domingo, 16 de octubre de 2022

(Día 1855) Va de crueldades: Los guaraníes mataron a Ñuflo de Chaves y a su tropa. La respuesta de DIEGO DE MENDOZA fue hacer una escabechina con ellos. Extrañamente, el sensato virrey Francisco de Toledo ejecutó por aparente rebeldía a Mendoza.

 

     (1455) Ya hemos visto que Ñuflo de Chaves  iba por delante de su tropa con doce soldados y los indios guaraníes lo mataron a él y a todos los demás, menos al corneta, que pudo escapar y evitar que cayera en la trampa el resto de la tropa de españoles, a cuyo mando iba Diego de Mendoza, el hombre de mayor confianza de Chaves. Aun sabiendo los indios que el corneta podía dar aviso de lo ocurrido, se habían entusiasmado con la matanza que hicieron y se prepararon para sorprender  al resto de los españoles en un lugar apropiado: “Se situaron en un lugar peligroso por donde los nuestros habían de pasar. Don Diego de Mendoza descubrió su celada, y, encontrando otro lugar más seguro, mandó que pasasen por él a 20 arcabuceros de a caballo y algunos indios amigos para sorprender de espaldas al enemigo. Tras hacerlo,  acometieron a los indios consiguiendo que salieran a campo raso, y así pudo pasar don Diego con su gente. Ya todos juntos en el llano, se trabó una reñida pelea, y ayudando Nuestro Señor a los nuestros, pusieron en huida al enemigo con muerte de muchos de los suyos, y prendieron a algunos caciques, a los cuales mandó Don Diego hacer cuartos y empalarlos por los caminos. Para completar este castigo y tener fuerza suficiente, consiguió el apoyo de  indios de aquella zona que le eran leales y fue al pueblo del cacique Porrilla, donde estaban los principales autores de la traición y muerte de Ñuflo de Chaves aguardando a los nuestros y habiéndose reforzado de mucha gente de guerra. Confiados en eso, atacaron los indios con tanto esfuerzo, que pusieron a los españoles en gran aprieto, hasta que, favorecidos por Nuestro Señor, se enfrentaron a los indios y les hicieron retroceder. Entrando en el pueblo, le dieron fuego, y, yendo en su persecución, pasaron a cuchillo a cuantos topaban, sin perdonar sexo ni condición. Hicieron en ellos el más riguroso castigo que se ha visto en las Indias, pues, de alguna manera, hubo exceso de crueldad, ya que pagaban muchos inocentes lo que debían los culpables, con lo que se atajó el paso en alguna manera a tanta malicia. Hecho lo que más convino, Don Diego dio la vuelta a la ciudad de Santa Cruz, donde luego que llegó, el cabildo y toda la demás gente lo nombraron Capitán y Justicia mayor en nombre de Su Majestad, y como a tal le recibieron al uso y ejercicio de su oficio, en el ínterin que otra cosa fuese proveída por la real audiencia y virrey de aquel reino. Y dando cuenta, como debían, de lo sucedido a quien tocaba, fue aprobado don Diego, en cuya virtud asumió la gobernación de aquella tierra. Hasta que, andando el tiempo, don Francisco de Toledo, que por orden de Su Majestad fue proveído como virrey del Perú, envió por gobernador de esta provincia de Santa Cruz al capitán Juan Pérez de Zurita, persona principal y que había servido a Su Majestad en cargos preeminentes, hallándose en la conquista del reino de Chile, y administrando el gobierno de Tucumán. Y, con su entrada, ocurrieron las revoluciones y tumultos que en su lugar diremos, junto con la muerte de don Diego, para hablar del viaje de Felipe de Cáceres y el Obispo hasta llegar a la Asunción”. Pero no podremos ver lo que le ocurrió a Diego de Guzmán, porque el texto debería continuar en el siguiente tomo de la crónica de Ruy Díaz de Guzmán, el cuarto, que ya no existe. Haré, pues, uso de otras fuentes para conocer algo más sobre su vida y milagros.

 

     (Imagen) Hemos visto que DIEGO DE MENDOZA, al enterarse de la cruel muerte que dieron los guaraníes a Ñuflo de Chaves y a once de sus hombres, reaccionó con una ira desenfrenada, en parte por ser el cuñado de Chaves (casado con su hermana Elvira de Mendoza), y llevó a cabo una venganza terrible con los indios y sus familias. Diego había nacido en Asunción, en 1540, teniendo solamente 28 años cuando ocurrieron los hechos. Hijo de Francisco de Mendoza y de María Angulo, disfrutaba de un alto nivel social, ya que su padre era el gobernador de Asunción. Cuando Ñuflo de Chaves salió de los márgenes de Río de la Plata para andar de conquista por territorios que lindaban con Perú, le acompañaba Diego de Mendoza, el cual estuvo presente el año 1559 en la fundación de la ciudad de La Barranca, y, en 1561, en la de Santa Cruz de la Sierra. En 1564, regresó a Asunción y se casó con Ana de la Torre (con la que tuvo tres hijos), sobrina del obispo de Paraguay Pedro Fernández de la Torre. Poco después regresó a Santa Cruz con Chaves, quien le dio plenos poderes para estar al mando de la ciudad cuando él se ausentara. Como hemos visto, en 1568, Ñuflo de Chaves ‘se ausentó del todo’, porque lo mataron los indios. En esas circunstancias, se demostró lo apreciado que era Diego de Mendoza, ya que fue elegido gobernador de Santa Cruz de la Sierra por el voto de la gran mayoría de los vecinos. Pero esa decisión fue tomada de forma ilegal, porque no le correspondía a ellos, sino que era competencia exclusiva del Virrey de Perú, siéndolo entonces el extraordinario Francisco Álvarez de Toledo. Y tal situación va a dar origen a un conflicto sumamente raro en las Indias (pero sin que sea comparable con las terribles guerras civiles que hubo en Perú). El Virrey, al enterarse, tomó de inmediato la decisión de quitarle el puesto y otorgárselo a Juan Pérez de Zurita. Como los vecinos de Santa Cruz, rebeldemente,  no aceptaron esa imposición, Francisco de Toledo fue con una tropa a castigarlos, pero tuvo que regresar porque se encontró con los peligrosos indios chiriguanos. Entonces optó por una diplomacia falsa con cartas amistosas, mostrando enseguida sus verdaderas intenciones al mandar ahorcar al capitán Salgado, que apoyaba la rebelión. Después el Virrey, viéndose obligado a imponer su legítima autoridad, volvió a utilizar el engaño, pero esta vez para atrapar a DIEGO DE MENDOZA, de manera que consiguió que se presentara en Potosí, y allí fue decapitado el año 1571. Ya muerto, se convirtió, para los habitantes de Santa Cruz de la Sierra, en un mártir de la independencia, dado que aquel territorio, situado entre Perú y Río de la Plata, les había hecho sentirse ajenos a ambas zonas. Es posible que fuera el carismático Ñuflo de Chaves quien  hubiese despertado en ellos ese deseo.




viernes, 14 de octubre de 2022

(Día 1854) El cronista nos recuerda que el gobernador Francisco de Aguirre fue acusado de herejía. Hemos visto el gran carácter de Ñuflo de Chaves. Ahora vemos que, pecando de confiado, los indios lo mataron a él y a sus hombres.

 

    (1454) El cronista y militar Ruy Díaz de Guzmán le aclara al lector que desea intercalar brevemente otro asunto, para luego seguir el hilo de su narración dando datos de la llegada a Perú del Gobernador Francisco de Vergara: “No quiero pasar en silencio lo que le sucedió a Francisco de Aguirre en su gobernación de Tucumán (actualmente en zona argentina). Tras fundar San Miguel, fue de campaña al territorio de los indios comechingones, pero, después de algunas desavenencias con la gente que llevaba, dio la vuelta para Santiago del Estero (Tucumán), y, estando a 40 leguas de ella, en los altos que llaman de Francisco de Aguirre, le apresaron una noche del año 1566, siendo cabeza de este motín Diego de Heredia y Versocana, so pretexto de un mandamiento eclesiástico que tenía del vicario de aquella ciudad. Llegando allí con él, bien aprisionado, usurparon la autoridad del Rey, y administraron Heredia y sus partidarios la real justicia, apropiándose del gobierno. Prendieron a todas las personas sospechosas de que pudieran defender la autoridad legítima, no solo en esta ciudad, sino en la de Tucumán, exceptuando al capitán Gaspar de Medina, lugarteniente del Gobernador Aguirre, que pudo escaparse y meterse en una sierra  distante 12 leguas de Santiago del Estero. Con lo cual quedaron los rebeldes apoderados del territorio. Para paliar con algo llamativo lo que habían hecho, determinaron hacer una población en la provincia de Estero, la cual fue descubierta por Diego de Rojas cuando entró por primera vez en aquella gobernación. Saliendo de Santiago para tal fin, fundaron una ciudad, en la ribera del Río Salado, a la que llamaron Estero, por haber allí indios con este nombre, y así fue llamada también la provincia. Dista esta ciudad de la de Santiago del Estero 45 leguas. Estando las cosas en este estado, el capitán Gaspar de Medina, teniente del gobernador Francisco de Aguirre, convocó a algunos amigos suyos, y con la ayuda de Nicolás Carrizo, Miguel de Ardiles y el capitán Juan Pérez Moreno, prendió a Diego de Heredia y Versocana y a sus secuaces. Hecho proceso contra ellos, los sentenciaron a muerte, la cual se ejecutó con los máximos culpables, y  de esta manera se volvió a establecer la jurisdicción real. Durante ese tiempo la Real Audiencia envió a Santiago del Estero al capitán Diego Pacheco, mientras se veía en aquella Audiencia el asunto que había llevado preso a Francisco e Aguirre a aquel juzgado (sin duda la acusación trataba de algún tipo de herejía religiosa). Llegado Diego Pacheco, reformó algunas cosas,  mudó el nombre de la ciudad de Estero, llamándola Nuestra Señora de Talavera, y repartió los nativos de su distrito  para encomiendas de 60 vecinos. Después, mandó la Real Audiencia que Francisco de Aguirre recuperara su gobierno, y él lo tomó, aunque no duró mucho, porque enseguida fue atropellando cosas sin que todavía estuviesen muy asentadas las pasadas, pues seguían sin resolverse en el tribunal eclesiástico. Cuando llegaron a manos del Santo Oficio, resultó que fue enviado de Perú el capitán Diego de Arana, por orden de la Inquisición, a prenderle. También tenía poderes del Virrey, por lo que  apresó de nuevo a Francisco de Aguirre y lo llevó a Lima, dejando en el gobierno de Tucumán al capitán Nicolás Carrizo, quien, en nombre de Su Majestad, lo administró hasta que fue nombrado para el cargo don Jerónimo Luis de Cabrera”. FRANCISCO DE AGUIRRE (a quien ya le dediqué una imagen hace un año) nació en Talavera de la Reina hacia 1500, y murió en La Serena (Chile) en 1581. Como sus enemigos no podían acusarle de delitos civiles o militares, aprovecharon su irreverente actitud religiosa para encausarle varias veces en el tribunal de La Inquisición, pero recibió castigos moderados.

