sábado, 14 de diciembre de 2019

(Día 980) Los vecinos de Lima, que antes habían desobedecido a Vaca de Castro, le pidieron que suplicara por ellos ante el virrey. Les contestó que actuaran con paciencia y sensatez. Francisco de Carvajal se ofreció para tratar el asunto con el Rey en España.


     (570) Cieza vuelve a enlazar con algo anterior, la, en el fondo, cómica situación de los prohombres del Cuzco que se habían atrevido a negarle (de malas maneras) al bachiller Juan Vélez de Guevara tomar posesión de la ciudad en representación de Vaca de Castro, y ahora resulta que, al ver que se les venía encima un problema mucho mayor, las Leyes Nuevas y la próxima llegada del Virrey Blasco Núñez, le pedían ayuda ¡al mismo Vaca de Castro! Habían enviado con el encarguito, como ya sabemos, al alcalde Alonso Palomino y a Don Antonio de Ribera. Por su parte, Vaca de Ccastro, al que tampoco le hizo ninguna gracia quedar sujeto a la autoridad del Virrey, actuó, sin embargo, con mucha sensatez: “Tras ver las Ordenanzas, Vaca de Castro, como era varón prudente, no se alteró cosa alguna, y mandó que entrasen en cabildo el capitán Garcilaso de la Vega, Don Martín de Guzmán, Hernando Bachicao, Juan Julio de Ojeda, Juan Vélez de Guevara y Diego Maldonado de Álamos”.
     Después de leerse las Ordenanzas, los señores del Cabildo afirmaban que ellos cumplirían de inmediato lo que mandaba el Rey, pero no les parecía bien obligarles precipitadamente a hacerlo a los vecinos de Lima, pues consideraban injusto quitarles sus haciendas sin ser oídas previamente sus alegaciones. Pero Vaca de Castro supo tener buen juicio y estar en su puesto: “Respondió a lo que decían, con alguna ira, que callasen y no se mostrasen tan airados, pues, si Su Majestad mandaba que se ejecutasen las Ordenanzas, se había de hacer y obedecer su mandato pecho en tierra. Dijo también que aguardasen al Virrey, pues podría ser que otorgase el aplazamiento, sin que fueran desposeídos los españoles de sus haciendas ni de sus indios antes de que el Rey finalmente lo determinase”.
     Tras conocerse la actitud de Vaca de Castro, los representantes de la ciudad de Lima, Palomino y Ribera, e incluso algunos de los que habían estado en el Cabildo, como Bachicao, le enviaron, al parecer, un mensaje a Gonzalo Pizarro para ponerle al corriente de la situación. Era como una llamada para que liderara la oposición a lo que se pretendía imponerles: “Le decían que se mostrase defensor de todos, pues era hermano del gobernador que descubrió aquellas tierras, que todos estarían con él para ayudarle a suplicarle al Rey que modificara aquellas leyes, y que, para hacerlo, ellos aventurarían sus haciendas y sus personas. Vaca de Castro pidió a todas las ciudades e villas que enviasen representantes suyos para tratar sobre enviar procuradores a España que suplicasen al Rey que otorgara la apelación de alguna de las Ordenanzas”.
    Entonces el brutal Francisco de Carvajal, que había luchado brillantemente en la guerra de Chupas en el bando del Rey, se ofreció voluntario para una misión diplomática: “Como era varón de tan claro juicio (aunque tan mal uso hizo de él), le pidió a Vaca de Castro que, pues tan leal amigo le había sido, le permitiera ir a España, y que allí le haría al Rey relación de las cosas del Perú, de cuán mal se pagaba a los conquistadores lo mucho que habían servido a Su Majestad y de lo dificultosa y grave que sería la llegada de las Ordenanzas. Lo platicaron Vaca de Castro y los señores del Cabildo, y acordaron que fuese Francisco de Carvajal a lo que decimos, y que, si se encontrase por ventura con Blasco Núñez, del que ya se había oído por todas partes que venía como Virrey, le diese cuenta de las cosas del Perú, aconsejándole que entrase en él con toda benevolencia e cordura, para que no se produjese alguna sedición”. Pero el viaje de Francisco de Carvajal quedará abortado, y para desgracia de todos, ya que fue enorme el daño que hizo después al servicio de Gonzalo Pizarro, acabando, además, decapitados los dos.

     (Imagen) No era muy digno el papel que vemos hacer al alcalde de Lima, Alonso Palomino, y a DON ANTONIO DE RIBERA pidiendo ayuda a Vaca de Castro (al que habían desobedecido anteriormente) para que evitase que el Virrey aplicara las duras Leyes Nuevas. Ya hablé anteriormente de los dos, pero ampliaré algunos datos sobre Don Antonio. El ‘don’ le venía por su importancia social y su gran riqueza. No veo confirmado que luchara en la batalla de las Salinas contra Diego de Almagro el Viejo, ni en la de Chupas contra Almagro el Mozo, pero sí aparece como protagonista en la durísima y fracasada campaña de Gonzalo Pizarro en territorio amazónico. Al volver, milagrosamente vivos, se  enteraron del asesinato de Pizarro y de su hermanastro Francisco Martín de Alcántara, y, casi de inmediato, Ribera, para entonces ya un hombre acaudalado, se casó con la viuda de este último, quien le había dejado en herencia un sustancioso patrimonio. Se trataba de una de las mujeres más excepcionales de las Indias y a la que ya conocemos, INÉS MUÑOZ DE RIBERA (incorporó el apellido de su nuevo marido), asumiendo ambos ejemplarmente la curatela de los hijos de Pizarro. A pesar de su cercanía a los Pizarro, más tarde Don Antonio colaboró con Blasco Núñez Vela, el trágico virrey al que antes quiso frenar por medio de Vaca de Castro. El resto de su vida mantuvo su fidelidad al Rey. Como gran emprendedor, fue él quien llevó de España en 1560 las primera plantas de olivo a Perú, y, curiosamente, una que le robaron sirvió para que también se cultivara en Chile. Aún vivía Don Antonio en 1564, año en el que le concedieron un escudo de armas familiar. La imagen muestra uno de los muchos pleitos que, como matrimonio rico, promovieron Antonio e Inés, la cual,  en lo que más destacó, fue en su generosidad, dedicando, ya viuda, casi todos  sus bienes para ayuda de los más necesitados.



viernes, 13 de diciembre de 2019

(Día 979) Cieza hace una descripción del virrey BLASCO NÚÑEZ VELA mostrando sus muchas virtudes, pero también la intransigencia de su carácter, lo cual arruinaría su misión y le costaría la vida.


     (569) Cieza , además de dar noticia de varios de los cargos (que ya he comentado) de la extensa carrera de BLASCO NÚÑEZ DE VELA, el primer Virrey de Perú, hace una pequeña descripción de sus características personales. En cuanto a figura trágica, tuvo mucha semejanza con Diego de Almagro el Viejo. Se diría que, a pesar de su gran valía y de sus extraordinarios méritos,  el destino los encaminó hacia el despeñadero utilizando sus propios errores. Lo que comenta el cronista sobre Núñez Vela muestra claramente que fue su rígido carácter el que lo llevó a la perdición: “Había llegado ya antes a este imperio de las Indias como Capitán General de la Armada, para llevar a España el tesoro que acá había. Era alto de cuerpo, de buena apariencia y gentil presencia. Tenía los ojos zarcos (de azul claro) e muy claros, el rostro aguileño, la frente ancha, la barba espesa e de mucha autoridad. Era muy buen hombre de a caballo, de entrambas sillas (son dos estilos de montar: a la brida y a la jineta), y de vivo juicio, pero no lo tenía asentado. Fue uno de los que siempre se extremaron en servir a su Rey, muy temeroso de Dios, llano, humilde, bien criado, enemigo de traidores y amigo de lealtad. La ira dominaba mucho en él y súbitamente. Desde que entró en esta tierra, no tuvo fe entera en ninguno, e así como era súbito en la ira, lo era en el matar a los que le enojaban”.
     Así que Carlos V nombró sin titubeos virrey de Perú a Blasco Núñez Vela, y él lo aceptó como una carga obligatoria, pero muchos decían que iba a fracasar, entre ellos, según indica Cieza, el más grande de las Indias (Cortés): “Blasco Núñez fue nombrado Virrey de Perú e Presidente de la Audiencia que se había de aposentar en las Ciudad de los Reyes, y se le dieron las Leyes Nuevas para que las hiciese ejecutar. Habiendo besado a Su Majestad las manos, se despidió de los señores del Consejo, e vino a la ciudad de Ávila, donde, holgándose algunos días con su mujer e hijos,  se partió de aquella ciudad llevando en su compañía a Francisco Velázquez Vela Núñez, su hermano, e a Diego Álvarez Cueto, su cuñado, e a otros caballeros, deudos y amigos suyos, e con muy gran recámara y aparato, y con todos fue hacia Sevilla. Al divulgarse en España que Blasco Núñez iba al Perú como virrey, se decía que no había de dar fruto, sino que aumentarían los males. Cuentan que el Marqués del Valle, Don Hernando Cortés, espejo de gobernadores y capitanes en Indias, dijo públicamente muchas veces que Blasco Núñez no tendría paz en Perú, porque los que allí vivían hacían su voluntad, y que él, cuando iba descubriendo por la  Nueva España (México), por todos los caminos iba poniendo cruces (convirtiendo a los indios), y, entre los capitanes que habían descubierto el Perú,siempre en ellos hubo envidias y rencores disimulados, y asuntos que vinieron a dar en las batallas que todos  habían oído”.
     También había que poner en marcha en Perú la poderosa institución judicial: “Llegado a Sevilla el Virrey Blasco Núñez Vela, encontró allá a los nombrados como Oidores: el Licenciado (Diego Vázquez de) Cepeda, el cual era Oidor de Canarias, el Doctor (Juan Lissón de) Tejada, el Licenciado (Juan) Álvarez y el Licenciado (Pedro Ortiz de) Zárate, y con todos fue al gran puerto de Sanlúcar de Barrameda, mandando aderezar las naves en las que iban a apartir”.
  
