lunes, 25 de octubre de 2021

(1549) La crueldad entre indios y españoles era de ida y vuelta, con especial ensañamiento por parte de los mapuches. El obispo AGUSTÍN DE CISNEROS, cuñado de Francisco de Villagra, fue un personaje extraordinario.

 

     (1139) Nunca sabremos si el cronista Marmolejo exagera, pero, aunque así sea, habrá que dar por hecho que la táctica de Pedro de Villagra (no esperar el ataque de los indios, sino ir a por ellos en constantes salidas desde La Imperial) había producido estragos en las poblaciones nativas. Además de lo que ya ha contado, sigue diciendo: "Les vino otro mal, y fue que los indios que escapaban, que eran pocos, como no tenían qué comer, se comían los unos a los otros, hasta el punto de que la madre mataba al hijo y se lo comía, y el hermano al hermano. Andaban tan cebados en carne humana, que traían el rostro de color amarillo". También se vieron en  apuros  los españoles en la ciudad de Valdivia, y nuevamente va a hacer el cronista un elogio de quien estaba al mando, y al que ya conocemos: "En aquel lugar se alzaron asimismo los indios, y les hizo la guerra el licenciado Altamirano, dándoles gran castigo. Estos indios, por tener montes en sus territorios, no tuvieron tantas muertes como los de la ciudad Imperial, aunque sufrieron la misma peste que los demás. Altamirano, por el buen orden que tuvo en las cosas de guerra, adquirió fama de buen capitán, al que se le podrían encargar cosas grandes".

     También nos confirma que en las ciudades se cumplía lo que habían ordenado desde la Audiencia de Perú: "Estando la guerra de estas ciudades en ese punto, llegó la provisión de la Audiencia de Lima, de la que dependía entonces Chile, y, de inmediato, los alcaldes tomaron todas las cosas a su cargo. Sucedió algo entonces que, por ser llamativo, lo quiero escribir. Cuando se alzaron los indios de la ciudad de Valdivia tomaron a una mujer negra de un vecino llamado Esteban de Guevara. La llevaron a la ribera de un río, le echaban cántaros de agua encima y, con arena, la fregaban con toda aspereza, creyendo que el color que tenía no era natural. Cuando vieron que no podían quitarle el color, la mataron. Como gente cruel, la desollaron, y llevaban por todas partes la piel llena de paja. Todo lo dicho acaeció en las dichas ciudades el año 1556. Desde entonces, da gran lástima ver despoblados aquellos hermosos campos fértiles y fructíferos. Quiera Dios que, en su santísimo nombre y servicio, se pueblen de cristianos". Será oportuno señalar que Marmolejo expresó su lamento mientras escribía su crónica (hacia el año 1574).

     Los españoles de Las Indias, tanto los soldados como los civiles, nunca estaban de brazos cruzados. Además, recibían las oportunas órdenes de las autoridades para ponerse manos a la obra, y ahora parece que van a actuar con demasiado optimismo: "Los señores de la  Audiencia de Lima mandaron a los vecinos de la Concepción (arrasada por los indios) que poblasen  de nuevo aquella ciudad, y que las autoridades de la ciudad de Santiago les diesen todo el auxilio necesario. Para llevarlo a cabo, comenzaron a prepararse, y con ellos algunos soldados voluntarios, a los cuales los ayudaron con dinero, porque yendo más gente, más efecto tendría su trabajo. Los oficiales del Rey que residían en Santiago les prestaron ocho mil pesos, de manera que, con esta ayuda y con lo que ellos pudieron aportar, se juntaron setenta hombres bien preparados, y para mayor utilidad, llevaron un navío con las cosas pesadas de su servicio y de las provisiones".

 

     (Imagen) El clérigo AGUSTÍN DE CISNEROS recibió de forma rocambolesca la 'antorcha' de Gaspar de Orense, el conquistador a quien Villagra le encargó que le consiguiera en la Corte Española el título  de Gobernador de Chile. Su barco naufragó cerca de Arenas Gordas, zona playera de Sanlúcar de Barrameda. Según el cronista Marmolejo, desaparecido Gaspar, la documentación que llevaba se la entregaron a Cisneros unos mercaderes que la encontraron en la playa. Pero lo más probable es que la vieran previamente los funcionarios que allí tenía la Casa de Contratación de las Indias de Sevilla, se dieran cuenta de su importancia por ser Villagra aspirante a gobernador de Chile, y se la entregaran al clérigo por ser cuñado suyo. Agustín de Cisneros  era un hombre resolutivo, y se dirigió de inmediato a Londres para gestionarle a Villagra su petición ante Felipe II en persona (entonces casado con María Tudor). AGUSTÍN DE CISNEROS nació el año 1521 en Medina de Rioseco (Valladolid). Se licenció como letrado en la universidad de Salamanca y ejerció como vicario episcopal en la iglesia mayor de Talavera de la Reina. Curiosamente, ya pensaba ir a Chile en 1553, pero no obtuvo el permiso hasta el año 1559, lo que le permitió hacer el viaje con dos regalos muy especiales para Francisco de Villagra: llevaba Cisneros su nombramiento oficial como gobernador del país, y a su mujer, Cándida de Montesa (hermana del sacerdote), con la que, si los datos no fallan, se había casado en España antes de 1537, y no la había visto desde entonces. Agustín de Cisneros fue, para varios obispos de Chile, su hombre de confianza. Delegaron sucesivamente poderes en él los máximos dignatarios de las iglesias de Santiago de Chile, Valdivia y La Imperial, con especial cercanía al obispo de esta última, quien lo tuvo como vicario durante veinte años. Como se veía venir, también a él lo consagraron obispo, precisamente de La Imperial, el año 1587, donde falleció en 1596, y, al parecer, después de una vida ejemplar y de intensa dedicación al servicio de los fieles. A lo mejor fue su influencia espiritual la que convirtió a su cuñado, el gobernador de Chile Francisco de Villagra, en un hombre muy religioso, pues, según dicen, lo era durante la última época de su vida, falleciendo el año 1563 en la ciudad de Concepción, y siendo allí lo enterrado con hábito de franciscano, como él quería.





sábado, 23 de octubre de 2021

(1548) Muchos españoles preferían que Francisco de Villagra no fuera gobernador, por considerarlo demasiado vulnerable. El gran peligro y la brutalidad de los mapuches, hizo que Pedro de Villagra llevara a cabo una cruel masacre con ellos.

 

     (1138)  Después de presentar en Santiago la orden de la Audiencia de Lima, la llevaron a la ciudad de Valdivia, y sorprende la reacción de los vecinos: "Los vecinos que en ella estaban se alegraron  con su mandamiento, porque tenían a Villagra por hombre mohíno (triste), y al que le salían mal las cosas de guerra (al parecer, quizá por la mala racha, tenía fama de 'gafe'). Pero se estaban complicando aún más las cosas: "Al saber los indios en general que Valdivia había muerto y que los españoles abandonaron Concepción, se alzaron todos, y como eran tantos los que había en la zona de La Imperial,   Pedro de Villagra (que estaba allí al mando por encargo de su primo Francisco de Villagra) tuvo temor de que viniesen a ponerle cerco, aunque contaba con buenos soldados y caballos, pero todo sería nada si los indios quisieran pelear".

     La situación era de un riesgo enorme, y Pedro de Villagra no se anduvo con contemplaciones. Los españoles iban a ser tan crueles como los mapuches. En lugar de esperar su ataque, fue directamente a por ellos: "Pedro de Villagra,  para ponerles temor a los indios y darles a entender que estaba dispuesto a destruirlos, salió de la ciudad, fue quemándoles sus casas con la comida que tenían dentro, y a los indios que tomaban los alanceaban, sin perdonarle a ninguno la vida. En este tiempo tenían unos perros valientes cebados en indios, cosa de gran crueldad (solía ser muy mal visto por los mismos españoles), que los despedazaban fieramente, y les hizo la guerra más cruel que se había hecho. De esta manera desbarató algunos fuertes de los indios entrando en ellos, y, de tal manera los mataban, que, viendo su destrucción, huían sin saber dónde meterse ni qué hacer. Hubo unos que se metieron en una isla que había dentro de una laguna (donde tenía un repartimiento Pedro de Olmos de Aguilera, vecino de la Imperial) adonde les siguió Pedro de Villagra con muchos indios que llevaba por amigos y con perros, los cuales mataron tantos indios, que, con los que se ahogaron, pasaron de mil personas, como después se supo, y se diría que la pretensión era destruirlos a todos para quedar ellos seguros. Les hizo la guerra de esta manera durante el verano, y en invierno, retirado a la ciudad, salía con cuadrillas y les hacía el daño posible, andando fuera diez días más o menos cada vez, hasta que llegó el verano".

     Da la sensación de que las cifras de los cronistas suelen ser exageradas, pero, aunque se reduzcan, estremecen: "Los indios, como les habían quemado sus casas y las provisiones que tenían, y ellos solían andar en borracheras y banquetes, gastaron pronto lo que les había quedado, y cuando vino el tiempo de sembrar, no tuvieron con qué, y si algo les quedaba, no se arriesgaban a hacerlo por temor a que los sorprendieran mientras trabajaban la tierra. Se les juntó otro gran mal, pues, entrando la primavera, les entró en general una enfermedad de pestilencia que ellos llamaban chavalongo, que en nuestra lengua quiere decir dolor de cabeza. Cuando la sufrían, como se encontraban sin casas ni provisiones, murieron tantos millares, que quedó despoblada la mayor parte de la zona, y donde había un millón de indios, no quedaron más de seis mil". Se diría que la terrible muerte de Pedro de Valdivia fue una catástrofe para indios y españoles.

