miércoles, 15 de abril de 2020

(Día 1083) Con sus mañas y su acoso incesante, Francisco de Carvajal atrapó a sus enemigos. A muchos los perdonó, pero, a Lope de Mendoza, Nicolás de Heredia y alguno más, los ejecutó.


     (673) Inca Garcilaso, de quien recuperamos ahora el hilo, se muestra cauteloso y se limita a comentar que 'según dicen' alguno de sus propios soldados le hirió a Francisco de Carvajal del arcabuzazo. Pasó la noche descansando lo mejor que pudo, y, el día siguiente emprendió de nuevo, furiosamente, la persecución de los de Lope de Mendoza: "Esperaba hallarlos la siguiente noche dormidos y descuidados. Y, efectivamente, los desbarató y prendió a muchos de ellos, y los demás se derramaron por diversas partes, por la oscuridad de la noche, entre ellos, Lope de Mendoza. Cuando amaneció, Francisco de Carvajal le siguió el rastro, y en el camino se enteró de que los enemigos le habían saqueado su hacienda, y la de sus compañeros".
     Con la rabia, Carvajal aceleró el acoso, y de nuevo los pilló desprevenidos. Huyeron desordenadamente y en distintas direcciones, pero él ya había logrado recuperar parte del botín robado, y, sin abandonar la persecución, acertó a encontrar la ruta que seguía Lope de Mendoza, su ansiada presa: "A la madrugada de la segunda noche que le siguió, llegó Carvajal a un pequeño poblado indio, en el que estaba Lope de Mendoza, quien, pareciéndole que no caminaría tanto, había parado allí. Y también lo hizo forzado por el sueño y cansancio que los suyos y él llevaban por las trasnochadas, por las jornadas tan largas sin comer ni descansar, de manera que estaban todos hechos pedazos, y dormidos como cuerpos muertos".
     A través de algunos indios, el impaciente Carvajal, que se había adelantado con solo ocho jinetes, se informó de cuántos hombres había con Mendoza, y supo que estaban en un galpón del cacique. Le pareció fácil la victoria, aunque, después de controlar las puertas de salida, simuló a gritos que estaba dando órdenes a varios capitanes, para dar la impresión de que su tropa era numerosa: "Con este ruido, alarmó Carvajal a los que estaban en el interior, entró con tres de los que llevaba, los desarmó y ató a todos, menos a Lope de Mendoza, al que respetaba por el oficio que tenía de Capitán General, y así los sacó fuera para que viesen los pocos que eran. Luego Carvajal hizo dar garrote a Lope de Mendoza, y cortarle la cabeza, y a Nicolás de Heredia, y a otros tres, perdonando a los demás. Lo mismo hizo con todos los que había ido apresando, y procuró hacerlos amigos suyos, para que se pasasen a su bando. Asimismo perdonó a Alonso Camargo y a Luis Perdomo, porque ellos le descubrieron donde tenía Diego Centeno enterrados más de cincuenta mil pesos de plata. Con la victoria alcanzada, viendo que ya no tenía enemigos en aquella tierra, se fue a la zona de Charcas, para residir algunos días en la Villa de la Plata, y recoger toda la que pudiese de las minas de Potosí, que se habían descubierto aquel año, de los indios de los vecinos muertos, y de los de quienes habían huido, con el fin de entregárselo todo a Gonzalo Pizarro para los gastos de la guerra".

     (Imagen) Acabamos de ver que Francisco de Carvajal alcanzó a los capitanes Lope de Mendoza y Nicolás de Heredia, los derrotó y les cortó la cabeza. Siempre aplicaba el máximo rigor con los enemigos más peligrosos, y perdonaba la vida a otros que, en su mayoría asustados, aceptaban ponerse bajo sus órdenes. Ese reclutamiento forzado no era muy fiable, y él lo sabía, por lo que los vigilaba de cerca. Veremos pronto que un grupo de los derrotados y perdonados tratarán de matarlo, pero no le pillarán desprevenido, y será implacable con todos los que pueda atrapar. Entre ellos estaban LUIS PERDOMO (quien ya andaba por las Indias en 1508) y HERNANDO DEL CASTILLO. Veo, en una declaración de herederos suyos, que eran hermanos y nacidos en la isla de Gran Canaria. Reclaman sus bienes, además de otros afectados, María Garrida de Cubas, viuda de Perdomo, y Ana del Castillo, hermana de los dos difuntos, "que sirvieron con el capitán Diego Centeno en la Villa de la Plata, presos y muertos por Francisco de Carvajal". En realidad, Luis Perdomo murió huyendo de una muerte segura a manos de Carvajal. Su hermano Hernando del Castillo tuvo un final más trágico. Ninguna esposa de Hernando aparece como heredera, por lo que hablaremos de su gran amor, una india que no le guardó mucho duelo. Lo cuenta Cieza: "Carvajal mandó al capitán Alonso de Mendoza (quien más tarde se puso al servicio de la Corona) que fuese a Pocona para prender a Hernando del Castillo. Llegando al lugar donde se encontraba, retuvo al servicio de indios y de indias que tenía, y él, con los otros que le acompañaban, pudo huir. Dándole pena que le hubiese tomado una india hermosa a la que quería mucho, volvió para ver si la podía liberar. Alonso de Mendoza lo descubrió acompañado de un tal Argüello, los apresó y los llevó adonde estaba Carvajal, el cual los hizo cuartos". Mejor que HERNANDO DEL CASTILLO no se enterara de lo que ocurrió luego: "La moza a por la cual vino, disfrutaba después con quien mejor compañía le hacía".



martes, 14 de abril de 2020

(Día 1082) Fracasó un atentado de varios soldados suyos contra Francisco de Carvajal. Quedó levemente herido, y con la sospecha de que había sido intencionado. Los autores huyeron al bando contrario.


     (672), Tal y como lo cuenta Santa Clara, se ve que, junto a la tropa de Lope de Mendoza, iba otra capitaneada por Nicolás de Heredia, ambos recién venidos de su fracasada campaña por Tucumán bajo el mando del fallecido Diego de Rojas. Antes de que Lope de Mendoza hubiese saqueado los bienes de Francisco de Carvajal, este implacable luchador estuvo a punto de ser víctima de un motín. Por entonces, según nos aclara el cronista, estaba también en la tropa de Carvajal el valioso capitán Alonso de Mendoza, quien, algún tiempo después, se pasará al bando de los leales al rey, tras ser convencido por el gran Diego Centeno.   
     Había ocurrido que en el pueblo de Pocona, se dio una batalla nocturna, en la que algunos de los de Carvajal perdieron los nervios. Escuchemos a Santa Clara: "Con aquellos asaltos tan furiosos que daban los soldados mendocinos y heredianos, hubo pizarristas que se atemorizaron, creyendo que habían de ser vencidos. El que más se asustó fue Pedro de Avendaño, secretario de Francisco de Carvajal, quien, para ponerse al servicio de Su Majestad, propuso a otros matar a su amo, para sacar del mundo a hombre tan malo y cruel como lo era este endemoniado. Convenció a Damián de la Bandera y a Francisco Rodríguez Matamoros, grandes amigos suyos, quienes, a su vez, se pusieron de acuerdo con diez arcabuceros animosos que, desde hacía tiempo, deseaban matarlo. Aunque solía ir disfrazado, Damián de la Bandera y Matamoros tuvieron la suerte de reconocerlo entre varios que peleaban, porque era un poco cojo. Estando algo apartados de él, le dispararon los dos, pero tuvo la suerte de que una bala no le acertó, y la otra le dio en la punta de una nalga sin gran daño, y, pasando adelante fue a dar en las espaldas de un portugués llamado Pedro Galván, quien no tardó en morir de las consecuencias".
     Carvajal no vio claro lo que había ocurrido, pero desconfió: "No descartó que hubiera entre sus hombres algún traidor. Fue con gran presteza adonde Alonso de Mendoza, y le dijo que fuese a la plaza para averiguar lo ocurrido. Damián de la Bandera y Francisco Rodríguez Matamoros tenían miedo de ser descubiertos, y no se atrevieron a quedarse allí. Con este recelo, escaparon adonde Lope de Mendoza, el cual les recibió muy amigablemente". También se pasaron al bando de Lope los arcabuceros que iban a colaborar para matar a Carvajal, los cuales no pudieron llevarlo a cabo porque, tras haber sido herido, se metió en medio de su gente. Fue entonces cuando correspondieron al buen recibimiento de Lope de Mendoza haciéndole saber que le sería muy fácil despojar a Carvajal de los muchos bienes que tenía, con poca protección, en un campamento cercano. Olvidado de este punto débil, Carvajal estaba entonces ocupado en otro asunto: "Se metió en su recámara, y el médico le curó secretamente, sin que nadie lo sintiese, y, mudando sus vestidos, salió, cenó y bebió, pues se hallaba muy fatigado por la sangre que le había salido del arcabuzazo, por no haber dormido, por lo mucho que había andado a pie, que no estaba acostumbrado a ello, y porque anduvo siempre armado (y, naturalmente, porque ya había cumplido ochenta años)".
    