     (Imagen) No podía haber delito más grave ni más insensato que el de matar al Virrey. La muerte de Blasco Núñez Vela iba a ser la perdición para los rebeldes. El Rey se ocuparía de ello. Pero también su viuda, DOÑA BRIANDA DE ACUÑA, se armó de coraje tras ser asesinado su importante marido, e inició un macroproceso judicial contra todos aquellos a los que consideró responsables de su muerte. Ella se había quedado en España al cuidado de sus siete hijos. Con el tiempo, los varones llegaron a tener cargos importantes. Antonio Vela, el mayor, sucedió a su padre como itular de su casa de Ávila, y murió siendo Embajador de España en Francia, Cristóbal Vela fue nombrado Arzobispo de Burgos, y Diego Vela, Obispo de Lugo, Juan de Acuña Vela era Caballero de la Orden de Alcántara y Capitán General de la Artillería Española, y Luis Vela, Caballero de la Orden de Santiago. Hay constancia en la crónica de Cieza de que, con Blasco Núñez Vela, llegó a Perú su hermano Francisco Velázquez (o Blázquez) Vela Núñez, y de que vivieron juntos las angustias de su misión, pero no he podido confirmar qué le deparó el destino. Es de temer que también lo masacraran los hombres de Pizarro. Sobre todo sabiendo lo que le ocurrió a un pariente de ambos con nombre parecido, JUAN VELÁZQUEZ VELA NÚÑEZ. En el documento de la imagen su hijo cuenta en 1563, entre sus méritos, lo siguiente: Llegó a Perú con el Virrey Vela Núñez, pariente suyo. Batalló con él como capitán de su guardia personal, y, al ser apresados por la gente de Gonzalo Pizarro (no menciona la muerte del Virrey) a él lo atormentaron y le condenaron a cortarle las manos y darle garrote vil como traidor. Cuando iban a matarlo, el arzobispo de Lima (Jerónimo de Loaysa) consiguió que lo perdonaran, pero le cortaron una mano. No obstante, peleó después junto a Pedro de la Gasca, con lo que tuvo la revancha de asistir a la derrota y ejecución de Gonzalo Pizarro.



miércoles, 11 de diciembre de 2019

(Día 978) Francisco de Mendoza expulsó a Felipe Gutiérrez y obligó a Nicolás de Heredia a ponerse bajo sus órdenes. Carlos V nombró virrey de Perú a BLASCO NÚÑEZ VELA.


     (568) El arrogante e impaciente Francisco de Mendoza, en cuanto asumió el poder total, tomó dos decisiones absolutamente ilegales: “Mandó a un tal Juan García que fuese con treinta y seis españoles adonde estaba Francisco Gutiérrez, para que, con seis de a caballo, saliese del Perú, y, asimismo, que prendiesen a Nicolás de Heredia, Maese de Campo, e les quitasen las armas a él y a los que con él estaban, temiendo que, habiendo marchado Felipe Gutiérrez, quisiese buscar la manera de hacerse con el mando”.
     Juan García y sus hombres apresaron a Felipe Gutiérrez. Fueron con él adonde estaba Nicolás de Heredia, y allí, en una montaña, abandonaron a Gutiérrez y a seis de sus soldados: “Quedaron con muy gran riesgo, ellos y sus caballos (por los indios), pero, con mucho trabajo, llegaron a la ciudad del Cuzco cuando Vaca de Castro ya había salido de ella. Juan García volvió adonde estaba Francisco de Mendoza, llevando consigo a Nicolás de Heredia”.
     Francisco de Mendoza le envió previamente un mensaje a Nicolás de Heredia advirtiéndole de que sus hombres le habían aceptado como Capitán, y , de no hacerlo él, sería expulsado también, como le ocurrió a Felipe Gutiérrez: “Llegado Nicolás de Heredia, juró como su Capitán a Francisco de Mendoza, igual que habían hecho los demás, y, para mayor seguridad, partieron la hostia entre ellos”.
     Amarradas estas cuestiones (aunque solo temporalmente, porque Heredia llevaba dentro su afán de venganza), Francisco de Mendoza empezó a desplegar su ambiciosa y enérgica actividad, que, como comenté, le llevará, increíblemente, hasta un punto de la costa atlántica cercano a Buenos Aires. Envió un grupo de gente para que se adelantara en los descubrimientos. Él los siguó con el resto de la tropa, y tuvieron un grave incidente que pudo haber sido aún peor, porque, mientras dormían, un grupo de indios a los que no habían visto, quemaron la zona en la que se encontraban. El fuego no les afectó a los españoles, pero quemó todas sus provisiones, a muchos  indios de su servicio, y algunos caballos y mulos. Siguieron avanzando los españoles, y lo hacían con ilusión porque sospechaban que iban a descubrir tierras excepcionales. Probablemente soñaban con encontrar la mítica Ciudad de los Césares (de la que ya hablé).
     Cieza, después de añadir que  “Francisco de Mendoza, llevando a todos sus hombres, continuó caminando hacia el nacimiento del sol”, lo abandona de momento para seguir su propio camino en el orden de la crónica, y pasa a hablar de otra cuestión muy importante: “El Emperador Don Carlos, rey felicísimo de las Españas, e los de su muy alto Consejo habían tratado muchas veces sobre quién había de venir como Virrey del Perú. Aunque se había platicado de enviar como virrey a algunos caballeros de España, Su Majestad puso los ojos en Blasco Núñez Vela, natural de la ciudad de Ávila, de magnífica sangre e muy celoso de su servicio al Rey, y había tenido en España cargos preeminentes, de los cuales siempre dio cuenta de haberlos ejercido con fidelidad”.

     (Imagen) A pesar de ser relativamente joven (unos 48 años),  BLASCO NÚÑEZ VELA llegó en 1543 con el alto honor de primer virrey de Perú, y tenía un impresionante historial. Era natural de Ávila, y de una familia de la alta nobleza. Fue Caballero de Santiago y ejerció como Corregidor de Málaga y Cuenca, Capitán en Orán, Veedor del Ejército e Inspector General del límite con Navarra. Por ser, además, Capitán General de la Armada, ya había realizado varios  viajes a  Ias Indias. Lo asesinaron tres años después de su llegada a Perú, padeciendo una trágica similitud, en sus dificultades y en su final, con Diego de Almagro el Viejo. Cieza no se equivocó al decir que tenía un carácter muy riguroso, hasta el punto de que varios soldados y marineros resultaron lisiados por sus castigos. Pero también se comportaba con un estricto sentido del deber. Y así se explica que, sin tener ninguna gana de  asumir el cargo de Virrey de Perú en circunstancias tan peligrosas, lo aceptó por lealtad al Rey. No tenía obligación de hacerlo, y otros lo rechazaron, pero se tomaba como órdenes los deseos de Carlos V. Sin embargo, el Rey se equivocó de persona. No bastaban lealtad y energía en el mando, sino que hacían falta también dotes diplomáticas. Ese mirlo blanco lo encontró más tarde en Pedro de la Gasca. Le faltó a Núñez Vela el tacto con el que el virrey Antonio de Mendoza, aplazando el cumplimento de las Leyes Nuevas, supo evitar una rebelión popular  en México. Él, por el contrario, nada más llegar a las Indias empezó a aplicarlas   literalmente, sin admitir consejos ni matices. Liberó a muchos nativos que estaban semiesclavizados, utilizó mulas para su propio transporte y, donde eran necesarios porteadores indios, les pagaba un salario. No admitía argumentos en contra. Su réplica era que el Rey le había ordenado “que se mostrase como severo castigador de pecados, para que nadie creyese que los disimulaba y sufría”, y que eso era lo que iba a hacer.



