lunes, 17 de junio de 2019

(Día 859) Almagro el Mozo y sus seguidores se encontraban en Lima marginados y viviendo miserablemente. Se iba fraguando la conspiración para matar a Pizarro, y no hizo caso de los avisos que sus amigos le dieron.


     (449) Pero no perdamos de vista que, además de estos viejos soldados almagristas incorporados al ejército pizarrista, quedaban otros que, muy descontentos, fueron haciendo una piña con Diego de Almagro el Mozo y maquinaron el asesinato del Marqués Don Francisco Pizarro. Cieza nos cuenta el inicio de esta deriva: “En este tiempo, los de Chile (almagristas derrotados) pasaban muy grandísima necesidad, y andaban por los pueblos de los indios para que les diesen de comer, desnudos y con mucha miseria. Como todos ellos sabían que D. Diego de Almagro el Mozo estaba en Los Reyes, venían a buscarlo desde Charcas, Arequipa y el Cuzco. Pero los que estaban en Los Reyes no pasaban menos necesidad que los que venían, porque ya el Marqués hacía muchos días que había mandado salir fuera de su casa a Don Diego, y, aunque después estuvo en la de Francisco de Chaves, también le echaron de ella. Juan de Rada y Juan Balsa, criados antiguos de su padre, le buscaron lugar donde estuviese. Juntáronse con él unos cuarenta de los que habían seguido al Adelantado Almagro, y padecían gran necesidad, y el Gobernador Pizarro de ninguna cosa les mandaba proveer, ni se acordaba de que, sin Almagro, él no habría sido lo que era, ni llegado a tener el mando que tenía”. Impesiona el relato de Cieza, y también extraña que el Mozo siguiera vivo, porque lo lógico era pensar que el odio concentrado que llevaba dentro acabaría convirtiéndolo en un enemigo mortal para Pizarro. A eso se añadía la vengativa actitud de no dar  ninguna ayuda a los derrotados almagristas sumidos en la desesperación y en la más absoluta pobreza. Hambre y humillación, malas consejeras. ¿Resultado?: a Pizarro le quedaba un año de vida.
     De nada sirvió que le advirtieran del evidente peligro; en este caso el aviso vino de los hermanos Suárez de Carvajal (a quienes ya conocemos): “El factor Illán Suárez de Carvajal, al enterarse de que muchos de los de Chile se iban a los Reyes con la posible intención de hacerle algo al Marqués, le envió una carta cifrada; la descifró el licenciado Benito Suárez, y le dijo al Marqués que su hermano, el factor, le avisaba en ella que se cuidase de que los de Chile no le matasen, porque iban a Los Reyes a juntarse con D. Diego de Almagro el Mozo. Y, aunque el Marqués tuvo esta noticia, no dio ninguna orden, ni puso en su persona ninguna guardia”. Lo que demuestra que Pizarro, tras haber derrotado a Almagro, estaba tan confiado, que había suprimido la guardia personal que siempre tuvo a su lado durante el conflicto.
     Todos los almagristas derrotados tenían un malvivir, incluso el Mozo: “Los que estaba con él, por no tener más que una capa, cuando salía uno cubierto con ella, los otros se estaban en casa quietos. Y, además de los que se juntaron con Almagro el Mozo, había otros en la ciudad que no hallaban en ningún vecino caridad para solamente darles de comer, y él de ninguna manera se pudiera sostener, ni los que con él estaban, si Domigo de la Presa no le hubiera dado un pueblo pequeño, en el que los indios le proveían de maíz, leña y otras cosas necesarias”. (El vasco Domingo de la Presa era uno de los secretarios de Pizarro, al que ya le dediqué un par de imágenes anteriormente).

     (Imagen) Los capitantes JUAN BALSA y Juan de Rada se convirtieron en los protectores y servidores del huérfano Diego de Almagro el Mozo. Incluso encabezaron los dos el asesinato de Pizarro. El Mozo pronto tuvo iniciativa y coraje para dirigir la gobernación heredada de su padre, y acaudilló el enfrentamiento contra Vaca de Castro, el representante del Rey. Fueron derrotados en la batalla de Chupas (Rada ya había muerto), al Mozo lo ejecutaron, Juan Balsa huyó adonde Manco Inca, y sus indios lo mataron. Muchos años después, en 1581, sus descendientes solicitaron mercedes por la brillante historia de toda la familia. En el documento de la imagen se habla, entre otras cosas, de los méritos de Juan Balsa. Resumo el contenido: Juan Balsa emparentó con incas de la alta aristocracia a través de su mujer, Inés Tocto Ocllo Caitore, de la que tuvo una hija llamada Francisca Balsa. Fallecida Inés, volvió a casarse con otra princesa, de la que nació un hijo, también llamado Juan Balsa. Luego se habla de que Juan Balsa (el padre), que sirvió como criado a Diego de Almagro, fue con él a luchar en Chile. Al tratar de la vuelta de Juan con Almagro al Cuzco, se hila fino para no meter la pata. Se dice que luchó contra los indios que estaban cercando la ciudad, lo cual era cierto. Pero se da la versión de que, en la batalla de Las Salinas (primera guerra civil), hizo un gran servicio a la Corona (en realidad fue una rebeldía que molestó mucho al Rey). Y, con un burdo camuflaje, se pasa directamente a las hazañas de otros descendientes (en primer lugar, las del hijo de Juan Balsa), dejando de lado su participación en el asesinato de Pizarro y en la batalla de Chupas frente a Vaca de Castro. Si la de Salinas fue una guerra no autorizada, la de Chupas alcanzó la categoría, por primera vez, de abierta sublevación contra la Corona.



sábado, 15 de junio de 2019

(Día 858) Pizarro fue a Lima. Repartió encomiendas entre los vecinos, pero muchos se sintieron agraviados. Por encargo suyo, Gómez de Alvarado fundó la ciudad de Huánuco.


     (448) Coincidió que entonces regresó también a Lima Pizarro. Llegaba muy cansado tras fundar las ciudades de Huamanga y Arequipa, y por haber visitado toda la provincia del Collado. Era admirable que ni la vejez, ni los achaques, ni la enorme preocupación por el clima de enemistad entre los españoles y de rebeldía de los indios le impidieran mantener viva su responsabilidad de fundar y de gobernar lo ya fundado. Lo primero que hizo en Lima fue llevar a cabo algo que siempre fue conflictivo, el reparto de encomiendas de indios entre sus hombres. Tema delicado porque hacía falta mucha honradez a la hora de aquilatar los méritos de cada uno. El Rey había ordenado que todo fuera supervisado por el obispo fray Vicente de Valverde, quien, como sabemos, tuvo gran protagonismo hasta entonces en la historia de la conquista de Perú, y murió  un año después, en 1541, al igual que Pizarro. Pero, al parecer (Cieza, con su típica prudencia, a veces excesiva, no se define) el reparto no fue justo: “El obispo y el Marqués Pizarro juraron solemnemente hacer el repartimiento sin mirar  otra cosa que a los servicios que cada uno hubiese hecho, mas, aunque esto juraron, dicen algunos que lo guardaron mal, porque a muchos conquistadores dejaron pobres, y a muchos de sus criados dieron los mejores y más ricos repartimientos”.
      Se diría que los soldados andaban escasos de bienes, y hasta es posible que fuera algo habitual en todas las Indias. Cada decisión que daba origen a oportunidades, también provocaba malestar por agravios comparativos. Pizarro quiso fundar una  nueva ciudad, la de Huánuco. Para nombrar al jefe de la campaña escogió a alguien que ya conocemos. Cieza nos cuenta el porqué de su elección y las protestas que surgieron: “El Marqués, mirando a quién mandaría como Capitán para que lo hiciese, pareciole que Gómez de Alvarado, hermano del Adelantado D. Pedro de Alvarado, lo haría bien, y que así ganaría su amistad (eso explicaría también que antes Pizarro le perdonara la vida, a pesar de haber luchado al lado de Almagro), e incluso ayudaría a que muchos de los de Chile (almagristas) perdiesen el odio que contra él (Pizarro) tenían por causa de las diferencias pasadas”. Gómez aceptó, pero fueron inevitables las protestas del cabildo y los vecinos de Lima, porque consideraban que la fundacion de esa nueva ciudad se hacía a costa del territorio que le correspondía a la suya. De nada sirvió la reclamación. Gómez de Alvarado partió con su gente y logró hacer realidad el encargo de Pizarro, nombrando como alcaldes de la nueva ciudad a Diego de Carvajal y a Rodrigo Núñez, quien en otro tiempo había sido Maestre de Campo del difunto Diego de Almagro. Sin embargo, Pizarro intentó calmar a los que protestaban, para lo que hizo un gesto que tampoco sirvió de nada: “Los de Lima no dejaron de reclamar, y el Marqués (para contentarlos) mandó que (a Huánuco) se le quitara el nombre de ciudad, poniéndole el de villa, e que fuese tributaria de la Ciudad de Los Reyes. Sabiéndolo Gómez de Alvarado, vino de la nueva ciudad o villa de Huánuco a Los Reyes con la determinación de, si no mandaban que fuese ciudad, no volver a ella”. Lo que sí ocurrió, cuenta Cieza, fue que más tarde Pizarro dejó de lado a Gómez de Alvarado y le otorgó el mando sobre Huánuco al capitán Pedro Barroso.

