lunes, 15 de marzo de 2021

(Día 1368) Los que iban heroicamente en busca de Pedro Calderón y sus hombres temieron que los habían matado los indios, pero, finalmente, los encontraron.

 

     (958) Abandonaron, pues, el caballo, aunque temían que los indios lo mataran: "Con esta pena caminaron casi cinco leguas hasta que, con la sospecha de otra mayor, se les olvidó aquella, y fue que, al llegar a una legua del pueblo de Hirrihigua, donde quedó el capitán Pedro Calderón con los cuarenta caballos y ochenta infantes, iban mirando el suelo con deseo de ver rastro de caballos, y, como en ninguna manera hallaban pisadas, ni otra señal de caballos (qué fino Inca Garcilaso), recibieron grandísima tristeza, temiendo que los habían matado los indios, o ellos se habían ido de aquella tierra en los bergantines y la carabela que tenían". De haber ocurrido lo uno o lo otro, no podían ir a México por falta de barco, y les parecía imposible dar la vuelta para regresar al campamento de Hernando de soto, pues lo consideraban una muerte casi segura. Finalmente, comprendieron que no les quedaba más que una decisión lógica: "Se pusieron de acuerdo en que, si  no hallasen a los compañeros en Hirrihigua, matarían el caballo que sobraba, lo harían tasajos para tener comida y se aventurarían a volver adonde el gobernador quedaba, pues, si los matasen en el camino, habrían acabado como buenos soldados. Hecha la heroica determinación, siguieron su camino y cuanto más adelante pasaron tanto más aumentaban la sospecha y el temor que llevaban, pero al llegar a una laguna pequeña, que estaba a menos de media legua del pueblo de Hirrihigua, hallaron rastro fresco de los caballos y señal de que se había preparado lejía y lavado ropa en ella. Con estas muestras, se regocijaron grandemente los españoles, los cuales, con el contento que se puede imaginar, caminaron con más prisa y dieron vista al pueblo de Hirrihigua a la puesta del sol. Juan de Añasco y sus compañeros, llegando a galope de caballo con mucha algarada, grita y regocijo, corrieron a toda furia hasta el pueblo con muy buen orden, como si celebraran con una fiesta alegre y placentera el término de una misión tan trabajosa como la que hemos visto".

      El recibimiento fue entusiasta, pero Inca Garcilaso, de pasada, se fija en una de las mezquindades humanas, aunque lo remata ensalzando la heroicidad de los conquistadores:  "A la grita que daban los que corrían, salieron el capitán Pedro Calderón y todos los soldados, y holgaron mucho de ver la buena entrada que hacían los que venían. Los recibieron con muchos abrazos y común regocijo de todos, y fue de notar que, a las primeras palabras que hablaron, sin haber preguntado por la salud del ejército ni del gobernador ni de otro algún amigo particular, preguntaron casi todos, con gran ansia de saberlo, si había mucho oro en la tierra, pues el deseo de este metal muchas veces pospone a los parientes y amigos. Habiendo pasado muchos sufrimientos y peligros, acabaron estos veintiocho caballeros esta jornada, aunque no fue para terminar sus trabajos, sino para empezar otros mayores y más largos afanes, como adelante veremos. Tardaron en el camino once días. Uno de ellos gastaron en pasar el río de Ocali, y otro les ocupó la ciénaga grande, de manera que en nueve días caminaron unas ciento cincuenta leguas, que son las que hay de Apalache a la bahía que llamaron de Espíritu Santo (desde donde iniciaron la conquista de La Florida) y al pueblo de Hirrihigua. Por lo poco que hemos contado de esta breve jornada, se podrá considerar lo que los demás españoles habrán pasado en conquistar y ganar un nuevo mundo, tan grande y tan áspero como lo es de suyo, sin contar la ferocidad de sus moradores, y, por el dedo del gigante, se podrá adivinar el grandor de su cuerpo, aunque ya en estos días (el cronista estaba escribiendo hacia el año 1586), los que no lo han visto, como gozan a manos enjutas del trabajo de los que lo ganaron, hacen burla de ellos, pensando que lo consiguieron los conquistadores con el mismo descanso que ellos ahora lo gozan"

     (Imagen) Cuando vino a España GONZALO SILVESTRE injustamente desterrado por el virrey Marqués de Cañete, se movió para conseguir alguna compensación por parte del Rey. Entre los testigos que en Valladolid dieron fe de sus grandes méritos (año 1557), estaba NICOLÁS DE ALMAZÁN (nada tuvo que ver con La Florida). Por un registro de embarque (el de la imagen) sabemos que Nicolás había partido hacia las Indias el año 1535, siendo hijo de Luis de León y de Catalina Martínez de Almazán, ambos, vecinos de Valdepeñas (Ciudad Real). Datos posteriores revelan que se enriqueció con el premio de sus trabajos militares. En 1542 Carlos V le otorgó un escudo de armas familiar, quizá estando él presente en España, pues le dieron entonces permiso para llevar (o para que le enviaran) cuatro esclavos negros. Ya sabemos que en 1557 declaró en Valladolid para defender a Gonzalo Silvestre. Al año siguiente, lo preparó todo a conciencia para regresar a Arequipa, su residencia habitual en Perú. Le dieron licencia para llevar armas, un criado, dos clérigos y su propia familia. Además, tomó una precaución especial: Carlos V le ordenó al virrey, "a instancias de Nicolás de Almazán, vecino de Arequipa, que, en caso de fallecer en el viaje de vuelta al Perú, en el que le acompañan su mujer e hijos, se guarde con los mismos la provisión sobre sucesión de encomiendas de indios en las mujeres e hijos de conquistadores". A la hora de declarar a favor de Gonzalo Silvestre, dio datos de sus andanzas por Perú (tras volver de La Florida). Hizo alusión a las graves heridas que le produjeron, en la cabeza y en una pierna, en la batalla de Chuquinga (contra Girón), dejándolo cojo para siempre, y a que, no obstante, estuvo presente lesionado en la de Pucará, donde derrotaron al rebelde. Afirmó que las heridas se le abrían muchas veces y que, "cuando iba a España por la mar, se las vio abiertas, y salir materia de ellas". También dijo que siempre andaba muy bien armado, con dos caballos muy buenos y con esclavos negros. Sabía que, además, tenía propiedades en las minas de Potosí y de la villa de La Plata. Pues, bien: este Gonzalo Silvestre, a quien le gustaba vivir a lo grande, renunció a todo para evitar  cumplir la estúpida orden, dictada por el virrey, que le obligaba a casarse con quien no quería.




sábado, 13 de marzo de 2021

(Día 1367) Durante su peligrosa travesía, los españoles, como garantía de la fidelidad del cacique Mucozo, apresaron sin piedad a mujeres y muchachos nativos.

 

     (957) Los españoles, después de tanto sufrimiento y riesgo de enfermar debido al mucho frío y la humedad, más el agotamiento del gran esfuerzo, se consolaron por haber conseguido que pasaran la laguna todos los caballos, y por no ser víctimas de otro peligro mayor: "Dieron gracias a Dios  de que no hubiesen acudido enemigos a cortarles el paso, que fue particular misericordia divina, porque si, tras el trabajo que hemos dicho, se les añadiera haber de pelear contra los indios, ¿qué fuera de ellos? La causa de no haber aparecido los indios debió de ser estar aquella ciénaga lejos de poblado y ser ya invierno, porque andan desnudos y acostumbran salir poco de sus casas. Los españoles hicieron grandes fuegos para calentarse, y se consolaron con que de allí en adelante, hasta Hirrihigua, no había malos pasos que atravesar. Antes que amaneciese siguieron su camino, y alancearon cinco indios que toparon, para que no diesen la noticia de su ida. Caminaron aquel día trece leguas, y, al amanecer del día siguiente, el décimo de su viaje, pasaron por el pueblo de Urribarracuxi, donde no quisieron entrar para no tener pendencia con sus moradores, y decidieron hacer noche tres leguas antes de llegar al pueblo de Mucozo".

     Lo que sigue es desagradable, pero no procede ocultar hechos que repugnan. En aquellos años, aún se permitía esclavizar a indígenas rebeldes, pero este caso es más cruel. Inca Garcilaso lo cuenta pragmáticamente: " A poco más de media noche, salieron de la dormida, y, habiendo caminado dos leguas, vieron en un monte que estaba cerca del camino un fuego. Fueron allá y hallaron muchos indios que con sus mujeres e hijos estaban asando maíz. Los españoles acordaron prender los que pudiesen, aunque fuesen vasallos de Mucozo, hasta saber si había sustentado la paz con Pedro Calderón, porque, si no la hubiese mantenido, pretendían enviar a La Habana los que prendiesen, como una muestra más de sus victorias. Arremetieron contra ellos, y, aunque los indios salieron huyendo por el monte, prendieron a mujeres y muchachos, que serían, en total, unos veinte. Estando presos, clamaban y lloraban diciendo muchas veces el nombre de 'Ortiz', para recordarles que había sido muy bien tratado por ellos y por su cacique (Mucozo). No les sirvió de nada, porque pocos son los que se acuerdan de agradecer las buenas obras recibidas".

     Recordemos que uno de los españoles, sin fuerzas para montar, iba amarrado sobre el caballo, como el Cid después de muerto: "Pasaron lejos del pueblo de Mucozo, y según caminaban, se les cansó el caballo de Juan López Cacho, del cual nos hemos olvidado después de que del pueblo de Ocali lo sacaron atado. Es de saber que, mediante el vigor de la edad robusta, pues tenía poco más de veinte años, volvió en sí, entrando en calor, y sanó del mal, de manera que por todo el camino trabajó después como cualquiera de los compañeros. Pero su caballo, como trabajó tanto al pasar el río de Ocali, estaba tan cansado que no podía seguir adelante, por lo cual lo dejaron en un buen prado, quitándole el freno y la silla, que pusieron en un árbol con el fin de que el indio que quisiese servirse de él lo llevase con todo lo necesario".

