domingo, 14 de agosto de 2022

(1801) El Rey, de manera incomprensible, destituyó al muy valioso Ángel de Peredo y nombró Gobernador de Chile a alguien que había brillado como militar, pero era un desastre de persona: FRANCISCO DE MENESES. Pronto, lo tuvo que sustituir.

 

      (1401) El Rey Felipe IV tenía decidido, incompresiblemente, cesar a Ángel de Peredo como gobernador interino de Chile y nombrar a alguien que lo fuera de forma fija. Pero, a pesar del buen trabajo que había hecho Peredo, el Rey mantuvo su decisión, sin que se sepa muy bien por qué. El caso es que los  deseos del Rey se vieron repetidamente frustrados por distintas fatalidades. Se malograron sucesivamente los nombramientos de Juan de Balboa Mogrovejo y del obispo Dionisio Cimbrón, y, por fin, en 1663, recayó la titularidad en un personaje muy complicado. Se trataba de Francisco de Meneses Brito, de quien, ya de entrada, aporta unos datos pintorescos el historiador Diego Barros: “El Rey, mediante una cédula de 4 de febrero de 1663,  efectuó un nuevo nombramiento a favor de un caballero de antecedentes muy  extraños. Se trataba de don Francisco de Meneses Brito. De origen portugués y vástago de una noble familia, servía desde hacía unos veinticinco años en el ejército español. Más que a la milicia, era aficionado a los perros y caballos, y había adquirido gran reputación por su destreza de jinete y por su maestría en las lidias de toros. Como militar de caballería, había servido en Milán, en Flandes, en Portugal y en Cataluña, hallándose en numerosas batallas. Pero, en cada expedición, había cometido actos de desobediencia a sus superiores, o había tenido querellas, riñas y duelos con muchos de sus camaradas. Sometido a proceso en algunas ocasiones por insubordinación, había evitado el castigo gracias a protectores que lo amparaban. Este carácter inquieto y turbulento, su inclinación a las discordias y la irregularidad de su conducta, le granjearon desde joven el sobrenombre de Barrabás. A pesar de estos antecedentes, Meneses tuvo influencias en la Corte para que en febrero de 1663 se le confiara el gobierno de Chile. Parece que el más eficaz de sus protectores era don Juan de Austria (coincidía en el nombre con el hijo de Carlos V), el hijo natural de Felipe IV y el General más acreditado de España, bajo cuyas órdenes había militado Meneses”.

     Como era de esperar, Felipe IV le dejó claro a Francisco de Meneses que, al llegar a Chile, tenía que evitar batallas sangrientas con los mapuches, y procurar pacificarlos con un trato humanitario, siguiendo la pauta de convencer, en lugar de la de vencer. Dar ese consejo parecía un gran absurdo, dado el carácter de su nuevo gobernador: “Era evidente que el nuevo gobernador tenía ya en España poca confianza en el poder de esas declaraciones con que el monarca pretendía someter a los indios de Chile. La impetuosidad de su carácter le hacía comprender que solo por la fuerza de las armas podría reducir a aquellos bárbaros. Meneses hubiera querido llevar una ayuda considerable de tropas, pero, en vez de los mil hombres que el año anterior ofrecía enviar el Rey, sólo se habían reunido unos trescientos. con un acopio de armas para equipar algunos centenares más. Ya que no le era posible obtener un refuerzo mayor, consiguió, al menos, que el monarca hiciese, en favor del ejército que le servía en Chile, una declaración en una real cédula de 20 de febrero de ese año en los términos siguientes: ‘Teniendo presente que la guerra de Chile siempre se ha considerado muy ardiente y ofensiva, reputándola con igual estimación a la que se profesa en los demás ejércitos míos, he resuelto declararla por guerra viva, para que los militares que me sirven en Chile gocen de todos los honores y privilegios que están concedidos a los ejércitos de España, Italia y Flandes”. Queda claro que la fama que tenía Chile de lugar especialmente duro para los militares por la pesadilla mapuche, era bien conocida en la Corte.

    

     (Imagen) Es difícil comprender por qué el Rey no mantuvo a Ángel de Peredo como gobernador de Chile, siendo tan eficiente y querido. Y más aún, que le diera el cargo a FRANCISCO DE MENESES BRITO, alguien sumamente conflictivo, y apodado Barrabás. Esta ‘joya’ nació en Cádiz el año 1615. Había luchado más de 30 años en las guerras de Nápoles, Milán, Flandes y Cataluña. Llegó a Madrid con mensajes secretos cuando Felipe IV no encontraba a nadie que quisiera ser gobernador de Chile. Le ofreció el puesto a Meneses, y lo aceptó el 4 de febrero de 1663 , llegando a Santiago en enero de 1664. Desde un principio, la actitud de Meneses desconcertó a la sociedad, y, con sus maneras prepotentes, lo primero que hizo fue someter a una serie de acusaciones al ejemplar Ángel de Peredo, de las que, como era de esperar, salió bien librado. Luego se casó, sin el preceptivo permiso previo del Rey, con Catalina Bravo de Sarabia. Acto seguido, le dio por acosar al obispo de Santiago, Diego de Humanzoro, el cual se trasladó a otra localidad para evitar que lo desterrara. Lo que no esperaba Meneses era que el obispo lo denunciase ante el Rey con una carta que más tarde produciría la caída de ‘Barrabás’. Hizo también numerosas maniobras para enriquecerse con sobornos o con apropiaciones de los bienes públicos. Desde el inicio aceptó regalos, adjudicó puestos públicos que se convirtieron para él en una fuente de riqueza, y sus especulaciones comerciales tocaron todos los campos de la economía. Tuvo, sin embargo, algunos éxitos militares de importancia, con los que consiguió repoblar varios fuertes que habían sido abandonados. Pero encontró un mal enemigo. Manuel de Mendoza, veedor del ejército, quiso matarlo. Meneses lo había destituido porque trataba de impedirle algunos trapicheos ilegales, y Mendoza le disparó, pero erró el tiro. La denuncia legal le costó que el mismo gobernador lo condenara a muerte, y fue ejecutado dos meses después. En 1667 ya se estimaba que la caída de Meneses era algo inminente. El Rey, conociendo las cartas del obispo, los informes de la Audiencia y un gran número de denuncias generales, decidió nombrar como virrey del Perú a Pedro Fernández de Castro, con poder para investigar lo que ocurría en Chile. Y, al saber que Diego Dávila Coello y Pacheco llegaba como nuevo gobernador, Francisco de Meneses intentó huir, pero fue encarcelado. Sometido a juicio con numerosísimos cargos, su familia y poderosos amigos ralentizaron el proceso tanto tiempo, que FRANCISCO DE MENESES BRITO murió en Lima el 17 de diciembre de 1679 sin que todavía se hubiera dictado la sentencia. El carácter es el destino, y el suyo le llevaba siempre por caminos nefastos.




viernes, 12 de agosto de 2022

(1800) El Gobernador Ángel de Peredo tuvo grandes aciertos para aplacar a los mapuches. Y así se le reconoció, pero, en gran parte, se debió al maravilloso trabajo que había hecho su antecesor, Pedro Porter Casanate.

 

     (1400) El  gobernador Ángel de Peredo tenía ya terminado a finales de septiembre de 1662 el trazado de la nueva ciudad (la actual Lota): “Entonces regresó a Concepción dejando allí setecientos soldados españoles y ciento cincuenta indios amigos. Un mes más tarde volvió a salir de campaña con más de mil soldados, yendo hasta Yumbel, donde estuvo la otra plaza militar que defendía el valle central del territorio. ‘Puestas las manos en la obra y refundación del fuerte de San Felipe de Austria (Yumbel), en el mismo sitio en que antes estaba -escribió el Gobernador- se cerró la muralla, y luego se fueron haciendo rápidamente los edificios. Los indios rebeldes de la parte de esta frontera, encogieron sus ánimos y repitieron mensajeros aun antes de saber que me hallaba poblando este tercio, y después de haberlo sabido, vinieron de todas partes, prometiendo unánimemente aceptar la paz’. La verdad es que los indios, escarmentados por las últimas campañas del gobernador Pedro Porter Casanate, y convencidos de que no podían oponer una resistencia suficiente,  recurrían al viejo truco de ofrecer fingidamente la paz. No obstante, estas negociaciones sirvieron para rescatar a muchos españoles que desde 1655 vivían en cautiverio (un horror), y para asegurar la recuperación de toda aquella porción del territorio. Peredo fundó en enero de 1663 algunos otros fortines, hasta las orillas del río Laja, para asegurar la quietud de toda esa región”.