     (Imagen) Nos cuenta Cieza ahora que Pizarro, a pesar de su edad y de los achaques, seguía pendiente de todo. En 1540, un año antes de ser asesinado, estableció la peruana ciudad de AREQUIPA. Le encargó al capitán Garci Manuel de Carvajal los últimos detalles. Veamos (resumido) el texto del acta de la fundación: “A 15 días de agosto de 1540, el Capitán Garci Manuel de Carvajal, en cumplimento de lo ordenado por el Gobernador Don Francisco Pizarro, fundó LA VILLA HERMOSA DE LA ASUNCION DE NUESTRA SEÑORA (era la festividad del día) DEL VALLE DE AREQUIPA. Su Señoría mandó poner una cruz en el sitio que viene señalado para iglesia, y puso la picota (donde eran públicamente avergonzados los delincuentes) en la plaza. Mandó pregonar que las personas que tienen solares en la dicha villa hermosa (el reparto que había hecho Pizarro creó conflictos) los pueblen y edifiquen sus casas en ellos dentro de seis meses cumplidos, bajo las penas que el señor Gobernador manda, de no hacerlo. Y así pregonado por el pregonero Pedro Ires, Su Merced (el capitán Carvajal) lo firmó de su nombre, siendo testigos Hernando de Silva, Hernando de Torres, Juan de la Torre, Luis de León, el Padre Rodrigo Bravo, Fray Bartolomé de Ojeda, Fray Diego Manso, Diego Hernández y otras muchas personas que estaban presentes. Todo lo cual pasó ante mí, Alonso de Luque, escribano público”. Hay un detalle curioso. En la imagen anterior vimos  el triste final de Sebastián de Torres. Pues ahora, dos años después, aparece en este documento una referencia a su hermano mayor, HERNANDO DE TORRES. Firmó como testigo en el acta, siendo uno de los recién nombrados regidores (concejales) de Arequipa. Hay constancia también de que vivía en Granada en 1552 y de que era cuñado del escribano Alonso de Luque, quien seguía residiendo en Arequipa.



viernes, 14 de junio de 2019

(Día 857) Sorprendentemente, Jorge Robledo pareció reconocer la autoridad de Andagoya. Cieza cambia de tema y cuenta cómo dos encomenderos fueron asesinados en Lima por sus indios.


     (447) Andagoya los recibió muy cordialmente, y Cieza explica la actitud de Robledo como una ingenuidad, por parecer que buscó, o le agradó, la amistad de Andagoya, con deslealtad a Belalcázar: “Robledo, teniendo tan poca experiencia como los otros, no solamente ofreció al Adelantado Andagoya recibirlo como Gobernador en las ciudades que había poblado (con permiso de Belalcázar), sino que le entregó cuatro mil pesos de oro de aquellas joyas que le habían dado en la conquista; y Andagoya, por tenerlo más fijo en su amistad, procuró de lo casar con una parienta de su mujer”. Conviene aclarar la diferencia entre adelantado y gobernador. Adelantado era quien tenía permiso para ir a descubrir nuevas tierras. Una vez descubiertas, era el Rey quien se las concedía al adelantado (si lo tenía a bien) para que mandara en ellas con el título de  gobernador. Robledo sabía perfectamente que solo Belalcázar tenía derecho a convertirse en el gobernador de lo que él, por órdenes suyas, había descubierto y poblado. Por eso todo indica que Robledo se aprovechaba de la lejanía de Belalcázar para ponerse al servicio de Andagoya, quien estaba utilizando la misma jugada sucia. Es posible que Cieza, al decir que Robledo fue un ingenuo, se refiera en realidad a que, con el tiempo, lo más probable sería que el implacable Belalcázar le cortase la cabeza.
     Después de estar unos días en Cali, Robledo volvió a Cartago para hacer entre sus soldados los repartimientos de indios, y, al llegar, se encontró con que había habido conflictos entre los dos alcaldes y su teniente en el lugar, por causas poco importantes. Asumió de nuevo todo el mando y metió en prisión a los dos alcaldes. Luego envió a Alvaro de Mendoza con algunos hombres  a que inspeccionaran lo que había más allá de lo alto de los Andes. Al llegar a la cumbre, les pareció que no tenía sentido continuar la marcha sin caballos, y se volvieron. Comenta Cieza que entonces Robledo se ocupó de hacer los repartimientos de indios para sus hombres, y, dejándolo en esa tarea, nos dice: “Ahora volveremos a hablar del Marqués Don Francisco Pizarro, y dejaremos esto hasta la venida del Gobernador Belalcázar”. Que será tormentosa, porque va a llegar desde España con amplios poderes del Rey,  teniendo que enfrentarse a Pascual de Andagoya y a Jorge Robledo, el primero, un aprovechado insensato, y, el segundo, un hombre cabal, pero atrapado en un grave error que el duro Belalcázar no va a perdonar.
     Así que, abandonemos la extensa Colombia para presentarnos en la lejana Lima: “En el tiempo en que estuvo ausente Don Francisco Pizarro de la ciudad, salieron de ella dos vecinos principales, Francisco de Vargas, natural de Tierra de Campos (en realidad, parece ser que era de La Guardia, en la provincia de Toledo), y Sebastián de Torres, que tenían una encomienda en Guaylas, y fueron muertos allá por sus indios. Entonces el Cabildo de la Ciudad de los Reyes mandó a castigarlos al Capitán Francisco de Chaves con muchos españoles e hicieron mucho daño a los indios porque los hallaron alzados; se les hizo tan cruel guerra, que, temerosos de ser todos muertos, pidieron la paz, la cual les fue otorgada por el capitán Francisco de Chaves, pareciéndole que bastaba el daño que les había hecho, y, acabada aquella guerra, se volvió a Los Reyes”.

     (Imagen) En algunas ocasiones, los propios indios de las encomiendas asesinaban a sus encomenderos españoles. Así le ocurrió a SEBASTIÁN DE TORRES y  a Francisco de Vargas, de quienes dice Cieza que eran vecinos importantes de Lima. Me voy a centrar en Sebastián. En 1537 tenía el cargo de Alcalde de la ciudad, y una historia cuajada de éxitos, truncada trágicamente en 1539. En la imagen vemos el registro de su salida de España hacia las  Indias: “En 18 de agosto (de 1512), dimos licencia a Hernando de Torres (hermano mayor) y a Sebastián de Torres, hijos de Hernando de Torres y de Beatriz de Muriel, vecinos de Chiclana, los cuales pasan en la nao de la que es maestre Gregorio Martínez”. En 1538, un año antes de morir, sus ansias de renombre tuvieron una satisfacción porque el Rey le concedió un honroso escudo de armas. Se lo había solicitado exponiendo sus méritos. Sirviendo a Pedrarias Dávila, estuvo en la fundación de las ciudades de Panamá, Acla y Natá, y lo envió después a la conquista de Nicaragua, bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba (no comenta que luego lo ejecutó Pedrarias). Más tarde se unió a la campaña peruana de Pizarro, y participó en el apresamiento de Atahualpa. En otro documento, se ve que Sebastián tuvo un hijo llamado Hernando de Torres (como su abuelo), quien, transcurridos 23 años desde su muerte, aparece, como heredero suyo, en un pleito contra el médico Álvaro de Torres (quizá fuera un pariente) y contra el capitán Ruy Barba Cabeza de Vaca, reclamando los derechos de posesión que tenía su padre sobre un repartimiento de indios situado en el pueblo de Chuquiracoay (que era, precisamente, donde lo habían asesinado).



jueves, 13 de junio de 2019

(856) Jorge Robledo funda la ciudad de Cartago. Dejó allí como teniente suyo a Suer de Nava, y fue hacia Cali (en la tropa estaba Cieza) para encontrarse con Pascual de Andgoya.


     (446) Todo tiene sentido. Andagoya se estaba aprovechando de que Belalcázar se encontraba en España gestionando ante el Rey el ser ratificado como Gobernador de todo lo que había conquistado, algo absolutamente lógico y justo. Andagoya, no solo se lo arrebataa, sino que maniobraba para desacreditar a Belalcázar con la intención de que el Rey  no le reconociera sus derechos.
     Y Cieza, como suele hacer, nos deja en ese punto para seguir contando otros acontecimientos simultáneos: “Volvamos a Jorge Robledo, y digamos cómo descubrió la provincia de Quimbaya y fundó en ella la ciudad de Cartago”. Robledo siguió avanzando para ampliar las conquistas. Estuvieron a punto de volverse porque no veían más que cañaverales, pero la constancia tuvo un premio. Llegaron a una zona muy poblada, en la que los indios los recibieron bien porque ya tenían noticias de su poder militar. Le entregaron regalos al capitán Robledo, y Cieza pone de relieve, sin morderse la lengua y a pesar de lo que le amiraba, un feo detalle suyo, aunque fuera habitual entre los capitanes: “De toda la comarca venían indios principales con cantidad de oro; lo cual se lo quedó para sí, sin haber otra ley que lo permitiera más que el poder que los capitanes de acá tienen, que son amos de gran tiranía”.
     Y se fundó allá una nueva población: “El capitán Robledo pobló y fundó en el año mil quinientos cuarenta la ciudad de Cartago en nombre del emperador Don Carlos, de la Corona de Castilla y de D. Francisco Pizarro, Gobernador de todas las provincias de Perú (puesto que Almagro ya había muerto). Púsole a la ciudad aquel nombre porque a todos los que andábamos en aquella conquista nos llamaban los cartagineses, por haber salido de la gobernación de Cartagena de Indias. Nombráronse por alcaldes a Pedro López Patiño y a Martín de Arriaga”. Se confirma que las poblaciones tenían siempre dos alcaldes (y varios regidores, equivalentes a concejales). El nombre de Cartagena se lo puso Rodrigo de Bastidas en 1502 a la bahía que descubrió en la costa caribeña de Colombia, y fue debido a que se parecía a la de la Cartagena española. Es de suponer que a Cieza y a sus compañeros los llamaran catagineses con cierto sentido del humor, que resultó cosa seria, puesto que bautizaron a la fundación con el sonoro nombre de Cartago. Casi todo lo que fundaban duraba para siempre: hoy esta ciudad tiene más de 130.000 habitantes.
     Establecida la fundación, Jorge Robledo dejó en ella como teniente suyo a Suer de Nava, y partió hacia Anserma y Cali para verse con Pascual de Andagoya, el insaciable gobernador, porque, “por cartas, supo todo lo que pasaba, y había recibido mucha pena al saber la muerte de los capitanes Juan de Ampudia, Pedro de Añasco e Pedro de Guzmán de Herrera, con el cual había tenido gran amistad. Cuando llegó a Anserma, Robledo se enteró de que “algunos vecinos habían hablado mal de él, y, disimulando el odio que les cobró, se partió para Cali, donde estaba el Adelantado Andagoya, siendo doce los españoles que íbamos con él”.

