jueves, 17 de marzo de 2022

(1673) La trágica muerte del gobernador García de Loyola (muy elogiado por Diego Barros) fue un durísimo golpe moral para los españoles. Con gran ánimo, le sucedió el ya anciano Pedro de Viscarra.

 

     (1273) Nos sigue contando el historiador Diego Barros: "La noticia del desastre de Curalaba se propagó con extraordinaria rapidez, sembrando en todas partes la consternación y el espanto. Los indios amigos que pudieron salvarse de la matanza llevaron el aviso a La Imperial, llegando prontamente a las ciudades más australes. En todas ellas se tomaron las medidas más enérgicas para defenderse. Uno de los indios que lograron escapar del teatro del combate, después de caminar sin descanso en dirección al norte, comunicó en Angol la triste noticia. El corregidor de la ciudad, Vallejo, envió al soldado Juan Donaire a dar el aviso a la ciudad de Santiago y a los lugares por donde tenía que pasar. Allí, en medio del   sobresalto,  el Cabildo y el vecindario reconocieron por gobernador interino al licenciado Pedro de Viscarra, el cual ejercía el mando superior mientras García de Loyola se hallaba en campaña".

     Después, Diego Barros Arana nos describe al sustituto: "Era Viscarra un letrado anciano que residía en América desde hacía más de cuarenta años, y que, como muchos otros individuos de su profesión, había ceñido la espada en las ocasiones de guerra que se habían presentado (fueron muchos los letrados y funcionarios, e incluso algunos clérigos, que empuñaron las armas en las Indias). Licenciado en leyes, pasó al Nuevo Mundo para abrirse una carrera lucrativa, se estableció en Nicaragua y allí contrajo un ventajoso matrimonio. En 1554, un aventurero llamado Juan Gaitán, que había sido desterrado de esa provincia, se alzó en Guatemala a la cabeza de una banda de facciosos, y, declarándose en abierta rebelión contra la autoridad real, volvió a Nicaragua, atacó y saqueó varias ciudades y amenazó a la de León, que era la más importante de todas. El licenciado Juan Caballón, que residía en ella y que ejercía el mando superior de la provincia, formó entre los vecinos una columna, con cuyo apoyo desbarató a los facciosos (de estos hechos ya hablamos hace mucho tiempo). Viscarra, que estuvo en ese conflicto, se distinguió en la batalla por su valor, y recibió una grave herida en un brazo. En Quito continuó sirviendo como militar para combatir al famoso Francisco Hernández Girón que se había sublevado en Perú. Obtuvo por ello diversos cargos administrativos, ejerciendo en Guatemala como relator de la Real Audiencia durante más de dieciocho años. Más tarde, en 1590, el virrey del Perú don Francisco de Toledo le confió el destino de teniente de gobernador y justicia mayor del reino de Chile. El gobernador Martín García de Loyola, que lo conoció de cerca, reconocía  sus cualidades, y no lo consideraba desprovisto de honradez, aunque creía que la avanzada edad lo imposibilitaba para administrar justicia acertadamente".

     Se sabe que Pedro de Viscarra nació en Sevilla, pero las fechas de su nacimiento que se barajan son disparatadas, por demasiado tempranas o demasiado tardías. Aunque Diego Barros no la indica, tiene razón al decir que, al sustituir al gobernador García de Loyola, era yan un anciano. A pesar de su edad, reaccionó con una energía sorprendente de cara a la gravísima situación que le correspondía manejar. Ordenó que se alistara a toda la gente que estuviera disponible, y decidió ir en persona al frente de las tropas, pero, al parecer, distribuyó recompensas con cierto favoritismo, por lo que algunos quedaron descontentos.

 

     (Imagen) Volviendo al momento fatídico de la trágica muerte del Gobernador de Chile MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA, el día 23 de  diciembre de 1598, salta a la vista la diferencia que hubo en las conquistas de distintos lugares de las Indias. Donde había grandes imperios, terminaron por sucumbir, como ocurrió en México y en Perú. Sin embargo, en Chile, cuya población era tribal y peleona, regida por gran número de caciques, y destacando los mapuches por ser una bravísima multitud, los españoles no conseguían  imponerse por completo. El fatídico fracaso sufrido por el gobernador producirá un desplome casi total del dominio que se había conseguido en aquellas tierras. Escuchemos al historiador Diego Barros: "Se puede decir que la derrota y muerte del Gobernador fue la señal de un espantoso e inmediato cataclismo que puso al borde de una ruina completa toda la obra de la conquista de Chile. El trágico fin del gobernador Martín García Óñez de Loyola avivó hacia su persona las simpatías de casi todos los que tuvieron noticia de su muerte. En los documentos de la época se habla generalmente de él con respeto y con estimación. Se ensalzaba sobre todo su piedad religiosa. 'El gobernador pasado, escribía el padre Riveros en una carta que hemos citado anteriormente, era un hombre muy cristiano que se confesaba y comulgaba cada ocho días, honestísimo, amigo de gente virtuosa, muy circunspecto y mirado al gastar de la Real Hacienda, y muy cuidadoso en su gobierno, y sobre todo, gran trabajador en la guerra, pues, por acudir a ella, se olvidaba de su mujer y su hija casi todo el año, a pesar de tenerlas muy cerca de donde andaba'. Este retrato parece verdadero, pero es incompleto. García de Loyola, como lo testifican otros documentos, habría descollado entre los más devotos españoles del siglo XVI, desplegó siempre una gran actividad en el servicio militar, y soportaba con firmeza las privaciones de aquella guerra constante y sostenida que imponía tantos sufrimientos y fatigas. Su correspondencia revela que conoció muchos de los errores de la administración colonial, los abusos que se habían introducido y las crueldades de las que eran víctimas los indios, y que se propuso buscar el remedio contra tantos males. Pero se diría que su inteligencia militar no era suficiente para la situación en que se le había colocado, pues, sin comprender todos sus peligros, llegó a creer que la tranquilidad transitoria de los indios era la consecuencia de sus esfuerzos y de sus trabajos, y no percibió el abismo que amenazaba sepultar en su seno toda la dominación española en Chile". (Diego Barros parece olvidar la crónica escasez de soldados que el gobernador estaba sufriendo).




miércoles, 16 de marzo de 2022

(1672) Contra todo pronóstico, el gobernador Martín García Óñez de Loyola esperaba someter a los mapuches. Pero llegó la catástrofe: en un descuido, lo mataron a él y a casi todos sus acompañantes.

 

     (1272) La desesperación de los españoles iba en aumento porque los mapuches estaban en todo su apogeo, y ellos sin soldados suficientes para frenarlos, debido sobre todo a la negación de los vecinos a participar en la lucha (en otra situación, a algunos les habrían ahorcado por su rebeldía). Ni siquiera pudieron contar con la ayuda del rey Felipe II: "Por más interés que se desplegara en la Corte para enviar esos socorros, llegarían demasiado tarde. El reino de Chile estaba amenazado de una catástrofe horrenda y al parecer inevitable, que algunas personas habían podido prever. García de Loyola, sin embargo, mantenía su confianza, convencido de que los indios se hallaban más o menos sometidos, y de que los indios no podrían intentar un levantamiento que pusiese en peligro el dominio español. No teniendo refuerzos suficientes, el gobernador pasó los meses de verano (en Chile entre 1597-1598) sin atacar a los indios, y ellos también se mantuvieron tranquilos. Con esta seguridad, García de Loyola estuvo durante una parte del invierno preparándose para recomenzar la guerra con más energía en la primavera siguiente. Hizo intentos de levas de soldados en varias ciudades, e incluso volvió a enviar a Perú a otro mensajero, el capitán Jerónimo de Benavides, insistiendo en su petición de ayuda militar. Los resultados no fueron buenos, pero consiguió aumentar el número de sus soldados".

     Al gobernador le llegó de repente, a finales de diciembre, la alarmante noticia, por medio de un indio que envió el capitán Hernando Vallejo, corregidor de Angol, de que los mapuches habían reanudado sus ataques. Sin pérdida de tiempo, Martín García de Loyola salió de La Imperial el 21 de diciembre de 1598 con unos cincuenta españoles y trecientos indios amigos, dejando orden al capitán Andrés Valiente de que le enviara refuerzos, y se dirigió hacia Angol. El camino era muy peligroso por los acechos indios, pero el gobernador no le dio importancia: "El segundo día llegaron a un sitio llamado Curalaba, a orillas del río Lumaco, encajonado allí por altas barrancas, y acamparon cerca de una loma, sin tomar ninguna medida de vigilancia para reconocer los alrededores. En su imprevisión, desensillaron sus caballos y los soltaron en el campo para entregarse al descanso, como si no tuvieran nada que temer. Los indígenas de aquella comarca estaban prevenidos de la marcha del Gobernador. Se ha contado que el mismo indio que le llevó el aviso del capitán Hernando Vallejo, corregidor de Angol, había dado la voz a los bárbaros, y que estos se preparaban desde días atrás para cortarle el camino. Pelantaro, caudillo de los indios de esa región, y guerrero experimentado en estas campañas, reunió su gente en número de trescientos hombres según unos, y de seiscientos según otros, y dividiéndolos en tres cuadrillas, tomó él mismo el mando de una, y confió las otras a Anganamón y Guaquimilla, indios bravos y astutos, el primero de los cuales había de conquistar más tarde un gran renombre. Ocultando artificiosamente sus movimientos, colocaron, solo en las alturas vecinas, algunos espías que les comunicasen todos los detalles de la marcha de los españoles. Al saber que estos quedaban acampados en Curalaba, se prepararon para atacarlos con toda resolución.