 

     (Imagen) Veremos enseguida que, durante la campaña de La Florida, GONZALO SILVESTRE (a quien ya le dediqué una imagen), el principal informador del cronista Inca Garcilaso, no tardará en encontrarse (cumpliendo una misión) con Pedro Calderón (también le hice una reseña), quien, en 1557, actuó como testigo en Badajoz sobre el informe de méritos de su compañero. Aunque Pedro era un capitán de mucho prestigio, ha quedado prácticamente olvidado. En 1557 llegó Silvestre a España, desterrado por el virrey Andrés Hurtado de Mendoza por oponerse a una absurda orden suya, la de obligar (como vimos) a los españoles a casarse porque había muchas mujeres sin marido. Además, el virrey envió malos informes sobre él a España, uno de los cuales hacía referencia a algo muy grave. Lo acusaba de haber intervenido (en 1553, tres años antes de llegar el virrey a Perú) en el asesinato del gran Pedro de Hinojosa, por oponerse a apoyar la rebelión de Don Sebastián de Castilla contra la Corona. Quizá se debiera a que, como vimos, el virrey era un hombre muy orgulloso y vengativo (que fue destituido por el Rey). Inca Garcilaso, que mantuvo una larga amistad con Silvestre, nunca habló de esas acusaciones, ni, en general, ninguno de los cronistas. Él se defendió con testigos, pero no se conoce el resultado del proceso, aunque tuvo que resultar absuelto, o archivado el caso, pues pasó el resto de su vida tranquilamente en un pueblo cordobés, Posadas (aunque era cacereño). Estuvo viviendo de alguna merced que le concedió el Rey, porque casi todo lo perdió en las Indias, de donde llegó, además, con una pierna quebrada en la batalla de Chuquinga, cicatrices de guerra y, en la cabeza, unas heridas supurantes, provocadas por alguna enfermedad contagiosa. Aunque Inca Garcilaso lo apreciaba mucho, en parte debido a que gracias a sus informaciones pudo escribir su libro sobre La Florida, se distanciaron porque tuvo que hacerle muchos préstamos para sacarle de los apuros típicos de un derrochador. No obstante, a la hora de la verdad, la de la muerte, GONZALO SILVESTRE escogió a INCA GARCILASO como uno de los albaceas de su testamento. Falleció en Posadas el año 1592, siendo voluntad suya que lo enterraran en la iglesia de Santa María de las Flores, teniendo a su lado su espada, sus armas, el peto y el espaldar, los mejores símbolos de su mayor grandeza, la de un excepcional conquistador de Las Indias.




viernes, 12 de marzo de 2021

(Día 1366) El muy valioso, pero irascible, Juan de Añasco criticó de mala manera e injustamente a quienes intentaban atravesar el río. Gómez Arias Dávila le respondió airado y sin ningún respeto.

 

     (956) Los veintiocho que siguen avanzando (tras haber muerto dos) van a tener un conflicto interno, en el que se pondrá al descubierto que el muy valioso Juan de Añasco tenía un defecto de carácter. La misión que estaban llevando a cabo era de altísimo riesgo, porque los indios eran muy aguerridos. Quizá eso explique que Hernando de Soto enviara tantos hombres con el único objeto de ordenarle a Pedro Calderón que se pusiera en marcha con su pequeña tropa, para juntarse con el grueso del ejército. Lo extraño es que Calderón tendrá que repetir, en sentido contrario, el difícil recorrido que están haciendo Añasco y los suyos, a pesar de encontrarse en la costa y disponer de una nave para poder ir por mar (esperemos que el cronista nos lo aclare). Los mensajeros llegaron a la gran laguna que necesitaban pasar. Fue el último gran obstáculo que les esperaba, y, sorprendentemente, fueron los caballos el gran problema, porque, aunque eran siempre dóciles a su mando, no había manera de que entraran en las gélidas aguas de aquel tiempo invernal: "Los españoles, desnudos como nacieron, trabajaban por echar los caballos al agua, los cuales, por el mucho frío del agua, no querían entrar. Unos ataban cordeles largos a las jáquimas (cabezadas), y cinco de ellos se metían nadando hasta ponerse en medio de la corriente para tirar de los caballos, otros, con varas largas les daban de palos para que entrasen; pero ellos se estaban quedos y se dejaban matar a palos antes que entrar en el agua. Al cabo de tres horas, por la mucha fuerza que les hacían, pasaron dos caballos. Uno era el de Juan de Añasco y el otro de Gonzalo Silvestre. Gómez Arias era el caudillo de los diecinueve que andaban en el agua (había ocho que no sabían nadar), y era el que más trabajaba de todos ellos, los cuales, pasados de frío y con los cuerpos tan amoratados que parecían negros, estaban desesperados".

     Y entonces apareció Juan de Añasco, para complicar la situación con su poco tacto: "Llegó cabalgando, y, enfadado de que no hubiesen pasado más caballos, sin considerar que no había sido por falta de diligencia, e impulsado por la cólera que este caballero de por sí tenía, dijo en voz alta: 'Gómez Arias, ¿por qué no acabáis de pasar esos caballos? Mucha enhoramala para vos'. Gómez Arias, viendo que él y sus compañeros más parecían difuntos que vivos, y que el capitán no agradecía el insoportable trabajo que estaban padeciendo, le respondió: 'Mala sea para vos y para la perra bagasa (puta) que os parió. Estáis encima de vuestro caballo, muy bien vestido y arropado con vuestro capote, y no miráis que hace más de cuatro horas que andamos en el agua, helados de frío, sin poder hacer más. Apeaos en mala hora y entrad acá; veremos si sois para más que nosotros'. A estas palabras añadió otras no mejores, porque la ira, cuando se enciende, no sabe tener freno. Juan de Añasco se disculpó al ver que los compañeros defendían a Gómez Arias, y también porque entendió que en lo que había dicho no había tenido razón. Actuando así en este viaje y en otros que hizo, se vio muchas veces en confusión y menoscabo de su reputación. Luego que se apaciguó la discordia, volvieron los españoles a su trabajo, y, como era ya cerca del mediodía, con el beneficio del calor del sol que templaba algún tanto el frío del agua, empezaron a pasar los demás caballos, pero con poca presteza, pues ya eran más de las tres de la tarde cuando acabaron de pasar".

 

     (Imagen) El conflicto entre el deán PEDRO DE MENDAVIA y el gobernador RODRIGO DE CONTRERAS fue a más porque este se revolvió contra la excomunión eclesiástica buscando amparo en la Audiencia de Panamá, aunque no se le ve mucho sentido a este recurso, por ser jurisdicciones distintas. Lo más sorprendente es que entonces hizo una piña con Mendavia el extraordinario y sensato obispo de Panamá fray TOMÁS DE BERLANGA (recordemos que, en su día, quiso poner paz, inútilmente, entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro). Los dos clérigos actuaron al alimón como inquisidores respectivos de las diócesis de Nicaragua y Panamá, y enviaron preso a Rodrigo de Contreras a España para que compareciera ante el Consejo de la Inquisición, que era, ciertamente, el que tenía competencias en el asunto. Pero el imparcial Consejo optó, finalmente, por dejar en libertad al irascible Contreras. Lo malo fue que, durante su ausencia de Nicaragua, su tesorero público y yerno PEDRO DE LOS RÍOS, que le había sustituido provisionalmente en el cargo de gobernador, trató de hacerle la vida imposible a Mendavia, el cual, tras buscar apoyo, logró apresarlo por la fuerza de las armas y encerrarlo en el monasterio de la Merced. Fue tal el alboroto, que unos doscientos hombres armados y encabezados por la trágica MARÍA DE PEÑALOSA, mujer del gobernador, sacaron a Pedro de los Ríos del monasterio, pero a costa de la vida de dos frailes (una absoluta chapuza político-religiosa). Con buena lógica, lo enviaron preso a Sevilla, para que el arzobispo, de cuya autoridad dependía, lo juzgase como alborotador y falsificador de una disposición dictada por la Audiencia de Panamá. Permaneció allí más de dos años encarcelado. La imagen muestra un documento interesante (año 1549), en el que se hace referencia a GÓMEZ ARIAS DÁVILA, quien, como se ve, reclamaba los gastos que hizo trayendo preso a Pedro de Mendavia desde  Nicaragua hasta España. Pero también se menciona que logró escapar de la cárcel eclesiástica de Sevilla, y huyó a Calahorra, por lo que Carlos V le ordenaba al obispo de la diócesis que procediera legalmente contra el fugado. No es de extrañar que le encargaran a él la delicada tarea de traerlo a España, pues, como decía Pedro de la Gasca en una carta, Gómez Arias Dávila era sobrino del gobernador Rodrigo de Contreras (aunque por parte de su mujer, María de Peñalosa, hija del temible Pedrarias Dávila).




jueves, 11 de marzo de 2021

(Día 1365) Juan López Cacho se recuperó, pero murieron súbitamente otros dos soldados. Gómez Arias Dávila abroncó a uno que quería huir pensando que había peste.

 

     (955) Superado el obstáculo, entraron en el pueblo de los indios a pesar del peligro: "Eran ya las dos de la tarde cuando acabaron de pasar el río. Fueron al pueblo por necesidad que tenían de parar en él, porque Juan López Cacho, con lo mucho que había trabajado en el agua y con el gran frío que hacía, se había helado y quedado como estatua de palo sin poder menear pie ni mano. Los indios, viendo ir los españoles al pueblo, desampararon el lugar. Los castellanos entraron dentro y se alojaron en medio de la plaza, pues no osaron entrar en las casas para que los enemigos, hallándolos divididos, no los cercasen. Hicieron cuatro fuegos grandes. Al calor de ellos pusieron en medio a Juan López, bien arropado con todos los capotes de sus compañeros. Estuvieron en el pueblo todo lo que restaba del día con gran temor de que Juan López los detuviera tanto, que los indios se juntasen para cortarles el camino. Pero determinaron anteponer la salud del compañero a todo el peligro que venir pudiese. Rehicieron las alforjas con la comida que por el pueblo hallaron, y su cuidado principal fue que no les faltase maíz para los caballos, ni tampoco para los caballeros".