    (Imagen) No cabe duda de que el vasco PASCUAL DE ANDAGOYA, nacido hacia 1495, era un hombre de convicciones religiosas, pero también ambicioso de gloria y riqueza. Así le vemos ahora, trampeando para arrebatar sus derechos territoriales a alguien tan peligroso como Belalcázar, quien, aun siendo analfabeto, tenía mucha inteligencia y un mortífero instinto de defensa. Y ello, a pesar de que conocía bien su durísimo carácter, porque llegaron juntos a las Indias el año 1514 en la poderosa flota (la mayor nunca vista en aquellos parajes) del también temible Pedrarias Dávila, quien, al parecer, le tuvo cierta estima. Andagoya era muy joven, pero pronto fue alcanzando éxitos y riqueza, porque tenía grandes cualidades y bastante cultura. El gran cronista Fernández de Oviedo dice que estaba al servicio de Pedrarias cuando se fundó Panamá (año 1519), y que “le casó con una doncella de su mujer, (la extraordinaria) doña Isabel de Bobadilla”. Por entonces tuvo Andagoya la gran oportunidad (terminada en fracaso) de ser el primero en descubrir el Perú. Así lo dice Oviedo: “Estando ya rico Andagoya, pidió licencia a Pedrarias para ir a descubrir adonde el cacique del Perú, e le nombró capitán de la empresa”. Ya sabemos que, cuando tuvo que volverse por naufragio y enfermedad, Pedrarias no le permitió intentarlo de nuevo. Y es ahora, hacia 1540, cuando va a tener la peligrosa rivalidad con Belalcázar. Pero también piensa en su hijo Juan, que, aunque solo tenía unos 20 años, estaba bien zurrado, y le pide al Rey que, siendo él ya Mariscal de Castilla del Oro (en territorio colombiano), le traspase a su hijo esa misma dignidad.  Ya comenté que Andagoya murió en 1548 de las heridas recibidas luchando en Jaquijaguana contra Gonzalo Pizarro.



miércoles, 12 de junio de 2019

(855) Los vecinos de Cali reciben a Pascual de Andagoya como Gobernador (sin tener los derechos correspondientes). De manera sumamente imprudente, y fraudulenta, intentará arrebatarle al ausente Belalcázar varias poblaciones.


     (445) Andagoya partió por mar desde Panamá, llegó a la costa en el punto que le pareció apropiado, y se dirigió por tierra a la ciudad de Cali (fundada por Belalcázar). La travesía fue tan dura que se le murieron los caballos. Peró llegó, y, con insensata precipitación, dio su primer paso en falso: “Fue bien recibido por los vecinos de Cali, les presentó la provisiones reales que traía, prometiéndoles hacer a todos mucho bien, y, cuando las vieron, sin pedirle los documentos ni tener en cuenta que en aquella tierra no había ningún río que se llamase San Juan, lo recibieron como Gobernador e Capitán General, en lo cual actuaron muy neciamente”. Tuvo que haber mala fe en Andagoya porque iban con él pilotos habituados a las mediciones geográficas, e, incluso, él mismo (como ya dije) tenía tanta experiencia marinera, que estuvo a punto de ser el primero en descubrir el imperio inca.
     Pero no paró ahí la cosa. Con inmensa osadía, intentó arrebatarle, nada menos que al temible Belalcázar, otras ciudades fundadas por él, dejándole, de hecho, como un gobernador sin tierras. Se va a atrever incluso a utilizar como mensajero de sus pretensiones a quien Belalcázar había dejado al mando durante su ausencia: Miguel Muñoz. Y lo extraño fue que este, uno de los capitanes más veteranos, aceptara tan ridículo papelón. Quizá Andagoya, con sutiles trampas, iba convenciendo a todos de que el Rey le había dado poder sobre cualquier autoridad anterior. En lo que sigue veremos la confirmación de que estaba actuando como un estafador.
     Cuando supo Andagoya que también Robledo andaba descubriendo tierras, y que había fundado una ciudad en Anserma, tuvo el desparpajo de enviar allá a Miguel Muñoz para que tomase posesión de ella en su nombre. Y, ya el no va más, hizo lo mismo con Popayán, que era la capital de toda la gobernación de Belalcázar. Intentó también ‘comprar’ a Robledo, entonces solamente capitán a las órdenes de Belalcázar: “Andagoya fue reconocido sin ninguna oposición en Popayán. Con el capitán Miguel Muñoz, escribió una carta a Robledo, haciéndole en ella grandes ofrecimientos, y, llegado Miguel Muñoz a Anserma, presentó las provisiones de Andagoya, y fue reconocido como lo había sido en Cali (y en Popayán). Robledo y sus hombres estaban ya a punto de volver, y les llegaron estas noticias”.
     En medio de tanto ‘éxito’, le entró de repente a Andagoya el tembleque, y se dedicó al juego sucio: “Miguel Muñoz volvió para dar razón de lo que por él se había hecho, y Andagoya, como no tenía firme el fundamento con que había entrado en las ciudades, y temiese que Belalcázar vendría a ellas como Gobernador, por haberlas conquistado e poblado, dábase muy gran prisa en hacer pruebas y tomar testigos contra Belalcázar, creyendo que así le perjudicaría y Su Majestad y los del Consejo de Indias no le harían mercedes”.

     (Imagen) El capitán MIGUEL MUÑOZ  tuvo un gran currículum. En 1562, sus hijos presentaron (para pedir mercedes al Rey) su impresionante hoja de servicios (la de la imagen) a lo largo de  cuarenta años en las Indias. Veamos, resumido, lo que dicen. En la panameña ciudad de Natá, lo reclutó Pizarro, y estuvo presente en el apresamiento de Atahualpa. Luego, con Sebastián de Belalcázar, luchó en la conquista de Quito, y lo acompañó a pacificar la provincia de Popayán. Allí fundaron la ciudad y varias poblaciones, aportando Muñoz doce mil pesos de oro del botín de Atahualpa. Siendo Teniente de Gobernador de Belalcázar, pasó grandes peligros batallando. Enterado de que llegaba Vaca de Castro por orden del Rey, fue a recibirle al puerto de Buenaventura, donde lo halló desbaratado por el temporal (confirman lo que contaba Cieza), y le ayudó en todo lo que  necesitaba. Fundó la villa de Arma. Sabiendo que venía perseguido por Gonzalo Pizarro el virrey Blasco Núñez Vela, fue a socorrerlo. Estuvo a su lado en la batalla de Iñaquito, donde el virrey fue derrotado y muerto, teniendo él que huir. Luego se puso al servicio de Pedro de la Gasca hasta que Gonzalo Pizarro fue vencido y decapitado. Volvió después a Popayán, donde tuvo que salir a pacificar a unos indios rebeldes y murió luchando contra ellos. Sin embargo, los declarantes ocultan la parte brutal de su padre. Mató cruelmente a bastantes caciques. Es cierto que los indios de aquellas tierras eran implacables, pero consta que Muñoz fue condenado a tres años en galeras por sus frecuentes desmanes, aunque luego se suprimió la pena por el extraordinario historial de sus servicios a la Corona. Hasta el cronista versificador Juan de Castellanos ironiza en una estrofa por algo no muy honroso: Miguel Muñoz desvalijó a una anciana india que iba cubierta de joyas. Cara y cruz de todo un personaje.



martes, 11 de junio de 2019

(Día 854) Juan de Ampudia iba a pie con varios soldados. Casi todos resultaron heridos. Por ser muy grueso, los indios alcanzaron a Ampudia y lo mataron cruelmente. Sus hombres echaron el cadáver al río para que no lo comieran los nativos.