 

     (Imagen) Y ocurrió lo irreparable para el gobernador MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA y sus hombres: "Cuando los indios ya estaban sobre el campamento español, comenzaban a asomar las primeras luces del día 23 de diciembre de 1598. Los centinelas españoles, que vigilaron parte de la noche, se habían retirado a dormir a sus tiendas, creyendo que no había nada que temer. Reinaba el más absoluto descuido cuando los indios, haciendo oír los discordantes sonidos de sus trompetas, y apareciendo por todos lados, producían entre sus   enemigos la más indescriptible confusión. En el primer empuje, los bárbaros derribaron las tiendas de los españoles, y, enredando a estos como gorriones en la red, según la pintoresca expresión de un soldado poeta, dieron principio a la matanza. Un solo soldado alcanzó a disparar su arcabuz, y ese fue muerto en el acto de un macanazo. El Gobernador no tuvo tiempo para vestir su armadura. Empuñó, sin embargo, la espada y el escudo, y, rodeado por unos pocos de sus compañeros, trató de organizar la resistencia, o al menos de pelear hasta morir. Su resolución fue absolutamente estéril. El terror se había introducido a tal punto en el campamento, que algunos españoles que habrían podido sostener la lucha, aunque con pocas probabilidades de triunfo, se arrojaron al río, despeñándose por la barranca hasta perecer ahogados o hechos pedazos. García de Loyola y dos de los suyos que estaban a su lado, hicieron, según se cuenta, prodigios de valor, pero sucumbieron pronto, traspasados por las picas de los indios. Desde la tragedia de Tucapel, en la que pereció el gobernador Pedro de Valdivia en 1554, los españoles no habían sufrido un desastre más completo que este, si bien en otros combates habían perdido un número mayor de soldados. En Curalaba sucumbieron casi todos los españoles, soldados, frailes (tan heroicos como los demás) y letrados que acompañaban al Gobernador, siendo aproximadamente cuarenta y cinco españoles y un número considerable de indios amigos. Sólo escaparon con vida algunos de estos indios, que se pudieron fugar, un clérigo natural de Valdivia, llamado Bartolomé Pérez, que fue hecho prisionero, pero que más tarde fue canjeado, y Bernardo de Pereda, soldado español que quedó por muerto en el campo con veintitrés heridas, y que después de las más penosas aventuras durante setenta días, llegó sano y salvo a La Imperial. Los españoles perdieron, además, todos sus caballos y sus armas, algún tesoro que conducían de las ciudades del sur, y el archivo del Gobernador". En la imagen, el cacique PELANTARO, gran vencedor de la batalla de Curalaba.




martes, 15 de marzo de 2022

(1671) Todo estaba en contra del gobernador de Chile Martín García de Loyola: los mapuches atacaban sin cesar, las lluvias eran torrenciales, perdía soldados y apenas conseguía reclutar más. Pero él y sus hombres no cesaban de trabajar y luchar.

 

     (1271) En muy probable que el gobernador García de Loyola se hiciera la ilusión de  que los mapuches se mantuviesen en paz largo tiempo. Sin embargo, por si acaso, planificó otras medidas, y volvió, una vez más, a buscar angustiosamente ayuda en Perú: "Temía que el sometimiento de los indios solo fuera definitivo si, tras aumentar el número de tropas, pudiese fundar una ciudad en el sitio en que había levantado el fuerte de San Salvador y, sobre todo, cuando repoblase la ciudad que había existido en la región de Tucapel. Para conseguirlo, decidió enviar a Perú al maestre de campo don Gabriel de Castilla a pedir nuevos auxilios al Virrey, y redobló sus ruegos a la ciudad de Santiago para que el verano próximo contribuyese con un contingente de soldados. Sus ilusiones aumentaron al comunicarle los españoles del fuerte de Arauco que los indios de Tucapel, cansados de tan largas guerras, y escarmentados por sus derrotas, estaban dispuestos a aceptar la paz. Engañado por estas promesas, el Gobernador resolvió trasladarse a esos lugares en abril de 1597. Pero, cuando llegó a la plaza de Arauco, y mientras se ocupaba en reunir a los caciques comarcanos para tratar la paz, los indios de Purén volvieron a tomar las armas contra los defensores del fuerte de San Salvador y los pusieron a punto de sucumbir".

     Para mayor trastorno, las lluvias tormentosas caídas en invierno habían aumentado el caudal de los ríos y los campos estaban intransitables: "No obstante,  el gobernador marchó resueltamente en ayuda del fuerte amenazado, cuyos defensores eran en su mayor parte soldados inexpertos, y llegó al fuerte en los momentos en que era más necesaria su presencia. Los indios habían comenzado a desviar la corriente del río Lumaco para anegar el sitio en que estaban establecidos los españoles. Fue necesario abandonar ese lugar y construir en otro vecino unas empalizadas. Estos trabajos imponían a aquellos soldados sufrimientos y fatigas que casi es imposible describir. En todo el territorio, la crecida extraordinaria de los ríos causó daños de la mayor consideración. En Santiago, el Mapocho salió de madre, inundó las calles, destruyó muchas casas y causó la muerte de un número considerable de personas. García de Loyola y sus compañeros estaban obligados a trabajar en las empalizadas en medio de tempestades, y pisando sobre el agua y el fango, sin tener abrigo ni de día ni de noche. El Gobernador contrajo una inflamación en la vista que lo puso a punto de perder el ojo derecho. Las dificultades para comunicarse con las ciudades de Angol y de La Imperial, y enviar los víveres indispensables para el mantenimiento de aquella guarnición, habrían sido invencibles para hombres menos enérgicos que aquellos resueltos soldados. Cinco meses resistieron en ese lugar. Una mañana, después de perder ocho hombres, volvían los españoles perseguidos por los bárbaros, y estalló un violento incendio, motivado por el descuido de un muchacho. Se perdieron muchos de sus caballos y una buena parte de las provisiones, y tuvieron que abandonar el sitio, replegándose a Angol. Además, el incendio y esta retirada fueron causa de que la insurrección de los indios tomase mucho mayor cuerpo, de forma que los mapuches se mantuvieron durante la primavera haciendo correrías en toda aquella comarca, e inquietando a los indios que servían de auxiliares a los españoles. El capitán Miguel de Silva, que defendía la plaza de Arauco, desplegó en esa ocasión tanta sagacidad para descubrir los proyectos de los enemigos como audacia para combatirlos".

 

      (Imagen) A pesar de la durísima situación, los españoles seguían creativos: "Mantenían la costumbre de fundar nuevas ciudades. Bajo el mando de Martín García de Loyola, establecieron hacia el año 1596, al otro lado de los Andes, la ciudad de San Luis, condenada por su alejamiento y por su escasez de pobladores a llevar por largos años una existencia oscura y miserable, y se le dio el nombre de San Luis de Loyola, en honor del gobernador de Chile". Por su parte, Gabriel de Castilla estaba ya en Perú mendigándole con angustia al virrey que proporcionase soldados para Chile: "Aunque las noticias sobre la situación de Chile eran muy deprimentes,  el Virrey mandó que se publicase un bando solemne, por el cual se abría un nuevo enganche de voluntarios para ayudar a Chile. Ofrecía que a cada soldado se le pagarían ciento cincuenta pesos si no tuviese armas, y doscientos pesos a los que se presentasen provistos de arcabuz y cota. Aseguraba también que los voluntarios  no estarían obligados al servicio militar más de un año. A pesar de tan ventajosas condiciones, solo alcanzaron a reunirse ciento cuarenta hombres. Don Gabriel de Castilla salió con ellos del Callao y llegó a Valparaíso después de veintidós días de navegación". Superando todos los inconvenientes, el gobernador García de Loyola seguía pensando en atacar a los mapuches a principios del verano: "Había pedido a los vecinos de Santiago que le prestasen los auxilios prometidos de hombres y de caballos. El mismo maestre de campo, don Gabriel de Castilla, había traído del Perú una provisión del Virrey en la que, revocando las permisivas ordenanzas anteriores, disponía que los vecinos de las ciudades de Chile acudieran a la guerra. Pero en Santiago surgieron de nuevo las resistencias, y con tanta resolución, que apenas se pudo conseguir algunos caballos y  convencer a unos pocos soldados. Además, después de inútiles diligencias para engrosar su columna, el maestre de campo Gabriel de Castilla llegaba a Chile, a finales de 1597 , con el escaso contingente de soldados que logró formar en Perú. Privado de los recursos que esperaba, el Gobernador permanecía en las ciudades del sur reducido a la más absoluta inacción. Venciendo no pocas dificultades, había conseguido que esos soldados alistados en Perú para servir solo un año prometiesen seguir algún tiempo más, pero eran insuficientes para tomar la ofensiva. Asimismo, como vimos, habían resultado ineficaces las gestiones que, en este sentido y por orden suya, había hecho Domingo de Eraso en España ante Felipe II, ya que solo obtuvo una promesa de futura ayuda". MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA se negaba a ver que estaba en vísperas de un fracaso total.




lunes, 14 de marzo de 2022

(1670) El nuevo virrey de Perú, Luis de Velasco, pudo con mucha dificultad enviar soldados a Chile, donde el gobernador no lograba reclutar gente suficiente. Al mando de los de Perú, llegaba Gabriel de Castilla, pariente del virrey y descubridor de la Antártida.

