domingo, 17 de julio de 2016

(Día 329) COMIENZA LA GRAN BATALLA POR MÉXICO, ¡que va a durar noventa y tres días! Llegan a Texcoco, abandonado por parte de la población, pero el resto mostró una amistad a los españoles que duró para siempre. CORTÉS jamás castigaba a los pueblos que pedían perdón por el daño hecho a los españoles.

(81) –Viviremos junto a ellos, querido socio, la increíble hazaña.
     -Vamos a asistir, de la manita de Bernal, reverendo padre, a uno de los acontecimientos más épicos de la Historia. Estaremos observando a dos ejércitos enemigos, dignos el uno del otro, que permanecieron derrochando valentía, fuerza, ingenio y capacidad de sufrimiento, durante NOVENTA Y TRES DESESPERANTES DÍAS. Gloria y honor a sus dos caudillos, Cuauchtémoc y Cortés, y a sus heroicas tropas. Así que, arriba el telón, y veamos lo ocurrido.
     -Buen preámbulo, pequeñín, pero es imposible anunciar con todo el énfasis que merece aquel acontecimiento estelar. La elección de Texcoco como cabeza de puente fue acertada pero discutida entre los soldados; Cortés logró convencerlos de que era el sitio ideal “por estar cerca de muchos pueblos, y teniendo aquella ciudad tomada, haríamos entradas en tierras próximas a México”. Según se aproximaban a Texcoco, tuvieron noticias esperanzadoras: en el poblado había algunas disensiones con los mexicanos y sufrían una epidemia de viruela. A esto se añadió el impacto moral de los éxitos militares que los españoles acababan de tener. “Y llegaron 7 indios principales de Texcoco con señales de paz y diciendo que su señor, Cocoyoacín, nos estaba esperando en la ciudad; y cuando Cortés oyó aquellas paces holgó mucho dellas, pero tomó consejo de nuestros capitanes, y a todos pareció que aquella manera de pedir paz era fingida. Luego Cortés les dijo a los indios que si guardaban las paces que decían, les favorecería contra los mexicanos, aunque bien sabía que ellos habían matado sobre 40 españoles y 200 tlaxcaltecas cuando salimos de México; y respondieron que el que los mandó matar fue Cuitláuac, el señor de México que mandaba después de muerto Moctezuma. Y otro día, de mañana, llegamos a Texcoco, y no veíamos mujeres, ni niños, sino todos los indios como gente que estaba de guerra. Fuimos a unos grandes aposentos. Cortés mandó a Pedro de Alvarado con soldados, y a mí con ellos, que subiésemos a un gran cu. Y vimos que la gente abandonaba la ciudad. Cortés, al saberlo, quiso prender al cacique Cocoyoacín, pero fue el primero que se fue huyendo a México, con muchos principales, aunque, como es gran ciudad, se quedaron otros muchos señores que tenían  debates con el que se huyó sobre el gobierno de la ciudad”.
     Los caciques que quedaron en Texcoco le contaron a Cortés que el huido Cocoyohacín, “por codicia de reinar, había muerto malamente a su hermano mayor, con la ayuda que para ello le dio el señor de México, Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, e que había allí un mancebo con más derechos, porque era hijo legítimo del verdadero rey; y luego, sin más dilaciones, le alzaron por rey con gran fiesta y regocijo de todo Texcoco, volviéndose cristiano con mucha solemnidad, y se llamó don Hernando Cortés porque fue su padrino nuestro capitán. Este cacique fue muy amado y obedecido de los suyos (la mayoría de los vecinos huidos volvieron confiados a Texcoco), y le dio a Cortés muchos indios trabajadores para ensanchar las acequias por donde habíamos de sacar los bergantines a la laguna cuando estuviesen acabados”. Así que el primer objetivo se alcanzó con una suavidad insospechada: el nuevo cacique permaneció siempre leal a los españoles. “Y en aquella sazón vinieron de paz ciertos pueblos sujetos a Texcoco a demandar perdón y paz por la guerras pasadas y haber matado españoles. Y Cortés les  habló a todos muy amorosamente y les perdonó”.

     (Foto: Toda su vida fue Cortés un emprendedor incansable,  y, en este caso, se atrevió con importantes obras de ingeniería para canalizar el acceso acuático desde el astillero, una vez construidos los bergantines. El mapa está basado en cartografía antigua y tiene sus imprecisiones, pero se ve claramente que Texcoco (Tezcuco) estaba algo separado de la orilla del lago, y fue necesario canalizar un acceso. Dice Bernal: “Unos 7.000 indios trabajaron voluntariamente en la obra de la zanja, y lo abrían y ensanchaban muy bien, pudiendo nadar por ella navíos de gran porte”).


sábado, 16 de julio de 2016

(Día 328) LLEGÓ EL MOMENTO: con valor y UN PLAN GENIAL (la construcción de bergantines), se dispone CORTÉS a conquistar nuevamente TENOCHTITLÁN. Resulta admirable LA LEALTAD DE LOS TLAXCALTECAS. El gran cacique XICOTENCA EL VIEJO acepta gustosamente SER BAUTIZADO. Se ponen en marcha y BERNAL se emociona al ver nuevamente, a lo lejos, TENOCHTITLÁN

(80) –Pacificada la zona, secre, David decide ir contra Goliat.
     -Así fue, reverendo. El superman Cortés lo organizó todo rápidamente para meterse en la demencial aventura de volver a México y conseguir el triunfo definitivo. Preparó una estrategia muy arriesgada, pero genial, como hizo Aníbal con sus elefantes: “Fuimos a Tlaxcala, y Cortés dio orden de que se cortase madera para hacer 13 bergantines, para ir otra vez a México, porque teníamos por muy cierto que no podíamos señorear la laguna sin ellos, ni dar guerra, ni entrar por las calzadas en aquella gran ciudad. Y el que los hizo fue Martín López, que además de ser un buen soldado en todas las guerras, sirvió muy bien a Su Majestad en esto de los bergantines, y trabajó en ello como fuerte varón (honor y gloria al olvidado Martín)”. En Tlaxcala había muerto de viruela el gran cacique Maseescazi. “Cortés dijo que lo sentía como si fuese un padre, y se puso luto; y murió con voluntad de que sus hijos y parientes no se saliesen del mando de los españoles, y como había diferencias sobre quién le habría de suceder, Cortés señaló que lo fuese un hijo legítimo de Maseescazi. Todos los caciques se ofrecieron a servir a Cortés con gente para cortar los bergantines y para la guerra contra los mexicanos (asombrosa lealtad)”. Era tan profunda la simbiosis entre tlaxcaltecas y españoles que “después de abrazarle Cortés con mucho amor al gran cacique Xicotenca el Viejo y darle las gracias por sus ofrecimientos, procuró que se volviese cristiano, y el buen viejo, de buena voluntad, le dijo que lo quería ser, e con la mayor fiesta que en aquella sazón se pudo hacer, le bautizó el padre de la Merced y le puso el nombre de don Lorenzo Vargas”. Llegaron noticias de que otro navío había aportado en la Villa Rica, procedente de Castilla, con mucho cargamento. De nuevo Cortés lo fagocitó, aunque pagó el oportuno precio, y, una vez más, la tripulación se incorporó a la campaña de México. Todo ya dispuesto, Cortés escogió el gran poblado de Texcoco (en la laguna mexicana) como astillero para armar los bergantines, encargándose los tlaxcaltecas de llevar el maderamen ya debidamente cortado. Bernal pasa por alto la típica arenga de Cortés antes de iniciar algo grande, y tampoco da el número de los soldados, que eran alrededor de 590. Pero sí nos da la fecha, consciente del calibre de la aventura que se iniciaba: “Comenzamos a caminar, con mucho concierto, el día 26 de diciembre de 1520”. Qué emoción, querido Sancho. Sigue con ellos.
     -Hacía seis meses que huyeron de  México (el 24 de junio) muriendo más de 800 soldados e incontables tlaxcaltecas, y volvían al mismo infierno. Solo la figura mitificada de Cortés podía aglutinar en semejante locura a indios y españoles. Era un plan a largo plazo, porque pensaban cercar Tenochtitlán hasta que se rindieran por extenuación sus habitantes. Así que, además de coraje para la lucha, necesitarían grandes dosis de paciencia. Caminaban, pues, sin prisa hacia Texcoco: “Nuestros amigos tlaxcaltecas iban cortando y apartando los árboles para que pasaran los caballos, hasta que subimos la sierra, y entonces (oh, maravilla) apareció la laguna de México y sus grandes ciudades pobladas en el agua. Y dimos muchas gracias a Dios por dejarnos verlas de  nuevo. Entonces nos acordamos de nuestro desbarate pasado, y prometimos cercar México y tener otra manera de hacer la guerra”. Vieron que los indios se hacían señales de humo, “e yendo  más adelante, topamos con un escuadrón de guerreros mexicanos que nos aguardaban, mas enseguida los desbaratamos”.