     (444) Los españoles decidieron volver a Popayán. García de Tobar estaba inquieto  porque no se veían indios por ninguna parte, y le dijo a Ampudia que convendría ir por sitios altos para evitar que les atacaran tirando pedruscos, pero no le hizo caso porque les faltaba poco para detener la marcha: “Caminaban todos con una tristeza grandísima; ni los hombres hablaban, ni los caballos bufaban, ni los perros  ladraban. Yendo de esta manera, oyose el gran estruendo de los indios, los cuales, al ver el camino que llevaban, allegaron gran cantidad de piedras crecidas, y se pusieron en lo alto. Comenzaron a lanzar muchos dardos y galgas, tantas y tan grandes, que los españoles se dividieron en varias partes. Luego bajaron los indios, y los españoles pelearon con tanto ánimo, que parecía cosa no creedera, pues, estando Dios con ellos, hacen siempre hechos tan famosos.  Después de haber matado a muchos indios, vieron que se retiraban espantados de lo que habían visto”.
     Pero algo salió mal: “Francisco García de Tobar estaba herido con tres heridas. Se habían juntado él, Juan de Ampudia y dieciséis españoles. Fueron a dar contra otro escuadrón de indios, y, aunque pelearon como lo habían hecho antes, eran tantos los enemigos, que de ninguna manera podían pasar, y les convino, para salvar la vidas, retraerse para juntarse con los de a caballo, y, cuando lo hacían, como el capitán Juan de Ampudia fuese hombre pesado en carnes, no pudo andar tanto como los otros, y alcanzárole los indios, y atravesáronle el cuerpo con muchas lanzas, de manera que murió con mucha miseria, y lo desnudaron sin le dejar más que unas calcetas de lienzo. Era Juan de Ampudia natural de Jerez de la Frontera. En esto llegaron ya los de a caballo, hicieron en los indios gran daño y ganaron lo alto. Todos los cristianos que habían ido con Juan de Ampudia estaban heridos y muy fatigados. No hubo más muertos que Juan de Ampudia, otro español, una morisca e algunos de los indios amigos que llevaban”.
     Al ver que miles de indios volvían para atacarlos, decidieron retornar a Popayán: “Antes de partir, echaron el cuerpo de Juan de Ampudia a un río para que los enemigos no lo comiesen, y, para que creyesen que seguían allí, dejaron armadas las tiendas y ataron en palos algunos perros, para que, ladrando, los indios no tuviesen sospecha de que se iban. Y tanta prisa se dieron, que, sin que los indios los alcanzaran, en una noche llegaron a Popayán, donde se hizo gran sentimiento por la muerte del bueno e virtuoso capitán Juan de Ampudia”.
      Cieza, para contar lo que él vivió al llegar a la zona de Popayán, se ha alargado en la narración hasta la muerte de Juan de Ampudia, ocurrida en 1541. Ahora retrocede algo en el tiempo. Nos recuerda que el Rey le había nombrado al vasco Pascual de Andagoya (como ya vimos) Gobernador de la zona de Río de San Juan, también situada en territorio de la Colombia actual, lo que, por sus confusos límites, traerá más compicaciones, esta vez entre Andagoya, Robledo y Belalcázar (ante los escandalizados ojos de Cieza).

     (Imagen) Nos va a hablar Cieza de los antagonismos de tres capitanes en tierras colombianas: PASCUAL DE ANDAGOYA, Sebastián de Belalcázar y Jorge Robledo. Ya he comentado algo de Andagoya, pero su vida merece una amplia biografía porque, comparado lo mucho que consiguió con lo que pudo haber logrado, entra con todo derecho en el olimpo de los gloriosos fracasados. Como la inmensa mayoría de los vascos que vivieron la enorme aventura de las Indias, fue absolutamente leal a la Corona de Castilla. A pesar de haber servido bajo el mando del brutal Pedrarias Dávila, su fe cristiana lo mantuvo siempre compasivo con los indios. Vimos anteriormente que le consiguió a un religioso sobrino suyo el permiso necesario para ir a evangelizar en las Indias. Y acabo de comprobar que hizo lo mismo con otro: en este caso, su hermano, el jerónimo fray Martín de Andagoya (los jerónimos tuvieron gran protagonismo en aquellas tierras). Cuenta Bartolomé de las Casas que Pedrarias había enviado al capitán Francisco Becerra en un gran navío con ciento ochenta hombres para buscar oro. El comportamiento de los españoles (cumpliendo las órdenes de Pedrarias) era brutal, y arruinaron en poco tiempo la buena relación que Vasco Núñez de Balboa había mantenido con los nativos. Se encontraban en la costa de Urabá (Colombia), donde los indios utlizaban veneno en sus flechas con tanta eficiacia, que mataron a Becerra y a todos sus acompañantes. Al saberlo Pedrarias por un muchacho indio que iba con ellos, decidió ir a ver si era cierto. Cuando lo comprobó, dio la vuelta, pero dejando que un grupo, bajo el mando de (nuestro conocido) Gaspar de Espinosa, siguiera en busca del oro. Con ellos iba Andagoya, y mucho más  habrá que contar de su sorprendente versatilidad, pues, entre otras cosas, redactó una crónica (la de la imagen) sobre sus arriesgadas vivencias por las Indias.



lunes, 10 de junio de 2019

(Día 853) Los indios siguieron matando ferozmente a españoles y comiendo sus cuerpos. Juan de Ampudia (que iba a morir pronto) y sus hombres les dieron un buen escarmiento. Uno de sus capitanes era Francisco García de Tobar.


     (443) En Apirimá estaba el capitán Osorio con dieciséis españoles, a solo dos leguas de donde los indios habían matado a los hombres de Añasco: “Llegaron los bárbaros, los cercaron, dieron contra ellos y comenzaron a herirlos. Osorio y los suyos no pudieron librarse de sus manos. Solamente pudo escapar un español llamado Serrano, y todos los demás fueron muertos y comidos por los indios, los cuales, robándoles todo lo que tenían, se fueron después muy alegres a sus pueblos”.
     No acabaron ahí los problemas, porque los indios  eran muy bravos, y, además, muy numerosos. Daban como seguro que los españoles tomarían represalias, y reforzaron sus posiciones, “dispuestos a morir todos o a repetir con ellos lo que habían hecho con Pedro de Añasco”. Cuando Serrano llegó a Popayán, al conocer Juan de Ampudia (gobernador de la ciudad en nombre de Belalcázar) la muerte de los españoles, determinó ir a guerrear con los indios, y salió de Popayán con sesenta hombres. Llegaron hasta el lugar en el que habían matado a Osorio. Los indios soprendieron a un soldado que se llamaba Paredes y lo mataron: “Juan de Ampudia, salió con los demás españoles contra ellos, y dieron de tal manera en los indios, que alancearon a muchos, e los españoles de a pie mataron asimismo con las espadas e ballestas otro número mayor; y tantos fueron los muertos, que un arroyo que corría por la quebrada iba de color de sangre. Los indios, espantados de cómo luchaban, volvieron las espaldas, y, por huir de los perros, que los despedazaban con sus dientes, se despeñaban por los riscos abajo muchos de ellos. Quedó el campo para los españoles, y prendieron a un cacique principal. El Capitán le aseguró la vida, le dijo que los guiase por camino seguro, y el bárbaro lo prometió”. Una multitud de indios los esperaba en lo alto de una loma, y hacia allá se encaminaron los españoles. “Cuando alcanzaron la cima, encomendándose a Dios y llamando en su ayuda al Apóstol Santiago, arremetieron contra los indios, y los indios contra ellos (siendo más de cuatro mil y los cristianos muy poquitos), y, después de que hubo la batalla durado buen rato,  quedado el campo lleno de muertos y de heridos de los indios (porque no murió sino un cristiano y heridos hubo pocos), los bárbaros comenzaron a huir, y los cristianos  quedaron tan cansados que casi no podían tenerse en sus pies”.
     Volvieron a la carga los indios al amanecer, y, con permiso de Ampudia, un capitán y varios voluntarios ejercieron de héroes: “Salió el capitán Tobar con cuarenta rodeleros e ballesteros contra los indios, e hirieron y mataron a muchos. Ellos seguían gritando y amenazando, y Tobar, mostrando su persona e rostro con autoridad, les decía: ‘Perros, yo soy Francisco García de Tobar, y conmigo y no con otros tenéis esta cuestión’. Y así, con el esfuerzo maravilloso de este capitán y con el de sus compañeros, pudieron tanto, que, después de haber matado a gran número de indios, los demás se fueron huyendo, y Tobar volvió adonde el Capitán Ampudia, el cual lo recibió muy bien”.

     (Imagen) Acabamos de ver al capitán FRANCISCO GARCÍA DE TOBAR reaccionar con soberbia y valentía frente a las amenazas de unos feroces y caníbales indios colombianos. Había nacido en Sevilla, llegó a las Indias en 1517 y luchó en la conquista de Nicaragua. Más tarde llegó a Perú con la tropa de Pedro de Alvarado, y luego se puso a las órdenes de Sebastián de Belalcázar. Salió vencedor en el mencionado choque con los indios, pero, dos años más tarde, en 1541, acabaron con su vida. Entonces residía en Popayán, de donde había sido nombrado gobernador delegado por Belalcázar al partir para España. Y lo que son las cosas: Cincuenta años después, una  nieta de Belalcázar, llamada Beatriz de Belalcázar, y un nieto de Francisco García de Tobar, llamado igual que él, fueron proganistas de un ‘culebrón’ de tanto impacto social, que nunca se ha olvidado en Popayán. El capitán  Lorenzo de Paz-Maldonado llegó a esta ciudad como hombre rico, y se casó con Beatriz de Belalcázar barriendo a sus muchos pretendientes, uno de los cuales era Francisco García de Tobar. Unos quince años después, vivieron un romance oculto Beatriz y Francisco, algo siempre peligroso, y mucho más en aquellos tiempos. Surgió la inevitable casualidad: Lorenzo los encontró amartelados al volver a su casa, sacó la espada, y el veterano capitán les dio muerte acribillándolos a cuchilladas. En un principio, Lorenzo fue condenado a muerte, pero, apelando la sentencia, quedó absuelto, quizá por el peso que tenía entonces el estigma del adulterio. Continuó gozando de su fortuna, y se casó de nuevo, esta vez con Catalina de Zúñiga, hija del capitán Francisco de Mosquera y Figueroa.



sábado, 8 de junio de 2019

(Día 852) Los terribles indios de la zona de Timaná torturaron y mataron a casi todos los españoles de una tropa. Iba mandada por el capitán Pedro de Añasco, y la muerte que le dieron a él fue lenta, sádica y espantosa.


