lunes, 16 de noviembre de 2020

(Día 1267) Unos y otros andaban inquietos. Alonso de Alvarado estaba perdiendo la confianza de sus hombres, porque su carácter había cambiado. Por otro lado, su enemigo Girón iba perdiendo gente.

 

     (857) El caso es que las ensoñaciones del juvenil Juan de Vera produjeron cierto efecto inesperado en el Cuzco: "Cuando amaneció, los vecinos vieron que al frente de los alborotadores estaba el capitán (imaginado capitán) Juan de Vera de Mendoza, que llevaba aún alzada su bandera (de trapo), se juntaron con él, y decidieron irse adonde estaba el mariscal Alonso de Alvarado, que había reunido un buen ejército". Pero se buscaron otro jefe: "Eligieron como capitán a Juan de Saavedra, y Juan de Vera decidió quedarse con los que le habían acompañado, para no servir a otra bandera, sino a la suya, pero, aunque llegó donde estaba el mariscal, no le reconocieron el título de capitán, y quedaron en nada sus deseos pueriles". El caso es que tampoco daba la talla el  grupo de los vecinos del Cuzco: "Eran menos de cuarenta, entre vecinos encomenderos, mercaderes y soldados que, por valer poco, los habían desechado los rebeldes. Enterado el mariscal de que se le acercaban, les mandó recado de que no saliesen de su jurisdicción, pues iría él a su encuentro".

     Da la sensación de que el enorme prestigio que había tenido el mariscal Alonso de Alvarado se iba a pique, y hasta de que su carácter de hombre sumamente sensato se estaba deteriorando, dando incluso muestras de crueldad en los castigos que había aplicado a los rebeldes. Estaba claro que sus soldados le querían cada vez menos. Todo ello tendrá mucho que ver con su triste final como militar, víctima de errores y hundido en la depresión, que le llevará a la derrota y a la muerte. Para entonces, ya antes de que Pedro de la Gasca partiera hacia España, se había quebrado definitivamente el gran aprecio mutuo que se tenían los dos: "Sancho de Ugarte, que entonces era corregidor en la ciudad de la Paz, reunió gente para servir a su Majestad, y fue con ella hacia Cuzco con más de doscientos hombres, pero, sabiendo que Francisco Hernández Girón iba camino de Lima, marchó en su persecución, pues, como nadie quería ser mandado, sino mandar, evitaba encontrarse con el mariscal, El cual, al enterarse, le mandó recado de que volviese a su jurisdicción y le esperase en ella, porque no  convenía al servicio de su Majestad tener ejércitos minúsculos, y Sancho de Ugarte obedeció su orden".

     En su recorrido, Francisco Hernández Girón se iba disgustando, porque le llegaban noticias de que en todas las ciudades que le habían mostrado simpatía, la gente se estaba  desengañando, de manera que partían hacia Lima para unirse a las tropas de los oidores. Sus capitanes no conseguían reclutar soldados nuevos. En Arequipa, se encontró Tomás Vázquez con que habían huido los vecinos que, en un principio, parecían entusiasmados con Girón, y dio la vuelta con las manos vacías, pero con un trágico percance: "Mató en el camino a Martín de Lezcano, aunque era gran compañero suyo, porque tuvo la sospecha de que pensaba matarle y alzar bandera por Su Majestad, y ahorcó a otro soldado llamado Alonso de Mur, y se juntó luego con Francisco Hernández Girón en Huamanga, el cual salió a recibirle con mucha gente, pero sin orden, para que entrando luego todos juntos en ella no se viera que Vázquez traía muy poca gente".

 

     (Imagen) A falta de otro de quien hablar en este momento, hagámoslo del verdugo JUAN ENRÍQUEZ. Su historia está muy bien contada, con sabor literario y fina ironía, por  Ricardo Palma,  y es fácil verla en Google.  Casi todo lo que dice el escritor encaja con lo que cuentan los cronistas, pero hay datos dudosos. Empezando por el primero. No parece creíble que el sevillano Antonio de Robles, que fue ejecutado por ser fiel a Gonzalo Pizarro, se llamara Carlos en realidad, y huyera a las Indias por haber abusado de la hermana de su gran amigo Rafael, y que este, a su vez, lo persiguiera cambiando su nombre por el de Juan Enríquez. Lo que sí es cierto es que un Juan Enríquez ejecutó, por orden de Diego Centeno a Antonio de Robles. Al parecer, Enríquez estaba en el Cuzco cuando Diego Centeno derrotó a Robles y lo condenó a muerte, aprovechando la circunstancia el supuesto implacable vengador para que lo nombrara verdugo oficial. De esa manera, no solo pudo ejecutar a Robles, sino que le cogió gusto al oficio, y siguió ejerciéndolo a las órdenes de Pedro de la Gasca. Pasó luego a la Historia como el que se encargó de quitarles la vida a Gonzalo Pizarro y al sanguinario  Francisco de Carvajal. Ejecutó a otros muchos, pero, terminada la guerra civil, se quedó prácticamente en el paro. Vio el cielo abierto de nuevo cuando Francisco Hernández Girón inició otra rebeldía aterradora y le encargó a Juan Enríquez la eliminación física de muchos enemigos. Aunque era el verdugo oficial del Cuzco, su situación jurídica  cambió. Hasta entonces, como verdugo del Rey, tenía licencia para matar, como James Bond, pero se convirtió en verdugo traidor, al serlo del rebelde Francisco Hernández Girón, quizá porque iba a sentir emociones siniestras más numerosas, y eso lo llenó de culpas, aunque también es posible que no le quedara otra opción. Apostó fuerte y salió perdedor. En un  recorrido trepidante de dos años, Girón fue eliminando sin parar enemigos o simplemente sospechosos, a los que sentenciaba el miserable maestre de campo Diego de Alvarado, quien le encargaba las ejecuciones al verdugo Juan Enríquez, siempre a su lado con los arreos de matarife. Pero, tras la batalla de Jaquijaguana, los tres perdieron la vida a manos de otro verdugo, tan inhumano como Enríquez, pero, eso sí: legítimo.




sábado, 14 de noviembre de 2020

(Día 1266) Aunque Alonso de Alvarado tenía descontentos a sus soldados por la dureza de los castigos, Francisco Hernández Girón decidió ir contra la ciudad de Lima. Su hombre de confianza era el brutal DIEGO DE ALVARADO.

 

     (856) Francisco Hernández Girón no perdía el tiempo: "Viéndose poderoso de gente, pues, además de los que mandó a Huamanga y Arequipa, vinieron a unírsele de diversas partes más de cuatrocientos hombres, determinó ir a la ciudad de Lima para enfrentarse a lo que él llamaba ejército de los oidores, evitando decir ejército de Su Majestad. Pero partió con pena, porque él había esperado que acudirían muchos más a su llamada, pues pensaba  que su llamada era por el bien general. Antes de salir, había pensado ir primeramente contra el mariscal Alonso de Alvarado, lo cual habría sido acertado para su empresa, porque toda la gente que tenía el mariscal estaba descontenta, tanto los que eran  leales servidores de Su Majestad, como los no leales, debido al rigor de sus castigos pasados, pues muchos eran parientes o amigos de los muertos, y habían sentido muy mucho su pérdida, pues, como ellos decían, había habido más sobra de castigo que abundancia de delitos". Más de un cronista dijo que Girón cometió un doble error: en su camino hacia Lima, iba perdiendo gente, y, si se hubiese dirigido a Potosí, se habría encontrado con un Alonso de Alvarado en baja forma, ya que muchos de sus soldados le estaban perdiendo el respeto por la dureza de los castigos que había aplicado.

     La tropa de Francisco Hernández Girón partió del Cuzco en dos tandas. Él salió primero, y, después, con el resto, el licenciado Diego de Alvarado. Antes de abandonar la ciudad, Girón mostró un detalle poco frecuente en las guerras civiles: "Tuvo la generosidad (aunque por sentido práctico) de permitir que todos los vecinos que quisiesen quedarse en sus casas lo hiciesen libremente. Hizo esto por parecerle que  no les gustaba su campaña, y no quería tener a su lado gente sospechosa, sobre todo si eran vecinos importantes, a los cuales muchos soldados respetaban en cualquier circunstancia. Solo a Diego de Silva le  rogó insistentemente que le acompañase, pues era bueno para su ejército una persona con autoridad. Diego de Silva obedeció, más por miedo que por amor". En total eran seis los vecinos de relieve que le acompañaron.

     Pero antes de que salieran unos y otros del Cuzco, ocurrió algo ridículo: "Llegó un soldado de Arequipa que había estado en el bando del Rey y se llamaba Juan de Vera de Mendoza, el cual era mozo y muy caballero. Y como, aunque no tenía graduación, deseaba con gran ansia ser capitán, y los del Rey no le habían elegido como tal, se presentó ante Francisco Hernández Girón con un amigo suyo llamado Mateo Sánchez, esperando gozar del título de capitán, y, su amigo, el de alférez, tan entusiasmados, que llegaron con un paño de manos puesto en una vara, a guisa de bandera. Pero, viendo Juan de Vera que hacía ya más de quince días que estaba en el ejército de Girón y no lo promocionaban, decidió abandonarlo y volverse al bando del Rey. Lo cual parece más un sainete que cosa propia de soldados. Concertó Juan de Vera con Mateo Sánchez y otros cuatro tan mozos como él huirse al anochecer. Y así, se volvieron hacia el Cuzco, pasaron el río Apurimac y quemaron el puente para asegurarse de que no podían seguirles. Cuando llegaron a la ciudad, entraron ruidosamente, de manera que los vecinos temieron que volvían los rebeldes. Cuando supieron quiénes eran, se tranquilizaron".

