martes, 15 de febrero de 2022

(1646) Un cacique apresado ayudó a pacificar a los mapuches. Hubo otro que creyó haber visto a la Virgen, y sus indios también hicieron las paces. El cronista dedica grandes elogios a Martín Ruiz de Gamboa.

 

     (1246) No hubo en las Indias otros enemigos nativos más persistentes: "Habiendo estado algunos días el gobernador en San Bartolomé de Chillán procurando traer de paz a los indios circunvecinos, supo que en las ciudades del  norte iban las cosas de mal en peor cada día por la gran fuerza de enemigos que las combatían. Y como era tan amigo de acudir en persona al lugar más necesitado, partió luego con todo su ejército para remediar esto en cuanto le fuese posible. Y llegando al río de Nibiquiten, hallaron cierta frutilla a manera de garbanzos, la cual nunca se había visto otras veces que por allí habían pasado los españoles. Se la probó por ser fruta nueva, y, dentro de cuatro horas, caían muertos todos los que habían comido de ella. No hallando otro regalo mejor que este, se fueron hasta la ciudad de Los Infantes (Angol), de donde salieron algunos capitanes a correr la tierra haciendo ejemplares castigos en los rebelados. De aquí pasó la gente a La Imperial, donde se empleó en los mismos ejercicios, sin dejar a los indios un solo día de sosiego ni tomarlo para sí, en razón de acabar ya con tan prolija guerra. Finalmente distribuyó el mariscal sus soldados, enviando al maestre de campo con unos doscientos a recorrer las provincias de Lliben, Ranco y Mague quedándose él con otros cien alojado en los llanos de Valdivia donde tenía frecuentes enfrentamientos. No fue de poca utilidad para el sosiego de muchos indios (amigos) la prisión de uno de ellos llamado Butacalquin, que era de gran valor y prestigio, y guiaba los ataques de los araucanos. El cual, viéndose en cadenas, ablandó su corazón cual otro rey Manasés (rey judío que se arrepintió de haber abandonado su religión y fue perdonado por Dios), según mostraba en su comportamiento, y consiguió pacificar a muchos indios en las provincias de Chillán y  Arauco".

     El cronista se centra en un asunto religioso: "En este tiempo se convocó en la ciudad de Lima, del Perú, un concilio que fue de mucha importancia para el asiento de la doctrina que se enseña a los indios, por haberse dado el catecismo en todas las lenguas más generales de estos reinos. Para esto salieron de Chile los franciscanos don Diego de Medellín obispo de Santiago, y el de La Imperial, don Antonio de San Miguel. Embarcaron en el puerto de Coquimbo el 25 de junio de 1582, y estuvieron más de dos años sin volver por haber durado mucho el concilio". Luego comenta algo extraño, de tipo milagroso: "En el mes de octubre, hicieron los indios consulta general de guerra, y, poniéndose a hablar Almilicán, el principal cacique, comenzó a criticar a los cristianos, y, de repente, enmudeció, quedando con los ojos fijos en el cielo. Le preguntaron la causa, y respondió que estaba mirando a una gran señora puesta en medio del aire, la cual le reprendía su infidelidad y ceguera. Todos levantaron los ojos a lo alto y vieron a la gran princesa que el capitán les había dicho. Sin hablar palabra,  se fue cada uno a sus casas, y, en adelante, no hubo ningún indio que tomase armas contra los cristianos entre las ciudades de Concepción y Angol, habiendo sido los lugares más peligrosos de Chile". Pero en otros sitios siguieron los ataques. En la zona de Ranco y Mangue resultaron muertos muchos indios y heridos algunos españoles. Y en las cercanías de Valdivia, ocurrió que, "al salir el capitán Andrés de Pereda con su gente, lo mataron a él y algunos de los suyos, escapándose los demás por la ligereza de los caballos; de manera que había a diario asaltos y desasosiegos sin haber punto de reposo".

 

 

     (Imagen) El cronista hace un alto para alabar a alguien a quien ya conocemos bien, y al que admiraba mucho: "MARTÍN RUIZ DE GAMBOA, hijo de un hermano de Martín Ruiz de Avendaño, cabeza de su linaje en Vizcaya, salió de casa de su padre de muy poca edad el año de 1548. Y anduvo en las galeras de don Bernardino de Mendoza, con principios que daban muestra de lo que había de ser. Después pasó a las Indias con una prima suya llamada doña Ana de Velasco, mujer del mariscal Alonso de Alvarado. Y estando en la ciudad de Lima, del Perú, tuvo la ocasión de pasar a Chile en compañía de su primo don Martín de Avendaño, a quien envió el virrey don Antonio de Mendoza con cien hombres de socorro. Estando en este reino, sirvió mucho a Su Majestad en todos los lances que ocurrieron. Por lo cual se le dieron algunos pueblos de indios en encomienda, aunque no tantos como sus obras merecían. Andando el tiempo, le casó el general Rodrigo de Quiroga con una hija suya natural, criada con mucho esmero, la cual había estado casada con el capitán don Pedro de Avendaño. Por lo que tuvo ocasión de ser general de este reino, donde se ocupó por muchos años de casi toda la administración del gobierno por estar ya su suegro muy viejo y cansado de las antiguas batallas. Y así, cargaba todo el peso sobre los hombros del Martín Ruiz las dos veces que fue gobernador Rodrigo de Quiroga, además del tiempo en que lo fue el mismo Martín Ruiz. Fue hombre muy valeroso en todas las cosas, y siempre dispuesto a salir a las batallas en persona, sin impedírselo la vejez cuando llegó a ella. Era templado en el comer y beber, y dispuesto a trabajar mucho aun estando lisiado de piernas y brazos por las numerosas batallas que había tenido durante cuarenta años. Lo sometió al habitual juicio de residencia el nuevo gobernador, don Alonso de Sotomayor. Y fueron tantas las exageraciones y tan graves las atrocidades que le imputaban, que parecía más piadoso cortarle diez cabezas si las tuviera. Y estaría muy bien que las tuviera para recibir en ellas diez coronas, aunque, por fortuna, el gobernador sacó la verdad en limpio. Enseguida supo que la primera información se fundaba en pasiones de los vecinos, señores de indios, por haber el mariscal puesto límite en los tributos que les cobraban, de lo cual se ofendieron mucho porque, hasta entonces, habían acostumbrado  a chupar la sangre a los desventurados indios de sus encomiendas. Y también les molestaba que les ordenase aportar dinero para el mantenimiento de los soldados. Don Alonso vio que el comportamiento de Martín Ruiz fue muy razonable, y, así, habiéndolo considerado todo, tuvo al mariscal por hombre cabalísimo en su oficio, como en realidad lo era".




lunes, 14 de febrero de 2022

(1645) El cronista sigue hablando de batallas, pero cuenta dos anécdotas, una de ellas de violencia de género, en cuya redacción se ve la mano culta del jesuita Escobar. Miguel Gómez de Silva y su hijo fueron capitanes importantes.

 

     (1245) Nuevamente el cronista (o el jesuita Bartolomé de Escobar) va a criticar abusos contra los indios. Primeramente habla de que el gobernador Gamboa, quien, como vimos, había sofocado en Santiago un intento de rebelarse contra él, consiguió imponer una derrama económica  a los mercaderes y a otras personas de la ciudad. Pero también necesitaba provisiones para ir de campaña, y estas las obtuvo, al parecer, tomándoselas a los indios amigos: "Consiguió tres mil quintales de bizcocho, cuatro mil tocinos, gran cantidad de cargas de cecina y muchos carneros, todo lo cual salía del sudor de los pobres indios sobre cuyos hombros ponía las cargas después de haber salido de sus costillas. Y esto que escribo ha sido cosa ordinaria en todos los tiempos, lo cual ha perjudicado al fruto que los cristianos podían haber obtenido en Chile acerca de la conversión de los infieles". Y, como las luchas con los indios eran tan repetitivas, añade lo siguiente: "Para evitar ese fastidio, voy pasando muchas batallas dignas de memoria y tocando superficialmente algunas en las que muchos soldados valerosos hicieron cosas dignas de ser recordadas, pero es conveniente evitar la prolijidad en atención al gusto de la lectura. En razón de esto apuntaré brevemente el cerco puesto a la ciudad de Chillan por los indios araucanos y penquinos, cuyo capitán fue Buta Calquen, hombre de gran sagacidad y valentía, contra el cual salió el capitán Miguel de Silva con algunos soldados bien preparados, y mató a muchos de los enemigos poniendo a otros en prisiones, volviendo el resto de ellos desbaratados el día diecisiete de octubre de 1581. Y en el mismo tiempo salió el mariscal Martín Ruiz de Gamboa de la ciudad de Santiago con doscientos españoles y algunos indios amigos, llevando de camino el navío que les tenían preparado donde los promaucaes, con lo que tuvieron sustento en abundancia para muchos meses que anduvieron por los confines de la Concepción, Angol y Congoya, lidiando a los enemigos y pasando calamidades. Viendo el mal camino que llevaban las cosas de Chile y la poca esperanza de su remedio, envió al reino del Perú al capitán Rafael Portocarrero, que era hombre de mucha suerte, para que le contase al virrey don Martín Enríquez de Almansa el progreso de las cosas, y le pidiera algún socorro para no dar con todo al traste".

