domingo, 17 de julio de 2022

(1777) A la amenaza de los mapuches y la latente de los piratas, se añadió un ataque de los calchaquíes, que fueron derrotados. El gran Francisco Laso de la Vega era poco comunicativo, pero sus gobernados lo adoraban por su valía militar.

 

     (1377) Así como los virreyes se limitaban a administrar y gobernar desde sus palacios, vemos que los gobernadores, aunque eran la máxima autoridad de su territorio, y algo así como virreyes de segunda categoría, se ponían al frente de sus tropas y arriesgaban sus vidas, a no ser que estuvieran enfermos o casi incapacitados por su vetusta edad. Con el agravante chileno de que las batallas eran continuas: "Cuando le llegó a Chile la resolución del Virrey (reconociéndole al Gobernador su derecho a reclutar vecinos para la guerra), estaba de vuelta de una expedición al territorio enemigo. Saliendo de Santiago el 20 de noviembre de 1631, Laso de la Vega había llegado el 7 de diciembre al campamento de Yumbel, donde sus capitanes estaban listos para entrar en campaña con un ejército de mil ochocientos hombres entre españoles e indios. Se pusieron en marcha y avanzaron hasta Curalaba, lugar situado entre Lumaco y la Imperial, y teatro de la catástrofe en que había perecido el gobernador Martín García Óñez de Loyola con casi todos sus hombres treinta y cuatro años antes (24 de diciembre de 1598). Allí se acuarteló convenientemente con su infantería y despachó al sargento mayor Juan Fernández de Rebolledo con la caballería a perseguir al enemigo en los campos vecinos. Esta misión fue un éxito. Después de destruir muchos sembrados de los indios, Rebolledo volvió a reunirse con el Gobernador trayéndole seis mil cabezas de ganado y doscientos cincuenta indios cautivos de todas las edades. Contra el parecer de algunos capitanes que querían dar la vuelta hacia el norte, Laso de la Vega pasó adelante con sus tropas, pero no tuvo enfrentamientos importantes, aunque pudo regresar habiendo rescatado a algunos españoles que vivían en aquellos lugares, y llegó adonde se hallaba su campamento en los primeros días de enero de 1632. No obstante, Laso de la Vega estaba convencido de que esas expediciones solo le harían dueño del territorio que ocupase con sus tropas. Y así, en cuanto llegó a su campamento, supo que los indios volvían de nuevo a los territorios que acababa de recorrer, y que se mantenían en pie de guerra".

     Pero no solo los mapuches eran una preocupación para el Gobernador: "Aunque se hablaba con insistencia de la posible reaparición de los corsarios holandeses en las costas de Chile, se supo que, empeñados esos años en establecerse en Brasil, no intentaron por entonces empresa alguna en el Pacífico. Pero sí hubo un nuevo peligro. Más  inquietaron al Gobernador y a los habitantes de Chile las noticias que llegaron del otro lado de los Andes. Los indios calchaquíes, pobladores de la región de Tucumán, se habían sublevado y tenían en grandes aprietos a don Felipe de Albornoz, Gobernador de esa provincia. El virrey del Perú le encargó a Laso de la Vega que le socorriese desde Chile". El Gobernador se vio en un compromiso, pero hizo lo que pudo, porque, además, el problema afectaba a su propio territorio, y así se lo explicaba al Rey: "He hecho las prevenciones oportunas, enviando a los encomenderos de aquella zona  a servir a sus vecinos de Tucumán. Les he proporcionado armas, he enviado alguna gente suelta y he dado orden de que una compañía de infantería con cuarenta hombres fuese allá a cargo de un capitán experimentado, de manera que desde aquí he dado todo cuanto he podido. Aunque sé que el problema necesita mayor ayuda, no me he puesto en camino  hacia aquella provincia, porque dista del lugar en que me hallo más de ciento treinta leguas". La insurrección de los calchaquíes, aunque era una seria amenaza, fue sofocada, pero mantuvo muy preocupados a los gobernantes de Chile durante algunos meses.

 

    (Imagen)  El historiador Diego Barros hace un extenso comentario que parece sensato sobre las virtudes y defectos del Gobernador Francisco Laso de la Vega. Veámoslo: "Victorioso en la guerra contra los araucanos y apoyado por el virrey de Perú en las ruidosas disputas que había tenido que sostener contra los oidores, don Francisco Laso de la Vega había llegado en 1632 al apogeo de su poder y de su prestigio. Aunque admirado como militar y administrador, no había logrado hacerse querer por sus gobernados. Uno de sus secretarios, Santiago de Tesillo, lo atribuyó a la  seriedad de su carácter. 'Asistía a la Audiencia, como presidente, con exigencia de integridad -dice Tesillo-. Era imparcial en el reparto de los premios y ejecución de la justicia. Se le mostraba en Chile mayor veneración que amor. Nacía la veneración de su mucha severidad y entereza, y les faltaba el amor por ser poco comunicativo. Actuaba también con un alto pundonor, cosa que no la aprobaban todos. Pero la gloria que había adquirido en la guerra le había dado mayor autoridad que  la de ningún otro gobernador'. Aunque este retrato está trazado por mano amiga, y aunque casi no toma en cuenta más que las buenas cualidades de Laso de la Vega, encubriendo con el nombre de pundonor su orgullo y su arrogancia, el cronista nos da una idea que debe de ser verdadera del prestigio que había conquistado en el territorio chileno. En cualquier caso, aunque esa arrogancia lograra que la gente exagerase el valor de los triunfos que había alcanzado frente a los indios, el Gobernador comprendía que con ellos no era suficiente para conseguir la pacificación definitiva del territorio mapuche. Convencido de que este resultado solo podría conseguirse mediante la fundación de algunas ciudades y fuertes que impusiesen respeto a los indios, y que fuesen el asiento de guarniciones respetables, esperaba para acometer esta empresa los refuerzos que había pedido a España, y limitaba por entonces sus aspiraciones y deseos a debilitar a los enemigos poniéndolos en la imposibilidad de ejecutar las correrías con que hasta hacía poco inquietaban las tierras que estaban sometidas a los españoles. De esta manera, los indios, que, bajo el gobierno de los inmediatos antecesores de Laso de la Vega, pasaban frecuentemente el río Biobío en número considerable y obtuvieron señaladas victorias sobre los españoles, tenían ahora la guerra dentro de su propio territorio, sufriendo dolorosas devastaciones y perdiendo entre muertos y cautivos muchos centenares de personas". La imagen muestra un documento relativo a los bienes del gobernador Laso de la Vega (habiendo fallecido dos años antes, en 1640), en el que tienen protagonismo, como herederos,  sus hijos Isabel y Jerónimo Laso de la Vega.




viernes, 15 de julio de 2022

(1776) Todos los españoles ensalzaron los logros militares del gobernador Laso de la Vega, pero muchos se resistieron a ser reclutados para la guerra, y hasta la Audiencia puso trabas. El excepcional gobernador impuso su voluntad.

 

     (1376) Al gobernador Laso de la Vega le quedaba pendiente otro homenaje público por la gran victoria obtenida: "Después de la partida de Francisco de Avendaño hacia España, el Gobernador se limitó durante dos meses a dictar diversas providencias militares para moralizar sus tropas, repartirles sus pagas y reparar los fuertes de la frontera con los mapuches. Aprovechando enseguida la benignidad de aquel invierno, se puso en viaje para Santiago el 14 de junio de 1631, y entró a esta ciudad en medio del ostentoso recibimiento que le tenían preparado el Cabildo secular y el eclesiástico, aclamándolo como 'restaurador de la patria', en recuerdo de la gran victoria que había alcanzado sobre los indios. Pero Laso de la Vega volvía a la capital principalmente para hacer preparativos con los que continuar la guerra en la primavera próxima. Resuelto a hacer cumplir las órdenes dadas en lo concerniente al servicio militar que consideraba obligatorio, decretó la prisión de los vecinos de Santiago que, contra su mandato, se habían resistido a salir de campaña el año anterior. Sur órdenes, cumplidas con todo rigor y sin miramientos por la posición encumbrada de algunos individuos, produjeron en la ciudad mucha excitación".

     Vemos, pues, que el gobernador Francisco Laso de la Vega no solo atacaba a los indios con  un empuje arrollador, sino que también demostraba su valentía haciendo cumplir lo que consideraba justo, y castigando las rebeldías: "Esta cuestión, que había comenzado a arreglarse por la vía administrativa, se complicó extraordinariamente por la intervención del Poder Judicial. Uno de los presos, llamado don Antonio de Escobar, vecino de Santiago, recurrió a la Audiencia y obtuvo de ella que se le pusiera en libertad. Pero esta resolución, lejos de dar término al conflicto, no hizo más que enardecer las pasiones y suscitar mayores dificultades relativas a las competencias". Recordemos que el Rey había determinado que todos los vecinos estaban obligados a incorporarse al ejército, salvo en el caso de que tuvieran alguna excusa justificada. Eso se prestaba a inventarse motivos falsos y a favoritismos de difícil manejo por depender su aceptación, en teoría, de dos autoridades distintas, el Gobernador y la Real Audiencia: "Los oidores sostenían que eran ellos quienes debían calificar esta necesidad, y el Gobernador por su parte, defendiendo sus prerrogativas de director de la guerra, creía que estaba en sus atribuciones el señalar las circunstancias en que el servicio militar debía hacerse obligatorio. El asunto se trató con gran calor por ambas partes, y, tanto el Gobernador como la Audiencia, pidieron al virrey del Perú y al rey de España que zanjasen la contienda. Pero esa resolución debía tardar algunos meses, y mientras tanto la competencia suscitada por el supremo tribunal dio origen a serias dificultades cuando el Gobernador quiso salir nuevamente de campaña. En septiembre de ese mismo año de 1631 se recibieron en Santiago noticias favorables de la frontera. Por entonces, el maestre de campo, don Fernando de Cea, se vio atacado por cincuenta indios y el cacique Quempuante, el cual luchó durante media hora con un arrojo extraordinario, pero resultó muerto por los indios amigos que acompañaban al maestre de campo".

