martes, 14 de junio de 2022

(1749) El gobernador Ribera había aceptado a disgusto el método de guerra del jesuita Valdivia. Pero se hartó del método y de Valdivia. Como veterano de guerra, le comunicó al Rey, sin pelos en la lengua, lo que pensaba de aquel desastre.

 

   (1349) La antipatía mutua entre Alonso de Ribera y el jesuita Luis de Valdivia estaba alcanzando un punto de máxima intensidad. Cuando estrenó su cargo de gobernador, Ribera llegó a Chile viendo, o fingiendo que veía, con buenos ojos la táctica militar de mano suave con los mapuches. Conociendo su larguísima experiencia de guerra adquirida desde joven en las difíciles y técnicas guerras europeas, es de suponer que tuviera al jesuita por un hombre ingenuo y terco, aunque, sabiendo que había conseguido el apoyo del rey Felipe III para reducir los ataques a los indios a una descafeinada 'guerra defensiva', no le quedaría más remedio que ponerle buena cara al reverendo. Pero Ribera  y sus capitanes se hartaron, sobre todo desde que los mapuches asesinaron a los tres jesuitas en Elicura, y vemos ahora al gobernador saltándose esas limitaciones de vez en cuando. Veamos lo que dice el historiador Barros: "Los ataques de los indios siguieron repitiéndose con obstinada persistencia. La actitud pasiva que mantenían los defensores de los fuertes, en lugar de tranquilizar a los mapuches, parecía aumentar su audacia. En marzo de 1615,  intentaron sorprender a la plaza de Yumbel, pero el Gobernador acudió con sus soldados, y los enemigos se dispersaron para evitar una derrota. A pesar de su propósito de mantenerse a la defensiva, como ordenaba el virrey del Perú, Alonso de Ribera creyó necesario perseguir algunas veces a los indios hasta más allá de la raya establecida. Desde que el padre Valdivia vio coartada, por la intervención de Ribera, la autoridad que había ejercido en un principio, se sintió profundamente contrariado. Parecía conservar toda su fe en los buenos resultados de la guerra defensiva (a pesar del desastre de Elicura), pero acusaba al Gobernador de desprestigiar con sus palabras aquel sistema de guerra y de retardar con sus actos la pacificación definitiva del país. 'Este método, le escribía al Rey, exige que el ejecutor lo estime, pues, si siente lo contrario y manifiesta su opinión a los demás ejecutores, y a personas que tienen asegurada su comodidad con el situado (el salario que estaba establecido para los militares), no podrá ser llevado a cabo. Mi caso es lo contrario, pues quiero que se cumpla, pero no puedo, porque me ha dejado el Gobernador sin autoridad (de la mucha que Vuestra Majestad mandó darme y se me dio), ni yo pensé que fuera menester usar de ella, ya que le traje muy condicionado porque Vuestra Majestad, por suplicación mía, le otorgó este gobierno solamente para que ejecutara este sistema de la guerra defensiva, hasta el punto de que no se aguardó a que fuera sometido al preceptivo juicio de residencia que le correspondía por los puestos que anteriormente ocupó'. El padre Valdivia agregaba que el gobernador Ribera, tan dócil cooperador de sus proyectos al principio, había cambiado completamente de actitud después de los deplorables asesinatos de Elicura y, en efecto, como se recordará, fueron esos sucesos los que le determinaron al Gobernador a hacerse cargo de la dirección de las operaciones. Las quejas del padre Valdivia contra la conducta de Ribera fueron haciéndose más violentas y apasionadas cada día, y evitaba cuanto le era posible el verse con el Gobernador. Pero continuó enviando sus informes al rey de España y al virrey del Perú para demostrarles que la pacificación de Chile no avanzaba más deprisa por la conducta de Alonso de Ribera y de sus allegados".