     (Imagen) Al hablarnos Santa Clara de la triste e injusta muerte de Juan Velázquez Vela Núñez, el hermano del virrey, dice que fue llevado su cuerpo a la casa de HERNANDO DE MONTENEGRO para amortajarlo. ¿Por qué allí precisamente? Lo veremos sobre la marcha. Da gusto hablar de Hernando porque, aunque poco mencionado, tuvo una biografía espléndida, y, además, mantenida con una conducta ejemplar. En la imagen vemos que una nieta suya, Doña Lucía de Montenegro, en 1586, pide que se le muestre la relación de méritos que su abuelo había presentado treinta años antes, y que se confirmen los hechos con testigos. Hernando nació, probablemente, en Villanueva de Alcorón (Guadalajara) a finales del siglo XV. Llegó a las indias hacia 1516 y estuvo entonces al servicio del cruel Pedrarias Dávila. Aparece en Perú poco después de la muerte de Atahualpa, y, cuando asesinaron a Pizarro, intentó avisarle, pero llegó tarde. Pedro de la Gasca, en 1549 le premió generosamente y con sumo placer, justificándolo con un brillante resumen de sus grandes méritos. Que, dicho más brevemente, fueron estos: Se puso bajo el mando de Vaca de Castro contra Diego de Almagro el Mozo. Al ser apresado el virrey Blasco Núñez Vela (y luego asesinado), Hernando tuvo en su casa a su buen hermano Juan Vela Núñez, recogiendo y amortajando después su cadáver cuando le cortaron la cabeza. Gonzalo Pizarro le maltrató "al conocer de vos la constancia que teníais en el servicio a Su Majestad". La Gasca, que no olvida nada, añade que le ayudó para que avanzara con su tropa, aportando suministros y preparando puentes para facilitarles el acceso. Elogia su participación en la derrota final de Gonzalo Pizarro. Y alaba su productividad: "Fuisteis uno de los primeros en plantar en estas tierras viñas, legumbres, membrillos, granadas, higueras e otros géneros de frutas de Castilla, e dado plantas de ellas a otras personas para que hiciesen lo mismo". HERNANDO DE MONTENEGRO fue premiado también con un escudo de armas familiar, y llegó a la edad de ochenta años.



lunes, 13 de abril de 2020

(Día 1081) Juan de la Torre Villegas animó a Juan Velázquez Vela Núñez, hermano del difunto virrey, para escapar juntos a España. En una vil maniobra, Juan de la Torre se lo contó a Gonzalo Pizarro, diciendo que el plan era obra de Vela Núñez, a quien le cortaron la cabeza.


     (671)  Enseguida veremos la reacción de Francisco de Carvajal cuando Lope de Mendoza desvalijó su almacén de provisiones y objetos valiosos. Creo que ahora merece la pena oír al cronista Santa Clara contar el triste final de Juan Velázquez Vela Núñez, hermano del virrey (a quien Cieza, para que nos persiga la confusión, llama Francisco; doy por hecho, mientras no se demuestre lo contrario, que se llamaba Juan). Considero al poco reconocido Santa Clara como el cronista más expresivo y rico en detalles, lo que dio como resultado un texto de gran extensión. Los hechos ocurrieron en Lima, y ya sabemos que Juan de la Torre, organizador de la trama, haciéndose el arrepentido, le dijo a Gozalo Pizarro que el hermano del virrey planeaba con algunos otros, matarlo a él y escapar a España en un barco. Le aseguró que estaban implicados más de treinta, y, entre ellos Rodrigo Mejía y Bernardino de Loaysa. El apellido de este último le pudo costar la vida a alguien que no tenía nada que ver: "Prendido Rodrigo de Mejía, mandó a Gaspar Mejía que prendiese a Loaysa también, pero él solo conocía a uno con ese apellido, y fue con seis arcabuceros a prender al sacerdote Baltasar de Loaysa. Topó con él en una calle, y le hizo apear de su mula con maltrato". El clérigo le explicó el error, que fue confirmado por la gente, y Gaspar fue en busca del verdadero culpable, pero había tenido tiempo de escapar, e, incluso, posteriormente, por petición de muchos, fue indultado. A los dos días del percance con el clérigo, iba galopando por el mismo sitio Gaspar Mejía, se estrelló contra una pared, y murió. Santa Clara lo interpretó como un castigo divino por el maltrato al religioso.
     Luego se ocuparon del hermano del difunto virrey: "Cuando le prendieron, se demudó, porque el que es honrado, aunque sea inocente, se turba si le acusan de cosa mal hecha. Dijo que su intención no había sido matar ni perjudicar a nadie, sino irse a España para descansar de tantos trabajos y fatigas como él había pasado. Aunque el licenciado Cepeda, encargado de juzgarle, le dijo a Gonzalo Pizarro que no veía motivos para condenarlo, lo sentenció cruelmente a muerte. Esta justicia o, por mejor decir, injusticia se hizo por insistencia del tirano, a pesar de las súplicas de los obispos y religiosos, de hombres buenos y de Francisca Pizarro, sobrina del tirano (hija de Francisco Pizarro). Como había tantos rogadores en su favor, el tirano y Cepeda le dieron mucha prisa para que se confesase, y, después de hacerlo, lo llevaron a la plaza pública, yendo a su lado fray Tomás de San Martín, que fue quien le confesó, y le ayudaba cristianamente a morir. Luego le cortaron la cabeza, y a sus pies se puso un escrito que decía 'por amotinado'. Amortajaron su cuerpo en casa de Hernando de Montenegro, y lo enterraron en la catedral. Cuando el bueno y desdichado Vela Núñez quiso ponerse de rodillas para encomendarse a Dios, Antonio de Robles, hombre muy desvergonzado, hermano del capitán Martín de Robles, quiso atropellar con su caballo al desdichado para impedirle que muriera cristianamente, y fray Tomás, muy airado, le dijo que esperaba que Dios le pusiera en la misma situación, lo cual se cumplió en el Cuzco pasado poco tiempo. Ese mismo día, que fue el 9 de noviembre de 1546, hicieron cuartos a Rodrigo Mejía, a quien no pudo ayudar Hernando Pizarro, hijo del tirano, como lo había hecho antes en la mar (recordemos que Martín de Alarcón no lo había matado en un barco, junto a otros amotinados, porque el hijo de Gonzalo Pizarro le contó que siempre había sido bien tratado por él)".

     (IMAGEN) El cronista Santa Clara se duele profundamente por la muerte de JUAN VELÁZQUEZ VELA NÚÑEZ, el hermano del virrey. De lo que cuenta se desprende que era el mayor de todos los hermanos, y nos da detalles de las trágicas circunstancias que llevaron a tan triste final: "La muerte de Vela Núñez causó gran pesar en todos los que le conocían, pues le tenían mucho respeto y gran amor por ser de mucha bondad y de gran virtud. Influyó mucho en el virrey para que no fuese tan áspero de condición con los vecinos. Tendría unos sesenta años, y toda su persona denotaba valor y bondad". Uno de los mayores errores cometidos por el intransigente virrey fue el de matar al factor Illán Suárez de Carvajal, como muestra en la imagen la lámina dibujada años después por el mestizo Guamán Poma de Ayala. Como dice ahora el cronista, "el traidor que preparó la caída de Vela Núñez fue perdonado, y el inocente, condenado a muerte".  Se refiere a quien ya conocemos, Juan de la Torre, de segundo apellido Villegas (y villano de condición), el polo opuesto del excepcional Juan de la Torre Díaz Chacón, uno de los Trece de la Fama (del que hablamos anteriormente). Juan de la Torre Villegas se hizo el arrepentido ante Gonzalo Pizarro de un plan para matarle y luego fugarse, que él mismo había tramado, acusando de su autoría a Vela Núñez, el cual solo quería huir a España, cansado de tanto sufrimiento y horror, culminado con el asesinato de su hermano, el virrey. Para mayor sarcasmo, Juan de la Torre fue uno de los que le arrancaron pelos de la barba a la cabeza decapitada del virrey, para lucirlos en el sombrero. Años atrás, había dejado en evidencia ante Francisco Pizarro, con datos inventados, al gran Hernando de Soto. Estuvo también excomulgado un tiempo por su mala catadura. Ya vimos con qué exagerado peloteo se dirigía en una carta a Gonzalo Pizarro. Pero di por supuesto, equivocadamente, que aceptaría la oferta de perdón que le hizo Pedro de la Gasca, si abandonaba a Gonzalo Pizarro y se ponía al servicio del Rey. De hecho, se mantuvo a su lado, y sufrió junto a él, en Jaquijaguana, la derrota y la muerte. Al menos, la última página de su vida fue rebelde pero honrosa.



sábado, 11 de abril de 2020

(Día 1080) Carvajal le persiguió con más furia a Centeno, quien, viéndose sin escapatoria, disolvió su tropa y fue a esconderse en una cueva. Heredia y Lope de Mendoza se incorporaron a la lucha contra Carvajal, a quienes derrotó, pero Mendoza le arrebató parte de sus bienes.