 

     (Imagen) Toca hablar de otra bestia: el licenciado DIEGO DE ALVARADO. Empieza bien el historiador peruano Mendiburu su reseña: "Fue uno de los españoles más detestables que hubo en Perú". Poco se sabe de Alvarado en la fase anterior a la rebeldía de Francisco Hernández Girón. Era licenciado, pero pésimo profesional, porque, como dice Inca Garcilaso, lo que le gustaba a su bronco carácter era la guerra. Mandaba ejecutar a la gente con gran facilidad y sumo placer, sin que tuviera permiso para hacerlo, aunque suele ocurrir que a los dictadores les gusta tener en sus filas a hombres brutales a los que 'les dejan hacer' el trabajo sucio. Alvarado, a diferencia del cruel Francisco de Carvajal, no tenía ninguna de sus virtudes, como el sentido del humor y del agradecimiento. Lo nombró Girón maestre de campo, prueba de que, como militar, tenía ganado un prestigio. Recordemos que a él le encargó que examinara las posibles culpas de traición de Baltasar de Castilla y Juan de Cáceres, lo que le sirvió para tomar venganza, puesto que había perdido en un duelo con el primero, y ejecutó sin pruebas a los dos. Diego de Alvarado era partidario de los hechos consumados e irremediables. En la ida hacia Lima (adonde no llegaron), Girón, como hemos visto, dio libertad a los quejosos para que abandonaran su ejército, pero Alvarado, sin permiso, les quitó antes de marchar todo lo que tenían, y, al médico Serrano, mandó darle garrote vil, que es como le gustaba ejecutar. El capitán Nuño Mendiola, según volvían al Cuzco, le aconsejó descansar un poco a Girón, quien, desconfiando, le pidió que abandonara la tropa, pero Alvarado se quedó algo rezagado, y, por orden suya, Mendiola fue ejecutado. Tras la victoria que tuvieron en Chuquinga, llegó Alvarado al Cuzco para saquear la ciudad, donde una simple sospecha de traición le impulsaba a matar, y así lo hizo con Perales, Juan Alonso Badajos, Diego de Urbina, el alférez Lozano y Aulestia. Pero DIEGO DE ALVARADO y su compañero de fatigas, el verdugo JUAN ENRÍQUEZ (con quien solía pasear buscando 'ejecutables'), tras ser derrotado Girón en Pucará, acabaron siendo ahorcados juntos en 1554. Tres años después, como se ve en la imagen, Francisca de Alvarado, natural de Medellín (Badajoz), se oponía al embargo de los bienes del licenciado Diego de Alvarado, ejecutado como traidor. Es muy probable que fueran hermanos y nacidos en el mismo lugar.




viernes, 13 de noviembre de 2020

(Día 1265) A la hora de escoger el capitán general de su ejército, los oidores decidieron nombrar a dos, y uno de ellos fue, sorprendentemente, el arzobispo de Lima, fray Jerónimo de Loaysa.

 

     (855) El cronista sigue señalando los nombramientos que hicieron los oidores. Los capitanes de infantería fueron Rodrigo Niño, Luis de Ávalos, Diego López de Zúñiga, Lope Martín, portugués, Antonio de Luján y Baltasar Velázquez. El alférez General fue Lope de Zuazo. Pedro de Zárate y Alonso de Zárate sustituyeron a los que renunciaron a su puesto en caballería. Francisco de Piña tomó el de sargento mayor, y a Nicolás de Ribera el Mozo le hicieron los oidores capitán de su guardia del Sello Real. Hubo mucha rivalidad entre tres candidatos para ocupar el cargo de capitán general. Uno de ellos era el licenciado y oidor Santillán, muy bien visto por los oidores de la Audiencia Real. Otro, el doctor, y  también oidor, Sarabia, que se llevaba bastante mal con su colega. Pero había un tercero realmente sorprendente, al que el cargo le vendría, nunca mejor dicho, tan mal como a un santo dos pistolas: "Lo pretendía también el arzobispo de Lima, Don Jerónimo de Loaysa. No se supo por qué  deseaba ser capitán general de cristianos para hacer la guerra a otros cristianos. Los soldados decían que mejor estaba en su iglesia orando por la paz de todos, y por la conversión de los indios". Los oidores estuvieron algunos días confusos, sin inclinarse por ninguna de las partes, y, finalmente, adoptaron una decisión salomónica y de urgencia, porque el tiempo apremiaba. Descartaron al doctor Sarabia, que parecía el menos empeñado en conseguir el mando, y, en lugar de uno, nombraron dos capitanes  generales, el arzobispo y el otro oidor, el licenciado Santillán.

     En aquellos  momentos les llegaron a los oidores cartas desde el Cuzco en las que les comunicaban que varios vecinos escapaban hacia Lima para unirse a las fuerzas leales al Rey, pero, en lugar de alegrarse, se preocuparon, por temor a que en el grupo hubiera algunos rebeldes camuflados. Pensaron en impedirles la entrada en Lima, pero desecharon esa desconfianza, e incluso temieron que, de hacerlo, todos aquellos prófugos se volvieran irritados al Cuzco. Así que les enviaron un mensaje dándoles la bienvenida: "Y los vecinos del Cuzco llegaron a Lima, donde fueron muy bien recibidos y acariciados, como lo merecían". Con rapidez también, los oidores hicieron un llamamiento general: "Avisaron a todas las ciudades del Perú pidiendo que se preparasen para servir a Su Majestad contra Francisco Hernández Girón. Les remitieron los nombramientos de los capitanes que debían serlo en cada zona, mandando pregonar un perdón general para todos los que tenían culpas por su participación en las pasadas guerras con Gonzalo Pizarro y Don Sebastián de Castilla, con la condición de que se pusieran al servicio de Su Majestad, pues sabían que muchos de ellos se habían escondido entre los indios, sin osar vivir con los españoles. Entre otras provisiones, la primera fue vigilar el mar, apoderándose de él, y, para ello, ordenaron a Lope Martín que, con cuarenta hombres, se metiese en un galeón que había en el puerto. Y así lo hizo, pero duró pocos días en el puesto, ya que su condición era más colérica que flemática. Le sucedió en el cargo Jerónimo de Silva, el cual lo ejerció como soldado de mar y tierra, de manera que Lope Martín volvió a su puesto de infantería".

 

     (Imagen) FRAY JERÓNIMO DE LOAYSA Y GONZÁLEZ nació en Trujillo (Cáceres) en 1498. Habiendo ingresado en el convento de los dominicos de Córdoba el año 1521, y tras asumir responsabilidades dentro de su orden, se trasladó a las Indias en 1529. Volvió enfermo a España en 1531, y regresó en 1538 (tras ese largo tiempo sin duda bien aprovechado) ya como obispo de Cartagena de Indias. Allí se confirmaron sus dotes de organizador fundando el convento dominico e iniciando la construcción de la catedral. También debieron de influir en su ascenso sus relaciones familiares, ya que su tío,  fray García de Loaysa, figuraba como arzobispo de Sevilla (cuya catedral era la más importante, tras de la Toledo), general de la orden de los dominicos y (quizá lo más decisivo) presidente del Consejo de Indias, de manera que fray Jerónimo alcanzó la cumbre, pues en 1541 fue nombrado obispo de Lima (y cuatro años después, arzobispo). Era un hombre carismático, y jugó un papel muy importate tratando de mediar en las guerras civiles, en las que siempre mantuvo su lealtad a la Corona y una estrecha colaboración con Pedro de la Gasca. Cuando este partió para España, surgieron otras guerras civiles, también peligrosas, pero de menos importancia. Y ahora le acabamos de ver a Fray Jerónimo sorprendentemente empeñado (y consiguiéndolo) en que los oidores de Lima lo nombraran capitán general de las tropas que iban a luchar contra el rebelde Francisco Hernández Girón. Eran tiempos contradictorios y difíciles de entender, en los que el alto clero podía ostentar cargos políticos y militares. Pero, en general, no tomaban las armas, y se dedicaban solamente a la estrategia. Un caso típico fue el del mismo Pedro de la Gasca, que era clérigo y jefe supremo de las tropas, pero se alejaba del derramamiento de sangre, hasta el punto de que encargaba a otros los juicios que implicaban muerte o duros castigos. Si bien vemos que los soldados consideraban improcedente que Loaysa fuera capitán general, se debía a que se enfrentaban cristianos contra cristianos, por lo que comentaban que debía dedicarse a rezar por la paz de todos ellos. Tras una carrera llena de ambiciones y, también, de preocupaciones pastorales y evangélicas, FRAN JERÓNIMO DE LOAYSA murió en Lima el año 1575, en cuya catedral permanece enterrado.




miércoles, 11 de noviembre de 2020

(Día 1264) Todos se preparaban para la lucha, tanto Francisco Hernández Girón como sus contrarios, Alonso de Alvarado y los oidores de la Audiencia, quienes asignaron cargos, entre otros, a PABLO DE MENESES y a MELCHOR VERDUGO, que no lo aceptó.