 

     (Imagen) Cada vez se llevaban peor el padre Valdivia y el gobernador Ribera. El jesuita envió a dos compañeros suyos, Melchor Venegas y Gaspar Sobrino, adonde el Virrey y el Rey respectivamente, con el fin de desprestigiar a Ribera (partidario de la 'guerra ofensiva') y hacer campaña a favor del utópico sistema de la 'guerra defensiva'. El Gobernador, que vivía el conflicto con serenidad, se hartó al saberlo. Y le escribió al Rey lo siguiente (abreviado): "Las cosas del padre Valdivia han llegado a tales términos que no me puedo evitar dar cuenta a Vuestra Majestad de ellas claramente.  Aunque dure la guerra cien años de la manera que él pretende, solo servirá para gastos. Entienda Vuestra Majestad que este sacerdote siempre ha defendido alguna quimera, pues, con el método que él impuso, no ha hecho nada ni es posible hacerse, y, si hay algunos indios pacificados, la verdad es que quien lo ha hecho son las armas y la gente de guerra que aquí tiene Vuestra Majestad. Estos indios nunca dejan las armas si no se les sujeta, y, si se ven poderosos, nos atacarán sin perder ocasión alguna, porque son nuestros mortales enemigos tanto los de paz como los de guerra, pues siempre se comunican entre ellos para nuestro daño, y esto solo lo puede impedir el temor al castigo. Por eso, le conviene a Vuestra Majestad hacerles la guerra y establecer fortalezas para sujetarlos. Con los socorros que Vuestra Majestad envía, se va poblando la tierra más deprisa, porque así se casan muchos, ya que puede haber labranza, ganadería y aprovechamiento de minas de oro y cobre, con buenos puertos en la costa donde llevar madera para hacer navíos, pues ni en Francia ni Alemania hay mejores comodidades para ello. No tiene Vuestra Majestad en todos sus reinos ninguno más fértil que este, y es muy grande. Aunque ahora suponga algún costo, después de pacificado y poblado será de mucho fruto, además de tener otras grandes utilidades y provechos para defensa de los reinos del Perú. Por estas razones, conviene mucho que Vuestra Majestad acabe esta guerra y someta del todo a los indios. Cuanta más gente y dinero hubiese para esto, se llevará a cabo con más facilidad y brevedad. Pero, si Vuestra Majestad no quisiera hacer más gasto del que hace, sería bastante para sujetar este reino de Chile en el estado en que está consiguiendo los 2000 hombres que se pueden pagar con 'el situado' (dinero destinado a ese fin). Y, respetando a los indios que van aceptando la paz lo que Vuestra Majestad manda, como ya se hace, se puede pasar adelante hasta poblar Purén, Paicaví,  La Imperial y Villarrica, y la guerra estará acabada, pero, de no hacerlo así, habrá muchos inconvenientes, porque siempre quedará la guerra abierta, y los indios la harán cuando quieran".




lunes, 13 de junio de 2022

(1748) Todo el mundo odiaba el método de guerra que imponía el padre Valdivia, pero, curiosamente, el virrey de Perú le apoyaba. Sin embargo el gobernador Ribera le insistía al Rey en que solo la fuerza militar sometería a los traidores mapuches.

 

     (1348) La relación entre el jesuita Valdivia y el obispo franciscano Juan Pérez de Espinosa, quien, como vimos, se quejaba al Rey de su carácter autoritario, del error de la guerra defensiva y de que tratara de ensalzar el prestigio de los jesuitas a base de criticar a las demás órdenes religiosas, se fue deteriorando progresivamente. Valdivia se sintió muy  molesto porque el obispo se había puesto de por medio para impedir que los jesuitas castigaran a uno de sus miembros por un asunto que consideraban muy grave. Tuvo también el obispo algunos roces importantes con los oidores de la Real Audiencia, y, para zanjar estas cuestiones, se fue a Perú en 1613 con la intención de tratarlas con el Virrey, delegando su autoridad en los cabildos catedralicios de Santiago y Concepción, obispados de los que era titular. Viendo Luis de Valdivia que se limitaban sus competencias, renunció oficialmente al poder eclesiástico que había estado ejerciendo. Pero, sorprendentemente, aunque su método de guerra defensiva se había ganado un intenso rechazo popular, y más todavía entre los capitanes y soldados de todo el territorio de Chile, tuvo la alegría el testarudo jesuita de comprobar que la máxima autoridad del virreinato de Perú le seguía apoyando: "El virrey del Perú, entretanto, aunque recomendaba que se procediese con la mayor prudencia sin exponerse (tras el asesinato de los tres jesuitas) a nuevos contratiempos por confiar en la palabra de los indios, había mandado que se continuasen cumpliendo con la mayor escrupulosidad sus órdenes anteriores sobre la guerra defensiva. Las tropas españolas, en efecto, se abstuvieron de intentar empresa alguna militar. Ni siquiera se volvió a pensar en enviar mensajes de paz a los indios enemigos, 'ni hay quien se atreva a llevarlo, escribía Ribera, porque los mapuches tienen cerrada la entrada con orden en toda su tierra de que, cualquiera que entrase con promesas de paz, muera por ello'. Era tal la animosidad que en esas circunstancias desplegaron los bárbaros, que, habiéndose fugado del campo español uno de los indios que trajo el padre Valdivia, cuando volvió a estar entre los suyos, lo descuartizaron por creer que llegaba como emisario para una propuesta de paz".

