viernes, 15 de mayo de 2020

(Día 1109) La carta que le envió Pedro de la Gasca a Gonzalo Pizarro era una clarividente exposición de sus trampas, y de que jamás podría vencerle al Emperador Carlos V.


     (699) Pero luego Pedro de la Gasca va a tratar de acorralar a Gonzalo Pizarro basándose en sus mismas palabras, las que utilizó, también con hipocresía, en la carta de apelación que le envió al Rey: "Vuestra merced le escribió a Su Majestad diciendo que había aceptado el cargo de gobernador por habérselo pedido la Audiencia en  nombre de Su Majestad, habiéndole dicho los oidores que, de  no aceptarlo, le habría desobedecido al Rey, y que por esto lo había aceptado hasta que Su Majestad otra cosa mandase, lo cual vuestra merced, como bueno y leal vasallo, obedecería". Luego le insiste en que viene con plenos poderes del Rey, y le da una serie de razones para demostrar los beneficios de que obedezca, entre los cuales estaba el de que, habiendo paz, podrían los conquistadores seguir descubriendo nuevas tierras y fundando poblaciones, "que es el verdadero remedio con el que, los que no tuvieren para comer en lo ya descubierto, lo tengan en lo que se descubriese, y ganen honra y riqueza, como lo hicieron los conquistadores de lo descubierto y conquistado".
     Lo que sigue a continuación es una serie de argumentos dirigidos a que Gonzalo Pizarro se dé cuenta de los terribles males que le esperan si decide seguir el camino de la rebeldía. Le pide que se comporte como un caballero cristiano, de forma que "obedezca todo lo que el Rey le manda, para cumplir la fidelidad que como vasallo le debe, lo cual también se lo debe a Dios, porque, por naturaleza, también lo manda, como lo entendieron los de su linaje, y sería cosa grave que vuestra merced lo degenerara manchándolo, porque el que, a Dios en la fe o al Rey en la fidelidad, no corresponde como es justo, no solo pierde su fama, sino que también oscurece y deshace la de su linaje y familiares".
     Tras los argumentos morales, llega la evidente gran amenaza: "Considere asimismo con prudencia vuestra merced la poca posibilidad suya de poder mantenerse contra la voluntad de su Rey. Ya que, por no haber andado en su Corte ni en sus ejércitos, ni visto el poder y la determinación que suele mostrar contra los que le enojan, recuerde lo que de él ha oído, considere quién es el Gran Turco, y cómo vino en persona con más de trescientos mil hombres de guerra, y que, cuando se halló en Viena cerca de Su Majestad, entendió que no era capaz de dar la batalla, y que la perdería si la diese, por lo que se vio forzado a retirarse, y, para poderlo hacer, tuvo que perder miles de hombres de a caballo que echó por delante, para que, ocupado en ellos, Su Majestad no supiese que se retraía él con la otra parte del ejército". La verdad es que asombra la ceguera suicida de todos los rebeldes de cada una de las guerras civiles que se produjeron en Perú. Podían, y pudieron ganar batallas, pero, al final, más pronto o más tarde, les esperaba la derrota definitiva. Incluso el implacable Francisco de Carvajal, que se tomó la resistencia como un paso sin vuelta atrás, le dijo claramente a Gonzalo Pizarro que "si logramos matar a este (Pedro de la Gasca), luego vendrá otro". Quien llevó esa locura al extremo fue Íñigo Lope de Aguirre. Era un salvaje, pero inteligente y veterano. Tenía que saber que acabaría ejecutado, pero llega uno a pensar que no le importaba, y que vivió su aventura disfrutando del riesgo. Cuando lo apresaron y mataron (año 1561) tras bajar el Amazonas, se dirigía desde la costa venezolana, con los trastornados que le quedaban, a tratar de apoderarse de la ¡gobernación de Perú!

     (Imagen) Entre los sesenta y tres notables de Lima que, por complacer a Gonzalo Pizarro, le escribieron una muy dura carta a Pedro de la Gasca exigiéndole que lo reconociera como Gobernador de Perú, estaba Sebastián Garcilaso de la Vega, algo que su hijo, el cronista Inca Garcilaso, pasa de largo, evitando que se note que, el hecho de que Gonzalo le perdonara la vida, lo tenía más comprometido de lo que nos ha contado. A muchos de ellos ya los conocemos, pero hablaremos de algunos de los otros, y empezaré con el jerezano ALONSO DE RIQUELME, aunque lo he mencionado varias veces. Era Tesorero Real, y también hombre de armas. Gran negociador y hombre muy respetado, aunque ansioso de riquezas y muy corrupto. El prestigioso historiador peruano Raúl Porras dijo de él que fue "uno de los verdaderos buitres de la conquista". Tuvo sus líos con los Pizarro, quienes le impidieron ir a España para denunciarlos. Recordemos que, tras ser asesinado Francisco Pizarro, Riquelme descubrió dónde estaba escondido su secretario, Antonio Picado, y lo mataron también. Agustín de Zárate llegó con la misión de fiscalizar su contabilidad, y se encontró, en agosto de 1545, con que era ya "un hombre muy viejo y enfermo, apenas tiene vista y todo lo hace por sustituto, y fomenta con agrado las revueltas civiles para impedir que se pueda llevar a cabo la revisión de sus cuentas". según Santa Clara, "era un hombre muy gordo, viejo y gotoso, al que siempre llevaban en una silla". Se dudaba de la fecha de su muerte, pero veo que, en el archivo de documentos del eficaz Pedro de la Gasca, consta que ALONSO DE RIQUELME (al que tenía entonces bajo inspección contable) murió, de enfermedad, un mes después de la batalla de Jaquijaguana, en mayo de 1548. Dejó como heredera de sus numerosos bienes (casas, joyas, haciendas agrícolas y ganaderas, más una gran fortuna monetaria) a su única hija, Catalina de Riquelme, quien estaba casada con el capitán sevillano Juan Tello de Sotomayor, del que ya vimos su constante fidelidad a la Corona y su participación en el apresamiento y muerte de Francisco Hernández Girón, el último rebelde.



jueves, 14 de mayo de 2020

(Día 1108) La carta del Rey y la de Pedro de la Gasca, que este envió a Gonzalo Pizarro, tenían ambas el mismo tono diplomático de admitirle buena voluntad en todo lo que hizo, aunque era un paso previo para la guerra, si fuera necesaria.


     (698) Ese descortés trato del Rey le tuvo que encoger el alma a Gonzalo Pizarro, porque, aunque ya lo temiera, es probable que hubiese dado cierto crédito a los rumores de que los documentos que traía Pedro Hernández Paniagua contenían su nombramiento oficial para el ilustre cargo de Gobernador. Veamos lo que le dice el Rey a Gonzalo Pizarro (resumido): "Por vuestras cartas, y por otras comunicaciones, he sabido las alteraciones y cosas acaecidas en el Perú después de que llegara el virrey Blasco Núñez Vela, a causa de haber querido poner en ejecución las Leyes Nuevas por Nos hechas para el buen gobierno de esas partes, y buen tratamiento de sus naturales. Tengo por cierto que, ni vos, ni los que os han seguido, habéis tenido intención de desobedecernos, sino la de evitar la aspereza y rigor que el dicho virrey quería usar, sin admitir apelación alguna". Añade a continuación que, por ese  motivo, había enviado a Pedro de la Gasca con amplios poderes, "para que lo que, en nuestro nombre, él os mandare, lo cumpláis como si por Nos os fuese mandado, y de vos confiamos que así lo hagáis, pues tengo y tendré memoria de vuestros servicios, y de lo que el Marqués Don Francisco Pizarro, vuestro hermano, nos sirvió, para que sus hijos y hermanos tengan merced".
     En el texto, el Rey se muestra, quizá diplomáticamente, demasiado comprensivo con Gonzalo Pizarro, en perjuicio, además, de la memoria del virrey, cuya muerte, de haberla conocido (ocurrida un mes antes, pero sin que aún hubiese llegado la noticia), habría dado como resultado una carta muy diferente.
     Veamos el contenido resumido de la carta que le envió Pedro de la Gasca a Gonzalo Pizarro. Para empezar, utiliza un tratamiento más respetuoso. Lo llama 'Ilustre señor', pero eludiendo la palabra 'Gobernador'. El tono es cortés, y se disculpa ante Gonzalo por no haber podido enviarle antes la carta. Le explica que le envía las dos cartas, la del Rey y la suya, por medio de Pedro Hernández Paniagua, "porque es persona de la calidad que requiere Su Majestad, y tan principal en aquella tierra de vuestra merced (era también de Extremadura, aunque de Plasencia). En España hubo preocupación sobre cómo se deberían tratar las alteraciones que ha habido en el Perú tras la llegada del virrey Blasco Núñez, a quien Dios perdone (expresión habitual para hablar de un difunto), y a Su Majestad, tras oír los pareceres que sobre esto hubo, le pareció que las alteraciones no se habían causado para desobedecerle, sino por defenderse del rigor y la aspereza contra los derechos que, en vuestra apelación ante Su Majestad, habíais manifestado".
     Ya vemos que el tono del escrito sigue la misma pauta de aparente justificación (de lo que fue una clara rebeldía) que empleaba el Rey en el suyo, pareciendo casi que el tonto útil del conflicto era el virrey. La prueba evidente de que la culpa estaba en la actitud de Gonzalo Pizarro y sus hombres radica en que La Gasca fracasará en su actitud negociadora, y tendrá que triunfar a sangre y fuego. No obstante, el fracaso de estos planteamientos, le serviría, al menos, para dejar constancia, ante el Rey y el mundo entero, de que actuó sin precipitaciones, y de que la guerra fue inevitable. Como, además, la ganó, ha pasado a la Historia, justamente, como uno de los grandes personajes de las Indias.