     (442) Tiempo atrás, vimos cómo fue la muerte de Añasco y por qué. Él había matado a un cacique de la zona, y su madre, la cacica Gaitana, consiguió apresarlo y matarlo de manera especialmente sádica. Cieza deja de lado el protagonismo de esta mujer, pero sí explica muy bien la tragedia de Añasco y la brutalidad de aquellos terroríficos indios. Se enteraron de que los españoles, que habían salido de Popayán bajo el mando de Añasco, se iban acercando, “y desearon hartar sus malditos vientres de la carne humana y robarles lo que traían”. Algo le habían avisado a Añasco, pero iba excesivamente confiado. Tomó algunas precauciones, aunque escasas. Cuando detuvieron su marcha para el descanso, envió de inspección a algunos hombres: “Los indios, antes de que hubiese la claridad del día, dieron con grandísimo ruido contra los españoles que estaban velando, los mataron, y, hechos pedazos, los llevaron para comer. El capitán Pedro de Añasco, oyendo el ruido, cabalgó en su caballo con los suyos, y, animándose unos a otros, aguardaron el furor de los indios. Añasco era de crecido cuerpo e bien entendido, y de los caballeros principales de Sevilla, y, por sus pecados (expresión habitual), o permitiéndolo Dios, vino a morir de muerte cruelísima y muy indigna de tal varón”.
     Veamos el desastre: “Los indios, con gran tropel, habían ya dado contra los cristianos, y el capitán Añasco e Baltasar del Río arremetieron con sus caballos hacia ellos, pero no pudieron mostrar su fuerza frente a tanta lancería como pusieron a los rostros de los caballos. El otro de a caballo quedó muerto, y el  capitán Añasco, que salio herido y con el caballo desenfrenado, tornó a arremeter con su ensangrentada lanza, y cargaran tantos sobre él, que, después de haberle matado el caballo, lo tomaron vivo. Los demás españoles fueron todos muertos de heridas espantosas, y, a otros que cayeron heridos, de presto los desollaban vivos, y a otros les sacaban los ojos y las lenguas, y los empalaban por las partes inferiores”. Solamente pudieron escapar dos españoles llamados Cornejo y Mideros. Habían peleado valientemente, y consiguieron salir corriendo de aquel infierno, “anduvieron cuatro días sin comer, si no era algunas hierbas, los siguieron, y los cercaron muchas veces, y, siendo Dios servido, pudieron llegar hasta Timaná”. Otros cuatro españoles que habían salido a comprobar la situación fueron atacados cuando estaban durmiendo. Tres pudieron marcharse espoleando los caballos, pero a su capitán le alcanzó la fatalidad: “Pedro de Guzmán había maniatado el suyo, y, como no le dieron tiempo para soltarlo, fue muerto de las muchas lanzadas que le dieron”.
    Cieza detalla luego el horrendo destino de Pedro de Añasco: “Los indios lo tenían vivo, y lo llevaban por la provincia para que en todas las plazas y mercados fuese visto, diciéndole mil denuestos y haciendo en la persona del esforzado capitán mil martirios. Le mataron con muerte larga y cruel, porque un día le cortaban un brazo, y otro le sacaban un ojo, y en otro le cortaban los labios, y así se fue consumiendo el ser que tenía de hombre, hasta que se le acabó la vida y fue sepultado en el vientre de los que le mataron”.

     (Imagen) Es dramático que PEDRO DE AÑASCO apenas haya dejado rastro de su importante actividad como capitán en Colombia, y, sin embargo, sea considerado, por su horrenda muerte, como un símbolo de la reacción indígena contra la ocupación española. En PARES solo veo dos registros que lo mencionan. Uno señala que era sevillano (ya lo dice Cieza), y que partió hacia México, en 1527, con el importante Gobernador de Yucatán Francisco de Montejo. En el otro, fechado en 1539, Carlos V le escribe a Belalcázar recomendándole como capitán a Pedro de Añasco. En mala hora, porque, un año después, Añasco entraría en las crónicas como uno de los españoles que sufrieron muertes atroces. Pedro de Añasco fundó la ciudad de Timaná, pero, para conseguirlo, quemó vivo por rebelde al cacique principal, Timanco. Era un inhumano medio para lograr un fin. Los indígenas, liderados por la brava cacica Gaitana, madre del abrasado, reaccionaron con furia incontenible, atacaron a los españoles y mataron a casi todos. Pedro de Añasco tuvo la mala suerte de que lo cogieran preso, porque lo torturaron con refinado sadismo, gozando de su venganza morosamente mientras su cuerpo resistiera vivo. Fray Pedro Simón describió su espantosa situación: “Gaitana mandó sacarle los ojos. Luego ella misma le horadó por debajo de la lengua, metió una soga y, dándole un grueso nudo, lo llevaba tirando de ella de pueblo en pueblo, celebrando todos la victoria, hasta que, habiéndosele hinchado el rostro con mostruosidad y desencajado las quijadas por la fuerza de los tirones, viendo que se le acercaba la muerte, comenzaron a cortarle las manos, los brazos, pies y piernas por las coyunturas, y las partes pudendas, todo lo cual lo sufría el esforzado capitán con paciencia cristiana ofreciendo a Dios su muerte”.



viernes, 7 de junio de 2019

(Día 851) Un orgulloso cacique, huye de los españoles y se suicida. Los soldados llegaron hasta Buriticá y se volvieron a la zona de Arma, donde de nuevo se rebelaron los indios, siendo muy duramente reprimidos.


     (441) Pero ocurrió algo que pone en evidencia la trágica situación de verse ocupado por los españoles: “El cacique que estaba preso envió a una mujer vieja a traer oro, la cual trajo al otro día unos dos mil pesos, de lo cual nos asombramos. Dijo el cacique que tenía más oro enterrado y que quería ir a sacarlo, y le rogó al Capitán que le diese algunos españoles que fuesen con él, lo cual hacía con intención de huir si pudiese. El Capitán ordenó a ciertos españoles que fuesen con él, e, llegando a unos riscos muy grandes, aborreciendo el vivir en poder de los españoles, determinó matarse, e así, con ánimo de bárbaro e gentil, se arrojó por aquellos riscos abajo, y fue dejando los sesos por las piedras, de manera que, cuando llegó a lo bajo, ya su ánima estaba en el infierno”. Resulta impresionante, no solo lo ocurrido, sino también la rigidez religiosa de la época, tan intensa en Cieza. Esa forma de ver la realidad tuvo otra parte buena: consiguió suavizar en alguna medida la crueldad típica de las ocupaciones militares.
     Lo siguiente que le ordenó Robledo a Rodríguez de Sosa  fue que siguiera con cincuenta hombres la ruta del río grande hacia el Atlántico para descubrir nuevos territorios. Llegaron a poblados  que Cieza cita con sus nombres, algunos puestos por los españoles: Pascua (lugar encontrado el día de Pascua), Cenufara, Pobres y provincia de la Loma de Maíz. Para orientarnos, nos sirve saber que ese río grande es el Magdalena, por cuya orilla habían venido descendiendo desde el inicio de su expedición. Habla Cieza del final del viaje con una indicación muy precisa: “Llegaron hasta Buriticá, desde donde dieron la vuelta a la provincia de Arma porque se supo que no había más poblados hasta muy lejos de allí”. Buriticá sí figura en los mapas actuales, y se encuentra a unos 50 kilómetros de la Medellín colombiana.
     Pero los indios de Arma volvían a pensar en atacar a los españoles. Robledo decidió abandonar la zona “dejándola tan de guerra como al principio, cuando llegamos”. La despedida fue, una vez más, cruel: “Cuando ibamos a partir, algunos indios se pusieron en lo alto de nuestro real”. Robledo, con engaños de paz, consiguió que descendieran: “A todos los que vinieron, el Capitán los encerró en unas casas, y allí mandó a los españoles que les diesen heridas y les cortasen las manos, y así se acuchillaron a más de treinta, y murieron otros tantos, y luego los enviaron a sus pueblos”. En su camino de vuelta, pasaron nuevamente por Pozo, “prendiendo el Capitán en aquellas provincia a ciertos caciques principales, y quemando a uno de ellos por causa bien liviana”. Se diría que toda la tropa de Robledo andaba desquiciada por la agresividad de los indios. También Belalcázar disculpó ante el Rey sus excesos diciendo que los indios de aquellas tierras eran especialmente brutales, aunque quizá la excusa fuera exagerada. Cieza, que nunca pecaba de fabulador, nos va a hablar de dos capitanes que tuvieron terribles muertes a manos de esos indios: “Dejaré esto porque es necesario contar la manera en que fueron muertos los capitanes Pedro de Añasco y Juan de Ampudia”.

