viernes, 16 de febrero de 2018

(Día 619) Alonso de Alvarado tiene que volver a Lima. Pizarro le encarga a JUAN PÉREZ DE GUEVARA que avance por la tierra amazónica. Cumple su orden y funda MOYOBAMBA.


     (209) Vamos allá con JUAN PÉREZ DE GUEVARA, un subordinado de Alonso de Alvarado que llegó muy lejos. A mediados de 1536 acompañó a su capitán a la conquista y pacificación de la región de Chachapoyas, fundando la ciudad del mismo nombre. En una segunda campaña, el año 1540, se propusieron avanzar desde la población de Chachapoyas hacia la Amazonía, que parecía muy prometedora. Alvarado tuvo que volver a Lima y Pizarro le confió a Juan Pérez de Guevara el mando de la campaña, con el principal objetivo de fundar una población, para lo que le escribió el siguiente documento (resumido):
      “El Marqués don Francisco Pizarro, Gobernador por Su Majestad en estos Reinos de la Nueva Castilla, por cuanto al servicio de Dios e de Su Majestad conviene que se vaya aumentando todo lo que se pueda poblar, e porque, con el buen tratamiento e doctrina que se les hiciere a los indios, más en breve vendrán al verdadero conocimiento de nuestra Santa Fe Católica, dispongo lo siguiente. He sido informado de que tierra adentro en el paraje de los Chachapoyas, hacia donde el sol, en el lugar que se dice Moyobamba, están ciertas tierras y provincias donde hay muchos caciques e indios ricos de oro, e otras tierras e provincias de muchas gentes que no han dado la obediencia a Su Majestad, y que hay disposición de tierra para que se pueble de cristianos. Por ser la tierra fértil y de aguas y de montes donde se tiene noticia que hay minas de oro, he acordado, en cumplimiento de lo que Su Majestad me ha mandado, que la dicha tierra de Moyobamba se pueble de cristianos, e que todo lo demás que se pueda descubrir por aquella vía, se abra y descubra para que aquellas gentes se pongan debajo del yugo e obediencia de Su Majestad, e vengan al conocimiento de Nuestra Santa Fe Católica, que este es el principal deseo que Su Majestad tiene. E porque para descubrirla e poblarla es menester una persona que vaya como mi Teniente y Capitán General de la gente que al dicho descubrimiento y población fuere, por ende, habiendo información de que vos, el Capitán JUAN PÉREZ DE GUEVARA, sois persona hábil, de confianza suficiente e de buen cuidado e diligencia y experiencia de las costumbres de los indios para su pacificación y conquista e servicio de Su Majestad, os hago el nombramiento, y confío de vos que daréis buena cuenta de lo que por mí, en nombre de Su Majestad, os fuere encomendado”.
     Juan Pérez de Guevara logró su objetivo fundando la ciudad de Moyobamba el día 25 de julio de 1540 (y ahí sigue como nueva). Fue un lugar donde la gente establecida tuvo un buen vivir por sus agradables condiciones naturales. Pero se enturbió algo el ambiente por la llegada de aventureros ávidos de encontrar el mítico El Dorado, supuestamente localizado en territorio amazónico, cuya seducción tantas vidas costó. Paradójicamente, también llegaron otros idealistas más positivos, los misioneros que utilizaron la ciudad como base de operaciones para sus heroicas campañas de evangelización de las tribus más primitivas (y peligrosas) del selvático interior.  

     (Imagen) En los archivos históricos del Estado hay miles de expedientes de Indias tramitados por descendientes de conquistadores que tenían apuros económicos. Son todos muy parecidos: se exponen las dificultades de su vivir (casi siempre exageradas) y los méritos  y servicios del difunto, pidiéndose una merced con la que pudieran mantener su nivel social. En esa documentación hay muchos datos biográficos de gran interés. Como en la presentada en 1579 por los herederos de JUAN PÉREZ DE GUEVARA, el meritorio fundador de la ciudad de MOYOBAMBA, que sigue llena de vida en la zona amazónica de Perú. No se indica dónde nació, pero ese apellido compuesto es netamente alavés. Sería por eso que representaba a la familia el licenciado Juan Arrando Lasa (dos apellidos vascos). Pérez de Guevara empezó a batallar en Perú el año 1535, y permaneció en servicio hasta que murió en 1572 donde residía, San Juan de la Frontera de Chachapoyas (actual Ayacucho). Así argumentaba el letrado: “En las alteraciones pasadas (las terribles guerras civiles) estuvo ejerciendo oficio de capitán y de persona señalada y alzando siempre bandera por su Majestad, todo a su propia costa y sustentando de armas e caballos e mantenimientos a muchos soldados servidores de Su Majestad. E conviene al derecho de mis partes hacer información sobre lo susodicho para que se les haga merced de alguna remuneración con que se puedan sustentar conforme a su calidad”. Seguro que su lealtad a la Corona tuvo buen efecto porque, al comienzo del expediente, hay un pequeño informe favorable de la Audiencia de Lima: “Dicen que quedaron en necesidad y pobreza. Los indios los heredó su hijo mayor Francisco, que murió pronto, y pasaron al hijo segundo con obligación de adoctrinarlos. Se propone al Virrey hacerles más merced por haber servido bien el dicho su padre”.



jueves, 15 de febrero de 2018

(Día 618) Gran peligro de Ruy Barba luchando contra enemigos de los chachapoyas. Alonso de Alvarado sigue logrando alianzas con los indios y sometiendo, a veces con mucho riesgo, a los rebeldes.


     (208) Salió esta avanzadilla, y cuando estaban descansando unos días en un poblado, los indios rebeldes se lanzaron al ataque, pero la reacción de la caballería los hizo retroceder. Fueron tras ellos y estuvieron a punto de tener una tragedia porque los indios los cercaron quemando hierba seca: “Hacía viento y el fuego estaba tan peligroso que pensaron perecer; no lo podían apagar ni salir de él; reíanse los enemigos. Ruy Barba, con otro que había por nombre Pero Ruiz, salieron con sus caballos rápidamente por una cuesta, ocurriendo que el de Pero Ruiz cayó rodando. Ruy Barba encomendose a Dios acometiendo contra todos, y tras llegar entonces los indios amigos, los apretaron tanto que les hicieron huir; apagaron el fuego y pudieron salir sin peligrar los que en él estaban”.
     El sensato Alonso de Alvarado sigue adelante procurando más convencer que vencer a los indios: “En la provincia de Langua trató  de paz con los naturales, amonestándoles que quisiesen tenerla con él. Sabiendo que les venía bien, consintieron en ello. Y habiendo asentado aquella tierra, partió hacia otra provincia, llevando muchos de sus confederados para que le ayudasen”. Nuevo tropiezo con indios bravos: “No solo no quisieron salir de paz a los españoles, sino que se burlaban de los que lo habían hecho. El capitán, no deseando derramar sangre, les envió mensajeros, para que le viniesen a ver, prometiendo no enojar a ninguno de ellos. No bastó esta diligencia, por lo que mandó a Juan Pérez de Guevara que,  con veinte españoles, partiese para dar guerra a aquellos que no querían paz, y los indios huyeron”.
     Alonso de Alvarado continuó avanzando con una repetición continua de las dos variantes, indios que aceptaban la paz y otros que atacaban pero terminaban huyendo. Cieza detalla que los indios ‘confederados’ que llevaba junto a sus jinetes eran más de tres mil. En uno de los ataques estuvo a punto de que le hirieran gravemente. “Bajaron contra los nuestros gran cantidad de indios y, de los primeros tiros, hirieron el caballo de Alvarado, y le pasaron con un dardo de palma, sin tener hierro, el arzón delantero de parte a parte, mas los que con él estaban a caballo los siguieron de tal manera que mataron a algunos de ellos, y los demás, con gran turbación, comenzaron a huir, porque pronto se acobardaban si no veían ganado el juego. Los cristianos durmieron aquella noche en el lugar más seguro, y al día siguiente se juntaron con Alonso de Alvarado”. Continuaron los incidentes de forma parecida, y Cieza lo de deja a Alvarado tal cual (luego seguirá con su peripecia) para contarnos ahora lo que estaba pasando entonces en el Cuzco. Pero me voy a permitir dejarle que espere un poco porque merece la pena dedicar un espacio a la hoja de servicios de ALONSO DE ALVARADO (aunque Cieza ya nos ha hecho una elogiosa referencia a su personalidad), e incluso, después, un amplio apartado para uno de sus subordinados, JUAN PÉREZ DE GUEVARA, al que, curiosamente y a pesar de su valía, Cieza no lo nombra al hablar de los trece que salieron con Alvarado desde Trujillo.
   