     (670) Pero a Francisco de Carvajal (ese prodigio que rondaba los 80 años) se le acrecentó la firme decisión de atrapar a Centeno. Se puso en marcha, y, de forma imparable, lo fue alcanzando: "Al día siguiente siguió a su enemigo con más coraje que antes, y así iba cada día cogiéndole gente, caballos y fardaje. Al cabo de unas doscientas leguas, no le quedaron a Diego Centeno más de ochenta hombres. Viendo a su gente tan cansada y disminuida, y pareciéndole que en toda aquella tierra no había parte segura donde poder parar, decidió irse a la costa del mar, a la ciudad de Arequipa. Envió por delante a uno de sus capitanes, llamado Rivadeneira, para que, si hallase algún navío, lo tomase con dinero o con engaño, para que pudiesen todos escapar".
     Rivadeneira tuvo la suerte de encontrar un navío bien equipado no lejos del puerto de la ciudad, y le fue fácil hacerse con él de noche (aquello era una requisa por emergencia militar). Pero Diego Centeno llegó a Arequipa antes de que volviera Rivadeneira, y se encontró en una situación desesperada, con la barrera del mar por un lado, y la tropa de Carvajal por el otro, y a punto de alcanzarlo: "Decidió deshacer la gente que le quedaba, y les dijo que, en pequeñas cuadrillas o a solas, se derramasen por diversas partes, y que él se iba a esconder donde pudiese. Después se despidió de los suyos, y se metió en una quebrada de sierras con un compañero llamado Luis de Ribera y un criado. Hallaron una cueva, y en ella se detuvieron escondidos casi ocho meses, hasta que el presidente Pedro de la Gasca entró en Perú. Durante todo este tiempo, los mantuvo un curaca (cacique) del repartimiento de indios de Miguel Cornejo, en cuya tierra acertaron a caer".
      Dejará Inca Garcilaso tranquilo a Diego Centeno en su larga desaparición, porque Francisco de Carvajal va a tener que habérselas con otros dos expertos enemigos. Sabemos por comentarios anteriores que, fracasada la expedición a Tucumán de Diego de Rojas, donde murió, y tras más de dos años de penalidades insoportables, volvieron a Perú los capitanes Nicolás de Heredia y Lope de Mendoza. Cuando llegaron, viendo el panorama de las guerras civiles, decidieron servir al Rey y luchar contra el rebelde Gonzalo Pizarro. En realidad, su enfrentamiento directo fue contra su maestre de campo, Francisco de Carvajal, en las proximidades de Chile, porque a Gonzalo lo tenían muy lejos, primero en Quito y luego en Lima.
     Lope de Mendoza tenía la equivocada creencia de que los soldados de Carvajal estaban muy descontentos con él, y decidió atacarle, a pesar de que no contaba más que con la mitad de los hombres que tenía Carvajal, y mucho menos experimentados. Fue un desastre. Carvajal los derrotó, muriendo ocho soldados de Mendoza, y luego saqueó el campamento, quedándose, entre otras cosas, con unos cincuenta mil pesos en barras de plata que él y Diego Centeno habían guardado. Lope de Mendoza decidió emprender la huida, pero con el aliciente de que, por medio de los indios, supo dónde guardaba Carvajal su fardaje y gran cantidad de bienes, suyos y de toda la tropa: "Quiso vengarse y pagarle con la misma moneda, despojando a sus contrarios. Caminó hacia allá, y se quedó con todo lo que Carvajal tenía, para gran contento de todos, porque, además de ropa, hallaron mucho oro, armas y pólvora".

     (Imagen) Si bien los escritos de Inca Garcilaso de la Vega se centraron en la conquista de Perú y la historia prehispánica de sus antepasados incas, publicó también una crónica (La Florida del Inca) sobre algo tan alejado de sus andanzas como la expedición de Hernando de Soto por el territorio de Florida. Se debe a que pudo informarse a través de un buen amigo suyo que participó en la hazaña y le contó la historia: GONZALO SILVESTRE, nacido hacia el año 1516 en Herrera de Alcántara (Cáceres). Murió en Posadas (Córdoba) en 1592, lo que supone todo un récord para aquellos tiempos, y más todavía protagonizando una vida tan azarosa. Tras la muerte de Hernando de Soto, sus hombres regresaron, y poco después se trasladó Silvestre a Perú, en plena rebeldía de Gonzalo Pizarro, a quien se unió bajo el mando del capitán Alonso de Mendoza, pero pronto, muerto ya el virrey y convencidos por las razones del gran Diego Centeno, los dos se pasaron al bando legal. Fueron derrotados en la batalla de Huarina, sufriendo heridas Silvestre. La llegada del gran Pedro de la Gasca fue su salvación, pues derrotaron (luchando junto al padre de Inca Garcilaso) a Gonzalo Pizarro, y fue ejecutado. Silvestre participó después en la victoria sobre el último rebelde, Francisco Hernández Girón, quien fue apresado (y luego ejecutado) por Gómez Arias Dávila (otro superviviente de Florida). Nuevamente resultó Silvestre herido de gravedad. Se retiró a vivir cómodamente en Potosí, pero el virrey Marqués de Cañete, obsesionado con casar a todos los españoles, quiso obligarle también a Silvestre. Al no ceder, lo desterró a España, enviándolo con malos informes. Nada más llegar, en 1558, presentó su expediente de méritos (el de la imagen). GONZALO SILVESTRE se trasladó luego a Posadas (Córdoba) para tratarse con hierbas del lugar una molesta y fea infección de bubas, donde vivió encantado hasta morir, ya muy longevo, el año 1592. Allí iba Inca Garcilaso a visitarle y a recoger la jugosa información que le facilitaba sobre la campaña de Florida.



viernes, 10 de abril de 2020

(Día 1079) Diego Centeno consiguió hacerle mucho daño a Francisco de Carvajal con una maniobra. Carvajal se irritó sobremanera, pero admiró la astucia de su enemigo.


     (669) Lo primero que nos cuenta Inca Garcilaso es una anécdota que pone de relieve la astucia estratégica de Diego Centeno, que Francisco de Carvajal va a reconocer con admiración, pero también el alto precio que pagaban a veces los indios y negros que iban tras las tropas llevando el tinglado de la intendencia. Ocurrió que, siempre huyendo de Carvajal, llegaron Centeno y los suyos a una bajada muy estrecha por la que pasarían, a través de un arroyo, a otra vertiente casi vertical por la que habrían de subir. Carvajal conocía perfectamente la zona, y le entusiasmaba saber que, cuando empezaran la ascensión, los podría machacar con arcabuces estando sus hombres bien asentados en la otra ribera. Minusvaloró a Centeno, quien era perfectamente consciente del peligro, y tomó una brillante decisión, pero a costa de los más indefensos. Hoy se hablaría de 'daños colaterales': "Una legua antes de llegar a la bajada del barranco, llamó a los principales de su tropa, y les dijo que seis de a caballo se escondieran detrás de un cerro que había a la derecha, para que, cuando Carvajal hubiera ya pasado con su vanguardia, diesen en la retaguardia, y alanceasen a todos los indios, negros, españoles, caballos y acémilas que pudiesen, sin respetar nada, y haciendo el mayor ruido posible, con el fin que Carvajal diera la vuelta en su socorro, y ellos pudiesen pasar libremente el arroyo". Pues, dicho y hecho. Dejaron pasar a Carvajal, que avanzaba veloz impulsado por el ansia de la escabechina, y los jinetes de Centeno se la hicieron a los de la retaguardia. Iba tan ciego Carvajal, que oyó gritos, pero no le dio importancia hasta que tuvo evidencia de lo que pasaba: "Entre las acémilas que los de Centeno habían matado, había una que tenía dos barriles de pólvora. Les pegaron fuego, y hubo una estampida que retumbó entre los cerros, de manera que Carvajal fue consciente de lo que pasaba, y dio la vuelta con los suyos para socorrer a los suyos. Los seis de a caballo de Centeno, viéndolos venir, huyeron por donde habían venido, y, dando rodeos, ayudados por los indios, se fueron a juntar, al cabo de seis días, con el capitán Diego Centeno".
     Francisco de Carvajal encajó noblemente su fracaso: "Tras socorrer a los suyos, se quedó allí aquel día y la noche siguiente, no pudiendo perseguir al enemigo porque el daño que le hicieron los seis de a caballo fue mucho.  Carvajal quedó muy avergonzado de que un capitán, que, en su comparación, era más que bisoño, le hubiese hecho un ardid de guerra tan hábil. Y así, como afrentado, no habló palabra en todo el día. Ni quiso cenar, diciendo que le bastaba aquella burla para comida y cena de muchos días. Tras perder parte de la ira y enojo que había recibido, les dijo a los suyos: 'Señores, yo he visto en el curso de  mi soldadesca en Italia, que duró más de cuarenta años, retirarse de sus enemigos al Rey de Francia, al Gran Capitán, a Antonio de Leyva, al conde Pedro Navarro, a Marco Antonio Colona, a Fabricio Colona y a los demás capitanes famosos de mis tiempos, así españoles como italianos, mas a ninguno vi retirarse con el valor con el que este mozo se ha retirado hoy'. Son palabras de Francisco de Carvajal, sin quitarles ni añadirles una, y a mí me las dijo alguien que se las oyó a él".

     (Imagen) Era cierto que iba hacia Lima PEDRO HERNÁNDEZ DE PANIAGUA Y LOAYSA (nacido en Plasencia en 1498), pero no para nombrarle gobernador a Gonzalo Pizarro por mandato de Pedro de la Gasca, con quien había llegado a Perú. Un hijo suyo, Gabriel, que era Comendador de Calatrava, lo explica en su relación de méritos (como se ve en la imagen): "Le envió La Gasca para negocio tan grande y peligroso como el de que Gonzalo Pizarro acatase la voluntad del Rey, y para saber cuáles eran sus intenciones. Trató de reducir al servicio del Rey a muchos de los capitanes del tirano en distintas poblaciones, con los cuales capitanes fueron reducidos más de mil quinientos hombres, y estuvo Gonzalo Pizarro muchas veces determinado a cortarle la cabeza. Tomó nota de los lugares por donde se había de hacer la guerra, con la ayuda del indio intérprete que llevaba, lo cual fue causa del éxito de la batalla que se dio en Jaquijaguana, en la que él se halló (y derrotaron a Gonzalo Pizarro)". Luego tuvo una actuación digna de Guzmán el Bueno. Luchando contra el último rebelde, Francisco Hernández Girón, apresados Pedro y un hijo suyo (no concreta si era Gabriel), Girón lo dejó libre a Pedro y retuvo a su vástago para que no se atreviera a seguir peleando contra él, pero tuvo la heroicidad, o la insensatez, de seguir haciéndolo. Lo que ocurrió fue que quienes murieron luego en la batalla de Pucará, el año 1554, fueron Hernández Girón y PEDRO HERNÁNDEZ DE PANIAGUA, a quien el Rey le había dado permiso unos meses antes para volver a España. Aunque sea anecdótico, mencionaré que hubo otro español llamado Pedro Hernández de Paniagua, ya que es posible que fueran parientes cercanos. No parece que fuera el mismo, porque se trataba de un mesonero, y el que se jugó el tipo toreando a Gonzalo Pizarro era de buen linaje. Fue dueño del primer mesón que se permitió abrir en la ciudad de México, en 1525, cuatro años después del gran triunfo de Hernán Cortés. Le puso el nombre de Monte Cristo. Aún queda por la zona un restaurante de estilo colonial llamado también así, al que entré, y me dejó el bonito recuerdo de un pianista tocando el bello bolero 'Sin ti'.



jueves, 9 de abril de 2020

(Día 1078) Empezó Gonzalo Pizarro a ejercer como gobernador, y lo hacía bien, acatando al Rey y dictando leyes acertadas. Hubo una trama para nombrar gobernador al hermano del virrey.