     Pusieron centinelas durante la noche, y se dieron cuenta de que los indios se estaban acercando en plan de ataque: "Los españoles, viendo con alguna mejoría a Juan López, lo pusieron bien arropado sobre su caballo y lo liaron a la silla porque no se podía tener de suyo. Semejaba al Cid Ruy Díaz cuando salió difunto de Valencia y venció aquella famosa batalla. Salieron del lugar e iban siempre rápidos por las tierras pobladas alanceando a los indios que topaban cerca de los caminos para que no diesen aviso de ellos. Durante este día, que fue el sexto de su jornada, recorrieron casi veinte leguas, parte de ellas por la provincia de Acuera, tierra poblada de gente belicosísima. El séptimo día, enfermó uno de ellos, llamado Pedro de Atienza, y pocas horas después, yendo caminando, falleció encima de su caballo. Los compañeros le enterraron con mucha lástima de tal muerte, pues, por no perder tiempo en su camino, no habían creído en la gravedad de su mal repentino. Hicieron la sepultura con las hachas que llevaban, y  pasaron adelante con pena de que faltase uno de ellos. Al ponerse el sol llegaron al paso de la ciénaga grande, y es asombroso que en siete días anduvieran estos caballeros unas ciento siete leguas. La cual hallaron que estaba hecha una mar de agua, con muchos brazos que entraban y salían de ella, tan raudos y bravos que cualquiera de ellos bastaba a dificultarles el paso".

     Y, durante la noche, se repitió la desgracia: "Pocas horas reposaron nuestros españoles sin sobresalto, aunque no causado de los enemigos sino del excesivo trabajo que por el camino habían padecido, pues, cerca de la media noche, uno de ellos, llamado Juan de Soto, que era camarada de Pedro Atienza, el que atrás dejamos enterrado, falleció casi repentinamente. No faltó en la cuadrilla quien a todo correr saliese huyendo de ellos diciendo a grandes voces: 'Voto a tal, que nos ha dado pestilencia, pues en tan breve tiempo, se han muerto dos españoles'. Gómez Arias, que era hombre cuerdo, dijo al que huía: 'Harta pestilencia lleváis en vuestro viaje, de la cual no podéis huir por mucho que hagáis. Si huis de nosotros, ¿adónde pensáis ir?, que no estáis en el Arenal de Sevilla'. Con esto volvió el huidor y ayudó a rezar las oraciones que por el difunto se decían, mas no osó ayudar a enterrar el cuerpo, pues todavía porfiaba en que había muerto de peste".

 

     (Imagen) GÓMEZ ARIAS DÁVILA, al que el cronista acaba de elogiar por su sensatez (y del que ya hice una reseña), aparece, cinco años después de su participación en la terrible aventura de La Florida, relacionado tangencialmente con un caso que nos muestra hasta qué punto podía haber en las Indias conflictos entre las autoridades civiles y eclesiásticas. (Necesitaré la imagen siguiente para explicarlo en su totalidad). En este asunto van a aparecer personas que ya conocemos. Ocurrió que al clérigo PEDRO DE MENDAVIA, deán (canónigo principal) de la catedral de León de Nicaragua, le correspondía asumir los poderes de su hermano recientemente fallecido (año 1540), Francisco de Mendavia, fraile jerónimo y obispo de Nicaragua. Ambos eran de Mendavia (La Rioja) y grandes defensores de los indígenas. Pero entonces hubo alguien que quiso cortarle las alas a Pedro de Mendavia: RODRIGO DE CONTRERAS. Personaje al que ya conocemos en sus luces y en sus sombras. Era entonces Gobernador de Nicaragua, y, a pesar de sus muchos méritos, dejó fama de ser cruel en la lucha contra los indios, a los que también trataba injustamente en su afán por favorecer el enriquecimiento de los españoles (considerando que era su deber como gobernador). Recordemos de paso que se casó con la trágica MARÍA DE PEÑALOSA, triste viuda 'virtual' de Vasco Núñez de Balboa, ejecutado por Pedrarias Dávila (padre de María), y que ambos vieron morir a sus hijos Hernando y Pedro de Contreras por iniciar una rebelión contra la Corona. Pues bien: Rodrigo de Contreras, avasallando la jurisdicción eclesiástica, le prohibió al deán Pedro de Mendavia ejercer las funciones que había asumido. Como ya venían arrastrando ambos el resquemor de conflictos anteriores, la enemistad llegó a un grado extremo. Rodrigo, al encontrar oposición a su actitud por parte del alguacil, el fiscal y el notario eclesiástico, los apresó, y, además, liberó a un recluso que estaba en la cárcel episcopal. La reacción de Pedro de Mendavia fue igualmente terca y violenta: como vicario general de la sede episcopal vacante, excomulgó al gobernador Rodrigo de Contreras, y abrió un proceso inquisitorial contra él por usurpación de competencias eclesiásticas. (Continuará en la próxima imagen).




miércoles, 10 de marzo de 2021

(Día 1364) En nueve viajes de la barcaza, lograron pasar el río los treinta españoles (y los caballos nadando), pero con el acoso permanente de los indios en ambas orillas.

 

     (954) Por absurdo que parezca, la huida del cacique Capasi tuvo una explicación muy simple. Se durmieron todos los españoles, centinelas incluidos: "El cacique, viendo su oportunidad, salió a gatas por medio de los centinelas, y sus indios, topando con él, lo habían llevado a cuestas, y, para que no volviesen a apresarlo, procuraron ponerlo en sitio más seguro que el de antes, y así lo llevaron donde nunca más se le encontró. Los dos capitanes, que por su honra callo sus nombres, y sus soldados llegaron a su campamento bien avergonzados de que el cacique se les hubiese escapado a gatas. Al gobernador y a los demás capitanes les dijeron mil fábulas en descargo de su descuido, certificando todos que habían sentido aquella noche cosas extrañísimas, y que no era posible su huida si no fue por los aires con los diablos. Hernando de Soto, al ver que el mal ya estaba hecho, y para no afrentar a aquellos capitanes y soldados, se dio por persuadido de lo que le decían".

     El cronista lo deja así, y vuelve a hablarnos de los que iban hacia la costa y se encontraban en gran peligro al pasar un río: "Los que se ocupaban de cortar la madera, en breve tiempo hicieron la balsa, y la echaron en el agua con dos cordeles largos, con los cuales la llevasen y trajesen de una parte a otra del río, para lo que dos buenos nadadores llevaron uno de los cordeles a la otra ribera. Todo esto tenían hecho los españoles cuando los indios de Ocali, con gran ímpetu y vocería, llegaron cerca del río con intención de matar a los cristianos. Los once caballeros que habían pasado el río se enfrentaron a ellos con tanta determinación, alanceando a los primeros que toparon, que los indios se retiraron, contentándose con tirarles muchas flechas desde lejos. Los cuatro caballeros que estaban de esta parte del río, donde había menos enemigos, los detenían con sus arremetidas para que no llegasen adonde la balsa andaba. La cual, entretanto que los de a caballo defendían la una ribera y la otra, hizo nueve viajes. Para el último, quedaron de esta parte del río solamente Hernando Atanasio y Gonzalo Silvestre. El cual, mientras su compañero echaba su caballo al agua y entraba en la balsa, salió a enfrentarse a los enemigos y, habiéndolos retirado un buen trecho, volvió a todo correr para llegar a la orilla, echó el caballo al agua y él entró en la balsa. Los indios se dieron prisa en venir a flechar a los castellanos, pero ellos ya iban fuera de peligro por la mucha diligencia que los compañeros de la otra parte habían puesto en tirar con el cordel de la balsa. Los caballos pasaban el río nadando de muy buena gana, sin necesidad de que los guiasen, pues parecían reconocer el mal que los enemigos les deseaban hacer, como si fueran racionales. Con las dificultades y trabajos que hemos dicho, y muchos más que se dejan de decir porque es imposible poderse contar todos los que en semejantes jornadas se padecen, pasaron estos treinta valientes y esforzados caballeros el río de Ocali, habiéndolos Dios Nuestro Señor favorecido tan piadosamente, que ninguno de ellos ni de sus caballos saliesen heridos". (Como de costumbre, Inca Garcilaso no pierde la ocasión de mostrar el aprecio que tenía por los caballos).