 

     (Imagen) Ya hemos visto que GASPAR DE ORENSE acabó ahogándose cerca de la costa andaluza cuando llegaba a España enviado por Francisco de Villagra para que intentara conseguirle la gobernación de Chile. Si lo escogió a él, era porque valía mucho, y sus andanzas anteriores dan prueba de ello. A pesar de su apellido, Gaspar había nacido en Burgos, hacia el año 1519. En Santiago de Chile, como a otros conquistadores (los chilenos respetan  y valoran sus hazañas), le han dedicado una importante calle, muy cerca de la Basílica de Lourdes (ver imagen). Gaspar, antes del año 1543, ya se encontraba en Perú, y estaba al servicio de Gonzalo Pizarro, el cual había vuelto de su desastrosa campaña en zona amazónica, y, se enteró traumáticamente de que habían asesinado a su hermano Francisco Pizarro. Entonces tomó, momentáneamente, por consejo de Vaca de Castro, la sensata decisión de abandonar la milicia y vivir tranquilamente de sus ricas encomiendas de indios y explotando minas de oro y plata. En ese  tiempo, Gaspar de Orense tuvo la suerte de marchar a Chile, librándose así de verse arrastrado por la trágica deriva de rebeldía a la que se entregó pronto Gonzalo Pizarro, quien, además, le había dado cartas de recomendación para que lo recibiera bien Pedro de Valdivia. Tras darle un cargo de confianza, estuvieron juntos luchando contra los mapuches, y Gaspar lo hizo de forma notable. A finales de 1547, Valdivia volvió a Perú, donde consiguió de Pedro de la Gasca que lo nombrar gobernador de Chile. Al partir, había dejado en su puesto a Francisco de Villagra, quien pronto sintonizó con Gaspar, y le confió la delicada misión de apresar a Pedro Sancho de la Hoz. Tras entregárselo Gaspar, de inmediato Villagra ejecutó al detenido por amotinarse, cosa  que no se había atrevido a hacerle nunca Valdivia, a pesar de que ocurrió con frecuencia. A su vuelta de Perú, Valdivia, que siempre había apreciado a Gaspar, se distanció de él, e incluso lo obligó a permutar una encomienda de indios con otra de peor calidad. Muerto Valdivia a finales de 1553, se estrechó el lazo entre Villagra y GASPAR DE ORENSE, y fue el año 1554 cuando le confió la delicada misión de ir a la Corte de España llevando pruebas de sus méritos, para convencer al Rey de que lo nombrara gobernador. Ya sabemos que Gaspar murió ahogado en enero de 1555 muy cerca de la costa española, que los papeles fueron recogidos en la playa, y que acabaron en manos del clérigo AGUSTÍN DE CISNEROS, de quien veremos en la siguiente imagen la gran importancia que tuvo en las Indias.








viernes, 22 de octubre de 2021

(1547) Los oidores de la Audiencia de Lima, de momento, no reconocieron como gobernador de Chile a Villagra ni a Aguirre, los cuales, quizá marcados por los horrores de las guerras civiles de Perú, acataron lo dispuesto, pero el cronista cuenta una curiosa anécdota.

 

     (1137) Francisco de Villagra seguía maniobrando para ganarse voluntades mientras permanecía a la espera de lo que decidiesen en Perú sobre el nombramiento del gobernador de Chile:  "Usando de una precaución diabólica, según la cual, como la debía de tener ya pensada anteriormente, manifestó que los repartimientos de indios que daba y había dado no tenían carácter de definitivos, con el fin de que la persona que, en nombre del rey, fuese gobernador de Chile pudiese repartirlos como le pareciese (quizá lo hiciera con la intención de que los favorecidos desearan que él fuera el nombrado), aunque después se arrepintió, porque don García de Mendoza, al llegar como gobernador a Chile, basándose en lo que había dicho Villagra, dio los repartimientos como quiso. Y, para más sujetar las voluntades de los que consigo había de llevar en la salida de ataque a los indios, Villagra abrió la caja del Rey y sacó de ella dieciséis mil pesos, y los repartió entre los soldados que más necesidad tenían (lo cual parece una clara ilegalidad)".

     Y se pusieron en marcha: "Por el mes de enero del año 1555, salió de la ciudad de Santiago con ciento sesenta hombres camino de La Imperial, con gran cuidado, porque el territorio estaba lleno de indios alzados. No supieron si estaba poblada la ciudad hasta que entraron por sus puertas, y fue grande la alegría de los vecinos cuando los vieron llegar a la plaza. Luego se lo comunicaron a la ciudad de Valdivia, y envió Villagra como teniente suyo al licenciado Altamirano (otra prueba de amistad entre los dos), con algunos soldados a los que había dado repartimientos de indios en ella. Después de haber agradecido a Pedro de Villagra (era su primo y su teniente en la ciudad) el trabajo que había tenido, y disfrutado con juegos de cañas, cosa que a ninguno pareció bien, salió con cien hombres, se fue adonde había quedado abandonada la ciudad de Angol, haciendo de camino la guerra a los indos y quitándoles las sementeras hasta que llegó el otoño. Como esperaba impaciente noticias del Perú sobre el nombramiento del gobernador, envió a seis soldados a la ciudad de Santiago para que le informasen al respecto. Como volvieron sin ninguna novedad, partió hacia Santiago con sesenta soldados de su confianza".

     Pero no necesitó andar mucho para enterarse de que lo decidido en Lima era sorprendente: "Llegado a mitad de camino, supo que el mensajero que había enviado a Lima (Arnao Segarra) había regresado, y que los señores de la Audiencia de Lima mandaban, porque ansí convenía para evitar pasiones entre sus vasallos, que Villagra y Aguirre  licenciasen de inmediato a la gente que tenían y se fuesen a sus casas, de manera que dejaban sin efecto los nombramientos hechos por los cabildos y por su gobernador, Pedro de Valdivia, y, en consecuencia, ordenaban que fueran los alcaldes ordinarios quienes, cada uno en su jurisdicción, administrasen justicia. Cuando lo supo Villagra, mandó quitar su estandarte, y, a los que iban con él, les dijo que él tenía que obedecer lo que su rey mandaba, por lo que les rogaba que cada uno se fuera adonde quisiese. Él se quedó con sus criados, y siguió con ellos hacia Santiago. Francisco de Aguirre, cuando conoció la provisión, la obedeció e hizo lo mismo que Villagra". Habrá luego más complicaciones, pero, de momento, actuaron los dos de forma civilizada.

 

     (Imagen) La decisión de la Audiencia de Lima era tajante: cerraron el paso a los dos que pretendían el cargo de gobernador de Chile, Francisco de Villagra y Francisco de Aguirre. Pero no tenía sentido dejar sin cabeza temporalmente la administración del país cuando los peligrosísimos mapuches seguían llenos de odio y con ansia de destruir a los españoles. Además, se sentían invencibles después de haber logrado el gran triunfo de derrotar y matar a Pedro de Valdivia, lo que trajo de paso la desmoralización de los soldados españoles porque continuaban fracasando frente a los nativos, hasta el punto de tener que abandonar varias ciudades. Ambos candidatos obedecieron. Quizá el desastre de las guerras civiles de Perú dejara a los españoles inmunizados frente a la tentación de rebelarse contra la Corona, teniendo también en cuenta que todos los cabecillas acabaron ejecutados. El cronista Marmolejo añade una anécdota que se refiere a cómo llegó a ser el maniobrero Francisco de Villagra gobernador de Chile, años después, gracias a una gestión que había realizado poco antes de que ocurriera lo que ahora estamos viendo: "Antes de que estas cosas sucedieran, hizo Francisco de Villagra una diligencia por la cual vino después a ser gobernador. Y fue que hizo a su manera una probanza de sus méritos, con la cual y con cartas favorables de los cabildos en las que solicitaban que fuese gobernador, le envió a España a un hidalgo llamado Gaspar de Orense, natural de Burgos, para que lo negociase con el rey don Felipe, y, como compensación por su trabajo, le dio seis mil pesos de oro (unos dieciocho kilos). Con este encargo, navegó hacia España, y, saliéndole mal el viaje, se ahogó cerca de Arenas Gordas, que está junto a Sanlúcar. Algunas cartas las llevó el mar a tierra. Como la pérdida fue grande, y la armada llevaba gran cantidad de plata y oro, acudieron allí algunos mercaderes, y, entre otras muchas cartas que llegaron a tierra mojadas, hallaron aquellas. Las cuales terminaron en manos de un pariente de Villagra, hermano de su mujer, clérigo de misa, llamado licenciado Agustín de Cisneros, el cual pidió favores a algunos hombres importantes, y fue a negociar la gobernación con Su Majestad, que estaba en Inglaterra. De esta manera, abrió el camino para que, cuatro años más tarde, el Rey se la concediera, y, de esa forma, llegó a ser gobernador, como más adelante diremos".




 

miércoles, 20 de octubre de 2021

(1545) Disputa por el poder. Valdivia había designado como sucesor suyo a Francisco de Aguirre, pero Francisco de Villagra, absurdamente y con amenazas, alegaba que, en otro testamento que se perdió, le daba a él la gobernación.

 

     (1135) A pesar de la crítica situación en que se encontraban los españoles contra los mapuches, a pesar de haber tenido que abandonar la ciudad de Concepción, a pesar de la humillante bronca que le echó la brava Mencía de los Nidos en medio de la plaza pública y a pesar de que los vecinos de Santiago lo recibieron con mala cara, Francisco de Villagra solo tenía una obsesión, la de alcanzar el poder: "Después de haber llegado Villagra a la ciudad de Santiago (la más importante de Chile), juntó a los del cabildo y les pidió lo reconociesen como gobernador, pues ya lo habían hecho las demás ciudades. Le respondieron que Pedro de Valdivia había nombrado a Francisco de Aguirre por su sucesor y no a él, y que por ese motivo, no había lugar a que fuera reconocido".

     A partir de ese momento, vamos a ver lo que tantas veces vimos en los conflictos de mando entre los conquistadores más poderosos, con tiras y aflojas que terminaban siempre por la vía de la fuerza. Ahora Villagra va a mencionar una prueba de sus derechos 'que no la tenía a mano': "Les respondió, con algunos hombres principales que lo apoyaban, que Pedro de Valdivia, después de haber hecho el testamento en el que nombraba a Francisco de Aguirre, hizo otro en el que lo anulaba, y que de ello daría fe su secretario Cárdenas, que era el escribano ante quien se hizo, en el cual nombraba a Francisco de Villagra gobernador del reino, pero que este testamento lo llevaba consigo Valdivia en un cofre pequeño, en donde tenía sus escrituras".

