sábado, 16 de noviembre de 2019

(956) EJECUCIÓN DE DIEGO DE ALMAGRO EL MOZO.


     (546) Y llegó el triste último momento de Diego de Almagro el Mozo: “Llevaba siempre los ojos puestos en un crucifijo, e, sacado de la prisión, el pregonero iba diciendo: ‘Esta es la justicia que manda hacer su  Majestad el Emperador, y el Gobernador Vaca de Castro en su nombre, por usurpador de la justicia Real, y porque se levantó en el reino tiránicamente’. Yendo hacia la picota, junto a la cual estaba el verdugo aparejado para matarle (era el mismo que ejecutó a su padre), dijo que, puesto que moría en el lugar en el que había muerto su padre y le habían de enterrar en la sepultura en la que estaba su cuerpo, rogaba que lo echasen a él debajo, e pusiesen luego encima los huesos de su padre. Cuando estaba donde le habían de matar, le quisieron poner un velo delante de los ojos, y él decía que no había por qué, y que solo mandasen al verdugo que hiciese su oficio, y dejarle a él en aquel poco tiempo que le quedaba de vida gozar de ver con los ojos la imagen de nuestro Dios, que allí estaba. Finalmente, se porfió con él, e, contra su voluntad, le fueron tapados sus ojos. Extendido en el repostero, recibió la muerte con gran ánimo, en el mismo lugar donde, años atrás, se la dieron a su padre, y fue su cuerpo enterrado en la iglesia de la Merced, en la misma sepultura y de la manera que antes pidió”.
     Cieza da más datos sobre su persona: “Era Don Diego de mediano cuerpo y de unos veinticuatro años, muy virtuoso y entendido, valiente, buen hombre de a caballo, liberal e amigo de hacer el bien. Su madre fue una india natural de Tierra Firme (Panamá). Teníase grande esperanza de su persona, si viviera. No carecía de vicios, pues tuvo los que generalmente tienen la mayoría de los hombres de las Indias”.
     No deja Cieza pasar de largo un detalle de mezquindad política: “El capitán Peransúrez anduvo preguntando a los que se hallaron presentes si habían oído a Don Diego decir ser digno de aquella muerte porque, por su mandato, había sido muerto el Marqués Pizarro. Esto no lo preguntaba por ingorancia, pues él y todos sabían que Don Diego nunca dijo tales palabras, mas parecíale a él, a Vaca de Castro e a otros que, para su justificación, todo convenía”. Mala defensa jurídica (o ninguna) hubo de tener Diego de Almagro el Mozo si, para demostrar su culpabilidad, andaban buscando testigos después de ejecutarlo. Veremos enseguida que la dureza de Vaca de Castro no parecía capricho suyo. Da la impresión de que había llegado de España con unas orientaciones claras del propio Rey, en el sentido de utilizar todos los medios que fueran necesarios para terminar con las guerras civiles. Los almagristas habían cometido el error de actuar contra la legalidad, convirtiéndose en rebeldes. Ya no había vuelta atrás. Hasta es de creer que, si se hubieran presentado en España para pedir perdón, no lo habrían obtenido. Pesaba demasiado el asesinato de Pizarro.
     Termina Cieza la triste escena diciendo: “De esta manera feneció Don Diego de Almagro, y en él tuvieron fin las reliquias de su padre, recibiendo ambos una muerte igual en la ciudad del Cuzco”. Quizá se refiera a que con él acabó la ‘descendencia’ de su padre, pero tuvo una hermana  llamada Isabel Almagro.

       (Imagen) Hay personajes históricos que trasmiten un poso de tristeza, y tienen también lagunas desconocidas en su biografía.  DIEGO DE ALMAGRO EL MOZO provoca lástima, y, al mismo tiempo, demostró sobreponerse heroicamente a los golpes del destino. Apenas se conoce nada de su infancia y su adolescencia, y menos todavía de su madre, la indígena bautizada como Ana Martínez, ni de su hermanastra, Isabel Almagro, salvo que era menor que él e hija de otra nativa. Es seguro que recibió una formación esmerada. Su primer contacto con lo que era el horror de las expediciones de conquista lo tuvo cuando fue a Chile para encontrarse con su padre. Luego no se habla de él hasta la batalla de las Salinas, donde Diego de Almagro el Viejo resultó derrotado y ejecutado. Qué deprimente situación. El Mozo se quedó solo, y obligado a convivir con los que habían matado a su padre, hasta el punto de que permaneció un tiempo en la propia casa de Pizarro, quizá por compasión del gran conquistador, o quizá para evitar que frecuentara a los bravos capitanes almagristas que vivían en Lima despreciados pero ansiosos de venganza. Llegó un momento en que Pizarro se desentendió de él, y lo pagaría caro, porque propició que los almagristas se apiñaran en torno a un Mozo que fue creciendo en seguridad y dio consistencia a la conspiración que acabó con su vida. Pero aquel asesinato fue el camino fatal que llevó inevitablemente a Diego de Almagro el Mozo a otra guerra civil, la de Chupas, que acabó con su vida cuando no tenía más de 24 años, y que ni siquiera ganándola habría resuelto nada. Solo supondría el retraso de su propia muerte, porque la mano justiciera de Carlos V era muy larga e incansable, y el asesinato de Pizarro pesaba mucho. Dio el tipo como personaje de tragedia griega que vino a este mundo con malas cartas.



viernes, 15 de noviembre de 2019

(955) Ya presos Diego de Almagro el Mozo y sus compañeros, los visitó Vaca de Castro afeando su conducta y dándoles alguna esperanza de vida, pero ellos sabían que iban a morir. Se dictaron las penas de muerte, y el Mozo le emplazó a Vaca de Castro ante Dios.


     (545) No es difícil imaginar la desesperación de Diego de Almagro el Mozo y los otros cabecillas almagristas que estaban apresados. Sabían de sobra que los iban a matar, como habrían hecho ellos con los pizarristas de haber ganado la batalla de Chupas. Era la lógica consecuencia en aquellas guerras civiles implacables: “Vaca de Castro fue a visitar a la prisión a Don Diego de Almagro, Diego Méndez, Juan de Olivas y los demás que estaban presos, y les dijo que qué locura tan grande había sido alzarse con el reino contra Su Majestad, e hacer las cosas tan feas que ellos sabían. El mozo Don Diego respondió que nunca él ni los que fueron sus valedores habían andado en deservicio de Su Majestad, e que, para tomar a su cargo el gobierno de la provincia, tuvo justificación bastante con el nombramiento que el Adelantado, su padre, le hizo en virtud de una provisión del Rey. Vaca de Castro le respondió afeándole lo hecho. Después se despidió de ellos diciéndoles que, aunque por la sentencia general estaban todos condenados a muerte, él quería que pidiesen su justicia, para que fuesen libres o condenados como el derecho lo mandaba. Don Diego estaba tan acongojado como se puede sentir, y todos tenían gran lástima de él, pero Gaspar Rodríguez de Camporredondo y otros le decían a Vaca de Castro que le cortase la cabeza, y que a cuándo aguardaba”.
     Diego de Almagro el Mozo, lleno de angustia, no descartaba la posibilidad de huir, siempre con la misma idea de buscar en los Andes el amparo de Manco Inca: “A muchos les pesaba cuando se hablaba de que había que darle muerte, mas, como fuesen sus contrarios Gaspar Rodríguez de Camporredondo y Peransúrez de Castro (parece ser que, en lugar de ‘Castro’, era también ‘Camporredondo’), que eran los más privados de Vaca de Castro, no había para qué pensar que Vaca de Castro dejara de matarle”.
     El Mozo hizo sus preparativos: “Trató, lo más encubierto que pudo, con un paje suyo, que comprase dos caballos ligeros, y los tuviese a cierta hora de la noche en el río que corre por la ciudad del Cuzco. Y sucedió que algunos de los que oyeron lo de la compra de los caballos dieron aviso de ellos a Vaca de Castro. Al saberlo, consultó con algunos de sus capitanes e amigos sobre lo que se haría con Don Diego, y a todos les pareció que convenía darle la muerte, así por el delito que había cometido, como por asegurar el reino y evitar que en él hubiese novedades. Visto el proceso que contra él se había hecho, fue condenado a muerte, y se mandó notificar la sentencia en su presencia. Cuando fue por él oída, respondió que apelaba ante Su Majestad, o ante los Oidores de la Audiencia de Tierra Firme (Panamá), y se le respondió que no procedía. Tornó a decirle a Vaca de Castro que, puesto que no le otorgaba la apelación, y le mataba de hecho, le citaba ante el Juez del Cielo, nuestro Dios, donde, sin parcialidad ni pasión, todos serían juzgados”.

