lunes, 15 de junio de 2020

(Día 1135) Gonzalo Pizarro seguía perdiendo desertores, y, mal aconsejado, quemó 5 navíos para que no huyera nadie más. Sin embargo, Pedro de la Gasca tenía tantos soldados, que pidió al virrey de México que no le enviara más. Luego partió hacia Lima.


     (725) Los dos cronistas que estamos siguiendo, Inca Garcilaso y Santa Clara coinciden en mostrarnos que a Gonzalo Pizarro se le estaban desmoronando todos sus apoyos, por los éxitos espectaculares que iba teniendo Pedro de la Gasca y la magnífica propaganda que hacía de las promesas del Rey en cuanto a la suavización de las Leyes Nuevas y al perdón a quienes abandonaran la rebeldía. Dice Inca Garcilaso: "Según iban sabiendo Gonzalo Pizarro y los suyos las malas noticias, se alarmaban al ver que toda la tierra los rechazaba, y temían que los que estaban con ellos hicieran lo mismo. Discutían sobre lo que les convenía hacer, pero con tanta confusión, que más erraban que acertaban en su provecho. Y así, una de las cosas que hicieron fue quemar cinco navíos muy buenos que en el puerto tenían. Lo cual mandó Gonzalo Pizarro por persuasión del licenciado Cepeda y del licenciado Benito Suárez de Carvajal, que eran los que más influencia tenían con él, pero eran más letrados en leyes que en la milicia, diciendo que era cosa buena para impedir que los que quisiesen abandonarle, huyeran. La quema la hicieron en ausencia de Carvajal. Cuando volvió y supo lo que habían hecho, lloró tiernamente la pérdida de los navíos, diciéndole a Gonzalo Pizarro que había quemado cinco ángeles que tenía para defensa de la costa de Perú y destrucción de sus enemigos".
     Le dijo también que él, con una sola nave, habría rechazado a los enemigos, porque llegarían cansados y enfermos del duro y largo viaje desde Panamá, y con las armas y la pólvora deterioradas: "Los dos licenciados le dijeron en secreto a Gonzalo Pizarro que se podía sospechar que a Francisco de Carvajal le pesase la quema de los navíos por haberle quitado el medio de poder huir. Pero más adelante veremos cuánto mejor era el consejo de Carvajal que el de los letrados, y cómo lo pudo comprobar Gonzalo Pizarro por propia experiencia".
      Sigue diciendo el cronista: "El presidente Pedro de la Gasca, después de haber partido Lorenzo de Aldana y sus compañeros en los cuatro navíos, juntó toda la gente que pudo en la comarca, para ir en pos de los suyos. Entre los alistados estaba un soldado llamado Pedro Bernardo de Quirós, natural de Andújar, veterano de las Indias, que había estado en las Islas de Barlovento (zona caribeña), Cartagena de Indias y Panamá. Le dieron el oficio de alférez porque no hubo entonces plaza para otro capitán, y sirvió muy bien en la guerra contra Gonzalo Pizarro. Después luchó como capitán contra los rebeldes Sebastián de Castilla y Francisco Hernández Girón, siendo premiado con una encomienda de indios en la ciudad del Cuzco (a quien, sin duda, el cronista vería allí a menudo durante su adolescencia). Con este caballero, acudieron otros muchos, en tanto número que pasaron de quinientas personas. Al presidente le pareció no tener necesidad de más personas, y volvió a escribirle al virrey Don Alonso de Mendoza y a los gobernadores que había en México, diciéndoles que no le enviasen la gente que les había pedido. Después de dejado organizado todo lo necesario para el gobierno de de Panamá y de Nombre de Dios, partió con toda la armada para el Perú. Según navegaba, encontró a Pedro Hernández de Paniagua, que le llevaba la respuesta de Gonzalo Pizarro (era amenazante y ya conocemos), quien le habló de que muchos de los que estaban con Gonzalo Pizarro querían servir a su Majestad. Con el regocijo de esta noticia, Pedro de la Gasca no quiso leer la carta de Gonzalo Pizarro, por si decía alguna inconveniencia, y la mandó quemar. Siguió luego con bonanza su navegación, hasta que llegó a Tumbes".

     (Imagen) Hemos hablado de DIEGO DE MORA, padre e hijo. Pero qué harto debía de estar el padre teniendo que fingir adhesión inquebrantable a Gonzalo Pizarro, hasta que vio una oportunidad, le echó valor, y se marchó de Trujillo con bastantes vecinos para unirse a Pedro de la Gasca. En las guerras civiles, todo el mundo tiene encima de la cabeza la espada de Damocles. Los que se quedaron en Trujillo le escribieron el 15 de abril de 1547 a Gonzalo Pizarro mostrándole su adhesión. Resumo el texto: "Le hacemos saber a vuestra señoría que hace dos días Diego de Mora se alzó con la mayoría de los vecinos para ir a servir al Rey, porque supo que la armada estaba en poder de Pedro de la Gasca. Fueron con él su hermano Marcos de Escobar, Miguel de la Serna, Francisco de Fuentes, Bernardino de Valderrama, Rodrigo Lozano, Andrés Chacón, Blas de Atienza, Pedro Gómez, Rodrigo de Paz, Diego de Vega, Alonso Gutiérrez, Lorenzo de Ulloa Lezcano y unos sesenta soldados. Los servidores de vuestra señoría no pudimos impedírselo porque estábamos desarmados. Se fueron en el navío de Andrés de Ariaza, y no hicieron daño a ninguno de esta ciudad, en la que nos hemos quedado unos cincuenta hombres. Diego de Mora entregó la vara de la autoridad a Pedro de Villlanueva, el cual la cogió por miedo, y después la abandonó. Hemos elegido para el mando a Martín de Olarte, hasta que vuestra señoría disponga lo que le conviene. Nuestro Señor guarde y prospere la muy ilustre persona de vuestra señoría, como todos deseamos". Firmaron Antonio de Faria, fray Pedro de Málaga, Andrés Núñez Daza, Alonso Vázquez, García Holguín, Antonio de Villa, Antón Cuadrado, Martín de Olarte, Cristóbal de Angulo, Pedro de Villanueva, Pedro de Ojeda y Juan de Villafranca Lezcano. Lo hicieron ante Antonio de Paz, escribano de Su Majestad. Todos estos se negaron a marchar de Trujillo, pero no debía de ser muy firme su lealtad a Gonzalo Pizarro, porque, como ya sabemos, Diego de Mora y los suyos, después de hablar con Lorenzo de Aldana, volvieron a la ciudad, y toda ella se declaró fiel a la corona. Recordemos que el hijo de Diego de Mora declaró que fue la primera que dio ese paso.



sábado, 13 de junio de 2020

(Día 1134) Fray Miguel de Lorena no pudo ocultar que llegaba enviado por Pedro de la Gasca. Gonzalo Pizarro se puso frenético al saber de la traición de Aldana y otros. Mandó preparar un absurdo texto de condena a muerte para La Gasca y los traidores.


    (724) Después de recoger a los que habían abrazado la causa del Rey, Lorenzo de Aldana permitió que los marineros se fueran con el barco hasta Panamá, con el fin de que allá le contaran a Pedro de la Gasca lo que había sucedido. La llegada a Lima de fray Miguel de Lorena, fue, como era de suponer, mucho más problemática que lo esperado por Aldana y sus capitanes. Le dio a Gonzalo Pizarro la información que le habían encargado, pero hasta el más ingenuo habría sospechado que muchas cosas no encajaban. Desconfió de todo, empezando por la lealtad del mismo Lorena, el cual no tuvo ni la más mínima posibilidad de ponerse en contacto con posibles partidarios del Rey. Por otra parte, Gonzalo Pizarro vio clara la traición de Lorenzo de Aldana, y le desbordaba la rabia: "Le mandó a fray Miguel que se recogiese en su monasterio y no hablase con nadie sobre lo que había visto en los navíos. Algunos dicen que lo metió en un sótano que tenía en su casa, hediondo y húmedo. Se embraveció mucho más cuando le habló de Pedro de la Gasca y de los cuatro capitanes de los navíos. Llamó luego a los que eran de su consejo, y se quejó ante ellos de que Lorenzo de Aldana, como ingrato, no mirando lo mucho que le debía, había engañado a Pedro de Hinojosa para que entregase la armada a La Gasca. Y dijo otras cosas, llamándole a cada palabra traidor y perjuro, y diciéndolo con ira tan grande, que parecía reventar ".
     Los que le escuchaban estaban desconcertados por todas las complicaciones que iban surgiendo. Gonzalo Pizarro, como el ciego que no quiere ver su ilegal situación, les mandó a sus letrados que preparasen una retahíla de reclamaciones judiciales contra Pedro de la Gasca, acusándole de hacer cosas que, en realidad, eran previsibles y absolutamente normales en el conflicto que estaban viviendo ambas partes. Lo que no podía soportar era que el contrahecho clérigo le fuese ganando terreno de forma acelerada.
     Los letrados, viéndose entre la espada y la pared, le siguieron la corriente: "No osaron contradecirle en nada, y le dijeron que eran justas sus quejas, pues ellos estaban seguros de que La Gasca había cometido un atroz delito en las cosas que había hecho, y de que, asimismo, sus capitanes habían cometido traición contra él, que era gobernador en nombre de Su Majestad, al haber entregado sin su licencia la flota a La Gasca, por lo cual merecían ser castigados ejemplarmente. Se tomaron testigos muy amigos suyos, sin ser oída la otra parte, y luego se dictó una terrible sentencia, a instancia del licenciado Cepeda, en la que se condenaba al licenciado Pedro de la Gasca a que le fuese dada la muerte cortándole la cabeza, y a Lorenzo de Aldana, Pedro Alonso de Hinojosa, don Pedro Luis de Cabrera y Hernán Mejía de Guzmán, a que fuesen arrastrados, cortadas sus cabezas y hechos cuartos; a Gómez  de Solís, a cárcel perpetua, y a Juan Alonso Palomino y otros capitanes, a destierro en las galeras españolas durante diez años".
     Como todo era una pataleta sin sentido, a la hora de firmar la sentencia solo estaba dispuesto a hacerlo el licenciado Cepeda. Los demás letrados se negaron, especialmente el licenciado Juan Polo de Ondegardo. Puso como argumento que condenar a Pedro de la Gasca sería incurrir en excomunión mayor, porque no tenía poder para condenar a muerte a un clérigo. Eso confirma que, en general los clérigos, como vamos viendo, se libraran de las condenas a muerte, especialmente frecuentes en las guerras civiles. Añadió que con tal condena se les negaba a los capitanes la oportunidad de renunciar a su traición. Luego intervino con su sarcasmo habitual Francisco de Carvajal diciendo que se reía de sentencias, y que, si los atrapaba, "los pondría a secar en dos árboles". Finalmente, el único que firmó la sentencia fue el licenciado Diego Vázquez de Cepeda.

