domingo, 16 de agosto de 2020

(Día 1189) Juan de la Torre envió a varios capitanes para conseguir provisiones y armas, pero actuaron cruelmente e incluso violaron a españolas que llegaron a suicidarse por el deshonor. Inca Garcilaso disculpa a Gonzalo Pizarro de estas fechorías.

 

     (779) A continuación, Juan de la Torre preparó la ciudad del Cuzco para recibir a Gonzalo Pizarro, pues sabía que pensaba ir allí a celebrar su magnífica victoria. Además, se preocupó de recoger armas, y, con el fin de conseguir provisiones, envió desde la ciudad a varios emisarios hacia distintos sitios: "Uno de ellos fue Pedro de Bustinza, hombre noble, casado con Doña Beatriz Colla, hija legítima de Huayna Cápac (y hermanastra de Atahualpa) a la provincia de Antahuayla, donde había mucha comida. Le envió a Bustinza porque esperaba que los caciques, por el amor que le tenían a su mujer, la princesa, le darían los alimentos que pidiese". Pero Inca Garcilaso nos anuncia que más tarde contará cómo Bustinza, por ser hombre de mal carácter, provocará su propia muerte. A Dionisio de Babadilla fue el propio Gonzalo Pizarro quien le encargó que fuera a la villa de La Plata para traer bienes suyos y de su hermano Hernando Pizarro, y con ellos, más los que requisó a otros vecinos, se dirigió también al Cuzco, donde ya había llegado Gonzalo Pizarro.

     Dos de los que también partieron para apropiarse de bienes, cometieron una atrocidad: "Diego de Carvajal, llamado el Galán (guapo, pero mala bestia), que fue a Arequipa con la misma misión, maltrató a muchas mujeres en aquella ciudad porque sus maridos se habían distinguido en el servicio a Su Majestad, y eran amigos de Diego Centeno. Se dice que las saqueó hasta despojarlas de sus vestidos, y que él y uno de sus compañeros, llamado Antonio de Biedma, forzaron a dos de ellas, las cuales tomaron solimán (veneno a base de mercurio) por la afrenta que les habían hecho, a imitación de la buena Lucrecia, que se mató por lo mismo. Lo cual es maldad y tiranía, pues el que alcanza renombre de galán, lo ha de ser en todo, no solo en galas y adornos, sino en obras y palabras tales, que hagan que los demás los amen. Pero ellos pagaron poco después su maldad como merecían".

     Menciona también las 'hazañas' que le vimos hacer a Francisco de Espinosa, aunque en la zona de Las Charcas: robó cuanto pudo, mató en Arequipa a dos españoles, y, en la villa de La Plata, ahorcó a un regidor y un alguacil. Y añade: "A los cuatro los mató con la excusa de que habían servido al Rey. Y volviendo al Cuco, quemó vivos a siete indios, porque, según decía, habían avisado de que venía a ciertos españoles que luego huyeron". Inca Garcilaso siempre se alegra de poder disculpar de algo a Gonzalo Pizarro. Y, por eso, dice: "Todo eso lo hizo sin orden alguna de Gonzalo Pizarro, ni de su maestre de campo, ni de otros capitanes, sino por ganar su favor haciendo ostentaciones que lo mostrasen muy partidario servidor de quien no se lo agradeció, pues, cuando lo supo Gonzalo Pizarro, lo aborreció, porque no le gustaban semejantes crueldades, como tampoco le gustaron muchas de las de Francisco de Carvajal. Pero este Francisco de Espinosa lo pagó como los otros dos, según diremos en su lugar. Y, para que se pierda el enfado y mal gusto que tantas maldades habrán causado a los lectores, estará bien que hablemos de una obra generosa (pues de todo había) que un hombre de mala fama hizo en aquellos mismos días, para que se vea que no fue tan malo como los historiadores lo pintan".

 

     (Imagen) Era inevitable que los clérigos hablaran en sus sermones sobre a qué bando de las guerras civiles daba Dios su bendición. La mayoría se decantaba por los leales al Rey, pero algunos, por ejemplo muchos mercedarios, eran acérrimos defensores de Gonzalo Pizarro. A todos les estaba prohibido canónicamente guerrear, pero se dieron situaciones tan absurdas como las del obispo del Cuzco, Juan de Solano, que batalló como soldado en Huarina, y, en plena contradicción, castigó a algún clérigo por hacerlo. Por otra parte, era un tema tabú matar a los religiosos. Pero hubo casos en los que se les ejecutó. Lo delicado del asunto lo podemos ver en una carta que ALONSO DE VILLACORTA, en nombre de Gonzalo Pizarro, de quien era el mayordomo, quizá enviara a fray Jerónimo de Loaysa, obispo de Lima. Explicaba en ella (y pedía perdón) por qué se les había dado muerte a dos clérigos. Lo resumo: "Muy reverendo señor: Mi señor, el gobernador (lo era ilegalmente) no tiene culpa de la muerte del mercedario fray Gonzalo, ni de la del padre Pantaleón, porque le envió varias veces aviso a fray Gonzalo diciéndole que se fuese antes de que supiese de él Francisco de Carvajal, y, además, le escribió al dicho Carvajal diciéndole que no le matase, puesto que era clérigo. Y, aunque la tuviera, le podrá absolver cualquier sacerdote, porque fray Gonzalo y el padre Pantaleón eran incorregibles, acostumbrados a andar en guerras y ejércitos perpetrando delitos enormes, causando muchos homicidios y alborotando estos reinos; llevaban armas, pero no hábitos ni tonsura de religiosos. Mas, para mostrar ser hijo de obediencia, verdadero y católico cristiano, y temeroso de Dios, el gobernador Gonzalo Pizarro, mi señor, se presenta ante vuestra merced, y le pide que mande que se le absuelva, y que le den la penitencia que corresponda si se hallare por derecho que la merece". Queda por comentar que fray Gonzalo había sido un fanático partidario de Gonzalo Pizarro, pero, enemistado con él, se acababa de pasar al bando contrario para hacer proselitismo con el mismo entusiasmo, todo ello poco antes de que Pizarro fuera derrotado y ejecutado. La imagen muestra el permiso de partida hacia Perú, en 1534, de ALONSO DE VILLACORTA y un hijo suyo, vecinos de Olmedo (Valladolid).



sábado, 15 de agosto de 2020

(Día 1188) Inca Garcilaso ve inútil defender la memoria de su padre, y le muestra una gran admiración, aunque fuera cierto lo que contaban. Vio de adolescente en el Cuzco cómo mataron a algunos de los derrotados en Huarina.

 

     (778) Sigue contando Inca Garcilaso las malas consecuencias que tuvo para él lo que se dijo de su padre: "Pudieron tanto los desprecios pasados, que no me atreví a resucitar las pretensiones y esperanzas pasadas. También influyó que yo salí tan desvalijado y endeudado de la guerra (parece que se refiere a su actuación como capitán en España), que no me fue posible volver a la Corte. Tuve que acogerme a los rincones de la soledad y pobreza, donde paso una vida quieta y pacífica, como hombre desengañado de este mundo, y, para lo que me queda de vida, Dios proveerá, como lo ha hecho hasta ahora. Perdóneseme que me queje de lo que mi mala fortuna me ha hecho en este caso particular, pues no es mucho que, quien ha escrito de la vida de tantos, diga algo de la suya".

     Termina el asunto con una sorprendente muestra de admiración por su padre, dejando claro que estaría orgulloso de él aunque fuera cierto lo que contaban (al fin y al cabo, en las guerras civiles las decisiones eran sumamente arriesgadas): "Con especto a lo que se escribió sobre mi padre, digo que no es razonable que yo contradiga a testigos tan serios, pues a mí no me creerán, ni es justo que nadie lo haga, por ser yo parte. Yo estoy satisfecho de haber dicho la verdad. Si no me creyeren, paso por ello, dando por verdadero lo que dijeron de mi padre. Porque me honraría diciendo que soy hijo de un hombre tan esforzado y valiente, que, como cuentan esos historiadores, en una batalla tan rigurosa y cruel como fue aquella, se apease de su caballo, lo diese a su amigo, le ayudase a subir en él y que, con ello, le diese una victoria tan importante como aquella, que pocas hazañas semejantes ha habido en el mundo. No faltará quien diga que fue contra el servicio del Rey. A lo cual responderé que, en cualquier parte que se haga, un hecho semejante y sin ayuda ajena merece honra y fama".

     Tras desahogarse defendiendo a su padre, Inca Garcilaso nos habla de los que huyeron derrotados de Huarina. Teniendo entonces unos ocho años, se encontraba el cronista en el Cuzco, y allí fueron algunos: "Uno de ellos fue el obispo de la ciudad (fray Juan Solano), que se alejó de Diego Centeno sin aguardarse el uno al otro. En su compañía venían Alonso de Hinojosa, Juan Julio de Ojea y otras cuarenta personas, cuyos nombres no recuerdo, aunque los vi llegar. El obispo se aposentó con unos quince en casa de mi padre, y a la mañana siguiente, se fueron con toda diligencia camino de la ciudad de Lima, porque los perseguían. Más tarde llegó buscando a huidos el capitán Juan de la Torre (del que ya conocemos su mala entraña) e hizo justicia de Juan Vázquez Tapia, que había sido alcalde de la ciudad, y también ahorcó a un asesor suyo, el licenciado Martel".