     (Imagen) Diego de Almagro el Viejo legitimó a su hijo, DIEGO DE ALMAGRO EL MOZO, e incluso, cuando adquirió gran fama por sus éxitos junto a Pizarro, hizo tratos para casarlo con una joven residente en España y de familia relevante, pero la candidata falleció. El Mozo fue desde Panamá, donde vivía, hasta Perú, al encuentro de su padre, con Francisco Martín de Alcántara, hermanastro de Pizarro. Al haber partido ya Almagro para Chile, fue en su busca a lugar tan lejano acompañado por Juan de Rada. Allí se encontraron los tres, el padre, el hijo y Rada, como si fuera el preludio de una conjunción astral de carambolas fatídicas. Rada se convirtió en una figura dominante entre los almagristas. A Diego de Almagro el Viejo lo mató Hernando Pizarro, Juan de Rada fue el director de orquesta en el asesinato de Pizarro, aunque quien tenía la máxima responsabilidad era ya Diego de Almagro el Mozo, y ahora vemos que Vaca de Castro lo va a ejecutar. El Mozo se había convertido aceleradamente en un líder seguro de sí mismo. Había cometido graves errores, pero le reprochaba a Vaca de Castro contundentemente (y estaba en lo cierto) que su padre fue asesinado, y que le había dejado en herencia la Gobernación de Nueva Toledo, colindante con la de Nueva Castilla, perteneciente a Pizarro. Pero escogió el camino equivocado para reclamar sus derechos: la venganza y la violencia. También es posible que las circunstancias no le dejaran acceso a otra vía. Cieza, que siempre buscaba la verdad, nos va a explicar que, cuando le llegó la hora de su ejecución, “mostró siempre ánimo de varón y no de  mozo, como era, habiendo llegado a tener seriedad y grandeza, a pesar del origen humilde de sus padres”. De ahí se desprende también que, así como los capitanes que emparejaban con nativas tendían a hacerlo con mujeres de la nobleza inca, la compañera de Diego de Almagro y madre del Mozo, bautizada como Ana Martínez, era una india de la clase popular.



jueves, 14 de noviembre de 2019

(Día 954) Vaca de Castro siguió enviando hombres a conquistar. Cieza, que le reconoce sobrados méritos, no puede ocultar lo que pensaba de él, y saca a relucir su vanagloria y su ambición.


     (544) Vaca de Castro, en un derroche de eficacia, mientras se dirigía amenazante al encuentro de Diego de Almagro el Mozo continuaba enviando hombres a otras zonas de conquista: “Cuando llegó a la provincia de Andahuaylas,  fue avisado de que, junto a las tierras de Bracamoros conquistadas por Pedro de Vergara, había posibilidades de fundar alguna ciudad, e, como deseaba derramar a la gente, nombró capitán a Juan Porcel, quien partió hacia allá con varios españoles. Llegaron entonces desde la provincia de Chile algunos enviados de Pedro de Valdivia, pidiendo socorro de españoles para las conquistas de aquellas tierras (no dice si los consiguieron). Después Vaca de Castro partió para la gran ciudad del Cuzco, donde le fue hecho solemnísimo recibimiento, e de todos fue recibido con muchísima alegría”.
     Pues, una de cal y otra de arena: Cieza de León no es tacaño reconociendo los méritos de Vaca de Castro, pero tampoco se corta al hablar de sus defectos. Conocemos ya suficientemente a Cieza como para darle crédito en casi todo lo que cuenta a lo largo de su extensa y maravillosa crónica. Ya dije anteriormente que Vaca de Castro estuvo bajo sospecha durante largo tiempo, con cárcel incluida, pero que, finalmente, quedó libre de cargos y vivió tranquilamente los últimos años de su vida. Sin embargo, la opinión de Cieza vale mucho, y sus críticas son siempre objetivas. Esto es lo que comenta: “Cuando el Gobernador Vaca de Castro llegó a la ciudad del Cuzco, era de todos muy visitado, e, como su inclinación le llevó a ser altivo y presuntuoso, viendo que había desbaratado a Don Diego e vencido la batalla, hinchose tanto de vanidades, que no se conformaba con las letras que tenía (su condición de licenciado), e mandó que estuviesen en su casa muchos caballeros como sus continos (hombres de confianza que tenía la gente noble), y con ellos gastaba bien espléndidamente, teniendo grandes aparadores de fina plata, e crecidos blandones (candeleros), lo cual era demasiado para su importancia”.
     A Vaca de Castro le gustaba figurar, pero tenía otra inclinación más peligrosa: “No entendía más que en buscar dineros para henchir su gran codicia. Caso harto feo, pues, enviándolo Su Majestad a que gobernase con rectitud, procuraba allegar tesoros por vías no lícitas. Muchos de los que le envidiaban decían que recibía cohechos vendiendo los repartimientos de indios, pero no es de creer, ni yo tal cosa he podido averiguar. Mas es verdad que el beneficio tan preciado de la coca fue provecho particular suyo, e no general de todos como era antes, mandando con grandes penas que ninguno fuese osado de utilizarlo. Se quedó con los mejores repartimientos de indios que había, e así logró grandes tesoros, y procuró siempre colocar a sus criados e amigos lo mejor que pudo. Pero, aunque Vaca de Castro participó en los vicios de presunción, vanagloria e codicia, fue buen gobernador e hizo en el reino buenas cosas, las cuales pondré todas, pues soy muy amigo de la verdad, y de que en ningún tiempo piensen de mí otra cosa”.

     (Imagen) Vimos que Cieza hizo una alabanza particular sobre JUAN DE VARGAS, por apresar a un capitán de Manco Inca. Se le suele confundir con otros del mismo nombre. Así se llamaba también el hijo de Gómez de Tordoya, aquel criado de Pizarro que murió asesinado como él al tratar de defenderlo. Da la casualidad de que era hermano de Sebastián Garcilaso de la Vega, padre del cronista Inca Garcilaso, quien confirma expresamente el dato. Nació hacia el año 1490. Fue un tipo explosivo, de pura acción. El mismo Cieza nos cuenta que era natural de “La Higuera, junto a Frenegal de la Sierra (Badajoz)”, y también lo llama “conquistador antiguo”. Ya de joven, perseguido por la justicia, se enroló en las tropas que batallaban por Europa. Apareció en Perú hacia 1534, sin que se conozcan bien sus andanzas anteriores por tierras americanas. Colaboró en aquella conquista con Pizarro, quien lo apreciaba pero también lo apresaba de vez en cuando por su comportamiento conflictivo. Tuvo un papel de gran importancia en las guerras civiles. Primeramente, como vemos, luchó contra los almagristas, quienes habían matado a su, sin duda, querido Gobernador Pizarro. Pero no aceptó la rebeldía de Gonzalo Pizarro contra el Rey, y se unió, como capitán de caballería, a las tropas del brillante Diego Centeno para enfrentarse contra los rebeldes en la batalla de Huarina, una de las más sangrientas de las guerras civiles. Tenían la victoria en las manos. Tanto que, como vimos, el capitán pizarrista Hernando Bachicao escurrió el bulto. Pero hubo una fatalidad: una hábil maniobra del temible Francisco de Carvajal los derrotó. JUAN DE VARGAS murió en combate. Era el día 20 de octubre de 1547. (Cuando Hernando Bachicao volvió arrepentido, Carvajal lo mató).



miércoles, 13 de noviembre de 2019

(Día 953) Por una negligencia de Diego Méndez le apresaron a él y a Diego de Almagro el Mozo. Méndez logró escapar. Vaca de Castro ejecutó al capitán Juan Pérez.