     El buen resultado de estas primeras campañas aumentó el optimismo  de Ángel de Peredo, y tuvo la esperanza de poder acelerar la conquista de todo el territorio enemigo, aunque reconocía que no contaba con recursos suficientes para lograrlo: “Aseguro a V.M. -le escribió al Rey- que mi espíritu no sosegará un punto hasta ver en paz este reino, y conseguir poner el orgullo de estos bárbaros a los pies de V.M. y bajo la obediencia de la Iglesia. Lo cual se conseguiría con mil hombres que V.M. enviase de España, más los que hoy tiene este ejército para rehacer las antiguas poblaciones. Y advierto a V.M. que no ha de costar tanto su conducción desde España hasta aquí por Buenos Aires, como si viniesen del Perú, pues allí tiene de costo cada soldado con sus armas unos trescientos pesos, y son de tan mala calidad, que no valen nada para la guerra, por ser mestizos y criados en las delicias del Perú, flojos y de ningún provecho para el trabajo. Y, si ahora se halla V.M. sin medios para enviar esta gente debido a la guerra de Portugal, sírvase V.M. mandar cien españoles que sean sargentos, alféreces y capitanes, para que aquí se puedan crear cabos, pues está este ejército tan falto de hombres de importancia para los puestos, que no se pueden escoger hoy cuatro de valía suficiente”. Y, en otra carta anterior en la que pedía ese mismo refuerzo de tropas, Peredo indicaba, además, la necesidad de “que vengan con arcabuces vizcaínos y algunos mosquetes, porque los que se hacen en Perú cuesta cada uno cuarenta y dos pesos y no son de ningún provecho”. Para llevar a término esta proyectada pacificación, Peredo aconsejaba, además, que se hiciera efectiva la incorporación de la provincia de Valdivia al gobierno de Chile, para dar uniformidad a la acción militar y administrativa. Lo decía Peredo porque entonces la zona de Valdivia dependía directamente del virreinato de Perú.

 

     (Imagen) El gobernador Ángel de Peredo continuó de acierto en acierto, cosa muy difícil en Chile. Pero el historiador Diego Barros nos dirá, con justicia, que le facilitaron mucho la tarea los logros del fallecido, e injustamente tratado, gobernador Pedro Porter Casanate: “Terminados los trabajos que lo ocuparon en la fundación de aquellos fuertes, el gobernador Peredo se trasladó a Santiago, al comenzar el invierno de 1663, para atender a los asuntos administrativos. Allí ordenó la repoblación de la ciudad de Chillán, cuyos vecinos vivían desde ocho años atrás en las estancias españolas de la ribera norte del Maule (qué vida tan dura). Doscientos soldados del ejército de Concepción, bajo el mando de los capitanes don Pedro de Saldías y don José Basilio Rojas y Fuentes, fueron encargados de escoltar a aquella gente y dirigir la repoblación de la ciudad. Todo esto se hizo sin resistencias ni dificultades de los indios. Poco más tarde, cuando Peredo regresaba de Santiago, se detuvo algunos días en Chillán para acelerar los trabajos, y proporcionó a sus vecinos los socorros de que le era posible disponer, haciéndoles pequeños préstamos de dinero de la caja militar, para que restableciesen sus estancias. La paz y la seguridad parecían definitivamente asentadas en toda la extensión de los territorios comprendidos entre los ríos Biobío y Maule, de donde habían sido arrojados los españoles por el alzamiento general de 1655. Los oidores de la Real Audiencia, que habían sido tan severos para juzgar al gobernador Porter Casanate, se mostraban satisfechos de este estado de cosas, e informaban al Rey en términos muy favorables acerca de la administración de Ángel de Peredo. ‘Los enemigos, con acuerdos de paz -le decían-, van entregando a todos los cautivos españoles e indios yanaconas (amigos de los españoles) que tenían en su poder, y a todos los indios que, siendo criados de los españoles, se rebelaron y abandonaron el cultivo de sus tierras. Por todo esto, y, principalmente, por las repoblaciones, se ve al presente el reino de Chile más pacífico que antes, por el celo y cuidado con que actúa don Ángel de Peredo’. Este resultado no era la obra exclusiva del gobernador Peredo, pues había comenzado a prepararlo su antecesor, Porter Casanate, el cual, aunque sufriendo grandes contrariedades, había adelantado considerablemente la pacificación del país. Peredo consiguió llevar a cabo las nuevas poblaciones con la gran ventaja de no tener que entrar en combate ni disparar un tiro. Pero hay que reconocerle que supo gobernar con grandes dosis de actividad y de prudencia, por todo lo cual se conquistó el afecto de sus gobernados”. En la imagen, su primer nombramiento en las Indias: Gobernador de Jaén de Bracamoros (Ecuador, año 1660).




jueves, 11 de agosto de 2022

(1799) Fue una lástima que Pedro Porter cesara en el cargo, pero también que la gobernación de su sucesor interino, Ángel de Peredo, resultara corta, porque era un hombre eficaz y de buenos sentimientos.

 

     (1399) Al virrey de Perú, Diego de Benavides y de la Cueva, Conde de Santisteban, le había ordenado el Rey que se esforzara para conseguirle al nuevo gobernador el mayor número posible de soldados, pero solamente logró proporcionarle unos cuatrocientos hombres. El gobernador Ángel de Peredo se embarcó con ellos, y llegó a Concepción el día 22 de mayo de 1662. Entonces se enteró de que tres meses antes había fallecido el destituido gobernador Pedro Porter: “Este funesto acontecimiento lo eximía de comenzar su gobierno teniendo que poner en ejecución una orden que era desagradable cumplir y que suponía, además, una grave injusticia (porque, en realidad, lo que Pedro Porter merecía no era ser destituido, sino ser premiado)”. Ángel de Peredo se centró de inmediato en conocer la verdadera situación militar de Chile para mejorarla al máximo posible. Le resultó deprimente el estado en que se encontraban los soldados, e hizo un informe con estas palabras: ‘Lo primero que me llamó la atención fue su desnudez y miseria. Me preocupé de vestirlos y ayudarlos, y, a dos meses mi llegada, lo tuve hecho. Visité también las tropas y los fuertes, cosa que no hicieron mis antecesores, y que tuvo más mérito por ser en lo más riguroso del invierno.  Los soldados han quedado contentos y pagados, pues, al estar acostumbrados a recibir los socorros en verano, y no necesitando entonces el abrigo de la ropa, la vendían y se la jugaban, quedándose desnudos’. Ángel de Peredo se trasladó pronto a Santiago para tomar posesión oficial de su cargo como Gobernador de Chile. El 30 de junio de 1662 fue recibido por la Real Audiencia, lo que trajo como consecuencia que se disolvieran de inmediato los roces que habían surgido durante el corto mandato del anterior gobernador interino, Diego González Montero, como presidente de ella. Y, como era habitual que los gobernadores tuvieran su centro de operaciones militares en Concepción, se dirigió allí de inmediato”.

     El gobernador Ángel Peredo planificó enseguida su campaña militar, y lo hizo de forma modesta, lo cual, en principio, parece que era una prueba de sensatez:  “No pensaba, como sus antecesores, en consumar la conquista definitiva de todo el territorio. Sus aspiraciones en los primeros meses no eran desmedidas. Quería sólo que las cosas volvieran al estado que tenían antes del levantamiento general de los indios en 1655, restableciendo la misma línea de frontera para asegurar la paz y la tranquilidad en los campos comprendidos entre los ríos Maule y Biobío, a fin de que ‘estos vecinos -decía- vayan a sus estancias, siembren y cojan abundancia de bastimentos, sin necesidad de traerlos por mar con tantos costos y peligros’. Los gastos de este ejército -decía en otra carta- son muchos después del alzamiento, no sólo por el pago de la tropa sino en los costos de los bastimentos que se traen de Santiago y fletes de los bajeles que los conducen, de modo que una fanega de trigo que antes costaba doce reales (peso y medio), cuesta hoy seis pesos, y siempre hay falta de comidas’. Esta era la situación que Peredo quería remediar por entonces, mediante el restablecimiento de la tranquilidad en el territorio que habían ocupado los españoles”.

 

     (Imagen) Da gusto escucharle al breve gobernador interino ÁNGEL DE PEREDO. Solamente ejercerá en Chile durante dos años (más tarde será Gobernador de Tucumán), pero el balance de su estancia chilena fue muy positivo. Pensó en refundar los fuertes de Arauco y Yumbel, aunque sus capitanes no lo consideraban oportuno. Peredo tenía las ideas claras, y partió con setecientos hombres para aquella zona. Al llegar, se le ocurrió algo más conveniente: vio claro que era mejor hacer el fuerte un poco más lejos, en Lota, donde ya había establecido algunos cimientos el gobernador interino anterior, y, a principios de septiembre de 1662, Peredo inició la obra definitiva, aunque algo desplazada, a lo que hizo referencia en una carta: ‘Esta nueva población, a la que se ha dado el nombre de Santa María de Guadalupe (la actual LOTA que vemos en la imagen), la he situado a tres leguas de distancia, por ser este lugar de tan relevantes calidades, que parece que estaba destinado para este propósito (y disfruta describiéndolo). La fundación es hermosa, el país agradable y fértil, y con puerto de mar seguro junto a la misma muralla para proteger a la población con suma brevedad. El mar es abundante en pescados, hay mucha madera, agua y yerba para la caballería, así como todo lo necesario para su prosperidad”. Y añade Diego Barros: “Los indios comarcanos no pusieron la menor resistencia a las tropas españolas, las cuales, además, por su número y organización, hacían imposible cualquier tentativa hostil. Y lo que es más: los nativos ratificaron los compromisos de paz que le habían hecho a Pedro Porter Casanate, mostrándose totalmente dispuestos a servir a los españoles. El gobernador Peredo, deseando corresponder a estas buenas manifestaciones de los indios, prohibió a los capitanes y soldados que los apresaran para venderlos como esclavos”. Ángel de Peredo era además un hombre de espíritu religioso, lo que explicaría, en parte, su actitud humanitaria. Todo el mundo le apreciaba, y hasta la Real Audiencia de Santiago hizo un informe muy elogioso: “Se mostraron los oidores muy satisfechos de él, y le hablaron al Rey de los buenos resultados de su administración. Como desplegó mucha prudencia en el gobierno y fue, también, un activo realizador de obras, Peredo se ganó la confianza y el afecto de sus gobernados. Alababan su generosidad, su suavidad de carácter y, sobre todo, su piedad. De hecho, contaban que diariamente dedicaba horas a la oración, sin que por ello descuidase las obligaciones de su cargo”. Como contraste, ya hemos visto anteriormente que lo habitual en la relación entre los gobernadores y los miembros de la Real Audiencia eran los conflictos sobre sus respectivas competencias.




miércoles, 10 de agosto de 2022

(1798) Al fallecido mestizo Alejo de Vivar, le sucedió en el mando de los mapuches el indio Misque, tras lo cual sufrieron una enorme derrota. Al gran Pedro Porter, ya muy enfermo, le sustituyó como gobernador interino Ángel de Peredo.

