lunes, 15 de julio de 2019

(Día 884) Inca Garcilaso insiste en que fue tan brava la defensa de Pizarro y de los pocos que se quedaron con él, que estuvieron a punto de abortar el ataque de los asesinos.


     (474) Pizarro y sus pocos fieles se decidieron a atacar: “Salieron con él su hermano Francisco Martín de Alcántara y dos pajes, ya hombres, el uno llamado Juan de Vargas, hijo de Gómez de Tordoya, y el otro Alonso Escandón, los cuales salieron sin proteccion porque no tuvieron tiempo de tomarla. El Marqués y su hermano se pusieron a la puerta, y la defendieron valerosamente. Los rebeldes mataron al hermano del Marqués. Uno de los pajes se puso en su lugar, y defendieron la puerta tan varonilmente, que los enemigos temían que, si duraba mucho la pelea, vendría socorro para el Marqués y los matarían a todos tomándolos en medio. Juan de Rada y otro de los compañeros arrojaron adentro de la puerta a Narváez para que el Marqués se cebase en él, y pudiesen entrar los demás. Así sucedió, pues el Marqués recibió a Narváez con una estocada y con otras heridas que le dio, de lo que murió pronto. Entraron los demás, y los unos fueron hacia el Marqués, y los otros hacia los pajes, los cuales murieron peleando como hombres, y dejaron malheridos a cuatro de los contrarios. Viendo solo al Marqués, fueron todos contra él,  se defendió mucho tiempo como quien era, saltando de unas partes a otras, manejando la espada con tanta fuerza y destreza, que hirió malamente a tres de sus contrarios, pero como eran tantos y su edad ya pasaba de los 65 años, se fatigó de manera que uno de sus enemigos se le acercó y le dio una estocada por la garganta, de lo que cayó en el suelo pidiendo confesión a grandes voces. Hizo una cruz con la mano derecha y puso la boca sobre ella, y, besándola, expiró el famoso sobre los famosos Don Francisco Pizarro”.
     No lo tuvieron fácil los almagristas, porque resultaron bastantes de ellos heridos y murieron cuatro. Cuando se supo en Lima que habían conseguido matar a Pizarro, salieron enseguida a la calle los amigos de arrimarse al sol que más calienta. Unos doscientos almagristas se encargaron de desarmar a todos los partidarios de Pizarro: “Salieron los matadores con las espadas sangrientas, y Juan de Rada hizo subir a caballo a Don Diego de Almagro el Mozo para que fuera por la ciudad diciendo que en el  Perú no habría ya otro Goberndor ni Rey que mandara sobre él. Después de saquear la casa del Marqués, de Gonzalo Pizarro y de Antonio Picado, obligó Juan de Rada al cabildo a recibir como Gobernador a Don Diego. Luego se mataron a algunos criados y servidores del Marqués, y era gran lástima oír los llantos que las mujeres de los muertos y robados hacían”.
     No faltó mucho para que profanaran el cadáver de Pizarro: “Al Marqués lo llevaron unos negros a la iglesia casi arrastrando, y nadie los osaba enterrar hasta que Juan de Barbarán (los negros eran esclavos suyos), vecino de Trujillo, que había sido criado del Marqués, y su mujer (María Lezcano), sepultaron a él y a su hermano lo mejor que pudieron, con licencia previa de Don Diego de Almagro el Mozo. Fue tanta la prisa que se dieron, que apenas tuvieron tiempo para vestirle el manto de la Orden de Santiago, ni ponerle las espuelas al estilo de los caballeros de la orden, porque fueron avisados de que los almagristas venían  a cortar la cabeza del Marqués para ponerla en la picota”.

     (Imagen) JUAN DE BARBARÁN SAN PEDRO, nacido el año  1501 en (Toledo), llegó a las Indias en 1520. Estuvo primeramente en Nicaragua y Panamá, pero en 1531 fue a Perú con la tropa de Belalcázar para unirse a Pizarro. Intervino en la derrota de Atahualpa, tocándole parte del enorme botín. Fue el primero en conseguir (año 1539) que el Rey le otorgara un escudo por estas hazañas (el de la imagen). En él aparece un volcán, probablemente en alusión a sus andanzas por la sísmica Nicaragua. Hubo siempre una buena sintonía entre él y Pizarro, quien le mostró mucha estima y le confió cargos de confianza, como el de Alcalde de Lima. Se casó con una brava mujer, MARÍA DE LEZCANO, teniendo los dos el coraje y la decencia de enterrar con suma rapidez el cadáver de Pizarro para que no fuera profanado. Él murió cuatro años después (en 1545), probablemente luchando contra Gonzalo Pizarro, pues su hijo no tuvo ningún problema para que el gran Pedro de la Gasca respetara su herencia. Pero el mismo La Gasca intervino más tarde en otro incidente muy desagradable y difícil de entender. La viuda de Barbarán, María de Lezcano tuvo, al parecer, un gesto desafiante con Ana de Velasco, la aristocrática esposa de otro grande, Alonso de Alvarado. Le disputó su lugar preferente en la iglesia. Alvarado cedió a las presiones de su también irascible mujer, y ordenó a sus criados que le dieran a María una cuchillada en el rostro y le cortaran el pelo (algo muy humillante). Lo incomprensible fue que, hecha la avería, La Gasca, gran admirador de Alvarado, le sometió a juicio por denuncia de la agraviada, y resultó condenado  muerte. Tal disparate no tuvo efecto, y se quedó en una sanción económica. Total: dos gigantes de las Indias se vieron enredados en una riña por los piques de dos damas que no se tragaban. No contenta con el resultado, María de Lezcano, en 1552, vino a Epaña “a informar de aquellos agravios e injusticias”.



(Día 883) Sigue Inca Garcilaso con su versión del asesinato de Pizarro. Los implicados iban dando voces por la calle aparentando ser más. El primer pizarrista que murió fue Francisco de Chávez.


     (473)  Se va acercando el fin de Pizarro, y  va a demostrar que tenía más arrestos que el mismísimo Julio César. No se envolverá en su capa mientras lo acuchillan, sino que morirá matando, a pesar de tener entonces unos 64 años y estar lleno de achaques. Sigue contando Inca Garcilaso: “El Marqués, dejando su primera opinión, receló por lo que le habían comunicado, dejó de ir a misa a la iglesia mayor el día de San Juan del año 1541, que era el día que habían señalado para su muerte. Lo mismo hizo el domingo siguiente, que fue a 26 de junio, excusándose en que estaba indispuesto, pero era con deseo de encerrarse unos días para ver con sus amigos cómo se atajasen los atrevimientos de sus contrarios. Los caballeros principales de la ciudad, después de oír misa, fueron a visitarle, y luego se volvieron a sus casas. Los almagristas sospecharon que habían hecho un concierto para matarlos, y, como gente desesperada, aquel mismo domingo, a la hora en la que todos comían, salieron por el rincón de la plaza que está a mano izquierda de la catedral, donde vivía Diego de Almagro el Mozo, y fueron por toda la plaza, que es bien larga, hasta la casa del Marqués, que estaba al otro extremo de la plaza”. Garcilaso lo describe bien porque vivió muchos años en el Cuzco.
     Luego nos cuenta que los amotinados eran trece, y cita sus nombres (que ya  nos relacionó Cieza, con alguna variante porque se añadieron otros en el trayecto). Marchaban sin ninguna discreción, pero tenía un sentido: “Fueron por toda la plaza con las espadas desnudas, diciendo a grandes voces ‘¡muera el tirano taidor!, que ha hecho matar al juez que el Emperador enviaba para su castigo’. Iban tan descubiertos y haciendo gran ruido, para que los que estaban sosegados en sus casas, creyendo que lo hacían tan en público porque eran muchos, no osasen salir a socorrer al Marqués. Extraño atrevimiento y hecho temerario, pero lograron su propósito”.
     Unos criados indios de Pizarro, que habían visto cómo llegaban los amotinados, se lo comunicaron, y tuvo claro que iban a matarlo. Como sabemos, lo primero que hizo fue ordenarle a Francisco de Chavez que cerrase las puertas de acceso a la casa, para que él y los que le acompañaban tuvieran tiempo de armarse para la defensa personal. Pero Chavez pecó de optimista, y así lo cuenta Inca Garcilaso: “Creyó que  se trataba de alguna pendencia particular de soldados, y que bastaría su autoridad para apaciguarla. En lugar de cerrar la puertas, salió hacia ellos, que ya subían las escaleras. Les preguntó qué querían, y uno de ellos le dio una estocada por respuesta. Viéndose herido, echó mano a su espada, y le dieron una cuchillada tan certera en el pescuezo, que le cercenó la cabeza, y rodó el cuerpo escaleras abajo”.
     Habla Garcilaso de cómo, al ver lo ocurrido con  Chavez, varios de los criados de Pizarro y algunos hombres importantes que estaban con él en la casa salieron huyendo. Y de los valientes que se quedaron a su lado: “El Marqués, sintiendo a los rebeldes tan cerca, salió a medio armar, pues no tuvo tiempo de atarse las correas de unas pequeñas corazas que se había puesto, habiendo tomado embrazada una adarga y una espada en la mano”.

