martes, 17 de abril de 2018

(Día 670) Inca Garcilaso nos sitúa de nuevo en la trama de Manco Inca para atacar ya a los españoles que iban con Almagro a Chile, mientras él lo haría en Perú. Al no surgir la oportunidad, huye Villahoma y se queda Paullo (quien más tarde será un aliado fiel de los españoles).


     (260) Garcilaso nos sitúa en los tres escenarios que estaban en ebullición simultánea: las andanzas de Almagro en Chile, el cerco del Cuzco y el cerco de Lima. El personaje de Manco Inca está infravalorado. Tuvo el mérito excepcional de ser quien más dificultades ocasionó a los españoles, movilizando en su rebeldía cientos de miles de indios, y logrando poner literalmente en jaque a los invasores. Y todo ello a pesar de que solo tenía unos veinte años. Se le puede considerar, con toda justicia, un emperador inca tan valioso o más que los míticos Atahualpa y Huayna Cápac, porque se atrevió a batallar contra un enemigo superior, frente al que fracasó, pero con honor, y habiendo estado cerca de alcanzar la victoria. Tan cerca estuvo, que Pizarro se vio obligado a llamar urgentemente a todos los capitanes que estaban en otras lejanas campañas, como la de los chachapoyas y la de Quito, y a pedir desesperadamente ayuda exterior, enviando cartas a Santo Domingo, México,  Nicaragua y Panamá.
     Inca Garcilaso, hablando de las andanzas de Almagro por Chile, nos recuerda la traición que tenía preparada el gran líder de los incas: “Atrás dijimos que el Príncipe Manco Inca envió un mensaje a Chile avisando a su hermano Paullo y al sacerdote Villahoma de la determinación que tenía de matar a todos los españoles que había en el Perú para recuperar su imperio, y diciéndoles que ellos hiciesen lo mismo con don Diego de Almagro y con sus hombres. Los mensajeros llegaron, pero Paullo y los suyos, habiendo entrado en consulta, no se atrevieron a hacer cosa alguna contra los españoles, por parecerles que tenían pocas fuerzas para acometerles a descubierto por haberles ahogado y muerto el frío y la nieve más de diez mil indios en la Sierra Nevada, como ya vimos. Tampoco se atrevieron a acometerles de noche secretamente, porque veían que los españoles andaban vigilantes. Por lo cual acordaron disimular su intención y servir a los españoles fielmente hasta que se les ofreciese la ocasión de ejecutar su deseo. Pero cuando se vieron en la población de Atacama, fuera ya de los despoblados de Chile, acordaron que Villahoma huyese, y que Paullo se quedase, aunque solo fue para dar aviso a Manco Inca de lo que los españoles quisiesen hacer contra él”.
     Esto deja claro algo que parecía confuso. Como veremos más adelante, Paullo Inca, por oportunismo o por convicción de que la cristiana era una cultura superior, terminó aceptando el papel de emperador nombrado por los españoles, e incluso bautizándose (ya lo comenté), rompiendo totalmente cualquier implicación con la rebeldía de su hermano Manco Inca. Pero todo indica que, durante su estancia en Chile, se mostró fingidamente colaborador para llegar sano y salvo al Cuzco. De manera que, si no intentó acabar con los españoles, fue porque le pareció una tarea imposible. Caso muy distinto fue el de Villahoma, puesto que, llegado a Perú, se convirtió en una figura estelar de la sublevación general liderada por Manco Inca.

     (Imagen) En la imagen vemos una biografía de MANCO INCA. Es uno de los héroes nacionales de Perú porque, con su rebeldía, estuvo a punto de dar jaque mate a los españoles en su cerco del Cuzco y de Lima. Pero hay que reconocerle también un mérito extraordinario al Sumo Sacerdote VILLAHOMA, otro miembro de la familia real de los incas. Su influencia sobre el jovencísimo Manco Inca era poderosa, y todo hace suponer que, aunque actuando en segundo plano, fue él quien le quitó de la cabeza las absurdas ilusiones de que los españoles le devolvieran todo el poder imperial sobre el pueblo inca, y lo convenció de que, sin más dilaciones, se levantara en armas para acabar con ellos. Había acompañado antes de forma astuta a Almagro en su viaje a Chile, yendo junto a Paullo, un hermano de Manco Inca, con la retorcida intención de que los miles de indios que llevaban destruyesen a los españoles. Pero no su surgió la oportunidad. VILLAHOMA huyó, se juntó con Manco Inca, y fue, actuando como capitán, un hombre decisivo en el impulso de la rebelión general de los incas. A punto estuvieron de triunfar, pero se les tornó la suerte. En 1539 VILLAHOMA fue apresado por los españoles y conducido a la ciudad del Cuzco. Tras negarse a mediar para que Manco Inca se rindiera, PIZARRO lo mandó quemar vivo en el valle de Yucay, junto a varios capitanes incas. He visto en PARES que, ya en 1543 (muerto también Pizarro), CARLOS V le escribió a MANCO INCA (quien, al parecer, quería negociar una paz) diciéndole que se presentara ante el virrey BLASCO NÚÑEZ VELA, que tenía orden de “no hacerlo preso, sino, por el contrario, favorecerlo, honrarlo y hacerle mercedes”. De nada sirvió, porque Manco Inca murió asesinado dos años después.



lunes, 16 de abril de 2018

(Día 669) Hernando Pizarro y los pocos que estaban con él se resistieron al ataque de Almagro, pero fueron rendidos quemando la casa. Los apresaron y luego soltaron a todos, menos a Hernando y a su hermano Gonzalo.


    (259) Sigamos con los penosos momentos que van a vivir el desesperado Hernando Pizarro y sus hombres: “Pues estando Hernando Pizarro en un galpón (cobertizo) en medio de las casas en que vivía, al oír el ruido de Almagro con su gente, él y los que le acompañaban salieron armados y se pusieron a la puerta. Queriendo Almagro y los suyos prenderle, estuvieron peleando un gran rato, y aunque los que estaban con Hernando Pizarro eran pocos, no pudieron entrar. Almagro llevaba más de trescientos hombres. Hernando Pizarro tenía poca gente porque, como he dicho, creyó que Almagro respetaría la tregua. Visto que Hernando Pizarro no se quería rendir, Almagro mandó poner fuego al galpón, que era de paja, y hasta que empezó  a caerse abajo con el fuego, no quiso entregarse, y lo hizo porque le dijeron que se condenaría si allí se quemaba (se supone que por falta de confesión, pues eran los incas quienes tenían ese temor por el hecho de ser quemados vivos). Almagro lo entregó al capitán Rodrigo Orgóñez y a algunos de sus amigos de los que más se fiaba, y lo metieron en una casa fortalecida y tapiada, en la que dejaron solo un postigo pequeño por donde cupiese un hombre”.
     Tomaron posesión completa del Cuzco y empezaron las precauciones y el mal trato: “Al día siguiente, los de Almagro nos llamaban traidores a los que estábamos con Hernando Pizarro,  siendo nosotros los que estábamos con Hernando Pizarro sirviendo a Su Majestad en la defensa del Cuzco contra los indígenas. Don Diego de Almagro mandó quitar las armas y los caballos a los sospechosos de enemistad y a los que estábamos con Hernando Pizarro. Asimismo, prendió a algunos amigos y parientes de Hernando Pizarro, como Gonzalo Pizarro, Pedro Pizarro, Alonso de Toro y otros, y así los tuvo algunos días, excepto a Hernando Pizarro y a Gonzalo Pizarro, pues no los soltó hasta después, como adelante diré (Gonzalo huyó)”.
     Así como Pedro Pizarro siempre adorna la figura de los Pizarro y critica ásperamente a Almagro, hay alguien que carga las tintas en sentido contrario: don Alonso Enríquez de Guzmán. A Francisco Pizarro lo respetó, e incluso le dedicará algunos elogios, pero  mostró un odio furibundo contra Hernando Pizarro. También estaba en el Cuzco, y en cuanto pudo, se pasó al bando de Almagro. Más que oportunismo de traidor, pareció ser la ocasión perfecta para abandonar a un Hernando Pizarro que le resultaba insoportable, quizá porque lo ninguneó a pesar de ser tan linajudo; pero Enríquez era mal enemigo, y aunque cuenta hechos ciertos, sus rencores dañan la objetividad. En cuanto a Almagro, que generalmente fue muy criticado por los cronistas, Enríquez lo ensalza de forma exagerada, elevándolo a un pedestal casi mítico. Recogeré bastantes cosas de las que cuenta Enríquez, pero no estará de más seguir ahora con la crónica de Inca Garcilaso, retrocediendo algo, y llegando después al punto en que estamos. Quizá sea el más equilibrado (junto con Cieza) al hacer juicios de valor sobre Pizarro y Almagro, reconociendo que los dos tuvieron grandes virtudes, pero sin ocultar los errores que cometieron.