 

     (Imagen) Como era de suponer, la llegada a Lima del Gobernador Francisco de Vergara con su ostentosa comitiva fue muy problemática. Iba con idea de deslumbrar, y lo que consiguió fue arruinar sus pretensiones, entre ellas, la de la prolongación de su cargo de gobernador. Ya en la ciudad de La Plata, surgieron muchas dificultades. Sentó muy mal que hubiese gastado tanto dinero para formar aquella expedición desorbitada que parecía una marcha real, pues más le habría valido a Francisco de Vergara usarlo para las necesidades de Río de la Plata, sin tener que pedir ayuda económica en Perú. También se le complicó su intento de que le prolongaran su tiempo de gobierno, pues tuvo la oposición de personas importantes de la ciudad de La Plata, como Diego Pantoja y Juan Ortiz de Zárate (el cual, como ya vimos, era el protagonista de una impresionante biografía). Para más inconvenientes, Hernando Vera de Guzmán, sobrino de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, aprovechó la ocasión para demandar a Felipe de Cáceres y a Pedro de Orantes, acusándolos de la ilegal destitución de su tío, y faltó poco para que los dos terminaran en la cárcel. Y, además, después Juan Ortiz de Zárate logró obtener del virrey que lo nombrara Gobernador de Río de la Plata (quedando desbancado Francisco de Vergara), y partió para España con el fin de que el cargo le fuera confirmado por el Rey. Volviendo ya hacia Río de la Plata aquella fracasada comitiva de altos vuelos, y yendo Francisco de Cáceres como delegado de Ortiz de Zárate, los recibió muy bien en Santa Cruz Ñuflo de Chaves, y los acompañó en su regreso. Al llegar al territorio de los guaraníes, que andaban bastante revueltos, se apartó Chaves para controlarlos. Y cuenta el cronista: “Sabiendo que en un pueblo próximo estaban algunos caciques, se adelantó con doce soldados y, al entrar en su plaza, fueron bien recibidos por todos, con muestras de amistad. Le ofrecieron a Ñuflo una casa como posada, entró en ella, y se sentó en una hamaca que tenían colgada, quitándose la celada de la cabeza para orearse. En ese momento llegó hasta él, por detrás, un cacique llamado Porrilla, y le dio con una macana en la cabeza de tal manera, que le hizo saltar los sesos, derribándolo en tierra. Al mismo tiempo acometieron los demás a los soldados, que estaban en la puerta, donde sin ninguna dificultad los mataron a todos, escapando solamente el trompeta, llamado Alejandro, que se dio prisa a ponerse en su caballo, aunque con algunas heridas, y fue a dar aviso de lo que pasaba a don Diego de Mendoza, que venía marchando con la gente para dicho pueblo sin saber lo ocurrido, y, de no haber sido avisado por el trompeta, habría caído como ÑUFLO DE CHAVES en manos de aquellos enemigos”. El gran capitán murió  en octubre de 1568. En la imagen aparece como fundador de Santa Cruz (Bolivia).




jueves, 13 de octubre de 2022

(Día 1853) El Gobernador Vergara, aconsejado por Ñuflo (quien, absurdamente, luego lo apresó), fue a Perú con un ostentoso séquito, y llevaba consigo a su hermano Ruy Díaz para alejarlo de Asunción, donde cometió su demencial crimen.

 

     (1453) Poco antes de que se produjera la tragedia familiar de Ruy Díaz de Melgarejo (a la que se añadió la muerte de fray Juan Hernández Carrillo), hubo un tiempo de relativa tranquilidad con los indios: “Estando así las cosas, decidió el Gobernador Francisco de Vergara mandar aviso, a la provincia de Guairá, al capitán Ruy Díaz, su hermano, a fin de que, acabada una carabela que se estaba haciendo en aquel puerto de Asunción para enviar informes a Su Majestad, fuese en ella y le diese cuenta de su nombramiento como gobernador y de otros asuntos importantes. Estando conforme, el año 1563 llegó a la ciudad Ruy Díaz de Melgarejo con su mujer e hijos, al tiempo que el Gobernador confiaba al capitán Alonso Riquelme el mando del territorio de Guairá. Pero, también por entonces, los indios del territorio de Asunción volvieron a activar la guerra con nuevos bullicios. Para remediarlo, salió el Gobernador con 250 soldados y muchos indios guaicurúes, dividiendo su ejército en tres partes (para atacar por distintos frentes), una bajo su mando, otra capitaneada por Pedro de Segura, y la tercera por Ruy Díaz de Melgarejo. Se llevaron a cabo los ataques de forma concertada y con buenos resultados, aunque costosos para ellos y para los indios. Se llegó luego a un punto en el que los enemigos se vieron muy mermados, y se rindieron manifestando que querían servir a Su Majestad. Solucionado el problema, el Gobernador se volvió a Asunción con su ejército, al mismo tiempo que el capitán Ñuflo de Chaves, y don Diego de Mendoza, su cuñado, con otros muchos soldados de Perú, volvían de Santa Cruz de la Sierra, que, como ya se dijo, era una gobernación distinta de la de Río de la Plata, ya que le había sido concedida a Chaves por el Marqués de Cañete, Virrey de Perú. Había decidido volver a  la ciudad de Asunción por tener en ella a su  mujer e hijos, ya que quería llevarlos a Santa Cruz. El Gobernador le recibió bien,  y Chaves se puso enseguida a preparar lo necesario para el viaje de vuelta”.  

     Entonces ocurrieron dos cosas que hicieron imposible que Ruy Díaz de Melgarejo fuera a España: “Estando ya totalmente terminada la carabela y señaladas las personas que habían de ir en ella, una noche, sin saberse quién lo hiciese, le pegaron fuego a ella, y, comenzando a arder, llegó todo el pueblo a salvarla. Pero, como estaba recién embreada, ardió de tal manera, que, sin poderlo remediar, se acabó de consumir en breve tiempo, con notable tristeza de las personas a las que les preocupaba el bien común, por la gran pérdida que suponía, y por el gasto de plata que se había hecho. Se atribuyó el hecho a algunos rivales del Gobernador interesados en ocupar el cargo”. La segunda causa fue el hecho que hemos contado en la imagen anterior, que, narrada por el cronista, resulta algo confusa:  “En cuyo tiempo sucedió asimismo que el capitán Ruy Díaz de Melgarejo mató, debajo de acechanzas (por haber estado al acecho), al Padre Hernández Carrillo, y a su mujer, doña Elvira Becerra, de lo que le resultó doblado dolor al Gobernador Francisco de Vergara. Por lo que le persuadió a Ruy Díaz para que fuese a Perú a fin de tratar con el virrey diversos asuntos, y, hablándolo con sus amigos, se dispuso a ponerlo en efecto”. Ya vimos que la solución no fue tan sencilla, pues pasaron años hasta que Ruy Díaz pudo regresar libremente a Río de la Plata.

 

     (Imagen)  Justo cuando llegó Ñuflo de Chaves a Asunción, el Gobernador Francisco de Vergara, quizá siendo víctima de un ataque de ostentación, decidió hacer algo totalmente desproporcionado y suntuoso, y más todavía en aquellas tierras inmersas en trágicos conflictos. Dejándose convencer por Chaves, que  necesitaba tenerlo contento, le pareció que le era conveniente ir a Perú a mostrarle al Virrey sus méritos, y así conseguir que se prolongara su cargo de gobernador. Pero, además, se dispuso a hacerlo a lo grande, con ostentación de embarcaciones, caballos y armas, así como acompañándole una especie de cortejo formado por personajes de relieve, incluido el obispo Pedro Fernández de la Torre y siete clérigos, siendo el total de los españoles más de trescientos, con un servicio que pasaba de dos mil personas. Por su parte, Ñuflo de Chaves iba con muchos soldados, y, al llegar al puerto fluvial de los indios guajarapos, logró convencer a unos tres mil para que se incorporaran a la expedición. Y dice el cronista: “Estos indios, durante el viaje, pasaron inmensos trabajos y necesidades, pereciendo gran parte de ellos de hambre y de sed, por lo que luego abandonaron a los españoles. Cuando la armada tomó puerto en la ciudad de Santa Cruz, Ñuflo de Chaves (recordemos que fue quien la había fundado) se apoderó del mando de ella, no consintiendo que el Gobernador diese allí órdenes, con lo que muchos se sintieron molestos. En Santa Cruz había falta de comida y se rebelaron la mayor parte de los nativos, viéndose obligado Chaves a pelear con muchos de ellos, y hubo muertos en ambos lados. Los indios cerraron el paso hacia Perú, por lo que Chaves fue con 50 soldados contra ellos, pero dejando orden (cosa asombrosa) de que, hasta su vuelta, se mantuviera preso al Gobernador Francisco de Vergara y a otros para que, entretanto, nadie fuera a Perú. Como era de esperar, el Gobernador buscó la manera de enviar un mensaje a la zona peruana quejándose de tal agravio, y, cuando lo recibieron en la Real Audiencia, dieron orden de que se les dejara paso hacia Perú. Libres ya, se pusieron en marcha con 60 soldados, algunos con sus mujeres e hijos, evitando encontrarse con Ñuflo de Chaves, que ya regresaba. Pero, en su camino, tuvieron un enfrentamiento con los indios chiriguanos, que les impedían el paso, los cuales mataron a un fraile de Nuestra Señora de las Mercedes que iba con ellos y a otros españoles, de cuyos peligros fue Nuestro Señor servido sacarlos y llegar con bien a aquel reino. Al cual entraron por la frontera de Tomina, por el camino que dicen de Cuzcotoro, y que hoy en día es muy frecuentado por los indios  chiriguanos que allí residen”. En la imagen vemos la firma del Gobernador FRANCISCO ORTIZ DE VERGARA.