 

     (1270) Pero, aunque el virrey García Hurtado de Mendoza parecía querer ningunear al gobernador de Chile, Martín García de Loyola, tenía, además, una razón de peso para hacerlo, y se vio enseguida cuando llegó el nuevo virrey, Luis de Velasco, recién terminado su mandato en México, también como virrey. El mismo Diego Barros nos lo cuenta:  "El nuevo Virrey de Perú tomó el mando el 24 de julio de 1596. Enterado de la azarosa situación en que se hallaba el reino de Chile, mandó inmediatamente hacer levas para formar una columna de tropas, cuyo mando confió a su propio sobrino (otros dicen que era primo carnal) don Gabriel de Castilla, mancebo de pocos años que merecía todo el afecto del Virrey. Pero cuando se levantó la bandera de enganche, y cuando el tambor llamaba a los voluntarios, las gentes abandonaban los pueblos huyendo del servicio militar, y sobre todo negándose a servir en un país cuya guerra de casi medio siglo infundía por todas partes el desaliento y el terror (Chile era un infierno). Los agentes del Virrey se vieron en la necesidad de pagar adelantados a cada soldado ciento cincuenta pesos, y a prometerles con toda seriedad que el servicio no duraría más de un año. Aun así, sólo fue posible reunir doscientos quince hombres, muchos de los cuales eran muchachos inútiles todavía para el servicio militar. Esa columna partía del puerto del Callao (Lima) el 11 de octubre de 1596 con el propósito de alcanzar a servir en la campaña que debía emprenderse en Chile el verano próximo (que allí comienza en diciembre). Un mes más tarde llegaban a Valparaíso esas tropas y se trasladaron enseguida a Santiago para terminar su preparación militar. García de Loyola pensaba que en esta ocasión los vecinos de la capital harían un esfuerzo para ayudarlo con algunos soldados, caballos y armas para iniciar la próxima campaña. Un enviado suyo, el capitán Miguel de Silva, había llegado a Santiago a reclamar estas ayudas, pero encontró en casi todos los habitantes la más obstinada resistencia a abandonar sus casas y a contribuir a los gastos de la guerra. Sólo unos pocos de ellos se prestaron a acudir al llamamiento del Gobernador. Lo único que se consiguió fueron algunas provisiones, visto lo cual, el mismo Gobernador mandó suspender estas  tareas, pidiendo que, el año siguiente, los vecinos de Santiago le prestasen un apoyo más eficaz para poder continuar la guerra".

     El 10 de enero de 1597, comenzado ya el verano chileno, el gobernador Martín García Óñez de Loyola, haciendo de tripas corazón, se dispuso a proseguir batallando con las mermada tropa que tenía: "Se encontraban reunidos en Quinel los soldados que acababan de llegar del Perú, los pocos voluntarios que se alistaron en Santiago y los indios amigos que iban a colaborar. García de Loyola nombró al capitán don Gabriel de Castilla maestre de campo, y fue hacia las ciénagas de Lumaco y de Purén, donde los araucanos frecuentaban correrías con las que inquietaban a los pobladores de Angol y de La Imperial. Las tropas españolas no tenían más de trescientos soldados, pero bastaron para desbaratar a los indios en numerosos encuentros. García de Loyola levantó en Purén un fuerte al que dio el nombre de San Salvador de Coya. Durante muchos días, aquellas tierras fueron el teatro de una guerra incesante. Aprovechándose de la ausencia del Gobernador, los indios sitiaron esa fortaleza, pero sus defensores resistieron, y dieron tiempo a que García de Loyola acudiera en su auxilio. Los bárbaros fueron derrotados de tal suerte, que, al terminarse el verano, en el mes de marzo, la comarca parecía momentáneamente pacificada".

 

     (Imagen) Es de suponer que cualquiera que decidiese ir a la aventura de las Indias tenía que ser un tipo especial. Pero algunos destacaban por sus variados objetivos. Ese fue el caso de  GABRIEL DE CASTILLA (nacido en Palencia hacia el año 1577), quien, según acabamos de ver, llegó a Chile en 1596, enviado desde Perú por el nuevo virrey (pariente suyo) Luis de Velasco, al mando de algunos soldados de refuerzo, y le tocará luchar contra los temibles mapuches. Luis de Velasco había sido virrey de México, estando allí a su lado el jovencísimo Gabriel de Castilla como capitán de artillería, y, al legar a Perú en 1596, lo nombró General del Callao, puerto de Lima. De vuelta a Perú tras las batallas contra los mapuches, el virrey Juan de Velasco lo puso al mando, el año 1603, de tres navíos (uno de los cuales había pertenecido al corsario Richard Hawkins), con el fin de proteger las costas chilenas contra los ataques de piratas, siendo ya entonces la máxima autoridad de la llamada Armada del Sur. Le vino la oportunidad de obtener ese puesto de tanto relieve al desaparecer en el mar quien lo ostentaba anteriormente, Juan de Velasco y Barrio, también pariente del virrey de Perú. Lo cual da muestras claras de que Gabriel de Castilla había alcanzado gran prestigio, y, además, la nueva experiencia lo convertirá en un hombre famoso. De regreso al puerto del Callao, contrajo matrimonio el año 1605 con  Genoveva de Espinosa y Lugo, con quien llegó a tener seis hijos. Durante ese viaje en dirección sur por la costa de Chile, había ocurrido algo que ha colocado el nombre de GABRIEL DE CASTILLA en los anales de la Historia, porque descubrió las heladas costas de la Antártida . Aunque, con dudosos argumentos, algunos atribuyen el mérito a otros navegantes, la referencia más antigua la da un holandés que iba en la expedición de los tres navíos. Se llamaba Laurenz Claesz, y anotó: "Navegamos bajo el Almirante don Gabriel de Castilla con tres barcos a lo largo de las costas de Chile hacia Valparaiso (desde Lima), y desde allí hacia el estrecho (de Magallanes), en el año 1603. Y estuvimos en marzo en los 64 grados, y allí tuvimos mucha nieve. En el siguiente mes de abril regresamos de nuevo a las costas de Chile". Esta latitud no fue sobrepasada hasta el año 1773, por el famoso navegante británico James Cook, quien llegó hasta los 71 grados y 10 minutos de latitud Sur. A finales de 1989  se instaló en la isla de Decepción (a unos 100 km de la costa antártica) el refugio militar Gabriel de Castilla, para apoyar los trabajos de investigación y levantamientos topográficos que allí se estaban realizando en ese momento. La base está gestionada por la División de Operaciones del Estado Mayor del Ejército de Tierra.




domingo, 13 de marzo de 2022

(1669) Está claro que la desastrosa situación de Chile era un pesado lastre para el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza. El gobernador Martín García Óñez de Loyola se desesperaba porque no le llegaba ayuda de allí ni de España.

 

     (1269) Es de justicia reconocerle a Martín García Óñez de Loyola una valentía fuera de lo común por el hecho de aceptar el cargo de Gobernador de Chile, un lugar maldito debido a los brutales y constantes ataques de los incasables mapuches. Hay que dar por hecho que, en las ciudades que habían fundado los españoles, la gente civil viviera inmersa en un pánico constante, temiendo la muerte a manos de los indios, o también, en el caso de las mujeres, algo tan dramático y ultrajante como ser raptadas por ellos, quizá, incluso, después de ver asesinados a sus hijos. Mientras los pobladores de Santiago vivían con temor supersticioso el paso de un impresionante cometa, Martín García de Loyola luchaba en el sur con grandes apuros contra los mapuches. No obstante, fundó, en el inicio del año 1595, una pequeña fortaleza en la ribera del río Biobío, a la que le dio el nombre de Jesús. Luego se dirigió a la zona de Tucapel para destruir los sembrados de los indios. Salió de Santa Cruz con setenta soldados, y, temiendo que los mapuches atacaran esta nueva ciudad, le mandó al corregidor de Chillán, Juan Guirao, que fuese con los vecinos del lugar a defender Santa Cruz durante los quince días que iba a durar su campaña. Pero la gente estaba ya tan harta de problemas, que su orden provocó un motín. Sin  ningún respeto a la legítima autoridad del gobernador, los vecinos se negaron a cumplir la orden, haciéndolo, además, exhibiendo amenazantes sus armas. Al gobernador no le quedó más  remedio que disimular esa reacción anárquica, aunque tuvo la fortuna de que los indios no  estaban en un momento de intensa belicosidad, y no llegaron a entender que era una buena ocasión para lanzar un ataque fulminante.

     Era tan difícil la situación,  que el gobernador se veía obligado a actuar como un desesperado pedigüeño. Confiaba en que, al desparecer el temor a los corsarios que tanto preocupó el año anterior, el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza, estaría en disposición de enviarle la ayuda de soldados que le había pedido con tanta urgencia, y que cada día eran más indispensables. Así que, en junio de 1595, envió de nuevo al Perú al sargento mayor Olaverría para conseguir del Virrey y de la Audiencia de Lima la ayuda que se necesitaba. Además, en el caso de que le negaran su petición, Olaverría quedaba facultado para dirigirse a España y darle cuenta al Rey de lo que estaba ocurriendo. Llegado Olaverría a Lima, se puso en contacto con los oidores de la Audiencia de Lima, y les insistió en que la relativa tranquilidad que entonces mantenían entonces los indios chilenos se debía a la habilidad del gobernador García de Loyola. Afirmaba también que este gobernador, aunque contaba con mucho menos recursos que sus predecesores, había obtenido los mejores resultados, y que terminaría de forma definitiva con aquella durísima guerra si le enviaban los medios que exigía. Y en su informe les reclamaba textualmente "trescientos soldados para suplir la falta de los vecinos, doce mil pesos de plata anuales para comprar las provisiones necesarias, y, especialmente, cien mil pesos para cubrir los gastos del primer año de  la gente de guerra que llegue, pues, de lo contrario, en cuatro meses quedaría desnuda y necesitada". En los memoriales subsiguientes, Olaverría pidió, además, al Virrey la suspensión de las ordenanzas que prohibían al gobernador de Chile hacer servir en la guerra a los vecinos encomenderos de todo el reino.