     (Foto: Preciosa recreación del Paraíso Terrenal -si la religión azteca no fuera tan terrorífica-. En una especie de Venecia, aparece la mítica Tenochtitlán, y sobre el mismo islote,  la población de Tlatelolco, donde los españoles habían visto estupefactos en su primera llegada el asombroso mercado mexicano. Se aprecia también que no quedaba muy lejos Otumba, donde pudieron frenar con una batalla decisiva la mortífera persecución que sufrieron después de ser expulsados de la gran ciudad. Con muy buen criterio, Cortés decidió ensamblar los bergantines en Texcoco, que daba nombre al lago y estaba frente a la zona más abierta, y la mejor para poder navegar sin demasiados agobios. Asimismo vemos el nombre de Teotihuacán, que presume de tener el mejor conjunto de pirámides del país, con la curiosidad de que su construcción fue anterior a la llegada de los aztecas.).


viernes, 15 de julio de 2016

(Día 327) LA CRUDA REALIDAD DE LA ESCLAVIZACIÓN DE LOS VENCIDOS. Se queja BERNAL de su mal reparto. CORTÉS FALTA A SU PALABRA y les requisa a los soldados la mayor parte del ORO QUE SACARON DE MÉXICO. Pero sí cumple otra promesa: permitir a la gente de NARVÁEZ que vuelva a CUBA.

(79) –Me gustaría saltarme esto, pero ni modo, cuate.
     -Estamos de acuerdo, patroncito: con la excusa de la rebeldía, se esclavizaba a parte de los derrotados, asquerosa inhumanidad que luego se prohibió. Bernal lo cuenta como un simple asunto de rentabilidad; también nos explica por qué solo se mercadeaba con mujeres y con muchachos jóvenes. Y si habla del tema es porque se va a quejar del reparto que se llevó a cabo. Como ya todos los poblados estaban sometidos y de momento no había que guerrear, “acordó Cortés que se herrasen a los esclavos para sacar su quinto después de sacar primero el de Su Majestad (el rey se beneficiaba de aquella porquería). Y se dieron pregones para que llevásemos a una casa a herrar a todas las piezas (esclavos) recogidas; fuimos todos con las indias y muchachas y muchachos que teníamos, que hombres de edad no apresábamos porque eran malos de guardar, y no habíamos necesidad dellos  teniendo el servicio (voluntario) de nuestros amigos tlaxcaltecas. Y el día de repartir, ya habían escondido las mejores indias, que no apareció ninguna buena, y nos daban las viejas y ruines. Y sobre esto hubo muchas murmuraciones contra Cortés y los que mandaron esconder las indias buenas. Desque Cortés aquello oyó, con palabras algo blandas dijo que juraba en su conciencia –que así tenía por costumbre jurar- que en adelante no se haría de la misma manera”. Y tuvo el santísimo cinismo de obligarles después a los soldados a tragar otro sapo, gordo y viscoso.
     -No era hombre de palabra, querido socio; estaba por encima del bien y del mal: el mejor discípulo de Maquiavelo. Y Bernal, que tanto le admira, no se lo calla: “Y digamos otra cosa casi peor que esto de los esclavos. Cuando la triste noche en que huimos de México, Cortés dijo ante escribano que, como se había de perder mucho oro que allí quedaba en la sala, el que quisiera que cogiese lo que pudiere, y que se lo llevase en buena hora como suyo. Y muchos soldados perdieron con el peso del oro la vida en el lago, y los que escaparon con el botín estuvieron en gran riesgo de morir y salieron llenos de heridas. Pues siendo así, Cortés pregonó que presentaran todo el oro que sacaron, y que les daría la tercia parte dello; y que, si no lo hacían, que les quitaría todo. Y como la mayoría de los capitanes tenían oro (dispensados de devolverlo), se calló lo del pregón y no se habló más dello, pero pareció muy mal esto que mandó Cortés”. Para variar, Cortés va a cumplir su palabra en otro asunto, quizá por estar harto de quejas: “Como vieron los capitanes de Narváez que ya teníamos refuerzos (con los soldados incorporados), le suplicaron a Cortés con grandes ruegos que les diese licencia para se volver a Cuba, pues se lo había prometido. Y Cortés se la dio, y aun les prometió darles más oro si volvía a ganar la ciudad de México (conociéndole, nadie dudaría de que estaba dispuesto a reconquistarlo), y les dio un navío de los mejores con mucho matalotaje (provisiones). Escribió a su mujer, que se decía doña Catalina Juárez, la Marcaida (su 2º apellido), que vivía en Cuba, enviándole barras y joyas de oro. Y nosotros le dijimos a Cortés que por qué les daba licencia, siendo pocos los que quedábamos, y respondió que para excusar escándalos e importunaciones, pues ya veíamos que algunos de los que se iban no eran buenos para la guerra, y que valía más estar solo que mal acompañado. También mandó a Castilla a Diego de Ordaz con ciertos recados suyos, pero no sé si Cortés nos tuvo en cuenta en los negocios que enviaba a tratar con Su Majestad; ni alcancé a saber lo que pasó en Castilla, salvo que a boca llena decía el obispo Juan Rodríguez de Fonseca (qué cáliz más amargo) que así Cortés como todos sus soldados éramos malos y traidores, aunque el Ordaz respondía muy bien por nosotros”. Negociando en todos los frentes, Cortés mandó  también representantes a la Audiencia de Santo Domingo con una memoria de todo lo conseguido, llena de convincentes razones para que los frailes jerónimos, “que tenían entonces la gobernación de todas las islas, intercediesen  ante el emperador para que fuésemos favorecidos con justicia y contra la mala voluntad el obispo Fonseca”.

     Foto.- Hay un fondo de mala intención en el cuadro de Diego Rivera: él y los aztecas son unos santos; y, todos los españoles, frailes incluidos, unos demonios (hasta tienen cara de serlo). Lo malo es que los hechos que expone son ciertos. Está magníficamente pintada la escena; el tema central muestra a un comprador, un vendedor y, en medio, un funcionario anotando la transacción, mientras el pobre esclavo está siendo marcado en la cara con la G de ‘guerra’; se ve al fondo el destino que le espera. Aparece también, a caballo, el rubio Pedro de Alvarado, simbólico responsable de la captura de los indios que van a sufrir la quemadura.


jueves, 14 de julio de 2016

(Día 326) TRES BARCOS DE FRANCISCO DE GARAY llegan, por error, a la demarcación de CORTÉS. Para no variar, todos se pasan al bando del gran capitán. LOS DE CORTÉS siguen castigando a poblados en los que se había matado a españoles. TODOS EN MÉXICO estaban asustados, incluso CUAUHTÉMOC. El prestigio de CORTÉS se va haciendo mítico.

(78) - Surgió un nuevo incidente, príncipe de las letras; y van...
     -Y van tropecientos, reverendísimo. Es el primer asomo de una cuestión que más tarde se hará muy problemática. Cuéntalo, daddy.
     -Lo voy a abreviar porque, de momento, Cortés lo resolvió sin despeinarse. En la historia de Indias hubo conflictos muy graves por la ambigüedad de los límites establecidos en las licencias de exploración. La tarta de México era inmensa, y los ambiciosos se movían en la Corte solicitando exclusivas. Uno de ellos era Francisco de Garay, que ya nos visitó en alguna tertulia pasada.  Dijimos que era de Sopuerta (Vizcaya), y tan veterano en América que llegó en el segundo viaje de Colón. Pero  mi queridísimo hijo putativo (que el Señor le bendiga) me cede los trastos por otra razón: Garay y yo éramos el no va más en Jamaica: el Gobernador y el Abad respectivamente, aunque  mis cansados pies nunca pisaron aquella tierra (rubor me da decir que me enviaban los diezmos). Como el ilustre Garay era inmensamente rico, se permitió el lujo, previo permiso real, de preparar  carísimas expediciones para conquistar y poblar en tierras costeras de México, aunque con linderos algo confusos. Y el tío se pasó: sus barcos tocaron en la zona que ya tenía controlada Cortés. Más adelante veremos que toda la increíble suerte que tuvo en su vida hasta entonces, se fue despeñadero abajo poco a poco, con cierto parecido al episodio de Narváez.
     -Te relevo, dottore. La primera calamidad de las empresas de Garay la cuenta Bernal (se enteró por una carta que recibió Cortés), añadiendo uno de sus sorprendentes chascarrillos: “Llegó uno de los navíos de Garay al puerto del peñón de nombre feo, que le llamaban “el tal de Bernal” (el ‘tal’ suponemos lo que es, pero no sabemos si se refería al de nuestro Bernal). Iba por capitán un fulano Camargo, y traía sobre 60 soldados, todos dolientes, muy amarillos y con las barrigas hinchadas, y dijo que al resto de la expedición los habían muerto los indios de Pánuco”. Como pasó con Narváez, todos los recién llegados fueron a incorporarse a las tropas de Cortés. Y llegó luego otro barco de Garay destinado a ayudar a la expedición anterior; carentes ya de objetivo, “se fueron todos adonde estábamos con Cortés, y fue este el mejor socorro y al mejor tiempo que le habíamos menester”. El gran líder lo engullía todo como un  gigantesco remolino. Mal asunto para Garay. Se repitió la historia con un tercer barco de Garay. De manera que, con estos, más el que anteriormente mandó el desorientado gobernador Velázquez, las tropas de Cortés se incrementaron en unos 120 soldados; así que, fortalecidos con tan benditos incidentes, se lanzó otro  ataque de castigo contra poblaciones donde habían matado a españoles (y que se vaya enterando Cuauhtémoc). “Envió Cortés por capitán para hacer aquella entrada a Gonzalo de Sandoval, que era muy esforzado y de buenos consejos, con 200 soldados y muchos tlaxcaltecas”. Eran como una apisonadora, “y vinieron los caciques de aquellos pueblos a demandar perdón y dar la obediencia a Su Majestad. Volvieron los soldados con buena presa de esclavos; y, en adelante, tenía Cortés tanta fama en todos los pueblos de Nueva España, por la justicia que hacía y lo esforzado que era, que a todos ponía temor, e muy mayor a Cuauhtémoc”. La frase que sigue pone de relieve cómo se iba extendiendo y asentando como una mancha de aceite su prestigio y su dominio, casi de cacique máximo, sobre las poblaciones mexicanas: “Y tanta era la autoridad y ser y mando que había cobrado Cortés, que traían ante él pleitos de indios desde lejanas tierras, en especial sobre cosas de cacicazgos y señoríos. Como entonces fallecían muchos caciques de viruela, venían los indios a Cortés, como señor absoluto de toda la tierra, para que por su mano e autoridad alzase por señor a quien le perteneciera. E así vinieron de muchos pueblos con sus pleitos, y Cortés a cada uno daba sus tierras y vasallos según sentía por Derecho que le pertenecían”.