miércoles, 12 de octubre de 2022

(1852) El éxito de Ruy Díaz Melgarejo, hermano del gobernador, consiguió que Asunción quedara pacificada durante años. Una sospecha de adulterio hará que mate a su mujer y a un clérigo. Este drama lo dejó marcado para toda su vida.

 

     (1452) Va a ser necesario resumir a lo esencial lo que Ruy Díaz de Guzmán va contando con excesivo detalle en algunos pasajes de su crónica. Después de la victoria obtenida, el Gobernador Francisco Ortiz de Vergara mandó a cuatro capitanes que fueran por distintas partes con sus tropas para seguir castigando a los indios rebeldes, y él mismo se puso al frente del resto de los soldados y estableció su campamento en una zona muy alterada por las correrías de los nativos belicosos. Estando allí, les llegó un indio que portaba un mensaje del capitán Ruy Díaz Melgarejo (no confundir con el cornista Rey Díaz de Guzmán), hermano del Gobernador Francisco de Vergara. Por entonces ya era habitual considerar la enorme extensión de Río de la Plata compuesta por dos partes, Guairá (Paraguay) y Buenos Aires.  El indio se presentó ante el Gobernador y le dijo: “Yo soy de la provincia de Guairá, y mensajero de tu hermano, el capitán Ruy Díaz, el cual, confiando de mí, me mandó para pedirte que le ayudases con soldados españoles, por habérsele sublevado los indios de aquella tierra. Y he venido disimuladamente por estos pueblos rebeldes, dando a entender ser uno de ellos”. El Gobernador le dijo que cómo podía saber que era verdad lo que le decía, pero el indio remedió sus sospechas dándole un escrito que le había entregado Ruy Díaz: “Comprobada  la peligrosa situación en que estaban los españoles, el Gobernador ordenó enviarles  ayuda, y, por el parecer de la mayoría de sus capitanes, le confió este asunto al capitán Alonso Riquelme, aunque se sabía que entre él y el capitán Ruy Díaz había algún conflicto”.

     A pesar de esa relación tirante con Ruy Díaz, el capitán Riquelme antepuso el sentido del deber a sus desavenencias mutuas, y partió en su ayuda con 70 soldados, haciendo un recorrido que fue dificultoso por el peligro de indios rebelados. Esquivaron sus acechos sin grandes dificultades y llegaron al río Paraná, al que pudieron atravesar con unas canoas que habían dejado allí los hombres de Ruy Díaz: “Ya en la otra orilla, fueron recibidos por todos alegremente, y entraron en la ciudad sin dificultad, aunque estaba muy cercada de enemigos. Sólo Ruy Díaz no mostró mucho gusto viendo a Alonso Riquelme, aunque, disimulando su antigua enemistad, le pidió luego que saliese con sus hombres, y con los que en el pueblo había, a castigar la rebeldía de aquellos indios, dado que él no lo podía hacer por estar muy enfermo y casi ciego. De inmediato, salió el capitán Riquelme con 100 soldados y algunos indios amigos, aunque sospechosos, y, así,  el año de 1561 comenzó la guerra con los más cercanos. Levantando el cerco que tenían puesto los indios, los fue castigando, e hizo justicia con algunos caciques a los que prendió. Después se juntaron gran multitud de indios, y  en un valle largo y angosto atacaron a los nuestros por todas partes, y los acosaron teniendo por cosa hecha acabar con los españoles. Pero los nuestros, con buen brío, los fueron arcabuceando, y peleando con ellos muy reñidamente, con lo que quedó el enemigo desbaratado y huyendo a mucha prisa. Dándoles alcance, mataron a muchos indios y apresaron a muchos caciques, obligándoles a pedir la paz y el perdón de las perturbaciones pasadas.  El capitán Riquelme y los suyos pasaron el invierno en uno de aquellos pueblos, y, al año siguiente, acabaron de pacificar aquellas tierras. Dejándolas en el mejor estado posible, el capitán Riquelme dio la vuelta hacia la ciudad con toda su compañía, con mucha satisfacción por el éxito de aquella guerra. Cuando después llegó a Asunción, la halló más sosegada, con lo cual unos y otros quedaron tranquilos durante algunos años”.

 

     (Imagen) Es el momento de hablar de RUY DÍAZ DE MELGAREJO, aunque tenga que adelantar algo de lo que pronto le va a ocurrir. Veamos primero,  resumida,  su biografía. Nació en Sevilla el año 1519. Ingresó muy joven en los ejércitos de Carlos V y luchó militarmente en Flandes, Italia y Francia. En 1540 se unió a la expedición  que llevaba a su tío Álvar Núñez Cabeza de Vaca a tomar posesión de su cargo como Gobernador de Río de la Plata. A Francisco Ortiz de Vergara, hermano de Ruy, algo más joven que él y viajero en la misma expedición, lo estamos viendo ahora ejerciendo como gobernador interino de ese mismo territorio. Es digna de alabanza toda la trayectoria de Ruy Díaz como militar, por su valentía y capacidad de mando, aunque, tanto él como su hermano, dejaron fama de ser demasiado duros. Cuando Álvar Núñez Cabeza de Vaca se vio perseguido, destituido y apresado por un grupo de amotinados, con gran protagonismo de Domingo Martínez de Irala, hubo un grupo de notables funcionarios y militares que trataron de evitarlo, aunque inútilmente, y algunos incluso con mayor intensidad por razones de parentesco. Le fueron fieles a Cabeza de Vaca, entre otros que ya conocemos, sus sobrinos Ruy Díaz y Francisco de Vergara, su primo Diego de Abreu ( que tan mal acabó por rebelarse), Juan de Salazar y Espinosa de los Monteros (fundador de Asunción), Pedro de Estopiñán y Alonso Riquelme, aparte de gente menos conocida. También Ruy Díaz fue acusado de rebelión y tuvo que huir a Brasil, donde estuvo largo tiempo, hasta que se normalizó su situación al ser nombrado gobernador Domingo de Irala, quien, a pesar de las enemistades pasadas, le confió expediciones de mucho relieve, como la colonización de la región de Guairá, donde Ruy fundó la población de Ciudad Real, y permaneció allí unos 7 años. Le vamos a ver ahora regresar a Asunción con toda su familia desde este emplazamiento, y ocurrirá la gran tragedia. Un día salió de campaña, al volver, encontró a su esposa, Elvira de Becerra, con el franciscano Juan Fernández Carrillo, y, con su espada, los mató a los dos. Por este crimen fue excomulgado y huyó hacia las tierras portuguesas de Brasil, dejando en Asunción a sus cuatro hijos, todos menores, a cargo de su suegra, Isabel de Contreras. Nunca se aclaró si ocurrió el adulterio o se lo imaginó Ruy Díaz. De hecho, años después fue indultado, y con consentimiento eclesiástico. Volvió a las campañas, fundó otra ciudad en Guairá, llamada Villa Rica, y ejerció como Teniente de Gobernador de aquel territorio. En  el testamento que dictó, ya muy anciano, el año 1595, tuvo un triste recuerdo para ‘mis hijos habidos con doña Elvira de Becerra, mi legitima mujer, que Dios haya’. RUY DÍAZ DE MELGAREJO murió el año 1602. En la imagen, vemos la firma de Ruy en una carta enviada al Rey el año 1556.




martes, 11 de octubre de 2022

(1851) Muere el gobernador Gonzalo de Mendoza. Le sustituye Francisco Ortiz de Vergara. Una rebelión de los indios amigos acabó con la paz que se disfrutaba en Asunción. Hubo una tremenda batalla, que se consideró ganada de forma milagrosa.

 

     (1451) El cronista Ruy Díaz de Guzmán, para completar el panorama, nos cuenta también cómo les fue a los del grupo que se apartó de Ñuflo de Chaves. Fueron menos aventureros, y, hartos de aventuras arriesgadas, regresaron para ajustarse al previsto plan inicial, que consistía en establecer una población en territorio de los indios jarayes: “Los que se apartaron de la tropa del capitán Ñuflo de Chaves dieron vuelta hacia el puerto de los jarayes, habiendo nombrado por su capitán a Gonzalo Casco. Fueron muy bien recibidos por los indios jaralles y hallaron en perfectas condiciones todo lo que dejaron en su poder, sin faltar cosa ninguna. Pusieron en condiciones los navíos que allí habían quedado, y partieron en ellos por el río abajo, llegando sin percances a Asunción, enterándose entonces de que había muerto el gobernador interino,  Gonzalo de Mendoza. Sólo ejerció el cargo un año, durante el cual  hizo algunas cosas de consideración, como castigar y poner freno a los indios agaces, que molestaban con continuos asaltos a los vecinos de la ciudad. Para remediarlo, Gonzalo de Mendoza había enviado a Alonso Riquelme y a Ruy García Mosquera con más de 200 soldados y 1000 indios amigos. Pelearon poderosamente, hasta el punto de que mataron o apresaron a la mayoría”.