     Según el cronista, estos dos cometieron el error de no huir con el obispo, confiando en ser perdonados por los gonzalistas y admitidos en su bando, pero tenían demasiadas deudas pendientes con ellos. En cuanto al resto de los vecinos del Cuzco, Juan de la Torre dio un perdón general para quienes se alistaran en el ejército de Gonzalo Pizarro. Era cosa habitual en aquellas guerras civiles, y así ocurría que los dos bandos enemigos se nutrían de numerosos soldados del ejército contrario, casi todos poco fiables, y dispuestos a dar el cambiazo según soplara el viento.

 

     (Imagen) Es curioso que, durante estas últimas luchas, no aparezca por ningún lado el nombre del cronista y capitán PEDRO PIZARRO. Pero allí estaba el hombre, al pie del cañón. De esta batalla de Huarina cuenta muy poco. Él estaba al servicio de Pedro de la Gasca, y, así como nos dijo antes que la derrota de Huarina se debió a que Diego Centeno, por encontrarse muy enfermo, no pudo estar al frente de la batalla, y a que Francisco de Carvajal tuvo inteligentemente un gran éxito con su arcabucería, ahora nos revela que Carvajal repitió su estrategia de esperar a que atacaran los enemigos, pero no picaron en el anzuelo: "El Presidente La Gasca mandó que estuviésemos todos quedos, hasta que ellos nos viniesen a acometer. Visto, pues, por Carvajal que habíamos entendido su ardid, desmayaron él y toda su gente, y empezaron a pasarse algunos al campo de Su Majestad, y otros a huir, de manera que prendimos a Gonzalo Pizarro, a Carvajal y a todos sus capitanes". En general, como ya dije, Pedro Pizarro siempre fue fiel a la Corona, pero hay una carta que él le escribió a Gonzalo el 18 de diciembre de 1546 en la que su actitud resulta sospechosa. De hecho, fue motivo para que Pedro de la Gasca no le premiara como él quería tras participar a su lado en la batalla de Jaquijaguana, derrota final de Gonzalo Pizarro. En la carta, Pedro le pide claramente perdón a Gonzalo por no haberse puesto a su disposición. Y le dice: "Pequé por ignorancia, más por miedo que por malicia. Solo le diré que me enmendaré, recordando a vuestra señoría que hace dieciséis años que soy Pizarro con el alma y la vida, y solamente un mes de temor me hizo olvidarlo un poco, pero, aunque fuera más, creo que, pensando vuestra señoría en esto, usará conmigo lo que con todos, que es la clemencia. Pequé, y pido misericordia por mi enmienda, y la tendré de hoy en adelante, pues quedaré predestinado a vuestro servicio". En la imagen se muestra el inicio del expediente de méritos y servicios que PEDRO PIZARRO presentó en 1578, pocos años después de haber publicado, de forma muy tardía, su crónica. Murió longevo, en Arequipa, hacia 1602.



viernes, 14 de agosto de 2020

(Día 1187) Sigue sin convencer Inca Garcilaso afirmando que su padre no ayudó a escapar a Gonzalo Pizarro. Pero tiene razón al quejarse de que a él también le cerraran muchas puertas por eso, como hizo el licenciado LOPE GARCÍA DE CASTRO.

 

     (777) Veamos cómo sigue defendiendo Inca Garcilaso a su padre: "Para sacar a la gente de su engaño, hizo mi padre, después de la batalla de Jaquijaguana, información ante la justicia (lo que quiere decir que el asunto fue muy comentado), y presentó veintidós testigos, todos del bando de Diego Centeno, que dijeron que, cuando le pidió Gonzalo Pizarro el caballo a mi padre, ya no había hombres de Centeno con quien pelear en media legua a la redonda, y que la herida del caballo de Gonzalo era tan pequeña, que no habría dejado de pelear en todo el día, si fuera menester. También oí decir entonces que al caballo de Gonzalo Pizarro lo desjarretaron, lo cual fue asimismo mentira, pues aquel caballo murió a veintidós leguas de donde se dio la batalla. Estaba ya curado de la herida, pero flaco por haberlo tenido a dieta, por lo que el albéitar (veterinario) dijo que no convenía que se hartase de agua. Y ocurrió que esto no se le advirtió a un indio que lo llevó al río, el cual dejó que el caballo bebiese toda el agua que quiso, de suerte que, a media legua de allí, cayó muerto. Todo esto se declaró en la dicha información". La explicación que da el cronista resulta absurda: Gonzalo Pizarro le pide el caballo a Sebastián Garcilaso de la Vega, siendo así que ya no había enemigos, y, además, la herida del caballo suyo era tan pequeña, que, si fuera necesario, podría seguir peleando durante todo el día. Visto para sentencia.

     Lo que no tiene duda es que la anécdota perjudicó a la familia: "De manera que los cronistas escribieron esto por interés (no explica en qué sentido), y yo escribo lo que fue, no por favorecer a mi padre ni esperar mercedes, sino por decir la verdad de lo que pasó. Yo he pagado la penitencia, sin haber precedido la culpa; porque, habiendo yo pedido mercedes a Su Majestad por los servicios de mi padre y por la restitución patrimonial de mi madre, no se me concedieron". Afirma que él y sus hermanos quedaron desamparados, y se queja (sin duda esta vez con razón) del injusto precio que pagó por este asunto: "Cuando presenté en el Consejo Real de las Indias las probanzas de toda esta cuestión, convencí a aquellos señores, pero el licenciado Lope García de Castro (que luego fue presidente de la Real Audiencia de Lima), estando en el tribunal, me dijo. '¿Qué merced queréis que os haga Su Majestad, habiendo hecho vuestro padre con Gonzalo Pizarro lo que hizo en la batalla de Huarina, dándole aquella tan gran victoria?' Y, aunque yo repliqué que había sido testimonio falso que le habían levantado, él me dijo: 'Lo tienen escrito los historiadores, ¿y queréis vos negarlo?'. Con esto, rechazaron mis pretensiones, y me cerraron las puertas a otras que pudiera haber tenido por mis particulares servicios. Pues, por la misericordia de Dios, y la ayuda de los señores que he tenido, particularmente de Don Alonso Fernández de Córdoba, Marqués de Priego, y de Don Francisco de Córdova, hijo segundo del gran Don Martín de Córdoba, Conde de Alcaudete, he podido servir a la Real Majestad cuatro veces como capitán, dos con el Rey Felipe Segundo, y otras dos con el príncipe Don Juan de Austria, su hermano (que Dios tiene en su gloria), el cual reconoció en mí ánimo y prontitud en darle contento con mi servicio, de lo que dio cuenta a su hermano".

 

     (Imagen) El cronista Inca Garcilaso solicitó en el Consejo de Indias alguna merced, pero le fue rechazada porque el licenciado LOPE GARCÍA DE CASTRO recordó la ayuda que su padre le había prestado a Gonzalo Pizarro dejándole el caballo Salinillas para que se salvara. García de Castro era un personaje muy completo, militar y letrado. Nació el año 1516 en un pueblo del Bierzo (León) llamado Villanueva de Valdueza. Era oidor de la Cancillería de Valladolid y miembro del Consejo de Indias. El año 1564 consiguió un puestazo: llegó a Perú como Gobernador y virrey en funciones, para sustituir al anterior, Don Diego López de Zúñiga, Conde de Nieva, del que había quejas. Era Caballero de Santiago, y durante el tiempo que estuvo en Perú, cinco años muy intensos, destacó por sus dotes de prudente organizador. Puso en marcha muchas iniciativas importantes. Reorganizó la división administrativa de aquellas tierras, y estableció la Casa de la Moneda. También tuvo que lidiar con el gran inca Titu Cusi Yupanqui, refugiado con sus indios en las peñas de Vilcabamba, aunque quien terminó la tarea fue el siguiente virrey, el gran Francisco de Toledo. Le encargó a su sobrino Álvaro de Mendaña una misión de descubrimientos por el Pacífico. De él y de su acompañante, Pedro Sarmiento de Gamboa, el más glorioso perdedor de las Indias, ya escribí largamente 'in illo tempore'. Ahora entramos en la sección de sucesos: Poco antes de llegar a Perú García de Castro habían matado al virrey Conde de Nieva. Se dio la falsa versión de que lo encontraron muerto en su cama. Pero esto a nadie engañaba. Lo ocurrido fue que el virrey disfrutaba, en ausencia de su marido, de la mujer de un hombre muy rico, poderoso y violento, Don Rodrigo Manrique de Lara, de alto linaje, como sus apellidos indican. Amigos o parientes de Rodrigo, también poderosos, tuvieron la osadía de esperar a que el virrey saliera de casa de su amante, molerlo a golpes y dejarlo tirado. Más tarde, murió tras ser encontrado y llevado a su residencia. Se consideró conveniente entre los juristas, para evitar tumultos, dar carpetazo al asunto, y es lo que hizo LOPE GARCÍA DE CASTRO, quien volvió a España en 1569, ejerció de nuevo como miembro del Consejo de Indias y murió en Madrid el año 1576, aunque, por deseo suyo, lo enterraron en su pueblín.



jueves, 13 de agosto de 2020

(Día 1186) El cronista describe el terrible desamparo en su huida de los hombres de Centeno, muchos de ellos gravemente heridos, y, de paso, intenta de nuevo limpiar el buen nombre de su padre, pero los archivos de PEDRO DE LA GASCA tumban su versión.