     (Imagen) Voy a dedicar esta imagen a JUAN DE AMPUDIA, puesto que Cieza lo menciona. Tenía fama de ser extremadamente duro con los indios (en algún momento, quemó vivo a un cacique), pero veremos pronto que el cronista lo califica como ‘capitán bueno e virtuoso’. Es posible que solo lo diga en el sentido de competente y valeroso. Hay dos factores que pudieron convertirlo en implacable: haber tenido como jefe en Nicaragua al sanguinario Pedrarias Dávila, y el hecho de que los indios que le tocaron como rivales en Colombia fueran especialmente crueles. Tampoco hay que olvidar que estuvo durante varios años por la zona de Quito al servicio de otro duro conquistador, Sebastián de Belalcázar. Figura Ampudia entre los fundadores de la ciudad de Quito, donde ejerció como Alcalde, y era, sin duda, uno de los mejores capitanes de Belalcázar, quien, al parecer, les confiaba a él y a Pedro de Añasco las misiones más importantes. Los dos murieron en 1540 a manos de los indios pijaos, y, por crueldad natural o por acumulada sed de venganza, los mataron brutalmente. Cieza comenta que Ampudia era muy grueso, algo raro entre aquellos enjutos conquistadores, y que, ya muerto, lo echaron al río sus hombres para que los indios no comieran sus abundantes carnes. A una de sus fundaciones le puso el nombre de Ampudia, pero ha vuelto a ser vencido por la revancha indigenista: ahora se llama Jamundi, en honor a un notable cacique. Aunque nació en Jerez de la Frontera, su origen familiar estuvo en Ampudia (Palencia), sorprendente y poco conocido lugar, que, además, está cuajado de historia. Conserva una maravillosa colegiata, un impresionante castillo y un monasterio de monjas cistercienses. ¿Quién da más?



jueves, 6 de junio de 2019

(Día 850) Los indios admiraban a los españoles, pero superaban su miedo y atacaban. Normalmente terminaban por rendirse ante su poderío. Cieza iba en aquella expedición. Vieron zonas donde el oro abundaba. Prendieron a un hermano del cacique Maytama.


     (440) Tuvo noticias Robledo de que, cerca de allí, estaba la zona de Arma (que, según Cieza, era la más extensa, poblada y rica de Perú, con abundancia de oro). Con intencion de pacificarla y fundar una nueva ciudad, se puso en marcha acompañado de sus hombres, de algunos caciques de Paucura y de muchos indios. Es un claro ejemplo de que en las campañas de Perú, Ecuador y Colombia, como ocurría con frecuencia en las Indias, muchos pueblos nativos se asociaron a los españoles para poder vencer a sus propios enemigos locales. El cronista también nos informa, por propia experiencia, del habitual efecto que causaban los rumores que, por primera vez, les llegaban a los indios: “Ya sabían todos los pueblos de aquella gran provincia que llegaban los españoles, y engrandecían nuestros hechos diciendo que, de un golpe de espada, hendíamos a un indio; y lo que más les espantaba era oír de la manera que la saeta salía de la ballesta, y la furia tan veloz que llevaba, y de los caballos admiraban también su ligereza”.
     No obstante, venciendo su miedo, los indios decidieron probar fortuna atacando: “Llegando a la vista de una cumbre, oímos gran ruido de muchos tambores y bocinas, pues, tras esconder sus haciendas y poner en lugar seguro a sus mujeres e hijos, acordaron salir a hacer apariencia de guerra. El Capitán Robledo mandó que todos se pusiesen en orden con sus armas, y empezamos a caminar hacia ellos. La grita de los indios crecía, y nosotros, sin darnos mucha prisa, seguíamos avanzando. Aunque procuraron espantarnos con su estruendo, y echaban rodando por la sierra abajo crecidas piedras, no bastó, porque el valor de los españoles es tan grande, que no teme a ninguno de los del mundo, y así, a su pesar, llegaron a lo alto e hicieron huir a los indios”. Siguieron tras ellos y mataron a algunos, pudiendo comprobar que trabajaban el oro: “Vimos que estaban adornados de muy hermosas piezas de oro, con bandas de este metal, plumajes, coronas e grandes patenas, y hasta se vieron algunos indios armados de oro de pies a cabeza. Nos aposentamos en dos casas, muy alegres de ver que Dios, nuestro Señor, era servido de depararnos tierra tan rica y bien poblada, para que, siendo por nosotros descubierta, fuera su nombre adorado y el sacro Evangelio predicado”.
     Partieron al día siguiente, y se repitió la escena en otros poblados. Consiguieron doblegar a más indios, y, en un punto determinado, Robledo le encargó a Hernán Rodríguez de Sosa que fuera  con gente hasta el pueblo de Maytama, ‘la capital’ del entorno, donde residía el cacique más importante (llamado  Maytama), y que lo apresara: “Hallaron a los indios a punto de guerra, e, dando en ellos hasta que era de día, los hicieron huir, y prendieron a un hermano de Maytama. La espesura de los maizales era tan grande, que los indios pudieron escapar con todo el oro”. Llegó entonces Robledo con el resto de la gente, y la mayoría de los indios de aquella comarca siguieron con sus dudas: paz o guerra. En ese momento hubo una oleada de indios y caciques que venían de todas partes con actitud amistosa y abundantes regalos de objetos y adornos de oro.

     (Imagen) Veamos más datos que amplían, confirman y corrigen algunas cosas que  anoté en la imagen anterior. JORGE ROBLEDO estuvo muy poco tiempo casado con MARÍA DE CARVAJAL, solamente dos años, pero su apoyo fue decisivo para que saliera bien librado del juicio al que le sometieron en España, e incluso,  ya fallecido, para que se condenara a muerte a Belalcázar por haberlo ejecutado. Cuando Jorge volvió a las Indias con María tras haberse casado en Úbeda (Jaén), las rivalidades entre los dos capitanes fueron inevitables. Los intentos de negociación de Robledo, ofreciéndole a su contrario que casara a alguno de sus hijos con familiares de su esposa, resultaron inútiles. Hubo pelea, y perdió Robledo la batalla y la vida. Resulta que Francisco Briceño, el tercer marido de María, era hermano del segundo, el también fallecido Pedro Briceño, y, a su vez, quien fue encargado por el Rey de llevar a cabo la investigación de las acusaciones que ella había hecho contra Belalcázar  por ejecutar a Jorge Robledo. Salta a la vista que la mano oculta de tan corajuda dama tuvo que influir para que el sospechoso saliera malparado en el informe final, lo que le costó una pena de muerte (que no llegó a sufrir porque falleció inesperadamente). Belalcázar había ejecutado a Robledo junto a tres de sus capitanes. Uno de ellos era HERNÁN RODRÍGUEZ DE SOSA (del que he hablado recientemente). Tan gran capitán ha dejado un romántico recuerdo  en Sonsón (Colombia), casi el único que de él queda (salvo en las viejas crónicas). Se tata de un sencillo teatro (el de la imagen) que lleva el nombre de ITARÉ, una princesa indígena tan enamorada de Hernán, que, por evitar tener que casarse con un importante cacique, prefirió morir ahogada en un río al que la arrojaron como castigo.





miércoles, 5 de junio de 2019

(Día 849) Los indios amigos comían la carne de los enemigos muertos (Cieza era testigo). Los nativos derrotados pidieron las paces, pero, en otro incidente, se les castigó de nuevo brutalmente.


     (439) Cieza añade luego: “Ya no había en el peñol ningún indio, y fueron muertos más de trescientos. El Comendador Rodríguez de Sosa se volvió con los cristianos al real. Los indios amigos, teniendo por buena pascua aquella, hicieron más de doscientas cargas de carne humana, y con ello y con los indios vivos se volvieron al real, yendo comiendo lo tierno, corazones crudos y tripas. Enviaron grandes presentes de aquella carne a sus pueblos, y, a los que quedaban vivos, haciéndoles bajar la cabeza, les daban con porras en los colodrillos y así los mataban. Y la única reprensión que tenían de nosotros (esto sí lo vio Cieza en el Real) era reírnos de ver lo que hacían, y preguntarles si les sabía bien aquella carne. Yo vi que trajeron más de veinte ollas, y las llenaron todas con aquella carne, y entre todos la comieron, enviando las cabezas a sus pueblos. Tiempo vino en el que, permitiéndolo Dios, hicieron más daño que este en ellos los indios de Pozo, como diremos más adelante”.
     Todos los indios de aquellos territorios quedaron impresionados y temerosos por la reacción de los españoles. Llegaron luego con regalos, les pidieron disculpas, solicitando una paz permanente, y el Capitán Jorge Robledo, que ya se había recuperado de sus heridas, los recibió  amistosamente. Pacificada la zona, Robledo y los suyos salieron de la zona de Pozo, contando con muchos indios voluntarios para llevar el fardaje. Los caciques de Carrara y Picara se volvieron con sus guerreros a sus tierras.
     Llegaron Robledo y su tropa a Paucura, cuyo principal cacique, Pimaná, era tabién mortal enemigo de los de Pozo, por ser él de las mismas costumbres y lengua que los de Picara. Recibió a los españoles regalándoles muchos suministros. Entonces ocurrió de nuevo un incidente de poca importancia con los Pozo que provocó una reacción tremenda por parte de Jorge Robledo. Algo que a Cieza le produjo un gran disgusto, quizá, sobre todo, porque siempre apreció y admiró a su Capitán. Sin duda, lo decepcionó: “Después de haber llegado toda la gente, un soldado que se llamaba Mirando, dijo que los indios de Pozo le habían hurtado ciertos puercos, lo cual no era pecado tan grande como para que se catigase con la crueldad que ahora diremos. Oído por Robledo, mostró muy gran enojo, diciendo que los indios de Pozo no guardaban la paz con él asentada. Por lo cual, como amigos fingidos, quería castigarlos, y mandó a su alférez, Suer de Nava, que, con cincuenta españoles, se partiese a Pozo e castigase el hurto que habían hecho. Al saberlo los naturales de Paucura, les pareció coyuntura grande para hacer en los de Pozo el daño que pudiesen, juntándose más de tres mil paucureños”.
     Al llegar allí, los españoles les dejaron actuar ‘a su estilo’, y la masacre fue espantosa: “Comenzaron a hacer gran daño en los pobres naturales, quemándoles sus casas y arruinándoles sus pueblos. E, para que el pecado fuese mayor, mataron más de doscientas ánimas, y, en pedazos, como si fueran cuartos de carnero o piernas de vaca, lo llevaron a su provincia. Y, ciertamente, era  cosa extraña ver que, en hombres racionales, hubiese tan gran gusto por comer la humana carne, pues, por tenerla, no había paz entre los padres con los hijos ni los hermanos. Después de que Suer de Nava hubo hallado los puercos, volvió a Paucura”.