 

 

     (Imagen)  Sorprende la actitud terca del virrey de Perú García Hurtado de Mendoza negándole ayuda de soldados al gobernador de Chile Martín García Óñez de Loyola. El historiador Diego Barros lo deja muy claro, pero resulta extraño porque Hurtado de Mendoza, que había sido  gobernador de Chile, tenía un gran afecto por aquellas tierras. Barros dice: "Aquellas peticiones, por muy justas que pareciesen, se estrellaron contra la obstinada desconfianza del Virrey en las aptitudes del gobernador de Chile, contra su convencimiento de que la guerra de este país estaba mal dirigida y contra su resolución de limitar cuanto pudiese los gastos de la Hacienda Real". Después de oír las repetidas peticiones de Olaverría (el enviado por el gobernador de Chile), el virrey de Perú tomó en setiembre de 1594 una decisión que parece hipócrita: "En razón a  las peticiones presentadas, y a lo que Su Majestad tiene ordenado, se decide enviar 400 hombres armados, que son con los que se espera que se acabará aquella guerra de Chile; y por tenerse entendido que estos 400 hombres se reclutarán con más facilidad y a menos costa de Su Majestad en Panamá, se enviarán capitanes a aquella tierra para que los alisten y traigan en los navíos de Su Majestad, de manera que puedan estar en el reino de Chile por San Juan del año 1596. De esta manera se podrán evitar la vejación y la molestia que reciben los vecinos con sus recursos ordinarios. Y, en cuanto a los demás dineros y cosas que pide el gobernador de Chile, estamos aguardando la respuesta de Su Majestad". Y continúa diciendo Diego Barros: "Los repetidos esfuerzos de Olaverría para tener una resolución más eficaz y un socorro más rápido, fueron enteramente infructuosos. Todo hace creer que el Virrey de Perú, marqués de Cañete, no pensó nunca en socorrer a Chile con los refuerzos que prometía en esta disposición de septiembre de 1594. Sintiéndose viejo y enfermo, y deseando volver a España para atender sus intereses particulares, que por entonces no se hallaban en buen estado, y solicitar en la Corte el premio de sus servicios, había pedido con instancias al Rey que lo relevase del gobierno del Perú. Felipe II, por cédula de 10 de marzo de 1595, había accedido a su demanda, y nombrado en su reemplazo a don Luis de Velasco, que a la sazón desempeñaba el virreinato de Nueva España (México). Cuando el marqués de Cañete ofrecía ayudar a Chile, tenía ya conocimiento de la resolución del Rey, y sabía que su sucesor debía llegar en breve al Perú. Así, pues, no tomó las medidas convenientes para formar la columna de soldados que tenía ofrecida, y se alejó de Lima en mayo de 1596 dejando al virrey Velasco el encargo de entender en estos asuntos".




viernes, 11 de marzo de 2022

(1668) El gobernador García de Loyola intentó conseguir soldados y dinero por la fuerza, pero tuvo que renunciar por ser ilegal. Envió a su secretario, Domingo de Eraso, a España para pedírselo al Rey, y también fracasó. El gobernador siguió luchando.

 

     (1268) A pesar de que el virrey de Perú había prometido, como mal menor, reclutar en Panamá los soldados que hacían falta enviar a Chile, no lo llevó a cabo. Como el tiempo pasaba y los refuerzos no llegaban, el gobernador Martín García de Loyola consideró que podía desobedecer la orden que había recibido de Perú prohibiéndole reclutar vecinos civiles de Chile para incorporarlos a la guerra contra los indios, así como la de imponerles derramas económicas para costos militares.  En julio de 1594 le dio amplios poderes al sargento mayor Miguel de Olaverría para que entrara en acción: "De inmediato se trasladó Olaverría a la ciudad de Santiago, y, sin tener en cuenta las resoluciones dictadas por el virrey del Perú y por la Audiencia de Lima, comenzó a reunir gente, caballos y armas para la próxima campaña. Esta actitud produjo una excitación general en la ciudad. Todo el mundo protestaba por la decisión del Gobernador, el Cabildo se reunió parta tratar el asunto, y las quejas resultaron patéticas. Las crónicas indican que 'Los vecinos y moradores de la ciudad dijeron que estaban muy afligidos, y clamaban en las plazas contra los llamamientos para ir a la guerra y contra las derramas de dinero que se les imponían. Los predicadores en los púlpitos, y las mujeres por las calles, cargadas con sus hijos, lloraban y pedían a Dios por los daños que recibían'. El Cabildo decidió demostrar que los actos del Gobernador eran ilegales y, asimismo, enviar al sur a uno de sus miembros para exigirle el cumplimiento de las resoluciones dictadas por el virrey, siendo elegido para tal fin el capitán don Francisco de Zúñiga, regidor de la ciudad de Santiago".

     El resultado fue que el gobernador se quedó sin los refuerzos peruanos y  sin poder militarizar a la fuerza a los vecinos de la capital, Santiago, y le pasará lo mismo con las ciudades del sur unos meses después. De momento tuvo suerte con los mapuches, porque no eran conscientes de que él estaba en sus peores momentos, falto de recurso militares y sin capacidad de liderazgo. Pero no tiró la toalla, y se concentró en objetivos más  modestos, dedicándose a hacer correrías contra los indios, en las que tanto él como sus capitanes obtuvieron razonables éxitos, logrando, entre  otras cosas, dispersar a un número considerable de indios que se habían reunido en la ciénaga de Lumaco, al sur de Purén. A pesar del exiguo número de sus soldados, en el otoño de 1994 estableció un fuerte para controlar a los indios de Catirai y de Mareguano, poniéndole el nombre de Santa Cruz. Pasado un tiempo, el fuerte se convirtió en ciudad. El 1º de enero de 1595, después de las ceremonias que en estos casos se solían hacer, y según se recogió en acta, "el gobernador Martín García Óñez de Loyola hincó una lanza, y luego hizo levantar el poste de justicia en presencia de todos los capitanes y soldados de su campo,  y, porque todas las buenas obras de este mundo son frutos del árbol de la santa cruz, y para que de ella resulte el amparo y fuerza necesaria para la defensa, predicación y aumento de la fe y ley evangélica, le puso a la dicha ciudad  el nombre de Santa Cruz de Óñez, y a la iglesia mayor el de La Exaltación de la Cruz". Aquella ciudad, fundada tan ceremoniosamente, iba a tener, sin embargo, una existencia efímera. Ya vimos que, en la parte final de su texto, Pedro Mariño de Lobera hace referencia a esta fundación, pero no menciona que iba a desaparecer, porque terminó su crónica antes de que ocurriera.

 

     (Imagen) El vasco DOMINGO DE ERASO había llegado a las Indias en busca de aventuras marineras, pero, en Lima, su paisano el gobernador de Chile Martín García Óñez de Loyola lo fichó como secretario suyo. Y, ante la insostenible situación que los mapuches estaban creando, el gobernador lo envió a España para pedirle ayuda militar urgente a Felipe II, ya que con el virrey de Perú no se había conseguido nada. La misión consistía en lograr el aporte de unos seiscientos soldados, procurando no pasar por Perú para evitar que desertasen al oír las noticias tan preocupantes que se tenían sobre la guerra contra los indios de Chile, como ya  había ocurrido en otras ocasiones. Pero Eraso tenía otro encargo sorprendente, dado el empeño con que el gobernador se estaba enfrentando a los problemas. Quería que le manifestara de su parte al Rey que estaba cansado de tantos servicios en las Indias, por lo que deseaba que nombrase otro gobernador de Chile,  para poder volver a España y vivir con tranquilidad sus últimos días. Eraso partió a principios de 1595, y, por el peligro de los piratas más el percance de un naufragio, no pudo llegar a España hasta el año 1597. Inició sus gestiones de inmediato, pero, con tan mala suerte, que el Rey, gravemente enfermo (murió unos meses después), se veía muy limitado para atender los asuntos públicos, dedicando las pocas fuerzas que le quedaban a ocuparse de las grandes dificultades de la guerra con Francia. Además, como solía ocurrir, los fondos de la Hacienda Pública estaban casi agotados y había otros gastos preferentes, por lo que resultaba casi imposible enviar a Chile el importante contingente de soldados que pedía el gobernador Martín García Óñez de Loyola. No obstante, el competente Domingo de Eraso presentó un extenso y detallado informe en el que dejaba claro que Chile estaba en peligro de perderse y era urgente ir en su ayuda. El Consejo de Indias oyó atentamente su solicitud, reconoció la conveniencia de enviar los auxilios que se pedían, y hasta formuló un acuerdo en el que se fijaba el número de tropas que deberían componer el contingente, las armas y enseres que convenía enviar, y el salario y los premios que podrían darse a los oficiales y soldados que pasasen a servir en Chile durante seis años. Sin embargo, Domingo de Eraso salió de España de vuelta para las Indias a principios de 1598 llevando solamente la incierta promesa de que el reino de Chile sería socorrido. Pero, como veremos,  esa ayuda llegará después de ocurrir una catástrofe de consecuencias irreparables.




jueves, 10 de marzo de 2022

(1667) Los cronistas Góngora Marmolejo y Mariño Lobera nos han llevado hasta el año 1592 de la historia de Chile. Pero lo que sigue es de dramática importancia, y continuaremos con el historiador Diego Barros Arana.