     Alegaba, pues, que desapareció cuando los mapuches masacraron a Valdivia, y habría que fiarse de lo que dijera el secretario de Villagra. No faltaron otros que lo apoyaron con un argumento peregrino: "Algunos hombres de ropa larga (¿letrados?) decían que, aunque el nombrado fuese Aguirre, no había lugar a cumplirlo, por cuanto estaba fuera del reino y Villagra reconocido en la mayor parte de él. Anduvieron en estas pláticas algunos días, hasta que los vecinos le pidieron  a Villagra el parecer de letrados, y, para determinarlo, se juntaron el licenciado de las Peñas, natural de Salamanca, y el licenciado Altamirano, natural de Huete. Estando Villagra en cabildo tratando de su nombramiento, acudieron armados sus amigos a la puerta del ayuntamiento con palabras bravas y amenazas que hacían. Temerosos por la situación, los vecinos reconocieron a Villagra como gobernador, pero contra su voluntad y por ser hombre poderoso".

     Pero, como era de esperar, aquello no zanjaba el asunto. Había otro gallo en el corral: "En este tiempo, Francisco de Aguirre, al tener noticia de la muerte de Valdivia, partió de Los Juríes (la zona argentina donde había fundado Santiago del Estero), y, en llegando a La Serena, envió aviso a los del cabildo de Santiago de que, pues él era legítimo sucesor en el gobierno por nombramiento de Valdivia, lo reconociesen como tal, con título de señoría. Villagra, para que no se metiese en Santiago, envió a quince soldados  que impidiesen la llegada de cartas de Aguirre, y le comunicaran si alguno de sus soldados estaba ya con él en la ciudad de La Serena".

 

     (Imagen) Hemos visto que las autoridades de la ciudad de Santiago, sin saber a quién reconocer, entre Aguirre y Villagra, como legítimo gobernador, buscaron la opinión de dos licenciados, Peñas y Altamirano. Luego resultará que el usurero Peñas exigió pago previo a su dictamen, y aceptaron sus exigencias. Pero el otro, JUAN GUTIÉRREZ DE ALTAMIRANO, se limitó a decir que lo haría por el bien de todos, porque el conflicto era muy peligroso. Con razón comentará  más tarde el cronista Marmolejo que Altamirano era un hombre ejemplar en todo. Además de ser una persona admirable, lo demostró en cargos muy variados. A veces se le confunde con otro de idéntico nombre y brillante biografía (fue gobernador en Cuba), también licenciado, nacido en Medellín (Badajoz) y primo de Hernán Cortés. El 'nuestro', que vino al mundo, de familia noble, en Huete (Cuenca), hacia el año 1520, tuvo que llegar muy joven a las Indias, y con valía demostrada, porque el trágico virrey Blasco Núñez Vela, en 1544, le dio el cargo de maestre de campo. Unos años después estuvo al servicio del gran Pedro de la Gasca, luchando y venciendo a Gonzalo Pizarro. Además de conquistador, fue, como letrado, oidor de Audiencia, y, desde que llegó en torno al año 1550 a Chile, corregidor y protagonista en la fundación de varias ciudades. Es posible que lo trajera Valdivia de Perú cuando consiguió de Pedro de la Gasca que lo nombrara gobernador de Chile. Los dos asistieron juntos a la fundación de la ciudad de Concepción, y luego Juan Gutiérrez Altamirano vivió en La Serena con el cargo de teniente de gobernador. Poco después de que mataran salvajemente los mapuches a Pedro de Valdivia, el día de Navidad del año 1553, se produjeron los terribles ataques de los indios, y, como acabamos de ver, Francisco de Villagra, que actuaba ya como gobernador interino, decidió, con la enérgica protesta de Mencía de los Nidos, que todos los vecinos de Concepción, en su mayoría aterrorizados por la amenaza india, abandonaran la ciudad y fueran a la de Santiago. Dio la casualidad de que JUAN GUTIÉRREZ ALTAMIRANO, había  ido a defender Concepción, y, al encontrarla abandonada y arrasada, fue a Santiago, donde le vemos ahora en medio del conflicto entre Francisco de Villagra y Francisco de Aguirre. A él le quedará una larga e intensa vida por delante (murió el año 1592 en un ataque indio a la ciudad de Valdivia), pero ahora nos resta por saber qué deriva toma la pelea de los dos gallitos.




lunes, 18 de octubre de 2021

(1544) Salieron tan derrotados los españoles, que, tras sobrevivir la mitad de ellos, al llegar a Concepción, decidieron abandonar la ciudad con la conformidad de Francisco de Villagra. ¡Qué gran mujer Mencía de los Nidos!

 

     (1134) Según el cronista, luego se le echaba la culpa a Villagra de tanta muerte de españoles, ya que no le importó que la huida fuera en desbandada, sin poderse ayudar unos a otros. Sin embargo, él lo  justificaba porque, según su criterio, lo prioritario era llegar pronto al río que habían de pasar, porque, así, no morirían todos. Tuvieron, además, la fortuna de que los indios habían dejado sin quemar cuatro barcas: "Comenzaron a pasar dándose tan buena maña, que, cuando amaneció, ya estaban en la otra parte del río. Aquel día llegó Villagra a la ciudad de Concepción con ochenta hombres tan maltratados, que todos les tenían lástima. Después se dirigió a los vecinos diciéndoles que era imposible vencer a aquellos indios que estaban tan enardecidos, pero que, no obstante, él daría la cara, y les pedía que se preparasen para defender la ciudad, porque era de suponer que los enemigos habían de venir a atacarla".

     Pero la tiste realidad era otra cosa, y a Villagra empezó a afectarle la gravedad de la situación: "Viendo que los de la ciudad eran hombres mal armados, Villagra, que debía solucionarlo todo, lo hacía con tanta tibieza, que se entendía que tuviera pláticas con su maestre de campo, Gabriel de Villagra (que era su teniente en Concepción), y se supo de qué hablaban. Además, se enteraron de que en Santiago no le habían querido recibir a Villagra como gobernador, sino que llamaron a Francisco de Aguirre. Pareció también que había salido de la casa de Villagra una noticia falsa, según la cual, muchos escuadrones de indios pasaban el río de Biobío. Luego se extendió por el pueblo, y los hombres, desanimados, decían que, por conservar sus vidas, todo se había de posponer, y que, si se perdiese lo que tenían, eso no era nada en comparación de lo que se ganaba desamparando la ciudad para irse a Santiago. A pesar de que los que eran hombres discretos entendían que todo aquello debía decidirlo el capitán que allí mandaba, pareciéndoles que, aunque quisiesen, no les harían caso, se conformaban con los demás, y veían que Villagra no hacía diligencia alguna".

     Aunque es bastante confusa la narración del cronista, parece claro que Francisco de Villagra estaba tan desanimado, que, en el fondo, deseaba abandonar la ciudad por temor al ataque inminente de los mapuches, pero de manera que pareciese que él no había podido impedirlo: "Extendido el miedo por la ciudad, comenzaron algunos hombres y mujeres a irse hacia la ciudad de Santiago, unos tras otros. Sabido esto, Villagra, para que a él no le trajese perjuicio en algún tiempo, mandó al capitán Gabriel de Villagra que fuese al camino por donde iban, y ahorcase a todos los que se fuesen, el cual le contestó que eran muchos los que se iban, y que mandase lo que fuese servido. Villagra, con esta respuesta, juntó a los del cabildo, y les dijo que ya veían que los vecinos desamparaban la ciudad con los ánimos derribados, y que él tenía por cierto, por lo que había visto, que no podrían resistir en Concepción si los indios venían contra ellos. Y añadió que le parecía mejor, antes de que, sin orden, se fuese la gente una noche con riesgo de que sobreviniese algún caso adverso, marcharse ya todos juntos. Los del cabildo estuvieron de acuerdo con la voluntad que tenía, y enseguida se llevó a cabo, siendo  gran lástima ver a las mujeres a pie ir pasando los ríos descalzas".

 

     (Imagen) Ya le dediqué una imagen a Mencía de los Nidos, pero es ahora el cronista Alonso de Góngora Marmolejo quien nos la muestra en la escena que la hizo pasar a la Historia como la mujer que superó en valentía, a Francisco de Villagra y a todos los habitantes de la ciudad de Concepción, cuando decidieron abandonar la plaza por miedo al ataque de los mapuches: "Entre las mujeres de aquel lugar, hubo una tan valerosa, que, con ánimo más de hombre que de mujer, con un montante (espada larga) en las manos, se puso en la plaza de aquella ciudad diciéndoles a todos en general muchos oprobios y palabras de mucha valentía. Pero Francisco de Villagra no se interesó en ello, aunque en su presencia le había dicho: 'Señor general, ya que vuestra merced quiere nuestra destrucción sin tener respeto a lo mucho que perdemos todos, si este abandono de la ciudad es por algún provecho particular de vuestra merced, váyase en hora buena, que las mujeres sustentaremos nuestras casas, y no huiremos a las ajenas sin otra razón más que la de una noticia que se ha hecho circular por la ciudad, que debe de haber salido de algún hombrecillo cobarde. No permita vuestra merced que se nos haga a todos daño tan grande'. Villagra, como estaba deseando irse, no hizo caso a lo que dijo esta señora, llamada doña Mencía de los Nidos, natural de Extremadura, de un pueblo llamado Cáceres. Si esta matrona viviera en el tiempo en que Roma mandaba en el mundo, le habrían hecho un templo en el que fuera venerada para siempre. Los que iban huyendo por tierra, lo dejaron todo en sus casas para quien lo quisiere tomar, y en la casa de Pedro de Valdivia quedó la tapicería colgada, con gran cantidad de ropa y muchas mercaderías y herramientas, todo tan perdido, que ponía gran tristeza ver la destrucción que le llegó a aquella ciudad. Un vecino que se hallaba fuera, en su encomienda de indios, iba hacia la ciudad sin saber que estaba despoblada, y desde un alto vio que los indios andaban robando y saqueando lo que hallaban, y quemando las casas. Visto su daño, fue en dirección de Santiago, por el camino  que llevaba Villagra. El cual despobló aquella ciudad que cuatro años antes, en 1550, la había fundado Pedro de Valdivia con mucho trabajo. Francisco de Villagra fue recibido en Santiago con gran descontento del pueblo".




domingo, 17 de octubre de 2021

(1543) Fue tal la derrota de los desmoralizados españoles, que murieron ochenta y seis. En las disputas por la gobernación de Chile, Cristóbal de Quiñones apoyó a Francisco de Villagra.