 

     (1398) Veamos la victoria que hemos dejado atrás, conseguida por PEDRO PORTER CASANATE. Diego Barros empieza haciendo un comentario sobre la alegría de los españoles al saber que al mestizo Alejo lo habían matado dos de sus mujeres: “Su muerte fue celebrada como una gran victoria por los españoles. Entre los indios produjo cierta flojedad en la continuación de las hostilidades. El Gobernador aprovechó aquella situación para adelantar la reconquista del territorio perdido después del alzamiento. Un cuerpo de sus tropas pasó el Biobío y fundó un fuerte avanzado en Lota, para cerrar los caminos de la costa a los indios que intentaran atacar en Concepción. El verano siguiente hubo una tranquilidad relativa, pero en la primavera de 1661, el enemigo volvía a tomar una actitud amenazadora. Un indio llamado Misque. antiguo yanacona (criado de los españoles), había adquirido gran prestigio entre los suyos, y, después de la muerte de Alejo, pasó a ser el caudillo más prestigioso. En el valle central juntó unos mil quinientos guerreros, y, a fines de octubre, emprendió la marcha hacia el norte. Misque llegó hasta las orillas del río de la Laja, y allí asentó su campamento. Sin tener la menor noticia de los preparativos militares de los indios, el Gobernador había dispuesto una nueva expedición al territorio enemigo, que debía llevarse a efecto en esa primavera. El mal estado de su salud no le permitía ponerse a la cabeza de sus tropas. Confió este encargo al maestre de campo Jerónimo de Molina, militar de gran experiencia en aquellas guerras, y puso bajo sus órdenes seiscientos soldados españoles y un cuerpo de indios amigos que servían a sueldo. Este cuerpo, encargado de penetrar en territorio mapuche por el lado de Yumbel, avanzó hasta cerca de la ribera norte del río de la Laja, donde acampó una noche de mediados de noviembre. Los dos ejércitos se encontraban sin saberlo uno enfrente del otro y separados sólo por el río. Un indio yanacona llamado Tanamilla, que servía a los españoles, se había adelantado a los suyos, y llegó hasta el campamento de los mapuches. Volviendo cautelosamente atrás, fue a dar la noticia al maestre de campo, el cual inmediatamente dispuso el ataque. Los españoles pasaron el río Laja a medianoche por el vado de Curanilahue, muy cerca de la famosa catarata que forma el río. El estrépito producido por la caída de las aguas facilitó aquella operación, de tal manera que todo el ejército se encontró en la ribera opuesta sin ser sentido por los indios. El maestre de campo Molina dividió su ejército en dos cuerpos, y dispuso que uno de ellos, mandado por el sargento mayor don Martín de Erízar, asaltara al enemigo por su retaguardia, mientras el otro, capitaneado por el comisario Luis de Lara, se enfrentaba a su vanguardia. Los indios, sorprendidos durante el sueño, sólo pudieron oponer una desordenada resistencia. Algunos pelotones se batían denodadamente, pero muchos otros huían hacia la cordillera o se precipitaban al río en medio de la mayor confusión. ‘En el campo de batalla quedaron muertos seiscientos indios -dice un antiguo cronista-,  y se apresaron a más de doscientos, además de los que murieron ahogados y de sus heridas durante el regreso a su país’. Para consumar su victoria, los españoles emprendieron una obstinada persecución de los fugitivos, y apresaron al caudillo Misque, que fue ahorcado pocos días después en las cercanías de Yumbel. Pocas veces habían sufrido los bárbaros una derrota tan completa. Los fugitivos que lograron salvar la vida llevaron a todas partes la noticia del desastre. Las armas españolas recobraron en esa jornada su antiguo prestigio y afianzaron por algunos meses la tranquilidad en aquellos lugares. Su victoria, que atribuían a un milagro, dio gran aliento hasta a los que desesperaban del resultado de la guerra, y fue celebrada como el principio de la restauración del reino. Todos esperaban que luego sería seguida de mayores ventajas”.

 

     (Imagen) Los gobernadores de Chile, fijos o interinos, duraban un suspiro. Oigamos a Diego Barros: “El nuevo virrey de Perú, Diego de Benavides y de la Cueva, al partir de España en 1660, recibió de Felipe IV la orden de separar del gobierno a don Pedro Porter Casanate y confiar el mando interino de Chile a la persona que considerara más adecuada. Designó a un militar que había venido de España en su compañía para tomar el gobierno de la apartada provincia de Jaén de Bracamoros, en el reino de Quito. Se trataba de don ÁNGEL DE PEREDO, nacido en 1623. Él mismo nos ha dejado su biografía en una información de méritos que años más tarde le presentó al Rey. ‘Salí voluntariamente el año 1643 -decía-, desde mi patria, Queveda (Cantabria), para servir a Vuestra Majestad en las guerras contra el rebelde de Portugal, anteponiendo el amor y afecto que siempre he tenido a su real servicio al de mujer, hijos y padres, y sentando plaza de soldado en su real ejército, ocupando en él todos los puestos hasta el de capitán de una compañía de caballos de corazas española durante más de ocho años. En todas las ocasiones, batallas, reencuentros. sitios de plazas y asedios que se ofrecieron, estuve cumpliendo con las obligaciones de mi adquirida y heredada sangre, que derramé varias veces, y en particular en los campos de Cartel-Davide, donde degollamos a un tercio de infantería del ejército rebelde, y recibí quince heridas de golpes de pica y espada’. Y después de pasar detenidamente revista a todas las batallas de aquella guerra tan poco gloriosa para la España en que él se había hallado, agrega lo que sigue: ‘En remuneración de estos servicios me hizo V.M. merced de un hábito de Calatrava para un hijo mío, y, habiendo ido a la Corte para ponérselo, fue V.M. servido de honrarme con la gobernación de las provincias de Jaén de Bracamoros (en Ecuador), que, aunque poco importante, la acepté por ser merced de mi Rey y Señor. Pasé a servir allá el año de 1660 con infinitos trabajos e incomodidades en tan larga navegación y peligroso viaje. A los quince días de tomar posesión de él, tuve orden del Virrey, conde de Santisteban, para que bajase a esta ciudad (Lima) a negocios del servicio de V.M., que obedecí puntualmente, corriendo la distancia de doscientas leguas con la brevedad que requería la orden. Y llegado a ella, me ordenó que fuese a servir los cargos de presidente, gobernador y capitán general interino del reino de Chile, hasta que  V.M. nombrara  su titular. Lo acepté con ciega obediencia, pues no había quien quisiese tomar ocupación tan delicada, debido al miserable estado en que se hallaba Chile’. El Virrey lo nombró gobernador interino el 2 de diciembre de 1661, y ÁNGEL DE PEREDO murió en Córdoba (Argentina), en 1677”.




martes, 9 de agosto de 2022

(1797) A pesar de las derrotas frente al mestizo Alejo, de las catástrofes naturales, y de las críticas que tuvo que soportar, finalmente todos reconocieron los extraordinarios méritos de Pedro Porter de Casanate.