     (Imagen) Nos acaba de mencionar Santa Clara a un personaje muy notable: JUAN POLO DE ONDEGARDO, cuya biografía habrá que condensar. Nació en Valladolid en 1520, se licenció como letrado, y fue también un hombre de armas. Era sobrino del cronista Agustín de Zárate, y llegó con él a las Indias el año 1544, en el mismo viaje que hizo el virrey Blasco Núñez Vela, pero hubo algo que los distanció. Juan Polo iba encargado de los negocios de Hernando Pizarro, al que le quedaba largo tiempo de presidio en España. Eso motivó que luchara junto a Gonzalo Pizarro contra el virrey. Juan Polo tuvo un incidente, que parecía pasajero, con el sarcástico Francisco de Carvajal, pero, de hecho, poco después, el irascible anciano lo apresó. Juan Polo logró escapar, se pasó al bando de Pedro de la Gasca y participó en la batalla en la que fueron definitivamente derrotados Gonzalo Pizarro y Carvajal. El resto de su vida, JUAN POLO se mantuvo firme en el servicio al Rey, y sus extraordinarias cualidades resultaron muy fructíferas. Tuvo cargos muy relevantes. Fue regidor en el Cuzco tras haberlo sido Sebastián Garcilaso de la Vega. Sintió gran interés y curiosidad por los indios, y se convirtió en el cronista más fiable sobre su cultura y su historia, aconsejando siempre que se respetara lo mucho bueno de sus costumbres tradicionales (la imagen muestra uno de sus libros). Escribió también un "Tratado sobre los errores y supersticiones de los indios", tras entrevistar a más de 400 hechiceros y hechiceras nativos, y fue autor de una amplísima obra, poco aprovechada, y a veces mal editada. Se enriqueció con las concesiones (entre otras, una mina de plata) que le hicieron por sus grandes servicios. Estuvo casado con Jerónima de Peñalosa, hija de Rodrigo de Contreras y de la más que triste María de Peñalosa, de quien ya vimos que su padre, el brutal Pedrarias Dávila, mató a su prometido, el gran Vasco Núñez de Balboa. JUAN POLO DE ONDEGARDO solía acompañar al trotacaminos virrey Francisco de Toledo, hombre que iba allá donde fuera necesario inspeccionar el enorme virreinato, y murió viajando con él el año 1575. ¿Quién da más?




viernes, 12 de junio de 2020

(Día 1133) Mientras a Diego de Mora le dieron un alto cargo los de Pedro de la Gasca, Gonzalo Pizarro se irritó sobremanera por su deserción. Tomó medidas, cuyo cumplimiento encargó a tres frailes y a un licenciado, pero también lo traicionaron.


     (723) La valía de Diego de Mora era apreciada por todos, y enseguida Aldana y los capitanes que le acompañaban le asignaron un puesto de gran relieve: "Los capitanes Lorenzo de Aldana, Palomino, Mejía y Juan de Illanes escribieron a todos los tenientes dándoles noticia de su llegada y de la próxima venida del presidente Pedro de la Gasca, que iba a llegar con gran pujanza de gente, armas y muchos navíos, pidiéndoles que, con la mayor brevedad posible fuesen a Cajamarca, y que, estando allí, hiciesen todo lo que Diego de Mora les mandase, porque había sido nombrado capitán general de Su Majestad, e iba de camino con toda la gente de la ciudad de Trujillo. Cuando Diego de Mora se fue de Trujillo, los que se quedaron en la ciudad (opuestos a su decisión) le dieron aviso de ello a Gonzalo Pizarro, el cual, al recibir sus cartas, sufrió un gran disgusto, y pensó que se iban todos a Panamá para servir a Su Majestad. Nombró de inmediato teniente de la ciudad de Trujillo al licenciado García de Salcedo, natural de Sanlúcar de Barrameda, que siempre le había seguido, al cual le envió en un navío con cuarenta hombres bien armados. Mandó también al licenciado García León para que diera en Trujillo a otros vecinos los repartimientos de indios de los que se habían ido con Diego de Mora. Asimismo encargó al comendador fray Miguel de Lorena, de la orden de la Merced, que, en el mismo navío en que iban tomase a todas las mujeres de los trujillanos huidos, y las llevase a Panamá para entregarlas a sus maridos, pues tenía creído que allí estarían. También hizo que fueran personas señaladas para que se casasen con las viudas que estaban en Trujillo, de manera que, si no quisiesen ellas hacerlo, las llevaran a Panamá por fuerza con las demás".
     Parece ser que Gonzalo estaba bien surtido de frailes, porque les encargó a fray Pedro Muñoz y a fray Gonzalo de Benavides que le informaran rápidamente de todo lo que había sucedido con Diego de Mora y con los que le acompañaron en la huida, debiendo también impedir que las mujeres destinadas a Panamá llevasen oro, plata o indias. Otra misión encargada por Gonzalo Pizarro a fray Miguel de Lorena fue la de entregarle a Pedro de la Gasca un (absurdo) requerimiento protocolario en el que se le imponía ciertas exigencias: Dejar que fueran libremente a España a los mensajeros que se habían enviado para hablar con el Rey (de hecho, pasaron sin ninguna dificultad); que La Gasca no iniciara ningún ataque hasta saber qué disponía su Majestad; y que dejase libres todos los navíos que había retenido en Panamá. Pero, una vez más, Gonzalo Pizarro salió chasqueado: "Tras cinco días de viaje por el mar, toparon con los cuatro navíos. El licenciado León se juntó con ellos, y contó todo lo que pasaba. Luego se pusieron al servicio de su Majestad, porque, ciertamente, estaban deseosos de tener la ocasión de hacerlo".
     Lorenzo de Aldana y sus compañeros se asombraron de la crueldad que mostraron los de Gonzalo Pizarro en Trujillo, en lo cual vieron la mala influencia del implacable Francisco de Carvajal. Decidieron después ocultarle a Gonzalo Pizarro la traición de sus hombres: "Le enviaron por tierra a Lima al comendador fray Miguel de Lorena (también pasado al bando del Rey) para que le dijese que los capitanes de los cuatro navíos no le habían dejado seguir adelante, apresando a los demás y quedándose con el navío. Asimismo, le pidieron que, ya en Lima, hablase con quienes supiera que deseaban servir a Su Majestad, para que saliesen de noche al puerto cuando vieran los cuatro navíos, porque les enviarían barcas y recogerían a todos".

     (Imagen) El año 1547 el capitán Diego de la Llave escribió en una carta despectiva: "Fuimos a Trujillo, y no encontramos a nadie porque Diego de Mora se fue huyendo a la tierra de los chachapoyas con cien hombres sarnosos, y anda muy asustado". Pero 'el asustado' siguió guerreando. Y, de tal padre, tal hijo: DIEGO DE MORA EL MOZO. Vimos en la imagen anterior que el año 1581 le explicaba al Rey los méritos de su padre. En la imagen de hoy, explica parte de los suyos (lo resumo): "Llegó noticia de que corsarios ingleses andaban saqueando por la costa del Pacífico, sin saberse cuántos eran, por lo que se pedía ayuda. Acudí pronto al virrey don Francisco de Toledo, suplicándole que me confiase ese trabajo y ofreciéndole hacerlo a mi costa, Por haberme respondido el virrey algo dudoso, envié a algunas personas que se lo rogaran, y de esa manera el virrey me nombró almirante de la misión, y me confió, juntamente con el general y maestre de campo, el sometimiento de los dichos ingleses y de los negros cimarrones. Llegado a Panamá, se determinó con los de la Audiencia y el general que entráramos por las montañas en busca de los ingleses y de los negros cimarrones, y, para este efecto, compré un barco y lo equipé con gente que había llevado. Por el frío, la lluvia y la dureza de los caminos se padecieron muy grandes trabajos. Atravesamos tres veces la tierra de Panamá, de mar a mar, en busca de los enemigos. Me hallé en todas las salidas que se hicieron, hasta haber apresado al capitán y a todos los ingleses de los que se tuvo noticia, y a muchos negros cimarrones, destruyéndoles sus pueblos, matando a algunos y castigando a otros. Después volvimos a la ciudad de Panamá con la presa y la victoria". Añade que no se ha premiado su esfuerzo, que es persona de mucha calidad y que tiene familia y casa, sustentándolas con mucho lustre y gastando al año más de seis mil pesos de oro. Los cimarrones eran esclavos negros rebeldes, y da la sensación de que ayudaban a los piratas contra los españoles, El capitán pirata se llamaba Juan Ojen Kan. Lo llevaron a Lima y lo ahorcaron, seguro que por dos delitos: ser pirata y ser hereje.



jueves, 11 de junio de 2020

(Día 1132) Otro golpe fatídico para Gonzalo Pizarro: su importante capitán Diego de Mora, llevando a bastantes vecinos de Trujillo, se incorporó a las naves de Pedro de la Gasca. Fueron luego a Cajamarca para conseguir más desertores.


