miércoles, 17 de abril de 2019

(Día 807) Don Alonso Enríquez de Guzmán parte para España. Hernando Pizarro, tras comunicar a Pizarro la ejecución de Almagro, va al encuentro de Candía para neutralizar el motín que allí se preparaba (gran preocupación de los cabecillas al saberlo).


     (397) Veamos un párrafo de la carta que le había enviado el Rey a Enríquez: “Don Alonso Enríquez de Guzmán: por cuanto conviene que salgáis de esa tierra en el primer navío que viniere a estos reinos de España, ponedlo pronto por obra, quedando advertido de que, si así no lo hicierais, mandaré traeros preso”. Cumplió la orden, y, en cuanto llegó a España, lo apresaron por viejas denuncias. Gracias a sus habilidades e influencias del más alto nivel, superó este episodio. Como no podía ser de otra manera, su vida siguió siendo aventurera, y contada con el mismo peculiar estilo. Nadie sabe cómo murió, pero lo más probable es que terminara luchando con alta graduación militar en las guerras de Flandes. Abandonamos en este punto su sabrosa autobiografía, pero, puesto que más adelante menciona sus diferencias con Hernando Pizarro en España, y aporta también algunos datos de las guerras civiles de Perú, volveremos a escuchar sus palabras.     
     Dejando ya atrás el trágico episodio de la ejecución del ‘sin ventura’ Diego de Almagro, lo que toca ahora es continuar por la horrible senda de las guerras civiles de Perú. Conocida la de las Salinas, entraremos enseguida en la de Chupas. Pero Cieza aplaza un poco el tema, según su costumbre de narrar acontecimientos simultáneos para que tengamos una visión global de aquel puzle. La situación no podía ser más inquietante para todos los protagonistas, y quien, sin duda, estaba soportando mayor tensión era Hernando Pizarro, como metido en un polvorín que podía volar de un momento a otro. Al ejecutar a Almagro, no solo había mostrado la fuerza que le daba la rabia, sino también la osadía propia de un gran capitán, puesto que ya contaba con las graves consecuencias. Y sabía qué era lo más apremiante. No se lo pensó dos veces: “Escribió cartas al Gobernador, su hermano, dándole cuenta de lo ocurrido, y procuró hacer amigos suyos a los capitanes Juan de Saavedra y Vasco de Guevara, así como a otros principales de los que habían estado con Almagro en Chile. Sabiendo que Pedro de Candía estaría ya cerca, salió del Cuzco  a su encuentro con más de cuatrocientos españoles de a pie y de a caballo, diciendo que llevaba tanta gente para que no se pusiesen en armas en el Cuzco los de Almagro por haber sido ejecutado. Todos creyeron que esa era la causa”. Pero, en realidad, lo hacía porque necesitaba tener fuerza suficiente para sofocar el motín que, como ya sabemos, se estaba fraguando entre los hombres de Candía. “Llegaron a un pueblo que en aquel tiempo lo tenía como encomienda de indios Gómez de León, y que estaba solamente a media legua del campamento de Pedro de Candía, el cual y todos los que estaban con él sabían ya la venida de Hernando Pizarro, porque los indios lo contaban, diciendo también que había ejecutado al Adelantado Almagro. Villagrán y Mesa se turbaron mucho al saber que Hernando Pizarro venía, y más al saber la muerte de Almagro. Y aunque tenían este temor, no osaron ausentarse, para no descubrir lo que pensaban hacer, que ellos creían muy secreto, y acordaron los dos llevarlo adelante, y, cuando viesen la oportunidad, matarlo”.

     (Imagen) ALONSO DE TORO (del que ya hablé) estaba, al parecer, marcado por un mal carácter. Le acabamos de ver, como Alguacil Mayor del Cuzco,  encargado de dirigir la ejecución de Almagro. Cuando ya iba a proceder el verdugo, mostró Almagro un siniestro sentido del humor dirigiéndose a Toro y diciéndole que poca carne tendría en él que comer porque era todo huesos, y Alonso le contestó con desprecio. Era de Llerena, como Cieza, dato que el cronista no menciona, quizá por los puntos negros de su biografía. Tampoco en Llerena quieren recordarlo. Vimos que su suegro mató a Alonso de Toro por haber maltratado a su mujer, Paula de Silva. Ella se casó después, no queriendo tropezar en la misma piedra, con un personaje de gran valía, el licenciado Pedro López de Cazalla, completamente diferente al difunto, ya que siempre estuvo al servicio de la Corona y fue el hombre de confianza de muchos ilustres de las Indias, como Pizarro, Vaca de Castro, Lorenzo de Aldana y Pedro de la Gasca (ya casi nos parecen de la familia); y, además, por si fuera poco, primo de Cieza. Alonso de Toro hizo un viaje rápido a España. En el texto de la imagen se ve que volvió a Perú en 1534 con un hermano llamado Fernando (a quien luego mataron los indios). Ahí es donde consta que eran naturales de Llerena, y que, cosa sorprendente, iban hacia Perú con cincuenta mil maravedís cada uno teniendo la autorización del Rey para ello, quien, además, le dio a Alonso, en otro escrito, una recomendación para presentársela a Pizarro, con quien ya había estado cuando apresaron a Atahualpa. Tras la muerte de Alonso de Toro, y dado que alternó sus lealtades en las guerras civiles, el Rey dio orden a Pedro de la Gasca de que “se informe si el difunto Alonso de Toro, que estaba al mando en el Cuzco, fue seguidor de Gonzalo Pizarro, motivo por el que habría que confiscarle sus bienes”.



martes, 16 de abril de 2019

(Día 806) Impresionante, expresivo y sentido relato de Don Alonso Enríquez de Guzmán sobre la ejecución de Almagro.


     (396) Pero Enríquez recoge otros matices: “Tras confesarse Almagro, entraron en el cuarto Alonso de Toro, un pregonero y un verdugo. Les pidió que llamasen a Hernando Pizarro porque quería hablarle. El cual vino y díjole  el desventurado que, si creía que merecía la muerte, que se la diese el Rey o su hermano, el Gobernador. Hernando Pizarro le respondió que había de morir, y salió. El viejo, no pudiendo más, dijo: ‘Hernando Pizarro, os emplazo ante Dios, a vos y a todos los que han preparado esta muerte tan contra razón y justicia, para que dentro de treinta días comparezcáis a juicio conmigo en el otro mundo’. El reverendo padre que le había confesado le dijo: ‘Señor, eso está prohibido en nuestra ley, porque parece que no hay sino odio. El cual, si alguno tenéis, como católico que sois lo habéis de deshacer en el viaje en que estáis, pues es para subir a tan alto y glorioso lugar. Acordaos que Cristo dijo al Padre: ‘Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen’. Respondió el paciente Almagro: ‘Desisto del emplazamiento que he hecho’. El alguacil mayor (Alonso de Toro) dijo a los clérigos que se apartasen de él para poder darle garrote allí dentro. Y Almagro le dijo: ‘Torico  -porque era un mancebo-, ¿por qué te has hecho gavilán?, pues poca carne tienes en mí que comer, que soy todo huesos’. Y, ciertamente, Toro era un mozuelo, criado de Hernando Pizarro, al que acababa de hacer alguacil mayor. El cual dijo al verdugo que  hiciese lo que tenía que hacer, y le contestó que no habría de matar a un príncipe como aquel. Pero se lo hicieron cumplir a la fuerza”.
     Almagro protestó a gritos: “Al tiempo en que le echaban la soga a la garganta, el desventurado viejo comenzó a dar muy grandes voces: ‘¡Oh, tiranos que os apropiáis las tierras del Rey, y me matáis sin culpa!’. Y así paso de esta presente vida de trabajos y envidias para la eterna gloria. Después de ser ahogado le sacaron con pregón real a la plaza de la ciudad, y le tuvieron encima de un repostero dos horas, siendo después enterrado en el monasterio de Nuestra Señora de la Merced”.
     Don Alonso Enríquez de Guzmán finaliza así su, en verdad, sentido relato de la muerte de Almagro, pero sin poder renunciar, como es su costumbre, a sazonar su crónica con algunas gotas de de humor negro y de cinismo. Partió entonces para España porque el Rey reclamaba su presencia. Dice que deseaba tener noticias de Perú, pero la carta que le envió era en realidad una orden de que se presentara para hacer frente a algunas acusaciones que tenía pendientes por su vida pasada: “Después me hice amigo de Hernando Pizarro (su ‘bestia parda’), porque este estaba vivo y Almagro muerto, y es muy poco provechosa la conversación con los muertos, y guardé en secreto mi escritos (su cónica), para solo hacerlos públicos yo mismo o mis albaceas. Quiero deciros que yo quería que, por los temores, tormentos, peligros y trabajos que me hizo pasar Hernando Pizarro, este cruel tirano mezclara en ellos alguna recompensa, así de honras como de intereses, después de haberme robado y hacerme gastar más de veintidós mil castellanos. Y demostró tenerme en poco. Pero, cuando llegó a España, temiendo mi linaje y mi condición, comenzó a desvariar, y algunas veces me hablaba bien y otras mal”. Tanto Enríquez como el ejemplar Diego de Alvarado le complicaron mucho la vida judicialmente en España a Hernando Pizarro.