(Día 977) Entre otros, el Rey pensó en Pedro de Navarra para que fuera virrey de Perú, pero no aceptó la propuesta. Francisco de Mendoza consiguió desplazar como jefe de la expedición de Tucumán a Felipe Gutiérrez.


     (567) Cieza va a cambiar de rumbo nuevamente. Volverá más tarde para contarnos cuál fue la reacción de Vaca de Castro cuando conoció el texto de las Leyes Nuevas. De pasada, nos ha hecho saber que zanjó por sentencia suya la eterna discusión sobre el emplazamiento de la ciudad del Cuzco, y que dejó también claro que Arequipa estaba, con otras zonas de potencial riqueza, en lo que fue la gobernación de Almagro. Pero ya no tenía demasiada importancia, y muy poco consuelo para los almagristas, pues el virreinato de Perú iba a absorber las dos gobernaciones, Nueva Castilla, feudo de los pizarristas, y Nueva Toledo, que lo era de los almagristas. Tanta sangre, para nada. Por desgracia se iban a producir  nuevas guerras civiles, pero esta vez con otro enfoque, como protesta contra las Leyes Nuevas, enfrentándose los rebeldes contra las fuerzas del Rey.
     Hace también Cieza una pequeña alusión a cómo tanteó inicialmente Carlos V el nombramiento de un virrey para Perú, sin despejar por entonces la incógnita: “Se habló de que iría como Virrey de Perú Antonio de Leiva, y otras veces se decía del Mariscal de Navarra (Pedro de Navarra), a quien, al parecer, Su Majestad se lo mandó y le respondió que él no iría a quitar a los que estaban en las Indias sus haciendas, pues tan justamente las merecían. También se decía acá que en España muchos pensaban que los hombres de Indias eran de baja condición e gente soez, a la que fácilmente se les obligaría a acatar las Leyes Nuevas. Estas cosas eran oídas por los de acá con gran malestar, pues consideraban que ellos eran hombres de casta, y que sus abuelos se señalaron en las guerras que los reyes de España tuvieron con los moros. En conclusión: había un alboroto desatinado, e las  noticias iban con furia de una parte a otra, lo que anunciaba que llegarían grandes males”.
      Como Cieza va y vuelve, deja de lado, de momento, a quién y cómo le confió el Rey el más que comprometido cargo de Virrey de Perú, y nos explicará ahora con detalle lo que ya resumí anteriormente sobre las peripecias de los españoles por la zona de Tucumán después de la muerte de Diego de Rojas. Recordemos que Rojas, antes de morir, dejó mandado que el joven y osado Francisco de Mendoza, al que tanto quería, asumiera el poder. Era una injusticia que Felipe Gutiérrez no pudo soportar, y consiguió desplazarlo. Pero las dificultades de la campaña crearon malestar entre sus hombres. Pensaban que había escogido una mala zona de conquista y que no era un buen capitán, lo cual le vino al pelo a Francisco de Mendoza para ir ganándose a mucha gente de la tropa. Entonces él y sus aliados pasaron a la acción: “El insensato mozo Francisco de Mendoza, acompañado de sus cómplices, fue a la tienda del valiente, pero descuidado, general Felipe Gutiérrez, y arremetieron todos contra él, le echaron una cadena y le robaron todo lo que tenía, que no era poco, y, no contentos con su prisión, daban voces diciendo que se le matase. Mendoza respondió que no había por qué matarle, pues bastaba echarle de aquella tierra. Felipe Gutiérrez, temiendo que lo matasen, rogaba a Francisco de Mendoza que le diese la vida, y él se lo prometió. Luego Mendoza mandó dar un pregón en el real de que ninguno saliese de su aposento, so pena de muerte, e, con sus mañas, supo hacer las cosas de tal manera que se le entregó toda la gente. Por la mañana se dijo misa, y, después de acabada, le juraron todos como Teniente del Gobernador (Vaca de Castro), como lo mandó hacer para él Felipe Gutiérrez al tiempo de la muerte de  Diego e Rojas".

     (Imagen) Ser Virrey de Perú era una gran cosa, pero  no resultaría fácil encontrar un candidato dispuesto a ir a aquellas atormentadas tierras para poner fin a las guerras civiles y obligar, además, a aquellos rudos y sufridos españoles a aceptar las limitaciones que les imponían las llamadas Leyes Nuevas. Se comprende, pues, que rechazara el ‘puestazo’ PEDRO DE NAVARRA Y DE LA CUEVA (nacido el año 1499), quien, además, consideraba injusto reducir los derechos de los conquistadores.  Era Mariscal de Navarra, como lo había sido su padre, también llamado Pedro de Navarra. Los dos tuvieron una misma peculiaridad: habían luchado defendiendo, contra Castilla y Aragón (en cuyas tropas estaba, curiosamente, un jovencísimo Hernando Pizarro), la independencia de Navarra. Pero hubo una gran diferencia. El padre, en 1521, derrotado y apresado, se negó a acatar  el  dominio castellano-aragonés, y hasta se dice que, por esa razón, en 1523 se suicidó (o le ‘suicidaron’) estando encarcelado en el castillo de Simancas. El hijo heredó su título de Marisal de Navarra, pero, ante lo inevitable, no se aferró a una terca resistencia que ya no tenía razón de ser, y aceptó el indulto que le ofreció Carlos V, quien luego lo colmó de dignidades. Aunque, sensatamente, no aceptó la de Virrey de Perú, tuvo varios cargos de relumbrón: Corregidor de Córdoba y de Toledo, Asistente de Sevilla, Gobernador de Galicia, Presidente de las órdenes de Santiago, Alcántara y Calatrava, y, asimismo, Consejero de Estado, concediéndosele también el navarro marquesado de Cortes. Toda su vida mantuvo una competitiva actividad, y quizá donde dejó mayor impronta fuera en la administración y reforma de las tres órdenes militares, contando entonces con la total confianza de Felipe II. Se había casado con una dama de la alta nobleza y de extraño nombre: Ladrona Enríquez de Lacarra y Navarra. PEDRO DE NAVARRA Y DE LA CUEVA murió en Toledo el año 1556.




martes, 10 de diciembre de 2019

(Día 976). Alonso de Alvarado partió para España, mientras en Lima hubo gran conmoción por las Leyes Nuevas.


