martes, 17 de mayo de 2022

(1725) El gobernador estaba optimista de cara al futuro. Los soldados (muy creyentes) recibieron una gran alegría porque el Papa les concedió indulgencias. Hubo otra terrible batalla: murieron muchos españoles, como Juan Rodolfo Lisperguer.

 

     (1325) Resulta extraño que le ocurriera al veterano Alonso García Ramón, pero, según Diego Barros, no acababa de ver la realidad: "A mediados de abril, el Gobernador llegó a la nueva ciudad de Monterrey. Antes de volver de allí a Concepción, visitó los fuertes de la costa, donde la intranquilidad reinaba por todas partes, pero, mecido por las ilusiones, no quería comprender la verdad de la situación. En vez de reconocer la inutilidad de sus trabajos y la imposibilidad de someter a los indios, acusaba a su antecesor, Alonso de Ribera, de haberle  dado al Rey falsas noticias sobre progresos de la pacificación, y de haber dejado el país en un estado lastimoso. Por su parte, García Ramón se mostraba persuadido de que él había alcanzado grandes ventajas sobre los indios, y aseguraba que, si continuaba siendo socorrido, en muy poco tiempo vería el fin satisfactorio de sus sacrificios. Al llegar a Concepción, les escribió al virrey del Perú y al rey de España para darles cuenta del resultado de su reciente campaña. Les decía que en la primavera próxima haría una segunda entrada en el territorio enemigo, fundaría una nueva fortaleza mucho más al sur todavía y sometería todo el territorio hasta La Imperial y Villarrica. Queriendo mantener su ejército en el pie de guerra en que se hallaba, le solicitaba al Virrey el envío de nuevos refuerzos, y, al Rey, que le enviase otros quinientos soldados, indicándole que una parte de los que trajo Mosquera había resultado inútil para el servicio militar. García Ramón mostraba también una confianza absoluta en que, al cabo de tres años, pondría a Chile en condición de subsistir tranquilamente con un ejército mucho menor.

     Pero, como decía el poeta, el mundo se ve según el cristal con que se mira. Y Diego Barros nos recuerda que por allí continuaba el jesuita que defendía incansablemente su método de 'conquista cristiana', considerado por él como infalible para lograr que los mapuches aceptaran la paz: "El padre Luis de Valdivia, testigo de todos los sucesos de la guerra desde los primeros días del gobierno de García Ramón, participaba de ilusiones análogas a las de este. Creía que la pacificación del país había hecho grandes progresos, pero sostenía con una constancia incontrastable que esos progresos eran el resultado del indulto concedido a los indios por el Rey y de los parlamentos (que incluían la doctrina cristiana) en los que se les había ofrecido la paz. Era tanta su confianza en este sistema de reducción, que no habían bastado a quebrantarla las revueltas constantes de los bárbaros, su tenacidad para volver a sublevarse, y la porfía persistente con que hacían la guerra. A mediados de mayo de 1606, el padre Valdivia se embarcaba de nuevo para el Perú. Llevaba consigo el manuscrito de una gramática y de un vocabulario de la lengua de los indios de Chile que se proponía hacer imprimir en Lima para la enseñanza de los misioneros, y una extensa relación de los sucesos de la última campaña, a que él mismo había asistido. En el Perú primero, y más tarde en España, iba a ser el sostenedor fervoroso e infatigable de ese sistema de conquista".

 

     (Imagen) En la práctica, los españoles consideraron justa la guerra contra los indios rebeldes desde los inicios de la conquista de América, pero nunca cesaron las discusiones teóricas al respecto. Felipe III consiguió que el papa Paulo V zanjara la cuestión en cuanto al problema mapuche, quizá por su especial agresividad, y, además, premiando con indulgencias a los que luchaban en Chile: "Esto produjo gran contento entre los piadosos soldados que, en medio de tantas miserias y penalidades, peleaban sin descanso por la causa de la conquista. 'Estas grandísimas indulgencias (le escribía García Ramón al Rey) que Su Santidad concedió a los que servimos a Vuestra Majestad en esta guerra, las estimamos como la obra de más piedad y bien que podíamos recibir. Yo quedo con esto contento en sumo grado, porque veo que está ya justificada  la guerra que aquí se hace a estos bárbaros'. Paradójicamente, sufrieron por entonces los españoles una catástrofe inesperada. Los indios encontraron la ocasión que esperaban. El 29 de septiembre (1606), Lisperguer salía de la plaza con ciento cincuenta soldados, y se dirigía a hacer cargar el carbón que ya estaría preparado. Poco después, sus avanzadas fueron acometidas por los indios, pero, disparando contra estos los fuegos de arcabuz, no tardaron en hacerlos retroceder. Sin embargo, el grueso de las fuerzas españolas llevaba apagadas las mechas, y los bárbaros, notando prontamente este descuido de sus contrarios, cargaron de golpe sobre ellos, y, atropellándolo todo con sus lanzas y macanas, los fraccionaron en pequeños grupos. En esas condiciones, era imposible hacer una resistencia ordenada. A pesar de esto, los soldados españoles se defendieron con el valor heroico que infunde la desesperación, pero, agobiados por las masas compactas de indios, sucumbían uno tras otro bajo los formidables y repetidos golpes que les dirigían por todos lados. Lisperguer animaba a los suyos con su voz y con su ejemplo, y cuando le mataron su caballo, siguió peleando a pie. Recibió una lanzada en el pescuezo y un macanazo en la cabeza que le destrozó la celada, y al fin cayó acribillado de golpes y de heridas. Pasados los primeros momentos de resistencia, la jornada se convirtió en una espantosa carnicería. El campo quedó cubierto de cadáveres destrozados. Ni uno solo de los españoles consiguió volver al fuerte, y, salvo unos quince que quedaron prisioneros, todos los demás fueron sacrificados por los implacables vencedores. Por el número de los muertos, fue aquel el mayor desastre que sufrieron los españoles en Chile". Con lo dicho, se aclara también cuándo y cómo murió JUAN RODOLFO LISPERGUER, pariente de nuestra conocida La Quintrala, la más popular y siniestra de su chilena familia.




lunes, 16 de mayo de 2022

(1724) El gobernador García Ramón construyó el mayor fuerte de Chile en la zona en que los mapuches tenían más españoles apresados, para liberarlos y protegerlos. Le puso el nombre de San Ignacio de la Redención.

 

     (1324) De conformidad con sus capitanes, el gobernador García Ramón decidió construir un fuerte de considerable capacidad de resistencia: "Se trataba de conseguir que impusiese respeto a los indios de esa comarca y sirviera de lugar de refugio a los cautivos españoles que lograsen escapar de sus manos. Se creía  con fundamento que, en los contornos de las destruidas ciudades de La Imperial y de Villarrica, debían hallarse retenidos muchos de esos cautivos, y que un fuerte colocado en aquella zona facilitaría el rescate de aquellos infelices. El Gobernador inició sin demora los trabajos para su construcción, y, por su extensión, llegó a ser el más considerable que se hubiere levantado en Chile. Los españoles, desplegando una infatigable actividad, tuvieron aquel fuerte, al cabo de cuarenta días, rodeado de un ancho foso, defendido por sólidas empalizadas, y provisto de espaciosos galpones y de chozas para contener una guarnición considerable. Esa plaza, que el año siguiente se pensaba convertir en ciudad, recibió el nombre de San Ignacio de la Redención".

     Lo españoles sabían que el sólido fuerte no garantizaba una seguridad absoluta: "Mientras el Gobernador salía con sus tropas en todas las inmediaciones con la esperanza de rescatar algunos cautivos, los indios intentaron dos vigorosos ataques contra el fuerte. En uno de ellos consiguieron penetrar en el recinto fortificado, y, de haber tenido más orden y disciplina, habrían conseguido una importante victoria. Pero los bárbaros perdieron un tiempo precioso en el saqueo de los primeros cobertizos que ocuparon, con lo que dieron tiempo a que se organizara la resistencia dentro del fuerte. El sargento mayor don Diego Flores de León, que mandaba en la plaza, organizó la resistencia y peleó resueltamente durante tres horas, causándoles pérdidas considerables. Las cabezas de los indios muertos en la refriega, fueron colocadas en escarpias en los alrededores del fuerte para aterrorizar al enemigo". Lo cual parece una réplica de lo que los mapuches hacían habitualmente con muchos españoles muertos, algo raramente visto en el resto de las Indias.

     Se ve que los españoles, en cuanto dejaban más  o menos controlada una zona, se trasladaban a otra, porque nunca faltaban territorios alborotados: "Después García Ramón repitió sus correrías en la comarca vecina al río Cautín. Por todas partes los enemigos parecían atemorizados. No osaban presentar combate, pero tampoco entraban en negociaciones de paz ni querían hacer un canje de sus cautivos. A fines de marzo, cuando creyó que la proximidad del invierno exigía su presencia en otra parte, el Gobernador dispuso la vuelta de sus tropas a la región del Biobío. Según sus cálculos, el fuerte de San Ignacio debía preparar la pacificación de las tribus del sur y favorecer la libertad de los españoles que los indios retenían en sus tierras. Para que esa plaza pudiera mantenerse durante el invierno, dejó en ella víveres abundantes para diez meses y le puso una guarnición de doscientos ochenta soldados escogidos. Don Juan Rodolfo Lisperguer, aquel acaudalado y arrogante capitán que en años atrás había tenido muy ruidosos altercados con el gobernador Ribera, fue designado para jefe de esa plaza". Recordemos que Lisperguer llegó a tener alguna persecución judicial.