 

     (854) Allá en Potosí, Alonso de Alvarado, tras zanjar como pudo el problema de los que habían tenido responsabilidades en el alzamiento de Castilla, Guzmán y Godínez,  empezó a prepararse para la lucha contra Francisco Hernández Girón. En la Audiencia de Lima se tomaron también medidas, incluso algunas de carácter legal destinadas a calmar a la gente: "Pocos días después, le llegaron a Alvarado dos provisiones de los oidores de Lima: en una, mandaban suspender por dos años la disposición que prohibía el servicio personal de los indios, y las demás que habían provocado el descontento de los vecinos y soldados, pues sabían muy bien que era eso lo que alteraba aquellas tierras, y no la mala voluntad de sus moradores; en la otra provisión, nombraban al mariscal Alonso de Alvarado capitán general de aquella guerra contra Girón. De inmediato, nombró capitanes, y le ofreció el cargo de maestre de campo a Gómez de Alvarado, pero no lo aceptó porque lo pretendía un cuñado del mismo mariscal, hermano de su mujer, que se llamaba Don Martín de Avendaño, y el mariscal le concedió la plaza por insistencia de su mujer, aunque contra su voluntad, pues era muy mozo y tenía muy poca o ninguna experiencia militar; pero lo decidió así por no tener conflictos en su casa. Pidió a los curacas (caciques) que aportasen muchas provisiones para los soldados, y unos nueve mil indios para llevar cargas cuando el ejército se pusiese en marcha".

     Por su parte, también Francisco Hernández Girón aceleraba sus preparativos: "Envió a Tomás Vázquez con cincuenta soldados a Arequipa para que tomase la ciudad y pidiese a los de su cabildo que lo nombrasen (a Girón) capitán general y justicia mayor del Perú, como lo habían hecho en el Cuzco. Después de hacer de su bando a Francisco Núñez con caricias y halagos, aunque podía más el miedo que los beneficios, lo envió con Juan Gavilán y otros cuarenta soldados a la ciudad de Huamanga, para que hiciese allí lo mismo que Tomás Vázquez en Arequipa, pues las dos ciudades habían mostrado simpatía con su alzamiento enviándole embajadores. Pero, en realidad, Francisco Hernández Girón lo hizo más por hacer creer a todo el Perú que aquellas ciudades se habían pasado a su bando, que por esperar que le iban a conceder lo que les pedía, pues bien sabía que las dos se habían apartado de todo lo que le habían prometido y ofrecido con sus mensajeros. Sus capitanes llevaban también cartas para personas particulares, y él les pidió a los del cabildo del Cuzco que también les enviasen mensajes a las dos ciudades apoyando su alzamiento, y a la villa de la Plata, y, por su parte, escribió, además, a muchos vecinos de las Charcas, al mariscal Alonso de Alvarado y a su mujer, Doña Ana de Velasco. Cosas que son más para reír que para hacer caso de ellas, de manera que ninguno le respondió".

     Los oidores, viendo que Francisco Girón iba cogiendo cada vez más fuerza y que sus partidarios aumentaban, hicieron los nombramientos del ejército que estaban formando. El puesto clave de maestre de campo se lo confiaron a Pablo de Meneses. Designaron como capitanes de caballería a Don Antonio de Ribera, Diego de Mora, Melchor Verdugo y Don Pedro Luis de Cabrera. Estos dos últimos rechazaron las propuestas, porque, dice el cronista, "les parecía que merecían ser generales de ejércitos mayores".

 

     (Imagen) Vemos ahora los nombramientos que hicieron los oidores de Lima para enfrentarse al alzamiento de Francisco Hernández Girón. Entre los escogidos estaban PABLO DE MENESES y MELCHOR VERDUGO. Pero Melchor no aceptó el cargo de capitán por creer que merecía un puesto mejor, dando pruebas, una vez más, de su estilo independiente y alocado. A los dos les dediqué sendas imágenes, que necesitan algún retoque. Cuando hablé de Meneses, aludí al serio conflicto que tuvo con Martín de Robles, provocado en los inicios de la rebelión de Don Sebastián de Castilla, poco antes de que este matara a Pedro de Hinojosa. Lo atribuí a cuestiones económicas, pero, en realidad, los soldados rebeldes, para conseguir que Martín de Robles se uniera a ellos, trataron de enemistarlo con Pablo de Meneses mediante la sibilina mentira de que tenía un romance con su mujer. De hecho, se desafiaron a duelo, pero todo se aclaró, e incluso establecieron los dos el compromiso de una futura boda de Meneses con la hija de Robles (entonces una niña). De MELCHOR VERDUGO ya vimos que, como hombre rico, preparó unos barcos y luchó contra Gonzalo Pizarro, aunque a Pedro de la Gasca no le gustó su colaboración por ser anárquica y llena de brutalidades (no es casualidad que, entre sus hombres, estuviera el trastornado Lope de Aguirre). Sabiendo el odio que le tenían  en Panamá, no quiso aceptar sus servicios, y le ordenó que se retirara a Cartagena de Indias. Entonces Verdugo decidió ir a España a pedir el amparo del Rey y que le premiara sus esfuerzos, pero se tenía ya una amplia información de sus andanzas piratescas, muy diferentes a los méritos que alegaba,  por lo que, en diciembre de 1552, le rechazaron sus pretensiones, y, además, se le despojó del Hábito de Santiago que tenía concedido, dato que el cronista Inca Garcilaso no conocía, pues nos acaba de decir que era comendador de dicha orden de caballería. Chasqueado Verdugo, volvió a Perú en el momento preciso del comienzo de la rebelión de Francisco Hernández Girón. Algún tiempo después, se dio la paradoja de que  nombraron caballero de la Orden de Santiago a PABLO DE MENESES, el cual murió en 1557. En esto fue más afortunado MELCHOR VERDUGO, ya que siguió vivo hasta el año 1567.




(Día 1263) Los asustados miembros del cabildo del Cuzco le dieron a Francisco Hernández Girón todos los poderes que exigió. Los oidores de Lima se prepararon para la guerra, y Alonso de Alvarado paralizó los castigos que aplicaba a los culpables de la anterior rebeldía.

 

   (853) Va contando Inca Garcilaso que Francisco Hernández Girón se vio muy crecido con el terror que había impuesto, especialmente cuando mataron a Don Baltasar de Castilla, aunque él fingiera haberlo sentido. Como todos los revolucionarios, se convirtió en un dictador, y, gracias al miedo que le tenían,  consiguió que unos cuantos elegidos por él formaran cabildo y le dieran los cargos de máxima autoridad: Procurador General de todo el Perú, para que consiguiese de Su Majestad, en nombre de todos, lo que más les conviniese, así como Capitán General y Justicia Mayor de aquella ciudad, y de todo el reino, para gobernarlo y mantener la paz. No tuvo ninguna dificultad. "Todo se lo concedieron atemorizados, porque tenía delante de la puerta del cabildo un escuadrón de más de ciento cincuenta arcabuceros con los capitanes Diego Gavilán y Nuño Mendiola. Mientras ocurrían estas cosas en el Cuzco, llegó la noticia de ellas a Lima. Los oidores (qué gran vacío el de La Gasca…) al principio la tuvieron por falsa, porque el que la llevó, Hernando Chacón, era gran amigo de Francisco Hernández, y hasta decían que hermano de leche, por lo que creyeron que se trataba de un ardid para saber quiénes estaban a favor o en contra de la rebelión, y lo apresaron, mas pronto lo soltaron, pues llegó desde otras partes la confirmación de que era cierta. Por lo cual los oidores nombraron capitanes para la guerra que se veía venir.  También se enteraron del levantamiento de Francisco Hernández en Potosí, donde estaba el mariscal Alonso de Alvarado ejecutando el castigo de los delincuentes que mataron al general Pedro de Hinojosa y de los secuaces de Don Sebastián de Castilla. Aunque quedaban muchos culpables que merecían también la muerte, paró las ejecuciones, pues, con el nuevo levantamiento, convenía perdonarlos, y aplacar a los leales, ya que los unos y los otros estaban escandalizados por tanto rigor y por tantas muertes como se habían dado". Remata Inca Garcilaso el párrafo con una anécdota típica de la cínica ironía que tanto se valoraba en aquellos tiempos: "Entre los condenados, había un tal Bilbao, al cual visitó un amigo suyo para felicitarle por salvar la vida. Y le dijo que diese muchas gracias a Dios por ello. El soldado le respondió: 'Doy las gracias a Dios, a San Pedro, a San Pablo y a San Francisco Hernández Girón, gracias al cual se me ha hecho esta merced'; y dijo que iría a servirle dondequiera que lo viese; y así lo hizo, como veremos". Parece demasiado atrevimiento como para que Alvarado no lo liquidara.

     Luego ocurrió algo curioso. Quedaron libres unos cuarenta presos, todos ellos candidatos a la pena de muerte o a la condena a galeras. Alonso de Alvarado quiso dejar libres a los vecinos y a los soldados que no merecían tanto castigo, pero no aceptaron el método: "Sospecharon que los querían dejar libres sin sentencia, para luego castigarlos. Visto esto, el mariscal Alvarado comenzó a despachar a los presos condenándolos a penas ligeras, según las posibilidades de cada uno y no de acuerdo con lo que merecían. Y así trató, entre otros, a Gómez Solís, a Martín de Almendras y a Martín de Robles". Lo que quiere decir que, aunque no  tuvieron una implicación importante en la muerte de Pedro de Hinojosa, mostraron en algún momento cierta simpatía con el alzamiento de Don Sebastián de Castilla.