 

     (1267) Hemos terminado ya con la crónica de Pedro Mariño de Lobera, y su final es un gran elogio a la labor de pacificación que había hecho el gobernador Martín García Óñez de Loyola. Estaba siendo muy afortunada hasta entonces, pero al gobernador le va a costar muy cara su valentía, produciendo, además, consecuencias que afectarán a todos los españoles. Fueron hechos muy importantes que merecen ser conocidos y, para ello, a falta ya de cronistas de la época, utilizaré como apoyo la 'Historia  General de Chile' que escribió DIEGO BARROS ARANA, porque, entre otras virtudes, se le atribuyen la de ser muy objetivo. Según cuenta, el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza no confiaba mucho en las cualidades de Martín García de Loyola. Nunca creyó que fuera capaz de llevar a buen término  la misión que le encomendó Felipe II. Aceptó de mala gana reconocerlo como gobernador de Chile y no le facilitó la ayuda que necesitaba. Incluso llegó  pedirle al Rey  que lo sustituyera por otra persona más competente. Y añade Diego Barros: "Pero, aunque el virrey de Perú hubiera querido socorrer a Chile, los sucesos de que vamos a hablar más adelante se lo habrían impedido". El problema no era Martín García de Loyola, que lo estaba haciendo muy bien, sino los mapuches, como siempre.

     El historiador menciona a otro español que ya citó Mariño como unos de los hombres de confianza del gobernador García de Loyola. Se trataba de Miguel de Olaverría, con el que tendría buena amistad, ya que lo más probable es que fuera también vasco. De hecho, el gobernador, harto de la escasez que padecía de soldados, hizo un intento de conseguir ayuda del virrey de Perú, y para ello lo envió a Olaverría con esa petición. No hubo manera de convencer al virrey, y entonces Olaverría, a la desesperada, se presentó en enero de 1594 ante los oidores de la Audiencia de Lima, cuyas influencias eran poderosas. Y, para hacerles comprender lo desesperado de la situación, les presentó un informe (que todavía se conserva en los archivos oficiales) muy detallado y lleno de sensatas  razones, que hoy nos hacen comprender lo difícil que era vivir en Chile. Dice Diego Barros: "Exponía allí las penurias por las que pasaba Chile, la extraordinaria disminución de sus tropas por causa de la guerra, de las epidemias y de la deserción o abandono del país, la gran pobreza que se padecía, así como el peligro que había de que se despoblasen sus ciudades y de desaparecer todo lo realizado durante la conquista, si no se le prestaban los socorros más indispensables. En consecuencia, pedía que se enviasen a Chile quinientos soldados de refuerzo, sesenta mil pesos en dinero para pago de sueldos atrasados, y otros cuarenta mil cada año hasta que se consumase la pacificación definitiva del país. Todo ello dejaba ver la urgencia que había en socorrer al gobernador de Chile".

      Pero el  virrey se opuso a enviar gente a Chile, alegando además que, debido a la mala fama de la situación en aquellas tierras, provocaría el rechazo de los españoles de Perú, y prefirió que se reclutaran unos trescientos hombres en Panamá. Por si fuera poco satisfactoria esta situación, los oidores de la Audiencia de Lima tomaron otro acuerdo que luego ocasionó graves problemas en Chile. Esto es lo que decidieron: "Ordénese al Gobernador Martín García de Loyola, por ahora, que no utilice a los vecinos de las ciudades de aquel reino para la guerra, ni les cobre derramas para ella, y que solamente les obligue a que cada ciudad de la comarca envíe la cantidad de comidas, de los frutos de sus haciendas, que fuesen necesarias".

    

     (Imagen)  La crónica de Pedro Mariño de Lobera termina con la llegada, a finales de 1592, del nuevo gobernador de Chile, Martín García Óñez de Loyola. Corregida por el jesuita Bartolomé, estaba lista para ser publicada el año 1593 (pasaron siglos hasta que se pudo ver impresa). Y la termina alabando los importantes éxitos que en pocos meses consiguió el gobernador. Pero pronto dará todo un vuelco dramático en Chile, y, a falta de crónicas de la época, me apoyaré en el texto del historiador chileno DIEGO BARROS ARANA, aunque llegando solamente hasta donde tenga interés el proceso de la narración. Este historiador nació en Santiago de Chile el año 1830, y murió, también allí, en 1913. Tuvo una vida  muy intensa y fructífera. Utilizaré para este trabajo su obra más importante, titulada HISTORIA GENERAL DE CHILE (contiene 16 tomos que fue publicando desde 1884 hasta 1902). Sus primeros estudios no tuvieron nada que ver con temas históricos, pero, como ávido lector, fue adquiriendo conocimientos que le despertaron el interés por los tiempos pasados de Chile, y la Historia se convirtió en su verdadera vocación. Ejerció en puestos académicos importantes, que derivaron también en actividades políticas, campo en el que se mostró siempre como un firme liberal, lo que incluía una dura oposición a las influencias religiosas. Ejerció asimismo como mediador diplomático, siendo una de sus misiones la de resolver el conflicto entre Chile y Argentina sobre el reparto de la Patagonia. Es curioso que tuviera varios amigos de apellidos vascos, lo que quizá se debiera a que su ascendencia lo fuera, ya que tenía como segundo el de Arana. DIEGO BARROS ARANA era un hombre muy apreciado porque sus grandes méritos no estaban reñidos con la sencillez. El crítico literario, escritor y político chileno Pedro Nolasco Cruz Vergara dijo de él: "Es muy raro encontrar un autor que conozca bien los límites de su ingenio, que prometa únicamente lo que puede cumplir y que cumpla lo que promete. Esta probidad tiene su recompensa. El que ejercita sus facultades en la esfera que le corresponde y no se empeña en aplicar las que no están a su alcance, consigue desarrollarlas en sumo grado, y hará bien cuanto haga. A esa clase de escritores pertenece Diego Barros Arana". Y, recientemente, Luis Emilio Rojas, autor del libro Biografía Cultural de Chile, añadió: "Diego Barros Arana es el punto obligado, la referencia precisa, la síntesis de nuestro pasado y la base fundamental de cuanto trabajo de esta misma naturaleza se haya editado posteriormente".




miércoles, 9 de marzo de 2022

(1666) Se nos acaba aquí la crónica de Pedro Mariño de Lobera, y lo hace con una gran alabanza al gobernador Martín García Óñez de Loyola (que pronto morirá). Pero seguiremos contando la aventura de Chile recurriendo a un historiador chileno.

 

     (1266) Por su parte, el gobernador Martín García de Loyola no bajaba la guardia y tenía entre ceja y ceja el empeño de continuar acosando a los mapuches: "Fue a la sierra del Aulamilla, donde estaban los indios, y, aunque era difícil entrar, por haber mucho boscaje, le mandó al sargento mayor Miguel Olabarría (fue autor de un informe sobre la situación de Chile) que atacase con sesenta arcabuceros,  y lo hizo tan resueltamente, que a la primera rociada echaron a los indios del fuerte quedando algunos de ellos muertos, y asimismo resultaron heridos diez españoles, uno de los cuales fue el sargento mayor, sufriendo dos heridas de las que estuvo manco más de ocho meses".

     Pelear no era suficiente para el gobernador, pues pensaba en más cosas: "Llegado el año de 1595, fundó Martín García Óñez de Loyola una ciudad en la zona de Millapoa, que está junto al río Biobío, y le dio el nombre de Santa Cruz de Óñez. Esta población fue de suma importancia para tener a los indios a raya, pues hasta entonces eran señores de todas las tierras próximas a Concepción de la otra parte del río. Y con ello se han sometido, quedando pacificados no solamente los indios de ambas vegas, sino también los de Arauco, Talcamavida, Mareguano, Laulamilla y Chipimo, que son más de las dos terceras partes de los indios que Loyola halló rebelados en Chile. Y para tenerlo más asegurado, fabricó en el otro lado del río el fuerte de Jesús, para imitar a su tío (tío abuelo) Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, y por más asegurar el territorio con este divino nombre".

     Pero nunca faltaba algún sobresalto: "Contra esta fortaleza vino un indio llamado Nangalién, que era un capitán valerosísimo y cacique de la provincia de Mareguano. Le habían facilitado el acceso los indios que acababan de ser pacificados, ya que seguían viendo con malos ojos a los españoles. Llegó un día al amanecer con trescientos hombres, cogiendo descuidados a los españoles, que eran solo veintidós. Dio la alarma el centinela sin que se hallase hombre vestido, salvo un soldado viejo llamado Ríos que acudió al portillo por donde ya los indios iban entrando. Derribando dos de un arcabuzazo, puso luego mano a su espada y detuvo el ímpetu de los demás peleando varonilmente. A esto acudió el capitán llamado don Juan de Rivadeneira, y por otra parte fueron los soldados a la puerta principal, que estaba ya casi derribada, y, en particular, Juan Gajardo impidió a los indios que acabasen de derribarla oponiéndose con un mosquete con que mató a muchos enemigos. Viendo los enemigos cuan mal les iba en este asalto, se retiraron, aunque no muy escarmentados, pues tornaron a hacer de las suyas. Por esta causa decidió el gobernador perseguir a este cacique, y envió al sargento mayor Olaverría a darle una trasnochada con cuarenta y cinco hombres en la provincia de Mareguano. Tuvo el sargento buena mano en este lance, porque, entre otros indios, prendió a un cuñado del cacique Nangalién llamado Neretalia, y después de esto fue apresado un hijo del mismo Nangalién, lo cual sintió tanto su padre. que hubo de presentarse en son de paz con todos los suyos, con lo cual quedó la tierra muy tranquila".