     Foto.- Vaya cuarteto: La Española –es decir, Haití y República Dominicana-, Cuba, Puerto Rico y Jamaica. Mi querida Jamaica, sin recursos  mineros, pero tan rica en agricultura y ganadería, que en ella se abastecían los barcos que iban a explorar el continente. Allí gobernaba, en lo terrenal, Francisco de Garay, y, en lo espiritual, mi alma pecadora. Pero te aseguro, suspicaz pequeñuelo, que desde la distancia velé por el bien de las almas y los cuerpos de mis feligreses, a los que envié santos frailes y cosas muy útiles para su desarrollo económico.


miércoles, 13 de julio de 2016

(Día 325) TODO ES BUENO PARA EL CONVENTO: llega un barco del GOBERNADOR DE CUBA y se pasa al bando de CORTÉS. Luego, otro, y lo mismo. Surge la figura rutilante de CUAUHTÉMOC, que vigila las andanzas de los españoles, pero hay poblados que se revuelven contra los aztecas.

(77) –Como siempre, secre, a Cortés le interrumpieron los planes.
     -Desde luego, querido Sancho, no le dejaban aburrirse: “Cuando andábamos en Tepeaca castigando a los que mataron a compañeros nuestros, nos avisaron los de la Villa Rica que había llegado al puerto un navío con cartas del gobernador de Cuba para Pánfilo de Narváez, creyendo que se había hecho con  la Nueva España desbaratándonos, y le ordenaba que, si no había muerto a Cortés, se lo enviase preso para mandarlo a  Castilla, que así lo había dispuesto el obispo don Juan Rodríguez de Fonseca”.
     -Esto es una pesadilla, mio piccolino; menos mal que, para entonces, yo reposaba plácidamente en Quántix, y veía con regodeo la inquina feroz que Fonseca tuvo contra Cortés hasta el último día de su vida, ya muy próximo. Me reconocerás el mérito de que el obispo me quisiera siempre. Digamos, de paso, que el malabarista Hernán había bloqueado tan herméticamente las comunicaciones con Cuba, que el gobernador Velázquez se  movía a la deriva, como un barco sin timón. Los soldados que permanecían en la Villa Rica les hicieron creer a los marineros del barco de Velázquez que Cortés andaba huido y Narváez victorioso, por lo que bajaron alegres y confiados a tierra, siendo apresados de inmediato e incorporados a las tropas de Hernán; hasta con gusto, porque fueron bien tratados y engatusados con la perspectiva de riquezas y honores. “Ocho días después llegó una segunda nao con bastimentos para la primera, e ni más ni menos fue también apresada, y así nos íbamos fortaleciendo con soldados nuevos”. Bernal comenta luego un hecho que resultaría de gran relieve para el orgullo histórico mexicano: “Ya entonces habían alzado en México a otro señor, porque el que  nos echó de allá (Cuitláhuac) era fallecido de viruelas; y el señor que hicieron era un pariente muy cercano de Moctezuma, que se decía Cuauhtémoc (también a este lo conoció bien Bernal), mancebo de unos 25 años, buen gentilhombre para ser indio y muy esforzado. Y se hizo temer tanto que todos los suyos temblaban de él, y era casado con una hija de Moctezuma. E como supo que habíamos desbaratado los escuadrones mexicanos que estaban en Tepeaca, temió que  atraeríamos a nuestra amistad otras provincias; envió mensajeros por los pueblos dando joyas a los caciques, y con el recado de que peleasen muy reciamente para que no los hiciésemos esclavos”. El previsor Cuauhtémoc trató de mantener bajo su control los poblados que tributaban a México: no quería que Cortés, tan gallo como él,  se hiciera el amo del corral. Pero algunos indios pensaban de otra manera: “En especial envió un poderoso ejército a Guacachula (Huaquechula), y parece ser que los mexicanos hacían muchos robos y abusos en los pueblos donde se aposentaban, llegando a forzar a las mujeres delante de sus maridos y padres. Y como sabían que los pueblos tomados por los españoles estaban muy de paz y sosiego, vinieron cuatro principales secretamente diciéndole a Cortés que enviara a Guacachula a sus soldados para quitar aquellos agravios, y que ellos nos ayudarían a matar a los mexicanos”. Bajo el mando de Cristóbal de Olid, partieron hacia el poblado unos 300 soldados y un numeroso grupo de tlaxcaltecas. Pero surgió una extraña situación que confirma la ‘flojera’ de los de Narváez. Iban asustados con la idea de que Cuauhtémoc les esperaba, y, cosa extraña, le convencieron al  valiente Olid de que se volvieran atrás. Al saberlo Cortés, le mandó una carta con una bronca monumental. “Y cuando la leyó, hacía bramuras de enojo, y fue hecho un bravo león hacia Guacachula, enfrentándose a los mexicanos y poniéndolos en huida en cuestión de una hora. Y los tlaxcaltecas lo hicieron muy bravamente, que mataban y prendían muchos dellos (nos imaginamos para qué). Luego vinieron los caciques de aquel pueblo y de otros comarcanos a demandar paz y se dieron por vasallos de nuestro rey y señor. Y el Cristóbal de Olid se reía y decía que ‘más cuidado tenían algunos de sus minas y de Cuba que de batallar”.

     (Foto: Se ve en el mapa que Huaquechula estaba cerca de México. Las correrías de Cortés por esa zona le estaban indicando a Cuauhtémoc que seguía peleón, y que era capaz de intentar una nueva conquista de la imperial Tenochtitlán).




martes, 12 de julio de 2016

(Día 324) LOS SOLDADOS DEL DERROTADO NARVÁEZ no van a gusto a las campañas de CORTÉS. Otra vez se revuelve BERNAL contra la parcialidad del cronista GÓMARA. LUCHAN contra tres poblados que habían matado españoles, LOS DERROTAN Y HACEN ESCLAVOS DE GUERRA.

(76) –No tenía Bernal, querido socio, ninguna simpatía por la mayoría de los soldados de la derrotada tropa de Narváez.
     -Lo deja claro siempre que puede, reverendo abad mitrado. Estaban hartos de campañas guerreras, y solo querían volver a sus casitas de Cuba. Y Cortés, para que siguieran luchando “les habló muy mansa y amorosamente para que fuesen con nosotros al castigo de los indios, pero  de ninguna manera quisieron hacerlo. Y nosotros, los de Cortés, le dijimos que no diese licencia a ninguno de los de Narváez para volver a Cuba, sino que procurásemos todos servir a Dios y al rey,  sin dejar desamparado al capitán en las guerras; y cuando oyeron esto y otras muchas razones, obedecieron para ir con nosotros, aunque no dejaron de murmurar de Cortés  y de su conquista”. Y se sulfura otra vez contra Gómara.
     -Lo que va a  decir ahora, pequeñuelo, es un ataque frontal al cronista por darle todo el mérito a Cortés, como si los soldados fueran de escayola, y lo hace sin menoscabar la grandeza de su jefe, al que supo criticarle, pero también reconocerle su inmensa talla de líder. No se muerde la lengua: “Sepan que hemos tenido por cierto los conquistadores verdaderos que le debieron de dar oro al Gómara e otras dádivas para aniquilarnos en lo que dice este cronista (de hecho, fue el hijo de Cortés, Martín, quien le encargó escribir el libro). Ya he dicho, y lo torno a decir que a Cortés se le debe máxima honra como esforzado capitán, mas tenía esforzados  soldados y capitanes, como Olid, Sandoval, Alvarado, Morla, Marín, Lugo, Domínguez y otros muy buenos, y valientes soldados sin caballos. ¿Por qué no declaró los heroicos hechos que nuestros capitanes y los valerosos soldados hicimos en aquellas batallas, como aquel Cristóbal de Olea que tantas veces le salvó la vida a Cortés, e luego la perdería en México por volverlo a hacer? Y no lo digo por dejar de ensalzar a nuestro capitán Hernando Cortés, al que se le debe dar todo honor y prez y honra por todas las batallas que tuvimos hasta que ganamos esta Nueva España, como los romanos daban triunfos a Pompeyo y a Julio César y a los Escipiones; pues más digno de honor es Cortés que los romanos”.
     -La verdad es, querido Tesorero de la Casa de la Contratación de Sevilla, que esto puede parecer exagerado, pero Cortés, y alguno más de los que tú conociste, se merecen una estatua al ladito de esas luminarias que cita emocionado Beltrán. Sigue con la copla.
     -Después de medio convencer a los ‘flojos’ de Narváez, se dispuso Cortés, sacando pecho, a preparar las batallas de escarmiento, “para ir a castigar a los pueblos que habían muerto españoles, Tepeaca, Quecholac y Tecamachalco; y los caciques de Tlaxcala, que tenían más ganas que nosotros de los dar guerra, porque les habían venido a robar, nos ayudaron con hasta 4.000 indios. Partimos sin artillería porque toda quedó en los puentes de México, siendo nosotros 420 soldados”. El primer objetivo era Tepeaca. Siempre tan protocolarios, les mandaron al llegar un mensaje con algunos nativos diciéndoles que se rindieran “y que se les perdonarán los españoles que habían muerto, pues ya no los podían dar vivos”. La respuesta fue desafiante, y al día siguiente Cortés inició el ataque contra los de Tepeaca y los soldados mexicanos que tenían en su poblado. Fue en campo abierto y la derrota de los indios absoluta, por la ventaja que tenían los de caballería. Dice Bernal algo inquietante, aunque no lo cuenta todo: “¡Había que ver a nuestros amigos de Tlaxcala, tan animosos, cómo peleaban con ellos!”. Según otros cronistas, se les dejó dar vía libre a su tradicional salvajismo, apresando un gran número de enemigos que acabaron víctimas de los sacrificios y del canibalismo ritual. Los españoles, de acuerdo con el trato establecido para los rebeldes, esclavizaron a muchos. La historia se repitió en Tecamachalco y en Quecholac; “en este poblado fue donde habían matado a 15 españoles, e hicimos muchos esclavos; y allí se hizo el hierro con que se había de herrar a los esclavos, que era una G que quiere decir guerra”. 