     Y quizá para hacer más ameno el relato, añade: "Diré dos cosas que sucedieron en este tiempo en la ciudad de Santiago. Una fue que apareció una nube muy grande, la cual era de color de sangre, y comenzó a echar rayos resplandecientes y largos a manera de lanzas.  Además, menguó la mar tan extraordinariamente, que se quedaron en seco dos navíos que estaban en el puerto. Lo otro fue que un hombre llamado Juan Caballero mató a un hijo suyo de poca edad, sobre lo cual pedía justicia su mujer, sin que sirviesen de nada los muchos ruegos de personas serias para que desistiese de su querella, de manera que el marido fue ahorcado. No es cosa nueva en el mundo haber matado, como se lee en las historias, pues consta, según  Plutarco, que Epaminondas mató a su hijo Estesibroto, Erichtes a su hija, también Lisímaco a su hijo Agatocle, Ptolomeo al que le nació de Cleopatra, su hermana, y finalmente Deyotaro a todos que engendró excepto uno. Pero el haber matado muchas mujeres a sus maridos ha sido tan ordinario en el mundo, que no es menester recurrir a los historiadores. Notorio es que Laudisea mató a su marido Antíoco, Fabia al suyo, llamado Fabio, Agripina a Tiberio y Lucila a Antonio Vero". (Se diría que vemos de nuevo la opinión personal y los alardes culturales del jesuita Bartolomé de Escobar).

 

     (Imagen) Van saliendo nombres de capitanes cuya biografía permanece casi oculta. El cronista ha mencionado a Miguel de Silva, cuyo nombre completo era MIGUEL GÓMEZ DE SILVA MANRÍQUEZ. Diremos algo de él y de su hijo, MIGUEL GÓMEZ DE SILVA MORALES. Consta que el padre nació el año 1553 en Ciudad Rodrigo (Salamanca), y que se casó en Chile, hacia el año 1590, con Isabel de Morales, nacida en Toro (Zamora). Miguel de Silva hijo (nacido en Chile en 1594) presentó un informe de sus propios méritos (el de la imagen), pero también de los de su padre, del que dice lo siguiente (resumido): "Mi padre pasó de estos reinos de Chile a los de Perú en servicio del virrey Don Francisco de Toledo, que lo remitió al de  Chile con el general Don Miguel de Velasco para llevar gente de refuerzo, y, en todo el gobierno de Rodrigo de Quiroga, le acompañó en las batallas que se produjeron, como capitán de caballos, por nombramiento del dicho gobernador, por cuya muerte, habiéndole sucedido en el gobierno el mariscal Martín Ruiz de Gamboa, lo  nombró corregidor, justicia mayor y capitán de la ciudad de Angol, en lo que se ocupó algunos años, y después lo nombró corregidor de la ciudad de San Bartolomé de Gamboa (fundada por Martín)". Luego sigue hablando del impresionante historial de su padre, a quien todos los sucesivos gobernadores le confiaron los cargos principales, y da el detalle de que estuvo luchando, en 1598, contra los mapuches cuando mataron al gobernador Martín Óñez de Loyola (sobrino nieto de San Ignacio). Es casi seguro que en la fecha de este informe (año 1635) aún viviera su padre, porque no lo menciona como difunto, y  además afirma que sirvió al Rey en Chile más de cincuenta años. Y, de tal padre, tal hijo, pues también él brilló como conquistador: MIGUEL GÓMEZ DE SILVA MORALES nació en la chilena La Serena el año 1594. Aunque llegó a ser un funcionario real, luchó ya desde muy joven junto a su padre contra los mapuches. Tuvo cargos oficiales del más alto nivel. Fue alcalde de Santiago, la capital del país. En 1645 ejercía el cargo de Corregidor de la Justicia Mayor de la Audiencia Real, que era el puesto más alto de la administración de Chile. Fue también, en 1655, maestre de campo del ejército chileno, y tres años después, tuvo que asumir provisionalmente el cargo de gobernador, por haber sido destituido el oficial, Francisco de Meneses Brito. MIGUEL GÓMEZ DE SILVA MORALES, hombre prolífico, tuvo diez hijos con su primera mujer, Catalina Verdugo, y, con la segunda, Isabel de la Torre, otros seis. Murió en Santiago de Chile el mes de mayo del año 1568.




sábado, 12 de febrero de 2022

(1644) El gobernador Gamboa impuso su autoridad destituyendo a un capitán y parándole los pies de nuevo a Azócar. La revisión de la crónica que hizo el jesuita Bartolomé de Escobar mejoró el estilo, pero le dio un tono clerical.

 

     (1244) Sigue el cronista dando datos de la permanente actividad de los soldados españoles: "En este tiempo, Rafael Portocarrero recorrió diversas veces aquellos territorios con cuarenta hombres, y, además, envió el gobernador a un mestizo llamado Juan de Almendras con trescientos indios amigos a las montañas de la costa, para hacer estrago en sus moradores, pareciéndole que debía efectuarlo todo a fuego y sangre apurando a los rebelados, pues no había otro remedio para pacificarlos. Y se dio tan buena maña, que trajo gran cantidad de gente, dejando muertos a algunos que pretendieron defenderse. Hecho esto, levantó el gobernador su campamento dejando en Quinchilca al capitán Martín Gallego, natural de Badajoz, que era uno de los antiguos conquistadores de Chile. Luego fue a Codico, donde estaba su maestre de campo con sesenta soldados"

     Y vemos ahora un ejemplo de lo que era la disciplina militar en las tropas de las Indias: "Tuvo allí noticia el gobernador de que Martín Gallego había licenciado a ciertos soldados de su compañía para irse a la ciudad de Valdivia. Tomando esto a mal, envió a un soldado, cuyo nombre era Juan de Lisama, a desposeer del oficio de capitán a Martín Gallego y sustituirle en este cargo, como lo hizo puntualmente. Después el gobernador condenó a Martín Gallego a dos años de servicio personal en aquel fuerte, degradado a simple soldado. Luego el gobernador, como Codico no estaba ya poblado de indios amigos porque los había trasladado a Callacalla, abandonó la fortaleza tras haberla incendiado para que no fuese de provecho a los enemigos. Tras lo cual se fue adonde estaba el capitán Salvador Martín con alguna gente española para defensa de los indios pacíficos de la comarca". Hubo también ocasión de limpiar la sucia conciencia de muchos soldados: "Era ya tiempo de Cuaresma del año de 1581, en el cual, con motivo de las confesiones y predicación de un religioso de la orden del glorioso patriarca Santo Domingo, llamado fray Pedro Beltrán, que andaba entre los soldados, se produjo algún cambio en ellos, y el gobernador, con su autoridad, le ayudó al religioso a extirpar las ocasiones de los vicios en los que muchos vivían desenfrenadamente".

     Pero, detrás de un  problema, llegaba otro. Fue entonces cuando ocurrió algo que ya contamos: "Después de esto se recibieron cartas de que en la ciudad de Santiago no habían querido obedecer al capitán Pedro Olmos de Aguilera, que había ido con provisiones para recoger veinte mil pesos de ropa con que se vistieran los soldados, echando una derrama entre los mercaderes donde todos contribuyeran. Además, los del cabildo habían enviado procuradores al virrey del Perú, don Francisco de Toledo, para que remediase lo de los escasos tributos que iban a pagar los indios por voluntad del gobernador". Ya vimos que al gobernador le sentó fatal esta postura, y se fue a Santiago con cuarenta soldados para obligar a cumplir lo que había dispuesto. Los del cabildo salieron a recibirle amedrentados, pero allí estaba el doctor Lope de Azócar dispuesto a resistirse presumiendo de que, por una disposición del Rey, era poco menos que intocable. El remedio fue fulminante: "Se apearon el capitán Juan de Lisama, Nicolás de Quiroga y otros soldados,  dieron con Azócar de la mula abajo, y lo llevaron medio arrastrando a la ciudad, de donde, tres días después, fue llevado al puerto de Valparaíso, y desde allí a la ciudad de Lima, donde era ya virrey don Martín Enríquez de Almansa (que lo había sido de México)".

 

     (Imagen) Como sabemos, BARTOLOMÉ DE ESCOBAR  redactó de nuevo una revisión corregida de la crónica de Pedro Mariño de Lobera sobre la conquista de Chile. Escobar nació en Sevilla el año 1561. Teniendo 20 años, fue con su familia a Perú, donde empezó a estudiar leyes en un colegio de Lima, e ingresó pronto en un seminario jesuita. Terminados sus estudios con  brillantes resultados, se dedicó intensamente a la predicación, y publicó muchos libros, casi todos en latín. Pedro Mariño de Lobera pasó los últimos años de su vida en Lima, donde, al parecer, mantuvo amistad con el jesuita Escobar, quien, a su vez, tenía muy buena relación con el virrey García Hurtado de Mendoza, cuyas actuaciones anteriores como Gobernador de Chile (1556-1561) ya hemos conocido. Mariño de Lobera, poco antes de morir el año 1594, le entregó su manuscrito al virrey, quien, ya fallecido el autor, le confió el texto al jesuita Bartolomé de Escobar para que hiciese una mejora en la redacción. Pero la crónica perdió su estilo original. Vemos que Bartolomé emplea metáforas algo pedantes (acaba de decir que, al tener que huir de los mapuches los indios amigos de los españoles, "hubo en aquella playa un llanto tan doloroso, que la hacía estar más amarga con las lágrimas que salada con las olas"). Y, además, emplea el tono de un predicador que censura duramente los defectos de los conquistadores. Pero parece respetar fielmente los hechos que ocurrieron. Así que habrá que confiar en la veracidad de los acontecimientos que se narran, pero  teniendo en cuenta que la redacción desaparecida de Mariño de Lobera estaría escrita con un estilo completamente diferente, más rústico, pero quizá más entrañable y con juicios de valor moral muy diferentes, como lo son las profesiones de clérigo y militar. Aunque vimos en su día que el también militar Alonso de Góngora Marmolejo criticaba ciertas actuaciones de sus compañeros, lo hacía de manera muy distinta a los modos clericales. Otro detalle negativo es que Escobar, para complacer al virrey, adornó en la crónica sus méritos, y le dedicó su versión en la portada de manera muy llamativa. El libro permaneció en el anonimato hasta ser publicado en Chile el año 1865, con el pomposo título que vemos en la imagen: "Crónica del reino de Chile, escrita por el capitán don Pedro Mariño de Lobera. Dirigida (dedicada)  al Cristianísimo  Señor don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, vice-rey y capitán general de los reinos del Perú y Chile. Reducida a nuevo método y estilo por el padre Bartolomé de Escobar, de la Compañía de Jesús". BARTOLOMÉ DE ESCOBAR murió en Lima el año 1624.




viernes, 11 de febrero de 2022

(1643) La brutalidad de los mapuches traía como consecuencia la brutalidad de los españoles, con lo que Chile se iba convirtiendo de forma progresiva en un país trágico.