     (Imagen) Ya conocemos al Capitán GÓMEZ DE TORDOYA VARGAS, nacido en Barcarrota (Badajoz) el año 1493. Se casó con María de Chaves, nacida en 1505. Tuvieron cuatro hijos, Juan, Gómez, Leonor y Usenda. Es probable qe todos nacieran en España, porque la familia se trasladó a las Indias en 1534 acompañando  a Hernando Pizarro, debido a que Gómez de Tordoya, hombre explosivo, necesitaba huir de la justicia, acusado de haber matado a un funcionario. Siempre fue leal a los Pizarro, con un afecto mutuo, y así lo muestra que su hijo mayor, JUAN DE VARGAS, estuviera al servicio doméstico del Marqués cuando lo asesinaron, muriendo a su lado para defenderlo mientras otros prohombres huían como conejos. Cuentan los historiadores que Gómez de Tordoya, después de ser derrotado Diego de Almagro (y ejecutado) en la batalla de Las Salinas, se encontraba disfrutando plácidamente en el Cuzco una jornada de caza. Entonces le llegó la noticia del asesinato de Pizarro y decidió prepararse de inmediato para luchar contra los almagristas. Le retorció la cabeza al halcón que utilizaba y dijo: “Más tiempo es de guerra a fuego y a sangre que no de caza y pasatiempos”. Pero los cronistas olvidan que el mayor impacto lo tuvo al saber al mismo tiempo que también su hijo Juan de Vargas había sido asesinado. Gómez de Tordoya luchó en 1542 bravamente en la batalla de Chupas, y murió con honor al mismo tiempo que su amigo Pedro Álvarez Holguín, y que su enemigo Diego de Almagro el Mozo. Ese mismo año, los hombres del gran HERNANDO DE SOTO sumergían respetuosamente en el Misisipi su cuerpo sin vida. También había nacido en Barcarrota (y se conocerían siendo niños), pero, debido a su gran protagonismo histórico, sólo él tiene un monumento en aquel lugar.



sábado, 13 de julio de 2019

(Día 882) Garcilaso dice que lo que le costó la vida a Pizarro fue su tolerancia con los almagristas. La reacción chulesca de Antonio Picado a sus provocaciones dio más impulso al motín.


     (472) Sigue hablando Inca Garcilaso del caldo de cultivo en el que fue fermentando el plan del asesinato de Pizarro: “Los consejeros del Marqués, sabiendo de aquellos tratos y conciertos, le insistían en que castigase aquellos motines quitando la vida a los cabecillas y desterrando del reino a los demás. El Marqués, como era de tan buena condición, respondía que dejasen a aquellos cuitados, pues harta mala ventura tenían viéndose pobres, vencidos y corridos. Y así, confiando en la paciencia del Marqués, Don Diego y los suyos le iban perdiendo la vergüenza tanto, que algunas veces pasaban delante de él sin quitarse las gorras, y sin hacerle ningún acatamiento. Entre otras cosas que hicieron, la más desvergonzada fue que una noche ataron tres sogas en la picota de la plaza (lugar de los castigos públicos), una la tendieron hacia la casa de Antonio Picado, secretario de Marqués, otra a la del doctor Juan Blázquez, que era Alcalde Mayor, y, la tercera, a la casa del mismo Marqués. Lo que fue una soberbia y desvergüenza que bastaban para que, con las mismas sogas, los ahorcaran a todos ellos. Mas la nobleza de la condición del Marqués los disculpaba, diciendo que los dejasen porque  ya tenían bastante con su desventura. Y los almagristas, en lugar de aplacarse, se desvergonzaron y se indignaron cada vez más”. La tolerancia de Pizarro le va a costar la vida. Nunca se sabrá si, con mano dura, le hubiese ido mejor.
     A pesar de su actitud rebelde, y de haber acordado matar a Pizarro, los almagristas estaban indecisos porque se enteraron de que iba a llegar Cristóbal Vaca de Castro enviado por el Rey. El cronista nos descubre que ese encargo se había producido por los datos que había traído a España un honrado conquistador (del que tanto hemos hablado): “Supieron que Diego de Alvarado, que había venido a España para acusar a los Pizarro, había conseguido un juez para la causa. Pero también supieron que el poder que el juez llevaba era muy limitado, ni para castigar a nadie ni para destituir al Marqués, sino para hacer una información y traerla a España, para que Su Majestad pronunciara el castigo que se había de hacer. En su confusión, acordaron esperar a ver cómo procedía el juez”. Pero lo que no ‘supieron’ fue que, si mataban a Pizarro, Vaca de Castro se iba a convertir automáticamente en Gobernador.
     Esa actitud de aplazamiento se fue al traste por la dinámica de las provocaciones. La desafiante rebeldía de las sogas amenazantes colocadas en la picota de la plaza tuvo una imprudente respuesta: “La espera de los de Almagro se trocó en cólera, ira y saña por un mal hecho de Antonio Picado, secretario del Marqués. Como los almagristas habían puesto las sogas en la picota, y una de ellas le amenazaba a él, sacó puesta en su gorra una medalla de oro muy rica con una higa esmaltada, motejándoles de cobardes. De lo cual se afrentaron e indignaron tanto aquellos bravos soldados, que determinaron ejecutar la muerte del Marqués sin aguardar la llegada del juez”. Fue el disparo de salida. Los almagristas perdieron toda discreción. Ocurrió, como vimos, que uno de ellos le confesó a un sacerdote lo que iban a hacer, y este se lo comunicó a Pizarro. En la versión de Inca Garcilaso, aunque mantuvo la calma, el Marqués tomó la precaución de no salir de casa. Y todo se precipitó trágicamente.

     (Imagen) De vez en cuando, surgen personajes raros y olvidados que tuvieron una fuerte y valiosa personalidad. Como BLAS VARELA, un mestizo peruano nacido en 1545, y el primero en ser ordenado sacerdote en Perú (en el Cuzco, el año 1574), tras haber ingresado en el seminario de los jesuitas cuando llegaron a aquella zona, en fecha tan tardía como 1568. Tuvo grandes similitudes con INCA GARCILASO DE LA VEGA. Su padre fue el capitán Luis Varela, y su madre, Francisca Pérez, quien, a pesar de su nombre como bautizada, era una princesa inca. Blas y Garcilaso coincideron en su educación bicultural, pero, al parecer, se mostró más radical en la denuncia de los abusos que sufrieron los nativos. Y veremos que eso le creó problemas. Los dos fueron bilingües e insaciables investigadores de la historia de su tierra, icluida la de la ocupación española. Blas vino a España para publicar sus trabajos, pero casi toda su obra se perdió estando en Cádiz cuando, en 1596, fue saqueada la ciudad por los ingleses. Y, curiosamente, lo único que se salvó lo incluyó después Inca Garcilaso en su popia obra (citando su origen), gracias a que se lo entregó el padre Pedro Maldonado de Saavedra después de morir Blas en 1597. Con base o sin ella, su memoria fu ultrajada. Los jesuitas le abrieron un proceso que lo tuvo diez años en la cárcel. Se le acusó de actos deshonestos. Otros dicen que la verdadera razón fue de tipo sociopolítico, por haber hecho en sus escritos afirmaciones muy agresivas contra el mal trato y los grandes sufrimientos que padecieron los indígenas bajo la dominacion española. El  caso es que lo ocurrido con Blas Varela trajo como consecuencia que, pocos años después, los jesuitas decidieran unánimemente, y para siempre, prohibir el ingreso de mestizos en sus seminarios.



viernes, 12 de julio de 2019

(Día 881) El cronista Inca Garcilaso de la Vega habla de la miseria y el desprecio con que vivían los almagristas en Lima, pero no culpa a Pizarro, sino a sus hombres, de ese maltrato que aumentó los deseos de venganza.


     (471) Por ser un hecho histórico tan impotante el asesinato de Pizaro, merecerá la pena ver la versión que dio el cronista INCA GARCILASO DE LA VEGA. Se sirvió bastante de lo que había escrito otro colega, Agustín de Zárate, y probablemente también de los textos de Cieza, pero, además de narrar muy bien, aporta su peculiar visión con datos nuevos, y bien contrastados porque frecuentó a testigos de primera mano. Y ninguno mejor que su padre, el ilustre capitán SEBASTIÁN GARCILASO DE LA VEGA, con el que tuvo un trato cordial hasta su muerte, ocurrida en 1559. Un año después, Inca Garcilaso partió para España.
     Cuenta que, cuando volvió Pizarro a Lima, donde tenía vigilado a Diego de Almagro el Mozo tras la muerte de su padre, vio que andaban en torno a él algunos de los más importantes personajes de su derrotado ejército. Ya sabemos por Cieza que vivían en la mayor miseria porque Pizarro, en castigo, les había quitado, dándoselas a los pizarristas,  sus encomiendas de indios. Pero Inca Garcilaso nos aclara la situación. El Mozo no sufría carencias y se afanaba en ayudarles, “dándoles de comer de un buen repartimiento de indios que su padre le había dejado en herencia”.
     Normalmente, Inca Garcilaso, suele atribuir los comportamientos duros de Pizarro a la influencia de sus capitanes: “El Marqués, como era de condición noble y generosa, procuraba darles a aquellos caballeros grandes ayudas, y proveerles con oficios de justicia y de la Hacienda Real. Mas ellos, pensando en el castigo que se había de hacer a los de Pizarro, por la muerte tan injusta de Don Diego de Almagro, y por las crueldades que se hicieron en la batalla de las Salinas y después de ella, no quisieron recibir ninguna merced, por no tenerla que agradecer, ni perder el rencor que contra el Marqués y los suyos tenían”.
     El odio iba aumentando a base de venganzas mutuas. Le aconsejaron a Pizarro que castigara esa soberbia y mala inención. Y, “aunque contra su voluntad y por condescender con lo que le pedían”, tomó otra medida imprudente y cruel: “Le quitó los indios (heredados) a Don Diego de Almagro, a cuya casa iban sus compañeros, para que, no teniendo qué comer, fueran a otras tierras a buscarlo. Este hecho, en lugar de domar a los de Almagro, los indignó con mayor ira y saña”.
     Era tal su determinación de venganza, que no solo no se marcharon, sino que “escribieron a sitios donde sabían que había gente de su bando para que fuesen a la Ciudad de los Reyes, donde ellos estaban, y les ayudasen en sus pretensiones. Así se juntaron más de doscientos soldados en la ciudad. Viéndose tantos juntos, cobraron ánimos y trataron de conseguir armas”. Era una osadía, porque lo tenían prohibido, pero Pizarro miró para otro lado: “Por la blanda condición del Marqués, se pusieron en total libertad, y trataron de vengar la muerte de Don Diego de Almagro matando al Marqués, ya que Hernando Pizarro (que fue el que causó todos aquellos males) se había venido a España”. Sin duda, Pizarro tuvo responsabilidad en la muerte de Almagro, aunque su única pobre excusa podría ser que no se hubiera atrevido a impedir al prepotente Hernando Pizarro que lo ejecurata.