     (Imagen) La imagen es parte de la primera página de una carta muy importante (abril 1538) que he encontrado en PARES, y que nunca he visto mencionada. Es de CARLOS V y va dirigida a DIEGO DE ALMAGRO. Le dice, entre otras cosas, que “volviendo Vos de la conquista de las tierras de vuestra gobernación, os habéis venido a la ciudad del Cuzco, adonde estaba Hernando Pizarro, hermano del gobernador Don Francisco Pizarro, con otros españoles en su compañía, los cuales estaban cercados de los indios naturales de la tierra…”. El Rey  le van contando lo que ocurrió, porque todo lo sabe: la exigencia de Almagro a Hernando para que le entregue el Cuzco, cómo terminaron los dos comprometiéndose a una tregua, y de qué manera Almagro la rompió violentamente, apresando a Hernando y a los oficiales de la Corona. Hasta cuenta que DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN hizo algo más que pasarse al bando de Almagro, como contó en su libro. Hernando lo había enviado junto al licenciado Prado para negociar con Almagro. Y dice Carlos V (que conocía de sobra las ‘mañas’ de Enríquez): “Los cuales, dejando de hacer lo que se les había encargado y debían, se concertaron con Vos para entregaros la ciudad del Cuzco”. La carta tiene gran valor porque, en ese momento inicial de los conflictos, el Rey, con justo criterio jurídico, le ordena tajantemente y con amenazas a Almagro que le devuelva la ciudad a Pizarro. Se supone que la importantísima carta no llegó a tiempo a su destino. Empezaron las guerras y tres meses después Almagro fue derrotado. Lo que no se entiende es que HERNANDO PIZARRO (sin duda con la conformidad de PIZARRO) lo ejecutara de inmediato (julio 1538). De  no hacerlo, habrían tenido para siempre un respaldo de la Corona tan sólido como el que aparece en esta carta.



sábado, 14 de abril de 2018

(Día 668) Almagro se planta frente al Cuzco. Hernando Pizarro, temiendo lo peor, le envía mensajeros para que no haga nada hasta que se sepa lo que decide Francisco Pizarro. Se establecen unas treguas, pero Almagro las viola y entra en el Cuzco por la fuerza. Rodea la casa en la que se encuentra Hernando con su hermano Gonzalo y otros capitanes.


     (258) La reacción de Hernando Pizarro fue inmediata: “Entendiendo  lo ya dicho, dimos la vuelta sin parar, temiendo que don Diego de Almagro entrase en el Cuzco. Cuando llegamos, Almagro no había salido aún de Yucay, y al otro día por la mañana se juntaron con los de Urcos para ir contra el Cuzco”. El cronista deja caer  otro comentario sobre la ‘nobleza’ de Hernando: “Bien habría podido, si quisiera, desbaratar a los españoles que habían quedado en Urcos, pero creyó que Almagro guardaría el juramento que tenía hecho con el Marqués Francisco Pizarro, y no lo hizo para no faltar al deseo de Su Majestad, pues bien comprendió él la mala intención que Almagro tenía (más parece que le frenara el desesperado deseo de no provocar al poderoso enemigo)”.
     Dando otro paso, Almagro va a abrir la caja de los truenos que serán la maldición de Perú durante muchos años, algo que Pedro Pizarro jamás olvidaría porque estaba allí presente: “Luego Almagro vino con todos sus hombres y se asentaron junto al Cuzco, donde está ahora el monasterio del bienaventurado San Francisco”. Hernando Pizarro tenía que estar muy angustiado porque sabía lo que pretendía Almagro y se encontraba en inferioridad para la batalla. Intentó negociar. Le envió a Almagro mensajeros para que nada se hiciera hasta que Pizarro estuviera al corriente de la situación y se manifestara sobre el conflicto: “Almagro  no lo aceptó, y le pidió a Hernando Pizarro que le dejara el Cuzco libre. Hubo muchos mensajes por parte de Hernando Pizarro, que bien entendía que no lograba estorbar el propósito de don Diego de Almagro, el cual nunca quiso entender en lo que se trató, sino solo en que le habían de dar el Cuzco libre. Estando en estas discusiones, pusieron treguas entre ellos para poner orden en lo ya dicho, y estando las treguas puestas, don Diego de Almagro, a medianoche, con tambor y pífano, entró en el Cuzco por tres partes, y lo tomó. Después de entrar en la plaza sin encontrar resistencia (lo que solo se entiende por la escasez de la tropa de Hernando Pizarro), fue luego Almagro con la gente más principal a las casas donde Hernando Pizarro vivía, para prenderle, y estaba  entonces con algunos amigos”.
     Nos encontramos en el mismísimo inicio de las guerras civiles y es oportuno hacer un comentario. El proceso de este desastre va a ser muy complejo debido a dos cosas: la falta de precisión al señalar el rey el límite entre las dos gobernaciones, la de Pizarro y la de Almagro, y (lo que fue más decisivo), la precipitación egoísta de intentar zanjar el asunto con argumentos viciados por el interés. Los dos van a tomar decisiones sin fundamento suficiente. Los dos se verán potenciados por la enorme fuerza de la ambición de sus propios seguidores. Los dos tratarán de hacer trampa, y quizá el menos culpable resulte a la larga Almagro. Pero una cosa es cierta: el primer paso en falso en esta locura lo acaba de dar Almagro porque, por mucho que se aferrara al argumento de que la provisión del rey dejaba claro que el Cuzco le pertenecía a él, no era así, ya que hacía falta la decisión de pilotos competentes que señalaran con exactitud si el Cuzco le pertenecía a uno o a otro. Y de no aceptarse por ambas partes su peritaje, habría sido necesario esperar la aclaración definitiva del rey, quedando, naturalmente, las cosas como estaban, es decir, con el Cuzco en poder de Pizarro. Es evidente que, quien encendió la mecha que iba a producir la enorme explosión, fue Almagro. Con el agravante jurídico de que nadie puede quitar algo por la fuerza a quien lo posee, y menos aún si sus derechos de propiedad son muy dudosos.

     (Imagen) Al margen de sus hipotéticos derechos, Almagro cometió un atropello jurídico al apoderarse del Cuzco violentamente  y apresar a Hernando Pizarro. Pronto volaron cartas hacia la Corte denunciándolo (también de Almagro intentando justificar lo imposible). La imagen es una comunicación al rey de una de las cartas recibidas. Y dice (resumido): “Hernando de Zaballos, en nombre del Marqués don Francisco Pizarro y de Hernando Pizarro, dice que Vtra. Majestad, siendo informado de las alteraciones que ha hecho el Mariscal don Diego de Almagro, mandó sus provisiones dirigidas al dicho don Diego de Almagro para que luego (pronto) él y la gente que tenía en la ciudad del Cuzco saliesen de ella y la dejasen libre al dicho Marqués, y soltase a Hernando Pizarro y a las otras personas que tiene apresadas, so ciertas penas de apercibimientos en las dichas provisiones contenidas. Y porque podría ser que el dicho Mariscal don Diego de Almagro, por estar tan lejos de Vtra. Majestad, o por causa de algunas personas que están con él, bulliciosas, no quisiese cumplir las dichas provisiones, y de ello se recrecieran otros muchos alborotos, para evitarlos y para que se cumplan las dichas provisiones, conviene que se nombren cuatro personas de letras y conciencia para que se las hagan cumplir, porque si se hubiese de venir hasta acá a poner remedio, la tierra se perdería antes”. DESESPERADA LLAMADA DE AUXILIO. La Corona no actuó con energía para eliminar el fuego incipiente. Años después tuvo que apagar un monstruoso mar de llamas.



viernes, 13 de abril de 2018

(Día 667) Pedro Pizarro llega a decir (temerariamente) que Almagro había matado a dos hermanos de Manco Inca para congraciarse con él. Hernando Pizarro se da cuenta de que Almagro quiere aliarse con Manco Inca, pero lo cierto que este lo atacó, teniendo que volverse Almagro a Yucay (cerca del Cuzco).


     (257) Sigamos conociendo lo que cuenta Pedro Pizarro: “De allí a pocos días de recibir la noticia de que Don Diego de Almagro volvía de Chile, supimos que había llegado a Urcos, a seis leguas del Cuzco, y desde allí mandaba mensajeros para hacer tratos con Manco Inca, que era su amigo, como tengo dicho, por los dos hermanos que, según se dijo, le mató a ruego suyo antes de ir a Chile (nuevamente hace una dura acusación -que ya la soltó antes- no mencionada por otros cronistas)”. En lo que sí coinciden los cronistas es en que Almagro había tenido buena relación con Manco Inca antes de partir para Chile (también Pizarro) y trataba de establecer una alianza con él. Por eso mandó a Ruy Díaz que fuera a visitarle para proponerle algún trato. Pedro Pizarro lo cuenta, pero deforma los hechos: “Almagro envió a un Ruy Díaz como mensajero ante Manco Inca, para rogarle que saliese de paz, pues era su amigo. Llegado Ruy Díaz adonde Manco Inca estaba, le recibió muy bien”. Quizá fuera así, pero no menciona que Manco Inca estaba decidido a acabar con todos los españoles y apresó a Ruy Díaz (como ya comenté). Es cierto que Almagro planeaba fortalecerse aliándose  con Manco Inca, y hasta es posible que le alentara en ese sentido el inca Paullo, hermano suyo, con el que había compartido el largo viaje de dos años por Chile. En cualquier caso, Pedro Pizarro deja claro que pronto se produjo el enfrentamiento entre Manco Inca y Almagro, prueba evidente de que no existía tal relación de compinches por favores mutuos: “Mientras duraban estos tratos entre Manco Inca y Almagro, fueron falsos de parte del Inca, pues pensaba coger a los españoles divididos y matarlos. Salió mucha gente de guerra contra Almagro, y tras una pelea, se fue a Yucay (cerca del Cuzco), dejando parte de sus hombres fortalecidos en Urcos. Sabiéndolo Hernando Pizarro, nos mandó que fuésemos a Urcos para entender cuál era la causa por la que se había quedado allí, sin venir al Cuzco (no sabía que Almagro estaba en Yucay)”.
     “Pues llegados que fuimos a un llano que hay  a la entrada de Urcos, salieron algunos españoles a hablar con recato a Hernando Pizarro y le dijeron que Almagro no estaba allí porque había ido a verse con Manco Inca;  entonces entendió la mala intención con que venía, que era la de tomar el Cuzco por fuerza, no guardando el juramento que tenía hecho con su compañero, el Marqués, y habiendo podido poblar en Charcas, Arequipa y Chile, no lo hizo, aunque los suyos se lo pidieron, y se entendió que fue para venir con más pujanza a tomar el Cuzco, como lo hizo”. No hay duda de que Almagro, al fracasar en su campaña, rompió el casi sacrílego juramento de eterna amistad que habían hecho él y Pizarro antes de salir para Chile. Pero en esta dramática historia veremos que uno y otro van a recorrer un largo camino de negociaciones sin salida, con cartas marcadas, intentando conseguir dentro de la legalidad y la paz lo que deseaban, pero dispuestos a orillarlas si no quedaba  más remedio para lograr sus ambiciones. Va a ser un angustioso y lamentable espectáculo que nos brindará Cieza en su espectacular crónica. Una auténtica fatalidad.