     Foto: El cuadro representa la, finalmente, amistosa y permanente relación de los caciques de Tlaxcala con los españoles. Xicotenca el Viejo, va palpando con curiosidad a Cortés porque su ceguera no le permite verlo. En medio está la excepcional doña Marina, que, entre otros dramas, vivió y sobrevivió la terrible catástrofe de la huida de México. El que está a la derecha es inconfundible, el rubio Pedro de Alvarado, a quien los indios llamaban Tonatio (el sol). Falta el díscolo Xicotenca el Mozo, permanente pesadilla de su padre, de los caciques ancianos y de los españoles, hasta que, como de costumbre, Cortés terminaría con el problema de manera expeditiva.




lunes, 11 de julio de 2016

(Día 323) LOS ESPAÑOLES TEMEN perder la amistad de los TLAXCALTECAS, pero ocurre todo lo contrario: incluso reducen al levantisco XICOTENCATL EL JOVEN. El único pensamiento de CORTÉS es volver a apoderarse de TENOCHTITLÁN con otra estrategia, y mantiene a sus hombres activos en pequeñas escaramuzas.

(75) –Libres ya del acoso, santo varón, quedaba una  incógnita.
     -Y muy inquietante, reverendo padre, porque los amores son volubles, y los españoles habían perdido el encanto de ser los dueños de México: “Aunque todavía nos seguían escuadrones de mexicanos, ya no osaban acercarse. Desde el poblado en el que dormimos se veían las colinas de Tlaxcala, y nos alegramos, como si fuera nuestra casa. Pero, ¿estábamos seguros de que nos iban a ser leales? Y Cortés nos dijo que tenía esperanza en Dios que los hallaríamos buenos y muy leales, y que si otra cosa fuere, que habíamos de estar con corazones fuertes y brazos vigorosos, y que para eso estuviésemos muy bien preparados. Pues cuando supieron en Tlaxcala que llegábamos, luego vinieron a recibirnos Maseescazi, Xicotenca el Viejo, Chichimeca, Guaxasol, Tepenaca e otros muchos caciques, y después de abrazarnos, le dijeron a Cortés: ‘¡Oh, Malinche!, y cómo nos pesa vuestro mal y el de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto, que ya os dijimos muchas veces que no os fiaseis de la gente mexicana. Pero si antes os teníamos por muy esforzados, agora os tenemos en mucho más’. ¡Y qué fiesta mostraron desde que vieron salvadas a doña Luisa y doña Marina, y qué llorar por los indios que quedaron muertos!, en especial Maeescazi por su hija doña Elvira y por la muerte de Juan Velázquez de León, a quien se la había dado. Luego fuimos a aposentarnos, y aún se murieron cuatro soldados de las heridas recibidas”. Pero Cortés no pensaba en jubilarse precisamente.
     -Todo lo contrario, socio. Le bullían las ideas de revancha en la cabeza, con un objetivo claro: volver a México, triunfar de nuevo y retenerlo ya para siempre. Hay que ser muy grande para retar otra vez al monstruoso gigante que casi te come crudo, y más todavía para domesticarlo. Cortés tenía clara la única táctica viable, y la iba  preparando metódicamente, pero sin descanso. Escribió a los de la Vila Rica diciéndoles “que si tuviesen algunos soldados sanos, que se los enviasen,  que guardasen muy bien preso al Narváez y que no dejaran que ningún navío se fuese a Cuba (para evitar fugas y que el gobernador volviera a incordiar)”. Pero tuvo que aplazar sus planes para resolver de inmediato uno más de los innumerables problemas de su ajetreada biografía. En Tláxcala el buen recibimiento había sido general y apoteósico. Pero hubo alguien que contemplaba el panorama con ojos torvos. El cacique Xicotenca el Mozo, que tanta guerra dio a los españoles cuando pasaron por Tlaxcala camino de Cholula y Tenochtitlán, había quedado entonces doblegado y en paz, “pero como supo que salimos huyendo de México, andaba convocando a sus parientes y amigos para matarnos y hacer luego amistades con el señor de los aztecas, lo cual alcanzó a saber el viejo Xicotenca, su padre,  se lo riñó y le dijo que si se enteraban los otros principales, le matarían”. No sirvió de nada.  Siguió conspirando hasta que los caciques le apresaron, “y si no fuera por su padre, le habrían matado; y como estábamos allí refugiados, no era tiempo de le castigar, y Cortés no osó hablar más dello. He recordado esto para que se vea cuán leales y buenos fueron los de Tlaxcala, y cuánto les debemos”. Zanjado el asunto, Cortés dio el segundo paso estratégico: mostrar su fuerza y su clara intención de pacificar y someter definitivamente México entero, y lo haría castigando principalmente a aquellos pueblos en los que los indios habían matado a algunos españoles; de paso, mantendría a sus hombres en acción. Pero si esto era sacar fuerzas de flaqueza, todavía fue más difícil por la actitud de los soldados que estuvieron bajo el mando de Narváez, “porque, no estando tan acostumbrados a las guerras como nosotros y habiendo pasado por la derrota de México y la batalla de Otumba, no veían la hora de volver a Cuba, donde tenían sus indios y sus minas de oro, y renegaban de Cortés y de sus conquistas”.

     (Foto: Mientras los españoles pasaban las de Caín en  México, varios compañeros que salieron en su ayuda desde la costa de la Villa Rica de Veracruz fueron masacrados por los indios al pasar por Quecholac y Tecamachalco; Cortés alimentó el espíritu de venganza para hacer ver a todo México, y a sus propios hombres, que la guerra iba a seguir sin desmayos ni contemplaciones).


domingo, 10 de julio de 2016

(Día 322) VAN HUYENDO CON EL ACOSO CONSTANTE DE LOS AZTECAS. Llevan una angustia añadida: ¿LES RECIBIRÁN BIEN LOS INDIOS AMIGOS DE TLAXCALA? El continuo luchar durante la huida tuvo su punto álgido en la ÉPICA BATALLA DE OTUMBA, saliendo vencedores los españoles y frenando así la persecución.