     Pero la ausencia de ataques por parte de los españoles mitigaba muy poco la pesadilla mapuche: "Los indios que tenían su residencia cerca de los fuertes españoles, eran considerados amigos, pero tenían que sufrir las hostilidades incesantes de las tribus del interior, y se unían también a ellas para hacer correrías militares y robar caballos y ganados, obligando a los españoles a estar en continua alarma. Durante el año 1613, los mapuches hicieron veinticuatro entradas de esa naturaleza. En una de ellas, estuvieron a punto de llevarse a dos padres jesuitas en las inmediaciones de uno de los fuertes del Biobío. Pero, sabiendo estos la suerte desastrosa que les esperaba si caían en poder de los indios, lograron fugarse. Los españoles se limitaban a mantenerse a la defensiva, o a perseguir al enemigo para rescatar el ganado que se llevaba, o los indios amigos que había apresado. Pero esta actitud daba mayor aliento a los enemigos,  y, dirigidos por caciques como Pelantaru, Ainavilu, Tureulipe y Anganamón, repetían sus ataques con la misma o mayor arrogancia".

 

     (Imagen) El gobernador Ribera y los suyos vivían momentos de esperanzas de paz, pero las decepciones eran constantes. Sirva de ejemplo lo que el propio Ribera le comunicó al Rey: "Vinieron desde la costa dos mensajeros de los mapuches para ofrecer la paz de las comarcas vecinas a Tirúa. Decían con entusiasmo que deseaban que la paz llegara hasta La Imperial. Estuvieron en Concepción con el padre Valdivia y conmigo, y se les hizo un buen agasajo. De acuerdo con lo que Vuestra Majestad manda, se les dio nuestra conformidad a lo que deseaban. Pero, mientras estaban ellos aquí mostrando la suya, atacaron otros mapuches con gran número de guerreros el emplazamiento de Lebu, y mataron a doce indios amigos nuestros, hiriendo a otros tantos. También apresaron a cuatro, y, entre ellos, al cacique Cayomari, el cual se escapó la noche siguiente, y volvió con dos heridas al fuerte. Después vino a esta ciudad, donde nos contó lo ocurrido. Dijo que el autor del ataque fue el cacique Huichalicán, y que es él quien fingía tratar la paz, pues nos envió a su hermano como mensajero, pero con la intención de espiarnos. Y así mismo dijo que, de los que atacaron, 140  eran de Elicura (donde fueron asesinados los tres jesuitas), y los otros de Purén,  más 40 de Arauco. También había algunos de los que están ahora en  paz con nosotros, y otros que de nuevo han poblado la tierra del desocupado fuerte de Paicaví. Esta insurrección de los indios de las cercanías del fuerte de Arauco estuvo a punto de tomar grandes proporciones, pero la atajaron las medidas activas y enérgicas que emplearon los españoles en esos lugares". Luego añade el historiador Barros: "El gobernador Ribera tenía, pues, sobrados motivos para no dar crédito a estas manifestaciones de paz de los indios. En los fuertes de la línea del río Biobío, los indios amigos se apoderaron de un cacique llamado Pailahuala, así como de varios individuos de su familia y de su tribu, todos ellos hombres rebeldes y constantes enemigos de los españoles. Llevados presos al fuerte de Nacimiento, comenzaron a ofrecer la paz para recobrar su libertad. Sin embargo Ribera, que pudo descubrir sus verdaderos propósitos, alargó astutamente las negociaciones para mantener quietos a los indios de esa tribu. Canjeó uno de los prisioneros por un cautivo español, pero, habiendo intentado los indios un ataque sobre la plaza de Nacimiento en febrero de 1614 para liberar a Pailahuala, que desde su prisión estaba dirigiendo estas operaciones de los suyos, el Gobernador lo hizo ahorcar después de un juicio sumario en que quedó probada la duplicidad de ese cacique". Ese juicio parece haberse llevado a cabo para que el Rey viera que, aunque se respetaba la 'guerra defensiva', había sido necesario el castigo.