    (Almagro) Qué poco le queda de vida a Almagro. Se va a meter en una batalla contra Pizarro en la que terminará ejecutado. Estaba tan deteriorado físicamente (por la edad y, entre otras cosas, también por la sífilis) que no pudo participar en ella, sino solamente ver desde un montículo el desarrollo de su catástrofe. Tuvo un enorme mérito su aportación a la conquista de Perú, y más todavía lo que padeció durante dos largos años en la terrorífica campaña de Chile, con el flamante título de  mariscal. También era gobernador, y la disputa con Pizarro por los límites de sus competencias provocará las guerras civiles, probablemente porque, aunque eran grandes conquistadores, ninguno de los dos tuvo sabiduría política. Es posible que, de no haber muerto el sensato clérigo Hernando de Luque, el tercer socio de la gloriosa empresa, no hubiese estallado el fatal conflicto. El sufrido Almagro tuvo siempre que luchar contra vientos desfavorables, y terminó trágicamente. Pero llegó a tocar el cielo cuando supo que Atahualpa había sido apresado después de NUEVE AÑOS de penas sin fin. Era tan grande lo conseguido, que, cuando llegaron al Consejo de Indias unas cartas del licenciado Espinosa y del deán de Tierra Firme contando aquel milagro, sus miembros le escribieron al secretario del Rey (texto de la imagen) diciéndole que, por parecerles todo tan extraordinario, no pensaban enviárselas a Su Majestad hasta que tuvieran una confirmación estricta de los hechos por medio de cartas de Pizarro y de Almagro.



jueves, 12 de abril de 2018

(Día 666) Garcilaso cuenta anécdotas: Gonzalo Pizarro salva su vida con la ayuda de su hermano Hernando y de Alonso de Toro. Un indio muy bravo pone en ridículo a dos españoles, Gonzalo va a por él, pero no deja que le ayuden los otros. El indio al ver el gesto de Gonzalo se rinde agradecido y se convertirá en su fiel criado.


     (256) No vendrá mal enlazar en este punto con Inca Garcilaso de la Vega porque cuenta también bastantes anécdotas sobre el cerco que sufrieron los españoles en el Cuzco: “Con la muerte del buen Juan Pizarro (Garcilaso siempre ensalza los méritos), cobraron ánimo los indios viendo que era hermano del Gobernador y hombre tan principal y valiente. Los cristianos tenían que salir porque, mientras duró el cerco, siempre tuvieron necesidad de comida, pues la que traían los criados indios no bastaba para sustentarlos. Un día, saliendo Gonzalo Pizarro con veinte de a caballo con más animo que prudencia, pues eran pocos,  le atacaron tantos indios que, aunque su lanza fue de las mejores que hubo en el Nuevo Mundo, lo tuvieron casi rendido, y se salvó porque le socorrieron Hernando Pizarro y Alonso de Toro”. Cuenta después un caso en el que un indio dejó en ridículo a dos españoles, y tiene la delicadeza de no decir sus nombres: “Hubo una gran batalla en la que casi todos los indios huyeron, pero quedaron algunos capitanes que tuvieron por mejor morir ante su Inca, que los miraba desde un otero, que huir en su presencia. Contra uno de estos arremetió encima de un caballo y con una lanza un caballero que yo conocí, y el indio le asió de ella y se la quitó. Al verlo otro caballero, le atacó tirándole una lanzada, y el indio se la quitó también para defenderse de los dos, cuyos nombres se callan por respeto de sus descendientes, que uno de ellos fue mi condiscípulo en la gramática”. Lo que ocurrió después fue muy notable. Había visto lo que pasaba Gonzalo Pizarro (nos acaba de decir Garcilaso que era un artista con la lanza) y fue derecho hacia el indio gritando a los dos chasqueados que se apartaran. También le agarró la lanza, pero sin tanto éxito: “Gonzalo Pizarro, por no perder la lanza, echó mano de de ella con la mano izquierda,  y con la derecha sacó la espada para cortar las manos del enemigo. El indio, viendo la espada sobre sí, soltó la lanza y se agachó para coger una de las otras.  Los dos caballeros, que estaban mirando, arremetieron para matarle, pero Gonzalo Pizarro a grandes voces les dijo que el indio no merecía que le hicieran daño, sino mucha merced. Los caballeros se detuvieron, y el indio, dándose cuenta de que las voces de Gonzalo Pizarro le habían socorrido, soltó la lanza en señal de que se rendía, fue hacia él, le besó la pierna derecha y le dijo: ‘tú eres mi Inca, y yo soy tu criado’. Desde entonces, le sirvió lealísimamente, y Gonzalo Pizarro le amaba como a su hijo, hasta que el indio murió en la campaña de la Canela. Esto me contó Francisco Rodríguez de Villafuerte, que se hallaba en aquella batalla, y Gonzalo Pizarro decía que nunca luchando se había visto en tanto peligro como aquel indio le había puesto”. En varias ocasiones, los españoles admiraron el valor de algunos indios y procuraron salvarles la vida. La campaña de la Canela fue una terrible aventura de Gonzalo por el Amazonas (más adelante lo veremos), donde no solo murió el valiente indio, sino la mayoría de los integrantes de la expedición, pero que, sin embargo, le dio la oportunidad a Francisco de Orellana de seguir río abajo hasta convertirse en el primero que lo recorrió entero.

     (Imagen) GONZALO PIZARRO tenía ansias de alcanzar las alturas con vuelo propio. Hasta el punto de que le escribió una carta  al rey (la de la imagen) pidiéndole que le confiara alguna misión. En la misiva, le habla con muchos rodeos sobre la labor que ha hecho junto a su hermano Hernando Pizarro consiguiendo que la tierra esté como está, ya pacificada. Le pide que lo premie enviándolo a servir en más partes “porque quien ha podido con guerra ganar la paz, celoso de ella, servirá mejor a Vuestra Majestad para conservarla”. Seguro que ni le contestó, porque la petición era del todo inoportuna, ya que esa paz de la que habla Gonzalo había sido lograda a costa de una guerra entre españoles y de la ejecución de Almagro. Pero, pocos meses después, fue el propio Francisco Pizarro quien le dio su gran oportunidad. Le otorgó poderes como gobernador de Quito y licencia para lanzarse a una gran aventura: el descubrimiento, por el terrible cauce del Amazonas, del país de la canela y del mítico Dorado. La aventura terminó con éxito para Francisco de Orellana río abajo, y con un tremendo, aunque heroico, fracaso para Gonzalo. Murieron casi todos sus hombres, y también el bravísimo indio que le servía, al que (como hemos visto hoy) le perdonó la vida por su extraordinario valor. Durante ese tiempo, estando ausentes Hernando y Gonzalo, moría asesinado el gran Pizarro en medio del mayor desamparo.



miércoles, 11 de abril de 2018

(Día 665) Llegan noticias de que Almagro y su tropa vuelven de Chile. Pedro Pizarro culpa injustamente a Alonso de Alvarado por haber llegado al Cuzco más tarde que Almagro. También dice que Antonio Picado consiguió darle el puesto de capitán general quitándoselo a Pedro de Lerma.