 

     (Imagen) A pesar de las enormes dificultades, el gobernador Alonso García Ramón seguía esperanzado: "Parecía convencido de que tantos trabajos no eran estériles, y de que los indios de la zona de La Imperial quedaban bastante escarmentados. Sin embargo, el 2 de abril de 1606 sus tropas se vieron acometidas junto al río Calpi. Aunque lograron evitar la derrota, tuvieron que lamentar la pérdida de los capitanes Juan Sánchez Navarro y Tomás Machín, que gozaban de gran reputación. El Gobernador vería en breve cuán poco satisfactorio era el resultado de aquella campaña. Se dirigió a Angol, pensando hallar fundada allí una nueva población. Había dejado este encargo al capitán Núñez de Pineda, el cual aguardaba refuerzos de tropas que vendrían de México para llevarlo a cabo. Pero, contra lo esperado, llegaron solamente unos cincuenta hombres, mandados por el capitán Antonio de Villarroel. Al recibirlos, Núñez de Pineda  los juntó con la tropa de su mando, y se puso en marcha hacia Angol. Mientras pasaban por una angostura montañosa, la retaguardia se vio acometida por los indios. En ella iban los soldados venidos de México, los cuales, por ser bisoños, se desordenaron sin oponer una seria resistencia. Veinte de ellos, incluidos los dos oficiales que los mandaban, quedaron muertos en el campo. Los indios, victoriosos en este lance, volvieron apresuradamente a sus montañas llevando en sus picas las cabezas de los españoles muertos, y arrastrando consigo un botín considerable de caballos, ropa y armamento. Tras este doloroso desastre, hubo que renunciar por entonces al proyecto de repoblar Angol. Mientras tanto, en la región de la costa, el coronel Pedro Cortés había pasado también todo el verano ocupado en frecuentes correrías contra los indios. La paz que habían aceptado las tribus de esa comarca era, como se debería haber pensado desde el principio, absolutamente efímera. Los indios, a los cuales se les había concedido la exención del servicio personal, sustituido por la imposición de un tributo cuando la pacificación estuviese terminada, aprovechaban esta misma situación para hostilizar a los españoles y para fomentar entre los suyos el espíritu de resistencia. Aunque Pedro Cortés había fundado un nuevo fuerte en Elicura, no tenía sentido hacerse muchas ilusiones por estos pequeños logros creyendo que la situación de los españoles había mejorado considerablemente". El Gobernador García Ramón morirá el año 1610. La imagen muestra una carta, dirigida al Rey (siendo virrey de Perú el Marqués de Montesclaros), en la que Luis Merlo de la Fuente solicita el cargo  del fallecido (y le fue concedido).




domingo, 15 de mayo de 2022

(1723) El gobernador Alonso García Ramón seguía preparando con ilusión ataques contra los indios, los cuales tenían esclavizados a muchos españoles. El virrey Gaspar de Zúñiga era muy querido y respetado.

 

     (1323) Da la impresión de que el nuevo gobernador, Alonso García Ramón, aunque muy consciente de las enormes dificultades que suponía la pesadilla mapuche, estaba pasando por un momento ilusionado, porque, si bien los refuerzos recibidos y los fondos proporcionados por el Rey no garantizaban un triunfo definitivo, él confiaba en sí mismo y estaba dispuesto a entregarse sin titubeos a la lucha, por encarnizada que pudiera resultar: "Cuando se hubieron reunido todas las tropas con las que esperaba entregarse a la campaña, les habló a sus más importantes capitanes de concretar el plan de operaciones. Se decidió fundar en la ribera sur del Biobío una ciudad con el nombre de Monterrey de la Frontera. El Gobernador apartó ciento ochenta soldados para la construcción y  defensa de esa plaza, y cuidó de que los fuertes vecinos de Nacimiento y Santa Fe permaneciesen bien defendidos. El capitán Núñez de Pineda, que quedó a cargo de esa obra, debía ir más al sur y repoblar la ciudad de Angol con la gente que se esperaba de México. Todo hacía presumir que la pacificación de esta parte del territorio estaba casi definitivamente asegurada".

     El Gobernador contaba con mil doscientos soldados para internarse en territorio enemigo, y, esperando que corriera la voz entre los indios  sobre lo reforzado que estaba, hizo una exhibición de su ejército el día 15 de enero de 1606 con una aparatosa revista militar: "Las tropas fueron distribuidas en dos grandes divisiones. Una de ellas, llevando por jefe al coronel Pedro Cortés y por maestre de campo a González de Nájera, debía actuar en la región de la costa, persiguiendo sin descanso a los indios de Arauco y Tucapel, La otra división, mandada por el mismo gobernador y siendo maestre de campo don Diego Bravo de Sarabia, debía penetrar por el valle central. A su lado marchaban también varios religiosos, y entre ellos el padre Luis de Valdivia. Se esperaba que estas operaciones combinadas, cercando a los indios, los obligarían a presentar batalla o a aceptar la paz. Pero aquella campaña espectacular estaba destinada a ser tan infructuosa como las anteriores. Los indios, aunque abandonaron sus casas y se refugiaron en las montañas, estaban resueltos a no someterse jamás. Acompañaban a García Ramón ciento cincuenta nativos, aparentemente amigos, pero abandonaron cautelosamente el campo español, dieron muerte al cacique Nabalburí, que se había mostrado dispuesto a deponer las armas, y fueron a reunirse a los guerreros, aconsejándoles la resistencia a todo trance. Las fuerzas expedicionarias, no hallando por ninguna parte enemigos a quienes combatir, se limitaron, como de ordinario, a destruir las chozas y sementeras de los indios, a recoger los ganados de estos y a esparcir el terror. Sólo Pedro Cortés, después de haber recorrido los campos de Tucapel, tuvo un pequeño encuentro con los indios del valle de Elicura, a quienes dispersó sin grandes dificultades. Todo el ejército español se halló reunido en Purén el 2 de febrero con el gobernador García Ramón. El cual sabía que las extensas vegas de Purén y de Lumaco eran el asilo de millares de indios, y que estos tenían consigo muchos españoles, hombres, mujeres y niños, cautivados en las campañas anteriores. García Ramón, sin arredrarse por ninguna dificultad, atacó al enemigo por diversos lados de la ciénaga; pero solo consiguió dar muerte a algunos indios y apresar a otros, sin poder impedir que los demás, arrastrando consigo a los cautivos españoles, se salvaran huyendo".

 

     (Imagen) El virrey GASPAR DE ZÚÑIGA ACEVEDO nació en Monterrey (Orense) en 1560, siendo desde niño el quinto conde del lugar. Se casó en 1583 con la linajuda Inés de Velasco y Aragón. Su compromiso matrimonial se había efectuado veinte años antes (en plena infancia). Una hija del matrimonio, Inés de Zúñiga, se casó con Gaspar de Guzmán, el famoso Conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV. Con solo 18 años, Gaspar de Zúñiga luchó en persona con sus soldados al servicio de Felipe II en el conflicto que luego trajo la anexión de Portugal a España, y defendió el puerto de la Coruña contra el acoso del pirata Francis Drake. En 1595, cuando Gaspar de Zúñiga solo contaba con 35 años, fue nombrado por Felipe II virrey de México, sustituyendo a Luis de Velasco (ya le hemos dedicado una imagen), el cual fue destinado entonces al virreinato de Perú. Quizá lo más llamativo que entonces hizo el virrey Zúñiga fue enviar una expedición al territorio de Nuevo México (actualmente zona norteamericana) para establecer allí por primera vez un asentamiento de españoles. Sin oposición de los indios, fundaron la ciudad de Santa Fe, pero fracasaron en el eterno sueño de encontrar las míticas Siete Ciudades de Oro. También en México tuvo que enfrentarse con piratas por la zona de Veracruz, y lo hizo con éxito. Compasivo con los indios mexicanos, prohibió que fueran forzados a trabajar para los españoles sin salario alguno. El año 1603 Gaspar de Zúñiga fue nombrado virrey de Perú, como les ocurrió anteriormente a otros virreyes de México, y da la impresión de que eso suponía un ascenso en su carrera, por haber adquirido preeminencia el virreinato de Perú (desde luego, mucho más extenso). Al partir hacia su destino, le ocurrió algo excepcional: los indios mexicanos lo despidieron emocionados porque lo veían como un 'padre benefactor', según dicen las crónicas. A pesar de ser hombre de frágil salud, Gaspar de Zúñiga (Conde de Monterrey) siguió en Perú desarrollando una gran actividad, y, en Chile, como hemos visto, el gobernador García Ramón le puso en 1605 el nombre, en su honor, de ciudad de Monterrey de la Frontera a una población que los mapuches destruyeron doce años después. Además de todos sus méritos políticos y administrativos, lo que hizo especial al virrey GASPAR DE ZÚÑIGA ACEVEDO fue su profunda fe religiosa y su excepcional honradez profesional. Hasta el punto de que, cosa nunca vista, se le dispensó de ser sometido al preceptivo Juicio de Residencia que se aplicaba a todos los dignatarios al finalizar el ejercicio de su cargo. La Audiencia de Lima, en febrero de 1606, informó al rey Felipe III de la muerte del virrey, ensalzando sin medida  sus méritos y virtudes.




 

 

viernes, 13 de mayo de 2022

(1722) El Gobernador Alonso García Ramón se preparó con entusiasmo para luchar contra los mapuches. Fue enviado a España para pedir refuerzos al Rey un curioso personaje que se llamaba a sí mismo El Gran Pecador Bernardo.