 

     (Imagen) Se producía entonces el eterno problema de tener que esperar en las Indias a que el Rey zanjara un asunto que requería ser solucionado con rapidez. En situaciones más graves, esa tardanza en la respuesta dio origen, por ejemplo, a las terribles guerras civiles de Perú. No era este el caso, pero resultó muy molesto: "Por entonces se supo que el incansable cacique Butapichón, se preparaba para atacar con un gran ejército. El gobernador Laso de la Vega creyó que ese problema le autorizaba a exigir nuevamente el apoyo militar de los vecinos de Santiago. Les planteó a los miembros del Cabildo que el ejército de la frontera estaba muy aminorado en su número, que el refuerzo enviado por el virrey del Perú lo formaban hombres poco aptos para la guerra, y que era indispensable que los habitantes de la capital acudiesen con sus armas para defender el reino de Chile. El Cabildo de Santiago resolvió negar al Gobernador los auxilios que pedía. Le expusieron que en la ciudad no había más que escasamente unos trescientos hombres que pudiesen salir a la campaña, y que, después de lo resuelto por la Audiencia, no les era posible designar cuáles de ellos debían acompañar al Gobernador a la guerra. La Audiencia, por su parte, había mandado que todos los vecinos estuviesen preparados para defender el reino de Chile contra posibles ataques de los corsarios holandeses. El Gobernador tuvo que resignarse por entonces a no poder contar con el contingente de tropas que esperaba sacar de Santiago. Pero aquel estado de cosas no podía durar más tiempo. La resistencia que el supremo tribunal oponía a la acción del Gobernador era una causa de perturbaciones y de discordias que minaban su autoridad y que debían de inquietar al gobierno de España. El virrey del Perú, después de consultar con la Real Audiencia de Lima el litigio que sostenían las autoridades de Chile, resolvió, por auto de 8 de marzo de 1632, que era al Gobernador a quien le correspondía calificar las circunstancias en que era lícito obligar a los vecinos al servicio militar. Más tarde el Rey, por cédula de 30 de marzo de 1634, confirmó esta declaración. Así, después de algunos meses de altercados que habían agitado extraordinariamente a la opinión pública, se halló Laso de la Vega provisto de los poderes necesarios para utilizar en la guerra todos los recursos del país. En honor suyo debe decirse que no usó de esta ampliación de sus atribuciones para vengarse de sus adversarios, ni cometió aquellas violencias y atropellos que no fueron raros bajo la administración de otros gobernadores". En la imagen vemos un escrito del Gobernador dirigido al Rey (año 1632), en el que hace referencia a que había enviado a España a Francisco de Avendaño para pedirle un refuerzo de soldados.




jueves, 14 de julio de 2022

(1775) Era tal el ansia, en todas partes, de que ocurriera algo bueno en Chile, que la victoria de La Albarrada fue celebrada con gran entusiasmo por doquier. Pero el gobernador Francisco Laso de la Vega sabía que los mapuches nunca se rendirían.

 

     (1375) Fue un magnífico triunfo, en el que mucho tendría que ver la veteranía y la bravura del gobernador Francisco Laso de la Vega, pero la 'enfermedad' mapuche seguía siendo grave y de futuro incierto: “En la misma mañana, el Gobernador regresó en triunfo a sus ‘cuarteles de Arauco, a dar gracias a Dios de aquel suceso, y llegó a tiempo -dice el historiador Tesillo- de que se pudiera decir misa con procesión general,  y se cantó el Te Deum Laudamus en acción de gracias'. El aviso del Gobernador, llevado por el capitán don Fernando de Bustamante, llegó a Santiago el 17 de enero, y dio lugar a demostraciones de gran contento. El Cabildo se reunió el 24 de enero para tomar algunos acuerdos. En albricias por tan prósperas noticias (era tradicional premiarlas), los capitulares obsequiaron con 250 pesos al capitán Bustamante. 'Y siendo muy justo, anotaron los cabildantes, que se muestre esta ciudad agradecida a su señoría, el Gobernador, se decide comprarle un buen caballo por lo mucho que merece el gran servicio que ha prestado'. El caballo era de Jusepe León y el mejor que había en Santiago, pagándose por él 350 pesos".

     El Gobernador estaba saboreando las mieles del gran éxito obtenido, pero no quiso dejar pasar el verano sin llevar a cabo alguna campaña más:  "El 20 de enero había concentrado una gran parte de su ejército en la ribera sur del río Biobío, al pie del cerro de Negrete (ya expliqué que un adinerado español de la zona se apellidaba así), donde los españoles habían tenido un fuerte, situado a pocas leguas de la plaza de Nacimiento. Desde allí se adelantó con sus tropas por el valle central al interior del territorio enemigo, pasando más allá de Purén y de Lumaco, sin hallar por ninguna parte gentes armadas contra quienes combatir. Los indios de esta región, advertidos de los movimientos del Gobernador, se habían dispersado en todas direcciones para evitar una batalla que podía serles funesta, pero todo dejaba comprender que ahora, como en las otras ocasiones en que habían empleado la misma táctica, su propósito era el de mantenerse en constante estado de guerra. Laso de la Vega estableció su campo a orillas del río Colpi, y desde allí dispuso que el sargento mayor, Fernández de Rebolledo, a la cabeza de toda la caballería y de los indios amigos, fuera a hacer ataques en los campos vecinos a la destruida ciudad de La Imperial. En estas correrías tampoco hallaron resistencia los españoles; pero consiguieron apoderarse de unos ciento cincuenta indios que apresaron como cautivos y, sin duda, habrían podido hacer una presa más considerable si no se hubieran hecho sentir en sus filas la discordia y la desorganización. Después de una campaña de cerca de dos meses completos, en que no se consiguió más que este mezquino resultado, el ejército daba la vuelta a sus acuartelamientos de la frontera del Biobío a mediados de marzo. Esta campaña que, con pequeña diferencia de accidentes, era la repetición de las que habían hecho otros gobernadores, vino a fijar las ideas de Lazo de la Vega sobre los medios de llevar a cabo la conquista. Se convenció de que los indios de Chile no podían ser sometidos sino por un sistema de poblaciones sólidamente asentadas dentro de su territorio".

 

     (Imagen) La noticia del gran triunfo obtenido en La Albarrada, y más aún por haberse producido en el tormentoso territorio de Chile, no tardó en llegar a puntos lejanos: "En el Perú se celebró con gran aparato la victoria de La Albarrada. El gobernador Laso de la Vega había mandado por mar la noticia al Virrey, enviándole, a la vez, sesenta indios prisioneros para que sirviesen en las galeras del Callao. 'Llegó a Lima el aviso, dice el historiador Tesillo, y se recibió en la ciudad con el regocijo que merecía. Se presentaron en palacio los oidores de la Real Audiencia para dar la enhorabuena al Virrey, LUIS JERÓNIMO FERNÁNDEZ DE CABRERA (ver en imagen su partida de España en abril de 1628),  pero él, con santo y religioso celo, se fue con la misma Audiencia a la catedral a dar las gracias a quien tan piadosamente lo dispuso, y mandó escribir cartas a todas las ciudades del reino de Perú para que hiciesen en ellas los mismos rendimientos de gracias. Pareciendo conveniente que aquellos indios cautivos que había remitido el Gobernador para las galeras del Callao viesen a los habitantes de la ciudad de Lima, fueron traídos a ella y se llevaron a la plaza mayor, donde el número de gente que acudió por la noticia era muy numerosa, y había también un escuadrón de soldados, que recibió a los indios con salvas de arcabuces y mosquetes, no para hacerles una honra, sino para que se admirasen de ver en todas partes escuadrones de españoles'. La fama alcanzada por el gobernador Francisco Laso de la Vega después de aquella victoria se extendió por todas las colonias españolas, dando origen a que se celebrara ese éxito casi como si fuera el término de una guerra que costaba al Rey tan grandes sacrificios. Sin embargo, la batalla de La Albarrada, por más que hubiese sido una derrota desastrosa de los indios, no merecía por las consecuencias que tuvo que se le tributasen tantos honores. La guerra que sostenían aquellos bárbaros no podía terminarse con una ni con varias derrotas. Volvieron a sus tierras confundidos y descalabrados, pero, una vez lejos del alcance de sus perseguidores, les abandonó el pánico y comenzaron a prepararse de nuevo para otras correrías. Laso de la Vega parecía comprender la verdad acerca de su situación y, por eso, después de su victoria, se abstuvo cuidadosamente de mandar perseguir a los fugitivos al interior de sus tierras, temeroso de las emboscadas en que podían caer sus tropas". Además, el Gobernador era muy consciente de que necesitaba con urgencia un refuerzo importante de hombres para no perder terreno frente a los mapuches, y, sabiendo que una carta serviría de poco, le envió a España a Francisco de Avendaño con el encargo de pedirle al Rey el envío de más soldados, para lo que partió a primeros de abril de 1631.




miércoles, 13 de julio de 2022

(1774) El Gobernador, gran militar, reclutó a la fuerza (incluso contra la oposición de la Audiencia) a vecinos que escurrían el bulto. Después, gracias a su valor e inteligencia, les ganó a los mapuches una batalla que tenía perdida.