 

     (776) La huida de los derrotados fue muy azarosa: "Tuvieron muchos duelos y mala ventura, estando heridos y maltratados, sin descanso ni médico ni medicinas ni una choza en la que abrigarse aquella noche del excesivo frío, y solo imaginarlo causa horror. Lo primero que Gonzalo Silvestre les pidió a sus indios fue las herramientas para el caballo, pues los españoles acostumbraban a ir equipados para herrarlos. Llevaban una talega con doscientos clavos y cuatro herraduras, porque los pueblos están muy lejos los unos de los otros, y los caminos son muy ásperos (da la impresión de que están narrando lo que Silvestre le contaba). Luego partió, dejando a los indios muy llorosos. Por aquellos campos vio gente sin número, españoles e indios que iban huyendo sin saber a dónde. Entre los cuales alcanzó a un español que tenía varias heridas, una de ellas encima del riñón derecho, yendo él echado sobre el pescuezo de su rocín, porque no podía ir enhiesto. Una india de su servicio lo acompañaba a pie y le decía: 'Esfuérzate, señor, para huir de estos traidores, y no temas que yo te deje antes de verte sano".

     Cuando anocheció, Gonzalo Silvestre paró a descansar a un lado del camino, y luego llegó donde él estaba un grupo de gente: "Eran más de veinte españoles, algunos heridos y otros sanos, acompañados por unos veinte indios. Los heridos no sabían cómo curarse, pero quiso Dios que uno de los indios llevara una petaca llena de velas de sebo, y los indios de servicio les dijeron a sus amos que con el sebo podían curar sus heridas. Ellos mismos lo derritieron en dos cascos de hierro, y haciendo polvo estiércol de ganado, que en aquellos campos había mucho, lo mezclaron con el sebo, y así, tan caliente como se podía aguantar, lo echaron sobre las heridas de los españoles y de los caballos, y el remedio fue tal, que sanaron todos. Estas cosas pasaron en aquellos desiertos, de lo cual me informaron (se supone que a través de Silvestre)".

     De seguido, Inca Garcilaso va a dar su versión sobre la ayuda que le prestó su padre a Gonzalo Pizarro. Veremos si nos convence: "El cronista Francisco López de Gómara dice que Gonzalo Pizarro habría corrido peligro si Garcilaso no le diera un caballo. Por su parte, Agustín de Zárate escribió: 'Viendo los de Diego Centeno el desbarate de la infantería enemiga, hicieron otra arremetida, haciendo mucho daño, y le mataron el caballo a Gonzalo Pizarro, al cual le derribaron en el suelo sin herirlo'. Y más adelante, añade: 'Pedro de los Ríos y Antonio de Ulloa derribaron a toda la gente de Pizarro, sin que quedaran sobre las sillas más de diez. En este encuentro fue derribado Gonzalo Pizarro, y Garcilaso de la Vega, que había aguantado sobre la silla, se apeó, le dio su caballo y le ayudó a subir'. Todo esto dicen esos autores de mi padre. Pero yo ya he escrito que Gonzalo Pizarro no tomó el caballo de mi padre durante la batalla, sino después de ella, aunque no me extraña que los historiadores oyeran otra versión, porque recuerdo que algunos mestizos condiscípulos míos (eran todos niños) me decían que habían oído contarlo así". Inca Garcilaso seguirá dando razones (que veremos a continuación), pero es curioso que no se ocupe de rechazar ya otro detalle: que su padre estaba inmerso en la batalla (siempre decía que se quedaba al margen).

 

     (Imagen) Aunque es de suponer que los cronistas se sirvieron también de la correspondencia que Pedro de la Gasca tenía archivada, voy a copiar unos párrafos que escribió en un informe que le envió al Consejo de Indias el 27 de diciembre de 1547, aportando datos sobre la terrible derrota que sufrió su capitán Diego Centeno en Huarina (el 20 de octubre anterior) frente a Gonzalo Pizarro. Se los facilitó el canario Diego de Alday, un soldado que participó en la lucha. Veremos por qué el previsible vencedor fue derrotado: "Me dijo Alday que Diego Centeno se encontraba tan malo entonces de un dolor de costado que ya le duraba ocho días, que no pudo entrar en la batalla, sino solamente verla de lejos. Pero que la gente de Centeno, teniendo en muy poco a los de Gonzalo Pizarro (su ejército era muy inferior), los acometieron". Como ya vimos, la otra fatalidad para los de Centeno fue la hábil estrategia de Francisco de Carvajal para provocarles el ataque, manteniendo él a la espera su poderosa arcabucería. Alday le siguió contando: "Los de la infantería de Centeno llegaron muy cansados por el mucho trecho que tuvieron que recorrer para atacar, y los arcabuceros mataron en la primera rociada a muchos de ellos y a todos los capitanes de la primera hilera. Luego dispararon sobre la caballería matando a bastantes, entre ellos a Juan de Arbe y a un tal Vergara, que habían derribado a Gonzalo Pizarro y estaban sobre él, y así los suyos le facilitaron entrar en su escuadrón". Después, tras ver la masacre que los de Carvajal habían hecho, y que Centeno no podía dirigirlos, ni tenían capitanes que lo hicieran, todos huyeron como pudieron, Diego Centeno incluido. Fue el mayor desastre de las guerras civiles, y con gran mérito de los de Gonzalo Pizarro. Por otra parte, aunque Inca Garcilaso se empeñaba en decir que su padre no le cedió su caballo a Gonzalo Pizarro, puesto que no fue derribado, las palabras de La Gasca zanjan la cuestión: había caído al suelo y lo iban a matar. En la imagen vemos Jauja (allí se encontraba La Gasca), el emplazamiento de Huarina (junto al lago Titicaca) y, muy cerca del Cuzco, Jaquijaguana, donde, seis meses después, se acabará la rebeldía y la vida de Gonzalo Pizarro, y del hábil y terrible Carvajal.



miércoles, 12 de agosto de 2020

(Día 1185) Gonzalo Pizarro fue compasivo con los enemigos muertos, pero persiguió a los que huyeron. Carvajal, no pudiendo atrapar al obispo Solano, mató a su hermano.

     (775) Montado sobre el caballo Salinillas, Gonzalo Pizarro hizo una inspección después de la heroica victoria (la de los contrarios fue una 'heroica derrota'): "Se presentó en el campo de batalla, y mandó recoger los muertos y heridos, estando la mayoría despojados de sus vestidos, porque los indios, sin respeto a enemigos ni amigos, se los habían quitado. Mandó enterrar a los muertos en el mismo campo. A los capitanes y hombres nobles de ambos bandos los enterraron en el pueblo que se llama Huarina, que estaba cerca de allí y dio nombre a la batalla. Cuatro años después, estando ya el Perú sosegado, y habiéndose fundado la ciudad de La Paz, los llevaron a ella y los enterraron en la iglesia mayor con mucha solemnidad de misas, durante muchos días. Contribuyeron en el gasto todos los caballeros, pues a todos les afectaba por parentesco o amistad con los difuntos".

     Es raro que se le pasara a Inca Garcilaso comentar algo que sabía muy bien: la ciudad de La Paz la fundó Alonso de Mendoza en 1548 por mandato de Pedro de la Gasca tras la victoria final de Jaquijaguana, y se le puso ese nombre en memoria de la paz que se había establecido después de tan duras guerras civiles. Habrá todavía otros conflictos, pero menos importantes, y también sofocados. La denominación de la ciudad marca la diferencia con lo habitual en otras fundaciones, pues solían quedarse con nombres religiosos, o repetidos de lugares de España.

     Por importante y honrosa que fuera para Gonzalo Pizarro y sus hombres la difícil victoria de Huarina, estaba claro que no habían conseguido dar el jaque mate. Era necesario reforzarse para el siguiente enfrentamiento: "Habiendo cumplido Gonzalo Pizarro con los muertos y heridos (de ambos bandos), mandó al otro día capitanes que fuesen a diversas partes, para reforzar su tropa según convenía. Diego de Bobadilla fue a la villa de la Plata, Diego de Carvajal, llamado el Galán, a la ciudad de Arequipa, y el capitán Juan de la Torre, al Cuzco, llevando cada uno treinta arcabuceros".