 

     (Imagen) Convendrá añadir algunos datos aclaratorios a lo que ya vimos sobre ISABEL DE BOBADILLA, la mujer de Hernando de Soto. Había nacido hacia el año 1503  en Segovia, como su padre, el valeroso pero cruel Pedrarias Dávila, quien con unos 70 años llegó a las Indias en 1514, y no paró de conquistar y fundar poblaciones (por tierras centroamericanas) hasta su fallecimiento en 1531 (una longevidad prodigiosa en aquellos tiempos y entre tantos peligros). Si Pedrarias era de alto linaje, lo superaba el de su esposa, también llamada Isabel de Bobadilla (fallecida en Madrid el año 1539), sobrina, a su vez, de otra Isabel de Bobadilla, aquella poderosa mujer a la que Isabel la Católica apreciaba como a nadie, cuyo hermano (y abuelo de la mujer de Soto), Francisco de Bobadilla, era, asimismo, muy querido de los Reyes Católicos. Tanto, que fue enviado a las Indias a poner orden en los asuntos de Cristóbal Colón, con la fatalidad de que, al volver, murió en un naufragio. El duro Pedrarias Dávila apreciaba mucho a Hernando de Soto desde que lo tuvo a su servicio por Panamá siendo muy joven. Hasta es posible que ya entonces Hernando e Isabel se vieran con buenos ojos, pero los separaba su nivel social, una barrera que Pedrarias no permitiría franquear. Ese obstáculo desapareció cuando, muerto ya Pedrarias, Soto llegó a Sevilla en 1536 lleno de gloria y riqueza, más un proyecto deslumbrante: la conquista de La Florida. La boda fue inmediata, y no solo habría una atracción física, sino también la de ser ambos personas excepcionales. Solo así se entiende que Hernando de Soto saliera desde Cuba hacia las  nuevas tierras del norte delegando en su mujer los cargos de Gobernadora y Capitana General de la gran isla caribeña. Como hemos visto, Isabel, superando dificultades, consiguió que su marido recibiera una carta suya cuando estaba inmerso en la lejana Florida. La imagen muestra un documento de Carlos V en el que le pedía a Isabel que se diera prisa en acabar en Cuba la fortaleza que le había ordenado hacer a su marido (la primera de la isla, y hecha para defensa contra los piratas). Empieza diciendo: "Dña. Isabel de Bobadilla, ya sabéis que por nuestro mandado se encargó al Adelantado Don Hernando de Soto, vuestro marido. edificar una fortaleza en el puerto de La Habana… y, porque a nuestro servicio y a la seguridad de la isla conviene, os mando que se acabe pronto la dicha fortaleza".




martes, 9 de marzo de 2021

(Día 1363) A pesar de su gran obesidad, la astucia del cacique apalache Capasi le permitió escapar de los españoles.

 

     (953) Así que los españoles se apuntaron otra victoria: "El cacique vino en brazos de sus indios porque no podía andar por sus pies. Llegó a besar las manos al gobernador, el cual lo recibió con mucha afabilidad, muy contento de verlo en su poder. Era Capasi hombre grosísimo de cuerpo, tanto, que no podía dar solo un paso ni tenerse en pie. Y esta fue la causa de no haberse alejado Capasi más de lo que se apartó de los españoles, pensando, además, que bastaba la distancia del lugar y su fortaleza para estar seguro, pero le engañaron sus confianzas. Con la presa del cacique se volvió el general muy contento al pueblo de Apalache, pareciéndole que, con la prisión del señor, cesarían los atrevimientos de los vasallos. Mas toda esta esperanza le salió vana, porque los indios, con la pérdida de su cacique, quedaron más libres y desvergonzados, y fueron más continuos en las molestias que a los cristianos hacían, porque, como no tenían señor en cuya guarda y servicio se ocupasen, todos se dedicaban a molestar y dañar a los castellanos más obstinadamente que antes".

     Hernando de Soto habló con Capasi, haciéndole ver que sus indios iban a desatar la ira que los españoles habían contenido, tratando siempre de evitar males: "El cacique respondió con mucha sumisión y muestras de gran sentimiento, diciendo que le pesaba en extremo la actitud de sus vasallos". Él lo atribuía a que se imaginaban que los españoles le estaban maltratando, y le propuso a Soto que le dejara comunicarse con los más importantes de su pueblo, para hacerles entrar en razón: "Le dijo que, habiendo desengañado a los indios de su mala sospecha, se apaciguarían, y que este era el camino más seguro para convencerlos, por el respeto y veneración que naturalmente tenían a sus caciques, y que, por vía de mensajeros, no se conseguiría nada, porque habían de creer que eran recados falsos que los enviaban sus propios enemigos y no su cacique".

     Pues Hernando de Soto siguió su consejo, y organizó una salida que no deja de parecer arriesgada: "Fueron con Capasi dos compañías, una de caballos y otra de infantes, los cuales iban muy vigilantes para que no se les huyese. Llegaron cerca de la noche al puesto donde el cacique decía que estaban los suyos en unos montes. Luego que Capasi llegó al sitio en cuestión, entraron en el monte unos cuatro indios de los que con él habían ido, y volvieron enseguida otros doce de los que estaban en los montes, a los cuales mandó el curaca que dijesen a todos los indios principales que al día siguiente se presentasen ante él para tratar un asunto muy importante. Con gran contento, se pusieron a reposar nuestros castellanos, capitanes y soldados, entendiendo que el día venidero habían de volver adonde su capitán general llevándole a todos los indios principales de aquella provincia reducidos a su amistad y servicio, con lo que todos pensaban quedar en paz y descanso. Pero se hallaron burlados de sus imaginaciones porque, al amanecer, se vieron sin el cacique y sin indio alguno. De lo cual quedaron admirados, porque, según los centinelas afirmaban, no había habido descuido alguno por el cual el cacique pudiese haber huido".

 

     (Imagen) No es fácil encontrar datos sobre quienes sobrevivieron al 'matadero' de La Florida (unos 311, lo que venía a suponer la mitad del total), porque la mayoría eran jóvenes soldados apenas conocidos. Había un tal HERNÁN SUÁREZ DE MAZUELAS que logró un alto nivel social. Aun así, solo se conoce un tardío documento (año 1572) en el que expone sus servicios a la Corona, y se conserva porque un yerno suyo, Pedro Pérez de Zamora, lo utilizó en 1582, como mérito familiar, para solicitarle al Rey una gratificación (como consta en la imagen). Pedro se apoyaba también en la brillante biografía de un abuelo de su mujer, SEBASTIÁN DE GRIJALVA, nacido en Cuéllar (Segovia) hacia 1490. El cual tuvo el mérito y la fortuna de estar junto a Vasco Núñez de Balboa y Francisco Pizarro en el glorioso instante del descubrimiento del Océano Pacífico (año 1513), y, más tarde, fue uno de los capitanes más importantes al servicio de Hernán Cortés en la conquista de México. Pero con el dato curioso de que era capitán en el ejército que el gobernador de Cuba envió, bajo el mando de Pánfilo de Narváez, para apresar a Hernán Cortés por rebelde. El derrotado, tuerto y apresado resultó Narváez, y muchos de sus hombres, entre ellos Sebastián de Grijalva, se alistaron en las tropas del vencedor. Por su parte, HERNÁN SUÁREZ DE MAZUELAS, tras el heroico fracaso de La Florida, estuvo muy activo en México. Luchó en Yucatán y en Golfo Dulce (Costa Rica), ostentando el cargo de teniente del gobernador, pero sufrió en Guatemala una rebelión de sus soldados. No obstante, al regresar a México en 1553, fue muy bien recibido por el virrey Luis de Velasco. Al poco tiempo, se casó con Úrsula de Grijalva, la hija de Sebastián de Grijalva, quien tenía su domicilio familiar en Antequera, localidad de Oaxaca (México). Es muy probable que Hernán Suárez naciera en Villanueva de la Serena (Badajoz), residencia de sus padres. Allí vino al mundo también el gran Pedro de Valdivia, y, por orden suya, se fundó en Chile una ciudad con el nombre de La Serena hacia el año 1544. A lo dicho hay que añadir que, en el documento que utilizó su yerno para dar más fuerza a la petición de mercedes que hacía, HERNÁN SUÁREZ DE MAZUELAS narraba hechos muy interesantes acerca de lo que vivieron y sufrieron durante cinco años en la expedición de la Florida, de los que, sin duda, nos hablará el cronista Inca Garcilaso.




lunes, 8 de marzo de 2021

(Día 1362) Juan López y su caballo fueron salvados de morir ahogados. Harto de los ataques de los apalaches, Hernando de Soto apresó a Capasi, su cacique.

 

     (952) Atravesar el río era muy arriesgado, y hubo alguien en serios apuros: "Desembarazándose de la ropa, se echaron al agua, y salieron once a tierra por un gran portillo que en la barranca había. Pero Juan López Cacho no acertó a tomar la salida porque su caballo se pasó algo del portillo, y lo dejó ir río abajo a ver si había otro portillo por donde salir, pero no podía subir la barranca, ya que era tan cortada como una pared y el caballo no hallaba dónde afirmar las patas, por lo cual tuvo que volver a la otra ribera y, como el caballo iba muy fatigado, Juan López pidió socorro a los compañeros que cortaban la madera para la balsa. Cuatro de ellos, grandes nadadores, se echaron al agua, y a él y a su caballo los sacaron a tierra a pesar de estar fatigados por lo que habían trabajado".

     Inca Garcilaso cambia de escenario, y nos sitúa de nuevo en el campamento del ejército, donde estaban ya hartos del acoso de los indios apalaches: "El Adelantado Hernando de Soto, mientras el contador y capitán Juan de Añasco y los treinta caballeros que con él iban hacían el viaje que hemos dicho, viendo que los apalaches estaban con ansia de matar o herir a los castellanos, sin perder ocasión de día o de noche, pensó que si pudiese apresar al cacique, cesarían luego las asechanzas y traiciones de sus indios, y, en pocos días, supo que estaba metido, a unas ocho leguas de distancia,  en unas grandes montañas, donde el cacique se sentía seguro por la mucha maleza y dificultad del camino, por la fortaleza del sitio y por la mucha y buena gente que para su defensa tenía". Dando siempre muestras de su valor, el mismo Hernando de Soto se puso en marcha hacia allá con un grupo suficiente de hombres. El cacique tenía bien organizada su defensa: "Los indios habían  preparado su posición a conciencia. Estaban instalados en medio de un monte grandísimo y muy cerrado. Para entrar al lugar, tenían abierto un callejón angosto y largo de más de media legua, con fuertes empalizadas de maderos gruesos colocadas por tramos, y gente de guarnición en ellas. No tenían hecha salida por otra parte, creyendo que, aunque llegasen los españoles, sería imposible que tomasen el  sitio. Dentro estaba el cacique Capasi, bien acompañado de los suyos, y ellos con ánimo de morir antes que ver a su señor en poder de sus enemigos. Llegados los castellanos, pelearon bravamente porque, como el callejón era angosto, solo podían los dos delanteros. Con este trabajo a puro golpe de espada, recibiendo muchos flechazos, ganaron hasta la último empalizada, y llegaron donde estaba el curaca. En esta porfía y combate mostraron los unos y los otros la fortaleza de sus ánimos, aunque los indios, por falta de protección corporal, llevaban lo peor. El gobernador, sintiendo tan cerca al cacique, peleaba como muy valiente soldado que era y, como buen capitán, animaba a los suyos nombrándolos a voces por sus nombres. Con lo cual los españoles hirieron a los enemigos con tanta ferocidad, que casi los mataron a todos. Los indios, viendo que ya no podían defender al curaca, soltaron las armas y se rindieron y, puestos de rodillas ante el gobernador, le suplicaron que perdonase a su señor Capasi y a ellos mandase matar. El general recibió a los indios piadosamente y les dijo que a su señor y a todos ellos les perdonaba la desobediencia pasada, con tal de que fuesen en adelante buenos amigos".