(1747) Del padre Valdivia, se hartaron el Obispo de Santiago y el Gobernador Ribera, a quien (ver para creer) el Virrey de Perú le echaba la culpa de la muerte de los tres jesuitas.

 

     (1347) El efecto de la matanza de los tres jesuitas fue demoledor para los españoles de Chile, que cada vez se mostraban más airados contra los suaves métodos que empleaba el padre Valdivia con los mapuches, con el agravante de que el Rey le había otorgado para la imposición de este sistema una autoridad superior a la del gobernador Ribera. Diego Barros nos cuenta dos incidentes que derivaban de lo ocurrido. En el primero nos muestra al obispo Juan Pérez de Espinosa (ya harto de 'la guerra defensiva', que en un principio le gustaba) sumamente irritado con Valdivia en una carta que le dirigió al Rey: "Después de recordarle al Rey que había servido treinta y ocho años en México y Guatemala, y trece en el obispado de Santiago de Chile, le pedía que le admitiera la renuncia al obispado en los términos siguientes: 'Suplico a Vuestra Majestad que me acepte esta renunciación que hago, y nombre a otro, pues hay muchos pretendientes.  El padre Valdivia (sigue diciendo con ironía) lo merecería por haber traído a costa de Vuestra Majestad doce religiosos de la Compañía a este reino sin qué ni para qué, y por haber engañado al virrey del Perú prometiéndole que iba a pacificar todo el reino de Chile, para lo que ha gastado mucho dinero de la Caja Real, dando a entender que las demás órdenes religiosas, los clérigos y los obispos hemos comido el pan de balde, y que sólo ellos (los jesuitas) son los apóstoles del Santo Evangelio'. Pero, aunque los jesuitas habían perdido la confianza de los españoles de Chile, seguían teniendo en la Corte poderosos defensores, y, como veremos más adelante, pudieron resistir esta tempestad".

     El segundo incidente tuvo que ser muy desagradable para el gobernador Alonso de Ribera: "A finales de febrero de 1613 llegaron a Lima dos capitanes del ejército de Chile que llevaban al Virrey las cartas en que Ribera le contaba lo ocurrido con la muerte de los padres jesuitas. El Virrey no pudo disimular su descontento, y en una carta escrita de muy mal humor, con un tono duro y áspero, echaba a Alonso de Ribera la culpa de esos desastres (era el colmo de la injusticia), atribuyéndolos no a error, sino a un plan premeditado de desprestigiar el sistema de guerra defensiva (qué absurdo). 'Si los de Chile, le escribió al Gobernador, hubieran querido echar a perder los frutos de lo  que se pretendía (con el sistema de guerra defensiva), comprando con la vida de estos padres la venganza y satisfacción de los que han sido contrarios a este sistema, no se podría tomar mejor medio. Si el padre Valdivia no aguardaba a que el beato Ignacio de Loyola o un ángel se lo bajasen a decir de parte de Dios, no sé por qué quiso aventurar a sus compañeros, ni cómo vuestra merced, que tiene mayor obligación de estar más prevenido en estas situaciones, lo permitió, si no fuese pensando que con yerros ajenos se daría más fuerza a la opinión que vuestra merced ha tenido de que no conviene continuar la guerra defensiva, cosa que temí desde el principio, y que, aunque la he disimulado, no puedo callarlo ahora cumpliendo la obligación que tengo con Su Majestad'. El Virrey persistía en creer que el nuevo sistema de guerra era el único que podía producir la pacificación de Chile, pero estaba convencido de que los hombres encargados de ponerlo en práctica tenían interés en que se cometieran esos errores para desprestigiarlo". ¿Se olvidaba el Virrey de que, tanto Felipe III como él mismo, les habían dado la máxima autoridad (por encima del Gobernador) al jesuita Luis de Valdivia en lo que se refería a la práctica de 'la guerra defensiva'?