     La situación de los derrotados huidos era lastimosa. Diego Centeno, que no había luchado por estar muy enfermo, tuvo que sacar fuerzas de donde no tenía para escapar rápidamente con su caballo, y lo hizo por caminos perdidos para evitar que le alcanzara Carvajal. Le acompañaba el padre Vizcaíno y se dirigieron directamente a Lima, a pesar de saber que La Gasca estaba en Jauja. Lo que sí hizo fue mandarle una carta que fue escrita por el clérigo. Por su parte, Francisco de Carvajal buscaba a alguien diferente: "Quería encontrar a fray Juan Solano, obispo del Cuzco, con quien estaba muy indignado, porque, como él decía, debiendo estar en su iglesia rezando a Dios por la paz de los cristianos, luchó en el ejército de Diego Centeno como maestre de campo. No pudiendo encontrarle (que no se sabe qué habría hecho de él), ahorcó a un hermano suyo y a un fraile, compañero del obispo. Luego pasó adelante, camino de Arequipa". Hasta Inca Garcilaso, que a veces defiende a Carvajal, reconoce que solo él era capaz de ejecutar a un religioso, y que incluso el obispo Solano habría corrido peligro. La ejecución de un sacerdote era sumamente rara. En general, si merecía algún castigo, lo solían entregar a su superior religioso para que le aplicara medidas disciplinarias. Es extraño que el obispo Solano batallara, ya que todos los clérigos lo tenían prohibido. Francisco de Carvajal lo castigó a su manera: matando a su hermano.


     (Imagen) Los escritos de ALONSO DE MEDINA, llenos de acusaciones, sacaron de quicio a las autoridades y a muchos compañeros suyos, porque era tan molesto como el profeta Jeremías. Le reprochaba en una carta a Pedro de la Gasca haberle desterrado a Arequipa, y se quejaba de que sus vecinos (que en eso compartían un defecto general) "llaman honrado al que va vestido de seda y paños finos, mientras que desprecian con desdén, sin tenerlo en cuenta, al que es pobre o soldado". Provocaba la ira de los demás, y se refugió en un convento: "Después de retirarme, los vecinos seguían chillando y diciendo que yo escribía sobre los males que ellos hacen a los indios y a los españoles, y gritaban que me querían matar, y decían que muera el traidor". Pero, dado su historial de fidelidad al Rey, replicaba con bastante razón: "Yo nunca fui traidor, sino mal recompensado por el Rey y por su virrey, y ahora por vuestra señoría, que me tiene recluido en una iglesia sin hacerme justicia". Le suplicaba a La Gasca: "Le digo a vuestra señoría que yo necesito comer, y también mis seis criaturas, pero no puedo, por estar aquí recluido, y porque este retiro que vuestra señoría me ha impuesto me cuesta más de mil pesos de pérdida por no poder ganarlos". Cuando ya iba a partir para España La Gasca, ALONSO DE MEDINA le echa otra dura reprimenda, poniendo los ojos solamente en la parte negativa de su gran labor: "Pero ¿qué es esto, señor presidente? ¿Cómo podéis servir a dos señores? Uno es la codicia de lo que os han de dar en España; el otro, la vanagloria del mundo. Quiere vuestra señoría entrar en España con gloria de vencedor, y no mirar lo que toca a vuestra alma y a la de Su Majestad, pues dejáis sin capa al indio, y a la india, sin manta, y al traidor, con indios y con dineros, y al indio, hecho esclavo, vendido en pública subasta, y todo por llevar dineros a España, cuando Su Majestad no los quiere, ni los ha menester. Nuestro Señor ilumine a vuestra señoría para gobernar estos reinos como vuestra señoría y yo, su criado. deseamos". Hizo en sus escritos un dibujo (el de la imagen), en el que muestra a la izquierda a Juan Solano (obispo del Cuzco) negociando trapicheos con Pedro de la Gasca, quien, según los cronistas, no era dado a esas miserias.




martes, 11 de agosto de 2020

(Día 1184) Contra lo que dice Inca Garcilaso, habrá que dar por hecho que su padre le salvó la vida a Gonzalo Pizarro dándole su caballo para que huyera.

 

     (774) No parece muy objetivo Inca Garcilaso mostrando la cara aparentemente humana de Francisco de Carvajal. Dice que se volcó en atenciones con los que habían resultado heridos en la derrota de Diego Centeno, y que ofreció un perdón general a todos los que participaron en la batalla. Es cierto que añade por qué era tan generoso: "Francisco de Carvajal hizo esto para atraer a los soldados a su bando, pues bien sabía que tenían más fuerza los beneficios que el castigo y las crueldades, las cuales usaba con sus enemigos declarados, a los que llamaba tejedores (la lanzadera de los telares va y vuelve)". Se olvida Inca Garcilaso de decir lo que les ocurría a quienes no aceptaran su deseo: acabamos de ver en la imagen anterior la mala experiencia que tuvo en este sentido Martín Hurtado de Arbieto.

     Es nornal que un hijo trate de lavar la imagen de su padre, pero, en lo que sigue, se le pilla de nuevo a Inca Garcilaso falseando, casi con seguridad, un hecho que se recogió en las crónicas de forma muy diferente. Se comentó mucho que Gonzalo Pizarro, al caer su caballo por haber recibido una importante herida, tuvo la ayuda de Sebastián Garcilaso de la Vega, quien le prestó su buen caballo Salinillas, para que saliera del grave apuro. Nos acaba de contar Inca Garcilaso que Gonzalo Silvestre, mientras perseguía a Gonzalo Pizarro, que llegaba ya a refugiarse en su escuadrón de infantería, le dio muchos golpes con su espada, que no hacían efecto porque el jinete iba bien protegido, y, al final, pudo herir a su caballo, pero haciéndole solo un rasguño. Era una anécdota que Silvestre no quería recordar porque se reirían de la poca fuerza que le quedaba en aquel momento.  Veamos lo que Inca Garcilaso dice que ocurrió con la batalla recién terminada: "Después de que volviera Gonzalo Pizarro a su campamento, halló en él a mi padre, y le pidió el caballo Salinillas (se lo había regalado Gonzalo), para que curasen el suyo de la pequeña herida que Silvestre le dio". El párrafo es muy corto, pro tiene el tufo del disimulo. De hecho, la creencia general de que Sebastián Garcilaso de la Vega le salvó la vida en esa ocasión a Gonzalo Pizarro, perjudicó mucho posteriormente, al padre y al hijo, en los ambientes oficiales. Además, es cierto que Sebastián Garcilaso dejó fama de chaquetero, sin duda con el fin salvar su vida. También tenía engatusado a Gonzalo Pizarro, a quien, en el último momento, abandonará para ponerse al servicio de Pedro de la Gasca. Parece ser que le decían a Gonzalo que no se fiara de él, pero, en una carta que le envió desde el Cuzco al clérigo Francisco de Herrera en marzo de 1548, le comentaba: "En cuanto a lo que me decía de que el capitán Garcilaso de la Vega me tiene atado, le diré que aquí se han dado muchos pronósticos, tanto por hechiceros como por hombres muy sabios, de que Garcilaso es el que me ha de traer atado al capellán (despectivo) La Gasca, y así lo  creo".

 

     (Imagen) Uno de los que se quejó de que Sebastián Garcilaso de la Vega fuera perdonado y premiado por La Gasca, era ALONSO DE MEDINA. Pero no fue su única protesta, puesto que, con su carácter irascible y apocalíptico, sacudió sin freno a diestro y siniestro. Hay que reconocerle que, siguiendo una línea de respeto a la legalidad, nunca dejó de servir al Rey. Siempre fue muy crítico con los hermanos Pizarro, echándoles en cara, como hacía nuestro viejo conocido Don Alonso Enríquez de Guzmán, y con el mismo estilo mordaz, el asesinato de Diego de Almagro. Fue, además de soldado, mercader en el Cuzco y Potosí. Tras ser derrotado y ejecutado en la batalla de Jaquijaguana Gonzalo Pizarro (contra quien también luchó Alonso de Medina), Pedro de la Gasca dio amplios perdones y recompensas a los arrepentidos, con el fin de hacer que la paz fuera definitiva. Pero hubo muchas injusticias en el reparto de los premios. Uno de los que se quejaron amargamente fue Alonso de Medina. Tendría razón en el fondo, pero no en la forma de proclamarlo. Redactó un largo escrito que constituía su memorial de quejas. Incluso (algo a lo que nadie se habría atrevido), le envió varias cartas a Pedro de la Gasca con estilo violento y sin ningún respeto, aunque añadiendo algún párrafo de aparente sumisión. Se diría que, más que valiente, fue suicida, aunque, afortunadamente para él, La Gasca lo tomó como fruto de su carácter descontrolado. Aun así, a punto estuvo de ser ejecutado. Lo tuvieron recluido en un convento, pero después la Audiencia de Lima lo condenó a muerte, y él reaccionó enviando como alegación una memoria de sus servicios prestados al Rey, y una justificación de las críticas que hacía públicamente, en las que, además de defender a los españoles poco premiados, denunciaba también el mal trato a los indios. No hubo ejecución, pero fue desterrado a Arequipa y, posteriormente, a México. Aunque su nombre fuera bastante común, es probable que se refiera a él (hábil escritor) el documento de la imagen (año 1571), en el cual se nombra a ALONSO DE MEDINA, residente en México, escribano y notario público para el territorio de las Indias.



lunes, 10 de agosto de 2020

(Día 1183) En Huarina murieron unos 450 soldados, la mayoría del bando de Centeno. Gonzalo Silvestre salvó la vida con mucha suerte.