    (Imagen) Todo resultó fuera de lo común en la vida del cronista INCA GARCILASO DE LA VEGA, nacido en el Cuzco el año 1539. Su verdadero nombre era Gómez Suárez de Figueroa, linajudos apellidos que recibió por parte de su padre, el gran capitán GARCILASO DE LA VEGA VARGAS, hombre de grandes hazañas en las Indias, pero que dejó fama de ser variable en sus lealtades durante las guerras civiles de Perú. Por parte de su madre, Isabel Chimpu Ocllo, tenía la ascendencia inca más selecta posible, porque era sobrina de Huayna Cápac, el gran emperador, y prima de Atahualpa.  Fue un mestizo de sangre aristocrática por ambos lados, y verdadero mestizo de cultura, no solo la española (cosa lógica), sino también la inca, porque su madre se ocupó esmeradamente de educarlo. Fue afortunado por esas aportaciones, aunque también hubo de superar las dificultades propias de los mestizos, con ventajas e inconvenientes. Él siempre se sintió orgulloso de sus orígenes. La mezcla de actividades que practicó es otra rareza, y fue capaz de triunfar en todas: como militar, escritor, historiador y clérigo (de profunda fe religiosa). Al morir su padre  en 1559, partió para España con solo 20 años, y la fama que dejó el difunto de dudosa lealtad a la Corona le creo dificultades, pero las superó, con la suerte añadida de que se convirtió en rico al heredar a una tía suya. Se volcó con entusiasmo y brillantez a escribir la historia de los incas y la de los conquistadores españoles. Murió en Córdoba en 1616. Tuvo en 1588, con su criada, Beatriz de la Vega, un hijo llamado Diego de Vargas (apellido de la familia del cronista), al que no reconoció, pero, en su testamento, les dejó a los dos una pensión vitalicia.



jueves, 11 de julio de 2019

(Día 880) Muerto Pizarro, amigos suyos sepultaron rápidamente el cadáver. Los almagristas apresaron después a varios pizarristas y se dedicaron a un pillaje general.


     (470) Sigamos el relato: “Muerto Francisco Pizarro, los agresores salieron gritando que el tirano había muerto. El secretario Antonio Picado, que durante la noche se había ocupado en danzar y en otros pasatiempos de mancebo, cuando lo oyó, tuvo gran congoja, y, temeroso, se fue a las casas del tesorero Alonso de Riquelme, donde se puso debajo de las cortinas de una cama; el doctor Juan Blázquez se había ido a esconder al monasterio de Santo Domingo”. Quien afeó publicamente lo hecho fue Gómez de Alvarado, y Juan de Rada le obligó a que se metiera en una iglesia.
     No faltó quien valientemente evitara la profanación del cadáver: “Algunos de los de Chile quisieron sacar el cuerpo del Marqués arrastrando, para ponerle en el rollo de la plaza, y, por ruego del obispo de Quito (García Díaz Arias) y de otros, se dejó de hacer. Juan de Barragán y su mujer, y el secretario Pedro López de Cazalla, natural de Llerena (el primo de Cieza), tomaron en un paño blanco el cuerpo del Marqués, y, con mucha prisa, lo llevaron a la iglesia, y, como mejor pudieron, hicieron un hoyo, en el cual le pusieron”. No menciona a Inés Muñoz, la mujer de Francisco Martín de Alcántara, hermanastro de Pizarro, pero parece cierto que ella también intervino en sepultar a los dos difuntos a toda prisa.
     Y, títere o no, empezó el gran protagonismo de Diego de Almagro el Mozo. Fue una auténtica huida hacia delante, porque los cabecillas sabían que no tenían otra salvación posible: “Don Diego vino acompañado de todos los principales, e se aposentó en las casas del Marqués, y sus amigos engrandecían lo que se había hecho, diciendo que él y no otro había de ser el Gobernador”.
     El pillaje fue general: “Se recogieron todas las armas, caballos e arcabuces que había en la ciudad. Y se hicieron algunos insultos e atrocidades, como en tiempos tan calamitosos se suelen hacer. Robaron en las casas del Marqués, de Francisco Martín y de Antonio Picado. Al tiempo en que mataron al Marqués, estaban visitando a Francisco de Godoy Diego de Agüero, Jerónimo de Aliaga, Rodrigo de Mazuelos, Diego Gavilán, Rivera e otros, los cuales, oído el ruido, se habían ido a armar para defenderle, mas, cuando acudieron, fue tarde e no aprovechó su ayuda. Juan de Rada, García de Alvarado, Francisco de Chaves y otros determinaron prender a los vecinos, y así lo hicieron con el licenciado Benito Suárez de Carvajal, el factor Illán Suárez de Carvajal, su hermano, el capitán Diego de Agüero, Jerónimo de Aliaga, Rodrigo de Mazuelos, Diego Gavilán y algunos otros, a los cuales llevaron a la iglesia, donde ya estaba Gómez de Alvarado (es curioso que los apresaran allí, siendo un lugar con protección de sagrado)”.
     También hubo una acción sacrílega que le asombra a Cieza: “Los frailes del monasterio de la Merced, pensando que los de Chile harían más daño en la ciudad, sacaron el Santísimo Sacramento, verdadero Dios nuestro, para que, por la debida reverencia, se tuviese respeto para no matar ni robar. Pasó por aquella calle el capitán Francisco de Chaves e hizo una cosa tan fea y de mal cristiano, que me asombro de que los demonios no le llevaran a su poder. Al ver salir a los frailes con el Corpus Domini, sin hacer ningún acatamiento ni reverencia a Dios, con poco temor de su deidad e menosprecio  de los religiosos, dando una manotada, les mandó que se volviesen a su iglesia”.

     (Imagen) Hubo hombres cobardes cuando asesinaron a Pizarro. También los hubo leales y valientes. Algunos murieron por quedarse a su lado para defenderlo. Otros se armaron y corrieron para ayudarle, pero llegaron tarde a su casa. A estos, los almagristas los encerraron en la iglesia. Allí estuvieron esperando, con buena lógica militar, que les cortaran la cabeza, pero se impuso la sensatez y quedaron libres. Uno de ellos era DIEGO GAVILÁN GONZÁLEZ. Había nacido hacia 1515 en Guadalcanal (Sevilla). Un vecino suyo, Pedro de Ortega Valencia, en 1568, bautizó con ese nombre la isla del Pacífico que descubrió (famosa por su importancia estratégica en la 2ª Guerra Mundial). Diego Gavilán tuvo siempre una lealtad inquebrantable a los Pizarro, cosa bien rara en la deriva amedrentada entre bandos por parte de muchos capitanes durante las guerras civiles. Ni siquiera titubeó cuando ser pizarrista suponía rebelarse contra el Rey. Y así, jugando demasiado fuerte, perdió la guerra siendo aliado de Gonzalo Pizarro, a quien le cortaron la cabeza. Y sin embargo, una vez más protegieron los dioses a Diego Gavilán. Fue duramente castigado, pero salvó la vida. Lo condenaron a servir tres años en galeras y le confiscaron sus bienes. Después, quizá huyendo del castigo, acentuó su rebeldía, y luchó en la tropa de Francisco Hernández Girón contra la Corona. Entonces (año 1554) se le pierde la pista. Pero encuentro dos datos curiosos. En 1573, una hija suya fue cofundadora del convento de la Concepción de Lima con la maravillosa Inés Muñoz (la cuñada de Pizarro, de la que ya hemos hablado). Además, en la iglesia de Huamanga (Perú), consta una fecha exacta y reveladora de que las aventuras de DIEGO GAVILÁN siguieron palpitando, aunque nos sean desconocidas: murió el 6 de marzo de 1577. Fue un milagro que viviera tanto.



miércoles, 10 de julio de 2019

(Día 879) Asesinan a Pizarro, quien, a pesar de sus muchos años, muere batallando como lo que fue, un militar lleno de bravura e incapaz de suplicar piedad, y al que Cieza le rinde toda su admiración.


