sábado, 16 de febrero de 2019

(Día 756) Los consejeros de Almagro deciden que se deje libre a Hernando Pizarro, con ciertas condiciones. Pero llega Ansúrez de España con nuevas órdenes del Rey, y Pizarro cree que no le conviene aceptar el nuevo convenio con Almagro.



     (346) Tan importante detalle era resultado de parte de las negociaciones que había realizado Bobadilla en Mala estando presentes Almagro y Pizarro. Así lo cuenta Cieza: “Para decir cómo fue, tengo necesidad de hacer mención de ciertos documentos que se formalizaron en Mala cuando se vieron los dos Gobernadores delante del Provincial Bobadilla (recordemos que Almagro salió de allí escopetado al saber que Gonzalo Pizarro quería apresarlo), lo cual no lo conté antes, cuando sucedió, por convenir hacerlo ahora”. Y, acto seguido, pasa a transcribir la documentación que nos había ‘escamoteado’; tiene fecha del catorce de noviembre de mil quinientos treinta y siete. Copiaré lo esencial: “Habiendo platicado los señores Gobernadores en lo que convenía para la paz de estos reinos, y porque una de las cosas principales que tocaban a la dicha pacificación era soltar de la prisión a Hernando Pizarro, D. Diego de Almagro dijo que tenía por bien dejar este negocio en manos de los licenciados Antonio de la Gama e Francisco de Prado para que diesen firmado lo que les parecía que se debiese hacer conforme a justicia, y que él lo haría y cumpliría”.
     De manera que se pusieron en marcha los trámites para liberar a Hernando Pizarro, mostrando Almagro, una vez más, un increíble exceso de confianza, por sus deseos de evitar la guerra. Los licenciados Antonio de la Gama y Francisco de Prado, efectuando la comisión recibida de Almagro, decidieron que había que dejar en libertad a Hernando Pizarro, quedando sujeto a ciertas condiciones. Le obligaban a presentarse ante Carlos V dentro de un plazo de seis meses para que fuera procesado. Tenía que dejar previamente una fianza y hacer pleito homenaje garantizando que no se enfrentaría a Almagro durante ese tiempo de espera. Todo se iba preparando sin tropiezos. Incluso los fiadores de Hernando Pizarro dejaron su depósito. Solo faltaba que Pizarro jurara también la capitulación de los licenciados. Pero en ese momento volvió de España Peransúrez, el representante de Pizarro, con nuevas órdenes del rey sobre lo que se debía hacer hasta que se concretaran definitivamente los límites de las gobernaciones, y el ilustre trujillaño dejó el tema en el aire, incluso con peligro de su hermano: “Veía que le convenía no someterse a la capitulación, porque, aunque se soltase a su hermano, sus capitanes y quienes le aconsejaban, siendo caballeros e tan generosos, no querrían quebrar su palabra ni quedar como traidores (por engañar a Almagro al no cumplir lo que iban a prometer), y con gran prisa envió por la provisión para presentarla a sus capitanes, teniendo oculto, según se dijo, algunos días a Peransúrez, por donde se ve más claro el engaño y la cautela que tenían con el Adelantado Almagro”.
     No es extraño que Pizarro temiera el texto de la provisión del rey, puesto que le había enviado a Peransúrez para pedirle, entre otras cosas, que, mientras se resolviera el asunto de los límites, ordenase que cada gobernador conservara lo que entonces poseía, pero había pasado un año y la situación en ‘el tablero de ajedrez’ era ya muy distinta porque Almagro le había arrebatado el Cuzco: “Llegado a España, Peransúrez hizo sus peticiones a la Emperatriz y a los del Consejo Real (por no estar Carlos V en España), siendo el principal intento del Gobernador Pizarro sacar una provisión para que se estuviesen él y Almagro donde les tomase el documento, hasta que fuesen señalados los límites de las gobernaciones. Esto lo deseaba D. Francisco Pizarro porque creyó que Peransúrez viniera antes de que volviera Almagro de Chile”.

     (Imagen)  PEDRO DE ANSÚREZ (luego fundador de Sucre en Bolivia) tuvo que ser muy valorado por Pizarro para confiarle la misión de ir a España y conseguir ventajas del Rey sobre la superficie de su gobernación. Fue, trabajó y volvió. Pero la documentación que trajo no fue suficientemente clara como para evitar las guerras civiles. Ya dije en otra ocasión que su vida terminó trágicamente, el año 1543, al ser asesinado por los piratas franceses durante un nuevo viaje a España. Parte de la riqueza que llevaba, suya y de otros, pudo salvarse, y reclamaron lo que les correspondía sus herederos, a quienes, a su vez, el ubicuo fiscal del Consejo de Indias, Juan de Villalobos, les exigió que devolvieran a la Corona un préstamo que se le había hecho al difunto, como aparece en el documento de la imagen, fechado en 1550. Ansúrez tenía también el ilustre apellido ‘Enríquez’, que, como se ve en el texto, lo lucían varios miembros de la familia. El Rey, por petición del fiscal Villalobos, se dirige así a los herederos (y ahora demandados): “Don Carlos Emperador, a vos, Carlos Enríquez, e a Juan Rodríguez de Cisneros, e a Cristóbal de Robles (heredero que quedasteis de doña Catalina Enríquez, vuestra mujer), y a vos doña Isabel Enríquez, mujer de Gonzalo Puertocarrero, e a Mari Núñez de Villarroel, todos herederos del capitán Peranzúrez de Camporredondo…”. Después sigue la reclamación, pero no se menciona a su mujer, Ana de Mercado, ni a su hijo, Diego Ansúrez, el único que tuvo en Perú, quizá porque al fisco le resultara más fácil actuar contra los herederos españoles, varios de los cuales vivían en Sahagún, de donde era oriundo el difunto.




viernes, 15 de febrero de 2019

(Día 755) Pizarro acepta todas las condiciones de tregua, pero sin intención de cumplirlas. Hasta finge que mantiene un gran afecto por Almagro, quien, más confiado, retrasa sus posiciones militares, con gran disgusto de Orgóñez.


     (345) El profético Orgóñez ya le había advertido a Almagro que, si le ofrecía la paz a Pizarro, “lo engañaría y no cumpliría con él ninguna cosa que prometiese”. Pizarro, en su afán simulador, les dijo a los representantes de Almagro que tampoco él se fiaba de Bobadilla, por lo que lo descartaba de lo que ahora iban a negociar, poniendo en su lugar a fray Juan de Olías, quien actuaría junto a otros representantes de Pizarro, todos del gusto de los almagristas.
     Hubo cosas de las que había ordenado Bobadilla que fueron aceptadas por ambas partes. Se comprometían a desarmar sus ejércitos hasta que hubiera una decisión definitiva sobre los límites de las gobernaciones o una última orden de Su Majestad. También hubo conformidad en que Almagro, como ordenaba Bobadilla, pudiese tener tratos con los mercaderes de Lima. El cambio esencial del enfoque radicaba en un punto concreto: Almagro exigía que tanto él como Pizarro, durante ese tiempo de espera, siguieran situados en el mismo territorio que entonces controlaban, él ocupando el Cuzco y Pizarro la ciudad de Lima. No hubo ni la más mínima discusión. Pizarro estuvo de acuerdo en todo, porque no pensaba cumplir nada. Lucharía por el Cuzco, e incluso es de suponer que le gustara la idea de prometer desarmar su ejército, para ver si Almagro cometía la ingenuidad de hacerlo con el suyo.
     Pizarro les hablaba a los mensajeros de lo mucho que le alegraba haber hecho las paces con Almagro, “a quien más que a un hermano quería”. Pero tan lindas palabras no calmaban su desconfianza, y le exigieron el más solemne de los juramentos (que de nada serviría): “Los que habían venido con los poderes de Almagro mostraron que solo estarían satisfechos si hacía pleito homenaje de mantener firmemente lo acordado. El Gobernador Pizarro dijo que lo juraría con gusto, y asimismo sus capitanes”. Luego él y sus capitanes hicieron el juramento de pleito homenaje notarialmente ante testigos, dejando constancia los mensajeros de que se comprometían a que Almagro actuara de la misma manera. Cieza no puede evitar el comentario de que “la intención de Pizarro no estaba de acuerdo con sus palabras”. Quien se encargó de tomar el solemne juramento fue Diego Núñez de Mercado, y ante él prometieron cumplirlo pomposamente el Gobernador Don Francisco Pizarro y los capitanes Alonso de Alvarado, Gonzalo Pizarro (todavía por debajo del rango militar de Alvarado), Diego de Rojas, Diego de Agüero, Francisco de Chaves, Diego de Urbina, Pedro de Vergara y Pedro de Castro.
     A su vuelta, los mensajeros le pidieron a Almagro que cumpliera lo que habían prometido en su nombre, y se formalizó la toma de su pleito homenaje. Siempre deseoso de evitar la guerra, Almagro dio el primer paso de las condiciones estipuladas. Abandonó la población que había fundado en el valle de Chincha, llamada Almagro, y retrocedió hasta el valle de Zangalla. Como era de esperar, el clarividente Rodrigo Orgóñez (‘¡qué buen vasallo si obiese buen señor..!’) puso el grito en el cielo: “Rodrigo Orgóñez hacía grandes exclamaciones, diciendo que el mismo Almagro se quería perder, pero que no bastaban sus consejos para estorbar lo ya concertado”. Y, además, ¡se iba a liberar a Hernando Pizarro!