 

     (1322) Desde España, se tenía una idea confusa acerca de la verdadera situación de los españoles en aquellas atormentadas tierras : "El Rey estaba profundamente convencido de que los andrajosos soldados que habían llegado consumarían la conquista de Chile, y de que el dinero que había destinado a esta guerra bastaba para pagarlos y vestirlos convenientemente. Felipe III, además, había mandado que los gobernadores de Chile no volviesen a imponer contribuciones extraordinarias, ni exigiesen de los pobladores servicios militares obligatorios y gratuitos. García Ramón, por su parte, le comunicaba al Rey que la cantidad de dinero destinada no alcanzaba para pagar a los dos mil hombres que debían componer el ejército. El virrey del Perú (conocedor de la verdadera situación de Chile) no vacilaba en apoyar las peticiones del gobernador García Ramón, y escribía. 'Conviene al servicio de Vuestra Majestad y al rápido remedio con que se debe acudir a poner en paz de una vez a los indios rebelados, que tanto daño han hecho, que se aumenten los ciento cuarenta mil ducados que se han asignado, porque, con solo estos, ni aun con doscientos mil, es posible poder atender a todo lo necesario'. Los oficiales reales de Santiago se quejaban igualmente al Rey de esa insuficiencia, ya que, además, las rentas públicas de Chile eran verdaderamente miserables. Pero al mismo tiempo que se pedían al Rey nuevos recursos para terminar la conquista, se hacían tantos elogios de la riqueza del suelo de Chile y de la suavidad de su clima, que no parecía razonable dejar de facilitar aquellos auxilios. El capitán Antonio de Mosquera, al llegar a Chile en 1605, escribía al Rey estas palabras: 'Es esta la mejor tierra que jamás he visto, y, con la paz, acrecentará Vuestra Majestad mucha hacienda'. Los militares y los letrados repetían sin cesar los mismos conceptos y hacían concebir las mismas esperanzas, de tal manera que los consejeros del Rey creyeron indispensable hacer un nuevo sacrificio para asegurar la conquista definitiva. El 5 de diciembre de 1606, el Rey elevaba por fin la dotación para Chile a la suma de doscientos doce mil ducados anuales, y elevaba, además, algunos de los sueldos a los oficiales y soldados que servían en su ejército".

     Mientras Alonso García Ramón continuaba haciendo sus preparativos para salir de campaña, recibió un documento, fechado en enero de 1605 por el cual el Rey lo nombraba Gobernador Titular de Chile: "Esta confirmación del cargo supremo debió de estimular su empeño en llevar a cabo el proyecto de conquista que venía meditando desde hacía un año. Con las tropas recién venidas de España, más las que se habían unido en la capital, podía contar con unos mil doscientos hombres bien armados y vestidos. Jamás Santiago había visto un ejército más numeroso y en el que se pudiesen fundar más esperanzas de victoria. Partió de la ciudad el 6 de diciembre lleno de entusiasmo, y se cuenta que entre sus bagajes llevaba muchas cadenas para atar a los indios que tomara prisioneros. El 23 de diciembre llegó el Gobernador a Concepción, y dispuso que el coronel Pedro Cortés, que mandaba en las guarniciones de los fuertes situados al sur del Biobío, dejase en ellos las tropas necesarias para su defensa, y que, con el resto,  más quinientos indios amigos, marchase hacía Millapoa, donde debía reunirse todo el campo español para dar principio a las operaciones. El mismo Gobernador salió para esos lugares el 7 de enero de 1606 y fue a acampar con sus tropas en las inmediaciones del fuerte de Nuestra Señora de Halle. Allí el capitán Álvaro Núñez de Pineda le dijo que uno de los principales caciques, llamado Nabalburí, que había hecho guerra implacable a los españoles, estaba en tratos con él y parecía dispuesto a hacer las paces".

 

     (Imagen) Los españoles en Chile tenían conciencia de que, si no conseguían mayores refuerzos militares y más dinero, sería casi imposible lograr el sometimiento de los mapuches. Su mayor esperanza estaba en el Rey de España, y, entre otros enviados con esas peticiones, hubo un hombre extraño y diferente a todos los demás. El historiador chileno Diego Barros dice de él: "El cabildo de Santiago, para que apoyase sus deseos ante el Rey,  envió a un personaje misterioso que, habiendo venido a Chile en 1601 y regresado a España en 1603, había vuelto de nuevo con la expedición de Antonio de Mosquera. Vestía como un ermitaño, recorría las ciudades haciendo actos de caridad, y sólo era conocido con los nombres de Hermano Bernardo o Bernardo el Gran Pecador. ¿Era un agente secreto del Rey, encargado de darle informes seguros sobre lo que pasaba en estos países? ¿Sería realmente un pecador arrepentido que buscaba en mortificaciones y obras de caridad el perdón de antiguas faltas? Es difícil saberlo. El cabildo de Santiago, al nombrarlo apoderado suyo ante el Rey, lo recomendaba en los términos siguientes: 'A este reino llegó hace unos cuatro años un ermitaño que ya Vuestra Majestad ha conocido, y que es el que lleva este documento. Se llama a sí mismo El Gran Pecador. Todos consideran que es de vida santa y de gran ejemplo, porque, durante el tiempo que aquí estuvo, se dedicó a obras de gran mérito, yendo en persona a las ciudades del norte, de donde trajo sirvientes para el hospital de esta ciudad, y dando limosnas a hombres y mujeres necesitadas. Fue él quien informó a Vuestra Majestad de las grandes necesidades de Chile, y regresó con la ayuda de los mil hombres que vinieron bajo el mando de Antonio de Mosquera.  Por  ello, ahora nos ha parecido bien que volviese a España. Como esta ciudad no tiene posibles para pagar a una persona que vaya ante Vuestra Majestad, le hemos pedido a él que lo haga por vía de caridad, y así lo hace. Suplicamos a Vuestra Majestad que le dé crédito en lo que informase, porque, como hombre celoso de vuestro real servicio y tan buen cristiano, dirá la verdad". Parece exagerada la hipótesis de que el ermitaño Bernardo fuera un espía del rey Felipe III, pero lo poco que se sabe de él deja claro que era un hombre de notables cualidades, y apto para ser enviado a la Corte en representación de las autoridades chilenas. Curiosamente, en los archivos genealógicos aparecen datos sobre su persona. Se llamaba  Bernardo Sánchez. Nació hacia 1546 en Trujillo (Cáceres). Se casó el año 1588 en Ecuador con Catalina Pérez. Un hijo suyo, Juan Ruiz de Barragán, fue regidor en el cabildo de Buenos Aires. EL GRAN  PECADOR BERNARDO (que así firmaba)  murió en Perú el año 1609.




jueves, 12 de mayo de 2022

(1721) El ejército que salió de España llegó a Chile tras un año de viaje, con unos mil hombres y pocas deserciones. Había allí muchos españoles presos de los indios. Su vida era un horror, especialmente para las mujeres, y los rescates, escasos.

 

     (1321) Es difícil imaginar el esfuerzo y los sufrimientos que aquel larguísimo viaje iniciado en España les tuvo que suponer a los españoles que se aventuraron a ir a Chile (un país que solo conocían de oídas), quizá motivados por la necesidad de huir de la miseria que padecían en sus lugares de origen, y probablemente engañados por la ilusión de conseguir grandes victorias que dieran como resultado la gloria y la riqueza: "La navegación  por el río de la Plata, desde Maldonado a Buenos Aires, los retrasó ocho días, llegando allá el 7 de marzo de 1605. Al desembarcar el capitán Mosquera, encontró allí a Hernando Arias de Saavedra, el cual estaba al mando de aquel territorio, y se dedicó con mucho empeño a preparar víveres (que no fueron suficientes) y carretas para que los expedicionarios siguieran su viaje a Chile. Mosquera partió de allí con su ejército el día 17 de marzo, pero, por más esfuerzo que puso en acelerar su marcha, no le fue posible llegar a Mendoza (la distancia es de mil km, y les faltaban otros 300 hasta llegar a Santiago de Chile) antes del 2 de mayo, cuando los caminos de la cordillera de los Andes comenzaban a cubrirse de nieve, y (de intentar seguir) las tempestades del invierno habrían comprometido la suerte de toda la expedición. Se vio forzado a esperar la vuelta de la primavera, pero el celo que Mosquera desplegó para mantener la disciplina de la tropa la salvaron de las deserciones durante los seis que permanecieron allí. 'En tan largo tiempo, escribía Mosquera, ha habido muertos, pero solo desertaron seis hombres. En Mendoza se pusieron de acuerdo soldados para huir, di garrote (horca) a tres, y todos los demás quedaron pacíficos'. Por fin, en los últimos días de octubre, cuando la primavera había comenzado a derretir las nieves de los Andes, un total de novecientos cincuenta y dos hombres volvieron a emprender su marcha, y entraron en Santiago el 6 de noviembre de 1605. En los desfiladeros de la montaña, se cruzaron con Alonso de Ribera, quien, con un séquito de cuarenta hombres, se dirigía a hacerse cargo del gobierno de Tucumán".

     Siempre que en Chile los españoles veían que llegaban más soldados para aliviar las angustias de los cercos a los que tenían sometidas varias poblaciones los implacables mapuches, se llenaban de alegría y la expresaban eufóricamente. Era un optimismo excesivo, pero necesitaban mantener la ilusión de que la continua pesadilla terminara algún día: "La llegada desde España de este refuerzo de soldados, el más considerable que hasta entonces habían tenido en Chile, produjo un contento infinito. Se celebraron en Santiago procesiones para dar gracias al cielo por tan oportuno socorro. El cabildo de Santiago acordó obsequiarle con una cadena de oro al capitán Mosquera, el cual escribió después: 'Gustaron mucho los soldados que yo traía, pues todos eran mozos, muy bien disciplinados y muy hábiles con las armas. Luego fue a verlos el Gobernador'. Pero los oficiales reales de Santiago, informando también al Rey, no omitieron decirle que estaban casi desnudos, y la mayoría sin camisas ni calzado. Se hizo un apaño con la ropa que el gobernador Alonso García Ramón tenía almacenada, recurriendo también a los  fondos de la Hacienda Real, a  los que había enviado el virrey de Perú y a la colaboración desinteresada de los vecinos". Habían, pues, terminado su larguísimo viaje trasatlántico los casi mil soldados, que iban a poder descansar un breve tiempo, pero pronto estarían preparados para la segunda parte de su odisea: la guerra contra los durísimos mapuches.