     (Imagen) En la imagen anterior, hablé de que el licenciado Rodrigo Niño, mediante carta fechada en junio de 1547, y enviada desde el lejano valle de Atacama, fronterizo con Chile, le pedía ayuda a Gonzalo Pizarro para reforzar al cacereño ANTONIO DE ULLOA (veterano de Chile). Pues bien: en esos momentos estaba pensando Ulloa en traicionar a Gonzalo. Lo abandonó enseguida, se puso al servicio del capitán Diego Centeno, y, poco después, el 20 de octubre del mismo año, fueron derrotados los dos en la batalla de Huarina. Así lo cuenta Teresa de Ulloa, hija de Antonio de Ulloa y viuda del capitán Francisco de Tapia, en el escrito de la imagen, enviado al Rey para pedirle mercedes. Como era habitual, se contaba lo bonito, y se ocultaba lo inconveniente: Teresa no dice nada de la larga colaboración de su padre con Gonzalo Pizarro. Es llamativo que no lo situara en la batalla de Jaquijaguana, la de la definitiva derrota de Gonzalo Pizarro. Si se calla algo tan honroso, tiene que ser porque su padre no estuvo allí, aunque alguno lo diga. Nos resuelve otra duda al revelar cuándo murió. Para muchos cronistas fue un misterio, otros dijeron que ocurrió en Huarina, pero su hija lo deja bien claro: luchó después contra Girón, el último rebelde, bajo el mando de Alonso de Alvarado, resultaron derrotados en la batalla de Chuquinga, año 1554, y a ANTONIO DE ULLOA lo mataron. Despejemos otra duda. Se sabe que Ulloa se dirigía en un barco hacia Chile para llevarle tropas a Pedro de Valdivia por orden de Gonzalo Pizarro. Dicen que Ulloa tenía la secreta intención de matar a Valdivia, por viejos encontronazos en tierras chilenas. Pero, a la altura de Arequipa, el capitán del barco, Francisco Martínez, de acuerdo con algunos que iban a Chile desterrados por Gonzalo, entre ellos (como ya vimos), Alonso de Montemayor, cambió de rumbo para huir a México, dejando previamente en tierra a Antonio de Ulloa y los sodados que llevaba bajo su mando. Esa es la explicación de que se encontrara en el lejano valle de Atacama, donde tuvo tiempo y tranquilidad para darse cuenta (como lo hizo Rodrigo Niño) de que las ambiciones de Gonzalo Pizarro estaban condenadas al fracaso.




miércoles, 13 de mayo de 2020

(Día 1107) No fue una broma: los pizarristas decidieron sobornar a alguien para que matara a Pedro de la Gasca. No obstante, le enviaron con Lorenzo de Aldana la dura carta firmada por sesenta y tres vecinos el Cuzco.


     (697) Estaba prevista la posibilidad de fracasar, por muy atractivo que fuera el soborno. Incluso, si no estuvieran en las nubes, tendrían que dar por seguro el fracaso. Pero prepararon un plan siniestro por si eso ocurría: "Les dijeron que, si no podían conseguir esto, procurasen que algún criado de Pedro de la Gasca, o alguna otra persona que tuviese entrada en su casa, le echase en la comida algún bocado del que luego muriese, y que le prometiesen darle a quien lo hubiera de hacer diez mil ducados de buen oro bermejo. Y este fue el parecer común que hubo entre estos ciegos malaventurados". También le aconsejaron algunos a Gonzalo Pizarro que, si llegaba a conseguirse la muerte de La Gasca, se despoblase toda la zona de Nombre de Dios y Panamá, de manera que, nadie que viniese de España, pudiera hacerse con provisiones, siendo previamente traslados a otros lugares los ancianos, las mujeres y los niños. Otra medida sería la de enviar una tropa a México con el fin de apoderarse de aquellas tierras: "De manera que Lorenzo de Aldana fue enviado con la carta de los sesenta y tres hombres, y con estas instrucciones tan perversas que le dieron".
     Santa Clara, quien suele mostrarse tan religioso como Inca Garcilaso y Cieza, comenta otra anécdota extraña, que, aunque resulta absurda, no dejó de producir un supersticioso temor en aquellos curtidos y pecadores soldados. Veámosla, aunque solo sea como reflejo de la mentalidad de aquellos tiempos: "En aquellos días tan aciagos, aconteció algo maravilloso. Estando Gonzalo en Lima comiendo en una sala muy grande con sus capitanes y soldados, cayeron en el suelo las lanzas y las picas que estaban puestas en los hastiales, sin que los hastiales se desclavasen de la pared. Cayeron también de improviso todos los platos, jarros y vasijas que estaban puestos en el aparador, y, aun los que tenían las conciencias dañadas y andaban contra las cosas de Su Majestad, se turbaron en gran manera. Algunos lo interpretaron como que Gonzalo Pizarro había de acabar mal si no se enmendaba, y que su caída sería en breve. Otros, como cristianos, no pensaron en portentos ni en agüeros, aunque se maravillaron de ello, porque todas aquellas cosas cayeron sin haber temblado la tierra. Y así, se hablaron estas cosas durante muchos días entre capitanes, soldados, vecinos y mercaderes".
     Los dos cronistas, Inca Garcilaso y Santa Clara suelen ir a la par en la narración de los hechos, aunque, como ya dije, Santa Clara es más detallista. Tomamos ahora el hilo con Inca Garcilaso en el momento en el que llegó Pedro Hernández Paniagua a Lima con las cartas que le había dado Pedro de la Gasca para Gonzalo Pizarro, una del Rey y otra del propio La Gasca. Le recibió bien, pero le tomó los documentos, le dijo que saliera "y que no tratase con nadie cosas del presidente La Gasca, porque le traería malas consecuencias".
     Acto seguido, llamó al licenciado Cepeda y a Francisco de Carvajal, y los tres juntos leyeron las cartas. Primeramente, se ocuparon de la carta del Rey. Lo primero que llama la atención es que la comenzara con un frío "Gonzalo Pizarro", algo casi insultante para quien estaba deseando ser tratado como el Gobernador del Perú.

     (Imagen) El conquistador y licenciado RODRIGO NIÑO DE GUZMÁN fue un extraño personaje, valioso, pero nada fiable. Nació en Toledo el año 1510, y da la casualidad de que su mujer, María Valverde, estuvo casada con el excepcional (y trágico) Rodrigo Orgóñez, y era hermana del legendario obispo Vicente de Valverde. Rodrigo Niño llegó en 1541 a Perú, y se mantuvo pizarrista durante bastante tiempo. Luego aparece al servicio del virrey, pero pronto lo abandonó. Por eso, cuando Gonzalo Pizarro, ya muerto el virrey, convenció a sesenta y tres vecinos importantes de Lima para que le enviaran una dura carta a Pedro de la Gasca, presionándole para que volviera a España, uno de los firmantes era el letrado Rodrigo Niño. Poco antes, el bueno de Diego de Maldonado el Rico enfadó a Gonzalo Pizarro por aconsejarle que dejara de perseguir al virrey. En plan cizañero, Rodrigo Niño dejó un escrito junto a la cama de Gonzalo, insistiendo con más fuerza en lo dicho por Maldonado, por lo que este resultó sospechoso, y corrió peligro de que lo mataran. Quedó claro que el autor era Niño, y a punto estuvo Gonzalo de desterrarlo. Se pasó luego al bando de Pedro de la Gasca, aunque, solo unos meses antes, le escribió una pedigüeña carta a Gonzalo Pizarro para que ayudara a Antonio de Ulloa y a otros capitanes, pero con la siguiente postdata: "Me mataron en una batalla un caballo bueno que yo tenía. Suplico a vuestra señoría que me envíe dos de ellos, pues son para serviros". Le enviaron a España para entregar 83 pizarristas condenados a galeras, se le escaparon todos menos uno, y a este lo mató. Lo juzgaron por ello, fue condenado a luchar dos años en Orán, y le prohibieron volver a las Indias. Pero apeló la sentencia, y quedó absuelto el año 1550 de parte de la condena (ver imagen), por haber sido enviado con los galeotes sin apoyo de soldados. Volvió a Perú, y, hasta su muerte, en 1559, se normalizó su comportamiento, ganando muchos méritos en la lucha contra el último rebelde, Francisco Hernández Girón, logrando incluso que Juan de Piedrahita, uno de sus principales capitanes, se pasara al bando de la Corona.



martes, 12 de mayo de 2020

(Día 1106) Pedro de la Gasca le dijo con mucho detalle al virrey de México qué tipo de controles debería hacer para evitar problemas en Perú a los partidarios del Rey. Gonzalo Pizarro y los suyos planearon sobornar a La Gasca.