     (Imagen) DIEGO DE URBINA, nacido en Orduña, era uno de los capitanes destacados de Pizarro, pero se pasó finalmente al bando de las fuerzas leales a la Corona. Más adelante le dedicaré un amplio espacio porque le escribió al Rey una larga carta comunicándole que Pizarro había sido asesinado y explicándole los problemas que surgieron después. Hubo varios Urbina, y bastantes con el nombre de Diego, lo que se presta a confusiones. El apellido es de origen vasco, aunque exista casualmente en Italia una población con ese nombre. En 1601, una tal Catalina de Urbina hizo una relación de los méritos y servicio de sus parientes más próximos. El texto nos mete de lleno en las guerras civiles de Perú. Dice que su padre, también llamado Diego de Urbina (posiblemente se trate de nuestro protagonista) “fue sobrino de Diego de Urbina, que era Maese de Campo contra el tirano Gonzalo Pizarro, y, en un riguroso encuentro que tuvo (su tío) contra los tiranos, le dieron un arcabuzazo, de lo que murió luego”. En 1538 se presentó un Diego de Urbina en Perú ante Francisco Pizarro con una recomendación que le había dado la reina Isabel, esposa de Carlos V, porque había servido en Italia mucho tiempo. La historia del padre de Catalina también acabó dramáticamente. Y así la cuenta: “Su padre, habiéndose alzado Francisco Hernández Girón contra el Rey (fue la última guerra civil), determinó matarle y, para ello, juntó a familiares y amigos. Cuando estaba a punto para ejecutarlo, le llegó la noticia al tirano, y, con la mucha gente que tenía, le prendió, y, estando preso, él y su maese de campo le dieron garrote, y le robaron todo lo que tenía en su casa”. Tuvo que ocurrir en 1553 o 1554.



jueves, 14 de febrero de 2019

(Día 754) La decisión de Bobadilla tuvo un efecto pernicioso. Aun así, Pizarro y Almagro, piensan desesperadamente en una renegociación. Cieza lo ve claro: Pizarro iba a fingir que aceptaba las condiciones, con el fin de que Hernando Pizarro quedara libre.


     (344) Nadie estaba en situación tan precaria y angustiosa como Hernando Pizarro: en el corredor de una muerte que podía llegar en cualquier momento. Era hombre vengativo, y este suplicio tuvo que influir en su posterior crueldad con Almagro. Su hermano Francisco Pizarro sabía que el resultado de la sentencia era una muy buena noticia, pero también que todos estaban al borde del abismo: Almagro, sin duda rabioso, quizá iniciara un ataque inmediato, e incluso matando previamente a Hernando Pizarro: “Quedaron tan enconadas las cosas después de la sentencia de Bobadilla, que pronto se encendió la guerra. En el real de D. Francisco Pizarro no había menos alboroto que en el de Almagro, y decían que había que ir a soltar a Hernando Pizarro, e ir de nuevo al Cuzco a tomar posesión de la ciudad. D. Francisco Pizarro, al saber que en Chincha hablaban de matar a Hernando Pizarro, envió a Hernando Ponce de León, a Francisco Godoy y al licenciado Prado adonde el Adelantado Almagro para que se volviese a tratar sobre el negocio de los límites de las gobernaciones, y se dejase libre a Hernando Pizarro”.
      Llegados a su destino, Almagro, que no deseaba otra cosa sino evitar la guerra, recibió bien a los mensajeros, y curiosamente, va a proponer como solución otro callejón sin salida. Le acusaba a Bobadilla de juzgar asuntos en su sentencia que solo competían al Rey y a los miembros de su Consejo. Acertaba al ver que la última palabra la debería tener Carlos V, pero ni él ni Pizarro quisieron esperar a oírla, empeñados en zanjar el asunto por una vía imposible. Así que continuó el desesperado esperpento. Consultó Almagro con sus asesores habituales y admitió la propuesta de renegociación de Pizarro: “Dijo que quería intentar de nuevo la paz, que enviaría unos capítulos al  Gobernador Pizarro con el contador Juan de Guzmán y con Diego Núñez de Mercado, que pusiese él de su parte a Bobadilla, que él pondría de la suya a un caballero, y que los dos (Pizarro y él) se obligasen  con juramento a guardar lo que estos determinasen”. La escena se repitió: sus consejeros estuvieron de acuerdo, y Orgóñez insistió en que solo serviría para perder el tiempo y en que deberían volverse al Cuzco tras ejecutar a Hernando Pizarro, a lo que le respondió Almagro que “primeramente quería saber si, sin derramamiento de sangre, pudiera verse como Gobernador de la provincia que Su Majestad le había concedido”. El no va más: aún esperaba lograr sus pretensiones en paz y amor con Pizarro.
     Le prepararon, pues, a Almagro unos capítulos con las condiciones que él exigía para la paz, y llegaron con ellos los mensajeros adonde Pizarro; los recibió cortésmente, pero en su cabeza bullía una preocupación dominante; la vida de su hermano: “Sabido por Pizarro a lo que venían e los capítulos que traían, deseaba en tanta manera ver suelto de la prisión a su hermano Hernando Pizarro, que, fingidamente y con gran cautela determinó aprobar todo lo que quisiesen, para, después de ver a su hermano libre, mover la guerra con toda crueldad hasta satisfacerse de Almagro”.

     (Imagen) En la imagen de hoy aparece bajo sospecha en un pleito DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN, estando ya de vuelta en España. Pero todo hace suponer que, entre bastidores, andaba Hernando Pizarro influyendo sobre el fiscal para quitarse de encima las acusaciones procesales que el propio Enríquez le había hecho sobre la ejecución de Diego de Almagro, cuya injusticia tendremos ocasión de ver. El fiscal exagera tanto que le echa a Enríquez toda la culpa del inicio de las guerras civiles. En el texto (resumido) el Rey dice: “Hay pendiente un pleito entre el licenciado (Juan de) Villalobos, nuestro Fiscal, y Don Alonso Enríquez, a quien acusa de ser la causa de las alteraciones y muertes acaecidas en Perú entre Hernando Pizarro y el Adelantado Don Diego de Almagro e su gente”. Con el fin de que se pudiera demostrar la mala catadura de Enríquez, El Rey, a petición del fiscal (sucia maniobra), reclamó los datos de otro proceso al que había sido sometido: “Para que nos conste que el dicho Don Alonso Enríquez tiene como costumbre cometer semejantes delitos, conviene que se presente un proceso hecho en la ciudad de Sevilla sobre que revolvió a ciertos caballeros e hizo un desafío entre ellos, sin lo querer ni saber los susodichos, e trató de que se matasen”. De nada le sirvió la estrategia a Hernando Pizarro. Las acusaciones contra él de Enríquez, Diego de Alvarado y otros consiguieron que estuviera más de veinte años en la cárcel. No tenían ningún interés económico, sino solamente un afán de que la justicia castigara la miserable muerte de Almagro.








miércoles, 13 de febrero de 2019

(Día 753) Los hombres de Almagro se indignaron con el dictamen, y le presionaban para que batallara contra los de Pizarro. Almagro los calmaba, pero echaba pestes de Bobadilla. Orgóñez le dice, en vano, que es el momento de matar a Hernando Pizarro.


     (343) Naturalmente, para Almagro y los suyos la sentencia resultó un mazazo. Fueron incapaces de digerir lo que había decidido Bobadilla, quien, en varios aspectos, había dictaminado con sensatez.  En ninguno de los dos bandos reinaba la razón, sino la pasión, y sin duda también los de Pizarro se habrían rebelado en caso de salir perjudicados: “Cuando Almagro y sus capitanes lo conocieron, fue grande su turbación, y, con un furor recio, pidiendo las armas, decían que no se aguardase más, que no convenía disimular tan gran mal, ni que fraile tan cruel dejase de ser castigado por el error tan pesado que había hecho. También decían sus hombres que la ignorancia de Almagro había de ser causa de que los Pizarro triunfasen sobre ellos, y que, para quedar sin el Cuzco, mejor habría sido meterse en lo interior de Chile hasta llegar a la regiones que confinan con el Estrecho de Magallanes”. Almagro a duras penas podía contenerlos, y les recordaba todo el mérito que él tuvo en la conquista de Perú: “Y no creáis que exagero, porque yo os certifico que, si este viejo tuerto que aquí veis no hubiera puesto tanta vehemencia en la empresa, Pizarro la habría abandonado, pues muchos saben cuántas veces intentó la vuelta a Panamá”. No era justo lo que decía. Tuvo un mérito extraordinario, pero el de Pizarro había sido mucho mayor, y, si alguna vez titubeó, lo asombroso fue que pudiera seguir adelante con la enorme cruz que llevó a cuestas durante tantos terribles años.
     Luego Almagro se lamentó de haber aceptado (por consejo, quizá astuto, de Bobadilla) confiar la importante cuestión a un solo juez: “Y ahora ha venido un fraile, con las mañas que ha tenido, en cuyas manos se ha dejado algo para lo que eran menester letrados y hombres doctos que sin partidismo dictaran lo que fuera justo, y, exhortado por los Pizarro, mis enemigos, ha pronunciado un sentencia tan injusta para mí”.
      No podía faltar la voz airada de su principal capitán y puro hombre de acción militar: “Rodrigo Orgóñez, viendo que así se afligía, le dijo que él había sido la causa de todo aquello, y que le pesaba que todas las cosas que le había dicho se hubiesen cumplido,  e que el final remedio que tenía era cortar la cabeza a Hernando Pizarro y retirarse a la ciudad del Cuzco, donde se podían hacer fuertes, pues, aunque Pizarro los siguiese con un poderoso ejército, llegarían  tan fatigados por lo largo y difícil del camino, que no los podrían desbaratar”. Lo remató con una frase de sabiduría maquiavélica: “Que no le diese pena la sentencia que Bobadilla había dado, sino que pensase en lo que decía Julio César, ‘que si las leyes se habían de quebrantar, había de ser para reinar. Almagro le respondió (agarrándose a un clavo ardiendo) que había que ver primero si el falso juez otorgaba la apelación, y si podía haber todavía tales conciertos que Su Majestad no se viera deservido con guerras y alborotos. Y, como todos estaban tan indignados por la sentencia, amenazaban a Hernando Pizarro de muerte, y algunos dicen que le decían que se confesase porque le querían matar, y también que había orden de que cuando se llamase para la lucha, sin aguardar más, le cortarían la cabeza”.