     (255) Antes de pasar a la llegada de Almagro al Cuzco, Pedro Pizarro anota un último recuerdo que se refiere a cómo se enteraron, con gran preocupación, de que venía: “Un día, saliendo Gonzalo Pizarro con seis de a caballo a saber si venía socorro de Lima (para eliminar el cerco de los incas), tomó dos indios, por los cuales tuvimos noticia de que don Diego de Almagro volvía de Chile con toda la gente que había llevado, que no debiera, porque con su vuelta se puso fuego  en este reino, y fue el principio de las batallas que en él ha habido, y causa de que surgieran tantos pretendientes y con tan pocos méritos como tenían la mayoría de ellos. Muchos lograron por estas batallas lo mejor de la tierra, y los desventurados que la conquistaron, lo menos y más ruin”. Pedro Pizarro, una vez más, es injusto por lo que no cuenta. Sin duda la catástrofe de las guerras civiles se inició por la vuelta de Almagro, pero tampoco Pizarro quiso esperar a que el Rey zanjara el conflicto que había ente ellos sobre el límite de sus gobernaciones.
     Y para incidir más en su falta de objetividad, acto seguido critica al extraordinario Alonso de Alvarado: “También supimos por estos indios que Alonso de Alvarado, tras salir de Lima para socorrer el Cuzco, y por ruegos de Picado, el secretario que lo hizo capitán quitando a Pedro de Lerma, le prometió no salir de Jauja sin dejar antes pacificados unos indios que el Picado tenía en encomienda, no entendiendo que antes de que la cabeza, que era Manco Inca, fuese desbaratada, era imposible pacificar ninguna provincia. Pues debido a que Alonso de Alvarado estuvo en Jauja con este fin que tengo dicho cuatro o cinco meses, Almagro entró en el Cuzco antes que él. Si hubiera llegado primero Alonso de Alvarado, Hernando Pizarro habría estado pujante de hombres, sin que don Diego de Almagro se atreviera a hacer lo que hizo en el Cuzco, y así ni a él lo mataran ni hubieran sucedido tantas batallas y desventuras como de aquí procedieron”. Los hechos ocurrieron más o menos así, pero Pedro Pizarro sigue camuflando datos. Aunque Antonio Picado mandaba en la sombra casi tanto como Pizarro, de ninguna manera ordenaría algo contra su voluntad. Alonso de Alvarado quizá le debiera el favor mencionado a Picado, pero, como dicen otros cronistas, no era él quien tenía que decidir dónde estar, sino cumplir lo que le mandaban. En lo que sí tendrá razón Pedro Pizarro es en cuanto a que le asignaron a Alvarado el puesto que tenía Lerma, quien, probablemente por resentimiento, fue uno de los que se pasaron al bando de Almagro. No obstante, el gran mérito de Pedro Pizarro como cronista es el de haber participado en los acontecimientos que narra, a lo que se añade el hecho de que, por ser tan tardío su trabajo (año 1571), conoció las obras de sus colegas. Resulta chocante que el gran historiador peruano Raúl Porras alabe, entre las virtudes de Pedro como cronista (que las tuvo), la de la sinceridad, sin matizar que se dejó llevar por las filias y las fobias en cuanto a su evidente partidismo a favor de los Pizarro y a su inquina en contra de Almagro.

     (Imagen) ANTONIO PICADO, nacido en Ciudad Rodrigo, fue polivalente, soldado y escribano. Anduvo luchando por Nicaragua bajo el mando del cruel Pedrarias. Allí conoció a Pizarro, y eso,  más tarde, le cambio la vida. Ya vimos que llegó a Perú con Alvarado y lo traicionó, pasándose a las tropas de Almagro. Seguro que en su cabeza bullían sueños de prosperidad, y acertó. Para bien y para mal, su destino quedó trabado con el de Pizarro. Fue su principal secretario. Pizarro se apoyó en él tanto, que Picado se convirtió en una especie de valido lleno de poder en la sombra, con lo que se libró de los enormes peligros de las batallas y pudo enriquecerse sin medida. Hasta lo designó en el testamento su albacea testamentario, y gobernador interino durante la ausencia de sus hermanos y la minoría de edad de sus hijos. Pero llegó la fatídica hora. Cuando asesinaron a Pizarro, se refugió en casa del poco recomendable tesorero Riquelme, quien lo traicionó avisando a los almagristas. Lo apresaron, lo torturaron para que dijera dónde estaban las riquezas de Pizarro, dijo que no sabía nada, y decidieron ejecutarlo. ANA SUÁREZ, una vampiresa de legendaria belleza, era su amante, y Antonio Picado se casó con ella antes de que lo mataran agarrotado. Parece ser que la ‘hechicera’ lo heredó todo, aunque consta que estuvo casado y tenía un hijo (quizá ya hubiesen fallecido). Pero hubo pleito, porque veo en PARES un triste documento, dos años posterior, que lleva este encabezamiento: “Real Cédula del príncipe (Felipe II) a la Audiencia de Lima para que se dé lo que pide a Elena Martínez, vecina de Ciudad Rodrigo y madre de dos hijos residentes en el Perú, Antonio y Francisco Picado; al primero le mandó matar Diego de Almagro (el Mozo) y al segundo lo mataron los indios, de los cuales quedaron muchos bienes que reclama como legítima heredera”.



martes, 10 de abril de 2018

(Día 664) Pedro Pizarro sigue recordando escuetamente a los quince mejores españoles que lucharon junto a él. Habla también de sí mismo. Decía Hernando Pizarro que había allí setenta hombres con los que se atrevería a acometer al triple de los indios que cercaban el Cuzco.


     (254) Sigue Pedro Pizarro ‘pasando revista’: “El Marqués llevó consigo a tres hermanos: Hernando, Juan y Gonzalo (casi nunca se menciona a otro hermano de madre de Pizarro que fue muy querido por él y que murió a su lado, Francisco Martín de Alcántara). Hernando Pizarro era hombre de buen cuerpo, valiente, sabio y animoso, aunque pesado a la jineta (se ahorra que era muy soberbio). Juan Pizarro era valiente y muy animoso, gentilhombre, magnánimo y afable. Gonzalo Pizarro era valiente, sabía poco, tenía muy buen rostro y buena barba; hombre apretado y no largo, y muy buen hombre de a caballo”.
     “Hernando de Soto era hombre pequeño, diestro en la guerra de los indios, valiente y afable con los soldados (habrá que recordar con qué mimo sumergieron sus compañeros su cuerpo en las aguas del Misisipi), dicen que era de Badajoz (de la provincia). Este Soto fue el que partió después a la Florida como gobernador. Gabriel de Rojas era hombre muy prudente en la guerra; dijeron que era de los principales Rojas. Hernán Ponce de León era hombre bien dispuesto, cauteloso, no de a caballo; se le tenía por hidalgo; era hombre bien entendido y buen soldado”.
     Cita a otros, y da algunos datos de sí mismo: “Juan de Pancorbo es vecino del Cuzco. Alonso de Mesa era buen soldado. Valdivieso era buen hombre en la guerra y tenido por hidalgo, natural de Toro. Pedro Pizarro era hombre en la guerra, muy buen hombre de a caballo; lo llevó el Marqués don Francisco Pizarro como paje, de edad de quince años (nació en 1515), y cuando tuvo que ejercerse en la guerra tenía dieciocho años; señalose en algunas cosas; es de los buenos Pizarros de Extremadura; nació en Toledo; fue vecino en Jauja, después en el Cuzco, y ahora (año 1571) de Arequipa”. Se acuerda también con elogios, sobre todo militares, de Hernando de Aldana (toledano), Alonso de Toro (trujillano y muy importante en las guerras civiles del lado de Gonzalo Pizarro), Juan Julio (burgalés), Cárdenas, Castenda, Miguel Cornejo (salmantino), Solar, Tomás Vázquez, Juan Román, Figueroa y Villafuerte. Pero es una lástima que Pedro no contara más cosas de todo lo que conoció sobre el destino de los compañeros a los que recuerda, ni de los acontecimientos históricos de las guerras civiles (quizá no le agradara tocar el tema). Todo apunta a que, por ejemplo, Tomás Vázquez fuera uno, del mismo nombre, cuyos herederos reclamaron, en 1572, los bienes que se le habían confiscado al condenarlo a muerte por haber sido cómplice en el alzamiento de Francisco Hernández Girón contra la Corona. Por otra parte, dada su trayectoria y su parentesco, aunque lejano, se nota en su crónica una fuerte tendencia a ensalzar a los Pizarro y criticar a Almagro,  siendo lógico que apreciara especialmente a los pizarristas.
     Hace una última aclaración sobre este listado: “De otros muchos pudiera hablar, pero por no ser prolijo he dicho de estos porque fueron señalados como hombres especiales en la guerra para un peligro tan grande como era  ir desde el Cuzco hasta Lima, estando la tierra alzada y los caminos quebrados”. Aporta un dato humano: “En el Cuzco hubo setenta hombres señalados en la guerra, y decía Hernando Pizarro que con ellos se atrevería a acometer al triple de indios. He escogido los quince que tengo dichos, y de estos quince hoy están vivos tres: Pedro Pizarro en Arequipa, y Juan de Pancorbo y Alonso de Mesa en el Cuzco”.

     (Imagen) Al margen del gran protagonismo de Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, FRANCISCO MARTÍN DE ALCÁNTARA contó con la máxima confianza, y quizá también la mayor proximidad, de su también hermanastro FRANCISCO PIZARRO (su madre común era Francisca González), quien lo reclutó en 1530, durante su viaje a España, para ir a Perú junto a los otros tres. Fue su confidente, y luchó con bravura (siendo capitán) cuando hizo falta, como en el cerco que Manco Inca puso a la ciudad de Lima. En 1592, Pizarro lo nombró en su testamento uno de sus albaceas. No sospechaba ninguno de los dos cuánto los iba a unir la muerte. Dos años después, fueron asesinados juntos en un furibundo y sangriento ataque de los almagristas. Se extendió el pánico por Lima, donde muchos huyeron o se ocultaron. Pero hubo una increíble mujer, INÉS MUÑOZ, que se atrevió a llamar a la cara traidores a los asesinos, a sepultar los dos cuerpos, y a esconder a los hijos de Pizarro. Era la esposa de FRANCISCO MARTÍN DE ALCÁNTARA. Se casó después con ANTONIO DE RIBERA, Caballero de Santiago. Volvió enviudar, y fundó el Monasterio de la Concepción, donde terminó sus días como abadesa. Mujer emprendedora, ella fue la que llevó el trigo a Perú, y en el documento de la imagen la vemos peleando para que, entre otras cosas, se reconocieran los méritos de sus dos maridos. Naturalmente, lo consiguió. (En la imagen aparece primero ella, con el apellido Ribera, luego Antonio de Ribera, y después Francisco Martín de Alcántara).



lunes, 9 de abril de 2018

(Día 663) Pedro Pizarro dice que lo peor del cerco lo sufrieron al comienzo. Los gritos de los indios no paraban de noche ni de día. Luego ‘retrata’ a varios de los conquistadores. Subraya la bondad de Pizarro y carga las tintas contra Almagro, aunque reconoce su valentía.