   (543) Tras anunciarnos la llegada de Gonzalo Pizarro, nos vuelve Cieza al escenario de la terminada guerra de Chupas. Lo primero que pensó Diego de Almagro el Mozo fue huir para salvar la vida. Se decidió a hacerlo acompañado de Diego Méndez, el hermano del gran capitán Rodrigo Orgóñez, muerto cuatro años antes en la batalla de las Salinas: “Salieron juntos, con voluntad de ponerse bajo la protección de Manco Inca, e pudiéranlo hacer fácilmente si Diego Méndez, por ir a ver a una mujer que tenía por manceba en el Cuzco, no se detuviera. Don Diego, aun contra su voluntad, no se opuso. Llegados a la ciudad, Diego Méndez se fue luego a meter en los brazos de su amiga, como si fuera con victoria”. Aunque el Mozo le metía prisa a Méndez, la demora fue suficiente para que el plan fracasara. Poco después de que salieran del Cuzco, supieron los hombres de Vaca de Castro que el Mozo y Méndez acababan de marchar: “Rodrigo Salazar, Juan Gutiérrez Malaver y otros fueron en su seguimiento, los apresaron en el valle de Yucay, los trajeron al Cuzco y fueron puestos a recaudo”. Como ya vimos, Diego Méndez pudo, finalmente, huir del Cuzco y lograr el objetivo de refugiarse en la zona de los Andes con Manco Inca. Allí permaneció más de un año con otros pocos españoles. Por un asunto confuso, asesinaron a Manco Inca, y sus indios mataron a todos, incluido Diego Méndez.
     Pronto apareció por el Cuzco el Capitán Garcilaso de la Vega con la  misión de imponer como Gobernador a Vaca de Castro, quien iba algo rezagado pero sin dejar de tomar decisiones importantes. Le ordenó, por ejemplo, al Capitán Pedro de Puelles, como ya sabemos, que fundara en la zona de Huánuco la ciudad de León, y lo cumplió. Ahora que le vemos a Pedro de Puelles tan fiel a la Corona, y bajo el mando de Vaca de Castro, conviene recordar que, unos años más tarde, se unió al rebelde Gonzalo Pizarro, ahorcó a una mujer que daba vivas al Rey, y, al día siguiente, hizo justicia el capitán Rodrigo Salazar matándolo a puñaladas. Por lo que nos ha dicho Cieza en el párrafo anterior, sabemos también que este mismo Rodrigo de Salazar fue uno de los que apresaron a Diego de Almagro el Mozo y a Diego Méndez cuando salieron huyendo del Cuzco.
     De paso, Cieza hace un sincero elogio de un capitán que también estaba por la zona de Huánuco: “Juan de Vargas, antiguo conquistador de aquellas partes, se dio maña con mucho trabajo para prender a Illatopa, capitán de Manco Inca, que andaba alzado y había hecho mucho mal. Y, ciertamente, el servicio que hizo Juan de Vargas prendiéndolo fue notable, e como tal lo consideró el Gobernador. Este Juan de Vargas era natural de La Higuera, junto a Frenegal de la Sierra”. El comentario es breve, pero pocas veces se detiene Cieza para dar un detalle tan particular. Quizá, además de por estos méritos, lo tuviera en mucho aprecio por otros que no conocemos.
      Entre los almagristas que murieron en la batalla de Chupas estaba el Capitán Juan Pérez, y ahora nos explica Cieza cómo acabó: “Supo Vaca de Castro que se encontraba cerca, por lo que pidió a los indios (amigos) que lo buscasen, y, cuando lo hallaron, mandó que fuese hecho cuartos”. Todo indica que, por sistema, ejecutaba a los capitanes más señalados.

      (Imagen) El Capitán JERÓNIMO DE VILLEGAS nació en Burgos hacia el año 1500. Pertenecía a una familia de mercaderes. Quién sabe si ese instinto comercial le impulsó a desarrollar una técnica que ha funcionado en todos los tiempos: las interpretaciones astrológicas y mágicas. Vemos a Gonzalo Pizarro consultándole con angustia el sentido de un sueño tenebroso, y parece ser que recurría a él con frecuencia. Lo que quiere decir que, aunque la Inquisición perseguía a estos supuestos iluminados, en la práctica, tenían clientela. Pero hay que decir que también fue un heroico conquistador. Después de vivir con Gonzalo Pizarro los horrores y el estrepitoso fracaso de su aventura en tierras amazónicas, Jerónimo se casó con María Calderón, una viuda bien situada. Su peripecia en las guerras civiles va a estar marcada por cambios de bando oportunistas (comprensibles en medio de aquel peligroso espanto). Luchó contra el rebelde Gonzalo Pizarro, su antiguo querido jefe, y el energúmeno Francisco de Carvajal, no pudiéndolo atrapar, mató a su mujer y a un hijo suyo. Tras la batalla de Chupas, Jerónimo estuvo a punto de matar a Carvajal, pero lo aplacaron, porque iba a ser juzgado junto a Gonzalo Pizarro y fueron decapitados los dos. La imagen muestra una petición que hizo Jerónimo el año 1551, en la que contaba esta triste historia, y solicitaba que, por estos hechos y por sus propios méritos como capitán, le concedieran que la encomienda de indios que le había dado el obispo Pedro de la Gasca tuviera el carácter de perpetua, y que le dieran a su hija una ayuda para casarse. Tambien quería permiso para poder marchar de Arequipa y vivir en otro sitio porque estaba enfermo. Al pie del escrito, se puso el triste informe de los funcionarios: Visto bueno al traslado, si el Virrey estaba conforme, pero, en lo demás, “no ha lugar”. Probablemente influyó el hecho de que coqueteó con el último de los rebeldes, Francisco Hernández Girón. JERÓNIMO DE VILLEGAS murió en Lima en 1555.



martes, 12 de noviembre de 2019

(Día 952) La terrorífica aventura de Gonzalo Pizarro y sus hombres por el Amazonas duró dos años. Cieza recuerda que, cuando volvió Gonzalo, se enteró de que había sido asesinado su hermano y de que estaba al mando en Perú Vaca de Castro.


     (542) Partieron del poblado siguiendo un camino que le habían aconsejado los indios porque era más directo. Tuvieron que preparar puentes para atravesar ríos: “Llegaron a uno que iba tan furioso, que tardaron cuatro días en hacer el puente”. Dieron también muestras de que, a pesar de su profunda fe cristiana, se dejaban impresionar por las señales de mal agüero: “Estando velando por la noche, vieron un gran cometa atravesar por el cielo. Gonzalo Pizarro por la mañana dijo que le pareció entre sueños que un dragón le sacaba el corazón, y, entre sus crueles dientes, lo despedazaba. Mandó llamar a un Jerónimo de Villegas, a quien tenían por medio astrólogo, para que dijese lo que pensaba de aquello, y, según dicen, respondió que Gonzalo Pizarro hallaría muerta la cosa del mundo que él más quisiese. Pasadas otras cosas, que más se pueden tomar como chufetas (bromas) que como historia, llegaron a los términos de Quito. Dicen los que salieron de aquella campaña que entraron en ella (sin contar los que se fueron con Orellana por el Amazonas) doscientos cuarenta españoles, e que la mayoría murieron de hambre, a pesar de sacar de Quito seis mil puercos, trescientos caballos e acémilas, novecientos perros y muchos carneros y ovejas, y que todo se comió e perdió”.
     Qué desastre. La aventura de del Amazonas había durado dos años terroríficos. Cieza, cosa rara en él, no habla de los indios ‘amigos’ que iban con los españoles; debieron de ser muchos y todo indica que murieron la mayoría. Uno de ellos era especialmente querido por Gonzalo Pizarro, y se daba la circunstancia de que, durante la travesía, se habían salvado mutuamente la vida. Tardaron casi un año en alcanzar Quito desde que decidieron abandonar la campaña. Además de comerse todo lo imaginable, sin dejar rastro de bicho viviente, algún cronista comentó que “incluso estuvieron por comerse a los españoles que se morían”.
     Gonzalo Pizarro va a comprobar que ‘se cumplió’ el mal agüero, y tendrá una reacción poco realista con respecto a Vaca de Castro: “Sabida por Gonzalo Pizarro la muerte tan desastrada del Marqués, no es de contar cuánto lo sintió. Aunque desde la ciudad de Quito el Teniente Sarmiento le envió, para él e para algunos de sus compañeros, caballos, no los quiso. Él y todos entraron en Quito a pie, de tal manera que era gran lástima verlos. Cuando Gonzalo Pizarro supo que Vaca de Castro había sido recibido en todo el reino como Gobernador, le pesó grandemente, acusando a los de Quito de ignorantes. Decía que él tenía que gobernar, e que el Rey, Nuestro Señor, había sido muy ingrato al no mandar que, por muerte del Marqués, la gobernación la tuviera él. Y se comenzó a preparar para ir en busca de Vaca de Castro, porque entonces no se sabía que iba a empezar la guerra, ni que Vaca de Castro saldría vencedor”. De hecho, los supervivientes llegaron a Quito en junio del año 1542, y la batalla de Chupas tuvo lugar tres meses después. La protesta de Gonzalo fue una pataleta, ya que la decisión del Rey había sido sensata, dadas las circunstancias. Recordemos que Vaca de Castro llegó incluso a enviar gente para localizar a Gonzalo Pizarro en la tierra amazónica, pero no lo encontraron.

     (Imagen) DON PEDRO DE PORTUGAL Y NAVARRA: otro de los grandes olvidados. Nació, al parecer, en Granada hacia el año 1510. Estaba emparentado con las familias reales de Portugal y Navarra. No fue a las Indias a presumir, sino a ganarse la gloria y aumentar su riqueza. Resumo sus andanzas. Llegó, como capitán, a la zona de Santa Marta (Colombia), estando  casado con Isabel Lasso de la Vega, que fue dama de la empreatriz Isabel, mujer de Carlos V. Empezó a sufrir, ya desde el principio, en una durísima campaña de aquella gobernación. En 1537, con unos pocos compañeros llegó al puerto de Lima en una carabela, siendo bien recibidos por Pizarro. Fue entonces cuando comenzó el conflicto entre Pizarro y Almagro. El idealismo de su noble linaje hizo que fuera siempre fiel a la legalidad. Luchó contra Almagro en las Salinas, y  contra su hijo en la batalla de Chupas. Pero después, para continuar sirviendo a la Corona, peleó contra Gonzalo Pizarro, y estuvo presente en Jaquijaguana, donde se dio la batalla que acabó con el rebelde. También se enfrentó a los sublevados en la última guerra civil, la de Francisco Hernández Girón. Entonces le premiaron con una rica encomienda de indios a partes iguales con DIEGO DE PANTOJA (ver imagen), a quien, casualmente, he dedicado la imagen anterior. Pero, en ese enfrentamiento, cometió lo que quizá fuera el mayor error de su vida, y, precisamente, por su estricto sentido del honor. Juan Ortiz de Zárate (a quien ya conocemos) apresó a un hijo suyo, que estaba en el bando rebelde, llamado Hernando de Portugal. Los oidores quisieron perdonarle la vida, pero Pedro de Portugal no lo aceptó, contestándoles que ningún traidor podía ser hijo suyo, y el resultado fue que le cortaron la cabeza. Poco después, sin duda torturado, cedió todos los derechos de su rico mayorazgo a la viuda, Isabel de Bocanegra. PEDRO DE PORTUGAL Y NAVARRA, ya en su vejez, siguió batallando por Chile, y murió en la ciudad de La Plata (Bolivia).



lunes, 11 de noviembre de 2019

(Día 951) Vaca de Castro le confió al licenciado La Gama la tarea de sentenciar y ejecutar a los almagristas. Gonzalo Pizarro, vuelto de la terrible odisea del Amazonas, promoverá más tarde una nueva guerra civil.