 

     (1374) No había manera de remediar la crónica escasez de soldados que se venía arrastrando en Chile desde hacía muchos años: "En los primeros meses de su gobierno, Laso de la Vega había comprendido que con los recursos que tenía a su disposición, no sólo le era imposible dar término a la guerra araucana, sino que le sería muy difícil afianzar la paz en la parte del país ya ocupada por los españoles. Desde Yumbel le había escrito al Rey que, de los 1600 hombres que componían el ejército de Chile, 600 eran viejos e inútiles para el servicio de las armas. 'Será necesario -le decía- que si Vuestra Majestad halla conveniencia en lo que le propongo, me envíe 2.000 hombres, y que vengan con armas'. Pero España no estaba entonces en situación de prestar auxilio a sus colonias. Sin esperar a la improbable llegada de estos refuerzos, Laso de la Vega estaba resuelto a engrosar su ejército por cualquier medio, para la campaña del verano siguiente. Casi de inmediato, anunció que los vecinos de Santiago que no estuvieran impedidos, debían prepararse en pocos meses para salir a la guerra. Esta determinación provocó resistencias muy  fuertes. Numerosas personas se preparaban para apelar ante la Real Audiencia, pero el Gobernador, previendo este peligro, reunió ese tribunal el 7 de agosto, y, después de exponer la situación militar del reino y las medidas que había decretado, pidió que no se admitieran tales apelaciones. 'Y los dichos oidores -se indicaba en el acuerdo adoptado-, unánimes y conformes, dijeron que a Don Francisco Laso de la Vega, como Presidente de la Audiencia, Gobernador de Chile y Capitán General del ejército, le corresponde disponer  lo que más conviniere al servicio de Su Majestad y bien general de este reino, a lo que sus mercedes, los oidores, obedecerán  con todo cuidado, para servir y a ayudar a su señoría en cuanto se ofreciere'. A pesar del apoyo que esa decisión prestaba a la autoridad del Gobernador, tuvo que celebrar conferencias y  entrar en arreglos con el cabildo de Santiago cuando llegó el momento de designar a los vecinos que habían de incorporarse a las campañas".

     Pero la decisión de los oidores era poco efectiva, ya que los miembros del Cabildo iban a procurar que la cifra de enrolados fuera muy limitada: "Insistieron en rebajar el número de los vecinos que debían acompañar al Gobernador a la guerra, hasta reducirlo a poco más de treinta. Ante lo cual, Laso de la Vega enroló por la fuerza a muchos individuos de condición inferior que no tenían ocupación conocida, y consiguió completar un refuerzo de ciento cincuenta soldados, que partieron para el sur a principios de noviembre". El Gobernador permaneció en Santiago buscando otros soldados para un plan más ambicioso: "Pensaba entrar en territorio mapuche y llegar hasta La Imperial para infligir a los indios un castigo tremendo. Esta resolución produjo en la capital una gran alarma. La Real Audiencia juzgó que debía hacer oír su voz en esas circunstancias. Después de una acalorada discusión, en la que el Gobernador sostuvo su decisión con la más resuelta energía, la Audiencia, creyendo hacer uso de sus atribuciones, extendió por escrito una protesta que, aunque moderada en la forma, le hacía responsable ante el Rey de las calamidades que aquella campaña podía producir. Las relaciones de esos dos poderes, del Gobernador y de la Audiencia, siempre difíciles y expuestas a rupturas, tomaron desde ese día el carácter de la más marcada hostilidad".

 

     (Imagen) El maestre de campo, Francisco de Cea, le advirtió al Gobernador Laso de la Vega que los caciques Lientur,  Butapichón y Quempuante parecían preparar un ataque  con unos siete mil indios contra la plaza de Arauco: "El Gobernador se trasladó a Arauco y el 11 de enero de 1631, teniendo al enemigo casi a la vista, pasó revista a sus tropas, y contó 800 españoles y 700 indios amigos. 'Luego, según dice el historiador Tesillo, se confesaron todos con pía y santa devoción, ocupándose en esto ocho clérigos que allí estaban'. Los indios llegaron más tarde y decidieron esperar hasta el día siguiente para dar la batalla. Laso de la Vega, que imprudentemente se atrevió a salir a reconocer al enemigo, volvió luego a la plaza seguro de que la lucha sería inevitable. Al amanecer, el Gobernador, colocó sus tropas ordenadamente, y, al mismo tiempo que la infantería disparaba sus arcabuces, le ordenó al maestre de campo que hiciera una vigorosa carga, pero 'fue tan grande la resistencia del enemigo -dijo un testigo ocular-, que nuestra caballería se vio obligada a dar la vuelta, quedando todo en una situación incierta'. El Gobernador, que había quedado  atrás para defender su ejército de un ataque por la retaguardia, temió que aquel primer fracaso pudiera convertirse en un desastre general, y, poniéndose a la cabeza de los 150 hombres que formaban su reserva, compuesta en su mayor parte de oficiales, embistió denodadamente contra el enemigo. Su ejemplo y su palabra alentó a los suyos. La caballería española, que se había desordenado, volvió a reunirse, y cargó contra los indios con nuevo ímpetu, haciéndoles vacilar y luego retroceder. A las espaldas de estos se extendían unos pantanos a los que los españoles daban el nombre de Albarrada. En ellos se atollaron los caballos de los primeros grupos de indios que iniciaban su retirada. Los otros pelotones que los seguían, obligados a dividirse para salvar ese obstáculo, comenzaron a dispersarse en todas direcciones. Mientras la infantería española mantenía sus fuegos, la caballería, repuesta de su primera perturbación y bien ordenada, emprendió la implacable persecución de los bárbaros, acuchillándolos sin piedad, y apresando a los que no oponían resistencia. Se estima en 580 el número de los cautivos cogidos ese día y en 812 el de los indios muertos en la batalla y en la fuga. Los españoles, además, tomaron un número muy considerable de caballos, quitados al enemigo o abandonados por él, al paso que la victoria les costaba a los españoles solo pérdidas muy insignificantes, algunos soldados heridos y un indio amigo muerto en la pelea. Esa victoria que, sin duda, era la más importante que habían conseguido los españoles en Chile, tuvo que alentar su orgullo y sus esperanzas de poder terminar definitivamente la guerra". Pero su optimismo era excesivo.






martes, 12 de julio de 2022

(1773) La ciudad de Santiago apenas corría riesgo frente a los mapuches. Como era poco solidaria con las demás, el Gobernador fingió que iba a ser atacada. Francisco Laso de la Vega, magnífico gobernador, se jubilará pronto.

 

     (1373) Según cuenta Diego Barros, había gran diferencia, en cuanto al peligro mapuche, entre la ciudad de Santiago y las que estaban asentadas al sur de Chile, que, además, padecían de falta de solidaridad con respecto a sus constantes angustias: "Los vecinos de Santiago, apartados del teatro de la guerra y ocupados en sus propios intereses, parecían en cierto modo extraños a los sucesos que ocurrían en el sur. Hacía tiempo que utilizaban excusas para no salir a pelear, y hasta optuvieron del Rey que se les eximiese del servicio militar cuando se creó en Chile un ejército permanente. Además, desde que el Rey atendía ampliamente a los gastos de la guerra, ellos se creyeron desligados de toda obligación de contribuir con donativos, o lo hacían en mucha menor cantidad. Se les acusaba por esto de estar dominados por un egoísmo culpable que los incitaba a vivir entre comodidades y abundancia, mientras sus hermanos de Concepción y de los distritos del sur llevaban una vida llena de fatigas y de miserias".

     Ocurrió entonces que una mañana el gobernador Laso de la Vega les dio una voz de alarma, y hasta se podía pensar que lo había hecho principalmente para sacar de su cómoda postura a los vecinos de la capital: "A fines de febrero de 1620, el gobernador Laso de la Vega, que se hallaba en Concepción, había comunicado a la Real Audiencia y al Corregidor de Santiago que unos tres mil guerreros araucanos se dirigían por la cordillera de los Andes para caer de improviso sobre esta ciudad. Contaba en sus cartas que había recibido la noticia por medio de sus espías, y recomendaba que se tomasen en la capital las mayores precauciones militares para su defensa, juntando tropas que impidieran la llegada de los indios. Laso de la Vega quiso tal vez hacerles entender con aquel aviso que el peligro era común para todos los habitantes de Chile, que todo el territorio estaba expuesto a las hostilidades de los mapuches y que, por lo tanto, todas las ciudades debían colaborar en la guerra con sus hombres y sus recursos. En esas circunstancias se reunió la Audiencia el 13 de marzo para buscar el remedio a aquella situación. Uno de los oidores, el licenciado don Hernando de Machado, sostuvo que esos temores eran infundados, pero sus otros tres colegas expusieron una opinión diametralmente opuesta. La alarma duró todo ese verano. El Gobernador había mandado que los vecinos de la capital se armasen a su propia costa, pero se pasaron algunos meses y no se sintió el menor intento de sublevación de los indios amigos de Santiago ni se tuvo noticia alguna de la anunciada expedición de los araucanos. Dando cuenta al Rey de los sucesos de la guerra, Laso de la Vega le decía que la expedición de los indios dirigida contra Rancagua y Santiago 'se había suspendido por la aspereza y lo largo del camino, y por ser tiempo en que los campos estaban agotados'. Sin embargo, si estas noticias pudieron ser creídas en el principio y dar origen a las alarmas de que hemos hablado, parece ser que poco más tarde la opinión  del oidor Machado había ganado muchos partidarios. Así, cuando algunos meses después el Gobernador quiso aprovechar la impresión que habían producido aquellas noticias, encontró, como vamos a ver, la más tenaz resistencia a la ejecución de sus planes". A  Hernando de Machado ya le dediqué una reseña, en la que vimos que apoyaba las teorías pacifistas del jesuita Luis de Valdivia, y que había creado  una familia de hondo sentimiento religioso, con tres hijos clérigos.