 

     (1243) Como siempre ocurría, la moral de los indios se elevaba considerablemente tras derrotar a los españoles: "Para protegerse de lo que podía resultar de esta victoria de los indios, cuyo orgullo era tanto que andaban por toda la tierra haciendo ostentación de todas las cabezas de los españoles, especialmente de las del sargento mayor Alonso Rodríguez Nieto, de Felipe Díaz de Cabrera y Cristóbal Hernández Redondo,  que habían destacado en la batalla, preparó allí el gobernador Martín Ruiz de Gamboa una fortaleza dejando en ella alguna gente para su defensa. Hecho esto, se fue al embarcadero de Tanquelen, en cuyo camino halló al maestre de campo, Juan Álvarez de Luna, con cincuenta españoles que estaban sacudiéndose el polvo de una refriega que habían tenido con más de dos mil indios, matando gran parte de ellos y a tres capitanes suyos llamados Guaitopangue, Talqueperel y Renque, con lo cual, y con la llegada del gobernador, hubo gran regocijo por largo rato hasta que él prosiguió su camino, quedando el maestre de campo para sustentar la guerra en todo el distrito".

   No había descanso posible frente a la perpetua y brutal rebeldía de los mapuches: "En este tiempo andaba el capitán Baltasar Verdugo en las tierras de Osorno con cuarenta hombres, donde padeció muchos trabajos por la dificultad y aspereza de los caminos y frecuentes encuentros que tenía con los enemigos, sin cesar de perseguirlos de día y de noche. Por todas las ciudades del norte andaban siempre los españoles limpiando la tierra de adversarios, talándoles las sementeras y llevándoles los ganados para obligarlos a rendirse. El gobernador Ruiz de Gamboa envió a su alférez general, Nicolás de Quiroga, con alguna gente a las tierras de Chillán, Angol y Penco, donde se preparaban los indios para atacar. Le encargó al capitán Pedro Olmos de Aguilera juntar gente y recoger provisiones por necesitarlo los que andaban en Arauco. Y sin detenerse más, partió el gobernador hacia la provincia de Lliben, llevando por tierra un bergantín grande por espacio de quince leguas para echarlo al agua en la laguna de Ranco y entrar en las islas a castigar a los rebelados que habían matado al sargento mayor Alonso Rodríguez Nieto y a sus hombres. Al llegar a Quinchilca, asentó su campamento, y envió a su maestre de campo con cincuenta españoles y doscientos indios a recorrer la tierra de Renigua, destruyendo a su gente y haciendas sin dejar cosa de provecho".

     Aunque los grupos de españoles andaban repartidos para castigar a los indios rebeldes por sus feroces ataques, el gobernador recibía información sobre lo que se iba haciendo: "En este tiempo le llegó noticia de que se había ajusticiado al cacique don Pedro Guaiquipillan, considerado el rey entre los indios, por haber acometido a los españoles que estaban en la encomienda de don Pedro Mariño de Lobera. Y asimismo se dio muerte a otros muchos de su compañía, los cuales se habían alborotado por estar hartos de sufrir las molestias de algunos españoles, y en particular uno muy desalmado que los trataba como a perros, como lo hacen otros muchos en estos reinos. Tras esta noticia,  llegó otra más pesada de que toda la tierra por donde acababa de pasar, que era la de Marquina, se quería poner en arma para dar contra los españoles".

 

     (Imagen) Es plato de mal gusto, pero no queda más remedio que mostrar cómo tantos años de feroz lucha contra los crueles mapuches habían degenerado el comportamiento de muchos españoles. El gobernador Gamboa les habló a algunos caciques que tenía presos: "Les prometió que los libraría de las vejaciones de los encomenderos que les chupaban la sangre. Dicho esto, mandó ahorcar a los diez más culpables, y dejó libres a los demás. Pero, un día después, llegó la noticia de que se habían alzado los indios de Codico, que estaban bajo el mando del bárbaro Guaichamanel, el cual había matado a su padre y a un sobrino suyo. El gobernador, para dar el debido castigo a los rebelados, despachó al capitán Rafael Portocarrero con ochenta hombres con orden de que se juntasen con el maestre de campo Juan Álvarez de Luna y atacasen a los enemigos. Toparon con algunos de ellos, que iban a cuidar sus haciendas, mataron a los varones e hicieron crueldades en las mujeres, como era cortarles los brazos, pechos y otras partes de sus cuerpos, sin atender al detrimento de las criaturas que amamantaban ni a la piedad que profesa la ley de Jesucristo, sino solamente a ponerles terror y obligarles a rendirse. Muy poca esperanza de quietud tenían ya las cosas en este tiempo, hasta el punto de que el gobernador se vio obligado a sacar de sus pueblos a los indios de paz de la provincia de Codico, trasladándolos a Callacalla y Andalue (ver imagen), donde fuesen amparados con la asistencia de los españoles de la ciudad de Valdivia. Y aunque habían de sembrar en las tierras a donde iban, hicieron el riego en la que dejaban con muchas lágrimas de sus ojos y gotas de sangre del corazón por verse sacar de sus hogares. Y, aprovechando la situación, echaban mano algunos españoles de los indios a los que podían achacar alguna culpa de alzamiento, y llevándolos al puerto, los embarcaban para que fuesen vendidos como esclavos cautivados en guerra lícita (hacía muchísimos años que eso estaba prohibido incluso en guerra lícita). Sobre lo cual hubo en aquella playa un llanto tan doloroso, que la hacía estar más amarga con las lágrimas que salada con las olas. Lloraron las madres por sus hijos, y las mujeres por los maridos, y aun los maridos por las mujeres, pues se las quitaban para esclavas de soldados y otras cosas peores que ellos suelen hacer. Y en esto hay hasta hoy grandes abusos, saliendo cuadrillas de soldados a correr la tierra, alejándose del cielo por los desafueros que hacen, y así anda todo revuelto viviendo cada uno como le da la gana".




jueves, 10 de febrero de 2022

(1642) Todos aquellos españoles eran auténticos héroes. No había familia sin su tragedia. Lo que ocurrió con la del capitán Pedro Olmos de Aguilera fue el colmo del espanto.

 

     (1242) Los mapuches nunca tiraban la toalla, y los españoles no dejaban de castigarlos: "Por ser las islas de la laguna de Ranco el refugio de los indios y el lugar en el que tomaban provisiones para mantener la guerra, envió el gobernador a su sargento mayor, Alonso Rodríguez Nieto con doce hombres, seis de ellos arcabuceros, para que entrasen allí con dos canoas y destruyesen todo lo que pudiese ser de provecho para alimentar a  los rebelados. Salieron estos del fuerte de San Pedro un lunes nueve de enero de 1581, y fueron bogando por espacio de una legua de golfo que hay entre la isla y tierra firme, en cuyo viaje les sobrevino un temporal de viento desgarrón que levantaba olas como en el mar, y les obligaron a arribar al fuerte".

     En lo que sigue, el cronista (o el jesuita Bartolomé de Escobar) redacta cosas con cierta ironía: "Tomó esto muy mal el gobernador, por lo que  tuvieron que volver atravesando el golfillo con harta dificultad, hallando después otra mayor al tomar tierra, porque los indios se retiraron para hacerles una emboscada. Los nuestros toparon con un indio cojo al que lo habían enviado a propósito. Comenzó a entretenerlos con muchas mentiras, hasta que vino a morir de los tormentos que le daban, y, estando los nuestros ocupados en este asunto, salieron de repente los de la emboscada, que pasaban de dos mil, y dieron sobre ellos repentinamente. Entonces se trabó una sangrienta batalla porque los indios se habían dado prisa en apoderarse de las piraguas, dejándolos sin ninguna manera de poder evadirse. Pero murieron casi todos vendiendo muy caras sus vidas, y en particular Alonso Rodríguez, que, estando con las tripas fuera, no dejaba de pelear y animar a los suyos".              

     Los indios quisieron darse el gustazo de reservar con vida a dos españoles para martirizarlos: "Dejaron vivos a Pedro Cordero y a Martín Muñoz, natural de Cazalla, para festejar con ellos la victoria, y, queriendo celebrarla con más solemnidad, y, en medio de fiestas, borracheras y risas, mataron al Cordero aunque no por ceremonia judaica, sino como  rito de los trofeos indígenas. Martín Muñoz estaba entretanto echando la barba en remojo viendo pelar la de su vecino, teniendo por cierto que lo mataban el día siguiente. Mas el licor en que podía remojar la barba era tan abundante, que remojó las cabezas de los indios a tal punto que quedaron todos tendidos por tierra, y pudo escabullirse sin saber de él los que ya no sabían de sí mismos. Caminando descalzo por los lugares más montuosos, y de noche por las sendas descubiertas, anduvo dieciséis leguas con excesivos trabajos. De esta manera llegó al fuerte de San Pedro de donde había salido, y lo halló despoblado por haber salido de allí el gobernador con recelo de los bríos que habrían de cobrar con esta victoria los indios comarcanos, en particular el cacique don Cristóbal Aloe, que estaba muy cerca de esta fortaleza. Grande fue la aflicción en que se vio el pobre caminante hallando semejante albergue y descanso después de haber arriesgado tanto la vida. Pero tuvo que caminar otras ocho leguas con las mismas dificultades, hasta llegar a la punta de la isla llamada Pasaje de Juan Gómez, a cuatro leguas de la ciudad de Osorno, donde el gobernador había instalado su campamento, sabiendo, por relación de los indios amigos que vinieron huyendo, el desastre del sargento mayor y de los demás soldados, según ha quedado referido en el curso de esta historia".