     (541) Se confirma lo que decía Cieza sobre la voluntad expresa de Vaca de Castro de cortar de momento la difusión de noticias relativas a lo que estaba ocurriendo: “Aunque del puerto de la Ciudad de los Reyes, donde estaban muchos navíos detenidos por mandato de Vaca de Castro, vinieron a pedir licencia para poder ir a Tierra Firme (Panamá) y a España, no la quiso dar, lo que no se tuvo por pequeño agravio”.
     Todo ya dispuesto, y encargado el Licenciado La Gama de rematar (nunca mejor dicho) su tarea de juzgar a los almagristas acusados de graves crímenes, Vaca de Castro, con el resto de la tropa, se puso de camino en dirección al Cuzco. Pero algo muy importante se le había olvidado, y, al amanecer, sin que nadie se diera cuenta, volvió con escasa compañía a Huamanga: “Cuando le vieron en la plaza, todos se asombraron. La causa fue que muchos de los que escaparon de la batalla se metieron en algunas casas. Dio orden de que los sacasen. Así se hizo, y, tras ser entregados al Licenciado La Gama, hizo justicia”. Realizado el  encargo, Vaca de Castro volvió a juntarse con su gente, siguiendo después su marcha hacia el Cuzco. Resulta bastante claro que los acusados se veían indefensos frente a procesos sumarísimos que estaban puestos en manos de unos pocos funcionarios, y sin la más mínima posibilidad de apelar las sentencias. Tampoco cabe duda de que, si hubiesen ganado la batalla los almagristas, el comportamiento habría sido el mismo
     Algo que hay que tener en cuenta ahora es que, bajo el mando de Vaca de Castro, a los pizarristas les resultó fácil permanecer fieles a la Corona, ya que se trataba de derrotar a Diego de Almagro el Mozo, responsable de la muerte de Pizarro. Terminada la batalla de Chupas, y ejecutado el Mozo, las guerras civiles parecían haber acabado definitivamente. Dos circunstancias iban a reavivar las llamas. Se produjo un gran malestar entre muchos conquistadores por las nuevas leyes dictadas para proteger a los indios recortando los derechos de los encomenderos. Y ocurrió que Gonzalo Pizarro, que no había sido protagonista en la batalla de Chupas, puesto que andaba medio perdido en su terrible aventura del Amazonas, una vez vuelto, fue entronizado por los encomenderos para dirigir la rebelión de protesta contra las disposiciones de la Corona.
     Precisamente en estos momentos de su narración, Cieza saca al escenario al tanto tiempo ausente Gonzalo Pizarro: “E, porque conviene que tratemos de la vuelta al Perú de Gonzalo Pizarro, hablaremos de su salida de la Canela (territorio amazónico)”. Los supervivientes del terrible viaje sabían ya, por informes de los indios, la ruta que tenían que seguir para volver, por fin, a los territorios de Quito, pero aún les faltaba hacer un recorrido mortífero, en el que perdieron la vida otros ocho españoles. Con grandes dificultades, lograron alcanzar un poblado de indios belicosos, y someterlos. Allí encontraron abundante comida los fantasmagóricos soldados: “Habían avanzado por descampados comiendo los caballos, sin dejar ninguno, ni perros, ni cuero de silla, ni nada que con sus dientes pudieran despedazar. Entraron en el poblado a pie, descalzos e tan transfigurados, que casi no podían unos a otros reconocerse”.

     (Imagen) Hubo un tal Pedro de Usedo del Águila que, para conseguir un Hábito de Santiago, y una renta como compensación por una mina de azogue que le habían suprimido, presentó, entre otros, los méritos de su suegro, DIEGO PANTOJA DE CHAVES, que fue quien los redactó. Este Pantoja nos va a servir para comprender la angustia de los participantes en las guerras civiles. Como otros muchos, tuvo que chaquetear para salvar la vida. Llegó a las Indias en 1535. Estuvo en la tremenda campaña de Chile con Almagro. Al contar en su hoja de méritos cómo le fue a la vuelta, miente, por omisión o comisión, varias veces. No menciona  que, al volver de Chile, luchó en el bando almagrista en todas las guerras civiles, como le vemos ahora en la batalla de Chupas, donde fue ejecutado Almagro el  Mozo. Él quedó libre de toda culpa. Sin duda, después apostó, ya para siempre, por servir al Rey. Pero hubo un incidente extraño. Cuenta que el salvaje pizarrista Francisco de Carvajal se limitó a apresarle cuando, como sabemos, ejecutó a su jefe, Lope de Mendoza. Dice que Carvajal le permitió después ir a vivir al Cuzco. ¿Por qué, si mataba a casi todos los que cogía? Tras cinco meses de vida tranquila, lo llevó Carvajal a Lima para que Gonzalo Pizarro decidiera sobre su destino. Estando ya en la ciudad, el aterrorizado Pantoja se enteró de que iba a llegar un barco al puerto del Callao bajo el mando del gran pizarrista Lorenzo de Aldana, cuya fama de hombre razonable estaba muy consolidada, y trató de escapar. Lo atraparon, pero, sabiendo que Gonzalo Pizarro tenía la intención de matarlo, huyó de nuevo, y consiguió ponerse a las órdenes de Aldana. Desde ese momento, su trayectoria fue lineal: siempre al servicio de la Corona. Quizá DIEGO PANTOJA  DE CHAVES solo fuera un hombre muy hábil obligado a sortear constantes peligros de muerte. Se sabe que aún vivía el año 1582: un superviviente nato.




sábado, 9 de noviembre de 2019

(Día 950) Comenzó la busca y captura de Diego de Almagro el Mozo. Critica Cieza que Vaca de Castro se alegrara de la muerte de tantos almagristas. Después envió a varios capitanes a conquistar nuevas tierras.


     (540) Al menos, no parece que hubiera un ensañamiento general en cuanto a las penas capitales, aunque también es cierto que casi todos los almagristas pasaron a ser una especie de apestados en la sociedad peruana. Pero Cieza está acertado al decir que hubo una precipitación a la hora de hacer justicia, quizá por miedo a que algunos cabecillas de la rebelión almagrista consiguieran huir, y hasta da a entender que se bloquearon los puertos para que no partieran hacia España barcos con mensajes: “Cayó Vaca de Castro en gran negligencia, y fue por no mandar aviso al Rey, Nuestro Señor, y a los de su Real Consejo, para lo que hacía muchos días que se habían retenido los navíos en el puerto de Lima. El Capitán Francisco de Herencia e algunos que allí estaban fueron desterrados, y se mandó que un maestre los llevase a la Nueva España (México), pero ellos, cuando estaban lejos de la costa del Perú, se alzaron con el navío e se fueron a Panamá. En ese tiempo, yo había ido a negociar ciertas cosas en la Audiencia que allí residía, e supe que se presentaron ante los oidores y les dejaron libres”.
     Les faltaba atrapar al joven y bravo cabecilla, Diego de Almagro el Mozo: “Sabiendo Vaca de Castro que había ido hacia el Cuzco, mandó al Capitán Garcilaso de la Vega que fuese con algunos de a caballo a aquella ciudad, la tomasen en nombre de Su Majestad el Rey, y, si Don Diego estuviese en ella, lo prendiesen a él y a los que habían sido sus seguidores”.
     No pierde Cieza la ocasión de hacer una aguda crítica contra la indiferencia del vencedor Vaca de Castro ante la tragedia de otros que también eran españoles: “Estando en la ciudad de Huamanga, se mostraba muy contento de que el foso o el rollo se viesen llenos de cuerpos, y de que la magnífica sangre de los españoles fuese derramada por aquella plaza, lo cual no era poca alegría para los indios, aunque se asombraban de que muchos de aquellos habían sido capitanes e personas que tuvieron cargos de honra. Le llevaron la noticia de todo ello al rey Manco Inca Yupanqui, que estaba en Viticos, y, aunque recibió gran alegría por saber que habían muerto tantos cristianos, le pesó que Vaca de Castro hubiese sido el vencedor y Don Diego de Almagro el vencido, y le habría gustado que fuera adonde él para defenderlo de la crueldad de Vaca de Castro (siempre se entendió mejor con Almagro el Viejo que con Pizarro)”.
     Los soldados ociosos siempre eran un problema, incluso para el resto de los vecinos. Así que Vaca de Castro los ocupó en varias misiones. Algunos fueron con Pedro de Vergara a Bracamoros, territorio que este capitán ya había sometido, y al que tenía ganas de volver. Al capitán Juan Pérez de Guevara, que estaba en Lima, le envió poderes para conquistar y poblar en la zona de Moyobamba. Dio también orden de que se enterraran a todos sus hombres fallecidos, y construyó un ermita a la que, muy apropiadamente, le puso el nombre de Nuestra Señora de la Victoria. Incluso Huamanga, por petición general, se convirtió en Huamanga de la Victoria.