 

     (1133) Se diría que el cronista Marmolejo, veterano conquistador, siente vergüenza por la poco airosa huida (cada uno solo pensaba en salvarse) de los españoles ante la sangrienta persecución de los araucanos, ya que, como contraste, saca a relucir la hazaña que, antes de la desbandada general, protagonizó un soldado: "En aquella retirada, no había amigo que favoreciese a otro. Y, por no dejar sin gloria a quien lo merece, diré lo que acaeció a un soldado llamado Diego Cano, natural de Málaga. Cuando estaba Villagra peleando en la cuesta antes de ser desbaratados, andaba un indio tan desvergonzado y tan valiente, que, con su ánimo y determinación, causaba en los suyos acrecentamiento de ánimo. Villagra, no pudiendo sufrir verlo, llamó a este soldado Diego Cano y le dijo que alanceara a aquel indio. Diego Cano le respondió: 'Señor general, vuesa merced me manda que pierda mi vida entre estos indios, pero por la profesión que he hecho de buen soldado, me aventuraré a perderla'. Puestos los ojos en el indio que andaba animando a los suyos, lo vio un poco apartado de su escuadrón, y, demostrando sobre su caballo que era un valiente soldado, fue a atacarlo. El indio se vio tan sorprendido y turbado, que ni se dispuso a pelear ni a retirarse, dando la sensación de querer huir. Diego Cano llegó hasta él, que iba ya hacia los suyos, que venían en su ayuda, y Diego Cano, en medio de todos ellos, que lo defendían con muchas lanzas, le dio una lanzada que le atravesó todo el cuerpo. Aunque Diego Cano resultó herido,  no murió porque llevaba el cuerpo bien protegido".

     Tras contar la anécdota (ocurrida poco antes de la derrota), el cronista Marmolejo continúa hablando de la patética retirada de los españoles: "Pues volviendo a Villagra, diré que llevaba a su lado veinte hombres, y, viendo la desvergüenza que mostraban unos treinta indios que los iban siguiendo por tierra llana, les mandó a los suyos que se volvieran para alancearlos. Ninguno se atrevió a volver el rostro hacia ellos, porque llevaban los caballos tan cansados, que solo servían para andar, y poco a poco. Pero iba entre estos caballeros un soldado portugués, natural de la isla de Madeira, con una yegua ligera, el cual se revolvió contra los indios, y, con determinación de un valiente hombre, lanceó a dos de ellos, y los demás no se atrevieron a seguir adelante. Gracias a este lance y a la buena suerte que tuvo este soldado, escaparon de la muerte algunos de los españoles que allí iban desanimados. Poco más adelante, hallaron indios al paso de un puente, y mataron al capitán Maldonado sin que ningún amigo suyo lo socorriese, pudiéndolo hacer, no siendo más de diez los indios que lo guardaban, pero actuaron como gente vencida que solo se ocupa de salvar su propia vida. En aquella derrota, murieron ochenta y seis soldados, y, entre ellos, gente principal que habían ayudado a ganar y poblar todo el reino de Chile, muchos de los cuales eran hidalgos conocidos, como el capitán Sancino, Hernando de Alvarado, Mogrovejo, Alonso de Zamora, Alvar Martínez, Diego de Vega, el capitán Maldonado, Francisco Garcés y otros que dejo de mencionar por no ser prolijo".

 

     (Imagen) La muerte de Pedro de Valdivia fue un terremoto para los españoles de Chile. En medio de un vacío inmenso, la amenaza de los implacables mapuches creció de repente. Hubo que tomar decisiones precipitadas, que trajeron enfrentamientos entre los candidatos al puesto. Francisco de Villagra, por ser el primero que se enteró del trágico final de Valdivia, jugó con ventaja, y, en algunas ciudades lo admitieron como 'heredero'. Pero su gran rival, Francisco de Aguirre, no se iba a conformar. La primera 'mano' de la partida la ganó Villagra en la ciudad de Valdivia. Quien lo reconoció como gobernador (provisional) fue el que más mandaba allí, CRISTÓBAL DE QUIÑONES, y los vecinos lo aceptaron. Aunque Cristóbal fue importante en las Indias, hay pocos datos sobre él, pero interesantes. Era un multiusos: conquistador, escribano en Potosí, jurista y hasta, como dice Marmolejo, hombre de negocios. Cristóbal de Quiñones nació en León. Luego veremos que tuvo que ser, como más tarde, hacia el año 1510. Solo se habla de él en relación a sus andanzas por Chile, donde, entre otras cosas, parece seguro que acompañaba a Pedro de Valdivia cuando fundó la ciudad a la que le puso su mismo nombre. Hay en los archivos de PARES un documento muy poco conocido (el de la imagen) que revela una historia curiosa. Es del año 1541, y en él se ve que  María Arias, mujer de Santos de Saavedra, presentaba una querella en el Consejo de Indias contra Juan de San Martín, Juan de Céspedes, CRISTÓBAL DE QUIÑONES y otras personas acusándolos de la muerte de su marido. La cosa suena fuerte, pero, por pura casualidad, he visto una referencia a lo que ocurrió. Fue lo siguiente: García de Lerma, Gobernador de Santa Marta (en Colombia), había organizado en 1531 una expedición para impedir la deserción de sus soldados, deseosos de irse a Perú. Nombró teniente suyo al clérigo Viana, maestre de campo a Cristóbal Quiñones, caudillos de la tropa a los capitanes San Martín y Céspedes, y, a Santos de Saavedra, jefe de la cuadrilla de azadoneros. A los ocho días murió el clérigo, el cual expresó en el testamento su voluntad de que asumieran su cargo San Martín y Céspedes. Pero Santos de Saavedra, que tenía la misma ambición, intentó amotinar a la gente. San Martín y Céspedes lo sometieron a juicio, Quiñones lo condenó a muerte, y fue ejecutado. Es de suponer que la viuda no conseguiría su propósito, ya que parece bastante claro que el desarrollo de los hechos estuvo ajustado a las leyes militares.




sábado, 16 de octubre de 2021

(1542) La moral de los mapuches estaba muy alta y su valentía era suicida. Eso y la terquedad de Villagra frente a los consejos de su maestre de campo, ALONSO DE REINOSO, les costó a los españoles una humillante derrota.

 

     (1132) A pesar de la incertidumbre sobre si Francisco de Villagra contaría con el reconocimiento general como gobernador, él siguió centrado en organizar el enfrentamiento contra los envalentonados araucanos: "Nombró como maestre de campo al capitán Alonso de Reinoso, que lo había sido en su compañía cuando partió del Perú, hasta que entró en Chile, hombre de grande práctica de guerra por ser muy antiguo en las Indias y haber tenido siempre cargos. Llegado al río de Biobío, lo  atravesó con sus hombres, y llegó a un valle que se llama Andalicán (iban a castigar a los indios). Allí salió el maestre de campo a cortarles las sementeras y arrancarles los maíces, destruyéndoles todo lo sembrado. Después fueron a otro valle que se llama Chivilinguo, e hicieron lo mismo. Los indios tampoco estaban descuidados, pues daban por cierto que la muerte de Valdivia la habían de querer vengar los españoles. Sabiendo los indios que pasarían por el valle de Arauco, los caciques decidieron juntarse, nombraron capitanes, y, como principal de todos, al señor de Arauco, llamado Peteguelen, y acordaron  esperar a Villagra en una cuesta grande del valle".

     La armonía entre  Villagra y Reinoso  se va a romper por no estar de acuerdo en la estrategia: "Como Villagra, tras haber cortado las sementeras de los indios en este valle, no batalló con ellos, aunque lo sabía hacer, y a pesar de habérselo aconsejado su maestro de campo, después nunca se llevaron bien. Lo que Villagra quería era ir hasta el valle de Arauco,  pues le parecía mala señal no haber visto indios, y dijo que no había necesidad de atacar antes. El día siguiente al de su llegada a Arauco, tomó el maestre de campo la vanguardia cuesta arriba. Llegó al llano donde se encontraban los indios, los cuales dieron una gran grita. Reinoso asentó la artillería, y los cristianos que a caballo estaban fueron contra los indios y los echaron por una ladera abajo. Entonces Villagra, animando a su gente, llegó con ciento  sesenta que pelearon con gran determinación. Ocurrió que, mientras iniciaba otro ataque Villagra, uno de sus soldados, llamado Cardeñoso, queriendo en público mostrar su valentía, se arrojó solo contra un escuadrón de muchos indios. Mientras peleaba, lo derribaron del caballo, y en presencia de todos, lo hicieron pedazos sin que pudieran socorrerlo. Fue cosa admirable cómo quiso este hombre acometer una hazaña  tan grande. Y, ciertamente, es de creer que si todos tuvieran su ánimo habrían conseguido la victoria".