 

     (1397) A pesar de las rachas de éxitos, era de suponer que los sobresaltos continuos serían inevitables: “Otro caudillo indígena, llamado Inaqueupu, recorría los campos vecinos al río Maule, robaba los ganados y caballos que encontraba y luchaba contra los pequeños destacamentos que salían a su encuentro. El capitán Juan de la Barrera sufrió una desastrosa derrota, en la que perdió quince soldados muertos en el combate y seis prisioneros que los indios se llevaron consigo. Para mayor desgracia, la viruela se propagó en el ejército español, y causó dolorosas pérdidas. Porter Casanate, sin embargo, no perdió su confianza en el buen resultado de su empresa, y, reclamando del cabildo de Santiago nuevos auxilios, creía poder hacer frente a tantas contrariedades. Pero le había tocado gobernar en una de las épocas más difíciles de la historia de Chile. Las hostilidades de los indios y los desastres sufridos por algunos destacamentos no eran más que una parte de los desastres ocurridos durante su gobierno. Desgracias como el terremoto que destruyó Concepción y la epidemia de viruela que diezmó a su ejército en 1660 habrían doblegado otro ánimo menos entero que el suyo. En los últimos días de agosto, otro percance que nadie podía prever causó gran dolor en todo el reino. Un buque salido de Valparaíso, con un cargamento de víveres para el ejército de Concepción, naufragó antes de llegar a su destino con pérdida de toda la gente que lo tripulaba. En esos mismos días, el mestizo Alejo, astuto e incansable enemigo de los españoles, obtuvo una de sus más señaladas victorias (a la que acabamos de hacer una breve referencia). El Gobernador había fundado un fuerte en las alturas de Chepe, a corta distancia  de la ciudad de Concepción, y había colocado allí cuatrocientos soldados para que cerraran el paso a los indios. El caudillo Alejo concibió el atrevido proyecto de sorprender de improviso a Concepción, que consideraba mal guarnecida. Partió con trescientos indios sigilosamente y llegó hasta el valle de Palomares. Pero sus movimientos no pasaron desapercibidos a los españoles que defendían el fuerte de Chepe. El capitán don Juan de Zúñiga, que mandaba en él, salió rápidamente con doscientos soldados para impedirles  avanzar. Al avistarse los dos bandos, el capitán Zúñiga, creyendo segura la victoria, emprendió el ataque de frente sin tomar en cuenta las dificultades del terreno. Cuando sus tropas se hallaban en la mitad de su camino. los indios descendieron de sus alturas con un empuje irresistible. Los españoles, cortados por todas partes y sin poder organizar la defensa, eran envueltos y atropellados por los contrarios. Sesenta quedaron muertos en el campo, y, entre ellos, su capitán, Juan de Zúñiga. Se cuenta que, habiendo perdido su caballo y hallándose herido en una pierna, le pedía a su teniente que lo llevase en ancas, pero que este, por vengar antiguos agravios, no quiso socorrer a su jefe, lo insultó villanamente, y lo dejó abandonado. El mestizo Alejo, después de perseguir a los fugitivos sin perdonar la vida a ninguno de los que cayeron en sus manos, repartió entre los suyos las armas y las ropas recogidas en el campo de batalla, y, satisfecho con el feliz resultado de esta audaz correría, atravesó el Biobío a la cabeza de su gente”.

 

     (Imagen) El extraordinario Gobernador de Chile PEDRO PORTER CASANATE murió después de una brillante batalla de la que más tarde hablaremos: “No pudo gozar largo tiempo de la satisfacción de este triunfo. Estaba en Concepción postrado por una grave hidropesía. Recibió a muchos caciques que querían la paz, pero sus males se agravaron notablemente y, por fin, falleció el 27 de febrero de 1662, tras haber hecho cuanto era posible para la recuperación de Chile, pero con el pesar de que sus servicios no eran estimados en su justo valor. La Real Audiencia de Santiago le llegó a decir al Rey en mayo de 1658 que no se había mejorado nada con el gobierno de Pedro Porter Casanate. Felipe IV, dando crédito a estos informes, decidió nombrar un nuevo gobernador. La orden era casi ofensiva. Le decía al virrey que,  ‘en el momento mismo en que llegue a la ciudad de Lima, busque a la primera persona de más crédito e inteligencia que hubiera, y nómbrela  Gobernador de Chile’. Pero fue en octubre de 1660 cuando el propio rey escogió para tal fin a don Jerónimo Benavente y Quiñones. Como Benavente no podía partir pronto, el Rey encargó al conde de Santisteban, nuevo virrey, que escogiera a otro en su lugar. En cumplimiento de una orden tan terminante, el Virrey, al llegar a Lima en 1661, se ocupó en buscar la persona que fuera  a Chile a apartar del gobierno a Porter Casanate (finalmente lo sería Diego González Montero Justiniano). La muerte le libró a Porter de ese injusto desaire, y pocos años más tarde se reconoció la importancia de sus grandes servicios. En agosto de 1668, la Real Audiencia dio cuenta al Rey del resultado de los preceptivos juicios de residencia tomados a los últimos mandatarios. ‘Se ha probado, se informaba, que, gracias a don Pedro Porter Casanate cuando vino a gobernar, después del alzamiento general de los indios mantuvo Chile lo mejor que se podía, y estableció algunas poblaciones por entonces necesarias’. Además, tuvo que luchar con grandes dificultades, soportando desgracias terribles, como terremotos, pestes y naufragios. Recuperó con rapidez el territorio perdido y la pacificación del reino. Por otra parte, sus contemporáneos tributaron los más cumplidos elogios al carácter personal de Porter Casanate. ‘Fue, decía el cronista Rojas y Fuentes, muy vigilante y celoso del real servicio y del bien común. Así como legítimo padre de los soldados en sus derechos, y enemigo de hacer esclavos a los indios para venderlos en provecho propio, lo cual demuestra su desinterés, pues estaba permitido comerciar con los que se apresaban, siendo esta intervención el más solicitado lucro de los que gobiernan”. La imagen muestra en su expediente de méritos que, ya en 1646, PEDRO PORTER era Almirante de todo el Pacífico y Caballero de Santiago.




lunes, 8 de agosto de 2022

(1796) Las victorias que obtuvo el hábil mestizo Alejo Vivar contra los españoles, socavaban injustamente los méritos del Gobernador Pedro Porter Casanate, el cual supo rehacerse.

 

     (1396) Diego Barros nos detalla los inmediatos y victoriosos ataques de los mapuches bajo el mando del hábil mestizo Alejo de Vivar. Resumiré el texto: “El mestizo Alejo invadió con mil guerreros el territorio de Concepción, y el 14 de enero de 1657 avistó un destacamento español, compuesto de poco más de doscientos hombres, que habían salido de Concepción bajo las órdenes del capitán don Pedro Gallegos, y avanzaban sin sospechar la proximidad del enemigo. Sin embargo, al descubrir el ejército de los indios, Gallegos se colocó ventajosamente en una loma, y, tras enviar a un mensajero a pedir ayuda en el fuerte de Conuco, se mantuvo a la defensiva. Estableció una línea de contención y rechazó sin gran dificultad la primera embestida de los indios, pero el astuto Alejo encontró la manera de romperla. Por orden suya, los indios dieron un rodeo, y, atacando con sus picas a los caballos que los españoles tenían a sus espaldas, los precipitaron sobre la línea de defensa, provocando en ella un espantoso desorden. Lanzados luego al ataque los bárbaros, la batalla, aunque sostenida al principio con ardor, se convirtió luego en una derrota completa de los españoles. Su desorganización fue seguida por una horrible carnicería de la que sólo se exceptuaron unos pocos soldados que quedaron prisioneros, y otros que, por estar cubiertos de heridas, fueron dejados por muertos en el campo del combate. Los vencedores se alejaron de esos lugares llevándose un copioso botín. En la mañana siguiente, cuando llegó el socorro pedido a la plaza de Conuco, fueron recogidos de entre los montones de cadáveres algunos heridos casi moribundos. Uno de estos era el mismo capitán Gallegos, que falleció pocos días más tarde, estando sometido a juicio como responsable de aquel doloroso desastre. Estas derrotas fueron seguidas por otras. Un destacamento de 250 soldados, que salió de Conuco a las órdenes del capitán Bartolomé Pérez de Villagrán, fue batido por Alejo, y regresó destrozado, con la pérdida de su jefe y de muchos soldados. Otra tropa de 280 hombres mandados por el sargento mayor Bartolomé Gómez Bravo, sostuvo pocos días después un combate más reñido todavía a corta distancia de Yumbel, en el que pudo defenderse resueltamente y obligar a los indios a tomar la retirada. Este último suceso, a pesar de que los españoles no pudieron perseguir al enemigo, lo  celebraron como una victoria que atenuaba en parte las derrotas anteriores. Junto con estos contratiempos, que retardaban la pacificación del territorio que había estado sometido a los españoles, ocurrieron ese mismo verano otros accidentes que hacían más azarosa su situación. Así, pues, a pesar de la actividad y de la energía desplegadas por Porter Casanate, este conjunto de desgracias complicaba su acción y minaba su crédito de gobernante y de militar.

     Pero Chile parecía padecer la maldición de los dioses: “El jueves 15 de marzo ocurrió en la región del sur un terremoto comparable en sus estragos con aquel que, diez años antes, había destruido Santiago. La ciudad de Concepción quedó arruinada y asolada desde sus cimientos. Sobrevino a este terremoto otro fracaso no menor, pues entró tres veces la mar por las calles de dicha población, y siendo combatida por tan fuertes elementos. cayeron los edificios, se perdieron los víveres y murieron unas cuarenta personas".