     (Imagen) Como hemos visto, ALONSO DE ALVARADO, nacido el año 1500, era de Secadura (Cantabria). Y también su apellido, aunque la rama familiar que tuvo más importancia en las Indias procedía de Badajoz, como el excepcional Pedro de Alvarado y su tropa de hermanos (tíos suyos), con los que llegó a Perú. Alonso de Alvarado figuraba en 1535 como regidor de la villa peruana de Trujillo. Allí, con permiso de Pizarro, reclutó hombres y se dirigió a la región de Chachapoyas, donde logró fundar la ciudad del mismo nombre. Los amazónicos indios del lugar fueron, junto a los quiteños cañaris, los mejores aliados de los españoles. En 1537 aparece como uno de los pizarristas que trataron de lograr (inútilmente) un acuerdo diplomático sobre los límites de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo entre Pizarro y Almagro. Tras ser asesinado Pizarro, volvió a España , donde el emperador le concedió el hábito de Santiago y el título de Mariscal, lo que quiere decir que estaba ya en contra de la rebeldía de Gonzalo Pizarro. Hizo el viaje de retorno a Perú junto al virrey Pedro de la Gasca y participó en la batalla que acabó con la vida de Gonzalo. También intervino después contra el último sublevado, Francisco Hernández de Girón, resultando derrotado y gravemente herido en uno de los enfrentamientos. Pudo huir a Lima, y allí vivió sus últimos días sumido en la más profunda melancolía, sin decir apenas palabras. Muchos creyeron que se había vuelto loco. En tan triste situación,  murió el año 1556.



miércoles, 14 de febrero de 2018

(Día 617) Alonso de Alvarado va a la tierra de los chachapoyas, donde es muy bien recibido. Vuelve adonde Pizarro, a quien le parece bien que pueble en aquel lugar. Alvarado parte de nuevo y se dispone a ayudar a sus amigos contra unos indios que les hacen la guerra. Cieza alaba las virtudes de Alvarado.


     (207) Cuando llegaron a aquellas tierras, los indios les recibieron con mucha cordialidad. Alonso cuidó de que sus hombres no les hicieran daño alguno, y les explicó a los nativos lo que era la religión cristiana: “Lo oyeron con ganas, diciendo que se alegrarían de ser cristianos. Juntáronse con sus mujeres en la plaza e hicieron un baile concertado a su usanza; venían enjaezados con piezas de oro y plata, con las que hicieron un montón y se lo dieron a Alvarado; el cual, al ver cómo en ellos había tan buena voluntad, habló con sus hombres de que convenía poblar, y se alegraron de ello”. Alonso partió rápidamente para presentarse ante Pizarro, que estaba en la Ciudad de los Reyes: “El Gobernador se alegró de que pudiese poblar en aquella comarca una ciudad de cristianos y tuvo a bien que se quedase con el oro y la plata que le habían dado pues sería buena ayuda para aquella empresa”. Los poblados de los chachapoyas estaban en un territorio amazónico que va a tener en el futuro mucha importancia en relación con la búsqueda del mítico El Dorado.
     Alonso de Alvarado era uno de los personajes que más agradaron a Cieza. Fue un hombre muy valioso, y aquí le vemos ya montando el vuelo con bastante autonomía gracias al aprecio que también Pizarro le tuvo. Cieza va a seguir ahora sus andanzas y, cosa poco frecuente en él, comienza a narrarlo dedicándole unos elogios: “Este Alonso de Alvarado es natural de Burgos (no lo precisa bien: era de Secadura, provincia de Cantabria), de gentil presencia y gran autoridad; ha sido muy señalado en este reino porque se ha hallado en todos los negocios importantes, siempre en servicio del emperador, quien, pasado un tiempo, concluida la guerra de Chupas (en la que fue derrotado y ejecutado el hijo de Almagro; año 1542), le hizo merced del título de Mariscal y de un hábito de Santiago”. Seguro que Cieza apreció mucho en él que, en las guerras civiles, fuera fiel a la Corona.
     Así que de la manita de Cieza, nos vamos de campaña con su admirado capitán: “Alonso de Alvarado, teniendo grandes esperanzas de hacer buena hacienda en la provincia de los Chachapoyas,  se despidió de Pizarro y volvió a Trujillo para hacer gentes y caballos destinados a la empresa”. Con los que pudo reunir, inició la  marcha, pero surgió pronto un problema: “Llegaron a Levanto y los indios le dijeron a Alvarado que los moradores de las provincias lejanas se habían indignado  con ellos porque les habían dado favor a los españoles. Estos de Levanto le pidieron a Alvarado que los ayudase para salir contra unos de estos, pues los tenían por enemigos. Se alegró Alvarado de ello, y mandó a Ruy Barba de Coronado que fuese con algunos en auxilio de estos indios confederados (palabra poco empleada para definir a los muchos indios casi anónimos que fueron colaboradores de los españoles)”. Ruy Barba (Cabeza de Vaca) de Coronado estuvo siempre bajo el mando de Alonso de Alvarado. Juntos fueron derrotados en la batalla de Abancay por Almagro, quien  les perdonó la vida generosamente. Fue regidor en la ciudad de Lima y, cosa rara entre los conquistadores, falleció en 1589 de muerte natural y a una edad muy avanzada.

     (Imagen) Como lo hicieron los quiteños cañaris, también los chachapoyas van a luchar al lado de los españoles (‘confederados’ los llama Cieza). Qué misterioso pueblo el de los chachapoyas, asentados en zona amazónica. Eran de piel más blanca que los incas. Lo anotó Cieza: “Vemos hoy día que las indias que han quedado de este linaje son blancas y en extremo hermosas”. A diferencia de los pueblos andinos, que enterraban a sus difuntos, ellos los depositaban en lo más alto de las montañas dentro de sarcófagos de madera con forma humana que, curiosamente, se parecen a las estatuas de la isla de Pascua. Su original cultura era milenaria, y entre sus restos, destaca la impresionante fortaleza de Kuélap, conocida también como ‘el segundo Machu Picchu’. Fueron conquistados por los incas pocos años antes de la llegada de los españoles, sometiéndolos a sus costumbres y al pago de impuestos, pero un grupo desobedeció el mandato del emperador inca y se estableció en la selva amazónica. También lo anota Cieza: “Tiénese por cierto que tierra adentro hay poblados de los descendientes del famoso capitán Ancoallo, el cual se fue con los que le quisieron seguir”. El odio de los chachapoyas a los incas y la amabilidad del sensato ALONSO DE ALVARADO lograron el milagro de una alianza perpetua.



martes, 13 de febrero de 2018

(Día 616) La llegada de Hernando Pizarro con las concesiones reales no sirvió para aclarar los límites de las gobernaciones de Pizarro y Almagro. Por orden de Pizarro, parte Alonso de Alvarado hacia la tierra de los chachapoyas.


     (206) Este simple párrafo dedicado a lo que Hernando le comunica a su hermano Francisco Pizarro toca de lleno el desgraciado origen de la tragedia de las guerras civiles de los españoles en Perú. Clama al cielo que una falta de claridad en cuanto a dónde estaba situado exactamente el límite (cosa bien fácil de señalar) de las gobernaciones de Pizarro y Almagro, sirviera de espoleta para que el rencor y la rivalidad que se venían incubando en sus corazones reventara desenfrenadamente. Ya lo comenté antes, pero conviene ver todos los matices de lo que dio origen a un conflicto único en La Indias. Hubo otros enfrentamientos entre españoles, pero ninguno de esta envergadura.
     Así como el historiador  norteamericano Charles Lummis (del que ya vimos que era un admirador incondicional de la heroicidad española en las Indias) critica sin piedad a Almagro y adora a Pizarro, creo que, en este asunto, los villanos fueron todos los hermanos Pizarro. Es indudable que Francisco Pizarro tuvo más mérito que Almagro, pero no se puede olvidar que fueron socios a partes iguales. Y también es indudable que Francisco Pizarro y su hermano Hernando le estafaron abusando de su buena fe. Recordemos que, primeramente, fue Francisco Pizarro el que en España consiguió del rey casi todos los poderes para él solo, y que ahora vuelve el maniobrero Hernando Pizarro lamentando que no haya podido evitar que le concedan a Almagro una gobernación, pero contento porque ha logrado que le amplíen a Pizarro setenta leguas de dominio añadidas a las doscientas que ya poseía.
     Las últimas palabras de Cieza tienen su miga, porque dice: “…donde, a razón, entraba el Cuzco y lo mejor de las provincias”. Supongo que ese “a razón” significa que ‘había que entender’ que en las setenta leguas de Pizarro entraban el Cuzco y lo mejor de las provincias. Pues no resultó tan claro, porque, para desgracia de todos, nunca se pusieron de acuerdo, y lo que tenía que haber sido una negociación, fue una guerra en la que solo iba a contar la verdad del vencedor. Más adelante veremos cómo el cronista Inca Garcilaso de la Vega explica magistralmente la tragicomedia de las argumentaciones de ambos bandos, que terminaron  resolviendo el asunto a la brava por no haber tenido un juez imparcial que lo decidiera. Parece ser que  la razón estaba de parte de Pizarro, pero, quedando un margen de duda, deberían haber esperado a que el Consejo de Indias zanjara la cuestión. Tanto Almagro como Pizarro tenían un ejército poderoso y mucha impaciencia, lo que provocó el enfrentamiento buscando la vía de los hechos consumados.
     Cieza, que todo lo abarca, nos vuelve atrás, al punto en que Pizarro envió desde Trujillo a Alonso de Alvarado a la tierra de los chachapoyas: “Había salido de Trujillo Alonso de Alvarado acompañado de Alonso de Chávez, Francisco de Fuentes, Juan Sánchez, Agustín Díaz, Juan Pérez Casas, Diego Díaz y otros, siendo trece en total, camino de los chachapoyas”.