     Con la última frase, Marmolejo nos ha anticipado el desastre de los españoles: "Para esta batalla hicieron los indios una invención de guerra diabólica. En unas varas largas como una lanza, ataban un lazo que estaba abierto, y, echándoselo por la cabeza a los que iban a caballo, los sacaban de la silla, daban con ellos en tierra y los mataban a lanzadas y golpes de porras que traían. Y así, en una arremetida que hizo Villagra, lo sacó un indio del caballo, y, si no fuera rápidamente socorrido, lo habrían matado. Algunos indios tomaron su caballo y se lo llevaban, pero cargaron tantos soldados sobre ellos, que se lo quitaron y volvió a subir en él".

 

     (Imagen) Los temibles araucanos (también llamados mapuches), que estaban poniendo en peligro todo lo conquistado por los españoles en Chile, les hicieron sufrir una humillante derrota. Era el año 1554, poco después de que mataran 'refinadamente' al gran Pedro de Valdivia: "Francisco de Villagra, viendo que la situación era muy apurada, entró en consejo de guerra para decidir qué se podría hacer para no perderse. Estando él en esta plática con algunos hombres principales, los indios se sentaron y descansaron comiendo de lo que allí les traían sus mujeres. Habiendo descansado un poco, posponiendo todo temor, atacaron tan determinadamente a los cristianos, que les obligaron a volver las espaldas. A unos doce soldados de a pie, que no tenían el amparo de los de a caballo, los hicieron pedazos. Los indios les tomaron a los españoles la artillería, y los persiguieron hasta otra cuesta, donde se encontraron con un gran escuadrón de nativos bien armados, que los esperaban en gran manera animosos. Como los españoles iban desbaratados y el camino de huida era muy estrecho, al bajar por allí, se apretaron de tal manera que, por pasar unos delante de otros, se estorbaban temiendo a los indios que alanceaban y mataban. Viéndose morir sin poder pelear, y como los apretaban tanto,  fueron por la ladera abajo para llegar a lo llano por aquel camino de peñas, malo para descender a pie, y peor a caballo. Por allí iban despeñándose los caballos, con gran lástima para los que veían cómo llegaban abajo ellos por una parte y sus amos por otra. Como alcanzaban el pie de la cuesta aturdidos, se dejaban matar por los indios con grandísima crueldad, habiendo sido mejor morir peleando, pues habrían tenido alguna posibilidad de salvarse, pero no huyendo entre gente tan cruel, que a ninguno dejaron vivo. De los demás españoles, cada uno huyó por donde pudo, camino de la ciudad de Concepción, sin tener en cuenta a su capitán (Villagra) ni su capitán a ellos, pues así de medrosos iban. Y fue su pesadumbre tanta, que la fortuna parecía perjudicar a Francisco de Villagra y ser favorecedora de los indios, pues, por dondequiera que iban los españoles, hallaban cerrados los caminos con madera y los indios preparados para el ataque.  En aquellos pasos, mataron a muchos cristianos, y hubo otros que, por habérseles cansado los caballos, murieron a manos de los enemigos que los iban siguiendo.




viernes, 15 de octubre de 2021

(1541) La muerte atroz del gran líder Pedro de Valdivia llenó de orgullo y osadía a los mapuches, mientras los españoles, desconcertados por tan duro golpe, no se ponían de acuerdo para escoger un sustituto entre tres candidatos.

 

     (1131) Muerto Pedro de Valdivia, era necesario tomar su puesto para mantener la disciplina militar de los españoles frente a los temibles araucanos: "Luego que Pedro de Villagra tuvo por cierta la muerte de Valdivia, envió un hombre a caballo para que diese aviso a las autoridades de la ciudad de Valdivia del suceso, y avisasen a Francisco de Villagra para que, como principal persona, viniese a poner el remedio que convenía. Con esta noticia salió de La Imperial Gaspar Viera, y, cuando llegó, despachó a otro mensajero que fuese en busca de Villagra y le avisase de todo. Lo encontró visitando, con cuarenta soldados, la comarca de la ciudad  a la que después don García le puso por nombre Osorno, para poblar en la parte que les pareciese un pueblo. Luego Villagra les dijo  a sus hombres que Valdivia había muerto, y de qué manera, así como que lo llamaban desde La Imperial para que tomase a su cargo la defensa del reino. Después Francisco de Villagra partió para la ciudad de Valdivia, por el mes de febrero del año 1554. Allí fue recibido con gran amor de todos, que era en aquel tiempo muy querido en general, por buenas palabras y honra, y era amigo de personas nobles.  Con estas virtudes, atraía los hombres, aunque después, cuando fue nombrado gobernador por el Rey, mudó de costumbres y condición. Luego, Cristóbal de Quiñones, que había sido escribano en Potosí y al presente era justicia en Valdivia,  y hombre de negocios, ordenó que fuese nombrado justicia mayor y capitán general, hasta que Su Majestad otra cosa proveyere, y esto, condicionado a que Valdivia hubiese muerto".

     Como era de esperar, la muerte de Valdivia envalentonó a los indios: "Francisco de Villagra dejó  sesenta soldados en la ciudad, y, llevando consigo ochenta, partió luego hacia La Imperial, donde fue recibido con alegría increíble. Tenía allí Villagra sus casas y el repartimiento de indios, los cuales, que eran más de quinientos, le sacaban oro. Sus indios, en cuanto supieron que Valdivia había muerto, se rebelaron, y, de los almocafres (una especie de azadilla puntiaguda) con que sacaban el oro, prepararon hierros de lanzas, haciendo lo mismo todos los indios de la zona. Sin embargo Villagra no se desanimó, pues le parecía que, castigando a los que habían matado a Valdivia, todo lo demás se calmaría en breve. Enseguida, Francisco de Villagra  dejó en La Imperial como teniente  de la ciudad a Pedro de Villagra, pariente suyo, dejó contentos a los vecinos, y partió con presteza a la ciudad de Concepción. Según caminaba, no halló repartimiento alguno que le saliese a servir, pues todos los indios se habían alzado. Llegado a Concepción, halló el pueblo muy triste y con mucho temor, aunque se alegraron con su llegada, y lo recibieron como su capitán general. Comenzó entonces a preparar todo lo que convenía para salir a castigar la muerte de Valdivia. Halló que tenía doscientos  treinta hombres, todos de guerra, de cuales sacó ciento setenta, dejándoles al capitán Gabriel de Villagra, pariente suyo, como su teniente y capitán para lo que fuese necesario". (Gabriel, hijo de un Caballero de Santiago, peleó, antes de ir a Chile, en las guerras civiles de Perú, y era tío de Francisco de Villagra).

 

     (Imagen) La ambición de poder suele ser imparable, incluso en situaciones casi abocadas a la catástrofe, como ocurrió en Chile al morir Valdivia. Entonces surgió de inmediato un grave conflicto entre varios aspirantes al puesto de gobernador. Quien dio el primer paso fue Francisco de Villagra, y pronto obtuvo la conformidad de varias ciudades. Pero tropezó con la más importante, la capital de Chile: "Villagra envió a Santiago testimonios de que había sido aceptado en varias ciudades como justicia mayor (y gobernador provisional), para que, de la misma manera, también ellos lo reconociesen. El cabildo y vecinos no lo quisieron hacer, porque Valdivia había nombrado para el cargo en su testamento a Francisco de Aguirre mientras Su Majestad no proveyese otra cosa". En realidad, el nombrado en primer lugar por Valdivia era el carismático Jerónimo de Alderete, pero entonces se encontraba en España, y, aunque después le dieron el título de gobernador, de nada le sirvió, como ya vimos, porque, en el viaje de vuelta, murió enfermo en Panamá tras sufrir un naufragio. Resultaba evidente que quien, en esas circunstancias, tenía los derechos era Aguirre, pero las autoridades de Santiago adoptaron una decisión salomónica: le dieron el cargo de manera solamente provisional, el 11 de enero de 1554, a Rodrigo de Quiroga, "para evitar escándalos y alborotos que se suelen ofrecer en semejantes tiempos en estas partes de las Indias". Sin embargo, los otros dos pretendientes no renunciaban a sus aspiraciones. Villagra había conseguido que varias ciudades le dieran la razón, y, por su parte, Francisco de Aguirre la obtuvo sin dificultad en Santiago del Estero, población que él había fundado, pero lo verdaderamente importante para ambos era ser reconocidos en Santiago, la capital de Chile, donde los  vecinos temían que pudieran ser ser forzados por la armas. La tensa situación hizo que Rodrigo de Quiroga abandonara su puesto. Las autoridades de Santiago buscaron, inútilmente, soluciones diplomáticas, o que terciaran algunos letrados. En la Corte Española se conocía la situación, y le confiaron el asunto  al nuevo virrey de Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete. Llegó a Lima el día 28 de junio de 1556, y lo zanjó de forma inapelable: nombró Gobernador de Chile a su hijo GARCÍA DE MENDOZA.




jueves, 14 de octubre de 2021

(1540) Con ingenio y valentía, los pocos soldados de Purén repelieron un ataque de los mapuches, muy crecidos por la muerte de Valdivia. Tiempo después, Juan Morán de la Cerda repitió la hazaña de Los Catorce de la Fama.

 

     (1130) Juan Gómez de Almagro, a pesar de su desamparada soledad, y estando herido, logró ponerse a salvo dirigiéndose hacia el fuerte de Purén, donde se habían refugiado los otros seis supervivientes de Los Catorce de la Fama: "Sus compañeros llegaron al fuerte dando noticias de su viaje y de dónde les habían matado a sus amigos, diciendo también que estaban seguros de que Valdivia había muerto. Les entró tanto temor a los de Purén, que habrían deseado abandonar aquel fuerte, aunque dejaron de hacerlo porque les pareció que sería cobardía irse sin conocer mejor la situación. Pero pronto lo supieron, pues, cuando se conoció por todas partes la muerte de Valdivia, los indios de la comarca tomaron las armas, seguros de que estaban muy temerosos los hombres del fuerte. Compelidos por la necesidad, ocho soldados que se hallaron en él, salieron a pelear, y, entre ellos, un arcabucero llamado Diego García, herrero de oficio y hombre valiente, el cual, en dos mantas de cuero hizo algunos agujeros, para tirar desde detrás con tres arcabuces que tenían. Y dio orden de que, con ellos por delante, seguidos por los de a caballo, fuesen a desbaratar a los indios. Con este ardid de guerra fueron a luchar contra ellos. Los indios les tiraban muchas flechas, pero  no se atrevían a acercarse, por no entender qué era aquello que detrás de los cueros veían venir. Los soldados, acercándose con los tres arcabuces que tenían, tiraban a bulto, y derribaban a muchos. Los indios, viendo que los mataban, y no teniendo ánimo para enfrentarse a los de las mantas, comenzaron a recular. Los de caballo, notando el temor que tenían, se echaron sobre ellos, alanceando algunos, los desbarataron y los dejaron ir sin seguirlos por no alejarse del fuerte".