 

     (Imagen) El Virrey había llegado al extremo de sospechar  que el Gobernador había permitido que los tres jesuitas fuesen a dialogar indefensos con los mapuches, con la sibilina intención de que los mataran y así poder desacreditar el suave sistema de 'guerra defensiva': "Alonso de Ribera rechazó esas acusaciones con la mayor entereza. Recordó la amplitud de poderes que tenía el padre Valdivia, y cómo este, contra las observaciones de los jefes del ejército, había ordenado la entrada de los tres jesuitas al territorio enemigo. Pero esta áspera respuesta del Virrey indujo al Gobernador a cambiar de conducta. Hasta entonces sólo había impuesto su autoridad bajo las órdenes del padre Valdivia,  haciendo ver que, debiendo obedecer los mandatos del Rey sin discutirlos, estaba obligado a prestar todo su apoyo a la guerra defensiva. En adelante, no sólo expresó resueltamente su opinión, sino que impuso su autoridad en todo lo que de él dependía, para evitar la repetición de errores. Así, después de recordar al Rey las faltas cometidas por la credulidad del padre Valdivia, Ribera decidió mantener otra conducta. 'He tomado la autoridad que me toca en lo que Vuestra Majestad me tiene encargado, le escribía, y no se la daré al padre de aquí en adelante si no fuere en lo que convenga al servicio de Vuestra Majestad'. Esta actitud del Gobernador, que coartaba la iniciativa del padre Valdivia, no podía dejar de inquietar a este último, de provocar sus quejas y sus acusaciones, y de hacer desaparecer la paz y la concordia entre ambos. A principios de 1614 la ruptura era completa. Las relaciones, tan cordiales durante algunos meses, habían ido haciéndose más tirantes. Se veían pocas veces, y se comunicaban por medio de cartas. Habiéndole reprochado el padre Valdivia que consintiera que las tropas españolas pasaran en la persecución de los indios más allá de la raya convenida, el Gobernador justificó su conducta en términos duros y tajantes. 'Tenga vuestra paternidad por cierto, le escribía, que, si los métodos que trajo no hubieran venido acá, estaría la tierra en mucha mejor situación, y pudiera ser que estuviese toda en paz. Este sistema defensivo es el que tiene la tierra en mal estado. Y no es posible que esto no lo vean todos los hombres que lo miraren sin pasión. Así, suplico a vuestra paternidad que, la que tiene, la procure echar de sí, y que no busque vuestra paternidad tales ocasiones y tan flacos fundamentos para echarme la carga después de ver fracasados sus intentos". Pero el jesuita Luis de Valdivia, incapaz de dar su brazo a torcer, seguirá en su empeño. La imagen muestra su salida de España en 1611 (un año antes de la tragedia) con otros once jesuitas.




viernes, 10 de junio de 2022

(1746) Incluso ahora los jesuitas siguen muy entregados a la defensa de los indios. Pero uno de los errores del padre Valdivia fue despreciar la labor de los otros religiosos, en cuya defensa salió ante el Rey el obispo de Santiago.