     (469) Los de Chile subieron a la sala dando gritos: “Martín de Bilbao llegó a la cámara donde estaba el Marqués, y Juan Ortiz de Zárate, con una alabarda, le dio una herida o dos, siendo él (Zárate) herido malamente. Algunos habían dicho que este Juan Ortiz de Zárate avisó a los de Chile que el Doctor Blázquez los quería prender por orden del Marqués, pero, por lo que hizo, se colige que era mentira. Francisco Martín de Alcántara estaba a la puerta de la cámara con su espada, y se retrajo a la recámara donde estaba el Marqués, su hermano, para ayudarle y morir con él. Estaban con el Marqués dos pajes mancebos, el uno llamado Vargas y el otro Cardona, e, con su espadas en las manos, se pusieron al lado de su señor. Los de Chile, a grandes voces, pugnaban por entrar para matarle. Viendo que  no podían entrar, y que hacía ya gran rato que estaban allí, usaron de un ardid mañoso (y verdaderamente miserable), y fue echarle donde estaba el Marqués a uno de ellos por fuerza. Y así, a un Diego de Narváez (el tonto útil), con grandes empujones que le dieron, le hicieron entrar dentro, y el Marqués le dio tales golpes, que murió de ellos. Los de Chile entraron dentro de rondón, y Martín de Bilbao y otros descargaron sus golpes en el capitán que nunca se cansó de descubrir reinos e conquistar provincias, y que había envejecido en el servicio del Rey. El Marqués, después de haber recibido muchas heridas, sin mostrar falta de ánimo, cayó muerto en tierra nombrando a Cristo nuestro Dios. Quedó tendido en el suelo el cuerpo del generoso Capitán, adornado del ser que requería un tan famoso español como él fue”.
     Añade Cieza algunos datos complementarios: “Fue su muerte a las once del día, a veintiséis días del mes de junio, del año mil quinientos cuarenta y uno. Gobernó desde la villa de Plata hasta la ciudad de Cartago, que hay más de novecientos leguas; no fue casado; tuvo, en señoras de esta tierra, tres hijos y una hija; cuando murió, tenía sesenta y tres años y dos meses. Fueron muertos asimismo su hermano Francisco Martín de Alcántara y los dos pajes, Cardona (otros lo llaman Escandón) y Vargas, y fueron heridos malamente Don Gómez de Luna, Gonzalo Hernández de la Torre, Hurtado y Francisco de Vergara”.
     Lo que podríamos llamar un ‘magnicidio’, ya  se había consumado. Luego vino una riada de acontecimientos, desencadenando una inestabilidad social que Cieza nos va contando de un tirón, casi sin coger aliento. Habrá que resumirlo de la manera más clara posible. Naturalmente, imperó el miedo, aunque los más valientes se decantaron sin tapujos como almagristas o pizarristas. Hubo muchos que cambiaron de chaqueta y colaboraron con los conspiradores, por oportunismo o por simple miedo a perder la vida. Todo irá encajando hasta desembocar en una lucha militar cuando entre en acción el enviado del Rey, el licenciado Cristóbal Vaca de Castro.

     (Imagen) El cacereño PEDRO ÁLVAREZ HOLGUÍN (de quien ya hemos hablado), siempre fiel a Pizarro, fue tan caballeresco y cumplidor de su palabra, que peleó contra él en las Salinas porque, apresado antes por Almagro, le juró que no escaparía. Tras el asesinato de Pizarro, fue nombrado Justicia Mayor del Cuzco por Vaca de Castro, y condenó a muerte al huido Almagro el Mozo,  muriendo después los dos luchando el uno contra el otro en la batalla de Chupas. Los historiadores suponen que fue el Mozo quien dirigió el asesinato de Pizarro, pero dudan de su intervenión personal. Holguín va más lejos: lo asegura. Le envió el 18 de agosto de 1541 al Rey una de las primeras cartas que le llegaron con la trágica noticia, y en ella lo deja claro (resumo el texto): “Como a todos es notorio, Don Diego de Almagro, el hijo del Adelantado Don Diego de Almagro, ya difunto, después de haber juntado mucha gente en la Ciudad de los Reyes, ayudándose unos a otros y teniendo pospuesto el temor de Dios y de Su Majestad, fueron con mano armada un día del pasado mes de junio a la posada del Marqués Don Francisco Pizarro. El dicho Don Diego de Almagro e otros, mandados por él, entraron donde estaba el Marqués Don Francisco Pizarro, e le dieron muchas cuchillas y estocadas, hasta que le mataron. Y mataron asimismo a Francisco de Chaves, a Francisco Martín de Alcántara, hermano del Marqués, a sus pajes e criados, y a las personas que con él se hallaban y les quisieron resistir”. Impresiona ver de qué forma tan trágica murió uno de los más grandes de las Indias, FRANCISCO PIZARRO, como le ocurrirá pronto a Diego de Almagro el Mozo, y, más tarde, a Gonzalo Pizarro, el último hermano que quedaba en Perú. Lo más triste fue que las tres desgracias llegaron como consecuencia de sus propios errores.



martes, 9 de julio de 2019

(Día 878) Con valentía arrolladora, entraron los conspiradores en la casa de Pizarro. Cieza menciona a los que estaban con él, y que reaccionaron cobardemente la mayoría.


     (468) Cieza detalla la lista:  “En el patio de la casa del Marqués Pizarro estaban Lozano, su maestresala, Antonio Navarro, y Hurtado, su criado. Estaban con él en la sala, solamente con espadas, Francisco Martín de Alcántara (hermanastro de Pizarro por parte de madre), el capitán Francisco de Chaves, D. Garci Díez, obispo de Quito (durante un tiempo, confesor de Pizarro), el doctor Juan Blázquez, el veedor García de Salcedo, Luis de Rivera, Juan Ortiz de Zárate, Alonso de Manjarres, Don Gómez de Luna, el secretario Pedro López de Cáceres, Francisco de Ampuero, Rodrigo Pantoja, Diego Ortiz de Guzmán, el capitán Juan Pérez, Alonso Pérez de Esquivel, Hernán Núñez de Segura, Juan Enríquez el Viejo, Gonzalo Hernández de la Torre, Juan Bautista Mallero, Hernán González y algunos criados del Marqués e de los que con él estaban”.  
     Mientras hablaba Pizarro con el obispo de Quito, su paje Diego de Vargas (hijo de Gómez de Tordoya), que había visto que llegaban los almagristas, entró gritando a voces lo que pasaba. Y allí se presentaron: “Los conjurados alcanzaron pronto los patios, y Jerónimo de Almagro hirió malamente a Hurtado, criado del Marqués. Lozano, su maestresala, se mostró animoso contra ellos, mas, siendo él solo, poco aprovechaba su ánimo, y, por intercesión de Diego Méndez, no lo mataron”.
     En contraste con la valentía de los almagristas, la reacción de muchos de los que estaban con Pizarro fue vergonzosa, porque, a pesar de ser tan numerosos como los atacantes, huyeron dejando de lado toda dignidad, y la fidelidad a su Gobernador: “Los que estaban con el Marqués se retiraron a la sala, y, con mucha cobardía, la mayoría de ellos huyeron feamente. El doctor Juan Blázquez (ya mencioné su cobardía), con su vara de justicia, se arrojó por una ventana que daba a la huerta, e lo mismo hizo el veedor García Salcedo, y otros iban con tanto miedo, que les parecía que los de Chile ya descargaban sus espadas sobre ellos. Algunos se metieron entre las camas y debajo de los aparadores”.
     Pizarro y sus fieles se prepararon para lo peor: “El Marqués y Francisco Martín, su hermano, D. Gómez de Luna, y Vargas y Cardona, sus pajes, se metieron en la cámara que estaba más adentro para armarse. Francisco de Chaves, Diego Ortiz de Guzmán, Juan Ortiz de Zárate, Pedro López de Cazalla y Bartolomé de Vergara, con algunos que no huyeron, estaban en la sala turbados y no sabían qué hacer. El Marqués, con ánimo valeroso, se vistió unas corazas e tomó una espada ancha que le sirvió en el descubrimiento (de Perú). Habían cerrado la puerta de la sala, y los de Chile subían por la escalera. El capitán Francisco de Chaves salió de donde se había metido con el Obispo, e mandó que abriesen la puerta, y, aunque le dijeron que mejor estaba cerrada, pues pronto vendría algún socorro, insistió en que se abriese. E, abierta, se encontró con Juan de Rada y con los otros, a los cuales, con mucha humildad, les dijo: ‘Señores, no tengáis conmigo el enojo que traéis contra el Marqués, pues yo siempre fui vuestro amigo’. No le respondieron palabra los delanteros, y, al volver Juan de Rada la cabeza a los que venían detrás, Arbolancha le dio una estocada mortal, de la que luego el capitán Francisco de Chaves cayó dando arcadas con la muerte, y fue rodando hasta el patio”.