     (Imagen) Hubo alguien muy importante en la vida del Mariscal Jorge Robledo (era su título): su mujer, MARÍA  DE CARVAJAL Y MENDOZA. Lo que no quiere decir que fuera perfecta. Dejó fama de altiva y dominante (tanto que la llamaban la Mariscala), pero, precisamente por esas características, consiguió muchas cosas para su marido buscando influencias a altos niveles. Como Robledo, ella era también nacida en Úbeda (Jaén). Puesto que nació hacia 1525, tuvo que ser unos veinte años más joven que él. Todo indica que el matrimonio no tuvo descendencia, ya que ninguno de los hijos de María figura con el apellido Robledo. Cuando Belalcázar ejecutó malévolamente a su marido, reaccionó como la luchadora que era, y consiguió que, tras un largo pleito, Belalcázar fuera condenado a muerte, pero no llegó a aplicársele porque falleció cuando se dirigía a España para apelar la sentencia. Aunque había en las Indias muchas viudas de conquistadores porque la profesión era mortífera, las españolas o criollas volvían a casarse con facilidad. María, muerto Robledo, iba a repetir dos veces. Vimos anteriormente un documento en el que María de Carvajal pedía justicia por la muerte de su marido. En el de la imagen que muestro ahora (del año 1549), el Rey toma nota de su reclamación y ordena que se investiguen los hechos. Hay en el escrito un detalle curioso. El segundo marido de María fue Pedro Briceño, Tesorero de la Hacienda Real en las Indias. El matrimonio duró solo cuatro años porque Pedro, que también era militar, murió  en 1552 luchando en la zona de Santa Marta (Colombia). En el mencionado escrito, a quien confía el trabajo el Rey es al oidor Francisco Briceño. Pues bien:  cinco años después se convirtio en el tercer marido de  María. Ella murió hacia 1573 en Bogotá.



martes, 4 de junio de 2019

(Día 848) Cieza, con harto dolor, manifiesta su vergüenza por la terrible carnicería que se hizo con los nativos que hirieron gravemente a JORGE ROBLEDO, en los que se ensañaron especialmente los indios amigos.


     (438) La venganza de los españoles iba a ser terrible, y Cieza, siempre tan honrado y tan deseoso de contar estrictamente la verdad, la buena y la mala, entra en detalles descargando su conciencia: “Costumbre mía es loar los buenos hechos de los capitanes y gentes de mi nación, pero también la de no perdonar las cosas mal hechas, para que no se crea que, por afecto a alguno de ellos, no he de contar sus yerros. Yo vi esta conquista e guerra, y, si bien tuve a Robledo el amor que todos le tenían, y aun más porque en aquel tiempo yo iba a su casa, cuento la verdad purísima. Muchas cosas pasaron que dejo de decir por hallarme tan cansado de tratar lo que ocurrió en aquellas tierras. Aunque, como digo, desease tanto el honor de Robledo, no dejaré de decir que se hizo en esta provincia de Pozo una de las mayores crueldades que se han hecho en estas Indias, y fue que, porque aquellos malaventurados indios hirieron a Robledo, les cobraron tanto odio, que los que iban a hacer el castigo llevaban voluntad de no perdonar la vida a ninguno”.
     Y cuenta lo que pasó: “Al ser desbaratados los indios, el cacique principal se fue muy turbado a las orillas del río grande con sus mujeres e principales, y otros de sus capitanes se fueron a guarecer en un peñol fortísimo. Allí se recogieron más de mil personas, hombres, mujeres y niños. Los cristianos que iban con el Comendador Hernán Rodríguez de Sosa le dieron aviso de cómo se habían encastillado”. Se dirigieron hacia ellos, y los nativos, viendo tantos soldados, se desmoralizaron. Los indios amigos hicieron un cerco por la parte de abajo, y los españoles subieron a la cima del peñol.
     Lo que ocurrió después lo describe Cieza con horror: “Los cristianos, por la parte alta, les echaron los perros, los cuales eran tan fieros que con sus crueles dientes abrían a los pobres hasta las entrañas. No era pequeño dolor ver que, por luchar contra los que venían a quitarles las tierras, los tratasen de aquella manera. Y los muchachos, espantados de ver el estruendo, eran hechos pedazos por los perros, y, en su huida, se despeñaban por aquellos riscos. Si escapaban de aquel peligro, se veían en otro mayor, que era caer en poder de sus vecinos, los de Carrapa y Picara, pues los trataban con más crueldad, porque no dejaban mujer que no matasen, y a los niños los tomaban por los pies, y daban con sus cabezas en las peñas, y rápidamente, como dragones, se los comían crudos a bocados; a la mayoría de los hombres que tomaron, los mataron, y a otros los llevaban presos con las manos atadas”.
     Cieza no comenta si él participó en aquella horrenda batalla, ni tampoco aclara del todo si, por estar Robledo ausente y malherido, pudo no tener responsabilidad en la masacre. En el párrafo siguiente solo se refiere a la mala actuación de los capitanes que iban al mando, a los cuales, de alguna manera, maldice, incluyendo a Robledo indirectamente: “Baltasar de Ledesma y el comendador Hernán Rodríguez de Sosa lo hicieron aquí de tal manera, que es de creer que, por este pecado, andando el tiempo, hubieron de morir en este mismo pueblo, siendo estos y el Capitán Robledo comidos por los mismos indios”.

     (Imagen) JORGE ROBLEDO nació en Úbeda (Jaén) hacia el año 1500, y murió, injustamente ejecutado por Sebastián de Belalcázar, en 1546: era un competidor demasiado valioso. Hizo grandes cosas, y, de seguir viviendo, habría logrado muchas más. Antes de llegar a las Indias, estuvo luchando en las guerras de Italia, y luego batalló bajo las órdenes del gran Pedro de Alvarado en México y Guatelama. Se supone que fue con él como llegó luego a Perú, poniéndose después al servicio de Belalcázar (capitán de Pizarro) en la zona de Quito. Era muy joven el cronista Pedro Cieza de León cuando se incorporó a las expediciones de Jorge Robledo, quien pronto le tuvo un gran afecto porque vería en él la calidad humana y la inteligencia que muestra en sus escritos. Afecto recíproco, pues Cieza lo admiró en gran manera, sin que fuera ciego a sus circunstanciales abusos con los indios. Hay un documento en el que el Oidor Villalobos le denuncia ante el Rey (Robledo estaba en España). Del texto se desprende que, al menos en teoría, no eran hechos legalmente admisibles. Resumo lo que dice: “Estaba poblada la tierra de indios pacíficos, y Jorge Robledo, por fuerza, les tomó mucho oro y provisiones sin pagárselo, y les hizo daños e injurias, y tomó más de cien indios y los trajo atados y encadenados para que les trajesen las cargas, por los cuales malos tratamientos murieron casi todos los indios, lo cual fue perdición de toda la tierra, porque, habiendo estado ellos pacíficos, se alteraron y pusieron en guerra, negando servicio a Dios y a Vuestra Majestad”. Al parecer, las acusaciones no fueron probadas. Robledo quedó absuelto, volvió con gandes poderes a las Indias, y fue asesinado por Belalcázar, amparándose, para no admitirlos, en tramposos argumentos legales.



lunes, 3 de junio de 2019

(Día 847) Jorge Robledo recibe una herida muy grave de flecha. Todos estaban sumamente preocupados porque en aquel tiempo Robledo era muy querido. Poco a poco, fue mejorando.