     (566) Publicadas las Leyes Nuevas, se enviaron a las Indias. Fue una gran alegría para los nativos, y un duro golpe para muchos españoles. Como una tormenta que va avanzando, iba llegando su conocimiento por diversos territorios hasta llegar a Perú, sembrando por doquier una inquietud general. Sigamos oyendo a Cieza: “Se llevaron las Leyes Nuevas, para su ejecución, a la Nueva España (México), La Española (Santo Domingo), Popayán y Cartagena. A las provincias del interior las trajo (Cieza andaba por allí) el Licenciado Hernando Díaz de Armendáriz, lo que causó gran turbación, e muchos que habían gastado sus vidas en las conquistas y envejecido en los descubrimientos, mostraban gran tristeza, y sus rostros decían la congoja que tenían en sus ánimos. La gente se reunía y manifestaba que se debía pedir a Su Majestad que otorgase una suspensión de su cumplimiento hasta que fuera bien informado, pues lo hecho había sido por dichos de frailes apasionados. Pero, como estaba en la  Nueva España aquel varón tan lleno de virtudes e tan rápido en mirar lo que convenía, tanto al servicio del Rey como a la pacificación de la tierra, D. Antonio de Mendoza (era el Virrey de México), con gran templanza disimuló la primera protesta del pueblo, dando lugar a que se pasase aquel furor general, y luego suspendió las leyes, avisando al Emperador de lo que convenía a su servicio. Asimismo actuaron cuerdamente en otras provincias los que gobernaban, haciendo lo mismo. En otras partes, se cumplieron como se cumplen hoy en día en casi todas, para utilidad e tranquilidad de estos reinos, y más aún para los nativos, como lo comprenderá quien sea razonable”.
     Ya nos dijo Cieza que, cuando llegó la copia de las Leyes Nuevas a Panamá, se encontraba allí el gran capitán Alonso de Alvarado, y, aunque le pidieron que tomara alguna decisión al respecto, no quiso implicarse en ninguna protesta, y se embarcó hacia España para presentarse ante el Rey, como tenía previsto. No tardaron en conocerse las leyes en tierras peruanas: “El contador Juan de Cáceres y otros que se hallaban en Panamá enviaron copias de las leyes a Perú, y, cuando las vieron en aquel reino, fue grande el alboroto que produjeron, diciéndose públicamente que era mucha su aspereza. Pronto le mandaron a Antonio Palomino, que era el alcalde de la Ciudad de los Reyes, e a Don Antonio de Ribera, que partiesen con toda prisa hacia la ciudad del Cuzco, donde estaba el gobernador Vaca de Castro, y le diesen cuenta de ello, para que les aconsejara lo que convenía al bien común”.
     Para allá partieron, pero daba la casualidad de que entonces Vaca de Castro estaba sumamente irritado porque los almagristas, que retenían el poder en la Ciudad de los Reyes, habían impedido que tomara allá el mando en su nombre (como ya vimos) el bachiller Juan Vélez de Guevara. En cuanto llegaron, Vaca de Castro, de momento, se limitó a mandarles recado a los de la Ciudad de los Reyes de que se presentaran ante él, y, sorprendentemente, les hizo saber que había tomado, por sentencia, una decisión acerca del conflicto nunca aclarado que había iniciado las guerras civiles y costado las vidas de Almagro y Pizarro. No tuvo ni la menor duda en su punto de vista: "el Cuzco estaba emplazado dentro de la gobernación de Pizarro, a quince leguas del límite con la de Almagro”.

     (Imagen) Recordemos que ALONSO PÉREZ CASTILLEJO era uno de los capitanes que, fieles a la Corona, iba en la tropa de Peransúrez para unirse inmediatamente a Cristóbal Vaca de Castro, el representante del Rey. Todos los conquistadores de su familia fueron respetuosos con la legalidad, cosa poco frecuente en el torbellino de las guerras civiles de Perú. El documento de la imagen fue presentado por DON DIEGO CABRERA DE ULLOA, sobrino de Pérez Castillejo, para lograr del Rey que le concediera una merced, aunque los méritos que menciona son los de su padre y de su tío, de quien habla en segundo lugar, pero, por ser el mayor, empezaremos con él. Alonso nació probablemente en Cea (León). Llegó a Perú con Hernando Pizarro, a la vuelta de su primer viaje a España. Dice su sobrino que luchó contra los indios en el cerco que habían puesto a Lima, y luego en el Cuzco, aunque, curiosamente, se olvida de que participó en la batalla de las Salinas contra el desdichado Diego de Almagro el Viejo. Pero sí explica que peleó contra Diego de Almagro el Mozo (batalla de Chupas), y más tarde frente al rebelde Gonzalo Pizarro, teniendo que huir y esconderse por la feroz persecución del salvaje Francisco de Carvajal. Finalmente, fue el mismo Gonzalo Pizarro quien lo mató. Los méritos del padre del solicitante, llamado GONZALO CABRERA DE CEA, y bastante más joven que su hermano Alonso, nos sirven para ver cómo continuaron las guerras civiles, ya que tuvo un gran protagonismo en todas las batallas que se dieron contra los últimos rebeldes. Fue uno de los tres que mataron al sublevado Don Sebastián de Castilla en la ciudad de la Plata, y, habiéndose alzado asimismo contra el Rey en Potosí Egas de Guzmán con 400 hombres, formó parte de la tropa que los derrotó, siendo ajusticiados Guzmán y varios de sus hombres. Finalmente, estuvo entre los que apresaron al último de los rebeldes, Francisco Hernández Girón, quien fue ejecutado de inmediato.



lunes, 9 de diciembre de 2019

(Día 975) El rey dio normas estrictas para que los indios no fueran diezmados, y ordenó que, para que conocieran mejor sus derechos, se publicasen las Leyes Nuevas también en sus lenguas nativas.


     (565) Tampoco le parece bien al Rey la poca fiabilidad con que algunos le piden mercedes desde las Indias, y establece controles: “Muchas veces acaece que personas que residen en las Indias suplican que les hagamos merced de algunas cosas de las de allá, e, por no tener información de  la calidad de su persona y de sus méritos, ni de la cosa que se pide, no se puede conceder convenientemente, por lo que mandamos que la Audiencia se informe allá debidamente, y envíe la información detallada, mostrando su parecer a nuestro Consejo de las Indias”.
     Lo que el Rey ordena a continuación confirma indirectamente la denuncia de Cieza acerca de la escandalosa disminución de la población indígena en la zona del Caribe: “Es nuestra voluntad y mandamos que los indios que, al presente, están vivos en las islas de San Juan (Puerto Rico), Cuba y La Española (Santo Domingo), por ahora y durante el tiempo que fuese nuestra voluntad, no sean molestados con tributos y otros servicios a la Corona más allá de lo que lo son los españoles que en las dichas islas residen, y que se les deje descansar para que mejor se puedan multiplicar e ser instruidos en las cosas de nuestra santa fe católica, para lo cual se les den personas religiosas que convengan para tal efecto”.
     Termina Carlos V el texto ordenando su publicación en todos sus reinos y el cumplimiento de las Leyes Nuevas, bajo penas por no hacerlo. Deja claro, asimismo, en quién está puesta principalmente su mirada: “Para que todo lo susodicho sea más notorio, especialmente a los naturales de nuestras Indias, en cuyo beneficio y provecho esto se ordena, mandamos que esta nuestra carta sea imprimida en molde y enviada a todas las nuestras Indias a los religiosos que en ellas se ocupan de la instrucción de los dichos indios, a los cuales encargamos que las hagan traducir en lengua india, para que mejor lo entiendan  y sepan lo ordenado”.
     Todo ello lo firmó el Rey en Barcelona el día 20 de noviembre de 1542. Lo certificó  el secretario Juan de Sámano, y firmaron a continuación, por orden de importancia, el entonces Arzobispo de Sevilla García Loaysa, el Doctor Guevara y el Doctor Figueroa, registrando el documento el Canciller Ochoa de Luyando.
     Terminamos, pues, con este espacio dedicado a las Leyes Nuevas, que ha podido resultar algo árido, pero muy importante para entender el dramatismo de la vida diaria de los indios, y el sincero intento del Rey para mejorar su situación. Mucho tuvo que ver en este golpe a la conciencia de Carlos V la machacona insistencia de Bartolomé de las Casas en su defensa de los indios, y, si bien con menos ‘furia’, la de otros muchos religiosos que también exigían un remedio. Lo lamentable era que las leyes fueron dictadas  cincuenta años después del descubrimiento de América, aunque es cierto que desde un principio hubo síntomas de que el tema inquietaba a muchos españoles. Así lo reflejó Isabel la Católica en su testamento el año 1504, y, en 1512, Fernando el Católico estableció las primeras normas oficiales sobre la protección a los Indios, quedando recogidas en las llamadas Leyes de Burgos.