   

     (Imagen) Añadiré, en principio, algo más de lo que le decía al Rey (en la imagen anterior) el obispo de Cuba Diego Sarmiento sobre la situación de los indígenas. Disminuía  su número por la explotación de los españoles y las enfermedades (indefensos ante ciertas epidemias llegadas de Europa). Pero el obispo apunta a otro problema para el mantenimiento de su raza: "Los indios se van acabando y no se multiplican, porque los españoles y mestizos, por falta de mujeres, se casan con indias". En otro párrafo, ampliaba su argumentación contra la plena libertad de los nativos: "Como sean libres, perderán vidas y ánimos, y los vecinos sus haciendas. Si, aun así, Vuestra Majestad manda que sean libres, será menester para adoctrinarlos un religioso en cada pueblo donde tienen su asiento, ¿y qué eclesiástico se hallará que quiera estar entre ellos (por ser peligroso)?”. He confirmado que, como supuse, el obispo retrasó su salida de España. Lo hizo el año 1538, con Hernando de Soto. Hay dos datos curiosos. Le acompañaban al obispo trece criados. Uno de ellos era Diego de Silveira, aunque en la imagen anterior no revelaba que iba como criado suyo. Pero, además, aparece como otro de sus sirvientes CRISTÓBAL DE TEJADILLO BASANTA, que fue uno de los testigos que declararon a favor del nombramiento como escribano y notario público del hijo de Diego de Silveira. Ocurre también que Diego y Cristóbal se casaron con dos hermanas. Y había otra coincidencia (a la que hay que añadir que volvieron vivos de La Florida): diez años antes de que nombraran escribano y notario al hijo de Diego, le habían dado el mismo título, como se ve en la imagen, a un hijo de Cristóbal (llamado igual que él, y con solo 24 años). La administración imperial era muy rigurosa y exigía permisos para muchos desplazamientos. En 1566 Cristóbal se trasladó a España con un hijo suyo llamado Diego (dejando a su mujer y al resto de su familia en México) para arreglar ciertos asuntos. Cinco años después, les dieron el siguiente permiso: "Licencia para regresar a Nueva España (México), a favor de Cristóbal de Tejadillo Basanta, en compañía de su hijo Diego de Tejadillo Basanta, vecinos de la ciudad de México". Queda, pues, claro que DIEGO DE SILVEIRA y CRISTÓBAL DE TEJADILLO fueron grandes amigos y llevaron vidas paralelas, aunque el primero nació en Sampayo (Galicia) y, el segundo, en Portillo (Valladolid).




sábado, 6 de marzo de 2021

(Día 1361) Durante su peligroso viaje hacia donde estaba Pedro Calderón, los jinetes no pudieron evitar el acoso de los indios y la gran dificultad del paso de un río.

 

     (951) Partieron, pues, a mediados de octubre de 1539 los lanceros hacia donde Pedro Calderón permanecía con el resto de la tropa a la espera: " Fueron todos muy a la ligera, no más que con las celadas y cotas sobre los vestidos y sus lanzas en las manos y sendas alforjas en las sillas con algún herraje y clavos (para herrar a los caballos) y con el bastimento que en ellas podía caber para caballos y caballeros. Ese día alancearon dos indios que toparon en el camino, y los mataron para que no avisasen a  los que había derramados por el campo. Anduvieron en aquella jornada las once leguas que hay de Apalache hasta la ciénaga, la cual pasaron sin encontrar enemigos, que no fue poca ventura, porque, a pocos indios que vinieran, bastarían para flecharles los caballos en camino tan angosto como el que había en el monte y el agua".

     Iban haciendo el recorrido de vuelta por los mismos parajes que habían hecho a la ida. Una de las preocupaciones era la de que el río que tenían que atravesar estuviera muy crecido. El que se adelantó para saberlo fue el mejor informador que tuvo el cronista para redactar su libro: " Gonzalo Silvestre, llegó a darle vista con harto temor de hallarlo más crecido que cuando el ejército pasó por él, pero fue Dios servido de que trajese menos agua; lo pasó a nado y salió al llano de la otra parte. Cuando sus compañeros lo vieron en la otra ribera tuvieron mucho placer,  y lo pasaron sin desgracia alguna. Luego fueron hacia el pueblo de Vitachuco, donde pasó la temeridad y desgracia del cacique Vitachuco". Les preocupaba mucho la posibilidad de verse obligados a luchar con los indios del poblado, y su idea fue dejarlo atrás alejándose al galope. Pero no hizo falta, porque se encontraron un espectáculo tristísimo: "Llegaron al pueblo, y lo hallaron todo quemado y asolado, y los cuerpos de los indios que murieron el día de la batalla estaban todos por aquellos campos amontonados, que no habían querido enterrarlos. Al pueblo lo destruyeron por creer que estaba fundado en sitio desdichado, y, a los indios muertos, los dejaron sin sepultura para manjar de aves y bestias fieras. Y así lo hicieron con este pueblo y con los que en él murieron, porque les pareció que la desgracia la había causado más la infelicidad del sitio y la mala fortuna de los muertos que el esfuerzo y valentía de los españoles, pues eran tan pocos en número contra tantos y tan valientes indios".

     En su veloz marcha, los españoles no pudieron evitar que algunos indios los vieran y corrieran la voz de alarma. Por si fuera poco, al llegar a otro río, esperaban que tuviera un reducido caudal, como ocurrió en el Osachile, pero se equivocaron: "El río venía tan feroz, que sólo mirarle ponía espanto. A esta dificultad se añadió la vocería que los indios de la una parte y la otra del río levantaron al ver asomar los cristianos. Se decidió que doce de ellos, los mejores nadadores, se echasen al río para tomar la otra ribera antes que los indios llegasen a ella. Se quedó también en que catorce de ellos, cortasen palos gruesos de los árboles que por la ribera había caídos y secos, para hacer una balsa en la que pasasen las sillas, ropa, alforjas y los españoles que no sabían nadar, debiendo los cuatro restantes resistir a los indios que acudían a toda furia para estorbarles el paso".

 

     (Imagen) También DIEGO DE SILVEIRA (a veces aparece como Silvela) volvió sano y salvo de La Florida. En una información, he visto que partió hacia las Indias con el recién nombrado obispo de Cuba Diego de Sarmiento (año 1536), aunque un testigo parece indicar que él y Silveira salieron juntos desde Sevilla en 1538. La única explicación que se me ocurre es que el reverendo retrasara su viaje. Diego de Silveira, como otros supervivientes, hizo de testigo en un expediente de méritos de algún compañero de fatigas floridanas. Afirmó haber nacido, hacia el año 1514, en Sampayo (Galicia), siendo hijo de Ruy de Silveira y de Teresa Rodríguez de Sejas. Vuelto a México, parece ser que permaneció allí, sin que, después de cinco años de sufrimientos por La Florida, le tentaran las arriesgadas aventuras de las guerras civiles peruanas. Pero debió de llevar una vida bastante desahogada, porque un hijo suyo, también llamado Diego de Silveira (nacido en México hacia el año 1561), tuvo tan buena formación, que logró ser nombrado escribano público, a lo que hace referencia el documento de la imagen (del año 1591). Se lo concedieron por su valía y por los méritos de su padre y de su abuelo. En ese expediente aclara muchas cosas. Su padre, Diego, se casó con Doña Mencía de Ocampo, y, su abuelo, Diego de Ocampo de Ulloa, fue un veterano conquistador de México. El solicitante consiguió la plaza con los buenos informes de los testigos, uno de los cuales era Cristóbal de Tejadillo (compañero de su padre en La Florida), quien, entre otras cosas,  dijo de él que, además de ser apto para el oficio, "era cristiano viejo, de casta noble, y de linaje sin mancha de moro, judío o hereje". El año 1622, se hizo en México un inventario de bienes del escribano público Diego de Silveira, lo que parece indicar que el  motivo era su fallecimiento (con unos 61 años). Añadiré algo sobre el mencionado obispo de Cuba DIEGO SARMIENTO. Nacido en Burgos, había sido cartujo en Sevilla (lo que, de por sí, ya era una garantía de austeridad). Consagrado en 1536, presentó su renuncia en 1544, quizá por encontrar demasiadas dificultades en su ministerio, especialmente en lo tocante a los indios. Le hablaba de ellos a Carlos V como un problema mal resuelto. Quería que los españoles les dieran trabajos más llevaderos, pero opinaba que  sería peor dejarlos en plena libertad, porque se verían perdidos con conductas autodestructivas. El obispo murió en Sevilla el año 1547.




viernes, 5 de marzo de 2021

(Día 1360) Fue muy arriesgada la misión de volver adonde estaba Pedro Calderón con la orden de que se uniera a la tropa de Hernando de Soto. El cronista facilita los nombres de algunos de aquellos héroes.