 

     (1346) Al padre Luis de Valdivia le estaban saliendo mal las cosas. Fue demoledor para su campaña a favor de 'la guerra defensiva' la masacre que hicieron los mapuches con los tres jesuitas que habían ido a visitarlos sin ningún soldado español y en son de paz. Hasta el obispo de Santiago, Juan Pérez de Espinosa, y otros religiosos que, en un principio, simpatizaron con ese sistema pacifista lo rechazaron tras ocurrir la tragedia. Por si fuera poco, Valdivia y sus compañeros propagaban la idea de que muchos de los clérigos que estaban en Chile eran poco ejemplares y descuidaban la evangelización: "Contaban que no había sacerdotes que predicasen a los españoles ni a los indios. La conversión de estos no había avanzado, según ellos escribían, por la falta de operarios evangélicos. En cambio, aseguraban que, desde que ellos llegaron a Chile, todo tomaba otro aspecto. Se establecían cofradías, se aumentaban las procesiones, y la piedad religiosa se robustecía con las numerosas conversiones de infieles. Los padres hacían llegar estas noticias a Europa, y sus cronistas las propagaban en sus libros. El padre Valdivia, que se mostraba como testigo y actor de esas conversiones, lo había repetido así en Perú y en España. Cuando estas noticias llegaron a Chile, se produjo en el clero un sentimiento de indignación. Las otras comunidades religiosas no disimularon sus sentimientos hostiles hacia los jesuitas, y el cabildo de Santiago se creyó en el deber de salir en defensa de aquellas. 'Vuestra Majestad ha sido mal informado -escribía al Rey- de que la palabra de Dios no ha sido predicada en este reino de Chile a los nativos, pues en el comienzo de la conquista ya hubo frailes de San Francisco que con mucho cuidado y fervor les predicaban, y los de Santo Domingo, y en las ciudades luego asoladas estuvieron adoctrinados todos los indios durante más de cuarenta años, prmaneciendo con ellos frailes y clérigos muy ejemplares, como consta de las probanzas que enviamos. No ha sido falta de los religiosos el no haber vuelto a aquellas tierras, sino prudencia, como lo demuestra la muerte de los padres de la Compañía de Jesús que fueron a hacerles saber las beneficios que Vuestra Majestad les hacía. La conquista tiene que hacerse con armas, y, para la predicación, no se necesita que Vuestra Majestad haga gastos, ya que muchos de los religiosos de San Francisco, Santo Domingo, San Agustín y la Merced han  nacido aquí, y son más apropiados, como conocedores de sus lenguas, y, además, son más amados por los indios, como lo prueba el hecho de que muchos fueron cautivados y no los mataron".

     También el obispo de Santiago, Juan Pérez de Espinosa, le dio a entender al Rey que los métodos del jesuita Luis de Valdivia estaban resultando contraproducentes: "Me escribió Vuestra Majestad el 1º de enero de 1613 ordenándome que le diera el gobierno del obispado de La Imperial al padre Luis de Valdivia, de la Compañía de Jesús, y lo puse por obra puntualmente. Lo que hace falta es que tenga el efecto que se desea, y que los indios de guerra vengan en son de paz, lo que dudo que suceda como el padre Luis de Valdivia le aseguró a Vuestra Majestad. Pues, en realidad, se ha visto y se va viendo cada día que los efectos son contrarios".

 