 

     (Imagen) Ya hemos dicho algo  del nuevo gobernador de Chile, FRANCISCO LASO DE LA VEGA, destacado, entre otras cosas, por ser un hombre luchador y de gran valentía. Pero lo más importante fueron los magníficos resultados que obtuvo contra el tremendo problema de los mapuches. Y es lo primero que hay que subrayar: Se considera que fue el más importante de los gobernadores de Chile del siglo XVII, y, aunque sus victorias no frenaron del todo los ataques mapuches, consiguió un período de tranquilidad que duró unos 25 años, algo excepcional frente a aquellos tremendos enemigos. El Gobernador nació el año 1566 en Secadura (Cantabria). Llegó a Chile a finales de 1629, siendo ya Caballero de Santiago por sus grandes méritos en las guerras de Europa. Los nombres de las batallas de Laso de Vega contra los indios han quedado como recuerdo imborrable. Ya hemos visto lo que pasó en Pilcohué contra el cacique Butapichón. En la batalla de Los Robles, la brutalidad del enfrentamiento les costó a los españoles la muerte de veinte soldados, pero se logró frenar a los mapuches. Sacando conclusiones sobre lo que había que corregir, Francisco Laso de la Vega tomó la decisión de formar un ejército verdaderamente poderoso. En enero de 1631 ya contaba con la respetable cantidad de 1750 soldados, se estableció en la martirizada zona de Arauco y consiguió un brillante triunfo contra el famoso cacique mapuche Butapichón, en lo que se conoce como la batalla de La Albarrada. A base de grandes sacrificios y muchas bajas entre sus soldados, Francisco Laso de la Vega logró un balance muy positivo luchando contra los mapuches. Testarudo en sus decisiones, obligó justamente a los vecinos de Santiago (mal acostumbrados por vivir en zona libre de ataques), y con la conformidad del virrey, a que aportaran soldados y contribuciones económicas para reforzar el ejército chileno. Pero, por desgracia, su salud se fue quebrantando, y tuvo que delegar su cargo el año 1539  en Francisco López de Zúñiga. Solo la enfermedad lo pudo derrotar, pero se mantuvo orgulloso de lo que había conseguido, incluso para tiempos futuros. Y le escribió al Rey: “Mediante los éxitos  que he tenido con estas armas, las entregaré con una reputación jamás vista”. Un cronista dijo de él: "Pasó su carrera de caballero dejando gran fama. Fue de ánimo grande, aspecto feroz, condición severa, gallardo espíritu, de gran constancia en los trabajos y de valiente resolución en los peligros". Falleció en Lima el año 1640. En la imagen vemos, escrita por él, su salida de España en abril de 1628, y añade aparte el nombre de sus criados, que eran pocos para lo acostumbrado por un gobernador entonces: seis hombres y cuatro mujeres (esposas o hijas de los varones).




lunes, 11 de julio de 2022

(1772) Llegados a Lima, el Virrey no aceptó enviar a Chile, a propuesta del nuevo Gobernador, a españoles que habían ido a las Indias sin licencia. Ya en Chile, gracias a su valor y habilidad, el Gobernador venció a los mapuches.

 

     (1372) Coincidieron en su viaje hacia las Indias el nuevo Virrey de Perú y el nuevo Gobernador de Chile: "Los galeones partieron de Cádiz el 7 de mayo de 1628, haciendo su viaje en ellos los dos nuevos mandatarios, don Luis Jerónimo Fernández de Cabrera, Conde de Chinchón  y Virrey del Perú, y don Francisco Laso de la Vega, Gobernador de Chile, arribando a las costas de América sin el menor contratiempo, a pesar del peligro de naves enemigas. En esos buques llegaron también muchos individuos que, burlando la vigilancia de las autoridades españolas, pasaban a establecerse o a negociar en las Indias sin el permiso real que exigía la ley. 'Teniendo noticia de que venía cantidad de gente sin licencia -le decía Francisco Laso al Rey- y de que su intención era pasar a Perú, le pedí al Virrey que en Panamá se hiciese lista de ellos y se les obligase a ir a Chile, donde tanta necesidad hay de gente y adonde de tan mala gana van, pues, además, de esta manera se evitaría que los años siguientes se embarcasen otros sin licencia, por temor a ser enviados a Chile.  Pero el Virrey no lo llevó a cabo, y yo sentí perder tan buena ocasión, y ahora más, pues he confirmado que  es difícil conseguir gente para Chile'. Mientras tanto, las noticias que llegaban de este país eran cada vez más alarmantes. Hallábase entonces en Lima el  general don Diego González Montero, enviado a pedir ayudas. En un memorial que presentó al Virrey de Perú con este motivo, le indicaba: 'Si el señor gobernador don Francisco Laso de la Vega fuere a Chile sin la gente que pide, creo que no sólo va a perder su reputación sino también aquellas tierras, rebelándose las agrupaciones de los indios amigos'. Por su parte, Laso de la Vega le escribía al Rey: 'Parece que los indios tienen hecha alianza con los corsarios holandeses para ayudarles cuando vengan a poblar el puerto de Valdivia, y, si se cortase la ayuda que llega de  Concepción y Santiago, se perderá la provincia de Chiloé, haciendo con ello gran mal al comercio del Perú, de manera que, para recobrarlo, será necesario que el refuerzo venga de España'. Así, pues, el aspecto que presentaban entonces todas las cosas de Chile no podía ser más sombrío".

     El nuevo y bravo gobernador, Francisco Laso de la Vega, partió de Perú hacia Chile el 12 de noviembre de 1629, y va a cometer de entrada la típica ingenuidad de un recién llegado: "Bajó a tierra en la ciudad de Concepción el 23 de diciembre, y pocas horas más tarde fue recibido solemnemente por el gobierno de la colonia. Haciendo caso de las sugerencias de quienes pensaban todavía que era posible aplacar a los mapuches con medios suaves, el Gobernador, que había traído del Perú algunos indios enviados desde Chile como esclavos, inició su administración poniéndolos en libertad para que volviesen al seno de sus familias. Ya veremos el fruto que produjo este acto de clemencia". Sin embargo, Laso de la Vega, sí acertó en otro asunto: "Como llegaba a Chile precedido de la reputación de militar muy experimentado, y traía un refuerzo de tropas y de armas, fue recibido con gran contento por todos. El mismo exgobernador Luis Fernández de Córdoba, aunque, sin duda, creía merecer haber continuado en su puesto,  se manifestó satisfecho de entregarlo a un sucesor que, en esas circunstancias, se comportó como un cumplido caballero. En efecto, Laso de la Vega, en vez de hacer caso de las acusaciones hechas a su predecesor, Fernández de Córdoba, como solían hacerse a otros en idénticas circunstancias, le mostró a este todo tipo de consideraciones, y, en el juicio de residencia  que, por ley, estaba obligado a practicarle, lo declaró exento de toda culpa. Y así, Fernández de Córdoba regresó poco más tarde al Perú (28 de abril de 1630) amparado  en un fallo judicial por el cual constaba que había desempeñado el gobierno de Chile del mejor modo que le era posible, dadas las dificultades de la situación y la escasez de sus recursos".

     (Imagen) El nuevo gobernador de Chile, FRANCISCO LASO DE LA VEGA va a tener que exhibir de inmediato su bravura y capacidad de sacrificio. En cuanto llegó a Chile, le salieron al paso los mapuches: "Se trabó un reñidísimo combate. Los españoles, sin poder abrirse paso por la estrechez de la zona, fueron envueltos por los indios, y a pesar de la valentía con que se defendieron, quedaron derrotados con pérdidas de más de cuarenta oficiales y soldados, entre muertos y prisioneros. Rodeado de inquietudes, Laso de la Vega, que, además, se sentía enfermo desde que llegó a Chile, vacilaba en tomar una determinación. Finalmente, decidió atacar de nuevo con un número considerable de hombres. Aunque los indios se dispersaron, el Gobernador consiguió apresar algunos de los que huían. Pero luego, el activo cacique Butapichón y sus indios volvieron a sus acostumbradas depredaciones en las estancias de los españoles y en los campos de los indios de paz. El Gobernador se encontraba entonces postrado en cama por sus enfermedades, pero mandó poner en armas a unos cuatrocientos soldados españoles y a cien indios amigos, se colocó él mismo a su cabeza, y caminó cerca de dos días en busca de los enemigos, los cuales les atacaron por sorpresa. En medio de una confusión indescriptible, la victoria de los bárbaros parecía segura e inevitable. Pero el Gobernador montó a caballo, desenvainó su espada, y, dando voces a los suyos, comenzó a alentarlos con su ejemplo para que resistieran a los mapuches. 'Esto duró más de una hora -dice un cronista contemporáneo- y todo eran voces y una batalla horrible'. Al anochecer, los indios, persuadidos de que no podían completar su victoria, comenzaron a retirarse llevándose consigo numerosos cautivos. En la mañana siguiente, los españoles vieron que habían muerto veinte compañeros, resultando heridos más de cuarenta. Hubo también un número mucho mayor de cautivos, aunque la mayoría pudieron huir. Por más dolorosas que fueran las pérdidas del combate, los españoles también cantaron victoria, y, a pesar de que la retirada del enemigo no podía considerarse un triunfo  verdadero, aquella batalla fue celebrada como un gran acontecimiento, y recordada más tarde como un prodigio operado por el favor divino, y conseguido por la previsión militar, la experiencia y el valor de Laso de la Vega. Se decía que él, ayudado por una compañía de oficiales reformados que mandaba personalmente, había obtenido la victoria y dado muerte a 280 indios belicosos y escogidos. Se creía, además, que esa batalla no sólo había liberado de la invasión enemiga los territorios del sur, sino que había puesto fin a los más serios peligros que amenazaban a Santiago, la capital del reino".




domingo, 10 de julio de 2022

(1771) Había un serio conflicto de competencias, en parte porque los gobernadores solían residir en Concepción y los oidores de la Audiencia lo hacían en Santiago. Llega un nuevo gobernador, famoso por su valentía: Francisco Laso de la Vega.