     Recordemos que ya vimos una reseña de los méritos de Gonzalo de Mendoza, pero mencionaré ahora algunos datos. Llegó el año 1535 a Río de la Plata con su tío Pedro de Mendoza,  el primer gobernador de aquellas tierras, quien no solo fracasó en sus campañas, sino que abandonó su cargo por estar muy enfermo de sífilis, y murió de esta enfermedad durante su viaje de vuelta a España. Luego Gonzalo actuó siempre como aliado de Domingo Martínez de Irala, y, por ello,  como contrario del injustamente destituido Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Gonzalo de Mendoza fue dos veces gobernador interino de Río de la Plata, sustituyendo primeramente durante dos años, en 1548, a Irala, mientras este andaba sometiendo a los indios, y nuevamente otros dos, desde el fallecimiento de Irala en 1556 hasta el suyo propio, el año 1558, como nos acaba de indicar el cronista. Que nos sigue contando: “Por muerte de Gonzalo de Mendoza, quedó esta provincia sin cabeza ni gobierno. Y para tenerlo como convenía, acordaron todos los caballeros elegir a alguien que los gobernase en paz y justicia. Se presentaron como candidatos, entre otros, el contador Felipe de Cáceres, el capitán Juan de Salazar, Alonso de Valenzuela, el capitán Juan Romero, Francisco Ortiz de Vergara, y el capitán Alonso Riquelme de Guzmán. Juntos los moradores, y con asistencia del Obispo don Fray Pedro de la Torre, se sacaron de un cántaro todas las nominaciones, y resultó que el más votado era Francisco Ortiz de Vergara, natural de Sevilla, caballero de mucha afabilidad y nobleza. Luego el Obispo,  en presencia de todo el pueblo y en nombre de Su Majestad, nombró a Francisco de Vergara Gobernador y Capitán General  de Río de la Plata, lo cual ocurrió el día 22 de julio de 1558. Estaba en este tiempo la ciudad de la Asunción en la mayor prosperidad que jamás hasta entonces ni después se vio: porque además del lustre y buen gobierno de la República, eran muy bien servidos por los indios sus vecinos y encomenderos, sin que se temiera que  hubiese cambios”.

 

     (Imagen) Nunca se había tenido tanta tranquilidad y buen vivir en el territorio de Río de la Plata. Pero ocurrió algo totalmente imprevisto: “Habiendo regresado  el capitán Ñuflo de Chaves de la zona de los indios jarayes, hubo algunas conjuras de caciques amigos que le habían acompañado, y los que más encendieron el fuego fueron dos hermanos llamados Pablo y Nazario (bautizados), hijos del cacique Curupiratí. Movidos por ellos, todos los indios comenzaron a dar gritos de libertad y guerra sangrienta contra los españoles”. (Dice el cronista que los indios se atrevían a tanto porque trajeron muchas flechas envenenadas de los naativos a los que habían derrotado luchando al servicio de los españoles). “El nuevo gobernador, Francisco de Vergara, partió contra ellos a finales del año 1559 con un ejército de 500 españoles más 3.000 indios guaraníes y 400 guaicurúes, todos amigos. A principios de 1560 presentaron batalla los indios enemigos, que eran unos 16.000. Los nuestros les dieron una rociada con los arcabuces. Luego salió nuestra caballería en cuatro tropas, yendo al mando Pedro de Orantes, Peralta Cordobés, Pedro de Esquivel y  Alonso Riquelme, y les fueron apretando y degollando a muchos indios. Después el Gobernador le mandó al capitán Olavarriaga que fuese con 100 soldados para observar un fuerte de los enemigos. Llegaron a una zona en la que los indios habían preparado una emboscada, y comenzaron a disparar sus arcabuces y ballestas con buen orden hasta pasar un arroyo barrancoso. Allí fueron acometidos por los indios, y con tal velocidad que vinieron a las manos. Andando así revueltos, los indios consiguieron matar al alférez Correa, a Diego Díaz, y a otros soldados.  Saliendo en su ayuda Alonso Riquelme, llegó entonces con 20 de a caballo hasta un arroyo en el que habían caído los españoles sin poder salir, pero el capitán Riquelme y los suyos comenzaron a alancear a los enemigos con tanta prisa que tiñeron pronto todo el campo de sangre. También socorrieron a algunos que habían sido apresados por los enemigos, y les salvaron las vidas que tan a pique tenían de perder. Ya libres,  continuaron peleando de nuevo con gran valor, hasta que los pusieron en huida, pero los indios amigos, que también habían llegado para ayudar a los españoles, siguieron tras los enemigos, y cortaron más de mil cabezas, como tienen por costumbre, especialmente los guaicurúes. De esta manera, los indios enemigos quedaron totalmente derrotados. Esta célebre victoria tuvo lugar el 3 de mayo de 1560, día de la Invención de la Santa Cruz”. El cronista no se priva de darle un carácter milagroso a la victoria, atribuyéndosela a Santa Elena, supuesta descubridora de la Cruz de Cristo. Siempre  ha sido una fiesta importante en Hispanoamérica.






lunes, 10 de octubre de 2022

(1850) Otro milagro: No hubo rebelión, pero Ñuflo de Chaves tuvo que permitir que una parte de sus soldados le abandonaran. No obstante, él, con astucia, consiguió que el virrey de Perú le permitiera conquistar en su territorio.

 

      (1450) A pesar de la fuerza ante el Rey que podía tener el requerimiento que sus soldados le hicieron a Ñuflo de Chaves para que desistiera de seguir adelante y cumpliera la orden dada por el fallecido Domingo de Irala de fundar un poblado, reaccionó negándose a hacerlo, con soberbia y en plan mandón: “Fue imposible persuadirlo a que hiciese lo que la mayor parte le requería. Con gran indignación respondió tajante que de ninguna manera daría la vuelta hacia el puerto, sino que continuaría descubriendo nuevas tierras. Viendo esta firme resolución, se dividió la gente en dos partes, la mayor bajo el mando de Gonzalo Casco, con el que se juntaron más de ciento cuarenta soldados, y quedaron con el General  Ñufro de Chaves poco más de sesenta, que no le quisieron abandonar. De cuyo resultado, y de lo demás que sobrevino, hablaremos más adelante”.

     Lo que no hubo fue un conflicto armado, porque nadie fue privado de hacer lo que prefería: “Los soldados que se quedaron con Gonzalo Casco se pusieron en marcha para llegar al puerto en el que se habían  dejado los navíos. Por su parte, el capitán Ñuflo se fue con el resto de la gente a la parte occidental, con mucho valor y decisión, quedando tan agotados, que no se puede tener por poca hazaña. Llegaron al territorio de los indios  chiriguanos,  y Ñuflo les mandó un mensajero, pero se daba la circunstancia de que  en ese tiempo había llegado de Perú un capitán llamado Andrés Manso, con buena compañía de soldados y con misión de poblar aquella tierra por orden del Marqués de Cañete, virrey que fue de Perú. Al enterarse de la llegada de Ñuflo de Chaves, se fue hacia él, y, habiendo topado el uno con el otro, tuvieron grandes diferencias sobre el derecho de conquista. Andrés Manso decía que le correspondía a él  descubrir y gobernar toda aquella tierra por encargo del virrey de aquel reino, y Ñuflo de Chaves alegaba que le pertenecía a él este derecho, tanto por la antigua jurisdicción que los del Río de la Plata tenían sobre ella, como por el permiso que había recibido para poblarla y conquistarla. Con esta competencia estuvieron muchos días los dos capitanes”.

     Para resolver el conflicto, llegó Pedro Ramírez de Quiñones, presidente de la Real Audiencia de Río de la Plata, el cual fijó los límites con el territorio de Perú. Sin haber llegado los contrincantes a dar su conformidad, Ñuflo de Chaves tomó una astuta iniciativa. Se fue directamente a hablar con el Virrey de Perú, dejando el mando de su tropa a su cuñado Hernando de Salazar, quien tuvo, por su parte, la habilidad de ganarse el favor de los soldados del  capitán Andrés Manso: “Por si fuera poco, trabando amistad con ellos, prendió mañosamente al capitán Manso, y lo envió preso a Perú, ganándose para sí a todos sus soldados”.