 

     (Imagen) No podía tener más obstáculos el valioso gobernador PEDRO PORTER CASANATE, pero, en realidad, estuvo por encima de las circunstancias. Su prestigio ante la Corte corría peligro injustamente, e incluso hubo quien pretendió que se aplicara de nuevo el absurdo sistema de la guerra defensiva: “A pesar de aquellos malos resultados, y sin hacer caso a criterios derrotistas, Pedro Porter Casanate continuaba pacientemente la obra de la recuperación del territorio perdido, y, venciendo las dificultades, recuperó la paz en la región de los ríos Maule y Biobío. Aunque las ayudas militares que conseguía de Perú y de la ciudad de Santiago eran muy escasas, comenzó a reconstruir y repoblar los fuertes que habían sido arruinados por el alzamiento de los indígenas. A finales de 1657 pasó el río Biobío a la cabeza de sus tropas, batió a los indios y rescató del cautiverio a unos veinte españoles, volviendo a Concepción satisfecho del resultado, y lo conseguido produjo un gran contento en todo el reino de Chile. Antes de que la noticia llegase a Santiago, los del Cabildo de la ciudad, temiendo la sublevación de los indios de su entorno, decidieron pedir angustiosamente ayuda al Virrey. Pero, enterados de lo ocurrido, le escribieron a Pedro Porter diciendo: ‘Por el buen éxito logrado con los enemigos, matando y apresando a muchos, y sacando más de veinte españoles del cautiverio, se deben dar gracias a Dios, a su señoría por su diligencia, y al señor Virrey por las ayudas que tan a tiempo ha enviado a este afligido y pobre reino’. Algunos meses más tarde, como llegaban nuevas noticias de que la guerra comenzaba a presentar un aspecto más agradable, el Cabildo decidió que se hicieran en Santiago algunas fiestas públicas, y que durante tres días se lidiaran toros. Porter Casanate continuó pacientemente la obra de pacificación durante todo el año siguiente de 1659,  y despobló algunos fortines para establecer otros a mayor distancia. Aunque los indios seguían hostilizando, el Gobernador desplegó una constancia tenaz en la ejecución de su plan, y en sus comunicaciones al cabildo de Santiago se manifestaba satisfecho de los resultados que obtenía. A principios de 1660, emprendió una nueva campaña al sur del Biobío en busca del mestizo Alejo, que era el principal instigador de la resistencia de los indios. No tenemos muchas noticias acerca de las ventajas alcanzadas en esta expedición. Seguramente, el enemigo evitaría todo combate, y los españoles, después de destruirle sus sembrados, regresaron a Concepción”. Ser gobernador en Chile tenía gran mérito, y suponía arriesgar la vida al pie del cañón. En la imagen vemos (con su firma) que, en junio de 1659, PEDRO PORTER le suplicaba al Rey que le diera otro destino. (Chile era un lugar imposible).




domingo, 7 de agosto de 2022

(1795) Lo que no podía imaginar el Gobernador Pedro Porter era que un mestizo español, resentido por verse despreciado, se convirtiera en temible líder de los mapuches. Se trataba del inteligente y heroico Alejo Vivar del Risco.

 

     (1395) El mes de abril, empezado el otoño chileno, y contando con que la situación  militar con los mapuches se había tranquilizado, Pedro Porter Casanate se puso en marcha para presentarse en la capital, Santiago:  “El Cabildo de la ciudad lo recibió el 13 de mayo de 1656 con las solemnidades acostumbradas. Sus relaciones con los otros poderes públicos fueron esmeradamente atentas. Seis días después, al presidir por primera vez la sesión del Cabildo, le dio cortésmente las gracias por la puntualidad con que lo había socorrido en las necesidades de la guerra. Todo hace creer que Porter Casanate era un mandatario tan discreto como bien intencionado, pero le tocó gobernar en circunstancias verdaderamente terribles, en que todas las dotes de su carácter y de su inteligencia se habían de estrellar contra un encadenamiento de desgracias que apenas le fue posible reparar. Durante su permanencia en Santiago, y cuando se ocupaba en preparar sus tropas para iniciar el verano siguiente una campaña eficaz, la guerra del sur tomó proporciones muy alarmantes. Un soldado del ejército español, al que se le conocía solamente con el nombre de Alejo, mestizo oscuro, pero distinguido por su audacia y por su maestría en el manejo de las armas. se hallaba entonces a la cabeza de las huestes mapuches, y comenzaba a obtener señaladas victorias. Había pedido poco antes a sus jefes que, en premio de sus buenos servicios a la causa del Rey, se le diese el rango de oficial, pero sus exigencias fueron desatendidas, y se le trató con el desprecio con que eran mirados por los españoles hombres como él. Jurando tomar venganza de este ultraje, abandonó las filas españolas, y fue a refugiarse entre los indios. Conocía perfectamente la lengua y las costumbres de los bárbaros, sabía incitarlos a la guerra, y, por el conocimiento que tenía de la táctica y de los recursos de los españoles, podía resultarles un terrible enemigo. Su deserción, a la que se dio poca importancia en un principio, iba a causar en breve grandes males, y así, desde mediados de 1656, la impaciencia de los indios llegó a ser más amenazadora. El Gobernador se ocupaba en organizar en Santiago una columna de voluntarios con que engrosar el ejército, consiguió que algunos vecinos se alistaran y partió en los primeros días de octubre para reparar los desastres de la guerra. Aunque los indios intentaron sorprenderlo en el distrito de Cauquenes, el Gobernador los dispersó sin dificultad, y llegó a Concepción el 30 de octubre con toda su gente. Para escarmentar a los indios con operaciones más eficaces, Porter Casanate organizó dos divisiones que debían entrar en campaña simultáneamente. Una de ellas, mandada por el capitán don Martin de Erizarri, recibió el encargo de actuar en la comarca vecina al fuerte de Conuco. La otra fue destinada, bajo las órdenes de don Ignacio Carrera, a hacer una entrada al territorio mapuche por la región de la costa. Ambas obtuvieron algunas ventajas sobre el enemigo, terminando su campaña en marzo de 1667. Pero los bárbaros contaban ya entonces con un caudillo tan audaz como astuto, que supo aprovecharse de esta misma división de las fuerzas españolas para acometer una atrevida empresa”.

 

     (Imagen) Diego Barros nos está anunciando que un mestizo llamado Alejo (nacido el año 1635), soldado muy valioso pero desertor del ejército español por no ser premiado como realmente merecía, le va a complicar la vida al gobernador Pedro Porter Casanate. Su historia es de película. Era hijo de una española llamada Isabel, la cual, apresada por los mapuches, lo tuvo con uno de sus caciques. Cinco años después, logró escapar con Alejo, llegaron a Concepción, y allí, sin    que se sepa por qué, Isabel ingresó en un convento y dejó a su hijo a cargo de la familia Vivar del Risco. Desde entonces, el mestizo pasó a llamarse ALEJO (o Alejandro) VIVAR DEL RISCO, y, siendo muy joven, se alistó en las tropas españolas, destacando pronto por su capacidad militar como arcabucero y su extraordinaria valentía. Llevaba dentro también la semilla de un líder nato, y lo demostró bajo el mando del gobernador Pedro Porter Casanate en la batalla de Conuco (enero de 1656), que acabamos de contemplar. Fue entonces cuando le arrebató la ira porque no le concedieron el premio que merecía su brillante actuación, y tomó la decisión de vengarse implacablemente liderando a los mapuches, que enseguida se dieron cuenta de que era el jefe ideal, por sus propias cualidades y porque conocía como nadie los puntos fuertes y los débiles de los españoles. No tardó mucho en organizar a los guerreros mapuches y obtener victorias espectaculares sobre sus antiguos compañeros de armas, con gran pesar del gobernador Pedro Porter Casanate. Al frente de un millar de indios, atacó en San Rafael a los doscientos soldados de Pedro Gallegos, matando a todos menos a unos diez que fueron apresados, cuyo destino quizá resultara peor que el de los muertos. Tras otra victoria parecida en Los Perales, el Gobernador consiguió pararles los pies, y comenzaría el declive de Alejo de Vivar. Pero no dejó de intentar algo que podría haber sido catastrófico para los españoles. A finales de 1660, acometió la amenazante aventura de apoderarse de Concepción, que, afortunadamente y por dudosas razones, no la remató. Teniendo ya a su merced la ciudad, renunció al ataque definitivo. Se dice que su propia madre salió del convento para hablar con él y rogarle que desistiera de su objetivo, aunque es posible que tuviese demasiadas bajas para poder adueñarse de toda la ciudad. Justo después, lo mataron dos mujeres mapuches, esposas suyas, por celos  de que tuviera relaciones sexuales con dos españolas cautivas. Las autoras huyeron con las españolas y se entregaron al gobernador, quien les concedió una pensión vitalicia. En la imagen vemos un libro que ganó en Chile el Premio Nacional de Literatura el año 1954, y que cuenta la vida y milagros de ALEJO VIVAR DEL RISCO.







viernes, 5 de agosto de 2022

(1794) La situación en el sur de Chile era desesperada. Los mapuches habían matado a muchos españoles. El nuevo Gobernador, Pedro Porter, decidió ir a salvar a los españoles cercados en Boroa, y logró una gran victoria.