      (696) Pedro de la Gasca era muy consciente de estar sumergido en un pozo lleno de peligros, algunos evidentes, y otros, de carácter incierto, pero angustiosos. Por eso, le preocupaba el tráfico continuo de personas por aquella concurrida vía de paso que era el territorio panameño, sobre todo procedentes de España y de Centroamérica. En su carta a Don Antonio de Mendoza, virrey de México, le pide que tome medidas al respecto: "Su Majestad ha mandado que, debido a las alteraciones actuales, ninguno vaya al Perú sin su licencia, a no ser que sea mercader o casado que taiga su mujer consigo". Deja claro que eran especialmente inquietantes los marineros. Pide que se les controle, "porque me han dicho que son la peor gente y los que más alteraciones han causado; especialmente, los extranjeros y levantiscos, pues, como son enemigos de nuestra nación, matan en las luchas a los españoles ya vencidos". Luego le ruega que sea discreto: "Le pido a vuestra señoría que mande cumplir estas cosas sin dar a entender que lo hace a instancia mía, para que no pierda yo la posibilidad de ser escuchado sosegadamente en esta actitud de paz y sosiego que Su Majestad ha mandado que se procure inicialmente".
     Siempre preocupado y atento a los peligros, le ruega que haga un control importante, que afecta a las rutas marítimas: "Me parece que vuestra señoría debe mandar que  no salgan los galeones, ni los navíos de la armada que me han dicho que tiene en la Mar del Sur (el Pacífico) para ir a las islas de la Especiería (Las Molucas), hasta ver en qué vienen a parar las cosas de acá (y termina la frase mostrando su angustia ante la incertidumbre), porque en breve sabremos si se asentarán bien, o si será necesario hacerlo con gente de guerra". Hasta, sutilmente, se atreve a pedirle algo que no se sabe si a Mendoza le gustó o no: "Pienso que sería acertado que, con todos los gastos a cargo de Su Majestad, el señor Don Francisco de Mendoza (hijo del virrey) venga a ayudar y a capitanear estas cosas, pues vendría como quien es, y será el mayor y más señalado servicio que a Su Majestad se le haya hecho estos días". La carta está fechada en Panamá el día 18 de setiembre de 1546.
     A la hora de contar la salida de Lorenzo de Aldana hacia Panamá, el cronista Santa Clara deja al descubierto el siniestro plan que le habían encomendado: "Además de entregarle a Aldana la soberbiosa y descomedida carta que escribieron los sesenta y tres vecinos de Lima para Pedro de la Gasca, le dieron una instrucción de ciertas cosas que habían de tratar él y Pedro Alonso de Hinojosa con La Gasca". Luego indica todos los planteamientos que le tenían que hacer. Le habían de exigir a La Gasca que volviera a España y le dijera al Rey que lo más conveniente era concederle a Gonzalo Pizarro la gobernación de Perú, porque sería la mejor manera de lograr la pacificación de aquellas tierras. Si aceptaba, debían prometerle cincuenta mil ducados de oro (un claro soborno), para lo que Gómez de Solís tenía que llevar veintidós mil, de parte de Hernando Pizarro (que estaría al tanto desde su prisión en España). El resto se le depositaría en el lugar de España que él quisiera, con tanto secreto como desease.
    
     (Imagen) Digamos algo más del oidor FRANCISCO PÉREZ DE ROBLES, mencionado en la imagen anterior. Era un personaje valioso, pero con pocos escrúpulos. Nació en Baza (Granada). Hombre hiperactivo y prepotente, tras doctorarse en leyes, ejerció el importante y poderoso cargo de Regidor, con competencias militares, en Antequera, Carmona, Badajoz, Écija, Madrigal, Santo Domingo de la Calzada, Úbeda y Baeza. Cuando se creó la Audiencia de Panamá, el Rey lo nombró su presidente, con poderes de gobernador. El mandato de Robles estuvo empedrado de continuos incidentes, y fue muy criticado. Hasta había tenido problemas con el ejemplar obispo Tomás de Berlanga. Amasó una fortuna con el tráfico de esclavos negros y exigiendo un esfuerzo excesivo a quienes le conseguían perlas. Fue objeto de muchas denuncias por corrupción y abusos. Sin consultar a nadie ni tener permiso del Rey, nombró a su yerno, Hernán Sánchez de Badajoz, gobernador de Costa Rica, pero el sensato Rodrigo de Contreras (como sabemos, padre de un futuro rebelde y marido de la trágica viuda de Núñez de Balboa), gobernador de Nicaragua, se enfrentó a Hernán por su intromisión, lo derrotó y lo envió preso a España, donde las autoridades criticaron la osadía de Robles y su yerno. Hacia 1550 regresó a España, y poco después hizo su reclamación contra Hinojosa, Meneses y Palomino. Les echaba la culpa, con razón, de haberle robado y casi destruido sus propiedades en Panamá por su fidelidad al Rey. Pero añadió la falsedad de que también por eso mataron a su hermana, María Calderón, y a su pequeño hijo, pues el motivo, como vimos, fue la pública oposición de ella a Gonzalo Pizarro, y el autor, Francisco de Carvajal, ocurriendo, además, en el Cuzco, no en Panamá, que fue donde tuvo el enfrentamiento con los tres acusados, pero su bulo ha logrado credibilidad histórica. No admite duda lo contado, porque él mismo dice que María Calderón era mujer del capitán Jerónimo de Villegas, quien también contó esa misma tragedia al Rey, pero acusando a Carvajal. FRANCISCO PÉREZ DE ROBLES murió en Baza el año 1563.



lunes, 11 de mayo de 2020

(Día 1105) Los emisarios que envió Gonzalo Pizarro a Panamá iban, en su mayoría, con intención de traicionarlo. También bajo presión, sesenta y tres vecinos del Cuzco le mandaron una carta muy dura a Pedro de la Gasca, quien, a su vez, le escribió al virrey de México solicitando su colaboración.


     (695) Santa Clara confirma la lista de nombres de mensajeros de Gonzalo Pizarro, incluidos los clérigos. Hace el comentario de que, aunque pusieron algunas pegas, se vieron obligados a aceptar la misión. Detalla más lo que ocurrió con fray Tomas de San Martín: "Le rogaron con gran instancia que se encargase del negocio de ir a Roma para hablar con el Santo Padre, por ser maestro en santa teología, y muy dulce en su hablar y razonar. Él, con muchas excusas, lo aceptó, pero más con el propósito de quedarse con el presidente La Gasca y los demás procuradores que le iban a acompañar en el viaje, que de ir a Roma con tan necia y loca demanda". En su versión, queda, pues, claro que todos estaban ya entonces decididos a ponerse a las órdenes de Pedro de la Gasca.
     A Gonzalo Pizarro se le ocurrió otra 'genialidad': "Para atemorizar al presiente La Gasca, a fin de que no llegase al Perú, mandó a sesenta y tres hombres de los más principales que le escribiesen una carta amenazante, haciéndole saber que, si entraba en aquellas tierras, resultaría perjudicado, y ellos lo hicieron por agradarle y tenerlo contento, más que por otra cosa". La carta (que Santa Clara copia al pie de la letra) era una mezcla de justificaciones propias y amenazas. Para que La Gasca lo entendiera mejor, recurrieron a un expresivo ejemplo: "Certificamos a vuestra merced (lo correcto era 'su señoría') que, si el comendador (Caballero de Santiago) Hernando Pizarro, a quien mucho queremos y amamos, viniese como vuestra merced viene, no le consentiríamos entrar acá, sino que moriríamos todos, sin faltar ninguno, pues, si estimamos aventurar nuestras  vidas y haciendas por la honra incluso en cosas de no mucho peso, cuánto más en este caso, pues nos va todo en él. Suplicamos a vuestra merced, cuan afectuosamente podemos, que vuelva a España, e informe al Emperador de lo que en esta tierra conviene".
     Habla también Santa Clara de las cartas que envió Pedro de la Gasca a lejanos puntos de las Indias, comunicando las órdenes que le había dado el Rey y solicitando que se le ayudara en su misión. Una de ellas, bastante extensa, estaba dirigida (como indicó Inca Garcilaso) a Don Antonio de Mendoza, el prestigioso virrey de México (próximo virrey de Perú), ya entrado en años y avejentado. El cronista copia el texto literalmente, y quizá le fuera fácil verlo, porque Santa Clara estaba muy enraizado en el viejo territorio azteca. La Gasca le hace ver en su escrito al virrey que el emperador ha optado por revocar las Leyes Nuevas y otorgar perdones. En realidad, Don Antonio de Mendoza ya había tomado esa determinación en cuanto le llegó el texto de dichas leyes, manteniéndose prudentemente a la espera de nuevas indicaciones como las que ahora recibía. Pero La Gasca le ruega colaboración para otra cosa: "Le pido a vuestra señoría que, mientras las cosas del Perú no se pacifiquen, prohíba que se saquen caballos y armas de esas tierras con destino al Perú, no solo para evitar que se refuercen los rebeldes, sino también porque Su Majestad, en caso de que haya necesidad, mandará a vuestra señoría que prepare gente de a pie y de a caballo para mantener la paz también en esas provincias de la Nueva España".

     (Imagen) Hemos hablado varias veces de JUAN ALONSO PALOMINO, nacido el año 1510 en Andújar (Jaén), pero es el momento de aclarar algunos puntos de su biografía. Nos acaba de decir el cronista López de Gómara que, de los capitanes que decidieron pasarse al bando de La Gasca, el más veterano en Perú era Palomino. También vimos, por testimonio escrito de un hijo suyo, que, aunque el General de la armada era Hinojosa, fue Palomino quien consiguió que todos los marineros y soldados aceptaran traicionar a Gonzalo Pizarro. Este cambio de bando le trajo beneficios a Palomino, ya que, derrotado Gonzalo Pizarro, quedó absuelto de un turbio asunto ocurrido anteriormente, del que ya hablamos, pero en el que se dan algunas contradicciones. Todo viene de una denuncia que le hizo el oidor FRANCISCO PÉREZ DE ROBLES, hombre de carácter riguroso, quien, como ya vimos, deseaba apresar en Panamá a Hernando Pizarro, airado por su participación en el asesinato de Diego de Almagro el Viejo. Hernando, que iba de viaje hacia España, evitó su rabia desviándose hacia la costa mexicana para embarcarse. El oidor Robles denunció ante el Rey que, por haberle sido fiel, Alonso Palomino, Pablo Meneses y Pedro de Hinojosa se vengaron de él asesinando a su hermana María Calderón y a Cosme de Robles, un hijo de otra hermana. Sin duda, ocurrió el hecho, pero la autoría es falsa, y además se ha producido una confusión al respecto, que se aclara con el expediente de méritos de Jerónimo de Villegas, viudo de María Calderón. En él cuenta que fue Francisco de Carvajal quien ahorcó a su mujer y mató a un hijo pequeño suyo. Nada dice de Cosme de Robles, el sobrino del oidor, pero es de suponer que también lo ejecutó. Recordemos que la dureza de Carvajal tuvo su origen en que María Calderón, liderando a varias mujeres, criticaba abiertamente la rebeldía de Gonzalo Pizarro. Lógicamente, Hinojosa, Palomino y Meneses no fueron castigados. Meneses tuvo una muerte tranquila años después, pero Hinojosa y Palomino fallecieron acuchillados traidoramente, aunque por distintos autores, en la última guerra civil.



sábado, 9 de mayo de 2020

(Día 1104) Pedro de la Gasca les conservó su categoría militar a Pedro de Hinojosa y a los capitanes que traicionaron a Gonzalo Pizarro. De inmediato envió a cuatro de ellos con cuatro navíos hacia Lima. Ajeno a lo que pasaba, Gonzalo le escribió a Hinojosa diciéndole que matara a Pedro de la Gasca.