(74) –No es extraño, coleguita, que temblara Bernal recordando.
     -Y hasta pide disculpas, querido maestro, por ser repetitivo: “Por fuerza tengo que volver  a hablar de los escuadrones que nos seguían y mataban a muchos de nosotros. Era lástima vernos curar nuestras heridas. Pero llorábamos más por los caballeros y esforzados soldados que faltaban, y escribir los nombres de todos ellos sería no acabar de presto. Ni siquiera al Botello le aprovechó su astrología, que también se quedó allá con su caballo. Y asimismo quedaron muertos en los puentes los hijos de Moctezuma y los prisioneros que traíamos, el Cacamatzín, señor de Texcoco, y otros reyes de provincias”. Pero tenían una preocupación añadida.
     -No había más opción, secre, que la de continuar la huida, acosados sin tregua, hacia Tlaxcala: “Pero lo peor de todo era que no sabíamos la voluntad que habíamos de hallar en  nuestros amigos tlaxcaltecas (¿les seguirían siendo fieles en la derrota?)”. En el revoltijo de los recuerdos, a Bernal se le cruza uno tierno: “Olvidado me he de escribir el contento que recibimos de ver viva a nuestra doña Marina y a doña Luisa, la hija de Xicotenca, que las salvaron en los puentes unos tlaxcaltecas”. Pudieron descansar de noche, después de comerse un caballo que había  muerto, pero de día tenían que continuar su escapada repeliendo a aquella muchedumbre feroz, que surgía de todas partes: “¡Oh qué cosa era de ver estas terribles batallas, cómo andábamos tan revueltos con ellos, y qué cuchilladas les dábamos, y con qué furia los perros (de guerra) peleaban, y qué herir y matar hacían en nosotros con sus lanzas y macanas!”. Y fíjate, poético carrozón, cómo animaban los capitanes.
      Dieron ejemplo de coraje, ilustre abad: “Pues quiero decir cómo Cortés, Cristóbal de Olid, Gonzalo de Sandoval, Gonzalo Domínguez y un Juan de Salamanca andaban de una parte a otra rompiendo los escuadrones, aunque estaban bien heridos. Y Cortés nos decía que la estocada que diésemos fuese en señores señalados, los que traían grandes penachos. Y nos animaba el valiente y animoso Sandoval diciendo: ‘¡Ea, señores, que hoy es el día que hemos de vencer; tened esperanza en Dios de que saldremos vivos para  algún buen fin!’. Y quiso Dios que Cortés viera al gran capitán de los mexicanos con sus principales, que todos traían grandes penachos”. Como puestos en bandeja, reve.
     -Era la estrategia preferida de Cortés: descabezar al enemigo. Estaban inmersos durante la huida en una de las batallas más épicas de la historia de Indias, la de Otumba, y Hernán no iba a desaprovechar el descuido del mando mexicano. Así que, como un relámpago, les gritó a sus capitanes: “¡Ea, señores, rompamos por ellos y que no quede ninguno sin heridas!’. Y arremetimos todos con tal fuerza que matamos al gran capitán que traía la bandera mexicana y a muchos otros guerreros, con lo que aflojó su batallar. Y nuestros amigos de Tlaxcala estaban hechos unos leones, luchando muy esforzadamente. Dimos entonces muchas gracias a Dios por haber escapado de tan gran multitud de gente, porque no se había visto en las Indias ninguna lucha con tan gran número de guerreros juntos, ocurriendo esta batalla de Otumba a 14 días del mes de julio de 1520 (siempre que Bernal da una fecha, se trata de algún momento grandioso)”. Fue una auténtica victoria, porque los mexicanos se amedrentaron y ya no se sintieron capaces de exterminarlos. Pero el balance de bajas españolas y tlaxcaltecas resultó escalofriante. Oigamos a Bernal: “Cuando fuimos a México para socorrer a Alvarado, éramos unos 1.300 soldados, e más de 2.000 tlaxcaltecas. En cinco días, desde que salimos huidos, fueron muertos e sacrificados sobre  870 soldados, y 1.200 tlaxcaltecas. Y si bien miramos, tuvimos mal gozo del oro, y si de los de Narváez murieron muchos más en los puentes que los de Cortés fue por ir muy cargados de oro, porque con el peso de ello no podían salir bien ni nadar”. La expulsión de México fue una de las batallas más trágicas de todas las Indias y una derrota fulminante.

     (Foto: La pintura es del siglo XVI. En Otumba, los españoles atacaron en tromba para acabar con el gran capitán mexicano; Cortés lo derribó con un golpe de su caballo; lo remató Juan de Salamanca, que es quien le entrega a Hernán el estandarte que llevaba el jefe, al que vemos sin vida en primer plano. Los aztecas tenían dos puntos vulnerables: 1.- Procuraban, más que matar, apresar a los enemigos para sacrificarlos; 2.- Si  moría el líder principal, se derrumbaba su moral guerrera).


sábado, 9 de julio de 2016

(Día 321) -¡Qué terrible situación! Iban a morir sin remedio todos los españoles (y los tlaxcaltecas). Deciden intentar la huida de noche. La codicia hace que algunos soldados se carguen con demasiado oro. CORTÉS se preocupa especialmente de su propia salvación.

(73) -¡Qué terrible situación, secre! Iban a morir todos sin remedio.
     -Pero erais muy dados a creer en milagros, reverendo abad; además un soldado de verdad tenía que morir matando y sin desaprovechar una mínima oportunidad de huida. “En fin, veíamos nuestras muertes a los ojos y los puentes alzados, por lo que fue acordado que de noche nos fuésemos”. Hasta les animaba la palabrería de un tal Botello, “que decían que era nigromántico o astrólogo, y aseguraba que, si no salíamos aquella noche de México, moriríamos todos. Con maderos hicimos un pontón para llevarlo a cargo de 400 tlaxcaltecas y 150 soldados, que serviría de paso donde habían roto los puentes”. Se distribuyó la tropa: cuatro capitanes con sus soldados en la vanguardia, en medio cien soldados jóvenes con Cortés, para acudir como refuerzo de emergencia, y, en la retaguardia, dos capitanes con los soldados de Narváez reteniendo a los prisioneros”. Pones cara de asombro.
     -Fíjate qué detalle, tierno trovador: “Y para doña Marina y doña Luisa se señalaron 300 tlaxcaltecas y 30 soldados”; les dieron el trato de verdaderas esposas de Cortés y Alvarado. Ocurrió también que se puso de manifiesto la insensatez de la codicia; con todo ya organizado, juntaron la gran cantidad de oro que había, y cargaron cuanto pudieron en caballos y porteadores tlaxcaltecas, “pero quedaba mucho en la sala hecho montones. Entonces Cortés les dijo a los soldados que, como había de quedar perdido entre aquellos perros, podían sacar lo que quisieran; y muchos de los de Narváez y algunos de los nuestros cargaron dello. Yo no tuve codicia sino de salvar la vida, mas no dejé de apañar algunas joyas que me fueron luego buenas para curarme las heridas y comer del valor delllas”. Pero yo diría que Cortés aseguró en primer lugar su propia salvación.
     -Así lo veo yo también, ilustre abad. Fue un capitán que escapó el primero del barco que se hundía sin remedio, y Bernal no se priva de dejar claro el detalle: iniciaron la escapada antes de medianoche, “yendo en cabeza los del fardaje, y los caballos y los indios cargados con el oro, y de presto se puso el pontón, y pasó Cortés primero con los demás que consigo traía, y muchos de a caballo. Y estando en esto sonaron las voces y cornetas de los mexicanos, y vinieron muchos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y nos atacaron tantos que, aunque peleábamos muy bien, no se pudo aprovechar el pontón, de manera que aquel paso de agua se llenó de caballos muertos, y de indios, indias y fardaje. Y a estocadas que les dábamos, pasamos”. Aunque Bernal se queja del ‘sálvese quien pueda’, sin embargo reconoce que, de no hacerlo así, habrían muerto todos. Si algo se le puede censurar a Cortés es el haberse aprovechado de la opción más segura para salvarse él y sacar el oro: salir en cabeza y por sorpresa. “Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primeros, por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus vidas, aguijaron por la calzada adelante. También salieron a salvo los caballos con el oro, y digo que si aguardáramos los unos a los otros en los puentes, todos feneciéramos. Luego los capitanes que estaban a salvo le decían a voces a Cortés: ‘Señor capitán, aguardemos, que los estamos dejando morir en los puentes’. Y la respuesta de Cortés fue que los que habíamos salido era por milagro”. Sin embargo hicieron un intento de acudir en su ayuda, “pero llegó Alvarado bien herido a pie, con la lanza en la mano, porque le habían muerto la yegua alazana, y traía consigo 4 soldados heridos y 8 tlaxcaltecas, todos cubiertos de sangre, y como Cortés vio que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos. Y dijo Alvarado que el capitán Juan Velázquez de León quedó muerto con otros muchos caballeros, y que todos los puentes y calzadas estaban llenos de guerreros mexicanos”. Así que desistieron de volver, porque era una muerte segura. 

     (Foto: Vaya panorama: la muchedumbre de soldados mexicanos les perseguía por detrás, les atacaba también de frente sobre una calzada  sin puentes, en la que resbalaban los caballos, y les acosaba por los lados en canoas. La expresión de Bernal quedó para la Historia: fue verdaderamente la “Noche Triste” de Cortés y los suyos).


viernes, 8 de julio de 2016

(Día 320) ¡Otra gran tragedia para el debate histórico!: LA MUERTE DE MOCTEZUMA. Un nuevo plan de CORTÉS para conseguir la paz aumenta la furia de los ataques aztecas. LOS ESPAÑOLES, desesperados, intentan derrotarlos. TODO ES INÚTIL.