     (Imagen) Cuenta Cieza que, entre los que lucharon en Chupas contra el ejército de Vaca de Castro, estaba el Capitán JUAN DE LA REINAGA SALAZAR. Nació en Bilbao el año 1509, y, como todos los vascos que anduvieron luchando por las Indias, se sentía orgulloso de formar parte de las tropas españolas. Su fidelidad al bando almagrista lo convirtió en un rebelde, pero no debieron de implicarlo en el asesinato de Pizarro, puesto que no fue castigado, y llegó a vivir muchos años. Apareció en Perú el año 1535, y, acompañando a Diego de Almagro, vivió la tremenda experiencia de la fracasada campaña de Chile. Al volver, lucharon para levantar el cerco que Manco Inca le había puesto a la ciudad del Cuzco, y después se vio envuelto en las fatídicas discrepancias entre Almagro y Pizarro, quedando enredado para siempre en las guerras civiles. Derrotado en las Salinas y en Chupas, estuvo después al servicio del rebelde Gonzalo Pizarro, pero enderezó definitivamente el rumbo abandonándolo y poniéndose al servicio del gran Pedro de la Gasca, el representante del Rey. La imagen muestra una relación de sus méritos hecha por un hijo suyo en 1613. Narra lo que hizo al servicio de la Corona, pero, como siempre ocurría en estos expedientes, oculta la larga etapa en que su padre  militó como un sublevado. De paso, rectifica un error en su apellido, cuya forma correcta era “de Larrínaga”. JUAN DE LARRÍNAGA fue, además, un poderoso encomendero y un gran negociante, hasta el punto de que llevó a Perú siete camellos y le pagaron un dineral por ellos. En la etapa posterior de su vida, se movió entre Perú y Chile, desempeñando en ambos sitios importantes cargos públicos. Hay constancia de que aún vivía el año 1577.



viernes, 8 de noviembre de 2019

(Día 949) Se abandonó a su suerte a los almagristas heridos. Vaca de Castro ejecutó a cuantos pudo encontrar de los que asesinaron a Pizarro. Cieza pone la lista de estos, y de otros ejecutados después.


     (539) O Vaca de Castro se despreocupó de la situación de los almagristas, o su petición de que se atendiera a los heridos estaba destinada únicamente a los de su bando: “Aquella  noche que se dio la batalla, gran lástima fue oír los gemidos que daban los heridos, mas poca piedad hallaron para ser curados, pues fueron muertos por los indios e desnudados de las ropa que tenían, hasta dejarlos en vivas carnes. Al capitán Gómez de Alvarado (batalló junto a Vaca de Castro) le dio cierta enfermedad, de la cual murió en Vilcas, e fue llevado a enterrar en Humanga, adonde habían llevado también a Gómez de Tordoya, malamente herido, el cual, después de haber ordenado su ánima, murió. A todos les pesaron las muertes de estos caballeros, e la de Perálvarez, y la de todos los que murieron en la batalla, los cuales fueron enterrados con gran honra, como lo merecían varones de tanto valor. Murieron en el campo, de unos y de otros, doscientos cuarenta hombres. Algunos hacen mayor el número, mas yo no quiero afirmar lo que no sé cierto”.
     Llama la atención la rapidez con que Vaca de Castro castigó después a los almagristas responsables de graves culpas: “Dada la batalla, Vaca de Castro, al día siguiente, tomando consigo a su Secretario e Alguacil Mayor, fue por las tiendas para ver si, entre los que estaba presos, había algunos de los que habían participado en la muerte del Marqués. Viendo a Martín Carrillo, y que el Capitán Alonso de Cáceres lo tenía encubierto, haciendo creer que había muerto, mandó que lo trajesen a su presencia, e así fue hecho. Era Martín Carrillo natural de Ciudad Real, y él, Pedro de San Millán, natural de Segovia, y Francisco Coronado, natural de Jerez de los Caballeros (Badajoz), con otros dos, fueron ajusticiados e puestos sus cuerpos, hechos cuartos, en palos. Sabiendo Vaca de Castro que muchos de los que salieron de la batalla habían ido a meterse en Humanga, mandó al Capitán Diego de Rojas que fuese a aquella ciudad e prendiese a los enemigos que en ella hallase”.
     Más tarde, también llegó Vaca de Castro a Huamanga, donde fue recibido con todos los honores: “Encomendó luego los asuntos de la justicia al Licenciado La Gama, al Licenciado León y al Bachiller Guevara, e, aunque el Capitán Diego de Rojas ya había hecho justicia en algunos, pondremos aquí juntos y de una sola vez los que se ajusticiaron en Huamanga y en el territorio que hay desde aquella ciudad hasta la del Cuzco. Y fueron estos: el Capitán Cárdenas, de Toledo, Pedro de Oñate, el Capitán Diego de Hoces, de Zaragoza, el Capitán Juan Tello, de Sevilla, Bartolomé de Arbolancha, Francisco Pérez, Antonio Noguerol, de Puerto de Santa María, Basilio, italiano, Martel, de Sevilla, Francisco de Mendíbar, de Torrejón de Velasco, Marticote, guipuzcoano, el Capitán Juan Muñoz, de San Martín de Valdeiglesias, Barragán el Mozo, de Los Santos, Juanes de Santiago, de Santander, Juanes, vizcaíno, el capitán Juan Pérez, Juan Gómez de Salvatierra, de El Almendral, Baltasar Gómez, de Valladolid, Juan de Guzmán de Acuña (hijo de Vasco de Guzmán), de Toledo, Juan Sánchez, de Extremadura, Bartolomé Cabezas, de Jerez, Ramírez, de León, Losa, de Zamora, Carreño, de Sevilla y Juan Diente, de Gibraltar”.

     (Imagen) No podemos dejar de lado a una notable mujer: la toledana ISABEL DE OVALLE. Se supone que sería muy joven cuando fue a las Indias, hacia el año 1530, escapando de los malos tratos que sufría en su entorno familiar. Le echó coraje y partió, aunque le acompañaba un tal Mendo Ramírez, de origen portugués, y del que nunca más se supo. Pronto se casó ‘como Dios manda’ con el protagonista de nuestra imagen anterior, CRISTÓBAL DE BURGOS, el que perdió un brazo y ganó un prestigioso escudo de armas. Cuando murió Cristóbal, heredó Isabel una gran fortuna, y se casó de nuevo con otro indiano bien situado, PEDRO LÓPEZ DE SOJO. Con ninguno de los dos tuvo hijos, pero la casi invisible Isabel nos dejó un importante legado histórico. Volvió a España con Pedro el año 1556, pensando regresar a las Indias. Pero ella enfermó en Sevilla, hizo su testamento y murió. Nombró heredero de sus bienes a Pedro, con la condición de que no volviera a casarse. Hay constancia de que el viudo seguía viviendo en Sevilla el año 1566. Una de las disposiciones  de Isabel fue que se hiciera una capilla en la iglesia toledana de San Vicente Mártir, debiendo encargarse el cabildo municipal de ejecutar las obras con la gran suma de dinero que destinó a tal fin. Tardó en rematarse el trabajo, pero mereció la pena. Fue, nada menos que, el Greco quien pintó en 1607, para el retablo, una extraordinaria Inmaculada Concepción (la de la imagen) que entusiasmó por su belleza al gran poeta alemán Rilke, y le inspiró para escribir un poema. Los restos de ISABEL DE OVALLE permanecen enterrados en la capilla, pero el cuadro se encuentra en el Museo de Santa Cruz de la ciudad de Toledo. Estos son datos que no conoceríamos si no hubiera tropezado con un amplio y muy documentado trabajo escrito por Almudena Sánchez-Palacio Mancebo.



jueves, 7 de noviembre de 2019

(Día 948) Trágica derrota, en la batalla de Chupas, de Diego de Almagro el Mozo, que salió huyendo. Algunos héroes, enardecidos, prefirieron morir matando. Hubo muchos muertos y heridos.