 

     (950) La tarea de ir hasta donde se encontraba Pedro Calderón con parte de la tropa para reunirse con los que iban de avanzada, se la confió Hernando de Soto a Juan de Añasco, a quien el cronista llena de elogios (no solo era funcionario, sino también buen soldado): "Ordenadas las cosas dichas, mandó el gobernador al contador Juan de Añasco que volviese a la provincia de Hirrihigua, por parecerle que este caballero era el capitán que mejores servicios había hecho desde el principio, y que hombre tal, con las demás buenas cualidades que tenía de soldado, era menester para pasar por los peligros y dificultades la misión. Con esta consideración, le dio orden para que, con veintinueve lanceros, volviese al pueblo de Hirrihigua por el mismo camino que el ejército había traído, para que el capitán Pedro Calderón y los demás soldados se uniesen al ejército". El cronista subraya que el encargo era muy peligroso, porque eran pocos los que iban para hacer de vuelta el recorrido en el que ya habían pasado tantos apuros; pero nadie se echó atrás.

     Como la aventura era heroica, Inca Garcilaso se deshace en alabanzas a los protagonistas, y menciona a algunos de ellos, dejando de paso constancia de que se lamenta  por no ser un cronista a la altura de sus méritos: "Eran hombres de tanto ánimo, y pasaron tantos peligros y dificultades, que será justo que ponga los nombres de los que mi memoria ha retenido. Yo quisiera recordar a todos los que conquistaron el Nuevo Mundo, y quisiera tener la capacidad narrativa del grandísimo Julio César, para gastar toda mi vida contando las grandes hazañas de los españoles, pues, siendo mayores que las de los otras naciones, tanto más desdichados han sido por faltarles quien las escribiese, y no ha sido poca desventura la de estos caballeros que las suyas viniesen a manos de un indio (el propio Inca Garcilaso), pues saldrán menoscabadas, y no escritas como ellas pasaron y merecen. Mas, con haber hecho todo lo que pudiere, habré cumplido con esta obligación, pues, para servirles, tuve más caudal de deseos que de fuerzas y habilidad".

     Y nos regala los nombres que recuerda de los que fueron con Añasco: "Los caballeros escogidos fueron: el contador y capitán Juan de Añasco, natural de Sevilla, Gómez Arias, natural de Segovia, Juan Cordero y Álvaro Fernández, naturales de Yelves, Antonio Carrillo, natural de Illescas (éste fue uno de los trece que con Francisco Hernández Girón se alzaron en el Cuzco el año 1553), Francisco de Villalobos y Juan López Cacho, vecinos de Sevilla, Gonzalo Silvestre, natural de Herrera de Alcántara, Juan de Espinosa, natural de Úbeda, Hernando Atanasio, natural de Badajoz, Juan de Abadía, vizcaíno, Antonio de la Cadena y Francisco Sagredo, naturales de Medellín, Bartolomé de Argote y Pedro Sánchez de Astorga, naturales de Astorga, Juan García Pechudo, natural de Alburquerque, y Pedro Morón, mestizo, natural de la ciudad de Bayamo, de la isla de Cuba. Este soldado tuvo la habilidad de rastrear mejor que un perro, pues muchas veces en Cuba encontró a indios alzados por el rastro que dejaban en sitios en los que se habían escondido. Sentía asimismo el fuego por el olor a más de una legua de distancia. Era grandísimo nadador, como atrás dejamos dicho. Fue con él su compañero y compatriota Diego de Oliva, mestizo, natural de la isla de Cuba".

 

     (Imagen) JUAN CORDERO DE APONTE era, probablemente, portugués, aunque él se mostraba como nacido en Badajoz, que está a un paso de la frontera (Hernando de Soto llevaba bastantes portugueses en su tropa, y consta que, entre ellos, había un Juan Cordeiro). Juan fue otro afortunado superviviente de La Florida, y  el año 1561 le pidió una ayuda al Rey basándose en sus demostrados méritos a su servicio y en lo mucho que tuvo que gastar en sus campañas, a las que siempre acudió con armas y caballos propios. Deja claro en su informe que sus mayores sufrimientos los tuvo acompañando a Soto. Pero, así como bastantes de los sobrevivientes se quedaron en México a la vuelta de aquel infierno (de casi cinco años), él se apuntó enseguida a las las tormentosas guerras civiles de Perú, y tuvo la sensatez de batallar siempre al servicio del Rey, con capitanes que ya conocemos, algunos de los cuales habían sido de dudosa lealtad. Tras luchar, bajo el mando de Gómez de Solís, contra Gonzalo Pizarro (que resultó derrotado y muerto en la batalla de Jaquijaguana),  Pedro de la Gasca le premió a Juan Cordero con una encomienda de indios, y se apuntó a la campaña en la que, capitaneados por Diego Palomino, lograron fundar en tierras ecuatorianas la ciudad de Jaén de Bracamoros (Palomino era jiennense), donde Juan se asentó como vecino (y seguía siéndolo en 1561, cuando presentó sus méritos). Estando allí, le llegó la noticia del levantamiento de Francisco Hernández Girón, se puso bajo el mando de Pedro de Añasco (no tiene nada que ver con el homónimo al que mató la cacique Gaitana de forma horrenda), y lo derrotaron en la batalla de Pucará (año 1554). Poco después tenía como jefe al capitán Antonio de Hoznayo (al parecer, un antiguo criado del virrey Antonio de Mendoza), y pacificaron a los indios de la zona del valle de Cundinamá, también en las proximidades de Jaén de Bracamoros. JUAN CORDERO DE APONTE termina su escrito dirigido al Rey diciendo que "en todo sirvió como persona de calidad y notorio hidalgo, y socorrió a los soldados en todo lo que pudo, por lo que se encuentra muy endeudado y sin poseer medios para sustentarse él, su mujer y sus hijos". Se quejaban mucho los conquistadores, pero el hecho cierto es que, con demasiada frecuencia, las recompensas no llegaban, ni de lejos, a lo que merecían sus enormes méritos.




jueves, 4 de marzo de 2021

(Día 1359) El indio que hacía de guía atacó varias veces a los españoles, y tuvieron que matarlo. Luego encontraron el puerto que utilizó Pánfilo de Narváez anteriormente.

 

     (949) El guía indio estaba pasándose de rosca: "Una noche de las que durmieron en los montes, el indio, que se le hacía largo el plazo de matar a los cristianos, no lo pudiendo sufrir, tomó un tizón de fuego y dio con él a uno de ellos en la cara. Los demás soldados quisieron matarlo, pero el capitán les dijo que lo soportasen, ya que era el guía y no tenían otro. Vueltos a reposar, le hizo lo mismo a otro castellano. Entonces, por castigo, le dieron muchos palos, coces y bofetadas, pero no escarmentó, que, antes que amaneciese, sacudió a otro soldado con otro tizón. Los españoles ya no sabían qué hacer de él. Por entonces se contentaron con darle muchos palos, y entregarlo con la cadena en que iba atado a uno de los soldados, para que tuviese particular cuidado de él. A poco trecho que hubieron caminado, arremetió contra el soldado que lo llevaba asido por la cadena, lo tiró al suelo abrazándolo por detrás, lo levantó en alto y dio con él tendido en el suelo, saltó de pies sobre él y le dio muchas coces. Los castellanos y su capitán, no pudiendo ya sufrir tanta desvergüenza, le dieron tantas cuchilladas y lanzadas que lo dejaron por muerto, pero, extrañamente, las cuchilladas solo le hirieron levemente. Habiéndolo notado los españoles, se admiraron todos y le echaron un lebrel para que lo acabase de matar y se encarnizase. De manera que el indio pérfido y malvado murió como él merecía". No resulta creíble que aquello fuera tal cual. Aunque no lo dice Inca Garcilaso, lo cuenta como si al indio lo protegiera algún hechizo de brujería.

     Pero no se quedaron sin guía, porque había otro indio que se calló sus conocimiento por miedo al trastornado que acababa de morir: "Viendo, pues, ahora quitado el impedimento, habló y respondió a lo que entonces le preguntaron, y, por señas y algunas palabras que se dejaban entender, dijo que los llevaría a la mar, al mismo lugar donde Pánfilo de Narváez había hecho sus navíos y donde se había embarcado". Por si fuera poco, pudieron hacerse de camino con otros dos indios que también conocían la forma de ir  a la costa,  y lo consiguieron con facilidad: "Llegaron al sitio donde Pánfilo de Narváez estuvo alojado; vieron dónde tuvo la fragua en que hizo la clavazón para sus barcas. Los tres indios mostraron también a los españoles el sitio donde los enemigos mataron a diez cristianos de los de Narváez, como en su historia también lo cuenta Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Los llevaron paso por paso por todos los que Pánfilo de Narváez anduvo, y señalaban los puestos donde tal y tal suceso había pasado. Tomando nota de todo lo que allí vieron,  se volvieron al campamento y dieron cuenta al gobernador de lo sucedido, el cual se alegró mucho de verlos, porque estaba preocupado de su tardanza, y recibió contento de saber que había el puerto para los navíos que a su ejército convenía. Viendo Hernando de Soto que el invierno se acercaba (que esto era ya por octubre), le pareció conveniente invernar en aquella provincia de Apalache donde había muchas provisiones. Decidió también enviar a buscar  al capitán Pedro Calderón y los demás españoles que con él quedaron en la provincia de Hirrihigua, para que viniesen a juntarse con él, porque donde estaban no hacían cosa alguna de importancia.