 

     (1371) El historiador chileno Diego Barros explica la tensa situación que había entre las autoridades políticas y los oidores (jueces) de la Real Audiencia de Santiago de Chile. Haré un resumen de su análisis del problema: "Los gobernadores se veían obligados a pasar largas temporadas en la ciudad de Concepción y en los fuertes de la frontera con los mapuches, confiando el gobierno de la capital y la administración civil de la colonia al Corregidor de Santiago. Durante un tiempo se sostuvo que no debía existir este funcionario en las ciudades en que había Audiencia, y que era este tribunal el que tenía que hacer las veces del Gobernador. Fue el gobernador don Luis Fernández de Córdoba quien puso término a esta práctica en 1625, haciendo respetar la autoridad del corregidor que había nombrado. El Rey quería establecer, además de un tribunal de justicia,  un consejo que asesorase a los gobernadores para facilitar la acción administrativa. Pero el soberano había confundido en muchos detalles las atribuciones de ambos. Pronto surgieron dificultades que se fueron agravando. Originadas unas por disputas de jurisdicción, y otras provocadas por la arrogancia o el espíritu pendenciero de alguno de los oidores, lo cual dio origen a verdaderos escándalos. Por este motivo, algunos de los gobernadores le propusieron al Rey los remedios que creían más eficaces para solucionarlo. Dos de ellos, don Lope de Ulloa y Lemos y don Luis Fernández de Córdoba, habían propuesto que la Audiencia fuese trasladada a Concepción, para tenerla más cerca y bajo una vigilancia más inmediata. Don Pedro Osores de Ulloa pedía un remedio más enérgico todavía, la supresión absoluta de la Real Audiencia, pero El Rey se negó a adoptar cualquiera de estas dos sugerencias. Sin duda alguna, las frecuentes reyertas entre los gobernadores y la Audiencia menoscababan el prestigio de la administración de justicia, pero hubo otros hechos más perjudiciales.

Los oidores destinados a Chile eran en gran parte letrados de modestos antecedentes, que, hallándose tan lejos del ojo escrutador del soberano, y teniendo que tratar con todos los hombres de importancia, no podían dejar de ser influenciados, y los abusos de este orden eran frecuentes y a veces escandalosos. Como vimos, el Rey le ordenó a la Real Audiencia abolir el servicio personal de los indígenas, pero, cediendo a las influencias de los encomenderos, anuló en lo esencial lo dispuesto  por Felipe III. Hubo también crímenes horribles que quedaron impunes cuando los culpables eran gentes de alta posición y fortuna. Una señora principal, llamada doña Catalina Lisperguer, hija de aquella Catalina de los Ríos Lisperguer (la temible Quintrala), de quien se contaba que intentó envenenar al gobernador Ribera, y que, con la protección de algunos frailes, burló la acción de la justicia, mandó asesinar a un amante suyo, y después de un proceso controlado por la parcialidad de los jueces, solo fue condenada a pagar cuatro mil pesos. En enero de 1633, la misma doña Catalina Lisperguer preparó el asesinato del cura de Ligua, y este crimen, a pesar de la intervención del Obispo, quedó impune con la ayuda de algunos de los miembros de la Audiencia. Otros crímenes horribles perpetrados por esa familia fueron igualmente disimulados por la justicia. Todo hace creer que aquellos hechos no fueron excepcionales, y que por esos años la fortuna y la posición social eran un amparo protector, y casi sin disimulo, contra la acción de la justicia".

 

     (Imagen) Luis Fernández de Córdoba dejó de ser Gobernador de Chile el año 1629 porque el rey Felipe IV nombró como sustituto suyo a FRANCISCO LASO DE LA VEGA. Del cual dice lo siguiente Diego Barros: "Era un noble caballero de Santander, que tenía unos cuarenta años,  y más de veinte de buenos servicios militares. Desde 1621, estuvo luchando en Holanda a las órdenes del famoso marqués de Spínola, y logró fama de muy valiente. En 1622, se le encargó el asalto de unas trincheras. 'Era don Francisco de los que llamaban desbocados -escribió un soldado suyo-  y quiso conseguir lo que otros no pudieron. Volvieron don Francisco Laso y los que con él entraron en batalla tan cambiados, que parecían demonios ennegrecidos por el humo de las granadas y los arcabuces'.  Pocos días después, los holandeses hicieron una salida de su ciudad, se apoderaron de algunos bastiones de los sitiadores y pretendieron tomar otro. 'Este lo defendía mi capitán, don Francisco Laso -dice el mismo soldado cronista-,  y, con notable valor, caló la pica y dijo a los demás que le siguiesen. Gritando a voces ¡Santiago!, les atacamos, y los enemigos, creyendo que éramos muchos los españoles que acudíamos en ayuda de nuestros compañeros, se retiraron perdiendo lo que habían ganado. Luego mi capitán les entregó las trincheras a los españoles que las habían perdido, por lo que consiguió los ascensos que hoy tiene'. En efecto: Laso de la Vega fue hecho capitán de caballería, obtuvo el hábito de la Orden de Santiago, y, poco después, nuevos honores militares por su valiente comportamiento en aquella campaña. En marzo de 1628 fue nombrado gobernador del territorio de Jerez de la Frontera, en Andalucía. Pero el Rey, cambiando entonces de opinión, le confió el gobierno de Chile.  Laso de la Vega no tenía entonces la menor idea de las tierras chilenas, pero pronto comprendió que para conseguir victorias rápidas necesitaba más armas y tropas. Solo logró que se le dieran en los almacenes del Rey 300 mosquetes, 200 arcabuces, 200 picas y 200 coseletes, pero le fue imposible obtener un solo soldado. España estaba empeñada en grandes guerras en Europa, y no podía disponer de gente ni de dinero. Felipe IV se limitó por esto a insistirle al virrey del Perú que prestase todos los auxilios posibles al gobernador de Chile. Por entonces (año 1629), el Rey acababa de confiar el cargo de Virrey de Perú a don Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón, y este recibió, junto con las cédulas en que se le mandaba socorrer a Chile, las recomendaciones por las cuales pudo conocer los deseos que tenía el Rey de llevar a rápido y buen término la pacificación de este país". El cuadro, que es del siglo XIX, expresa bien el carácter batallador del personaje.




viernes, 8 de julio de 2022

(1770) El Gobernador Luis Fernández de Córdoba siguió venciendo con mano dura y tuvo que castigar a unos indios amigos rebelados. Veamos más datos sobre Francisco de Avendaño, sustituto de Pedro Páez como Gobernador de Chiloé.

 

     (1370) Vamos viendo que los mapuches eran una pesadilla inacabable. Pero, además de actuar brutalmente, derrochaban valentía, pagando un altísimo precio de guerreros muertos: "Esta última victoria había alentado sobremanera a los bárbaros. Las cabezas de los españoles caídos en el combate fueron llevadas a diversos puntos por los vencedores para alentar la sublevación de otras tribus. El cacique Lientur, pensando que podría expulsar al enemigo para siempre de toda aquella región, preparaba otro atrevido golpe de mano. El 6 de febrero de 1628, un ejército numeroso de indios cayó de improviso sobre el fuerte de Nacimiento, y puso fuego en los galpones y empalizadas de los españoles. El capitán Pablo de Junco, que lo defendía con cuarenta soldados, desplegó un valor heroico. Las llamas del incendio lo obligaron a abandonar el fuerte, pero, replegándose con su gente a un cubo aislado, determinó pelear hasta el último trance. A pesar de que muchos de sus soldados estaban heridos por las flechas de los indios, el capitán Junco sostuvo el combate y logró rechazar los repetidos ataques. Pero, con gran fortuna,  el Gobernador, que se hallaba a pocas leguas de distancia, tuvo noticias de lo que ocurría y llegó a tiempo de salvar el fuerte de una ruina completa. Las hordas de Lientur, impotentes para sostener un nuevo combate, se dispersaron tras  haber perdido unos doscientos indios muertos por los arcabuces y mosquetes de los defensores del cubo. Entre esos muertos se encontró el cadáver de 'un español llamado Francisco Martín, que, hará dieciocho años -escribió el Gobernador- se pasó al enemigo, siendo el mayor que hemos tenido, y yo le vi entre los demás muertos'. Después el Gobernador inició la reconstrucción del fuerte, dándole el nuevo nombre de Resurrección, pero no se conservó largo tiempo.

     Por si fuera poco, también los indios pretendidamente amigos solían quitarse la careta: "Pocos días después los indios de Catirai y Talcamávida, que se mostraban como aliados de los españoles, tenían preparado un levantamiento. Informado de todo por un cacique llamado Tarpellanca, el Gobernador se trasladó a esos lugares dos días antes de que comenzara la insurrección. 'Prendí a los más culpables con mucha brevedad -escribió después- y, aunque todos los indios de aquella zona eran cómplices en este delito, cuando acabé de sosegar toda aquella tierra, mandé dar garrote a siete caciques, uno de los cuales, de más de cien años, había promovido el ataque, y los otros eran los caudillos de los indios. Estando juntos al lado la horca, todos se volvieron cristianos, bautizándose,  y, a los demás les hablé después y los sosegué, y hoy se comportan como muy buenos amigos".

     Pero aquello era siempre una guerra a destajo: "Mientras el Gobernador estaba ocupado en estos afanes, el cacique Lientur ejecutaba una atrevida campaña  en la zona de Chillán. 'Por detrás de la cordillera nevada de los Andes -escribió el Gobernador-, entraron cuatrocientos jinetes enemigos, se llevaron a dos mozos españoles y algunos indios e indias amigos, y se retiraron con mucha rapidez'. Fernández de Córdoba acudió inmediatamente para cerrarles el paso en su viaje de vuelta, pero los indios supieron evitar este peligro regresando a su territorio por uno de los caminos situados más al sur".