    

     (Imagen) La terquedad de Ñuflo de Chaves y su habilidad negociadora le sirvieron para salirse con la suya. En su avance, le surgió un conflicto con Andrés Manso sobre derechos de conquista en un territorio, y tuvo la genialidad de ir a Perú, convencer astutamente al virrey y obtener su permiso para conquistar en una zona de dudosa jurisdicción: “Le dijo al virrey que aquellas tierras eran muy ricas, con  multitud de poblaciones de indios, y que le diese el gobierno de ellas a don García de Mendoza (argumento tentador, porque era el hijo del virrey, y no se pudo negar), el cual luego nombró  Teniente General suyo en aquel gobierno a Ñuflo de Chaves, tanto por sus méritos y servicios, como por estar casado con la hija de don Francisco de Mendoza, doña Elvira de Mendoza, que era pariente suya, y les financió generosamente todo lo necesario para iniciar la campaña. Con esta autorización, volvió Ñuflo de Chaves a aquellas tierras, donde fundó pronto la ciudad de Santa Cruz en una comarca muy poblada de indios, pues fueron empadronados (para servir en las encomiendas) más de seis mil”. También Andrés Manso estableció otra población, pero tuvo complicaciones por la dudosa legalidad del emplazamiento: “Aunque ya había nombrado regidores y oficiales, fue denunciado por los vecinos de la ciudad de la Plata (situada en Bolivia). Enviaron a Diego Pantoja para evitar que se poblara allí  y prender a Andrés Manso por intruso”.  Pero Pantoja fue recibido en un paso estrecho con disparos de arcabuz, y se vio obligado a retirarse. Sin embargo, Andrés Manso, tras renunciar al sitio escogido, fue a Sapirán, una zona de indios chiriguanos, asentó su campamento en Taringui,  y luego fundó allí la población, siendo muy bien acogido por los indios, que aceptaron estar al servicio de los españoles. Pero la seguridad nunca era completa: “Por entonces los chiriguanos atacaron un pueblo situado a 40 leguas de Santa Cruz, matando al capitán Pedraza, a Antón Cabrera, y a todos los moradores, tras lo cual vinieron contra la población de Andrés Manso, pegaron fuego a todas las casas y no dejaron a nadie vivo. Desde entonces, aquella zona se llama Los Llanos de Manso”. Luego el cronista Ruy Díaz de Guzmán lamenta tanto horror, debido a la  culpa de unos y otros: “Fue antiguamente esta provincia muy numerosa de indios, y al presente es cosa muy cierta que está toda despoblada y desierta, tanto por las continuas molestias, trabajos y servidumbre que les dan los españoles, como por las crueles guerras, muertes y cautiverios con que les han asolado los indios chiriguanos, de tal manera que ha sido y es la más cruel y detestable tiranía, porque la sed de sangre humana y la rabia mortal han destruido allí innumerables tribus”. En la imagen, sello dedicado en España a ÑUFLO DE CHAVES.




domingo, 9 de octubre de 2022

(1849) PARTE FINAL DEL DOCUMENTO. En estas situaciones, los soldados solían rebelarse, apresando o matando a su capitán. En este caso, decidieron obedecer, pero presentándole al Rey una denuncia contra ÑUFLO DE CHAVES.

 

     (1449) (Tercera y última parte del requerimiento oficial que le hicieron sus hombres a Ñuflo de Chaves): “Por este motivo, y por los que puedan suceder si en esta cruelísima tierra nos detuviésemos más, siendo, como todos dicen, los de esta comarca los de peor condición, y estando nuestra tropa en gran disminución, se supone que, de seguir adelante, nos abandonarán los indios amigos que traemos en nuestra compañía, de lo que puede resultar la perdición de todos los que aquí estamos. Por tanto, en la forma debida, unánimes y conformes requerimos al señor Capitán, cuantas veces sean precisas,  que con toda la brevedad posible salga de esta tierra con el mejor orden y seguridad que convenga, vuelva por el camino que vino y se asiente en tierra pacífica y segura, como es la que atrás hemos dejado. De forma que, convalecida y recuperada la gente de los trabajos pasados, se pueda consultar con deliberado consejo lo que más convenga al servicio de Dios y de Su Majestad. Y si, con todo, perseverase Su Merced en pasar adelante, como lo ha dado a entender, le hacemos responsable de todas las muertes y daños, y pérdidas y menoscabos que en tal caso se siguiesen y recrecieren, así de españoles como de indios amigos. Para lo cual ponemos nuestras personas y bienes, así como las encomiendas que de Su Majestad hemos recibido, bajo la protección de su real amparo, requiriendo a Su Merced el cumplimiento de la orden que le fue dada para llevar a efecto la fundación del poblado y su mantenimiento. Para lo cual, todos conformes, estamos dispuestos a cumplir lo que en este caso debemos y a lo que estamos obligados. Dicho todo lo cual, pedimos a vos, el presente escribano, nos lo deis por fe y testimonio en pública forma y manera, para que haga fe y se presente ante Su Majestad, y en los tribunales que nos parezcan más convenientes, y lo firmamos con nuestros nombres: Rodrigo de Osuna, Lope Ramos, Melchor Díaz, Pedro Méndez, Diego de Zúñiga, Francisco Díaz, Diego Bravo, Juan Hurtado, Andrés López, Martín Notario, Francisco Álvarez, Rodrigo de Grijalva, Francisco Rodríguez, Antón Conejero, Juan Riquel, Bernabé González, Juan de Pedraza, Pedro de Sayas, Antonio de Sanabria, Vasco de Solís, Julián Ximénez, Antón del Castillo, Diego de Peralta, Juan Vizcaíno, Diego Bañuelos, Gabriel Logroño, Nicolás Verón, Juan de Quintana, Bartolomé Justiniano, Cristóbal de Alzate, Baltasar García, Alonso Hernández, Pedro Coronel, Diego de Tobalina, Juan Ruiz, Bernabé de Vera, Juan Barrado, Bernardo Genovés, Juan Campos, Alonso López de Trujillo, Francisco Sánchez, Pedro Campuzano, Alonso Portillo, Juan Calabrés, Francisco Bravo, Pedro Cabezas, Alonso Parejo, Pantaleón Martínez, Alonso Fernández, Blas Antonio, Juan López, Hernando del Villar, Antonio Roberto, Francisco Delgado, Diego Díaz Adorno, Juan Salgado, Gonzalo Casco y Pedro de Segura”. Se supone que estos 58 que firmaron eran los miembros más notables de la heroica tropa.

viernes, 7 de octubre de 2022

(1848) SEGUNDA PARTE de la denuncia que le hicieron a ÑUFLO DE CHAVES sus hombres por obligarles a realizar una conquista mucho más dura que la que se le había ordenado.

 

     (1448) (Segunda parte del requerimiento que le hicieron sus hombres a Ñuflo de Chaves). Empezaron los problemas al cumplirse la orden de Chaves, y se lo echaron en cara:  “Por ser los naturales de este zona la gente más indómita y feroz de cuantos hasta ahora hemos visto, no han querido jamás aceptar ningún medio de paz, y, lo que es peor, a los mensajeros que para ello se les ha enviado, los han matado, despedazado y comido, procurando por todos medios echarnos de su tierra. Han envenenado las aguas, poniendo por todas partes púas y estacas emponzoñadas de yerba mortal, con lo que nuestra gente ha resultado herida y muerta. Asimismo han decidido venir contra nosotros con mano armada, y  hemos podido resistirlos con el favor de Nuestro Señor, no sin notable pérdida y daño nuestro,  de los caballos  y de los indios amigos. Por ello, Su Merced, Señor Capitán, informado de que más adelante había otra población de indios benévolos, que se llaman zacuaimbacúes, y por salir de la perfidia de aquella gente, decidió ir adonde ellos por caminos ocultos, dando de lado a los enemigos de esta comarca. Tomando guías, partió con todo el ejército, y caminando dos días por despoblado, creyendo todos que íbamos dando de frente a los enemigos  y a inconvenientes de la guerra, vimos al raso un fuerte de madera con grandes torreones, atrincherados de tal manera, que la empalizada era doble y muy fuerte, cercada de un gran foso, llena de muchas lanzas y púas venenosas sembradas alrededor, y un gran número de gente para defenderla. Después de situarnos, les enviamos recado exigiendo de parte de Su Majestad la concordia y la amistad que no quisieron admitir. Para mayor oprobio e injusticia, mataron a los mensajeros, y salieron después fuera del fuerte incitándonos a la pelea y tirando mucha flechería. Por lo cual Su Merced y los demás capitanes consideraron necesario ir contra ellos y castigar su indómita fiereza, ya que, de no hacerlo así,  crecerían en soberbia y atrevimiento, y a cada paso nos saldrían traidoramente por los caminos, de lo cual resultaría el recibir mucho  daño de ellos. Por estas razones, se escogió el día para acometerles a pie y a caballo. Puesto en efecto con gran riesgo de las vidas y resistencia de los enemigos, iniciamos el ataque y tomamos su fortificación, rompiendo la empalizada.  Fueron expulsados con muerte de gran número de ellos, pero el sujetarlos a nuestro dominio tuvo tan alto precio, que, además de los que allí quedaron muertos, salieron heridos más de cuarenta españoles, cien caballos y setecientos indios amigos.  De los que resultaron heridos, y por ser la yerba tan ponzoñosa y mortal, en doce días fallecieron diecinueve españoles, trescientos indios y cuarenta caballos, más los que corran peligro luego, si la divina mano no lo remedia”.

jueves, 6 de octubre de 2022

(1847) Muere DOMINGO DE IRALA. Ñuflo de Chaves desobedece la orden de fundar una población porque quiere conquistar otro terreno, quizá para independizarse. PRIMERA PARTE de una denuncia presentada por sus propios soldados.

 

         (1447) Nos va a tocar ahora ver que el  extraordinario, aunque quizá poco escrupuloso, Domingo Martínez de Irala, vasco nacido en Vergara (Guipúzcoa), va a morir con solo cincuenta, muy trabajados, años: “Cuando partió de Asunción el capitán Ñuflo de Chaves con su misión de fundar una población para complacer a los que pedían concesiones de encomiendas, salió el Gobernador Domingo de Irala con el fin de  inspeccionar la recogida de la madera necesaria para hacer una hermosa capilla en la catedral. Estando allá adoleció de una calentura lenta que poco a poco le consumía, y se vio obligado a regresar a la ciudad. En cuanto llegó, le arreció la enfermedad, y, viéndose muy grave, dispuso las cosas de su conciencia de la mejor forma que pudo. Murió siete días después, teniendo en su cabecera al Obispo y otros sacerdotes que le ayudaban. Todo el pueblo mostraba tanto sentimiento, que parecía hundirse; porque, además de que los españoles lo aclamaban, los indios no se lamentaban menos, diciendo a voces: ‘Ya se nos ha muerto nuestro amado padre, y quedamos todos huérfanos’. Incluso sus mismos contrarios le lloraban con gran sentimiento por la falta grande que a todos les hacía. Dejó como gobernador interino de estas  tierras a Gonzalo de Mendoza, su yerno, el cual fue aceptado con mucho gusto de todos, por ser un caballero muy honrado, afable y discreto y bienquisto de todos. Sin embargo, el capitán Ñuflo de Chaves no aceptó de buena gana estas muestras de afecto, pues él tenía intención de ir más allá del límite de conquista que le había señalado Domingo de Irala. Pero los soldados, que, como vimos, comprendieron claramente sus intenciones, y dado que lo único que ellos querían era regresar al territorio de los jarayes para fundar un poblado y repartir encomiendas de indios, se le amotinaron hasta el punto de que casi todos ellos  le hicieron por escrito un requerimiento que, por ser de interés en esta historia, lo pongo en este lugar”.