     (Imagen) HERNANDO PIZARRO va a tomar pronto un protagonismo nefasto. Quizá sin la llegada de sus hermanos a Perú, PIZARRO y ALMAGRO hubiesen conservado su amistad, evitándose el horror de las guerras civiles. Ya fue una puñalada la que le dio Pizarro a su socio cuando consiguió del rey en España para él solo los máximos honores y poderes. Ahora es HERNANDO el que vuelve de la Corte lamentando no haber podido hacerle la misma jugada. Dos años después Hernando ejecutará a Almagro, y es absurdo creer que fuera sin permiso de Pizarro. Precisamente para lavar la imagen suya y la de sus hermanos ante el emperador, en 1541 Pizarro (poco antes de que lo asesinen) enviará a HERNANDO a España. El viaje será un fracaso total, porque va a pasar veinte años preso en el castillo de la Mota, especialmente por el asesinato de Almagro. Demostró desde la cárcel su espíritu peleón y soberbio enredándose en innumerables pleitos. Se le prohibió volver a las Indias, y la imagen es una clara prueba del cuidado con el que se le controló en el castillo de la Mota para que su larga mano no continuara aconsejando a su hermano Gonzalo sobre la forma de actuar en las guerras civiles. El texto es del año 1545 y dice: “Lo que yo, Martín de Ramoyn, digo a vuestra merced, señor alcaide, de parte de Su Alteza es que, porque Su Alteza es informado de que agora vienen de las Indias algunas personas que no conviene que visiten ni hablen a Hernando Pizarro ni traten con sus criados, que esté vuestra merced sobre aviso de no consentir que entre ninguna persona a visitar y hablar al dicho Hernando Pizarro hasta que Su Alteza otra cosa mande”.



lunes, 12 de febrero de 2018

(Día 615) Fray Tomás de Berlanga sale de Lima para Panamá llevándose una mala impresión de las rencillas entre los españoles. Soto y algunos otros parten para España. Rada se dispone a ir a Chile llevando consigo al hijo de Almagro.


     (205) Cieza se refiere también a la mala impresión que le hicieron al obispo fray Tomás de Berlanga los españoles de Lima: “El obispo de Tierra Firme (su jurisdicción llegaba hasta Panamá), después de haber estado unos días en la Ciudad de los Reyes, determinó volverse a su obispado, diciendo previamente que los hombres de esta tierra eran muy cautelosos y de poca verdad, porque veía que, como unos estuviesen ausentes de otros, se criticaban, y estando juntos, se adulaban con gran fingimiento”. Fue entonces cuando el gran Hernando de Soto abandonó definitivamente la campaña de Perú (no menciona al que también partió, siendo luego compañero de Soto en su expedición a la Florida, Luis Moscoso, sobrino y yerno de Pedro de Alvarado): “Algunos hubo que, como eran ricos, pidieron licencia al gobernador (aquello tenía esencialmente una estructura militar) para irse a España, entre los cuales estaban el capitán Hernando de Soto, Tello de Guzmán, Luis de Guzmán y el doctor Loaysa. Mandó  Pizarro que les proveyeran a todos de lo necesario, habiéndoles dado antes a la mayoría de ellos cantidades de oro y plata. Quiso hacer al obispo fray Tomás de Berlanga algún regalo de estos metales, y no lo quiso recibir, sino solamente una caja de cucharas que podían valer poco más de dos marcos. Pizarro le rogó que, puesto que no quería ninguna otra cosa para él, le aceptase para el hospital de Panamá setecientos castellanos (unos tres kilos de oro), y cuatrocientos para el de Nicaragua. Cuando partió el obispo, Pizarro y la mayoría de los vecinos le acompañaron hasta la mar”.
     Por entonces se reclutaban hombres en Lima para enviarle refuerzos a Almagro, que ya iba camino de Chile: “Juan de Rada y Benavides estaban en la Ciudad de los Reyes juntando gente. Juan de Rada había de llevar consigo al hijo de Almagro. Dioles prisa Pizarro en la salida para que alcanzasen a Almagro antes de que estuviese muy metido en la tierra de Chile”. Cuando lleguen adonde Almagro, lo encontrarán decepcionado de la campaña de Chile y decidido a volver al Cuzco. Al ver que  el casi adolescente Diego de Almagro el Mozo  se incorpora con Rada a la campaña de su padre en Chile, se siente un escalofrío pensando en el trágico futuro de los tres. Como ya comenté, Rada tuvo después un papel muy importante en las guerras civiles, y cuando murió Almagro, una gran influencia en su hijo, lo que dio origen a la confabulación contra Pizarro en la que el propio Rada le asestó la decisiva estocada que acabó con su vida, cuando faltaba poco para que él y el Mozo murieran también.
     Vuelve Cieza a decirnos algo de la llegada de Hernando Pizarro: “El Gobernador recibió mucho contentamiento por la visita de su hermano Hernando Pizarro. Hablaron en secreto sobre lo que le había pasado en España y de lo bien que fue recibido por Su Majestad, y de cómo no pudo evitar traer los derechos de gobernación concedidos a Almagro, pero que el emperador le añadía (a Pizarro) setenta leguas de costa a partir de las doscientas que tenía ya de gobernación, donde a razón entraba el Cuzco y lo mejor de las provincias”.

    (Imagen) Acabamos de ver que el dominico FRAY TOMAS DE BERLANGA (el mencionado descubridor de las Islas Galápagos) rechazó un regalo de Pizarro, demostrando que era una persona sin rastro de codicia. Si Cieza lo señala es por el gusto de destacar la honradez donde tan poco abundaba. Añadiré algo a lo que ya conté de su vida. Nació en Berlanga de Duero, a un paso de la poco conocida y preciosa Caleruega, cuna de otro grande de nuestra historia del que casi nadie se acuerda, Santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos. Eso marcaría su vida porque ingresó en un convento de esta orden. Llegó a América en 1511, casi recién ordenado sacerdote. Fue un hombre progresista al que le interesaron todos los saberes. Era tan cabal e inteligente que el rey no solo le confió mediar entre Pizarro y Almagro, sino también hacer una inspección sobre el funcionamiento administrativo en Perú, y luego, por consejo suyo, se creó una nueva gobernación en la zona de Quito. Fue un gran protector de los indios. Seguro que con gran satisfacción, presidió la ceremonia en la que  Bartolomé de las Casas profesó como dominico, pasando de ser un clérigo mundano y avaricioso (fue el primer sacerdote ordenado en las indias) a convertirse en un ascético fraile y un crítico implacable e incendiario de los abusos que sufrían los indígenas. Llevó nuevas plantas a las Indias, como  la del plátano, que dio un tipo de fruto llamado en su honor ‘dominico’. En 1544,  enfermo y renunciando a su obispado, volvió a su pueblo natal, donde murió en 1551. Sacando fuerzas de donde no quedaban, todavía le dio tiempo para preparar la fundación de un  nuevo monasterio. No le hizo falta conseguir fama para ser UN HOMBRE MUY GRANDE.



sábado, 10 de febrero de 2018

(Día 614) Belalcázar funda Guayaquil. Casi todos los pobladores que allá quedaron son masacrados por los indios. Se obtiene otro gran tesoro en Lima, adonde llega Hernando Pizarro. Le acompaña Fray Miguel de Orense, quien funda un monasterio. Cieza critica el poco interés evangélico de los españoles.