 

     (Imagen) Hemos visto que Pedro Páez de Castillejo, debido al desastre que se produjo en la misión que tenía al mando, fue sustituido como Gobernador de Chiloé el año 1627 por FRANCISCO DE AVENDAÑO Y VALDIVIA, al que vamos a dedicar esta reseña. Francisco había nacido en Concepción (Chile) el año 1589. Era hijo del salmantino Antonio de Avendaño y de Beatriz de Valdivia. Avendaño ya había sido Gobernador de Chiloé durante dos años desde 1616. Recordemos que el archipiélago tuvo anteriormente serios problemas con los piratas holandeses, y, por esa razón, una de las mayores preocupaciones de Francisco fue vigilar la costa en las zonas próximas al continente, misión que le confió al capitán Andrés de Oyarzun. Como gobernador del territorio, Francisco de Avendaño se asentó en el fuerte de San Antonio de Chacao, y desde allí se ocupó de los asuntos administrativos, judiciales, económicos y militares. Terminado su mandato, en 1621 aparece al frente de la tesorería de la Hacienda Real de todo el territorio chileno, y, posteriormente, ejerciendo el importante cargo de Corregidor de Quillota. Como acabo de mencionar, Francisco de Avendaño, en 1627, volvió a hacerse cargo de la gobernación del archipiélago de Chiloé debido a que su titular, Pedro Páez de Castillejo, fue quitado del puesto tras el desastre que sufrió su tropa cuando fueron por mar a luchar contra los mapuches de la zona de Valdivia. Tras estar cuatro años en Chiloé, dejó en su lugar a Dionisio de Rueda, y, representando al ejército de Chile y al Cabildo de Santiago, se trasladó a España para pedirle al Rey soldados y ayudas económicas. Es de suponer que Francisco de Avendaño llevara a cabo sus gestiones responsablemente, pues, precisamente por su prestigio, le había elegido para esta misión el gobernador de Chile, Francisco Laso de Vega. Pero el resultado fue muy positivo para Avendaño y nulo para el ejército chileno. Así lo contó un cronista comprensivo: "A Francisco de Avendaño se le dio una gruesa cantidad de dinero, por cuenta de los soldados y de las ciudades de Chile, para el viaje a España, y, aunque  le presentó las peticiones a Su Majestad, no consiguió ayuda para el ejército, pero sí que le concedieran a él el Gobierno de Tucumán. Los soldados protestaron por ver que, a costa suya, negociase para sí el gobierno y, para ellos, nada. Pero no debió de estar en su mano hacer otra cosa, pues, sin duda,  procuraría cumplir con sus obligaciones y con su conciencia". De propina, al mismo tiempo, FRANCISCO DE AVENDAÑO fue nombrado Caballero de Santiago, y murió hacia 1670. En la imagen, Avendaño hace referencia a su nombramiento como Gobernador de Tucumán (de donde pasó enseguida a ser Gobernador de Buenos Aires).




jueves, 7 de julio de 2022

(1769) El Gobernador vio el problema de que los soldados tenían demasiada ansia de esclavizar indios. El cacique Liantur mató a 28 españoles, y el capitán Pedro Páez sufrió una tragedia marítima, pereciendo 25 españoles y unos 300 indios amigos.

 

     (1369) El asunto de la esclavización de indios rebeldes tomó una deriva comercial, que va a producir en el gobernador dudas de conciencia: "A pesar de estas limitaciones establecidas por el Rey, la guerra contra los indios comenzaba a ser un negocio provechoso para los militares que la hacían. Con ese propósito de hacer esclavos, se pensó también en ir a la isla de la Mocha. Se contaba que vivían allí unos cinco mil indios,  y se quería arrancarlos de sus hogares para venderlos a los granjeros de Santiago y de Coquimbo. Aunque el Gobernador veía bien este proyecto, no se atrevió a ponerlo en ejecución por su sola autoridad, y quiso oír el parecer de teólogos y letrados, sin duda para que decidiesen si era lícito hacer la guerra a esos isleños, pero, como no concordaban las opiniones, Fernández de Córdoba aplazó la empresa hasta tener autorización del Rey".

     La falta de soldados suficientes era un problema que nunca tenía solución en Chile: "La restauración del sistema de la guerra ofensiva exigía que el ejército que mandaba el gobernador de Chile hubiese sido considerablemente reforzado, pero los socorros de tropas que enviaba el virrey de Perú eran siempre escasos, y de España no llegaba ni un solo soldado. Por otra parte, la táctica empleada en las operaciones militares no podía conducir a ningún resultado positivo. En vez de adoptar el plan propuesto por el exgobernador Alonso de Ribera, que, como vimos, consistía en evitar las expediciones lejanas e ir ganando terreno sobre el país enemigo para adelantar gradualmente la línea de frontera, Fernández de Córdoba había vuelto al antiguo sistema de guerra, haciendo excursiones hacia el interior, que, si bien permitían sacar algunas decenas de indios para convertirlos en esclavos, no bastaban para afianzar el dominio español en aquellos lugares. Además, este género de hostilidades enfureció a los indios, que se veían despojados de sus mujeres, de sus hijos y de cuantos individuos encontraban los españoles en su camino, sin que su prestigio militar se consolidase, pues los indios les veían después retirarse apresuradamente. Un nativo llamado Lientur, que había estado sometido a los españoles y que se fugó de su campo para juntarse a las tribus rebeldes del interior, había ido allí para fortalecer la resistencia de los rebeldes. A su voz, los indios de La Imperial y de la comarca vecina se pusieron sobre las armas con la arrogancia que les inspiraba el recuerdo de sus pasadas victorias.

A fines de 1627 había penetrado hasta La Imperial una división de 300 españoles y de 400 indios amigos bajo el mando del sargento mayor Juan Fernández de Rebolledo. Apresó un número considerable de enemigos, recogió algunos españoles cautivos que encontró en su camino y destruyó muchas habitaciones y sembrados de los indios. Todo anunciaba un feliz desenlace de la expedición; pero una noche en que los españoles habían descuidado confiadamente la vigilancia de su campo, cayó sobre ellos un numeroso ejército de indios capitaneados por Lientur, sostuvo una reñida pelea y los obligó a retroceder con pérdida de veintiocho soldados. Los indios que Fernández de Rebolledo había apresado en los primeros días de la campaña, recobraron su libertad en medio de la confusión del combate y fueron a engrosar las filas enemigas. La retirada de los españoles después de esta jornada, teniendo que batirse frecuentemente con sus perseguidores, hacía ver que el levantamiento de los bárbaros se había hecho mucho más enérgico y vigoroso".

 

     (Imagen) Hemos visto que el cacique Lientur sorprendió a los españoles y mató a 28 soldados del sargento mayor JUAN FERNÁNDEZ DE REBOLLEDO. También tuvo por entonces, como veremos, mala fortuna el capitán PEDRO PÁEZ DE CASTILLEJO. Rebolledo nació en Burgos el año 1589. Se trasladó a Perú, y, llegado a Chile,  el gobernador Pedro de Osores lo nombró Sargento Mayor de las tropas. Fue en 1628, siendo ya gobernador Luis Fernández de Córdoba, cuando sufrió una humillante derrota a manos Lientur, en lo que se recuerda como Desastre de las Cangrejeras. El año 1630 volvió a sentirse burlado. Se encontraba en el fuerte San Felipe de Austria, cerca de los mapuches de Yumbel,  y el nuevo gobernador, Francisco Laso de la Vega, recibió noticias alarmantes. El cacique mapuche Butapichón andaba por Piculhue causando problemas a los indios amigos de los españoles, robándoles y haciendo prisioneros. El gobernador quiso remediarlo y le mandó a Juan Fernández de Rebolledo que fuera rápidamente a la zona para establecer una línea defensiva. Lo que no sabían era que la actuación de Butapichón era un montaje para confundir a los españoles, y el resultado fue que el astuto cacique se dirigió a la ciudad de Chillán, y la destruyó, llevándose consigo muchos cautivos. En estos fracasos no tuvo culpa Rebolledo, y lo prueba el hecho de que, en 1634, el gobernador lo nombró maestre de campo de todo el ejército de Chile. JUAN FERNÁNDEZ DE REBOLLEDO murió en Concepción el año 1655. El historiador Barros nos habla del fracaso del otro militar (también en 1628, con Fernández de Córdoba todavía como gobernador): "Uno de los capitanes españoles más apreciados por el Gobernador Luis Fernández de Córdoba, DON PEDRO PÁEZ CASTILLEJO, había recibido encargo de organizar en Chiloé una expedición para atacar por mar a los indios de la zona de Valdivia, y halló en aquel archipiélago gente que quiso acompañarlo en tan peligrosa empresa. Aquellos bárbaros estaban sobre aviso y bien dispuestos para defenderse. Páez de Castillejo no pudo desembarcar en Valdivia, y, teniendo que dar la vuelta al sur, su buque se hizo pedazos en los arrecifes de la costa, ocasionando la muerte de veinticinco españoles y de cerca de trescientos indios amigos. Muy pocos de sus compañeros lograron llegar a Chiloé, donde, según cuenta un antiguo cronista, fue grandísimo el llanto por la muerte de tanta gente y por la ruina de aquella provincia". Pero, en este caso, surgieron quejas por su actuación, y Páez fue relevado del cargo, sustituyéndolo Francisco de Avendaño. Lo cual no parece muy justo, ya que, aunque el viaje de Páez resultó trágico, también fue heroico. El recorrido (Chiloé-Valdivia, 300 km) se llevó a cabo por la costa a la ida y a la vuelta.




miércoles, 6 de julio de 2022

(1768) Dada la ferocidad de los indios, Felipe IV anuló la antigua prohibición de esclavizar a los rebeldes, pero hubo que controlar muchos abusos. A su vez, el Gobernador liberó a Marcos de Chávarri, esclavizado durante 25 años por los mapuches.