     El texto es largo y muy interesante. Tendré que resumirlo, pero lo menos posible, y para ello necesito ocupar, al menos, tres entradas abreviadas de este blog. A las tres le daré el formato de (Imagen).    


       (Primera parte del requerimiento oficial que le hicieron sus hombres a Ñuflo de Chaves): “Los vecinos de la ciudad de la Asunción que salimos para poblar en tierra de los jarayes, requerimos al muy magnífico Señor Capitán Ñuflo de Chaves diciendo que, como ya Su Merced sabe, y a todos es notorio, por acuerdo y parecer de don Fray Pedro de La Torre, Obispo de estas provincias, y de los Señores Oficiales de Su Majestad que residen en la ciudad de la Asunción, el ilustre Señor Gobernador Domingo de Irala, le dio facultad para que saliese a poblar las provincias de los jarayes, y, por su merced aceptada, nos ofrecimos con nuestras personas, armas y hacienda a servir a Su Majestad en tan justa demanda. En razón de lo cual, por servir a Dios Nuestro Señor y a la Real Majestad,  salimos de la ciudad de Asunción con Su Merced en nuestros navíos y canoas, con armas, municiones y caballos e indios de nuestras encomiendas, y con todo lo necesario para el mantenimiento de la dicha población. Y habiendo navegado por el río del Paraguay, después de muchos trabajos, muertes, pérdidas y desgracias, llegamos con Su Merced donde los dichos jarayes, el día 29 de Julio del pasado año de 1557, donde creímos se haría dicha población. Y, después de considerar que la tierra era estéril, y de surgir necesidades, por acuerdo y parecer que el dicho Señor Capitán tomó fue dispuesto buscar otro lugar conveniente para la perpetuidad de esta población. Y con este intento, partió con toda la armada a finales de agosto, dejando en  dicho puerto 15 navíos, 8 anegados y 7 varados, más todas las canoas y demás pertrechos que se tenía, así como cantidad de ganado mayor y menor, todo ello confiado a los jarayes, por la antigua amistad que con ellos se ha tenido.  Y, puestos en camino con diversos incidentes, llegamos al pueblo de Paysurí, indio principal, que nos recibió con amistad, y de allí al de Pobocoygí, hasta los pueblos de los saramacosis, donde estuvimos hasta que los mantenimientos de maíces, frijoles y de otros tipos se cogiesen. En aquel asiento, se informó Su Merced por los indios guaraníes, y por otros que habían sido prisioneros suyos, de la particular disposición de aquella tierra, y de la que comúnmente se llama la gran noticia; en cuyas fronteras se decía estaban poblados los dichos guaraníes, donde todos creímos que se haría la población en la zona de los indios travasicosis, que por otro nombre llamamos chiquitos, donde se daban las condiciones necesarias para hacer la dicha fundación. Por lo cual, informado Su Merced del camino, vino con toda la gente en busca de los pueblos guaraníes, y de su cacique, que se llamaba Ibirapí, y del más principal, Peritaguay. Llevando a dichos indios por guías, llegamos a este territorio donde al presente estamos, tratando de que se recuperen la gente española, los indios amigos y los caballos de los trabajos y peligros pasados”.

miércoles, 5 de octubre de 2022

(1846) Domingo de Irala envió de conquista a dos capitanes para poder dar encomiendas de indios a sus soldados. Uno de ellos era Ñuflo de Chaves, quien, probablemente, fue con la intención de independizar las tierras lindantes con Perú.

 

     (1446) Volvamos de nuevo a las andanzas del vasco Gobernador de Río de la Plata, Domingo Martínez de Irala, al que le queda ya poco tiempo de vida, pues morirá en octubre de 1556 a consecuencia de una pleuresía y teniendo unos  50 años, pero, eso sí, muy intensamente vividos. Nos confirma, de paso, el cronista Ruy Díaz que los portugueses carecían de prohibiciones antiesclavistas: “Domingo de Irala envió al capitán Ñuflo de Chaves a la provincia de Guairá, para que sometiese a los naturales de aquella tierra y remediase el desorden de los portugueses, pues entraban en territorio de dominio español, y asaltaban a los indios del lugar, para llevarlos presos a Brasil, donde los vendían y herraban como esclavos. Ñuflo de Chaves llegó al río Paraná, poniendo en orden aquella tierra, y procurando conservar la paz y amistad con los naturales. Llegando luego a una comarca de indios llamados peabeyúes, determinaron atacar a los españoles.  Acometieron contra el campamento gran multitud de indios, inducidos por un hechicero llamado Catiguara, al que ellos tenían por santo. El cual les había dicho que los españoles traían consigo la peste y perversa doctrina, que lo único que querían era quitarles sus mujeres e hijas, y someter aquellas tierras. Y con esto, fueron a cercar a los españoles, haciéndolo con tal furia, que, si Ñuflo de Chaves no se hubiera fortificado, habrían acabado con él. Pero, con la ayuda de Dios, los nuestros se defendieron con gran valor, y mataron a muchos enemigos, aunque con pérdida de algunos indios amigos y de tres españoles. Saliendo de este distrito, llegó a tierras muy pobladas de indios, con los cuales tuvo algunas peleas, pero supo  pacificarlos con buenas razones y dádivas, trayendo consigo a algunos caciques suyos a la ciudad de Asunción, donde todos ellos fueron bien recibidos y tratados por el Gobernador”.

     El reparto de encomiendas de nativos para los españoles siempre fue un origen de  conflictos en las Indias. No es creíble que se hicieran con verdadera justicia. En todos los tiempos y lugares hubo favoritismos hacia los parientes, amigos, o simplemente personas con influencia social. Pero el problema se agravaba en las zonas más pobres: “Teniendo en cuenta el Gobernador Domingo Martínez de Irala la mucha gente española incomodada por no haberles tocado parte de las encomiendas de indios que había repartido en Asunción, y contando con el parecer del obispo, los oficiales del Rey y los miembros del cabildo, decidió hacer algunas poblaciones donde se pudiesen acomodar los que no estuviesen contentos. Con esta intención,  escogió un poblado en la provincia de Guairá, por estar de camino a Brasil, con la intención de enviar allí a los pocos que quedaban de la villa de Ontiveros, encargándole el traslado al capitán Ruiz Díaz Melgarejo.  También ordenó establecer otro lugar, río Paraguay  arriba, en tierras de los indios jarayes, a 300 leguas de Asunción, por ser uno de los mejores territorios y de los más próximos a Perú. El Gobernador puso al mando de esta misión a Ñuflo de Chaves. Publicadas estas intenciones y los destinos escogidos para establecer los nuevos poblados, se alistaron muchos soldados y vecinos de Asunción.

 

     (Imagen) Fue bien acogida la decisión de Domingo de Irala al escoger dos lugares en territorios abundantes de nativos, con el fin de poder repartir entre los españoles suficientes encomiendas de indios. Se dividió en dos grupos a los solicitantes. Para trasladar al primero, el capitán Ruiz Díaz Melgarejo partió con 100 soldados. Llegado a los poblados indios de Guairá a principios del año 1557, hizo allí su fundación a tres leguas de la abandonada villa de Ontiveros, y la llamó Ciudad Real. Luego el cronista nos hace ver cómo funcionaba el sistema de las encomiendas (con el mismo estilo que en el resto de las Indias), lo que, sin duda, tenía que ser desagradable para los indios, los cuales, en el mejor de los casos, lo soportarían con resignación: “Fueron empadronados en este territorio 40.000 mil fuegos (familias de indios), formado cada uno por un indio, mujer e hijos, siendo repartidos como encomiendas a 60 vecinos españoles, los cuales estuvieron algunos años en gran sosiego y quietud, y muy bien servidos  y respetados por todos los indios de aquella provincia. Pero, por el trascurso del tiempo, les fue faltando el servicio personal, y los nativos comarcanos, con sus continuas salidas y los ataques ordinarios que les hacían, ocasionaron a esta ciudad muy gran diminución y miseria”.  No está claro lo que dice el cronista. Primeramente, da a entender que esas 40.000 familias sirvieron contentas a los españoles, lo cual resulta demasiado bonito. Y parece ser que los indios ajenos a las encomiendas eran belicosos, llegando a crear muchos problemas a los españoles y a los nativos que estaban a su servicio. Por su parte, Ñuflo de Chaves salió con su tropa hacia el otro lugar destinado a establecer un asentamiento español, pero luego creyó mejor ir primeramente más adelante para pacificar indios, y el resultado fue muy negativo. En un durísimo enfrentamiento con  unos indios feroces, que tenían gran variedad de armas y utilizaban hierbas muy venenosas, los españoles se volvieron contra ellos y asaltaron sus empalizadas saltando los pozos que tenían hechos. Consiguieron vencerlos, matando y apresando a muchos, pero pagando un alto precio. Resultaron heridos muchos españoles e indios amigos, muriendo numerosos caballos por las hierbas venenosas. Y ocurrió algo sospechoso: “Cansados de correrías, y por tener el puerto de los navíos muy distante, los soldados quisieron volver al territorio de los indios jarayes, que era el lugar que les fue asignado para fundar el poblado, pero Ñuflo de Chaves de ninguna manera lo quiso hacer. Deseaba seguir hacia delante, hasta el límite con Perú, al parecer porque tenía deseo de separarse de la demarcación de  Río de la Plata independizando nuevas tierras y convirtiéndose  él en su máxima autoridad”.




martes, 4 de octubre de 2022

(1845) El obispo Pedro Fernández de la Torre fue recibido con entusiasmo en Asunción. El cronista lo alaba, pero era muy autoritario, y tuvo un enfrentamiento rocambolesco con el geniudo gobernador Felipe de Cáceres.