     (Imagen) En la carta de la imagen, Hernando de Zaballos le escribe al Rey en nombre de Francisco y Hernando Pizarro. Era procedente pedirle con urgencia que zanjara el pleito entre Pizarro y Almagro, pero el escrito se centraba solamente en los derechos del primero, y los dos bandos fueron incapaces de esperar con calma una solución definitiva. Fue enviada el año 1537, poco antes de que empezara la guerra de las Salinas. Se hace mención a que el mismo Rey, al conocer las alteraciones que había habido en Perú, le envió a Almagro unas provisiones para que “él y la gente que tenía en la ciudad del Cuzco saliesen de ella, la dejasen libre al Marqués Don Francisco Pizarro, soltasen a Hernando Pizarro y a las otras personas que tenían presas, y les devolviesen todos los bienes (oro, plata y otras cosas que les habían sido tomadas), bajo ciertas penas y apercibimientos en las dichas provisiones contenidas”. El texto continúa con gran nerviosismo: “Y, porque podría ser que el dicho Mariscal Don Diego de Almagro, por estar tan lejos de Vuestra Majestad, o por causa de algunas personas bulliciosas que están con él y le aconsejan mal, no quisiese cumplir las provisiones, es necesario que se nombren tres o cuatro personas de letras y conciencia para que se las hagan cumplir, porque, si se hubiese de venir acá para poner remedio, esta tierra se perdería antes. Suplican a Vuestra Majestad que envíe a las personas que convengan para la pacificación de esta tierra, con lo que el dicho Marqués Don Francisco Pizarro recibirá gran merced”. Lo que quiere decir que Almagro ya había recibido una orden del Rey para que abandonara el Cuzco, y, al no hacerlo, se convirtió en el villano de la historia, perdiendo la legitimidad de sus, en principio, razonables reclamaciones. La desesperación de la carta revela que, con el Rey en la lejanía, el terrible conflicto iba a ser inevitable, porque la mecha ya estaba encendida.



lunes, 11 de febrero de 2019

(Día 752) Bobadilla les ordenó a los dos algo conveniente, pero imposible: que desarmaran sus ejércitos. Pizarro aceptó en lo demás el veredicto. El representante de Almagro lo rechazó, quiso apelarlo, y Bobadilla no se lo permitió.


     (342) Sin duda alguna, esta parte de su sentencia estaba muy bien fundamentada, quedando Almagro chasqueado por el gravísimo error de haber actuado violentamente, y como juez y parte, al apoderarse de la ciudad. Bobadilla repite varias veces que lo que ordena tendrá vigencia hasta que haya una información definitiva de los pilotos que sea confirmada por su Majestad. En un asunto menor, le manda a Pizarro que le permita a Almagro adquirir cuanto necesite, para él y para su gente, tratando con los mercaderes asentados en la Ciudad de los Reyes. Era tan explosiva la situación, que Bobadilla tomó otra medida muy importante, sensata pero imposible, debido a la desconfianza mutua: “Por cuanto al presente tienen sus ejércitos a punto de guerra debido a las diferencias sobre sus límites, y puesto que Su Majestad manda que cada uno esté en lo que hubiese conquistado e pacificado, mando que, dentro del plazo de quince días, los dichos gobernadores deshagan los dichos ejércitos, enviándolos a pacificar, conquistar, poblar la tierra y apaciguar a Manco Inca”. También le ordenó a Almagro que se retirara del valle de Chincha, volviendo al de Nasca, porque estaba ocupando tierras ya concedidas por Pizarro a los vecinos de la Ciudad de los Reyes. Les exige a Pizarro y a Almagro que hagan paces perpetuas. La sentencia fue dictada por fray Francisco de Bobadilla con fecha quince de noviembre de mil quinientos treinta y siete. Estaban presentes, entre otros, Pizarro y un procurador de Almagro, Juan Rodríguez Barragán. Pizarro, como no podía ser menos, la acató, sin duda  entusiasmado, y el procurador salió respondón, insistiendo en los ya repetidos argumentos viciados: “Cuando oyó la sentencia el procurador Juan Rodríguez Barragán, respondió que el Gobernador D. Diego de Almagro poseía e tenía la ciudad del Cuzco en paz y concordia del cabildo e sus vecinos, según constaba por haber dado fe de ello el escribano Diego de Narváez, y que también tenía la posesión de todos los pueblos y valles que había hasta la Ciudad de los Reyes, donde terminaba su gobernación conforme a la provisión del Rey”. Afirmó asimismo que las personas que Almagro apresó fueron halladas culpables de delitos en los procesos a que fueron sometidas. Acto seguido, formalizó la apelación: “En cuanto a todo lo demás que al Adelantado Almagro atañe, dijo que era agraviado en tal sentencia, e que, con el acatamiento debido, la apelaba ante su Majestad y ante el presidente y los oidores de su Consejo de Indias, debajo de cuyo amparo ponía la persona e bienes del Adelantado. E pidió a su paternidad que le otorgara la apelación para presentarse a tiempo, y, si tácita o expresamente se la denegara, de tal denegación apelaba de la misma forma, e pidiolo por testimonio. Respondió el juez que no había lugar a la apelación, por ser, como era, de consentimiento de ambas partes, y que, no obstante la apelación, mandaba lo que mandado tenía (ambas partes habían renunciado previamente a la apelación). De la parte del Gobernador Pizarro, se presentó su procurador y pidió mandamiento ejecutorio de la sentencia para que se llevara a efecto. El Provincial Bobadilla lo mandó como él lo pedía”.

     (Imagen) Era de esperar la firme reacción de rechazo  de JUAN RODRÍGUEZ BARRAGÁN, procurador de Almagro, al ver que la sentencia de Bobadilla resultaba totalmente favorable a Pizarro. Siempre mantuvo su fidelidad a los almagristas, y le costó la vida cuatro años después. Cayeron sobre él las sospechas de que formaba parte de los conjurados que asesinaron a Pizarro, y hasta lo acusaron de ser él quien le dio el golpe definitivo, algo que siempre negó. Pero, en la posterior guerra de Chupas, perdida por Diego de Almagro el Mozo y luego ejecutado, Rodríguez Barragán fue detenido, procesado y ahorcado. Antes de morir, encomendó a sus hijos y hermanos que restituyeran su honra. Nunca lo consiguieron. Hay una dura provisión del Rey (la de la imagen), dictada ocho años después, en la que JUAN RODRÍGUEZ BARRAGÁN encabeza una lista de ejecutados por rebeldía cuyos bienes se ordena embargar. Leer los nombres del frío texto resulta lúgubre: “Real provisión ordenando a las justicias de estos reinos la confiscación de bienes de (los ejecutados) Juan Rodríguez Barragán, natural de Los Santos de Maimona (Badajoz), Rodrigo Barragán (hermano de Juan), vecino de Los Santos, Juan de Santiago, natural de Santander, Basilio Griego, Francisco Peces, vecino del Cuzco, Antón Noguero, vecino del Puerto de Santa María, Enrique Fernández, natural de Gran Canaria, Marticote, vecino de Pasaje de Rentería, en Guipúzcoa, Diego Martel, natural de Sevilla, Juan Pérez, Pedro de San Millán, natural de Segovia, Francisco Velázquez, Juan Navarro, el de la Pedrada (Galicia), Francisco Coronado, y Cristóbal de Marchena, natural de Huelva, condenados por sus delitos en Perú”.



domingo, 10 de febrero de 2019

(Día 751). El dictamen de Bobadilla iba a resultar muy frustrante para Almagro. Ordenó que le devolviera a Pizarro la ciudad del Cuzco y que dejara libres a los presos que tenía retenidos.