     (253) Hace también Pedro Pizarro un comentario sobre cómo fue el cerco en su momento más duro: “Cuando estuvimos con mayor aprieto al comienzo del cerco, velábamos todos todas las noches, y el rato que reposábamos era armados y con los caballos ensillados y enfrenados, porque era tanto el ruido que los indios hacían, que si no era de por muy cansados, no había manera de dormir. El resto del tiempo, hasta que los indios se alejaron algo, velábamos todas las noches en cuatro turnos, y cuando ya se fueron, nos tocaba vela una  noche sí y otra no. Esto duraría unos seis meses, hasta que Almagro volvió de Chile (con su numerosa tropa)”. Diré de paso que Bernal Díaz del Castillo también vivió el mal dormir durante tres meses por los aullidos (de día y de noche) de los aztecas en México. Cómo sería la cosa que, cuando apresaron a Cuauhtémoc, los indios, sintiéndose derrotados, dejaron automáticamente de gritar, y a Bernal le pareció sobrecogedor aquel silencio repentino.
     El cronista Pedro Pizarro, antes de seguir contando lo que ocurrió cuando llegó Almagro al Cuzco, tras volver de Chile, se detiene para hacer una pequeña descripción de cómo eran varios de los principales protagonistas de esta historia. En toda su crónica se trasluce un aprecio exagerado por los Pizarro (al fin y al cabo, eran sus parientes) y una especie de inquina contra Almagro que resulta sospechosa de injusta parcialidad: “Quiero decir ahora quién era el Marqués don Francisco Pizarro, y sus hermanos, y don Diego de Almagro, y sus condiciones; también hablaré de algunos conquistadores a los que aquí tengo nombrados. El Marqués don Francisco Pizarro, hijo de Gonzalo Pizarro el Tuerto, capitán en la guerra de Navarra, nació en Trujillo. Era hombre muy cristiano y muy celoso del servicio de Su Majestad. Alto, seco, de buen rostro, la barba rala, valiente y de gran verdad. Tenía por costumbre cuando algo le pedían decir siempre que no, y lo hacía por no faltar a su palabra, pues luego no tenía inconveniente en concederlo”. Cuenta Pedro, como ejemplo, que a Pizarro, que  normalmente se levantaba una hora antes de amanecer, se le acercó un español pidiéndole que le diera una encomienda de indios en Guaitará. A pesar de su insistencia, Pizarro se lo negaba. El lastimero conquistador le dijo que había renunciado a la que tenía porque pensaba ir a España, pero había cambiado de idea: “El Marqués le dijo: ‘Eso de Guaitará está ya dado’. El hombre respondió que no. Y el Marqués le dijo: ‘Pues tomadlo; id a que os hagan el depósito’. He querido contar esto para dar a entender su bondad”.
     De inmediato, Pedro Pizarro nos da una comparación desfavorable para Almagro: “Don Diego de Almagro era lo contrario, pues a todos decía que sí, y con pocos cumplía (sin embargo ya vimos que el cronista López de Gómara alabó su desmedida generosidad cuando perdonó a sus soldados todo lo que le debían). A este  don Diego de Almagro nadie le conoció pariente (lo dice con mala intención, porque había algún rumor de que descendía de musulmanes). Decía él que era de Almagro (otra suspicacia). Era hombre muy profano, de muy mala lengua, que cuando se enojaba trataba muy mal a todos, aunque fuesen caballeros. Hacía pocas mercedes, y las hacía profanas y no a quien le servía”. Después de ‘machacarlo’, dice algo positivo: “Era Almagro hombre pequeño, bien hecho, valiente en la guerra y animoso en el gastar (en esto se contradice)”.

     (Imagen) No estará de más, ahora que Pedro Pizarro hace una pequeña semblanza de los Pizarro, comentar un detalle. En el estupendo libro que acaba de publicar el historiador ESTEBAN MIRA CABALLOS, expone una nueva teoría que, lamentablemente, me parece rocambolesca. Siempre resultó extraño que Gonzalo Pizarro legitimara a siete hijos bastardos y no lo hiciera con Francisco Pizarro, que era el mayor (aunque le dio el apellido). Pero nunca ha sido obstáculo para que, dejando de lado con algunas suposiciones el asunto, los cronistas y los historiadores de todas las épocas hayan dado por cierta la versión de que Gonzalo Pizarro fue su padre, y una criada de la casa, Francisca González, su madre. Hace poco vimos que Alonso Enríquez de Guzmán, uno de los que sufrieron el cerco del Cuzco, así lo dice. Lo decían también el mismo Pizarro y sus cuatro hermanos, tres por parte de padre y uno por la de madre. Mira Caballos lanza la asombrosa hipótesis (mostrando sus razones) de que Francisco Pizarro era solamente hijo adoptivo, tanto de Gonzalo Pizarro como de Francisca González (quienes, como sabemos, ni siquiera eran marido y mujer). Creo que no hace falta explicar por la vía más complicada lo que puede ser sencillo: Gonzalo Pizarro falleció en 1522 sin saber si su hijo seguía vivo en las Indias, y hasta cabe la hipótesis de que lo rechazara por algun viejo enfrentamiento entre los dos. No me puedo imaginar al soberbio Hernando Pizarro, único legítimo de la familia, apuntalando esa patraña. Dicho lo cual, dejo constancia de que, en mi opinión, EL LIBRO ES EXTRAORDINARIAMENTE INTERESANTE.



sábado, 7 de abril de 2018

(Día 662) Sigue el ataque contra la fortaleza, pero no consiguen tomarla. Se vuelven con gran peligro. Pillan por sorpresa a indios de guerra y matan a muchos. Hernando Pizarro castiga brutalmente a los apresados, pero sirvió para desmoralizar a las tropas indígenas Un despiste de los españoles dejó indefensos a los indios amigos y murieron muchos.


     (252) Vieron que era imposible tomar Tambo: “Hernando Pizarro mandó retirarse, y lo hicimos cuando oscurecía la noche. A la pasada del río nos apretaron los indios con tanta furia que nos mataron algunos indios amigos del servicio, sin poderlos socorrer. Los guerreros indios tienen una particularidad: cuando van de victoria atacan como demonios, y cuando huyen, son gallinas mojadas, y como aquí nos hacían retraer, luchaban con gran ánimo”.
     Aunque con menos agobios, el cerco sobre el Cuzco continuaba: “Se tenía por orden enviar seis u ocho de a caballo a correr el campo. Saliendo Gonzalo Pizarro con seis, que éramos Pedro Pizarro, Alonso de Toro, Narváez, Beltrán del Conde, Cárdenas y Juan López, aconteció que pasaban mil indios de guerra de una sierra a otra. Viéndolos en lo llano, pusimos las piernas a los caballos y los alcanzamos cuando empezaban a subir un cerro. Tomándoles la ladera por donde iban subiendo, los echamos a todos al llano, y de mil que dicen que eran, no escaparon más que ciento”. Está claro que, para indios y para españoles, aquello era como ir de caza, y lo que hizo después Hernando Pizarro muestra que consideraban el escarmiento un método necesario: “Matamos a unos, y a otros los llevamos presos al Cuzco, donde Hernando Pizarro mandó que les cortasen la manos derecha a todos, y después de cortadas, los echaron para que se fuesen. Los indios decían que esto había puesto gran grima y  miedo a los naturales, pues no osaban ya bajar a los llanos”.
     Las precauciones en las salidas del Cuzco eran extremas, y también los indios de servicio corrían gran peligro: “Pasados algunos días, faltó la comida de maíz, y mandó Hernando Pizarro a su hermano Gonzalo Pizarro que fuese con treinta de a caballo a Jaquijaguana, donde había mucho maíz, y que cada día seis de a caballo  protegiesen a los indios que traían la comida, y del Cuzco salían asimismo otros seis acompañándolos, y así estaban hasta que se ponía el sol”. Un despiste va a traer consecuencias fatales a los indios amigos: “Aconteció un día que salimos seis a hacer esta guardia, Hinojosa (el que fue después general en esta tierra), Lucas Martínez Vegaso,  Miguel Cornejo, Juan Flores, Pedro Pizarro y Cárdenas. Yendo caminando oímos gritar a los indios amigos, que iban detrás, diciendo que venían indios de guerra. Volvimos todos los rostros a ver qué era y no vimos la gente de guerra porque venían ocultos entre los cerros, y como no vimos nada, creímos que lo hacían fingido, por asustarse unos a otros. Seguimos caminando paso a paso, y no hubimos andado diez pasos, cuando oímos que los indios de guerra andaban envueltos con nuestros amigos, dándoles con porras en la cabeza y matándolos; nos revolvimos a todo correr, y por presto que llegamos, no pudimos coger más de tres indios: uno mató  Miguel Cornejo, otro Pedro Pizarro y otro Hinojosa”.