     (Imagen)  El licenciado OCHOA DE LUYANDO fue, sin duda, un hombre muy importante en el entorno de los funcionarios de Carlos V y Felipe II. No es nada fácil encontrar datos sobre su vida, salvo gran cantidad de documentos en los que solamente aparece su firma (la que muestra la imagen confirma que aún vivía en 1569), por ser el encargado del registro. Así le vemos firmando al pie del texto de las Leyes Nuevas de protección a os indios publicadas en 1542. Pero su entorno familiar nos permite saber muchas cosas sobre él. Es muy probable que naciera en Luyando, a 14 km de  Orduña (Vizcaya), porque en este lugar fue enterrado. Se casó con Casilda de Mendoza, quien, en su largo testamento (año 1598), hizo una lista de las muy numerosas propiedades, suyas y de su difunto marido, que, a su muerte, iban a engrosar un mayorazgo que habían constituido. Con la supeditación propia de la época, lo menciona siempre como “mi señor”. Fue muy notable una nieta del matrimonio llamada CASILDA MANRIQUE DE LUYANDO Y HURTADO DE MENDOZA. Nació en 1597 y vivió 73 años. Su vida resultó novelesca. Casada muy joven, emparentó con grandes figuras de las Indias, como Juan Ortiz de Zárate y Juan de Garay. Casilda frecuentaba la alta sociedad y ocupó el puesto de Guarda Mayor de las Damas de Isabel y Mariana, las dos esposas de Felipe IV, con quien, siendo ya viuda, tuvo un hijo ilegítimo, Carlos Fernando de Austria y Manrique. Pero semejante escándalo no le impidió a Casilda seguir moviéndose con soltura por la Corte. Digamos algo más de su abuelo, OCHOA DE LUYANDO. Al ser su mujer una Mendoza, vivieron relacionados ellos y sus hijos con la alta nobleza. Además, Ochoa se ganó la confianza de Carlos V y Felipe II, y obtuvo el puesto de Secretario del Consejo de Indias. Era también un tipo multifacético, y diseñó, entre otros, los planos de una fortaleza para defender Cuba del ataque de los piratas.



sábado, 7 de diciembre de 2019

(Día 974) Sigue el texto de la Leyes Nuevas con fuertes sanciones para quienes hubiesen maltratado a los indios. El hecho de que surgiera una rebelión contra las Leyes Nuevas de protección a los indios es la prueba evidente de que el Rey hizo cuanto pudo para evitar los abusos.


     (564) Carlos V ordena también que las Audiencias les quiten las encomiendas a aquellos que encuentren culpables de haber maltratado a los indios. Y, consciente del deteriorado ambiente social provocado por las guerras civiles (resulta paradójico que las Leyes Nuevas iban a provocar otras), indica: “Y, en cuanto al Perú, además de lo dicho, mando que el Virrey y la Audiencia se informen de los excesos habidos en las cosas sucedidas entre los gobernadores Pizarro e Almagro, para enviarnos relación de ello, y que, a las personas principales que hallaren notablemente culpadas en aquellas revoluciones, les quiten pronto los indios que tuvieren, y los entreguen a nuestra Real Corona”.
     Las disposiciones van siendo de un notable rigor, por lo que el intento de ejecutarlas iba a traer grandes dificultades. Con el tiempo, resultó más útil la diplomacia que la fuerza. Lo que exige a continuación el Rey tuvo que llenar de temor a los españoles, ya que eran muchos los que estaban bajo sospecha de malos tratos: “Ordenamos que las Audiencias se informen de cómo han sido tratados los indios por las personas que los han tenido en encomienda, y, si les constare que por justicia deben ser privados de ellos, por los malos tratamientos que les han hecho, mandamos que se los quiten, y sean puestos los dichos indios en nuestra Real Corona”.
     El Rey exigía también a los virreyes y a las Audiencias sumo cuidado a la hora de permitir que una encomienda pasara de una persona a otra, incluso en los casos de herencia. Insiste asimismo en que se les dé siempre prioridad en las concesiones a los conquistadores más antiguos, e inmmediatamernte después a los casados. Le preocupaba también al Rey que solía haber conflictos por reclamaciones judiciales sobre derechos de encomiendas, y ordena que todos los expedientes lleguen directamente a sus manos para que decida lo que él estime oportuno.
     Conviene aclarar un aspecto importante. Podría pensarse que estas leyes nacieron ya descafeinadas, como si fueran una simple apariencia de justa intención, de cara al escenario político, para no  preocuparse luego de que fueran cumplidas. Hay una prueba irrefutable de que, cualquiera que fuera su posterior utilidad, Carlos  V estaba dispuesto a imponerlas por las buenas o por las malas: el hecho de que exigir implacablemente que fueran respetadas trajo como consecuencia varias guerras civiles impulsadas por muchos españoles que se rebelaron contra la Corona. Eso supone que el Rey deseaba con toda sinceridad y vivamente proteger a los indios.  
    Añade el Rey en una corta frase algo de suma importancia: “Mandamos que ningún Virrey ni Gobernador trate sobre descubrimientos nuevos por mar o por tierra, debido a los inconvenientes que se han seguido de ser una misma persona descubridor e Gobernador”. Parece claro que la principal preocuación le venía de las terribles consecuencias que tuvieron los fatales enfrentamientos entre Pizarro y Almagro. Los dos eran gobernadores y los dos fueron juez y parte en sus intereses territoriales, sin tener la paciencia de esperar la decisión definitiva del Rey. Pero algo parecido va a ocurrir más tarde entre Sebastián de Belalcázar y Jorge Robledo, causando la muerte de este último.

     (Imagen) ISABEL LA CATÓLICA frecuentó un perímetro triangular que resultó muy importante en su vida. Nació el año 1451 en Madrigal de las Altas Torres, pasó los primeros años de su infancia en el castillo de Arévalo, siendo triste testigo de los brotes de locura de su madre, Isabel de Portugal, y murió en Medina del Campo, tras hacer su testamento. En él reconoció como heredera de todos sus reinos y señoríos a su hija Juana, a pesar de que sus problemas mentales eran evidentes. Aunque Juana, por esa razón, estuvo internada la mayor parte de su larga vida, siempre se respetó su título de Reina, hasta el punto de que todos los documentos firmados por el gran Carlos V seguían encabezados por un “Yo y la Reina”. Era aquella Juana a la que el obispo Juan Rodríguez de Fonseca retuvo forzosamente en el castillo de la Mota (Medina del Campo), por orden de su madre, para que no huyera irresponsablemente a Flandes en busca de su marido, Felipe el Hermoso. El comentario de la reina Isabel después de ir a calmarla, muestra su angustia por los malos modos de su hija: “La Princesa Juana me habló tan reciamente, de palabras de tanto desacatamiento y tan fuera de lo que una hija debe decir a su madre, que, si yo no viera la disposición en que ella estaba, no se las sufriera de ninguna manera”. Ocurrió en el último año de la vida de Isabel, poco antes de redactar su testamento, cuyo final (firmado como ‘Yo la Reina’) vemos en la imagen, y  en él mostró ya su preocupación por la situación de los indios: “Es mi voluntad que los indios moradores de las Indias, ganadas o por ganar, no reciban agravio alguno en sus personas e bienes, y mando que sean bien e justamente tratados. E, si algún agravio han recibido, que se remedie de manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las Letras Apostólicas (normas impuestas por el Papa) se nos ha mandado”. Con ello, la Reina expresa un sentido de la responsabilidad  luego ampliado por las Leyes de Burgos (1512) y las Leyes Nuevas (1542). Falleció el día 26 de noviembre de 1504.



viernes, 6 de diciembre de 2019

(Día 973) El Rey mandaba que defendieran a los indios abogados gratuitos, prohibía que se abusara de los porteadores, la obtención de perlas si era a costa de la vida de los nativos y la concesión de encomiendas a los políticos y a los funcionarios.