     (722) Se supone que para despertar el entusiasmo de su ejército tras la pésima noticia de la pérdida de la flota, pocos días después organizó Gonzalo Pizarro un espectacular desfile de sus tropas por la ciudad de Lima, uniformadas lujosamente e integradas por más de mil cuatrocientos hombres, desfilando todos, yendo él a la cabeza, al son de las trompetas y con incesantes salvas de arcabuz: "Finalmente, Gonzalo Pizarro entró en su palacio, y, desde los corredores, despidió a los capitanes y soldados, quienes luego se fueron a sus posadas a descansar de lo mucho que habían andado".
     No obstante, la inquietud de Gonzalo Pizarro era permanente. No se le iba de la cabeza la imagen de los cuatro misteriosos navíos que habían pasado por Tumbes, y le extrañaba que Diego de Mora, que estaba al mando, en su nombre, del puerto de Trujillo, no le enviase cartas hablándole del asunto. Santa Clara no cuenta lo que ocurría: "Lorenzo de Aldana llegó con los cuatro navíos a un puerto despoblado llamado Malabrigo, que está a cinco leguas de Trujillo, para tomar allí agua y leña. Al saberlo Diego de Mora, se alegró mucho de ello, aunque no sabía con certeza quiénes eran los que venían en los barcos. Para saberlo, hizo un ardid que le salió bien. Tomó un navío que estaba en Trujillo, lo proveyó de alimentos y llamó a treinta hombres de los más principales, y verdaderos amigos suyos. Les declaró la intención que tenía, y les pidió que le diesen su parecer. Ellos le respondieron que todo lo que había pensado estaba bien encaminado, y que ellos le seguirían adonde quiera que él fuese. Marcharon todos a sus casas, y hablaron de ello con sus mujeres. Después se embarcaron todos en el navío, llevando Diego de Mora a su mujer, que estaba preñada, así como el oro y la plata que tenía. Su propósito era ir en busca de los cuatro navíos para juntarse con ellos. Si se tratara de partidarios de Gonzalo Pizarro, podrían decir que habían salido para tener noticias de lo que ocurría en Panamá, y si eran del bando de Su Majestad, se juntarían con ellos". El plan salió perfecto: "Un día después de salir del puerto, se encontraron con los navíos, pasaron al de Lorenzo de Aldana, que era un galeón muy grande. Tras avisar a los capitanes de los otros navíos, llegaron en una barca, y, como se conocían de antes los unos y los otros, se recibieron muy bien. Después Diego de Mora y los que le acompañaban se pusieron al servicio de su Majestad como leales vasallos suyos".
     Como puros hombres de acción, se decidió de inmediato algo importante: "Tras las muchas pláticas que hubo entre ellos, fue acordado que Diego de Mora y los que le acompañaban fuesen al pueblo de Cajamarca, para que allí pudiesen con más seguridad alzar la tierra contra el tirano, y esperar a que llegara el presidente La Gasca. Dispuestos a hacerlo, retornaron primeramente a la ciudad de Trujillo, donde alzaron públicamente bandera en nombre de Su Majestad, y Diego de Mora hizo llamamiento de gente, tomó los dineros del Rey, y los repartió entre ciertos soldados que allí se encontraban. Hecho esto, envió las copias de los perdones del Rey, con muchos indios, a los cabildos de San Miguel, Puerto Viejo, Chachapoyas, Huánuco y otras partes, para que todos acudiesen al pueblo de Cajamarca y se pusieran al servicio de su Majestad".

     (Imagen) Ya hablé de DIEGO DE MORA, pero no estará de más ver cómo cuenta su hijo (del mismo nombre) sus méritos al Rey en un escrito del año 1581 (la imagen muestra una página). Lo resumo: "Estando en Trujillo, Diego de Mora tuvo noticias de la llegada del virrey. Salió a su encuentro y le recibió espléndidamente en su propia casa. Luego el virrey reclutó gente. Diego de Mora estaba enfermo, y le envió soldados al virrey, que le sirvieron hasta que fue derrotado por Gonzalo Pizarro (el hijo oculta que, después de esa visita, Mora luchó contra el virrey, por miedo a Pizarro, como veremos enseguida). Habiendo entrado Gonzalo Pizarro en Lima, desconfiando de Diego de Mora por conocerle como fiel servidor de Su Majestad, intentó matarlo, y lo dejó de hacer porque Diego de Mora, por miedo, le prometió servirle. Gonzalo lo llevó a Quito (nada dice de la batalla de Iñaquito, en la que Mora, sin duda, batalló contra el virrey, que fue derrotado y asesinado). Gonzalo Pizarro, por asegurar su fidelidad, lo nombró lugarteniente de Trujillo. Mora aceptó por creer que así tendría oportunidad de servir a Su Majestad. Allí logró que nadie fuese obligado a ir contra el servicio de Su Majestad (esto no es creíble). Escribió muchas veces a Pedro de Hinojosa, que estaba en Panamá con gruesa armada, procurando atraerlo al servicio de Su Majestad. Le envió recado a La Gasca cuando supo que llegaba, diciéndole que él pondría a su servicio la ciudad de Trujillo. Recibió contestación por medio de Pedro Hernández de Paniagua, a quien le facilitó mucha información útil para La Gasca. Diego de Mora fue el primero que se alzó con una ciudad, Trujillo, contra Gonzalo Pizarro. Luego convenció a los capitanes Gómez de Alvarado, Juan de Saavedra, Mercadillo, Juan Porcel y Villalobos para que abandonaran a Gonzalo Pizarro (fue un trabajo de zapa, que le iba desguazando). Estuvo también en primera línea durante la derrota definitiva de Gonzalo Pizarro". Para que no faltara nada, luchó y venció contra el rebelde Francisco Hernández Girón, el cual trató de convertirlo en traidor. DIEGO DE MORA murió el año 1554.



miércoles, 10 de junio de 2020

(Día 1131) El perder su flota, además de ser un gran golpe para Gonzalo Pizarro, hizo que sus propios hombres criticaran sus errores. Sin embargo, Gonzalo simuló estar animoso, y se dedicó a reforzar su ejército con más soldados.


      (721) Las palabras del cronista Santa Clara no dejan margen a la duda. La jugada de Pedro de la Gasca para arrebatar a Gonzalo Pizarro su armada naval del Pacífico, con sus capitanes y toda la tropa, fue un golpe letal para él, que era muy consciente de lo que eso suponía, y, cuando se enteró, se sintió abatido y rabioso al mismo tiempo. Además, tuvo que aguantar la enorme decepción de los que estaban con él en Lima: "Todos los capitanes, soldados y vecinos que eran fieles partidarios suyos, comenzaron a quejarse del mismo Gonzalo Pizarro por haber hecho general de la armada a su pariente Pedro Alonso de Hinojosa, pues habían puesto una gran confianza en esta flota. Otros decían con enojo que habría sido mejor hacer caso a los seguidores de Francisco de Carvajal, para que tuviera el mando de la flota Hernando Bachicao, quien era capaz, no solo de mantener la flota, sino incluso de matar a Pedro de la Gasca, por muy astuto que fuera. Sin embargo, los que seguían a Gonzalo Pizarro con ánimo de no dejarle nunca en la vida, se aferraron más a él, por el gran miedo que tenían de que el presidente La Gasca les quitara sus haciendas y la vida".    
     Había otros que estaban confusos, pensando que, si le seguían a Gonzalo, corrían el riesgo de que La Gasca les matara, pero al mismo tiempo, no se atrevían a cambiar de bando, porque creían que resultaría vencedor Gozalo porque su ejército era mejor. En medio de esa confusión, y, a pesar de que Gonzalo Pizarro estaba hundido moralmente, hizo un alarde de falso optimismo: "Se animaba cuanto podía, aunque en el corazón tenía otra cosa. Comenzó a poner buen rostro y mostrar gran ánimo, diciendo que no le importaba que sus capitanes hubiesen entregado la flota a La Gasca, porque él pensaba recuperarla pronto. Oyendo estas palabras, muchos cobraron ánimo".
     No obstante, Gonzalo Pizarro quiso reforzarse de otra manera que tenía más al alcance de su mano. Se dedicó a efectuar una leva frenética de soldados por todas partes, utilizando dinero de la Hacienda Real y préstamos de los mercaderes. Asimismo, mandó que se vigilara en la zona de Panamá el tráfico marítimo, por si llegaban barcos enemigos. Fue entonces cuando se enteró de que habían pasado, sin detenerse, por la costa de Tumbes cuatro navíos (los capitaneados por Lorenzo de Aldana). Desconocía si eran enviados por Pedro de la Gasca a Lima, pero lo sospechó: "A los pocos días, supo con certeza que venían contra él, por lo cual se reforzó de gente. Y así, por consejo de Francisco de Carvajal, que quería siempre mandar, juntó a muchos bajo su bandera, nombrando capitanes a hombres valiosos, como los licenciados Cepeda y Carvajal, y los capitanes Juan de Acosta, Juan Vélez de Guevara, Juan de la Torre Villegas, Hernando Bachicao, Martín de Robles, Martín de Almendras, sobrino del difunto Francisco de Almendras, y Antonio Altamirano. Siendo maestre de campo Francisco de Carvajal".
     Después hizo una leva general de hombres para la batalla, lo cual quiere decir que, en aquellas guerras civiles, no se respetaba la voluntad de la gente: "Mandó poner un bando para que todos los vecinos se pusiesen bajo la bandera de Su Majestad (puro cinismo: en realidad, bajo su rebelde bandera), so pena de muerte y perdición de sus bienes". Para cubrir los salarios de la tropa y los gastos en armamento, fue necesaria una gran cantidad de dinero, y eso les dio la oportunidad a los mercaderes de quedar libres de alistarse en el ejército de Gonzalo Pizarro a cambio asumir el costo de nuevos soldados, con lo que pudo aumentar su tropa en cien hombres más. Hay distintas versiones sobre el importe del gasto total, pero Santa Clara, basándose en un informe de Pedro del Águila, secretario de Gonzalo Pizarro, dice que ascendió a 133.000 pesos de oro.