     (538) La batalla fue brutal y heroica por ambas partes, y el resultado, de momento, era incierto. El anciano Francisco de Carvajal, cruel pero bravo, dio muestras de su valentía: “Comenzó a gritar, ‘¡vergüenza, vergüenza; no es tiempo ya de que nos duren estos traidores!’. Se metió entre los enemigos, e mató el caballo del licenciado Benito Suárez de Carvaval, quien salió denodadamente y se puso entre la infantería. Había muchos muertos y heridos, los cuales daban tristes gemidos. Los unos nombraban a Almagro y los otros a Pizarro. La artillería ya no hacía daño porque, muertos Candía e los artilleros, no hubo quien pusiese a los cañones fuego”.
     Hubo algún despiste: “Los de la guardia de Vaca de Castro salieron a ayudar a los suyos, fueron hacia donde estaba el capitán Diego Méndez, creyendo que estaba de su parte porque ya la victoria se veía cierta para Vaca de Castro, por lo que entraban cantando victoria, pero los almagristas, conociendo que eran de los enemigos, mataron a Montalbo e a algunos  otros, y, a Cristóbal de Burgos, vecino de Lima, le cortaron un brazo, y a Merlo le hirieron en el rostro. Pero, como los pizarristas fuesen más en número, aunque no en valor ni en fortaleza, se comenzó a conocer que tenían mejoría".
     También se dieron excesos de valentía, quizá por ver la batalla perdida y tener la certeza de que serían ejecutados: “Un mancebo llamado Jerónimo de Almagro, teniendo en poco la vida y en mucho ser vencido, se metió entre los enemigos e, a grandes voces, decía, ‘¡a mí, a mí, que maté al Marqués, tomad venganza!’, y, diciendo esto, entró entre ellos, recibiendo tantos golpes, que cayó muerto. Martín de Bilbao también decía lo mismo, y que él había matado al Marqués, y recibió la misma muerte que Jerónimo de Almagro. Los demás almagristas comenzaron a huir a rienda suelta con no poca congoja. Los indios e negros mataban a los que podían tomar vivos. También los españoles hacían cosas  feas, porque, después de rendidos, les daban cuchilladas por los rostros y por otras partes del cuerpo, denostándolos con palabras. Don Diego de Almagro y Diego Méndez huyeron hacia el Cuzco, el campamento fue robado, y el bando de los almagristas, deshecho e consumido para siempre”. Cieza indica la fecha de la batalla de Chupas, que marcó el fin de la primera parte de las guerras civiles: el sábado 16 de setiembre de 1542. Cita a bastantes de los capitanes que estuvieron con Vaca de Castro. De casi todos hemos hablado ya, y, en concreto, de Alonso de Mendoza, muy recientemente. Al mencionar a los capitanes de Diego de Almagro, da el nombre de Juan Ortiz de Zárate (al que le dediqué otra imagen), confirmando su oscilante trayectoria. Luchó en las Salinas con los almagristas, siendo derrotado y perdonado por Pizarro, con quien estuvo después amigablemente reunido cuando lo asesinaron. Ahora le vemos derrotado como almagrista en la batalla de Chupas. Más tarde, y de manera definitiva, servirá fielmente a la Corona.
     Luego Cieza explica que Vaca de Castro se ocupó de que se atendiera a los heridos espiritual y físicamente, pero ordenó “que se buscase con mucha diligencia a los que habían tomado parte en la muerte del Marqués Don Francisco Pizarro, para que fuesen castigados”. Comenta finalmente que la mayoría de los  pizarristas se dedicaron luego al pillaje, “robando, y cogiendo caballos de los que andaban sueltos, y a las indias, que es lo que más buscaban los soldados en aquellos tiempos”.

     (Imagen) Se habla con frecuencia de los muertos en combate y de los heridos, pero es de suponer que muchos de estos quedarían seriamente mutilados. Fue el caso de CRISTÓBAL DE BURGOS, a quien vemos ahora perder un brazo en la batalla de Chupas. Su biografía es apasionante. Como su apellido indica, nació en Burgos. En 1514, con solo 14 años, ya estaba haciendo ‘travesuras’ con el durísimo Pedrarias Dávila por tierras de la costa caribeña. Incorporado con unos 21 años a las tropas de Pizarro en los inicios de su gigantesca aventura peruana, se le confió la misión de ir a Nicaragua para reclutar más gente, y la trajo de vuelta en dos navíos. La proeza debió de ser de envergadura, porque el agradecido Pizarro le permitió volver a España años después (en 1539) con una carta de recomendación para que el Rey le concediera un escudo de armas familiar. Durante los años previos, Cristóbal de Burgos había arriesgado su vida en numerosas ocasiones, pero su mayor orgullo fue la hazaña de los dos barcos. Prueba de ello es que pidió que esa escena fuera el tema central del escudo. Y así se le concedió, como consta en el texto de la imagen: “Un escudo que tenga dentro una nao con velas blancas, sobre unas aguas azules y blancas, junto a un desembarcadero, por el socorro que hicisteis con dos navíos a Francisco Pizarro”. Después de presumir de su gloria en Burgos, volvió a Perú para seguir haciéndolo, disfrutando de sus bienes y dedicado solo a cargos administrativos. Su mutilación tuvo ese inconveniente, pero quizá también la ventaja de evitar las guerras civiles. Murió probablemente el año 1550, que fue cuando hizo su testamento. Entonces vivía en Lima y era uno de los regidores de la ciudad.



miércoles, 6 de noviembre de 2019

(Día 947) Empezó a haber muertos en la batalla, entre ellos, Holguín y Tordoya. Almagro mató a Pedro de Candía por desconfiar de él. Diego de Agüero abandonó la guardia personal de Vaca de Castro y se metió de lleno en la lucha.


     (537) Cieza nos cuenta cómo fue la muerte del primer capitán que cayó en la batalla de Chupas, aunque su versión resulta más escueta que la que nos dio el cronista Inca Garcilaso: “El Maese de Campo Perálvarez Holguín, arremetió su caballo contra los enemigos queriendo hacerles entender que los tenía en poco. Como fue reconocido por la divisa que llevaba, los arcabuceros le acertaron con dos pelotas, de manera que cayó en el suelo con la basca (estertor) de la muerte, y, sin hablar palabra, solo hizo señal a los suyos de que arremetiesen a los enemigos. También fue herido Gómez de Tordoya, e tan mal, que a los pocos días murió”. Es evidente que el número de bajas de los españoles resultaba mucho más elevado que cuando luchaban contra los indios. Las guerras civiles eran una carnicería. Vemos perder la vida asimismo al bravo capitán Gómez de Tordoya, cuyo hijo también fue víctima de estos conflictos, puesto que, como ya sabemos, era paje de Francisco Pizarro y murió junto a él enfrentándose a sus asesinos.
     Fue entonces cuando se le iba a complicar la vida a Pedro de Candía. El Capitán Salcedo le mandó que cambiara de sitio la artillería, pero era un error: “Al  saberlo el Sargento Mayor Suárez, a grandes voces le dijo que no se mudase, porque se perderían si allí no estaba, mas no aprovechó su dicho, e Pedro de Candía la puso donde Salcedo le mandó. Los enemigos llegaron hasta ellos, y, aunque los almagristas dispararon muchos tiros de artillería, no acertó más que uno, pero hizo harto daño, pues algunas cabezas destroncó de los cuerpos, y quebró a otros brazos e piernas; los demás tiros, o fueron altos, según dicen, o por estar la artillería en ruin sitio no acertaron”.
     Cieza da algunos detalles de los destrozos que sufrían los soldados, con mutilaciones horrorosas,  y dice que contarlo todo “sería nunca acabar”. Al parecer, en medio de la refriega, Vaca de Castro seguía aparte protegido por una amplia y poderosa guardia personal: “A un García de Melo le fue llevado un brazo, e, saliendo de la batalla, fue adonde estaba Vaca de Castro, y le dijo que por qué no ayudaba a los suyos. Oyéndolo el Capitán Diego de Agüero, animosamente salió de allí, y se enfrentó a los enemigos. Otra pelota pasó por la boca de Alonso de Loaysa (Cieza lo llama Antonio), y, llevándole muchas de las muelas, le hizo perder el primer ser”. Lo dice en el sentido de que quedó desfigurado. Ya vimos hace tiempo que Loaysa perdió la parte baja de la mandíbula, pero no murió en la batalla, ya que participó años después en la lucha contra el rebelde Francisco Hernández Girón.
     Y le llegó la hora a Pedro de Candía: “No disparó más tiros. Andando peleando el mozo Don Diego, fue avisado de que había habido traición en la artillería, e dicen que fue adonde Pedro de Candía y que le dijo: ‘¡Traidor!, ¿por qué me has vendido?’, y que, dándole de lanzadas, le mató. Otros dicen que, ciertamente, Candía fue receloso con Don Diego, y que no fue leal en el uso de la artillería, pero que ciertos soldados de Vaca de Castro arremetieron contra él y le mataron”. Según la versión general de los cronistas, lo mató personalmente Diego de Almagro el Mozo.
   