     (563) Y lo que es más, el Rey no solo prohíbe esclaviar a los indios, sino que obliga a revisar tajantemente la situación de los ya esclavizados: “Ordenamos asimismo que, en cuanto a los indios que hasta ahora se han esclavizado contra razón y derecho, y contra las instrucciones dadas, las Audiencias, llamadas las partes, sin juicio previo, sino sumaria y brevemente, tras saber la verdad, los pongan en libertad si las personas que los tienen por esclavos no mostrasen título de que las poseen legítimamente. Y para que, por carecer de personas que se lo soliciten, los indios no queden como esclavos injustamente, mandamos que las Audiencias pongan personas que los representen, pagándoseles con dinero de la Cámara, debiendo ser hombres de confianza y diligencia”.
     Tampoco se olvida del sufrimiento de los indios utilizados como porteadores: “Mandamos a las Audiencias que tengan especial cuidado  en que no se cargue a los indios, y, en caso de que esto en algunas partes no se pueda evitar, sea de tal manera que, de la carga inmoderada no se siga peligro para la vida, la salud y la conservación de los dichos indios, y que, contra su voluntad y sin pagárselo, en ningún caso se permita cargarlos, castigando muy gravemente al que lo hiciere”.
     Después saca a relucir otra costumbre atroz: “Porque  nos  ha sido hecha relación de que la pesquería de las perlas  se ha hecho sin el buen orden que convenía, de lo que se han seguido muertes de muchos indios y negros, mandamos que ningún indio libre sea llevado a la pesquería contra su voluntad, so pena de muerte, e que el obispo y el juez que estuvieren en Venezuela ordenen que los esclavos que andan en la dicha pesquería, tanto indios como negros, se conserven, y cesen las muertes. Y,  si viesen que no se puede evitar a los dichos indios y negros el peligro de muerte, que cese la pesquería, porque estimamos en mucho más, como es razón , la conservación de sus vidas que el interés que nos puede venir de las perlas”.
     También es sorprendente la siguiente disposición, porque trata de frenar, sin paliativos, los abusos de los poderosos: “Dado que, por tener encomiendas de indios los virreyes, gobernadores y sus tenientes y oficiales nuestros, prelados, monasterios, hospitales, casas de religión y de la Moneda, y otras personas favorecidas por razón de sus oficios, se han producido desórdenes en el tratamiento de los dichos indios, mandamos que sean entregados a nuestra Real Corona todos los indios que poseen por cualquier título y causa que sea, y que, aunque quieran dejar los dichos oficios para quedarse con los indios, no les valga, ni por eso se deje de cumplir lo que mandamos”.
     Viene luego otra norma que irritó especialmente a muchos españoles: “Puesto que sabemos que a muchas personas se les han dado repartimientos de indios en excesiva cantidad, mandamos que las Audiencias se informen muy bien de esto y, con toda brevedad, les reduzcan los repartimientos a las dichas personas a una honesta e moderada cantidad”. Incluso da el nombre de diez personas notables, residentes en México, beneficiadas en exceso con repartimientos de indios, y manda que se estudie el caso. Haciendo justicia en sentido contrario, exige que se remedie la situación de que, también en México, haya conquistadores muy veteranos a los que se les dio encomiendas de indios menos importantes que las que merecían.

     (Imagen) Ya dediqué una breve reseña a FRAY GARCÍA DE LOAYSA Y MENDOZA , pero añadiré algo porque veo su firma al pie del documento de las Leyes Nuevas (la imagen muestra que Carlos II hizo una recopilación de todas las Leyes de Indias el año 1681). Era reglamentario firmar por orden de jerarquía, y Loaysa aparece el primero. No en vano había sido anteriormente miembro del Consejo de Estado, y ocupado dos veces el cargo de Presidente del Consejo de Indias. Su trayectoria vital fue de ascenso meteórico. Nació en Talavera de la Reina el año 1479. Llegó pronto a ser Maestro General de todos los dominicos, y luego Obispo de Osma  y de Sigüenza, Arzobispo de Sevilla, cardenal e Inquisidor General, además de asumir las responsabilidades políticas ya mencionadas. Era de gran inteligencia, y con notables dotes de mando que fue desarrollando como prior en varios conventos de la orden. Llegó a las máximas alturas en la jerarquía eclesiástica y en puestos políticos, tratando en ambos campos muy cercanamente a Carlos V, de quien fue confesor y consejero. El emperador siempre tuvo una confianza absoluta en él, a pesar de que fue víctima de las iras de envidiosos de la Corte. Era un hombre de mucho carácter, y, al mismo tiempo, de ejemplaridad religiosa. Por fidelidad al Rey, rechazó en Roma una propuesta para que presentara su candidatura al papado. A tono con su inquietud misionera y su  deseo del buen trato a  los indios, envió a aquellas tierras en 1529 a veinte dominicos, entre los que estaba su sobrino, Jerónimo de Loaysa, futuro Arzobispo de Lima y cardenal. Resulta chocante que, siendo García muy favorable a las críticas de los dominicos acerca de los abusos contra los indios, puso al frente del grupo a fray Tomás Ortiz, quien no simpatizaba con los nativos ni soportaba las denuncias apocalípticas del también dominico fray Bartolomé de las Casas. El excepcional GARCÍA DE LOAYSA Y MENDOZA murió el año 1546, y fue enterrado en su Talavera de la Reina natal.




jueves, 5 de diciembre de 2019

(Día 972) Las Leyes Nuevas se centraban en el cumplimiento del buen trato a los indios, teniendo los mismos derechos y obligaciones que los españoles.


     (562) El Rey ordena en el documento muchas cosas sobre la buena organización y el buen control administrativos, pero me voy a centrar en lo que se refiere a la protección de los indios, que fue lo que irritó sobremanera a los españoles en Perú. Estableció controles para que los jueces del Consejo de Indias realizaran un trabajo intensivo, y no utilizaran a criados suyos como procuradores en asuntos judiciales. Los sometía a una actividad exclusiva, dedicada a los asuntos de las Indias, sin que pudieran ocuparse en otras cosas. En su primera alusión a los nativos, dice: “Dado que nuestra principal voluntad siempre ha sido la conservación e aumento de los indios, y que sean instruidos en las cosas de nuestra santa fe católica, y bien tratados, como vasallos nuestros que son (o sea, con iguales derechos que los de Castilla), mandamos a los del Consejo de Indias que tengan siempre especial cuidado, sobre todo, de la conservación y buen tratamiento de los dichos indios, y de saber cómo se cumple lo que por Nos es ordenado”. La siguiente disposición creaba un organismo y un cargo nuevos: "Ordenamos que en las provincias del Perú resida un Virrey, y una Audiencia Real de cuatro oidores letrados, la cual radicará en la Ciudad de los Reyes, por ser la parte más convenible, porque dejará de haber Audiencia en Panamá”. Dispone también que se cree otra Audiencia común para Guatemala y Nicaragua. Acto seguido, establece normas detalladas de funcionamiento administrativo y procesal para las Audiencias.
     El Rey insiste nuevamente en el aspecto humanitario: “Porque una de las cosas más principales en las que las dichas Audiencias han de servirnos, es  en tener muy especial cuidado del buen tratamiento de los indios, mandamos que se informen siempre de los malos tratos que les fueren hechos por los gobernadores o personas particulares, y,  en lo que se hubiere excedido, tengan cuidado de lo remediar castigando a los culpados con todo rigor, y que no se dé lugar a que en los pleitos entre indios o con ellos haya largas, como suele acontecer por la malicia de algunos abogados y procuradores, sino que sumariamente sean resueltos, guardando sus usos y costumbres si no son claramente injustos”.
     Lo que ordena a continuación deja claro que se venía abusando de esclavizar, en ocasiones, a los indios, aunque hacía tiempo que estaba prohibido (salvo en caso de guerra). Lo que dispone ahora va más allá, y extiende la prohibición a cualquier circunstancia: “Ordenamos, de aquí adelante, que, por ninguna causa, de guerra u otra alguna, aunque sea bajo título de rebelión, ni por rescate (compra), ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo a indio alguno, y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son”. Por si fuera poco, también prohíbe que se les someta a los indios a un trabajo asalariado pero forzoso: “Y que ninguna persona se pueda servir de los indios por vía de naboría ni tapia ni de otro modo alguno contra su voluntad”. Es posible que me equivoque, pero pienso que ningún otro país colonialista de aquella época habría tenido estos escrúpulos. Fueron disposiciones que quizá, en la práctica, muchas veces resultaran papel mojado, pero la base legal para que los indios pudieran defenderse quedó muy clara.

     (Imagen) Quien firmó como secretario el documento de  Las Leyes Nuevas que estamos viendo fue JUAN DE SÁMANO Y SAMANIEGO. Era un típico  funcionario, pero de altísimo nivel, bajo el amparo de otro más grande, el todopoderoso Francisco de los Cobos, secretario principal de la Corte, al que sustituía en España durante sus viajes con el emperador Carlos V, y quien también le sacó de algún apuro por denuncia de corrupción. Parece ser que nació en Santo Domingo de la Calzada el año 1495, donde inició en 1544 la construcción de un palacio (el de la imagen), aunque hay quien dice que era natural de Sámano (Cantabria), origen de sus antepasados. Tuvo un lejano parentesco político con Sancho Ortiz de Matienzo (como indiqué en su biografía). Además, sin duda trató a Matienzo, que era el Tesorero de la Casa de la Contratación de las Indias, ya que, en 1513, siendo Sámano todavía muy joven, ejercía como oficial de Lope de Conchillos, Secretario de los Reyes Católicos, y, por esa vía, se ocupó de asuntos oficiales del Nuevo Mundo. Su carrera fue ascendiendo prodigiosamente cuando se ganó la confianza de Francisco de los Cobos, actuando después como representante suyo en misiones muy delicadas, de donde derivó que lo nombrara Escribano Mayor de todas las Indias. En sus cargos fue testigo de acontecimientos históricos muy importantes ,y su firma pulula en innumerables documentos oficiales. Siempre bajo la sombra de Francisco de los Cobos, su influencia era muy poderosa, pero alcanzó el grado máximo cuando, viéndose desbordado Los Cobos por sus gestiones en el extranjero, consiguió en 1539 para Sámano que fuera nombrado Secretario del Rey. Esa es la razón de que, en 1542, aparezca su nombre dando fe, como “Secretario de sus Cesáreas e Católicas Majestades”, de las disposiciones del Rey en el documento de las Leyes Nuevas. Ejerció el cargo hasta su muerte, ocurrida en diciembre de 1558.



miércoles, 4 de diciembre de 2019

(Día 971) Cieza critica la brutalidad de algunos españoles con los indios, y alaba la humanidad de otros. Luego comienza a publicar el texto de las Leyes Nuevas.