     (Imagen) A diferencia del cronista Pedro Pizarro, que despacha con dos líneas la ejecución de Almagro (sin duda, por no dañar la imagen de sus parientes), tanto Cieza, como Inca Garcilaso de la Vega y Don Alonso Enríquez de Guzmán, cada uno a su manera (la de Enríquez teñida de rencor), nos lo describen tan vivamente y con tanto sentimiento, que nos meten en una escena digna de Shakespeare. Sería necesario haber conocido personalmente a Diego de Almagro, en su día a día, y en todo el trascurso de su vida, para valorarlo en su justa medida. Pero, de lo que cuentan los cronistas, se puede deducir que tuvo un mérito absolutamente extraordinario, y que, sin su incondicional ayuda, Pizarro sería recordado hoy como uno más de los grandes fracasados de las Indias. Era Almagro tuerto y poco atractivo. A veces brusco, pero siempre deseoso de ser apreciado por sus hombres. Abusaron de él los hermanos Pizarro, y los errores que se cometieron por ambas partes produjeron el desastre. Casi el único recuerdo que queda de Almagro es una estatua ecuestre colocada en Santiago de Chile, con réplica en Almagro, su localidad de natal. La Historia ha sido muy injusta con él. Pocos perdedores habrá habido tan dignos de admiración como el pequeño, tuerto y analfabeto DON DIEGO DE ALMAGRO EL VIEJO, Gobernador, con legítimos méritos, de lo que se llamó LA NUEVA TOLEDO. Dicen que, en las noches de luna llena,  salen galopando en sus caballos de bronce, desde Medellín, Trujillo y Almagro, Cortés, Pizarro y Almagro, llegan al monasterio de Guadalupe, se apean, se abrazan, recuerdan sus gloriosas hazañas y lamentan los errores cometidos.



lunes, 15 de abril de 2019

(Día 805) Durísima crítica de Don Alonso Enríquez de Guzmán al juicio contra Almagro, que suplicó piedad y apeló la sentencia (inútilmente).


     (395) Don Alonso Enríquez de Guzmán va a coincidir ahora con Cieza en que el sumario del proceso fue extensísimo porque Hernando Pizarro se amparó en declaraciones de testigos muy numerosos (por supuesto, tendenciosos): “Le fue hecho a Almagro proceso por Hernando Pizarro, negándole sus derechos, abreviándolo y dándole prisa. Y, por mucha que le dio, duró tres meses, y se hizo de alto como hasta la cintura de un hombre. Las acusaciones que le ponían eran maldad y envidia del juez (era el mismísimo Hernando Pizarro; juez y parte al cien por cien) y de los testigos, unos, por intereses de ser premiados por Hernando Pizarro, y otros, porque eran vecinos de esta ciudad y tenían miedo de que les quitase los indios que tenían para dárselos a los que consigo había traído. Posponían el temor a Dios y al Rey. Alegó don Diego de Almagro que no reconocía a Hernando Pizarro como juez, por ser teniente gobernador de su hermano, pues, al ser él adelantado y gobernador, solo podía ser juzgado por el Rey. También dijo que siendo su enemigo porque él (Almagro) lo había tenido preso, no podía tener el pecho sano ni ser juez, ni tampoco juzgar en casos criminales porque era de la Orden de Santiago, pues está prohibido en Derecho. También alegó otras cosas evidentes”.
     Hernando Pizarro ni se inmutó, y llegó el juicio a su premeditado desenlace: “Habiéndose hecho gran junta de gente armada en el cuarto donde estaba preso el Gobernador Almagro -al cual podemos llamar justamente príncipe por los señoríos de gente y tierra que él había descubierto, conquistado y poblado-, se le notificó una sentencia de muerte. El desventurado, teniéndolo por cosa abominable, contra ley, contra justicia y contra razón, se espantó, y respondió que la apelaba ante el Emperador y Rey don Carlos”. Sigue el relato en términos muy parecidos a los de Cieza. Almagro suplica que no le maten, pero Hernando Pizarro le dice: “Morid tan valerosamente como habéis vivido, que eso no es de caballeros”. Almagro se confesó e hizo testamento. Ya sabemos que la mayor parte de sus bienes se la dejó al Emperador. Enríquez precisa lo que destinó a su familia: “A su hijo  natural, don Diego, al cual quiso como a sus entrañas, tenido en estas tierras con una india, le dejó trece mil castellanos, y a una hija llamada doña Isabel (también mestiza), mil castellanos para que se metiese monja. Dejó por albaceas a Diego de Alvarado, a Juan de Guzmán, Al doctor Sepúlveda, a Juan de Rada, su mayordomo,  y a mí. Y por ello, junto con mi vida, escribo parte de la suya, y de su muerte, pues, en la una y en la otra, tanta presencia tuve”.
     Llegó el momento de su ejecución, que había de llevarse a cabo bajo el mando del Alguacil Mayor Alonso de Toro. Cieza nos contó que Almagro se dirigió a él con ironía diciéndole que ya podía comer de sus carnes.


     (Imagen) El desamparado Diego de Almagro ve ya el rostro de la muerte y nombra albaceas de su testamento a algunos incondicionales. Entre ellos estaba el doctor HERNANDO DE SEPÚLVEDA. Se llevaba bien con Almagro, pero tuvo que apreciarlo mucho Pizarro porque, además  de ser en Lima su médico personal, también fue, curiosamente, albacea de su testamento. Llegó como médico a la isla de Santo Domingo en 1528. Pasó a Perú en 1534 con el ejército de Pedro de Alvarado. Tenía madera de científico, observaba las costumbres de los nativos y valoró positivamente el uso que daban a las plantas medicinales. Ejerció el cargo oficial de ‘protomédico’, cuya función principal era la de otorgar el título oficial de médico a quienes pasaban su examen. Consta que en 1539, quizá huyendo del desastre de las guerras civiles, consiguió un permiso para trasladarse a España, y también que murió poco después. Hay un documento muy curioso (el de la imagen), en el que se aclaran circunstancias confusas. Cieza decía que, cuando escaparon de la cárcel Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado y otros compañeros, nadie en el Cuzco opuso resistencia. Y no la hubo militar, pero sí jurídica. En el escrito se ve que un letrado levanta acta de que el doctor HERNANDO DE SEPÚLVEDA y otros protestan oficialmente porque los escapados les han robado caballos y armas. Y da la fecha exacta: 24 de setiembre de 1537. Otra cosa extraña es que en 1550 (Sepúlveda llevaba más de diez años muerto), se ordenaba que se requisaran en Lima libros suyos “tocantes a las Indias”. O eran muy interesantes, o rozaban lo prohibido.



sábado, 13 de abril de 2019

(Día 804) Inca Garcilaso de la Vega habla de la ejecución de Almagro y, con sincera valentía, hace un gran elogio de su persona. También lo hará Don Alonso Enríquez de Guzmán.


     (394) Habla finalmente Garcilaso de la ejecución de Almagro, y tiene antes el buen gesto de despreciar los rumores sobre su origen familiar y de ensalzar sus virtudes: “Los que decían que nunca se supo quién fue su padre, y hasta que fue hijo de un clérigo, debían de ser algunos envidiosos que, no pudiendo deslustrar sus grandes hazañas, hablaron con lenguas ponzoñosas. Los hijos de padres no conocidos deben ser juzgados por sus virtudes, y, si sus hechos son como los del Adelantado y Gobernador don Diego de Almagro, se ha de decir que son muy bien nacidos, porque son hijos de su valor y de su brazo derecho. De manera que podemos decir con mucha verdad que don Diego de Almagro fue hijo de padres nobilísimos, los cuales fueron sus obras. Este hombre tan heroico fue ahogado (mediante garrote) en la cárcel –que ya bastaba- y degollado en la plaza, para mayor lástima y dolor de los que le vieron. Allí estuvo mucha parte del día, sin que hubiese enemigo ni amigo que de ella le sacase, porque los amigos, vencidos, no podían, y los enemigos, aunque muchos se dolieron del muerto, no osaron hacer nada por él. Ya bien cerca de la noche, vino un negro que había sido esclavo del pobre difunto, lo envolvió en una triste sábana, y, con ayuda de algunos indios que habían sido criados de don Diego, lo llevaron a la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. Los religiosos, usando de su caridad, lo enterraron en una capilla que está debajo del altar mayor. Así acabó el gran don Diego de Almagro, de quien no ha quedado otra memoria que la de sus hazañas y la lástima de su muerte. La cual parece que fue un modelo de la que, en venganza de ella, le dieron después al Marqués don Francisco Pizarro, para que en todo fuesen iguales y compañeros estos dos ganadores y gobernadores de aquel grande y riquísimo Imperio del Perú”. Habrá que entender que, de acuerdo con lo que explicaba Cieza, el negro y los indios llevaron su cuerpo, antes de ser sepultado en la iglesia, a la casa de Hernando Ponce de León. Almagro nunca fue rehabilitado oficialmente, aunque Hernando Pizarro pagó su muerte con más de veinte años de cárcel. Del ejecutado, hay en los archivos, inevitablemente, mucha documentación relativa a su protagonismo en Panamá, Perú y Chile, pero, al parecer, ningún monumento posterior que ensalce públicamente su brillantísima biografía.
     Nos queda por conocer la emotiva y furibunda versión que hizo de este episodio Don Alonso Enríquez de Guzmán. Lo vivió directamente y, si le quitamos a su relato algunos condimentos excesivos, logrará transmitirnos la real emoción del triste final del Adelantado y Gobernador don Diego de Almagro. Don Alonso Enríquez de Guzmán, aunque abandonara a Pizarro de forma calculadora, pensando que le convenía unirse al vencedor ocupante del Cuzco, y porque no soportaba la soberbia de Hernando Pizarro, tuvo, sin embargo, un sincero afecto por Diego de Almagro y le dolió en el alma que fuera ejecutado de manera tan injusta y miserable. Hay pruebas de que fue así. En cuanto llegó a España, se empeñó obsesivamente en conseguir que Hernando Pizarro pagara un alto precio por la muerte de Almagro, peleando jurídicamente contra él, y logrando, con su impulso y el de otros denunciantes, que pasara largo tiempo en la cárcel. Además, en su afán de desprestigiar su memoria y reivindicar la de Almagro, escribió años después un breve poema centrado en lo que ocurrió, dejando clara su expresa intención de divulgarlo.