     (Imagen) Hablemos telegráficamente de vidas cruzadas. LUCAS MARTÍNEZ  VEGASO, paisano de los Pizarro, con parte del botín de Atahualpa se compró un buen caballo, y luchó después como jinete, contra los indios y contra los almagristas. Le vemos ahora (con unos 25 años) jugándose la vida en el cerco del Cuzco. Fue un tipo polivalente y emprendedor que se hizo muy rico con las encomiendas de indios, la producción agropecuaria y las minas de plata. Fundó en 1536 la ciudad costera de Arica, hoy chilena y situada justamente en el límite con Perú. Quizá por ser  trujillano, siempre fue fiel a los Pizarro. Ejecutado Almagro tras haber fracasado en Chile, hubo otra persona extraordinaria que repitió la aventura (esta vez con éxito, pero muriendo): el  increíble PEDRO DE VALDIVIA, que empezó en Indias luchando en la zona de Venezuela. Era territorio concedido por Carlos V a los alemanes, mucho más crueles que los españoles. Estaba al mando Ambrosio Alfinger, quien, en cierta ocasión, confió a 25 españoles un traslado de 110 kilos de oro, por una ruta tan dificultosa que se fueron muriendo. Al quedar pocos, enterraron el tesoro. Pero solamente sobrevivió uno, apresado por los indios y viviendo un novelón que acabó bien porque tuvo de amante a la hija del cacique. Pues bien: era FRANCISCO MARTÍNEZ DE VEGASO, hermano de Lucas. Se asoció con Pedro de Valdivia para la campaña de Chile (quizá con el oro enterrado), y también participó Lucas en la empresa. En 1567, siendo ya muy mayor, Lucas se casó, y murió diez días después. El documento de la imagen trata de una reclamación hecha por su viuda, MARÍA DE ÁVALOS, para defender la herencia de su marido.



viernes, 6 de abril de 2018

(Día 661) Salen a castigar a algunos indios que habían matado a españoles, pero no los encuentran. Gonzalo Pizarro y varios españoles se salvan de morir porque corre a ayudarlos Hernando Pizarro con sus hombres. En un primer ataque contra la fortaleza de Tambo, consiguen con gran esfuerzo y peligro hacer huir a parte de los indios.


     (251) Aunque no hubiera ataques intensos, seguían bajo un cerco atenuado pero que hacía muy arriesgadas las salidas: “Pues estando como digo, nos faltaron las comidas. Acordó Hernando Pizarro que Gabriel de Rojas saliese con sesenta hombres, sin alejarse más de catorce leguas, para buscar ganado. Partimos y estuvimos unos treinta días, recogimos hasta dos mil cabezas de ganado y volvimos al Cuzco sin ningún impedimento. Los indios se juntaban por los altos de los cerros, y desde allí nos daban grita. Tras descansar algunos días, fuimos a Condeyuso con Hernán Ponce de León a quemar algunos pueblos y castigar a la gente que hallásemos, porque allá fue donde mataron a los primeros cristianos. Lo hicieron llamando a un Simón Juárez, que allí tenía indios, y a otros, diciéndoles que fueran a sus pueblos, pues les darían tributos, y con este engaño mataron a diez españoles. Estuvimos allá quince días, y no se pudo encontrar gente en quien hacer castigo. Recogiendo algunos alimentos, nos volvimos”.
     Habla luego Pedro Pizarro de otra salida que les pudo costar muy cara. Hernando Pizarro se enteró de que Manco Inca estaba reuniendo mucha gente a corta distancia: “Envió a su hermano Gonzalo Pizarro que los atacase antes de que se acabasen de juntar y viniesen al Cuzco. Salió con sus hombres y en Jaquijaguana (donde iba a morir Gonzalo doce años después) halló gran golpe de gente junta. Poniéndose a pelear con ellos, les apretaron de tal manera, que llegaban a echar mano a las colas de los caballos, volviendo así muy fatigados y con mucho riesgo. Avisado Hernando Pizarro, mandó repicar campanas para que se juntase gente, y llegaron al galope donde vieron que los españoles estaban en gran peligro, porque ya los caballos no podían correr sino venir muy paso a paso y los indios los apretaban por todas partes. Con su llegada, los indios desmayaron y se desviaron; y con este socorro se alentaron los que venían fatigados. Juntos ya todos, se volvieron al Cuzco. Entonces estuvimos a punto de perdernos todos”.
     Descansaron un tiempo, y luego se prepararon para  alejar lo más posible al gran Manco Inca, su principal amenaza desde la cercana fortaleza de Tambo: “Partimos dejando a Gabriel de Rojas en el Cuzco con la gente más debilitada. Cuando llegamos, hallamos Tambo tan fortalecido con grandes canterías que era cosa de grima. Tiene una sola entrada arrimada a una sierra muy áspera, y en toda ella mucha gente de guerra con muchas galgas (pedruscos) que arriba tenía para echar cuando los españoles quisiesen entrar. Pasando el río de aquel lugar, tomamos un pequeño llano, y queriendo acometer la entrada, fueron tantas las galgas, piedras y flechas que nos echaron, que nos mataron un caballo y nos hirieron a algunos españoles. Pero con este acometimiento que hicimos, los indios empezaron a echar a la gente y el fardaje fuera por la sierra arriba, muy agreste, que no parecían sino un hormiguero muy espeso”.

     (Imagen) Ayer hablamos de la triste muerte de un español por un arcabuzazo de los piratas. Su nombre completo era PEDRO ANSÚREZ ENRÍQUEZ DE CAMPORREDONDO. También llamado, simplemente, Peransúrez, aunque ese ‘Enríquez’ lo tenía por su aristocrática familia, como el extravagante don Alonso Enríquez de Guzmán (del que seguiremos hablando). Peransúrez, aunque estuvo pocos años en Perú, demostró que era un fuera de serie. Pizarro quedó fascinado por sus cualidades, y le confió misiones militares y diplomáticas extraordinariamente delicadas (era Marqués de Camporredondo). Cuando Almagro partió hacia Chile, Pizarro lo envió a España para conseguir de la Corona que el Cuzco quedara dentro de  su gobernación. Ansúrez consiguió una respuesta, pero no sirvió para que Almagro y Pizarro se pusieran de acuerdo, y estalló la terrorífica guerra civil. Luego fue a Chile y fundó en 1538 la ciudad que hoy se llama Sucre, donde le han dedicado la sencilla estatua que se ve en la imagen (se agradece que los bolivianos no la hayan derribado todavía), con el detalle histórico de que lleva la entonces bandera del Ejército Español, luciendo la Cruz de Borgoña. Al enterarse de que Pizarro había sido asesinado, regresó a Perú para ponerse al servicio del representante del rey, Vaca de Castro, y luchar contra los almagristas, manteniendo siempre su fidelidad al emperador, aunque nunca sabremos si, de seguir vivo, habría escogido el bando del rebelde Gonzalo Pizarro. Pero es de suponer que no.




jueves, 5 de abril de 2018

(Día 660) La versión que da Alonso Enríquez del episodio de las cabezas de los cristianos añade datos importantes. Hernando Pizarro quiso enviar algunos jinetes en ayuda de los españoles de Lima, pero le convencieron de que era un error porque, dada su valía, el poder defensivo del Cuzco quedaría muy mermado.


     (250) Seguro que Enríquez de Guzmán estaba de acuerdo con esa decisión, porque es casi un milagro que alabe a Hernando Pizarro, a quien odiaba sin paliativos. Lo que dice a continuación (y que tanto le agradece a la Virgen) rectifica la versión de Pedro Pizarro. No parece cierto que Hernando Pizarro zanjara las discusiones ordenando quedarse sin salir del Cuzco, tomando después, como ya vimos, la acertada iniciativa de atacar la fortaleza desde donde más daño les hacían  los indios. Es más creíble lo que cuenta Enríquez. Su primera decisión fue enviar gente adonde Pizarro, pero luego cambió de idea porque ocurrió algo providencial (el episodio de las cabezas cortadas a los españoles que ya nos ha contado Pedro Pizarro): “Pero mejor acertó la Madre de Dios, que ese día, después de la misa, antes de que partiesen, dieron gran grita en un cerro muchos indios, y salió Hernando Pizarro con otros, huyendo los indios. Y dejaron en el camino cinco cabezas de cristianos y muchas cartas que habían tomado a algunos cristianos que habían matado y que el Gobernador había enviado en socorro de esta ciudad del Cuzco. Los indios los habían vencido y nos traían esto para descorazonarnos, pero fue darnos la vida, pues lo hacía la Virgen, y en su santo día”.
     Fue así como se acabaron las discusiones entre los cercados: “Por lo cual dejamos de dividirnos y de pensar en mandar gente, porque por las dichas cartas supimos lo que queríamos saber, que era que el Gobernador nos enviaría gente. Y supimos de la victoria que el Emperador tuvo en Berbería, en la toma de Túnez, y nos vino un jubileo muy grande, el mayor que se ha visto, que venía por medio de la Emperatriz, nuestra señora. También me vinieron a mí las cartas que os he dicho de mi tierra y del Gobernador. Durante otros tres meses, no tuvimos más noticias”. Fue entonces cuando consiguieron expulsar a los indios de la amenazante fortaleza, de manera que esos tres meses de que habla resultaron más tranquilos.
     Los españoles  daban por hecho que los indios volverían a atacar, pues tenían la curiosa costumbre de suspender las luchas para ocuparse de sus cultivos. Seguimos con Pedro Pizarro: “Manco Inca y los orejones se habían hecho fuertes en Tambo, y estaban aguardando que los indios hubiesen sembrado y se pasase el invierno para tornar en verano a poner otro cerco en el Cuzco. Entonces Hernando Pizarro acordó enviar a quince de a caballo a dar aviso al Marqués don Francisco Pizarro de que estábamos vivos y nos enviase socorro. Apercibidos ya  para salir, se juntaron don Alonso Enríquez y el tesorero Riquelme con otros principales y le hicieron un requerimiento a Hernando Pizarro de que no los enviase, porque era la flor de la tropa: Juan Pancorbo, Alonso de Mesa, Valdivieso, Pedro Pizarro (el propio cronista), Hernando de Aldana, Alonso de Toro, Juan Jullio, Cárdenas, Escacena, Miguel Cornejo, Solar, Tomás Vázquez, Juan Román, Figueroa y Villafuerte (casi todos, héroes anónimos y brillantes jinetes de los que nunca se habla). Y ciertamente, tuvieron razón don Alonso Enríquez y el tesorero Riquelme y los demás que contradijeron la salida de estos, porque en verdad eran mucho sustento para la guerra y defensa del Cuzco (un auténtico equipo titular). Pues oído el requerimiento, Hernando Pizarro mudó de parecer entendiendo que era acertado lo que  le pedían”.