     (668) Anulada la Audiencia de Lima, que tenía autoridad sobre todo Perú, asumió Gonzalo Pizarro, ya en Quito, las funciones de gobernador, y sintió la necesidad de establecer un control político y administrativo. Y, además, como nos cuenta Inca Garcilaso de la Vega (a quien retomamos), trató de hacerlo bien: "Como hombre que deseaba dar buena cuenta de sí, procuró Gonzalo Pizarro hacer leyes y ordenanzas para el buen gobierno, para la quietud y beneficios de los españoles y de los indios, y para aumento de la religión cristiana". Recoge luego el encabezado de un capítulo del cronista López de Gómara: "Gobernó Gonzalo Pizarro en ausencia de Francisco de Carvajal, quien instigó a muchos para que le llamaran rey. Pero, estando sin él, nunca Gonzalo Pizarro mató ni consintió matar a español alguno sin que los de su consejo lo aprobasen. Y aun así, lo hizo mediante proceso legal, y tras haberse confesado (ante un clérigo). Prohibió que se cargase a los indios, y que se les tomase por fuerza su hacienda, bajo pena de muerte. Mandó también que todos los encomenderos enviasen clérigos a sus pueblos para enseñar a los indios la doctrina cristiana. Procuró mucho que se entregara el quinto para la Hacienda del Rey, diciendo que así lo hacía su hermano Francisco Pizarro. Mandó que, terminada ya la guerra y habiendo muerto Blasco Núñez Vela, sirviesen todos al Rey, para que revocase las Leyes Nuevas, les confirmase sus repartimientos de indios y les perdonase lo pasado. Entonces todos loaban su gobierno, y aun Pedro de la Gasca dijo, después de ver sus mandamientos, que, aunque era tirano, gobernaba bien".
     Tengo que hacer un alto en el camino para precisar varias cuestiones. Habrá que confiar en el cronista Santa Clara, que aporta datos nuevos. Martín de Alarcón volvía por mar después de comunicarle a Pedro de Hinojosa la derrota y muerte del virrey. Traía a varios presos de Hinojosa: "Ahorcó a Juan de Saavedra y a Pedro de Lerma porque quisieron alzarse con el navío y nombrar general a Juan Velázquez Vela Núñez, hermano del virrey". Luego cuenta que, como ya sabemos, no ahorcó al también cómplice Rodrigo Mejía porque el hijo de Gonzalo Pizarro (indica que se llamaba Hernando Pizarro) le pidió que no lo hiciese, pues había sido muy bien tratado por él. Creí que el cronista se equivocaba, porque el importante capitán Pedro de Lerma había muerto en la batalla de las Salinas, cuatro años antes. Pero he comprobado que tenía un hijo del mismo nombre. Por otra parte, yo daba por hecho que el hermano y el sobrino del virrey, ambos con los apellidos Velázquez Vela Núñez, se llamaban respectivamente Francisco y Juan, pero, según lo que acaba de decir Santa Clara, los dos tenían el mismo nombre: Juan.
     Sigamos con Inca Garcilaso, quien va a a dar un salto de mil kilómetros para trasladarnos al otro gran escenario de las guerras civiles, que aún seguía candente a pesar de la derrota y muerte del virrey. La resistencia contra la rebeldía no había terminado, debido a que, con gravísimas dificultades, seguía luchando contra una inteligente bestia, Francisco de Carvajal, un tipo heroico, Diego Centeno. Todo ello en vísperas de la llegada de un ángel astuto y salvador: Pedro de la Gasca.

     (Imagen) Aunque a destiempo, voy a resolver un error que me ha venido persiguiendo. El virrey Blasco Núñez Vela tenía en su guardia personal a Juan Velázquez Vela Núñez, un sobrino suyo al que atormentaron brutalmente los partidarios de Gonzalo Pizarro. Se le confunde a menudo con un hermano del virrey, llamado también JUAN VELÁZQUEZ VELA NÚÑEZ, a quien, aumentando el embrollo, se le suele citar, simplemente, como Vela Núñez. Vimos recientemente que a este hermano lo tenía preso Gonzalo Pizarro, y que lo dejó en libertad tras la muerte del virrey. Su vida posterior era una incógnita, pero he comprobado que el cronista López de Gómara zanja la cuestión. Gonzalo Pizarro, regresado ya a Lima, supo por una carta de Pedro de Hinojosa que llegaba, enviado por el Rey, Pedro de la Gasca, y le añadía que sería fácil sobornarlo o, de lo contrario, matarlo. Gonzalo se quedó tranquilo: "Así que todo eran fiestas, juegos de cañas y pasatiempos. En ese tiempo, Juan de la Torre Villegas había conseguido de los indios un cofre de esmeraldas finas y más de cien mil castellanos de oro limpio (unos trescientos kilos). Deseaba venirse a España con ello, pero temía que Gonzalo Pizarro no le dejase. Trató el negocio con Vela Núñez, hermano del virrey, y planearon venirse a España con un navío de Pizarro". Pero hubo un cambio de planes que confirma la mala entraña que le vimos mostrar a Juan de la Torre en una imagen reciente: "Entonces se dijo que iba a llegar Pedro Hernández Paniagua con despachos de La Gasca, en los que se nombraba gobernador a Gonzalo Pizarro (sin duda, era un bulo), y Juan de la Torre acordó vender a Vela Núñez, para ganarse la gracia de Pizarro, quien le mandó que continuase el trato, para saber quiénes estaban implicados. Prendieron a algunos, que, con tormento, confesaron el negocio, y luego degollaron a VELA NÚÑEZ". De manera que solo sobrevivió unos meses a su trágico hermano, el virrey Blasco Núñez Vela.



miércoles, 8 de abril de 2020

(Día 1077) El cronista Santa Clara comenta lo que ocurrió tras la muerte del virrey, y duda de la sinceridad del dolor de Gonzalo Pizarro. El capitán Gonzalo de Pereira tuvo la osadía de poner un cartel ensalzando al virrey.


     (667) El cronista Santa Clara marca con precisión la fecha de la batalla de Iñaquito: 18 de enero de 1546. Luego, como es habitual en él, añade datos expresivos de lo que ocurrió cuando Gonzalo Pizarro volvió de entrada a la ciudad de Quito: "Le pesó mucho que Benito Suárez de Carvajal hubiese cortado la cabeza al virrey en venganza por la muerte que le dio a su hermano Illán Suárez de Carvajal. Y también que, tras ponerla Pedro de Puelles en la picota, le pelaran las barbas Juan de la Torre Villegas y Ventura Beltrán, y luego otros. Mandó traer su cuerpo, y los de Sancho Sánchez Dávila y Juan de Cabrera. Fueron llevados a casa de Vasco Suárez de Figueroa, natural de Ávila, con la cabeza del virrey, que la trajeron de la picota, polvorienta, ensangrentada y oliendo ya mal. Los amortajaron, y los pusieron en andas. El cuerpo del virrey fue llevado en un ataúd, acompañado de muchos capitanes y de toda la vecindad. Luego fue enterrado muy honradamente, como tan alta persona merecía".
     Gonzalo Pizarro, como dijo Inca Garcilaso, se comportó muy caballerosamente en estos actos, pero Santa Clara desconfía de su sinceridad: "Mandó decir muchas misas por el virrey, poniéndose él y sus capitanes luto durante más de veinte días, con demostración de mucha tristeza, pero todo ello era falso, y habrían sido perdonados de no haber matado a tan ínclito y buen virrey".
     Hubo alguien que arriesgó su vida por ponerles en evidencia a los rebeldes: "Tras ser enterrado, un vecino muy honrado de la ciudad de Quito, llamado Gonzalo de Pereira, puso una noche secretamente, sabiéndolo el sacristán, una copla escrita encima de la sepultura del buen virrey. Cuando amaneció, muchos de los leales al Rey se atemorizaron, creyendo que podían ser considerados sus autores, pero no hubo nada. Gonzalo Pizarro se enojó bravamente contra la persona que lo puso, y, si él supiera quién fue el tan atrevido, sin duda alguna lo castigaría o ahorcaría, aunque mucho tiempo después se supo quién era el autor. El letrero decía: Aquí yace sepultado / el ínclito virrey / que murió descabezado / como bueno y esforzado / en la justicia del Rey / aunque murió su persona / su virtud sonará / por esto se le dará / de lealtad la corona".
     Luego habla el cronista de que los vecinos de Quito  indemnizaron a la familia del virrey, y de lo mal que acabaron gran parte de los responsables directos de su muerte : "Andando el tiempo, se supo que todos los hombres principales y vecinos que  presenciaron esta cruel muerte del virrey, pagaron una gran suma de dineros a la mujer y a los hijos que tenía en España, por convenio que hubo de una parte y de la otra (la lista de los demandados por su viuda, Doña Brianda de Acuña, era muy larga). Y, asimismo, han pagado con sus personas y vidas todos los tumultuarios y rebeldes, pues la divina justicia los ha castigado, unos con muertes muy desastradas que les sobrevinieron, como más adelante se verá, y, otros, afrentosamente ahorcados y hechos cuartos con renombre de traidores. Porque, hoy en día, no queda casi ninguno de ellos. Y si, por ventura hay algunos, serán muy pocos, y también pagarán lo que hicieron, a no ser que se amparen acudiendo a la divina misericordia. Que nadie haga, pues, cosa indebida, porque pagará por ello en esta vida o en la otra".