 

     (Imagen) Terminamos ya la crónica de Pedro Mariño de Lobera, pero seguiremos con otras fuentes porque es importante hablar de lo que ocurrió después. Estas son las últimas palabras del narrador: "Mucho es de estimar en esta parte la prudencia y ánimo de Martín García de Loyola, pues, en menos tiempo, con menos gente y medios y con ninguna experiencia en cosas de Chile, ha logrado lo que otros gobernadores no pudieron, y se ha mantenido en paz y con el respeto de todos. Se ha atrevido a cosas extraordinarias, como salir solo a hablar con algunos indios rebelados sobre la paz. estando a vista de ambos ejércitos". Luego el cronista alaba una tomadura de pelo con la que el gobernador engañó a los temibles mapuches. Para bajarles los humos, los retó a un enfrentamiento un día determinado, que aceptaron con entusiasmo y seguros de vencer. Pero el gobernador llegó a propósito al lugar con sus hombres tres días antes, encontró a unos indios despistados y les dijo que fueran adonde sus caciques y les dijeran que los consideraba unos cobardes por no haberse presentado. El caso es que los caciques, al recibir el mensaje, quedaron perplejos, pensando que habían entendido mal la fecha, y se sintieron avergonzados de haber dado esa imagen de temerosas gallinas. Dicho lo cual, el cronista termina su texto de esta manera: "Para remate de esta historia, advierto que es mucho de ponderar el tesón de los indios, pues nunca se ha visto que ninguno de ellos se rinda ante un español, aunque le cueste la vida. Suele ocurrir estar un indio ante dos o tres españoles armados y no rendírseles hasta morir. Porque lo que más les duele de todos sus trabajos, es servir a gente extranjera, y, para evitar esto, llevan sustentando la guerra desde hace casi cincuenta años. Por lo cual han padecido tanta disminución, que, donde había mil indios, apenas se hallan ahora cincuenta. Y por esta causa está la tierra muy empobrecida y miserable, sin otro remedio más que la esperanza del cielo. Concluyo diciendo que el escribir muchos libros es cosa sin propósito, y que lo que importa es que oigamos este razonamiento: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque Dios ha de nivelar todas las cosas en su juicio y sentenciar lo bueno y lo malo según la balanza de su justicia. Y si este santo temor hubiera sido el impulso con que se conquistaron estos reinos, no estuviera esta historia llena de tantas calamidades como el lector ha leído en ella. Ojalá quiera Dios poner en todo su piadosa mano, para que en los corazones haya más amor suyo y más feliz prosperidad en los acontecimientos". Buen consejo final, pero añadido, probablemente, por el jesuita Bartolomé de Escobar.




martes, 8 de marzo de 2022

(1665) Veremos pronto que, a pesar de sus victorias, el gobernador Martín García Óñez de Loyola morirá en la batalla de Curalaba. Le ocurrirá lo mismo a otro héroe casi anónimo: Antonio de Galleguillos.

 

     (1265) Ya hemos hablado de ello, pero el cronista nos explica cómo se dio la alarma de que se acercaban piratas ingleses: "El gobernador Martín García de Loyola envió al capitán Juan Martínez de Leiva en una galizabra (embarcación de vela latina) para que descubriese a cierto corsario inglés que andaba costeando este reino, al cual apresó después en el Perú el marqués don García Hurtado de Mendoza, virrey de aquel territorio, enviando para ello a su cuñado don Beltrán de la Cueva, hijo del conde de Lemos. Fue este viaje de Juan Martínez de Leiva de mucha importancia, porque dio aviso en el Perú de la entrada de este corsario por el Estrecho de Magallanes, con lo cual se pudieron preparar las cosas necesarias para cogerlo. Hecho esto, se fue el gobernador Martín García de Loyola a Concepción donde invernó, y llegada la primavera, que entra por setiembre, recogió los pocos soldados que había y se fue con ellos a las ciudades del norte, donde anduvo multiplicando su gente. Habiendo juntado doscientos hombres, volvió con ellos a Talcamavida y Mareguano talando las sementeras de los indios y matando muchos de ellos. De manera que, por esto y por la singular prudencia con que procedía en todas las cosas, vinieron los indios de las riberas de Biobío en son de paz, cosa que no se había visto en estas tierras desde los tiempos del gobernador don García de Mendoza. Con este feliz suceso se quedó allí hasta el año 1594".

     Como siempre, en Chile uno de los problemas más graves era la falta de suficientes soldados para mantener pacíficos a los contumaces indios. El gobernador, una vez más, quiso obtenerlos del virrey de Perú, y envió con esa misión al maestre de campo Alonso García Ramón. El virrey no pudo conseguirle lo que le pedía, y, tras regresar de vacío el mes de marzo de 1594, el gobernador Martín García de Loyola se empeñó en encontrar alguna solución: "Le encargó de nuevo al maestre de campo la búsqueda de soldados, pero esta ver en la ciudad de Santiago, y, por su parte,  él mismo en persona fue a las ciudades del norte, y, habiendo juntado doscientos veinte hombres, hizo maravillosas campañas en las provincias de Mareguano y Talcamavida durante todo el año.  En una de ellas, sabiendo que había una junta de enemigos en la ciudad de Purén, fue allá con 130 hombres y acometió a los enemigos, que serían unos 300, y aunque halló ser la ciénaga casi inexpugnable, por la que no se podía entrar a caballo, se metió en el agua y le mandó al capitán Antonio Recio que le siguiese, quedando detrás los de la arcabucería para que los indios no molestaran a los nuestros. Y de esta manera, ganó este capitán el sitio de la ciénaga con muerte de muchos contrarios. Aun así, recibieron algún daño los españoles y en particular el capitán Antonio de Galleguillos a quien dieron un flechazo en un ojo.  Era este capitán corregidor de La Imperial, lo cual dio ánimo a los indios para atacar la ciudad, viendo que estaba herido quien era su cabeza. Se juntaron doscientos indios de a caballo, entraron dentro de ella corriendo todas las calles y quemaron muchas casas, sin poder impedírselo los soldados del pueblo, que eran más de cien.  No obstante, se levantó el herido corregidor, acaudilló a su gente, y fueron en seguimiento de los indios, los cuales, en su retirada, iban a matando muchos de los yanaconas que luchaban junto a los españoles".

 

     (Imagen) El cronista acaba de ensalzar el coraje de ANTONIO DE GALLEGUILLOS por haberse puesto, a pesar de sus heridas, al frente de los soldados que había en La Imperial. Tenía el cargo principal de la ciudad, el de corregidor, lo que ya dice mucho de su valía. Sin embargo han quedado pocos datos biográficos suyos. Quizá pase a la historia por el hecho de que fue uno de los que murieron, el 24 diciembre de 1598, en la decisiva batalla de Curalaba, donde veremos que también perdió la vida el gobernador MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA. Esa  victoria mapuche va a cambiar por completo los planes de los derrotados. Los españoles dejarán, durante largo tiempo, de insistir en someter a indios tan bravos, brutales y tercos, y se limitarán a defender las ciudades que habían fundado. El corregidor Antonio de Galleguillos era un criollo nacido en Osorno (Chile) hacia 1560, e hijo del capitán y funcionario español Alonso de Galleguillos. Pero la trágica muerte de un soldado no solía suponer el final para los logros de sus descendientes, porque  casi siempre había alguno que cogía la antorcha del fallecido. Primeramente lo hizo su yerno, Álvaro Gómez de Astudillo, el cual ejercía como maestre de campo, pero quien más destacó fue un  hijo de este y nieto de Antonio de Galleguillos, llamado casi como él: ANTONIO GÓMEZ DE GALLEGUILLOS, de quien daremos algunos datos.  Nació en La Serena (Chile) el año 1638, siendo ya su familia muy acaudalada, y allí se casó en 1564  con Catalina de Riberos y Castilla (también en buena posición social), bisnieta del gran conquistador Francisco de Aguirre (antiguo gobernador de Chile al morir Pedro de Valdivia), naciendo del matrimonio doce hijos, y llevando todos los apellidos de 'Galleguillos Riberos de Castilla' (cosa poco frecuente entonces porque los hermanos tenían a veces apellidos diferentes). No solamente fue un capitán de caballería y maestre de campo que se lució en las batallas, además de corregidor y alcalde de La Serena, sino que también se dedicó a actividades muy lucrativas, entre otras, las de la minería, los negocios financieros, la ganadería (siendo tu trabajo de mucha importancia para la creación del caballo típicamente chileno) y la agricultura, con cultivos de trigo, oliva y vid, consiguiendo en esta faceta elaborar productos que dieron prestigio al vino chileno. Lo cual no fue una casualidad, ya que Antonio Gómez de Galleguillos demostró ser un empresario meticuloso y preocupado en extremo por el detalle. ANTONIO GÓMEZ DE GALLEGUILLOS falleció el año 1695 en La Serena, siendo enterrado en la iglesia de San Francisco, donde había instalado un panteón familiar.




lunes, 7 de marzo de 2022

(1664) En 1593, los vecinos de Santiago recibieron con gran entusiasmo a los primeros jesuitas, cuyo padre superior era BALTASAR PIÑAS. Se dedicaron a su especialidad, la enseñanza y la conversión de los nativos. El gobernador seguía luchando.