     (341) Apareció por allí un procurador de Almagro, y quiso mostrar otra ‘prueba’ de sus derechos: el documento en el que constaba que las autoridades del Cuzco habían recibido ‘voluntariamente’ como gobernador a Almagro. El hecho cierto era que Almagro y sus capitanes, después de apoderarse por la fuerza del Cuzco, se presentaron ante el cabildo, enseñaron la provisión real de la gobernación concedida a Almagro, y a las asustadas autoridades locales no les quedó más remedio que reconocer como evidente lo que ni siquiera ahora los pilotos veían claro. Es de suponer que Bobadilla se  tomara a risa tal documento, esta vez con toda justicia.
     Pues vamos allá con la sentencia de Bobadilla. Llegó el momento crítico. Tanto Pizarro como Almagro estaban muy nerviosos, y le metían prisa. Era de suponer que el dictamen no iba a servir para nada: el perdedor, cualquiera de los dos, no se conformaría con el resultado. Habría conflicto, sí o sí, pero, el favorecido por la decisión de Bobadilla, al menos la podría utilizar como otro argumento moral para defender su ‘justa’ causa, sobre todo a ojos del emperador. Los dos le mandaban ‘recaditos’ al fraile diciéndole que estaban convencidos de que les pertenecía el Cuzco. Cuenta Cieza: “El Provincial no podía negar que, según tengo sabido, era más aficionado a las cosas de Pizarro que a las de Almagro, y les respondía cortésmente que  deseaba hacer justicia. Orgóñez hacía ver que no tenía ningún contento de la sentencia que el Provincial había de dar, y le decía al Adelantado Almagro que le parecía que le habían de engañar e quedarse con toda la tierra, y, por poderla gozar sin mudanza, quitarle la vida. También Diego de Almagro decía que habría sido mejor no haberse fiado de un solo fraile, sino de los cuatro caballeros, como se había concertado primeramente (qué mar de titubeos…). Habiendo visto los procesos, el juez Bobadilla dio la sentencia que aquí veréis a la letra, sacada del original, que fue a favor del Gobernador Pizarro”. La sentencia fue redactada concienzudamente, pero habrá que abreviarla, centrándome en lo esencial de su argumentación. Insistía Bobadilla en que era necesaria para la paz: “Para excusar los alborotos e disensiones que ha habido, hay, y se espera haber entre los dichos Gobernadores, sus capitanes y su gente, de lo que Dios nuestro Señor y Su Majestad serán muy deservidos”. Fundamentaba su decisión desgranando los hechos y las pruebas, fijándose en los dictámenes de los pilotos, pero trayendo a colación como detalle muy importante que Almagro arrebató a Pizarro la ciudad del Cuzco cuando ya la tenía en sus manos: “Poseyendo el Gobernador D. Francisco Pizarro la ciudad con toda paz, el Adelanto D. Diego de Almagro, con mano armada e pujanza de gente, se la tomó e prendió a las autoridades, de lo que Dios nuestro Señor e Su Majestad han sido muy deservidos, con gran perdición de estos reinos. Por tanto debo mandar y mando que el dicho D. Diego de Almagro, al que no considero gobernador de la dicha ciudad, dé y entregue al dicho Gobernador D. Francisco Pizarro, dentro de un plazo de treinta días, la ciudad del Cuzco e lo que en ella hubiera habido de oro e plata pertenecientes a su Majestad como quinto real. E asimismo que entregue al dicho D. Francisco Pizarro, en un plazo de seis días, los presos que retiene, porque pobló la ciudad jurídicamente, conquistándola y pacificándola”

    (Imagen) En 1529, Pizarro había logrado en persona que la Reina firmara las capitulaciones para asentar sobre el Perú su dominio y el de sus dos socios. Vemos en la imagen parte de su primera página (que resumo): “La Reina: Por cuanto vos, el capitán Francisco Pizarro, y en nombre (también) del venerable padre don Fernando de Luque, provisor de la iglesia del Darién, y del capitán Diego de Almagro, vecino de Panamá, nos hicisteis relación de que, con deseo de nos servir y del acrecentamiento de nuestra Corona Real, hace cinco años más o menos que, con licencia de Pedrarias Dávila, nuestro gobernador en Tierra Firme (Panamá), tomasteis a cargo ir a conquistar, pacificar e poblar por la Mar del Sur (el Pacífico), a vuestra costa y la de vuestros compañeros, e hicisteis para ello dos navíos y un bergantín. (Y porque también), al ser necesario pasar jarcias e aparejos para el dicho viaje desde Nombre de Dios (costa del Atlántico) hasta la otra costa, así como con la gente necesaria para el dicho viaje, gastasteis mucha suma de pesos de oro, e hicisteis dicho descubrimiento pasando muchos peligros…”. En la página siguiente continúa la Reina añadiendo sus méritos. Y luego viene el largo texto de los poderes y honores que se les concede. Pues bien: ese fue  el primer gran golpe bajo que Pizarro (sin duda influido por sus hermanos) le dio a Almagro (el padre Luque era hombre pacífico y sin aspiraciones militares), ya que todo lo mejor lo consiguió solo para él. Seguro que celebraría todos los años el aniversario del valioso documento, fechado en un 26 de junio de 1529, pero con una excepción, el del 26 de junio de 1541, día en que lo asesinaron.



sábado, 9 de febrero de 2019

(Día 750) Los tres pilotos de Almagro dictaminan a su favor diciendo que el Cuzco le corresponde a él. Los tres de Pizarro le dan la razón a este. Carecían de objetividad, pero podían defender su postura porque, contra lo que dice Cieza, el reparto del Rey era impreciso.


     (340) Cieza se equivoca en lo que dice, porque, en realidad, las provisiones  eran confusas, y se produjo el trágico error del que fueron responsables los dos contendientes y sus bandos de partidarios interesados. La ambición los llenó de impaciencia, y decidieron aplicar la ley del más fuerte tomándose la supuesta justicia por su mano. Y así, Pizarro enterró a Almagro, a Pizarro el hijo de Almagro y a éste Gonzalo Pizarro, quien fue luego decapitado por el representante del Rey, muriendo asimismo miles de españoles enfrentados en implacables guerras civiles, que también supusieron una sangría para los indios. Qué diferente habría sido la historia de haber sabido esperar a que Carlos V pusiera con claridad a cada uno en su sitio, algo que, además, podía haber sido cuestión de poco tiempo. Perdió la sensatez y ganó la locura, con la fatalidad de las tragedias griegas.
     Se levanta, pues, el telón, y veremos a Bobadilla enredado en sus dificultades: “Después de que el Provincial Bobadilla hubo visto las provisiones del Rey, mandó a los procuradores que trajesen a los pilotos para que dijesen lo que sabían sobre el límite de las gobernaciones”. Y, de entrada, Cieza nos quita toda esperanza sobre su objetividad: “Vinieron algunos pilotos de la parte del Almagro y de Pizarro (tres de uno y tres del otro), y se puede creer sin pecado que estaban bien exhortados para favorecerlos de tal manera que su gobernador se quedase con el Cuzco, pues cada uno de ellos les había dado esperanzas de concederles repartimientos. El Provincial recibió juramento de ellos, que eran Juan de Mafra, Francisco Cansino, Ginés Sánchez, Francisco Quintero, Pedro Gallego y Juan Márquez. Les pidió que declarasen la altura (latitud geográfica) a la que se encontraba el pueblo de Mala. Y, bajo el juramento que habían hecho, dijeron que habían tomado la medida aquel mismo día, y declararon todos unánimes que estaba a doce grados y dieciocho minutos”. Así que ya sabemos que la situación de la población de Mala no era un problema, porque todos estaban de acuerdo en la distancia exacta a la que se encontraba. Pero empieza la locura. Aparecieron más pilotos de ambos bandos para darle su opinión a Bobadilla en el asunto principal, Cuzco sí, o Cuzco no. Y vamos a entender por qué Cieza se equivoca al decir que  la solución era sencilla y clara. Los pilotos favorables a Pizarro decían que el Cuzco le pertenecía, pero que estaba solamente a unas ¡cuatro leguas! del límite de su gobernación, una distancia tan raquítica en una medida de más de mil kilómetros, que carecía de fiabilidad para zanjar el asunto.  Naturalmente, los partidarios de Almagro lo tenían fácil para defender terca e imprecisamente que se encontraba al otro lado, en territorio de Almagro. Era una cuestión bizantina, donde nada se podía demostrar por la inevitable inseguridad de los astrolabios a aquella mínima escala. Esa fue la fatalidad de una catástrofe anunciada, como indica Cieza: “Los pilotos de la parte de Pizarro dijeron que el Cuzco entraba en su gobernación; de la parte de Almagro se presentaron otros que dijeron que caía en la suya”.

     (Imagen) FRAY FRANCISCO DE BOBADILLA va a resultar un enigma porque tan pronto se muestra sensato y razonable como evidente partidario de Pizarro. Da la impresión de que tendía a imponer lo que consideraba justo desde su propia subjetividad, despreciando las reglas de juego establecidas, con el agravante de que había conseguido que los dos contrincantes, Pizarro y Almagro, prometiesen acatar su decisión sobre el conflicto de los límites de las gobernaciones. Su trayectoria de evangelizador puede servir para confirmar que tenía un temperamento autoritario. No solo evangelizaba apasionadamente, sino que solía tomar decisiones que rayaban en lo fanático. Supo utilizar la psicología de los indios para convertirlos, y, según cuenta el propio Bobadilla en una carta, entre 1528 y 1529 fue capaz de bautizar a 52.558 indígenas, pero con una contrapartida negativa: confiscó todos los pergaminos conservados por los caciques y ancianos de las comunidades nativas, donde conservaban las imágenes de sus dioses y sus cosmogonías, y ordenó quemarlos en una hoguera por contener herejías contrarias a la religión católica, perdiéndose así una parte importante del legado cultural y religioso de los indígenas nicaragüenses. También consta que en 1527 exorcizó el volcán Masaya, por creer que el humo que exhalaba provenía del fuego eterno del infierno. Este hecho se recuerda con la llamada cruz de Bobadilla.



viernes, 8 de febrero de 2019

(Día 749) Los emisarios de Pizarro le confirman a Almagro que le habían tendido una trampa, por lo que se niega a ver de nuevo a Pizarro, y, finalmente, se decide que Bobadilla decida, sin más, con la sola presencia de los procuradores de cada parte.