    (Imagen) Poco se sabe del capitán GONZALO DE PEREIRA, pero demostró una gran valentía y excepcional sentido del honor actuando como grafitero en la catedral de Quito. Grafitero, además, respetuoso con las sagradas paredes, porque se limitó a colocar un cartel sobre la tumba del indignamente asesinado virrey Blasco Núñez Vela. Otros profanaron su degollada cabeza, pero él dejó escrito, para que todos los quiteños lo vieran, una estrofa ensalzando al ilustre difunto, y asegurando que el tiempo le otorgaría una corona de lealtad y que sonaría por siempre el eco de su valor. No era menor el suyo, pues, de ser descubierto como autor, lo habrían matado. Está claro que odió siempre a los Pizarro, con gran lealtad a los dos Almagros, padre e hijo. Incluso se sospechaba que participó en la confabulación que desembocó en el asesinato de Francisco Pizarro. En la peruana Jerez de la Frontera (actualmente Jaén de Bracamoros), tuvo un conflicto con su fundador, JUAN PORCEL DE PADILLA (del que ya hablamos), a quien se opuso porque reclutaba gente para atacar al virrey. Eran el polo opuesto, ya que Porcel fue un inconmovible pizarrista. Solamente se dejó tentar por las sutiles habilidades diplomáticas del gran Pedro de la Gasca. Terminó por pasarse a su bando, pero a disgusto, y La Gasca no se fiaba de él, porque conocía cartas suyas en las que se rendía a los pies de Gonzalo Pizarro. En una de ellas, le decía: "Tengo gran ánimo para   morir si hace falta, pero lo que tendría por verdadero morir sería dar contento a los que mal nos desean. El Rey nos escuchará, pero, si así no fuese, somos suficientemente hombres como para guardar nuestras cabezas. Tengo acá cien hombres de guerra, y, si hiciera falta servir en algo a su señoría, acudiremos rápidamente a morir, si fuera menester, donde su señoría mandare". Aunque se perdió el rastro de GONZALO PEREIRA, hay constancia de que JUAN PORCEL vivía en 1560. Para entonces, le habían concedido el escudo de la imagen, cuyo dibujo central es un jabalí (es decir, un 'porcino' ennoblecido).





martes, 7 de abril de 2020

(Día 1076) El cronista Santa Clara rememora cómo fue la valiente muerte del virrey Blasco Núñez Vela.


     (666) No estará de más recoger algo de lo que cuenta Pedro Gutiérrez de Santa Clara sobre la muerte del virrey Blasco Núñez Vela. Lo primero que llama la atención es que participara en esta batalla de Iñaquito, la de su derrota y muerte, en primera línea de combate. Vimos que, en el bando contrario, los capitanes le convencieron a Gonzalo Pizarro para que se colocara en un lugar discreto, como simple 'director de orquesta', aunque luego participó a caballo, en lo que, según Cieza, tenía mucha habilidad. También Cristóbal Vaca de Castro, en el enfrentamiento de Chupas, se colocó aparte, como observador de lo que ocurría, e, incluso, hizo algo criticable: se rodeó de los mejores capitanes para que fueran su guardia personal, hasta que uno de ellos, por impaciencia o por vergüenza torera, arremetió contra los enemigos, arrastrando consigo al resto de los que amparaban a Vaca de Castro. Tampoco se le ocurrió a nadie pedirle al gran Pedro de la Gasca que entrara en la lucha en los combates, porque no era militar, y lo que se valoraba en él era su inteligencia y su fuerza moral.
     Pero lo del pundonoroso virrey fue otra cosa, como nos dice Santa Clara: "El buen virrey, conociendo claramente que la infantería llevaba la peor parte de la batalla, arremetió con gran furor a sus enemigos. Andando el virrey haciendo lo que un buen caballero debía, le salieron cuatro de a caballo, uno de los cuales era Hernando de Torres, vecino de Arequipa, quien le alcanzó con su lanza y le llagó malamente por el lado derecho. Los demás lo hirieron en la cabeza, de lo que cayó al suelo, desatinado, malherido, y bien cansado y quebrantado, porque era ya viejo. Pero, como era esforzado y animoso, cobrando su espada, quiso ir en busca de los que le habían herido, los cuales, no reconociéndole (ya vimos que llevaba una camiseta de indio), pasaron de largo. Salió a pie de la batalla lo mejor que pudo, y fue a caer en el suelo no muy lejos".
     Luego habla de otros capitanes: "Mataron los tiranos de un arcabuzazo al capitán Francisco de Cepeda, y a otros muchos valientes caballeros que se quisieron señalar aquel día en servicio de Su Majestad. Como todos estaban muy fatigados, y por no tener quien los animase, porque el virrey y Don Alonso de Montemayor no aparecían, los leales comenzaron a aflojar". Los de Gonzalo Pizarro apresaron a los heridos del bando contrario, y a muchos de los que pudieron huir. El virrey era muy consciente de que estaba gravemente herido, e, incluso de que, en cuanto lo reconocieran a pesar de su vestimenta, habría muchas probabilidades de que lo mataran, y quiso purificar su alma: "Vio pasar junto a él al padre Rodrigo Alonso de Herrera, que era capellán del tirano. Lo llamó y le dijo que le oyese en confesión, porque estaba muy cercano a la muerte. El capellán tuvo compasión de él, y se apeó del caballo para confesarle. Al no reconocerle, le preguntó quién era, y le respondió que no era asunto de su interés. Y de esta manera, el padre le comenzó a confesar".
     Después narra de qué manera mató Benito Suárez de Carvajal al virrey, y cómo, llevada su cabeza a la plaza de Quito, "Ventura Beltrán y Juan de la Torre Villegas, tomando mechones de su barba, se los pusieron en los cordones de sus sombreros, diciendo que los llevaban para que no se les olvidase el rencor que tenían contra él".

    (Imagen) Inca Garcilaso contó que un capitán (callándose su nombre) había profanado la cabeza del cadáver del virrey arrancándole pelos de su barba, para colocarlos como recuerdo y mofa en su sombrero. Gonzalo Pizarro tuvo la sensatez de ordenarle que los quitara de inmediato. El cronista Santa Clara no oculta nada, y, además, precisa que fueron dos los autores: el madrileño JUAN DE LA TORRE VILLEGAS y VENTURA BELTRÁN (de quien ya hemos hablado). Hay una carta escrita por Juan de la Torre, dirigida a Gonzalo Pizarro, que recoge muy bien la desquiciante persecución a que fueron sometidos Diego Centeno y sus hombres tras ser derrotados por los pizarristas en la batalla de Huarina (que pronto tendrá lugar): "Centeno huye con sus hombres después de que vuestra señoría les venció en la batalla". Menciona, entre los más importantes de sus acompañantes, a Pedro Pizarro (el cronista que ya conocemos), un clérigo apellidado Vizcaíno, y dos parientes de Francisco de Almendras (a quien, como vimos, le mató Centeno), Martín de Almendras y un hermano suyo, curiosamente, enemigos de Gonzalo Pizarro. Y añade un comentario despectivo y tétrico: "Hemos topado (en la persecución) con hombrecillos y caballos muertos". VENTURA DE BELTRÁN escribió una carta al Rey (la de la imagen) hacia 1554, en la que presume de haberle servido siempre, orillando descaradamente que luchó contra ese virrey al que luego le arrancó las barbas. Pero es evidente que abandonó después a Gonzalo Pizarro, aceptando la sabia amnistía que Pedro de la Gasca ofrecía a quienes volvieran al servicio del Rey. Es muy probable que también JUAN DE LA TORRE VILLEGAS aceptara la oferta. Le contaba Pedro de la Gasca al Rey: "Se despacharon cartas a Juan de la Torre y a otros que estaban con él, diciéndoles que se viniesen al servicio de su Majestad, y se les mandó un documento en el que se prometía que todos los que se apartasen de la rebelión de Gonzalo Pizarro, gozarían del perdón de Su Majestad, y que, de no hacerlo, se les tendría por traidores".



lunes, 6 de abril de 2020

(Día 1075) Tras la victoria, Gonzalo Pizarro fue demasiado confiado con algunos de los derrotados, y cometió el error de no ordenar a Hinojosa que volviera de Panamá con toda la flota. Dejó libre al hermano del virrey.