     (694) Fue un verdadero 'exitazo' que el habilísimo Pedro de la Gasca consiguiera que la gran armada naval de Gonzalo Pizarro, con toda la tropa, quedara bajo su mando, algo que, probablemente, ni de lejos sospechara el traicionado. Inca Garcilaso da por bueno el argumento que utiliza el cronista López de Gómara para explicar por qué se pudo conseguir: "Lo más importante fue la revocación de las ordenanzas y el perdón prometido de todo lo pasado, pues, con ello, se veían asegurados en la conservación de sus indios, y libres de ser ejecutados por las alteraciones y muertes pasadas. No quisieron perder la ocasión, aunque fuese con la destrucción de quien les había nombrado capitanes para que tuvieran méritos en el futuro, pues, aunque eran personas de calidad, no habían sido conquistadores (aunque sí habían luchado en las guerras civiles), salvo Juan Alonso Palomino". Parece, cosa extraña, que López de Gómara subraye la traición a Gonzalo Pizarro, empañando el acierto de volver a la legalidad, recuperando con ello la lealtad al Rey.    
     Gómara añade: "Guardaron el secreto pocos días, porque Pedro de la Gasca quiso no demorarse, dado que había conseguido tan gran éxito en tan breve tiempo. Los capitanes se sometieron en público al presidente La Gasca, y él les dio las capitanías en nombre del Emperador. Por aquí comenzó la destrucción de Gonzalo Pizarro. La Gasca hizo capitán general de la flota al mismo Pedro de Hinojosa, y entregó las naves y banderas a los capitanes, que la habían tenido por Gonzalo Pizarro, que fue convertir en fieles a los traidores (se supone que al Rey). No cabía de gozo al verse dueño de la armada, y, en verdad, sin ella, nunca o tarde, saldría victorioso, pues, yendo por tierra al Perú, como al principio pensaba, pasaría muchos trabajos, hambre, frío y otros peligros antes de llegar allá".
     Toma el relevo Inca Garcilaso y nos dice: "Pedro de la Gasca mandó preparar cuatro navíos, en los que fuesen por capitanes, Lorenzo de Aldana, Juan Alonso Palomino, Hernán Mejía y Juan de Illánez, todos bajo el mando de Aldana, llevando trescientos hombres, con muchas copias de la revocación de las ordenanzas de su Majestad y del perdón general que a todos daba, para que las fuesen sembrando por todos los sitios. Escribió también a Don Antonio de Mendoza, que era entonces el virrey de México, dándole cuenta de lo que hasta entonces había sucedido, y pidiéndole socorro de gente y armas. Envió a Don Sebastián de Castilla (futuro rebelde) a Guatemala y Nicaragua, y otras personas fueron a Santo Domingo, a Popayán y a otras partes".
     A la hora de contar aquella situación, Santa Clara, como siempre, es más extenso y abunda en detalles. Incluso acentúa la intensidad del drama, aunque queda la duda de si lo exagera. Confirma que los pizarristas decidieron enviar mensajeros a España, pero, según él, también acordaron que Gonzalo Pizarro le mandara un escrito a Hinojosa con una orden especial: "Que detuviese a Pedro de la Gasca en Panamá, y que le hiciese matar con ponzoña, sin que nadie lo descubriera". Por otra parte, "como siempre habían hablado estos vanilocos de coronar a Gonzalo Pizarro como rey del Perú, se pensó (pero no se hizo) en que, si Su Majestad no lo concedía, fuesen algunas personas de calidad a Roma para pedírselo al Sumo Pontífice".

     (Imagen) Vimos en la imagen anterior que la sevillana Luisa de Vivar, viuda del adinerado Gómez de Solís (el matrimonio duró solo seis años), se casó después con FERNANDO ORTIZ DE ZÁRATE Y RECALDE. Solís murió en 1561, el mismo año en el que le regaló al virrey un barco. Tras siete años de viudez, Luisa, mucho más joven que Solís, se casó con Fernando (eran de parecida edad), quien, aunque sevillano, tenía sus raíces en Orduña (Vizcaya), de donde surgió la ilustre saga indiana de los Ortiz de Zárate (incluido el gran Juan de Garay, fundador de Buenos Aires), nutrida de conquistadores, oidores (como el honrado Pedro Ortiz de Zárate, al que hemos visto morir, probablemente asesinado), gobernadores e, incluso, cronistas, como Agustín de Zárate. Fernando era primo de uno de los más ilustres, el gobernador Juan Ortiz de Zárate (entre otras cosas, Gobernador de Río de la Plata). También FERNANDO ORTIZ DE ZÁRATE estuvo a la altura de esas eminencias. Haciendo perfecto equipo, él y su mujer incrementaron ampliamente, con una gran producción de azúcar, la gran fortuna que ella heredó de Gómez de Solís. Además de pertenecer a una familia ilustre y figurar como Caballero de la Orden de Santiago, Fernando tuvo que ser un hombre hiperactivo y de extraordinarias cualidades, ya que contó con la confianza absoluta del virrey Marqués de Cañete, hasta el punto de que lo nombró simultáneamente Gobernador de Tucumán, de Paraguay y de Río de la Plata, zonas por las que los Zárate parecían tener una obsesión familiar. Ese triple mandato le permitió transportar refuerzos de armas, soldados e indios de una demarcación a otra, y así logró construir la fortaleza de Buenos Aires (la de la imagen), ciudad que carecía de medios para defenderse de los temibles ataques de los piratas europeos. FERNANDO ORTIZ DE ZÁRATE falleció en La Plata (actual Sucre, capital de Bolivia) el año 1595, dejando un entrañable recuerdo a cuantos le conocieron. Algunas referencias indican que LUISA DE VIVAR le sobrevivió, pero, en cualquier caso, no dejaron descendencia.





viernes, 8 de mayo de 2020

(Día 1103) Vieron que era una barbaridad atentar contra Pedro de la Gasca y decidieron enviar embajadores a España: Lorenzo de Aldana, Gómez de Solís y tres clérigos. Pronto Hinojosa y Mejía se sinceraron con Aldana, y le entregaron la armada de Gonzalo Pizarro.


     (693) Aunque a algunos pizarristas les pareció que lo mejor era matar a Pedro de la Gasca, otros, por considerarlo una monstruosidad, o por miedo a unos terribles castigos del Rey, propusieron algo menos traumático, aunque igualmente en rebeldía contra la Corona: "Otros decían que era mejor que lo volviesen a España, con buena provisión de dineros para el camino, y así se viese que le habían tratado como a un ministro de Su Majestad. Gastaron muchos días en esta confusión de pareceres, y, finalmente, determinaron enviar procuradores a Su Majestad para negociar los asuntos, para dar cuenta de los casos nuevamente sucedidos, y, especialmente, para justificar el comienzo de la batalla de Quito y la muerte del virrey, cargándole siempre la culpa por haberles forzado a que se la diesen, pues hubo que matarle para defenderse de él".
     Tanto en esta guerra como en las anteriores, los rebeldes se aferraban estúpidamente a la esperanza de que el Rey les diera la razón y les concediera lo que deseaban. Por esa terca ceguera, también ahora, entre las peticiones al Rey, iban a incluir la de reconocerle a Gonzalo Pizarro como Gobernador del Perú: "Determinado todo esto, decidieron elegir a los embajadores que habían de venir a España, y, para darle más autoridad a su embajada, pidieron muy encarecidamente a fray Jerónimo de Loaysa, arzobispo de Lima, que aceptase ir en la embajada, para que en España fuese mejor oída. Pidieron lo mismo al obispo de Santa Marta y a fray Tomás de San Martín, provincial de los dominicos, mandando asimismo que los acompañasen Lorenzo de Aldana y Gómez de Solís. Les dieron dineros para el camino, y, a Gómez Solís, que era maestresala de Gonzalo Pizarro, treinta mil pesos para que se los entregara a Pedro de Hinojosa. A Lorenzo de Aldana le pidió muy encarecidamente, pues le obligaba la amistad y el común origen que tenían (Lorenzo, de Cáceres, y, Gonzalo, de Trujillo), que le comunicase con brevedad y fidelidad datos de su viaje y de lo que en Panamá supiese de los poderes que traía Pedro de la Gasca. Se embarcaron por el mes de octubre del año 1546".
     Pero Aldana era un hombre demasiado sensato (otros dirían que oportunista) para cumplir lo que Gonzalo le había encargado. Además, se encontró en Panamá un ambiente muy propicio para sus intenciones. Pedro de Hinojosa (en cuya casa se alojó) y Hernán Mejía, ya de entrada, le sugerían que quizá fuera conveniente ponerse al servicio de La Gasca. Reaccionó con cierta ambigüedad, pero, pasados unos días, los tres destaparon su convencimiento de que había que hacerlo: "Viéndose todos con la misma voluntad, hablaron descubiertamente, y no solamente ellos, sino también los demás capitanes fueron adonde Pedro de la Gasca (se diría que el contrahecho clérigo hacía milagros), todos a una le dieron la obediencia y le entregaron la armada de Gonzalo Pizarro. Decidieron guardar el secreto entre todos hasta saber cómo tomaba Gonzalo Pizarro el comunicado que Pedro de la Gasca le había enviado con Pedro Hernández Paniagua". Inca Garcilaso da por bueno que lo hicieran con sincero deseo de servir a su Majestad, pero dice que también pesó el hecho de que La Gasca les prometió respetar su paga, y añade que, incluso, se la dio luego aumentada.