    

     (Imagen) Va a mencionar enseguida el cronista a PEDRO OLMOS DE AGUILERA. Había nacido en Porcuna (Jaén) el año 1522, donde tenía ascendencia hidalga por provenir de Don Ramiro de Aguilera, quien luchó en la batalla que les arrebató la población a los musulmanes, siendo rey Fernando III. Se casó en 1541 en Cañete de las Torres (Córdoba) con María de Zurita, bisnieta de Diego Fernández de Córdoba, Conde de Priego (Córdoba). En mayo de 1548, Pedro Olmos, siguiendo el ejemplo de su pariente Pedro de Valdivia, partió hacia las Indias con su mujer e hijos y, tras permanecer en Perú, pasó a Chile en 1550, donde, por sus méritos, Alonso de Ercilla se refirió a él en La Araucana. Estuvo en las fundaciones de La Imperial, Villarrica y Valdivia. El año 1556 fue enviado a Lima, como Procurador de Chile, para hacer gestiones ante el virrey de Perú, con cuyo hijo, García Hurtado de Mendoza, nombrado gobernador de Chile, hizo el viaje de vuelta. El año 1569 se confirmó su valía al concederle Felipe II una extraordinaria encomienda integrada por diez mil indios. Se da la circunstancia de que su mujer, María de Zurita, era hermana de Juan Pérez de Zurita (al que ya le dediqué una imagen), quien ejerció como gobernador de Tucumán (Argentina). Por esa razón, le concedió Felipe II a Pedro Olmos el año 1575 permiso para trasladarse a dicho lugar y ponerse a  las órdenes de Juan. Vuelto a Chile, vemos que ahora (año 1582) está bajo el mando del gobernador Gamboa, quien le escribe al rey Felipe II acerca de los "destacados servicios del capitán PEDRO OLMOS DE AGUILERA". No consta la fecha de su fallecimiento, que debió de ser hacia el año 1590, pero sí el destino de sus siete hijos, que nos pueden servir como muestra de la terrible aventura que fue la conquista de Chile: 1.- Alonso de Aguilera sirvió en las guerras de Chile, y después, en 1600, fue sacerdote en La Imperial, donde murió durante el cerco de los indios. 2.- Diego de Aguilera murió en el desastre de Catiray en enero del año 1569. 3.- El capitán Pedro Olmos de Aguilera murió batallando el año 1599. 4.- El capitán Alonso de Zurita murió en la defensa de Valdivia. 5.- El jesuita Hernando de Aguilera falleció en Lima en 1637. 6.- Doña Inés de Aguilera, la “heroína de La Imperial”, vio morir el año 1600 a su marido, el capitán Pedro Fernández de Córdoba, a tres de sus hijos, a tres de sus hermanos, a su cuñado y a tres de sus sobrinos. 7.- Doña Mariana de Olmos Aguilera, murió junto a su marido, el Capitán Juan Gabriel de Villagra, en ese gran alzamiento mapuche de los años 1599-1600, como varios de sus hermanos.




miércoles, 9 de febrero de 2022

(1641) Caciques que parecían amigos se rebelaban. Los indios hacían ataques brutales, y el gobernador Ruiz de Gamboa reaccionó con la máxima dureza. Salvo en Santiago y La Serena, todo Chile estaba lleno de conflictos.

 

     (1241) Los españoles solo querían una cosa: someter  a los indios, quienes a su vez tenían como idea fija acabar con los españoles. Dado el espíritu aguerrido de los mapuches, no había posibilidades de un arreglo pacífico, y la vida en Chile se convirtió en un infierno, salvo en las ciudades de La Serena y Santiago, donde había suficiente tranquilidad, quizá por estar más firmemente asentadas. Así que, fatalmente, el recurso por ambas partes para tratar de conseguir la victoria fue la brutalidad. Voy a resumir unos cuantos incidentes dramáticos. El cronista alaba la táctica del gobernador Martín Ruiz de Gamboa, consistente en instalar fuertes poco aparatosos pero eficaces frente a las rudimentarias armas de los indios. El mes de octubre de 1580 preparó uno en la zona de Codico: "Hecho esto, salió con sesenta hombres y halló a muchos indios que acababan de aceptar la paz, entre los cuales estaban los caciques don Pedro Guiaquipillan y don Martín Chollipa, que habían abandonado a don Cristóbal Aloe, su compañero, en una estacada con otros muchos indios de guerra. Para terminar de pacificar estas reliquias de rebelados, les envió al capitán Gaspar de Villarroel con unos cincuenta hombres. Al verlos, los indios se alborotaron, y,  como la única intención de los nuestros era conseguir la paz, el capitán Villarroel le envió un mensaje al cacique don Cristóbal Aloe  con el ruego de que se vieran cara a cara para acabar de una vez con aquella pesadumbre. El cacique accedió, y Villarroel, sabiendo qué era lo que más les molestaba a los indios, le dijo que el gobernador estaba enterado de que su alzamiento se debía a los agravios que les hacían los españoles, y a muchas injusticias por parte de los jueces. A todo esto iba respondiendo el indio  de manera ambigua, y finalmente dijo que no quería decidir nada sin comunicarlo primero con sus capitanes, para lo cual quería tres días de aplazamiento. El capitán Villarroel concedió al indio el plazo que demandaba, y volvió adonde el gobernador explicándole lo que se había negociado, el cual lo tuvo por bien. Incluso prometió remediarlo eficazmente, impidiendo las vejaciones y malos tratamientos que se les hacían a los indios. Y para mostrar sus buenas intenciones, comenzó  a tomar medidas, para lo que envió visitadores que tratasen a los indios de manera que no se sintieran ofendidos. Con ese fin, fue el capitán Pedro de Maluneda, burgalés, a la ciudad de Valdivia, y el capitán Alonso de Trana, natural de Ciudad Real, se encargó del distrito de Osorno".

     Pero no tardó el gobernador en convencerse de que los indios estaban haciendo un doble juego: "Viendo el gobernador que todo era falsedad, se fue mohíno a su alojamiento, que estaba en  un pueblo cercano al fuerte, llamado Villaviciosa, donde mandó edificar otra fortaleza, con su contrafuerte y pozos hondos llenos de agua, el cual se comenzó a finales de octubre del mismo año de 1580, y, en solo dos días,  tras darle la última mano, le puso el nombre de Fuerte de San Pedro. Esto lo hizo el gobernador para refugio de los indios amigos que venían temerosos de los demás de su patria, poniendo en él cincuenta españoles que los defendiesen y amparasen. Fue una decisión muy acertada, por estar esta tierra muy poblada de gente necesitada, que reside en una zona llamada Isla, porque se encuentra entre dos ríos, habiendo en ella muchos pueblos, uno de los cuales se llama Ranco, por lo cual el nuevo refugio tiene el nombre de  Fuerte de San Pedro de Ranco".

 

     (Imagen) La falsedad de las promesas indias sacaron de quicio al gobernador interino Martín Ruiz de Gamboa, que decidió tratarlos con dureza, y, probablemente, se le fue la mano: "Cuando el gobernador vino al edificio del fuerte de San Pedro, trajo dos piraguas por tierra, con harta dificultad porque la distancia fue de siete leguas. Las quería para echarlas al agua en esta laguna, con el fin de ir a las islas que hay en ella. Llegando el momento oportuno, envió diez arcabuceros y la demás gente que cupo en las piraguas, los cuales fueron navegando hacia la isla más grande, que mide unas cuatro leguas, y en la que hay doscientos indios que a la sazón estaban bien descuidados de esta entrada. Antes de que las piraguas llegasen a la isla, hallaron cuatro canoas grandes llenas de indios rebelados que iban a llevar bastimentos al fuerte del cacique don Cristóbal Aloe, y dando en ellos, los prendieron a todos. Volvieron con esta presa al gobernador, el cual mandó que los llevasen al pie del fuerte al que ellos iban, y allí, a vista de los suyos, los pasasen a todos a cuchillo sin dejar hombre con vida. Se ejecutó lo ordenado puntualmente, de modo que los rebelados quedaron atónitos viendo tan inopinadamente hacer esta matanza de la gente a la que ellos estaban esperando con vituallas. Y el sentimiento y las lágrimas fueron muy grandes en todos ellos, tanto por la afrenta que se les hacía, como por ver morir ante sus ojos a sus hermanos, hijos y mujeres, que habían salido a buscar con qué mantenerse. Por su parte, el capitán don Pedro de Barco, que iba con veinte de a caballo, topó con indios de guerra y peleó con ellos matando algunos, aunque luego se fue retirando por ver que recibían refuerzos, y los españoles salieron con muchas heridas. Asimismo, en la ciudad de San Bartolomé de Chillán, estaban todos asustados porque trescientos indios araucanos andaban en rebeldía capitaneados por un mulato. Los cuales mataron a muchos indios amigos de los españoles y quemaron el pueblo. En todo el territorio chileno, excepto en las ciudades de Santiago y La Serena, había cada día enfrentamientos con los enemigos, y en particular en la ciudad de Angol, donde tomaron los indios mucho ganado a un español llamado Diego de Mora. Y en San Bartolomé de Chillán hicieron lo mismo, matando a los indios de paz que podían tener a mano, y llevando a otros presos, uno los cuales fue el cacique Reno, después de haberse defendido valerosamente. De suerte que, dondequiera que el hombre volviera los ojos, no podía ver otra cosa más que calamidades de las que este reino de Chile lleva buena cosecha.




martes, 8 de febrero de 2022

(1640) Gamboa impuso con facilidad su autoridad de Gobernador. Hubo otros heroicos Catorce de la Fama. Fingiendo ser ingleses, los españoles castigaron a los mapuches, quienes después, confundidos, lo hicieron con piratas de verdad.