     (Imagen) HERNANDO PIZARRO iba en 1539 hacia España con la intención de ganarse la voluntad del Rey, temiendo su ira por la  reciente ejecución de Almagro. Para aplacarlo, le llevaba mucho oro del ‘quinto real’. De camino, le escribió una carta (en la imagen, la primera página). Hernando estaba sufriendo las impopulares consecuencias de la muerte de Almagro. Le explica al Rey que “el juez que estaba en Panamá, con palabras de grande infamia, decía que me había de cortar la cabeza si por allí fuese, y yo, por evitar escándalos, acordé irme por la  Nueva España (México), por no verme en poder de hombre que ha dado crédito a informaciones de mis contrarios, ni verme con cadenas otra vez, ni que me anden cocando (amenazando) con la muerte (como le había pasado durante siete meses con Almagro)”. En la página siguiente, Hernando ‘saca pecho’. No le falta razón al exponer el calvario que había sufrido y los méritos que tuvo. Presume de haber pacificado con su hombres las tierras, “cansados de llevar las armas de noche y de día para defender el Cuzco del cerco de los indios, y, tras haberlo remediado, vino Diego de Almagro de Chile, y fue peor lo que hizo él que el cerco de los indios”. Le indica que lo entenderá todo leyendo el texto que le adjunta del proceso al que fue sometido Almagro. Pesume de haberlo solucionado todo después, logrando la paz, y dice que, por sus méritos, “debe ser gratificado con obras y no insultado como lo ha hecho el juez”. Termina la carta con una frase que parece un desesperado intento de contentar al Rey: “Se están descubriendo en aquellas tierras muchas minas de oro y plata, de lo que se beneficiará la Corona”.



viernes, 12 de abril de 2019

(Día 803) Cieza, y otros cronistas, describen a Almagro. Terminada la batalla, y, para que los soldados estuvieran ocupados, Hernando Pizarro los envió a conquistar en diversas zonas.


     (393) Cieza se despide del triste personaje retratándolo con breves pinceladas: “Almagro murió con sesenta y tres años de edad. Era de pequeño cuerpo, de feo rostro e de mucho ánimo, gran trabajador y liberal, aunque, con jactancia de gran presunción, a veces sacudía con la lengua sin refrenarse. Era también inteligente y, sobre todo, muy temeroso del Rey. Fue muy importante para que estos reinos fuesen descubiertos. Dejando las opiniones que algunos tienen, digo que era natural de Aldea del Rey, y nacido de tan bajos padres que se puede decir que en él empezó y acabó su linaje”. Se suele considerar que había nacido en Almagro (Ciudad Real), pero la seguridad que muestra Cieza y el hecho de que su afirmación vaya más al detalle, da mayor verosimilitud a que viera la luz (que ahora se le acaba al extraordinario conquistador) en esa aldea que solo dista veinticinco kilómetros de  la villa de Almagro.
     Puesto que el personaje lo merece de sobra, vendrá bien honrarlo añadiendo más datos de su triste final a través, primeramente, de lo que le contaron al Inca Garcilaso de la Vega, y después, de lo que vio el apasionado Don Alonso Enríquez de Guzmán. Garcilaso suele copiar frases de los ilustrados cronistas oficiales Agustín de Zárate y Francisco López de Gómara (clérigo que nunca estuvo en las Indias), pero siempre añade comentarios muy acertados y datos de su propia cosecha. Así nos enteramos de que Hernando Pizarro no envió a Diego de Almagro el Mozo adonde Pizarro (antes de la triste ejecución) para que quedara bajo su amparo, sino “para que los amigos de su padre no se amotinaran con él” (como, de hecho, ocurrió posteriormente). También Gómara, después de comentar que se decía que Almagro  era hijo de un clérigo, hace una descripción de su carácter: “No sabía leer, era esforzado, diligente, amigo de honra y fama, mas se vanagloriaba de que todos supiesen lo que daba. Sus soldados lo amaban por sus dádivas, aunque muchas veces los maltrataba con la lengua y con las manos. Nunca estuvo casado, pero tuvo un hijo en una india de Panamá, que se llamó como él,  al que crio y enseñó muy bien”.
     Luego Garcilaso nos explica claramente el caldo de cultivo en que se fue incubando la ejecución de Almagro, aunque lo más probable sería que, con caldo o sin caldo, Hernando Pizarro (y estando conforme Francisco Pizarro) ya tenía decidido eliminarlo: “Para mayor inteligencia, es necesario que digamos algo. Después de la victoria, quiso Hernando Pizarro alejar de sí a los enemigos para no quedar en peligro de que lo matasen, porque, con las crueldades que se hicieron después de la batalla, quedaron tan enemistados los dos bandos, que, aunque Hernando Pizarro hizo todo lo que pudo para hacer amigos a los más principales, no le fue posible. De día en día mostraban más su odio y rencor, hablando libremente de vengarse en cuanto pudieran. También los amigos se hacían enemigos viéndose engañados en sus esperanzas. Y, para evitar el peligro, decidió enviar a amigos y enemigos a nuevas conquistas”. 

     (Imagen) Dijimos varias cosas del trujillano FRANCISCO DE CHÁVEZ. Fue reclutado para el Perú por su paisano Francisco Pizarro, pero luego, confiando en grandes triunfos, partió para Chile con Almagro. Volvieron fracasados. Chávez siguió a la vera de Almagro y luchó con él en las Salinas. Tras la derrota, Pizarro confió nuevamente en él. Lo envió a luchar contra indios rebeldes, y quedó para siempre marcado como hombre cruel porque, al no poder castigar a un indio que mató traidoramente a un español, se ensañó con las mujeres y los niños que quedaron en el poblado. Ahora se nos muestra en el texto de la imagen como prototipo del hombre que reniega del pasado por una nueva alianza, esta vez con Pizarro. Almagro, su antiguo gobernador, fue ejecutado sin piedad alguna. Unos meses más tarde, Chávez le escribe al Rey justificando los hechos. Le dice que “después del desbarate de Diego de Almagro, Hernando Pizarro, viendo ser bueno para el servicio de Dios y de Vuestra Majestad, y por evitar más daños e inconvenientes, ya que cada día resultaban motines y alborotos, después de haber hecho un proceso contra él, y por los delitos que halló, le cortó la cabeza”. Añade que no dice más porque Hernando Pizarro dará cuenta de su descargo ante Su Alteza. Pero teme el castigo del Rey, y continúa su carta elogiando a Francisco Pizarro y a sus hombres afirmando que “si esto no hubiera sucedido, los servicios que harán a Su Majestad no serían tan claros y manifiestos como debieran serlo”. El Destino quiso dos años después que, cuando asesinaron a Francisco Pizarro, también acabaran con la vida de FRANCISCO DE CHÁVEZ. Las guerras civiles eran un infierno.



jueves, 11 de abril de 2019

(Día 802) Almagro siguió dándole razones angustiosamente a Hernando Pizarro para que no lo matase. Perdida toda esperanza, dejó en herencia a su hijo la gobernación (bajo la tutela provisional de Diego de Alvarado). No hubo piedad: lo ejecutaron.