 

     (Imagen) Adelantemos algo de lo que se intentó hacer en Chile con el añadido de los refuerzos que llegaron de España: "Uno de los fines que el Gobernador García Ramón se había propuesto al emprender esta campaña era el de liberar a los cautivos españoles que vivían entre los indios en la más penosa esclavitud. Se sabía que, entre hombres, mujeres y niños, eran más de doscientos,  y los que habían podido fugarse contaban sus padecimientos con el más aterrante colorido. Movía sobre todo a compasión la suerte de las infelices mujeres: 'Llegadas las afligidas esclavas a las silvestres chozas (contaba un escritor de la época), comenzaron las mujeres de los indios a recibirlas con mil injurias e ignominias. De ser apacibles señoras, quedaron como esclavas sujetas a mil miserias. Las cosas en que comúnmente se ocupan, son las más abatidas y bajas en que se suelen ocupar los más viles y despreciados esclavos, maltratándolas los indios con rigurosos castigos. La noticia de estos padecimientos despertaba la compasión de todos los españoles de Chile. El virrey del Perú había encargado que no se ahorraran esfuerzos para restituir a sus hogares a aquellos desgraciados prisioneros. Los padres mercedarios de Lima, redentores de cautivos, habían recogido cinco mil pesos en limosnas, enviándolos a Chile convertidos en mercaderías para ser repartidas entre los indios por el rescate de sus prisioneros, pero, cuando se intentó canjearlas, se tropezó con dificultades de toda naturaleza. Los capitanes y oficiales que servían al lado del Gobernador presentaban sus propios méritos para que en esos rescates se diera preferencia a sus parientes cautivos. Los indios, por su parte, se negaban a entregar a los presos. Había, también, mujeres que, durante más de seis años de cautiverio, tuvieron hijos de los que ya no querían apartarse, o sentían vergüenza de presentarse con ellos delante de sus familiares. Los niños criados en el cautiverio habían adquirido las costumbres de los salvajes, hablaban solo su idioma y no querían cambiar de lugar. Total que los españoles solo pudieron rescatar a veinte hombres, treinta mujeres, dos mulatos y algunos indios amigos. El gobernador García Ramón, en vista del pobre  resultado obtenido mediante la templanza usada con los indios, le escribió al virrey: 'Pondré en ejecución lo que se me ordene, pero a lo que yo más me inclino es a que la guerra se haga como los indios la hacen, a fuego y sangre, para poder rescatar a las mujeres, aun a riesgo de que ellos las maten'. Estas penalidades del cautiverio se aumentaban con las noticias que recibían aquellas infelices cautivas de los nuevos desastres de los españoles y de la pérdida de toda esperanza de recobrar su libertad".





miércoles, 11 de mayo de 2022

(1720) El nuevo gobernador, Alonso García Ramón, llegó a Santiago. Durísimo viaje de los soldados de refuerzo que iban desde España. Las teorías del jesuita Luis de Valdivia van a ser una larga pesadilla para los militares españoles.

 

     (1320) La llegada de Alonso García Ramón a Santiago de Chile como nuevo gobernador (y esta vez en calidad de titular), fue celebrada con entusiasmo por todos los habitantes: "El Cabildo compró el caballo y la silla para que hiciera la entrada en la ciudad, y salió el alcalde, Jerónimo de Benavides, a recibirlo a las orillas del río.  Se había construido para tal efecto un vistoso arco cerca del convento de Santo Domingo. El Gobernador hizo su entrada solemne el 14 de julio de 1605, y después de prestar el juramento preceptivo bajo un dosel, fue llevado a su palacio con muchas fiestas y regocijos. En Santiago esperaba recibir las diversas tropas que necesitaba para organizar el ejército con que pensaba batallar la primavera próxima". En Chile siempre se estaba escaso de soldados, para desesperación de los sucesivos gobernadores, y eran muchas las dificultades para solucionar este problema, ya que, si se conseguían tropas nuevas, resultaban siempre escasas y llegaban con enorme demora: "Desde el año 1603, Felipe III había encargado al marqués de Montesclaros, virrey de México, que enviara a Chile un refuerzo de 400 soldados. En enero del año siguiente, al nombrar gobernador de Chile a don Alonso de Sotomayor, mandó (como ya vimos) que en la misma España se organizase un cuerpo de 1.000 soldados que debían ir a Chile por la zona de Río de la Plata (Paraguay). Pero, además de ser insuficientes, llegaron en menor número y con extraordinario retraso. El refuerzo pedido a México se redujo a 154 hombres, y el de España tardó cerca de dos años en alcanzar el territorio chileno".

     Ese retraso enorme se debió  a las dificultades del traslado: "A principios de octubre de 1604 se hallaban acuartelados 1.014 hombres en Lisboa bajo las órdenes de Antonio de Mosquera. Los víveres reunidos para su alimentación durante el viaje eran escasos, y su vestuario insuficiente. Las tropas partieron de Lisboa hacia Brasil y Río de la Plata el 22 de noviembre. La escuadrilla sufrió algunas averías, y tuvo que demorarse en varios puntos para repararlas. Mosquera llegó a Maldonado (en la costa uruguaya; le faltaban unos 300 km hasta Buenos aires) en los últimos  días de febrero de 1605 y en malas condiciones. Las enfermedades habían producido la muerte de 45 soldados (según la versión de Mosquera), y la causa fue la mala dieta que llevaban desde Lisboa, dándose la circunstancia de que más de 600 soldados llegaron casi desnudos".

     Como todo el viaje era un continuo tormento, Mosquera tomó precauciones : "Mandó que se adelantase una carabela, y que esta llevara a las autoridades de Buenos Aires una cédula del Rey y una carta del presidente del Consejo de Indias, en las que mandaban que se hicieran allí los preparativos necesarios para recibir y socorrer a los expedicionarios que iban de España, a fin de que pudiesen penetrar en Chile antes de que se cerrase la cordillera por la nieve. Recibidas estas órdenes en Buenos Aires el 9 de febrero de 1605, el gobernador interino de la provincia de Río de la Plata, Pedro Martínez de Zabala, dispuso que inmediatamente se enviara aviso al gobernador de Chile,  para que, por cuenta del Rey, se compraran los víveres necesarios para socorrer a la tropa, cuidando de fijarles un precio forzoso a los vendedores, a fin de evitar la explotación a que este negocio podía dar lugar".

 

     (Imagen) Es buen momento para hablar del jesuita LUIS DE VALDIVIA, hombre sin duda de grandes cualidades y valentía suicida, pero demasiado optimista en cuanto a su fe en la 'bondad natural' de los mapuches. Nació en Granada el año 1560. Después de estar cuatro años en Perú, llegó a Chile en 1593 con el grupo de los primeros jesuitas que fueron a establecer allí la orden religiosa de la Compañía de Jesús, los cuales, como vimos, fueron recibidos en Santiago con gran entusiasmo. Parece evidente que destacaba entre sus compañeros, ya que tenía la máxima autoridad en la iglesia que edificaron y en el colegio de enseñanza que inauguraron, actividad muy ligada a los jesuitas desde su fundación por San Ignacio de Loyola. Pero la gran batalla del padre Luis de Valdivia fue su empeño inquebrantable en que los militares españoles utilizaran como medio de pacificación de los nativos lo que se conoció como 'guerra defensiva', es decir, el derecho a oponerse a la agresividad de los mapuches, pero evitando cualquier tipo de provocación contra ellos. Al mismo tiempo, los clérigos se encargarían de ir convirtiendo a los mapuches en fieles cristianos, pero no vencidos, sino convencidos. Con gran disgusto, Valdivia tuvo que leer en la catedral de Santiago el año 1998 un texto del obispo interino Melchor Calderón, en el que le pedía al Rey que se autorizara esclavizar a los indios rebeldes. La dura proposición era consecuencia de que los mapuches acababan de matar salvajemente al gobernador Martín García Óñez de Loyola y a cuarenta españoles. El año 1606, Luis de Valdivia participó en una asamblea de Lima que discutía precisamente el modo de pacificar a los indios de Chile, y él, muy convencido de tener razón, siguió defendiendo el método humanista. A pesar de la oposición de casi todos los capitanes veteranos de Chile, su criterio fue convenciendo a las autoridades más importantes, y el Marqués de Montesclaros, nuevo virrey de Perú, lo convirtió en ley obligatoria. La mayoría de quienes vivían en Chile sufriendo los terribles ataques de los mapuches odiaban la estrategia de Luis de Valdivia, y dos gobernadores, el interino Juan de la Jaraquemada y el titular Alonso de Ribera (que repetía mandato) hicieron cuanto podían para desactivar las teorías de Luis de Valdivia. El tiempo se encargó de demostrar que carecían de eficacia real, y se fueron desprestigiando, sobre todo  a raíz de la muerte de tres jesuitas a manos de los mapuches. Se impuso la realidad, y el REY FELIPE IV (que no tenía nada de 'pasmado'), el año 1625 prohibió en Chile el método de la guerra defensiva e impuso la ofensiva. LUIS DE VALDIVIA murió en Valladolid el año 1642, y es de suponer que aferrado a sus ideas.




martes, 10 de mayo de 2022

(1719) Llegó a Chile el nuevo gobernador, Alonso García Ramón, acompañado del jesuita Luis de Valdivia, y, al parecer, ilusionado con sus ideas de trato 'angelical' a los mapuches, pero pronto perderá el entusiasmo.