      (204) Como la vida de aquellos hombres era conquistar a destajo, Belalcázar se encargó de un tema pendiente, la fundación de un poblado al sur de Quito, en la bahía de Guayaquil: “Salió Belalcázar a poblar Guayaquil, procurando tener paz con los de aquella costa, y fundó un pueblo en el que dejó por capitán a uno de los alcaldes, pero, cuando él partió,  los que quedaron fueron tan molestos a los indios exigiéndoles oro y mujeres hermosas, que mataron a la mayoría de los cristianos, y los que escaparon fueron con harto riesgo a Quito, donde estaba por teniente el capitán Juan Díaz Hidalgo”.
     Vuelve Cieza a situarnos en Lima al lado de Pizarro: “Cuentan que en ese tiempo se había recogido muy gran tesoro en la Ciudad de los Reyes (vayamos sumando: al margen de otros tesoros no tan grandes, ya vimos antes la enorme riqueza que obtuvieron en Cajamarca y en el Cuzco). Había mandado el Gobernador que se hiciera fundición para que no disminuyesen los quintos reales (lo que indica que el robo era frecuente). Lo supo Hernando Pizarro, que venía con toda prisa para hallarse presente. Escribió a su hermano para que se demorase la fundición hasta que se viesen. Hízose así”. Se les dio un gran recibimiento a Hernando y a los que le acompañaban. Entre ellos venía fray Miguel de Orense, de la orden de la Merced, quien fundó un monasterio. El espíritu piadoso y justiciero de Cieza  sale a flote al comentar que, si bien el obispo del territorio (fray Tomás de Berlanga, el que no pudo solucionar el conflicto de límites entre Pizarro y Almagro) consiguió del ayuntamiento más espacio en la plaza de Lima para que la iglesia que se estaba construyendo fuera suficientemente amplia, nunca se hizo tan grande y hermosa como correspondía: “No se concluyó. A pesar de ser esta provincia tan rica (se refiere al Perú en general), y haberse hallado en ella los mayores tesoros que se han visto en el mundo, los primeros que llegaron a ella tuvieron poco cuidado en adornar los templos, que debían estar llenos de oro y plata, y tener tales servicios y ornamentos que fueran mentados en todas partes”.
     Está dejando claro que el verdadero interés de los conquistadores se centraba en enriquecerse a toda costa, quedando en un plano muy inferior el que supuestamente era el primero: la evangelización. Para más ‘inri’, saca a relucir el comportamiento de los indios en esta cuestión: “Bastaría con que siguieran el ejemplo de los indios, pues, siendo idólatras, tenían sus templos tan ricos y tan llenos de vasijas de oro y plata y piedras preciosas, y todo ello solo para adorar a sus dioses y demonios. Pero para tener el sacramento y predicar el evangelio, se hacía en casas de paja. Si en esta ciudad se ha hecho algo, ha sido después de que llegó el obispo don Jerónimo de Loaysa. Bien se fijan los indios cuando tratan de convertirlos en esto y en que ven hacer todo al revés de lo que se predica. Y quizá Dios todopoderoso habrá permitido, por esto y por otras cosas que adelante apuntaré, lo que ha pasado con los castigos que con su brazo de justicia ha hecho, que, sin bien se considera, es para espantarse”.

     (Imagen) La ciudad de GUAYAQUIL (Santiago de Guayaquil) tuvo un nacimiento muy azaroso. Es un ejemplo claro de que los españoles lograban con un empeño obsesivo que sus ciudades se mantuvieran. La pobló BELALCÁZAR en 1534, y sin dificultades porque los indios tenían buenas noticias de otras fundaciones. Se quedaron allá varios españoles bajo el mando del capitán Diego Daza y, por sus abusos, sufrieron un ataque indio del que solo pudieron sobrevivir siete, que huyeron espantados a Quito, donde se preparó otra expedición dirigida por el prestigioso capitán Tapia para refundarla en lugar más seguro: nuevo fracaso, con muerte de españoles y caballos. Pizarro envía desde Lima al capitán Hernando de Zaera con una tropa más importante y consigue restablecer el poblado, aunque tiene que abandonarlo pronto porque Pizarro lo necesita para defenderse de un asedio indio. Quien consigue  en 1537 un asentamiento  de Guayaquil en sitio más seguro y que parecía definitivo es el extraordinario FRANCISCO DE ORELLANA, pariente de Pizarro. Hasta se ganó la amistad de los indios huancavilcas. En 1541, por ataques de otros nativos, el capitán Diego de Urbina trasladó la ciudad al territorio de los ‘amigos’ huancavilcas, que la arrasaron poco después. En 1543 se volvió a construir donde Belalcázar la había fundado. La definitiva consolidación se produjo el año 1547. Esa Guayaquil que nació boqueando y temblorosa como un sietemesino tiene hoy una población de tres millones de habitantes y es la ciudad más dinámica de Ecuador.



viernes, 9 de febrero de 2018

(Día 613) Un indio colombiano entusiasma a Belalcázar y a sus hombres haciéndoles creer que en su tierra está El Dorado. El gran capitán envía a Juan de Ampudia y Pedro de Añasco con el indio a comprobar su versión y no encuentran nada. Las razones por las que la Gaitana mató a Añasco.


     (203) El texto que ha quedado registrado en el archivo municipal de Quito es breve pero contundente: “El día 25 de junio de 1535 se prendieron los principales señores de estas provincias que se tenía por cierto que sabían del oro y plata que se decía en ellas había, que son Rumiñahui, Zopezopagua, Quingalumba, Razorazo y Sina. Por razón de los delitos que cometieron, se ha hecho justicia de ellos”. El protocolo administrativo nunca faltaba.
      Belalcázar iba cogiendo vuelo, pero siempre bajo la autoridad de Pizarro. No obstante, gozaba de mucha autonomía porque andaba lejos, muy al norte, consultando únicamente con sus hombres las decisiones. Sigue Cieza: “En este tiempo salió el capitán Tapia de la provincia de Chinto por mandato de Belalcázar a descubrir lo que hubiese a la parte norte. Fueron con él treinta de a caballo y treinta peones hasta llegar al río Angasmayo, de donde volvió a Quito con memoria de los pueblos que habían descubierto (cita cinco)”.
     Quizá lo que más consecuencias trajo de este viaje fue el contacto con un indio que no era de aquellas próximas tierras, sino de la lejana Cundinamarca (aunque también en territorio colombiano), porque por primera vez oyeron los españoles hablar de lo que se convirtió en el mito de El Dorado: “En Tuza, le dieron los indios batalla a Tapia, mas no fue peligrosa. En Lacatunga se tomó un indio extranjero. Preguntáronle de qué tierra era. Respondió que de una gran provincia llamada Cundinamarca”. El indio les contó su odisea hasta llegar allí. Su cacique estaba en situación desesperada por el ataque de unos indios muy belicosos, y le mandó a él con otros del poblado adonde Atahualpa para pedirle ayuda. Pero solo consiguieron promesas para el futuro porque el emperador inca estaba absorbido y necesitado de toda su gente por la lucha contra su hermano Huáscar: “Se quedaron a la espera en Cajamarca, de donde él se había escapado para ir con Rumiñahui a aquella tierra”. Todo indica que fue testigo en Cajamarca del apresamiento de Atahualpa.   
     Y luego surgió la ’maravillosa’ información: “Preguntáronle los españoles sobre la suya. Dijo tales cosas y tan afirmativamente que hacía creíble que en ella todo manaba oro, y que los ríos llevaban gran cantidad de este metal; y las cosas que este indio dijo, aunque resultaron falsas, se han extendido y hecho que por todas partes se buscara lo que llaman El Dorado, que tan caro ha costado a muchos de los nuestros”.  De inmediato ordenó Belalcázar a Pedro de Añasco que fuera con sus hombres y el indio a zona tan ‘prometedora’, y a Juan de Ampudia tras él. Esa ansia fue la que les impulsó a buscar el oro inexistente por medios expeditivos, torturando a los indios para que dijeran dónde lo había: “Mandó Belalcázar a Pedro de Añasco que fuese con cuarenta de a caballo y otros tantos peones con aquel indio. Como habían oído lo que había contado, llevaron palas y algunos azadones para coger el oro que creían que había en los ríos. Caminaron entre pueblos, atravesando montes cerrados y peligrosos, y no hallaron nada de lo que pensaban. Días después, Salió de Quito el capitán Juan de Ampudia con muchos españoles llevando poder de Belalcázar para descubrir, anduvo hasta juntarse con el capitán Añasco y tomó la gente a su cargo”.

     (Imagen) Merecerá la pena decir algo más de la brava cacica colombiana GAITANA. Su terrible odio contra Pedro de Añasco se debió a que había matado a su hijo quemándolo vivo en su propia presencia por haberse rebelado contra los españoles. La reacción de Gaitana fue promover una sublevación de los caciques de la zona que consiguieron matar a casi todos los hombres de Añasco, y a él, para su desgracia, solo lo apresaron, entregándoselo a la terrible mujer. Algunos años después, el franciscano español fray Pedro Simón, que vivía en aquella zona colombiana, describió la espantosa escena: “Gaitana mandó sacarle los ojos; horadole luego ella misma por su mano por debajo de la lengua y metiéndole por allí una soga, y dándole un grueso nudo, lo llevaba tirando della de pueblo en pueblo, y de mercado en mercado, celebrando todos la victoria, hasta que habiéndosele hinchado el rostro con monstruosidad y desencajado las quijadas por la fuerza de los tirones, viendo se iba acercando a la muerte, le comenzaron a cortar, con intervalos de tiempo, las manos y brazos, pies y piernas por sus coyunturas, y las partes pudendas, todo lo cual sufría el esforzado capitán con paciencia cristiana, ofreciendo a Dios su muerte”. Gaitana hizo frente a otras brutalidades de los españoles (no tan grandes como la suya), y su territorio siempre fue muy difícil de controlar, aunque nunca más se supo de ella. En Neiva (Colombia) está colocado el monumento de la imagen: vemos a Gaitana arrastrando a Añasco, un guerrero con máscara de águila, y toda la furia india flechando a los temibles caballos y a un centauro que representa el poder de los jinetes. El alma del pueblo indígena ni olvida ni perdona.



jueves, 8 de febrero de 2018

(Día 612) Enfrentamientos frecuentes de Belalcázar con los indios. Zopezopagua se entrega a los españoles. Rumiñahui anda medio perdido, sin poder alistar gente. Los españoles lo apresan. Belalcázar somete a tormento a Rumiñahui, Zopezopagua y otros caciques, y mueren sin decir dónde hay oro oculto.