     (Imagen) La hermana de Gonzalo de los Nidos, MENCÍA DE LOS NIDOS, nació en Cáceres el año 1516, y llegó a Perú en 1544. Cuando, de los cinco hermanos que tenía en las Indias, murieron Hernando, Francisco y Gonzalo (ejecutado por Pedro de la Gasca), Mencía partió hacia Chile. Es muy probable que huyera de posibles represalias, pero no sería extraño que formara parte del numeroso grupo de simpatizantes de Gonzalo Pizarro que fueron desterrados a Chile. El año 1550 residía en la chilena ciudad de Concepción (actualmente con 200.000 habitantes), fundada entonces por Pedro de Valdivia, de quien se dice que fue amante. En 1548, Valdivia luchó junto a Pedro de la Gasca en la batalla que acabó con la muerte de Gonzalo Pizarro. La Gasca le estuvo muy agradecido, pero examinó algunas acusaciones que gente cizañera le hacía a Valdivia. Consideró infundadas todas menos una: era cierto que Valdivia vivía amancebado con la gran Inés de Suárez, al tiempo en que su esposa, Marina Ortiz de Caete, residía en España. La Gasca confirmó a Valdivia en su cargo de Gobernador de Chile, pero le obligó a que casara a Inés. Y así se hizo. Le buscó como esposo a su capitán Rodrigo de Quiroga. Eso haría posible un romance posterior con Mencía. Tras morir Valdivia en 1553 a manos de los araucanos, asumió el cargo Francisco de Villagra, quien, en 1554, fue derrotado por el gran cacique Lautaro, y huyó a la ciudad de Concepción para que fuera abandonada también. Fue el momento estelar de Mencía. Estaba enferma, pero salió de su casa con espada y escudo, y abroncó a las tropas por su cobardía, diciendo que se asustaban de habladurías, y que no se podía permitir que fuera destruida la ciudad. Era una actitud suicida, y todos tuvieron que marchar. Pero el gesto heroico de MENCÍA DE LOS NIDOS quedó recogido para la posteridad en La Araucana, la epopeya chilena que escribió en verso Alonso de Ercilla, protagonista de los hechos. Tras dos matrimonios sucesivos, Mencía falleció en la ciudad de Santiago de Chile el año 1603, siendo allí enterrada en el convento de Nuestra Señora de la Merced.



lunes, 8 de junio de 2020

(Día 1130) Gran recibimiento a Carvajal en Lima, hasta por parte del capitán Juan de Acosta y de los licenciados Cepeda y Suárez, pero la procesión iba por dentro. La traición de Pedro de Hinojosa fue un golpe durísimo para Gonzalo Pizarro.


     (720) La llegada de Francisco de Carvajal a Lima fue especialmente solemne, con gran entusiasmo por parte de los vecinos, y siendo agasajado por Gonzalo Pizarro y sus capitanes. Aunque algunos de estos habían hablado mal de él, se limaron las asperezas mediando el propio Gonzalo: "De esta manera, quedaron conformes Francisco de Carvajal de una parte y, de la otra, los licenciados Cepeda y Benito Suárez, y el capitán Juan de Acosta, haciéndose amigos, pero se diría que en apariencia, porque en sus ánimos sintieron otra cosa, especialmente Francisco de Carvajal ". La que estaba encantada era su mujer, Catalina de Leyton, la cual había preparado un gran banquete, de manera que "muchos soldados comieron y bebieron espléndidamente con los muchos guisados que estaban aderezados por ella".
     Santa Clara menciona con frecuencia la 'mula bermeja' de Francisco de Carvajal. Debía de ser extraordinaria, porque lo normal era que los capitanes usasen caballos. Y ahora le dedica unas frases: "Comenzó luego Francisco de Carvajal a ir y venir a la posada del tirano, siempre en su mula bermeja, de la cual decían muchos que en ella había un demonio, o que ella misma lo era. Permanecía muchos días ensillada y sin comer cosa alguna, y tenía las orejas levantadas como si estuviera alerta, y, a pesar de todo, estaba muy gorda y lucía como si no trabajara". De manera que no solo Carvajal, sino hasta lo que le rodeaba tenía su toque personal. La mula se parecía a él. El cronista nos da un último dato de su llegada: "Entró Carvajal en la ciudad de Lima con cuatrocientos cincuenta hombres de a caballo y arcabuceros, y con más de cuatrocientos mil ducados de oro y plata, tras haber andado por Las Charcas matando y robando a los que se mostraban como servidores de Su Majestad, ahorcándolos sin confesión. ¡Oh pésima crueldad!".
     Aunque el cronista Santa Clara ya nos ha contado la airada reacción de Carvajal al enterarse, por carta de Gonzalo Pizarro, de la traición de Pedro Alonso de Hinojosa, nos va a mostrar ahora el gran disgusto del propio Gonzalo cuando le llegó a él la noticia. Cuenta que, antes de que iniciaran su viaje marítimo desde Panamá hacia Lima Lorenzo de Aldana, Juan Alonso Palomino y Hernán Mejía, se enteró un rico mercader llamado Rodrigo Pérez, que estaba en el puerto de Buenaventura (costa colombiana del Pacífico) de la traición de Pedro de Hinojosa, y le pareció buena idea ir raudo con un navío suyo a Lima para contárselo a Gonzalo Pizarro, esperando obtener alguna recompensa o ganarse su favor.

     (Imagen) Acabamos de ver que, durante su viaje hacia Lima, iba Francisco de Carvajal sobre una litera, hecho polvo debido al gran dolor de costado que estaba sufriendo, lo que parecía (solamente parecía) una señal infalible de que se le aproximaba la muerte. Ya cerca de la ciudad, mejoró notablemente, y uno de los que primeramente salieron a recibirle fue GONZALO DE LOS NIDOS (a quien ya le dediqué una imagen). Santa Clara nos lo muestra como un 'fan' absoluto de Carvajal y de Gonzalo Pizarro, con quien coincidía en ser cacereño y en tener una edad parecida: "Este hombre era  vecino de la ciudad del Cuzco, muy rico y de gran valor, el cual, apeándose de su caballo, se hincó de rodillas ante el escuadrón, frente a Francisco de Carvajal, y, a voz en grito, comenzó a decir con el sombrero en la mano: '¡Sea bienvenido el invencible caballero, capitán liberador de esta tierra y padre de la patria!". Cuando llegó Vaca de Castro a Perú, Gonzalo de los Nidos no tuvo ningún conflicto en sus fidelidades. Batalló con las fuerzas realistas porque el enemigo era Diego de Almagro el Mozo. Pero, por su incondicional entrega a Gonzalo Pizarro, luchó después contra el virrey Núñez Vela y contra Pedro de la Gasca. Y, además, con un doble mérito de postura consecuente, ya que, no solo lo hizo cuando Gonzalo arrasaba, sino también cuando muchos lo abandonaron en la batalla de su derrota y muerte. Lo mismo hizo Francisco de Maldonado, aquel que había ido a Alemania para defender ante Carlos V la causa de Gonzalo Pizarro. Volvió a Perú, y, tras la batalla de Jaquijaguana (9 de abril de 1548), él y Francisco de Maldonado fueron decapitados, y se requisaron todos sus bienes. Informaba La Gasca: "El día 16 de abril se ejecutó a Gonzalo de los Nidos. Fue uno de los que más palabras de desacato dijo contra Su Majestad (por ello, le sacaron la lengua por la nuca)". Impresiona ver el nombre de Gonzalo de los Nidos y de Francisco de Maldonado en el texto de la sentencia (ver imagen). Hablaremos en la siguiente imagen de una mujer excepcional: MENCÍA DE LOS NIDOS, hermana del ejecutado, la cual se trasladó a Chile.



(Día 1129) Todavía convaleciente de su grave enfermedad, al anciano Carvajal, cuando supo que muchos se habían pasado a La Gasca, la rabia le dio fuerza para seguir hacia Lima.


     (719) A los seis días de la partida de Dionisio de Bobadilla, tuvo fuerzas Francisco de Carvajal para enviarle un mensaje a Vilcas: "En él le decía que continuase con la tropa hasta la ciudad de San Juan de la Frontera, que está en Huamanga, que allí le aguardasen y que, si él muriese, fueran todos juntos a Lima. El maestre de campo (Bobadilla), los capitanes y los soldados fueron a la ciudad de Huamanga, y los del cabildo, con los vecinos, les salieron a recibir, pero no dispararon tiros de arcabuz ni ondearon banderas, sino que entraron mostrando mucha tristeza y con gran silencio, por causa de que el general estaba enfermo. Fueron bien recibidos, y mejor hospedados, en casa de los vecinos. A los pocos días comenzó Francisco de Carvajal a mejorar, y lo llevaron lentamente en una litera hacia Huamanga, yendo muy flaco, desmejorado y con feo aspecto".
     Lograron llegar con él hasta la ciudad, y entraron en ella como si fuera un cortejo fúnebre, mostrando su pesadumbre: "Salieron todos a recibirle con las banderas medio tendidas, los alféreces las bajaron haciéndole su debido acatamiento, y él se humilló a las banderas bajando la cabeza. Todos entraron en la ciudad callados y con demostración de su tristeza. A los tres días, Carvajal empezó a recaer, creyéndose que sus días estaban cumplidos, pero poco después se recuperó de su enfermedad.  Y lo quiso Dios, que es padre misericordioso, para que este hombre se enmendase (tiempos brutales, pero profundamente religiosos)".
     Aún tuvo que permanecer Francisco de Carvajal un mes en Huamanga para poder recuperarse: "Determinó entonces partir para Lima, porque tenía gran deseo de ver a Gonzalo Pizarro, y también a quienes tanto le odiaban. En el camino recibió cartas de Gonzalo Pizarro en las que le decía que Pedro de Hinojosa había entregado toda la flota a Pedro de la Gasca, y que todos sus capitanes dejaron de ser verdaderos amigos para tornarse en enemigos. Con estas noticias se alteró tanto Francisco de Carvajal, que no quiso parar ni una hora, y siguió su camino sentado dentro de la litera. Iba en ella bufando como un toro, con ansia de castigar aquello que los capitanes habían hecho. Rabiaba, gruñía, blasfemaba y amenazaba a todos los que fuesen enemigos de Gonzalo Pizarro. Principalmente amenazaba muy terriblemente al general Pedro Alonso de Hinojosa porque había entregado al licenciado La Gasca aquella tan importantísima fuerza que tenían (está claro que fue un golpe maestro de La Gasca)".
     Sobre la marcha, resolvió a su estilo otro incidente inesperado. Recibió otra carta (sorprendente) de Gonzalo Pizarro en la que le decía que era conveniente que le entregase todos los hombres de su compañía, porque eran muy valiosos, y lo mismo le pedían los capitanes Juan Vélez de Guevara y Juan de Acosta, así como y el licenciado Cepeda, quizá porque hubiera un rumor de desprestigio hacia Carvajal, o porque era ya un anciano. Pero tenía tanta seguridad en sí sí mismo, que casi se lo tomó a risa. Le respondió a Gonzalo Pizarro que él y sus hombres estaban muy compenetrados, y que no quería que le dieran otros soldados desconocidos. Gonzalo aceptó sus razones "y le mandó que fuese pronto a Lima porque le aguardaba impacientemente".