     (Imagen) Cieza nos va a contar que, entre los que resultaron heridos defendiendo a Pizarro, estaba JUAN ORTIZ DE ZÁRATE. ¡Qué gran personaje! Nació en Orduña (Vizcaya) el año 1515. Fue tío de Juan de Garay, el definitivo fundador de Buenos Aires. Era un hiperactivo, con carácter duro, de extraordinaria valentía, oportunista, poco fiel, y, sin duda, sumamente hábil, porque burló a la muerte muchas veces. Llegó a Perú en 1534. En los inicios, sirvió a Diego de Almagro, luchando contra Pizarro en la batalla de las Salinas. Tras la derrota, fue apresado y luego liberado. Ya vimos qe entonces Hernando Pizarro lo incorporó a la durísima expedición de Pedro de Candía por los Andes. Su nueva lealtad a los Pizarro le duró hasta que el viejo trujillano fue asesinado. Luchó luego como almagrista contra Vaca de Castro, y volvió a perder. Entonces Gonzalo Pizarro lo condenó a muerte, pero logró escapar; se unió a sus enemigos, batalló contra él y perdió de nuevo. Nunca más se dedicó al chaqueteo. Fue para siempre fiel a la Corona, sabiendo que era la baza más segura. Y acertó. Después de la victoria definitiva del gran Pedro de la Gasca (en cuyas tropas se alistó), residió en Las Charcas (zona chilena), donde fue regidor y uno de los vecinos más ricos. El Rey le concedió en 1569 la Gobernación de Río de la Plata. La imagen muestra un pequeño párrafo del documento oficial, donde se le obliga a que funde poblaciones “metiendo en Río de la Plata 500 españoles, de los cuales 200 han de ser oficiales de todo género y labradores que cultiven (la tierra)”. Durante el largo viaje marítimo, fallecieron muchos de hambre. JUAN ORTIZ DE ZÁRATE murió en la que fue llamada ‘ciudad sin ley’, Asunción (Paraguay), el año 1576, dejando su fortuna a Juana, la hija que había tenido con la princesa inca Leonor Yupanqui.



lunes, 8 de julio de 2019

(Día 877) Los conspiradores se ponen en camino para matar a Pizarro, y Cieza da los nombres de muchos de los participantes.


     (467) De hecho, ya se estaba preparando el ataque: “Juan de Rada tomó sus armas, y se juntaron con él Martín de Bilbao, Baltasar Gómez, Diego de Hoces, Juan de Guzmán, San Millán, Juan Sajo, natural de Navarra, Narváez, Francisco Núñez (de Pedroso), de Granada, Juan Rodríguez Barragán, natural de Los Santos, Porras, de Ciudad Rodrigo, Pedro Cabezas, Velázquez, Comendador de San Juan, Bartolomé de Enciso, Arbolancha, Jerónimo de Almagro, Enrique Losa, y Pineda, paje de Almagro. Juntos estos, y con ánimo de varones esforzados, determinaron perder la vidas o matar al Marqués, pues creían que aquel mismo día pensaba él hacer justicia de ellos”.
     Y sigue contando Cieza: “Dieron parte a Pedro Picón, natural de Mérida, a Marchena e a Francisco de Chaves (ya dije, y lo veremos, que otro Francisco de Chaves murió junto a Pizarro), capitán que fue del viejo Almagro, para que salieran a la plaza con el fin de tenerla segura. También supieron de la conjuración García de Alvarado, y Sosa el galán (el guapo), Martín Carrillo, Peces, Martel, natural de Sevilla, Francisco Coronado, de Badajoz, Juan Asturiano, Pedro Navarro, Diego Becerra y Juan Diente, los cuales también se prepararon para ayudar a los que habían de salir a hacer lo que decimos”.
     Se fueron todos a la casa de D. Diego de Almagro el Mozo, y, “sin mandárselo él ni tampoco estorbarlo”, Juan de Rada los arengó: “Les dijo: ‘Mirad que, si nos mostramos con ánimo e nos damos maña para matar al Marqués, vengaremos la muerte del Adelantado Almagro, y tendremos el premio que merecen los servicios que le hemos hecho al Rey en esta tierra, y, si no logramos nuestra intención, nuestras cabezas serán puestas en el rollo que está en la plaza; que cada uno mire lo que le va en este negocio’. Todos le respondieron conforme a lo que deseaba, e así salieron armados, y, a grandes voces, iban diciendo: ‘¡Viva el Rey, y mueran los tiranos!’. Prosiguieron su camino hacia las casas del Marqués siendo solo diecinueve, y fueron hacia la plaza, donde, anque había más de mil hombres e oían la llamada, por algún secreto de Dios, nadie se opuso. Y así llegaron a las casas del Marqués, las cuales son fuertes (habla en presente porque seguían en pie). Para ir adonde él estaba, hay que pasar dos patios, y unas puertas tan fuertes, que, si un hombre cerrara el cerrojo, no podrían doscientos abrirlas”.
     Añade Cieza que, además, los que estaban con Pizarro se podrían haber refugiado, de ser necesario, tras otra puerta infranqueable, “pero no se prestó atención a nada de esto”. Así como nos ha citado Cieza a los que acompañaban a Juan de Rada, ahora nos muestra a las personas que estaban con Pizarro. Estará bien copiar estos datos porque todos los que nombra, ya sean conocidos por nosotros o no, tuvieron vidas muy intensas, y merecerá la  pena indagar en sus biografías.

     (Imagen) Cieza nos hará saber que PEDRO LÓPEZ DE CAZALLA se encontraba entre los que acompañaban a Pizarro cuando entraron los almagristas para asesinarle. Indica también que fue de los que no huyeron. Pero está claro que no peleó con los asaltantes, porque resultó ileso. Y hay una cosa que no comenta Cieza: era primo carnal suyo (los dos, de Llerena). Parece ser que en la familia abundaban los hombres de letras, aunque Cieza también participó en batallas. Pedro ejerció como secretario de Pizarro y escribano público. Quizá no reaccionara con violencia contra los que le asesinaron por no ser hombre de armas, pero bastante hizo con permanecer allí aguantando el tipo. Tuvo un hermano llamado Sebastián, del que solo consta que fue enterrado junto a él. Un tercer hermano, llamado Rodrigo de León, también vivió la aventura de las Indias. Rodrigo mostró el afecto fraternal de los tres hermanos al pedir, unos días antes de fallecer (en 1580), que pusieran sus restos en el sepulcro donde yacían Pedro y Sebastián. Hubo un cuarto hermano por aquellas tierras, llamado Alonso de Cazalla de León, y se sabe porque Cieza, con quien coincidió en Panamá, mandó en su testamento que le abonaran una deuda que tenía pendiente con él. Muerto Pizarro, le nombró Vaca de Castro a Pedro López de Cazalla secretario suyo, y después lo fue del Virrey Blasco Núñez Vela. Falleció en 1570, y muchos años después, en 1593, un tal Alonso de León, basándose en la fidelidad de sus tío Pedro López de Cazalla y Rodrigo de León a la Corona, le solicitó al Rey algunas mercedes “porque murieron sin ser debidamente gratificados por sus servicios”. Hay constancia, sin embago, de que Pedro y Rodrigo lograron en vida una gran fortuna.



sábado, 6 de julio de 2019

(Día 876) Cieza achaca la ceguera de Pizarro frente a las advertencias que le hacían a una falta de perspicacia, o, simplemente, a la voluntad de Dios.


     (466) Cieza muestra su asombro por la pasividad de Pizarro ante el peligro que corría. Aunque él solo lo entienda como que Dios le nublaba el pensamiento, hay que recordar que Pizarro había arriesgado su vida cientos de veces sin perder los nervios jamás. Quizá también sintiera que lo tenía todo vivido, y no le preocupara morir, a pesar de que, cuando le llegó su momento, se defendió con fiereza, pero esto era muy propio de un consolidado orgullo militar que le impulsó a morir matando. Escuchemos al cronista: “Admirado estoy con muy gran razón de ver el poco cuidado del Marqués cuando le decían ‘mañana os han de matar’, y echarlo por chufeta (tomarlo a broma), como  si no le fuera en ello nada. Por lo que me paro a pensar en las cosas que han pasado en estos reinos, y me quedo admirado, pareciéndome que Dios, por los pecados del Marqués, le cegó el entendimiento, e fue servido de que muriese de muerte tan cruel como la que tuvo”.
    Luego añade otra explicación, dando con firmeza, como ya lo hizo otras veces, su opinión de que era un gravísimo error que tuvieran puestos de tanta importancia política personas carentes de cultura: “Siempre que se me ofreciere, diré que una de las causas por las que hubo tantos alborotos en este nuevo imprerio de Indias, ha sido por proveer Su Majestad y los de su alto Consejo de Indias el gobierno de las provincias a hombres sin letras, e a muchos que no tienen experiencia de administrar justicia. Antiguamente los romanos, que mandaron con su saber el mundo, no dieron cargo de república a ningún hombre que no fuera sabio o jurisconsulto. Lo cual he querido decir porque, si el Marqués, como era valiente fuera sabio, e, como era determinado fuera de letras, mirara con prudencia los avisos que le daban. ¿Cómo pensaba el Marqués que estaba seguro, e que no eran capaces de matarlo? A fe mía, que le cegaron sus pecados y el permiso de Dios, que quiere que su justicia sea clara y manifiesta a los hombres”.
     Todo se  va a acelerar, como en caída libre. Solamente dos días después de la fiesta de San Juan, el domingo 26 de junio de 1541, le va a llegar su última hora al bravo, y excepional personaje histórico, MARQUÉS DON FRANCISCO PIZARRO, Gobernador de la Nueva Castilla. Impresiona sobremanera el relato de Cieza. Dado que lo narra literariamente, muestra diálogos imaginados, pero que, sin duda, son el eco cierto de los hechos que ocurrieron, tal y como el cronista los recogió de testigos que estuvieron aquel día en Lima, donde no se pudo hablar de otra cosa durante mucho tiempo. Procuraré eliminar lo redundante y accidental, pero respetando casi en su totalidad el conjunto de la narración.
     El  mismo día en que lo mataron, volvieron a decirle a Pizarro que los de Chile lo iban a hacer sin esperar más. Su reacción siguió siendo fría, limitándose a decirle al doctor Juan Blázquez que los prendiese. Le contestó que no se preocupase, porque él mantendría perfectamente el orden. La verdad es que, en este caso concreto, Juan Blázquez actuó con increíble incompetencia. Tenía bajo su mando todas las fuerzas de Lima, y no le sirvió de nada.