     (561) Dado que las Leyes Nuevas iban a tener por objetivo proteger a los indígenas contra los abusos de los españoles, Cieza, para dejar claro que eran absolutamente necesarias, nos muestra un panorama desolador sobre el descenso de su población. Afirma que en algunas zonas llegaron prácticamente a desaparecer. Incluso dice de la isla La Española (Santo Domingo): “Si los cristianos hubieran tratado bien a los naturales, ciertamente habría en ella mucho número de ellos, y ahora no queda otro testimonio de haber estado poblada, sino el de las grandes sepulturas de los muertos y los terrenos de los pueblos donde vivieron. Pero, al fin, Su Majestad fue enterado de todo, e, cuando pudo liberarse de los negocios pasados del Imperio, se ocupó de estos”.
     Llama la atención que Cieza no hable de otra causa de semejante catástrofe, y quizá la principal: las arrasadoras epidemias que sufrieron los nativos por falta de defensas frente a los virus desconocidos para ellos. Por lo que vamos viendo, fue en las largas expediciones por tierras inhóspitas, como las nevadas alturas de los Andes, donde se contaron por miles las bajas de los indios porteadores. Eran campañas en las que también murieron españoles, pero con cifras mucho más bajas.
     El cronista contrapone, sin embargo, la crueldad de algunos desalmados españoles, frente al  comportamiento de otros que fueron compasivos, en lo que bastante tendría que ver su espíritu cristiano: “También tengo que decir que no todos los que estaban en las Indias eran tan malos que se deleitasen en cometer pecados tan graves. Había, por el contrario, muchos a los que les pesaban ásperamente aquellas cosas”. Señala también que las Leyes Nuevas iban a servir para respetar los derechos de sucesión de los herederos “de quienes pasaban grandes trabajos, hambres e miserias, perdiendo muchos las vidas en aquellos descubrimientos e conquistas de las Indias, y dejaban a sus mujeres e hijos sin sus encomiendas de indios porque pasaban a disposición de la Hacienda Real”.
     Dicho lo cual, Cieza nos lanza a una piscina de dieciséis páginas: “Hechas estas Leyes, se pregonaron a son de trompeta en la ciudad de Sevilla, y son las siguientes:...”.
     No cabe duda de que es un documento de la máxima importancia histórica (publicado el 20 de noviembre de 1542), por su interés social y, también, desgraciadamente, porque provocaron varias guerras civiles que pudieron haber traído como consecuencia la desanexión de Perú del imperio español. Resumiré a lo esencial el texto.
     El Rey comienza exponiendo la urgente necesidad que había de redactar una nueva legislación, y lamenta no haber podido hacerlo antes: “Yo, el Rey, dado que la frecuencia de mis ocupaciones ha cesado este año, habiendo consultado el parecer de mis consejeros, he decidido mandar y ordenar las cosas de yuso contenidas, de forma que, de aquí adelante, sean tenidas por leyes inviolables”.

     (Imagen) Estas leyes que resultaron tan problemáticas, lograron muchas mejoras para los indios, pero un hecho en el que participó el gran Bernal Díaz del Castillo nos permite ver que ocho años después, en 1550, todavía presionaban los encomenderos. La escena es grandiosa porque la protagonizaron en la antesala del Príncipe Felipe, como si hubiera poderosas influencias astrales, el apasionado e infatigable Bartolomé de las Casas, el todavía hoy reverenciado en México Vasco de Quiroga, Obispo de  Michoacán, el fuera de serie Pedro de la Gasca, y el maravilloso cronista y militar Bernal Díaz del Castillo, que es quien nos lo cuenta. Discutían sobre si las encomiendas de indios debían ser hereditarias a perpetuidad. Sorprendentemente, el muy humano Quiroga lo veía razonable. Bernal, como veteranísimo soldado (con muchos hijos y nietos), también, y, además, había sido enviado por el Cabildo de Guatemala precisamente para que defendiera esa postura. Ni que decir tiene que el apocalíptico Bartolomé, que había escrito libros vitriólicos contra los abusos de los españoles, se opuso rotundamente. Bernal, que había sido escogido para su misión por ser el conquistador más antiguo de México, siempre es rico en detalles complementarios. Cuenta que La Gasca acababa de llegar exitoso de su misión en Perú, y añade que, tras recuperarlo, trajo para el Rey el oro que habían robado os hermanos Contreras. Los reunidos no lograban un acuerdo sobre el asunto, por lo que los del Real Consejo decidieron que se esperara a que llegara de Alemania el Emperaror. Pero antes, Vasco de Quiroga le había hecho un injusto reproche a PEDRO DE LA GASCA. Le dijo que "¿por qué  no había castigado en Perú a los bandoleros y traidores por sus notorias fechorías?". La contestación fue rápida y acertada: "¿Creerán, señores, que hice poco en salir en paz y a salvo de entre ellos, y que con algunos hice justicia y los descuarticé?". Esa fue la clave de su éxito: ser diplomático y firme a la vez.



martes, 3 de diciembre de 2019

(Día 970) Cieza subraya que la voluntad del Rey era proteger a los indios, pues lo españoles abusaban mucho de ellos. El apasionado Bartolomé de las Casas influyó decisivamente en la redacción de las Leyes Nuevas.


     (560) Luego veremos que hasta los mismos oidores serán arrastrados por aquel confuso torbellino de ambiciones, tomando decisiones completamente equivocadas, y ello a pesar de que se nombró una autoridad única por encima de la de ellos. Con eso sí que no contaba Carlos V. Sigamos escuchando a Cieza: “Para que la justicia tuviese más fuerza, dispuso el Emperador que fuese un virrey, el cual habría de cuidar que los indios fuesen bien tratados por los españoles”. En lo que sigue, Cieza no se muerde la lengua: “Porque Su Majestad, siendo avisado por muchas personas de la gran opresión en que los españoles los tenían, y de cómo, por sacarles oro, los quemaban e aperreaban, y aun los enterraban vivos, y les tomaban sus mujeres e hijas, y de otros desafueros grandísimos que les hacían, e, sobre todo, como había gran descuido en su conversión, pues ninguno se dolía de las ánimas de aquellos tristes, muchas veces deseó, como príncipe muy temeroso de Dios, remediar tan grandes males, pues él, como pastor universal, había de dar cuenta a Dios de todo ello”.
     Nos sitúa Cieza entonces en medio de un hecho de gran trascendencia al respeto. Nos dice primeramente que la voluntad del Rey era esa, pero siempre aplazada porque estaba demasiado ocupado en sus imprescindibles viajes por Europa, y luego nos revela la llegada a España de un desmesurado pero fundamental personaje para la creación de las llamadas Leyes Nuevas (sobre la protección de los indios), que iban a ser muy humanas, pero provocaron más tarde, quizá por un excesivo rigor, una nueva guerra civil en Perú: “Habiendo llegado en este tiempo a España fray Bartolomé de las Casas, que después fue obispo de Chiapas, contaba por donde quiera que iba que los españoles hacían con los indios lo que acabo de decir, y aun lo resaltaba en mayor grado. Entonces Su Majestad (le impactó Bartolomé de las Casas) mandó que los Grandes e Prelados, juntamente con los doctos varones de su esclarecido y poderoso Consejo, determinasen lo que se debía ordenar para el buen gobierno del nuevo reino de  las Indias. Y  así, en presencia del Rey, se platicó muchas veces, terminándose por decidir que fuesen hechas las  nuevas leyes, las cuales por eso se hicieron, y no por lo que los de Perú imaginaron, según indicaré en cada una de ellas su sentido y por qué se ordenaron.  Estas ordenanzas fueron muy comentadas, y le sirvieron de excusa a Gonzalo Pizarro para rebelarse en Perú, dando origen a muchas batallas y guerras, por lo que las pondré en este lugar copiadas a la letra”.
     Lo que quiere decir que el meticuloso, responsable y eficiente cronista nos va a sumergir literalmente en los textos. Ya veremos qué se nos viene encima, pero sin duda va a ser necesario resumir a lo esencial el contenido, evitando el tedio de una tesis doctoral, aunque reconociendo al mismo tiempo el mérito de Cieza y el agradecimiento que merece por transcribir documentos tan importantes. Resulta prodigioso que, en aquellos tiempos y metido hasta las cejas en el hiperactivo entorno de los conquistadores, fuera capaz de encontrar los documentos y copiarlos íntegramente. Era consciente de que estaba haciendo un trabajo de inmenso valor, y de que no perdería importancia por el paso del tiempo, sino todo lo contrario. Él mismo lo expresó así al decir que confiaba en que las generaciones futuras leyeran su obra con benevolencia.