 

     (1394) El ambiente en Chile cuando fue nombrado Gobernador Pedro Porter era desastroso: “Toda la amplia región que se extiende entre los ríos Biobío y Maule, poblada hacía poco por los españoles, y dividida en haciendas en las que progresaba la agricultura y la ganadería, había sido asolada por los indios. El levantamiento de los indígenas le costó a los españoles, además de su ruina económica, la pérdida de unos trescientos hombres muertos, y de un número quizá mayor de mujeres y de niños que cayeron en un espantoso cautiverio. En la región austral, Chiloé, la ciudad de Valdivia y el fuerte de Boroa podían mantenerse a la defensiva, pero allí se había extendido el alzamiento de los indios, y la guerra hacía considerables estragos. Ya a principios de 1655, el corregidor de Chiloé, don Cosme Cisternas, alarmado por el inicio de la peligrosa situación, desplegó contra los indígenas el más desapiadado rigor. Apresó a muchos caciques, y en ese año y el siguiente les aplicó la pena de muerte a más de veinte. En Boroa, mandaba el capitán don Miguel de Aguiar, hombre de rara entereza, que, en aquella terrible crisis, supo cumplir sus deberes mejor que la mayoría de los jefes militares. No tenía a sus órdenes más que cien soldados escasos, pero decidió defenderse con ellos a todo trance, convencido de que no había capitulación posible. Hizo salir a todos los indios amigos que le servían como soldados auxiliares, no sólo porque no le inspiraban confianza, sino para desembarazarse de bocas inútiles. Reforzó cuanto pudo las defensas de la plaza y cubrió con cueros los techos pajizos para ponerlos a cubierto de las flechas incendiarias de los indios. En la defensa desplegó Aguiar una energía incontrastable, resistiendo denodadamente con sus mosquetes y con dos pequeños cañones los reiterados ataques del enemigo. Pero, afortunadamente, estos indios, a pesar de ser considerablemente numerosos,  y aunque desplegaban gran ardor en esos ataques, no supieron aprovecharse de las ventajas de su situación. De todos modos, aquella plaza necesitaba un socorro rápido y eficaz, sin el cual se vería irremisiblemente condenada a un final desastroso”.

     Ese era el panorama que encontró el gobernador Pedro Porter al llegar a Chile. Los mapuches estaban eufóricos, convencidos de la victoria definitiva y teniendo acorraladas y sometidas a sus ataques las muy largo tiempo martirizadas poblaciones del sur: “El Gobernador, cuyo principal interés era aprovechar inteligentemente y al máximo la valentía de sus hombres, se propuso en primer lugar dominar la comarca vecina a Concepción para proveer de víveres a esta ciudad y para mantener libres sus comunicaciones con Santiago. Mandó por delante a parte de sus hombres hacia los campos vecinos, y consiguieron dispersar a los indios y apresar a los más inquietos. Luego, con el propósito de consolidar estas ventajas, el mismo Gobernador se puso en campaña con un cuerpo considerable de su ejército. En los campos de Conuco, a unas doce leguas al noreste de Concepción, atacó el 20 de enero de 1656 a los escuadrones de indios que allí se habían reunido, y después de una reñida pelea, los dispersó causándoles muchas pérdidas. Para mantener sometidos a los indios de esos lugares, fundó allí un fuerte, al cual dio el nombre de San Fabián, en honor del santo que la Iglesia celebra ese día, y al cual le atribuyeron la victoria. Luego regresó a Concepción sin experimentar ningún contratiempo”.

    

      (Imagen) El valioso gobernador PEDRO PORTER CASANATE va a empezar con buen pie sus enfrentamientos a los terribles problemas de Chile: “En las juntas de guerra que el Gobernador celebró con sus capitanes, se habló de la necesidad de auxiliar pronto a los defensores de Boroa. ‘Dejarlos de socorrer, a juicio de unos, iba contra el buen nombre de los españoles y contra  la piedad cristiana. Ayudarles era, en concepto de otros, un intento muy dificultoso, que suponía exponerse a que se perdiera todo el  reino de Chile’. El Gobernador, mostrando ‘que confiaba más en Dios que en las fuerzas humanas’, decidió que se llevase a cabo esa expedición. Porter Casanate pidió ayuda a la ciudad de Santiago, y  el Cabildo acordó que los vecinos fueran a la campaña. El Gobernador organizó una columna de setecientos infantes españoles y de algunos jinetes. Tomó el mando el maestre de campo don Francisco Núñez de Pineda, el más tenaz instigador de este ataque, teniendo como segundo jefe al antiguo gobernador de Chiloé don Ignacio Carrera, y partieron de Concepción a finales de febrero de 1656. Esta ciudad y la de Santiago se quedaron haciendo rogativas religiosas para proteger a aquellos audaces expedicionarios. Los indios pobladores del territorio enemigo se pusieron nuevamente en armas, seguros de deshacerse de los españoles, pero el fuego de la artillería les obligó a dispersarse. Los indios fugitivos de aquella primera jornada fueron a dar la voz de alarma a las tribus del interior, pero estas no podían oponer una resistencia eficaz a un cuerpo de españoles tan bien organizado. Los setecientos soldados llegaron el 18 de marzo a Boroa sin grandes dificultades. Los indios sitiadores de la plaza, seguros de que serían derrotados. no se atrevieron a presentar batalla a los expedicionarios, y se retiraron dispersándose por los campos inmediatos. Los defensores de Boroa, entre los cuales se hallaba el hijo primogénito del mismo Núñez de Pineda, recibieron este socorro con el mayor contento, y se dispusieron a evacuar la plaza que durante trece meses habían conseguido mantener contra los obstinados ataques de los indios. Burlaron las asechanzas de los indios que pretendían impedirles el paso del río Biobío, y el 29 de marzo entraron en Concepción en medio de la enorme alegría de todo el pueblo. Después de las repetidas desgracias ocurridas desde un año atrás, esta campaña que, sin embargo, no suponía un triunfo definitivo de las armas españolas, fue celebrada como una gran victoria. En todos los templos del reino de Chile se hicieron fiestas religiosas para dar gracias al cielo por un éxito en el que se creía ver el término de tantos y tan dolorosos desastres”.




jueves, 4 de agosto de 2022

(1793) El nuevo Gobernador Interino de Chile, Pedro Porter Casanate, fue un hombre de extraordinarias cualidades, intelectuales, marineras y militares. Chile era un lugar imposible, pero él hizo su trabajo (hasta morir) de forma muy brillante.

 

     (1393) En este punto, comenzamos el tomo quinto de la Historia General de Chile escrita por Diego Barros. Lo que hemos visto hasta ahora ha estado impregnado por un hecho recurrente: las constantes batallas contra los mapuches. Mi intención es continuar en el tema de Chile  hasta que veamos  que el panorama va a cambiar de tono. Creo que será pronto cuando nos encontremos que, aunque el problema mapuche continuará sin solucionarse del todo, el proceso histórico quedará en una situación más normal. Entonces cambiaré de tercio y nos trasladaremos a otro escenario histórico de las Indias que aún no hayamos tocado, quizá el de la aventura de los españoles en Colombia.

     Sigamos, pues, la ruta que llevamos. Dice Diego Barros: “El nuevo Gobernador que acababa de llegar a Chile, don Pedro Porter Casanate era un hombre de mérito sobresaliente, que se había conquistado con largos servicios un nombre distinguido. Nacido en Zaragoza hacia 1612, hizo en su juventud buenos estudios de náutica, y servía en la Escuadra Real desde 1627, primero en la guerra de Francia y después en las Antillas, hasta obtener en 1634 el título de capitán de mar. En medio de las campañas militares, había continuado sus estudios científicos y preparado diversos escritos sobre navegación. Uno de ellos, publicado en Zaragoza el mismo año de 1634 con el título de ‘Reparo a errores de la navegación española’, le ha granjeado la reputación de marino ilustrado. ‘Basta la lectura de esta obra, dice un escritor muy competente, don Martín Fernández de Navarrete (murió en Madrid el año 1844, fue multifacético y uno de los más grandes historiadores), para formar un concepto ventajoso de la sólida instrucción y juicioso discernimiento de su autor, aun en los primeros años de su carrera marítima’. El año 1635, Porter Casanate se hallaba en México, y allí solicitó permiso del Virrey, marqués de Cadercite, para ir a hacer descubrimientos en la costa de California, mal explorada hasta entonces. Autorizado en septiembre de 1636 para hacer este viaje, recibió después la orden de desistir de esta empresa. Creyó el Virrey, dice una antigua relación, que ‘con los descubrimientos que iba a hacer se abriría una puerta por la que los enemigos entrasen a invadir aquellos mares; y, por esa razón, le mandó suspendiese el viaje hasta saber la voluntad del Rey’. Este contratiempo no desalentó a Porter Casanate. Con el objetivo de obtener el permiso del Rey, fue a España el año siguiente. En el puerto de La Habana fue apresado por los piratas holandeses el buque en que viajaba Porter Casanate, al cual lo tuvieron retenido en Curasao durante algunos meses. Restituido a su libertad. y dejado en el puerto de Cartagena, pudo llegar a España en los galeones que conducían anualmente los tesoros de las Indias. Mientras se tramitaba su solicitud en la Corte, el Rey acordó enviar a Chile un militar de resolución y de experiencia que viniera a encargarse del mando superior. Su elección, como ya contamos, recayó en el almirante Porter Casanate, al que se le nombró asimismo Caballero de la Orden de Santiago. En efecto, con fecha 30 de octubre de 1655 expidió en su favor el título de gobernador y capitán general interino del reino de Chile, y dispuso la organización de un cuerpo de tropas para que fuera bajo sus órdenes, con un buen socorro de armas y de municiones”.