     (665) Gonzalo Pizarro continuó decidiendo caso por caso qué hacer con algunos de los derrotados: Perdonó a Sebastián de Belalcázar, y lo envió a su gobernación con parte de la gente que contra él había traído. El cual le hizo pleito homenaje de estar siempre a su servicio. A Don Alonso de Montemayor, a Rodrigo Núñez de Bonilla, tesorero de Quito, y a otros hombres principales los desterró a Chile, aunque por el camino se hicieron con el navío en el que iban, y se fueron a Nueva España (México). Recogió a toda la gente que pudo entre los vencidos, y mandó ahorcar a Pedro Bello y a Pedro Antón, que eran los que habían huido de él en un barco en la ciudad de Lima.
      La derrota y muerte de virrey le llenó de tranquilidad a Gonzalo Pizarro. Y su actitud se volvió generosa hacia los vencidos. Les reprochó haber luchado en el bando contrario, pero entendió sus razones, y pasó por completo página de lo pasado, ordenando, además, a sus hombres que los trataran con respeto y en igualdad de condiciones. Utilizó como propaganda su victoria para hacerla conocer por todas partes, esperando que le diera fruto con buena cosecha de seguidores. Sus capitanes le aconsejaron que retirase de Panamá la armada que allí estaba con Pedro de Hinojosa, habiendo antes quemado todos los navíos que por allí viese, con un doble fin: evitar ataques de enemigos e impedir que se recibieran noticias de España. Pero no les hizo caso, porque se creía ya capaz de superar cualquier obstáculo. El tiempo demostró que Hinojosa no era fiable, y le entregaría la armada a Pedro de la Gasca. Con cierta ingenuidad, el victorioso Gonzalo Pizarro esperaba que todo acabara bien, y que sus razones serían entendidas y aceptadas por el Rey.
     Había un tema muy delicado en cuanto a los perdones: "Envió al capitán Alarcón en un navío a Panamá para darle a Pedro de Hinojosa la noticia de la victoria, y para que trajese a Vela Núñez (hermano del virrey) y a los que con él estaban presos. A su vuelta, vino con el hijo de Gonzalo Pizarro, con Vela Núñez y con otros tres que, además de él, estaban presos. A dos de ellos los ahorcó porque habían dicho palabras escandalosas. Al tercero también lo quiso ahorcar, pero el hijo de Gonzalo Pizarro lo libró diciendo que le había tratado con mucho respeto y comedimiento. A Vela Núñez lo llevó a Quito, y Gonzalo Pizarro le perdonó todo lo pasado, advirtiéndole que, en adelante, no cayera en sospecha, pues le sería muy peligroso. Tiempo después, lo llevó consigo hasta la ciudad de Lima, y le dejaba con más libertad de la que parecía conveniente que tuviese un hombre tan contrario a él. Pero Gonzalo Pizarro se fiaba tanto de los demás, como ellos se fiaban de él, pues era hombre entero y sin doblez".
     Otro detalle importante era que la Audiencia de Lima había sido eliminada, no quedando más autoridad que la de Gonzalo Pizarro. De los cuatro oidores, Álvarez, que batalló junto al virrey, había muerto, Cepeda, después de luchar en el bando contrario, continuó al lado de Gonzalo Pizarro, y, como sabemos, murió  en la cárcel, al parecer, envenenado por sus propios parientes, Tejada, enviado por Pizarro a España, murió durante el viaje, y el único decente, Ortiz de Zárate, estaba enfermo en Lima, suponiendo muchos que Francisco de Carvajal 'le aceleró' la llegada de la muerte.

     (Imagen) El virrey Blasco Núñez Vela, natural de Ávila, era pariente de los padres de SANTA TERESA DE JESÚS, nacida el año 1515, y cuyo padrino de bautismo fue el mismo Blasco o un hermano suyo. También la familia del virrey estaba inmersa en un ambiente piadoso, del que surgió, entre sus numerosos hijos, el arzobispo de Burgos Cristóbal Vela de Acuña. Fueron tiempos espasmódicos, en los que se vivía con desmesura lo bueno y lo malo. Militares ansiosos de gloria, como el propio virrey, de caballerosa lealtad, y otros de ambición cruel y sin escrúpulos, como Carvajal; clérigos corruptos, y santos místicos de perfecta pureza, como lo fue Santa Teresa de Ávila. Mujer de personalidad arrolladora, con un temperamento atormentado, que tardó en abrirle las puertas hacia la cima de la espiritualidad. Es asombroso el hecho de que siete hermanos suyos estuvieron en las Indias, y algunos sufrieron las consecuencias de luchar bajo el mando de su pariente, el virrey Blasco Núñez Vela. Hay más de un libro dedicado al tema, como el de la imagen. En la batalla de Iñaquito, donde mataron al virrey, HERNANDO, el mayor, se recuperó de una lanzada muy grave, y murió mucho después en Colombia; LORENZO, JERÓNIMO y ANTONIO también resultaron heridos, pero solo falleció el último, quien, de joven, quiso ser sacerdote. RODRIGO vivió su aventura en Chile, y murió en 1557 a manos de los temibles araucanos (Santa Teresa, que vivió con él, siendo niños, el ansia del martirio, lo consideró un mártir de la evangelización). PEDRO anduvo en expediciones por la zona de Florida, pero, acosado por problemas mentales, quedó al amparo de su hermano Lorenzo, hombre adinerado (padre de la primera monja carmelita nacida en las Indias), y volvieron a España en 1575, para alegría de Santa Teresa. El más pequeño, AGUSTÍN, tenía 19 años cuando fue a las Indias. Estuvo presente en la fundación de la ciudad de Cañete, al sur de Santiago de Chile. Sufrió complicaciones judiciales, de las que salió absuelto. Volvió a España en 1588, donde, en compensación, fue nombrado gobernador de Tucumán, pero falleció durante el viaje de retorno. ¡Qué familia!



sábado, 4 de abril de 2020

(Día 1074) Algunos profanaron el cadáver del virrey. Sin embargo, Gonzalo Pizarro fue, en general, respetuoso con los vencidos, y hasta se puso de luto.


     (664) En medio de aquella desatada crueldad, algunos trataron sin ningún respeto al difunto virrey: "Entonces llevaron su cabeza a la picota de la plaza. Unos soldados, muy desacatados, le pelaron parte de las barbas. Y un capitán de los que yo conocí (Inca Garcilaso se calla el nombre, pero pronto nos lo dirá otro cronista), llevó algunos días por pluma de su sombrero parte de las barbas, hasta que se las mandaron quitar. Así acabó este buen caballero, Blasco Núñez Vela, por querer porfiar tanto en la ejecución de lo que ni a su Rey ni a aquel reino convenía". La frase no es afortunada, y el cronista añade otra que le hace justicia al virrey: "Pero no tuvo tanta culpa como se le atribuye, porque hizo estrictamente lo que se le mandaba". Los cronistas suelen pecar de adular al monarca, tapando sus responsabilidades. Inca Garcilaso evitó decir "lo que le mandaba el Rey", quien, además, le había dejado claro al virrey, cuando partió de España, que tenía que ser absolutamente riguroso al imponer las leyes, ejecutando a quien se resistiera.
     No se sabe si es demasiado bonito lo que Inca Garcilaso cuenta de Gonzalo Pizarro, pero parece ser que supo comportarse como un caballeroso ganador. Va a decir también que, de haber estado presente Francisco de Carvajal, el cual andaba persiguiendo a Diego Centeno a más de mil kilómetros de distancia, habría llevado a cabo una carnicería: "Gonzalo Pizarro, viendo ya conseguida la victoria, mandó tocar a retirada, porque su gente andaba dando alcance a los vencidos, y les hacían mucho daño. En la batalla y en el alcance, murieron doscientos hombres de la parte del virrey, y no más de siete en el bando de Gonzalo Pizarro. A los unos y a los otros enterraron en aquel campo, echando hasta siete cuerpos en cada hoyo. Al virrey, a Sancho Sánchez de Ávila, a Juan Cabrera, al licenciado Gallego, al capitán Cepeda, natural de Plasencia, y a otros de los principales llevaron a la ciudad de Quito, y los enterraron en la iglesia mayor con gran pompa y solemnidad. Gonzalo Pizarro se puso de luto, y los principales de su campo hicieron lo mismo. Quedaron heridos Don Antonio de Montemayor, el gobernador Sebastián de Belalcázar y Francisco Hernández Girón (entre otros muchos)".
     Nos aclara después que Francisco Hernández Girón sobrevivió de milagro: "Gonzalo Pizarro quiso matarlo, y aun lo tuvo mandado (que, ciertamente, no se habría perdido nada, pues luego, con su rebeldía, causó mucho daño en Perú), mas, por muchos ruegos que tuvo, ya que era muy querido, había peleado valientemente y era pariente de Lorenzo de Aldana, lo perdonó".
     Rechaza la versión que he recogido recientemente de varios cronistas sobre la muerte de alguien poco recomendable: "El licenciado Alonso Álvarez, oidor de la Audiencia de Lima, al que siempre llevaba consigo el virrey, salió mal herido de la batalla, de lo que murió pocos días después, aunque algunos cizañeros dijeron que lo mataron los cirujanos por un trato que hicieron con Gonzalo Pizarro". De lo que no hay duda es de que se había convertido en un hombre odioso para Pizarro por haber puesto en libertad al virrey y luchar a su lado.