     (Imagen) GÓMEZ DE SOLÍS practicó un revoltijo de fidelidades.  En 1544 se incorporó con Pedro de Puelles a las tropas de Gonzalo Pizarro. Estuvo en la batalla de Iñaquito (derrota y muerte del virrey), donde se empeñó en defender a Francisco Hernández Girón (cosa que le honra), a quien lo iban a ejecutar. Gonzalo Pizarro le envió con Aldana a negociar ante el Rey, pero se unieron los dos a Pedro de Hinojosa para entregarle la armada de Gonzalo a Pedro de la Gasca. Gómez participó en la batalla de Jaquijaguana al mando de un grupo de infantería. Como premio, le dio La Gasca una rica encomienda de indios. Después, residiendo en Arequipa, simpatizó con la revuelta que habían iniciado Don Sebastián de Castilla y Vasco de Godínez (quien luego mataría a Castilla), irritados porque se estaban recortando demasiado los derechos de los encomenderos. No obstante, le quitó la idea de la cabeza Pedro de Hinojosa, nombrado gobernador de Charcas, y se puso bajo su mando. Como Hinojosa quería disolver la nueva rebelión, lo mató en Potosí, el año 1553, Don Sebastián de Castilla, con un grupo en el que iban dos tipos brutales (a los que ya conocemos), Melchor Verdugo y Lope de Aguirre. Recordemos que Hinojosa había expulsado a Verdugo de Nombre de Dios, pero, lo que no sabíamos, es que, en la tropa de este, se encontraba también Lope de Aguirre (vaya par). Solís, tras haber sido apresado, pudo escapar, y se mantuvo fiel a la Corona, hasta el punto de que luchó contra el último rebelde, Francisco Hernández Girón (el mismo al que le salvó la vida). Le quedó después una apacible existencia, quizá dada a reflexiones de ultratumba, pues donó la espléndida encomienda de indios que tenía en Tapacarí (actualmente, territorio boliviano) a la Orden de los Agustinos, para que fundaran allí su convento. En el documento de la imagen, del año 1561, figura Gómez entre los ricos (y aduladores) vecinos que le recibieron con regalos al nuevo virrey, el Marqués de Cañete. Fue tan ostentoso Gómez, que le entregó "un navío con todas sus jarcias y aderezos". Fallecido GÓMEZ DE SOLÍS, su viuda, Luisa Vivar, se casó con alguien de postín, Don Fernando Ortiz de Zárate.



jueves, 7 de mayo de 2020

(Día 1102) Pedro de la Gasca envió una carta al obispo de Lima y otra a Gonzalo Pizarro, en las que pedía que se mantuviera la paz. Le llegó antes a Gonzalo la de Pedro de Hinojosa, y le molestó tanto, que se llegó a pensar en secuestrar o matar a Pedro de la Gasca.


     (692) Pedro Gutiérrez de Santa Clara, como hacía a veces Pedro Cieza de León, también solía transcribir textualmente los documentos. En este caso, lo hace con las dos cartas que preparó Pedro de la Gasca para llevarlas a Lima, a las que adjuntaba numerosas copias destinadas a ser ampliamente repartidas. Resumiré el contenido. Estaban fechadas el día 26 de agosto de 1546. La dirigida a los eclesiásticos empezaba diciéndole al obispo de Lima (faltaba un año para que fuera arzobispo), fray J erónimo de Loaysa, que Su Majestad revocaba las Nuevas Leyes que tantas alteraciones sociales produjeron, y que le había dado poder (a La Gasca) para perdonar todas las cosas ocurridas. Y, apoyándose en esa generosidad del Rey, le añadía: "Vuestra Señoría debe mandar a sus fieles que pidan a Dios que alumbre a todos para que conozcan este gran bien que de su divina mano viene, y no consienta que se nieguen a recibirlo, porque, de lo contrario, se podrían acrecentar los grandes males y disturbios que, desde hace diez o doce años se han producido, muriendo muchos en guerras o ajusticiados".
     Aunque la carta dirigida a las autoridades va encabezada con un 'Magníficos señores', iba destinada, en primer lugar, a Gonzalo Pizarro. Les anuncia también lo esencial: el Rey había revocado las Leyes Nuevas, y le había dado poder para perdonar culpas pasadas. Y les subraya lo principal de su tarea: "Vengo con la facultad de poder ordenar lo que más convenga al servicio de Dios y al de Su Majestad, para bien de toda la tierra y beneficio de sus vecinos, y conservación de todos sus naturales. Esto y todo lo demás lo entenderán cuando llegue allá, que será lo antes posible. Entretanto, sosiéguense, no se alboroten y reciban la alegría de poder vivir en estado más seguro a las almas, vidas y honras, conservando las haciendas y gozando de ellas con sosiego. Ciertamente, como cristiano y como vasallo, solo lo que a Dios, a mi Rey y a vuestras mercedes debo, ha hecho que ponga, en el último tercio de mis días, mi vida en peligro, trabajo y desasosiego para evitárselos a vuestras mercedes". Como era de esperar, no hace ninguna mención sobre el hipotético nombramiento de Gonzalo Pizarro como Gobernador de Perú, dejando en suspenso esa posibilidad hasta que hablara directamente con el interesado.
     Lo que sí recibió pronto Gonzalo fue la carta que Pedro de Hinojosa le remitió por mar en manos de Diego Velázquez Dávila. Ya sabemos que, en ella, Hinojosa manifestaba que no había podido obtener ninguna contestación de Pedro de la Gasca sobre ese tema. Inca Garcilaso nos cuenta lo que ocurrió entonces: "Gonzalo Pizarro y todos los suyos recibieron gran alteración. Se reunieron en consejo y hubo contrarios pareceres, que, al final, quedaron en dos. Algunos eran partidarios de enviar gente para, pública o secretamente, matar al presidente La Gasca. Otros eran partidarios de traerlo al Perú, pues, tras ver los poderes que tenía otorgados, sería fácil obligarle a conceder todo lo que ellos quisiesen, y, si fuera imposible, se le podría retener diciendo que había que hablar con todas la ciudades del Perú, de manera que, entretanto, por las distancias, convendría dejarlo durante más de dos años en la isla Puná, con buena guardia de soldados para que no pudiese escribir a Su Majestad cosa alguna de lo que estaba pasando".

     (Imagen) Se lamentaba Pedro de la Gasca en un amplio informe fechado el día 11 de agosto de 1547, y enviado a Francisco de los Cobos, el poderoso secretario de Carlos V, de que solo le quedaba un oidor, Andrés de Cianca, pues se habían muerto Rentería y Ortiz de Zárate, y, el otro que aún vivía, Cepeda, "sigue a Pizarro, y temo que insistirá en su rebelión hasta perderse". Proponía que se nombrara al licenciado Pedro Ramírez, leal a su Majestad. El habilísimo y valiente La Gasca veía con claridad que se le acercaba la gran batalla y pensaba en todo. ¿Pedro Ramírez? Había muchos que se llamaban así, pero he encontrado su nombre completo: PEDRO RAMÍREZ DE QUIÑONES, un licenciado ciertamente valioso. Nacido en León, llegó como joven oidor en 1544 a la recién creada Audiencia de Guatemala (también llamada de los Confines). En 1546, esa Audiencia decidió apoyarle con refuerzos a Melchor Verdugo, leal a la Corona, y se le encargó a Pedro que reclutara la gente necesaria. Pero, como sabemos, Verdugo era un hombre imprevisible y cruel. No hizo caso de la tropa conseguida, y Pedro Ramírez lo expulsó de Guatemala. En 1547 encontró eco la propuesta de La Gasca, de manera que PEDRO RAMÍREZ se presentó en Perú con unos 150 soldados, 12 de ellos a caballo, y luchó en la histórica batalla de Jaquijaguana, colaborando en la derrota definitiva de Gonzalo Pizarro. Regresó luego a Guatemala y encontró tiempo para ir a recoger en España a su mujer, Isabel de Saavedra. A su vuelta, fue con un grupo de frailes a establecer poblados indios en Sonsonate (actualmente territorio de El Salvador). En esa población, que hoy cuenta con 110.000 habitantes, hay una avenida que lleva el nombre de "Oidor Pedro Ramírez de Quiñones". El año 1559 fue a Las Charcas para ejercer como primer presidente de la Audiencia, donde tuvo problemas judiciales y fue destituido en 1573. Desterrado a España, logró defender su inocencia con tanto éxito, que le enviaron de vuelta a Panamá para ocupar el cargo de presidente de su Audiencia, muriendo allá el año 1585.



miércoles, 6 de mayo de 2020

(Día 1101) Pedro de Hinojosa seguía fiel a Gonzalo Pizarro, pero estaba resentido con él. Aun así, le prometió matar a La Gasca si tenía malas intenciones.