 

     (1319) Quizá fuera porque el gobernador García Ramón iba acompañado de muchos soldados, pero, aunque los indios seguían dispuestos a continuar luchando contra los españoles, no tuvo problemas en su viaje hacia el encuentro con el ex gobernador Alonso de Ribera, que residía en Santiago. Sin embargo, García Ramón estaba seguro de que había una amenaza latente: "Notaba la intranquilidad que reinaba en toda la comarca a pesar de la paz aparente que habían dado los indios. No tuvo duda de que su antecesor Ribera había exagerado las noticias que daba acerca de la pacificación de aquellos lugares, pero se abstuvo de hacerle reproches. Por el contrario, le guardó a Ribera las consideraciones que le había encargado el virrey del Perú, le prestó los auxilios necesarios para emprender su viaje a Santiago y a Tucumán y, por último, le subrayó al monarca los servicios que había prestado en la guerra de Chile. En honor de la esposa del virrey del Perú, Gaspar de Zúñiga Acevedo, al fuerte Paicaví le puso el nombre de Santa Inés de Monterrey".

     Alonso García Ramón, de camino hacia Santiago, donde estaba el ex gobernador Ribera, se reunía con los indios que encontraba, acompañado siempre por el padre Luis de Valdivia, y comunicándoles las nuevas instrucciones que traía del virrey de Perú, como había hecho en Concepción: "Les repetía a todos los indios las concesiones que les dispensaba el Rey si decidían vivir en paz, y los amenazaba con los horrores de una guerra sin piedad si volvían a rebelarse contra su autoridad. Los indios se mostraban igualmente dispuestos a acogerse al perdón de sus faltas anteriores y a aceptar sumisos la dominación que se les imponía. Aunque García Ramón manifestaba alguna confianza en la solidez de estas paces, no descuidó ninguna de las precauciones militares que convenía tomar. Para ello, reforzó las guarniciones de los fuertes y dictó las instrucciones necesarias para mantener la más activa vigilancia. El coronel Pedro Cortés quedó encargado del mando superior de los fuertes colocados en la región de la costa, y el capitán Álvaro Núñez de Pineda del de las fortificaciones situadas en el valle central, a orillas del Biobío".

     Pero García Ramón tenía un sueño muy ambicioso: "Esperaba refuerzos considerables de España y de otras partes, y pensaba que que podría llevar a término definitivo la conquista del país. Quería repoblar las ciudades que habían sido destruidas en el sur, y rescatar por la fuerza a los numerosos cautivos españoles que los indios mantenían en sus tierras sujetos a la más dura esclavitud. Hallándose en el fuerte de Arauco, el 7 de mayo de 1605 publicó una orden por la cual mandaba que todos los encomenderos y vecinos de las ciudades despobladas se hallasen reunidos en Concepción el 1º de octubre, para que a cada uno se le devolviera sus posesiones, bajo apercibimiento de que, de no concurrir, se las darían a otros como vacantes. Este decreto fue publicado por bando en   todas las ciudades de Chile, pero, a pesar de la confianza que en él manifestaba el Gobernador sobre los resultados de la próxima campaña, no consiguió hacer renacer las esperanzas de los que habían perdido toda su fortuna en la pasada insurrección. Cuando se hubo liberado de estos primeros trabajos, el Gobernador partió de Concepción en los últimos días de junio hacia Santiago, con el fin de completar sus preparativos militares".

 

     (Imagen) El tenaz jesuita Luis de Valdivia, muy satisfecho de la aplicación de sus ideas, decidió seguir con su plan de pacificación, aprobado por el virrey del Perú: "Profundamente convencido de la sinceridad de las paces que habían prometido los indios, les seguía hablando de las ventajas de vivir sometidos al piadoso rey de España, y de recibir el cristianismo, y, en su candoroso entusiasmo, consideraba verdaderas las palabras siempre falaces de aquellos bárbaros. Contra el parecer de los capitanes veteranos, decidió ir a los campos vecinos sin más compañía que la de un mancebo llamado Ortiz de Atenas (al parecer, era novicio jesuita). En una ocasión, viajando solo el compañero del padre Valdivia, y cogido de improviso por los indios, pereció víctima de una muerte cruelísima. Estando vivo todavía el infeliz mancebo, le cortaban las carnes a pedazos y se las comían. El padre Valdivia, salvado de aquel terrible fin, tuvo que comprender los peligros de sus andanzas, pero, según se deja ver por su correspondencia, no perdió las ilusiones que se había forjado acerca de la excelencia de aquel sistema de pacificación de los indígenas. Los capitanes españoles más experimentados no tenían la menor confianza en la sinceridad de esas paces, ni esperaban nada de la pretendida conversión de los indios. Creían que solo por la fuerza, y mediante la más severa energía, se llegaría a asentar una paz duradera en aquellos territorios". También al gobernador García Ramón se le había pasado su borrachera de ilusión: "En Lima se había dejado impresionar por las teorías humanitarias del Virrey y de sus consejeros, y, llegado a Chile, parecía creer en el fruto que había de sacarse de las misiones que aconsejaba el padre Valdivia, pero iba poco a poco cambiando de ideas, y reafirmándose en que solo las armas podían afianzar la conquista. 'Últimamente, este verano pasado (le escribía al Rey) aceptaron la paz las provincias de Arauco y Tucapel, y lo que de ello se ha confirmado es que claramente se ha visto que lo hicieron para salvar sus provisiones, y, en recogiéndolas, las fueron enterrando en los montes y luego se sublevaron'. Y algunos meses más tarde, expresando más vigorosamente aún su pensamiento, decía lo que sigue: 'Estos indios son de tal condición que, en todos los siglos de los siglos, aunque los metan en una redoma, de no ser castigados ásperamente, procurarán hacer de las suyas'. Así, pues, había decidido que sus capitanes mantuviesen con mano firme la sumisión de las provincias en que estaban construidos los fuertes". El año 1614, era de nuevo gobernador Alonso de Ribera, y, como vemos en la imagen, Luis de Valdivia se le quejaba al Rey de que había abandonado la táctica 'amable' con los mapuches.




lunes, 9 de mayo de 2022

(1718) El nuevo virrey, Gaspar de Zúñiga, ingenuamente, quiso mejorar el trato que se daba a los indios en Chile. Para ello, envió a Luis de Valdivia, que era un jesuita con buenas intenciones pero muy terco, y será una pesadilla para los gobernadores.

 

     (1318) Chile se había convertido en un infierno, y nadie había dado con la solución a lo largo de cincuenta años. En enero de 1604, Alonso de Sotomayor, como hemos visto, no quiso volver a asumir el cargo de gobernador de aquellas tierras indomables. Sin embargo soñaba con que se estableciera un virreinato en Chile y él ocupara el cargo, pero el Rey Felipe III prefirió que el virreinato de Perú continuara conservando todo su poder, permaneciendo Chile como simple gobernación, donde figuraba al mando Alonso García Ramón como gobernador titular (ya lo había sido interino anteriormente). Y había obtenido el nombramiento de la siguiente manera: "Llegó al Perú don Gaspar de Zúñiga Acevedo, conde de Monterrey, para hacerse cargo del virreinato, por renuncia de don Luis de Velasco. Se informó pronto de la situación de Chile, y supo que Sotomayor no aceptaba el gobierno de este país. Tuvo una conversación con Alonso García Ramón, que había acudido a recibirlo, y allí mismo quedó resuelto que éste fuera a Chile a tomar el puesto de Gobernador. Pero el conde de Monterrey, que acababa de gobernar el virreinato de México, y que había conocido allí indios más o menos civilizados, que formaban la población del antiguo imperio azteca, mucho más aptos que los de Chile para aceptar un gobierno normal, creía que era posible someter a estos últimos por medios menos costosos y más humanos que la guerra despiadada que se les había hecho con tan poco fruto. Se hablaba mucho en Lima de las vejaciones que sufrían los indios de Chile, de las ofensas y crueldades a que los tenían sometidos los encomenderos, los cuales mantenían el sistema de servicio personal de los indígenas contra las repetidas órdenes del Rey. Se creía que estas eran las causas de la obstinación con que los mapuches luchaban para mantener su independencia. Había dos personajes que sostenían calurosamente estas ideas.  Eran Luis de la Torre, que había ejercido como protector titular de los indios de Chile, y el jesuita Luis de Valdivia, que había visitado una gran extensión del territorio chileno y que estaba en situación de dar los más minuciosos informes sobre la materia".

     El virrey de Perú, Gaspar de Zúñiga Acevedo, se dio prisa para convocar al respecto en Lima una junta consultiva de letrados y de teólogos: "Se discutió prolijamente la manera de poner remedio a la desgraciada  situación de Chile, y todos los presentes opinaron que debía suprimirse el servicio personal de los indígenas, como medio más eficaz para pacificarlos. Incluso García Ramón, que debía conocer mejor el carácter y las condiciones de los indios de Chile, se dejó llevar por la corriente de las opiniones dominantes y aceptó gustoso este parecer (da a entender Barros que era extraño que el veterano García Ramón estuviese convencido de que eso bastaría para pacificar a los bravos mapuches). Con arreglo a ese dictamen, el Virrey dio al nuevo Gobernador las instrucciones más terminantes para que el servicio personal fuese suprimido. Dispuso, además, que en compañía de García Ramón volviese a Chile el padre Valdivia para que ayudase a la adopción de esta reforma, plantease el sistema de reducción de los indígenas por medio de misiones y recogiese los informes necesarios con el fin de mejorar en adelante el gobierno de Chile. Se hicieron grandes ilusiones en los consejos del Virrey sobre el resultado que debía producir aquella medida. 'Con esto y otras cosas que el Virrey ha mandado proveer -escribió entonces García Ramón-, voy confiadísimo de que Dios Nuestro Señor ha de hacernos muy grandes mercedes'. Y, asimismo, el virrey y sus consejeros estaban persuadidos de que, con la supresión del servicio personal, la situación de Chile iba a cambiar como por encanto, induciendo a los indios a terminar la guerra".