     Los españoles habían resuelto la temible situación, pero sabían que era solo de momento: "Vueltos al fuerte de Purén, se dio orden de que marcharan al poblado de La Imperial los que habían llegado desbaratados, que solo eran seis (Juan Gómez de Almagro andaba aún escondido)  de los catorce que fueron al fuerte de Tucapel (Andrés Fernández de Córdoba, Gregorio de Castañeda, Martín de Peñalosa, Gonzalo Hernández, Juan Morán de la Cerda y Sebastián de Vergara), y estaban muy malheridos. Llegados a La Imperial, le contaron a Pedro de Villagra todo lo sucedido, el cual, como hombre de guerra, envió doce hombres a socorrer el fuerte de Purén. Los que iban, tenían por su capitán a don Pedro de Avendaño, hombre en gran manera belicoso y amigo de guerra. Dándose mucha prisa en caminar, topó en el camino con los que iban desde Purén, pues habían desamparado el fuerte, y quiso ir a comprobar si era verdad lo que decían de los muchos indios a los que habían matado y que había un alzamiento general. Llegado don Pedro al fuerte, vio muchos indios que estaban allí, todos con sus armas, los cuales se juntaron creyendo que pelearía. De esta ida resultó que Juan Gómez de Almagro no callera en manos de aquellos bárbaros". Es algo confusa la redacción, en parte también porque yo he cambiado los tiempos.  La última frase nos lo aclara todo. En su solitaria huida, Juan Gómez de Almagro reconoce la dirección que lleva al fuerte de Purén, y hacia allá va escondiéndose como puede. Lo que no sabe es que el fuerte ya estaba abandonado. Por entonces llega a Purén Pedro de Avendaño, y es cuando un soldado suyo recoge a Juan Gómez de Almagro, y lo salva llevándolo sobre las ancas de su caballo.

 

     (imagen) JUAN MORÁN DE LA CERDA, uno de los CATORCE DE LA FAMA (de quienes ya hablamos) tiene ese segundo curioso apellido que puede resultar incómodo. Y, sin embargo, sería para presumir, ya que es de linaje real, puesto que se debe a Fernando de la Cerda, hijo de Alfonso X el Sabio, al que se lo llamó así por venir al mundo con un pelo grueso en el pecho. Juan de Morán era natural de Guillena (Sevilla) y nacido en 1518. Consta que el año 1539 formó parte del séquito que acompañó a Jerónimo de Lebrón a la colombiana población de Santa Marta, para tomar posesión como gobernador interino por la muerte de Pedro Fernández de Lugo. El año 1548 llegó Juan de Morán a Chile con el capitán Esteban de Sosa. Estuvo presente en la fundación de Concepción y otras poblaciones, y más tarde residió en Villarrica, donde fue regidor, en La Imperial y, por último en Angol, siendo allí capitán y regidor, lugar en el que se le pierde el rastro el año 1580. Anteriormente, en 1564, habiendo derrotado el cacique Olvera al gran capitán Juan Ortiz de Zárate, protagonizó Juan Morán un hecho similar al que lo convirtió en uno de Los Catorce de la Fama. Lo narra otro cronista conquistador, Pedro Mariño de Lobera (1528/1594): "El maestre de campo Bernal lo lamentó mucho, y, para restaurar parte del daño, envió al famosísimo capitán Juan Morán, que fue uno de Los Catorce de la Fama, con trece hombres, siendo así catorce, ya que con este número era tan afortunado. Salió luego con ellos, y, llegando a Unquelemo, dio sobre el capitán del territorio, que estaba descuidado, con gran borrachera y regocijo, e hizo grave estrago en muchos de los suyos. Entonces tuvo noticia de que el cacique Olvera avanzaba para atacar la ciudad de Los Infantes (luego llamada Angol), destruyendo todo lo que topaba por el camino, con no poco detrimento de los indios de paz de la comarca. Fue a su encuentro el capitán Morán, y les dio alcance junto a la ciudad de Los Infantes, donde trabó con ellos batalla tan sangrienta, que duró gran parte del día. Finalmente, él salió con la victoria, dejando muertos muchísimos enemigos, y llevando presos no pocos. Volvió con sus trece hombres buenos y sanos, a los cuales les dijo, recordando la otra situación semejante: 'Si, como somos catorce, fuéramos doce, nos llamarían Los Doce de la Fama". Y no olvidemos que era tuerto, porque, como vimos anteriormente, luchando en el grupo de Los Catorce de la Fama le quedó un ojo colgando, se lo arrancó y siguió batallando.




miércoles, 13 de octubre de 2021

(1539) Al saber que Valdivia estaba en apuros, LOS CATORCE DE LA FAMA fueron a ayudarle. De camino se enteraron de que ya le habían matado a él y a sus hombres, y, al volver, tuvieron ellos siete bajas. El capitán Juan Gómez de Almagro fue un héroe.

 

     (1129) Pedro de Valdivia, antes de morir, había hecho algunas gestiones: "Llegada a la ciudad Imperial una carta que Valdivia le escribió a Pedro de Villagra, que era su teniente, para que le enviase veinte hombres, los preparó, y partieron con mucha presteza. Al entrar al fuerte de Purén, que está a doce leguas de La Imperial, hallaron a Martín de Ariza, que había llegado de Tucapel desanimado. Por él supieron cómo había quedado el fuerte que a su cargo tenía. Al enterare de que la  provincia de Tucapel estaba en rebeldía, hubo varios pareceres sobre si ir allá o no. Estuvieron dudando dos días, y, al final, como eran hombres tan valientes, determinaron partir en ayuda de Valdivia. Salieron del fuerte de Purén catorce de los veinte hombres, y caminaron hasta llegar a la vista del fuerte de Tucapel. Los indios,  que estaban al corriente de la muerte de Valdivia, los dejaban pasar, sabiendo que estaban perdidos, y, después de pasar, les cerraron el paso esperándoles para la vuelta. Yendo su camino, llegaron a un alto desde el cual vieron venir hacia ellos un escuadrón de indios, que, llegando cerca, les decían que habían matado a su gobernador. No dándoles crédito, porque muchas veces mienten, pasaron adelante peleando contra ellos. Poco tiempo después toparon con otro escuadrón que había tenido que ver con la muerte de Valdivia, y les dijeron lo mismo. Al ver que traían algunas lanzas de Castilla y ropa de cristianos, les dieron crédito. Entonces los españoles, todos agrupados, se retiraron por el camino que habían venido, y, llegando a Purén, encontraron el camino cerrado y los enemigos a la defensiva, viéndose obligados a pelear para pasar adelante o morir allí. Entonces les mataron a un soldado, al que se le vino la silla a la barriga del caballo por llevar la cincha floja. Poco después, pasado un puente, mataron a Pedro Niño, soldado de buena determinación, y a Pedro Cortés, hombre valiente y de grandes fuerzas, que de nada le sirvieron. Más adelante, derribaron de los caballos a otros tres soldados. Solo pudieron escapar siete de los catorce, uno de ellos tan mal tratado de heridas y golpes en la cabeza, que, llegado a la ciudad Imperial, perdió la vista de ambos ojos, y en pocos días murió. Era un caballero conocido, natural de Córdoba y llamado Andrés Hernández de Córdoba. Allí le acaeció a un soldado llamado Juan Morán de la Cerda, natural de Guillena, en la ribera del Guadalquivir, junto a Alcalá del Río, una cosa digna de escribirla, y fue que, andando peleando, le dio un indio una lanzada en un ojo que se lo sacó del casco y lo llevaba colgando sobre el rostro. Como le impedía pelear y recibía pesadumbre trayéndolo colgando, lo asió con su propia mano, lo arrancó y lo echó de sí. Luego hizo tan buenas cosas peleando, que los indios, cuando le veían venir, era tanto el miedo que le tenían, que, apartándose, le daban lugar para que pasase. Este soldado tan valiente escapó con un ojo menos. En este postrero enfrentamiento ya venía la noche, y, entre los soldados que allí derribaron, uno de ellos, natural de Almagro, llamado de su nombre Juan Gómez de Almagro, hombre de grandes fuerzas y buenas partes, a quien llevaban los catorce por su capitán, con la oscuridad de la noche que era vecina, se metió por un monte. Estando escondido, ya no oyó gritos entre los indios como antes, pues habían dejado la persecución para protegerse de la lluvia en unas casas que estaban en medio del camino". Con lo que acaba de decir el cronista, resulta evidente que está hablando de LOS CATORCE DE LA FAMA. Nos vendrá bien la imagen para precisar detalles al respecto.