     (Imagen) Cieza nos va a dar nombres de los almagristas cabecillas de la conpiración que acabó con la vida de Pizarro. Se trataba de gente decidida. Sabían que arriesgaban mucho, pero no fueron capaces de entender que su proeza iba a terminar en el despeñadero. Eran hombres de acción (y de pasión) con la mente nublada. Su estigma de traidores ha borrado el rastro de casi todos en los archivos históricos. Haré un pequeño comentario sobre tres de ellos. El vasco MARTÍN DE BILBAO, tras foguearse en México, pasó al Perú y se unió al ejército de Almagro, con quien fue a Chile, y, al volver, sufrió con él la derrota de la batalla de Las Salinas. El odio acumulado le impulsó a participar en la conspiración. Valiente y bravucón, presumía en público de haber matado a Pizarro. De hecho, se le ha adjudicado a él la estocada que puso fin a su vida, aunque hay otras teorias. Murió luchando junto al rebelde Gonzalo Pizarro en la batalla de Chupas, y Vaca de Castro ordenó descuartizar su cadáver. El también vasco BARTOLOMÉ DE ARBOLANCHA tuvo una trayectoria parecida, en vida y en muerte: murió en la batala de Chupas, fue incluido por Vaca de Castro en el proceso que se hizo a los conspiradores, y ordenó asimismo descuartizar su cuerpo, aunque de forma simbólica porque no fue localizado. Y, por último, JUAN RODRÍGUEZ DE BARRAGÁN (de quien ya hablé en una imagen anterior). Había sido procurador de Diego de Almagro. Se extendió el rumor de que, dándole un golpe mortal en la cabeza  con una tinaja llena de agua, acabó con la vida del varias veces acuchilllado Pizarro. Él siempre lo negó, pero le costó ser ahorcado por ello. Después la Corona requisó sus bienes y los de otro hermano suyo, llamado Rodrigo y también ejecutado.



viernes, 5 de julio de 2019

(Día 875) Fueron muchas las advertencias que tuvo Pizarro para que se protegiese de los almagristas. Los rumores sobre un atentado circulaban por todas partes. Pizarro no tomó las medidas necesarias para evitarlo.


     (465) Disuelta la reunión de los conspiradores, se produjo un incidente típico de aquellos hombres tan implacables en la batalla, como profundamente religiosos: “Uno de ellos, llamado Francisco de Herencia, lo contó en confesión a un clérigo que tiene por nombre Henao, el cual, viendo el gran mal que vendría al reino y a los indios si el Marqués muriese de aquella manera, e que las guerras civiles, que se habían enfriado, se levantarían con mayor incendio, determinó avisarle al Marqués. Ya antes de recibir este aviso, Pizarro, que había ido con Antonio Picado, su secretario, a la posada del doctor Juan Blázquez, su Teniente, le dijo que mirase que parecía que los de Chile andaban levantados, e que hasta platicaban de quererlo matar, que remediase con tiempo aquellos dichos y que evitase las ocasiones haciendo justicia. El Doctor le respondió que, mientras estuviese en sus manos la vara de justicia, durmiese descuidadamente”.
     Pizarro, pues, tomaba sus precauciones, pero de manera muy superficial. Tampoco se alteró demasiado cuando tuvo más motivos de alarma: “Estando Pizarro en la casa de su hermano Francisco Martín de Alcántara, llegó  Antonio Picado, con el color demudado, acompañado del clérigo Henao, que le venía a avisar de que los de Chile le querían matar. Oído lo que le quería decir, el Marqués le respondió que todo aquello eran dichos de indios. Luego se volvió a la mesa pensativo, y no comió más, e, sin pasar muho tiempo, se fue a su casa. Antonio Picado se fue a la suya a danzar con una amiga que tenía (Ana Suárez); cosa mal hecha, porque, si él hubiese dado aviso de lo que había pasado, y de la sospecha que se tenía, a los amigos del Marqués, pudiera ser que se evitara por entonces su muerte, aunque, si vino, como es de creer, por juicio divino, no eran suficientes las fuerzas humanas para estorbarlo”.
     El temor se iba extendiendo entre los amigos de Pizarro: “El Marqués se acostó en su lecho. Aquella noche el licenciado Carvajal supo de las tramas en que andaban los de Chile, llamó a Juan de Rada y le dijo que no hiciese cosa por la que les viniese más daño. A lo cual le respondió, simuladamente, que no tenía ninguna intención que fuese en perjuicio del Marqués, porque ellos aguardaban a Vaca de Castro, y creían que haría justicia. El Licenciado avisó al Marqués para que anduviese acompañado y tuviese de los de Chile el recelo que era justo tener”.
     Los almagristas estaban preocupados por saber que a Pizarro  le habían llegado advertencias sobre sus planes secretos, y no cesaban de dar opiniones: “Unas veces hablaban de salir a matar al Marqués, otras, de irse a los pueblos de los indios para aguardar a Vaca de Castro, y otras consideraban que el Marqués los tenía por sospechosos, y, con algunas justificaciones que él buscaría, les daría a todos muertes crueles. Juan de Rada les dijo que trajesen armas y que el tiempo les diría lo que habían de hacer. Estando el Marqués en su casa, llegó un paje suyo e le dijo: ‘Señor, por toda la ciudad se dice que los de Chile os han de matar mañana’. Y el Marqués, con gran enojo, le dijo que se fuese”.

     (Imagen) El doctor (se supone que en Leyes) JUAN BLÁZQUEZ llegó hacia 1535 a Perú y se ganó pronto la confianza de Pizarro, quien, quizá por ser analfabeto, sobrevaloraba a la gente culta. Le había dado el cargo de máxima autoridad en Lima. Veremos que, el día que fue asesinado, la mayoría de los que estaban con él escaparon como pudieron, superando el miedo al honor. Uno de ellos fue Juan Blázquez. Estaba casado (en segundas nupcias) con María de Valverde, hermana del (mucha veces mencionado) obispo fray Francisco de Valverde. Muerto Pizarro, los almagristas apresaron a los dos cuñados. Tuvieron la habilidad de huir en un barco, pero para su desgracia, porque (como  ya conté) Juan y el obispo Valverde fueron asesinados (y comidos) por los indios en la isla Puná. La mujer y los pequeños hijos de Juan fueron respetados por los almagristas, quizá ya calmados tras haber permanecido la familia oculta durante un tiempo. Juan Blázquez tuvo, con idéntico nombre, un hijo, un nieto y un biznieto. Este último (a veces tenido por nieto suyo equivocadamente) fue una lumbrera como doctor en Leyes (uno de los buenos productos que dio la Universidad de Lima), y ocupó cargos muy importantes, llegando a ser Gobernador de Paraguay. La imagen muestra parte de un expediente (año 1645) en el que solicitaba mercedes basándose en sus méritos y en los de sus antepasados. Entre otras cosas, comenta que su abuelo Juan Blázquez (el niño salvado) fue luego un gan capitán que siempre sirvió lealmente a la Corona durante las guerras civiles. Los estudios universitarios del ilustre biznieto del compañero de Pizarro, pueden servir como ejemplo de que los españoles destruían para construir, dejando en las Indias, aunque solo fuera de pura carambola, un importantísimo legado cultural.



jueves, 4 de julio de 2019

(Día 874) Cristóbal de Sotelo pide a los almagristas que no se precipiten. Pero se decide matar a Pizarro y a Vaca de Castro, si este viene a castigarlos.


           MUERTE DE PIZARRO

     (464) Cieza va a entrar de lleno a narrar los acontecimientos del asesinato de Pizarro. Se lamenta de que los hechos no le dejen ni un momento de respiro, teniendo siempre su narración empapada de  atrocidades. Hace hincapié en que Don Francisco Pizarro no merecía destino tan trágico, subrayando la grandeza de sus logros en Perú, y los enormes sacrificios que le exigieron, pero no se olvida de que así de injusta fue la muerte que le dieron a Diego de Almagro. Por lo que cuenta, se ve claramente que todo estaba decidido antes de la visita de Rada a Pizarro. Aquel momento sentimental y el regalo de las naranjas fueron más bien la emoción de intuir que  el desastre estaba próximo. Todo indica que los de Diego de Almagro el Mozo ya habían sentenciado a Pizarro. Y que saben ahora que el momento de ejecutarlo ha llegado. Lo prueba el hecho de que, tras el día de San Juan, decidieron no esperar más. El desencadenamente fue la ya próxima llegada de Vaca de Castro.
     Así comenzó la tragedia: “Pasado el día de San Juan (24 de junio de 1541), Juan de Rada habló con D. Diego el Mozo, e le dijo que había oído decir que ya llegaba Vaca de Castro, y que se comentaba que venía de España sobornado con los dineros que el Marqués había enviado, y, además, que sospechaba que el Marqués los quería matar, e que, para librarse de lo uno y de lo otro, había decidido anticiparse e matar al Marqués, vengando la muerte del Adelantado D. Diego de Almagro”.
     En el discutible tema de las responsabilidades del Mozo en asunto tan tremendo, Cieza, ya de entrada, lo deja al margen de la decisión, pero no se puede saber con certeza lo que ocurrió: “Don Diego era muy mozo, virtuoso e de gran presunción (autoestima); para descender de padres tan humildes, tenía grandes pensamientos, y no le faltaba corazón para acometer cualquier hazaña, mas era tan muchacho, que no tenía edad para gobernar gente ni ser capitán. Respondió a Juan de Rada que, antes de que determinase nada, que pensase bien lo que iba a hacer”. (Tampoco era tan joven Diego, y menos para aquel tiempo: tenía 19 años).
     Ese mismo día se reunió Rada con varios compañeros para llegar a una decisión consensuada. A la mayoría le pareció bien matar a Pizarro, pero intervino Cristóbal de Sotelo, “diciendo que no lo hiciesen hasta que viniese Vaca de Castro, y que, si no hiciese justicia recta, inclinándose al bando del Marqués, los matasen a los dos; y, por las razones que dio Sotelo, se dejó por entonces de hacer lo que ya tenían determinado”. Hay algo que resulta sorprendente. Se puede entender que, si estuvieran solos y perdidos en aquella lejanía de las Indias en una situación tan angustiosa, decidieran matar a Pizarro. Pero la llegada del representante del Rey, debería haberles quitado por completo de la cabeza lo que tenían pensado, decidiera lo que decidiera. Para llegar a tal extremo de osadía, tenían que estar absolutamente desesperados.  