 

     (Imagen) No tardará mucho en morir el gran ALONSO DE ALVARADO. El año 1557, su mujer, Doña Ana de Velasco, y sus hijos le pidieron al Rey una compensación por los grandes servicios que había prestado a la Corona. La viuda, en el texto de la imagen, expone un recorrido de sus méritos. Aporta datos generales de sus grandes servicios en el Perú, de las dos ciudades que fundó, de su lucha contra los indios cuando cercaron Lima, y de su participación en la batalla de Chupas contra Diego de Almagro el Mozo, después de que asesinaran a Francisco Pizarro. Añade que luego vino a España, y retornó más tarde, enviado con Pedro de la Gasca por su Majestad para luchar contra Gonzalo Pizarro (después de que matara al virrey); fue el único conflicto en el que, por su ausencia en España, no estuvo, "y a Vuestra majestad es notorio que su valor y su prestigio influyeron para que la armada, con su gente, fuese puesta en Panamá al servicio de Vuestra Majestad, y lo mucho que trabajó en Perú hasta desbaratar a Gonzalo Pizarro". Tras marchar la Gasca a España, le encargaron los oidores de la Audiencia a Alonso que fuera al Cuzco, donde se iniciaba otra revuelta de unos 800 soldados, y consiguió reducirlos, castigando a los más culpables. También fue encargado de castigar a los que después iniciaron otro motín con Don Sebastián de Castilla. Habla luego Doña Ana de lo que estamos viendo ahora, el alzamiento de Francisco Hernández Girón, siendo nombrado su difunto marido jefe de las tropas que se le enfrentaron. Y menciona el episodio más dramático de su vida, hasta entonces tan victoriosa (con una versión que contradice a los cronistas): "Pero perdió la batalla de Chuquinga por no querer dar sus capitanes la orden que él mandó, ni querer después pelear, por la ruin intención que tenían muchos, y salió herido". Aporta un dato que se desconocía: también estuvo en la batalla de Pucará, en la que fue derrotado, y luego ejecutado, Francisco Hernández Girón. Pero sí reconoce lo mucho que le afectó mentalmente la derrota de Chuquinga: "Fue tanto lo que sintió perderla, que llegó a perder el sentido, y murió de ello, lo cual fue harta pena para mí y para mis hijos". Quizá los cronistas dieran por hecho que, después del trauma de Chuquinga (de cuya derrota hacen responsable al propio Alvarado), su mente trastornada le impidió seguir batallando.




martes, 10 de noviembre de 2020

(Día 1262) El cronista Palentino decía que Pedro Luis de Cabrera y Figueroa pensaba unirse al rebelde Girón. Pero Inca Garcilaso lo niega, porque Pedro Luis no podía batallar, ya que era el hombre más grueso que había conocido. Quedó libre, con apuros, el corregidor Gil Ramírez Dávalos.

 

     (852) Inca Garcilaso afirma que no tenía sentido la versión del Palentino, ya que, en lo que menos podía pensar Don Pedro Luis de Cabrera (y Figueroa), era en aventuras de rebeldía militar: "Fue el hombre más grueso que he conocido, particularmente del vientre. Como prueba diré que, dos años después de la batalla de Jaquijaguana, un esclavo negro de mi padre, que era buen sastre, le hacía un coleto (vestidura de piel que cubría hasta la cintura), y, cuando estaba ya a punto, entramos cuatro muchachos de unos diez años, y, viéndolo tan ancho, nos metimos todos en él, como muchachos traviesos, y aun había sitio para otro muchacho. Además, no podía andar a caballo en silla jineta por su mucho vientre, sino solo a la  brida. Y, aunque en la guerra contra Gonzalo Pizarro, fue capitán de caballos, se lo concedió Pedro de la Gasca por ser uno de los que le habían entregado su armada, pues por lo mismo le premió después con un aventajado repartimiento de indios. Era también el hombre más aficionado a comer, y muy divertido con los cuentos graciosísimos que solía inventar. Teníamos parentesco, porque su madre, Doña Elena de Figueroa, pertenecía al linaje de los Feria, y él a mí siempre me llamaba sobrino. Por todo lo cual, afirmo que estaba muy lejos de unirse a la rebeldía de Francisco Hernández Girón, ni tenía razones para hacerlo, porque disfrutaba de todo el bienestar y el descanso que podía desear. Los mensajeros que envió al Cuzco fueron a enterarse de cómo había sido el levantamiento de Girón, y de todo lo que después había sucedido. Y, para que no despertaran sospechas en el Cuzco, les entregó cartas para Girón, pudiendo volver después con algunas respuestas suyas.

     Así que, sin problemas, pudieron seguir su escapada: "Don Pedro tenía muy seguro el camino para ir a Lima, porque, habiendo quemado ya los puentes del río Apurimac los encargados de hacerlo, no podían atravesarlo los enemigos, de manera que él y los que le acompañaban, con las noticias que deseaban saber, se fueron hacia allá haciendo burla de los traidores". Por su parte, Francisco Hernández Girón decidió algo nada frecuente en aquellas guerras dadas a la violencia ciega: "Le ordenó a Juan de Piedrahita que, con una docena de arcabuceros, llevase al corregidor Gil Ramírez Dávalos, no por el camino de Lima, sino por el de Arequipa, y le dijo que, cuando estuviesen a cuarenta leguas del Cuzco, lo dejase libre para que fuera donde quisiese. Este viaje de Piedrahita fue más de cuarenta días después de lo que hemos contado de Don Pedro de Cabrera, y el enviar al corregidor por Arequipa era para que no llegase demasiado pronto a Lima, ni cómodamente acompañado por Don Pedro y los que iban con él. Por todo lo cual se ve claro que la información que le dieron al Palentino fue la del vulgo, que, en su mayor parte, habla cada uno lo que oye a otros que no lo vieron, y no lo que pasa de verdad". Es posible que  también Inca Garcilaso haya 'patinado' en un detalle importante. Parece bastante verosímil lo que, como vimos, contaba el corregidor Gil Ramírez Dávalos, en su expediente de  méritos y servicios, respecto a cómo quedó libre en esta aventura. Según él, no lo soltó Juan de Piedrahita como a pájaro volador, sino que, primeramente, mientras estuvo preso en el Cuzco, hasta cuatro veces corrió peligro de que lo mataran, y, cuando lo llevaban hacia Arequipa, también quisieron matarlo porque trató de convencer a algunos de la tropa para que abandonaran su rebeldía, pero se salvó escapando, y llegó a Lima.

 

     (Imagen) Nos acaba de hablar el cronista del gordo y charlatán Pedro Luis de Cabrera. Ya sabíamos que era hermano de Jerónimo Luis de Cabrera (al que también le dediqué una imagen), pero he tropezado con unos datos que aclaran la complicada situación familiar que tuvieron. Los dos partieron de España hacia el Perú el año 1538, y en el registro (el de la imagen) figuran como vecinos de Sevilla e hijos de Miguel Jerónimo de Cabrera, Caballero de la Orden de Santiago, y de Doña Elena de Figueroa. Pero había una trastienda familiar muy complicada. Jerónimo no era hijo de Doña Elena, sino de una amante de su marido, María de Toledo. El asunto tiene un fondo triste, pero también muy romántico. María, mujer apasionada, se había casado, sin duda enamorada, aunque contra la voluntad de sus linajudos padres, con un calderero. Pero el flechazo fulminante fue el que tuvieron ella y el también casado Miguel Jerónimo de Cabrera, entonces padre de un solo hijo, Pedro Luis. Fue tal el escándalo, que sufrieron críticas, denuncias, el embargo de los bienes de Miguel Jerónimo y su expulsión de la orden de Santiago, por lo que decidieron huir a Portugal. Tuvieron varios hijos, siendo el primero Jerónimo Luis, aunque en el registro de embarque conste como hijo de Elena. Cuando esta y el calderero fallecieron, Miguel Jerónimo y María regularizaron su situación, casándose y legitimando a los hijos que habían tenido, en gran parte gracias a las súplicas que la propia María le dirigió al Rey. Pero siguieron las ambigüedades. En 1546, poco antes de morir Miguel Jerónimo en Sevilla (ya tenía 71 años), hizo testamento, y en él solo figura como esposa suya Doña Elena de Figueroa, quizá por conveniencias legales y hereditarias de un mayorazgo que provocó  un larguísimo pleito. Doce años después, en 1558, María de Toledo, partió para las Indias con un hijo y una hija, figurando oficialmente como viuda de Miguel Jerónimo. Esto dice el registro: "Doña María de Toledo, mujer del Comendador que fue Miguel Jerónimo de Cabrera, viuda, vecina y natural de Sevilla, hija de Francisco de Toledo y de doña Catalina, con doña Nicolasa y don Juan de Cabrera, sus hijos; van al Perú". Recordemos que ya vimos lo que ocurrió: el barco naufragó teniendo aún a la vista la costa española, y, entre otros muchos, se ahogaron DOÑA MARÍA DE TOLEDO y sus hijos.






lunes, 9 de noviembre de 2020

(Día 1261) Inca Garcilaso da los nombres de bastantes de los que huyeron del Cuzco y de otras poblaciones para ir a Lima a ponerse bajo las órdenes de los oidores de la Audiencia, representantes del Rey.