     (Imagen) Entre los selectos jinetes que Hernando Pizarro había pensado mandar a Lima estaba JUAN DE VALDIVIESO. Nos va a servir para encadenar una serie de triunfos y desgracias, como ejemplo de lo que era habitual en las Indias. Había hecho fortuna y sobrevivido milagrosamente al cerco de ocho meses mantenido en el Cuzco por el bravo Manco Inca. Pero consta que en 1543 ya había muerto, probablemente en las carnicerías de las guerras civiles. Tenía dos hijas mestizas y, probablemente por disposición de los funcionarios del rey, fueron confiadas a otro personaje heroico para que las llevara a España guardándoles el dinero que les correspondía como herencia. Se trataba del prestigioso capitán PEDRO ANSÚREZ CAMPO REDONDO. Desgraciadamente, en las Indias, los viajes podían ser tan peligrosos como las batallas. Un ataque de piratas acabó con la vida de Ansúrez. Se ocupó de las mestizas otro de los grandes, ALONSO DE ALVARADO, entregánsedolas en España a un tío suyo. La herencia de las dos niñas desapareció, cosa también frecuente, y su tutor la reclamó judicialmente a los herederos de Ansúrez, como se ve en el documento de la imagen, que, muy resumido, dice: “Don Carlos y Doña Juana (llamada ‘la Loca’, y que figuró como reina durante toda su larga vida): Hacen saber a los jueces que D. Francisco de Valdivieso, regidor de la ciudad de Toro, como tutor de las hijas de Juan de Valdivieso, su hermano, reclama a los herederos del capitán Pedro Ansúrez unos mil pesos de oro que le fueron dados en Perú al dicho capitán de los bienes del dicho Juan de Valdivieso (difunto) para las dichas sus hijas”.



martes, 3 de abril de 2018

(Día 659) También Pedro Pizarro considera un milagro que no se quemara la iglesia en la que estaban refugiados. Muchos indios abandonan temporalmente la lucha. Hernando Pizarro casi ahorca por cobarde a un español. Otro huyó adonde Manco Inca. Alonso Enríquez de Guzmán comienza a contar lo de las cabezas de los españoles.


     (249) También Pedro Pizarro ve la intervención divina, como Inca Garcilaso, en algo que ya nos contó este cronista: “Aconteció en el Cuzco un milagro, y fue que los indios deseaban mucho quemarnos la iglesia, echaron alguna piedra o flecha de fuego, y la iglesia, que era de paja, empezó a arder, y sin apagar nadie el fuego, él mismo se apagó; y acaecido, desmayaron los indios, y como se les acababa la comida, al cabo de cuatro meses de poner el cerco, empezaron a ir a sus tierras para hacer sus sementeras, sin que pudieran detenerlos sus capitanes. Luego supimos que un capitán indio que había estado en la fortaleza, que se llamaba Gualparoca, con parte de la gente que estaba en el cerco, lo envió Manco Inca a las Ciudad de los Reyes para que matase a los españoles que allí estaban con el Marqués don Francisco Pizarro, pero visto que  no podían con los españoles se volvieron a su tierra”.
    “Desde que nos pusieron el cerco hasta que tomamos la fortaleza, pasaría un mes, y en este tiempo se pasó el mayor riesgo. Cuando nos acometieron por todas partes y pusieron fuego, se nos escondieron dos españoles entre la paja que quitábamos para que no nos quemasen. Lo hicieron creyendo que ya nos llevaban los indios. Hernando Pizarro afrentó a uno de ellos, y al otro quiso ahorcar, y por sus ruegos lo dejó. Otro español se nos huyó a los indios, y lo llevaron adonde Manco Inca, y a este y al dicho Francisco Martín (en quien confiaba mucho) los tuvo consigo bajo vigilancia, pero no los mató”. Haciendo cuentas, el asedio ya duraba cinco meses. Si Inca Garcilaso nos dijo que fueron ocho, sin duda se refiere a que el cerco continuó después.
     También  el episodio de las cabezas cortadas lo cuenta don Alonso Enríquez de Guzmán, y como siempre, con estilo pintoresco y aportando datos de relieve, incluso con algunas variantes. Dando muestras de que, a pesar de su complicada biografía, era un hombre piadoso, él le agradece a la Virgen lo que ocurrió, porque llevaban mucho tiempo cercados en el Cuzco, sin noticias del exterior y con la moral por los suelos: “No quiero que quede en la oscuridad lo que Nuestra Señora la Virgen María hizo por nosotros en el santo día de su festividad, que cae a ocho de septiembre (día de su Natividad), alumbrando nuestros sentimientos y esforzando nuestros corazones. Llevábamos cinco meses cercados en el Cuzco por unos cien mil hombres, nos habían combatido muchas veces, quemado la ciudad, matado a  nuestro capitán general, Juan Pizarro, y a otros muchos cristianos, sin saber nada del Gobernador, que estaba a ciento cincuenta leguas de nosotros, teniéndole a él y a sus hombres por muertos, porque nos lo decían nuestros enemigos. Nosotros mismos no nos teníamos por vivos. Como hombres desesperados quisimos mandar a los mejores cincuenta de a caballo a saber si el Gobernador estaba vivo. Como había división de opiniones, se determinó que se hiciese según la voluntad de otro hermano del Gobernador que quedó por general (Hernando Pizarro). Los oficiales del Rey y los miembros del cabildo le pidieron que no enviase a la gente. Pero determinó enviarla al día siguiente, no faltándole razón porque era hombre cuerdo y pensaba  que en ello acertaba”.

     (Imagen) Vamos a jugar en PARES a investigadores (que es una gozada), porque apenas se dice nada de FRANCISCO MARTÍN. Hemos visto que, apresado por los indios, Manco Inca lo trataba bien y que le tenía mucha confianza. Pero lo más probable sería que Martín lo estuviera manipulando, porque es casi seguro que fuera él quien, haciendo teatro, le aconsejó al inca que les tirara a los españoles un saco con cabezas de soldados para desmoralizarlos, donde metió él ocultamente correspondencia española con noticias vitales para los sitiados en el Cuzco. Así supieron que Pizarro y su gente seguían vivos en Lima. Consta que era de Alburquerque, y eso, junto a otros pequeños datos, lleva a la conclusión de que tenía que tratarse de FRANCISCO MARTÍN  SOTÍN. El documento de la imagen, del año 1519, es parte de una hoja de registro de pasajeros para las Indias. He señalado en rojo lo que nos interesa: “Francisco Martín Soytín (por Sotín), hijo de Alonso Yáñez Sotín y de Beatriz Alonso, vecinos de la villa de Alburquerque, partió en la nao de Juan Martín”.  Se sabe también que Rodrigo Orgóñez lo liberó de las manos de Manco Inca. Pero en PARES viene otro dato triste: un año después murió (en1538), se supone que batallando, y sus herederos reclamaron sus bienes, que serían cuantiosos porque en 1533 había recibido su parte del tesoro de Atahualpa.



(Día 658) Terrible situación de Pedro Pizarro caído del caballo. No puede aguantar entre dos jinetes que lo llevan a volapié. Lo salva Rojas. Otros dos españoles en serios apuros. Los indios les lanzan un saco con cabezas de españoles. Pero contenía cartas escondidas por las que supieron que Pizarro y los suyos estaban vivos en Lima.