 

     (Imagen) Llama la atención que el que mejor conocía a los durísimos mapuches, Alonso García Ramón, se dejara contagiar por el entusiasmo del virrey Gaspar de Acevedo, quien, aunque era un recién llegado a Perú, estaba convencido de que 'mimando' a los indios de Chile, se lograría la paz definitiva: "García Ramón llegó a Concepción el 19 de marzo de 1604. Entonces hizo publicar su nombramiento de gobernador de Chile y las instrucciones que traía del virrey del Perú para suprimir el servicio personal de los indígenas. Reunido con los caciques de las tribus vecinas a la ciudad, les hizo saber que traía encargo de perdonarles los delitos cometidos en las rebeliones anteriores, y de plantear otro sistema de pacificación que pusiese fin a las injusticias y vejámenes de que hasta entonces se les había hecho víctimas. El padre jesuita Luis de Valdivia les leyó en lengua chilena las provisiones por las cuales el virrey del Perú los declaraba libres del trabajo personal, sustituyéndolo por un impuesto en dinero destinado a organizar el gobierno de los mismos indios, y atender a su conversión y bienestar. El padre Valdivia anotó en acta que los indios recibieron con gran alegría esta noticia. Uno de los caciques, llamado Unavillu, en representación de todos los demás, contestó al Gobernador para expresarle su agradecimiento  y su resolución de ser fieles vasallos del Rey y de vivir en paz bajo tales condiciones. García Ramón, después de asegurarles que esperaba grandes refuerzos de tropas de España, y que con ellos les haría guerra implacable si violaban aquel pacto, los despidió amistosamente. En los primeros momentos se creyó que el conocimiento de esta asamblea se extendería rápidamente por toda la comarca, y que afianzaría la paz de los indios que se consideraban ya como amigos, induciendo, además, a los otros a deponer las armas. Sin embargo, pasaron algunos días sin que por ninguna parte se percibieran los efectos que se esperaban de aquellas declaraciones. Por el contrario, los indios de la provincia de Tucapel, siempre inquietos y turbulentos, a pesar de las promesas que habían hecho de vivir en paz, no cesaban de hostilizar a los destacamentos españoles y de amenazar los fuertes. Por esto mismo, cuando García Ramón, después de cuidar del desembarco de su gente y de las municiones, del dinero y del vestuario que traía del Perú, quiso ir a reunirse con el ex gobernador Ribera, comprendió el riesgo que había en atravesar aquella parte del territorio, y, al ponerse en marcha a fines de marzo, se hizo acompañar por todas las tropas que le fue posible reunir. El padre Valdivia, (nacido en Granada en 1560 y de quien enseguida hablaremos) marchaba a su lado para concurrir a los parlamentos que el Gobernador debía celebrar con los indios de cada distrito".




domingo, 8 de mayo de 2022

(1717) Llegó como nuevo gobernador Alonso García Ramón. El sustituido, Alonso de Ribera, recibió, como mal menor, la gobernación de Tucumán. Tuvo poderosos enemigos, pero consiguió que el Rey reconociese su extraordinaria valía.

 

     (1317) Eso era lo previsto y querido por el Rey, que sustituyera a Ribera como gobernador de Chile el que ya lo había sido anteriormente: "Pero no era don Alonso de Sotomayor el que venía a reemplazar a Ribera en el gobierno de Chile. Se había negado a aceptar este cargo, y, en su lugar, el virrey del Perú acababa de confiárselo a Alonso García Ramón. Habiendo desembarcado este en Concepción el 19 de marzo de 1605, se demoró allí algunos días ocupado en varios trabajos, y el 9 de abril se presentaba en Paicaví para tomar el mando del ejército. Conocidas las relaciones de estos dos capitanes y su pública ruptura en 1601, cuando Ribera llegó a Chile a tomar el gobierno desbancando precisamente a García Ramón, era de temer que ahora se produjeran desagradables desavenencias entre ellos, pero no sucedió así. El virrey del Perú había encargado a García Ramón que guardase a su antecesor todas las consideraciones posibles. Ribera, a pesar de la irritable susceptibilidad de su carácter, no tuvo que quejarse de ningún ultraje ni de ninguna desatención. Cuando hubo entregado el mando de las tropas, Alonso de Ribera se trasladó a Santiago, donde residía su familia. Por orden del Rey, debía partir brevemente a tomar el mando (recién concedido, como compensación) de la apartada provincia de Tucumán, pero las nieves del invierno habían cerrado los caminos de la cordillera, y le fue forzoso aguardar la vuelta de la primavera. Queriendo alejarse de una ciudad en que residían muchos de sus enemigos, se instaló en Colina, pueblo de indios y de encomenderos, situado a seis leguas al norte de Santiago".

     Ese tiempo de espera le sirvió a Alonso de Ribera para escribirle al Rey un resumen de los logros que había obtenido durante su tiempo de gobernador, diciéndole, entre otras cosas, lo siguiente: "Cuando llegué a esta tierra por orden de Vuestra Majestad, con el cargo que me asignó sin yo pretenderlo, había guerra en la zona del río Maule, y los vecinos de la ciudad de Concepción estaban retirados en el convento del señor San Francisco, que servía de fuerte". Lo que quiere decir que el acoso de los mapuches era muy intenso. Diego Barros comenta al respecto: "Aunque el estado en que dejaba Chile distaba mucho de ser tan lisonjero como lo presentaba en su correspondencia, era verdad que había restablecido la confianza entre los españoles, afianzando la tranquilidad en las poblaciones situadas al norte del Biobío y evitando empresas temerarias que indudablemente habrían dado origen a nuevos desastres. Para que su palabra fuera creída en la Corte, Ribera presentó, además, una información de todos estos hechos, y otra concerniente a la administración que había llevado a cabo de los caudales públicos durante su gobierno. Antes de su partida, dio también por escrito a García Ramón su parecer sobre la manera de llevar adelante la pacificación de Chile. Le recomendaba que no deshiciese las compañías de infantería, 'que siempre llevase de ella más que de caballería, porque es el miembro más importante del campo del Rey', que mantuviese en todo su vigor la disciplina militar, y que no se aventurase en conquistas y poblaciones en el interior del territorio de los rebeldes, sin haber reducido primero la región vecina a la frontera, para no dejar enemigos a sus espaldas". Ya vimos que, en cuanto llegó a Chile,  se dio cuenta de dos cosas necesarias: potenciar la infantería, porque los mapuches ya tenían buena caballería, y establecer líneas de frontera tras haber dejado detrás pacificados a todos los indios, evitando así el riesgo de que cercaran asentamientos de españoles.

 

    (Imagen) En octubre de 1605, Ribera salió hacia Tucumán, como gobernador del lugar (en la imagen vemos el mapa de Argentina en blanco, pero señalada la zona de Tucumán en ocre): "Lo acompañaban, además de su esposa y sus criados, 29 soldados y 11 oficiales capitanes y alféreces, amigos suyos. García Ramón no opuso dificultades a la salida de esta gente, por respeto al ex gobernador de Chile, y porque estaba a punto de  llegar un considerable refuerzo de tropas españolas. Aunque Ribera dejaba en Chile muchos y muy encarnizados enemigos, le quedaban allí amigos que siempre le fueron fieles y lo admiraban. Por entonces, llegó a Chile un capitán español ajeno a las rencillas que habían perturbado los ánimos anteriormente. Para informar al Rey de lo que había hallado en Chile, le comunicó lo siguiente: 'Lo que han escrito a Vuestra Majestad contra el gobernador Alonso de Ribera, ha sido muy diferente de lo que yo he visto, pues penetró luchando muy adentro de los indios rebeldes, y ha servido a Vuestra Majestad con mucho cuidado y esfuerzo, como ya lo hizo en Flandes. Todos los prelados de los monasterios le están muy agradecidos y dicen que había gobernado muy bien, manifestando lo mismo la mayor parte de la gente principal de Chile. Por todo ello, merece que Vuestra Majestad lo honre y lo premie debidamente'. Pero los enemigos de Ribera no rebajaron sus odios al verlo alejado y destinado a un puesto muy inferior al que le correspondía por sus méritos y sus servicios. Cinco años más tarde, el doctor Luis Merlo de la Fuente recibió el encargo de aplicarle a Ribera el juicio de residencia habitual con los  gobernadores  cesantes. Aquellos obstinados enemigos acudieron presurosos a formular sus acusaciones contra Ribera, y acumularon toda clase de cargos para presentarlo como un gobernante despótico, irreligioso, inhábil para dirigir la guerra y hasta desprovisto de honradez. La sentencia de ese juicio le fue relativamente desfavorable, pero Ribera protestó de los procedimientos empleados en contra suya, acusó al juez de parcialidad, hizo revisar su juicio por el Consejo de Indias, y obtuvo poco más tarde una reparación espléndida. En efecto, no sólo no se ejecutó más que en parte la sentencia que lo condenaba al pago de multas considerables y a la suspensión de su destino por el tiempo que el consejo designase, sino que, en febrero de 1611, el Rey tomó en su honor una decisión. Reconociendo la importancia de los servicios de Alonso de Ribera en el desempeño de todos los cargos que se le habían confiado, lo nombró por segunda vez gobernador de Chile (y, como vimos, lo fue hasta 1617, año en que murió)".




viernes, 6 de mayo de 2022

(1716) El valioso gobernador Alonso de Ribera, aun sabiendo que le iba a sustituir Alonso de Sotomayor, seguía peleando contra los mapuches. Los indios hicieron una masacre, pero resultaron duramente castigados.