 

     (851) Luego Inca Garcilaso detalla quiénes fueron los principales de los que escaparon del Cuzco: "Garcilaso de la Vega, mi señor, Antonio de Quiñones, Diego de los Ríos, Jerónimo Costilla, Garci Sánchez de Figueroa, primo de mi padre, que no era vecino, sino soldado antiguo y benemérito de esta tierra (Inca aclaró que solo se consideraba vecinos a los que tenían encomiendas de indios). Estos cinco caballeros fueron a la ciudad de Lima la misma noche del levantamiento de Francisco Hernández Girón". En días sucesivos fueron marchando otros, y cita, en concreto, estos nombres (alguno ya mencionado antes): Juan Vasco de Guevara, con sus dos cuñados, apellidados Escalante, Alonso de Hinojosa, Juan de Pancorbo y Alonso de Mesa. Se supone que quedarían bastante indefensos los familiares que permanecieron en sus casas. Y sigue diciendo Inca Garcilaso: "Mi señor, Garcilaso, y sus compañeros se encontraron a nueve leguas de la ciudad con Pedro López de Cazalla en una heredad suya. Estaba con él Sebastián de Cazalla, su hermano, los cuales, sabiendo lo que pasaba, determinaron irse también con ellos para servir a Su Majestad. La mujer de Pedro López, que se llamaba Doña Francisca de Zúñiga, mujer noble, hermosa y de toda bondad y discreción, quiso también irse con él, no por servir a Su Majestad sino a su marido. Aunque era delicada y de poca salud, pasó sobre una mula ensillada toda la aspereza de aquellos caminos. Por la noche les proveía a todos la cena, y a la hora del almuerzo les indicaba a las indias cómo lo habían de aderezar. Todo esto y mucho más oí contar de aquella famosa señora a los que iban con ella".

     Según iban avanzando hacia su meta, los que huían de Girón consiguieron que se unieran a ellos otros que encontraron por el camino, entre ellos, Hernán Bravo de Laguna y Gaspar de Sotelo. Al llegar a la ciudad de Huamanga, los vecinos recibieron con entusiasmo a soldados tan brillantes, y, todos los que pudieron, se unieron a  su escapada hacia Lima. Luego explica el cronista que, cuando pasaron el puente del río Apurimac (el que tuvo tanta importancia para la victoria de Pedro de la Gasca contra Gonzalo Pizarro), no quisieron quemarlo, para que así pudieran seguir pasando otros fugitivos durante bastantes días. Pero tomaron la precaución de dejar allí de vigilantes a dos compañeros que, cuando consideraran que era ya peligrosa su conservación porque podría aparecer en cualquier momento la tropa de Girón con intención de pasar por allí, lo  destruyeran inmediatamente. Da luego los nombres de algunos que huyeron por otros caminos, porque no estaban en la ciudad del Cuzco, sino que se encontraban en sus encomiendas de indios: Julio de Ojeda, Pedro de Orve, Martín de Arbieto, Rodrigo de Esquivel y Don Pedro de Cabrera. De pasada, Inca Garcilaso, afirma que el cronista Palentino se equivocó al decir que Don Pedro de Cabrera le escribió una carta a Francisco Hernández Girón comunicándole que se le había adelantado rebelándose, por lo cual, para unirse en su motín, él partía hacia Lima acompañado de Garcilaso de la Vega y otros, pero con la intención de apoderarse de la ciudad, apresar a los oidores de la Audiencia y embarcarlos hacia España.

 

     (Imagen) Acaba de citar Inca Garcilaso a un primo de su padre llamado Garci Sánchez de Figueroa, y, tratando de encontrar algún dato sobre él, descubro otra historia que hace referencia a la madre del cronista, ISABEL CHIMPU OCLLO, prima de Atahualpa. Su hijo la menciona con afecto en sus obras, pero da pocos detalles, quizá por el trauma que sufrió al abandonarla su padre (obligado), para casarse con Luisa Martel de los Ríos. Sin embargo, hacia el año 1933, un historiador peruano (del que solo aparecen las iniciales A.M.Q.S.) descubrió en el Cuzco el testamento de Isabel, tras una larga peripecia de dudas, intuiciones y, finalmente, convicciones, con lo cual quedó el recuerdo histórico de la difunta enriquecido de datos. Así, por ejemplo, se ve en él que uno de sus albaceas fue el mencionado Garci Sánchez de Figueroa. En el texto, Isabel se muestra como una ferviente cristiana. El documento es del año 1571 (año en que murió), y, para entonces, Luisa y Ana del Pedroche, las dos hijas que tuvo con Juan del Pedroche, estaban ya casadas, y había nacido un hijo de la menor, lo que quiere decir (contra otras suposiciones) que Isabel se había casado con Juan del Pedroche poco después de separarse de Sebastián Garcilaso de la Vega. A lo largo del testamento aparecen numerosos nombres de parientes directos e indirectos de  su familia, incluso, como era natural, el de su hijo, Inca Garcilaso, el cual, al venir a España el año 1560 (nunca más se volvieron a ver, y su padre acababa de morir), le dejó a su madre el disfrute de una encomienda que poseía en el Cuzco, la ciudad donde ella nació, vivió y murió. De su marido, JUAN DEL PEDROCHE, apenas se conoce nada, pero vivieron juntos hasta que la muerte los separó, e Isabel hace constar que lo nombra albacea de ese testamento que comienza así: "En el nombre de Dios, amén: Sepan cuantos este testamento vieren que yo, Isabel Suárez Inca (era su nombre habitual), natural de la ciudad del Cuzco, hija legítima de Gualpe Topa y de Cusi Chimbo, mujer legítima que soy de Juan del Pedroche, estando enferma del cuerpo (solo tenía unos 50 años) y sana de voluntad, y en todo mi juicio natural, creyendo firmemente en la Santísima Trinidad y en la Santa Iglesia de Roma, hago mi testamento en la manera siguiente:…".




viernes, 6 de noviembre de 2020

(Día 1260) El verdugo Juan Enríquez se puso entusiasmado al servicio del rebelde Francisco Hernández Girón, quien ya tenía 150 seguidores y simuló estar enfadado por la ejecución de Don Baltasar de Castilla y de Juan de Cáceres.

 

     (850) El siniestro verdugo Juan Enríquez se convirtió en una leyenda, y fue protagonista, como ya vimos, de muchas anécdotas. Para él, las guerras civiles eran una bendición porque le gustaba el oficio. Así que, en cuanto empezó Francisco Hernández Girón la suya, se puso rápidamente a su servicio: "En cuanto Francisco Hernández se rebeló, salió Juan Enríquez al día siguiente, presumiendo de su buen oficio, cargado de cordeles y  garrotes para ahogar y dar tormento a los que los tiranos quisiesen matar y atormentar. También sacó un alfanje para cortar las cabezas que le mandasen; pero él lo pagó después, como más adelante diremos. El cual ahogó rápidamente a aquellos pobres caballeros (Baltasar de Castilla y Juan de Cáceres), y, por sacar algún beneficio, los desnudó, a Don Baltasar hasta dejarlo como nació, y, a Juan de Cáceres, le dejó solo la camisa, porque no era tan galana como la de su compañero. Y así los llevaron a la plaza, y los pusieron al pie del rollo, donde yo los vi hacia las nueve de la noche. Según se dijo, al día siguiente Francisco Hernández reprendió a su letrado por haber matado a aquellos caballeros sin comunicárselo a él. Pero esto fue más por quedar bien con la gente que por pesarle a él, pues más bien se alegró de ver el temor que causó aquel hecho. De manera que, por  aquel suceso tan cruel, se le rindieron todos los vecinos de la ciudad, mientras los matadores se sentían más ufanos y soberbios que antes".

     Después de haber dado con éxito el primer paso de su rebeldía, Francisco Hernández Girón se sintió con ánimos suficientes para seguir adelante. Dado que, además, contaba ya con unos ciento cincuenta seguidores dispuestos a luchar a su lado, designó los mandos de su recién nacida tropa. Nombró maestre de campo al licenciado Diego de Alvarado, a quien, según dice el cronista, se le daba mejor el oficio militar, por su carácter bravucón, que el de letrado, pues lo era malo. Como capitanes de caballería designó a Tomás Vázquez (uno de los hombres más valiosos que tuvo Girón en sus batallas, hasta que le traicionó), así como a Francisco Núñez y Rodrigo de Pereda, de quienes dice Inca Garcilaso que aceptaron más por miedo que por convencimiento. Escogió como capitanes de infantería a Juan de Piedrahita, Nuño de Mendiola y Diego Gavilán; a Albertos de Orduña le dio el puesto de alférez general, y, a Antonio Carrillo, el de sargento mayor.

     El eco del alzamiento de Girón en el Cuzco llegó a otras ciudades en versiones adulteradas. En algunos sitios se creyó que la rebeldía había sido general, y enviaron emisarios a la ciudad para simpatizar con los rebeldes, pues les hacía ilusión la idea de que, con este movimiento, mejorara de nuevo la situación de los encomenderos dejándose sin efecto las leyes de protección a los indios. En otras ciudades, como Huamanga y Arequipa, ya sabían que la rebelión del Cuzco había sido cosa de unos pocos, y que la mayoría de los vecinos habían huido de la ciudad: "Y conociendo quiénes y cuántos eran los escapados, de común acuerdo los de una ciudad y de la otra se fueron, todos los que pudieron, a servir a Su Majestad".