 

     (1240) Añado algo que aparece en el antiguo texto que he resumido en la imagen anterior, aclarando así lo que ocurrió tras ser apresado por Martín Ruiz de Gamboa el doctor Lope de Azócar, el cual intentó usurparle su puesto de gobernador interino de Chile: "Ruiz de Gamboa reunió después en Santiago al cabildo de la ciudad, y exhibió una provisión del virrey del Perú, en la que lo confirmaba a él en el cargo de gobernador interino de Chile, y exigía que lo reconocieran y le juraran obediencia al respecto. Si realmente hubo en la capital algún conato de insurrección, la actividad resuelta de Ruiz de Gamboa desorganizó toda la trama y mantuvo la tranquilidad y la obediencia. Cuando dos meses después el Gobernador informaba al Rey acerca de esos sucesos, no sólo le decía que el doctor Azócar había tratado de sublevarse contra los verdaderos representantes de la autoridad real, sino que, en año y medio que desempeñó el cargo de justicia mayor, había cometido agravios y desafueros, y manifiestas injusticias, y robos, y cohechos, y fuerzas y otras cosas indignas de manifestar en cartas. Y, justificando su decisión de apresar al  teniente de gobernador Lope de Azócar, Martín Ruiz de Gamboa agregaba estas palabras: 'Yo entiendo que, llevándolo a cabo, hice un servicio señalado a Dios Nuestro Señor y a Vuestra Majestad,  y un gran bien general para españoles  e indios".

     Por entonces hubo otro incidente en el que la valentía de catorce españoles fue extraordinaria (y el cronista volverá a subrayar la magia de esa cifra): "El gobernador Gamboa acondicionó una fortaleza en Quinchilca, poniendo a  cuarenta españoles con el capitán Rafael Portocarrero para que fuesen a molestar a los indios con sobresaltos que los obligasen a procurar la paz con los cristianos. Por otra parte andaba el maestre de campo ocupado en el mismo oficio, y llegando a la encomienda de don Pedro Mariño de Lobera, envió al capitán Salvador Martín con veinte españoles para que llevasen vituallas  a la ciudad de Valdivia, que a la sazón estaba necesitada. Como en la zona había muchos enemigos y no se podía pasar sin gente que hiciese escolta, envió también al capitán Antonio de Latorre  con catorce hombres. Según iban caminando estos últimos, hallaron rastro de gran número de indios, y comenzó a inquietarse un mastín que llevaban, el cual fue rápido hacia una montaña que estaba a un lado del camino. Al sentirse descubiertos los indios que estaban allí emboscados, salieron en tropel a trabar batalla con los catorce, la cual fue tan sangrienta que apenas se puede escribir con tinta. Pero, para expresarlo con pocas palabras, diré que fue más memorable que aquella de los Catorce de la Fama. Porque si aquellos fueron de tanta fama a pesar de haber muerto la mayoría, ¿qué se puede decir de estos que habiendo matado a muchos enemigos, salieron todos vivos y vencedores? Nada más se puede decir, salvo sus propios nombres para que no queden en el olvido. Y fueron: Alonso Sambrano, natural de la Fuente del Maestre; Alonso Becerra Altamirano, natural de Trujillo, Andrés Sánchez, de Ciudad Rodrigo, Juan de Montenegro, de Guadalajara, Cristóbal Maldonado, de Galicia, Barrutia, vizcaíno, Blas de Robles, Andrés Vázquez de Cazalla, Alonso López de Córdoba y su capitán, Antonio de la Torre (deja sin citar los nombres de cuatro de ellos)".

 

     (Imagen) El gobernador Martín Ruiz de Gamboa salió en barco desde Valdivia para poner orden en zonas donde los encomenderos se negaban a rebajar las tasas a los indios, y entonces ocurrió un incidente curioso: "Una peligrosa tormenta le obligó a llevar su nave al Puerto del Carnero, situado en Arauco. Al verlo los indios rebelados, se juntaron más de diez mil para que los que venían en el barco no se atreviesen a saltar en tierra. Viendo los españoles los peligros que les rodeaban de todas partes, decidieron utilizar la astucia. Fingieron que eran ingleses, enemigos de los españoles, a los cuales venían a matarlos. Resultaba creíble porque el navío era muy grande y con diferente traza que los que los indios conocían. Además, hablaron con los indios con palabras imaginadas para que los indios se persuadiesen de que no eran españoles. De esta manera,  se sosegaron los indios, trabando mucha amistad con estos hombres, y, al cabo de algunos días, se aliaron todos, indios y cristianos, para ir a atacar a ciudades de españoles. El capitán del navío les dijo a los indios que lo más conveniente era que se metieran en el barco cuatrocientos de ellos para ir contra la ciudad de Concepción,  y que, ganada esta ciudad, era fácil tomar las demás y echar fuera de Chile a todos los cristianos". Cuando los indios se embarcaron, entraron con ellos los doce prestigiosos caciques que tenían, momento que los españoles aprovecharon para bajar a tierra y atacar a los indios, que se habían quedado sin líderes, y tan confusos, que se desmoralizaron por completo, de forma que ellos huyeron y sus doce caciques fueron apresados. Tras el éxito, los españoles siguieron viaje y se los enviaron en otra nave al virrey de Perú. No acabó con esto la buena fortuna, pues hubo una carambola inesperada:  "Llegó más tarde a aquella costa un navío de piratas ingleses y, al decirles a los indios que lo eran, y, además, perseguidores de los españoles, se azoraron tanto los indios al oírlos, y  más todavía en aquella lengua que sonaba parecida a la que los españoles habían fingido, que, sin más averiguaciones, comenzaron a dar en ellos con tal furia, que los pobres ingleses tuvieron que embarcarse con pérdida de buena parte de los suyos, y efusión de sangre de los que, por resultar solamente heridos, se tuvieron por dichosos". El año 1540, durante la fracasada expedición marítima de Francisco Alonso de Camargo, el cacique Vineo le regaló una llama en una pequeña bahía situada junto a Arauco, a la que la tripulación que iba con él le puso el nombre de Puerto Carnero. La imagen representa el acto de la entrega.




lunes, 7 de febrero de 2022

(1639) Dura crítica del cronista (o del jesuita que revisó el texto) contra el mal trato que los españoles daban a los indios de las encomiendas. Martín Ruiz de Gamboa funda Chillán e impone su autoridad frente al pretencioso Lope de Azócar.

 

     (1239 No era fácil practicar políticamente la caridad cristiana en la línea del dominico Bartolomé de las Casas: "Uno de los conflictos sociales que surgió entre españoles se debió a querer el nuevo gobernador, Martín Ruiz de Gamboa, pacificar la tierra suavizando la tasa de los tributos que habían de pagar los indios a sus encomenderos, ordenando que cada indio pagase siete pesos de oro y en algunas provincias ocho o nueve según la riqueza de cada una, sobre lo cual hubo grandes alborotos en los encomenderos, y mucho más porque el gobernador les prohibía el entrar en los pueblos de sus encomiendas para evitar agravios y vejaciones que los vecinos suelen hacer allí a los indios. También hubo algún disgusto debido al juicio de residencia al que el licenciado Calderón, teniente de gobernador, estaba sometiendo al doctor Azócar, que entraba en su oficio. Por entonces,  y para resolver otras cosas que sucedían en el reino de Chile, salió Martín Ruiz de Gamboa de la ciudad de Santiago a visitar los demás pueblos de su distrito. Lo primero que hizo al llegar al fuerte de Chillán fue fundar una ciudad, poblándola con cincuenta españoles que llevaba y otros sesenta que allí halló con el capitán Hernando. Habiendo edificado en ella su iglesia mayor, y puesto horca y cuchillo con regimiento y ministros de justicia, le dio al pueblo el nombre de San Bartolomé de Chillán y Gamboa, a 25 de junio del año de 1580".

     Lo que sigue da que pensar, ya que se diría que la influencia del jesuita Bartolomé de Escobar en la redacción definitiva de la crónica supondría una mejora de la redacción, pero también el añadido de la propia mentalidad del clérigo. Comenta que en la la zona de Santiago y  La Serena hubo siempre cierta tranquilidad desde que se fundaron las dos ciudades: "En el resto del país las cosas iban tan de mal en peor, que solo había guerras, desventuras y mucha hambre. Y, sobre todo, se debían tener por lastimosa calamidad las vejaciones hechas a los desventurados indios, por cuyas casas entraban los soldados tomándoles sus ganados, y aun las mismas personas para servirse de ellas, y, lo que es peor, las mujeres para otras cosas peores, de suerte que hubo semanas en las que parieron sesenta indias de las que estaban a su servicio aunque no en el de Dios. Por lo que no es de extrañar que los indios estuviesen tan justamente irritados, y hubiese tantos rebelados. Pero como la providencia nunca duerme, Dios trató a estos españoles empedernidos como a los egipcios, a los cuales afligió con diversas plagas para que dejaran sus pecados y atrocidades. Y la plaga que nuestro Señor envió a esta gente fue una gran cantidad de ratones que cubría la tierra y no solamente entraban por las casas a comer alimentos, sino que también acudían a las cunas de los niños y los mataban comiendo parte de ellos, dando señal de que aun hasta los primogénitos mataba Dios por las iniquidades de sus padres. Viendo los indios tan gran cantidad de estos animalejos, decían que los ejércitos de españoles se habían convertido en ejércitos de ratones, cosa que no se le ocurrió decir a Ovidio entre todas cuanto escribió en su Metamorfosis. Y para que no se creyera que esto era casual, quiso Nuestro Señor apoyarla con otra plaga, para que se pareciese en todo a la egipcia, de manera que envió a la ciudad de Angol tanta cantidad de langostas, que destruyó totalmente las viñas, no contentándose con cortar los racimos sin dejar uno solo, sino también royendo las mismas cepas para que no diesen fruto".