      (773) Acaba de mencionar Inca Garcilaso que Juan de Acosta impidió que mataran a Guadramiros y al negro Guadalupe. Pero es posible que luego acabaran con su vida, porque consta que unos parientes de Francisco de Guadramiros (quizá fuera otro) solicitaron que les entregaran sus bienes, ya que había muerto en esta misma batalla de Huarina. Sigamos con el cronista, que nos va a confirmar que fue uno de los combates más sangrientos, si no el peor, de las guerras civiles, prueba de que la lucha resultó feroz, y, sin duda, impresionante y delicioso espectáculo para muchos indios: "Aquel lance de Guadramiros fue el postrero de aquella batalla, y se acabó reconociendo la victoria de Gonzalo Pizarro. Murieron de su bando cerca de cien hombres, quedando heridos los capitanes Cepeda, Juan de Acosta y Diego Guillén. De la parte de Diego Centeno murieron más de trescientos cincuenta, y, entre ellos, el maestre de campo, todos los capitanes de infantería, sus alféreces y la gente más lucida que en ella había, como Pedro de los Ríos y el alférez general Diego Álvarez. Todos ellos quedaron muertos en el campo. Salieron heridos otros trescientos cincuenta, de los cuales murieron más de ciento cincuenta por la escasez de cirujanos y medicinas, y por ser la tierra muy fría. Estaban asimismo tan cansados los vencedores que no persiguieron a los huidos".

      Sin embargo, indica que el propio Gonzalo Pizarro, a pesar del agotamiento, salió, sin demasiado interés, con unos pocos soldados a inspeccionar la zona por si encontraba algún enemigo despistado. Dieron con uno hecho polvo, y se trataba de Gonzalo Silvestre (al que le dediqué una imagen), aquel conquistador que, ya anciano y en España, le contó muchas aventuras de las Indias a Inca Garcilaso. Uno de los de Pizarro, Gonzalo de los Nidos (también hablé de él), que era muy bravucón, lo reconoció y dijo que lo iba a matar. Daba la casualidad de que Silvestre, en plena batalla le había perdonado a él la vida, y se lo recordó, pero el otro siguió en su empeño. Con un golpe de espuelas, el caballo de Silvestre pareció resucitar y salió a la carrera. Le alcanzó después Gonzalo de los Nidos, el cual salió malparado del encuentro, y volvió pidiendo ayuda, pero Silvestre logró escapar. Inca Garcilaso comenta: "Porque el cobarde nunca tiene manos, sino lengua". Algo muy injusto en este caso, ya que Gonzalo de los Nidos, además de bocazas, era un heroico soldado (por otra parte, ¿quién no lo era?).

     Se irrita Inca Garcilaso viendo que muchos cronistas se ensañaban con Francisco de Carvajal adjudicándole más barbaridades de las que hizo. Y así, niega que, después de la batalla matara a más de ochenta enemigos: "Carvajal no mató a nadie, contentándose con la sola victoria. Él se preciaba de haber matado a más de cien hombres durante la batalla, pero porque lo hizo con su buen arte militar. Después de la batalla, se ocupó de que estuvieran bien atendidos los contrarios. Halló escondidos a ocho de ellos que habían resultado heridos, entre los cuales estaban Martín Hurtado de Arbieto, natural de Vizcaya, hombre noble y valiente, Juan de San Miguel, natural de Salamanca, y Francisco de Maraver, natural de Zafra, a los cuales yo conocí, aunque no recuerdo los nombres de los demás, y todos creían que pensaba matarlos".

 

     (Imagen) MARTÍN HURTADO DE ARBIETO tenía que ser muy joven cuando, en 1537, partió hacia Perú. Era, como otros de gran relieve en las Indias, natural de Orduña (Vizcaya). Desde un principio estuvo enfrentado a los pizarristas, optando por el bando de Diego de Almagro el Mozo, junto al cual perdió la batalla de Chupas. Derrotado luego al lado de Diego Centeno en Huarina, no le quedó más remedio que unirse al bando del vencedor, Gonzalo Pizarro. En su relación de méritos, su yerno se ocupó de dar a entender que luego Martín permaneció encarcelado, algo absurdo, pues, cuando Gonzalo Pizarro le perdonaba la vida al alguien, era con la condición de que formara parte de sus tropas. Por eso también resulta inútil el empeño del cronista Inca Garcilaso en mantener que su padre, Sebastián Garcilaso, acompañaba a Gonzalo, pero sin participar en las batallas. Lo que sí hizo Arbieto fue aprovechar la ocasión de huir y pasarse al bando de Pedro de la Gasca. Y, tras la victoria, comenzó su carrera ascendente. La Gasca le premió con una buena encomienda de indios. Aunque luego surgió otra peligrosa rebelión, la de Francisco Hernández Girón, es casi seguro que Martín se la perdió entera, ya que consta que en 1553, poco antes de su comienzo, partió para España. Lo más probable es que visitara Orduña; en su parroquia ha quedado un bello cuadro flamenco donde aparece Martín (la imagen muestra el trozo en el que se ve su rostro). Ya de vuelta a Perú, fue muy valorado por el gran virrey Francisco de Toledo, quien lo nombró gobernador de Vilcabamba (abrupto refugio de los últimos incas rebeldes), porque en 1572, actuando como capitán general, había acosado en aquella zona a Tupac Amaru, el último emperador inca, aunque fue Martín García Óñez de Loyola (sobrino nieto de San Ignacio), quien lo apresó, siendo seguidamente ejecutado; pero 26 años después, en 1598, fueron los indios quienes acabaron con la vida de Óñez de Loyola. En su cargo de gobernador de Vilcabamba, MARTÍN HURTADO DE ARBIETO desplegó una intensa actividad, que dio como resultado la fundación de varias poblaciones. Murió en Lima el año 1589, siendo entonces un anciano muy rico.



sábado, 8 de agosto de 2020

(Día 1182) Gonzalo Pizarro, sorprendentemente, destrozó en Huarina al ejército de Centeno. Hernando Bachicao cometió el fatídico error de pasarse al bando de Centeno y luego volver.

 

      (772) Entonces ocurrió algo sorprendente, porque Hernando Bachicao, quien en sus cartas a Gonzalo Pizarro (conservadas por Pedro de la Gasca) se mostró, además de brutal, como un inquebrantable capitán dispuesto a morir por él, va a dar dos fatales pasos en falso: huir, y luego volver. Así lo cuenta Inca Garcilaso: "Hernando Bachicao, que era capitán de piqueros de Gonzalo Pizarro, al oír cantar victoria a los de Centeno, disimuladamente, aprovechando la confusión que había, se pasó a los de Diego Centeno. El otro escuadrón de caballos de Diego Centeno, cuyos capitanes eran Pedro de los Ríos y Antonio de Ulloa, arremetió contra la infantería de Gonzalo Pizarro, pero los enemigos les enviaron tan buena rociada de pelotas, que mataron al capitán Pedro de los Ríos y a otros muchos, teniendo que volverse; en su retirada, los arcabuces fueron trueno y rayos para el nobilísimo ejército del general Diego Centeno, pues, ciertamente, iban en él la mayor parte de los caballeros y los caballos buenos que en aquel tiempo había en el Perú, y casi todos perecieron en aquella cruel batalla". Gonzalo Pizarro quiso salir de su escuadrón para pelear, pero Francisco de Carvajal le dijo: "Estese quieto vuestra señoría, que yo le dejaré a sus enemigos vencidos, huidos o muertos, pues ya falta poco. Se juntó toda la caballería de Diego Centeno, pero Carvajal mandó a los arcabuceros que tiraran de prisa, y así lo hicieron, matando a muchos. Les obligaron a que abandonasen el puesto y huyesen por los campos. De manera que, apenas habían acabado de cantar la victoria los de Diego Centeno, cuando la cantaron los de Gonzalo Pizarro. Nada más ver esto Hernando Bachicao, se volvió a su antiguo escuadrón dando muestras de victorioso". De momento, a Bachicao no le va a pasar nada, pero estaba ya sentenciado. Luego nos contará Inca Garcilaso cómo el astuto Francisco de Carvajal supo aplazar el castigo, y da escalofríos pensar los miedos en los que Bachicao, si no era un estúpido, se vería envuelto permanentemente mientras convivía con Gonzalo Pizarro y sus hombres.