     (Imagen) Le he dedicado ya dos imágenes al navarro Juan de Rada, pero no estará de más ampliar detalles sobre él, ya que su protaganismo en  el asesinato de Pizarro fue central. Por ser el villano de esta tragedia, la Historia le ha olvidado injustamente, ya que hizo grandes cosas en las Indias. Nació, de familia noble, en Obamos (Navarra) el año 1587. Partió muy joven  para las Indias, y formó parte de las tropas que conquistaron Cuba bajo las Órdenes del luego Gobernador Diego Velázquez de Cuéllar. En aquel ambiente, conoció a Hernán Cortés, quien, teniéndolo a su servicio en la conquista de México, dijo de él que “era un hombre apasionado, sincero, recto y soñador”. Más tarde llegó a Perú con las tropas de Pedro de Alvarado, y, cuando este dejó allá su ejército, Juan de Rada empezó a colaborar con Diego de Almagro. Se dice que intentó que no fuera ejecutado Atahualpa, y que vino a España para suplicarle al Rey que lo indultara. Volvió a Perú sin conseguirlo, y fue entonces cuando se corvirtió en la mano derecha de Diego de Almagro, al ir a su lado en la terribe campaña de Chile. En algún momento, Almagro comentó: “Mis penalidades fueron bonanzas en comparación con las que padeció Don Juan de Rada”. Como vimos, el sinventura Almagro, derrotado en Las Salinas, fue ejecutado sin piedad por Hernando Pizarro. El triste anciano dispuso en su testamento que se ocupara Juan de Rada de su hijo, quien, según dice el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo (que los conoció bien), lo respetó como si fuera su padre. La veteranía y la edad de Rada, 53 años, le facilitó su misión, aunque Almagro el Mozo no pudo contar con él en la guerra que le costó la vida, la de Chupas, porque murió antes quebrantado por viejas heridas.



miércoles, 3 de julio de 2019

(Día 873) Vaca de Castro le dio a Belalcázar la orden de que dejara libre a Pascual de Andagoya. En Lima crecía la tensión. Pizarro tuvo la franqueza de hablar directamente con el cabecilla de los almagristas, Juan de Rada.


     (463) La suerte fue doble, porque le concedió lo que quería: “Vaca de Castro le dio un mandamiento firmado de su nombre para que el Adelantado Belalcázar soltase de la prisión a Don Pascual de Andagoya. Llegó Vaca de Castro al puerto de Buenaventura, y mandó a Merlo, su escribano, que fuese a notificar el mandamiento a Belalcázar”. Vaca de Castro siguió su navegación hacia Lima, y Cieza cambia de tercio, para que sepamos lo que ocurría entonces en aquella ciudad.
     Las naos que Vaca de Castro había perdido de vista, superaron los temporales, y, por ser más pequeñas y ligeras, llegaron pronto a Lima. Contaron allá lo que había pasado y que no sabían nada de lo que fue de Vaca de Castro. Se lo podía haber tragado el mar, o quizá hubiese logrado refugiarse en algún puerto. Según Cieza, la idea de que nunca llegase a Lima, alegró mucho a los de Pizarro, y entristeció sobremanera a los almagristas, “quejándose de su poca ventura, pues lo estaban aguardando con la esperanza de que pronto los desagraviara de la injusticia que se había hecho al matar al Adelantando Almagro,  y no haberles dado a ellos repartimiento de lo mucho que habían descubierto e merecido en aquel reino”.
     Nunca se sabrá cómo habrían actuado los almagristas de ser Pizarro el derrotado, pero está claro que el comportamiento implacable de los pizarristas tuvo mucho que ver en que las guerras civiles continuaran, y con creciente crueldad: “Los vencidos andaban muy tristes, e pasaban muy grandes necesidades, pues no tenían más que una capa para diez o doce de ellos, e los vecinos los trataban tan secamente que, aunque los veían morir de hambre, no les ayudaban con cosa ninguna, ni querían darles de comer en sus casas”. Es decir, vivían como si fueran mendigos. Antonio Picado vuelve a ser protagonista de otra anédota, que, en este caso, se tomó como un siniestro augurio, y que confirma el odio personal que le tenían los almagristas: “Acercándose el día de San Juan, salieron a caballo a regocijarse los vecinos, y aconteció un presagio muy malo. Y fue que Antono Picado tomó a las ancas de su caballo a un loco que se llamaba Juan de Lepe, el cual, entonando la voz, comenzó a decir: ‘Esta es la justicia que mandan hacer a este hombre (era lo que decían los pregoneros cuando llevaban a ejecutar a alguien)’. Y, cuando los almagristas  le oyeron aquel pregón, holgáronse, y decían que ellos tenían esperanza de que el dicho del loco fuera profecía”.
    Por la ciudad de Lima corrían sin freno rumores, tanto de que los almagristas se estaban armando para vengarse, como de que Pizarro pensaba actuar contra ellos. Aunque Pizarro parecía tomárselo a broma, quiso hablar con Juan de Rada. Le mandó recado para que fuera a verle: “Viendo Rada que el Marqués le llamaba, se turbó algo, y todos los almagristas quedaron en confusión hasta ver volver a Juan de Rada, y con las armas preparadas. Llegado adonde estaba el Marqués, este le dijo: ‘¿Qué es esto  que me dicen que andáis comprando armas para darme la muerte?”.

     (Imagen) A pesar de que Pizarro le pidió sin tapujos explicaciones al navarro JUAN DE RADA sobre los rumores de que  él y sus amigos se estaban preparando para matarlo, de alguna manera el diálogo sirvió para que se relajara la situación. Rada le aseguró a Pizarro que las armas se habían comprado, no para atacar, sino para defenderse, porque “nos dicen y es público que Su Señoría recoge lanzas para matarnos a todos”. Le comentó, además, a Pizarro que también se hablaba de que él había dado orden de matar a Vaca de Castro, el representante del Rey, y, según Cieza, le añadió algo que resultaba lógico (como lo habría sido practicarlo con Diego de Almagro  el Viejo, sin necesiad de matarlo): “Si Vuestra Señoría piensa matar a los de Chile (los almagristas), no  lo haga. Destierre en un navío a D. Diego el Mozo, pues es inocente y no tiene culpa, que yo me iré con él”. Pizarro le contestó airado que deseaba más que él que el juez Vaca de Castro llegara para que pusiera fin a los enfrentamientos. Al oír lo que había dicho Pizarro, Rada se ablandó, y le hizo saber que había tenido que empeñarse en más de quinientos pesos comprando armas para poder defenderse si alguno trataba de matarlo: “El Marqués, mostrándole más amor, le dijo: ‘No quiera Dios que yo haga tan gran crueldad”. Cuando iba a marchar Rada, Pizarro le dio unas naranjas de su huerto, “que eran las primeras que se daban en aquella tierra”. Ya de vuelta, el Mozo y sus amigos recibieron a Juan de Rada aliviados, muy conscientes del riesgo que había supuesto la visita. Pero la conspiracion siguió adelante.



martes, 2 de julio de 2019

(Día 872) Antonio Picado se reía con prepotencia de la desgracia de los almagristas. Grandes apuros de Vaca de Castro en su viaje marítimo hasta que recibió la ayuda de un hijo de Pascual de Andagoya.