     (392) Y siguió el triste ‘regateo’ de Almagro: “No mostró Hernando Pizarro tener compasión ninguna de las palabras del Adelantado, y, con mucha severidad, le respondió que, puesto que era caballero y tenía un nombre ilustre, no mostrase flaqueza. Almagro, temiendo la muerte como hombre que era, tornó a replicar a Hernando Pizarro diciéndole que no le quitase la vida, pues, aunque entonces no lamentase su muerte, en tiempos venideros la lloraría, y la Real Majestad del Emperador, acordándose de lo mucho que él le había servido, lo castigaría. Le pidió también que por todo ello se condoliese de un mezquino viejo que tenía la cabeza por muchas partes quebrada por los golpes que recibió en el descubrimiento de estas tierras, y un ojo menos, y que tuviese piedad, pues a él no le faltó para respetarle la vida cuando lo tuvo en su poder. Hernando Pizarro le tornó a decir que se confesase, porque no tenía remedio para  evitar su muerte”.
    Almagro perdió toda esperanza, y se preparó, después de tantas increíbles aventuras y tantas tierras recorridas, para el viaje sin retorno: “Se confesó con mucha contrición, y, en virtud de una disposición del Emperador por la que podía en vida nombrar sucesor, señaló como Gobernador a su hijo, Don Diego, dejando a Diego de Alvarado (jamás perdió la confianza en él) como gobernador en funciones hasta que fuese mayor de edad. Y hecho el testamento, dejó por su heredero al Rey, suplicándole que hiciese mercedes a su hijo. Y, mirando contra Alonso de Toro (pronto tendrá mucho protagonismo), dijo: ‘Ahora, Toro, os veréis harto de mis carnes’. Las  bocas de las calles estaban tomadas, y cuando se divulgó que iban a matar al Adelantado, fue grandísimo el sentimiento que mostraron los almagristas. Todos los indios lloraban, diciendo que Almagro era buen caballero, del que siempre recibieron buen tratamiento”.
    Siguió imparable el tétrico episodio: “Después de que Almagro hizo su testamento, Hernando Pizarro mandó darle garrote a Almagro dentro de su prisión, porque no se atrevió a sacarle fuera. Y así se hizo. Tras haberlo ejecutado, le sacaron fuera en un repostero (un paño similar a un tapiz), con voz de un pregonero que iba diciendo: ‘Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad, y Hernando Pizarro en su nombre, a este hombre, por alborotador de estos reinos, y porque entró por la fuerza en la ciudad del Cuzco, prendiendo a sus autoridades, y porque fue al puente de Abancay y dio batalla al capitán Alonso de Alvarado, y lo prendió a él y a otros, y porque había hecho delitos y dado muertes’. Fueron grandes las lamentaciones que hacía entonces el virtuoso caballero Diego de Alvarado, llamando tirano a Hernando Pizarro, y diciendo que, por haberle perdonado la vida Almagro, le daba él la muerte. Luego cortaron la cabeza de Almagro al pie del rollo de la plaza. Después llevaron el cuerpo del mal afortunado Adelantado a las casas de Hernán Ponce de León, donde le amortajaron. Hernando Pizarro salió, cubierta la cabeza con un gran sombrero, y acompañaron también el cuerpo generoso todos los capitanes y los hombres más principales, y fue llevado con mucha honra al monasterio de Nuestra Señora de la Merced, donde están ahora sus huesos”.

     (Imagen) LLEGÓ LA HORA. Impresiona el relato de Cieza sobre el triste final de DIEGO DE ALMAGRO. El pobre viejo suplica que no lo maten, y abandona su dignidad militar tratando con desesperación de convencer al soberbio y vengativo HERNANDO PIZARRO. No se trataba de cobardía, sino de un profundo convencimiento de que se iba a cometer con él una gravísima injusticia. Insiste en sus méritos y duros sufrimientos durante los más de veinte años que había dedicado, junto a su compañero Francisco Pizarro, para que, milagrosamente, la campaña de Perú fuera un grandioso éxito. Estaba aturdido porque no podía creer que Hernando Pizarro, a quien, teniéndolo en sus manos, pudo haberlo matado y no lo hizo, a pesar de que se lo aconsejaron repetidamente, sea ahora tan cruel y desagradecido como para quitarle a él la vida. Aunque, probablemente, él jamás, de haberlo vencido, hubiera dado muerte a Francisco Pizarro, cometió el error de no adaptarse a la dureza que exigían aquellas crueles guerras, en las que se trataba de conseguir un jaque mate eliminando al rival. Pero habría bastado con que, en lugar de ejecutarlo, se lo enviaran preso al Rey para que decidiera su destino. Matándolo, avivaron el odio de sus rivales, y provocaron el asesinato de Francisco Pizarro, y otras nuevas guerras civiles. Como muestra la imagen, Hernando Pizarro no se atrevió a ejecutar a Almagro en público. Le dieron garrote vil y, después, le cortaron la cabeza. En cualquier caso, DIEGO DE ALMAGRO EL VIEJO fue un héroe excepcional.



martes, 9 de abril de 2019

(Día 801) Diego de Almagro, cuando vio que le habían engañado, suplicó que no lo mataran. Cieza recoge la opinión general de que la sentencia de muerte se dictó con el consentimiento de Pizarro. Ni siguiera le admitieron a Almagro su petición de que lo juzgara el Rey.


     (391) Pero Cieza recoge otro punto de vista que era común en aquel tiempo: “También culpan al Gobernador Pizarro de esta muerte, y lo tienen por pasivo, ya que el Adelantado Almagro estuvo vivo más de tres meses desde la batalla de las Salinas, y, durante este tiempo, si él tuviera voluntad de que viviera, podía haber enviado la orden de perdonarlo. Se dijo entonces que fue Pizarro quien mandó que le cortaran la cabeza, y hasta cuentan que Hernando Pizarro dijo muchas veces que tuvo para ello el mandamiento del Gobernador”.
     Y comenzó el calvario de Almagro. Su avanzada edad y su quebrantada salud arruinaron por completo el gran valor militar que tuvo en tiempos pasados: “Cuando ya estuvo dada la sentencia, enviole Hernando Pizarro a decir que se confesase, mandando hacer antes una calle de trescientos hombres armados hasta su prisión para que nadie le pudiese liberar. Puso mucha guardia sobre las personas de Juan de Saavedra, Cristóbal de Sotelo, Francisco de Chaves, D. Antonio de Montemayor, D. Alonso Enríquez (veremos luego su impresionante relato) y otros de los más principales de Almagro, quien, como Hernando Pizarro le había dicho que quería que se encontrara con D. Francisco Pizarro, no estaba temeroso de morir. Llegado adonde él un fraile con la noticia, recibió muy grande alteración Almagro, y dijo que no lo podía creer y que le rogase a Hernando Pizarro que viniese a verle. Fue a su prisión y le dijo que ni él era el único que había muerto en este mundo, ni otros dejarían de morir de aquella manera. Añadió que supiese que  el último día de su vida había llegado, y que, siendo cristiano, temiese a Dios e ordenase su ánima. Le dijo también que, si perdonándole la vida, pudiera estar el reino en paz, él se alegraría de que su vejez no acabara con semejante muerte”.
     Almagro se hundió en la desesperación: “El Adelantado, temeroso por oír palabras tan tristes, se angustió de tal manera que, mirando a Hernando Pizarro, le dijo que por qué quería matar a quien tanto bien le hizo, y que se acordase de que él había sido el primer escalón por el que sus hermanos y él habían subido al alto estado en que estaban”. Tenía todo el derecho para echarle en cara que él fue casi tan imprescindible como Pizarro para el glorioso éxito de la conquista de Perú, y quiso agarrarse (ilusamente) a una última posibilidad de salvación: “Le dijo que, por todo ello, no fuese homicida, y que lo enviase adonde el Gobernador Pizarro, y que, si por su mano le viniese la muerte, él se conformaría con la calamidad de su fortuna, y que, si le diese la vida, haría lo que exigía su amistad”. Sin duda también sospechaba que Francisco Pizarro estaba de acuerdo con que le ejecutaran, porque propuso algo verdaderamente sensato: “Le dijo a Hernando Pizarro que, si aquello le cuadraba, que le enviase ante Su Majestad, donde sería castigado si hubiese cometido delito, y que qué bien le podría venir de su muerte, ni qué mal le podía causar su vida, pues su cansada vejez estaba tan fatigada, que era de suponer que podía vivir poco”. Eso era lo que tenía que haber ordenado Pizarro, como tantas veces se practicó en las Indias cuando se consideraba culpable de un delito especialmente grave a un importante capitán. Así se hizo, por ejemplo, con el gran Álvar Núñez Cabeza de Vaca siendo Gobernador del Río de la Plata, y el Rey lo absolvió de sus acusaciones. Lo de ejecutar a Almagro era ya, de antemano, una idea fija e interesada de Pizarro y sus hermanos, pero evidentemente injusta, porque la última palabra debería haberla tenido el Rey.

     (Imagen) La muerte de Almagro va a acelerar el proceso,  y a aumentar la intensidad, de las guerras civiles. La siguiente crisis será consecuencia de la muerte de Pizarro, terminando este culebrón de las guerras civiles con la de Gonzalo Pizarro. Habrá una última a cargo de Francisco Hernández Girón, pero con características diferentes. En un expediente de los méritos del extraordinario NICOLÁS DE RIBERA (al que he elogiado varias veces), hay un primer escrito que revela que, incluso después de morir Gonzalo Pizarro, persistía un clima de inseguridad ciudadana, que le afectaba incluso a él, un hombre generalmente muy respetado. Le pide al Rey que le dé permiso para ir armados él y dos españoles o dos negros (esclavos) de su escolta, ya que tenía enemigos. En el texto de la imagen (año 1553), NICOLÁS DE RIBERA comienza a declararle al Rey sus méritos, y dice algo sorprendente: no se implicó en ninguna de las guerras civiles, salvo en la última de Gonzalo Pizarro. Tuvo que tener mucha astucia, y quizá mucha sensatez, para evitar aquella vorágine, aunque es posible que le facilitara las cosas el hecho de ser muy respetado como alcalde de Lima. Lo resumo: “No me hallé en ninguna de las batallas de Don Diego de Almagro  el Viejo ni de Don Diego de Almagro el Mozo, ni del Marqués Don Francisco Pizarro con ellos, e, sin hallarme en las de Gonzalo Pizarro, me hallé después con vuestro presidente, el Licenciado Pedro de la Gasca, en el castigo y allanamiento (derrota) de Gonzalo Pizarro”. Llevaba 30 años en las Indias, y, cuando fue ‘justo y necesario’ luchar, lo hizo como el mejor soldado.



(Día 800) Hernando Pizarro le hace creer a Almagro que no lo va a matar. Luego aceleró su proceso, justificándolo con que el motín de los hombres de Candía iba dirigido a matarle a él y liberar a Almagro.