 

     (Imagen) En la imagen vemos el registro de embarque del capitán PEDRO CALDERÓN hacia La Florida (enero de 1538). Fue uno más de los que Hernando de Soto reclutó en España,  y, aunque no había estado en Perú, figuraba ya como capitán de las fuerzas del Rey. El documento se refiere a Soto como 'Adelantado'. Era una palabra muy empleada, y hacía referencia a que se trataba de alguien que iba a conquistar tierras nuevas, para formar parte de la 'gobernación' que se le hubiese concedido (en este caso, Cuba y La Florida). Pedro llevaba consigo a dos hijos, Rodrigo Calderón y Gregorio de Hoces, y (¡oh milagro!) sobrevivieron los tres a aquella descalabrada aventura; les acompañaba también Bernardo, un esclavo ya liberado. Los padres de Pedro eran Rodrigo Calderón y Beatriz de Hoces (toda la familia residía en Badajoz), y su mujer se llamaba Isabel Sayaga (alguno ha creído, equivocadamente, que era su hija). Pedro confirma en un informe de méritos que, como acabamos de ver, al llegar a La Florida, se quedó temporalmente en la costa al mando de parte de la tropa, y dice que, estando allí, recibió una carta que la extraordinaria (y, sin duda, muy preocupada) Isabel de Bobadilla enviaba a su marido, Hernando de Soto. No solo se va a quedar viuda, sino que, como vimos, tendrá que ejercer como gobernadora de Cuba y lidiar en largos pleitos con Hernán Ponce de León, el que fue socio de su marido en Perú. Como muchos de los que regresaron de la expedición, Pedro Calderón y sus dos hijos se establecieron en México, aunque él hizo un viaje a España, donde el año 1558 actuó de testigo para confirmar los méritos de Gonzalo Silvestre, compañero suyo en la huida de La Florida y principal informador que tuvo Inca Garcilaso para su crónica. En esa fecha dijo tener unos 60 años (lo que da idea de la juventud de sus dos hijos en 1538, al partir para la Florida, pues no llegarían a los 20). En la lista de embarque de Pedro y sus hijos, figuraban asimismo tres viajeros llamados Pedro, Juan y Ruy Gámez, que nos sirven como muestra de aquella trágica aventura. Solamente regresó Juan Gámez, hizo de testigo de méritos para García Osorio (al que ya he dedicado una imagen) y confirma sus servicios en La Florida, así como que también murió allí su hermano, Francisco Osorio.




martes, 2 de marzo de 2021

(Día 1358) El cacique Capasi y sus indios huyeron del pueblo apalache más importante antes de que llegaran los españoles. Un guía indio engañaba a Añasco y sus hombres.

 

     (948) En cuanto supo Hernando de Soto que el poblado más importante  de los apalaches estaba cerca, apresuró su macha: "Iban corriendo y alanceando a cuantos indios topaban por el camino. Pero, al llegar, vieron que el cacique y los indios se habían marchado. Ellos los siguieron, pero, aunque mataron y prendieron a muchos indios, no pudieron alcanzar a Capasi, que así se llamaba el cacique. Este es el primero que vemos con nombre diferente de su provincia. El gobernador se volvió al pueblo, y todos quedaron muy contentos de haber visto las buenas partes de aquella tierra y su fertilidad. Luego se decidió enviar cuadrillas de gente que entrasen unas veinte leguas tierra adentrpara descubrir lo que en la vecindad de aquella provincia había. Dos capitanes entraron hacia la banda del norte por diversas partes, el uno llamado Arias Tinoco y el otro Andrés de Vasconcelos, los cuales, sin que les hubiese acaecido cosa que sea de contar, volvieron y dijeron casi igualmente que habían hallado muchos pueblos con mucha gente y que la tierra era fértil de comida y limpia de ciénagas y montes bravos. Pero no le ocurrió lo mismo a una tercera cuadrilla, capitaneada por Juan de Añasco, pues dijo que fue hacia el sur, que había hallado tierra asperísima, muy dificultosa de andar  y con muchas ciénagas".

     Además de andar por tierras difíciles, Juan de Añasco llevaba un guía indio muy 'complicado': "Partió con cuarenta caballos y cincuenta peones. Con él iba un caballero, pariente de la mujer del gobernador, que se llamaba Gómez Arias (del que ya hemos hablado), gran soldado y de mucho provecho, ya que, por su veteranía, buen consejo y ser grandísimo nadador, facilitaba las dificultades que en agua y tierra tuvieron. Había sido esclavo en Berbería, donde aprendió la lengua morisca, y la habló tan propiamente, que, de muchas leguas la tierra adentro, salió a una frontera de cristianos sin que los moros que le topaban echasen de ver que era esclavo. Este caballero y la gente que hemos dicho fueron con Juan de Añasco hacia el mediodía para encontrar el mar, pues había noticia de que estaba a menos de treinta leguas de Apalache. Llevaban con ellos un indio que se había ofrecido a guiarlos presumiendo de ser muy amigo de los cristianos. El segundo día de marcha empezó el indio a malear, pareciéndole que no estaba bien guiar a sus enemigos, por lo que los sacó del camino bueno y los metía por unos montes de mucha aspereza, tras el cual llegaron a un lugar que tenía un género de zarzas llenas de púas largas que a los caballos y a la gente de a pie lastimaba cruelmente. Con estas dificultades, anduvieron los castellanos descaminados cinco días, dando vueltas a unas partes y a otras, por donde el indio, según su antojo, quería llevarlos. En estas dificultades y trabajos, bien entendían los castellanos que el indio, a sabiendas, los traía perdidos, porque tres veces se hallaron por aquellos montes tan cerca de la mar que oían la resaca de ella. Mas el indio, luego que la sentía, volvía a meterlos la tierra adentro con deseo de entramparlos donde no pudiesen salir y pereciesen de hambre, y, aunque él muriese con ellos, se daba por contento a trueque de matarlos. Todo esto sentían los cristianos, mas no osaban dárselo a entender por no malearle más de lo que de suyo lo estaba, y también porque no llevaban otro guía".

 

     (Imagen) En el ejército de Hernando de Soto iban los  hermanos ARIAS TINOCO, ALONSO ROMO y DIEGO TINOCO (puestos por orden de edad). Los tres volvieron vivos de La Florida, cosa sorprendente, ya que fallecieron la mitad, más o menos, de los expedicionarios. En la imagen vemos su registro de embarque hacia La Florida, desde Sevilla, el año 1538. Según los datos, sus padres vivían en Badajoz, se llamaban Gutierre García Cardeñosa y María Romo, y dos vecinos de la ciudad juraron que los conocían y que no eran 'de los prohibidos' (la habitual precaución para que no se colaran judíos o musulmanes). Con poco margen de duda, se puede asegurar que eran parientes muy cercanos del propio Hernando de Soto, ya que la madre de este se llamaba Leonor Arias Tinoco Gutiérrez de Cardeñosa. También va quedando claro que, muchos de los que fueron a aquella gran aventura, los reclutó Soto directamente en España, sin relación alguna con la conquista de Perú, y, probablemente, jóvenes e inexpertos. Varios de los datos que aparecen sobre ARIAS TINOCO se deben a que el año 1544 fue, en México, un testigo importante de una declaración de méritos del recientemente mencionado Juan de Añasco, del cual contó que fue imprescindible para preparar las cinco embarcaciones con las que pudieron los supervivientes de La Florida salvarse llegando a México. Aunque como sabemos, en lamentables condiciones físicas y vestidos con pieles de animales. De paso dijo que "la única posesión que Añasco pudo salvar de la experiencia de Florida fue un esclavo". También declaró su hermano ALONSO ROMO, y dio el detalle de que él, que lo era de caballería, iba como capitán de una de las cinco embarcaciones preparadas por Añasco. Del más joven, DIEGO TINOCO, apenas hay información complementaria. Aunque los tres fracasaron,  vivieron una aventura heroica, que sirvió, además, para orientar a futuras expediciones, como la de Pedro Menéndez de Avilés. Sufrieron, como todos, el constante miedo a la muerte, pero en su caso estaba acentuado por la alta probabilidad de que fallecieran sus hermanos. Sin embargo, en eso, fueron muy afortunados. El extraño apellido TINOCO lo trajo a España un militar francés que vino a luchar contra los musulmanes. Luego se estableció en Frenegal de la Sierra (Badajoz), que está a solo 48 km de Barcarrota, patria chica de Hernando de Soto y de su madre.




(Día 1357) Los bravos indios apalaches descargaron sobre los españoles (pagando un alto precio) toda la rabia que tenían por el mal recuerdo que les dejó el paso por sus tierras de la expedición de PÁNFILO DE NARVÁEZ.

 

     (947) Después de preparar laboriosamente la zona escogida para el asentamiento, al día siguiente empezaron a trasladar allí todo el ejército, pero los indios les esperaban a lo largo del camino para acosarles: "Les daban mucha pesadumbre a los castellanos, tirándoles muchas flechas, pero con orden y concierto, pues, cuando acometían los de una banda, no acometían los de la otra hasta que aquellos se habían apartado, por no herirse unos a otros con las flechas, las cuales eran tantas que parecía lluvia que caía del cielo. Andaban los infieles tan atrevidos, que, aunque los ballesteros y arcabuceros salían a resistirles, los tenían en nada, porque mientras un español tiraba un tiro y armaba para otro, tiraba un indio seis o siete flechas, ya que eran diestros y rápidos.  Viendo a los cristianos embarazados, los apretaban más y más, con ansias de desbaratarlos. Tomaban ánimo recordando que once años antes, en otra parte de esta misma ciénaga, habían derrotado a Pánfilo de Narváez".

     Tras el penoso avance de los españoles por un terreno lleno de dificultades, sufriendo el constante acoso de los indios apalaches, se situaron en una zona despejada, desde donde pudieron vengarse, lo que Inca Garcilaso justifica: "Llegados que fueron a la zona limpia y llana, dando gracias a Dios de que los hubiese sacado de aquella cárcel, soltaron las riendas a los caballos y mostraron bien el enojo que contra los indios llevaban, porque, en más de dos leguas que faltaban para llegar a las sementeras de maíz, no toparon indio que no prendiesen o matasen, principalmente a los que hacían alguna resistencia, de los cuales no escapó ninguno. Así mataron a muchos indios, y prendieron a pocos, con lo cual vengaron estos castellanos el mal que los de Apalache hicieron a Pánfilo de Narváez, y les quitaron la jactancia que mostraban gritando que habían de matar y destruir a estos castellanos como hicieron con los pasados".