 

     (Imagen) No fue rectilínea la deriva del sevillano DON BALTASAR DE CASTILLA (de quien ya hablamos) en el proceso de las guerras civiles. Al final, fue la lealtad al Rey lo que le costó la vida. En un principio, no debía de tener muchas simpatías por los Pizarro, ya que, tras ser asesinado Francisco, luchó a favor de Diego de Almagro el Mozo contra el representante del Rey, el licenciado Vaca de Castro, en la batalla de Chupas. Tras ser derrotados, al Mozo lo ejecutaron. Poco después Baltasar se unió a la rebelión de Gonzalo Pizarro contra el virrey Núñez Vela. El 13 de agosto de 1545, Baltasar le escribió una carta a Gonzalo Pizarro, desde una de las naves que, bajo el mando de Pedro de Hinojosa, iban a tranquilizar la zona de Panamá, bastante alterada por la actuación que allí había tenido Bachicao. Y le dice: "Nos ha escrito Lorenzo de Aldana con noticias tan buenas como Dios quiera que oigamos siempre quienes servimos a vuestra señoría, y nos comunica que, aunque les da pena la ausencia de vuestra señoría, todos están pacíficos en aquellas tierras". Pero será decisiva para Baltasar la llegada de Pedro de la Gasca. Ocurrió que Pedro de Hinojosa, en noviembre de 1546, le entregó a La Gasca toda la armada de Pizarro, y tanto Aldana como Baltasar de Castilla, entre otros muchos, lo traicionaron también. Después aparece Baltasar colaborando con Pedro de la Gasca, que lo nombró capitán, en la batalla de Jaquijaguana. Derrotado y muerto Gonzalo Pizarro, no quiso Baltasar coquetear con rebeldías, ni siquiera con la de  su hermano Don Sebastián de Castilla, quien, como sabemos, fue asesinado por los  hombres de Vasco Godínez. Acabamos de ver lo que vino luego. Francisco Hernández Girón dio otro golpe de rebeldía, y lo hizo entrando brutalmente en el banquete de boda de Alonso de Loaysa, donde se encontraba Baltasar porque la novia, María de Castilla, era su hermana. Mataron a algunos, pero Girón no le tocó a Baltasar, a pesar de que se negó a seguirle. Y lo respetó porque eran amigos, pero algo en el interior de Francisco Hernández Girón quebró esa amistad. Solo así se explica que, enseguida, se lavara las manos como Pilatos cuando, por sospechas infundadas de conspiración, el rencoroso licenciado Diego de Alvarado se encargó de juzgar y condenar a muerte a DON BALTASAR DE CASTILLA, siendo ejecutado por el verdugo Juan Enríquez.




jueves, 5 de noviembre de 2020

(Día 1259) FRANCISCO HERNÁNDEZ GIRÓN contaba con poca gente en el Cuzco, y trataba de que no escapase nadie. La sospecha de que pensaban huir les costó la vida a Don Baltasar de Castilla y a Juan de Cáceres.

 

     (849) También rechaza Inca Garcilaso otro comentario del Palentino, según el cual Francisco Hernández Girón y sus acompañantes consiguieron armas y salieron a la plaza convocando a los vecinos, poniendo, además, vigilancia para que nadie escapara de la ciudad, por lo que se les juntaron algunos más: "Yo afirmo que aquella noche no hubo más que lo que he dicho, pues, como muchacho, anduve toda la noche con ellos, y ni para defenderse ellos tenían gente suficiente, y menos todavía para vigilar las salidas de una ciudad que entonces tenía más de una legua de contorno". No deja de extrañar que 'el mozo' permaneciera toda la noche con una compañía tan peligrosa e imprevisible como la de los rebelados. Lo normal era que estuviese metido en su propia casa.

     Al día siguiente Girón y los suyos fueron a la casa del corregidor, y se apoderaron de su escritorio. Después, con el fin de ganarse para su rebelión a los soldados y a los  vecinos, se inventaron que en él habían encontrado documentos dictados por los oidores de la Audiencia, en los que se daban las órdenes que más les podían molestar: prohibición de usar a los indios como sirvientes, o en trabajos mineros, así como de hospedar o mantener a soldados en las casas: "El tercer día después de su motín, fue Francisco Hernández a visitar las casas de los vecinos más principales, y, entre otras, la de  mi padre, estando yo presente. Habló con mi madrastra y le dijo que él había obrado así porque era en beneficio de todos los soldados y vecinos de aquel imperio, pero que pensaba darle el cargo principal a quien tuviese más derecho y lo mereciese mejor, por lo que le rogó que pidiese a mi padre que saliese a la plaza y no estuviese retirado en su casa, porque había mucha necesidad de él. Cuando mi madrastra le aseguró que, desde la noche de la boda de Loaysa,  no le había visto ni había entrado en la casa, se admiró Francisco Hernández, y ella se lo volvió a afirmar varias veces, incluso con juramento. Entonces lo creyó, y lo sintió mucho. Luego fue a hacer las demás visitas, y se encontró lo mismo. La verdad es que los que faltaban no se fueron todos aquella noche, sino a lo largo de cinco noches, pues, no habiendo quien vigilara toda la ciudad, tuvieron ocasión de irse en el momento oportuno".

     Pero no fue tan fácil para todos: "Pasados ocho días de la rebelión de Francisco Hernández, le avisó uno de los suyos, que se llamaba Bernardino de Robles,  hombre bullicioso y escandaloso, de que Don Baltasar de Castilla y el contador Juan de Cáceres trataban de huir, llevando consigo alguna gente. Francisco Hernández llamó al licenciado Diego de Alvarado, y le confió una investigación para castigar a los culpables. El licenciado no tuvo necesidad de muchas averiguaciones, porque había reñido dos meses antes con Don Baltasar en la plaza de la ciudad, saliendo ambos heridos de la pendencia. Sin culpa de los pobres acusados, como fue general opinión, el licenciado aquella noche mandó darles garrote, y se lo dio el verdugo Juan Enríquez, el mismo que degolló a Gonzalo Pizarro y ahorcó e hizo cuartos a sus capitanes y al maestre de campo, Francisco de Carvajal".

 

     (Imagen) Es difícil entender por qué el cacereño FRANCISCO HERNÁNDEZ GIRÓN decidió encabezar una nueva rebelión, que, además, estaba condenada al fracaso, como todas las que él había visto. Ya comenté que pesó el ansia de poder y de riqueza, pero tuvo que haber más razones, quizá por cuestiones personales, a lo que se añadiría su carácter duro y cruel. Casi todos los rebeldes habían sido víctimas de un injusto reparto en los premios que Pedro de la Gasca concedió tras la derrota y muerte de Gonzalo Pizarro, pero Francisco Hernández Girón fue generosamente recompensado. El mismo Pedro de la Gasca lo comenta en uno de sus informes, en setiembre de 1548, vencido ya Pizarro: "Francisco Hernández Girón sirvió bien en la batalla de Jaquijaguana, y, por ello, aunque ya disfrutaba en Popayán de 400 pesos de renta anual, se le dio todo lo que Gonzalo Pizarro tenía en el Cuzco, obteniendo de la coca once mil pesos anuales, más el trigo y el maíz que los indios le dan de tributo". Aunque sabía que era un hombre difícil, La Gasca quedó muy satisfecho de sus actuaciones en la lucha contra Gonzalo Pizarro, quien, como vimos, le había perdonado la vida a Francisco después de condenarlo a muerte, tras ser apresado cuando luchaba al servicio del virrey Blasco Núñez. Incluso poco antes de la batalla de Huarina, Gonzalo Pizarro, consciente de la valía de Girón, quiso inútilmente ganárselo para su causa. Le decía en una carta: "Tengo por cierto que el licenciado La Gasca, con las mismas mañas que ha engañado a los de Panamá (se refiere a la traición de Hinojosa), querrá engañarle  a vuestra merced pintando las cosas de colores fingidos". Pero hubo otro desencadenante de la rebelión. La norma de prohibir el servicio personal de los indios como porteadores de carga había quedado aparcada, incluso con la conformidad del virrey Don Antonio de Mendoza, por considerarlo un asunto que podía aumentar peligrosamente las iras de los encomenderos. Muerto el virrey, los oidores de las Audiencia decidieron hacer efectiva la prohibición. Quizá viera en ello Francisco la oportunidad de saborear la revancha de sus frustraciones y el liderazgo de una revolución. Como sabemos, ya tres años antes era objeto de sospecha: la imagen muestra un informe (fechado el día 16 de julio de 1550) sobre sus dudosas intenciones en el Cuzco.






miércoles, 4 de noviembre de 2020

(Día 1258) Un adolescente Inca Garcilaso vivió las angustias del brutal inicio de la rebeldía de Francisco Hernández Girón, quien, de momento, logró pocos apoyos. Uno de los que se le unieron fue Juan de Piedrahita.