 

     (1264) Nos cuenta el cronista cómo hicieron los jesuitas  el viaje a Chile:  "Partieron los ocho religiosos del puerto del Callao de Lima en el mes de febrero del año 1593, y tuvieron una procelosa tormenta en la que se vieron en gran peligro, llegando finalmente al puerto de La Serena, desde donde fueron todos en procesión hasta la ciudad, caminando muchas personas descalzas por haberlo prometido durante la tormenta. Los vecinos de este pueblo les pidieron con insistencia a los dichos padres que se quedasen allí, al menos dos de ellos, pero no fue posible porque no se había tramitado el permiso en la capital de Chile. Habiendo caminado los padres sesenta leguas, llegaron a los cercanías de Santiago, donde se había preparado todo para salir a recibirlos, pero los padres, queriendo evitar ruidos y aplausos, caminaron gran parte de la noche, y amanecieron dentro de la ciudad sin ser oídos ni vistos. La alegría, los júbilos y la devoción que se les hizo a esos padres no son explicables en pocas palabras, especialmente por ser el padre Baltasar Piñas hombre amabilísimo, y en todas partes muy respetado por su santidad y por su voluntad de agradar a todos. Causaba admiración que, desde el principio de su llegada, los indios hacían grandísimas procesiones todos los domingos cantando por las calles la doctrina cristiana, y era un espectáculo que embelesaba a la gente de la ciudad, que echaba  mil bendiciones a estos religiosos que tal mano tenían para emprender grandes cosas en poco tiempo. Y lo que más les admiraba era ver que un hombre como el padre Valdivia, recién llegado a aquella tierra, había aprendido en un mes el lenguaje de los naturales, que lo encontraban tan carismático, que andaban tras él en grandes cuadrillas colgados de sus palabras y mirándolo con tanto amor como si fuera su padre. Los españoles, admirados de su valía, decidieron conseguirles una casa, y les compraron la que había sido del fallecido gobernador Rodrigo de Quiroga, el cual había deseado mucho llegar a ver gente de la compañía de Jesús en este reino de Chile. Aquí fundaron los padres su colegio, en el que pusieron sus escuelas de latinidad para educación de la juventud, con lo cual culminar la buena obra que los padres hacían, y satisfacer el deseo con que anhelaba todo el reino de Chile ver a sus hijos en esta ocupación tan importante. Dio principio a este servicio un sacerdote llamado Gabriel de Vega, muy capaz de darlo a escuelas de más alta ciencia, lo que no le impidió  aprender luego la lengua de los indios y trabajar con ellos en las cosas de sus almas. Y, como para atender tan diversos servicios eran necesarios más jesuitas, volvió a la ciudad de Lima el padre Luis de Estella, que era un religioso muy cabal, con cuya misión fueron enviados más religiosos a este colegio de Chile, de manera que aumentó el número de ellos y la fuerza de los ministerios propios de la Compañía de Jesús".

     El cronista vuelve a las batallas con los mapuches: "Al principio del año de 93 fue el gobernador al fuerte de Arauco, y, viendo que el lugar estaba en buenas condiciones, partió para la provincia de Tucapel, donde los indios estaban mucho más agresivos que en otras partes. Fue grande el estrago que allí les hizo, talando los campos, recogiendo ganados y apresando muchos indios, además de haber muerto buena cantidad de los que ofrecieron resistencia. Luego volvió a la fortaleza de Arauco, y la tornó a abastecer de lo necesario para el invierno, que tardaría en llegar".

 

     (Imagen) Nos ha dejado claro el cronista que el jesuita BALTASAR PIÑAS era un hombre de excepcional valía, siendo admirado por todos los que lo conocieron. Estaba al frente, ya con mucha edad, de los primeros jesuitas que llegaron a Chile. Haremos un resumen de la apasionante biografía de este héroe de la espiritualidad. Había nacido en Sanahúja (Lérida) el año 1528. Estando en Valencia, ingresó en la Compañía de Jesús (fundada en 1534) el año 1550. Estudió Teología en Gandía, donde los jesuitas, dedicados desde un principio a la enseñanza, habían fundado su primera universidad, por iniciativa de Francisco de Borja, quien fue, además de jesuita, duque del lugar, y, tras su muerte, canonizado como santo. Fue ordenado sacerdote el año 1554 en Albarracín, de donde tuvieron que salir los jesuitas, ya desde aquella época envueltos en conflictos sociales. Se trasladó a Pedrola (Zaragoza), y allí, también cosa típica de su orden religiosa, estuvo evangelizando a musulmanes. Fue enviado a Cerdeña, donde estableció a los primeros jesuitas de la isla y fundó dos colegios de enseñanza. Regresó a Zaragoza el año 1570, y, dado su prestigio, le encomendaron la formación de los novicios jesuitas. Fallecido Francisco de Borja, que era el Padre General de los jesuitas, Baltasar Piñas asistió en Roma el año 1573 al nombramiento de su sucesor. Inició en 1575 su aventura definitiva, pues formó parte de un grupo de jesuitas, encabezado por Jesús de Cerdeña, que salieron con destino a Perú para reforzar a sus compañeros y hacer una inspección sobre sus actividades. Su valía se impuso en cuanto llegó. Los jesuitas lo nombraron en 1576 representante suyo en Madrid y Roma para todas las cuestiones relativas a su orden religiosa. Volvió a Perú cinco años después, pero no con las manos vacías, sino acompañado de otros 16 jesuitas. En cuanto se le confió el gobierno de toda la orden en Perú, decidió no aumentar el número de integrantes, dando preferencia a mejorar la disciplina de sus 130 miembros. Participó como provincial de su orden en el Concilio de Lima (año 1582), presidido por Toribio de Mogrovejo, el futuro santo. Fundó una misión en Tucumán (Argentina), y después un colegio en la muy lejana Quito, donde fue heroico atendiendo a enfermos durante una epidemia de peste. Lo acabamos de ver, en 1593, llegar a Chile al mando de los primeros jesuitas y fundar un colegio en Santiago. El año 1595, el extraordinario BALTASAR PIÑAS regresó a Perú, muriendo en Lima poco después.




domingo, 6 de marzo de 2022

(1663) El gobernador García de Loyola, en cuanto llegó a Chile, luchó con éxito contra los indios. Con él llegaron los primeros jesuitas, partidarios de pacificar a los indios sin violencia (pecando de optimismo). El superior era Baltasar Piñas.

 

     (1263) Estaba claro que el gobernador Martín García de Loyola tenía el firme propósito de enfrentarse a los mapuches con todas las consecuencias: "Determinó el Gobernador ir al territorio de Arauco, tomando tan a pecho las cosas de la guerra, que se propuso no asentarse en Santiago mientras ella durase y él permaneciese en el cargo. Y para no dejar raíces que le obligasen a volver algunas veces a esta ciudad desamparando la zona fronteriza con los enemigos, llevó consigo a su mujer y a toda su casa, y partió con casi trescientos soldados que juntó con harto trabajo, ayudándose de alguna derrama impuesta con mucha suavidad, más con ruegos que con exigencias, haciendo ver a los vecinos la necesidad presente y que era un asunto que afectaba a todos. La mujer de Loyola era una hija de los reyes indios del Perú, y la habían pretendido por mujer algunos caballeros de mucha estofa por su calidad y rentas, que eran de gran suma, por lo cual le pareció al comendador que podría ser esto de algún efecto para que los indios se allanasen viendo que una de su nación era mujer del inca que gobernaba la tierra, como en efecto lo fue, y por esta causa la llevó consigo sacándola de entre la gente que estaba de paz donde no había necesidad de este medio. Y habiendo llegado a la ciudad de la Concepción, no quiso parar en ella muchos días, saliendo pronto para volver a Arauco, donde era toda la refriega. Dentro de pocos días pasó con su campo el río de Biobío y lo asentó en Colcura, al pie de la famosa cuesta de Avemán, que está a cuatro leguas de Arauco. En este tiempo salió el maestre de campo de la fortaleza y tuvo una guazabara (lucha) con algunos escuadrones de los indios que le tenían cercado, de donde salió con la victoria habiendo matado a cien de ellos. Y como por una parte vieron esta pérdida y por otra lamentaron la llegada del gobernador, alzaron el cerco no atreviéndose a hacer frente a tanta gente española".

     Nos hace saber ahora el cronista (o quizá, más bien, el último corrector del texto, el jesuita Bartolomé de Escobar) que llegaron entonces a Chile, por primera vez, unos clérigos poco conocidos en las Indias: "Días después de la venida del gobernador Martín García de Loyola, llegaron algunos padres de la Compañía de Jesús, de cuya institución nunca se había visto hombre en Chile hasta entonces. Habían sido muy deseados por todas las personas graves interesadas en su aprovechamiento espiritual, y en particular de los gobernadores anteriores, por la buenas noticias que tenían del mucho fruto que estos padres habían hecho en el Perú, y el gran cambio que en aquellas tierras se experimentó por su correcta doctrina y buen ejemplo. Por esta causa, le suplicaron al rey Don Felipe Segundo que ayudase a este reino de Chile con algunos padres jesuitas, esperando por su medio lograr el sosiego que no habían podido alcanzar en tantos años por fuerza de armas. Acontece no pocas veces que las empresas arduas que no se consigue efectuarlas con grandes medios humanos, se logran con gran facilidad por la intervención de los servidores de Dios con la fuerza de sus oraciones, e incluso pacifican a los hombres, aunque sean enemigos, con la eficacia de las palabras que Dios pone en sus lenguas". Está haciendo referencia a que los jesuitas, enemigos de emplear la violencia con los nativos, consiguieron su amistad con su espíritu evangélico. Esto creó un gran malestar en varios países, que incluso los expulsaron de sus dominios, y hasta consiguieron muchos años después que el Papa suprimiera temporalmente sus actividades. Un ejemplo claro es lo que cuenta el argumento de la película La Misión, donde aparece Robert de Niro como un soldado portugués esclavista, arrepentido y puesto al servicio de los jesuitas para evitar la destrucción de los indios, y de su  mundo, al que la deliciosa música de Ennio Morricone convierte en un escenario idílico".