 

     (Imagen) El historiador Diego Barros nos ha comenzado a hablar de PEDRO PORTER CASANATE, el nuevo Gobernador de Chile, pero convendrá ampliar datos sobre este extraordinario personaje, y ponerlos en orden. Nació en Zaragoza el año 1611. Teniendo sólo dieciséis, participó en batallas marítimas. Su primera actuación se produjo luchando contra los hugonotes franceses, que andaban pirateando por las costas españolas. Dos años después, ya se encontraba en las Antillas peleando también contra piratas, esa vez ingleses, y obteniendo en tiempo récord la graduación de alférez. Pasados dos años, y por sus méritos en aguas americanas, fue ascendido a capitán con mando en un navío. Su firme vocación marinera y su inteligencia le permitieron pronto atreverse a criticar errores de navegación frecuentes en aquellos tiempos, y publicó en 1634 un libro centrado en ese tema, al que le puso el título de “Reparo a errores de la navegación española”. Se fijó entonces en un asunto que le llegó a obsesionar. Las costas de California no eran bien conocidas, y Pedro Porter se apasionó con la idea de organizar una expedición para resolver el enigma de si se trataba de una isla o de una península. Para conseguir la licencia, se trasladó a España, y, aunque se lo concedieron, el Rey la anuló por considerar que ese descubrimiento podía facilitar a los piratas sus andanzas por aquellos mares. A base de insistir, Porter logró el permiso definitivo el año 1643, pero, durante la larga espera, había batallado varias veces contra las naves francesas, tanto en Fuenterrabía como en Tarragona y Barcelona. Vuelto a las Indias, hizo los preparativos para cumplir  su sueño californiano, aunque con serias dificultades. Tuvo que contratar mucho personal para construir las naves, surgieron conflictos laborales, en los que sus hombres incendiaron el astillero, intervino la justicia y fueron ejecutados los rebeldes. La expedición duró cuatro años, con importantes logros, pero sin poderse confirmar si California era o no era una isla. En 1651 dio por  finalizada su aventura, sin duda por el cansancio de no lograr su objetivo principal a pesar del gran esfuerzo y de cuantiosos gastos, aunque, como compensación, descubrió importantes pesquerías de perlas. A su vuelta hizo, para el Rey, un largo informe oficial del viaje, y otro que, por ser  para un amigo suyo, tenía un carácter mucho más personal y aventurero. Los dos quedan recogidos en el libro que muestra la imagen. En un nuevo giro de su vida, y gracias a su prestigio, se le nombró Almirante del Mar del Sur (el Pacífico) y, poco después, en 1656, el virrey de Perú le dio el cargo de Gobernador de Chile, ejerciéndolo hasta morir en Concepción el año 1662. Diego Barros nos contará este período de PEDRO PORTER CASANATE, un hombre inteligente, luchador y muy culto.




miércoles, 3 de agosto de 2022

(1792) Hubo juicios por los cambios ilegales de gobernadores que se habían hecho. El Rey se quejó hasta del Virrey, fue comprensivo con el Gobernador Acuña, y el cuñado de este, Juan de Salazar, tras ser condenado, se escapó de la cárcel.

 

     (1392) En relación a todo lo pasado, se iniciaron en la Audiencia de Lima una complicada serie de procesos, que, de hecho, carecían de consistencia, porque, aunque había responsabilidades, las circunstancias fueron muy confusas, y se podría decir que  los acusados no actuaron con mala fe: “Al gobernador Acuña y a sus cuñados se les hacía responsables de haber provocado el levantamiento de los indios, y de no haber tomado después las medidas convenientes para dominarlo. También se quiso juzgar a los que destituyeron al Gobernador y nombraron al funcionario que debía reemplazarlo. Pero, en realidad,  a estos sucesos se les dio en Lima menos importancia de la que le había atribuido la Audiencia de Santiago. Se consideró que aquellos hechos, por desafortunados que fueran, no suponían un verdadero desacato a la autoridad real, puesto que sus autores no se habían apartado un instante de la más respetuosa fidelidad al soberano, y actuaron con buena intención. Además, el carácter y los antecedentes de los procesados eran una prueba de la rectitud de sus propósitos. El veedor Francisco de la Fuente Villalobos, hombre de edad muy avanzada y con más de cincuenta años de buenos servicios, habría podido justificar su conducta, pero murió a los pocos días de haber llegado a Lima. Los otros tres procesados sufrieron una prisión de más de cuatro años, pero, finalmente, fueron indultados, ya que la opinión pública les había sido favorable. El Virrey, por motivos de prudencia, mandó que no se siguiera el juicio contra los otros revolucionarios que habían quedado en Chile”.

     Pero había otro asunto más impopular: “La opinión pública y la justicia fueron mucho más severas con aquellos a los que se acusaba de haber provocado el levantamiento general de los indios. Al gobernador don Antonio de Acuña se le trató con alguna indulgencia, porque solo se le reprochaba su debilidad al someterse a los deseos de sus cuñados, y se le permitió residir en su casa. Por el contrario, el maestre de campo don Juan de Salazar, instigador de las campañas contra los indios cuncos, responsable del desastre de Río Bueno en 1654, y cuya conducta en el alzamiento del año siguiente no admitía disculpa, fue retenido en prisión con acusaciones tramitadas en Perú y en Chile. Después de cerca de dos años de prisión, don Juan de Salazar comprendió que aquel asunto tenía un aspecto muy poco favorable para él, y que, aun en el caso de absolución, su cautiverio se prolongaría mucho, hasta que llegase el fallo definitivo pronunciado por el Consejo de Indias en España. Cohechando al alcalde de la cárcel, llamado Agustín de Miranda, se fugó con él, esquivando hábilmente todas las persecuciones decretadas contra ambos. Aunque el Virrey ofreció premios considerables al que descubriese su paradero, don Juan de Salazar burló la acción de la justicia, marchándose secretamente a España, donde la familia de su cuñado podía prestarle una protección eficaz. Pocos meses más tarde, en septiembre de 1658, el proceso estaba terminado, y el Virrey enviaba a la Corte, en dos grandes cajones, los catorce volúmenes de los autos tramitados en Chile y en el Perú, para que el Consejo de Indias pronunciase la sentencia definitiva”.




martes, 2 de agosto de 2022

(1791) Seguía la disputa por la gobernación de Chile entre Antonio de Acuña y Francisco de la Fuente. Al llegar el nuevo virrey de Perú, Luis Enríquez, aparcó a los dos, y nombró gobernador interino a Pedro Porter Casanate.

 

     (1391) Como era de esperar, la llegada a Concepción de las órdenes de los oidores de la Real Audiencia de Santiago, por las que se le devolvía a Antonio de Acuña su titularidad como Gobernador de Chile, iban, de momento, a enredar más la situación, ya que Francisco de la Fuente Villalobos se aferraba, sin tener razón para ello, al cargo que ya le habían concedido. El estar ambos lejos de Santiago de Chile facilitaba el mantenimiento de este conflicto: “El gobernador Acuña, viéndose amparado por esa resolución, y apoyado, además, por los descontentos que había creado la política absurda de Francisco de la Fuente, se consideró restituido de nuevo al poder, y confió el mando de las tropas al maestre de campo Fernández de Rebolledo”. Dio la casualidad de que, por entonces, se fueron consiguiendo algunas victorias importantes contra los mapuches, y el conflicto entre los dos candidatos quedó aparcado temporalmente, ya que el peligro de la insurrección de los indios había hecho que vieran necesario mantenerse tranquilos. Pero, cuando el nuevo virrey de Perú, Luis Enríquez de Guzmán, tuvo conocimiento de la confusa situación creada entre los dos pretendientes a la gobernación de Chile, decidió resolverla: “Le mandó al gobernador Acuña que, sin tardanza, se dirigiese a Lima con su familia. Le encargó también a la Audiencia que hiciera cumplir esta orden, y que asumiese el gobierno provisional del reino de Chile hasta que llegase un titular legítimo”.

     Los oidores de la Audiencia enviaron de inmediato a Concepción una orden para que Antonio de Acuña abandonara la gobernación de Chile, se trasladara a Perú y se presentase ante el Virrey:  “Pero el destituido gobernador no quiso hacer caso alguno de estas representaciones ni obedecer las órdenes del Virrey. Al tomar conocimiento de la orden del Virrey, contestó por escrito, en términos categóricos y hasta irrespetuosos, las razones que tenía para no obedecerla. Si estas ocurrencias hubieran sido conocidas por el público, habrían estimulado sin duda alguna las manifestaciones del descontento, y producido quizá un segundo motín en contra del Gobernador. Aunque la Real Audiencia había hecho venir a Santiago a los principales promotores del movimiento revolucionario de Concepción, quedaban en esta última ciudad algunos espíritus inquietos que censuraban duramente la conducta del Gobernador y de sus parientes. En aquel tiempo, estas censuras, aunque no pasasen de ser simples conversaciones, eran consideradas un grave delito. El maestre de campo Fernández Rebolledo (nombrado por Acuña), dando cuenta de ellas a la Real Audiencia, pedía que se le concediese facultad para castigarlas ejemplarmente. En el mismo seno del supremo tribunal, el oidor decano don Nicolás Polanco de Santillán sostuvo que la suavidad usada hasta entonces había hecho más insolentes a los revoltosos, y que debía procederse ‘con celeridad a cortar las cabezas de los que parecieren más culpables’, persuadido de que la ejecución de cuatro de estos, cuya participación en los sucesos pasados era reconocida por el Gobernador y por el oidor De la Huerta Gutiérrez, bastaría para aquietar los ánimos y hacer cesar las alarmas. Pero este parecer no fue aceptado por los otros oidores, que creían que, dadas las circunstancias del reino, era conveniente no salir de la línea de templanza y de moderación que la Audiencia se había trazado”.