 

     (848) Sigue contando Inca Garcilaso las emociones de su joven corazón: "A Antonio de Quiñones le ayudó uno de los conjurados, Juan de Gavilán, pues eran amigos de antes. El cual, estando junto a la puerta principal de la sala, lo sacó a la calle, y a Juan de Saavedra con él. A Antonio de Quiñones le dijo que se fuera a su casa con Saavedra, y que no salieran hasta que él fuera a verlos a la mañana siguiente. Mi padre los halló en ella, de lo que todos se alegraron, pero enseguida acordaron todos irse aquella misma noche a la ciudad de Lima. Luego Juan de Saavedra cambió de idea, alegando achaques de su salud, y decidió quedarse en la ciudad. Más adelante diré la causa de su excusa, por la cual perdió su hacienda y su vida (esperemos que, con ello, aclare lo que no pude explicar en dos imágenes que dediqué a Saavedra). Garcilaso, mi señor, me envió a nuestra casa para pedir que trajeran un caballo que ya estaban ensillando. Cuando iba, pasé por la puerta de Tomás Vázquez, vi en la calle dos caballos ensillados, y unos cuatro negros con ellos, y allí seguían cuando di la vuelta. Se lo conté a mi padre y a los demás, y se escandalizaron sospechando que eran de los conjurados. Me pidió Rodrigo de León que fuera a casa de su hermano, Pedro López de Cazalla, para decirle al indio portero que escondiese una cota y una celada que allí tenía, porque temía que los tiranos saqueasen la ciudad aquella noche. Fui aprisa a hacer el recado, y, cuando volví, mi padre y sus dos parientes, Diego  de los Ríos y Antonio de Quiñones, se habían ido, evitando pasar por la puerta de Tomás Vázquez, y yo me volví a la casa de mi padre. Allí estuve mirando y esperando los terribles sucesos de aquella noche".

     Los rebelados tenían una prioridad: "Francisco Hernández Girón y los suyos seguían en la casa de Alonso de Loaysa (¡vaya noche de bodas!). Querían encontrar al corregidor, pues pensaban que, teniéndole preso, toda la ciudad se les rendiría. Cuando les  dijeron que estaba en la sala de las mujeres, rompieron las primeras puertas con un banco, y, cuando llegaron a las segundas, ellas les pidieron desde dentro que les diesen palabra de que no matarían al corregidor, ni le harían daño alguno. Habiéndosela dado Francisco Hernández, le abrieron las puertas. Él prendió al corregidor y lo llevó a su casa, donde lo dejó preso, y salió a la plaza con todos su compañeros, que no eran más de trece.

    Las siguientes palabras de Inca Garcilaso las utiliza para hacer ver que el motín les salió bien por pura casualidad. Emplearon casi tres horas en controlar la situación, y, siendo tan pocos, el corregidor Gil Ramírez Dávalos, de haber hecho caso al padre del cronista, Sebastián Garcilaso, habría tenido tiempo de sobra para escapar con él de la casa de Loaysa, y organizar rápidamente un toque de alarma para juntar a los vecinos contra el pequeño grupo de rebeldes. Ni siquiera después logró Francisco Hernández encontrar apoyo en los vecinos, pues solamente respondieron a su llamada unos pocos: "En la media hora que estuve yo en la plaza, solo se le unieron Tomás Vázquez. Juan de Piedrahita y Alonso Díaz. Aunque después le siguieron otros vecinos, fue más por temor que por amistad. Los pobres rebelados, viendo que eran tan pocos, y que no acudía nadie más, soltaron a todos los presos y los trajeron a la plaza para hacer más bulto, y en ella estuvieron hasta el amanecer, no pasando de cuarenta hombres".

 

     (Imagen) JUAN DE PIEDRAHITA fue otro polémico soldado en aquel torbellino de las guerras civiles. El inicio de su larga, pero no eterna, fidelidad a Gonzalo Pizarro sucedió estando con otros conocidos nuestros. El año 1544, Piedrahita iba con Gonzalo Díaz de Pineda, por orden del virrey Núñez Vela,  a castigar a dos traidores, Pedro de Puelles y Jerónimo de Villegas (el Astrólogo). Yendo de camino, decidieron unirse a los perseguidos, y Piedrahita se convirtió en una figura ascendente junto a Gonzalo Pizarro. En una fervorosa carta de febrero de 1545, Piedrahita le decía a su amado jefe: "Decidí escribiros para que vuestra señoría vea que mi único deseo es estar junto a vuestra señoría, y acabar mi vida en vuestro servicio". En otra, escrita en 1547, poco antes de la victoria en Huarina de Gonzalo Pizarro, seguía la adoración: "Sepa vuestra señoría que salen del Cuzco 400 servidores suyos. Encomiéndelo todo a Nuestro Señor, pues la justicia que vuestra señoría sustenta ha de ayudarle como ha hecho hasta ahora". Y, sin embargo, en la batalla de Jaquijaguana, como ocurrió  con otros muchos, se quebrará la fidelidad de JUAN DE PIEDRAHITA a Gonzalo Pizarro, debido a las promesas de perdones de Pedro La Gasca. Pero cinco años después el gen rebelde de Piedrahita se reactivó. Le hemos visto como colaborador necesario en el alzamiento de Francisco Girón, cuando entró violentamente con sus hombres (qué inoportunamente) en la casa de Alonso de Loaysa el día de su boda, y sembraron el pánico entre la selecta concurrencia. Después, habiendo vencido en Chuquinga, Girón premió a Piedrahita ascendiéndolo a maestre de campo. En la última batalla, la de Pucará, se repitió la historia de los perdones. Fueron entonces los oidores de la Audiencia Real quienes los prometieron, y surtió efecto: Girón, que se vio abandonado por numerosos soldados, entre ellos Piedrahita, tuvo que huir, pero fue apresado y ejecutado. JUAN DE PIEDRAHITA se retiró con toda libertad a reposar en su casa del Cuzco. ¿Pero? Pero esta vez, llegado el virrey Hurtado de Mendoza, no admitió la amnistía que otorgaron los oidores, apresó a varios  de los rebeldes, entre ellos a JUAN DE PIEDRAHITA, lo juzgó, y mandó ejecutarlo a garrote vil, atándole al cuello sarcásticamente el documento del perdón prometido.




martes, 3 de noviembre de 2020

(Día 1257) Inca Garcilaso, testigo presencial con 15 años, describe el feroz ataque de Girón y sus hombres y cómo pudieron escapar algunos.

 

     (847) La situación en casa de Loaysa era espantosa. Inca Garcilaso sigue contando lo que allí ocurrió, aunque ya no estaba en la sala: "Mataron asimismo a un mercader rico, que se llamaba Juan de Morales y cenaba en la boda, donde, por su bondad, fue bien recibido por los vecinos. El cual, sin saber qué hacer, quiso apagar las velas que había encima de la mesa, por parecerle que a oscuras podría escapar mejor. Tiró de los manteles, y, de once velas, cayeron diez, y solo una quedó encendida. Uno de los de Francisco Hernández Girón le dio en la boca con una partesana que llevaban, diciendo: 'Traidor, ¿quieres que nos matemos aquí todos?'. Y le abrió la boca por los dos lados hasta las orejas. Otro de los soldados le dio una estocada por la tetilla izquierda, y cayó muerto. Al otro día, yo le vi las heridas al muerto, y los mismos que hicieron estas cosas las contaban con detalle, orgullosos de haberlas hecho".

     Veamos por dónde andaba el adolescente Inca Garcilaso durante la carnicería: "Mi padre, Diego de los Ríos, Vasco de Guevara, dos cuñados de este, llamados los Escalantes, Rodrigo de León, hermano de Pedro López de Cazalla (parientes del cronista Pedro Cieza de León) y otros vecinos y soldados, que en total eran treinta y seis, entraron, y yo con ellos, por la puerta de la que se había servido el corregidor, y hallaron una escalera de mano para poder subir a los tejados, desde donde se podía pasar a la casa de Hernando de Figueroa, un vecino principal, cuya puerta daba a otra calle. Mi padre les dijo a los demás que le esperasen porque iba a hablar con el corregidor para que se salvase también. Fue adonde estaba, y le dijo que la casa tenía salida, y que la gente le ayudaría para que, llegando a la plaza se remediase aquel alboroto repicando las campanas, pues, oyéndolas, los rebelados huirían. Pero, por mucho que se lo porfió, dándole razones suficientes para salir de donde esta, el corregidor cerró los oídos a todo, temiendo que le querían matar porque estaban todos confabulados, como había dicho Francisco Hernández Girón en la puerta de la sala". Se refiere a las ambiguas palabras de Girón al presentarse y pedir que nadie se moviera, por las cuales sospechó el corregidor que los sublevados estaban por todas partes,  y con un apoyo general de la población.