 

     (Imagen) El cronista se limita a decir que, aparte de otros problemas que le surgieron a Martín Ruiz de Gamboa cuando murió su suegro, el gobernador Rodrigo de Quiroga, dejándolo como sustituto en el cargo, tuvo otra dificultad con el recién llegado doctor LOPE DE AZÓCAR. Fue un asunto muy enredado, porque produjo un delicado conflicto sobre competencias. Resumo un viejo texto: "El doctor Azócar había llegado a Chile para reemplazar al licenciado Calderón, y con mayores poderes, pues el Rey mandaba que la Audiencia de Lima no pudiese quitarle su puesto ni tomarle el habitual juicio llamado 'de Residencia'. Consideraba, además, el doctor Azócar que tenía derecho a  reemplazar al gobernador de Chile en caso de ausencia o enfermedad, por lo que, al morir Rodrigo de Quiroga, pretendía asumir su cargo. Confiaba también en el apoyo de los muchos enemigos que tenía el nuevo gobernador interino, Ruiz de Gamboa, los cuales aumentaron cuando impuso normas que beneficiaban a los indios. Además, por entonces llegó a Santiago el capitán Pedro Olmos de Aguilera, enviado por Ruiz de Gamboa para hacer una leva importante de soldados, con vistas a frenar los ataques  mapuches. Esto produjo una protesta de los vecinos, por el esfuerzo y el costo que supondría, y el doctor aprovechó la oportunidad para ponerlos de su parte y tratar de ser reconocido como gobernador interino. Consiguió su propósito y desautorizó a Pedro de Olmos, lo que equivalía a desobedecer al gobernador. Gamboa se hallaba a más de 159 leguas de la capital cuando, en mayo de 1581, tuvo noticia de hechos tan graves. Aunque el invierno había dejado intransitables los caminos, el gobernador, poniéndose a la cabeza de unos cuarenta hombres, emprendió la marcha hacia Santiago, dispuesto a reprimir cualquier intento de sublevación. Cuando se supo que llegaba a la capital acompañado de buena escolta, el Cabildo decidió salir a recibirlo, llevando a su cabeza al mismo doctor Azócar en calidad de teniente general, y Ruiz de Gamboa, al verlo llegar ante su presencia, le dijo: 'Sed preso en nombre del Rey'. Lope de Azócar, mostrándole una cédula real, repuso que estaba a cubierto de tales golpes de autoridad. Pero la garantía de este documento no le sirvió de nada. Dos de los capitanes que acompañaban al gobernador se arrojaron sobre el doctor Azócar, lo derribaron de la mula que montaba y lo llevaron preso a la ciudad. Tres días después era transportado a Valparaíso, encerrado en un buque, que había en el puerto, y sometido a juicio, para ser enviado al Perú con un proceso en forma, en el que se hizo constar los delitos de que se le acusaba".





sábado, 5 de febrero de 2022

(1638) Los capitanes Portocarrero y Godoy obtuvieron juntos una gran victoria sobre los mapuches, pero luego se enfrentaron peligrosamente por obtener el mando. Grandes alabanzas del cronista al fallecido RODRIGO DE QUIROGA.

 

     (1238) Fallecido el extraordinario gobernador Rodrigo de Quiroga (como veremos en la imagen), que fue una persona llena de virtudes militares y humanas, le sucedió, por voluntad suya, su yerno, Martín Ruiz de Gamboa, otro hombre dotado de buenas cualidades: "Apenas había expirado el gobernador Rodrigo de Quiroga, le comunicaron a su yerno Martín Ruiz de Gamboa, que estaba en la ciudad de Chillán, la muerte de su suegro y el nombramiento de gobernador que dejaba hecho en su persona. Oyendo esto bajó luego a la ciudad de Santiago, donde tomó la posesión del gobierno despachando a su sobrino Andrés López de Gamboa a las ciudades del norte con cargo de teniente de gobernador. Estaban entonces en las lagunas de Villarrica los capitanes Juan de Godoy y Rafael Portocarrero. Ocurrió que, repentinamente, unos cinco mil indios acometieron con gran ímpetu a los españoles que allí estaban, no siendo más de cuarenta y cinco. Se trabó una batalla muy sangrienta, en la que se vieron los nuestros en gran peligro, sin tener más refugio que el de Dios, el cual consiguieron con la oración, de suerte que los enemigos fueron vencidos, sufriendo grandes pérdidas en su bando. Fue casi milagrosa esta batalla por haber cogido los indios a los dos capitanes españoles en enemistad y disputando sobre cuál de los dos había de mandar en la tropa, lo que suele ser comúnmente causa de la perdición de los ejércitos desavenidos. Por ese motivo, Rafael Portocarrero, viendo los escuadrones de los indios puestos en orden, acometió contra ellos antes de tiempo queriendo que se le atribuyese la victoria. Habiendo entrado en combate, dio muestras fingidamente de flaqueza, retirándose poco a poco para cebar a los enemigos hasta llegar al escuadrón del capitán Juan de Godoy, el cual salió de inmediato a socorrer a los cristianos peleando tan varonilmente, que fue mucha la sangre derramada en los pobres indios, que huyeron tarde por mostrar exceso de valor. Murieron en este conflicto los capitanes indios Alchinanco, Anchotureo, Nigualande, Naicoyan, Calmangue y otros caudillos y caciques de los más famosos que había entre los indios".

     A pesar de haber llevado a cabo los dos capitanes una excelente táctica de colaboración, estuvieron a punto de arruinarlo todo: "No fue de poca importancia el haber salido estos capitanes a enfrentarse a los indios para que no destruyesen la ciudad de Cañete, que estaba entonces en harto peligro. Pero no abandonaron la pretensión que entre ellos había de querer cada uno ser cabeza, sobre lo cual llegaron a ruptura poniendo mano a las espadas, peleando con gran coraje, hasta el punto de que se habrían matado si no entraran algunos buenos soldados de por medio, que los pusieron en paz sin volver más a desafiarse. Consiguieron esta victoria el día 18 de abril del año de 1580, en tiempo en el que había en todo el reino alteraciones y alborotos de los indios rebelados, los cuales no sacaron escarmiento de este desastre, sino que (como era habitual en ellos) se encarnizaron más para hacer cada día asaltos a los españoles, y no solamente daban inquietud los indios sino también otros muchos desasosiegos levantados entre los mismos españoles".

 

     (Imagen) Aunque ya le dediqué una imagen al excepcional RODRIGO DE QUIROGA, voy a copiar lo que comentó de él el cronista Pedro Mariño de Lobera, que lo conoció bien: "El gobernador Rodrigo de Quiroga fue natural de un lugar de Galicia llamado Sober, hijo de Hernando de Camba y María López de Sober. Salió muy mozo de casa de sus padres para servir al conde de Lemos, el cual lo encaminó al Perú, donde se halló en las batallas del tiempo de los Pizarros y Almagros. Después fue adonde los indios chunchos, donde pasó innumerables calamidades, y no habiendo esperanza de su conquista, pasó a la de Chile con el capitán Valdivia. Habiendo servido al Rey por largos años, casó con doña Inés Suárez, que fue la primera mujer que entró en Chile (siempre se oculta su relación con Pedro de Valdivia). Y andando el tiempo vino a ser gobernador de este reino por nombramiento que le hizo el licenciado Castro, gobernador (en funciones de virrey) de los reinos del Perú, en lo que después fue confirmado por Su Majestad por espacio de cinco años, desde 1575 hasta 1580, año en que pasó a mejor vida, de acuerdo con  las virtudes que dejó como recuerdo a los que le conocieron, cuya muerte sucedió en Santiago el día 25 de febrero de dicho año. Fue hombre de muy buenas cualidades, como la sobriedad, la templanza y la afabilidad con todos. Por lo cual era muy querido y respetado en todo el reino de Chile. Por no descender en particular a todas sus muestras de mucha cristiandad, que eran manifiestas a todos sus conocidos, las reduzco a una sola, que fue la de las muchas limosnas que hacía de ordinario, gastando con los pobres y los soldados descarriados treinta mil pesos de oro que tenía de renta cada año, de suerte que se amasaban en su casa de ocho a doce mil fanegas de pan para los pobres, además de otras semejantes obras pías. Todo lo cual se lo premió Dios dándole el fin que tiene prometido a los que se esmeran en hacer bien a los pobres, pues murió en su cama habiendo recibido todos los sacramentos como persona que los había frecuentado en vida. Sucedió a Rodrigo de Quiroga en el oficio de gobernador de este reino el mariscal Martín Ruiz de Gamboa, su yerno, que había sido general muchos años antes y dado mucha satisfacción de su persona en todos los lances que se ofrecieron, tanto que, cuando aún vivía, delegaba en él muchas cosas del gobierno el comendador (de la Orden de Santiago) Rodrigo de Quiroga, y así, al tiempo de su muerte, lo nombró en su lugar como gobernador en tanto que su majestad el rey don Felipe proveyera persona idónea para tal cargo".




viernes, 4 de febrero de 2022

(1637) Nuevas victorias españolas. Gran alegría de las mujeres de los indios amigos al ser liberadas de los mapuches. Anécdota absurda del cronista. Tipo de vida de los rebeldes mapuches hasta nuestros días.