     (Imagen ) Hace tiempo nos dijo Cieza que llegó a Arequipa una sola nave de la expedición financiada por el obispo GUTIERRE DE VARGAS CARVAJAL. Le dediqué a él una imagen, y más tarde, otra a HERNÁN MEJÍA DE MIRAVAL, quien, años después, convencido de que muchos de los que naufragaron se habían asentado en fabulosas y ricas tierras chilenas, quería ir a encontrarlos. Todo apunta a que había surgido un mito sobre aquellos perdidos lugares, porque se extendieron muchos rumores que parecían confirmarlo, pero ni Mejía hizo el viaje, ni jamás se pudieron comprobar. Entre los pocos supervivientes que iban en la nave casi desvencijada que llegó a Arequipa, se encontraba ALONSO DE CAMARGO. Por un registro de embarque (el de la imagen), sabemos que era de Trujillo y que, en 1536 había hecho ya un viaje a las Indias (con destino a Santa Marta). Como era habitual, se hacía constar que algún testigo aseguraba “que no era de los prohibidos (judío o musulmán)”. Cieza nos contó que Perálvarez Holguín fue a Arequipa y quiso ganarse para la causa pizarrista a los supervivientes. El cronista no dijo nada más, y cambió de tema. ¿Qué fue de ALONSO DE CAMARGO? Se diría que el Destino lo tenía acorralado. Después de su horrenda odisea marítima, llegó al puerto peruano cuando las guerras civiles estaban en ebullición. Se unió a las tropas pizarristas de Holguín. Tuvo, como excepción, una gran alegría triunfando en la guerra de Chupas contra Diego de Almagro el Mozo. Pero, si la expedición financiada por el obispo Gutierre de Vargas Carvajal fue un calvario que casi acabó con él, le iba a dar la puntilla el año 1546 otro con el mismo apellido: FRANCISCO DE CARVAJAL, aquel Demonio de los Andes que no solo mataba sin piedad y hasta haciendo bromas, sino que, además, lo practicó durante una larga vida.



martes, 5 de noviembre de 2019

(Día 946) Antes de empezar la batalla, Vaca de Castro, tomó la insensata decisión de retener a grandes capitanes para que le protegieran. Francisco e Carvajal, sin embargo, hizo una exhibición de temeridad.


     (536) Estaba bien emplazada la artillería. Cieza nos aclara quién era su capitán. Se trataba del gran Pedro de Candía, y el dato impresiona porque su vida va a acabar en esta batalla de forma miserable. No tenía gran capacidad de liderazgo, como vimos en su terrible y fracasada campaña por los Andes, pero su hoja de servicios era asombrosa. Formó parte del grupo de los Trece de la Fama, y llegó de Europa ya muy zurrado en duras batallas. Tras el desastre de los Andes quedó bastante marginado por los Pizarro, y es probable que fuera un arrebato de despecho lo que le impulsó a pasarse al bando almagrista. Veremos que un dudoso titubeo de infidelidad a Diego de Almagro el Mozo, o simplemente su deseo de que los pizarristas no salieran demasiado malparados, le va a costar muy caro.
     Cieza apunta los últimos detalles de la organización de los almagristas: “Pusieron el estandarte junto al escuadrón de Don Diego de Almagro, y el Capitán Pedro de Candía estaba con los artilleros, preparado para disparar los tiros cuando le mandasen. Suárez, el Sargento Mayor, andaba de un sitio para otro ocupado en lo que convenía, al cual alababan de ser entendido en la malicia de la guerra, por haberse ejercitado mucho en algunas partes. En total, todos serían unos quinientos cincuenta españoles, adornados de grandeza, porque, en verdad, había entre ellos caballeros hidalgos”.
     Estando a punto de empezar la batalla, también los pizarristas organizaron su emplazamiento: “Vaca de Castro mandó a Lope Martín, hombre valiente, que fuese a caballo a descubrir cuál era la posición de los enemigos. Volvió después de haberlo visto, e avisó al Maese de Campo, Francisco de Carvajal, dónde habían colocado la artillería, el cual, al saberlo, mandó que la gente marchase más hacia la mano diestra, yendo delante de todos diciendo donaires”. Con estas pocas palabras, Cieza subraya la valentía del ‘Demonio de los Andes’, y su siniestro humor negro frente a la muerte.
     Lo que cuenta después Cieza es algo confuso, pero el sentido más probable parece ser el de que Vaca de Castro aparentó querer participar en la batalla, pero sus capitanes le insistieron en que no lo hiciera. La prueba de que trataba de escurrir el bulto fue que, no solo permaneció al margen sino que mandó que lo protegiera una guardia personal de 27 capitanes. De nada valieron las palabras de Alonso de Alvarado, quien le advirtió de que “no hiciera tal cosa, porque, en una batalla de 20.000 hombres (unas quince veces más que los que allí participaban), veinte de a caballo eran suficientes para ganar la victoria, o perderla faltando”. Por lo que, aun teniendo muchas ganas de pelear, esos capitanes tuvieron que quedarse en la retaguardia.
     Empezó el cruce de disparos de arcabuces: “Francisco de Carvajal decía: ‘Adelante, caballeros, e miradme a mí, cuán grueso soy, y voy delante sin tener ningún miedo a los arcabuces’. Unos y otros, con gran brío iban al enfrentamiento, diciendo los de Don Diego ‘¡Viva el Rey e Almagro’, e los otros decían ‘¡Viva el Rey e Vaca de Castro’, y todos llamaban en su favor al Apóstol Santiago”.

     (Imagen) Veremos en su día que a LOPE  DE MENDOZA (a quien ya dediqué una imagen) le había nombrado Maestre de Campo Diego Centeno en su lucha contra el rebelde Gonzalo Pizarro. En uno de los enfrentamientos, salieron derrotados, y sufrieron una tremebunda persecución por parte del siniestro y eficaz militar FRANCISCO DE CARVAJAL, quien, por donde pasaba, iba dejando las tierras sembradas de enemigos ejecutados sin piedad. Centeno se escondió por los montes, y Lope de Mendoza, como hemos comentado recientemente, reforzó sus tropas con Nicolás de Heredia y su gente. El cronista oficial Gonzalo López de Gómara (fallecido en 1566) nos explica lo que ocurrió después. Lo resumo. “Gonzalo Pizarro mandó a Francisco de Carvajal a castigar a Diego de Centeno y a los que habían mostrado ser enemigos suyos. Carvajal fue robando por todas las tierras. Ahorcó, sin culpa, a cuatro españoles en Huamanga, y en el Cuzco a cinco, entre los cuales estaban Diego de Narváez, Hernando de Aldana y Gregorio Setiel, hombres riquísimos y honrados. Lope de Mendoza se unió a Nicolás de Heredia, que venía con 140   hombres de la zona de la Plata. Atacaron e hirieron a Carvajal, quien, una vez repuesto, corrió tras ellos, los alcanzó y los desbarató fácilmente. Ahorcó a muchos, y degolló a Lope de Mendoza y a Nicolás de Heredia. Saqueó luego la villa de La Plata, ahorcando a unos diez españoles de Lope de Mendoza. En Arequipa ahorcó a otros cuatro, y en el Cuzco a otros tantos. Hacía tantas crueldades y bellaquerías, que nadie osaba contradecirle”. Carvajal era especialmente feroz, pero, en general, hubo pocos gestos de caballerosidad con los vencidos. Digamos, sin embargo, que Diego Centeno fue encargado de retener a Gonzalo Pizarro, tras ser condenado a muerte, y mostró con él una amabilidad sincera y exquisita hasta el momento de su ejecución.



lunes, 4 de noviembre de 2019

(Día 945) "Alea jacta est": llegada la mañana, ambas tropas, la del representante del Rey, Cristóbal Vaca de Castro, y la de Diego de Almagro el Mozo, se organizaron para empezar la batalla de Chupas.