     (691) La pregunta que le hizo Hinojosa le incomodó a Pedro de la Gasca: "No sabía qué responder, porque, si le decía que el Rey había nombrado gobernador a Gonzalo Pizarro, era ir contra la verdad, y, si no le daba el documento, podían matarle, mas él supo decirle cosas que satisficieron a Hinojosa y a sus capitanes".
     No acababa de ver claras las cosas Pedro de Hinojosa, y lo que hizo de inmediato fue enviarle una carta a Gonzalo Pizarro en un barco, encargando que la llevase a Diego Velázquez Dávila, quien se ocupaba en Perú de los asuntos del Hernando Pizarro (preso en España) como mayordomo suyo. En el escrito le mostraba a Gonzalo sus dudas respecto a las intenciones de La Gasca, pues no acabó de confirmarle si el Rey le había concedido la gobernación. También ocurría que Hinojosa se encontraba ya titubeando en sus lealtades: "No estaba entonces muy firme en su amistad con Gonzalo Pizarro, por culpa de algunos calumniadores que lo habían puesto contra él. Por recuperar su confianza, le añadía en la carta a Gonzalo Pizarro que, por muy sabio que fuese La Gasca, le sacaría del pecho todo lo que pensaba hacer, y que, si no pudiese, lo haría matar secretamente".
     Pedro de la Gasca siempre estaba alerta para aprovechar todas las ocasiones de tejer su red. Supo que Hinojosa enviaba a Perú a Diego Velázquez Dávila, y quiso aprovecharse del mensajero, pues sabía que, curiosamente, a pesar de ser un criado de Hernando Pizarro, "era muy aficionado al servicio del Rey". Le habló muy extensamente, y le descubrió parte de las órdenes que traía de España. Hasta le rogó algo que era pecar de optimismo, y muy comprometido para el mensajero: "Le dijo que, de su parte, le hablase para persuadirle de que, si quería que las cosas fuesen de bien en mejor, se apartase del mal en el que había caído, y se pusiese al servicio de Su Majestad".
     Por si fuera poco, se buscó otro voluntario: "Llamó al dominico fray Francisco de San Miguel, que era muy buen letrado y gran predicador, y le rogó encarecidamente que se metiese en el barco que iba a partir hacia Perú, con el fin de que llevase ciertas cartas que eran muy importantes para lo que él pretendía. Aunque era una tarea muy peligrosa para el fraile, la aceptó de buena voluntad, por servir con ello a Su Majestad. Luego el fraile comenzó a decir a todos que tenía que ir a Perú para cumplir lo que los de su orden le mandaban; le rogó mucho después a Diego Velázquez Dávila que le llevara, y él lo aceptó. También Pedro de Hinojosa le dio licencia para salir, y así, con este disimulo, nadie adivinó su intención".
     La comprometedora documentación que le dio Pedro de la Gasca era muy abundante: "Pasadas estas cosas, el presidente Pedro de la Gasca le dio a Fray Martín de San Miguel muchas cartas para todos los prelados que estaban en el Perú, y para todos los cabildos, ciudades y lugares".
     Santa Clara transcribe literalmente los textos. En realidad, se trataba solamente de dos cartas, pero con muchísimas copias. Uno de los modelos era para los eclesiásticos, y, el otro, para las autoridades políticas y militares.

     (Imagen) Muerto Íñigo de Rentería, solo le quedaba a Pedro de la Gasca un oidor: ANDRÉS DE CIANCA, todo un personaje. Nació en Peñafiel el año 1500 (también se dice, equivocadamente, que hacia 1513). Como otros bravos funcionarios de aquel complicado mundo, fue asimismo militar, y estuvo al frente de la caballería en la decisiva batalla de Jaquijaguana. Nos sirve de ejemplo para mostrar el enorme poder que tenían los juristas de la Audiencia cuando no había un gobernador o un virrey. De hecho, ya hemos visto que los oidores de Lima se atrevieron a apresar al virrey Blasco Núñez. A pesar de sus virtudes, Andrés de Cianca pecaba de duro. Recordemos que, por un conflicto entre una viuda y la mujer de Alonso de Alvarado, este gran capitán no perdió la cabeza gracias a que el sensato Pedro de la Gasca anuló una pena de muerte dictada por Cianca, a pesar de que los dos (Cianca y Alvarado) habían formado parte del tribunal que ordenó ejecutar a Gonzalo Pizarro. En la imagen anterior, he hecho referencia a tres guerras civiles. Cuando Pedro de la Gasca acabó con la vida de Gonzalo Pizarro, pasado poco más de un año, volvió a España, y quien asumió todo el poder fue Andrés de Cianca. Le tocó lidiar con otras dos revueltas militares, también originadas por protestas de los encomenderos. Sustituyó a Pedro de la Gasca entre 1550 y 1551. En ese período, ya empezó Francisco Hernández Girón a crear complicaciones, y el oidor Cianca pudo reducirlo. Llegó luego el prestigioso virrey Antonio de Mendoza, de impresionante historial en México, pero quien, ya caduco por la edad, murió un año después. Recuperó Cianca el mando, y lo ejerció de nuevo durante más de un año, hasta morir en 1553. Tuvo que enfrentarse a otra rebelión (precursora de la última guerra civil, que fue liderada por Francisco Hernández Girón), la de Don Sebastián de Castilla y de Vasco de Godínez (quien asesinó a Castilla), y, para zanjar ese grave problema, tuvo que intervenir, curiosamente, el gran capitán Alonso de Alvarado. Muerto ANDRÉS DE CIANCA, continuó el poder en manos de la Audiencia de Lima, hasta que, en 1556, llegó el virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete.



martes, 5 de mayo de 2020

(Día 1100) La tensión fue creciendo entre Pedro de Hinojosa y Pedro de la Gasca, quien cada vez veía más inevitable la guerra. Todo el empeño de Hinojosa era que se reconociera como gobernador a Gonzalo Pizarro, y Pedro de la Gasca le respondía con ambigüedades.


     (690) Pedro de la Gasca llegó pronto a la conclusión de que la guerra sería inevitable. Añade Santa Clara: "Cuando vio la gran dureza de algunos hombres principales de los que necesitaba ayuda, perdió la esperanza y pensó que no lograría nada, porque los demás serían de la misma opinión, y el moriría en su empeño. Además, Alonso de Alvarado, que tenía allí muchos amigos de tiempos pasados, les dijo cosas que se referían al servicio de Su Majestad, y ninguno de ellos se atrevió a a dar un paso, por el gran miedo que tenían del general Pedro de Hinojosa, salvo aquellos que ya estaban decididos. Los dos oidores y el Adelantado Pascual de Andagoya hicieron por su parte lo que pudieron, pero tampoco hallaron a ninguno que les hiciese caso, por miedo a ser matados por los tiranos. De manera que Pedro de la Gasca, no viendo otra solución, determinó recurrir al rigor y la fuerza, por lo cual escribió secretamente muchas cartas a diversas partes de las Indias. Todo esto lo sabía el general Pedro de Hinojosa, de los cual se reía mucho, sintiéndose poderoso con la flota y la tropa de Gonzalo Pizarro, de manera que él y los demás capitanes que le seguían estaban seguros de que nadie se atrevería a enfrentarse a ellos. Además, en este tiempo murió el oidor (Íñigo de) Rentería, que era hombre de grandes letras, con gran pesar de todos sus amigos y conocidos".
     Aunque Hinojosa andaba sobrado de autosuficiencia, envió unos mensajeros para que hablaran con La Gasca, y otros para que lo hicieran con el oidor Cianca, el adelantado Pascual de Andagoya y el mariscal Alonso de Alvarado, de manera que, estos últimos, "haciéndoles ofrecimientos de mercedes, les dijeran cuáles eran las intenciones de La Gasca, pero, como no eran cañas   movedizas, no les contaron nada, ni admitieron oír sus vanas promesas". Como tampoco La Gasca dio explicaciones, Hinojosa decidió visitarlo personalmente. En cuanto se vieron, Hinojosa le expuso las cuestiones en las que su llegada podía afectar a Gonzalo Pizarro y sus partidarios. Le respondió centrándose en la parte positiva de su misión, pero sin descubrir lo que podría disgustarle. Le dijo que habían quedado revocadas las Leyes Nuevas, y que él tenía poderes de Su Majestad para encauzarlo todo de manera que salieran beneficiados los españoles y los nativos.
     Palabras bonitas que a Hinojosa no le interesaban demasiado. Como no le había respondido a la principal de sus preguntas, volvió a planteársela: "Le dijo que se sentía decepcionado porque no le contestaba sobre si había traído la Gobernación de Perú para Gonzalo Pizarro, pues ya se tenía por cierto que él mismo venía con los documentos, porque así se lo habían escrito desde España. Y era verdad que muchos lo habían hecho, siendo uno de ellos el Contador General de Su Majestad, Agustín de Zárate, que lo había escrito a Panamá con el fin de que allí fuera muy bien recibido el presidente La Gasca". Había sido, pues una estrategia de precaución. Recordemos que Gonzalo Pizarro creyó, por ese rumor, que, cuando llegara a Lima el mensajero Pedro Hernández Paniagua (veremos ahora otra vez su partida), le iba a confirmar su nombramiento.