 

     (1237) Como nos había prometido el cronista, nos muestra ahora en acción al almirante Juan Villalobos de Figueroa luchando bravamente en primera fila: "No habían caminado mucho los escuadrones del maestre Juan Álvarez de Luna y el almirante Juan Villalobos de Figueroa, cuando, al pasar por los llanos de Valdivia, dieron con una gran junta de enemigos, y se produjeron algunas escaramuzas en las que murieron algunos indios y dos de sus capitanes, retirándose los demás por no poder resistir la fuerza de los españoles. Después de esto se unió a nuestro campo la compañía del capitán Juan Ortiz Pacheco con cuarenta hombres de a caballo para atacar un fuerte donde estaban encastillados los enemigos. Los españoles se dividieron en dos escuadras para acometer por dos partes opuestas y coger en medio a los indios descuidados. De esta manera, fueron con gran presteza a dar a los indios por las espaldas, de suerte que, a los pocos lances, desampararon su alcázar huyendo sin orden y con pérdida de muchos de su bando,  de todas sus alhajas, y otras muchas que habían hurtado en diversos asaltos, además de las mujeres que habían quitado a los indios de paz, que eran muchas, y quedaron todas en poder de los españoles con no poco consuelo, por verse en manos de gentes cristianas que las restituyesen a sus maridos".

     Los españoles quisieron aprovechar la buena racha volviendo al ataque: "Quedaron los nuestros tan saboreados de esta victoria, que propusieron luego trabajar por otra semejante, para acabar de una vez con los indios. Aumentó el maestre de campo su ejército con cuarenta hombres de refresco, con lo que llegaban a ser casi doscientos, más una gran cantidad de indios amigos. Con el buen trabajo y el valor de los dos capitanes Juan Ortiz Pacheco y Juan de Villalobos de Figueroa, emprendió el maestre de campo este asunto con tantas ganas, que al fin consiguió su propósito desbaratando los escuadrones contrarios, cuyo capitán era don Pedro Eposomana (otro bautizado), que peleó medio día entre los suyos antes de rendirse a los españoles". El cronista se va cansando de narrar tantas batallas (los mapuches fueron siempre una pesadilla), y añade de paso algo extravagante, que quizá sea un añadido del jesuita Bartolomé de Escobar, autor de la revisión final de esta crónica: "Paréceme a mí que tendrá el lector por cosa increíble haber tan frecuentes victorias sin acabar de rendirse los vencidos. A lo cual respondo que también me pusiera a mí en harta admiración si no pensara que se trataba de castigos del cielo por los ordinarios abusos que en este desventurado reino se han visto. Y si tuviera que narrar todos los enfrentamientos, aún se asombrarían más los lectores, cansándome yo también de escribirlos. Concluyo, pues, con un caso notable que sucedió en la isla de Río Bueno. Estando allí el cacique don Cristóbal Aloe preparando a los suyos para la batalla, entró el demonio en medio de ellos y les dijo que él era un indio puelche deseoso de que saliesen con la victoria, y poderoso para dársela en la mano como lo verían por experiencia. Para que lo tuviesen por cierto, atravesó con la lanza un grueso tronco de un árbol, de que salió un grueso chorro de sangre que no cesó de correr por espacio de media hora. Los indios se admiraron tanto como el caso lo requería y anduvieron con grandes pronósticos sobre el vencer o ser vencidos, viniendo finalmente al desastre referido en el resultado de la batalla. De donde se pudo deducir que andaba el demonio suelto con tanta ansia por sacar sangre, que, cuando cesaba de derramar la humana, la sacaba de los árboles".

 

     (Imagen) Voy a resumir un artículo oficial chileno que hace referencia a la evolución social de los peleones mapuches: "La llegada hispana en el siglo XVI fue el elemento aglutinante para que poblaciones de indios distintas se agruparan, formándose la identidad mapuche conocida históricamente. Los mapuche se rebelaron contra el sometimiento español e incendiaron las primeras ciudades que habían fundado. Esta rebelión fue el inicio de la Guerra de Arauco que obligó a España a mantener un ejército profesional que resguardara las fronteras, así como a reconocer la autonomía mapuche en sus tierras. El definitivo sometimiento mapuche sólo terminó ante el Ejército de la República de Chile con la así llamada Pacificación de la Araucanía, en 1882. Esta acción militar se fundamentó en la urgencia por conquistar territorios explotables, impulsada bajo una ideología que propugnaba la eliminación de lo indígena en nombre de la 'civilización'. A partir del triunfo militar chileno y para dar inicio a una colonización con elementos criollos y europeos, se controló al indígena por medio de su asentamiento en reducciones (reservas) de propiedad comunal. Las consecuencias para la sociedad mapuche fueron la drástica disminución de sus tierras por reiteradas usurpaciones, la dependencia en un agente externo, el Estado, y una desorganización social, causada por la pérdida de autoridad de los caciques. Como resultado, desde inicios del siglo XX, la tradicional rebeldía mapuche deja de ser militar y pasa al campo político, así como del campo a la ciudad, con una progresiva migración y el surgimiento de una élite intelectual y profesional en el seno de la sociedad mapuche. En 1910, la primera organización indígena del país, la Sociedad Caupolicán, eleva una serie de peticiones de carácter étnico y campesinas. Hacia el año 1970, casi un 70% del pueblo mapuche se halla en la ciudad y en la extrema pobreza. En los años 80 se incrementa el nivel de pobreza del mapuche, lo que conlleva más migración a la ciudad y mestizaje. Hasta comienzos de la década de los 90, las leyes indígenas apuntaban a la incorporación y asimilación de estos a la sociedad chilena, situación que en parte se intenta revertir ya en democracia con la promulgación de la Ley Indígena de 1991, que reconoce, protege y fomenta el desarrollo de los grupos étnicos en el país. Se estima que la población mapuche prehispánica era aproximadamente de un millón. Hoy en día, los mapuche son más de 600.000 personas, que corresponden al 87,3% de la población indígena del país". Lo que quiere decir que la protesta mapuche nunca ha terminado.






jueves, 3 de febrero de 2022

(1636) Los angustiados vecinos de Osorno celebraron con entusiasmo una victoria aplastante contra los mapuches. Aparece en escena el ilustre marino Juan de Villalobos, el cual bajó a tierra para ayudar a los españoles.

 

     (1236) Españoles y mapuches continuaban  su trágica danza de victorias y derrotas, en la que las mujeres españolas no cesaban de rezar: "Estaba en este tiempo la ciudad de Osorno en grande aprieto porque se aprestaban para venir sobre ella cinco mil indios que se juntaron en la isla que está entre los dos ríos. Contra estos envió el corregidor Juan de Montenegro al capitán Gaspar de Villarreal con treinta y tres hombres de a caballo y algunos indios amigos, de quienes tenía confianza en que guardarían fidelidad a sus soldados. En cuanto vieron los rebelados a los nuestros, se ocultaron trescientos de ellos para atacarles por las espaldas, y sin aguardar más, arremetió el general indio don Cristóbal Aloe con los suyos, y habiendo peleado por largo rato,  se pusieron a descansar en un sitio al que no podían llegar caballos. No quisieron los nuestros  perder esta oportunidad, y les atacaron con tantas ganas que no dejaron vivo ninguno de ellos. Cuando luego fueron los españoles a proseguir la batalla con los demás indios, ya eran menos los enemigos, los cuales fueron finalmente vencidos con pérdida de cuatrocientos hombres, habiendo durado la batalla hasta la puesta del sol, la cual fue el día primero de marzo de 1580. Dejó tanta fama esta victoria, que la colina llamada Coipue mudó de nombre aquel día, y hasta hoy se conoce como la montaña de La Matanza. No se puede pasar en silencio el valor que en esta ocasión mostraron los nuestros siendo la mayoría mayores de 60 años, estando entre ellos Juan de Figueroa de Cáceres, Hernando Moraga, Antonio de la Torre, Gaspar de Robles y Juan de Sierra. Los cuales y los demás triunfadores fueron recibidos en la ciudad de Osorno con grandes júbilos y fiestas, saliendo los nuestros con palmas en las manos, cantando alabanzas al autor de la victoria, la cual habían estado pidiendo a Dios todas las mujeres pías y devotas sin salir del templo ni interrumpir la oración desde que comenzó la batalla hasta que tuvieron noticia de la victoria".

     Pero lo mapuches eran 'inasequibles al desaliento': "No escarmentaron con todo esto los forajidos, sino que, con la rabia que sentían de verse tan ultrajados, andaban por las tierras de los indios de paz talando cuanto hallaban por delante, principalmente un cacique llamado Toqueande, que envió un mensajero al maestre de campo, que estaba en Villarrica con ochenta españoles, para pedirle que saliese de sus tierras, porque, de lo contrario, el día siguiente iría él con su ejército a darle el castigo que merecía. Y tuvo este cacique tanto pundonor en cumplir su palabra, que fue marchando con sus indios el día siguiente, y entraron en la pelea los de Villarrica y los indios con tanta cólera, que parecía que no estimaban en nada sus vidas con tal de quitársela a sus contrarios. Finalmente, se impusieron los españoles con tanta ventaja, que muchos de los indios se arrojaron al río para evadirse de sus manos, y se ahogaron la mayoría, además de haber muerto unos ochocientos en la batalla. El maestre de campo continuó persiguiendo a los indios, hasta que encontró al almirante Juan de Villalobos de Figueroa con veinte arcabuceros que había traído de la ciudad de Valdivia, el cual había llegado al mando de la nao almiranta de las que fueron desde Perú a explorar por el Estrecho de Magallanes. El maestre de campo le agradeció mucho que viniese a ayudarle. Pero, aun así, no le faltó al Villalobos ocasión para servir de ayuda, pues estaba la tierra tan abundante de enemigos, que, aunque no quisiera, había de topar con ellos, como veremos".