     (535) Los partidarios de Vaca de Castro estaban aposentados ya en el valle de Chupas, pero, intranquilo por las andanzas de los almagristas, envió a unos soldados para observarlos. Subieron a un alto y pudieron ver el campamento de Diego de Almagro. Dieron la vuelta rápidamente para advertir que era urgente actuar: “Vaca de Castro mandó al Capitán Pedro de Castro que fuera con cien arcabuceros a lo alto de la sierra y procurase ganarla antes de que los enemigos la ocupasen. El Capitán Castro partió pronto para hacerlo, siguiéndole en retaguardia el Capitán Peransúrez con lanceros de su compañía”.
     La rápida reacción de Vaca de Castro fue providencial porque pronto se acercaron al alto de la sierra unos exploradores de Almagro, “los cuales, al ver que sus enemigos ya eran señores del alto, como lo mostraban sus banderas, se volvieron a su campo”. Entretanto, Vaca de Castro hablaba con sus capitanes y con su Sargento Mayor, Francisco de Carvajal (lo que revela la importancia de su cargo) sobre la conveniencia de atacar ya o esperar a que tomaran la iniciativa los almagristas. Quizá sea el momento de anticipar que el anciano, superveterano (incluso de las guerras europeas), hábil estratega y cruel Francisco de Carvajal tendrá tres años después el máximo mando militar en la rebelión de Gonzalo Pizarro.
     Entre las opiniones de atacar o esperar, se impuso la primera, sobre todo por el peso del criterio del Capitán Alonso de Alvarado, que sabía muy bien cómo oscilaba en las batallas el coraje de los soldados: “Le dijo a Vaca de Castro que se diese la batalla el día siguiente, porque la gente estaba con grandes ganas, y el ímpetu primero es constante y de gran esfuerzo, porque la sangre caliente hierve por todo el cuerpo, y, si se enfría este furor vigoroso, los ánimos se encogen y se muestran más temerosos que valientes. Dichas estas cosas, Vaca de Castro se determinó a dar la batalla, y animó a la gente con muchas exhortaciones”.
      En los dos bandos se intensificó la inquietud. Es fácil imaginar la tortura de una noche de espera sabiendo que quizá el amanecer les trajera el último día de sus existencias. Estaban, además, seguros de que les esperaba una batalla feroz, porque eran expertos y bravos veteranos. Todos se conocían, y, entre ellos, habría viejos amigos del alma, incluso hermanos o parientes próximos, ahora dispuestos a matarse. Unos y otros rezaban al mismo Dios y alardeaban de estar al servicio de Su Majestad, aferrados a que su causa era la justa.
     Llegada la mañana, se prepararon para luchar. Cieza nos da detalles de su estrategia para el ataque. Nos habla primeramente de los almagristas: “Salieron con gran ardor, levantando sus clamores al cielo y con deseo de satisfacer el rencor que tenían contra sus enemigos”. Da el nombre de los capitanes (que ya conocemos) y dice de Marticote que era un valentísimo capitán. Explica el orden de ataque. Tenían dos escuadrones de caballería y la infantería estaba detrás.

     (Imagen) HERNÁN NÚÑEZ DE SEGURA, uno de los testigos del asesinato de Pizarro, fue siempre pizarrista, pero cambió de bando poco después de que Gonzalo Pizarro se rebelara contra el Rey. Nos va a servir de ejemplo para entender algo que resultaba extraño. Algunos implicados en graves responsabilidades, gozaban luego de una especie de amnistía si abandonaban el campo de los rebeldes. Es el caso de Hernán Núñez de Segura. Figuraba su nombre en la lista de los acusados por el asesinato del Virrey Núñez Vela. Pero, cuando Hernán solicitó, entre otras cosas, un escudo familiar de armas (el de la imagen), presentó sus méritos y dejó al margen esa mancha. El gran Pedro de la Gasca (con razón llamado El Pacificador) dio por buena, tal cual, la lista de méritos presentada. En ella vemos su trayectoria: Tras ser asesinado Pizarro, se puso de inmediato a las órdenes del gobernador Vaca de Castro. Participó bajo su mando en la batalla de Chupas, en la que fue derrotado y ejecutado Diego de Almagro el Mozo. Se salta luego su intervención, a las órdenes de Gonzalo Pizarro, en la batalla de Iñaquito, donde derrotaron y mataron a Núñez Vela. Fue entonces  cuando el Capitán Diego Centeno lo convenció (quizá horrorizado por lo ocurrido) para que abandonara a Gonzalo Pizarro y militara en el bando del Rey, pero los derrotó el terrible Francisco de Carvajal, Maestre de Campo de Gonzalo Pizarro. Tras andar huyendo catorce meses, fueron derrotados nuevamente en Huarina, donde Hernán recibió tres heridas. Después se incorporaron a las tropas de Pedro de la Gasca, y acabaron en Jaquijaguana con la rebeldía y la vida de Gonzalo Pizarro. Hay constancia de que HERNÁN NÚÑEZ DE SEGURA seguía vivo el año 1569 en la Ciudad de la Plata.



sábado, 2 de noviembre de 2019

(Día 944) Los indios fueron a contemplar la batalla de Chupas, con el deseo de que resultara una masacre. Sin embargo, muchas indias lloraban por el peligro que amenazaba a los españoles que amaban.


     (534) Los dos campamentos enemigos estaban emplazados a unos cinco kilómetros de distancia. Algunos almagristas pensaban que tendrían la victoria más fácil si se movieran hasta la loma de Chupas, para luego meterse en Huamanga, pues dejarían a los contrarios sin provisiones. Faltaba poco para que comenzara la batalla, y las colinas estaban atestadas de indios y de indias que esperaban el desenlace como impacientes espectadores. Cieza lo describe muy bien, y da un detalle que confirma que muchas indias apreciaban a los españoles, no solo con admiración, sino también con afecto. Recordemos que vimos hace ya mucho tiempo que, en México, Hernán Cortés accedió a devolver a los indios las numerosas mujeres que les habían quitado los españoles, pero solamente a las que quisieran retornar libremente. Bernal Díaz del Castillo, que allí estaba, aportaba el dato de que no fueron más de tres las que volvieron con su gente.
     Así lo expone ahora Cieza: “Unos indios seguían a los almagristas, y otros a los pizarristas. Había en los dos campamentos muchas indias pallas (nobles), naturales del Cuzco, las cuales, como veían llegar el final de la guerra, siendo ellas por los españoles muy queridas, y teniendo ellas para con ellos el mismo amor, deleitándose por andar en servicio de gente tan fuerte y de ser comblezas (sustitutas, en el sentido de amantes) de las mujeres legítimas que ellos tenían en España, barruntando la muerte que les había de venir, aullaban gimiendo, y, al uso de su patria, andaban descabelladas de una parte a otra”. Queda, pues, claro lo que al sexo de los conquistadores se refiere. El impulso natural se imponía sobre cualquier freno religioso, y es evidente que la mayoría de los españoles vivían amancebados sin que los clérigos trataran de impedirlo. Quizá solo se criticara la violencia sexual totalmente deshumanizada, de la que también habría muchos casos, pero da la impresión de que muchas indias aceptaban de buena gana esa intimidad. El mismo Cieza comentó en su día que le cedieron como compañera a una india para que le enseñara su idioma y las costumbres de aquellos pueblos. Nos imaginamos que le dio otras satisfacciones, y, probablemente, con sincero afecto, dada la calidad humana del cronista.
     Los indios esperaban el espectáculo con otra actitud: “Era tan grande el tumulto que hacían, que el clamor resonaba en los valles y cerros de Chupas, y tenían gran gozo de poder ver la majestad de los españoles peleando unos con otros, dando gracias a su Sol porque iba a tomar tan famosa venganza de los daños que en sus mayores se habían hecho”.
     Luego Cieza comenta algo sorprendente: “Cuando ya los enemigos estaban cerca, los almagristas asentaron su campamento con la intención de, a la segunda vigilia de la noche, alzar sus tiendas, procurar meterse en Huamanga e irse a la Ciudad de los Reyes por el camino de Huaytara”. Y digo sorprendente porque el querer ir a Lima parecía un deseo de rehuir el combate. Cieza no lo aclara, ni tampoco importa ya, porque el  brutal enfrentamiento va a tener lugar de inmediato.

     (Imagen) Va siendo hora de que demos algunos datos del Capitán ALONSO DE MENDOZA, porque tuvo un gran protagonismo en la próximas batallas de las guerras civiles. Fue un tipo carismático. Nació hacia 1505, de familia noble, en Garrovillas de Alconétar (Cáceres), donde presumen de que sea su lugar de origen. Llegó a Indias en 1535. De camino a Perú, asistió a la fundación de Quito. Fiel pizarrista, tuvo, sin embargo, una trayectoria cambiante,  parecida a la de otros que también lo fueron. Participó en la batalla de las Salinas, tras la que fue ejecutado Almagro el Viejo. El asesinato de Pizarro acentuó su lealtad. Le vemos ahora luchando con Vaca de Castro en la batalla de Chupas contra Diego de Almagro el Mozo. Pero, muerto este, Gonzalo Pizarro cometió el inmenso error de sublevarse contra la Corona, y, aunque Alonso se mantuvo un tiempo a su servicio, fue convencido por el gran capitán Diego Centeno para abandonarlo y pasarse al bando de los leales al Rey (a muchos les ocurrió lo mismo). Los dos resultaron derrotados por el implacable Francisco de Carvajal, teniendo que huir para no perder la cabeza. Su salvación fue ponerse bajo las órdenes del extraordinario Pedro de la Gasca, luchar en Jaquijaguana contra Gonzalo y Carvajal, y acabar con la guerra civil mediante su derrota y ejecución. Luego, por mandato de La Gasca, Alonso de Mendoza fundó la ciudad de La Paz (actual capital de Bolivia). Allí le han construido un importante monumento (el de la imagen), y recordemos que en Don Benito (Badajoz) lo confundieron todo. Ya comentamos que han dedicado una calle como fundador de la Paz a un Alonso de Mendoza diferente. También murieron casi a un tiempo, y en zona boliviana, los dos grandes capitanes: Diego Centeno en 1549, y nuestro ALONSO DE MENDOZA, en 1550.