SENTENCIA  Y EJECUCIÓN DE D. DIEGO DE ALMAGRO

     (390) Nos cuenta Cieza: “El Adelantado Don Diego de Almagro, desde el tiempo en que se dio la batalla de las Salinas y fue apresado, estuvo muy enfermo, y le rogó a Hernando Pizarro que le visitase y no le tratase tan cruelmente. Fue a su prisión y le habló dándole esperanza de la vida. Le dijo que el Gobernador Pizarro ya venía desde Lima, por lo que podría llegar a un acuerdo con él, y que, si tardaba en llegar, le daría permiso para que fuese a encontrarse con él. Don Diego de Almagro tuvo algún consuelo al oír a Hernando Pizarro; el cual, salido de allí, mandó que los notarios se diesen gran prisa en tomar las declaraciones de los testigos para luego dar sentencia”. Este párrafo de Cieza es siniestro. Las prisas de Hernando solo admiten una explicación: decidido a matarlo, tenía que ejecutar a Almagro rápidamente para que, estando Pizarro ausente, fuera más fácil dejarle libre de toda culpa (algo que, quienes lo leemos cinco siglos después, no lo creemos posible).
     Muchos de los partidarios de Almagro, tras su derrota, se habían marchado del Cuzco y vivían con estrecheces en los poblados indios, lamentando su mala fortuna. Hernando Pizarro  preparó una batería de cargos contra Almagro, algunos con fundamento, y otros sin sentido. Le acusó de usurpar la ciudad del Cuzco, apresándole a él y a otros. Le hacía responsable de empezar la batalla de Abancay, cuando, en realidad, fue Alonso de Alvarado quien encendió la mecha al apresar a los mensajeros de Almagro: “Otras culpas también le echó, pues nunca el vencedor deja de hallarlas para condenar al vencido. Hernando Pizarro hacía creer fingidamente que su deseo no era matarlo, y, para que pensasen que era así, a pesar de que en su pecho ya estaba condenado el Adelantado Almagro, mandaba proveerle de cosas delicadas para comer porque estaba muy debilitado por su enfermedad”.
     Diego de Almagro, tan viejo, enfermo, débil y necesitado de esperanza, caía en el engaño. Da lástima ver su desamparo frente a la burla de Hernando Pizarro: “Le preguntó a Almagro cómo preferiría ir a verse con el Gobernador Pizarro, en unas andas o sentado en una silla. El Adelantado Almagro, muy contento, le respondió que le hiciesen una silla sobre unas varas, porque prefería ir sentado, y que, cuando viera a su hermano, el Gobernador, no habría entre ellos ningún rencor”.
     Trae ahora a cuento Cieza el motín de los hombres de Pedro de Candía, pero solo incidentalmente (más tarde se extenderá en el asunto). Y lo hace porque algunos han considerado que fue la causa de que se precipitara la ejecución de Almagro: “En este tiempo le llegó a Hernando Pizarro la noticia de la conjuración que había contra su persona entre la gente de Pedro de Candía. Sabía también que había muchos en el Cuzco que tenían puesta su voluntad en hacerle alguna injuria, y que Diego de Urbina y otros capitanes murmuraban de él en secreto, mostrando haberles pesado la prisión del Adelantado Almagro. Le pareció que, si enviaba a Almagro a la Ciudad de los Reyes, los partidarios suyos que andaban derramados por distintos sitios irían a liberarlo, y le matarían a él y a su hermano, el Gobernador, y que, si iba desde el Cuzco a sosegar lo que tenían pensado los conspiradores del ejército de Candía, los que se quedasen en la ciudad lo sacarían de la prisión. Por lo cual, para librarse de estos miedos, y para evitar los daños que podrían resultar, según él decía, mandó terminar el proceso, y le condenó a muerte”.

     (Imagen) No hubo mayor defensor de DIEGO DE ALMAGRO que el peculiar D. ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN. Tras la morralla de sus muchas y apasionadas exageraciones, había siempre un fondo de cruda realidad. Y tuvo razón al decir que el proceso que lo condenó  a muerte fue un crimen jurídico. No solo lo denunció ante los tribunales, sino que, para divulgarlo, publicó los hechos en unos versos muy malos y, como siempre, también exagerados,  pero, en lo esencial, muy verdaderos. La imagen muestra el escrito de presentación del texto, dirigido al Rey. Viene a decir lo siguiente: Almagro “precedió en valentía a Héctor, en franqueza a Alejandro, y en nobleza a Julio César, y por esto tomaron con él odio sus compañeros, el Marqués Don Francisco Pizarro y sus hermanos, los cuales lo mataron y despojaron de su honra, vida y hacienda, según el metro (poema) que vais a ver”. Lo escribe en verso para que sea menos amarga la historia, pero dice que solo cuenta la verdad. Luego deja claro que hubo miserias por ambas partes, “porque en sus compañías (acuerdos como socios) hicieron y quebrantaron muchos solemnes y grandes juramentos, especialmente uno en el que se dijo una misa en la gran ciudad del Cuzco (antes de salir Almagro para Chile, y de que Enríquez llegara a aquel lugar), y el sacerdote se volvió hacia ellos con la hostia consagrada, y les dijo en presencia de mucha gente: ‘Vuestras Señorías han venido aquí a jurar ante Dios Todopoderoso conservar para siempre jamás vuestra compañía (sociedad)’, y ellos respondieron que sí”. Recordemos que se trataba de aquella promesa en la que llegaron a pedir los dos, de manera casi blasfema, que, si no lo cumplían, Dios los condenara al Infierno.



lunes, 8 de abril de 2019

(Día 799) El capitán mulato Alonso de Mesa fue preparando su motín. El plan era ir al Cuzco, matar a Hernando Pizarro y liberar a Almagro. Algunos que se enteraron le enviaron un mensaje a Hernando Pizarro contándole lo que se planeaba.


     (389) Otra de las noticias que le dieron a Pizarro fue la partida hacia los Andes de la expedición de Pedro de Candía, y nos sigue hablando Cieza de aquella peripecia, situándonos en las sutilezas del motín que se estaba fraguando para matar a Hernando Pizarro y liberar a Almagro. Ya sabemos que el cabecilla era el capitán mulato Alonso de Mesa. Tenía que andar con pies de plomo: “Temiendo Mesa a Juan de Quijada, que se mostraba amigo de Hernando Pizarro, le dijo al capitán Pedro de Candía que enviase a Quijada al Cuzco a dar cuenta a Hernando Pizarro del resultado de la campaña, y que, puesto que ya estaban dispuestos nuevamente para descubrir territorios, les diese licencia para entrar por el valle de Carabaya, que era una entrada menos dificultosa, y razonable camino para atravesar la montaña”. A Candía le pareció bien, Quijada salió para el Cuzco, y Mesa respiró (de momento) tranquilo.
     Pero le faltaba el trabajo más delicado, porque es casi imposible evitar en la preparación de un motín que, al tantear a la gente, se vaya de la lengua alguno que no se ha dejado seducir por la idea: “Mesa le persuadió al capitán Pedro de Villagrán para que matasen a Hernando Pizarro y soltasen a Almagro, pues sabían que era un señor valeroso y tan generoso que les gratificaría tan gran favor. Como Candía era hombre de poco entendimiento, les parecía que, para lograr su propósito, habían de convencerle de que convenía que fuesen todos al Cuzco a verse con Hernando Pizarro y pedirle permiso para seguir la conquista entrando por el valle de Carabaya. Lo trataron con Candía, quien, creyendo que no había ningún fraude en sus dichos, les respondió que le parecía bien. Luego Mesa por una parte, y Villagrán por otra, andaban convenciendo a algunos a los que veían quejosos de Hernando Pizarro, poniéndoles por delante el gran provecho que sacarían de liberar a Almagro, y diciéndoles que Hernando Pizarro merecía la muerte, pues les había enviado a morir en aquellas mortales montañas por las que habían pasado. Y, como los españoles de Perú necesitan poca exhortación para ser atraídos a cualquier invención que les hagan, hubo muchos que dieron su conformidad”.
          Candía y su tropa se pusieron en marcha hacia el Cuzco, pero tres de sus hombres, Francisco de León, Galdames y Alonso Díaz, encargaron a unos indios que llevaran  a Diego de Alvarado un escrito revelando las intenciones de los amotinados. Una vez más, Diego pecó de prudente. Confiaba en que Hernando no matara a Almagro y no quiso que se enterara del plan, “porque (Diego) era hombre muy piadoso y enemigo de escándalos”. Retuvo la carta y les contestó a los delatores que procurasen disolver el motín. Algo realmente insensato, pues era jugarse la vida; por lo que dejaron de lado el consejo de Diego de Alvarado y volvieron a escribir el mismo mensaje, pero esta vez destinado directamente a Hernando Pizarro.
     Y así nos deja Cieza, aplazando para más tarde el desenlace de esta inquietante situación porque tiene que hablarnos de algo mucho más importante: el capítulo setenta de su libro. Le dedica cinco páginas, y lleva este título: “Cómo Hernando Pizarro sentenció a muerte al Adelantado Don Diego de Almagro, e cómo le fue cortada la cabeza”.