     (Imagen) Cada una de las guerras civiles tuvo su peculiaridad. La primera se produjo entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro, derivada, fundamentalmente, de la gran frustración de Diego, quien se sintió, con justa razón, privado de sus derechos como socio de Francisco, al cual, sin duda, le reconocía mucho más mérito en el heroico logro de aquella increíble aventura que llevó a la conquista del imperio inca. Pero la nefasta influencia de los hermanos de Francisco Pizarro, sobre todo por parte del soberbio Hernando Pizarro, desplazó a Diego del importante lugar que le correspondía, y, además, luego fracasó en su campaña de Chile. Todo terminó en una guerra que le costó la vida a Diego de Almagro. Su hijo, Diego de Almagro el Mozo, mató luego a Francisco Pizarro. Llegó Vaca de Castro para poner orden, y derrotó al Mozo, ejecutándolo después. Las dos guerras fueron, fundamentalmente, de pizarristas contra almagristas. La siguiente tuvo un carácter distinto, porque tanto pizarristas como almagristas estuvieron en los dos bandos. Al virrey nombrado para pacificar Perú, Blasco Núñez Vela, le seguían quienes eran fieles a la Corona, y tenía enfrente a Gonzalo Pizarro, que contaba con el apoyo popular, porque aquello era una rebelión contra las Nuevas Leyes, que beneficiaban a los indios. Eso, y varios errores garrafales del virrey, le costó la vida. Vemos ahora llegar, enviado por el Rey, a Pedro de la Gasca. Tendrá las mismas dificultades que el difunto virrey, pero, a pesar de ser contrahecho y parecer pusilánime (se reían de él y decían que "por su aspecto y gálibo más parecía gallina fiambre que hombre de negocios o de guerra"), consiguió la victoria con gran habilidad y el menor daño posible, y demostró ser uno de los hombres más valiosos de toda la historia de las Indias. Ya comenté que, vuelto a España, estuvo reunido con Felipe II (entonces príncipe, pero con muchos poderes delegados por su padre) y otros tres fuera de serie, como él: Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo y Vasco de Quiroga, quien, equivocadamente, le dijo que había sido demasiado blando en Perú. Le replicó que fue duro cuando había que serlo. Y tenía toda la razón del mundo.



lunes, 4 de mayo de 2020

(Día 1099) Pedro de Ribera, gobernador de Panamá, y Pedro de la Gasca se hicieron amigos rápidamente. Muchos se reían del aspecto de Pedro de la Gasca, sin darse cuenta de su enorme valía.


     (689)  Vimos hace poco que en Panamá llevaba unos meses (desde abril) como gobernador el doctor Pedro de Ribera, y que, organizando a los vecinos, había logrado expulsar de la costa panameña a Melchor Verdugo, pero con la imprescindible ayuda de Pedro de Hinojosa, quien, aunque después, en setiembre, tomó el mando militar de la ciudad, le dejó a Ribera seguir gobernando a la población civil. Este personaje, confirmando la sensatez que, como dije, mostró siempre en su comportamiento, esperó el momento oportuno para hablar en privado con Pedro de la Gasca el día siguiente al del vistoso recibimiento que se le había hecho. Nos dice Santa Clara: "Fue entonces el doctor Ribera a visitarlo, pues, como era gobernador de aquella tierra, no se atrevió a ir a recibirlo con los vecinos, por miedo a los capitanes de Gonzalo Pizarro. Lo hizo secretamente y de noche, como amigo suyo y gran servidor de su Majestad. El presidente La Gasca lo recibió muy bien, y después de hablar cosas particulares, como ya lo habían hecho en Nombre de Dios, le dijo claramente con qué intención venía, y le mostró los poderes que traía, con todo lo cual el gobernador se alegró mucho". Esto confirmó, sin duda, las esperanzas que tenía puestas en su llegada, como le había respondido (en una carta a la que aludí anteriormente) al tramposo oidor Cepeda, cuando intentó convencerlo de que la rebelión de Gonzalo Pizarro era justa.
     Dicen en México que en esta vida hay que navegar 'con bandera de pendejo'. La pobre apariencia de Pedro de la Gasca hizo caer en la trampa a bastantes que se pasaron de listos: "Había muchos corrillos de capitanes, en los que no se hacía ningún caso de lo que La Gasca podía traer, y se confiaba en el gran poder de Gonzalo Pizarro, por tierra y por mar. Algunos dijeron que Su Majestad no iba a mandar un clérigo como este, que en su aspecto y gálibo más parecía gallina fiambre que hombre de negocios o de guerra, y que, como Su Majestad no enviaba a un Grande de su Real Corte, se trataba de un asunto sin importancia".
     Por su parte, el prudentísimo Pedro de la Gasca, seguía impertérrito su estrategia. A los que veía inclinados hacia el bando real, les daba esperanzas diciéndoles que todo iría "de bien en mejor". Pero sabía quién le hacía preguntas con mala intención, y, para ellos, tenía otra respuesta: "Les decía que había venido para presidir la Real audiencia de Lima, y que, si Gonzalo Pizarro no lo aceptase, se volvería a España, pues su intención era solo la de poner en paz toda la tierra, pues no traía armas ni gente de guerra, sino solamente sus pobres hábitos y un breviario en las manos".
     Pero La Gasca sabía mejor que nadie las enormes dificultades a las que tendría que enfrentarse: "Negociaba cuanto podía, porque recelaba mucho del poderío que Gonzalo Pizarro tenía por mar y por tierra. Consideraba que solo se podría deshacer con otras fuerzas mayores y más pujantes, o, si no, con algunas sutilezas y mañas, atrayendo primero con palabras dulces y grandes promesas a los capitanes y soldados, y, después, a su general". Con esa mañas y zalamerías, va a conseguir mucho, pero, llegado el momento en el que no le quede más salida que la guerra, no le temblará el pulso y se lanzará al ataque.

     (Imagen) Le llené de elogios en una imagen a FRAY GASPAR DE CARVAJAL, y se lo merecía. Pero acabo de descubrir un secreto. Siendo niños, es muy probable que coincidieran en Trujillo, su localidad natal, Gonzalo Pizarro, fray Gaspar y Francisco de Orellana. Tres décadas después, estuvieron juntos en la terrible aventura del Amazonas. Orellana, llevando de capellán a fray Gaspar, abandonó de forma dudosa a Gonzalo, y, a pesar de que tuvieron el gran éxito de recorrer todo el inmenso río, el religioso consideró que había sido una traición. Por su parte, con razón o sin ella, Gonzalo nunca aceptó las explicaciones de Orellana. Después fray Gaspar apoyó absurdamente la rebelión de Gonzalo Pizarro, quizá movido por su afecto, y es probable que el hecho de ser un fraile, y además muy valioso, le sirviera para que Pedro de la Gasca se lo perdonase todo, a pesar de tener una carta en su poder (escrita en mayo de 1547) que demostraba claramente su adhesión al rebelde amigo. Entre otras cosas, le decía en ella a Gonzalo: "Voy con toda la prisa que puedo a verme con vuestra señoría. Llevo como compañero a fray Alonso Trueno, de nuestra tierra (Trujillo), quien, aunque no le es lícito tomar armas, rogará a Dios por vuestras cosas, como yo. Quiera Dios darle a vuestra señoría la paz que desea, y que vuestra señoría enderece la guerra para la paz, y será lícita y conforme a nuestra fe católica (algo imposible). El capellán de vuestra señoría, fray Gaspar de Carvajal, al muy ilustre señor Gonzalo Pizarro, Gobernador de estos reinos del Perú, mi señor". Seguro que fray Gaspar deseaba que acabase la guerra, pero Gonzalo Pizarro jamás se rendiría, y lo está tratando de forma claramente ilegal como 'Gobernador'. Dos años después, terminada la guerra y muerto Gonzalo Pizarro, Pedro de la Gasca comunicó por escrito lo siguiente: "He enviado con el cargo de Protector de los Indios, y para que hiciese la pacificación de Tucumán, a fray Gaspar de Carvajal, fraile dominico, dotado de letras, conciencia y experiencia en las cosas de indios. Me pareció conveniente para que con mayor seguridad se hiciese las dichas pacificación y población".



sábado, 2 de mayo de 2020

(Día 1098) Pedro de la Gasca fue bien recibido por todos en Panamá, pero Pedro de Hinojosa y sus hombres tuvieron la descortesía de dar amenazantes vivas al Rey y al 'Gobernador' Gonzalo Pizarro, aunque PEDRO LUIS DE CABRERA se pasó a su bando


     (688) Ya calmado Hinojosa, les mandó a Hernán Mejía y a su suegro, Pedro Luis de Cabrera, que fueran a Nombre de Dios para que se enterasen bien de cuáles eran las verdaderas intenciones de Pedro de la Gasca, y, asimismo, para que defendiesen el puerto de aquella ciudad, pues tenía noticias de que los franceses iban robando y destruyendo por aquellas costas. Cuando el presidente La Gasca los vio llegar, les recibió muy bien, y habló enseguida con Pedro Luis de Cabrera, y lo atrajo al servicio de Su Majestad, pues hacía días que él también lo deseaba, y, por lo que su yerno le vino diciendo en el camino, no fueron necesarias muchas razones, de manera que, sin más, hizo lo que el presidente le rogó".
     Cuando Pedro de la Gasca se dispuso a partir hacia Panamá, le dijeron Mejía y su suegro (cumplidas ya en Nombre de Dios las órdenes recibidas) que deseaban presentarse antes que él, para saber de qué talante estaba Hinojosa. Así lo hicieron, con su visto bueno, y, llegados a Panamá, le contaron maravillas sobre la buena disposición de La Gasca, y le dijeron "que no era hombre del que se pudiera recelar, pues era pacífico, nada soberbio, ni guerrero, sino un clérigo muy humilde, pero que no habían podido saber de él si traía el nombramiento de gobernador para Gonzalo Pizarro, por ser hombre muy callado en todas sus cosas; el general Hinojosa, creyéndolo así, se despreocupó".
     Por fin, partió hacia Panamá Pedro de la Gasca. Le acompañaban los oidores Andrés de Cianca y Juan de Rentería, el Adelantado Pascual de Andagoya y el mariscal y maestre de campo Alonso de Alvarado, entre otros notables (pasado un tiempo, habrá un duro encontronazo entre Cianca y Alvarado). Comenta Santa Clara que tuvieron que atravesar el río que une Nombre de Dios con la ciudad de Panamá "más de 95 veces, porque es muy tortuoso". El recibimiento que se les hizo fue algo extraño: "Cuando llegaban a la ciudad, toparon con el general Pedro de Hinojosa y los capitanes Don Pedro Luis de Cabrera, Don Baltasar de Castilla (protagonista de otra futura rebelión), Pablo de Meneses y Hernán Mejía de Guzmán, con otros capitanes y muchos soldados. Los arcabuceros hicieron una calle por donde Pedro de la Gasca había de pasar, y, al llegar junto a ellos, dispararon todos a una los arcabuces, diciendo en alta voz muchas veces: '¡Viva el Rey y el Gobernador Gonzalo Pizarro, por mar y por tierra!". Aunque a Pedro de la Gasca le agradó el solemne recibimiento, no cabe duda de que era descortés, porque contenía una clara amenaza. Ese 'viva el Rey' era un querer y no poder, puesto que salía de bocas rebeldes, y lo era igualmente llamar gobernador a Gonzalo, ya que no lo era legalmente. Según Santa Clara, a Pedro de la Gasca no le pasó desapercibido que le habían hecho una exhibición "de las fuerzas tan pujantes que tenían para rechazar a cualquiera que no fuese amigo de Gonzalo Pizarro".
     Luego se presentaron para recibirle los vecinos y (algo inevitable en zona de tanto tráfico comercial) los mercaderes. Y después, "estando cerca de la iglesia mayor, llegó el obispo (el recién nombrado como tal, Pablo de Torres) con toda la clerecía, y Pedro de la Gasca les habló a todos graciosamente. Después de rezar en la iglesia, él y los oidores fueron aposentados en las casas del catalán Juan Vendrell". Así que La Gasca, el dulce cordero, se metió en la boca del peligroso lobo (Hinojosa), pero sabrá cómo vencerlo.