     Allá se quedó, pues, el corregidor del Cuzco, Don Gil Ramírez Dávalos: "Garcilaso, mi señor, salió perdida toda la esperanza, y subió al tejado, adonde estaban los demás, y yo en pos de él. Alzaron la escalera, la llevaron por el tejado adelante, la echaron hacia la casa de Juan de  Figueroa, y bajaron todos a ella, y yo con ellos. Abriendo la puerta de la calle, me mandaron que yo fuese por delante, haciendo oficio de centinela, pues, por ser muchacho, no repararían en mí, de manera que yo, con un silbido en cada esquina, les avisase para que me siguiesen. Así fuimos de calle en calle, hasta llegar a las casas de Antonio de Quiñones, que era cuñado de Garcilaso, mi señor, pues estaban casados con dos hermanas (hijas de Gonzalo Martel de la Puente, dato que se me escapó en una reseña que le dediqué). Lo hallamos dentro, de lo que mi padre recibió grandísimo contento, porque tenía mucha pena de no saber qué había sido de él". De hecho, como nos dirá Inca Garcilaso, Antonio de Quiñones se salvó con mucha suerte, gracias a un hermano de Diego de Gavilán (del que acabamos de ver una imagen)

 

     (Imagen) JERÓNIMO LUIS DE CABRERA,  el segundo marido de Luisa Martel de los Ríos, llegó muy joven a las Indias, el año 1538. Era hermano de Pedro Luis de Cabrera (del que ya vimos una imagen). Es posible que, como Pedro, se hubiera unido a la rebelión de Gonzalo Pizarro, para terminar pasándose al bando de Pedro de la Gasca. Más tarde, se estableció en el Cuzco. En cuanto se rebeló allí Francisco Hernández Girón, Jerónimo y Pedro, partieron hacia Lima para ponerle al corriente de lo ocurrido a los oidores de la Audiencia, y regresaron de inmediato con setenta hombres. En 1556, tras la muerte de Girón, estaban los dos en Trujillo, que fue cuando, como vimos, el recién llegado virrey obligó a Pedro a volver a España para que viviera con su mujer. A Jerónimo le molestó mucho esta orden, aunque, al parecer, también pesó el hecho de que Pedro era bastante conflictivo. Empezaron entonces otras grandes aventuras para Jerónimo Luis y su mujer. Jerónimo estuvo a punto de dejarse convencer por nuevos amotinadores, pero el virrey Conde de Nieva, que valoraba sus cualidades, le abrió puertas mucho más prometedoras. Por encargo suyo, Jerónimo fundó, en 1563, la villa de Valverde (Perú), hoy con 300.000 habitantes, y llamada Ica). Fue entonces cuando su mujer, Luisa Martel, reclamó como premio (ver imagen anterior) que le devolvieran la encomienda de su difunto marido, Sebastián Garcilaso. Por ser problemática la petición, les otorgaron una pensión vitalicia. Muerto el Conde de Nieva, el nuevo virrey Francisco de Toledo, lo nombró  gobernador de Tucumán, y le confió a Jerónimo Luis otra fundación más importante. Así surgió en 1573 la ciudad argentina de Córdoba (hoy con un millón y medio de habitantes). Y fue gracias a que JERÓNIMO LUIS DE CABRERA, aconsejado por el gobernador anterior, Francisco de Aguirre, no siguió el rumbo señalado por el virrey, en lo que le apoyó su mujer, que siempre lo acompañaba. A pesar de sus grandes éxitos, tuvo la desgracia que que lo sustituyera en el cargo un siniestro y envidioso gobernador, Gonzalo de Abreu, quien se ensañó con él. Lo llevó preso a Santiago del Estero, lo torturó sádicamente y lo mató a garrote vil el año 1574. La brava LUISA MARTEL no se amilanó, y siguió luchando, con éxito, por la memoria de su marido y el futuro de sus hijos. Uno de ellos, Pedro Luis de Cabrera, también hizo historia.




(Día 1256) Intenso relato del inicio de la rebeldía de Francisco Hernández Girón, escrito por Inca Garcilaso, quien, junto a su padre y su madrastra, LUISA MARTEL DE LOS RÍOS, fue testigo del ataque.

 

     (846) Lo que narra después Inca Garcilaso tiene especial valor porque fue testigo,  con solo 14 años, de hechos impresionantes: "Hecha la conjuración, Girón y los suyos aguardaron a ejecutarla el día de una boda solemne, que se celebraba el 13 de  noviembre de 1553. Eran los prometidos Alonso de Loaysa, sobrino del arzobispo de Lima y uno de los vecinos más importantes y ricos de aquella ciudad, y Doña María de Castilla, sobrina de Don Baltasar de Castilla (es extraño que no aclare que también lo era del rebelde Don Sebastián de Castilla), hija de su hermana Doña Leonor de Bobadilla y de Nuño Tovar, caballero de Badajoz, de los cuales hice larga mención en mi Historia de Florida. Llegado el día de la boda, salieron a ella todos los vecinos y sus mujeres, porque en las ocasiones de contento y placer, o de pesar y tristeza, acudían todos, honrándose unos a otros como si fuesen hermanos. Después de la comida, hubo juegos en la calle. Yo miré la fiesta encima de una pared de cantería que está enfrente de las casas de Alonso de Loaysa. Le vi a Francisco Hernández en la sala que sale a la calle, sentado en una silla. Debía de estar imaginando lo que iba a hacer aquella noche. Llegada la hora de la cena,  se pusieron más de sesenta a la mesa en una sala larga, y las damas cenaban más adentro, en otra sala grande. Don Baltasar de Castilla, el tío de la novia, y de suyo muy galán, hacía de maestresala. Yo fui a la boda casi al fin de la cena, para volverme con mi padre y con mi madrastra (Luisa Martel de los Ríos), que estaban en ella. Entrando por la sala, fui hasta la cabecera de la mesa, donde estaba el corregidor sentado. El cual, por ser caballero tan principal  y tan cortesano (aunque yo era muchacho, pues andaba en los catorce años), me llamó para que me acercase a él, y me dijo: 'Puesto que no hay silla para sentaros, arrimaos a esta en la que estoy y coged de esta fruta, que es buena para muchachos'. En ese momento llamaron a la puerta de la sala diciendo que era Francisco Hernández Girón el que venía. Don Baltasar de Castilla mandó  abrir la puerta, y Francisco Hernández Girón entró con su espada desnuda en una mano, y la rodela en la otra, y con dos compañeros suyos a sus lados, con partesanas en las manos".

     Fue una entrada como para morirse, sin más, del susto: "Los que cenaban, al ver cosa tan no imaginada, se alborotaron todos y se levantaron de sus asientos. Francisco Hernández Girón dijo entonces: 'Estense vuesas mercedes quedos, pues esto por todos se hace'. El corregidor, sin oír más, entró por una puerta que estaba al lado izquierdo, y se fue adonde estaban las mujeres. Al otro rincón de la sala había otra puerta, por donde se entraba a todo el interior de la casa. Por esas dos puertas pasaron todos los que estaban cerca de ellas. Los que estaban al otro lado, corrieron mucho peligro, porque no tuvieron por dónde irse. Juan Alonso Palomino estaba sentado de espaldas a la puerta de la  sala, y, al verlo  el licenciado Diego de Alvarado y los que con él iban, le dieron cinco heridas, porque todos iban con intención de matarlo, y lo habrían hecho asimismo con su cuñado Jerónimo Costilla, por el alboroto que habían causado en el otro motín que Francisco Hernández Girón había hecho anteriormente. Juan Alonso Palomino murió de la heridas al día siguiente en la casa de Alonso de Loaysa, pues no pudo ir a la suya a curarse".

 

     (Imagen) Ha comentado Inca Garcilaso que, cuando se presentó Francisco Hernández Girón con varios confabulados en la cena de la boda de Alonso de Loaysa, para iniciar allí salvajemente su rebelión, se encontraba él presente con "su padre y su madrastra". No menciona su nombre, aunque se sabe que se tenían mutuo afecto. Se llamaba LUISA MARTEL DE LOS RÍOS, y fue una mujer muy valiosa. Nacida en Panamá, era hija de Gonzalo Martel de la Puente (a quien ya dediqué una imagen). Al Capitán Sebastián Garcilaso de la Vega le presionaron para que dejara de vivir amancebado con la madre del cronista, la indígena de alto linaje Isabel Chimpu Ocllo, y se casó con Luisa cuando ella solo tenía unos dieciséis años, poco más que Inca Garcilaso, por lo que, más que madrastra, sería su amiga. El marido y padre  era ya  un cincuentón, y murió cinco años después de casarse. Con  veintiún años, Luisa quedó completamente sola y embarazada, pues había perdido la única hija que tuvieron, enviudó, y el cronista partió para España. Pero luego se casó con Jerónimo Luis de Cabrera, un notable conquistador (del que hablaremos en la próxima imagen), quien, para variar, era solo de unos 32 años, y con el cual tuvo tres hijos y dos hijas. También él había sufrido una tragedia: venían de España su madre y dos hermanos pequeños, y murieron ahogados en la travesía. Al lado de su nuevo marido, Luisa Martel de los Ríos estará inmersa en una vida llena de sobresaltos, pero también de éxitos y acontecimientos históricos, que, en parte, fueron mérito de ella. Jerónimo, siempre leal a la Corona, fue uno de los primeros que se enfrentaron al rebelde Francisco Hernández Girón, y después, se llenó de ilustres cargos, pero también de duras campañas en las que él, su mujer, y los hijos que iban naciendo vivían prácticamente a la intemperie, añorando las comodidades y el lujo que habían tenido en su casa del Cuzco. Como se ve en la imagen, Luisa, en 1562, poco después de casarse con Jerónimo, pleiteó con Antonio Vaca de Castro, hijo del licenciado Vaca de Castro (el que acabó con la rebelión de Diego de Almagro el Mozo), por haberse apropiado de una encomienda de indios que pertenecía a su primer marido, el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega. Indica de paso que, de Sebastián, tuvo dos hijas (una póstuma) que murieron pronto.