     (Imagen) Hubo capitanes muy importantes que abandonaron a Gonzalo Pizarro. Unos, pronto, y, otros, en el último momento, cuando se dieron cuenta de que estaba al borde del jaque mate. No faltaron los que mantuvieron siempre, hasta en las más difíciles situaciones, la fidelidad al Rey. Un caso paradigmático fue el del gran Alonso de Alvarado. Hagamos un repaso con algunos de los que titubearon. Diego Centeno abandonó la causa de Gonzalo Pizarro cuando Francisco de Almendras, representante de Gonzalo, mató, contra toda justicia, a un compañero suyo. Acabamos de ver que Pedro de Hinojosa y Hernando Mejía fueron convencidos por la habilidad diplomática de Pedro de la Gasca para ponerse a su servicio, entregándole, además, todos los barcos de Gonzalo. En un informe que envió La Gasca al Consejo de Indias el 27 de diciembre de 1547, dice que ALONSO DE MENDOZA se había unido a Diego Centeno para servir al Rey (los dos fallecieron, de muerte natural, tras la derrota de Gonzalo Pizarro). Lo ocurrido se lo explicó a La Gasca alguien que también acababa de abandonar a Gonzalo Pizarro: Alonso Márquez, el clérigo protagonista de la imagen anterior. Gonzalo le envió recado a Alonso de Mendoza para que le llevara toda la gente que tenía en las Charcas. Mendoza se dispuso a cumplir lo que le mandaba, pero recibió una carta de Centeno en la que le pedía que se uniera a él, haciéndole saber que Pedro de la Gasca tenía un poderoso ejército. Mendoza no se lo pensó más, y fue el momento de su cambio de bando, a solo tres meses de la decisiva batalla de Jaquijaguana, en la cual no solo participó él, sino también, espada en ristre cual clérigo medieval, el obispo del Cuzco, Juan de Solano, quien, perdido ya todo miedo a Gonzalo Pizarro, se había unido a las tropas leales al Rey. Un comentario de Pedro de la Gasca echa por tierra la versión del cronista Inca Garcilaso sobre la lealtad de su padre: "Creo que, en estos momentos, Sebastián Garcilaso de la Vega está del lado de Gonzalo Pizarro a más no poder". Le salvó que, como otros muchos, se pasó durante la batalla de Jaquijaguana, en el último momento, al bando de Pedro de la Gasca.



sábado, 6 de junio de 2020

(Día 1128) Como Carvajal se había retrasado por su enfermedad en ir a Lima, algunos cizañeros le decían a Gonzalo Pizarro que lo hacía adrede. Pizarro se impacientó, pero una carta de Carvajal lo dejó tranquilo.


    (718) La enfermedad de Francisco de Carvajal se fue agravando, por lo que tuvieron que permanecer detenidos, aguardando a que mejorase. Como en Lima se le esperaba con impaciencia, algunos cizañeros empezaron a quejarse ante Pizarro por su demora: "Le pedían a Gonzalo Pizarro que lo sancionase porque se detenía adrede en el camino, haciéndose el enfermo. Pizarro le escribió para que se diese prisa, y, como no llegaba, le escribió otra vez, que era la tercera, con más cólera. Comprendiendo Francisco de Carvajal la enemistad que le tenían los licenciados Cepeda y (Benito Suárez de) Carvajal, y el capitán Juan de Acosta, les respondió con su acostumbrada manera de escribir, deshaciendo todo lo que contra él habrían dicho".
     Luego le escribió a Gonzalo Pizarro diciéndole que no pudo cumplir la promesa de llegar de inmediato a Lima, como le prometía en la carta que le envió con Diego López de Segura, "porque me dio un dolor muy grande de estómago, que vino a parar en un terrible dolor de costado, del cual no pensé escapar; y luego, en Andahuaylas, me cargó tanto el mal, que era una desesperación ponerme en el camino". Y le añade: "Doy cuenta de ello a vuestra señoría para que nadie piense que estoy en fiestas y regocijos, sino pensando de día y de noche qué tengo que hacer para que mis servicios a vuestra señoría sean mejores que los de algunos que andan durmiendo de día y de noche, y, si no duermen, hablan en perjuicio de otros sin mirar lo que dicen. Vistos los despachos que me envió, le digo a vuestra señoría que no se preocupe, porque yo vengo del Cuzco con todo ya bien remediado. Traigo de allí conmigo a todos los sospechosos que algo podían hacer, para que conozcan a vuestra señoría y le sirvan": Después le da un consejo militar, en lo que, sin duda, era un experto: "Las picas que vuestra señoría me ha mandado que se quemen, he ordenado que se traigan, y suplico a vuestra señoría que se hierren, porque, para la coronación del reinado en el que, en tan breves días, hemos de coronar a vuestra señoría, quiero tenerlas aderezadas como conviene. Yo certifico a vuestra señoría que la más terrible guerra que se puede hacer para seguridad de los ejércitos y atacar a los enemigos, son las picas; yo sé lo que digo". No se equivocaba en que estaba bastante próxima la batalla definitiva, pero sí en el resultado. Un año después (la carta es del siete de marzo de 1547), Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal fueron derrotados y decapitados. Termina haciendo un elogio de un sacerdote (pues no faltaron los clérigos entusiastas del rebelde Gonzalo Pizarro): "Suplico a vuestra señoría que haga buen tratamiento al padre Ortún Sánchez (del que ya hemos hablado), pues en verdad trabaja mucho cada día, de acá para allá, en servicio de vuestra señoría".
     Enviada la carta con Rodrigo Pérez de Zamudio, un criado de Gonzalo Pizarro que se ocupaba de sus haciendas (junto al clérigo Ortún Sánchez), la tropa de Carvajal también se encontraba al límite del aguante por falta de alimentos, "por lo cual, el licenciado Cristóbal Sánchez (el médico), que entonces mandaba en todo, le dijo al maestre de campo, Dionisio de Bobadilla, que fuese a Vilcas para conseguir provisiones".

     (Imagen) Da la impresión de que los clérigos parroquiales eran menos ejemplares que los frailes. Fue el caso de Bartolomé de las Casas, quien, ya sacerdote, al recibir una sacudida de su conciencia por los abusos que se cometían con los indios, ingresó de inmediato en un convento dominico. Hablemos hoy del clérigo ALONSO MÁRQUEZ, el cual vivía a su aire. Era natural de Vellosillo (Segovia). El año 1541, ejerciendo de sacerdote en la catedral de Ávila, Carlos V lo propuso como canónigo (véase el escrito de la imagen) a fray Tomás de Berlanga, el extraordinario obispo de Tierra Firme (Panamá). Después fue confesor del medio blasfemo Francisco de Carvajal (aunque da la impresión de que solo lo tenía de adorno), y aparece también en la correspondencia que guardaba Pedro de la Gasca, donde vamos a encontrar datos sobre su complicada deriva. Día 8 de febrero de 1547. El capitán Alonso de Hinojosa le escribe a Gonzalo Pizarro: " Envié dos clérigos llamados Márquez y Tello. Los dos son muy bulliciosos. Haga con ellos su señoría lo que quisiese, pues yo al clérigo que aquí no ande a derechas, se lo enviaré para que lo castigue". Día 24 de febrero. El obispo del Cuzco, Juan de Solano (sin duda obligado a transigir con los rebeldes) le comunica a Gonzalo Pizarro: " Le envío a vuestra señoría al padre Márquez. De sus culpas y de las cosas que haya hecho, quien mejor le podrá informar es el que lo lleva, el capitán Francisco de Carvajal. El clérigo va desterrado de este obispado, y con propósito de irse a Roma para que lo absuelvan". Día 24 de diciembre de 1547. Un informe de Pedro de la Gasca comunica al Consejo de las Indias datos muy significativos. Dice que se presentó Alonso Márquez (que ya estaba a su servicio) con cartas que daban cuenta de hechos vitales, ocurridos a escasos cuatro meses de la derrota final de Gonzalo Pizarro. Por falta de espacio, los veremos en la próxima imagen. Digamos ahora solamente que ALONSO MÁRQUEZ, salió bien parado de sus arriesgadas compañías, pues supo abandonar a tiempo a Francisco de Carvajal, y disfrutar de su holgada existencia (hay constancia de que tuvo permiso para llevar esclavos negros a las Indias).    



viernes, 5 de junio de 2020

(Día 1127) Carvajal fue recibido en el Cuzco como gran triunfador, pero pronto enfermó gravemente. Fingió ante todos que se había confesado, aunque, siempre contradictorio, dejó en su testamento muchos bienes para la Iglesia. Luego se recuperó.