     (202) Cieza abandona de momento a Almagro para hablarnos de otros sucesos simultáneos. Se refiere en primer lugar a las andanzas de Belalcázar después de haber fundado Quito (San Francisco de Quito): “Los españoles salieron muchas veces para someter a los caciques que andaban alzados, combatiendo en peñoles y ganando albarradas. Se aprovecharon con tanto desorden del ganado de ovejas que mermaron con su mal orden la gran cantidad que había. Salió un día por mandado de Belalcázar Juan de Ampudia, natural de Jerez, y supo en qué parte estaba Zopezopagua. Envioles indios mensajeros, parientes suyos, amonestándole que viniese en son de paz, para que no se acabase de perder siendo apresado por los españoles. Respondió que lo deseaba pero que temía su crueldad porque mantenían poco la palabra que daban. Ampudia le replicó que no le haría ningún agravio ni fuerza, pero Zopezopagua temía que le habían de apretar por el oro de Quito, porque estaba claro que los cristianos no determinaban ni querían otra cosa y no determinaba qué hacer. Supo Ampudia en qué parte estaba y fueron los españoles a traerlo. Algunos dicen que por fuerza, y otros que vino voluntariamente. Algunos capitanes incas que estaban con los españoles le salieron de paz, de manera que trajo luego mucho ganado para el proveimiento”.
     También Rumiñahui va a acabar en manos de los españoles: “Rumiñahui andaba barloventeando (muy expresivo: ir de un lado a otro) por huir de los cristianos. Procuraba juntar gente, pero con su autoridad no bastó, porque todos los nativos estaban muy cansados y trabajados de grandes fatigas; los que habían escapado de las guerras querían vivir con tranquilidad. No faltó quien le diera aviso a Belalcázar  del lugar en que estaba. Salieron algunos de a caballo  y dieron con la estancia que tenía, estando con él (que había sido capitán de enormes ejércitos) poco más de treinta hombres y mucha mujeres con cargas de su bagaje. Y como dieron de súbito contra ellos, huyeron algunos, y el señor se escondió muy triste en una pequeña choza. El indio que hacía de guía lo reconoció y dio aviso de ello a un cristiano llamado Valle, y lo prendió sin que se demudase ni perdiese su gravedad”. Cieza reconoce que era algo que había que hacer: “Con estas prisiones, cesaron los alborotos de guerra que siempre habrían si no se le prendiera”.
     Pero también denuncia lo que se hizo después con Zopezopagua y Rumiñahui: “Belalcázar tuvo después con ellos tanta crueldad que les dio grandes tormentos porque no le decían nada del oro que habían sacado de Quito. Ellos tuvieron tanta constancia en el secreto que no le dieron el alegrón (es curioso que emplee esta palabra) que él esperaba, y sin tener otra culpa, hizo de ellos justicia permitiendo que fuese áspera y muy inhumana”. Nuevamente salió a flote el aspecto más temible de Belalcázar. Un dato complementario de otra crónica dice que fue Juan de Ampudia el encargado de aplicarles la tortura. Y además, por las actas del cabildo de Quito, se sabe que también fueron ejecutados los caciques que estaban con los españoles y habían convencido a Zopezopagua para que se entregara.
   
     (Imagen) JUAN DE AMPUDIA nació en Jerez de la Frontera. Quizá la misión de torturador y verdugo de Rumiñahui y otros cuatro personajes incas fuera algo vocacional en él, porque se mostró cruel en repetidas ocasiones. Como algún otro, tuvo un temible apodo, “Atila del Cauca”, por sus desmanes en el valle colombiano del mismo nombre. Su cara positiva fue la bravura militar y el afán fundacional. Había estado luchando en la zona de Nicaragua, llegando a Perú en 1534 con la expedición de Pedro de Alvarado. Su nombre aparece en las actas de la fundación de Quito, y tuvo gran protagonismo al norte de esta ciudad y en territorio de la actual Colombia, donde participó en las fundaciones de Cali (año 1536) y Popayán (año 1537), siempre bajo las órdenes de Belalcázar, que tampoco era nada ‘melindroso’. Pero lo era menos todavía el sevillano Pedro de Añasco, con quien le envió a expandir la conquista por Colombia. Todos ellos habían sido obnubilados por el mito de El Dorado, y fueron implacables con los indios en su obsesión por conseguir oro. Añasco fundó Timaná. La cacica de la zona se llamaba Gaitana, y sus indios, que eran bravos, clamaban venganza. Atacaron salvajemente y acabaron con Añasco y sus 40 españoles, sometiéndole a él a una de las más crueles muertes que registran las crónicas. Juan de Ampudia, que había ido en su auxilio, corrió la misma triste suerte. Era el año 1540.



miércoles, 7 de febrero de 2018

(Día 611) Almagro sale para Chile, dejando en el Cuzco a su íntimo amigo Juan de Rada encargado de enviarle refuerzos posteriormente. Pizarro, desde la Ciudad de los Reyes, ordena a varios capitanes que salgan de conquista a distintas zonas y prepara soldados para ayudar a Belalcázar.


     (201) Inca Garcilaso de la Vega detalla luego cómo se prepararon las expediciones: “Hecho el concierto entre don Diego de Almagro y el Marqués don Francisco Pizarro y publicadas las demás conquistas, cada uno de los capitanes se apercibió de gente para la suya. Alonso de Alvarado hizo trescientos hombres para su conquista, Garcilaso de la Vega doscientos cincuenta para la suya, y otros tantos Juan Porcel. Los tres entraron en sus distritos, donde cada uno pasó grandes trabajos por las bravas montañas y grandes ríos que aquellas provincias tienen. A Sebastián de Belalcázar le enviaron ciento cincuenta hombres de socorro”.
     El número de españoles que andaban por Perú había ido creciendo, en parte por los muchos que fueron apareciendo seducidos al oír en la zona de Panamá las maravillas de lo descubierto y conquistado en aquellas tierras, pero también porque la mayoría de los que llegaron con el gran ejército de Pedro de Alvarado optaron por no volver  a Panamá. Pizarro estaba rodeado de una tropa numerosa, otros hombres permanecían protegiendo y habitando las poblaciones fundadas, Belalcázar andaba por Quito al mando de numerosa gente, y acabamos de ver que varios grupos han salido de conquista a diferentes zonas. Hay que tener en cuenta también que Almagro llevó un poderoso ejército a su campaña de Chile: “Don Diego de Almagro partió con más de quinientos cincuenta hombres, entre ellos muchos de los que ya tenían repartimientos de indios, que se alegraron de dejarlos pensando mejorarlos en Chile, según la fama que de sus riquezas tenían. Pues en aquellos principios, a cualquier español, por pobre soldado que fuera, le parecía poco todo el Perú junto para él solo. Almagro prestó más de treinta mil pesos de oro y plata entre los suyos para que comprasen caballos y armas, y así llevó muy lucida gente. Envió a Juan de Saavedra, natural de Sevilla, al que yo conocí, con ciento cincuenta hombres para que fueran por delante como descubridores de la tierra, aunque toda ella estaba de paz  y muy segura de andar porque el príncipe Manco Inca era amigo de los españoles y todos los indios esperaban que lo restituyeran en su imperio. Dejó Almagro en el Cuzco al capitán Ruy Díaz y  su íntimo amigo Juan de Herrada para que juntasen más gente y se la llevasen de socorro”. De lo que se deduce que Almagro se había convertido en un hombre muy rico, casi tanto como Pizarro, y que era habitual que, lo mismo capitanes que soldados, se endeudaran hasta las cejas para poder equiparse debidamente, sin duda con altos intereses porque prestar a gente de tan problemático futuro era muy arriesgado. Si bien el conjunto del ejército español había aumentado considerablemente, aun así seguían siendo muy pocos para tan inmensa tarea. Pero todo se podía esperar de aquel tipo de aventureros que, siendo solamente ciento setenta, habían derrotado y apresado a Atahualpa.
          