 

     (1316) No era fácil hacerse desde España una idea válida de lo que realmente ocurría en Chile: "Sin poder comprenderse las causas que hacían interminable la guerra de Arauco, el monarca y sus consejeros debieron imaginarse que este simple cambio de gobernador iba a dar cima a una obra en la que habían encallado tantos militares, y lo seguirían haciendo otros. Para ayudar en esta empresa a don Alonso de Sotomayor, se mandó formar una división de mil hombres, que en pocos meses más debía partir para Chile por la vía del Río de la  Plata, y se elevó hasta ciento cuarenta mil ducados la subvención anual que el tesoro del Perú debía entregar para el pago de ese ejército. Cuando Alonso de Ribera recibió la noticia del nombramiento de su sucesor, en octubre de 1604, se hallaba terminando sus preparativos para la nueva campaña que pretendía hacer contra los indios. El 18 de julio había reunido en Santiago a los más altos funcionarios civiles y militares para oír su parecer acerca del plan de operaciones que debería adoptarse, es decir, si convendría hacer la guerra en la zona de la Imperial  para liberar a los cautivos de manos de los enemigos, o si sería más conveniente hacerla en los territorios de de Concepción y San Bartolomé, que era donde los mapuches acosaban a los indios amigos de los españoles. Se sabe que Ribera había adoptado este segundo sistema desde los primeros días de su gobierno, pero deseando ponerse a salvo de las acusaciones que sin duda alguna habían de hacérsele, quería que sus capitanes y los funcionarios más caracterizados de la colonia, apoyasen su conducta. Para ello, les pidió su parecer, y se  mostraron conformes con los deseos del gobernador Ribera, cuyo plan abarcaba las provincias de Arauco, Catirai y Los Ángeles.  Era un idea bien concebida, sin duda, pero que no podía realizarse sino con una extremada lentitud, mientras que el Gobernador creía que en muy poco tiempo podía ejecutarlo y llevar a cabo la absoluta pacificación del país, por lo que sobraban motivos para conocer que esa empresa era del todo irrealizable. Durante ese mismo invierno de 1604, Pedro Cortés  y Alonso González de Nájera, que mandaban las tropas de Arauco, habían tenido una guerra constante con los indios. Sus tropas ascendían a quinientos hombres, pero los indios las hostilizaban sin cesar, y atacaban a todo destacamento que se atrevía a alejarse del fuerte. En los combates, los españoles obtuvieron ordinariamente la victoria, pero la porfiada resistencia y la audacia inquebrantable de los araucanos revelaban que aquella guerra no tendría término inmediato. Mientras tanto, la desmoralización de los soldados españoles parecía un mal incurable. En esos mismos días se fugaron del fuerte de Nacimiento diecinueve soldados de la última tropa que vino del Perú, y fueron a unirse a las fuerzas de los mapuches. Estos hechos, por desconsoladores que fuesen, no desvanecieron, sin embargo, las ilusiones del Gobernador. Al dar cuenta de ellos al Rey, no vacilaba en decirle estas palabras: 'Confío en Nuestro Señor que este verano se han de conseguir buenos efectos en servicio de Vuestra Majestad entrando a campear, porque están los enemigos de la frontera muy deshechos, sin caballos y sin comidas, y con el orden que llevo, irá esto cada día en mayor aumento. Y si llegase el socorro de los reinos de España que envié a pedir con el capitán Domingo de Eraso, espero en Dios que se daría fin a esta prolija guerra'. Estas ilusiones del Gobernador se fundaban en la idea equivocada de que los indios estaban todos unidos bajo el mando de un gran cacique. Pero lo que tenía de más terrible aquella formidable resistencia de los indios era precisamente esa falta de unidad en la dirección de las operaciones. Teniendo diversos caudillos, a veces se reunían para un ataque común, pero victoriosos o derrotados, volvían a la lucha en otros lugares. Si Ribera hubiese conseguido reducir a los indios próximos a su línea de frontera, resultaría que las tribus de más al sur renovaran la resistencia con igual tesón en cuanto se viesen amenazadas".

 

     (Imagen) Aun sabiendo Alonso de Ribera que no tardaría en llegar el nuevo gobernador, Alonso de Sotomayor, se entregó de lleno a la tarea de seguir atacando a los indios. Pensando que era el momento de avanzar la línea de frontera,  fundó un nuevo fuerte donde había estado la desaparecida ciudad de Cañete, y, entre finales del año 1604 y principios de 1605, estuvo persiguiendo implacablemente a los indios de la zona de Tucapel (donde tiempo atrás mataron cruelmente a Pedro de Valdivia): "Pero unos indios del territorio de Angol fueron a colocarse cautelosamente en las cercanías del fuerte de Yumbel, del que salieron cuarenta españoles con algunos nativos amigos el 28 de enero de 1605. Nada les hacía prever la proximidad del enemigo, y se vieron atacados estando apartados de sus caballos. El combate fue una verdadera carnicería. Veinticinco españoles quedaron muertos en el campo, y tres fueron tomados prisioneros. Los que lograron llegar al fuerte de Yumbel, volvieron desconcertados y cubiertos de heridas, y, cuando salieron tropas en persecución de los indios, ya  se habían dispersado de manera que fue imposible darles alcance. Este contratiempo debió de irritar profundamente a Ribera, pero no lo abatió ni tampoco le hizo perder la ilusión que tenía en los progresos de la reconquista de aquellos territorios. Sin tardanza despachó a su maestre de campo Pedro Cortés con treinta soldados para que fuese a castigar a los indios de Angol y sus cercanías. 'Llegado allí, comunicó este, saqué gente de los tres fuertes (Nuestra Señora de Halle, Nacimiento y Santa Fe), y, pasando el río Biobío, fui haciendo la guerra en la tierra del cacique Nabalburí, que fue el que había hecho este daño, y le desbaraté en una borrachera en que estaban gozando de su victoria, y le maté sesenta indios y tomé mucha gente de mujeres e hijos, y él se escapó con gran ventura por una quebrada'. Ribera, entre tanto, continuaba sus correrías por la zona de la costa. Su actividad incansable de soldado y el vigor de sus tropas le permitieron derrotar a los indios de esa comarca en varias ocasiones. Dando a estas ventajas un alcance que no tenían, el Gobernador llegó a persuadirse de que en ese mismo año podría adelantar mucho más al sur su línea de frontera. Para ello, tenía resuelto hacer dos nuevas fundaciones, una en el valle central y la otra en los campos de la costa que acaba de recorrer. Para la primera de ellas había elegido un sitio vecino a aquel en que años atrás se establecía la ciudad de Angol. Para la segunda, designó las orillas del río Paicaví y dio principio a la construcción de un fuerte. Pero la llegada de su sucesor, el nuevo gobernador don Alonso de Sotomayor (natural, como Pizarro, de Trujillo-Cáceres), vino a sorprenderlo durante estos trabajos".




jueves, 5 de mayo de 2022

(1715) Quizá por su carácter autoritario, los enemigos del valioso gobernador Alonso de Ribera consiguieron del Rey que fuera sustituido por Alonso de Sotomayor, quien llegará a Chile acompañado de un buen militar: Alonso García Ramón.

 

     (1315) No se puede olvidar que la política de aquellos tiempos, y más aún en las Indias,  era muy propicia a los abusos, por lo que, mientras un gobernador obtenía éxitos de importancia, podía cometer numerosos pero discretos fraudes sin que lo pusieran en peligro de destitución. La cosa se complicaba mucho cuando, además de ser responsable de graves errores, se había ganado muchos enemigos por la dureza de carácter o por repartir injustamente, con favoritismos, los premios que correspondían en justicia a los méritos y servicios de cada uno. Hemos visto que el cambio de gobernador se ha repetido con excesiva frecuencia en Chile, y lo seguiremos viendo, con el chocante matiz de que, en varias ocasiones, un gobernador será sustituido por otro que ya lo había sido. Esta inestabilidad se agravaba por el hecho de que las órdenes de cambio tenían que venir desde el palacio del rey de la lejana España. Escuchemos al historiador Barros: "Mecido por las ilusiones, partía el gobernador Ribera para Santiago a mediados de junio de 1604, meditando los proyectos que pensaba poner en planta en la primavera próxima para adelantar la línea de frontera mediante la fundación de nuevas poblaciones. En Santiago, como ya hemos contado, iba a verse envuelto en las dificultades y rencillas que en tantas ocasiones perturbaron la tranquilidad de su gobierno, e iba también a recibir la noticia de que el Rey le había nombrado un sucesor. Ribera, como se sabe, tenía enemigos apasionados".

     Baños echará la vista atrás en el tiempo porque el proceso que va a llevar a la destitución de Ribera era de largo recorrido, y, aunque estuvo basado en argumentos de cierto peso, hubo también acusaciones injustas, especialmente en lo que se refería a su valía como militar: "Habían dirigido al Rey los más desfavorables informes acerca de la ineptitud y hasta de la falta de probidad del gobernador de Chile. Pero, independientemente de esas acusaciones, de que tal vez no se habría hecho mucho caso en otras circunstancias, estaban en Madrid algunas personas que debían preparar su caída. En 1601 había llegado a la Corte el padre agustino fray Juan de Váscones como apoderado de las ciudades de Chile, y como representante, además, de los comerciantes de este país. Llevaba el encargo de pedir que se creara en territorio chileno un virreinato, y que se confiara su gobierno a don Alonso de Sotomayor. También llegó a la Corte, a principios de 1603, Domingo de Eraso, el secretario de Ribera, a quien este había enviado a hacer ante el Rey gestiones a su favor, con interés especial en que se enviaran tropas a Chile, pero Eraso no puso mucho interés en defender la imagen de Ribera".