     (Imagen) Ya sabemos que el primer capitán que se pasó al bando de Pedro de la Gasca fue Hernán Mejía de Guzmán, y, el segundo, su suegro, PEDRO LUIS DE CABRERA FIGUEROA, nacido en Sevilla el año 1504, y cuya única hija se llamaba Luisa de Cabrera y de la Cerda. Llegó a Perú, con su hermanastro Jerónimo Luis de Cabrera, el año 1538, y, en la carta de la imagen, el gran Pedro de la Gasca, en 1548, recién derrotado y muerto Gonzalo Pizarro, le concedió como recompensa por sus servicios una encomienda de indios que había pertenecido al factor Illán Suárez de Carvajal, a quien tan injustamente había ejecutado el virrey Blasco Núñez. Por el escrito se sabe que Pedro Luis se puso de inmediato bajo el mando de Vaca de Castro en el puerto de Buenaventura, sufriendo muchas penalidades, de lo que se deduce que luchó después junto a él contra Diego de Almagro el Mozo en la batalla de Chupas. Con su típica diplomacia, La Gasca dice que, en cuanto él llegó a las Indias, Pedro Luis se le unió de inmediato, aportando, además, hombres, caballos y armas; lo cual era verdad, pero deja de lado el hecho de que estaba entonces formando parte, como capitán, del ejército de Gonzalo Pizarro. Probablemente, eso ocurrió porque el virrey le había desterrado a Panamá, quizá pensando que era un traidor. La Gasca le nombró capitán a Pedro Luis, y el siguiente gran mérito que menciona de él es el de haber estaba a su lado en la histórica y decisiva batalla de Jaquijaguana, final definitivo de la terrible, aunque demencial, rebelión de Gonzalo Pizarro. Original en todo, la firma de Pedro de la Gasca es, al mismo tiempo, sencilla (El Licdo Gasca), y grandilocuente, por el tamaño de la letra y rúbrica. Como les ocurrió a otros, el estricto Marqués de Cañete, virrey de Perú, le exigió a Pedro Luis en 1556 que marchara a España para hacer allí vida común con su mujer, Doña Francisca de Saavedra (se supone que por reclamación de ella). Seis años después, moría PEDRO LUIS DE CABRERA FIGUEROA en Madrid, siendo enterrado en la iglesia de Santa María de los Ángeles.



viernes, 1 de mayo de 2020

(Día 1097) Hernán Mejía fue el primero que se unió a Pedro de la Gasca. Verdugo volvió a las andadas en Nombre de Dios, pero, nuevamente, La Gasca supo manejarlo. Mejía empezó a reclutar gente para La Gasca.


     (687) Inca Garcilaso, a su manera, coincide en todo lo que cuenta Santa Clara. Después de decirnos que Hernán Mejía le confesó a Pedro de la Gasca que estaba decidido a abandonar a Gonzalo Pizarro para ponerse al servicio del Rey, comenta que la sintonía entre los dos fue perfecta: "Mejía le dio cuenta de la situación de aquellas tierras, de la armada que había en Panamá, de los capitanes y soldados que en ella estaban, y de que Pedro de Hinojosa era el general de todos ellos. El presidente La Gasca le dio las gracias, y así quedó consolidada la paz y la amistad entre ellos. Se hablaban cada noche, con mucho secreto, dándole aviso Hernán Mejía de todo lo que le escribían desde Panamá. El Presidente, de día en día, se iba ganando la amistad, tanto de los soldados como de los vecinos. Algunos iban a comer y a conversar con él, quien se mostraba tan llano y afable, que se hacía querer de todos". La Gasca, como hábil diplomático, prometía demasiado: "En su conversación solo hablaba de que iba a reducirlos al servicio de Su Majestad con paz, amor y beneficios que el Rey les haría, y con un perdón general de todo lo pasado, de manera que, si no quisiesen reducirse a buenas, él se volvería a España y los dejaría en paz, pues su profesión de sacerdote no le permitía odiar a nadie, ni él lo quería".
     Melchor Verdugo, que había zarpado de Santa Marta tras recibir la carta que le envió Pedro de la Gasca, dejando tranquilos a los vecinos, llegó de repente a la costa de Nombre de Dios. Y se repitió la historia: nueva carta de La Gasca, y retirada del fiel vasallo de Su Majestad, pero hombre cruel y temible allá por donde pasaba. Lo que le da pie a Inca Garcilaso para hablar de un encuentro que tuvo con él en España (diecisiete años después de estos acontecimientos): "Melchor Verdugo se vino entonces a España porque le pareció que no estaba seguro en aquellas tierras, y Su Majestad le hizo merced del Hábito de Santiago. Yo le vi en la antecámara del muy Católico Rey Don Felipe Segundo, el año mil quinientos sesenta y tres, bien fatigado de que sus enemigos resucitaran los agravios que hizo en el Perú, Nicaragua y Nombre de Dios, de los cuales le acusaban, por lo que temió que le quitaran el Hábito de Santiago. Tal era el sentimiento que mostraba, que daba lástima verle el rostro, pero el Rey le hizo merced de absolverle de todo, y, así, se volvió en paz al Perú". Como ya vimos, Inca Garcilaso había llegado a España tres años antes (en 1560), pero lo que no dice es que Verdugo murió en Perú en 1567, solo cuatro años después de este mal trago del traqueteado y traqueteador capitán.
     Habiendo decidido ya Hernán Mexía ponerse al servicio de Pedro de la Gasca, empezó de inmediato a reforzarse reclutando nuevos soldados, y tuvo la precaución de evitar a los de la ciudad, escogiendo solo a los que habían llegado con Pedro de la Gasca. Al saberlo el Adelantado Pascual de Andagoya (del que hemos hablado varias veces), se alarmó, pensando que, siendo Mejía un capitán de Pizarro, le estuviera arrebatando gente a La Gasca, a quien se lo contó alarmado y criticando a los pizarristas. Santa Clara comenta: "Se lo dijo en secreto, porque, de lo contrario, si lo hubiesen oído en público, sin duda le habría costado la vida por más Adelantado que fuese, pues en aquel tiempo nadie se atrevía a decir las cosas claramente". Pedro de la Gasca lo calmó ocultando la verdad y argumentando que Mejía se preparaba por si llegaba de nuevo Melchor Verdugo.

     (Imagen) Nos vamos acercando a un obstáculo, en principio insalvable, que el gran Pedro de la Gasca necesitaba superar. Iba a partir hacia la ciudad de Panamá (por tierra), después de haber pasado por Santa Marta y llegado a Nombre de Dios. Afortunadamente el 'contrahecho', de maneras suaves pero carácter de acero, tenía una confianza absoluta en sí mismo. Oigamos a Inca Garcilaso, quien, de pasada, nos va a descubrir que el gran capitán Alonso de Alvarado (viejo conocido nuestro) había tenido problemas en la Corte: "Pedro de la Gasca se preparó para ir a Panamá, donde, con buena maña, pensaba reducir al servicio de su Majestad a Pedro de Hinojosa (hombre fundamental para Gonzalo Pizarro). Partió lo antes que pudo, llevando consigo al mariscal Alonso de Alvarado, a quien La Gasca había sacado de la cárcel en la que le tenían preso en España los del Consejo de Indias. A este caballero lo detuvieron por las cosas que habían pasado en Perú entre los bandos de los Pizarro y los Almagro". El inteligente y hábil La Gasca, sabiendo la talla como capitán de Alvarado, quien, además, siempre actuó con nobleza, quiso contar con su inapreciable ayuda en Perú, y consiguió, no solo que lo dejaran libre, sino, además, que el Rey lo nombrara Mariscal de las tropas para el más que probable enfrentamiento con Gonzalo Pizarro. Incluso tuvo la seguridad de que le iba a ser leal, a pesar de que, hasta que Gonzalo se rebeló, Alvarado siempre había luchado junto a los pizarristas. Pedro de la Gasca iba directo a vérselas con su mayor amenaza: "En Panamá, Pedro de Hinojosa lo sintió mucho cuando supo que Hernán Mejía había recibido a La Gasca más con demostración de amistad y obediencia que de oposición, y por haberlo hecho sin su consentimiento, por lo que le escribió ásperamente sobre ello". Al recibir la carta, Mejía decidió ir a Panamá y tratar con Hinojosa el asunto. Con habilidad, supo quitarle importancia al tema, de manera que Hinojosa se tranquilizó. Le tocará a Pedro de la Gasca seguir el arriesgado baile con Hinojosa.