 

     (Imagen) Ya vimos que LOS CATORCE DE LA FAMA fueron a socorrer a Valdivia, se enteraron de que había muerto y tuvieron que regresar, tan acosados por los indios, que solo sobrevivieron siete. El cronista habla de que su capitán, JUAN GÓMEZ DE ALMAGRO, tuvo que huir solo, pero no comenta que lo hizo por no entorpecer, herido y sin caballo, la escapada de sus hombres. Ahora nos cuenta cómo se salvó: "Juan Gómez de Almagro, viendo que los indios se habían retirado por la lluvia, salió de donde estaba escondido al camino, yendo por él sin espada, ni daga, ni arma alguna, pues todo lo había perdido peleando. Topó con un indio y le habló en su lengua, por lo que creyó que era indio también, pero Juan Gómez, pareciéndole que, habiéndole el indio conocido, daría aviso a los de guerra, que estaban cerca, y viéndole un cuchillo que en una mano llevaba, arremetió con él, quitándoselo, y lo mató. Yendo adelante, reconoció que estaba cerca del fuerte de Purén. Determinó irse hacia allá ocultándose por los trigos grandes que había en el camino. Al atardecer, se metió en el monte, y se escondió debajo del hueco de un árbol que estaba caído de tiempo atrás y cuyo alrededor era cenagoso. Esperando la noche, quiso su ventura que un soldado de don Pedro de Avendaño se apartó de los demás que iban juntos. Como lo echó de menos, mandó que lo fuesen a buscar, y los que se encargaron de hacerlo dieron algunas voces que las oyó Juan Gómez de Almagro desde el hueco del árbol. Entonces salió, y, yendo hacia donde las había oído, vio un soldado a caballo, que  de inmediato vino hacia él, lo tomó a las ancas y lo llevó adonde su capitán estaba. El cual se holgó en gran manera por haber sido instrumento para salvar a un soldado tan valiente y tan principal. Luego Juan Gómez se fue a La Imperial con su gente. Los que estaban haciendo sus casas en Angol, al  saber de la muerte de Valdivia (fue un mazazo para todos, y una borrachera de euforia para los indios), se retiraron, unos a La Imperial y, otros, a Concepción. Los que estaban en las minas sacando oro fueron luego avisados por los que de Arauco habían ido, y, de esta manera, se retiraron las guarniciones que tenía Valdivia en los fuertes". El documento de la imagen muestra que JUAN GÓMEZ DE ALMAGRO aún vivía  en Santiago de Chile el año 1567, se lo reconocía como uno de los primeros conquistadores de aquellas tierras y pleiteaba reclamando una encomienda de indios.




martes, 12 de octubre de 2021

(1538) El cronista insiste en que sus defectos echaron a perder las grandes virtudes de Pedro de Valdivia. Nos cuenta cómo era, y hace referencia a que el vasco Martín de Ariza fue uno de los pocos que se libraron de la matanza.

 

     (1128) Total que el padre Pozo se  mostró más realista que Pedro de Valdivia, consciente de que los indios los iban a matar. Sirve también para constatar que en todas, o en la mayoría de las expediciones de conquista, había algún religioso que acompañaba a la tropa para darles un consuelo espiritual, sin  participar en la lucha, pero arriesgando su vida como cualquier soldado. Casi unca se habla de ellos, salvo cuando su protagonismo era el de morir como mártires. Es de justicia reconocer su gran mérito.

     Tras hablar de la dramática muerte de Pedro de Valdivia, el cronista Marmolejo  nos regala una semblanza del personaje, al que conocía muy bien, pero siempre con la mirada de un hombre de profunda fe religiosa, que no puede transigir con actitudes pecadoras: "Este fue el fin que tuvo Pedro de Valdivia, hombre valeroso y bien afortunado hasta aquel momento. ¡Grandes secretos de Dios que deben tener en cuenta los cristianos! Un hombre como éste, tan obedecido, tan temido, tan señor y respetado, murió de una muerte tan cruel a manos de bárbaros. Por donde cada cristiano ha de entender que el estado que Dios le da es el mejor, y, si no le levanta más, es para mayor bien suyo, porque muchas veces vemos a los hombres ambiciosos procurar cargos grandes por muchas vías y rodeos, haciendo laxa su conciencia para alcanzarlos, pero después es voluntad de Dios que, tras haberlos conseguido, los pierdan con ignominia y gran castigo hecho en sus personas, como a Valdivia le acaeció cuando tomó el oro (de soldados suyos) en el navío y se fue con él al Perú, y fue voluntad de Dios que, por aquel camino que utilizó para ser señor, por aquel mismo perdiese su encumbramiento y la vida". De donde, según Marmolejo, se deduce que Valdivia no cumplió la promesa, que le hizo a Pedro de la Gasca, de devolver el oro requisado a sus soldados (con la cual logró que lo nombrara gobernador de Chile), sino que estafó a todos, de la misma manera que lo había hecho con el vulnerable y desmoralizado Francisco Pinel, el cual, hundido porque  Valdivia le negaba con desprecio una y otra vez  la devolución de lo que le había robado, se suicidó.

     Luego Marmolejo describe al personaje sin dejar de lado su parte positiva: "Era Valdivia, cuando murió, de edad de cincuenta y seis años, natural de un lugar de Extremadura pequeño, llamado Castuera (de La Serena-Badajoz), hombre de buena estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo, que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal, y hacía mercedes graciosamente. Cuando llegó a ser señor (importante) recibía gran contento en dar lo que tenía (mejoró su carácter), y era generoso en todas sus cosas, amigo de andar bien vestido y lustroso, y de los hombres que así andaban, y de comer y beber bien, así como afable y humano con todos. Pero tenía dos cosas con las que oscurecía todas estas virtudes: que aborrecía a los hombres nobles, y de ordinario estaba amancebado con una mujer española". Es curioso que Marmolejo no diga jamás que se trataba de Inés Suárez, ni hable de las grandes virtudes y méritos extraordinarios que esa mujer tenía.

 

     (Imagen) El cronista Alonso de Góngora Marmolejo, además de narrar el triste final de Pedro de Valdivia, explica quién fue su fuente de información:  "El cómo murió me lo dijo un señor principal  en la ciudad de Santiago, que se llamaba don Alonso y servía a Valdivia de guardarropa, que hablaba en lengua española (lo que quiere decir que era indígena), y de mucha razón, que estuvo presente a todo, y escapó en hábito de indio de guerra sin ser conocido, y aquella noche llegó al  fuerte de Arauco y dio noticia de todo lo sucedido a los que en él estaban, los cuales se fueron a Concepción, que estaba de allí a nueve leguas, antes de que los indios les cerrasen el camino". Daré algunos datos biográficos del vasco MARTÍN DE ARIZA. Ya vimos que él y seis más salvaron su vida porque salieron pitando del fuerte de Tucapel, adonde, para su desgracia, llegó enseguida Pedro de Valdivia. Martín de Ariza había nacido en tierras vascas el año 1518. Hay constancia de que, en 1542, estaba en Perú formando parte de las tropas del representante del Rey, Cristóbal Vaca de Castro, en la batalla de Huarina, donde resultó derrotado y muerto el joven y trágico Diego de Almagro el Mozo. Pero más tarde fue hecho prisionero por Gonzalo Pizarro, quien lo obligó a formar parte de sus rebeldes tropas. A pesar de que, en el último enfrentamiento, el de Jaquijaguana, se pasó al bando real, fue considerado traidor a la Corona y desterrado a Chile. Se casó allí con María de Valdivia, quien, casi con seguridad, era hermana de Pedro de Valdivia. Actuó como capitán en luchas feroces contra los mapuches, siendo recordado por Alonso de Ercilla en La Araucana, su poema épico. Vivió situaciones extremas, como la derrota sufrida en Marihueñu el año 1554, donde tuvo que huir de Concepción mientras los araucanos arrasaban eufóricos la ciudad. Luego pudo salvar la de La Imperial. Ya en 1562, y en agradecimiento a sus servicios, se le concedió a Martín de Ariza una extraordinaria encomienda de indios, pero el nuevo gobernador, Francisco de Villagra, con quien no se llevaba bien, se la anuló. Hartos de sinsabores, MARTÍN DE ARIZA y su mujer, MARÍA DE VALDIVIA, se retiraron, hasta el final de sus vidas, a un lugar próximo a Santiago de Chile. La imagen ilustra bien acerca del emplazamiento de aquellas ciudades fundadas por los españoles. No solo destruían: asombra ver lo que crearon en tan poco tiempo (quince años escasos).




domingo, 10 de octubre de 2021

(1537) El joven Lautaro, sobrado de inteligencia y valentía, preparó una estrategia con la que derrotó a los españoles, acabando con toda la tropa, y matando también con refinado sadismo a su odiado Pedro de Valdivia.

 

     (1127) Lautaro, reconocido ya como cacique e inspirado en las técnicas militares españolas, les dio unas instrucciones a sus indios: "Mandó que se colocase  delante un escuadrón, y que los demás escuadrones estuviesen esperando el resultado del ataque inicial, y, cuando el primero se viese rechazado, se echase a un lado, para evitar los caballos, y saliese luego otro escuadrón a pelear, y, tras de aquel, otro, pues, haciéndolo así, los desbaratarían. Mandó asimismo dar aviso a todos los indios de la comarca para que, si veían a Valdivia ir retirándose, fuesen tras él para cerrarle los pasos por donde había de huir derrotado (para que no pudiera dar la vuelta). Los indios lo hicieron así y despacharon mensajeros por toda la provincia para que acudiesen con sus armas tras de Valdivia, y en pasando él, tomasen luego el paso. De esta manera, en todas las partes donde el paso era dificultoso lo fortificaban con gente, dándoles por aviso que en viendo un humo que en tal parte se haría, entenderían por él que estaban peleando".

     El cronista Marmolejo tardará en decir que este líder era Lautaro, pero se ensaña con él: "Con estas órdenes que les dio este indio, que no debía de ser sino un demonio enemigo de la próspera fortuna que Valdivia había tenido, quedaron tan animados sus seguidores por el discurso que les hizo este demonio, que, puestos en sus escuadrones más de cincuenta mil indios, fueron al lugar que les estaba señalado, que estaba el camino por donde Valdivia venía, el cual había enviado por delante a cuatro hombres para que observasen el territorio. Pero ellos se adelantaron tanto, que cayeron en una emboscada. Llegados a ella los dejaron entrar, y los indios, como los tenían cercados por todas partes, los hicieron pedazos. A uno de ellos le cortaron el brazo y, con su manga de jubón y camisa, se lo echaron a Valdivia por donde había de pasar. El cual, llegado allí y visto el brazo, un yanacona (criado indio) que había criado y era ya hombre, llamado Agustinillo, le dijo muchas veces que se volviese y mirase que llevaba poca gente. Pero Valdivia, como era hombre de gran ánimo, lo despreció todo. Siguiendo adelante, llegó cerca del fuerte de Tucapel, que había abandonado Martín de Ariza, y vio que aún estaba humeando".