     (Imagen) En la imagen anterior, vimos que DIEGO ÁLVAREZ DE ALMENDRAL (nacido en Zafra, Badajoz) mató al capitán de la tropa, Francisco de Mendoza. Cieza se limita a decir que reaccionó tan rabioso porque Mendoza no le había permitido usar un caballo que estaba disponible. La explicación no es suficiente para tan grave delito. En otra versión mucho más lógica se añade que, probablemente, la mayoría de los soldados estaban hartos del intratable Mendoza. Lo que sucedió después lo confirma. Se dejó  sin  castigo al culpable Almendral por considerar a Mendoza (con razón) un usurpador del cargo que legítimanente tenía Felipe Gutiérrez, a quien, además, obligó a volver al Cuzco, y, asimismo, porque había ejecutado injustamente al soldado Francisco de la Cueva. Por añadidura, los soldados reconocieron inmediatamente como jefe a Nicolás de Heredia, que era lo que había establecido Vaca de Castro en sus normas de sucesión en el mando. Diego Álvarez de Almendral no resultó, pues, castigado, a pesar de su increíble osadía, y, cuando las tropas volvieron a Perú, tuvo un gran protagonismo luchando contra el rebelde Gonzalo Pizarro. Pero por poco tiempo, porque un arcabuzazo en la batalla de Huarina acabó con su vida. Esto ocurrió el año 1547, y, nada menos que 24 años después, una hija suya (sin duda muy niña al morir su padre) hizo una petición al Rey fundamentada en los servicios que le había hecho el difunto. En el texto de la imagen vemos (con mucha dificultad) datos particulares. Ella se llamaba Beatriz Álvarez, residía en Medellín (Badajoz), explica dónde murió su padre, que no le dejó bienes y que necesitaba una ayuda para ir a las Indias y casarse en aquellas tierras. Su principal argumento se basaba en que las llamadas Leyes Nuevas disponían que fueran preferidos para la concesión de mercedes los primeros conquistadores de nuevos lugares (como lo era su padre). El Rey dio su conformidad.



lunes, 2 de diciembre de 2019

(Día 969) Felipe Gutiérrez quiso quitar del mando a Francisco de Mendoza, pero, de momento, cedió. Al enterarse el Rey de que habían asesinado a Francisco Pizarro en Lima, decidió nombrar un virrey para Perú y fundar la Audiencia de aquella ciudad.


     (559) La muerte de Diego de Rojas dará origen a una catástrofe en la expedición, aunque, de momento, no pasó de preocupante incidente. El capitán Felipe Gutiérrez y sus hombres andaban por otra zona, y habían quedado claras dos cosas, que los indios empleaban hierbas venenosas y que esa fue la única causa de la muerte de Diego de Rojas. Y entonces ocurrió lo que era más que previsible. Felipe Gutiérrez tenía un historial demasiado importante  para conformarse con lo que había aceptado fingidamente. No iba a renunciar a sus derechos: “Se quejaba diciendo que no se debía consentir, ni él pasaría por ello, que Francisco de Mendoza tuviese el cargo que traía Diego de Rojas, e así comenzó a haber entre ellos enemistad. Mendoza, sabiendo que no se podría escapar de aquello, con los bienes de Diego de Rojas había conseguido amigos que le decían que no permitirían que Felipe Gutiérrez le quitara el cargo que ya tenía, y que, por evitarlo, perderían todos las vidas. Queriendo Felipe Gutiérrez llevar su intención adelante, le avisaron algunos de que Mendoza tenía un grupo que le apoyaba, y le aconsejaron que no diera lugar a que hubiese muertes. De manera que, actuando intermediarios entre ellos, se hicieron amigos, permaneciendo Francisco de Mendoza en su cargo. Mas, aunque esto fue así, no se quitó la sospecha que el uno del otro tenían”.
     Cuenta Cieza que Felipe Gutiérrez se obsesionó de nuevo con la idea de hacer valer sus derechos frente a Francisco de Mendoza, y, una vez más, todo se redujo a un amagar y no pegar, pero dejando en el aire la posibilidad de un problemático futuro. El cronista aplaza el final del conflicto, y empieza a explicarnos algo que ocurrió cuando Pizarro fue asesinado. Vimos que, ya anteriormente, dispuso el Rey enviar a Vaca de Castro para poner orden en aquel desquiciado ambiente. Poco después de desembarcar Vaca de Castro en las Indias, se enteró del crimen cometido, lo que dio origen a que, enterado el Rey, acelerara una medida más contundente: el nombramiento de un virrey y la creación de la Audiencia Real de Perú.
     Cieza se va a extender mucho sobre esta cuestión. Así comienza: “Al saberlo el emperador Don Carlos, se tuvo por deservido, puesto que, acordándose de los grandes servicios que le había hecho el Marqués, habría querido que en su senectud tuviera algún descanso e no muriera de muerte tan envilecida, aunque también se había sentido deservido por la que le dio su hermano Hernando Pizarro al Adelantado Don Diego de Almagro dos años antes (se resiste siempre Cieza a citarle como Gobernador, que lo era, y, asimismo, a considerar a Francisco Pizarro implicado en la muerte de Almagro). Y así, tras  hablar con los de su Consejo y mirando que aquellos reinos están tan alejados de las Españas, determinó enviar varones doctos para que, con título de Oidores, formasen Audiencia y estableciesen la Cancillería Real, para que en ella se viesen las causas, y en todo hubiese la rectitud que convenía en tierra tan libre, que todos estaban dispuestos a cometer maldades”.
    
     (Imagen) Ocurrieron dos cosas fatales para la expedición: la muerte de Diego de Rojas y su grave error al nombrar previamente a un sucesor. Sus razones tendría, pero, visto desde fuera, todo apunta a que le cegó el afecto personal. El elegido fue FRANCISCO DE MENDOZA, a quien Diego, según Cieza, “quería como a un hijo”. En muchos aspectos fue un superdotado, pero también un hombre joven cegado por la ambición. No solo fue injusto desplazar a Felipe Gutiérrez, que tenía todos los derechos, sino que Mendoza llegó al extremo de apresarlo y expulsarlo de la zona. Lo que no impide que se le deba reconocer un temple heroico y un impulso de conquista fuera de lo común, aunque de nada le sirvió, puesto que, tras una larga aventura de padecimientos extremos, fue asesinado por uno de sus hombres. Tampoco es justo que haya pasado al club de los heroicos olvidados. Ni siquiera del poblado que fundó, dándole el nombre de su lugar de origen, Medellín, ha quedado rastro. Avanzó tanto con sus hombres hacia el Sur, por tierras desconocidas para los españoles, que alcanzaron la zona en la que el navegante Caboto, tras llegar por vía fluvial desde el Atlántico, había establecido la fortaleza de Sancti Spiritus en 1527, junto a la actual ciudad argentina de Rosario (ver imagen). El correoso Mendoza quiso seguir hasta Asunción, pero sus soldados se opusieron. Hubo disputas en la atormentada tropa. En un duelo, el superviviente fue un tal Francisco de la Cueva, y Mendoza ordenó matarlo. No tuvo piedad ante sus súplicas, y el condenado le dijo que le esperaba en el otro mundo. Se cumplió como una maldición. Un soldado resentido, Diego Álvarez de Almendral, porque no le concedió algo que creía merecer, mató a puñaladas al incansable y temerario FRANCISCO DE MENDOZA mientras dormía. Tomó  el mando Nicolás de Heredia, y volvió con todos los soldados a Perú, tras dos años largos de expedición. El horror ya había sido suficiente.