    (Imagen) Parece que, entre los jesuitas, ha habido siempre una línea de continuidad histórica en defensa de los nativos, que ha llegado hasta nuestros días con respecto a los mapuches, como vimos en la imagen recientemente dedicada al jesuita chileno Juan Fuenzalida, y que provocó, el año 1989 en Guatemala, el asesinato de seis miembros de la orden. El padre Luis de Valdivia, en su empeño de impedir que los encomenderos se sirvieran de los indios casi como esclavos, buscó, lógicamente, la ayuda de alguien que hizo sus estudios en Salamanca rodeado de partidarios del humanismo jurídico: HERNANDO DE MACHADO NÚÑEZ CARVAJAL, nacido en Zafra (Badajoz) el año 1557. Conseguido un puesto en la Real Audiencia de Quito, tomó posesión del cargo en 1592, llegando tras un complicado viaje en el que, por causa de un naufragio, perdió gran parte de sus bienes. Fue en diciembre de 1610 cuando asumió el puesto de Fiscal de la Audiencia de Santiago de Chile, y recurrió a él como tal, en 1613, Luis de Valdivia para hacer presión a favor de los indios, teniendo tal éxito Hernando en su gestión, que el virrey de Perú le encargó otro expediente similar, dándole incluso poder para liberar a seiscientos esclavos indios. En 1620, alcanzó el alto nivel de Oidor de la Real Audiencia de Santiago de Chile, donde siguió ejerciendo hasta su fallecimiento, ocurrido el año 1630. Se había casado en España con Ana Núñez de Chaves, nacida en Trujillo (Cáceres), y tuvieron cinco hijos, entre los cuales hubo tres varones que dejaron prueba de que el ambiente familiar estaba impregnado de vocación jurídica y devoción cristiana. El mayor, JUAN MACHADO DE CHAVES, clérigo que publicó un libro de amplia difusión y gran éxito, titulado 'El Perfecto Confesor y Cura de Almas' (editado en Barcelona el año 1641), llegó a ser nombrado obispo de una diócesis muy alejada de Chile, la de Popayán, que se encuentra en territorio colombiano lindante con Ecuador. Alguna actividad tendría también en este país, ya que, en la ecuatoriana ciudad llamada Riobamba, lo siguen recordando (existe allí una calle con su nombre). La designación tuvo lugar el año 1653, pero no pudo ejercer el cargo de obispo por  fallecer antes de tiempo. El segundo hijo se llamaba Pedro Machado de Chaves, nacido el año 1590, y tuvo una brillante carrera judicial en la Real Audiencia de Santiago de Chile, llegando a ser, como su padre, primeramente fiscal de la misma, y después oidor en ella, que era el máximo nivel. Pero también profesó como clérigo, ya que consta que fue vicario del obispado. Falleció en dicha ciudad el año 1647. El tercer hijo, Francisco Machado de Chaves, siguiendo la pauta familiar, figuró como miembro clerical del Tribunal de la Inquisición. Falleció el año 1661.




jueves, 9 de junio de 2022

(1745) El padre Valdivia seguía exigiendo el sistema de ‘guerra defensiva’, y afirmaba que no fue la causa de la muerte de los tres jesuitas. También se empeñaba en prohibir (con más razón, pero poco realista) el servicio de los indios a los españoles.

 

     (1345) El jesuita Luis de Valdivia y sus compañeros religiosos no iban a ceder en su defensa del mantenimiento de la suave 'guerra defensiva': "El padre Valdivia estaba obligado a explicarle al Rey las causas del mal resultado de sus trabajos y de la guerra defensiva. En sus comunicaciones, y en las cartas que escribían los otros jesuitas, atribuían el origen de todos los contratiempos a la fuga de las mujeres del cacique Anganamón (huidas adonde los españoles). Este caudillo, decían, estaba dispuesto a dar la paz pero, después de ese incidente, se había enfurecido, y se convirtió en el más encarnizado enemigo de los españoles. Los cronistas de la orden de los jesuitas, repitiendo estas mismas explicaciones, han convertido a Anganamón, que no era más que uno de tantos caciques rebeldes, en un soberano revestido de una gran autoridad entre los suyos. El gobernador Ribera, mirando las cosas con ojos más objetivos, las explicaba de muy distinta manera. 'Podrá ser que hayan informado a Vuestra Majestad -escribía con este motivo- que el no haber querido entregar las mujeres de Anganamón tuvo que ver con que los indios matasen a los religiosos y no aceptasen la paz. Como dije a Vuestra Majestad, las mujeres de Anganamón, que son una española y una india, vinieron huidas al fuerte de Paicaví. Fue algunos días después de esto cuando llegaron al territorio indio y los mataron, y es cosa evidente que, si dependiera solamente de Anganamón su muerte, se llegara a una paz para entregar a sus mujeres a cambio de ellos. Pero, como era trato general de todos los indios el matarlos, no podría Anganamón hacer menos que consentirlo. Y se sabe que los indios de guerra habían decidido coger allá a los jesuitas para matarlos ya antes de que las mujeres huyesen'. Tal era también la opinión que acerca del desenvolvimiento de estos sucesos se habían formado todos los capitanes del ejército".