     (Imagen) Ya vimos que el navarro JUAN DE RADA (a quien Inca Garcilaso llama ‘Herrada’) va a ser quien, como conjurado, dé la estocada fatal en el cuello a Pizarro. Habrá que contar algo más de él. Su hoja de servicios no puede ser más completa. Mucho tuvo que valer para que Hernán Cortés lo enviara a Roma para poner al día al Papa Clemente VII de la conquista y evangelización de México, lo que les valió a sus hombres una bula que los absolvía de todos sus pecados (por horrendos que fueran). Cuando Cortés perdió poder, Rada decidió, con 46 años, seguir batallando en Perú, adonde llegó con Pedro de Alvarado en 1534. Lo de Almagro con él fue un flechazo: siempre lo tuvo como hombre de la máxima confianza. De ahí que ahora, de pasada, Inca Garcilaso diga que era “su amigo íntimo”. Y Rada se puso a su servicio incondicionalmente. Lo acompañó como capitán en la campaña de Chile. Cuando ejecutaron a Almagro, no solo se hizo cargo de su joven hijo, Diego de Almagro el Mozo, sino que se entregó de lleno a planear y ejecutar la venganza que acabó con la vida de Pizarro. Siguió la lucha ente pizarristas y almagristas, siendo la cabeza de estos ‘el Mozo’, pero quien lo dirigía todo era Rada. Da la sensación de que, por haber matado a Pizarro (nada menos que el Gobernador del Rey), el recuerdo  de Rada ha sido intencionadamente borrado, porque es muy difícil encontrar en los archivos rastros suyos. Murió de enfermedad en 1542, poco después de asesinar a Pizarro. El linaje de Rada era tan ilustre que, como vemos en la imagen, su blasón figuraba entre los de “los doce ricos hombres” que rodeaban el del Reino de Navarra.



martes, 6 de febrero de 2018

(Día 610) Llegan a Lima Alonso Enríquez de Guzmán y su hermano Luis, quedando mal vistos por aprovechados. Cieza critica a los clérigos egoístas y descuidados de la evangelización. Pizarro envía tropas a distintas zonas de conquista.


     (200) Al llegar a la Ciudad de los Reyes (Lima), Pizarro hizo generosos regalos a algunas personas. Cieza señala especialmente lo que dio a los dos linajudos hermanos Alonso Enríquez de Guzmán y Luis de Guzmán (a los que considera ‘doblados y mañosos’), de los que pronto se desengañó: “Mandó dar a don Luis dos mil pesos de plata, tan devaluada en Perú que en España valían más de cinco mil; a su hermano Alonso dio otros diez mil, consintiéndoles que subastasen ciertas joyas que traían a precios muy excesivos. Los españoles lo consideraron mal hecho, y tan mal que dio que hablar a todos, y Pizarro los tuvo por  inconstantes y de poca verdad”. Se lamenta también de que no fuera buena la atención religiosa a los indios y critica al clero que residía allí: “Los indios servían bien. Había pocos religiosos y ningún obispo, que era causa de que no se aprovechase mucho en lo principal, que era la conversión de estas gentes. Y si había algunos religiosos, también tenían codicia como los seglares, procurando de callada henchir sus bolsas. Los españoles que había allá en aquellos tiempos eran muy servidos, y traíanlos en andas o hamacas. Vino de Trujillo a la Ciudad de los Reyes Alonso de Alvarado. Fue bien recibido de Pizarro, y por tenerse gran noticia de los chachapoyas, le comisionó para hacer aquella conquista, nombrándole por su capitán”. Ya mencioné que Alonso estuvo del lado de Pizarro en su enfrentamiento con Almagro, y que gracias a la intervención del juicioso Diego de Alvarado salvó su vida cuando Rodrigo Ordóñez insistía en que le cortaran la cabeza. En otro momento, habrá que dar más datos de él porque va a tener mucho protagonismo.
     Es muy revelador de la perpetua actividad de aquellos hombres ver cómo Pizarro envía rápidamente contingentes a distintas zonas, para descubrir y controlar lo conquistado, aunque, como dice Inca Garcilaso, había también otro motivo: “Se determinó  asimismo que, por cuanto a la fama de la riqueza de aquel imperio habían acudido muchos españoles de todas partes y, en lo aún ganado, no había suficiente para los primeros conquistadores según lo que cada uno, con mucha razón, aseguraba merecer por sus méritos, se hiciesen nuevas conquistas a semejanza de la de don Diego de Almagro, para que hubiese tierras e indios para repartir y dar a todos, y también para que los españoles se ocuparan en ganarlas y no estuviesen ociosos ni maquinasen algún motín, incitados por la envidia de ver los grandes repartimientos que se les había dado a los primeros conquistadores”. Y menciona a dónde se encaminaron Alonso de Alvarado y otros: “Se proveyó que Alonso de Alvarado fuese a la provincia de los chachapoyas, los cuales, aunque estaban bajo el imperio inca, no habían querido dar la obediencia a los españoles confiados en la aspereza de sus tierras; el capitán Garcilaso de la Vega (padre de Inca), a la conquista de la provincia que los españoles, por burla, llaman la Buenaventura (al norte de Quito); y el capitán Juan Porcel, a la provincia de Bracamoros. También se ordenó que se llevasen refuerzos al capitán Sebastián de Belalcázar, que andaba en la conquista del reino de Quito”.
    
     (Imagen) Llega a Lima ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN con su hermano Luis. Aunque con muchas miserias (entre otras, la de ser un descarado gorrón), Alonso fue un tipo fuera de serie. Escribió su autobiografía, que, dada su personalidad estrambótica, no resulta del todo creíble, pero basta lo constatado para reconocerle una valía personal de primerísimo orden. Su vida fue tan estrepitosa y agitada como la del Capitán Alonso de Contreras y la de Catalina de Erauso (la Monja Alférez), con la diferencia de que Enríquez de Guzmán, aunque venido a menos en su rama familiar, estaba emparentado con lo más aristocrático de España, y trataba frecuentemente con Carlos V y Felipe II, que le tuvieron en gran aprecio, aunque les cargaran sus mañas de bufón y vividor. Hombre contradictorio, también era religioso a su manera, confiando en el valor del arrepentimiento en la última hora. En una nota confiesa que, al ser nombrado Caballero de Santiago y tener medios para vivir a la altura de la calidad de su persona, ya no necesitaba de su ingenio y su palabrería para ser aceptado en la Corte. Fue un distinguido militar en las guerras de Italia, África, Flandes y Alemania. Y pronto lo veremos en Perú protagonizando escenas impresionantes. Haré un resumen de lo que cuenta sobre sus aventuras peruanas, y con su carácter apasionado, se nos mostrará como un mordaz detractor de Hernando Pizarro y un entusiasta incondicional de Almagro, cuya muerte nos describirá de manera escalofriante.  

                             EL RETRATO ES DEL VIRREY LUIS ENRÍQUEZ DE GUZMÁN






lunes, 5 de febrero de 2018

(Día 609) Partido Almagro, se va Pizarro a Lima, donde encuentra al obispo fray Tomás de Berlanga, que traía un documento del rey sobre el límite de las gobernaciones. Al saber que Almagro ya había marchado, el obispo le deja el documento a Pizarro y se vuelve a Panamá.


      (199) Cieza enlaza de nuevo con Pizarro: “Habiendo partido el Adelantado para la jornada de Chile, el Gobernador determinó volver a la Ciudad de los Reyes. Quedó, según creo, por teniente Juan Pizarro, su hermano, encomendándole mucho el buen tratamiento de los indios, despidiéndose de todos, y también de Manco Inca con los demás señores principales que estaban en el Cuzco. En la Ciudad de los Reyes salieron los regidores y vecinos a le recibir con mucha alegría, y entre ellos los hermanos don Alonso Enríquez y don Luis, bien doblados y mañosos (lo dice porque después lo traicionaron pasándose al bando de Almagro). Halló también en la ciudad al obispo de Tierra Firme (Panamá) fray Tomás de Berlanga, que venía por comisión del rey a marcar los límites de las gobernaciones de él y de Almagro”. Parece ser que Pizarro boicoteó la misión del obispo por temor a que le otorgara algún derecho a Almagro sobre el Cuzco, de manera que consiguió que fray Tomás  llegara después de la salida de su socio hacia Chile. No era cuestión de quedarse hasta que Almagro volviera de su largo viaje, y tras entregarle a Pizarro el documento de la partición de las dos gobernaciones, regresó a su obispado. Por una fatalidad del destino, aunque finalmente se le reconoció a Pizarro que sus derechos abarcaban la ciudad del Cuzco, en aquel momento cabían interpretaciones opuestas, y al no contar con un juez imparcial, lo iban a resolver a la brava. Almagro iba a aceptar la ampliación de setenta leguas que le había concedido el rey a Pizarro y también a renunciar a su pretensión de medir la distancia por la sinuosa línea costera (no le quedaba otro remedio porque el documento lo establecía claramente), pero por desgracia el Cuzco parecía estar demasiado cerca de un límite ‘tambaleante’ para los ojos de unos inexpertos. Fatal panorama que estallará a la vuelta de su decepcionante viaje a Chile.
      Probablemente, todo se habría arreglado si fray Tomás hubiera podido resolverlo en presencia de Pizarro y Almagro, ya que era un buen cartógrafo  y les dejaría claro que el Cuzco estaba situado dentro de la demarcación de Pizarro. Veamos un resumen del encargo que había recibido del emperador: “Que atento el Rey a que había dado a don Francisco Pizarro la gobernación de 200 leguas hasta el pueblo de Chincha, y después se la alargó otras setenta, y que así mismo hizo merced al mariscal Almagro de otras 200 leguas de gobernación que comenzasen desde donde acababa la de don Francisco Pizarro; y porque podría suceder, que por no ser la costa derecha, hubiese alguna diferencia sobre la medida de las dichas leguas, mandaba al Obispo que hiciese tomar la altura y grados, y que tomados, contase por derecho las dichas 270 leguas, sin contar la vuelta que hiciese la costa, según las leguas que a cada grado corresponden, de manera que, donde se comprendiesen las dichas 270 leguas, fuese el término de la gobernación de don Francisco Pizarro; y que desde allí comenzase la gobernación de don Diego de Almagro hasta cumplir otras 200 leguas. Que hecha esta declaración del Obispo, cada uno guardase los términos de su gobernación, y que en solos ellos hiciese su oficio sin entrar ni usurpar cosa alguna de los límites y jurisdicción el uno del otro, so pena de privación de oficio”.

