez. Le aconsejaron que callase, para que no le aconteciese lo que le había sucedido a Antonio de Robles. Por todo ello, Diego Centeno, le envió recado de que cuidara sus palabras, y él procuró, de ahí en adelante, callar y servir a Su Majestad muy de veras". En resumen: otro capitán más con el que podía contar Pedro de la Gasca.
     Y, una vez más, Santa Clara tiene razón, obligándome a rectificar un error mío. En la imagen que le dediqué a Lucas, dije que lo castigó Pedro de la Gasca por haber luchado al lado de Gonzalo Pizarro en la batalla de Jaquijaguana, la de su derrota y muerte. En realidad, el castigo le vino por hacerlo en la de Iñaquito, donde resultó derrotado y muerto el virrey Blasco Núñez Vela. De forma que, como dice Santa Clara, desde su encuentro con Diego Centeno, la fidelidad de Lucas hacia el Rey duró para siempre "muy de veras".
     Después ocurrió algo curioso por parte de los vecinos de Arequipa, tan opuestos como estaban a dejar abandonadas a sus mujeres para incorporarse a la guerra: "Tras haber enviado a Lucas Martínez Vegaso, el capitán Jerónimo de Villegas salió de la ciudad con los vecinos y soldados, y se fueron a Chocuito, pueblo de partidarios de su Majestad, porque allí había muchas provisiones, en donde se quedaron a la espera de que llegara Diego Centeno".
     Entretanto, Diego Centeno, quien, cual toro bravo, que ya había empitonado mortalmente a Robles, ansiaba hacerlo también con Gonzalo Pizarro: "Tenía grandísimo deseo de ir a la ciudad de Lima, para lo cual convocó a mucha gente. Mandó aviso con su petición a los vecinos de Arequipa, que ya estaban reunidos en Chocuito. Hizo lo mismo con los de Huánuco y Huamanga, pero los de estas ciudades, también leales a la Corona, ya habían ido a juntarse con Diego de Mora en Cajamarca. Entonces Centeno determinó ponerse en camino hacia Lima, pero sus capitanes le aconsejaron que no lo hiciese porque Gonzalo Pizarro estaba allí muy bien armado, y le dijeron que era mucho mejor ir a la zona de las Charcas, donde podría conseguir que los capitanes Alonso de Mendoza y Juan  de Silveira, al mando de mucha gente de guerra, se concertaran con él. A Diego Centeno le pareció buen consejo, y determinó seguirlo".

     (Imagen) Es de suponer que no fueran muchos los clérigos partidarios de un bando o del otro, y menos todavía los que se unieran activamente a la rebeldía contra la Corona, pero un caso típico de esto último fue el de FRAY LUIS DE LA MAGDALENA (era su verdadero apellido), lo que resulta aún más chocante porque estaba sometido a una disciplina conventual. Era capellán de Gonzalo Pizarro, a quien, aparentemente, adoraba. Con humor siniestro, como el de Carvajal, le decía en una carta que en Arequipa prendieron a un estafador, y añade. "Me pidieron que rogara a Lucas Martínez Vegaso por él, y yo le rogué que lo ahorcase, pero no lo hizo". Por su parte, el sensato Pedro de la Gasca, en un informe, lo critica muy duramente: "Habían también apresado en Arequipa a fray Luis de la Magdalena, que ha seguido en todo a Gonzalo Pizarro, y predicado en el púlpito su secta desvergonzada, de lo que todos los de su orden que están acá han tenido gran pena viendo que no le podían castigar. Le había enviado allí Gonzalo Pizarro para que, desde el púlpito, persuadiera a los vecinos de la ciudad para que fuesen a ayudarle contra Su Majestad. Hasta ponía como ejemplo cuando lo predicaba el juego del ajedrez, guardando al rey cabeza abajo con las piezas después de haberle dado mate". El escrito era de agosto de 1547. Por una orden real del año 1556, se sabe que continuaba vivo. El encabezamiento aclara su peripecia: "Estuvo animando a la gente de Pizarro en la batalla de Jaquijaguana, y, al ser derrotados por La Gasca, lo apresó el provincial de la orden (fray Tomás de San Martín, de quien ya hemos hablado), y lo condenó a a ser desterrado a España, pero huyó en el viaje, y se fue a la isla de Santo Domingo, donde seguía diciendo palabras dignas de castigo". El Rey le pedía al provincial de los dominicos de Santo Domingo que lo apresara y lo remitiera al dominico provincial de Andalucía, para que le aplicara el castigo correspondiente. FRAY LUIS DE LA MAGDALENA: un tipo fanatizado por la política, quien, por ser fraile, tuvo el privilegio de que no le cortaran la cabeza.



miércoles, 1 de julio de 2020

(Día 1149) Lucas Martínez Vegaso llegó con amplios poderes de Gonzalo Pizarro a Arequipa, y pronto ejecutó a varios partidarios de La Gasca. Más tarde, lo apresaron a él.