     (462) Recordemos que Antonio Picado se convirtió en secretario de Pizarrro y tenía una gran influencia sobre él. Morirán juntos, pero ahora vamos a ver que la soberbia de Picado fue azuzando el odio de los almagristas: “No fue hombre prudente, pues, ya que el Marqués se dejaba guiar por sus consejos, en lugar de encaminarlos a desagraviar y allegar amigos, hacíalo al revés, y decía muchas palabras feas contra los almagristas, e incluso tuvo que ver con que al mozo Don Diego se le quitase la encomienda e se diese a Francisco Martín”. Por lo que cuenta, hasta se mofaba de ellos. Se vistió un día con ropas bordadas, luciendo ostentosamente piezas de oro: “Fue a la posada de Don Diego, e, arremetiendo al caballo, haciendo grandes meneos con su persona, hacía como que les quería arrojar las piezas. Los almagristas se entristecían de ver aquello, quejándose de que Picado quería así triunfar de ellos. Desde entonces crecieron las sospechas de los almagistas de que el Marqués quisiera matarlos o desterrarlos, e, para defenderse, buscaban armas. Aunque Pizarro fue avisado, y sus amigos le aconsejaron que llevara consigo gente que guardara su persona para que no le diesen muerte repentina, no quiso tomar su consejo, y salía cada día de casa solo, yendo a un molino en el que los almagristas, si quisieran, le podrían haber matado fácilmente”.
     Para quienes se aventuraban a ir a las Indias, no solo los indios o las enfermedades eran muy peligrosos, sino también los viajes, especialmente los marítimos. Y eso es lo que les ocurrió a Vaca de Castro y a sus acompañantes. En su viaje por la costa, llegaron a la isla Gorgona (donde, tiempo atrás, resistieron con Pizarro heroicamente los Trece de la Fama).  Les pilló un temporal, se les rompieron las amarras, y tuvieron grandes dificultades para recoger a los hombres que habían bajado a la isla en busca de agua. La fuerza del viento hizo que el barco de Vaca de Castro perdiera de vista a las otras naos que le acompañaban. Decidió dirigirse al puerto de Buenaventura (actual Colombia) para reparar su nave. Llegaron en su navegar a la isla de las Palmas, que, por lo que cuenta Cieza (había estado en cierta ocasión), tenía un entrada desde el mar muy difícil de encontrar: “Decidieron ir hacia una ensenada, e por allí anduvieron ocho días sin encontrar ninguna señal de puerto. Hubo una muy gran tormenta y pensaron todos perecer. Cuando padecían ya mucha necesidad de comida, vieron venir un navío que había salido del puerto de Buenaventura, en el que iba Juan de Andagoya, hijo del Adelantado Pascual de Andagoya”.
     Aquel encuentro solucionó el problema de los alimentos y fue, sobre todo, extraordinariamente afortunado para Juan de Andagoya. Recordemos que Belalcázar había apresado a su padre por haberse introducido en sus dominios. Juan se dirigía a Panamá para que los de la Audiencia ordenaran su liberación, y, de repente, se encontró con que ya no necesitaba hacer el viaje, puesto que Vaca de Castro  ostentaba el título de Gobernador de Panamá.

     (Imagen) Ahora que Cieza habla de ANTONIO PICADO, el poderoso Secretario de Pizarro, es buen momento para rectificar una mala interpretación que hice en dos imágenes anteriores. Le adjudiqué como esposa a ELENA MARTÍNEZ, quien, en realidad, era su madre. Lo explico. Cieza menciona varias veces el aparatoso romance de Picado con ANA SUÁREZ. Nacida en Coria (Cáceres), se estableció en Lima el año 1539, y, en cuanto quedó viuda, se emparejó con Picado. Los indiscretos amores de la pareja fueron comentario habitual en Lima. Picado, que ya resultaba irritante como prepotente secretario de Pizaro,  se les hizo odioso a los humillados y empobrecidos almagristas presumiendo de su buena vida y de haber conquistado a la deseada Ana Suárez. Veremos pronto que lo mataron sin piedad poco después del asesinato de Pizarro, pero, antes de morir, en un gesto muy romántico, Picado y Ana se casaron. Ella era (además de guapa) inteligente, astuta y ambiciosa, por lo que supo llevar siempre una vida en la cumbre y sorteando abismos. Heredó la inmensa fortuna de Picado, coqueteó con los almagristas, a los que abandonó para casarse con Sánchez de Merlo, Secretario de VACA DE CASTRO, volvió a la amistad almagrista, luego a la de los seguidores de Gonzalo Pizarro, y, en un último bandazo, se hizo amiga de Pedro de Hinojosa, jefe del ejército del gran Pedro de la Gasca. Murió en 1559 rica y respetada. Pero hubo alguien que se quedó sin la herencia de Antonio Picado. Un documento del año 1543 aclara que la reclamaba (inútilmente) su madre, ELENA MARTÍNEZ, así como la de otro hijo que se llamaba Francisco Picado, muerto a manos de los indios.



lunes, 1 de julio de 2019

(Día 871) Los almagristas vivían en Lima discriminados e injustamente tratados por los pizarristas. Incluso Pizarro trató duramente a Diego de Almagro el Mozo. Ambos bandos esperaban inquietos la llegada de Vaca de Castro.


     (461) Las noticias volaban, y a Pizarro le mandaron mensajes tranquilizadores “de cuán cortos poderes llevaba Vaca de Castro, y de que no tuviese ningún recelo, pues iba más para darle favor que para que, por su causa, le viniese algún deshonor”. En Panamá le hizo la inspección judicial al doctor Robles y lo suspendió en su cargo de oidor. Iba con prisas Vaca de Castro, y partió desde Panamá hacia Perú lo antes posible. Lo hizo el día 18 de marzo de 1541.
     Cieza no se muerde la lengua a la hora de criticar los errores y las injusticias que cometían los de Pizarro con los vencidos, fomentando su resentimiento. Los almagristas eran entonces los parias de Lima: “No veían ya la hora de ver en el reino a Vaca de Castro, para pedir justicia sobre la muerte que se había dado al Adelantado Don Diego de Almagro. Pasaban muy grandísima necesidad, y el Marqués en ninguna cosa remediaba su fatiga”. Fue, además, injusto y mezquino con el hijo de Almagro : “Le dio Pizarro a Francisco Martín de Alcántara (su hermanastro por parte de madre) una encomienda de indios, quitándosela a D. Diego de Almagro el Mozo, que la había heredado. Cosa, por cierto, muy mal hecha, y no conforme al merecimiento que Don Diego, por respeto a su padre, tenía y merecía, pues tanto en este reino había trabajado y servido al Rey. E, como de ella se proveía su casa de maíz y de otras cosas necesarias, sintieron la falta en tal manera, que daba compasión oír lo que el mozo D. Diego decía, e cómo se quejaba de la crueldad del Marqués. Juan de Rada, que había sido criado de su padre, buscaba todas las formas de sustentar a D. Diego y a los que le acompañaban, pues andaban muy pobres. Sin embargo,  Pizarro, para hacer amigos a algunos de los almagristas, les ofreció a los capitanes Juan de Saavedra, Cristóbal de Sotelo y Francisco de Chaves darles encomiendas de indios con que pudiesen vivir a su placer, pero ellos hacían de tal promesa burla, diciendo que antes querían morir de hambre que tener que comer de su mano”. Es fácil equivocarse con este Francisco de Chaves porque hubo otro del mismo nombre (los dos eran de Trujillo), y se suelen confundir sus biografías. El más importante fue aquel que, como conté en su día, murió en 1541 junto a Pizarro cuando fue asesinado. Este que aparece ahora murió poco después, en 1542, y tuvo una vida complicada por su difícil carácter: siendo almagrista, los propios hombres de Diego de Almagro el Mozo lo ejecutaron.
     Cuenta Cieza que los almagristas decidieron entonces que fueran a recibir a Vaca de Castro D. Juan de Montemayor y Juan de Baeza vestidos de luto, para que les restituyese lo que les habían quitado y fueran castigados sus enemigos por la traición que cometieron al matar a Almagro. Dice también que no fue cierto que, según se rumoreó, estuvieran entonces dispuestos Diego de Almagro y Juan de Rada a matar a Vaca de Castro si no atendía a sus peticiones. Pero sí decidieron que, “si entendiesen que Vaca de Castro venía con propósito de dar favor al Marqués, se proveyeran de armas y buscaran algunos amigos para defenderse de quien quisiera enojarlos. E luego partieron estos dos (Montemayor y Baeza) para hacer lo que decimos. E, aunque recibió pena el Marqués al saber que Vaca de Castro venía, lo disimulaba cuerdamente, e daba a entender que se holgaba con su venida”.

     (Imagen) Voy a meter casi con calzador a otro personaje porque, para variar, llegó a santo en aquellas atormentadas tierras de las Indias. Tiene en común con Vaca de Castro que los dos eran de Mayorga (Valladolid), y, aunque no pudieron verse en Perú, sabrían el uno del otro. Se trata de SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO Y ROBLEDO. Nació en 1538. Estudió Leyes en Salamanca, logrando un gran prestigio por sus conocimientos y por su honradez. Coincidió en esto con el extraordinario VASCO DE QUIROGA, uno de los españoles más admirables que actuaron en México. Y tuvieron en común otra rara experiencia. Sin ser curas, Vasco fue escogido como obispo, y, Toribio, como arzobispo. Para hacerlo posible, los ordenaron sacerdotes previamente. Toribio llegó a Perú en 1581 para ocupar la sede vacante de Lima, por fallecimiento en 1575 del primer arzobispo, el prestigioso Jerónimo de Loaysa. Toribio tenía, además, madera de santo. Y al viejo estilo rocoso. Los seis años pasados sin la autoridad arzobispal, habían dado origen en Lima a muchos abusos. Contra diversas resistencias y zancadillas, fue poniendo orden y volcándose en los más desfavorecidos, los indios. De forma hiperactiva, no perdía un segundo en sus labores. Decía que “nuestro gran tesoro es el momento presente, y Dios nos tomará cuenta de cómo hemos aprovechado el tiempo”. Se volcó en los enfermos durante una terrible epidemia de peste. A base de recorrer enormes y agotadoras distancias, hizo una inmensa labor pastoral. Cuando tenía 68 años, cayó gravemente enfermo, pero siguió su recorrido hasta que no pudo más. Tras dejar en testamento sus bienes para sus criados y para los pobres, falleció el día 23 de marzo de 1606 (Jueves Santo) en la ciudad de Zaña. Diríamos que el Domingo de Pascua resucitó y subió a los Cielos.