     (Imagen) Los religiosos de Indias tuvieron vidas intensas y de gran riesgo, y los hubo absolutamente excepcionales. Hemos visto hoy que el obispo FRAY TOMÁS DE BERLANGA, enviado por Carlos V para mediar entre Pizarro y Almagro, se volvió de vacío porque, desgraciadamente, le estorbaron la misión a un hombre tan sensato. Resumamos su grandeza. Era extraordinariamente culto e inteligente, defensor a ultranza de los indios, maestro de Bartolomé de las Casas, testigo presencial (y regocijado) de la apocalíptica bronca que su compañero, el dominico fray Antonio Montesino, les echó desde el púlpito a sus feligreses españoles por explotar a los nativos, promotor de nuevos cultivos,  con tanta visión de futuro que le mostró al rey un proyecto de canal en Panamá por el mismo río, el Chagres, que fue utilizado para construirlo siglos después, y también un observador nato, como lo demostró en un informe que envió al monarca por una circunstancia sumamente curiosa (que Cieza no comenta, quizá por desconocerla). Según navegaba para llegar adonde Pizarro, la caprichosa naturaleza del mar desvió tanto la ruta de su barco que convirtió al buen obispo en el descubridor de las islas Galápagos (a 1.100 km de la costa) un 10  de marzo de 1535. Tomó detallada nota de la curiosa fauna que allí existía, especialmente de las tortugas gigantes, señalando además con precisión de experto cartógrafo la situación geográfica del archipiélago. A un hombre de ese calibre, solo lo recuerdan como se merece en su pueblo natal, Berlanga de Soria, donde murió en 1551.



sábado, 3 de febrero de 2018

(Día 608) Parte Almagro para Chile. Pedro Pizarro dice que los hombres de Alvarado que llevaba estaban acostumbrados al pillaje. Cinco de ellos se adelantan sin permiso y los indios matan a tres por sus abusos.


     (198) El acuerdo de ‘paz eterna’ entre Almagro y Pizarro solo podía sostenerse, implícitamente, sobre el éxito de conquistar lo que se consideraba un territorio de enorme riqueza, pero la expedición a Chile va a ser durísima y un fracaso total.  Eso dará un giro trágico a la heroica  y grandiosa empresa de Perú que iniciaron doce años antes los dos entrañables amigos y su tercer socio, el sensato clérigo Hernando de Luque, quien se ahorró el disgusto porque murió en 1533.
     Parece claro que Pizarro, sus hermanos y los veteranos que estuvieron en el apresamiento de Atahualpa formaban un grupo muy unido que no vio con buenos ojos la llegada  de Almagro, y menos todavía la presencia de los hombres que dejó Alvarado. Además parecía peor gente que la de Pizarro. Todo ello llevó de forma natural a que Almagro, en su deseo de mantener el estatus que le correspondía (amenazado por los Pizarro), formara su ejército con muchos de los hombres de Alvarado
     Viene a cuento que oigamos ahora lo que dice el cronista Pedro Pizarro, porque va a servirnos de aviso sobre el comportamiento de los hombres de Alvarado que iban con Almagro: “Concertado esto (con Pizarro), Don diego de Almagro se preparó, y con la gente de don Pedro de Alvarado y algunos recién venidos a esta tierra, salió del Cuzco, y esta gente iba robando y destruyendo por donde pasaba, pues, según decían ellos mismos, venían acostumbrados por hacerlo así cuando conquistaban Guatemala. Estos fueron los inventores de ranchear (que en nuestro común hablar es robar), siendo así que, entre los que pasamos con el Marqués a la conquista, no hubo hombre que osase tomar una mazorca de maíz sin su licencia”.
     Pues le dieron la razón a Pedro cinco insensatos. Cuenta Cieza que Almaro y sus hombres notaron pronto que el agua escaseaba (lo que más tarde sería una pesadilla): “Determinose que, hasta llegar a Topisa,  los españoles y caballos saliesen por cuadrillas porque no había abundancia de agua, y así fue hecho (se trataba de que los manantiales tuvieran tiempo de reponerse). Iban por delante tres cristianos para gozar de los regalos de los indios, y les seguían otros cinco. Los naturales quedaban desabrigados por dondequiera que pasaban los cristianos, teníanlos por gente rigurosa, de poca verdad y cometedores de grandes pecados. En secreto decían que eran sus enemigos capitales y que sin justicia ni razón andaban por sus tierras tomándoles sus mujeres y haciendas. Mas, como iban con tantos caballos y ballestas no mostraban en público este desamor. Por donde caminaban los cinco cristianos se hallaban al alcance de las manos de los indios, que trataban de matarlos y hacer con ellos un solemne sacrificio a sus dioses, y unos a otros se avisaban para acometer esta hazaña. Y estando en la provincia de Jujay, los acometieron y mataron a tres. Los otros dos fueron tan valientes que salieron de entre ellos ligeramente huyendo de la muerte, y se metieron ente otros indios que, por temor de Almagro, que estaba cerca, no los mataron, sino que le avisaron a los españoles para que fuesen a Topisa, donde se juntaron con los cristianos, hablándoles Almagro ásperamente porque se habían adelantado sin se lo mandar”.

     (Imagen) Puesto que Almagro se despide de Pizarro y parte para Chile, recordemos al tercer socio de la empresa, el andaluz HERNANDO DE LUQUE. Fue un buen clérigo que, con su gran sentido común, apaciguó a sus dos compañeros en el primer conflicto que tuvieron. Lo adornaban muchas virtudes, pero no la de la pobreza (no estaba sujeto a voto), y aportó mucho dinero (y sensatez) a la sociedad buscando beneficios. Pero tuvo la desgracia de morir sin disfrutar del gran botín de Atahualpa, porque le ocurrió en Panamá el año 1533 justo antes del reparto (me parece ver a Cieza sonriendo). La imagen  señala que en 1524 Hernando de Luque presentaba “los méritos y servicios que, como maestrescuela de la catedral del Darién, había hecho a las órdenes del gobernador Pedrarias y del obispo fray Juan de Quevedo (acertadamente, han corregido debajo que no se llamaba Raimundo)”. De la impresionante armada con la que llegó en 1514 Pedrarias a las Indias, desembarcaron, entre otros, el obispo Quevedo (burgalés) con 6 franciscanos y 17 clérigos, uno de los cuales era Luque. Y además otros viajeros cuyos nombres ya nos son familiares: Almagro, Soto y Bernal. Amigos, pues, de viaje, Almagro y Luque pronto iban a encontrar a alguien que llevaba doce años jugándose la vida entre los indios: Pizarro. Tres compañeros que se asociaron para conseguir algo grandioso. Lo superaron todo, pero a Luque se lo llevó la muerte, Almagro parte ahora para Chile empapado en malos augurios, y Pizarro, quizá con el corazón roto, se quedará en Lima sin quitarse de la cabeza la preocupación por el futuro. Van a estar separados, pero dos años después, volverá Almagro.



viernes, 2 de febrero de 2018

(Día 607) Saavedra, con gran sorpresa, ve que el capitán de Pizarro Gabriel de Rojas iba por delante de la expedición de Almagro. Rojas da la vuelta para evitar que lo detenga. Los indios tratan bien a los españoles, pero les dicen que Chile no tiene la riqueza que ellos esperan.