     Ya en agosto de 1600, había creado Felipe III una sección dentro del Consejo de Indias compuesta de cuatro miembros y dedicada a informar sobre asuntos militares. En ella se sometió a estudio las memorias que habían llevado a España los representantes del territorio chileno, y le dieron su opinión al monarca. Alababan la capacidad militar de Alonso de Ribera, pero consideraban que le faltaba experiencia en cuanto a los problemas de Chile, y le proponían al Rey algo sibilino: "Conviene mucho sacarle de allí, pero premiándolo y ocupando a su persona como lo merece. Y, asimismo, que Vuestra Majestad mande que don Alonso de Sotomayor (que ya había sido Gobernador de Chile), presidente de la Audiencia de Panamá, que tiene tan larga experiencia de aquella tierra de Chile, vuelva allí a pacificar aquellas tierras".

 

     (Imagen) Además de aconsejarle sus asesores al rey Felipe III que el gobernador Alonso de Ribera fuera sustituido por el exgobernador  Alonso de Sotomayor, le decían también: "Que vaya a Chile con él Alonso García Ramón, que ha sido maestre de campo y gobernador de Chile, y ha servido muchos años con gran satisfacción. Y que Vuestra Majestad se lo mande a ambos prometiéndoles que, acabada la guerra, les premiará de manera que queden satisfechos". Luego sigue contando el historiador Barros: "Todo induce a creer que Domingo de Eraso, enviado a España por Alonso de Ribera, no puso ningún empeño en defenderlo,  y que, si bien en sus informes se abstuvo de hacerle acusaciones, en la negociación se puso de parte de los que pedían un nuevo gobernador. Por la tardanza de los asuntos administrativos o porque el Rey y sus ministros vacilaban en hacer tales innovaciones, se pasaron algunos meses sin que se tomase ninguna resolución. Pero, a fines de ese año, llegaban a Madrid nuevas noticias de Chile y de los pocos progresos que se hacían en la pacificación de los indios, junto con otras acusaciones contra Alonso de Ribera. Además de reprochársele el imponer pesadas contribuciones a los habitantes de Chile, y de atribuirse al Gobernador el propósito de enriquecerse con ellas, se decía que su sistema militar se reducía simplemente a permanecer en la guerra rodeándose de tropas considerables, dejando desguarnecidos muchos puntos importantes, con lo que conseguía evitar conflictos en los lugares en que él se hallaba, sin inquietarse por las desgracias que ocurrían en otras partes. La impresión que estos informes produjeron en la Corte fue fatal para Ribera. Llegó a contarse (con mucha exageración) que Chile estaba definitivamente perdido y todas sus ciudades destruidas por los indios. Sin duda alguna el Rey y sus ministros, mejor informados de la verdad por la correspondencia del virrey del Perú, no daban crédito a esos rumores,  pero pensaron que era llegado el momento de hacer los cambios propuestos por la junta de guerra. El 9 de enero de 1604, Felipe III firmó en Valencia el nombramiento de don Alonso de Sotomayor para el cargo de gobernador de Chile, y el de Alonso García Ramón para el de maestre de campo. El Rey había aceptado por completo las indicaciones que aquella junta había hecho sobre la manera de dirigir la guerra. Alonso de Ribera pasaría a desempeñar el puesto de gobernador de Tucumán (territorio argentino), que era lo mejor que se había hallado para premiar sus anteriores servicios". Ribera será de nuevo gobernador de Chile en 1612, y morirá siéndolo en 1617. La imagen muestra su firma en una carta que le envió al Rey desde Santiago del Estero (Tucumán) el 16 de  mayo de 1607.






(1714) Con buena visión, el gobernador Alonso de Ribera decidió abandonar temporalmente varias poblaciones alejadas y siempre acosadas por los mapuches. Hoy en día son pujantes ciudades chilenas.

 

     (1314) También la ciudad de Osorno se encontraba en grandes apuros. Allí mandaba el capitán Hernández Ortiz, que había llegado de Valdivia en abril de 1602, donde ya padeció muchas dificultades: "Los defensores de Osorno  tenían serios problemas para comunicar con Chiloé, que era, desgraciadamente, el único lugar de donde podían recibir socorros. Los indios enemigos les habían robado casi todos los caballos y ocupaban todas las inmediaciones. El número vecinos se había ido reduciendo poco a poco hasta quedar encerrados en un fuerte,  y, a fines de 1603, las tropas de Osorno que, tres años antes superaban los cuatrocientos hombres, estaban reducidas, a fines de 1603, a sólo ochenta. Ribera llegó a Concepción a primeros de noviembre para dirigir la nueva campaña que pensaba hacer contra los mapuches. Por entonces, entró un buque que traía del sur estas noticias lastimosas y una firme petición de nuevas y mayores ayudas para defender y sustentar aquellas apartadas poblaciones. Ante la imposibilidad absoluta de asistirlas convenientemente, el gobernador Ribera tomó una resolución suprema. Ordenó 'que los fuertes de Valdivia y de Osorno se quiten, y que la guerra vaya de aquí (Concepción) hacia el sur sin dejar en pie cosa que esté en rebeldía'. Al dar cuenta al Rey de esta determinación, el Gobernador explicaba prolijamente los hechos que la habían hecho indispensable, demostrando con verdadero tino militar que los pueblos enclavados en el corazón del territorio enemigo, incomunicados unos con otros, no afianzaban en manera alguna la conquista, y, además, ocasionaban gastos considerables, vivían en medio de continuas alarmas y se irían debilitando hasta llegar a su aniquilación. El buque que llevaba la orden del Gobernador para despoblar esos establecimientos sufrió algunos atrasos, y  llegó a Valdivia el 13 de febrero de 1604. En esta plaza no quedaban más que cuarenta y cuatro personas que, según la pintoresca expresión de Ribera, 'por tanta necesidad, no aguardaban sino la muerte'. Abandonando aquellos lugares en que habían sufrido tantas miserias y tantas fatigas, se hicieron a la vela para los mares de Chiloé. El Gobernador había ordenado que esa gente se estableciese en el puerto de Carelmapu (frente a la costa norte  de Chiloé), y que desde allí comunicara a los últimos defensores de Osorno la orden de despoblarla definitivamente".

     A pesar del catastrófico panorama, y del probable tenebroso futuro que les esperaba a los españoles de Chile, el Gobernador pensaba que las cosas podían mejorar: "Alonso de Ribera había comprendido mejor que sus predecesores el plan de guerra que debía adoptarse para lograr la pacificación. La despoblación de esas ciudades no era, según él, un verdadero desastre. 'Con esto queda aquella tierra reparada -le escribía al Rey-, y permitirá que la guerra se prosiga hacia el sur, siendo fácil si Vuestra Majestad envía la gente que he  pedido. Lo que conviene a vuestro real servicio es que la guerra vaya desde aquí (Concepción) hacia abajo, sin dejar detrás nada que que esté de rebeldía. Ya la llevo así, y espero enviar pronto a Vuestra Majestad muy buenas noticias y poner las poblaciones en situación de hacer guerra al enemigo sustentándose unas a otras'. Bajo el punto de vista estratégico, este plan era excelente, y el único practicable, pero el Gobernador se engañaba lastimosamente al creer que podía llevarse a cabo en pocos años y, más aún, cuando pensaba que a él le tocaría la gloria de dar cima a aquella obra gigantesca".


     (Imagen) Acabamos de ver que, cumpliendo órdenes del gobernador Ribera, los pocos que quedaban en Valdivia abandonaron la ciudad y se trasladaron al puerto del Carelmapu, llevando de paso el encargo de que fueran a Osorno para comunicar a sus vecinos que también ellos tenían que marcharse de allí. Y nos cuenta Diego Barros: "Cuando llegaron a Carelmapu, la ciudad de Osorno ya estaba abandonada. El capitán Francisco Hernández Ortiz había sufrido allí con ánimo firme las fatigas de la guerra y las penurias del hambre, pero después de un combate en que perdió dieciséis hombres, y cuando vio desvanecerse toda esperanza de recibir socorros, tomó sobre sí la única resolución que podía salvarle a él y sus compañeros de una muerte inevitable y desastrosa. El 15 de marzo de 1604, los últimos pobladores de Osorno y los soldados que la guarnecían, dejando abandonadas las casas y fortines en que habían vivido aislados, y cargando consigo todos los objetos que podían transportar, emprendieron la marcha hacia el sur, por entre bosques, ríos y pantanos. Si bien en este viaje no tuvieron que sufrir las hostilidades de los indios, que, sin duda, se entretenían en repartirse el miserable botín dejado en la ciudad, y en celebrar su triunfo, les fue forzoso soportar todo género de fatigas y privaciones. No tenían más que unos cuantos caballos, de manera que el mayor número de esos infelices marchaba a pie, cargando las mujeres a sus hijos, y abandonando en el camino los objetos que no podían llevar por más largo tiempo. En un lugar denominado Guanauca, Hernández Ortiz creyó que podía hacer alto y establecer un fuerte, pero, cuando hubo recibido algunos socorros de Chiloé, y supo que los defensores de Valdivia se encontraban en la costa vecina, cambió de determinación. De común acuerdo se trasladaron todos a la isla de Calbuco, ventajosamente situada entre la costa y Chiloé, y, hallando allí comodidades para establecerse, construyeron un fuerte y las habitaciones convenientes. Osorno, la ciudad que por más largo tiempo había resistido a la formidable insurrección araucana, acababa de desaparecer de una manera lastimosa, como habían desaparecido Santa Cruz de Coya y Valdivia en 1599, Angol y la Imperial en 1600 y Villarrica en 1602. Después de más de medio siglo de guerra incesante, la obra de la conquista de toda aquella porción del territorio chileno, emprendida con tanta arrogancia y con tan poco discernimiento, se había desplomado y caído al suelo, causando la muerte de más de un millar de hombres útiles y vigorosos, arrastrando en su ruina deplorable a todos los pobladores de aquellas provincias y retrasando el progreso del país (que más tarde llegará) por los sacrificios que le imponía tan larga y penosa lucha".