 

     (Imagen) Llegaron a Chile casi al mismo tiempo y por primera vez los jesuitas  y el nuevo gobernador, Martín García de Loyola, quien quizá influyera para que los sacerdotes lo hicieran, ya que, siendo sobrino nieto de San Ignacio, les tendría aprecio. Sigamos la  crónica, y no olvidemos que su redacción estaba revisada por el jesuita Bartolomé de Escobar: "Su majestad autorizó que fueran desde España  a Chile ocho religiosos jesuitas,  pero, llegados a la ciudad de Lima, le pareció oportuno a su provincial trocar algunos de ellos con otros más experimentados en aquellas tierras, para que se organizase esto más acertadamente. Además, sabiendo que sería muy bueno para el  servicio de Dios, se le encargó esta empresa al padre BALTASAR PIÑAS, de conocida santidad en todo el Perú y en muchos sitios de Italia y España, por donde había andado buscando almas para el cielo con extraordinario fervor de espíritu. También había fundado colegios en algunos lugares de Cerdeña, España y no menos en el Perú, donde fue provincial. Y, últimamente, el colegio de Quito, a donde no había entrado la compañía hasta que él fue a ello el año 1586. Aunque por su mucha edad y cansancio corporal estaba ya retirado, dejó la seguridad por los peligros, no con ganas de batallar, sino de conseguir el bien de las almas. Fueron con él dos sacerdotes nacidos en Chile, que habían ido en su juventud a estudiar en Lima, de donde salieron con muy copioso caudal de letras y mucho mayor de virtud tras catorce años que habían estado en la misma Compañía de Jesús. Uno de estos padres se llamaba Hernando de Aguilera, hijo del capitán Pedro de Olmos Aguilera, de quien se ha hecho diversas veces mención en esta historia, y el otro Juan de Olivares, los cuales fueron a este asunto para que, así como sus padres habían hecho la conquista militar del reino de Chile, y sus hermanos estaban en ella actualmente, ellos se dedicasen a la espiritual, ayudándose con las letras y el espíritu que habían adquirido, y con la lengua de los indios, pues la conocían por haberse criado entre ellos. De la misma manera,  fue con ellos otro religioso llamado Luis de Valdivia, muy docto en cosas de letras y hombre muy espiritual, pero no viejo, el cual, por ser familiar del difunto gobernador Valdivia, partió con pretensión de imitarle en el valor, aunque de diferente manera, con celo de irse ganando pronto las almas de los indios, cuyas tierras había ganado su pariente, y también para reparar de esta forma los daños que les habían hecho a los indios durante las conquistas". Ha quedado retratado el estilo de conversión empleado por los jesuitas: convencer sin violencia, aunque, a veces, les costaba la vida.




viernes, 4 de marzo de 2022

(1662) Fue a Chile un nuevo gobernador, MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA, y lo hizo con gran ánimo, aun sabiendo cuán peligrosos eran los mapuches. Llegó justo un siglo después del descubrimiento de América. ¡Qué fructíferos años!

 

     (1262) Llega un nuevo gobernador a Chile, y el cronista nos lo presenta. Ya he mencionado en varias ocasiones que era un vasco sobrino nieto de San Ignacio de Loyola, el impresionante personaje en el que se dio la circunstancia de que, como ocurrió a veces en las Indias, fue soldado antes que sacerdote (y, por añadidura, fundador de la Compañía de Jesús, que tanta importancia ha tenido a lo largo de la Historia). Se trataba de MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA. Oigamos al cronista. "Habiendo sido nombrado muchos días atrás gobernador del Paraguay Martín García de Loyola, Caballero del Hábito de Calatrava, natural de la provincia de Guipúzcoa, de la casa de Loyola y descendiente de la cabeza de ella, y habiéndose retrasado su viaje, el cual había de hacer desde el Perú, donde residía, le llegaron provisiones del rey Don Felipe Segundo, en las que lo nombró gobernador y capitán general de estos reinos de Chile. Por entonces esta tierra se encontraba a la sazón tan miserable y el estado de las cosas de la guerra tan empobrecido, que, por no poder sustentarlas, había ido don Alonso de Sotomayor (sin saber que había sido cesado como gobernador) a la ciudad de los Reyes (Lima), del Perú, a pedir ayuda de gente, munición y dineros para que no decayesen del todo. Pero aun así, se animó el nuevo gobernador a tomar la posesión de su cargo, entrando a la ciudad de Santiago, con solo dos criados, en el mes de setiembre del año 1592. Fue muy bien recibido por todos, y lo primero que hizo fue enterarse de raíz de todas las cosas que entonces ocurrían, sin querer cambiar ni una piedra hasta tomar el pulso del estado de ellas. Habiendo sabido el gobernador que el maestre de campo Alonso García Ramón, que estaba con ciento treinta hombres en la fortaleza de Arauco, se encontraba en gran aprieto por tenerle cercado más de cuatro mil indios, dio orden de remediar este daño, tomando pareceres de los principales del pueblo y  de los más versados en las cosas de guerra. Como ya estaban todos muy cansados de tan largas molestias y no veían forma de  sacar adelante lo que en cincuenta años no habían podido concluir en tiempos en los que había sido más factible, manifestaron el parecer de que se abandonasen los fuertes que estaban fuera de las ciudades, pues había mucho que hacer en los pueblos, ya que estaban con gran necesidad de gente hacendosa, pues había mucha hambrienta, rota y casi desesperada por tantas calamidades y ninguna manera de alivio ni socorro. Pero se mostró Loyola tan animoso, que, no solamente no abandonó los fuertes ya fundados, ni desistió de la continuación de la guerra, sino que lo tomó todo con nuevos bríos, supliendo con sagacidad y prudencia la falta de medios,  que a la sazón eran muy escasos. Y, para que se consiguiese el refuerzo que se necesitaba, envió a Miguel de Olavarría (otro  vasco), su sargento mayor, a la ciudad de Lima,  del Perú, para que pidiese ayuda de gente y dinero para sustentar la guerra, pues le  constaba enteramente el deseo que don Garcia Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey de aquel reino de Perú, tenía de favorecer las cosas de Chile como cosa propia, por haber sido el más insigne benefactor de este reino". Las últimas elogiosas palabras dejan claro que el jesuita Bartolomé de Escobar, al hacer la última corrección de la crónica de Pedro Mariño de Lobera, quiso poner en muy buen lugar (aunque es cierto que tuvo grandes méritos como gobernador de Chile) al virrey García de Mendoza, quien le había encomendado el trabajo.

 

     (Imagen) Estamos viendo al gobernador MARTÍN GARCÍA DE LOYOLA llegar a Chile EL AÑO 1592, primer centenario de la asombrosa proeza de CRISTÓBAL COLÓN. Desde que  descubrió América, los españoles no dejaron de seguir  hacia delante, PLUS ULTRA. Nada les frenaba, y las consecuencias fueron una mezcla de grandes logros para la humanidad, pero no exentos de horrores y crueldades. Si algo los caracterizó fue el ansia de gloria y riquezas, pero a base de un esfuerzo y un heroísmo extraordinarios, a lo que se añadía un sincero deseo de cristianizar a los nativos. Muchos avances rozaron el fracaso. Colón les falseaba a sus marinos las distancias para que no se amotinaran al ver que el mar parecía inacabable. Igual que a él, España acogió a Fernando de Magallanes, quien encontró el paso, por el estrecho de su nombre, a ese inmenso Océano Pacífico que había descubierto el gran Vasco Núñez de Balboa el año 1513. Masacrado Magallanes por indígenas, Juan Sebastián Elcano completó la vuelta al mundo en 1522. Pero antes, en 1519, Hernán Cortés (quizá el más completo de aquellos héroes), descubrió y conquistó México tras haber estado a punto de que lo mataran. El increíble Francisco Pizarro, cuyos ojos vieron el Pacífico junto a Balboa, tardó ocho terribles años en encontrar el imperio inca y apresar a Atahualpa (en 1532).  Tristemente, luego llegaron las sangrientas guerras civiles de Perú. Por aquel tiempo, el culto Gonzalo Jiménez de Quesada (de quien  ya hablaremos), tuvo la habilidad de mantener su autoridad en Colombia (merecidamente) frente a dos temibles pretendientes, Sebastián de Belalcázar y el alemán Nicolás Federmann. Vimos las aventuras de Álvar Núñez Cabeza de Vaca por las tierras de Florida, y la manera ignominiosa en que, en 1544, fue destituido de su cargo como gobernador del territorio de Río de la Plata, y ahora (año 1592) estamos inmersos en la historia de la conquista de Chile, iniciada por el extraordinario Pedro de Valdivia. Durante estos cien años ha habido personajes de brillo excepcional, tanto militares, como políticos, funcionarios y clérigos, y gracias a su iniciativa, valentía y espíritu emprendedor, se fundaron unas setecientas ciudades, se construyeron numerosas catedrales, y se pusieron en marcha universidades, todo ello con tanta solidez, que, en su mayoría, siguen en pie llenas de vida. Hubo un 'gringo' que admiró incondicionalmente la aventura de los españoles en las Indias: CHARLES F. LUMMIS (fallecido en 1928).