     (Imagen) El capitán LOPE MONTALVO DE LUGO fue en 1541 tras la pista del tantas veces buscado Eldorado, bajo el mando de Hernán Pérez de Quesada, y volvieron fracasados, habiendo transcurrido más de un año de atormentadas andanzas. Después fue sustituido en Bogotá por PEDRO DE URSÚA, cuyo tío, MIGUEL DÍEZ DE ARMENDÁRIZ, llegaba entonces enviado por el Rey, para hacerse cargo de la administración de aquel territorio. Fue bien recibido, incluso por SEBASTIÁN DE BELALCÁZAR, aunque más tarde se enfrentaron en un grave conflicto. Ya de entrada, ARMENDÁRIZ se mostró muy autoritario, pero no tuvo reparos en acusar a otros (con motivo o sin él) de crueldad. La imagen muestra lo que le contó al Rey sobre el fundador y gobernador de Cartagena de Indias, PEDRO DE HEREDIA, quien, ciertamente, tenía fama de brutal. Le dice que aperreó a varios indios pacíficos, y luego los flechó, sin haber hecho previamente una investigación y un juicio. Se buscó muchos enemigos por tratar de imponer las Leyes Nuevas. Su mayor error fue asignarle poderes de conquista a JORGE ROBLEDO en terreno de BELALCÁZAR, sin tener aún respaldada protocolariamente la legítima autorización del Rey. Belalcázar aprovechó ese teórico fallo jurídico para enfrentarse en batalla a Robledo y matarlo. Armendáriz cayó después en desgracia. Fue procesado y encarcelado. Volvió a España, se ordenó sacerdote, ejerció como canónigo en la catedral de Sigüenza y, aunque se dice que murió hacia 1552, hay constancia de que aún vivía el año 1564. En cuanto a SEBASTIÁN DE BELALCÁZAR, cuya poderosa personalidad lo convertía en sospechoso de buscar solamente su propia gloria, con gran preocupación para Francisco Pizarro, hay que decir que coqueteó ambiguamente entre la lealtad a los rebeldes y a la Corona, pero nunca se pilló los dedos. En la batalla de Iñaquito vio claro que le convenía servir al virrey, y luchó bravamente a su lado, a pesar de que sabría mejor que nadie que aquello era una derrota anunciada. Aunque resultó gravemente herido, sobrevivió al combate.



viernes, 3 de abril de 2020

(Día 1073) Los de Gonzalo Pizarro vencieron con facilidad a sus contrarios. Luego, de forma miserable, Benito Suárez de Carvajal hizo matar al virrey.


     (663) Los del virrey iban a pagar un alto precio por el cansancio del agotador recorrido que habían hecho para volver a Quito: "Atacaron tan sin orden y tan sin tiempo, que, cuando llegaron adonde los enemigos, iban ya casi desbaratados, porque la fila de arcabuceros que les esperaba por un lado les hizo mucho daño. El licenciado Carvajal y los suyos les maltrataron mucho, pues, aunque eran pocos, sus caballos estaban descansados y fuertes para pelear. En los encuentros con lanzas, cayeron muchos de los del virrey. Luego se peleó con espadas, hachas y porras, y la batalla fue muy cruel. Atacaron después a caballo cien hombres de Gonzalo Pizarro, y acabaron de desbaratar a los enemigos con mucha facilidad. Con los primeros tiros, fue muerto el capitán Juan Cabrera, y poco después el capitán Sancho Sánchez de Ávila, quien, con un montante (espada larga), se había portado muy valerosamente, pues rompió muchas hileras del ejército contrario".
     Le va a llegar la hora al virrey: "Andaba peleando entre su gente de a caballo. En el primer encuentro derribó a Alonso de Montalvo, e hizo otros lances con mucho ánimo y esfuerzo. Iba disfrazado con una camiseta de indio, lo cual fue causa de su muerte (luego dirá por qué). Viendo a los suyos perdidos, quiso retirarse, pero no pudo, porque un vecino de Arequipa, llamado Hernando de Torres, se encontró con él, y, no conociéndolo, le dio a dos manos con un hacha un golpe en la cabeza, de lo que se aturdió y cayó en tierra. Aunque la batalla andaba bien reñida entre la infantería, los del virrey, viéndole caído, aflojaron y fueron vencidos, resultando muertos muchos de ellos. Si el virrey hubiese llevado a la vista su hábito de Santiago, Hernando de Torres lo habría reconocido, y, en lugar de golpearle, habría tratado de apresarlo. Se le echaba la culpa al virrey por haberse disfrazado de indio, pero él lo hizo para que, si lo apresaban, no le diesen trato de virrey, sino que lo tratasen como a cualquier soldado particular".
     Pero fue necesaria otra fatalidad para el triste final del bravo y rígido virrey Blasco Núñez Vela: "El licenciado Benito Suárez de Carvajal, viendo vencidos a los del virrey, anduvo con gran diligencia recorriendo el campo en busca del virrey, para satisfacer su ira y rencor por la muerte de su hermano, el factor Illán Suárez de Carvajal (a manos del virrey). Vio que el capitán Pedro de Puelles lo llevaba casi muerto, por su caída y por un arcabuzazo que le habían dado. El licenciado Carvajal le quiso apear para terminarle de matar, pero se lo estorbó Pedro de Puelles, diciéndole que era una bajeza poner la mano en un hombre casi muerto. Entonces le mandó Carvajal a un negro suyo que le cortase la cabeza, y así se hizo. La llevaron a Quito y la pusieron en la picota de la plaza, donde estuvo poco tiempo, pues, cuando Gonzalo Pizarro lo supo, se enojó mucho, y la mandó quitar de allí y juntarla con el cuerpo, para enterrarlo". Inca Garcilaso también se enfada, porque algunos cronistas contaron las cosas de manera que diera la impresión de que se había colocado la cabeza del virrey en la picota por orden de Gonzalo Pizarro: "Algunos escriben con el fin de agradar a otros, más que con el de ser justos e imparciales".

     (Imagen) El virrey BLASCO NÚÑEZ VELA no es comparable con FRANCISCO PIZARRO, pero su trayectoria militar (de la que ya hablé) revela que fue un personaje muy importante. Coincidieron también en ser víctimas de un asesinato atroz. Hubo una diferencia en su muerte: Pizarro se defendió hasta el último momento, llevándose por delante a varios de los confabulados. El virrey habría hecho, sin duda, lo mismo, pero acertaron a darle un golpe en la cabeza que lo derribó del caballo, dejándole a merced de sus enemigos. Pizarro murió, ya anciano, tras una vida gloriosamente cumplida. El virrey solo tenía cincuenta y un años, y fracasó en su última tarea. Carlos V necesitaba a alguien que pusiera orden en Perú, en una misión casi imposible. Apreciaba mucho a Blasco Núñez, y se la confió a él, quizá por descarte, ya que otros no la quisieron, pues incluía, además, imponer en Perú unas Leyes Nuevas que perjudicaban mucho a los españoles. Perdió su última batalla sin poder huir para, sin duda, organizarse y volver a luchar, como lo había hecho anteriormente. La muerte que le dieron fue brutal y degradante, porque era el resultado del odio acumulado por un miserable: Benito Suárez de Carvajal, a quien luego le tocó una muerte ridícula (cayó desde un voladizo durante un lance amoroso). Para vengar la muerte, a manos del virrey, de su hermano, el factor Illán Suárez de Carvajal, lo primero que hizo Benito fue recorrer ansiosamente el campo de batalla para encontrarlo y matarlo. Ya estaba preso cuando lo vio, y, evitando como Pilatos mancharse las manos, le ordenó a un negro, esclavo suyo, que le cortara la cabeza. Benito la colocó después, para escarnio público, en la plaza de Quito, lo que le sentó fatal a Gonzalo Pizarro, algo que le honra, quien, además, fue bastante generoso con los derrotados, salvo con algunos a los que tenía en su lista negra. Uno de sus perdonados fue, precisamente, Vela Núñez, hermano del virrey, cuya viuda, BRIANDA DE ACUÑA, una gran mujer, pleiteó para castigar a los responsables de su muerte, y tuvo el consuelo de sacar adelante una extensa prole de brillante porvenir.



jueves, 2 de abril de 2020

(Día 1072) Tras un desastroso rodeo del virrey hacia Quito, y después de descubrir, ya tarde, el engaño de Gonzalo Pizarro, empezó el enfrentamiento.


     (662) A pesar de ver muy fácil derrotar a Pedro de Puelles, por creer que Gonzalo Pizarro estaba ausente, el virrey tuvo una reunión con sus capitanes, y decidieron no precipitarse: "Les pareció que era de menos riesgo meterse en la ciudad, y el virrey, dejando su campamento con las tiendas y los indios que traía, atravesó con su tropa mucha sierra lloviéndole toda la noche, de manera que muchas veces los caballos caían rodando por las cuestas abajo hasta caer en los ríos. Caminaron toda la noche de esta manera, dejando muertos algunos caballos, y perdidos algunos soldados, que después no llegaron a tiempo a la batalla, y, siendo ya día claro, se halló a una legua de Quito. Con este largo rodeo, fue necesario andar más de ocho leguas. Se atribuyó este daño a un gran yerro de los consejeros del virrey, pues, con ello, tras andar, antes de la batalla, ocho leguas por sierras y caminos tan ásperos, se fatigaron la gente y los caballos".
     Cuando el virrey entró en Quito, recibió el gran disgusto de saber que se encontraba presente entre sus enemigos Gonzalo Pizarro, quien, a su vez, tuvo el gran gusto de conocer con detalle que el virrey había vuelto a Quito con su gente agotada, tras el nefasto recorrido: "Gonzalo Pizarro, con gran prisa, alzó su campamento, y caminó ordenadamente, con determinación de dar la batalla dondequiera que topase al virrey. El cual, sabiendo la ventaja que los enemigos tenían, y que no esperaba ningún otro remedio, determinó poner el negocio en riesgo de batalla, con la esperanza de que se le pasarían los que eran fieles a Su Majestad".
    En realidad, la situación era desesperada, pero el virrey y sus hombres reaccionaron con coraje: "Salió de la ciudad a recibir al enemigo, animó a su gente con gran esfuerzo, y todos fueron marchando con gran ánimo como si tuvieran ya la victoria por suya, pues, aunque Gonzalo Pizarro tenía más gente, el virrey llevaba hombres muy señalados. Eran capitanes de infantería Sancho Sánchez de Ávila, su primo Juan Cabrera y Francisco Sánchez. Eran capitanes de caballería el Adelantado Sebastián de Belalcázar (que iría más o menos forzado por las circunstancias), Cepeda y Pedro de Bazán".
     Y la batalla empezó: "Así llegaron los escuadrones a vista el uno del otro. Salieron los arcabuceros de ambas partes a trabar la escaramuza. Los de Pizarro tenían mucha ventaja sobre los del virrey, por la mucha pólvora que llevaban y porque eran más diestros. Los escuadrones se acercaron tanto, que fue necesario retrasarlos. En el campo de Pizarro, retiró a los suyos el capitán Juan de Acosta, con otro buen soldado llamado Páez de Sotomayor. Entonces Gonzalo Pizarro ordenó al licenciado Carvajal que acometiese por el lado diestro de los enemigos, y él se puso delante de su gente de a caballo, pero sus capitanes no lo consintieron, y le pusieron a un lado de la infantería, para que desde allí gobernase la batalla. La gente de a caballo del virrey, que serían hasta ciento cuarenta hombres, viendo que los del licenciado Carvajal iban a ellos, salieron a su encuentro, y arremetieron todos juntos en tropel".