     (437) Continúa Cieza su relato: “Los españoles le fueron siguiendo al Capitán Robledo, y, llamando al apóstol Santiago, comenzaron a herir a los enemigos, que tiraban muchos dardos. El Capitán dio una adarga que llevaba (escudo de cuero) al trompeta porque le vio ir sin defensa, y, tomando una ballesta, mató a tres o cuatro indios. Al ver el daño que les había hecho, uno de los indios le apuntó con un dardo e le acertó en la mano diestra, e se la pasó de una parte a otra. Y, bajándose para no perder su lanza, le arrojaron otro dardo e le acertaron por las espaldas, entrándole más de un palmo. Los españoles hicieron huir a los indios y ganaron el alto, pero el Capitán estaba muy acongojado por las heridas, tanto, que todos creímos que muriera. Y, ciertamente, para lo que luego vivió, habiendo de venir a morir en ese mismo lugar, le habría sido mejor, porque, al menos, no careciera su cuerpo de sepultura, ni fuera comido por los indios, como lo fue por la gran crueldad de los que le mataron”.
     Es cosa sabida (y a su tiempo veremos cuándo y por qué) que Belalcázar y algunos capitanes suyos “mataron con gran crueldad a Jorge Robledo”, pero Cieza añade que los indios comieron su cuerpo muerto. Y así fue. Después de asesinarlo Belalcázar y los suyos, con muy dudosas justificaciones (entre ellos estaba el luego último de los rebeldes, Francisco Hernández Girón), marcharon del lugar, pero, conociendo que era zona de caníbales, enterraron su cuerpo. De nada sirvió la precaución, porque los indios lo desenterraron más tarde para dar rienda suelta a su brutalidad, que quizá tuviera un sentido vengativo y ritual.
     Los españoles pasaron lo noche en unas casas donde había muchos ídolos de madera, que les sirvieron como leña para calentarse, mientras que, por su parte, “los indios amigos mataron a algunos de los enemigos, a los cuales comieron aquella noche”. Robledo se encontraba muy mal: “Estaba tan acongojado que verdaderamente creímos que se muriera, de lo cual todos mostrábamos notable sentimiento porque verdaderamente en aquellos tiempos Robledo era tan querido por su bondad, que le tenían respeto como a padre. Y así, de noche, el alférez Melchor Suero de Nava, el padre Francisco de Frías, natural de Castro Nuño, Álvaro de Mendoza, Antonio Pimentel, Pedro de Velasco, Giraldo Gil de Estopiñán y otros de los pincipales que allí estaban, dormían con él sin salir de la casa donde estaba. Y tanto odio se tomó a los indios de Pozo  por lo que le habían hecho, que el comendador Hernán Rodríguez de Sosa salió con sesenta españoles y más de cuatro mil  indios amigos a buscar a los enemigos, que se habían hecho fuertes en un peñol, sobre unas rocas, y procurar  matar a cuantos enemigos pudiesen. Los de Carrapa e Picara estaban alegres por ver que sus temidos enemigos estaban en tanta calamidad. Cuando partió el Comendador con los españoles, Dios fue servido de que el Capitán Robledo fuese mejorando de la herida, de lo que no poco contento teníamos todos”. Cieza, testigo presencial, nos deja bien claro que sus soldados lo apreciaban en gran manera.

     (Imagen) Vendrá bien hacerle ya una breve reseña al cacereño FRANCISCO HERNÁNDEZ GIRÓN, puesto que, con el tiempo, va a resultar fatal para Jorge Robledo y tres de sus capitanes. Sus hechos demuestran que fue un líder nato, valiente, luchador, soberbio e implacable. Tras convertirse en el hombre que más influía en el ya de por sí brutal Sebastián de Belalcázar, le convenció para que los ejecutara. Su actividad fue siempre impresionante, y su deslealtad, también. Sigamos sus ‘alegres pasitos’: LLegó con Aldana a Quito para frenar a Belalcázar, a cuyas tropas se unió pronto. Luego, dado a ciertos vaivenes, intervino en las guerras civiles con fidelidad a la Corona. Estando al servicio del virrey Blasco Núñez Vela, fue derrotado y hecho prisionero por Gonzalo Pizarro, a quien, a pesar de haberle perdonado, también lo abandonó para ponerse bajo las órdenes de Pedro de la Gasca, el reprentante del Rey. Entonces batalló contra Gonzalo hasta derrotarlo en Jaquijaguana, causa de la muerte del último de los Pizarro. Más tarde, cometió la mayor insensatez de su vida: encabezó una rebelión que se oponía a las llamadas Leyes Nuevas (recortaban los privilegios de las encomiendas de indios que se otorgaban a los  españoles). Era un empeño imposible. Ya no estaba el gran La Gasca, que tanto lo apreció y que le había recompensado por sus servicio a la Corona. Pero, a pesar de su preocupante ausencia, los funcionarios de la Real Audiencia de Lima fueron capaces de preparar un ejército que derrotó a la temible tropa (900 hombres) de FRANCISCO HERNÁNDEZ GIRÓN. Fue ejecutado a finales del año 1554. A su madre y a su mujer les quedó dinero suficente para fundar un convento y recluirse de por vida en él.



sábado, 1 de junio de 2019

(Día 846) Robledo y los suyos (incluido Cieza) iban al encuentro de los temibles indios pozos. Los indígenas amigos querían castigarlos, pero, en cuanto oyeron su griterío, se amedrentaron. Jorge Robledo va a tener un percance grave.


      (436) Solucionado el problema, Jorge Robledo les hizo prometer a todos los indios que no iban a pelear de nuevo entre ellos. Cieza, con justo orgullo, habla del beneficio que le tocó: “El cacique Ancora y otros principales se me dieron a mí en encomienda cuando se hizo el repartimiento, como conquistador que soy de aquellas tierras, y el Capitán tomó posesión de ellas en nombre de Su Majestad y para la Corona de Castilla”. Partieron después hacia un lugar llamado Pozo, donde los nativos eran especialmente peligrosos: “Son estos indios los más valientes que hay en todas las Indias de Perú. Siempre tienen sus armas en la mano, eran temidos de todos sus comarcanos, y con ninguno querían tener paz. Andan desnudos, lo mismo que sus mujeres. Cuando tuvieron noticia de nuestra estancia en Picara, confiados en la fuerza de sus brazos, teniendo en poco a los españoles, y después de haber hecho grandes sacrificios a sus dioses, se juntaron en una cumbre más de seis mil de ellos para defender el paso”.
     Cieza nos revela algo que tuvo que ser habitual en las campañas de Indias, la colaboración de indios amigos en las batallas: “Partimos, como digo, de Picara, viniendo con nosotros más de cinco mil indios de aquella provincia, y los principales caciques, todos con gran voluntad de asolar la provincia de Pozo e de matar a los naturales de ella”. Envalentonados por contar con la fuerza y la eficacia de los españoles, aquella era la ocasión de su vida para poder vengarse de terribles enemigos a los que nunca pudieron vencer. Comenta Cieza que iban casi como de excursión, descuidados y  disfrutando del paisaje, pasando por una tierras tan ricas en oro que serían maravillosas “si los indios no se comieran los unos a los otros”. Da nombres de los que iban por delante con Robledo: los capitanes Álvaro de Mendoza, Antonio Pimentel, Suer de Nava, Giraldo Gil de Estopiñán, el trompeta Francisco de Cuéllar y el clérigo Francisco de Frías, “y entonces oyeron el ruido que hacían los bárbaros”. Ante el inminente ataque, Robledo mandó rápidamente aviso con varios soldados (uno era Cieza) a la caballería que venía detrás. Los indios seguían gritando: “Nos llamaban umes, que quiere decir mujeres, y otras palabras más feas”. Recordemos que Cieza se intereseba en las lenguas nativas.
     Va a resultar gravemente herido el capitán Jorge Robledo. Merecerá la pena seguir de cerca lo que cuenta Cieza, por el dramatismo de la escena, y es en esta ocasión cuando da a conocer lo que vimos en el texto de la imagen anterior: el triste destino de los cuerpos de Jorge Robledo y sus tres principales capitanes (aunque a estos no los menciona) después de haber sido ejecutados por Belalcázar. Los indios amigos, que con tanto entusiasmo se habían apuntado a luchar junto a los españoles contra los enemigos, ‘se arrugaron’ en cuanto vieron la fiereza de los contrarios: “Los indios de Carrapa y Picara, aunque pasaban de cinco mil, iban tan medrosos y con tanto miedo de los de Pozo, que casi no osaban hablar. Los nuestros llegaron a un paso bien difiultoso de la sierra, y el Capitán Jorge Robledo, con mucho esfuerzo y ánimo de varón, hirió con las espuelas al caballo, e a pesar de los enemigos, llegó casi a la cumbre”.  Y fue entonces cuando le pudo costar cara su osadía.

     (Imagen) Cieza menciona al Capitán GIRALDO GIL DE ESTOPIÑÁN. Nombre tan sonoro despierta la curiosidad, y la investigación aporta datos soprendentes. En el archivo PARES hay un expediente que se refiere a una reclación hecha por su madre, Inés García Franca. En el documento de la imagen (año 1553) dice que es la viuda de Bartolomé de Estopiñán, y reclama una escritura en la que consta que Sebastián de Belalcázar fue condenado a devolverle a su hijo, GIRALDO GIL DE ESTOPIÑÁN (que aún vivía),  muchos pesos de oro que le quitó violentamente. He visto que los ESTOPIÑÁN fueron muy importantes en Cádiz y en Jerez de la Frontera. Digamos también algo del capitán BARTOLOMÉ DE ESTOPIÑÁN, padre de Giraldo (versión antigua de Gerardo). Fue un gran militar en la conquista de Granada y en la de Tenerife, las isla canaria. Por defender los intereses del Duque de Medina Sidonia, Bernardo bombardeó su propia Ciudad, Cádiz, y se vio obligado a trasladar su residencia a Jerez. Allí se casó con Inés y tuvieron su descendencia. Consta que, el año 1534, dos de sus hjos, Giraldo y un hermano suyo, partieron para las Indias. Seguro que llevaban en la sangre el espíritu luchador de sus antepasados. Por orden de Jorge Robledo, Giraldo fundó en Colombia una población en el Valle del Cauca (Colombia),  a la que le puso el nombre de su lugar de origen, Villa de Jerez, aunque, con el tiempo, se cambió por el de Buga (actualmente con más de 100.000 habitantes). Aparece en los archivos que, en 1563, Juana de Lezcano, viuda ya de Giraldo Gil, defendió, como tutora de su hijo Giraldo Gil, los derechos que tenía a una encomienda de indios. Con el tiempo, el nombre GIRALDO se ha convertido en un apellido bastante frecuente en Colombia.