(72) -Y hubo, querido socio, otra tragedia para  el debate histórico.
     -Tendremos que emplear la lógica, sabio doctor, acerca de lo que realmente ocurrió. Moctezuma no quería intervenir para aplacar a los mexicanos. Da la sensación de ser un hombre harto de los dos bandos, el de Cortés y el suyo: “E fueron el padre de la Merced y Cristóbal de Olid, y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas. E dijo el Moctezuma. ‘Yo tengo creído que no podré parar la guerra, porque ya tienen alzado a otro señor. Han decidido no dejaros salir de aquí con vida’. Y Moctezuma se puso en un pretil de una azotea con muchos de nuestros soldados guardándole, y les comenzó a hablar a los mexicanos con palabras muy amorosas, diciéndoles que dejasen la guerra porque nos iríamos de México. Y muchos principales bien le conocieron y mandaron a sus gentes que no tirasen piedras ni flechas, y se acercaron cuatro de ellos y le dijeron llorando a Moctezuma. ‘¡Oh, gran señor, cómo nos pesa de vuestro mal y daño!’. E le hicieron saber que ya habían levantado por señor a su hermano Cuitláhuac, señor de Iztapalapa, y no era Cuauhtémoc, pues fue señor después. Y dijeron también que la guerra no la habían de acabar hasta que todos nosotros muriésemos. Y de seguido tiraron tanta piedra y vara que los soldados que le protegían con las rodelas, como mientras Moctezuma hablaba con ellos no daban guerra, se descuidaron un momento y le dieron tres pedradas, una en la cabeza, otra en un brazo y otra en la pierna. Y aunque le rogaban que se curase y comiese, diciéndoselo con buenas palabras, no quiso; y en poco tiempo se supo que había muerto. Y Cortés lloró por él, y todos los capitanes y soldados, e hombres hubo entre nosotros, de los que le conocíamos y le tratábamos, que le lloraron tanto como si fuera nuestro padre; y no nos hemos de maravillar, viendo qué tan bueno era. Y decían que fue el mejor rey que en México había habido, e que por su persona había vencido tres desafíos que tuvo sobre las tierras que sojuzgó”.
     -Habría que hacer sonar, hijo mío, las dramáticas trompetas del Réquiem de Mozart para este desgraciado personaje digno de las tragedias griegas: con él se apagó para siempre el sol del mundo azteca. Y como te recordé al principio, surgió un debate histórico que nunca se ha cerrado. En México ha echado fuertes raíces la versión de que Cortés asesinó a Moctezuma. Todo es posible, pero, sin ser un santo, tampoco era un tonto, sino siempre un frío e inteligente calculador, y tuvo que ser consciente de que, especialmente en aquella desesperada situación, Moctezuma les valía más vivo que muerto.
     Era tanta la religiosidad de aquella época, que los soldados llegaron a criticarle al fraile que no consiguiera convertir a Moctezuma antes de morir: “Nos dio tanta tristeza su muerte que se lo tuvimos a mal al padre de la Merced que no le hubiese atraído a que se volviese cristiano, y él dijo por descargo que no había creído que de aquellas heridas muriese”. Luego Cortés tuvo una idea absurda: les envió el cuerpo de Moctezuma a los mexicanos con unos principales que tenía presos, para que les contaran lo que pasó, y con la petición de que “alzasen por rey a un primo de Moctezuma que estaba con nosotros, pues le pertenecía heredar, porque, al que habían alzado por señor, no le venía por Derecho, y de que se hiciesen paces para salirnos de México; con el aviso de que si no lo hacían, saldríamos a darles guerra e quemarles todas las casas”. La reacción de Cuitláhuac fue explosiva e inmediata: “Nos dieron batalla con muy grandes gritas y silbos y rociadas de piedra y vara y flecha, y procurando poner fuego a nuestros aposentos”. Y, de nuevo, Cortés se equivocó creyendo que, echándose un farol heroico, se iban a arrugar: “Se acordó que, al otro día, saliésemos todos del real a luchar bravamente para ver si, por ventura, les hiciésemos que cesaran la guerra, y se pudiera tratar alguna paz para salir libres. Y aunque lo hicimos muy varonilmente, y matamos a muchos contrarios, todo fue nonada para el daño, así de muertes como de heridas, que nos dieron”. Preciosa situación: ¿qué se puede hacer, compañeiro?

     (Foto: El grabado muestra la versión española de la muerte de Moctezuma. Esa pedrada fue el preludio de la épica derrota de Cortés y los suyos).

jueves, 7 de julio de 2016

(Día 319) COMIENZA LA CATÁSTROFE: en la primera embestida de la muchedumbre azteca, MUEREN 30 ESPAÑOLES. Heroica salida de castigo buscando desmoralizar a los indios (de la que BERNAL se siente orgulloso); MUEREN 16 ESPAÑOLES. Saben que solo la paz les puede salvar y QUIEREN QUE MOCTEZUMA CONVENZA A SU PUEBLO.

(71) –El mismo día, secre, el mismo tenebroso día de su llegada.
     -Evidentemente, reverendísimo padre, los mexicanos les dejaron vía libre: querían que entraran en Tenochtitlán para masacrarlos al instante. Vino medio histérico y espeluznado de pavor un soldado diciendo que “estaba toda la ciudad llena de gente de guerra y por el camino le habían dado dos heridas, e que se les soltó cuando ya le tenían asido para llevarle a sacrificar; y nos pesó mucho oírle, porque bien entendido teníamos que, por bien que peleáramos, habíamos de pasar gran peligro de nuestras vidas, y hambre e trabajos. Mandó presto Cortés que mirase Diego de Ordaz con 400 soldados qué era aquello que decía el soldado, y aún no hubo llegado a media calle que le atacaron muchos escuadrones de guerreros, y otros desde las azoteas, y le dieron tales combates que le mataron 18 soldados, e hirieron a la mayoría, de manera que tuvo que volverse. Y de seguido vinieron muchos más contra nuestros aposentos, y nos mataron otros doce". ¿Cómo los ves, daddy?
     -Horrible cosa pelear sin esperanza alguna, compañeiro, dando por hecho que se les terminaba la vida. No obstante el instinto de supervivencia es ciego, y Cortés, olvidándose de su reciente negativismo, “desque amaneció acordó que saliésemos a pelear, y lo hicimos muy bien, pero ellos tenían tantos escuadrones que se remudaban de rato en rato, y si matábamos 30 o 40 de cada arremetida, más enteros y con más vigor peleaban. E no sé yo por qué lo escribo así tan tibiamente, porque algunos soldados que habían estado en las batallas de Italia, juraron que guerras tan bravosas jamás habían visto”. El día siguiente los españoles a salir contra los aztecas, esta vez cubiertos algunos por unas casetas de madera que habían hecho durante la noche, y, en medio de la refriega, tomaron una decisión que se diría solamente destinada a demostrarles a los indios su coraje y a bajarles la moral: “Determinamos ir hasta el gran cu de Huichilobos. Y con gran concierto subimos hasta arriba. Aquí se mostró Cortés muy varón, como siempre lo fue (Bernal es amigo de la verdad: critica y alaba honradamente). ¡Oh qué pelear aquí tuvimos! Y nos ayudaron muy bien los tlaxcaltecas. Pusimos fuego a sus ídolos, y con mucho riesgo de nuestras personas nos volvimos a nuestros aposentos, con todos heridos y 16 muertos, y los indios siempre apretándonos por las espaldas de manera que, aunque más claro lo diga, no lo puedo escenificar”. Bernal se esfuerza en hacernos comprender lo heroica que fue la hazaña de llegar a la cima del templo: “Muchas veces he visto pintada en lienzos mexicanos y tlaxcaltecas esta batalla y subida que hicimos en este gran cu, y tiénenlo por cosa muy heroica, y aunque nos pintan a nosotros muy heridos corriendo sangre e muchos muertos, en mucho lo tienen y como cosa imposible que pudiésemos subirlo. También quiero decir las maldiciones que los de Narváez echaban a Cortés, porque bien pacíficos estaban en sus casas en la isla de Cuba”. Habían hecho una ‘machada’ subiendo al templo, y presumirían de ello toda la vida, pero hasta el más ciego se daba cuenta claramente de que era necesario abandonar, lo antes posible, aquel matadero que llevaba cobradas las vidas de 46 soldados: “Y acordamos pedirles las paces para salir de México. Pero al amanecer muchos escuadrones de indios nos cercaron por todas partes. E viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Moctezuma les hablase desde una azotea, y les dijese que cesasen las guerras porque nos queríamos ir de su ciudad. Y dicen que respondió con  gran dolor que ya no deseaba vivir ni oír a Malinche, pues por su causa estaba tan desventurado, y que sus palabras eran falsas y sus promesas mentiras. Y no quiso venir”. Ciertamente, no era menos desesperada la situación de Moctezuma que la de los aterrorizados españoles.

     (Foto: Otro de los dibujos del famosísimo Lienzo de Tlaxcala, que fue pintado a mediados del siglo XVI. No fantasea Bernal cuando dice que la toma del Templo Mayor quedó como algo casi mítico y repetidas veces pintado. Sin duda fue heroico, pero lo que uno no sabe es por qué lo llevaron a cabo; quizá con la absurda idea de desmoralizar a México entero quemando sus ídolos y demostrando de lo que eran capaces. Lo cierto es que murieron 16 españoles, así como muchos de sus amigos tlaxcaltecas, y los aztecas se pusieron aún más furiosos).


miércoles, 6 de julio de 2016

(Día 318) LLEGA CORTÉS A MÉXICO y los AZTECAS les dejan pasar con idea de matarlos dentro. SANDOVAL trata de justificar el ataque que sublevó a los indios, y CORTÉS se lo reprocha airadamente; se sentía, además, deprimido e irritado porque esperaba un buen recibimiento de los nativos, hasta el punto de insultar a MOCTEZUMA. Va a estallar LA MADRE DE TODAS LAS TORMENTAS.