      (Imagen) La expedición de Pedro de Candía estaba resultando una tortura permanente, y abocada al fracaso. Por otra parte, aquellos hombres tenían los corazones divididos como resultado de las guerras civiles. Vivían en la desconfianza, y algunos preparaban un motín, hasta el punto de que les seducía la idea de ir adonde Hernando Pizarro y matarlo. Pero hubo otros que le avisaron para que se pusiera en guardia. Apenas queda rastro de estos en los archivos. Uno de los delatores fue JUAN DE GALDAMES, natural de Las Encartaciones (Vizcaya) y casi vecino de FRANCISCO DE GARAY (nacido en el municipio de Sopuerta), otro de los grandes de las Indias, aunque cometió el error de enfrentarse al invencible Hernán Cortés. Un documento nos muestra que Juan de Galdames llegó a su tierra española en 1574 (se supone que con ganas de disfrutar de una tranquila vejez), trayendo 5.000 ducados (equivalente a unos 18 kilos de oro) sin haberlos registrado en el fisco. En cuanto a los amotinados, veamos un documento (el de la imagen) sobre PEDRO DE VILLAGRÁN, quien salvó la cabeza en esta revuelta de puro milagro. Había vuelto  a España en 1570 para quedarse, siendo ya bastante mayor. En el texto (escrito en 1581), su mujer, Catalina de Altamiros, le dice al Rey que Pedro ya ha muerto, que ella vive en Sevilla y desea volver al Perú, a la Ciudad de los Reyes (con su hijo de nueve años, llamado como su padre), donde viven sus padres, Sebastián de Baeza y Lucía Martínez, y que pide licencia para hacerlo y llevar también a una mestiza y una esclava negra que habían traído a España desde Perú.



sábado, 6 de abril de 2019

(Día 798) Alonso de Mesa prepara un motín. Pizarro se entera con alegría de la derrota de Almagro, y, simulando que tiene mucho interés en que no le pase nada, decide ir al Cuzco. Los capitanes que salieron del Cuzco en campaña, se encuentran con Pizarro en Jauja.


     (388) El doloroso fracaso iba a tener consecuencias posteriores: “Los españoles de Pedro de Candía venían muy resentidos de que Hernando Pizarro les hubiese mandado por aquellas tierras, y el capitán Alonso de Mesa tenía la intención de buscarle la muerte y soltar a D. Diego de Almagro de la prisión en que estaba”. Sobre la biografía de Alonso de Mesa, hace un comentario curioso el cronista Pedro Pizarro: “Como los hombres de Candía no lograban hallar otro Perú, un tal Mesa, mulato y hombre valiente, que iba como maestre de campo y había estado luchando en Italia, y al que Hernando Pizarro había traído como capitán de artillería (se supone que de España), preparó un motín”. Se estaba, pues, fraguando una rebelión de las muchas que veremos en las guerras civiles.
      Nos lo contará Cieza enseguida, pero ahora va a dar  un salto hasta Lima para que sepamos lo que allí pasaba en ese mismo tiempo. Como vimos, Pizarro recibió un ‘alegrón’ al enterarse de la derrota y apresamiento de Almagro, y se dispuso a ir al Cuzco. Nuevamente le acusa Cieza de fingimiento (parece absurdo que algún historiador le achaque falta de objetividad por un deseo de adornar la imagen de Pizarro): “A los pocos días de recibir la noticia, determinó salir de la ciudad de los Reyes para ir a Jauja, y de allí al Cuzco, haciendo público que lo hacía para salvar la vida del Adelantado Almagro, mas no lo tenía él en el pensamiento, porque se acercaba ya el tiempo en que había de morir con muerte tan repentina y cruel, que lo podría evitar si mandara que a Almagro no lo mataran entonces. Y partió de la Ciudad de los Reyes habiéndole dicho antes el obispo fray Vicente de Valverde que no permitiese que se matara a más gente de la que ya había muerto. Y, asimismo, que se acordase de la amistad que hubo siempre entre el Adelantado Almagro y él, y, puesto que lo tenía preso y él había recuperado la ciudad del Cuzco, tuviere piedad de él, y así sería tenido por clemente, y no por riguroso y vengativo”. Pizarro le contestó a todo, con efusivas pero retóricas palabras, que así lo haría, y que ese era su mayor deseo. Luego partió hacia Jauja, dejando en Lima como su Teniente de Gobernador al licenciado Benito Suárez de Carvajal.
   Por entonces salieron del Cuzco para iniciar sus respectivas expediciones los capitanes Alonso de Alvarado, Alonso de Mercadillo y Pedro de Vergara. También a estos les dijo Hernando Pizarro que “tuviesen especial cuidado de que los españoles que iban con ellos no hiciesen ningún daño a los nativos, ni les llevasen presas a sus mujeres”. Entre sus acompañantes estaba Diego de Almagro el Mozo, y se encontraron con Francisco Pizarro en Jauja: “Recibió muy bien a los capitanes, e lo mismo hizo con D. Diego, el hijo del Adelantado Almagro, y fue informado de la manera en que se dio la batalla de las Salinas, y de las otras cosas que habían pasado en el Cuzco. Así supo también que Hernando Pizarro estaba haciendo un proceso contra el Adelantado D. Diego de Almagro, y que, una ver terminado, le sentenciaría conforme a justicia”. Pizarro no va a mover ni un dedo para  evitar aquella maniobra ‘de una muerte anunciada’, aunque tuvo tiempo de sobra. O fue suya la orden de acabar con Almagro, o se plegó a la voluntad de su autoritario y vengativo hermano.

     (Imagen) Eran tiempos tormentosos, de un ‘sálvese quien pueda’. Tomemos de ejemplo la deriva de BENITO SUÁREZ DE CARVAJAL. Pizarro lo favoreció mucho, hasta el punto de haberlo dejado como su teniente de gobernador en Lima. Aunque Benito, siempre nadando entre dos aguas, estaba enterado del plan que tenían los almagristas de asesinar a Pizarro y se lo advirtió, no le hizo caso. Sin duda, Benito olfateaba los peligros, era muy vengativo y sabía lavarse las manos como nadie. Veamos cómo amarraba las cosas. El documento de la imagen (fácil de leer) es de junio de 1538, cuando un nuevo conflicto iba a estallar, y nos muestra que el Rey ordena, a petición suya, que, “el que es o fuere Gobernador de Perú (Pizarro o Almagro)”, no le quite, sin razones suficientes, su encomienda de indios. Ese jugar a dos bazas, sería un privilegio imposible si no contara con la influencia de su poderoso hermano, el obispo Juan Suárez de Carvajal. Benito, siendo todavía almagrista, se hizo pizarrista, uniéndose a Vaca de Castro en la batalla que supuso la derrota y muerte de Almagro el Mozo. Recordemos también que, cuando llegó el virrey Núñez Vela, sospechó de la lealtad de Illán Suarez de Carvajal (hermano de Benito) y lo mató.  Entonces Benito estaba incorporado al ejército del rebelde Gonzalo Pizarro, quien derrotó al virrey, ocasión que aprovechó nuestro ‘héroe’ para vengar la muerte de su hermano ordenando a un criado suyo que lo liquidara. Nadie le castigó. Pero el saltimbanqui, según cuenta Inca Garcilaso de la Vega, tuvo un tropiezo fatal el año 1549, tras haber participado junto a Pedro de la Gasca (otro cambio de chaqueta) en la batalla que le costó la vida a Gonzalo Pizarro. Lo cuenta así Inca Garcilaso de la Vega: “Murió de una caída que tuvo desde una ventana, por el servicio e amores de una dama, y yo le vi enterrar”.



viernes, 5 de abril de 2019

(Día 797) Los de Candía sufrían lo indecible, perdidos por una ruta durísima. Se agotaban las provisiones y comían los caballos que se morían. Llevaban tres meses perdidos. A punto ya de amotinarse, encontraron la salida de aquel infierno.


    (387) Allí se tomaron un respiro y consiguieron provisiones. Pero mala cosa es ir por ruta desconocida, especialmente en medio de los terribles Andes: “Candía mandó a algunos mancebos que fuesen por todas partes a buscar un camino mejor. Volvieron al cabo de algunos días y dijeron que la montaña crecía en espesura, sin que vieran ningún camino por donde pudiesen ir sin trabajo. Todos estaban acongojados por verse en aquella situación. Su único consuelo fue que  donde estaban no hacía tanto frío como el que habían padecido. Encomendándose a Dios, partieron de Abisca, y hallaron a algunos indios flecheros que tienen por costumbre comer carne humana, y flecharon a algunos de los españoles, y, por no estar las flechas envenenadas, no murió ninguno. Los afligidos cristianos tomaban con mucha paciencia hachas, machetes y azadones, e iban abriendo camino para poder andar, creyendo que Dios sería servido de que diesen pronto en la tierra de la que había hablado la maldita india de Candía”.
     En tan dura circunstancias, sufrieron otro ataque de los indios. Los repelieron, matando a algunos: “Ese día apresaron a uno de estos indios, y preguntándole Pedro de Candía por medio de intérpretes en cuántos días podrían salir de aquella montaña, respondió que no había otra cosa que ver más que montañas como las que habían pasado”. Los españoles estaban ya muy inquietos porque las provisiones escaseaban. Siguieron caminando: “Había unos espinos tan malos que, aunque iban con gran tino, se les metían las agujas por los pies y por las piernas, y, como eran espinas tan enconosas, era mucho el dolor que sufrían. Comían de los caballos que se morían y de algunas ovejas (llamas o similares) que habían quedado. Cortaban árboles, y, atándolos unos a otros, hacían puentes para poder pasar los grandes y hondos ríos que hallaban. De esta suerte anduvieron tres meses por aquellas montañas, pensando que no saldría ninguno vivo, porque no encontraban ningún camino por el que poder seguir”.
     Si, como dice Cieza, Candía, que era un magnífico soldado, no mostraba madera de líder, las penalidades de aquel laberinto montañoso minaron por completo el respeto de sus hombres: “Todos aborrecían ya a Pedro de Gandía por haberles metido en aquel lugar haciendo caso de los dichos de una india, y llegaron incluso a creer que Hernando Pizarro les había confiado aquella empresa malévolamente, para que muriesen todos. Pero Dios nuestro Señor, que en semejantes necesidades suele mostrar su gran poder, fue servido de hacerles encontrar un camino por el que en breve tiempo salieron de aquella montaña, sin que ningún español muriese, ni tuviesen más pérdida que la de algunos caballos despeñados. Y salieron a unos pueblos que eran de Lucas Martín y de Pedro de Mesa (españoles asentados en repartimientos de indios)”.