     (717) Después de haber hecho la inhumana ejecución de Francisco Rodríguez Matamoros, partió Francisco de Carvajal hacia el Cuzco. El viaje fue muy penoso, aunque la llegada a la ciudad resultó un éxito: "Entró con sus banderas tendidas y al son de los tambores, yendo los soldados en formación (muchos eran de las tropas derrotadas). Llevaba, como triunfador, las banderas de Diego Centeno y Lope de Mendoza arrastrando por el suelo, y las suyas tremolando por los aires. Salieron a recibirle los del cabildo de la ciudad, los vecinos y Alonso Álvarez de Hinojosa (teniente del lugar, nombrado por Gonzalo Pizarro) con muchos hombres principales, y le dieron el parabién por su venida. Fue aposentado en las casas de Hernando Bachicao, que era su compadre dos veces. Traía muchas armas, abundante pólvora en botijas, y gran cantidad de plata para Gonzalo Pizarro y para él".
      El recorrido que habían hecho era de unos 600 km. Tras descansar unos días, se pusieron de nuevo en marcha y llegaron a Jaquijaguana, donde los indios los recibieron bien "porque le tenían gran miedo a Carvajal, y le dieron carneros y alimentos, dejándole muchos indios para llevar la ropa y el fardaje". Poco se imaginaba Carvajal que en ese valle de Jaquijaguana resultaría pronto derrotado y muerto. Solo pensaba en seguir avanzando, y el infatigable viejo tuvo un percance: "Llegó a un poblado de los indios locumaes, y aquella noche le dio un bravísimo olor de estómago, del que estuvo muy fatigado durante dos días. De allí, fue llevado en andas hasta el pueblo de Andahuaylas, donde estaba la encomienda de Diego de Maldonado el Rico. En este pueblo se le avivó el dolor y se le pasó al costado, estando a punto de muerte, por lo cual sus capitanes, sus amigos y su médico, el licenciado Cristóbal Sánchez, le dijeron muchas veces que se confesase e hiciera testamento".
     Carvajal se mostró conforme, y llamó primeramente a su capellán, el padre Márquez. Cuando llegó, le dijo que le recitara un romance y unas coplas que a él le gustaban. El clérigo le contestó que ya las aprendería, pero que lo que tenía que hacer era confesarse de inmediato. Insistió en ello, y le respondió con su estilo mordaz y tajante: "Mire, padre. Si queréis estar a buenas conmigo, no me habléis más de eso, porque os juro que mandaré daros garrote y echar a los perros vuestro cuerpo para que lo coman". Después de estar juntos un rato, que todos creerían que fue el tiempo de su confesión, Carvajal le dio un encargo a su capellán: "Le dijo que se fuese y que dijera a sus capitanes y al médico que se había confesado, amenazándole con castigarle si otra cosa dijese".
     Lo que sí hizo de inmediato fue su testamento ante el escribano público, y, en él, el cuasiblasfemo Carvajal sí quiso ganarse el perdón divino por su atroz existencia. Dejaba generosas aportaciones de dinero para las iglesias de Lima, el Cuzco y Las Charcas, así como para las doncellas huérfanas y las mujeres pobres. A un sobrino suyo (del que se decía que era su hijo), llamado Francisco Gascón Díez, y el cual siempre iba a su lado, le destinaba "diez mil pesos de oro, con la condición de que, por ser mestizo, fuese a España y se casase allá". Reservó también dinero para sus criados y para el asustado capellán. Del resto de sus bienes, que eran muchos, hizo heredera universal a su mujer, doña Catalina de Leyton. Pero añade el cronista: "No hubo ninguna cláusula en la que mandase restituir lo que había tomado y robado a diversas gentes".

     (Imagen) DAMIÁN DE LA BANDERA fue un personaje notable, valiente, leal y culto, a quien acabamos de ver en riesgo por la ira de Carvajal. Llegó muy joven a las Indias. En las guerras civiles siguió, forzosamente, un proceso tortuoso. Estuvo en el bando del virrey, a las órdenes del capitán Pablo Meneses (a quien ya conocemos), pero su toma de posiciones fueron distintas. Cuando Gonzalo Pizarro llegó a Lima, Meneses se puso a su servicio, mientras que Damián de la Bandera huyó para poder mantenerse leal a la Corona. En el Cuzco, lo atrapó el terrible Francisco de Carvajal, y, a la fuerza ahorcan (nunca mejor dicho), no le quedó más remedio, para salvar la vida, que alistarse en sus tropas. Intentó matar a Carvajal, fracasó en el empeño, y tuvo que seguir en su bando, aunque siempre temeroso de que Carvajal algún día lo matara, como le ocurrió a su compañero Francisco Matamoros. En cuanto surgió la ocasión de escapar de sus garras, se unió a Diego Centeno, pero tuvo que huir de nuevo porque Carvajal los derrotó. Sin embargo, le llegó el momento de la revancha, luchando contra él en Jaquijaguana incorporado a las tropas de Pedro de la Gasca, donde murieron Gonzalo Pizarro y Carvajal. Participó después en los últimos conflictos civiles, siempre en el bando real; perdió batallas, pero ganó guerras, y fue muy estimado por tres virreyes sucesivos: por encargo del Marqués de Cañete (quien lo premió por sus servicios), escribió una estupenda 'Relación general de la provincia de Huamanga'; el Conde de Nieva lo defendió de unas acusaciones que le habían hecho; y el excepcional don Francisco de Toledo, que lo apreciaba en extremo, le encargó que hiciera un informe sobre la zona de Potosí porque era un experto en temas indígenas. En la imagen le vemos pleiteando contra Antonio Vasca de Castro, hijo de Cristóbal Vaca de Castro (el que acabó con Diego de Almagro el Mozo), porque le habían concedido una encomienda de indios que era suya. También ganó esa 'batalla' (que duró de 1560 a 1574). La parte final de su vida transcurrió en el Cuzco, donde consta que DAMIÁN DE LA BANDERA aún vivía el año 1590.



jueves, 4 de junio de 2020

(Día 1126) Francisco de Carvajal, que había perdonado a Francisco Matamoros un intento de matarlo, encontró después otra excusa para ahorcarlo y quedarse con sus bienes. Lo hizo con sus irónicos y sádicos comentarios.


     (716) Veamos la actuación del tragicómico Demonio de los Andes: "Le dijo: 'Señor Francisco Matamoros, me parece que vuestra merced, como buen caballero hidalgo, no quiere ir adonde yo le mando, pues siempre ha sido porfiado en sus cosas. Ya que no quiere ir, hagamos lo siguiente. Vuestra merced no se quede ni se vaya, sino que se le alcen los pies del suelo, y vaya a poblar la horca, porque hace muchos días que está despoblada. Porque vuestra merced es muy desobediente, y para que tenga memoria del arcabuzazo que me dio en las nalgas durante la noche, estando en Pocona, es menester, señor, que nos hagamos amigos y me deje como heredero de sus bienes, pues, sin duda, ha de morir'. Y, después de esto, le mandó que se confesara. Al oírlo, Francisco Rodríguez Matamoros se puso de rodillas ante él, y, con abundancia de lágrimas, le pidió perdón por todos sus desacatos, diciéndole que iría adonde le mandase aunque perdiese la plata. Francisco de Carvajal no quiso admitir sus ruegos, y mandó a Francisco Miguel, su alguacil, que lo ahorcase del lugar más alto, para honrarle".
     El triste Matamoros, viendo que estaba perdido, se confesó con el sacerdote Ortún Sánchez, y fue ahorcado en la ventana más alta de una casa. Después Carvajal quiso justificarse ante sus soldados por lo que había hecho, haciendo alusión, como motivo añadido, a algo que había pasado anteriormente, y que ya nos es conocido. Recordemos que, tiempo atrás, cuando los de Carvajal perseguían a Lope de Mendoza, decidieron Matamoros y Damián de la Bandera (al que habrá que dedicar una próxima imagen), apoyados por otros soldados, matar a su capitán, Carvajal, y ellos dos le dispararon con  sus arcabuces por la espalda, siendo herido, de poca gravedad, en una nalga. Luego huyeron, pero decidieron volver y pedir perdón a Carvajal, quien, para variar en sus costumbres, los perdonó. De ahí que ahora se queje con estas palabras: "Este caballero (Matamoros) habrá quedado escarmentado de dar arcabuzazos, pues no ha tenido en cuenta que yo se lo perdoné, y ha reiterado su bellaquería desobedeciendo mis órdenes". Santa Clara añade que también dijo que "si Damián de la Bandera, que se había quedado en la villa de La Plata, estuviera presente, también le habría ahorcado de haberle respondido de la misma forma que Matamoros".
     De manera que sus perdones no eran completos, porque se volvía más riguroso con los perdonados. Además, como diría él con su sarcasmo, 'heredó' toda la plata de Matamoros, pues se quedó con ella. No es desechable pensar que Carvajal, con mañas de estratega viperino, metió a Matamoros en el grupo de los que tenían que ir tras los de Chile esperando que el problemático soldado se opusiera. Con ello, tuvo una excusa para matarlo y quedarse con sus bienes. Por eso tiene sentido que Santa Clara escribiera: "Hizo una lista, no sin malicia".
     Nos dice también el cronista que muchos de los que partieron hacia Chile con Jerónimo Ruiz de Baeza le abandonaron, "porque les faltó la comida, hacía muy grandes fríos y caía tanta nieve, que temieron perecer". Era el territorio en el que se helaron años antes tres jinetes de Diego de Almagro, y, al volver, días después, "los hallaron enteros sobre sus caballos, como si acabaran de morir".