     Cuenta luego Inca Garcilaso una anécdota de la que tuvo referencias directas: "Un soldado de Diego Centeno que yo conocí, llamado Guadramiros, alto de cuerpo y bien dispuesto, aunque pacífico, que no presumía de la milicia, sino de la urbanidad, le dio tal picazo en la gola al capitán Juan de Acosta, que lo tumbó de espaldas. Al dar en el suelo, levantó ambas piernas en alto, y entonces llegó un negro que yo también conocí, que se llamaba Guadalupe, y le dio una cuchillada en las dos piernas, por las pantorrillas, que, por ser el negro pequeño y ruinejo, y la espada tan ruin como su amo, le hirió en ellas levemente. Entonces los de Pizarro arremetieron contra los pocos que quedaban de Diego Centeno, y los mataron a casi todos. Juan de Acosta protegió (caballerosamente) a Guadramiros y a Guadalupe para que no los matasen, poniéndose delante de ellos, pues merecían mucha honra y recompensa. Como he dicho, los conocí yo, y después, en el Cuzco vi a Guadalupe como soldado arcabucero, en una de las compañías de Gonzalo Pizarro, lleno de plumas y galas, más ufano que un pavo real, porque todos le hacían honra por su valentía. Perdóneseme estas niñerías, pero pasaron así y fui testigo de ellas". Sin duda, Guadalupe no era esclavo, y ahora le vemos, quizá agradecido, militando al lado de Gonzalo Pizarro. ¿Qué sería de él tras la próxima derrota de Jaquijaguana?

 

     (Imagen) Dado que, hablando de Pedro de Valdivia, nos ha salido al paso el capitán ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO, uno de los cronistas de las aventuras chilenas, y por ser un hombre interesante, le voy a dedicar la presente imagen. Nació el año 1523 en Carmona (Sevilla). El apellido Góngora tiene origen vasco (hay una población en Navarra llamada así), y es frecuente en Andalucía. Publicó su obra ("Historia de lo acaecido en el Reino de Chile") en 1575 (falleció meses después), pero, como les ocurrió a otros cronistas, su obra pasó desapercibida durante siglos, hasta que se descubrió y pudo ser publicada por primera vez en 1862. Góngora leyó La Araucana, escrita por Alonso de Ercilla sobre la conquista de Chile (adonde llegó en 1555), y admiró sus versos, pero le ocurrió lo que a muchos: le pareció que un texto versificado no era el que convenía a hechos tan variados y trepidantes, porque se queda escaso de contenido. Y sintió la necesidad de narrar todo lo que le contaron acerca de aquel tema, más lo mucho que vivió como protagonista. Y lo hizo, como Bernal del Castillo en México (ambos muy memoriosos), con sencillez y ajustándose al máximo a la verdad. De por sí, la obra de Ercilla es un canto a la bravura de los indígenas mapuches (los más temibles de las Indias), pero Góngora veía los hechos con ojos de sufrido conquistador: "Me pareció necesario contar en prosa, desde el principio, los muchos trabajos e infortunios que se han padecido en este reino de Chile, mayores que en ninguna otra parte de las Indias, por ser tan belicosos sus nativos". Batalló largos años junto a Pedro de Valdivia por todo Chile, al que llamaba "esa vaina de espada, angosta y larga", pero se enfrentó, probablemente con razón, a su sucesor, Francisco de Villagra (de quien acabamos de hablar). Fue testigo de la fundación de muchas poblaciones, y ejerció también cargos administrativos en ellas. Poco antes de morir, le negaron el cargo de Defensor de los Indios, y, paradójicamente, le otorgaron la misión de castigar a los hechiceros de los nativos, suponiendo, sin duda, que así los protegían de sus manipulaciones. Mientras ejercía ese trabajo, murió ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO a finales de 1575, dejando un hijo mestizo.





viernes, 7 de agosto de 2020

(Día 1181) A pesar de la derrota de los de Centeno, su caballería pudo con la de Gonzalo Pizarro, quien estuvo a punto de morir. Al final, la batalla de Huarina resultó la más sangrienta de todas las guerras civiles.

 

     (771) Aunque con muchos apuros, y a punto de ser matado, consiguió Gonzalo Pizarro llegar a su escuadrón de infantería: "Reconociéndole sus soldados, alzaron las picas para dejarle pasar, y Gonzalo Silvestre, viendo que no lo había herido a pesar de las muchas estocadas que en el costado le había dado, bajó la mano y le hizo de punta una herida al caballo que resultó muy pequeña. Y tanto, que después, en sana paz, Silvestre no osaba hablar de ello, para que no dijeran que fue el brazo tan débil como la herida". Ya a salvo Gonzalo Pizarro, sus piqueros salieron tras sus perseguidores para matarlos. Casi lo consiguieron con Silvestre, pero su caballo, aunque mal herido, se revolvió y pudo escapar. Sin embargo, los otros dos compañeros perdieron la vida: "Miguel de Vergara perseguía con tanta ansia para que, como él decía, fuera suyo el traidor Gonzalo Pizarro, que se metió tras él tres o cuatro hileras dentro del escuadrón, donde lo hicieron pedazos a él y a su caballo. Francisco de Ulloa no resultó mejor parado, porque, cuando revolvió su caballo para huir, salió un arcabucero que puso el arcabuz en el riñón izquierdo de Ulloa, y allí le disparó, pasándole de parte a parte. Otro soldado dio a su caballo una cuchillada que lo desjarretó de ambas patas. Era tan bueno el caballo de color rucio (todas estas particularidades oí, hasta los colores de los caballos), que aun herido salió con su dueño encima, y a cincuenta pasos cayeron ambos muertos. Así fue el enfrentamiento de las caballerías de Diego Centeno y Gonzalo Pizarro, tan cruel, que, al otro día se encontraron allí ciento siete caballos muertos, más los que murieron alejados, siendo el total de ambas partes ciento ochenta. Fue mi padre el que los contó, por ser el caso tan sangriento y cruel. La primera vez que se mencionó, no lo querían creer los oyentes, hasta que quien lo aseguraba dijo que era Garcilaso de la Vega quien los contó, y entonces lo creyeron, con gran admiración de caso tan extraño".

     A pesar de la derrota de los de Centeno, su caballería pudo con la de Gonzalo Pizarro: "Sus jinetes, viendo a Gonzalo Pizarro salvado en el escuadrón de infantería, se volvieron sobre los pocos caballeros que habían quedado del bando contrario, mataron a casi todos, y cantaron victoria. Uno de los muertos fue el capitán Pedro de Fuentes, que había sido teniente de Gonzalo Pizarro en la ciudad de Arequipa. Le dio un jinete de Centeno, con una porra de los indios, un golpe tan bravo encima de la celada, que el pobre Pedro de Fuentes cayó muerto en el suelo, con la cabeza hecha pedazos dentro de la celada, pues el golpe se la abolló entera".

     Aquellas guerras civiles eran sueños locos de los rebeldes, pero hay que reconocerles una valentía impresionante. Visto así, hasta el licenciado Cepeda, tan intrigante y ambicioso, merece un respeto, pues arriesgaba la vida tanto como los demás, aunque, en la definitiva derrota de Jaquijaguana, la salvó pasándose al bando de Pedro de la Gasca. Pero en esta batalla se jugó el tipo: "También maltrataron al capitán licenciado Cepeda, pues lo tuvieron rendido y lo maltrataron en el rostro, dándole una cuchillada que le cruzó toda la cara por medio de las narices. Yo le vi después en el Cuzco, y traía sobre la cicatriz un paño de tafetán negro, de una parte a otra del rostro". Quizá no lo mataran por ser un funcionario muy importante, y, aunque quedó desfigurado, pudo disfrutar la que fue su última victoria con Gonzalo Pizarro.

 

     (Imagen) PEDRO DE VALDIVIA forma parte del grupo de los más grandes conquistadores de las Indias, junto a Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Gonzalo Jiménez de Quesada (los tres primeros, extremeños, y el último, andaluz). En su viaje desde Chile a Perú el año 1547, se puso de inmediato bajo las órdenes de Pedro de la Gasca para luchar contra Gonzalo Pizarro. Hizo un gran trabajo, pero era hombre poco escrupuloso, y en Chile había dejado a gente descontenta por algunos abusos. Cuando le llegaron a Pedro de la Gasca por escrito las quejas, se vio sumergido en una incertidumbre muy molesta, porque el principal objetivo de Valdivia en Perú era que le dieran la gobernación (muy merecida) de todo lo que había conquistado en Chile. Veamos, en un informe que le envió al Rey, las dudas que tuvo el concienzudo La Gasca, y las razones que le hicieron concederle la gobernación. Lo resumo. Le dice que Valdivia había rechazado una sustanciosa oferta que le hizo Gonzalo Pizarro para que se incorporara a su ejército. Y añade: "Luchó con mucho celo en estas batallas al servicio de Su Majestad. He comprobado que Pedro de Valdivia no mandó matar a Pedro Sancho (protagonista de la imagen anterior), y, además, el dicho Pedro Sancho no tenía concesión ninguna para aspirar a la conquista de Chile, que es lo que más me preocupaba, pues habría sido muy necio enviar como gobernador a Pedro de Valdivia si hubiese matado a Pedro Sancho, y tuviera éste permiso de Su Majestad para gobernar aquellas tierras". Así que reconoció a Pedro de Valdivia como gobernador de Chile. Pero aún hubo otro sobresalto. Como cuenta el cronista Alonso de Góngora Marmolejo (mencionado en la imagen anterior), estando ya en camino de vuelta Pedro de Valdivia, le salieron al paso soldados de Pedro de la Gasca y se lo entregaron preso, aunque, con gran alivio de La Gasca y de Valdivia, se aclaró un malentendido: "Ha sido de mucho fruto la vuelta de Valdivia. Lo apresaron y me lo trajeron porque creyeron que llevaba a Chile personas que iban desterradas a España por haber formado parte de la rebelión de Gonzalo Pizarro, lo cual no era cierto". Todo se resolvió, pero Góngora, quizá equivocado, dio una versión que, aunque terminaba igual, era más complicada.



jueves, 6 de agosto de 2020

(Día 1180) Francisco de Carvajal ordenó a los arcabuceros que dispararan bajo: fue demoledor. Sin embargo, la caballería de Gonzalo Pizarro, y él mismo, se vieron en apuros.