 

     (Imagen) He visto un texto que aclara varias cosas. El gran marino HERNANDO LAMERO llegó, como hemos visto, con varios hombres a Chile para ayudar a los españoles contra los mapuches. Pero resulta que hizo lo mismo (y al mismo tiempo) otro compañero suyo, el almirante JUAN DE VILLALOBOS FIGUEROA (como  nos acaba de decir el cronista). El jesuita José de Acosta, en su Historia Natural y Moral de las Indias, publicada el año 1589, nos cuenta lo siguiente (resumido): "Cuando la nave almiranta San Francisco, mandada por Juan de Villalobos, se separó de la capitana en la noche del 21 de enero de 1580 (en esta iba al mando Pedro de Sarmiento), a consecuencia de una furiosa tempestad, pensó que iban a perecer, por lo que se confesaron y se prepararon todos para morir. Les duró el temporal tres días, durante los cuales creían dar en tierra, pero fue al revés, pues siempre veían que se alejaba la tierra, hasta que, aplacando la tormenta, tomaron la referencia del sol, y vieron que se hallaban a 56 grados, y que no habían embarrancado, sino que estaban más lejos de tierra, por lo que quedaron admirados, y llegaron a la conclusión (como Hernando Lamero, piloto de la dicha nave, me contó) de que la tierra que está de la otra parte del Estrecho no seguía hacia el Sur, sino que daba la vuelta hacia el Este, pues, de no ser así, habría sido imposible no zabordar (encallar) en ella". Fue un importante descubrimiento, porque la tormenta los llevó hasta la desconocida zona del Cabo de Hornos, el extremo sur del continente. Luego nos cuenta el reverendo: "Pasada la tormenta, Juan de Villalobos y Hernando Lamero decidieron regresar a las costas de Chile en vista de la escasez de víveres y la dificultad de encontrar al capitán general Pedro Sarmiento de Gamboa, cuya nave creyeron perdida. El 21 de febrero  de 1580 arribaron a Valdivia con alguna gente, y prestaron muy eficaz auxilio al corregidor de dicha plaza, don Francisco de Herrera Sotomayor, en un ataque que sostenía contra los indígenas, distinguiéndose muy especialmente, así en este encuentro como en los demás que tuvieron lugar por este tiempo, el almirante Juan de Villalobos de Figueroa y el piloto Hernando Lamero. Esto les permitió no haber venido en vano a las costas de Chile". Este último texto nos aclara la actuación conjunta en Chile de ambos ilustres marinos, aunque solo mencione, como ayudado, a Francisco de Herrera, el corregidor de Valdivia. Fue un ejemplo de cómo los exploradores y conquistadores españoles se apuntaban de inmediato a colaborar en cualquier acción que supusiera un servicio a la Corona. Cosas de este tipo son las que explican que llevaran a cabo una tarea gigantesca en las Indias.




miércoles, 2 de febrero de 2022

(1635) Más victorias contra los mapuches, en las que destacó Hernando Lamero, quien había ayudado a liberar al hijo del cronista Pedro Mariño. Fue también compañero de navegación del gran Pedro Sarmiento de Gamboa.

 

     (1235) El cronista se refiere a sí mismo en tercera persona para contar un hecho en el que participó: "Al cabo de cinco días de la batalla que tuvo don Pedro Mariño de Lobera, en la que sacó a su hijo del poder de enemigos, iba caminando en compañía del capitán Juan Ortiz Pacheco y el capitán Lamero el día 26 de febrero de 1580. Al llegar a un bosque toparon con el mestizo Juan Fernández de Almendras, casi a punto de morir de pura hambre por haber estado tres días allí escondido. Más adelante hallaron también a Hernando de Herrera, que había luchado en la misma batalla, y estaba emboscado sin saber nada del mestizo que andaba en el mismo arcabuco (monte de vegetación muy cerrada). Habiendo cuidado a estos dos soldados por espacio de dos días, llegó este pequeño escuadrón al sitio donde habían matado los enemigos al capitán Viera. Al verlos llegar, salieron contra ellos los indios y se trabó una batalla muy reñida que duró más de tres horas, en la que murieron muchos de los rebelados, huyendo los demás, que serían unos dos mil, cuyo general era don Pedro Guayquipillan, que era tenido por rey de toda la tierra y había sido tributario de don Pedro Mariño de Lobera, que lo crio desde su niñez". El nombre del indio revela que estaba bautizado y que se le puso el de su propio amo, Pedro Mariño.

     Como era previsible, tras la derrota, los pesadísimos mapuches volvieron a la carga: "Habiendo salido con esta victoria, se alojó la gente española a las faldas del cerro de Ruypulle donde el día siguiente volvieron los enemigos con tanta puntualidad como el sol y en mayor número que el día pasado. Se encendió la batalla con mayor coraje que la anterior, y quiso Nuestro Señor que los nuestros lograran otra victoria, con muerte de más de quinientos indios, y habría sido mucho mayor el estrago de haberlos seguido los españoles, pero desistieron de hacerlo porque muchos de los indios pertenecían a las encomiendas de algunos soldados que allí peleaban y les dolía que disminuyeran en número". Estos detalles están poniendo de relieve que se trataba de indios habitualmente pacíficos, y al servicio de los españoles, estando muchos de ellos, probablemente, cristianizados, como el importante cacique don Pedro Guayquipillan.

     Como era frecuente en todas las Indias, los nativos solían atribuir victorias y derrotas a intervenciones milagrosas, pero también los españoles reaccionaron así en algunas ocasiones: "Destacaron principalmente en esta batalla Juan de Alvarado y el capitán Hernando Lamero, que anduvo animando a los suyos valerosamente. Pero los indios dijeron que había sido mucho más eficaz la fuerza que los había derrotado, afirmando que el glorioso Santiago había peleado en la batalla con un sombrero de oro y una espada muy resplandeciente. Aunque es cierto que este glorioso santo ha favorecido en otras ocasiones a los conquistadores de este reino, se debe proceder con mucho tiento antes de dar crédito a indios astutos que son por extremo amigos de novelas y cuentos semejantes. Finalmente, nuestros españoles pasaron por entre otros muchos escuadrones de contrarios que estaban en pasos estrechos, sin volver pie atrás y animándolos mucho sus capitanes,  y, entre ellos, Pedro Ordóñez Delgadillo, que era uno de los principales, hasta que llegaron  todos a los llanos, donde estaban algunos soldados de reserva".

 

     (Imagen) Acabamos de ver a HERNANDO LAMERO Y GALLEGO DE ANDRADE aparecer por Chile, y acudir en apoyo de los españoles en una situación muy apurada. Incluso le ayudó al cronista Pedro Mariño de Lobera a liberar a su hijo Alonso Mariño de las manos de los mapuches, que lo tenían preso con la indudable intención de matarlo. Lo curioso es que la brillante biografía de Hernando Lamero estuvo dedicada, principalmente, a las grandes proezas marítimas. Nació en Galicia, y era uno de los más prestigiosos navegantes y pilotos en aguas del Pacífico. Fue él quien iba al mando de la escuadra con la que  llegó a Concepción el año 1557 Don García Hurtado de Mendoza como nuevo gobernador de Chile. Además, por entonces Hernando Lamero tenía a su cargo el transporte anual del tesoro que se enviaba desde Lima hasta Panamá, para ser llevado después a la Corte Española. El año 1567 el virrey de Perú Lope García de Castro le encomendó a su sobrino Álvaro de Mendaña una expedición marítima a lo más lejano del Pacífico, y le nombró a Hernando Lamero piloto mayor de la misma. En el viaje descubrieron las islas Salomón y Lamero llevó a cabo cálculos geográficos muy importantes. Estando ya de vuelta, se dieron las circunstancias para que Hernando Lamero apareciera de repente en Chile con varios soldados precisamente cuando Pedro Mariño de Lobera necesitaba ayuda para salvar a su hijo. En diciembre de 1578 llegó Francis Drake a Valparaíso, encontrando allí la nave de Hernando Lamero, donde había una partida de casi 25.000 pesos de oro en polvo. Siendo tan imprevisto, Lamero se tiró al agua y huyó, sin poder evitar que los piratas se llevaran su nave. Fue poco después cuando reunió gente para ayudar a Pedro Mariño de Lobera, pero pronto volvió a sus navegaciones. Hacia el año 1590 participaba como piloto en la expedición al Estrecho de Magallanes del extraordinario PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA (el glorioso perdedor), pero, para fortuna suya, Lamero no pudo continuar el viaje, que terminó en una absoluta tragedia (una de las más grandes y heroicas de las Indias). Pasados los años, hizo Lamero otro intento de entregarse a la lucha contra los mapuches, por parecerle que era el mayor peligro que había en Chile. Pero volvió a surcar los mares, y, el año 1600, aún tenía HERNANDO LAMERO Y GALLEGO DE ANDRADE energía para indicarle al Rey que eran necesarios quinientos soldados de Castilla y galeones armados para defender de piratas las interminables costas de Chile. A lo que hay que añadir que era un hombre profundamente religioso.