     (197) Almagro se juntó con sus hombres y alcanzó después al grupo que iba bajo el mando de Saavedra. Recibieron buen trato de los indios por todo el camino, ya que, como nos dice el cronista Inca Garcilaso, iban en la expedición personajes de la nobleza incaica: “Salió para Chile don Diego de Almagro del Cuzco al principio del año mil quinientos treinta y cinco; llevó consigo a un hermano de Manco Inca, llamado Paullu,  y al sumo sacerdote Villahoma. Llevó asimismo muchos indios nobles y otros muchos de servicio, que llevaron las armas y los bastimentos, que entre los unos y los otros pasaron de quince mil indios, porque el príncipe Manco Inca, con las esperanzas de la restitución de su imperio, se esmeraba mucho en el servicio de los españoles. Y así mandó a su hermano y al sumo sacerdote que fuesen con ellos para que los indios los respetasen y sirviesen mejor”. Además, Inca Garcilaso, aclara que Manco Inca llegó a darle orden a sus enviados de que mataran a los españoles, pero no entonces: “Los historiadores anteponen los sucesos, y dicen que mandó a sus hombres que matasen a don Diego de Almagro y a todos los suyos en Charcas o donde más aparejo hallasen, pero lo hizo después por medio de mensajeros, cuando comprobó que los españoles no querían restituirle su imperio. Juan de Saavedra, que iba delante, llegó a Charcas, que está a doscientas leguas del Cuzco, sin que por el camino acaeciese cosa que sea digna de contar, siendo todo paz y regalo que los indios le hacían a él y a los suyos”.
     Entonces ocurrió un incidente que  muestra lo que parece una fea maniobra de Pizarro con la que no se entiende muy bien qué pretendía: “Saavedra halló en Charcas a Gabriel de Rojas, a quien días antes había enviado el Marqués con sesenta soldados para que, como capitán, asistiese por él en aquella provincia. Quiso Saavedra prenderle, porque la discordia se metía entre los españoles a encender los fuegos que pretendía. Gabriel de Rojas, siendo avisado, se ausentó disimuladamente y se fue a la ciudad de los Reyes por diferente camino del que don Diego de Almagro llevaba, por no encontrarle; la mayoría de sus sesenta compañeros se fueron a Chile”.
     Cieza nos habla de que Almagro fue bien acogido por los caciques de la provincia de Paria, que le llevaron buenos regalos: “Recibioles con alegría, honrando a los indios con buenas palabras. Rogoles con clara intención que le contasen lo que había en la tierra de Chile, porque en el Cuzco le habían informado de su riqueza en oro y plata. Desengañáronle de tal noticia, afirmando que eran dichos vanos y que en Chile no hubo tales grandezas, y añadieron que los caminos eran muy difíciles. Fue muy enojoso el dicho de estos señores al Adelantado y a los que iban con él”. Para que el ánimo no decayera, se consolaron pensando, o fingiendo que creían, que los indios estaban mintiendo para que abandonasen sus tierras. Almagro, pues, llevaba un gran ejército y multitud de indios. Los españoles habían partido enardecidos por sus fantasías, pero con la angustia de la incertidumbre, lo que acababan de oír tuvo que hacerles mella.

     (Imagen) Ahora que parte ya DIEGO DE ALMAGRO con tremendas ilusiones de encontrar en Chile tantas riquezas como las de Perú, habrá que hacer de profeta a toro pasado. Era la única esperanza de que él y Pizarro, su socio (teóricamente a partes iguales), continuaran siendo fieles amigos como acababan de jurar religiosamente (mientas asistían a misa y poniendo a Dios por testigo y juez). Pero en un espanto de campaña, Almagro y sus hombres van a andar durante dos años por Chile a la deriva entre indios belicosos y por tierras desérticas. Volvieron tan decepcionados, machacados y arruinados, que sus hombres le impulsaron a Almagro para que se dejara de contemplaciones de manera que, interpretando a su favor las dudas sobre los límites de su gobernación y la de Pizarro, se decidiera a tomar posesión del Cuzco, la histórica capital del imperio incaico. Eso es lo que va a ocurrir, dando así inicio a las terribles guerras civiles de Perú. En la imagen vemos el motivo del conflicto, aunque después se demostró que la razón la tenía Pizarro (gobernador de Nueva Castilla). Nueva Toledo era la gobernación de Almagro. (Con el tiempo, los portugueses ampliaron mucho, ‘por la cara’, lo que les correspondía en Brasil). Tal y como figura en el plano, en 1539 todavía estaba fatalmente confusa la situación del Cuzco. Si no les hubiese comido la impaciencia, todo se habría resuelto con la decisión del Consejo de Indias, pero las pasiones explotaron, y buscaron la solución en un duelo sin cuartel en el que murieron los dos gobernadores y muchos españoles.




jueves, 1 de febrero de 2018

(Día 606) Parte Almagro para Chile. Cieza se lamenta de la situación de los muchos indios que acompañaban a los españoles, pero reconoce que eran necesarios. Un atormentado Almagro le pide a Pizarro que mande a sus hermanos a España porque le odian. Pizarro trata de calmarle. Al partir Almagro salen todos a despedirle.


     (196) Cieza nos hace ahora una nueva reflexión moral, pero esta vez distinguiendo entre lo que deberían ser y lo que, casi inevitablemente, eran aquellas marchas militares: “Casi todos iban bien proveídos de indias hermosas y de anaconas (criados) para sus servicios, en tanta manera que pone lástima considerar cuán caros cuestan estos descubrimientos y cuántos naturales del Perú han muerto en ellos; aunque también digo que, si no es con demasiado servicio, o muchos caballos, como solíamos descubrir en la Mar del Norte (costa del Atlántico, donde él había luchado), por ninguna vía, forma ni manera se podría hacer ninguna jornada, y aun haciéndose de esta suerte, han sido sepulturas de españoles, pues han pasado en ellas lo que es asombro y admiración y que nunca hombres tal pasaron ni para tanto tuvieron ánimos”. Cieza, un hombre que casi siente como nosotros hoy, sufre por los abusos contra los indios, pero viviendo dentro de aquella maquinaria infernal, no cree que hubiera podido ser de otra manera, y al mismo tiempo expresa la mayor admiración por las proezas que vio hacer en campañas tan desmesuradas y heroicas.
     Según se va avanzando en la lectura de los cronistas, vemos que los dos personajes principales de esta aventura, Pizarro y Almagro, los que la iniciaron y sufrieron, cada uno a su manera, puesto que se ocuparon de funciones distintas, están llegando a un punto de soterrada tensión, porque eran evidentes los indicios de un futuro terremoto demoledor. No es fácil mantener sin grietas una sociedad de esta envergadura, y menos si aparecen ‘consejeros’ interesados. Da lástima oír lo que cuenta Cieza a continuación porque se palpa la angustia de Almagro, quien, además, no tenía, a diferencia de Pizarro, ningún ser querido que lo apoyara y confortara. Más solo que la una, sin otro refuerzo que el falso afecto de los buitres que lo acompañaban: “Antes de que Almagro partiese del Cuzco, habló con Pizarro diciéndole que a sus hermanos les pesaba por haberle hecho el rey gobernador, de donde colegía que habían de procurar meter escándalos entre ellos dos, ciegos de la envidia que tenían; por tanto, le parecía que los debía enviar a España, dándoles de sus haciendas (la de Pizarro y la suya) la cantidad de dineros que quisiesen, porque él estaría muy contento, y sería ocasión de estar siempre en paz. Respondiole Pizarro que no creyese tal cosa de sus hermanos, porque todos le amaban como a un padre”. A Pizarro le pudo la preferencia por los deseos de sus hermanos, incluso sabiendo como Almagro que el futuro era muy amenazante. Nadie mejor que él podía conocer que sus hermanos odiaban a Almagro.
     Llegó entonces el momento de la emocionante partida, aunque los presentes tendrían sentimientos muy distintos, unos deseándoles el mayor éxito y otros temiendo que lo consiguieran: “Habiendo salido ya toda la gente del Cuzco, hizo lo mismo Almagro acompañado del Gobernador y de sus hermanos y de muchos vecinos de la ciudad, que por le honrar quisieron salir un trecho de camino hasta que de todos se despidió, yendo sin parar hasta Mohína”.

     (Imagen) En un momento clave, antes de partir ALMAGRO desde el Cuzco para la campaña de Chile (que resultará muy dura y un fracaso), se va a sincerar desesperadamente con PIZARRO porque en lo más íntimo de su alma sabe que su mutuo futuro está seriamente amenazado. Pocos socios habrá en la Historia que hayan seguido juntos durante tantos años de ilusiones, sacrificios, inseguridades, esfuerzos, compañerismo y obstáculos casi insuperables, logrando al final un éxito deslumbrante. Fue necesario hacer tres heroicos viajes desde Panamá hasta conseguir en Cajamarca el apresamiento de Atahualpa. Doce años después de que empezara esta odisea, Almagro, sin duda rememorando la historia de esta vieja e inquebrantable amistad que empezó en las tropas del temible Pedrarias Dávila, que la continuaron como socios en Panamá y que después logró la gran conquista, piensa en la carcoma que va a derrumbarla: los hermanos de Pizarro, especialmente Hernando. No quiere partir para Chile sin pedirle antes patéticamente a  Pizarro que los mande a España, compensándolos con dinero de su sociedad y cueste lo que cueste,  porque sabe que lo odian y su influencia va a ser funesta. Pizarro, mintiendo, le contesta que sus hermanos lo quieren como a un padre. En la despedida, les vendría a la mente el dramático juramento de eterna amistad que acababan de firmar. Almagro sabía que era necesario alejar aquella amenaza del tenebroso futuro. Pizarro sabía que no lo podía hacer. Quizá les quedara alguna esperanza de salvación. Pero no la hubo.