     (248) La situación era verdaderamente desesperada: “Levantándose Pedro Pizarro, puso mano a la espada, y embrazada su adarga, aguijó al indio que llevaba el caballo y diole una estocada por los pechos que lo derribó muerto. Como el caballo estaba suelto, huyó hacia el puesto donde los otros dos compañeros estaban. Los indios cercaron a Pedro Pizarro con hondas y lanzas, y él se defendía tirando cuchilladas, hiriendo y matando a algunos. Viendo sus compañeros el caballo suelto sin su amo, fueron a socorrerle, pasaron entre los indios, que eran muchos, y tomáronle en medio entre los dos caballos, y así le sacaron a volapié un trecho, y Pedro Pizarro, con el cansancio de la pelea, no podía ya correr, y les dijo que parasen porque se ahogaba, y que más quería morir peleando que ahogado. Y se paró, tornando a pelear, y los de a caballo hacían lo mismo, sin poder apartar a los indios porque estaban muy encarnizados. Creyendo que ya lo tenían preso, dieron una grita muy grande, porque esto hacían ellos cuando lograban alguna presa de español o de caballo. Oyendo esta grita Gabriel de Rojas, que andaba con diez de a caballo, acudió en su auxilio. Pedro Pizarro, como los demás, fue socorrido, aunque bien atormentado con golpes que le habían dado con lanzas y piedras, que si no fuera bien protegido, lo mataran, y así Pedro Pizarro se libró ayudándole Nuestro Seño Dios”.
     “A un Garci Martín le dieron una pedrada en un ojo y se lo quebraron, a un Cisneros le tomaron los indios el caballo, le socorrimos, y los indios cortaron las manos y los pies al caballo, al Cisneros lo tomó un buen soldado que se llamaba Juan Vázquez y lo echó encima de su caballo, porque él no pudo subir a sus ancas, y así le sacamos de entre los indios. Un Mancio Serra descuidose subiendo un andén y cayó por las ancas del caballo, llegaron los indios, se lo tomaron y le cortaron las manos y los pies, pues esto hacían a todos los caballos que tomaban peleando”.
     En el cerco del Cuzco les hicieron una entrega macabra y  al mismo tiempo interesante: “Llegó un escuadrón de indios y nos arrojaron un costal con cabezas secas y muchas cartas, con un jubileo (indulgencia plenaria papal que perdonaba todos los pecados) y noticias de la toma de la Goleta y Túnez (contra los turcos). Esto ordenó Manco Inca por consejo de un español que tenía preso, quien,  para que tuviésemos el jubileo y las noticias, le dijo que nos daría mucha pena ver las cabezas de los muertos. En este alzamiento de Manco Inca hubo más de trescientos  españoles muertos por los caminos, algunos cuando iban con poca gente los capitanes, como Gaete y Diego Pizarro, que enviaba el Marqués para ayudar a los del Cuzco, y otras gentes que iban sueltas en grupos pequeños, y en ese camino tomó Manco Inca al español que tenía consigo, que se llamaba Francisco Martín”. Veremos enseguida cómo lo cuenta Alonso Enríquez de Guzmán, explicando que la llegada de esas cartas evitó que Hernando Pizarro ordenara partir a algunos hombres para conocer la situación de Pizarro y su gente en Lima.  Supuso un gran alivio porque era sumamente arriesgado recorrer tan largo camino en aquel mar de indios alzados.

     (Imagen) Nos cuenta hoy Pedro Pizarro que los indios les lanzaron un saco con cabezas de españoles. Sin duda, ver los despojos de sus compañeros tenía que hacerles impresión, aunque sucediera otras veces. También los aztecas practicaron esa guerra psicológica. Bernal Díaz del Castillo mostró su emoción al reconocer, con sus barbas, a un amigo. Pero, para equilibrar las cosas, hablemos de la brava Inés Suárez. Fue a las Indias en busca de su marido y se enteró de que había muerto en el Cuzco luchando junto a Hernando Pizarro en la guerra de las Salinas (tras la que fue ejecutado Almagro). Esta asombrosa mujer se quedó en la ciudad a pesar del cerco de los indios. Se convirtió en amante de Pedro de Valdivia y fue con él a la campaña de Chile. Fundaron allá la ciudad de Santiago. Tuvo que salir Valdivia a repeler un ataque, dejando a Inés al mando de la población. Otros indios la cercaron de manera tal, que los españoles veían  inevitable el desastre. Pero Inés tomó una tremenda decisión: se cortó las cabezas a siete caciques presos y fueron lanzadas hacia las tropas indias. Quizá lo lógico fuera que reaccionaran atacando con más furia, pero Inés acertó: se retiraron desmoralizados. A esa durísima Inés, los soldados la querían como a una madre porque se desvelaba por ellos. La imagen muestra un documento relativo al cronista PEDRO PIZARRO. Por él sabemos que el año 1582 aún vivía en Arequipa (fue uno de sus fundadores), que su mujer se llamaba María Cornejo de Simancas y que daban un poder a su yerno Juan Manuel de Sotomayor, Caballero de Santiago, para cobrar unas rentas en España.



lunes, 2 de abril de 2018

(Día 657) Con la toma de la fortaleza, mejora la situación para los españoles. El cronista Pedro Pizarro habla de sus propios sustos en la lucha contra los indios y de los de otros compañeros, entre ellos, Gonzalo Pizarro.


     (247) Sigamos con el cronista Pedro Pizarro: “Pues ganada esta fortaleza, puso aquí Hernando Pizarro treinta hombres de a pie con un capitán que se llamaba Juan Ortiz, natural de Toledo, con agua y comida, fortaleciendo uno de los cubos, donde estuviesen con ballestas y arcabuces, y los demás nos bajamos al Cuzco. Con la toma de la fortaleza, los indios se alejaron un poco, desocupando parte de la ciudad que tenían allí ganada. Pues de esta manera estuvimos apretados más de dos meses, desbaratando de noche algunos andenes para que los caballos pudieran subir a ellos, porque entonces se retiraban los indios, algo que no hacían antes de tomarles la fortaleza”.
     Pedro Pizarro siente la necesidad de recordar anécdotas de aquella época, en las que, cuando aparece él mismo como protagonista, habla educadamente en tercera persona, y se merece que le prestemos atención, porque, además, nos muestra en vivo el peligro de las situaciones: “Contaré algunas cosas que sucedieron después de tomar la fortaleza. Saliendo Gabriel de Rojas a recorrer su cuartel, que estaba en Andeyuso, le dieron un flechazo en las narices, entrándole la flecha hasta el paladar, y a un Alonso de Toro (fue del bando de Gonzalo Pizarro en las guerras civiles) y otros dos que con él iban les echaron los indios tantas piedras y adobes que los derribaron de los caballos y los medio tapiaron, siendo menester llamar a los indios amigos para que los desenterrasen y los sacasen medio muertos”.
     “Pues estando Pedro Pizarro haciendo guardia con dos compañeros, viniendo a descansar y a dar de comer a su caballo, Hernán Ponce de León, su capitán, le salió al encuentro y le rogó que tomara el caballo de Alonso de Mesa, que estaba indispuesto, y volviese a estar de guardia hasta la noche. Lo hizo así y volvió al puesto en el que estaban Maldonado, que era el que repartía los turnos, Juan Clemente y Francisco de la Puente. Este Maldonado fue el que Gonzalo Pizarro envió por mensajero a Su Majestad cuando estaba alzado (llevando probablemente unas justificaciones de su rebelión inadmisibles). Entonces los indios de guerra llegaron contra ellos, y el Maldonado, no habiendo visto unos hoyos grandes que seguían tapados, calló en uno de ellos con su caballo. Pedro Pizarro se arrojó adelante entre los hoyos resistiendo y apartando a los indios, y con esto Maldonado pudo salir del hoyo, él y su caballo bien lastimados, y se fue al Cuzco”. Pedro y los otros dos que quedaron de guardia siguieron atacando a los indios. En un momento dado sus dos compañeros se apartaron ya de la pelea, pero Pedro estaba obsesionado con hacer retroceder más a los indios: “Pedro Pizarro fue embebecido alanceando a los indios hasta el final del andén que allí había, y queriendo dar la vuelta en redondo, el caballo metió las manos en unos hoyos, y calló arrojando de sí a Pedro Pizarro. Viéndolo caído los indios de guerra, aguijaron sobre él, y un indio le tomó el caballo por las riendas y se lo llevaba”.

     (Imagen) Impresiona lo que cuenta Pedro Pizarro sobre las situaciones de alto riesgo. Menciona varias: “A Gabriel de Rojas le dieron un flechazo en las narices, entrándole la flecha hasta el paladar”. Ya dije de él que Rojas era un hombre muy valorado por su brillante historial y al que tanto almagristas como pizarristas lo respetaron mucho. Veremos enseguida que, al llegar Almagro al Cuzco, se pasó a su bando (aunque, años después, fue fiel a la autoridad de los virreyes). Quizá se debiera a que eran viejos amigos desde que salieron juntos hacia las Indias 22 años antes. Cuenta también Pedro Pizarro que tuvieron que salvar in extremis a un tal Maldonado que había caído de su caballo entre los indios. Parece que se trataba de DIEGO MALDONADO DE ÁLAMOS, natural de Dueñas (Palencia), quien, ciertamente, era uno de los sufridores del cerco del Cuzco. Ya vimos datos de él, pero añadiré algo más. Tenía largo historial como soldado en Indias y estuvo con Pizarro en Cajamarca cuando apresaron a Atahualpa. Aunque en el Cuzco aparentó seguirle la corriente a Almagro, hizo que pudieran escapar  de su prisión Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado. Los Pizarro le recompensaron bien y él se mantuvo siempre a su lado en las guerras civiles, aunque no fue de los que resultaron duramente castigados por el virrey Pedro de la Gasca. Murió, ya anciano, el año 1570, siendo enterrado en el Cuzco. Quizá sus últimos pensamientos fueran sobre la historia del matrimonio furtivo de los Reyes Católicos, amparados en Dueñas por  la complicidad de los condes de Buendía.