     Aunque los españoles se encontraban ya menos agobiados, y procuraron descansar, el cronista deja claro que los apalaches, a pesar del gran castigo que recibieron, mantenían su bravura: "Los indios no quisieron reposar la noche siguiente, ni que los cristianos descansasen de los malos días y noches que ya les habían dado, y en toda la noche no cesaron de dar grita y vocería a todas horas, echando muchas flechas sobre el campamento". De paso, nos hace ver que los indos tenían grandes cultivos, y que era la tribu más poderosa y guerrera de todas aquellas tierras: "Venido el día, caminaron los españoles por unas grandes sementeras de maíz, frijoles, calabazas y otras legumbres. Salían los indios a toda diligencia a flechar a los castellanos, los cuales, enfadados de tanta terquedad, los alanceaban para escarmentarlos, mas todo era en vano, porque aumentaba la rabia que contra los cristianos tenían. Llegada la noche, los indios no cesaron en toda ella de atacar por todas las partes el campamento, no dejando reposar a los castellanos para no perder la fama que tenían en aquellas tierras de ser los apalaches los indios más valientes y guerreros. Al día siguiente, cuando empezó a caminar el ejército, se adelantó el gobernador con doscientos caballeros y cien infantes porque los indios prisioneros le dijeron que a dos leguas de allí estaba el principal pueblo de los apalaches".

 

     (Imagen) Ya que Inca Garcilaso lo cita, aclaremos cómo fue la muerte de PÁNFILO DE NARVÁEZ (del que ya hablamos) y por qué se acordaban de él los indios apalaches. Hernán Cortés derrotó a Narváez (el cual, por orden del gobernador de Cuba, iba a pararle los pies en su intento de rebeldía) y, además de dejarlo tuerto en la batalla, lo tuvo preso en Veracruz cerca de dos años. Ya libre, el año 1522 Narváez fue de inmediato a España para denunciar a Cortés, y se apoyó en la influencia ante el emperador del poderoso obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca (protector, como ya dije, de Sancho Ortiz de Matienzo), quien, además de odiar a Cortés, presidía entonces la Secretaría de Indias. Aunque la denuncia no prosperó, Carlos V le confió a Pánfilo de Narváez la expedición de La Florida, hacia donde partió el año 1527. Llegado a las costas de destino, una tormenta hizo estragos en las naves. Más tarde recibieron refuerzos (en un barco en el que llegó Juan Ortiz, quien, apresado por los indios, fue un precursor de la historia de Pocahontas).  Pero Narváez y parte de los suyos (entre ellos, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el cual vivió luego una aventura increíble) ya habían marchado a pie hacia el territorio de los apalaches, por tener noticias de que allí había oro abundante. No encontraron ni rastro del precioso tesoro, pero sí los durísimos ataques de los apalaches. Según lo cuenta Inca Garcilaso, podría parecer que ellos mataron a Narváez, pero de lo que presumían los indios frente a Hernando de Soto y los suyos, era, sin más, de obligar a los españoles a huir, tras haberlos derrotado. Ante el acoso constante de los indios, y perdida toda esperanza de lucro y de éxito, Narváez y sus hombres se vieron obligados a regresar, para lo cual prepararon rudimentarias canoas con las que poder descender hacia la desembocadura del río Misisipi. De nuevo la naturaleza se ensañó con ellos, y otro fuerte temporal las destrozó cuando ya enfilaban hacia México, por lo que se ahogaron gran parte de los integrantes de la tropa, siendo uno de ellos PÁNFILO DE NARVÁEZ, ejemplo perfecto de que aquellos grandes conquistadores eran juguetes de la caprichosa  y tacaña fortuna, que solamente otorgaba la gloria y la riqueza en contadas ocasiones. Pero, para variar, se salvó Álvar Núñez Cabeza de Vaca, como algún día veremos. La lápida de la imagen recuerda la llegada de los primeros blancos a aquellas costas de Florida, Narváez y sus hombres.




lunes, 1 de marzo de 2021

(Día 1356) Los españoles sufrieron algunas bajas, pero los indios, al morir su cacique, Vitachuco, atacaron de manera suicida y murieron en masa. Hernando de Soto y los suyos partieron hacia la tierra de los apalaches.

 

     (946) Los indios se revolvían desesperadamente, dispuestos a morir, con ansia de matar españoles y sabiendo que no tenían posibilidad de vencerlos: "Estos y otros muchos casos semejantes acaecieron en esta brutal lucha, donde hubo cuatro españoles muertos, y, muchos, malamente lastimados. Y fue buena suerte que la mayoría de los indios estaban en cadenas. Pero, aun así, intentaron hacer todo el daño que pudieron, de manera que los españoles mataron a todos, lo cual fue gran lástima. Este fin tuvo la temeridad y soberbia de Vitachuco, nacida de su ánimo, más feroz que prudente, sobrado de presunción y falto de consejo, pues, sin necesidad, se causó su propia muerte y la de mil y trescientos vasallos suyos, los mejores y más nobles de su estado". Cuatro días después, se marcharon los españoles hacia las tierras de Ochile, en donde, después de llegar, se quedaron poco tiempo, sin haber podido hablar con el cacique porque se había refugiado en un  monte y no quiso descender para hablar con los españoles, cuya fama de bravos ya se había extendido, y los indios los hostigaban siempre que podían.

     Dejaron de lado aquel lugar, y se fueron acercando a otro de especial importancia: "El gobernador y sus capitanes habían oído hablar grandezas, tanto de la abundancia y fertilidad de la tierra como de los hechos en armas y bravosidades de los Apalaches. Caminaron sin contradicción alguna, y llegaron a una ciénaga muy grande y mala de pasar. A sus orillas, había un monte de mucha arboleda, gruesa y alta, con mucha maleza de zarzas que parecía un fuerte muro, por lo cual no había forma alguna por donde pasar entre el monte y la ciénaga, salvo por una senda que los indios tenían hecha, tan angosta, que apenas podían ir por ella dos hombres juntos". Hernando de Soto necesitaba saber cuánta era la profundidad de la ciénaga en todo el recorrido, y envió un grupo de soldados para comprobarlo. Siendo el camino tan estrecho, no pudieron seguirlo entero por la oposición de los indios. Con otro refuerzo de hombres, lograron repeler a los nativos, y, tras ver que había al final un puente, decidieron volver y esperar al día siguiente para seguir avanzando con más gente: "Salieron del real doscientos españoles, y, dos horas antes de que amaneciese, caminaron hasta llegar al puente, y lo pasaron sin que indio alguno saliese a su encuentro,  pero, cuando vino el día y los vieron, acudieron los indios con grandísima furia, y cargaron sobre los castellanos con gran ferocidad, los cuales apretaron reciamente contra los indios. Andaban los unos y los otros con el agua hasta la cintura, y los españoles los empujaron hasta el callejón del monte. Como, por la estrechura del camino, eran menester pocos españoles para contenerlos, decidieron que ciento cincuenta preparasen el sitio para alojamiento del real y otros cincuenta guardasen y defendiesen el paso, por si los indios viniesen a estorbar la obra, porque, como no había otro camino para entrar donde estaban los que acondicionaban el monte, sino por la senda o callejón, pocos cristianos que estuviesen al paso bastaban para defenderlo. De esta manera estuvieron todo aquel día: los indios dando gritos para inquietar a sus enemigos, ya que no podían con las armas, y los castellanos trabajando, unos en defender el paso, otros cortando el monte y otros quemando lo cortado para dejar libre el sitio. Venida la noche, los nuestros no durmieron parte alguna de ella por los muchos sobresaltos y gritos que los indios les daban".

 

     (Imagen) Acabamos de utilizar datos del expediente de méritos de Rodrigo Vázquez, pero me centraré ahora en otro de su hermano, ALONSO VÁZQUEZ, ambos nacidos en la bella Jerez de los Caballeros (Badajoz), siendo, al parecer, Alonso el mayor de estos dos supervivientes de la catástrofe de La Florida. Uno de los testigos declarantes a favor de los méritos de Alonso era otro de los que pudieron regresar, Juan Botello. Habían hecho el viaje juntos desde España, en compañía de Hernando de Soto, natural de Barcarrota (Badajoz), como Botello, el cual, tras  confirmar la grave herida que tuvo en el pie Alonso Vázquez y que estaba bajo las órdenes del capitán Juan Ruiz Lobillo, resume los horrores que vivieron con una sola frase: "Las fatigas que vivimos en Florida eran tan grandes, que ningún hombre podía encontrar palabras para describirlas ni memoria para recitarlas". Pero entre los declarantes del expediente de Alonso vemos una rara peculiaridad: había, cosa excepcional, dos mujeres. Una de ellas era Isabel de Soto, sobrina de Hernando de Soto. Cuando su marido, Don Carlos Enríquez, partió hacia La Florida, ella se quedó en Cuba y nunca más le vio, ya que fue uno de los numerosos fallecidos. El valor de su testimonio radica en que conocía bien a Alonso Vázquez, del que alaba sus virtudes, y da fe de su buen comportamiento durante la campaña porque se lo contó alguien de su confianza. Lo curioso es que la persona en cuestión era su propia criada, ANA MÉNDEZ, quien, por ser mujer, fue un caso extraño en medio de una aventura militar de aquel calibre. También ella declaró como testigo. Confirmó lo del paso de la laguna, y dijo que fue donde los indios mataron a Don Carlos Enríquez (quizá estuviera allí como criada suya), y que ella y los demás supervivientes llegaron a México vestidos con pieles de animales. Y llama  también la atención que ALONSO VÁZQUEZ le pedía al Rey, mostrando sus méritos, una cosa sorprendente: un nombramiento militar para volver a La Florida, y tener allí, además, concesiones de encomiendas de indios, para vivir en aquellas tierras con su familia. Es posible que hubiese recuperado la ilusión de triunfar en otro viaje que, como vimos, preparaba Tristán de Luna, y que terminó en un nuevo desastre floridano.