     (339) Lo que quiere decir que Pizarro se hacía el tonto. De hecho pronto tuvo a su lado a los protagonistas de la artimaña: “Cuando Gonzalo Pizarro y sus capitanes supieron que Almagro se había ido, les pesó grandemente, e se acercaron al pueblo de Mala. El Adelantado Almagro marchaba a toda prisa en su caballo, y, ya bien alejado de Mala, puso su tienda y se recostó en su lecho, e los que le acompañaban andaban mirando a todas partes por si venían en su seguimiento”.
     Los dos emisarios de Pizarro alcanzaron después a Almagro y le dijeron que le pedía que volviese para seguir hablando con él: “Almagro les respondió quejándose del Gobernador, pues, habiendo jurado no hacerle daño, quería con engaño prenderle, e que siempre los Pizarro fueron desconfiados”. Alonso Martín de Don Benito le reconoció el juego sucio: “Le respondió que, por la amistad que siempre tuvieron, le diría la verdad, aunque no quería encender el fuego, sino apagarlo, y que supiese que cerca de Mala estaban los capitanes de Pizarro con su tropa, e que había oído decir que lo habían de prender al oír cierta señal. Almagro le preguntó cuánta gente traía Pizarro, y le contestó que unos ochocientos hombres y muchos tiros de artillería”.
     La verdad es que Almagro encajó con serenidad lo que había ocurrido, y deseaba que llegara a buen fin la misión confiada a Bobadilla. Pero sabía que era muy peligroso volver adonde Pizarro. Bien aconsejado, tomó la decisión correcta: “Dirigiéndose a Francisco de Godoy, le dijo qué le parecía que debía hacer para estar seguro de que no lo habían de traicionar si volvía a Mala. Dicen que le respondió que no tenía duda de que, si volvía, habían de procurar tenerlo como rehén por Hernando Pizarro. Después de tomar también consejo de sus hombres, les dijo a Francisco de Godoy y a Alonso Martín de Don Benito, como respuesta al mensaje de Pizarro que habían traído, que iría a Chincha con su gente, y que Pizarro, con la suya, fuese a Limaguana, esperando el fin de los conciertos, pues, para estar presentes en la preparación de las sentencias, bastaban los procuradores. Sabida la intención de Almagro, el Gobernador Pizarro se juntó con sus capitanes. Y el provincial Bobadilla, deseando ya la averiguación de aquellos negocios, mandó a los procuradores que se presentaran con las provisiones de sus gobernadores porque,  con la información que había de tomar de los pilotos, daría sentencia conforme a justicia”.
     Luego Cieza comenta que los procuradores le presentaron a Bobadilla las provisiones reales que Pizarro y Almagro tenían sobre la extensión de sus respectivas gobernaciones. Y hace un comentario demasiado optimista sobre la claridad con que fueron redactadas: “Verá el lector cuán claras e justas vienen, e que, si ellos quisieran seguirse solamente por justicia e razón, no llegaran a contender con armas ni pasión. Mas muchos de los de acá, sin saber lo que dicen, hablan de que las provisiones venían tan oscuras que ellas mismas fueron la principal causa de ponerse en armas”.

     (Imagen) Tiene mérito que ALONSO MARTÍN DE DON BENITO, capitán de Pizarro, le reconociera a Almagro que le estaban preparando una encerrona. Así que, dando un salto de 22 años hacia delante, vamos a dedicarle otra imagen a persona tan honrada. En 1558, cuando ya andaría por los 65 años, tuvo un juicio en Lima contra Rodrigo de Aguirre, porque este le reclamaba una encomienda de indios que el gran Pedro de la Gasca, representante del Rey, le quitó a su padre, Francisco de Aguirre, para dársela a él, Alonso Martín. Es de suponer que fue un castigo por luchar con los rebeldes, y un premio por hacerlo Alonso al servicio de Rey. Rodrigo presentó testigos en defensa de su padre, y Alonso Martin otros a su favor. Seguía, pues, vivo años después de las terribles guerras civiles, pero, al parecer y tristemente, con pocos bienes (lo que nadie le podía quitar era el orgullo y su preciado escudo). En la imagen vemos la declaración de un testigo presentado por Alonso Martín, y que emplea buenos argumentos de defensa: “Yo, Francisco Martínez, digo que este testigo (él mismo) tiene al dicho Alonso Martín de Don Benito por persona honorable e quieto e pacífico, e por servidor de Su Majestad, e sabe que ha servido, en lo que la pregunta dice, en estos reinos (de Perú), e que antes de que el Licenciado Gasca le encomendase los indios sobre los que es este pleito, estaba pobre e vivía con necesidad, y aun ahora, por los indios ser pocos y pobres y rentarle poco, vive con necesidad”.



jueves, 7 de febrero de 2019

(Día 748) Pizarro y Almagro, ya cara a cara, insisten en sus derechos, aunque Almagro con menos fuerza. Almagro, por algunos indicios, ve que le han preparado una trampa y huye al galope.


    (338) Subieron a un lugar tranquilo los dos gobernadores con los oficiales reales de ambas gobernaciones. Estaba Bobadilla presente y tuvo un ramalazo de humor negro: “Al verlos, les mandó dejar las armas, y él mismo les quitó las espadas, e les dijo: ‘Daos ahora de puñadas si quisiereis’. Pizarro se mostraba más airado que Almagro, y le dijo: ‘¿Cuál fue la causa de que tomaseis la ciudad del Cuzco, que yo descubrí y  gané con tanto trabajo, e me llevasteis mi india e los yanaconas (sirvientes indios), e, no contento con hacer tan grande desaguisado, prendisteis a mis hermanos?”. O sea que, la primera en la frente: pésima actitud que ya dejaba claro que la decisión de Bobadilla no iba a traer la paz. Porque Almagro le replicó igualmente cargado de ‘sus’ razones: afirmaba que él tenía derecho al Cuzco, como lo demostraban las provisiones del rey, y había sido aceptado como gobernador de la ciudad (no tuvo otro remedio el cabildo), con la sola oposición de Hernando y Gonzalo Pizarro, a quienes se vio obligado a detener, como ocurrió con Alonso de Alvarado, al que derrotó militarmente. Pero terminó su perorata con una frase que, aunque insistía en sus pretendidos derechos, Pizarro interpretó como un síntoma de debilidad esperanzadora en la disputa: “El Cuzco está en mi gobernación, e no lo dejaré si no fuere por mandamiento de Su Majestad; en lo que decís de que suelte a vuestro hermano, aquí hay letrados para que determinen lo que puedo hacer, y yo haré lo que sea justo, para que él se presente en proceso ante Su Majestad’. El Gobernador Pizarro, como deseaba ver consigo a su hermano, respondió que estaba contento”.
     Pero, súbitamente, la reunión se fue al traste. Aunque Gonzalo Pizarro estaba ya preparado para  irrumpir con sus soldados y apresar a Almagro, hubo varios hombres, incluso el capitán de Pizarro  Francisco de Godoy, que buscaron la manera de advertirle del peligro que corría: “Dicen que Juan de Guzmán mandó traer a toda prisa un caballo adonde estaba el Adelantado Almagro, y que le avisó para que partiese. Bien creo yo que fue así, porque el mismo Juan de Guzmán me lo contó, pero la causa que movió al Adelantado a salir de allí a toda prisa fue que, poco antes oyó a Francisco de Godoy cantar el romance que dice ‘tiempo es, el caballero, tiempo es de partir de aquí’, e como Juan de Guzmán había traído el caballo, salió de donde estaban, diciendo que iba a hacer aquello que no se puede excusar (fina forma de mencionarlo), e cuando vio el caballo, poniéndole las piernas, se fue alejando muy alegre de aquel lugar, e lo mismo hicieron después los que con él habían venido”.
     Indica Cieza que Rodrigo Orgóñez, sospechando de la posible traición, había dejado en Chincha algunos hombres (entre ellos los que vigilaban a Hernando Pizarro) y se acercó con el resto a Mala. Al enterarse Pizarro de la huida de Almagro, lamentó el fracaso de las negociaciones, y les mandó a Francisco Godoy y al capitán Alonso Martín de Don Benito “que fuesen tras él y que le dijesen de su parte que le rogaba que volviese, pues no sabía por qué se había ido de aquella manera”.