 

     (1368) El poder tener esclavos de guerra mapuches, además de ser una novedad total en las Indias (tras muchos años de prohibición), resultaba muy rentable para los españoles, pero pronto las autoridades tuvieron que poner freno a  los abusos: "Las recientes victorias, y sobre todo el beneficio que producía la venta de esclavos, animaba a los españoles a realizar nuevos ataques. A principios de 1627 el Gobernador preparó expediciones que confiaba a algunos de sus oficiales, y él mismo salió de campaña penetrando en el territorio. Sus tropas lograron algunas ventajas sobre el enemigo, pero, al mismo tiempo, ocurrieron otros hechos que dejaban ver la inutilidad de todos estas para alcanzar la paz. Muchos indios que parecían sometidos, que habían aceptado el bautismo y que se daban por aliados de los españoles, se fugaron al territorio mapuche. El Gobernador, que no esperaba nada de las negociaciones pacíficas, les comunicó a los indios de guerra las últimas disposiciones del Rey, y, al ver que no producían ningún cambio en la actitud de esos bárbaros, ordenó algunos ataques más allá del río Biobío, contando con un refuerzo de 184 hombres enviados por el virrey de Perú. Estas operaciones, como debía esperarse, no produjeron resultados importantes, pero repitió Fernández de Córdoba las expediciones y consiguió apresar a muchos indios que, con arreglo a la resolución del Rey, fueron sometidos a esclavitud. Pero este negocio dio en breve origen a los más escandalosos abusos. Según las ideas del tiempo, los dueños de esclavos estaban autorizados para marcarlos con hierros candentes. Todos los indios tomados en la guerra eran sometidos a esta cruel operación. Pero algunos soldados dieron en marcar a los indios aunque no hubiesen sido apresados en acción de guerra, e, incluso, ejecutaban estos tratamientos en niños de corta edad, a pe ar de que, por la cédula del Rey, estaban exentos de la pena de esclavitud. Muchos de esos infelices eran enviados a Perú, para ser vendidos a un precio más alto que el que se pagaba en Chile. El gobernador Fernández de Córdoba, queriendo poner atajo a estos abusos, hizo publicar en todo el reino un bando en el que fijaba las reglas para herrar a los indios. Todo indio mayor que hubiese caído prisionero en acción de guerra, podía ser herrado como esclavo, pero, para ello, era necesario que dentro de los tres primeros meses fuese presentado e inscrito en el registro de esclavos que se llevaba en la secretaría de gobierno. Fernández de Córdoba puso severas penas, además de la pérdida de los esclavos, a los que no se sometiesen a estas reglas, a los que enviasen a estos últimos a Perú, y a los barberos que se prestasen a herrar indios que no fuesen realmente esclavos, pues eran los barberos los encargados de ejecutar esta operación. Nadie ponía en duda el derecho que tenían los amos de herrar a sus esclavos, pero algunos eclesiásticos sostenían que, 'siendo la cara la principal semejanza a la hermosura de Dios, era contra derecho natural y divino afear la hermosura y semejanza de Dios'. En virtud de esta declaración teológica, que permitía marcar a los indios en cualquier parte del cuerpo que no fuera la cara, se siguió herrándolos en los brazos o en las piernas, hasta que el temor a las represalias terribles que los indios comenzaron a tomar con sus cautivos, obligó a corregir esa costumbre".

 

     (Imagen) El Gobernador Luis Fernández de Córdoba puso fin a parte de lo que fue una terrible odisea: el destino de MARCOS DE CHÁVARRI, el cual vivió uno de los episodios más trágicos de los enfrentamientos con los mapuches. Marcos era criollo, y nacido en Villarrica (Chile) hacia el el año 1559, siendo hijo y nieto de conquistadores. Su padre, Juan Bautista de Chávarri, fue uno de los fundadores de la ciudad. El año 1593, por sus méritos, Marcos de Chávarri fue nombrado capitán de caballería y regidor de Villarrica. A finales de 1598, los mapuches mataron salvajemente al gobernador Martín García Óñez de Loyola y a la mayor parte de su tropa. Esto supuso un crecimiento feroz de la valentía de los mapuches, y sometieron a un largo cerco a la ciudad de Villarrica. Allí tomó el mando Rodrigo de Bastidas (estando bajo sus órdenes Marcos, que era hermano de su mujer, Ana de Chávarri), y llevó a cabo una defensa numantina, en la que prefirió morir a rendirse, cuando solo quedaban diez hombres y nueve mujeres, las cuales se salvaron, pero fueron apresadas por los mapuches. Marcos de Chávarri había caído preso al hacer una salida en busca de comida. Su dominio de la lengua mapuche, el mapudungún, y el aprecio que le tenían indios que había conocido antes, le salvaron la vida, pero como un esclavo más, aunque los indios le permitieron que vivieran con él su mujer y su suegra. Hizo falta que pasaran ¡25 años! (horrendo país) para que ocurriera un milagro. Dice el historiador Barros: "En uno de sus ataques, el gobernador Luis Fernández de Córdoba consiguió el año 1627 rescatar a algunos cautivos españoles que vivían desde muchos años atrás entre los indios. Entre ellos  estaba el capitán Marcos de Chávarri, uno de los heroicos defensores de la ciudad de Villarrica en 1602". Ya liberado, Marcos le escribió esto al Rey (resumido): "Cuando los indios cercaron Villarrica, estuve tres años continuos como capitán de la ciudad, donde los gobernadores me ordenaron la defensa y amparo de sus habitantes, asistiéndoles por su gran necesidad de alimentos, sin que que yo abandonase vuestro real servicio, hasta que quedé sólo con diez hombres dentro del fuerte, porque los demás que estaban a mi cargo perecieron de hambre. Teníamos que comer yerbas silvestres y sufrir trabajos, como el de luchar a muerte con los enemigos, pero fui apresado por ellos y quedó con mucho riesgo la ciudad". Terminaba su carta pidiéndole ayuda al Rey: "Suplico a V. M. que nos dé con qué sustentarnos a mí, a tres hermanas mías y a cuatro sobrinas, pues sus padres y los míos perecieron en las ciudades despobladas". En la imagen vemos una relación de méritos (año 1564) de Juan Bautista de Chávarri,  padre de Marcos (de él no he encontrado nada).




martes, 5 de julio de 2022

(1767) Luis Fernández de Córdoba empezó su gobernación con gran eficacia. Además, tras 14 años terribles, Felipe IV eliminó el nefasto sistema de la ‘guerra defensiva’. Para todos los españoles, fue una enorme alegría.

 

     (1367) Veamos, pues, a Luis Fernández de Córdoba ya en acción como gobernador interino de Chile: "Partió de Lima, y llegó a Concepción el 24 de abril de 1625. Por entonces la guerra contra los indios había dejado de ser defensiva, pero estaban todavía vigentes las ordenanzas reales que la habían establecido. El Gobernador, sabedor de los fatales resultados que había producido el sistema planteado por el padre Valdivia, venía predispuesto en contra de él, y decidido a no dejarse engañar por las ilusiones de  hacer tratados de paz con los indios. Así, pues, aunque la estación de invierno era la menos favorable para esta clase de excursiones, visitó los fuertes de la frontera, y a pesar de que recibió mensajes pacíficos de algunas tribus enemigas, desdeñó tales ofrecimientos y en todas partes recomendó que se mantuviera la vigilancia y la disciplina con el mayor cuidado. Aprovechó, además, esta visita para introducir algunas economías en la administración militar. Como casi todas las compañías de tropa tenían incompleta la dotación de sus soldados, las reformó refundiendo varias de ellas para que cada una tuviera el número correspondiente, lo que le permitió suprimir algunas plazas de oficiales. Asistió personalmente a la distribución del 'situado' (los fondos destinados al salario de los soldados), para evitar los abusos que se cometían con el pago de la tropa, operación a la que por su avanzada edad no había podido asistir el gobernador don Pedro Osores de Ulloa. 'Por la mala rendición de cuentas que Pedro de Unzueta dio como oficial mayor del veedor general -escribió el mismo Fernández de Córdoba-, y, habiéndole probado duplicados de plazas, cohechos, falsedades y otros malos modos de vivir, le hice cortar dos dedos de la mano derecha, y que fuera a servir a Chiloé por algunos años. Estaba mal visto por los soldados, y ha tenido buenas consecuencias su castigo'. La severidad desplegada con ese infeliz, no podía, sin embargo, remediar por completo un mal que parecía haberse hecho endémico en el ejército de la frontera".

     Otro tema delicado para los gobernadores era su relación con los cabildos, y, más frecuentemente, con los oidores de la Real Audiencia, debido sobre todo a las disputas sobre competencias. Algo que no debía ocurrir, puesto que el Gobernador era, al fin y al cabo, el representante directo del Virrey, y este, del Rey. Luis Fernández de Córdoba entró en la ciudad de Santiago el día 21 de diciembre de 1625, donde fue pomposamente recibido, como era habitual con los nuevos gobernadores: "Tenía especial interés  en poner atajo a las dificultades que creaba la Real Audiencia y, sobre todo, a las pendencias entre los mismos oidores, pues habían llegado a producir escándalo en la ciudad. El doctor don Cristóbal de la Cerda (antiguo gobernador interino), oidor decano de la Audiencia, era el causante de las dificultades dentro del mismo tribunal. 'Llegado que fui a esta ciudad (Santiago) -escribió Fernández de Córdoba-, he hallado gravísimos inconvenientes en que dicho don Cristóbal opere en la Audiencia, pues  él me ha dicho diversas veces que le es imposible ser buen oidor con sus compañeros, ni ellos con él. Habiéndolo consultado de palabra antes de mi venida a este reino con el marqués de Guadalcázar, virrey del Perú, me pareció que, dados los disgustos referidos, el dicho don Cristóbal debe dejar de ejercer en la Audiencia con los demás oidores, y que se le permita gozar de su salario hasta que Vuestra Majestad mandase otra cosa, ya que las necesidades que hay en estas tierras son tan difíciles para él y su familia".Vimos que Cristóbal de la Cerda recibió un duro golpe cuando fue sustituido como gobernador interino por Pedro de Osores, y que incluso le había pedido al Rey, inútilmente, que lo nombrara gobernador titular. Es probable  que después se convirtiera en un hombre amargado. Para colmo, como vimos, luego se le jubiló por haberse  quedado sordo.