     (Imagen). Ya aclaramos varias dudas sobre la biografía de ANTONIO DE ULLOA, pero nos va a servir ahora para ver hasta qué punto Gonzalo Pizarro se equivocaba a veces confiando en sus capitanes. No se puede decir que fuese ceguera suya, sino resultado del podrido ambiente social que supuraban las guerras civiles, en las que todo valía. Es posible que Jerónimo Ruiz de Baeza, aunque se le huyeron muchos soldados, pudiera llevarle alguno a Antonio de Ulloa con destino a Chile, pero de nada le sirvió, porque, como vimos anteriormente, le fue arrebatado el barco a Ulloa, y lo dejaron en tierra con sus hombres. Fue por entonces cuando su fidelidad a Gonzalo Pizarro comenzó a resquebrajarse. Pero leamos las alabanzas que Gonzalo solía hacerle. Precisamente, en la carta que le escribió desde Quito a Carvajal pidiéndole que reclutara gente para Ulloa (12 de febrero de 1546), le decía: "Antonio de Ulloa va con ayuda (a Chile) para Pedro de Valdivia. Se la di por ser caballero y de mi tierra, y pariente de Lorenzo de Aldana y Gómez de Solís, y porque ha luchado en esta batalla haciéndolo como quien es. Le daré un socorro tan copioso como sea posible, porque tengo a Pedro de Valdivia (quien también luchará contra él sirviendo a Pedro de la Gasca) por amigo mío, y sé que, siempre que sea necesario, vendrá a ayudarnos como amigo". Después comenta que tras haber sido derrotado y haber muerto Blasco Núñez Vela (nunca lo llama virrey), se condenó a muerte a cuatro vecinos de la ciudad de Quito, Diego de Torres, Sancho de la Carrera, Sarmiento y Martín de la Calle. Y dice: "Estos han huido, pero pienso que los detendremos poco a poco". Termina añadiendo: "Ayude a a Antonio de Ulloa en todo lo que pudiere. Él tiene permiso para llevar a la gente en dos o tres navíos por el mar". Está registrado (ver imagen) que partió de España en 1535 hacia Guatemala. Era hijo de Gonzalo de Ulloa y Teresa de Ulloa, y vecino de Cáceres. Dos testigos juraron que lo conocían y que no era de los prohibidos (ni judío ni musulmán).



miércoles, 3 de junio de 2020

(Día 1125) El cronista Santa Clara ensalza, con justicia, al capitán Alonso de Mendoza. Antonio de Ulloa se preparó para llevar gente a Chile. Un soldado desobedeció, quizá provocándolo Francisco de Carvajal para justificar su muerte.


     (715) Pero con quien el cronista Santa Clara se deshace en elogios es con el capitán Alonso de Mendoza, a quien vemos al servicio de Gonzalo Pizarro, aunque más tarde lo abandonará. Recordemos que, terminada esta guerra civil, fundó, por encargo de Pedro de la Gasca, la ciudad de La Paz, la actual capital de Bolivia: "Para que no hubiese más alborotos, Francisco de Carvajal salió de Las Charcas, habiendo dicho al capitán Alonso de Mendoza que se quedase con veinte arcabuceros, y como teniente de gobernador en nombre de Gonzalo Pizarro. Fue este capitán Alonso de Mendoza uno de los más señalados hombres que hubo en Perú, al que se le daban muy bien las cosas de la guerra, y con quien ninguna comparación tenían Pedro de Puelles y Alonso de Toro, y como tal ha pasado a la historia. Yendo de camino, muchos soldados de Carvajal entraban en las poblaciones de los indios y les tomaban por la fuerza cuanto tenían, lo cual daba lástima verlo, y de esta manera llegaron al pueblo de Viacha, para descansar allí algunos días".
     Estando Carvajal en Viacha, tuvieron una visita: "Llegó Jerónimo Ruiz de Baeza con cartas de Gonzalo Pizarro, que entonces se encontraba ya en Lima, en las que comunicaba que enviaba a la provincia de Chile al capitán Antonio de Ulloa con gente que le había pedido Pedro de Valdivia, y que Ulloa quería también llevar a otros voluntarios, por lo que le indicaba a Carvajal que lo permitiera". Ruiz de Baeza llegaba con poderes de Ulloa para hacerse cargo de los que quisieran partir hacia Chile. Carvajal lo recibió muy bien y colaboró gustosamente, publicando bandos para que la gente se alistase. Casi de inmediato se presentaron más de treinta sodados decididos a ir a Chile, y muy contentos por servir a Pedro de Valdivia y a Su Majestad (lo cierto es que, con este cambio en sus vidas, abandonaban su condición de rebeldes). Después de que partiera esta tropilla, "Francisco de Carvajal mandó que fuese detrás Juan de Betanzos (extraordinaria persona a la que dediqué una imagen) con algunos arcabuceros, para que los que iban hacia Chile no agraviaran por los pueblos a los indios ni los cargasen ni les tomasen algunas indias".
     Luego Francisco de Carvajal hizo algo que, según lo da a entender Santa Clara, fue una maniobra atroz: "Hizo una lista, no sin malicia, de los que habían de seguir a los reclutados, y se la dio a Juan de Betanzos para que los fuera llamando. Cuando Betanzos los fue llamando, al nombrar a Francisco Rodríguez Matamoros, dijo que no podía ir, porque tenía que llevar cinco cargas de plata a un mercader compañero suyo que estaba en el Cuzco. Al decírselo Betanzos, Carvajal se enojó bravamente". Sin embargo, se contuvo, y, por medio de Betanzos, le exigió que fuera, o tendría problemas. Matamoros vio que no tenía escapatoria, pero dio una respuesta exigente: dijo que iría si Carvajal se hacía responsable de que la plata quedara protegida, de manera que, en caso de algún perjuicio, respondiera él de los daños.
     Fue el detonante de una catástrofe, que, quizá planeada planeada por Carvajal, le resultó muy rentable: "Carvajal mandó traer ante sí a Matamoros, y, cuando llegó, no le riñó, como solía hacer con aquellos a los que apreciaba. Si reñía a alguno, no lo ahorcaba, y, cuando lo alababa, era señal de que iba a morir (qué retorcido).  Y así aconteció con este triste hombre".
     Lo que anuncia una trágica escena del más refinado sadismo.

     (Imagen) En 1546 DIONISIO DE BOBADILLA iba con Francisco de Carvajal para enfrentarse con Diego Centeno. Le llegaron al Demonio de los Andes unas cartas en las que le decían que se cuidase de Aguirre, Zambrano, Pineda y Bobadilla porque tenían intención de matarlo. Carvajal ahorcó a los tres primeros, llamó a Bobadilla y le dijo que leyera las cartas. Al ver que aparecía su nombre, se quedó conmocionado. Carvajal, que lo consideraba un soldado muy útil, le dijo que se tranquilizara, porque no pensaba castigarle. Más tarde se supo que la información era falsa, ya que se había obtenido de Francisco de Guzmán a base de tormentos. Tras aclararse lo que ya no tenía remedio, Bobadilla continuó siendo fiel a Gonzalo Pizarro. Cuando Carvajal mató a los extraordinarios capitanes enemigos Lope de Mendoza y Nicolás de Heredia, le encargó a Bobadilla que llevara sus cabezas a la plaza de Arequipa. Mencionamos en la imagen anterior a Francisco de Bosso Visconti. Era italiano (de Milán), y participó en la fundación de Arequipa. Le hemos visto como partidario de Gonzalo Pizarro, pero cambiará de bando, y, pasado un tiempo, se casó con la incomparable Juana Leyton, humana y valiente (de la que ya hablamos), querida como una hija por el sanguinario Francisco de Carvajal, a la que todo le consentía. También los psicópatas tienen su corazoncito. Así era el protagonista de la gran película 'Al rojo vivo', para quien solo había una cosa sagrada en esta vida: su madre. Ya hablamos de que Juana Leyton, absolutamente fiel al Rey, le pidió a Dionisio de Bobadilla que le entregara la cabeza de Mendoza para enterrarla dignamente. No quiso hacerlo, y ella le profetizó que algún día su propia cabeza estaría expuesta en el mismo lugar. Bobadilla quitó la envoltura de los despojos. Un soldado le dijo que apestaban, y él respondió (con humor carvajalesco) que las cabezas de los enemigos olían a ambrosía. Pasó menos de dos años, y, en 1548, tras ser derrotados los rebeldes en Jaquijaguana, la cabeza de DIONISIO DE BOBADILLA fue colocada en la picota de la plaza de Arequipa.



martes, 2 de junio de 2020

(Día 1124) Eran muchos los partidarios de Gonzalo Pizarro que odiaban a Francisco de Carvajal. Cuando este se enteró decidió ir a Lima para aclarar las cosas. Pero antes de salir del Cuzco tuvo que evitar un conflicto entre dos capitanes.