    (Imagen) ALONSO MARTÍN DE DON BENITO había nacido en la localidad de Don Benito (Badajoz). Era un ‘baquiano’ (veterano) de las Indias. El documento de la imagen habla de sus méritos, en una petición que le hizo al Rey. Lo escribe en su nombre un procurador llamado Jerónimo de Solís, y el texto aporta datos interesantes. Presenta parte de sus méritos, entre los que cuenta haber asistido con Vasco Núñez de Balboa al descubrimiento del Pacífico (allí estaba también Francisco Pizarro; qué vidas), y que luego llevó la anclas (arduo transporte) que necesitaron los primeros barcos que surcaron las aguas del enorme océano. Estuvo asimismo entre los hombres que iniciaron con Pizarro la conquista de Perú. Y añade: “E hizo mucho en ella, donde por su mano mató a un cacique principal, echándole por los pechos un arpón, lo cual fue causa de que se venciese e desbaratase todo su ejército. Por ello suplica a Vuestra Majestad que, en remuneración de sus servicios y para que de él quede memoria de tan bien haber servido, y otros trabajen por hacer lo mismo, le haga merced de le dar un privilegio de armas (un escudo)”. Quería que en el escudo figurase la escena de “un cacique atravesado por los pechos y unas anclas, porque es conforme a sus servicios”. Luego muestra el cariño a su hijo (un mestizo) rogando su legitimación, y cita el nombre de su madre india: Inés de Comogre. Termina pidiendo otra merced: “que se le nombre Capitán en aquellas provincias de las Indias”. No solo buscaban la riqueza. Aunque no se sepa cuáles eran sus prioridades, lo cierto es que también querían la gloria, evangelizar y servir al Rey.



miércoles, 6 de febrero de 2019

(Día 747) Pizarro reacciona con desprecio a las sospechas de Almagro sobre un posible ataque suyo. Fancisco de Godoy, hombre de Pizarro, tiene intención de avisarle a Almagro del peligro. Frío encuentro entre los dos contrincantes, especialmente por parte de Pizarro.


     (337) Antes de partir hacia el problemático encuentro, Almagro le encargó a Juan de Guzmán que se adelantara para decirle al Gobernador Pizarro “que asegure de tal manera la paz, que nadie piense que somos crueles enemigos, y que solamente traiga consigo doce de a caballo, pues yo no llevaré más”. Guzmán llegó a Mala muy pronto, así que, aunque Bobadilla le pidió que esperara allí, siguió adelante hasta encontrar a Pizarro, que ya se había puesto en marcha. Le dio una carta de Almagro en la que le echaba en cara su desleal maniobra, “porque estaba informado de que venía acompañado de mucha gente de guerra, e que no era cosa que por él (Pizarro) se había de consentir, pues se había dado palabra de caballeros de venir solo con doce de a caballo”. Pizarro le dio una manotada a la carta y le contestó de mala manera a Juan de Guzmán, asegurándole además que  iba con solo doce de a caballo: “Llegado de vuelta Juan de Guzmán con su mala impresión sobre la actitud de Pizarro, les dijo Almagro a sus capitanes “que estuviesen preparados para ayudarle por si le viesen en algún apuro”. Pero, a pesar de la insistencia de sus hombres en acompañarlo, solo admitió que lo hicieran quedándose a las puertas de Mala (salvo los doce de a caballo señalados), “porque no convenía que entraran con él ni que él faltase a su palabra, ni quedar tenido por perjuro”.
     Gonzalo Pizarro y su tropa se iban acercando a Mala con el propósito firme de apresar a Almagro: “Andaban lo más encubiertamente que podían, y tenían concertada la señal de que, en oyendo tocar unas trompetas en Mala, supieran que el Adelantado Almagro estaba allí y que podían ir a prenderlo, y en un cañaveral que estaba muy cerca del aposento de Mala pusieron una emboscada de arcabuceros y escopeteros. Francisco de Godoy, que era uno de los doce que fueron con el Gobernador Pizarro, teníase por muy amigo del Adelantado Almagro e pesábale que, viniendo él tan ignorante, le quisiesen prender y matar, y tenía voluntad de avisarle de ello”.
     Mientras se preparaba la traición, los que fueron entrañables compañeros, Pizarro y Almagro, se iban a ver  por fin cara a cara con una tensa cortesía, y sin duda atormentados en su corazón por la amargura y la rivalidad: “Almagro llegó adonde ya estaba Pizarro, se apeó de su caballo, e quitándose un sombrero que traía puesto, le fue a abrazar. Pizarro tenía una celada en la cabeza. No se la quitó, ni hizo más que una señal de cortesía poniendo las manos en ella e inclinándose hacia abajo. Yendo a abrazarle Almagro, él hizo lo mismo, mostrando poca gana de ello”.
     Hubo alguien que notó el ambiente enrarecido, y sospechó lo peor: “Juan de Guzmán, viendo que en aquella importante circunstancia no convenía que las trompetas tuviesen silencio, les dijo a los que las tenían que por qué no tocaban. Respondieron que aún no era tiempo. Y cuando lo oyó, Guzmán pensó que quizá estuviesen aguardando el momento de hacer alguna señal, e tuvo astucia para, cuando vio que querían tocar, estorbarlo”.

     (Imagen) Buscando datos sobre el cacereño FRANCISCO DE GODOY, tropiezo con un texto que hace referencia al triste final del mejor capitán que tuvo Almagro: Rodrigo Orgoñez. Siete años después de la muerte de este bravo capitán (cuyas advertencias no fueron escuchadas por su jefe, para desgracia de los dos), aún debían de andar en pleitos por la herencia sus familiares, pues el año 1545, el Rey, para aclarar la situación, da una orden (la de la imagen) que, en esencia, dice: “Ha venido a estos reinos desde el Perú un capitán llamado Francisco de Godoy, el cual dice que tiene, o sabe, en poder de quién está, el testamento que hizo Rodrigo Orgóñez, difunto, en la dicha provincia del Perú, e conviene a nuestro servicio que se vea e se saque del poder del dicho capitán el dicho testamento, o se traiga a nuestra presencia si supiese dónde está”. Francisco de Godoy dio pruebas de sensatez en repetidas ocasiones. En 1536 era alcalde de Lima, y, enviado por Pizarro en ayuda de los sitiados en el Cuzco, se dio la vuelta al comprender que era una misión imposible. Hoy nos ha contado Cieza que Godoy protestó noblemente por la sucia trampa que se le estaba preparando a Almagro. En 1541, cuando Francisco Pizarro fue asesinado, seguía viviendo en Lima, y luego luchó contra los almagristas en la batalla de Chupas, pero veremos más tarde que, harto de las guerras civiles, se volvió a su localidad natal, Cáceres, donde, empleando parte de su gran fortuna, dejó para la posteridad un magnífico palacio en el espléndido casco viejo de la ciudad (ya mostré en su día la foto del extraordinario edificio).





martes, 5 de febrero de 2019

(Día 746) Cieza asegura que Bobadilla quería favorecer a Pizarro, quien, según Enríquez, estaba dispuesto a atacar si las mediciones iban en su contra. Enríquez le toma el juramento de pleito homenaje a Pizarro.


     (336) Continuando ahora con Cieza, vemos que, a pesar de su afecto por Pizarro, lo pone bajo sospecha de hacer maniobras para salir beneficiado en la decisión sobre los límites de las gobernaciones: “Cuando llegó al pueblo de Mala, el Gobernador Pizarro puso gran diligencia por atraerse a su voluntad al juez Bobadilla, y en alguna manera se supo que se inclinaba más a la parte suya que a la de Almagro, y tenían pública e ocultamente pláticas y conciertos”. No es extraño que el furibundo D. Alonso Enríquez, uno de los encargados, en representación de Almagro, de tomarle juramento a Pizarro para que hiciera sus promesas, lo mencione rabioso. Incluso habla de la trampa preparada por Gonzalo Pizarro y llega a decir que Bobadilla era cómplice en el plan: “El fraile Bobadilla se puso en medio de los dos campamentos, y mandó comparecer ante sí a los dos gobernadores (lo hicieron por separado), cada uno con doce caballeros armados, y yo fui uno de los que llevó consigo don Diego de Almagro. Tenían el fraile, que podemos comparar a Judas, y don Francisco Pizarro trato doble con mucha gente emboscada para prendernos y matarnos si el resultado de las investigaciones sobre los límites no le resultaran favorables”.
     En el momento de hacer el trámite, fue precisamente D. Alonso Enríquez el encargado de tomar el juramento a Pizarro. La fórmula no podía ser más solemne: “Vuestra Señoría, señor D. Francisco Pizarro, Gobernador  de la Nueva Castilla por Su Majestad, ¿jura por vida del emperador rey D. Carlos nuestro Señor, e hace pleito homenaje, como caballero hijodalgo, en manos o poder de mí, D. Alonso Enríquez, una, dos e tres veces (como el juramento de Alfonso VI ante el Cid), según el estilo de España e como lo hacen los caballeros de ella, que guardará e mantendrá e cumplirá bien e fielmente, sin cautela alguna, las cosas siguientes…”. Fundamentalmente se trataba de prometer que, mientras se resolviera el pleito cuya sentencia estaba en manos de Bobadilla, no hubiera por parte de Pizarro ni de sus hombres ningún intento de dañar a Almagro o a sus hombres. Resulta patético que, mientras Pizarro daba su conformidad a juramento tan pomposo, y tan comprometedor para su honra en caso de no cumplirlo, sus tropas se iban acercando con las peores intenciones. Luego D. Alonso Enríquez les pidió que juraran (y juraron) algo parecido a los capitanes que acompañaban a Pizarro.
     Va a llegar el impresionante momento del encuentro de Pizarro y Almagro, los dos viejos amigos y socios, compañeros de mil fatigas y auténticos artífices complementarios de la conquista de Perú. Llevaban dos años sin verse, desde el mes de junio de 1536, cuando  hicieron en el Cuzco, antes de que Almagro partiera para Chile, el dramático juramento de amistad eterna. Por lo que cuenta Cieza, el que estaba más temeroso de que se hiciera alguna trampa era Almagro, sobre todo porque sus capitanes le insistían en que los de Pizarro andaban con demasiadas cautelas.