     (770) Inca Garcilaso cuenta la segunda 'genialidad' estratégica de Francisco de Carvajal. Les dijo a sus arcabuceros que apuntasen a los contrarios de la cintura para abajo: "Si apuntáis a la cabeza, aunque solo pase la pelota a dos dedos por encima, va perdida. La que se queda corta, aunque dé a diez metros del contrario, golpeará al enemigo. Lo mejor es herir en los muslos y piernas, porque les haréis caer en tierra, que es lo que conviene". Así lo hicieron, y resultó demoledor: "Mandó disparar los arcabuces cuando vio al enemigo a cien pasos, y fue tan cruel y tan terrible la rociada de pelotas, que, en las diez hileras de gente escogida que iban delante de las banderas, no quedaron diez hombres en pie, pues todos cayeron muertos o heridos, lo que fue una gran lástima. También hicieron daño en el escuadrón de caballos, en el que iban por capitanes Alonso de Mendoza y Jerónimo de Villegas, derribando a unos diez caballeros".

     Inca Garcilaso va a contar con mucho detalle el desarrollo de la batalla, y procuraré recoger su descripción casi completa, ya que se trató de una de las batallas más sangrientas de las guerras civiles, quizá por el desesperado empeño con que ambos contrincantes quisieron lograr la victoria a vida o muerte, desechando la huida. El cronista era entonces un adolescente, y se le quedaron grabadas en la mente las anécdotas que oyó a su padre y a sus amigos. Y, una vez más, aunque deja constancia de que su padre estaba allí, sin duda en el bando de Gonzalo Pizarro, no menciona en absoluto detalles de su participación, como si fuera un simple espectador, lo cual carece de sentido. Veamos lo que sigue contando: "Luis de Ribera, el maestre de campo, viendo que, si los caballeros iban poco a poco, los matarían a todos antes de que llegasen a los enemigos, mandó que aquel escuadrón de caballos arremetiese contra los de Gonzalo Pizarro, el cual, al verlos venir, se adelantó unos treinta pasos para hacerles frente. Como los de Diego Centeno (recordemos que él no participaba, por estar enfermo) iban con la pujanza de una carrera rápida, atropellaron a los de Gonzalo Pizarro como si fueran ovejas, y cayeron caballos y caballeros, sin que quedaran ni diez hombres sobre las monturas. Uno de ellos (de los que no cayeron) fue Gonzalo Pizarro, quien, viéndose solo, intentó guarecerse en el escuadrón de infantería. Tres caballeros famosos que le conocieron fueron sobre él para matarle o rendirle. Eran Francisco de Ulloa, Miguel de Vergara y Gonzalo Silvestre. Los que iban más cerca de Gonzalo Pizarro le daban grandes estocadas por los costados, mas sin efecto, porque estaba bien protegido. Según corrían los cuatro hacia el escuadrón de infantería, el que más le apretaba a Pizarro era Gonzalo Silvestre, pues la cabeza de su caballo llevaba la barba puesta sobre las caderas del caballo de Gonzalo Pizarro y no le dejaba correr, volvió el cuerpo con un hacha de asta corta, y con ella dio tres golpes al caballo de Silvestre que le cortaron el hocico. Esto lo iba haciendo Gonzalo Pizarro con gran desenfado y desenvoltura, como si estuviera en un juego de cañas. Así se lo oí al mismo Gonzalo Silvestre, pues contaba muchas veces este momento de aquella batalla, y a otros muchos de los que estuvieron en ella. Yendo de esta manera, llegaron los cuatro al escuadrón de infantería".

 

     (Imagen) Convendrá aclarar la participación de Pedro de Valdivia en Perú junto a las tropas fieles a la Corona. Había llegado de Chile, probablemente para conseguir que se le otorgara oficialmente el puesto de gobernador de aquellas tierras conquistadas por él. Al ver la situación de las guerras civiles, se unió a Pedro de la Gasca, a quien sirvió magníficamente, pero le creó un delicado problema administrativo. Lo entenderemos en la imagen siguiente, aunque será necesario para ello hablar en esta de PEDRO SANCHO DE LA HOZ, nacido hacia 1514 en Calahorra (La Rioja). Fue soldado, secretario de Francisco Pizarro y autor de una crónica de parte de la conquista de Perú. Tras un viaje a España, volvió, en 1539, con autorización del Rey para explorar, colonizar y gobernar al sur del Estrecho de Magallanes. Se asoció con Pedro de Valdivia para la campaña de Chile, quizá viendo que el lejano territorio austral no tenía interés, pero quedó supeditado a su autoridad, en parte porque no tuvo dinero suficiente para cumplir su compromiso como socio, aunque, como mal perdedor, conspiró hasta tres veces para matar a Pedro de Valdivia, quien se lo perdonó. Tanta generosidad en el duro Valdivia más parece temor a que el Rey le pidiera explicaciones, pues, al fin y al cabo, le había confiado a Pedro Sancho poderes de gobernador, aunque fuera en otra zona limítrofe. Poco después, en 1547, Pedro de Valdivia hizo su viaje a Perú, dejando como sustituto a Francisco de Villagra. El terco y complicado PEDRO SANCHO DE LA HOZ pensó que, alejado el temible Pedro de Valdivia, tenía una oportunidad de oro para hacerse con el poder. Francisco de Villagra no tuvo tantas consideraciones, y le cortó la cabeza. Quizá algún día lleguemos en esta peripecia histórica a la gran aventura de los españoles por tierras chilenas. Entonces nos encontraremos con otro cronista-soldado singular, humano y fiable, ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO, nacido en Carmona (Sevilla) en 1523. Consideró muy cruel la ejecución de Pedro Sancho, pero da la impresión de que se la ganó a pulso. Veremos en la siguiente imagen que todo esto le pudo haber costado muy caro a Pedro de Valdivia en Perú.



miércoles, 5 de agosto de 2020

(Día 1179) En la batalla de Huarina Francisco de Carvajal, con la astuta estrategia de dar tres arcabuces a cada artillero, provocó de inmediato una carnicería en sus enemigos.


     (769) Pero no bastaban las provocaciones de Juan de Acosta para que los de Centeno se lanzaran al ataque: "Viendo Francisco de Carvajal que estaban parados, mandó que su gente se adelantara diez pasos. Los de Centeno no quisieron que con ello ganasen honra, y comenzaron todos a marchar. Entonces, los de Gonzalo Pizarro se pararon, y, viendo venir a los contrarios, Francisco de Carvajal mandó disparar algunos arcabuces para provocar que los enemigos disparasen de golpe, como lo hicieron. La infantería de Centeno comenzó a marchar a paso largo, caladas las picas, y sus arcabuceros dispararon por segunda vez, sin hacer ningún daño, porque había trescientos pasos de distancia.  Carvajal no permitió que ningún arcabuz disparase hasta que tuvo a los contrarios a poco más de cien pasos. Cuando dio la orden de hacerlo, los arcabuceros, que eran muchos y muy diestros, mataron de la primera rociada más de ciento cincuenta hombres, y entre ellos dos capitanes. Ocurrió de manera que se comenzó a abrir el escuadrón de Centeno, y, en la segunda andanada, se desbarató totalmente, y comenzaron a huir sin orden".

     Esta descripción de la batalla la copia literalmente Inca Garcilaso del cronista Agustín de Zárate, dando la misma versión López de Gómara y el Palentino. Y sigue diciendo: "Yo añadiré particularidades que en aquella batalla pasaron entre un bando y otro, pues las oí contar. El amago que Carvajal hizo para que sus enemigos le acometiesen, estándose él a pie quedo, lo hizo porque sus arcabuceros, que no eran más de doscientos cincuenta, tenían casi setecientos arcabuces. Se debía a que Carvajal, como prudente hombre de guerra, se equipaba para sus futuras necesidades mucho antes de que llegara el momento. Por eso, recogió con mucho cuidado las armas de los que huían, principalmente los arcabuces. Unos días antes de la batalla, los mandó aderezar con todo cuidado y los repartió de forma que casi todos los soldados llevaron tres arcabuces, y fue porque no podían caminar con ellos a cuestas, por lo que provocó a los enemigos para que fueran ellos los que iniciaran el ataque".