     (739) Los hechos se iniciaron en Arequipa: "Estaba en esa ciudad, como teniente de Gonzalo Pizarro, uno que le era muy leal, llamado Lucas Martínez Vegaso, hombre muy rico (como ya vimos). Habiendo servido al tirano Pizarro en la batalla de Iñaquito contra el virrey, procuró y se le dio el cargo de teniente y justicia mayor en Arequipa. Lo primero que hizo al llegar, fue enterarse de dónde estaba Diego Centeno, pero no fue tras él por encontrarse muy lejos. Supo después que el tesorero Manuel Espinal y otros grandes servidores de Su Majestad estaban escondidos en Atún por el miedo que tenían a los crueles tiranos, por lo que envió a Alonso de Ávila, que era el mejor amigo que Gonzalo tenía en Arequipa, para que los buscase con varios arcabuceros. Pero no los encontraron. Sin embargo, cayeron en manos de Pedro de Villacastín, y los llevaba presos al Cuzco. Enterado Lucas Martínez Vegaso, partió con toda furia en busca de Villacastín con algunos arcabuceros, y los alcanzó a treinta y cinco leguas del Cuzco, ahorcando de inmediato al tesorero y a otros seis que iban con él porque todos ellos eran grandes servidores de Su Majestad".
     Más tarde, le dio orden Gonzalo Pizarro a Lucas Martínez Vegaso de que fuese a Lima con toda la gente que pudiese juntar. Le contestó en una carta que lo haría en cuanto embarcara para él (con su hermano Pedro Martínez Vegaso) en una fragata suya (recordemos que 'el ricachón' se dedicaba, entre otros negocios, a la construcción de barcos) más de trescientos mil ducados de plata y oro. De este Pedro, apenas hay datos, pero ya hablamos de otro hermano de apasionante biografía, Francisco Martínez Vegaso.
     Cuando iba partir desde Arequipa hacia el Cuzco, los vecinos de la ciudad le pidieron que no lo hiciera tan pronto, sino que esperara nuevas órdenes de Gonzalo Pizarro. Como se negaba a hacerlo, le insistieron en ello Juan de la Torre, Miguel Cornejo, Alonso Dávila, Miguel de Vergara, Hernando de Silva y Jerónimo de Villegas, el llamado Astrólogo (quien, como sabemos y nos lo va a repetir ahora Santa Clara, se unió después a La Gasca, matando Carvajal a su mujer, María Calderón, y a un hijo pequeño). Le decían que, si se iban los hombres, quedarían sus mujeres desamparadas y solas, de lo que podían resultar grandes daños para ellas. Sin hacer ningún caso, Lucas Martínez Vegaso mandó a todos, bajo pena de muerte y pérdida de sus bienes, que se preparasen de inmediato para ir con él. Cuando, al día siguiente, iban a partir, supo Vegaso que había huido un buen herrero que hacía los arcabuces, por lo que mandó derribar la fragua, para que, si llegara Diego Centeno, del que ya sabía que había salido de la cueva, no pudiese hacer arcabuces". Pero tanta terquedad trajo consecuencias: "Vegaso, después de partir, se detuvo a media legua de la ciudad, y, durante la noche, le prendieron Jerónimo de Villegas y Hernando de Silva, junto con todos los soldados y ciudadanos, alzando bandera en nombre de Su Majestad. Luego, todos juntos le rogaron que tomase la voz del Rey y negase a Pizarro, pues ellos le nombrarían capitán general. Pero, aunque le insistieron, no lo quiso hacer".

     (Imagen) Volvamos la vista atrás para ver cómo, con mucha frecuencia, el futuro es dudoso, o se adivina errando en las causas. Francisco de Carvajal, el impaciente y peligroso anciano, en una carta del 22 de enero de 1547 dirigida a Gonzalo Pizarro, le habla de dos asuntos importantes: "Muchos servidores de vuestra señoría me envían infinitas noticias diciendo que el Rey, nuestro señor (chocante respeto de un gran rebelde), le ha hecho a vuestra señoría la merced de confirmarlo como gobernador de estas tierras, y que envía a un licenciado llamado La Gasca para gobernar conjuntamente, pero siendo vuestra señoría quien mande en todo. Cuentan que están tan regocijados por estas excelentes noticias, que casi revientan de placer y alegría al escribirlas. Dios quiera que sus sueños se les hagan realidad tal y como lo dicen". Fueron muchos los rebeldes que soñaron con ese futuro próximo, pero pronto se estrellaron con la firmeza del aparentemente blando Pedro de la Gasca. El primer gran golpe que dio fue apoderarse de la flota de Pizarro. También a Carvajal le preocupaba ese riesgo, pero ocurrió de forma muy diferente a la que el temía: "Suplico a vuestra señoría que vigile a su armada. Conozco al virrey de México y a Hernán Cortés, pariente vuestro, y me parece que estoy viendo vuestra armada en sus manos, si vuestra señoría no lo remedia haciéndola más poderosa,  tratando asimismo de que, además de la potencia de la armada, se tenga también la seguridad y amistad de la gente de la tierra (de la zona panameña), para que, por sus particulares intereses, sepan que les es forzado servir a vuestra señoría contra todo el mundo". Francisco de Carvajal veía claro el peligro, pero lo que no imaginó fue que la gran amenaza eran las maneras del aparentemente inofensivo clérigo Pedro de la Gasca. Le inundaban de noticias a Carvajal, pero aún no se había enterado de lo que más temía. Poco antes de escribir su carta, La Gasca, sin ejercer violencia alguna, consiguió que la impresionante armada y su capitán general, Pedro Alonso de Hinojosa, más el resto de los capitanes con sus tropas, quedaran voluntariamente bajo su autoridad.