     (714) Voy a aprovechar al máximo lo que queda del tercer tomo del libro de Pedro Gutiérrez de Santa Clara, ya que no consigo encontrar el cuarto. Es una lástima, porque estoy llegando a la conclusión de que, sopesando defectos y virtudes, es el mejor de los cronistas, a pesar de haber tenido poco reconocimiento. Nos cuenta ahora por qué Francisco de Carvajal se volvió a Lima: "Había en esta ciudad muchos que deseaban la muerte al maestre de campo Francisco de Carvajal, entre los cuales estaban los licenciados Diego Vázquez de Cepeda y Benito Suárez de Carvajal, así como Juan de Acosta y otros, pero le querían mal por la envidia que le tenían. La causa era que, en Lima, el tirano Gonzalo Pizarro, si pensaba hacer mercedes a algunos, primeramente le escribía a Francisco de Carvajal para saber su opinión. También le odiaban porque era muy bravo, soberbio, cruel, carnicero y matador de hombres, pues, a diestro y siniestro y sin ningún miramiento, los mandaba matar y hacer cuartos sin confesión, y, además, se había enriquecido mucho. Decían en secreto y en público mil injurias y males de él, y que se quería alzar en las Charcas y hacerse señor de aquella tierra".
     El malestar llegó al extremo de que se publicaban pasquines anónimos contra su reputación, que después se consideraron promovidos por los dos licenciados y por el capitán Juan de Acosta. En ellos se denunciaba una rebelión de Francisco Carvajal contra Gonzalo Pizarro, financiada con la mucha plata que había robado: "Como estos hombres estaban llenos de envidia y de rencor contra él, fueron algunos adonde Gonzalo Pizarro, le dijeron todo lo que se hablaba de Francisco de Carvajal, y le pidieron que pusiese remedio enviando mucha gente contra él, para  apresarlo o matarlo antes de que hiciese gran daño, pues ya bastaba tener el conflicto con el licenciado La Gasca". Aunque Gonzalo Pizarro les respondió que no podía creer nada de lo que se le acusaba a Carvajal, "le escribió diciéndole lo que se hablaba de él, y ordenándole que viniese lo antes posible para que pusiese freno a los mentirosos y envidiosos; le añadió que convenía especialmente su presencia para dar su consejo, porque, estando él ausente, no sabía qué hacer acerca de la flota que, estando en Panamá, se había entregado al presidente La Gasca".
     Francisco de Carvajal se irritó sobremanera cuando supo los comentarios que se hacían en Lima sobre él, y decidió de inmediato partir, como le pedía Gonzalo Pizarro, con ganas, además, de llegar pronto para tomar venganza contra los difamadores. Cuando ya estaban todos prestos para la salida, se produjo un incidente: "Hubo malas razones, y peores palabras, entre Juan Vázquez de Ávila, que era alcalde del lugar, y Diego de Almendras, hermano del capitán Martín de Almendras, que allí estaba, y dicen que fue por culpa del alcalde, quien pidió ayuda para prenderlo, pero nadie se atrevió a hacerlo, por miedo a Francisco de Carvajal, quien, con gran presteza, se puso en medio de los litigiosos. Le mostró gran enojo a Diego de Almendras, y habría dado orden de cortarle la cabeza por desacato a la autoridad, de no estar presente su hermano, el capitán Martín de Almendras, y por tener en cuenta los grandes servicios que los dos le habían hecho en las batallas".

     (Imagen) En agosto del año 1547 (se iba acercando el decisivo momento de la batalla de Jaquijaguana), Francisco de Carvajal, en su estilo siempre ingenioso y mordaz, le escribió desde Arequipa una carta a Gonzalo Pizarro. Es muy reveladora, aunque hay que adivinar su sentido. Comenta lo siguiente (resumido): "Francisco de Bosso le dijo a Doña María de Cárdenas ('señora de calidad conocida', decía un cronista -de ahí el doña-), mujer de Hernando de Silva, que fuera adonde estaba su marido, para convencerlo de que volviese a su casa para obtener de vuestra señoría (G. Pizarro) que le perdonara la vida, y que, para esto, sería oportuno matar a Centenillo (Diego Centeno), y doña María partió esa misma noche. Doña María Calderón, mujer de Jerónimo de Villegas, viendo que doña María de Cárdenas marchaba, pensando que huía, ella también huyó". Luego habla de lo que hacían otras dos mujeres, y de que los vecinos estaban muy arrepentidos de lo que ellos habían hecho (en contra de Gonzalo). Y dice amenazante: "Aseguran que desean volver a servir a vuestra señoría, pero créame que esta ciudad es totalmente traidora, y lo son su río, el sol que la alumbra y el aire que la sostiene". Hiela la sangre pensar que a esa María Calderón la va a ahorcar de una ventana (como ya vimos), por ser ella dirigente de un grupo de mujeres públicamente opuestas a Gonzalo Pizarro (entre las que quizá estuvieran las otras dos a las que alude). Pero HERNANDO DE SILVA era demasiado astuto para poder atraparle. Fue tercer Señor de Ciudad Rodrigo (Salamanca), donde nació. Había luchado con Carlos V en las guerras europeas. Llegó a Perú con Hernando Pizarro. Siendo vecino de Arequipa, se opuso a que Lucas Martínez Vegaso (a quien ya conocemos), por orden de Gonzalo Pizarro, se llevara la plata de la ciudad (de ahí su huida). Pero no pudieron con él. Es muy significativo de su lealtad a la Corona que volviera a España en 1548 después de la derrota y muerte de Gonzalo Pizarro. Acompañó a Felipe II a Flandes. Batalló el año 1558, como maestre de campo, en Alejandría de Palla (Italia), y hay constancia de que, en 1568, aún vivía.



lunes, 1 de junio de 2020

(Día 1123) La Gasca violó el secreto de la correspondencia de sus soldados, con lo que supo quiénes le eran fieles y quiénes no; pero a estos (sin saber lo ocurrido) los trató amablemente y se los fue ganando.


     (713) A Pedro de la Gasca le va a resultar beneficioso el método 'Alejandro Magno', aunque se enterará de opiniones que le ridiculizaban. Hubo muchos que escribieron alabándolo, y aconsejando a los destinatarios de las cartas que se pusieran bajo sus órdenes, porque era un hombre muy valioso y humano, que mitigaría el rigor de las leyes y sería generoso en los perdones: "Pero otros decían en las suyas que los capitanes hicieron muy mal al entregar la flota a un clérigo sin suerte, del que no sabían quién era, y que más parecía un sacristanejo de alguna pobre aldea que presidente de un rey tan poderoso como era el de Castilla. Decían muchos males de él y de todo lo que había hecho en Panamá, pero que no se preocupasen, porque lo iban a matar al llegar a Tumbes, y a los capitanes con él".
     Se le entregaron a Pedro de la Gasca todas para que las enviase con las que supuestamente iba a mandar él también: "Después él se metió en su recámara con el secretario, las leyeron de una en una, y, vistas todas, La Gasca, separó las que hablaban bien de él de las que hablaban mal. A los autores de estas últimas los llamó de uno en uno, y los recibió con los brazos abiertos y el bonete en la mano, como si fueras sus propios hermanos, sin hacer alusión a sus cartas. Cada vez que los veía, les hablaba con mucha amabilidad. Si eran hombres de estofa (linaje: entonces no era palabra peyorativa), les prometía hacerles grandes mercedes. A los demás, les hacía favores y les daba de comer en su cámara. Ciertamente, de haber sido un tirano, habría mandado matar a muchos de estos. Pero era padre de la patria y hermano de todos, y, con mansedumbre y discreción, los atraía al servicio de su Majestad. Las cartas buenas de los leales, las envió al Perú, y aprovecharon mucho, y las malas se hicieron pedazos y se quemaron, aunque otros dicen que le fueron enviadas al Príncipe Felipe". Añade Santa Clara que Pedro de la Gasca guardó un secreto total sobre lo sucedido, porque, si trascendiera, "habrían huido todos los autores de esas cartas, y le matarían, y, de esta manera, comenzaron a quererle y servirle como verdadero padre y señor".
     Termina Santa Clara la anécdota haciendo un gran elogio de Santa Clara: "Si estas malas cartas hubiesen llegado al Perú, y fueran vistas por los capitanes y soldados del tirano, las habrían creído más que a las buenas, y permanecerían contumaces al servicio de Gonzalo Pizarro, pero, como solo llegaron las buenas, todos se alzaron contra él, como veremos más adelante. Además, el presidente La Gasca era tan benigno con todos, y tan sabio y prudente, que ganó las voluntades de los que andaban descontentos. Era tan callado y astuto, que, a ejemplo de los ríos profundos y caudalosos, que avanzan sin ruido, pero con gran fuerza, pasó por alto todas estas cosas, sin hacer caso de ellas, para no actuar como un arroyo pequeño que hace gran ruido en los pedregales. Por todas estas virtudes, los que le seguían le tomaron grandísimo aprecio, y le sirvieron de buena voluntad, y nunca le abandonaron, hasta que llegó al valle de Jaquijaguna, en donde dio la batalla definitiva al tirano".

     (Imagen) Ya hablamos de FRANCISCO MALDONADO, del que, por su fidelidad al rebelde Gonzalo Pizarro, apenas ha quedado huella en los archivos históricos. Pero el cronista Santa Clara va a echarnos una mano para hacernos saber que infundadas sospechas del propio Gonzalo estuvieron a punto de costarle la vida. Recordemos que, por encargo suyo, Maldonado, que era su maestresala, llegó hasta Alemania para tratar de conseguir algo imposible: que Carlos V fuera indulgente y reconociera a Gonzalo como Gobernador de Perú. Así fue la cosa (poco antes de que le permitieran a Pedro Hernández de Paniagua volver adonde Pedro de la Gasca): "Gonzalo Pizarro determinó cortarle la cabeza a Francisco Maldonado, porque había hecho el viaje de vuelta con Pedro de la Gasca, porque se había casado en España con doña Ana de Acevedo, dama de la princesa María Manuela de Portugal, mujer que fue del príncipe Don Felipe, y porque se dijo también que había negociado más para sí que para el tirano, su amo, por lo que había conseguido que le concedieran que sus encomiendas de indios fueran perpetuas, a manera de mayorazgo, y que a su hijo mayor el príncipe Felipe lo hiciera paje suyo. También se hablaba de que, para premiarle todos los servicios que había hecho en el Perú, porque era uno de los primeros conquistadores, Su Majestad lo nombró Caballero de Santiago. Para certificar si esto era verdad, Gonzalo Pizarro envió a un alcalde y un escribano, los cuales abrieron las cajas que tenía, y no encontraron ninguna prueba de este nombramiento, porque fue una falsedad. De manera que, por estas habladurías, estuvo en gran peligro su vida". FRANCISCO MALDONADO no le guardó rencor a Gonzalo, y le fue fiel hasta la muerte, pues, tras la derrota de Jaquijaguana, resultaron los dos decapitados. Inca Garcilaso vio la cabeza de Maldonado (año 1548) colocada en una jaula en la plaza del Cuzco. Un dato más: María Manuela de Portugal murió en el parto de su primer hijo, el psicopático Don Carlos, protagonista de la famosa ópera de Verdi.