     Después Inca Garcilaso cuenta dos anécdotas del irrepetible psicópata. Le encantaba hacerse el ingenioso, y llama la atención que muchas de sus bromas, a veces más bien sosas, circularan luego de boca en boca, quizá por haberse convertido en una especie de leyenda; sin duda, era un gran militar, pero especialista en mezclar la crueldad con el humor negro. La primera trata de que se le acercó un soldado pidiéndole que le diera plomo para hacer pelotas de arcabuz. Terminó por dárselo, pero, antes, le preguntó cuántas tenía, le contestó que tres, y Carvajal aprovechó para que aprendiera una moraleja marca de la casa. Le dijo: "Le suplico a vuestra merced, que de esas tres me deje una que le sobra, para dársela a otro que no tenga ninguna. Con una de las otras dos, mate hoy un pájaro, y, el día de la batalla, mate a un hombre con la otra, y no dispare más". El mensaje era que, si cada uno de sus arcabuceros matase a un enemigo, tendría asegurada la victoria. Y añade el cronista: "Con estas bromas trataba a sus más próximos, pero, para sus enemigos, tenía otras gracias muy pesadas". Era su estilo, y habría sido un buen autor de libros de picaresca.

 

     (Imagen) Inca Garcilaso nos dice que uno de los capitanes de Diego Centeno era PEDRO PIZARRO, el cronista que ya nos contó cosas de las aventuras de Perú. Tuvo larga vida y fue siempre fiel a la Corona. Ahora, con Centeno, le ha tocado pasar por la dura experiencia de la derrota, de lo cual se resarcirá en la victoriosa batalla de Jaquijaguana, aunque, no se sabe por qué, Pedro de la Gasca no se fiaba demasiado de su lealtad. La crónica de Pedro también contó, resumidamente, aquel trago amargo. En esencia, esto es lo que dijo: "Los hombres de Centeno fuimos a hacernos fuertes en el Desaguadero (del lago Titicaca), y se juntó con nosotros Alonso de Mendoza (que había abandonado a los rebeldes). Gonzalo Pizarro partió de Lima, habiéndosele huido la flor de su gente, vino en nuestra busca y nos dio batalla en Huarina, donde nos desbarató por falta de capitán, porque Centeno estaba malo y no entró en batalla, siendo el buen ardid de Francisco de Carvajal (con el uso rápido e incesante de sus arcabuceros) lo que nos derrotó, a pesar de que los nuestros de caballería habían vencido a la de Gonzalo Pizarro. Cuando supo de su victoria, Gonzalo Pizarro le mandó a Carvajal desde el Cuzco que fuese a Arequipa para que la robase, matando a los que pudiese alcanzar, y llevando al Cuzco a todas las mujeres de los vecinos enemigos, y así lo hizo". Lo cual explica por qué Jerónimo de Villegas huyó de Arequipa, así como el hecho de que Carvajal se llevara al Cuzco a las mujeres, y que ahorcara a una de ellas, María Calderón, esposa de Villegas, algo que tuvo que ser permitido por Gonzalo, ya que estaba en la ciudad. El éxito de Gonzalo Pizarro tuvo un doble mérito: sobreponerse al desánimo general que llevaban sus soldados tras muchas deserciones, y la hábil maniobra del experto Francisco de Carvajal al armar al máximo a sus arcabuceros y provocar al enemigo para que iniciara el ataque. Pero el espectáculo no había terminado, porque los contrarios eran igualmente correosos: "Enterado del desbarate, Pedro de la Gasca, reuniendo gente de todas partes con los que habíamos salido vivos de Huarina, fuimos todos al Cuzco en busca de Gonzalo Pizarro". Y se levantará el telón por última vez.






martes, 4 de agosto de 2020

(Día 1178) Va a empezar la sangrienta batalla de Huarina. Inca Garcilaso ensalza la valía de Francisco de Carvajal como militar.

     (768) Leamos la lista de los capitanes de Gonzalo Pizarro, y, como otras veces, veremos que Inca Garcilaso, aun sabiendo los defectos del sangriento Francisco de Carvajal, no deja de reconocerle méritos: "En el otro bando, formó su escuadrón el maestre de campo Francisco de Carvajal, flor de la milicia del Perú si se empleara en el servicio al Rey, pues solo el no hacerlo le desdoró, y fue causa de que los historiadores escribiesen tantas maldades de él. Era un hombre tan experimentado en la guerra, que sabía con cuántos lances debía dar mate a su contrario, como lo sabe un gran jugador de ajedrez cuando juega con un principiante (olvida el cronista que a ningún otro gran capitán lo difamaron por serlo). Formó su escuadrón en un llano con unos cuatrocientos hombres. Los autores aumentan la cifra y disminuyen la de los contrarios, por no dar tanta gloria a Francisco de Carvajal, quien con tan pocos venció a tantos, ni tanta ignominia a Diego Centeno, que fue vencido por tan pocos, como luego diremos. Iban por capitanes Diego Guillén, Juan de la Torre, Juan de Acosta, Hernando Bachicao y el bachiller Guevara. Con la caballería iban el mismo Gonzalo Pizarro, armado de una muy buena cota, y sobre ella unas coracinas de terciopelo verde que yo le conocí; a sus lados estaban el licenciado Cepeda, como capitán, y el bachiller Guevara. Francisco de Carvajal mandó que la caballería se pusiese al lado derecho de la infantería, pero retrasada unos cincuenta pasos, porque quería tener libres los dos lados y la delantera del escuadrón para maniobrar libremente con la arcabucería, pues en ella tenía la confianza de su victoria. Iba en un rocín común, pareciendo un soldado pobre, pues quería que no le reconocieran; de esta manera podría moverse por todo el escuadrón para ponerlo en orden".

     Los dos ejércitos se plantaron frente a frente: "Estuvieron buen espacio de tiempo sin hacer movimiento alguno. Entonces envió Gonzalo Pizarro a un capellán suyo, el padre Herrera, a requerir a Diego Centeno que le dejase pasar y no le obligase a darle batalla, pues, de lo contrario, serían culpa suya el daño y las muertes que resultasen. Al capellán no le dejaron llegar, sospechando que iba a descubrir el orden que Diego Centeno tenía preparado en su escuadrón. El obispo del Cuzco (Juan Solano) y Diego Centeno, que estaban juntos, enviaron a por él, y tras oírle, lo prendieron, y lo llevaron a la tienda del obispo". No parece que Gonzalo Pizarro, al pedirle paso libre a Centeno, tuviera verdadera intención de pasar de largo sin batallar, pues, como explicó Santa Clara, él y sus hombres habían desechado la idea de marcharse a Chile, y escogido la de luchar. Quizá lo que quiso Gonzalo fue darle a Centeno la impresión de que estaban acobardados. Y produjo efecto: "Diego Centeno, tras saber lo que pedía el clérigo, tuvo la victoria por suya y quiso ganar honra siendo el primero en acometer al enemigo, y salió de su puesto marchando hacia él. Francisco de Carvajal, como le convenía estarse quieto, deseaba que llegasen pronto, y envió a Juan de Acosta con treinta arcabuceros para que los incitase, pero fingiendo que se retraía, a fin de que los enemigos viniesen tras él".

 

     (Imagen) Ya sabemos que la batalla de Huarina la van a ganar los de Gonzalo Pizarro, preludio de su definitivo desastre en Jaquijaguana. Hubo una desbandada general de los hombres de Diego Centeno, y fueron tras ellos los vencedores. Uno de ellos era el capitán JUAN DE LA TORRE VILLEGAS, a quien acaba de mencionar el cronista Inca Garcilaso, y parece ser el mismo hijo de mala madre llamado 'el Madrileño', quien provocó intencionadamente que ejecutaran a Juan Velázquez Vela Núñez, hermano del trágico virrey. Juan de la Torre le envió una carta a Gonzalo Pizarro mientras acosaba a los huidos. La escribió en octubre de 1547 durante la persecución. Habían atrapado a un 'mozo' de los soldados enemigos, y le dice a Gonzalo que supieron por él que Centeno y sus acompañantes no pudieron atravesar el Desaguadero (parte del lago Titicaca), por lo que pensaron ir a saquear el Cuzco y pasar de allí a Lima, "aunque yo creo lo contrario, pues les sería más conveniente para su salvación el camino de Arequipa". Y añade. "Los más señalados que van con Diego Centeno, según el mozo dice, son Ávila, Cerdán, Godínez, Pedro Pizarro, Tomás Vázquez, el padre Vizcaíno, Juan Viejo, Martín de Almendras y su hermano, Herrezuelo y otros que no recuerda. Van heridos de arcabuz el padre Vizcaíno y Cerdán. Los indios dicen que iban hasta treinta, y los creo más que al mozo. Hemos topado caballos muertos y cansados, y algunos hombrecillos (no dice si también muertos, pero es muy despectivo). Acuérdese de mí vuestra señoría, que soy de los que no pidieron de comer antes de la batalla, y, pues vuestra señoría sabe que sabré convertir en harina por traidores a sus dueños, hágame merced de sus encomiendas de indios si lo merezco (petición inútil, porque la derrota de Jaquijaguana estaba muy cerca)". En sus comentarios, ha mencionado a Pedro Pizarro. Se trata del pariente de los Pizarro que escribió muchos años después una buena crónica de lo que vivió en la tremenda aventura del Perú, a veces protegiendo la imagen de Francisco Pizarro, pero, como vemos ahora, poniendo por encima la lealtad al Rey. Le escucharemos en la próxima imagen.