(70) –Esta vez, mon grand ecrivain, Cortés pecó de optimista.
     -Es cierto, delicieux ectoplasme. Viéndose reforzado con los soldados de Narváez, más 2.000 guerreros tlaxcaltecas (me pregunto cómo habrán juzgado los historiadores mexicanos a este pueblo), “le pareció a Cortés que llevaba gente suficiente para poder entrar muy a nuestro salvo en México”. Y de hecho, así fue: vía libre para que se metieran en la trituradora. “Llegamos a México el día del Señor San Juan, 24 de junio de 1520, y no se veía gente por las calles; al llegar a nuestros aposentos, salió el gran Moctezuma a abrazar a Cortés y darle la bienvenida por la victoria sobre Narváez. Y como Cortés venía victorioso, no le quiso oír, por lo que Moctezuma entró en su aposento muy triste y pensativo. Cortés procuró saber qué fue la causa de se levantar México”. Alvarado dio la versión de que los mexicanos estaban decididos a atacarlos y liberar a Moctezuma, porque creían que así se lo mandaban sus dioses y era la mejor oportunidad, con Cortés lejos y en guerra con Narváez. Parece, reve, que la respuesta no le bastó.
     -No era un inquisidor cómodo. Fue directo al grano: “Y le tornó a decir Cortés que a qué causa les fue a dar guerra estando bailando y haciendo sus fiestas. Y contestó que sabía muy ciertamente, por un papa, dos principales y otros mexicanos, que luego iban a venir a dar guerra. E Cortés (no soltaba la presa) le dijo: ‘Pues hanme dicho que os demandaron permiso para hacer los bailes’. Replicó Alvarado que así era en verdad, pero para tomarlos descuidados, e, para que temiesen y no viniesen a darle guerra, se adelantó a dar en ellos. Y cuando aquello Cortés le oyó, le dijo muy enojado que era muy mal hecho e gran desatino”.
     Era como cuando de repente se callan los pájaros y se ocultan los animales de la selva: el preludio de un huracán. A Cortés le afectó la silenciosa tensión del ambiente y (cosa increíble en él) se deprimió: “Por el camino les había dicho a los capitanes de Narváez, alabándose de sí mismo, que en México mandaba absolutamente en Moctezuma, e que les saldrían a recibir y hacer fiestas, y a darles oro, pero no siendo así, sino que todo estaba muy al contrario de sus pensamientos, con las calles vacías y sin mercado, y ni siquiera de comer nos daban, estaba muy airado y soberbio por la mucha gente que traía, y muy triste y mohíno”. De manera que perdió sus diplomáticas zalamerías. Moctezuma le mandó recado de que le quería ver, y Cortés exclamó: “¡Vaya un perro, que ni de comer nos manda!’. Y entonces nuestros capitanes le dijeron: ‘Señor, temple su ira, y mire cuánto bien nos ha hecho, que si no fuese por él ya fuéramos muertos’. Y Cortés se indignó más con estas palabras, e dijo: ‘¿Qué cumplimiento he de tener yo con un perro que entendía secretamente con Narváez?’. Y como Cortés tenía allí tantos españoles, ya nada le importaba, e por eso hablaba tan airado y tan descomedido”. Marcharon los emisarios de Moctezuma, y poco después ESTALLÓ LA MADRE DE TODAS LAS TORMENTAS.

     (Foto: Todo vacío, todo silencioso en Tenochtitlán; pero la gran capital de México era un volcán a punto de reventar y abrasar con su lava a aquellos insensatos aventureros).


martes, 5 de julio de 2016

(Día 317) LA VIRUELA en Indias. No pueden saborear la derrota de NARVÁEZ porque ALVARADO pide urgentísima ayuda: les está atacando TODO EL EJÉRCITO MEXICANO. Debate histórico: ¿QUIÉN ENCENDIÓ LA MECHA? Juntando soldados de NARVÁEZ (poco apreciados por BERNAL), consigue CORTÉS un ejército de 1.300 hombres y corre en ayuda de ALVARADO.

(69) –Cuenta Bernal algo sorprendente, secre. ¿Tendrá razón?
     -Se non é vero, caro Sancio, é ben trovato: “Traía Narváez a un negro lleno de viruelas, que harto negro fue para la Nueva España, porque fue causa de que se pegase y se llenase toda la tierra de ellas, habiendo gran mortandad de indios, que nunca habían tenido tal enfermedad”. Y de acuerdo con la fe de su época, reflexiona: “Por manera que negra fue la aventura del Narváez, y más negra la muerte de tanta gente sin ser cristianos”. Y fue entonces cuando…
     -Mesémonos los cabellos, pequeñín, porque recibieron noticias de otra desgracia escalofriante, como si los dioses, igual que en Troya, disfrutaran olímpicamente (nunca mejor dicho) martirizando a aquel grupito de héroes con el espantajo de la muerte a cada instante. Llegó la temida hecatombe, y les arruinó el gozo de la victoria: “Como la adversa Fortuna vuelve presto su rueda, que a grandes bonanzas y placeres da tristeza, vinieron entonces noticias de que México estaba alzado y Pedro de Alvarado cercado en  su aposento, y le ponían fuego por dos partes, teniendo siete soldados muertos y otros muchos heridos, y nos pedía socorro con mucha instancia y priesa. Y desque aquella tan mala nueva oímos, sabe Dios cuánto nos pesó, y a grandes jornadas comenzamos a marchar para México, mandando preso al Narváez a la Villa Rica. Y Moctezuma le mandó a Cortés cuatro grandes principales quejándose de Pedro de Alvarado”. Tropezamos ahora, avisado investigador, con otro debate histórico sobre quién encendió la mecha. Vamos a poner de relieve un solo dato que parece olvidarse: Cortés no tuvo más remedio que dejarle a Alvarado una mínima tropa en México, y salir escopetado a detener el huracán de Narváez, precisamente cuando todo anunciaba que los principales caciques mexicanos iban a atacar en tromba a los españoles fortificados en Tenochtitlán. Los indigenistas le echan la culpa de todo a Alvarado. Y esa fue la versión de los enviados de Moctezuma: “Llorando muchas lágrimas de sus ojos, dijeron que Pedro de Alvarado salió de su aposento con todos los soldados que le dejó Cortés, y sin causa ninguna dio en los principales y caciques que estaban bailando y haciendo fiesta a sus ídolos con licencia que él les había dado, e que mató e hirió a muchos dellos, y por se defender le mataron seis de sus soldados. Cortés les respondió algo desabrido, diciéndoles que iría a México y pondría remedio en todo.  Y dicen que, cuando supo estas palabras, a  Moctezuma le parecieron muy malas y hubo enojo de ellas”. Entonces Cortés  tuvo que preparar con suma habilidad la organización de sus fuerzas; suprimió las expediciones previstas, para disponer de todos sus hombres (quedaban vivos unos 250), pero necesitaba contar también con los del derrotado Narváez. Su tirón como líder era ya arrollador, aunque insuficiente para vender aquella mercancía averiada: tuvo que hipnotizarlos. Bernal lo cuenta muy bien: “Cortés habló con los de Narváez, sintiendo que no irían con nosotros de buena voluntad, y les rogó que dejasen atrás enemistades pasadas, ofreciéndoles hacerlos ricos y darles cargos; y les dijo que, pues habían venido a buscarse la vida haciendo servicio a Dios y a Su Majestad, y a enriquecerse, que no estuviesen tibios, porque ahora tenían la oportunidad. Y tantas palabras les dijo que todos a una se le ofrecieron para venir con nosotros; y si supieran las fuerzas de México, cierto está que no fuera ninguno”. Con ello consiguió Cortés tener un ejército de unos 1.300 hombres. Como sin duda vuesas cultas mersedes ya saben que consiguieron entrar en México pero les fue imposible aguantar el tsunami azteca, emprendiendo una huida dantesca, les explico que Bernal en su última frase está anticipando lo que luego veremos: habría  una gran diferencia entre las dos tropas españolas; los de Cortés, llenos de coraje y veteranía, y, los de Narváez, todo lo contrario.

     (Foto: El cuadro representa, probablemente de forma muy tendenciosa, el ataque de Alvarado y sus hombres a los mexicanos durante un baile ceremonial. Es difícil creer que su objetivo fuera la  muerte de la población civil, y no exclusivamente la de los guerreros aztecas  y la de los caciques que mayor importancia tuvieron en el rumoreado plan de acabar con los españoles. Si nos olvidamos del abuso de la ocupación, que hoy se ve tan claro, hay que ponerse en la piel de Alvarado para saber si su decisión, como militar, estuvo justificada, y si fue prudente. En cualquier caso, nunca se sabrá lo que pasó, porque hay versiones para todos los gustos).


lunes, 4 de julio de 2016

(Día 316) NARVÁEZ le reconoce a CORTÉS el mérito de su victoria. Los derrotados no se convirtieron en presos, sino en un poderoso refuerzo para el ejército de CORTÉS, que, prudentemente, obliga a sus hombres a devolver el botín acaparado. El capitán ALONSO DE ÁVILA protesta de forma altanera, y CORTÉS decide no tenerlo en cuenta.