     (Imagen) ¿Qué fue de los TRECE DE LA FAMA? Tuvieron el inmenso mérito de quedarse con Pizarro cuando la campaña de Perú iba a desaparecer. Se convirtieron en una leyenda entre los españoles de las Indias, pero otra cosa fue su vida posterior. Cinco de ellos han sido completamente olvidados. Veamos a los demás. ALONSO DE MOLINA se quedó luego (románticamente) en Túmbez, esperando la vuelta de un viaje de Pizarro a Panamá, y lo mataron los indios. PEDRO HALCÓN, otro romántico (y enamorado de una cacica), se trastornó de tal manera que tuvieron que encerrarlo en el barco y no le dejaron volver a Perú, muriendo poco después. De los éxitos y el triste final de PEDRO DE CANDÍA ya hemos hablado bastante. Y también de la cuajada y larga vida del excepcional NICOLÁS DE RIBERA, un dechado de virtudes. El extraordinario piloto BARTOLOMÉ RUIZ siguió descubriendo nuevas tierras por la costa del Pacífico, pero por poco tiempo, ya que murió en 1532. GARCÍA DE JAÉN, además de soldado, era mercader, y solamente consta que en 1534 salió de Sevilla con mercancías para las Indias, probablemente compradas con el botín de Atahualpa. ALONSO BRICEÑO, quizá el más sensato, tomó su parte de ese mismo botín y volvió para siempre a su localidad natal, Benavente. JUAN DE LA TORRE luchó en todas las guerras civiles, siempre al servicio del Rey, y tuvo la suerte de morir de viejo en Arequipa. El registro de la imagen desmiente que, como dicen, partiera de Sevilla para las Indias con el duro Pedrarias Dávila. Lo hizo dos años más tarde: “14 de junio de 1516. Juan de la Torre, hijo de Francisco de la Torre e Isabel de la Torre, su mujer, vecinos de Villagarcía, pasa en la carabela de Diego Rodríguez”.



jueves, 4 de abril de 2019

(Día 796) Candía va a fracasar, y Cieza considera que le faltaba capacidad de mando. Se vieron atrapados en zonas tan difíciles que tenían que subir los caballos alzándolos con sogas.



     (386) Dejando a Villahoma dispuesto a seguir batallando, la mayoría de los indios acompañaron a Manco Inca, “para ir en voluntario destierro, pero con gran aflicción, acordándose de los placeres que habían tenido en el Cuzco y en otras partes del reino”. Cieza da otro detalle complementario: “En aquella zona de los Andes hay grandes provincias, con muchos indios, y estaba por allí hecho un tirano un tal Villatopa, del linaje de los Incas, al que le obedecían muchos orejones, y andaban maltratando a los nativos y arruinándoles los pueblos”.
     Luego se centra en la triste aventura de Pedro de Candía y su tropa. Obedeciendo el mensaje de Hernando Pizarro, se pusieron en marcha tras la prolongada estancia en el valle de Pacual: “Anduvieron hasta llegar a la espesa y grandísima cordillera de los Andes, e halló que el camino que seguían era tan malo que parecía cosa infernal y por donde solo los de la nación española podrían andar (Cieza exagera, pero admiraba sin medida las proezas que había oído y visto hacer).  Muchos caballos se despeñaban, y a veces los más torpes pasaban adelante, mientras que algunos muy ligeros que querían seguir con rapidez, se hacían pedazos. También hubo españoles que se lastimaron cayendo” Define a Pedro de Candía en su faceta negativa: “Era extranjero (hay dudas de que fuera griego o español de padre griego). No tenía su persona reputación suficiente para que los soldados le temiesen. Era de poco entendimiento, y tomaba las cosas con tan poca decisión, que yo creo que, aunque diera en buena tierra, no serviría para lograr que la gente alcanzara buenos resultados. Y, si hubiese buscado otro camino mejor, habría encontrado más allá de los Andes grandes poblados proveídos de ganados, según me informé más tarde de los que vinieron del río de la Plata pasando por las Charcas el año mil quinientos cuarenta y ocho (diez años después)”.
     Igual que le pasó a Almagro en su terrible y fracasada expedición a Chile, también ahora los Andes van a resultar mortíferos para los españoles (y más todavía para los porteadores indios). “El capitán Pedro de Candía se vio atrapado al meterse con sus hombres en montañas tan temibles, en las que el sol jamás es visto, ni las nubes dejan de estar negras, ni deja de llover. Habló con sus capitanes si pasarían adelante o se volverían atrás. Se encontraban en gran confusión, pues les parecía que tampoco podrían dar la vuelta por donde habían entrado, y estaban muy arrepentidos de haberlo hecho por tan mal camino. Determinaron seguir adelante como pudiesen. Llegaron al paso más áspero e trabajoso que habían visto, estando en peligro de perder los caballos, porque era peña viva, por lo que recurrieron a una gentil invención. Hicieron unas grandes sogas con bejucos muy largos, luego fueron unos mancebos ligeros por la peña arriba, y ataron las sogas a los árboles. Las ataron después a los cuerpos de los caballos, y los subían de esta manera, lo que no era pequeño trabajo para los españoles. Pasadas las malas peñas, llegaron a unos valles calientes que se llaman Abisca”.

     (Imagen) No solo le faltaban a PEDRO DE CANDÍA cualidades de líder, sino que, además, la campaña que va a dirigir será una repetición de las tragedias que vivieron antes en los terribles Andes Pedro de Alvarado y Diego de Almagro. Uno de sus acompañantes, Pedro de León, da un detalle escalofriante en su memoria de servicios. En el documento de la imagen, dice que “fue con el capitán Pedro de Candía a las provincias de los chiriguanos, en la cual jornada padecieron grandes y excesivos trabajos, porque, de 300 hombres que allá fueron, murieron 220”. Sin embargo, Pedro de Candía, además de tener un valor excepcional, resultaba imprescindible por su famosa pericia como artillero y fabricante de armas. Ya en 1529 el Rey le había nombrado Capitán de Artillería de la provincia de Túmbez y regidor del cabildo, “facultándole, además, para renovar los tiros que se quebraren y disponer todo lo necesario para el servicio de fuego y pólvora”. Ese mismo año, el Rey lo premió por ser uno de los Trece de la Fama, como dice el encabezamiento de la cédula real: “Se les concede a los compañeros de Francisco Pizarro, Bartolomé Ruiz, piloto, Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Domingo de Bralugo, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Halcón, García de Jaén, Antonio de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre, que el que sea ya hidalgo pase a ser caballero armado, y el que sea ciudadano pechero pase a hidalgo de solar”. Pedro de Candía tuvo la fatalidad de que, en 1542, el trágico y vengativo Diego de Almagro el Mozo, a punto de ser derrotado y pensando que le traicionaba, lo mató.


miércoles, 3 de abril de 2019

(Día 795) Hernando Pizarro promueve varias expediciones. Entre los capitanes estaban Alonso de Mercadillo y Pedro de Candía. Los dos fracasaron. Hernando Pizarro, sin duda decidido a ejecutar a Almagro, prepara un proceso contra él. Cieza se dispone a hablar de las andanzas de Aldana.