     (Imagen) No sabe uno ya si Bobadilla era un tramposo que estaba al servicio de Pizarro o un hombre sumamente autoritario, porque fue muy duro y comprometedor el juramento de cumplimiento que les obligó a hacer a los dos gobernadores. Para el cronista Don Alonso Enríquez de Guzmán no había duda: iba a favorecer con su sentencia a Pizarro (de hecho, así ocurrió). La complicada forma de ser de Enríquez resulta desconcertante. Todos reconocían su valía como militar y persona influyente, pero, al mismo tiempo, desconfiaban de sus maniobras de pícaro. Cieza dice que “tenía muchas mañas”. En 1541, se atrevió incluso a pleitear con Pizarro (a quien poco tiempo le faltaba para ser asesinado).  Le reclamaba (cosa sorprendente) “que Don Francisco Pizarro, Gobernador del Perú, le debe 730 pesos de oro que le ganó en un juego de pelota (dada la edad de Pizarro, tuvo que ser apostando), y no se los ha querido pagar ni ha podido alcanzar justicia contra él”. Era también mal enemigo e incapaz de perdonar las ofensas, como lo muestra el incidente al que se refiere el documento de la imagen, escrito por el Rey, con el siguiente contenido: Diego de Mercado le debía dinero a Enríquez, y su hermano Diego Núñez de Mercado (del que ya hemos hablado) había resultado su avalista. Esa deuda la utilizó Enríquez como fianza en un pleito que había iniciado el fiscal Villalobos contra él “por haber cometido ciertos delitos en las nuestras Indias”. El fiscal embargó, pues, a Núñez de Mercado, a quien el Rey le dice ahora (en otra página) que se ha levantado el embargo porque Enríquez había pagado ya directamente el importe.



lunes, 4 de febrero de 2019

(Día 745) El cronista Pedro Pizarro, en su afán de dejar en buen lugar a los Pizarro, dice que sus hombres, viendo la oportunidad, quisieron matar a Almagro, pero ellos se lo impidieron.


     (335) En ese momento en que Pizarro escogió a doce hombres, como se había convenido, y salió para encontrarse con Almagro en Mala, resulta oportuno volver a la crónica de Pedro Pizarro porque añade matices a lo que ocurrió entonces, aunque, como siempre, procura que la imagen de los  Pizarro no quede dañada: “Cuando el Marqués Pizarro partió, dejó en el campamento a su hermano Gonzalo Pizarro como capitán de sus hombres (eran casi setecientos), quien luego  fue con ellos tras él hasta el río de Mala, y se emboscó en unas arboledas, poniendo ocultos en unos cañaverales cincuenta arcabuceros. Se dice que también Almagro trajo toda su tropa y la emboscó tras un cerro. Llegó Pizarro a Mala, y luego Almagro,  quien fue al río y dio de beber a su caballo. Al verlo, los arcabuceros que estaban emboscados quisieron tirarle y matarle, pero Gonzalo Pizarro mandó que no hiciesen tal”.
     Luego se produjo el encuentro de Pizarro y Almagro: “Se vieron y se hablaron, aunque no con el amor con que acostumbraban a  recibirse, porque entonces estaban emponzoñados, pues, cuando se vieron en el Cuzco e hicieron las paces, derramaron sus lágrimas, y así lo hacían siempre cuando se veían tras largas ausencias. Y digo con verdad que todo este mal procedió de los malos consejos que Almagro recibía de los que trajo a este reino Don Pedro de Alvarado (habían sido el grueso de la tropa de Almagro en Chile), que ellos fueron los que empezaron a encender el fuego que ha habido en este reino de Perú, porque todos los que vinieron de Nicaragua y de otras partes eran gentes pacíficas y quietas”. No parece justo echarles todas las culpas del conflicto, ya que la rivalidad entre Pizarro y Almagro tenía raíces más profundas, como, por ejemplo, la mala influencia de Hernando Pizarro.
    Luego Pedro Pizarro comenta que se siguió hablando de matar a Almagro, y atribuye a Pizarro que se impidiera: “Aquí habría podido el Marqués Pizarro, si quisiera, prender o matar a Almagro sin ninguna dificultad, porque tenía a su gente muy cerca y era más que la de Almagro. Y no faltaban quienes acuciaban a Gonzalo Pizarro, trayéndole a la memoria cómo había quebrantado las treguas y pidiéndole que él hiciese lo mismo, ya que tenía tan buena coyuntura. Siendo avisado el Marqués Pizarro de estas voluntades, mandó aviso a su hermano para que no hiciese tal, porque no le tendría como hermano si quebrantaba la palabra que él (Pizarro) había dado a los terceros de Almagro. Esto lo hizo porque el Marqués Don Francisco Pizarro era hombre que guardaba mucho su palabra”. Esta última frase del cronista habla poco de su objetividad. Quizá habitualmente fuera Pizarro un hombre cumplidor, pero, en medio del dramatismo de estos encontronazos con Almagro, ya le hemos visto varias veces trampeando. Pedro Pizarro, en el párrafo siguiente, nos hace ver que Pizarro estaba ya al borde del descontrol por el largo presidio de su hermano: “Habiendo habido entre los dos quejas y disculpas (nos lo va a contar enseguida Cieza), Almagro se volvió a Chincha, y el Marqués se aposentó con su gente en este valle de Mala, diciéndole antes a Almagro que, si no soltaba a su hermano Hernando Pizarro, le seguiría hasta quitarle la vida”.
    
     (Imagen) GONZALO PIZARRO va cogiendo protagonismo, ahora ya como Capitán General. Pronto lo nombrará Francisco Pizarro Gobernador de Quito. Partirá para el Amazonas, y, cuando vuelva fracasado de aquella horrenda aventura, sabrá que a Pizarro lo han asesinado. Decidió después retirarse a la zona de Charcas para ocuparse de su encomienda de indios y de la explotación de minas. Entonces ocurrió algo que lo arrastró en un trágico torbellino. La imagen es parte de una carta que él le escribió hacia 1545 al gran Pedro de Valdivia, quien andaba por el difícil territorio chileno alcanzando grandes éxitos. Le explica cómo empezó de nuevo  a complicársele la vida, y le dice: “Su Majestad envió a esta tierra un virrey, contra lo que tenía estipulado con el Marqués, mi hermano, que en gloria esté, y trajo capitulaciones para la gobernación de todas las Indias. A todos los que en esta tierra le habíamos servido, nos quitaba lo que por nuestro trabajo nos había dado (Carlos V)”. Cuenta que, además, Blasco Núñez Vela, el Virrey, tenía alborotada a la gente, y, al no ser bien visto, empezó a ejecutar las nuevas normas con enorme rigor, por lo que los descontentos le pidieron a él que asumiera la autoridad. Gonzalo aceptó la propuesta y encabezó una nueva rebelión. Lo que no pudo imaginar fue que Pedro de Valdivia, cuando los sublevados mataron en la batalla al virrey Núñez Vela, volvería de Chile con el único objetivo de unirse al habilísimo Pedro de la Gasca, nuevo representante del Rey, para luchar contra Gonzalo Pizarro, y derrotarle en la batalla que le costó la vida.



sábado, 2 de febrero de 2019

(Día 744) Se planea apresar a Almagro cuando vaya a reunirse con Pizarro. Francisco de Chaves y Diego de Agüero se oponen, pero Gonzalo Pizarro, con ese propósito y de manera oculta, sale detrás de su hermano al mando de unos setecientos hombres.