 

     (Imagen) Los españoles de Chile estaban contentos con el gobernador Luis Fernández de Córdoba porque sabían que era contrario al absurdo sistema de guerra solo defensiva contra los mapuches. Y, por fin, llegó una orden del rey Felipe IV suprimiéndolo: "El 24 de enero de 1626 recibió Fernández de Córdoba una real cédula firmada en Madrid en abril del año anterior. Tomando en cuenta la obstinación de los indios en mantener una guerra continua y las atrocidades que habían cometido, el Rey mandaba que en adelante se les hiciera una guerra activa y eficaz, y que se les sometiera a esclavitud a los que no se rindiesen. El 25 de enero se pregonó en Santiago el restablecimiento de la guerra ofensiva. Para los vecinos fue un día de grandes regocijos, porque veían desaparecer el sistema del padre Valdivia, al que atribuían todas las desgracias sufridas en Chile durante catorce años, y esperaban, además, que la nueva declaración de la esclavitud de los indios apresados había de permitirles aumentar con poco gasto el número de servidores". La guerra ofensiva no iba a resultar un remedio milagroso para someter a los rebeldes mapuches, ya que había escasez de tropas, pero se notó de inmediato una notable mejoría: "He continuado la guerra en este reino (le escribía Fernández de Córdoba al Rey) durante el invierno y el verano, para acosar al enemigo rebelde, al que he hecho sufrir castigos que ha recibido en diferentes provincias. El año pasado (1627) entré a la ciudad de La Imperial y a otras  vecinas, donde los españoles no habían puesto los pies desde el forzado abandono de hace veintiocho años, con tan buenos resultados, que les quemé muchas casas con sus provisiones, y se le mataron unas mil cabezas de ganado y algunos caballos. Además de degollar a muchos indios enemigos, se apresaron a más de doscientos cincuenta, y, sin perder un solo hombre, me retiré. Después de haber descansado algo la gente, se han hecho algunas entradas por la zona de San Felipe (Yumbel) y así mismo por la de Arauco, todas con buenos éxitos. Aunque se ha peleado en estas últimas ocasiones por la gran obstinación que este enemigo mapuche tiene, no me han matado más de treinta españoles y a unos cien indios amigos nuestros, mientas que el enemigo, entre cautivos y muertos, ha perdido más de dos mil, además de los ganados y casas quemadas en estas ocasiones.  Aseguro a Vuestra Majestad que he puesto y pongo en seguir esta guerra y conservarla con reputación mucho trabajo, cuidado, gasto de mi hacienda y riesgo de mi vida". La esclavitud de los mapuches fue una excepción en las Indias impuesta por su tremenda agresividad, y digamos que, para esclavitud brutal, la que ellos practicaban con los españoles.




lunes, 4 de julio de 2022

(1766) Fue un error que Osores dejara como gobernador interino a su cuñado Francisco de Álava. No daba la talla. Pero pronto se nombró gobernador titular a un hombre extraordinario: Luis Fernández de Córdoba

 

     (1366) Al fallecido gobernador de Chile Pedro Osores de Ulloa, le sustituyó, por deseo del difunto, como gobernador interino su cuñado Francisco de Álava y Nurueña, del que el historiador Diego Barros hace una breve reseña (quizá con excesivo rigor) que no lo deja en buen lugar: "Debió su elevación al gobierno interino de Chile, no a su propio mérito, sino al nepotismo que habían introducido los gobernantes españoles en las colonias de América (luego veremos que pronto se dictaron normas para corregir estos abusos). Aunque contaba cerca de sesenta años de edad, no se había ilustrado por servicios particulares que lo hicieran merecedor de este ascenso. A finales de 1603 vino a Chile, bajo el primer gobierno de Alonso de Ribera, con el rango de capitán de una compañía de tropas auxiliares, pero su nombre pasa casi desapercibido entre los soldados que adquirieron fama en la guerra de Arauco. Regresó al Perú, donde gozaba de algunas comodidades. Pero Álava y Nurueña era cuñado de don Pedro Osores de Ulloa, y, en 1621, cuando éste fue nombrado Gobernador, se decidió a acompañarlo, y, a poco de haber desembarcado en Concepción, fue ascendido al rango de maestre de campo. Tres años más tarde, Osores de Ulloa, próximo a expirar, le dejó el gobierno interino del reino de Chile. Al dar cuenta al Rey de que había asumido el gobierno interino de Chile, Álava de Nurueña le pedía que le confirmara como titular de ese cargo. 'Hasta hoy -decía- no he sido premiado, y, para que lo que me queda de vida pueda sustentarme conforme a mi calidad, y así descargue Vuestra Majestad su real conciencia (era frecuente esta casi insultante expresión), le suplico que me confirme en este cargo como lo tenía mi antecesor'. Esta petición fue desatendida por el soberano y por el virrey del Perú". Su gobierno interino duró solamente ocho meses, y, según Barros, sin que ocurriera nada importante. Francisco de Álava hizo algunos ataques contra los mapuches, evitando también el sistema de guerra defensiva: "Lo que más preocupaba entonces en Chile a todos era la presencia de los piratas holandeses en sus costas.  Se sabía que su escuadra había llegado al puerto de Lima el 8 de mayo, manteniéndolo bloqueado. Por ello, el gobernador de Chile, centró toda su atención en la defensa de los puertos, y en especial del de Concepción, que era el más importante de todos".

     El gobernador hizo bastantes preparativos de defensa en las ciudades más vulnerables, pero, afortunadamente, todo terminó en una falsa alarma porque los piratas holandeses tomaron después otro rumbo: "En medio de la escasez de sus recursos, el Gobernador tuvo que enviar algunas embarcaciones a los puertos del sur para saber si los holandeses habían llegado a Valdivia o a Chiloé. En ninguna parte hallaron vestigios de esos enemigos, pero, desembarcados los españoles un poco al sur de Valdivia para recoger noticias, se vieron atacados por un número considerable de indios, y tuvieron que sostener un reñido combate en febrero de 1625. Los soldados se consideraron vencedores porque consiguieron dispersar a los bárbaros matando a muchos de ellos, pero quedaron en el campo muertos cinco soldados  y seis indios amigos, 'todo lo cual, decía el Gobernador, se ha tenido como uno más de los éxitos que se han obtenido en este reino'. Francisco de Álava y Nurueña quiso aprovechar su interinato para favorecer a sus antiguos compañeros de armas. Dio numerosas licencias a oficiales y soldados, creó muchos capitanes y sustituyó a otros, compensándolos  con el goce de un sueldo. Estas medidas que gravaban al tesoro real, fueron luego un problema para su sucesor (Luis Fernández de Córdoba y Arce)".

 

     (Imagen) Hablemos de la variada vida del siguiente Gobernador de Chile: LUIS FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA Y ARCE. Nació el año 1593 en La Rambla (Córdoba). Llama poderosamente la atención la precocidad con que llegó a puestos militares y políticos del más alto nivel. Pertenecía a una familia de rango muy aristocrático, y su padre, García Fernández de Córdoba, formaba parte del cabildo cordobés, cargo público que pronto heredó el propio Luis, quien ya desde niño había servido como criado del Rey. El inicio de su carrera militar se centró en la Marina, donde enseguida alcanzó el puesto de General de la Armada de Filipinas. Se le ampliaron aún más los horizontes yendo en 1611 (con solo 18 años) a las Indias con su tío Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, recién nombrado Virrey de México, quien lo puso al mando, como general, de la flota que hacía el viaje de ida y vuelta a Filipinas. Cuando el virrey lo fue de Perú (año 1622), se lo llevó consigo y lo nombró general del puerto de Lima. Ya hemos visto que, fallecido el gobernador de Chile Pedro de Osores, le dejó el cargo, como interino, a su cuñado, Francisco de Álava. El virrey de Perú sustituyó a Álava en 1625 por su sobrino, Luis Fernández de Córdoba, quien será gobernador hasta el año 1629. Primeramente, como interino, pero el último año el Rey le dio la titularidad, a pesar de existir un teórico obstáculo. Se acababa de prohibir que una autoridad diera un cargo público a un pariente suyo hasta el cuarto grado (debido a costumbres abusivas anteriores), pero Luis lo pudo conseguir porque esa norma permitía hacerlo si eran grandes los méritos del interesado, como, evidentemente, se daba en su caso. Luis Fernández de Córdoba también abominaba de la guerra al estilo defensivo contra los mapuches, y tuvo la satisfacción de que, durante su gobierno, el Rey Felipe IV lo suprimió, con el añadido de que permitía hacer esclavos a los indios de guerra. Esta esclavitud hacía mucho que estaba prohibida en las Indias, pero la ferocidad de los mapuches provocó el cese de la prohibición en su caso concreto. Terminado su mando, Luis volvió a Perú, y más tarde marchó a España, donde, en 1634,  fue nombrado Caballero de la Orden de Santiago, ejerciendo desde 1538 como gobernador, primero de Málaga y después de Canarias, donde tuvo un curioso incidente. Con el fin de llegar a la isla de La Palma, subió a un barco que llevaba bandera de Nápoles para disimular que los tripulantes eran piratas holandeses. El capitán lo apresó y lo llevó a Ámsterdam, pero las autoridades holandesas le dieron al secuestro un carácter de guerra sucia entre naciones, y lo pusieron en libertad. LUIS FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA falleció, al parecer en Madrid, hacia el año 1673.