     (385) Cieza nos hace saber que también se pusieron en marcha otras expediciones. El capitán Pedro de Vergara iría a Bracamoros, y Alonso de Mercadillo a la tierra de los chupacos. Y añade: “Más adelante contaremos en qué acabaron estas conquistas, e hablaremos ahora de la de Pedro de Candía, que fue la primera”. Dice que Candía sacó ochenta y cinco mil pesos de oro, y gastaba tanto que muchos mancebos nobles se enrolaron “pensando que sería cordura hacerlo, por no tener que gastar ni otra cosa que aventurar más que su tiempo. Candía les pagó sus aderezos, y no solamente gastó con ellos lo que tenía, sino que se adeudó otro tanto”. Nombró cinco capitanes y un maestre de campo. Llevaba gente, no solo de los de Pizarro, sino también de los de Almagro. “Partió hacia su destino, siendo mucho el servicio de bagaje que llevaba, e mucho de ello se perdió”. Habla, como otras veces, del calvario de los indios en estas expediciones: “Estas provincias no se pueden conquistar de ninguna manera sin la ayuda de los nativos, y por eso se lleva siempre gran cantidad de ellos”. Llegó Candía al valle de Pacual, y se detuvo nada menos que mes y medio para aprovisionarse bien, porque le constaba que la travesía de los Andes iba a ser muy dura. Al enterarse Hernando Pizarro, le preocupó que su larga estancia agobiara demasiado a los indios: “Mandó al capitán Garcilaso de la Vega (el padre del cronista Inca Garcilaso) que fuese allá y no consintiese que los de Candía hiciesen ningún daño a los nativos, y que les ordenase a los españoles seguir adonde debían ir”.
     A la vuelta de Garcilaso de la Vega, empezó Hernando Pizarro a maquinar el montaje jurídico de un terrible propósito: “Mandó a los escribanos, no porque tuviese intención de dar vida al Adelantado Almagro, que, tomando testigos, llevasen a cabo un proceso contra él por los delitos que había cometido. Y, como, por nuestros pecados, los hombres que están en esta tierra tienen intenciones tan deseosas de vengarse, bastó con saber que Hernando Pizarro quería hacer proceso contra Almagro, para que muchos se presentaran diciendo que sabían cosas por las cuales era digno de muerte. Y los escribanos se daban gran prisa en tomar testigos, pues el proceso tuvo más de dos mil hojas de pliego de papel. Y, mientras se trataba en esto, se ponía gran cuidado en mantenerlo preso”.
     Respetando el orden sincrónico que le gusta emplear a Cieza, vemos que, al tiempo que ocurrían estas cosas, se ponían en marcha otras: “Tomemos un respiro sobre las guerras civiles, porque, mientras se acerca la de Chupas, es necesario contar lo que estos capitanes hicieron, y lo que le sucedió al teniente general Lorenzo de Aldana, quien iba, como ya dijimos, a la ciudad de Quito por mandato de D. Francisco Pizarro; también conviene saber ahora lo que hizo Manco Inca después de que Rodrigo Orgóñez lo alcanzó valientemente, liberando a Ruy Díaz y a otros cristianos”. Repite lo que ya nos contó. Manco Inca decidió refugiarse en los Andes, aunque el sumo sacerdote Villahoama, ejerciendo también como gran capitán, prefirió quedarse para seguir luchando contra los españoles.

     (Imagen) Nos sale al paso ALONSO DE MERCADILLO porque Hernando Pizarro le confía una expedición a la tierra de los chupacos. Resultó un fracaso, y, por tener un carácter irascible, sus propios hombres lo apresaron y lo denunciaron como blasfemo, pero quedó libre. A pesar de que apenas existen datos sobre él en los archivos históricos, hizo cosas muy importantes. Consta que llegó a las Indias en 1535, contando ya con el título de capitán, prueba de que era entonces un veterano y prestigioso militar. Después de su fracaso, anduvo por tierras ecuatorianas y fundó Loja (en 1546), Zamora y Zaruma. Aunque se le atribuyen otros orígenes, no queda duda de que nació en Loja (Granada). Quizá el despiste venga de que, cuando partió para las Indias, fue registrado como “el capitán Alonso de Mercadillo, hijo de Luis de Mercadillo y de Leonor de Villena, natural de Granada”. Salía con destino a la americana Veragua y bajo el mando del capitán Felipe Gutiérrez, otro conocido nuestro, a quien, al resultar un fracaso esa expedición, acompañó a Perú para ayudar a Pizarro contra el cerco de los indios. Gutiérrez, como vimos, quiso ser imparcial entre Pizarro y Almagro, pero se mantuvo fiel al primero. Lo mismo hizo Mercadillo. Luego sus vidas se separaron. Gutiérrez murió en 1545. Mercadillo luchó al lado de Gonzalo Pizarro, hasta el punto de estar implicado en la muerte del virrey Núñez Vela. Todo cambió cuando Pedro de la Gasca, ese prodigio de cuerpo contrahecho pero superdotado de inteligencia, ganó a Mercadillo para la causa del rey, logrando derrotar a Gonzalo Pizarro, condenarlo a muerte, y ejecutarlo. ALONSO DE MERCADILLO vivió después en la Loja ecuatoriana hasta el año 1560. Hoy lo hemos sacado del olvido.



martes, 2 de abril de 2019

(Día 794) Es evidente que Pizarro no quiso evitar la guerra con Almagro. También es sospechoso que llegara al Cuzco después de su ejecución. Hernando Pizarro impulsaba a sus hombres a que fueran de conquista. Pedro de Candía irá al frente de una que resultó desastrosa.


     (384) Este pobre ‘mozo’ va a ser una de las figuras más tristes de la historia de las Indias. Le vemos ahora con solo dieciséis años, y pasará pronto por el mal trago de la ejecución de su padre, aunque no fue testigo directo. Estará luego bajo la tutela de quienes lo ejecutaron. Quizá disimulara su odio, pero lo llevaba en lo más profundo de su alma, hasta el punto de liderar la conspiración que acabó tres años después con el asesinato de Francisco Pizarro. Empujado por las circunstancias, llegó a rebelarse contra el Rey, y fue sometido por su enviado, Vaca de Castro, siendo después procesado y ejecutado a la edad de veinte años. Lo veremos con detalle en su momento.
     Mientras se desarrollaba la batalla de las Salinas, muchos le dijeron a Pizarro que debía ir al Cuzco y parar aquella barbaridad, pero les contestaba con  una excusa para no hacerlo: “Les decía que lo haría si no estuviesen los indios en rebeldía, pues era necesario llevar mucha gente para atravesar sus pueblos. En ese tiempo llegó fray Vicente de Valverde con el nombramiento de obispo, que fue el primero que hubo en Perú (recordemos que, tres años después, lo mataron los indios en la isla Puná)”. Curiosamente, cuando supo Pizarro en Lima que la batalla de las Salinas había terminado con victoria de los suyos, tuvo la natural alegría y, dejando de lado su excusa anterior sobre el peligro del viaje, decidió  ir al Cuzco. Es evidente que no deseó que se evitara el enfrentamiento con Almagro, pero todo indica que tampoco quiso perdonarle la vida, puesto que fue tan despacio que, cuando llegó a la ciudad, ya lo habían ejecutado.
     La aventura de Alonso de Alvarado en territorio de los chachapoyas va a ser exitosa, pero hubo mucho desastre y sufrimiento en varias de las que Hernando Pizarro impulsó para que sus hombres (que ya temían el mal resultado) quedaran satisfechos en conquistas hipotéticamente interesantes, aunque es cierto que en algunos territorios se encontraron más tarde grandes riquezas mineras (por ejemplo, en Potosí). El primero que se apuntó a las campañas que promovió Hernando Pizarro fue Pedro de Candía, convertido para entonces en un hombre muy rico. Como ya sabemos, su  protagonismo en la conquista de Perú fue de primer orden, sobre todo hasta el momento en que apresaron a Atahualpa. Pero le faltaba capacidad de mando e inteligencia práctica, como nos muestra Cieza: “Era vecino de esta ciudad del Cuzco un Pedro de Candía (es raro que le dé un trato casi anónimo). Tenía en dinero cien mil ducados, y, para gastarlos y quedarse sin nada, bastó que una india de su servicio, con quien se decía que tenía conversación (puritano Cieza), le dijera que, pasada la cordillera de los Andes, daría con una tierra muy poblada y riquísima. Al tener aquella noticia, creyendo que era cierta, sin acordarse de que en estas cosas nunca dicen verdad los indios y ocasionan que se pierdan muchos capitanes con sus hombres, le pidió a Hernando Pizarro que le diese aquella conquista, cuya tierra se llamaba Ambaya, nombrándolo a él como capitán de la expedición. Hernando Pizarro, como lo que más deseaba era ver fuera de la ciudad a los muchos españoles que allá estaban, porque había más de mil seiscientos, le dio la conformidad”.

     (Imagen) Todos tenemos defectos, y la valía depende del conjunto, positivo o negativo. Tomemos como ejemplo  al dominico FRAY VICENTE DE VALVERDE, del que hemos visto muchas actuaciones. Sin duda tuvo sus ambiciones personales, pero pesaba mucho en su haber la valentía y una  profunda fe religiosa, inevitablemente impregnada de caridad. Recordemos que se jugó el tipo saliendo ‘a cuerpo gentil’ para enfrentarse cara a cara con el superpoderoso Atahualpa, sin otra arma que un libro de rezos. En el preciso instante en que Pizarro y Almagro están a punto de empezar un duelo a muerte, fray Vicente llega a Lima, no solo como el primer obispo del Cuzco, sino también con otra responsabilidad, la de Protector de los Indios, cargo creado con evidentes buenas intenciones, pero difícil de ejercer, debido a los abusos que cometían los españoles con los nativos. La imagen muestra parte de las sugerencias que el obispo le envió al Rey. Después de centrarse en la importancia de su evangelización, le sugiere en este folio lo siguiente: “Que es mejor que las encomiendas de indios sean perpetuas, para evitar irregularidades. Que no conviene que los indios de un mismo cacique se repartan entre dos españoles, porque se presta a conflictos. Que de ninguna manera se les traslade de sus poblados tradicionales. Que no se conceda indios a los gobernadores, ni a los funcionarios, para evitar que disimulen el mal tratamiento que otros les hacen. Que, si se les impone tributos, que sean tasados según sus posibilidades. Que no se les obligue a mayores trabajos que los que ellos suelen tener”. Recordemos que, tres años después, los indios mataron en la isla Puná al obispo y a todos los españoles que lo acompañaban.