 

     (1445) Por entonces se supo, gracias a comentarios de los indios que recorrieron tan larga distancia,  que habían llegado unos navíos españoles a la desembocadura del Río de la Plata, estando  Domingo Martínez de Irala ausente de Asunción: “Había salido con gente y oficiales de carpintería para comenzar a construir un navío de buen porte, que quería enviar a Castilla. Decían los indios agaces que en el río estaban dos barcos, por lo que algunas personas fueron a comprobarlo.  A seis leguas de Asunción, vieron que se encontraba allí el obispo Fray Pedro Fernández de la Torre, a quien besaron con mucha humildad las manos. Además, con él llegaba, como General de Su Majestad, Martín de Orúe, que había sido enviado  a la Corte en representación de la comarca de Río de la Plata, y regresaba, por merced de Su Majestad, con tres navíos llenos de armas y municiones, siendo acompañado por el nuevo prelado. Al saberse, la ciudad y toda la tierra  de Río de la Plata recibió mucho contento, y se preparó un solemne recibimiento a su pastor, que entró en Asunción el año 1555, la víspera del Domingo de Ramos. Venían en compañía del obispo cuatro sacerdotes, y otros diáconos y de órdenes menores, así como muchos criados para su casa, la cual iba a estar bien proveída, porque Su Majestad mandó darle ayuda de costa para el viaje, y más de cuatro mil ducados para todo lo que necesita el culto divino. Y el buen Obispo, con todo amor y humildad, admitió a grandes y pequeños debajo de su protección y amparo, como tal pastor y prelado. Le encantó ver tan ennoblecida Asunción con tantos hombres principales, y dijo que no le hacía ventaja ninguna de las noblezas de España. Halló sacerdotes del hábito de San Pedro (la expresión se refiere a clérigos que no son frailes) muy honrados: el padre Miranda, Francisco Homes Payaguá, el padre Fonseca, el bachiller Martínez, Hernando Carrillo de Mendoza, Antonio de Escalera, el padre Martín González y el licenciado Andrade. Así como otros religiosos de San Francisco, como Fray Francisco de Armenia, y Fray Juan de Salazar, más algunos mercedarios. Luego avisaron a Domingo de Irala, quien, llegado a los pies de su pastor, le pidió su bendición, besándole las manos. Después  el capitán Martín de Orúe entregó a Irala  los despachos que Su Majestad y el Real Consejo enviaron para el buen gobierno de esta provincia de Río de la Plata, como en el libro siguiente se podrá ver”.

     Aunque siempre con mucha demora, se enviaban documentos desde Río de la Plata para el Rey, y viceversa: “Salió  Pedro Segura de Asunción con un bergantín en el que iban para Castilla el capitán García Rodríguez y don Diego Barúa, Caballero de la Orden de San Juan. Habiendo llegado donde les esperaba otra nave, se embarcaron en ella. También subió a bordo Jaime Rasquín, el cual fue nombrado en Castilla Gobernador de Río de la Plata, pero no pudo llegar a esta provincia por ciertos problemas que en el mar tuvo, a pesar de ser su armada una de las mejores y más poderosas de las  que habían salido para la conquista de esta tierra”. (Ya hablé hace tiempo de la poca calidad humana de Rasquín, odiado por quienes le acompañaban e incapaz de regresar a Río de la Plata, por lo que quedó privado de su cargo de Gobernador).

 

     (Imagen) El cronista ha puesto por las nubes al nuevo obispo de Río de la la Plata, el franciscano PEDRO FERNÁNDEZ DE LA TORRE, pero no parece que fuera tan maravilloso como él dice, ya que tuvo un enfrentamiento feroz con alguien que quizá se lo mereciera. El reverendo nació en Baeza (Jaén) y le gustaba tener protagonismo político, de manera que, al llegar a Río de la Plata (año 1555), apoyó al Gobernador Domingo de Irala, y se aficionó a las conquistas militares. Un año después falleció Irala, y, entre los posteriores gobernadores, hubo uno interino de mal genio y larga longevidad: FELIPE DE CÁCERES, nacido en Madrid hacia el año 1515. La enemistad mutua se agravó hacia el año 1570. Como solía ocurrir entre distintas autoridades, el obispo y Cáceres se disputaban parcelas de mando, y lo más grave era que los dos tenían partidarios que se enfrentaban duramente. Se llegó al extremo de que Felipe de Cáceres castigó a los contrarios, y, a su vez, el obispo utilizó el arma de las excomuniones para doblegar a Cáceres y a sus amigos, llegándose a tal confusión, que había clérigos críticos con el obispo y muchos ciudadanos que lo eran con Cáceres. El año 1572, el cascarrabias militar intentó apresar al obispo, pero salió alguacilado, porque unos soldados que estaban con el clérigo lo apresaron a él, al grito de ‘Viva la fe de Cristo’, y lo encerraron, según cuentan las crónicas, en una estancia cuya llave guardaba el obispo, y estuvo más de un año encadenado. Finalmente, de manera más  o menos jurídica, se condenó a Felipe de Cáceres a ser llevado preso a España, para que en la Corte se decidiera su futuro. El obispo Pedro Fernández de la Torre le encargó a Ruy Díaz Melgarejo la misión del traslado, pero, no obstante, decidió ir también él en persona llevando el refuerzo de ochenta soldados. Pero ocurrió lo imprevisto: durante el viaje se produjo un naufragio junto a la costa brasileña (año 1553), en el que falleció Fray Pedro Fernández de la Torre, resultando ileso el peleón Felipe de Cáceres. El resto de las naves continuaron su marcha, llegaron a España, y fue sometido a juicio, como habían dispuesto las autoridades en Asunción. Felipe de Cáceres era uno de los más antiguos conquistadores de Río de la Plata, ya que llegó con la primera expedición, la capitaneada por el desafortunado Pedro de Mendoza (enero de 1536). Fue siempre un oportunista en las frecuentes luchas por el poder que se produjeron en aquellas tierras. Tenía muchos enemigos, pero salió limpio de toda culpa en el proceso al que fue sometido en España. Regresó a Río de la Plata con un nuevo cargo importante, y consta que aún vivía el año 1594. En la imagen vemos que, ya en 1539, se le había nombrado contador público de Río de la Plata, en lugar de su hermano Juan de Cáceres (quizá fallecido).






(1844) Viajar era una odisea. Llegó de España una expedición. Siguieron, de Brasil a Asunción, la vía descubierta por Cabeza de Vaca, y murieron 32 soldados. Vivieron la aventura la excepcional Mencía Calderón y Juan de Salazar.

 

     (1444) El cronista Ruy Díaz vuelve a tiempos anteriores, y nos cuenta que, tras la destitución y apresamiento de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quiso ocupar su cargo de Gobernador de Río de la Plata un vecino de Trujillo (Cáceres) llamado Juan  de Sanabria, y el Rey se lo concedió, pero, después de haber preparado todo lo necesario para partir hacia Las Indias, se puso enfermo en Sevilla y murió, siendo inútil todo el gasto que había hecho. El derecho a sucederle en el puesto lo tenía su hijo, Diego de Sanabria, pero, por atender en la Corte otros asuntos que le urgían más, no partió con los barcos que debían trasladarle a las Indias, que lo hicieron en 1552. Eran una nave y dos carabelas, y formaban parte de la expedición (como ya dijimos hace mucho tiempo) la excepcional y brava Mencía Calderón, viuda de Juan de Sanabria, así como dos hijas suyas. Es oportuno subrayar que también figuraba el burgalés Juan de Salazar (veterano fundador, en 1537, de Asunción), al cual le dio licencia para volver  a aquellas tierras el Rey gracias a una recomendación del portugués Duque de Braganza, a cuyo servicio había estado Salazar durante varios años.

     Nos habla también Ruy Díaz de Guzmán de algunos viajeros notables: “Iban, asimismo, otros muchos caballeros e hidalgos, entre los cuales estaban Cristóbal de Saavedra, natural de Sevilla, Hernando de Trejo y el capitán Becerra, que traía su mujer e hijos en una nao suya. Los expedicionarios tomaron puerto en la costa del Brasil, y, al entrar en la Laguna de los Patos, se hundió el navío de Becerra.  Aunque se salvó toda su gente, perdieron lo que traían dentro”. Surgió entonces un conflicto entre Juan de Salazar y el piloto mayor de la armada, el cual, por este motivo fue privado de su cargo y tomó el mando el capitán Hernando de Trejo, pero hubo muchos a los que no les gustó este cambio y abandonaron la nave. No obstante, Trejo, a pesar de quedarse con poca gente, pero con los ánimos de sus ‘fieles’,  fundó allí una población (era el año 1553), a la que le puso el nombre de San Francisco. Y comenta Ruy Díaz:  “Es el puerto más amplio y seguro que hay en aquella costa. En este tiempo se casó Hernando de Trejo con doña María de Sanabria, hija del fallido gobernador (por defunción) Juan de Sanabria, en cuyo matrimonio procrearon al reverendísimo señor don Fray Fernando de Trejo, Obispo de Tucumán, que nació en aquel territorio”.