(68) –Es un placer viajar juntos, socio, con Cortés y Bernal.
     -Nos lo estamos pasando de miedo, reverendo: es una borrachera deliciosa tocar con la mano la epopeya que vivieron. El asombroso libro de Bernal (que nosotros resumiremos en unas 170 sesiones) llega a las 700 páginas, y el festín sigue igual de sabroso hasta el postre. ¿Qué pasó tras la derrota de  Narváez?
     -La verdad es que, competentísimo cronista, Narváez, a pesar de ser algo fantasma y hablar “como de bóveda (Bernal dixit)”, llega a inspirar ternura tras la derrota: “Como estaba muy mal herido y con el ojo quebrado, demandó licencia a Sandoval para que su cirujano le curase, y se la dio. Al saber que estaba allí Cortés, dijo: ‘Señor capitán Cortés, tened en  mucho esta victoria que de mí habéis habido’. Y le contestó (no muy generosamente) que desbaratarle había sido una de las menores cosas que había hecho en la Nueva España. Luego vinieron muchos caballeros de los de Narváez a besar las manos a Cortés. Y era cosa de ver la  gracia con que les hablaba y abrazaba, e qué alegre estaba sentado en  una silla de caderas, y tenía mucha razón de verse en aquel punto tan señor y pujante”. Pero Bernal no se olvida de la parte trágica. Recógelo.
     -Con tu venia, reverendísimo: “Digamos agora de los muertos y heridos que hubo. Murieron de los de Narváez el alférez Fuentes, el capitán Rojas, así como otros dos más; murió Alonso García el Carretera, uno de los tres soldados nuestros que se habían pasado a su bando; y heridos de los de Narváez hubo muchos. Y también murieron cuatro de los nuestros, e hubo más heridos, y el cacique gordo también salió herido, porque se refugió en el aposento de Narváez y allí le hirieron, y luego Cortés le mandó curar muy bien y le puso en su casa, y mandó que no se le hiciese enojo”. Conseguida la victoria, Cortés derrochó espíritu organizador; de momento apresó a Narváez y a sus capitanes, se quitaron las armas a todos sus soldados, controló sus 18 navíos, y como  sus tropas se habían reforzado con el gran número de los derrotados, preparó de inmediato expediciones para poblar dos zonas, la de Pánuco y la de Coatzacoalcos. Para utilizarlos como mandos, liberó a los capitanes de Narváez. Y lo que cuenta Bernal resulta cómico y de una sinceridad entrañable. Él y sus compañeros hicieron algo normal en la guerra, pero actuaron como raterillos. Prosiga su reverencia.
     -Gracias, hijo mío. Cortés ordenó a los suyos que le devolvieran a los capitanes de Narváez todas las armas  que les habían ‘rapiñado’: “Y los soldados le dijimos claramente que no se las queríamos dar, porque ellos quisieron prendernos y tomar lo que teníamos. Y Cortés porfiaba, e como era capitán general hubo que hacer lo que mandó. E yo les devolví un caballo que tenía ya escondido, ensillado y enfrenado, y dos espadas, tres puñales y una adarga. Y como Alonso de Ávila era capitán y persona que osaba decir a Cortés cosas que convenían, le dijo que parecía remedar a Alejandro de Macedonia, que más procuraba hacer mercedes a los que vencía que a sus propios soldados, porque además había dado joyas y bastimentos a los de Narváez, y nos olvidaba a nosotros como si no nos conociera. Cortés le contestó que todo cuanto tenía sería para nosotros, pero que, al presente, tenía que dar las dádivas a los de Narváez porque eran muchos y se podían levantar. Alonso de Ávila le respondió con palabras algo soberbias, de tal manera que Cortés le dijo que si alguien no le quería seguir, las mujeres seguían pariendo soldados en Castilla”. ¿Se callaría el Ávila?: ni de coña, y lo que dijo fue casi un desafío: “Y el Alonso de Ávila, con palabras muy soberbias e sin acato le contestó que así era en verdad, que parían soldados y capitanes y gobernadores”. Cortés se calló, y optó después por ganárselo con dádivas y por mandarle a asuntos de importancia para tenerle alejado.

     (Foto: En los dibujos del Lienzo de Tlaxcala, de mediados del siglo XVI, también se recoge -de manera secuencial- la escena del prendimiento de Narváez; arriba se ve el ataque que sufrió en la cima de un adoratorio, y debajo lo que vino después, cuando Gonzalo de Sandoval lo encadenó. Hay un detalle erróneo: todo el trabajo lo hicieron solitos los 276 soldados de Cortés, porque los indios de Tlaxcala no participaron en la batalla; tuvieron miedo al ser los de Narváez 1.300 hombres, y, además, españoles).


domingo, 3 de julio de 2016

(Día 315) COMO DAVID Y GOLIAT: CORTÉS ordena golpear a la cabeza, NARVÁEZ. Nueva arenga militar, previa ya al ataque. Su “adorado” SANDOVAL le pide a BERNAL que, en la batalla, vaya siempre a su lado. Se apoderan de la artillería, SANDOVAL ataca heroicamente a NARVÁEZ, que queda tuerto, Y LO APRESAN. Gran celebración por la victoria.

(67) –Llega el momento, querido mancebo. Cortés va a atacar.
     -Y va a intentar, santo patriarca, la estrategia del débil. No la inventó él, sino que se venía utilizando desde la noche de los tiempos: la pedrada en la cabeza del poderoso, como hizo David con Goliat; como cuando el mismo Cortés apresó a Moctezuma, y como actuaría diez años después Pizarro con Atahualpa. “Y para que lo primero que hiciésemos fuese tomarles la artillería, que estaba asentada delante de los aposentos de Narváez, dispuso que fuera el capitán Pizarro (pariente del ‘glorioso’) con 60 mancebos (por su agilidad), y entre ellos me nombraron a mí. Y mandó que, después de tomada la artillería, acudiésemos todos adonde Narváez, que estaba en un muy alto cu, señalando para prenderlo al capitán Gonzalo de Sandoval (iría con otros 60 soldados), y le ordenó por escrito: ‘Yo os mando que prendáis el cuerpo a Pánfilo de Narváez, e si se defendiere, matadle’. Y prometió dar tres mil pesos de oro al primer soldado que lo prendiese”. Formó otros dos grupos (de 60 soldados cada uno) con el objetivo prioritario de apresar a los dos oficiales principales de  Narváez. Así que el ataque sería en cuatro direcciones  y al mando de sus mejores capitanes, Pizarro, Sandoval, Velázquez de León y Ordaz. “Y Cortés quedaba de sobresaliente (sin misión fija), para acudir con otros 20 soldados adonde más necesidad hubiese”. Todo listo, reve.
     -Y para que no se apague el ardor, secretario mío, les vuelve a dar una última sopita de palabras energéticas: “Bien sé que los de Narváez son cuatro veces más que nosotros, pero no están acostumbrados a las armas, y como están la mayor parte a malas con su capitán, y muchos dolientes, y les tomaremos de sobresalto, pienso que Dios nos dará victoria, porque más bienes les haremos nosotros que no su Narváez. Así que, señores, pues nuestra vida y honra está en vuestros esfuerzos, no tengo más que deciros, sino que en esta batalla está el toque de nuestras honras y famas para siempre jamás, y más vale morir por buenos que vivir afrentados”. Añade Bernal un comentario al margen que da total confirmación a su presencia en un momento tan histórico: “Una cosa me he parado a pensar después acá (sin duda, al hilo de su escritura), que jamás nos dijo que tenía un concierto en nuestro favor con algunos de los de Narváez, y veo que fue muy cuerdo de su parte, para que no aflojáramos y solamente tuviésemos esperanza en Dios y en nuestros grandes ánimos”.
     (Sigo yo, pequeñín, que la emoción crece y no puedo parar). En estos momentos críticos, se intensificaban los afectos. Dice Bernal: “Como yo era gran amigo y servidor del capitán Sandoval (tenía solo  23 años, Bernal 25, y Cortés 35), me dijo aquella noche que desde que hubiésemos tomado la artillería, si quedaba con vida, siempre me hallase con él y le siguiese, e yo se lo prometí y así lo hice”. Se puso en marcha la reducida tropa “a paso tendido y sin tocar pífano ni tambor, y cuando un centinela gritó ‘al arma, al arma’, Narváez llamó a sus capitanes, mientras nosotros, calando nuestras picas, atacamos a sus artilleros, que solo tuvieron tiempo de poner fuego a cuatro tiros, e una de las pelotas mató a cuatro de los nuestros. Tomamos la artillería y no osábamos desampararla, porque Narváez desde su aposento nos tiraba muchas saetas y disparos. Y entonces llegó el capitán Sandoval y subió de presto las gradas arriba del cu. Asegurada la artillería, fuimos a ayudar a Sandoval, que les hacían los de Narváez venir dos gradas abajo, retrayéndose, y con nuestra llegada tornó a subir, y oímos voces de Narváez que decía: ‘¡Santa María, váleme, que muerto me han y me han quebrado un ojo!’. Y luego Martín López, el de los bergantines (el carpintero naval), como era alto de cuerpo,  puso fuego a las pajas del cu, e vienen todos los de Narváez rodando las gradas abajo. Entonces prendimos al Narváez y se lo dimos al Sandoval gritando: ‘¡Viva el rey, y en su nombre Cortés, Cortés! ¡Victoria, victoria!’. Y luego Cortés pregonó que todos los de Narváez, so pena de muerte, vinieran a someterse bajo la bandera de Su Majestad”. Y tras el gran triunfo, las celebraciones…

     (Foto: Sin tanta teatralidad, ni hecho un figurín como el gran Napoleón en este cuadro, pero con la misma firmeza, espoleó Cortés a su caballo, poniendo en marcha a sus animosos compañeros aquella mañana que parecía la última de sus vidas. Y, en Tenochtitlán, ¿qué estaría pasando?).