 

     (Imagen) El ya depuesto gobernador Antonio de Acuña, asentado en Concepción, se aferraba como una lapa al puesto: “El virrey de Perú, LUIS ENRÍQUEZ DE GUZMÁN, cuando recibió  de Chile las comunicaciones referentes a la negativa del gobernador Acuña a presentarse ante él en Lima, dio cuenta de todo al Rey y tomó las medidas para hacerse obedecer. Tras reunirse con sus consejeros, decidió enviar a Chile con el título de gobernador interino al almirante (marítimo) don Pedro Porter Casanate, y puso bajo sus órdenes 376 soldados que, aunque destinados a someter a los indios, debían servir también para hacer respetar sus órdenes como nuevo gobernador. Iría a su lado el doctor don Álvaro de Ibarra, para que redactara informaciones acerca de todos aquellos que tuvieran responsabilidad en las desgracias de Chile. Porter Casanate desembarcó en Concepción el 1º de enero de 1656. Parece ser que, en un primer momento, no faltaron quienes aconsejasen al gobernador Acuña que se resistiera a entregar el mando, pero él no se atrevió a ponerse en rebelión abierta. ‘Estuvo el reino a punto de una guerra civil -le escribió al Rey el oidor Polanco de Santillán-, si don Antonio de Acuña no hubiera cedido el cargo para servir con obediencia a Vuestra Majestad. De haberse puesto a la defensiva, se habrían partido los campos en amigos y enemigos, convirtiéndose el recibimiento en batalla, de manera que, de no contenerse don Antonio de Acuña, aquello habría acabado mal’. Reunido solemnemente el cabildo de Concepción y algunos de los jefes militares de la plaza, Porter Casanate tomó posesión del gobierno sin dificultades de ninguna clase. El nuevo Gobernador desplegó un comportamiento tan prudente como firme. Guardando a don Antonio de Acuña y Cabrera las atenciones debidas a su rango, le pidió que se trasladase a Perú con su familia para dar cuenta de sus actos y para defenderse de los cargos que se le hacían. Álvaro de Ibarra, por su parte, comenzó inmediatamente a recoger la información sobre los sucesos pasados, formando, al efecto, tres procesos diferentes: uno contra Acuña, otro contra los Salazar (sus cuñados), y el tercero contra los que destituyeron al gobernador don Francisco de la Fuente Villalobos, pero se encontró con inmensas resistencias para hacer su trabajo. Al llegar a Santiago, se vio contrariado por los obstáculos que le ponía la Real Audiencia, pues sus oidores afirmaban que solo a ellos correspondía tramitar los procesos iniciados contra los autores del motín de Concepción. Ibarra, apoyado por el Gobernador, consiguió hacer valer su dictamen, y logró que fueran enviados a Lima los cuatro individuos a los que acusaba de la principal culpabilidad en aquellos hechos”.




 

lunes, 1 de agosto de 2022

(1790) Los juristas de la Audiencia de Santiago tomaron dos decisiones: 1.- Obligaron a enrolarse a los vecinos de su, por 1ª vez, amenazada ciudad. 2.- Ordenaron que se restituyera como Gobernador al destituido e inepto Antonio de Acuña.

 

     (1390)  La noticia de la sublevación general de los indios llenó de preocupación a las  autoridades y a los habitantes de Santiago: “El Cabildo de la capital se reunió de inmediato. La primera resolución fue enviar al Perú un procurador general que diese cuenta al Virrey de la deplorable situación en que se hallaba Chile, y que pidiese las más eficaces ayudas que pudieran enviarse. Para desempeñar este cargo, fue designado allí mismo don Juan Rodolfo de Lisperguer y Solórzano (pariente del Juan Rodolfo Llisperguer al que, como vimos, mataron los indios en 1606), pero no lo aceptó porque el viaje iba a ser ruinoso para él. Por ello, se decidió hacer una leva de soldados en la propia ciudad. El corregidor recibió allí mismo el encargo de alistar en Santiago las fuerzas que pudieran reunirse, designando entre los vecinos los capitanes que debieran mandarlas. Esas tropas salieron pocos días más tarde bajo las órdenes del mismo corregidor a guarnecer las orillas del río Maule para impedir que los indios sublevados pasasen al distrito de la ciudad de Santiago. Se organizó, además, una junta de guerra integrada por los militares más experimentados que había en la capital, la cual debía entender en todos los trabajos concernientes a la defensa del reino”.

     Esa terrible amenaza de los indios era algo nunca visto en la ciudad de Santiago, y las autoridades decidieron poner en total alarma a los habitantes, pero dudaban de su legalidad: “Según las antiguas leyes y prácticas españolas, en circunstancias como éstas enarbolar el estandarte real equivalía a declarar a la ciudad en peligro, y a llamar a las armas a todos sus habitantes. El Cabildo había pedido que se tomase esta medida, pero, conocidas las resoluciones por las cuales el Rey había eximido a los vecinos de Santiago del servicio militar, no era posible apelar a este recurso sin la aprobación de la Audiencia, que, por no estar allí el Gobernador, tenía el mando civil. El supremo tribunal, en vista de las circunstancias extraordinarias por las que pasaba el reino de Chile, mandó por escrito  enarbolar el real estandarte. ‘Y en su cumplimiento, agregaba el acta de aquella ceremonia, el dicho día 1º de marzo, entre las cinco y las seis de la tarde, con acompañamiento de los vecinos, así como de compañías de a caballo e infantería del batallón de esta ciudad, en una esquina de la plaza de ella, se enarboló el estandarte real con toda veneración’. Los miembros del Cabildo debían renovarse de dos en dos para hacer la guardia del estandarte real mientras estuviese enarbolado. Pero el día siguiente llegaron a Santiago noticias mucho más alarmantes. Un soldado partido de Concepción comunicaba los últimos desastres de la guerra, y traía, además, varias comunicaciones, dos de ellas dirigidas al doctor don Nicolás Polanco de Santillán, oidor más antiguo de la Real Audiencia. Una era del veedor Francisco de la Fuente Villalobos, en la que anunciaba que, por cese de don Antonio de Acuña y Cabrera, el Cabildo y el pueblo de Concepción le habían confiado el cargo de gobernador y capitán general del reino de Chile. La otra había sido escrita por el Gobernador depuesto. Contaba en ella el motín popular que lo había privado del mando, y el peligro que había corrido de ser asesinado, y pedía que cuanto antes enviase la Audiencia una embarcación en la que pudiera trasladarse a Santiago para verse libre de los riesgos que a cada hora amenazaban su vida”.

 

     (Imagen) Todo había ocurrido en Concepción, que es donde solían radicar los gobernadores por razones militares, pero, cuando se supo en Santiago que  el Cabildo había sustituido allí por la fuerza a don Antonio de Acuña, dándole el cargo de gobernador al veedor Francisco de la Fuente, los oidores de la Real Audiencia no permitieron lo que, sin duda, era una barbaridad legal: “Era un hecho enteramente nuevo en los anales de Chile, un acto que bajo el régimen de las leyes, casi equivalía a un sacrilegio. Los dos oidores que en esos momentos formaban la Real Audiencia de Santiago lo condenaron desde el primer momento como un desacato contra la autoridad real, y acordaron comunicarles al Cabildo y a la Junta de Guerra el delito en que habían incurrido los del cabildo de Concepción. Reunidos el Cabildo y la Junta de Guerra, sus miembros estuvieron casi unánimes en condenar lo sucedido en Concepción, y en pedir que se tomaran medidas enérgicas para reponer en su puesto al gobernador Acuña, a pesar de que la asamblea estaba convencida de que él era el responsable de esas desgracias. Sólo uno de los regidores de Santiago, el capitán don Diego de Aguilar Maqueda, se permitió expresar una opinión contraria, y hasta favorable al movimiento revolucionario de Concepción, diciendo ‘que, dado que este reino está perdido por omisión del Gobernador, y que consta haber hecho dejación de su mando, se admita su renuncia, y que los señores de la Real Audiencia entreguen el gobierno a quien corresponda’. La resolución de la asamblea, salvo la divergencia de pareceres en algún detalle, fue que, actuando con prudencia para no ofender a la ciudad de Concepción, que estaba sosteniendo la guerra, y a la cual era necesario socorrer, se le encargase que devolviese el puesto al gobernador Acuña, si bien parecía conveniente que este funcionario se trasladase a Santiago, debido al rencor de los vecinos de Concepción. La Audiencia, después de considerar nuevamente el asunto, envió el texto de  sus decisiones a Concepción. En ellas censuraban la conducta del veedor Francisco de la Fuente, no sólo por haber aceptado el mando concedido por una asamblea sediciosa, sino también porque había comenzado a aquietar a los indios por medio de tratos y de negociaciones, siendo así que el crimen que habían cometido tomando las armas merecía un castigo ejemplar, ‘porque no hay, decían, razón divina ni humana que justifique que el vasallo le haga una guerra a su Rey por agravios personales’. Todos los indios habían sido declarados vasallos del Rey, y solo tenían la prerrogativa de ser tratados como rebeldes”.  La opresión española era muy dura para los nativos, pero Diego Barros se olvida de las ventajas que suponía ser vasallos del Rey, como lo era cualquier español.