     (Imagen) A veces es difícil encontrar datos sobre lo que voy contando, y tendré que dar ahora un rodeo. Hemos visto que, al atacar al virrey, Gonzalo Pizarro mandó retirar un poco la vanguardia, y lo hicieron el capitán Acosta y Páez de Montemayor. Solamente he podido averiguar que Páez era el maestre de campo de Acosta, y también que nació en Guadalajara. Es muy probable que se tratara de un tal Diego Páez, y me va a servir de hilo de conducción en estos comentarios. DIEGO PÁEZ DE MONTEMAYOR nació el año 1517, se casó en Pamplona (Colombia) con Beatriz de Vargas. Tuvieron un hijo muy importante, ANDRÉS PÁEZ DE SOTOMAYOR, juez y militar, nacido el año 1574 en esa misma localidad. En 1622 fundó lo que sería la colombiana ciudad de Bucaramanga, que hoy cuenta con medio millón de habitantes. Tuvo un origen curioso. Los caciques de la zona protestaron por abusos de los españoles, y, para solucionarlo, Andrés Páez, acompañado del sacerdote Miguel de Trujillo, desplazó a unos indios belicosos, y estableció allí la población de Bucaramanga, concentrando a varios grupos de indios, con intención también de facilitar su evangelización. La escultura de la imagen muestra a Páez, al clérigo y a un cacique de los indios rebeldes en actitud violenta. La ciudad de Pamplona, tan vinculada a los Páez de Sotomayor, está a unos 100 km de Bucaramanga, y la fundó en 1549 otro extraordinario capitán (de trágico destino): el pamplonés PEDRO DE URSÚA. Hizo grandes cosas Ursúa (sobrino del importante oidor Miguel Díez de Armendáriz, a quien iremos conociendo), pero lo que más se recuerda de él es su infernal bajada por el Amazonas, llevando bajo su mando al terrible Íñigo Lope de Aguirre, quien lo mató traicioneramente, y, no pareciéndole suficiente, hizo lo mismo con su amante, la mestiza INÉS DE ATIENZA. Luego continuó diezmando a la tropa, hasta que otros soldados del Rey le pagaron con la misma moneda. Previamente, mató a su hija "para que no fuera colchón de sus enemigos".



miércoles, 1 de abril de 2020

(Día 1071) Gonzalo Pizarro fingió abandonar Quito, y el virrey cayó en la trampa.


     (661) Con el fin de que su falsa intención fuera más creíble, Gonzalo Pizarro marchó de Quito, para luego volver: "Nombró los capitanes y soldados que habían de ir con él, y, antes de partir, ordenó que se hiciera conocer al virrey su salida de la ciudad, para lo cual ayudó mucho un mal hombre que el virrey había enviado como espía, el cual se lo dio a conocer a Gonzalo Pizarro, buscando ser premiado, y le descubrió la clave que tenía para escribirle al virrey. Gonzalo Pizarro le mandó que le comunicase al virrey por carta lo de su salida de Quito, y mandó que se la llevase un indio que estaba ignorante del trato doble". Incluso se inventó Pizarro otro señuelo para atrapar al virrey. Por orden suya, Pedro de Puelles escribió cartas a amigos suyos que estaban en Popayán, animándolos a que fueran a Quito a pasar unos alegres días porque todo estaba tranquilo, y, además, Gonzalo Pizarro se había marchado. Se encargó del envío a unos indios que le habían visto salir de Quito a Pizarro, y a los que Pedro Puelles les dijo que fueran despreocupados, pero con la intención de que los apresaran los hombres del virrey y se hicieran con las cartas. Y la estratagema funcionó: "El virrey recibió las cartas del espía doble y las falsas de Pedro Puelles. Y, dándoles crédito, imaginó que, con cuatrocientos hombres que tenía, era superior a él, y que fácilmente le vencería, para luego seguir a Gonzalo Pizarro hasta destruirle, por lo que determinó ir a Quito, confiado en que todos se unirían a él".
     En su falsa salida, Gonzalo Pizarro caminó durante tres días, y se hizo el enfermo para no seguir adelante: "Estaba, además, enterado, a través de os indios cañaris, de todo lo que hacía el virrey, y, cuando supo que estaba a doce leguas de Quito, volvió aprisa a aquella ciudad para juntarse con Pedro de Puelles, y ambas tropas salieron con gran contento al encuentro del virrey. Tenían noticia de que llevaba ochocientos hombres, pero Gonzalo Pizarro confiaba en que su gente era veterana, y la contraria, bisoña. Llevaba como capitanes de arcabuceros a Juan de Acosta y Juan Vélez de Guevara, como capitán de piqueros, a Hernando Bachicao, y como capitanes de la caballería, a Pedro de Puelles y Gómez de Alvarado. El estandarte lo portaba Francisco de Ampuero (al que dediqué una imagen, y resulta sorprendente verlo en el bando de Gonzalo), con sesenta de a caballo. El licenciado Benito Suárez de Carvajal, hermano del factor Illán Suárez (a quien, como sabemos, había matado el virrey), que iba con Gonzalo Pizarro, llevaba treinta hombres, entre parientes y amigos, por compañía aparte, de los que se decía capitán (parece que el cronista critica esa aparatosidad como algo superficial y poco serio). De esta manera, sabiendo que el enemigo se acercaba, se adelantó Gonzalo Pizarro a tomar el paso de un río, con intención de desbaratarle allí, y, llegado al paso, se fortificó muy bravamente".
     El virrey iba confiado en que podría derrotar fácilmente a Pedro Puelles, y contaba, además, con que muchos de sus hombres lo abandonarían para ponerse al servicio del Rey. Ambas tropas estaban ya tan cerca, que los exploradores que iban por delante se vieron unos a otros, y hasta se insultaban defendiendo mutuamente que ellos eran los leales a la Corona: "Y, aunque se habían visto, el virrey nunca supo que Gonzalo Pizarro estaba allí, sino que siguió imaginando que la batalla se había de dar contra Pedro de Puelles". Pero, llegada la noche, tras consultar el virrey con sus capitanes, cambió de plan.

     (Imagen) Vamos a jugar a investigadores. Ya hablamos, tiempo atrás, del pequeño (por su estatura) pero gran hombre HERNANDO DE SOTO. Fue aquel que, temerariamente, visitó por primera vez a Atahualpa, y, como buen jinete, hizo unas arrancadas con su caballo que asustaron a los de la guardia personal del gran emperador, quien los castigó con la muerte. Años después, Soto dirigió la expedición que descubrió el Misisipi. Enfermó, falleció, y sus hombres sumergieron emocionados su cuerpo en las aguas del inmenso río. Muerto su adorado líder, decidieron volverse bajo la sabia dirección de LUIS DE MOSCOSO, hijo de una hermana del excepcional Pedro de Alvarado (gran capitán de Hernán Cortés). Acabamos de ver que, entre los capitanes del rebelde Gonzalo Pizarro, estaba GÓMEZ DE ALVARADO, al que se le confunde a menudo con otro del mismo nombre, fundador de la peruana Huánuco, fallecido en 1542 y hermano menor de Pedro de Alvarado. La genealogía aclara que el GÓMEZ DE ALVARADO que ahora nos ocupa era sobrino de Pedro de Alvarado y hermano de Luis de Moscoso.  Así lo confirma también Gómez en noviembre de 1546, al escribirle una carta al rebelde Gonzalo Pizarro diciéndole: "Están en mi casa LUIS DE MOSCOSO, mi hermano, Cristóbal de Rueda y un hidalgo que se apellida Argueta, quedando preparados para servirle a su señoría en lo que les mande". Según esto, tampoco es fiable que, como aparece en alguna reseña biográfica suya, Moscoso fuera a Perú acompañando desde México al gran virrey Antonio de Mendoza. Por la carta se sabe que Gómez y su hermano, Luis de Moscoso, estaban en rebeldía junto a Gonzalo Pizarro años antes de la llegada de Mendoza. Pero sobrevivieron a la definitiva derrota de Gonzalo, lo que quiere decir que se pasaron al bando de Pedro de la Gasca. Así lo dice otro cronista refiriéndose a Gómez: "Luchó contra el virrey, pero convirtiose a la causa de Pedro de la Gasca". Gómez continuó siendo leal a la Corona, y murió a manos del rebelde Francisco Hernández Girón. Un poco antes, en 1551, también había fallecido en Perú LUIS DE MOSCOSO.