     (334) Le avisaron a Pizarro de que Almagro se dirigía a Mala con solamente doce de a caballo, según lo estipulado por Bobadilla, con el fin de asistir al procedimiento establecido para resolver el difícil conflicto: “Aunque él también tenía pensamiento de salir pronto de la ciudad con solamente doce de a caballo, les rogó a sus consejeros que le dijesen lo que debía hacer en aquellas sesiones, porque no tenía entera confianza en el Adelantado Almagro si viese ocasión de ponerse en armas”. La primera respuesta fue osada y oportunista, pero, dentro de lo que cabe en la estrategia militar, sensata: “Gonzalo Pizarro y el bachiller García Díaz (siempre se indicaba la importancia del escalafón académico, bachiller, licenciado o doctor) aconsejaron al Gobernador que, tras él, debía salir la gente y prender al Adelantado, haciéndolo sin alboroto ni derramamiento de sangre, y sin aguardar a que se volviese con su capitanes a su campamento; y que, después de que lo tuviesen preso, lo debía enviar a España para que Su Majestad, siendo informado de la manera injusta con que había entrado en la ciudad del Cuzco y de los daños que por su causa se habían producido, lo mandase castigar”.
     Lo de que el Rey resolviera después, quizá hubiese servido para que se impusiera definitivamente el orden. Pero el plan llevaba incorporadas la traición y la cobardía de aprovecharse de que Almagro solo contaría con doce jinetes. Hubo voces discordantes, pero lo cierto es que, de tapadillo, se puso en macha el plan: “Francisco de Chaves, Diego de Agüero e otros decían que no  se debía prenderle, porque sería evidente la pasión, y quedarían como fementidos (perjuros). No obstante, es público que determinaron prender a Almagro, aunque yo creo que el Gobernador no lo mandó”. En este caso, Cieza disculpa demasiado a Pizarro.
     El meticuloso cronista anota la fecha de la salida de Pizarro con doce de a caballo (diez de noviembre de 1537) y da los nombres de sus acompañantes. Y sigue contando: “Al cabo de tres días, llegó al pueblo de Mala, donde fue bien recibido por el juez Bobadilla, a quien dijo venir a cumplir el mandamiento que le había notificado. Bobadilla le contestó que, puesto que D. Diego de Almagro había hecho pleito homenaje,  hiciese él también tal juramento. Ya  habían llegado Hernán Ponce y D. Alonso Enríquez, quienes habían sido nombrados para tomarle pleito homenaje”. Pero Cieza, en un escueto párrafo, pone al descubierto el traicionero plan que se había organizado: “Cuando el Gobernador D. Francisco Pizarro hubo salido de la Ciudad de los Reyes, Gonzalo Pizarro salió después de la ciudad con más de setecientos españoles de a pie y de a caballo, y caminaron muy en orden, haciendo el menor ruido que podían”. Cuesta creer que, como nos ha dicho antes Cieza, Pizarro no hubiera autorizado esta sigilosa salida, porque nunca se habría atrevido Gonzalo a hacerlo, llevando además un numeroso ejército, sin el consentimiento de su hermano, ‘el señor Gobernador’. Por esta vez, al ilustre cronista le ha traicionado su tendencia a disculpar a Pizarro en los casos de duda.
    
     (Imagen) Vemos ahora a DIEGO DE AGÜERO censurando noblemente que se  quisiera prepararle una traición a Almagro. Él fue quien corrió para dar la primera alarma de que los indios iban hacia Lima para atacar la ciudad. También corrió en 1541 a casa de Pizarro para evitar su asesinato, pero llegó tarde. En 1573, su nieto José de Agüero presentó documentación sobre los méritos de su padre, Diego de Agüero el Joven, y de su abuelo, Diego de Agüero el Viejo (nuestro actual protagonista). Los dos fueron regidores de la ciudad de Lima, y participaron, sirviendo al Rey, en las guerras civiles. Curiosamente, uno de los bisabuelos de José fue el vizcaíno Francisco de Garay, Teniente de Gobernador de Jamaica, quien, al sentirse perdedor, hizo un acuerdo de paz con el invencible Hernán Cortés. El  mismo día en que lo celebraron, murió Garay, surgiendo la sospecha (injustificada) de que había sido envenenado. Diego de Agüero el Viejo exhibió ya desde joven sus ansias de renombre. La imagen muestra el dibujo del escudo que consiguió (solo tenía 26 años) del Rey tras enviarle esta carta: “Diego de Agüero fue con el Gobernador Don Francisco Pizarro a la conquista de Perú, y se halló con él en toda la conquista y pacificación, y en la prisión del cacique Atahualpa, y al presente está sirviendo contra el levantamiento de dichas tierras (por parte de los indios), y ha hecho otros muchos servicios a Vuestra Majestad, como aparece en esta probanza, e, por esta causa, a Vuestra Majestad le escribe el dicho Gobernador suplicándole que, en remuneración de lo mucho que ha servido e trabajado, le haga merced de le dar por armas (de su escudo) estas que presenta, para que den memoria de sus servicios, y su persona sea muy honrada”. Eran adictos a la gloria.



viernes, 1 de febrero de 2019

(Día 743) Una vez más, Orgóñez le dice a Almagro que tiene que ser más duro en sus decisiones. Una vez más, Almagro prefiere la diplomacia. A pesar de estar seguro de tener razón, Orgóñez acató siempre, con disciplina militar, las órdenes de Almagro, para perdición de los dos.


     (333) Almagro no se pudo librar de otro sensato, aunque inútil, reproche militar de Rodrigo Orgóñez: “Tomando aparte al Adelantado Almagro, le dijo: ‘Si los capitanes que pretenden negocios arduos y de importancia, mirasen  con temor si los fines fueran prósperos o adversos, no se habrían hecho cosas que causan admiración, y aquellos capitanes que encogen sus ánimos, nunca harán nada. Muchas veces habéis reprobado mi opinión, con la que tan claramente os he dicho lo que os conviene hacer para conseguir el deseo que tenéis de veros en la gobernación que el Rey os tiene señalada, e ahora estáis muy contento por los juramentos e pleito homenaje que se han tomado, e aun parece que estáis muy seguro de que los Pizarro hayan de cumplir enteramente lo que prometieron, sin acordaros de que están entre ellos Gonzalo Pizarro, a quien vos prendisteis en el Cuzco, e Alonso de Alvarado, al que desbaratasteis en Abancay, no habiendo en el mundo cosa que más deseen que verse vengados. Mi consejo es que mandéis ya cortarle la cabeza a Hernando Pizarro, y que os retiréis con vuestra gente a la ciudad del Cuzco, adonde, no tardando muchos días, os seguirá Pizarro con sus hombres. Irán tan cansados por los nevados caminos de la sierra, que, sin mucha dificultad, los podréis prender, y tener en vuestro poder al Gobernador. E creed que ha de ser lo que siempre ha sido: que nunca el vencido dejó de ser tenido por culpable, y el vencedor en su causa justificado (puro Maquiavelo)’. El Adelantado Almagro le respondió que no había que temer que el Gobernador y sus capitanes quebrantasen lo que estaba jurado, y que convenía seguir con las gestiones iniciadas para que no se dijese que él había quebrado el pacto que se había hecho. Y dijo también que, antes de ver la sentencia, no quería retirarse de la ciudad del Cuzco ni matar a Hernando Pizarro, pues se diría que la pasión particular le había hecho vengarse de él”. Es seguro que Hernando Pizarro viviría con la pesadilla constante (desde hacía cinco meses) de que lo mataran en cualquier momento.
     Lo que no tuvo duda fue la absoluta e inquebrantable fidelidad de Rodrigo Orgóñez a Almagro, con quien llegó a Perú y fue a Cajamarca después de ser apresado Atahualpa. Pronto morirán los dos como consecuencia de su derrota en las Salinas. Orgóñez se había labrado un impresionante historial militar tanto en las guerras europeas como en la zona de Panamá. Quizá le mermara brillo público el hecho de que sus padres fueran judíos convertidos. Entre otros inconvenientes, eso le impidió obtener el hábito de Santiago. Él aseguraba que su verdadero padre era un noble apellidado Orgoños, y de nada le sirvió pedirle que lo reconociera en una carta que le envió desde el Cuzo en 1535. Le decía textualmente: "Lo que a vuestra merced suplico es que se entienda que yo soy legítimo suyo por cualquier medio, y por esta vía se podrá haber hábito de Santiago".
     No hubo tal legitimación, pero ni falta que le hizo. Rodrigo Orgóñez sufrió las grandes penalidades y el fracaso de la campaña de Chile. Cuando volvieron, destrozados y con las manos vacías, Almagro vio la salvación en arrebatarle a Pizarro la ciudad del Cuzco, con o sin razón, y lo consiguió gracias, especialmente, a la habilidad de Rodrigo Orgóñez, su magnífico Capitán General, al que siempre apreció, aunque, para desgracia de ambos, no le hiciera caso en todo. Los dos murieron en la batalla de las Salinas.

     (Imagen) El gran RODRIGO ORGÓÑEZ tuvo siempre un obsesivo empeño por triunfar militarmente y por librarse de su condición de plebeyo de orígenes judíos, al que su pretendido padre, un noble de Oropesa llamado Juan Orgoños, no le había reconocido la legitimidad. Le escribió una carta cuando iba a partir con Almagro hacia Chile, en la que mencionaba datos muy interesantes. Presumía, con razón, de ser ya el Capitán General de la tropa, y le suplicaba desesperadamente  a Juan Orgoños que lo reconociera como su hijo.  Para atreverse a semejante petición, tuvo que tener al menos como cosa cierta el hecho de que su madre hubiese sido su amante. Le decía a Orgoños: “El Gobernador Don Diego de Almagro me ha puesto a cargo de su flota naval y parto para Chile como su Capitán General. Incluso rechazó más de doscientos ducados de Hernando de Soto por el mismo puesto. Y, para beneficiarme más aún, ha solicitado a Su Majestad que me conceda una gobernación. Deseo que Su Majestad me conceda quinientas leguas de costa (unos 2.800 kilómetros), para que yo gobierne y sea Capitán General, y me otorgue el título de Gobernador, y también el de Marqués, y me conceda el hábito de la Orden de Santiago. Señor, lo que requiero de vos es que se entienda, por cualquier medio, que yo soy legítimo suyo, para tener el Hábito de Santiago. Por el amor de Dios, atienda mi petición, porque, en lo relativo a la legalización, lo puede hacer a través de un abogado. Su obediente hijo, Rodrigo Orgóñez”. En la imagen vemos que el Rey ordena buscar, para un pleito con Beatriz de Dueñas (madre de Rodrigo), algunas escrituras y cartas que se cruzaron entre Rodrigo Orgóñez y Juan Orgoños.