     De repente, una multitud de indios salió dando gritos de donde estaban escondidos. Viendo la avalancha, Valdivia puso en orden a su hombres, y se produjeron choques sucesivos, con muertos  y heridos. A pesar de su valentía, Valdivia no pudo contener a los indios, y viendo que iban a ser derrotados, decidió emprender la retirada:  "Los españoles volvieron las espaldas por el camino que habían traído creyendo que pudieran llegar a Arauco, pero los indios les habían cerrado todos los pasos por donde habían de volver y las ciénagas que habían de pasar, que donde quiera que llegaban lo hallaban cerrado y a los indios a la defensa. Y, si dejaban el camino era peor, porque, como los caballos iban cansados, los indios que los seguían, viéndolos embarazados buscando caminos, los alcanzaban cobrando más ánimo del que ya tenían,  y los derribaban de los caballos a lanzadas".

 

     (Imagen) PEDRO DE VALDIVIA no se imaginaba que, quien fue su paje de niño, el indio LAUTARO, le odiaba furibundamente, se había convertido con solo 19 años en un admirado y carismático cacique, y ansiaba vengarse de la crueldad que él tuvo con sus familia y con los araucanos. Logró derrotar en Tucapel a Valdivia, quien, en su huida, fue apresado por los indios, y se ensañaron con él. Cuenta Marmolejo: "Los araucanos iban alcanzando a los españoles y matándolos. Valdivia, como llevaba tan buen caballo, pudo pasar algo más adelante, siguiéndole un capellán que consigo traía, llamado padre Pozo. Llegado a una ciénaga, quedó atrapado en el lodo el caballo con él. Acudieron los indios que la guardaban, y, como estaba fatigado en aquella situación, lo derribaron del caballo a lanzadas y golpes de macanas. Teniéndolo en su poder, lo desarmaron, lo desnudaron y ataron sus manos con unos bejucos (parecidos al mimbre), y así atado lo llevaron a pie casi media legua sin quitarle la celada borgoñona que llevaba, y, aunque lo probaron muchas veces, no acertaron a hacerlo. Como era hombre gordo y no podía andar tanto como querían, lo llevaban algunas veces arrastrando, diciéndole muchos vituperios y burlándose de él hasta llegar a un bebedero, donde se juntaron todos los indios y repartieron su ropa los caciques, y, al yanacona Alonso (fue criado de Valdivia), que después se llamó Lautaro y resultó ser muy belicoso, le dieron la parte que él quiso tomar, porque fue quien les dio la orden de pelear. Allí le trajeron a Valdivia a su yanacona (criado indio) Agustinillo, el cual le quitó la celada. Viéndose Valdivia con intérprete, les comenzó a hablar, diciéndoles que sacaría a los cristianos de sus tierras, despoblaría las ciudades fundadas y les daría dos mil ovejas si le daban la vida. Los indios, para darle a entender que no querían concierto alguno, le hicieron pedazos al yanacona Agustinillo delante de él. Viendo el padre Pozo que no servían de nada las amonestaciones con aquellos bárbaros, hizo de dos pajas que halló una cruz, y le persuadía a Valdivia a bien morir, diciéndole muchas cosas de buen cristiano, y pidiendo a Dios misericordia de sus culpas. Mientras en esto estaban, hicieron los indios un fuego delante de él, y con una cáscara de almejas de la mar, le cortaron los lagartos (músculos) de los brazos desde el codo a la muñeca, y los comieron asados en su presencia. Aunque tenían cuchillos, quisieron hacerlo así para darle mayor martirio. Hechos otros muchos vituperios, lo mataron a él y al capellán, y pusieron su cabeza en una lanza, juntamente con las de los demás cristianos, pues no se libró ninguno".




viernes, 1 de octubre de 2021

(1536) El cronista Marmolejo censura el amancebamiento del gran Pedro de Valdivia (sin decir nunca con quién), y atribuye su cercana muerte a un castigo de Dios. Fue una venganza del gran Lautaro, quien también morirá trágicamente.

 

     (1126) El  cronista Alonso de Góngora Marmolejo, otra vez sin morderse la lengua, va a censurar a Pedro de Valdivia, y vamos a comprender por qué nunca menciona a Inés Suárez, de la que hay que reconocer que fue una mujer excepcional: "En estos mismos días, Valdivia salió de Concepción con cuarenta soldados, casi todos capitanes, muy en orden. No llevó más gente porque en aquel tiempo se tenía en poco a los indios, pues no sabían pelear ni aun tenían ánimo para ello, pero cuando conocieron los caballos (lo dice en el sentido de que aprendieron a manejarlos) y trataron a los cristianos, supieron defender sus tierras. Valdivia fue al lugar donde sacaban el oro, y dio orden a un vecino de Concepción, llamado Diego Díaz y natural de Sanlúcar, de que pusiese allí la defensa conveniente. Luego se  fue a Arauco, donde tenía otro fuerte. Siendo allí informado de lo de Tucapel, partió luego con treinta y seis soldados. No llevó más porque había escrito a la ciudad Imperial que para tal día se juntasen con él en la casa de Tucapel veinte hombres principales, aunque habría podido llevar mucha gente, pero, cuando las cosas están ordenadas por el Divino Juez, no se puede ir contra ellas.  Y es de suponer que quiso castigar a Valdivia por sus culpas y su vida pública, dando mal ejemplo a todos por estar siempre amancebado con una mujer de Castilla". Marmolejo se muestra implacable, pero nos revela algo sorprendente, si es cierto lo que dice. Pedro de la Gasca le exigió a Valdivia, para ser gobernador, que abandonara a Inés Suárez, y lo cumplió rápidamente casándola con Rodrigo de Quiroga. Pero, como lo cuenta Marmolejo, parece que seguía amancebado con ella porque su mujer, Marina Ortiz de Gaete, no había llegado todavía de España. También puede ser que lo que le interesaba subrayar a Marmolejo era que Dios lo castigó por eso, aunque con efecto retardado.

     En cualquier caso, el 'castigo'  va a ser terrible. "Dejados estos secretos para el Juez Justo que lo sabe, diré que Valdivia fue camino de Tucapel, confiado en su ventura y buenos éxitos. Los indios, que tuvieron noticia de su venida, se juntaron en grandísimo número, y fueron al fuerte de Tucapel y lo quemaron. Estando todos juntos, se levantó de entre ellos un yanacona (criado indio, apresado por los españoles), llamado Alonso (era el gran Lautaro, al que también llamaban Felipe los españoles), que había sido criado de Valdivia y le había servido de mozo de caballos. Estando atentos a a sus palabras, les comenzó a decir que los cristianos eran mortales como ellos y los caballos también, y que, si ellos peleaban bien, no dudasen de que los desbaratarían, y que deberían preferir tener como hombres una muerte noble defendiendo sus casas, a vivir siempre muriendo. Luego añadió que, si querían seguir sus consejos, él les indicaría cómo habían de pelear y qué habían de hacer para desbaratarlos. Los indios principales le dijeron que en todo guardarían cualquier precepto de guerra que les diese. Luego les mandó que le esperasen en una loma rasa que había cerca del fuerte de Tucapel".

 

     (Imagen) Hemos visto surgir de la nada, pero como un fogonazo, al gran LAUTARO, a quien en mala hora lo tuvo Pedro de Valdivia como criado, aunque es probable que lo apreciara. Las palabras del cronista dan a entender que, por entonces, ni siquiera los indios lo consideraban un líder. Nació hacia 1534 y era hijo del cacique Curiñancu. Cuando tenía unos once años fue capturado por los españoles, con los cuales permaneció otros seis, estando al servicio directo de Pedro de Valdivia, quien, sin duda, sentiría afecto por aquel niño, dado que, además, valía mucho. Pero Lautaro tenía motivos para odiar a Valdivia, ya que, no  solo acababa de derrotar a su padre, sino que aunque no lo mató, mandó cortarle a él, a la madre de Lautaro y a todos los guerreros mapuches los dedos de los pies, para que no persiguiesen a los españoles. Valdivia convirtió al muchacho en su propio paje, y todo apunta a que les caía simpático a sus soldados. En ese ambiente agradable, Lautaro asimiló el estilo de vida de los españoles, y fue aprendiendo todas las habilidades militares de los soldados, incluida la equitación (algo que durante muchos años estuvo prohibido para los nativos en todas las Indias), el uso de las armas y las estrategias de ataque. Valdivia, incluso, le dio el cargo de caballerizo suyo. Nadie se daba cuenta de que habían metido al zorro en el gallinero. Llegado el año 1552, Lautaro, el casi 'graduado' militar, se escapó de los españoles, y, naturalmente, montado a caballo como experto jinete. Sus intenciones estaban claras: luchar al lado de su pueblo enseñándoles todo lo que había aprendido. Consiguió que, por primera vez en las Indias, los nativos crearan un escuadrón de caballería, y tuvieran un jefe ducho en tácticas militares modernas. Si a eso añadimos que Lautaro mostraba una extraordinaria capacidad de liderazgo, el resultado fue espectacular. En diciembre de 1553, tuvo una importante participación en la batalla de Tucapel, donde fue derrotado Valdivia, y luego salvajemente matado. Protagonizó, además, otros duros enfrentamientos con los españoles: contra los Catorce de la Fama, en la batalla de Marihueñu, en la primera y segunda destrucción de Concepción, en la batalla de Peteroa y en la de Mataquito. Pero también a Lautaro le llegó su hora. Y fue en esta última batalla (abril de 1557), la de Mataquito, donde Francisco de Villagra lo derrotó, y Lautaro resulto muerto. Su cadáver fue descuartizado, y su cabeza quedó expuesta durante largo tiempo en la plaza de Santiago de Chile.