     Sin embargo el futuro de la población  resultó de corto recorrido. Sus habitantes no tuvieron habilidad suficiente para poder sustentarse durante una larga racha de escasez. Las quejas iban en aumento, y los vecinos presionaron a Hernando de Trejo para que se abandonara el lugar con la intención de trasladarse a la ciudad de Asunción: “Por estos continuos ruegos, con insistencia especial de las mujeres, Trejo dio su conformidad, y se decidió hacer el recorrido por la vía más directa. Se quedó en que la mitad de la gente fuera por el río, y la otra mitad por tierra, con orden de juntarse al llegar la noche, y siguieron la ruta que había descubierto Álvar Núñez Cabeza de Vaca”.

 

     (Imagen) Una nueva expedición partió desde España para ir a Paraguay. Ya hablamos hace mucho tiempo de que en ella iban, entre otros,  Juan de Salazar, quien había fundado Asunción el año 1537, y una mujer absolutamente extraordinaria, Mencía Calderón. Llegados a Brasil, emprendieron marcha por la vía que descubrió Álvar Núñez Cabeza de Vaca, siendo entonces el primer español que vio las cataratas del río Iguazú (enero de 1542). Nos cuenta el cronista Ruy Díaz de Guzmán: “Según caminaban por la ruta de Cabeza de Vaca, sucedió que algunos soldados, buscando cosas de comer, se alejaron más de lo que debían, y no acertaron a volver. Cuando fueron a buscarlos, los hallaron a todos muertos por el hambre. Murieron en esta ocasión 32 soldados, y los demás siguieron adelante con los capitanes Saavedra y Trejo. Descubrieron unos campos poblados por indios, que los recibieron bien, y en especial un cacique llamado Gapúa. Más tarde llegaron al río Iguazú, y encontraron luego un pueblo de indios que ha quedado con el nombre de Asiento de la Iglesia porque Hernando de Trejo edificó allí una casa de oración, donde los indios eran adoctrinados, y los sacerdotes decían misa. En un pueblo de indios aguarás, tuvieron muy buen acogimiento y abundancia de comida, por lo cual decidieron permanecer allí más tiempo, incluso con la idea de  hacer una fundación. Con mucha frecuencia, le enviaban informes de todo lo que ocurría durante su viaje a Domingo de Irala, que ya tenía confirmación de que Su Majestad le había hecho merced de nombrarlo Gobernador de Río de la Plata. Pasados algunos meses y habiendo tenido habituales noticias de Asunción, decidieron continuar su camino, y, al cabo de muchas jornadas, llegaron a la ciudad. Entonces el general Irala le pidió explicaciones a Hernando de Trejo sobre por qué había despoblado el puerto de San Francisco. Como no le pareció convincente su respuesta, ordenó tenerlo preso hasta que Su Majestad decidiera lo que le pareciese justo. En este mismo tiempo llegaron algunos por el río Paraná desde la costa de Brasil, entre ellos el capitán Juan de Salazar y Ruy Díaz Melgarejo, casado con doña Elvira de Contreras, hija del capitán Becerra, y otros hidalgos, castellanos y portugueses, como Cipión de Goes y su hermano Vicente de Goes, hijos de un honrado caballero portugués llamado Luis de Goes. Estos fueron los primeros que trajeron vacas a Río de la Plata, primero por tierra y después navegando el río con balsas, por encargo de un tal Gaete. De donde quedó un proverbio en aquella tierra que dice: ‘Es más caro que las vacas de Gaete’. Llegados ante el general Irala el capitán Ruy Díaz Melgarejo y Juan de Salazar, fueron bien recibidos por él, olvidando todas las diferencias que entre ellos había habido”.




domingo, 2 de octubre de 2022

(1843) Un escurridizo traidor, el intérprete mestizo Hernando Díaz, logró escapar de la horca. El cronista Ruy Díaz hace merecidos elogios de su suegro, Domingo de Irala, pero oculta sus defectos.

 

     (1443) En su difícil retorno a Asunción, no ganaban para  sustos. Domingo de Irala no tuvo más remedio que colocar en algunas canoas a los enfermos que no podían ya ni andar, siendo necesario poner sumo cuidado en evitar el gran peligro de aquellas aguas: “Tuvo que asumir la responsabilidad como capitán un hidalgo de Extremadura, llamado Alonso de Encinas. Este se ocupó del encargo con tanta prudencia, que salió de los mayores peligros del mundo. Especialmente en un paso peligrosísimo del río, por un remolino que absorbía el agua sin dejar a una y otra parte de la orilla cosa que no tragase dentro de su hondura, con tanta furia y velocidad, que, cogida una vez, era imposible salir de la profundidad de la olla. Allí le hicieron los indios una celada, tratando de echarlos a todos con sus canoas en este remolino. Alonso de Encinas mandó con gran diligencia que todos los españoles saliesen a tierra con sus armas en las manos, y, acompañados de algunos indios amigos, fueron a ver el paso de la celada. Tras descubrirla, pelearon con los indios de tal manera, que los hicieron retirarse, y, una vez seguros, continuaron con sus balsas y canoas poco a poco, hasta alejarlas de una en una de aquel riesgo y peligro. Dios Nuestro Señor tuvo a bien sacarlos de aquel Caribdis y Escila (los dos monstruos mitológicos griegos que, desde cada una de las riberas de un paso estrecho, devoraban a los navegantes), hasta ponerles  a salvo en lo más apacible del río, y supieron entonces que en la desembocadura del Río de la Plata estaban algunos navíos de España”. Había un culpable de los peligros por los que pasaron los españoles y los indios amigos, debido a que les dio, vengativamente, informaciones falsas acerca del camino más apropiado: “Sucedida esta nefasta perdición de tanta gente, el General Irala prendió al intérprete Hernando Díaz, y, estando ya para ser ahorcado, salió aquella noche de la prisión en que se encontraba, y huyó a Brasil, topando en aquella costa con el capitán Hernando de Trejo, e hizo allá otros males por los que fue condenado a destierro en una isla desierta, de la que también huyó corriendo grandes aventuras”.

     Domingo Martínez de Irala tuvo actuaciones poco honrosas en Río de la Plata por sus ambiciones políticas, pero también es innegable que fue un gran militar, y un líder de excepcional importancia. Y es a esto último a lo que va a hacer ahora referencia su yerno Ruy Díaz de Guzmán:  “No se puede negar lo mucho que esta provincia del Río de la Plata debe a Domingo Martínez de Irala, desde que en ella entró, y más todavía desde que fue elegido general de todos los conquistadores. Con verdad se puede decir, que se le debe a él la mayor parte de la conservación de aquella tierra. El cual, viendo que nunca se había podido mantener población alguna en la desembocadura del Río de la Plata, siendo tan necesario para escala de los navíos que de España viniesen, decidió hacer una fundación en la frontera con Brasil, sobre el río Paraná. Además convenía hacerlo para evitar los grandes daños que los portugueses hacían a los indios carios llevándolos para venderlos como esclavos, privándolos de su libertad y sujetándolos a perpetua servidumbre”.

 

     (Imagen) DOMINGO MARTÍNEZ DE IRALA tuvo el acierto de ordenar que se fundara una población cerca de la costa del Atlántico y fronteriza con Brasil. Quería preparar un puerto para la llegada de los barcos españoles, ya que todos los intentos de establecerlo en Buenos Aires fracasaron. Pero había otro motivo que muestra el distinto trato que portugueses y españoles daban a los indios. Los primeros no tenían ningún escrúpulo en esclavizarlos (era su tradición). También los españoles lo hacían, pero sujetos a leyes muy estrictas. Además, Irala quería evitar que los portugueses (y españoles corruptos) apresaran y vendieran a indios carios que habían aceptado ser vasallos del Rey de España. Irala le encargó la misión al capitán García Rodríguez de Vergara, el cual partió el año 1554 con ese destino, desde Asunción y llevando sesenta soldados. Llegado al lugar, escogió un sitio que le pareció apropiado, y le puso entonces el nombre de Ontiveros (de donde él procedía, como San Juan de la Cruz). Domingo de Irala le hizo volver a Rodríguez de Vergara para que se ocupara de otros asuntos, y, cuando llegó a Ontiveros su sustituto, fue mal recibido por los españoles, quizá por ser antiguos partidarios de Cabeza de Vaca y  de Diego de Abreu, enemigos de Irala. El cual envió entonces (año 1556) a Pedro de Segura con 50 soldados para castigar esa rebeldía, pero también pinchó en hueso y tuvo que regresar, ya que se le enfrentaron españoles rebeldes, curiosamente capitaneados por un rabioso inglés llamado Nicolás Colman, que, anteriormente, había luchado en el ejército español. El siguiente enviado por Irala fue Ñuflo de Chaves, quien llegó a Ontiveros el año 1557, hizo algunos castigos y obligó al resto de los españoles a abandonar la población y refundarla en otro lugar, poniéndole el nombre de Ciudad Real de Guayrá. Después de contar esto, el cronista se dedica a ensalzar  a su suegro, Irala, por su labor en Asunción: “Edificó en breve tiempo una iglesia, que es hoy la catedral del obispado. Levantó otros edificios y el ayuntamiento, que ennoblecieron aquella ciudad, quedando acrecentadas  su población, abundancia y comodidad. Aunque al principio no había ánimo de fundar una ciudad, se ha ido perpetuando con la nobleza y calidad de los que la habitan. Está fundada sobre el río Paraguay, tiene ahora tres conventos de religiosos franciscanos, mercedarios y jesuitas, y un hospital para españoles y nativos. Es abundantísima en todo lo necesario, y, por ser la primera fundación que se hizo, me pareció que procedía tratar en este capítulo de sus calidades, por ser madre de todos los que en ella hemos nacido”. No estaría de más que Ruy Díaz de Guzmán mencionase que, quien la fundó (el 15 de agosto de 1537), fue el burgalés JUAN DE SALAZAR.