     Pero los jesuitas se servían de explicaciones sobrenaturales para darle un sentido a aquella tragedia: "La muerte de los tres padres jesuitas el 14 de diciembre de 1612 había causado una profunda impresión en todo el reino. Se acusaba al padre Valdivia de haberlos sacrificado temerariamente por no querer oír los consejos de los hombres más experimentados. Mientras tanto, el mismo padre Valdivia y los otros jesuitas querían revestir la muerte de esos padres de un carácter sobrenatural, presentándola como un glorioso martirio sufrido por la causa de la fe. Se decía que el padre Horacio Vechi había dicho muchas veces 'que no se convertirían aquellos gentiles hasta que se regase aquella tierra con sangre de mártires, y que él deseaba ser el primero, y que el padre Aranda había profetizado su muerte'. Se hicieron también muchas alusiones a señales que daban pruebas de que sus almas habían alcanzado la gloria. La población española que entonces había en Chile estaba inclinada a dejarse dominar por este género de piadosas invenciones. Pero, en esta ocasión, aunque sintiendo vivamente la muerte de aquellos religiosos, todos recibieron con desconfianza y hasta con burla aquellos pretendidos milagros, y, a pesar de las penas decretadas por el Gobernador contra los que se atrevieran a censurar las medidas que tomaba el padre Valdivia para organizar la guerra defensiva, el descontento público se hacía sentir por todas partes sin que nada pudiera contener sus manifestaciones".

 

     (Imagen) La muerte de los tres jesuitas a manos de los mapuches pone en evidencia el instinto sanguinario de estos indios, ya que sabían de sobra que eran inofensivos, y también la ingenuidad y terquedad del padre Valdivia imponiendo el sistema de guerra exclusivamente defensiva. Los españoles no le soportaban por eso y por otra imposición suya, también derivada de su  deseo de proteger a otros indios, los pacíficos: "Los encomenderos se habían resistido siempre a la orden del Rey que  les prohibía tener a su servicio indios para sus labranzas, ya que les resultaría ruinosa, y hasta entonces habían conseguido su aplazamiento, pero ahora parecía mucho más difícil dejar de darle cumplimiento. En virtud de las órdenes del Rey, el padre Valdivia en el obispado de Concepción, y el licenciado Hernando de Machado, fiscal de la Real Audiencia, en el de Santiago, habían visitado las encomiendas para preparar la puesta en marcha de esta reforma. Estos primeros trabajos produjeron una gran alteración entre todos los que temían perder sus bienes. Y, por ello, se creyó necesario recurrir al Rey para pedirle la cesación de la guerra defensiva y la suspensión o modificación de las ordenanzas relativas al servicio personal de los indígenas. Muchos capitanes, funcionarios y vecinos de prestigio escribieron memoriales para la Corte acerca de los inconvenientes de la guerra defensiva. Los cabildos formularon también extensas exposiciones de los hechos ocurridos en el último año, y acordaron que, con el carácter de apoderado suyo, fuera a Madrid a presentárselas al Rey un religioso de mucho prestigio, fray Pedro de Sosa, guardián del convento de San Francisco de Santiago. Se quería también que fuera con él el coronel Pedro Cortés de Monroy (en la imagen, el inicio de su largo expediente de méritos). Era éste el militar de más experiencia de la guerra de Chile, y, por la rectitud de su carácter y la importancia de sus servicios, gozaba de un alto prestigio en el país. Todo hacía creer que en la Corte sería recibido  con estimación, y que su testimonio sería decisivo en las resoluciones que tomase el gobierno del Rey. Pedro Cortés contaba entonces ochenta años (77 exactamente) de edad y había militado cincuenta y seis de ellos en Chile recorriendo todos los grados de la milicia, participando en ciento diecinueve combates. Aquellos dos comisionados, el padre Sosa y el coronel Cortés, se embarcaron en Valparaíso a fines de abril de 1613 para ir a gestionar en España la derogación de las ordenanzas y cédulas que tenían alarmados a los pobladores de Chile (relativas a los dos temas más preocupantes: el sistema de la guerra defensiva, y el temor a la ruina que traería el cese del servicio de los indios en la encomiendas de los españoles)".




miércoles, 8 de junio de 2022

(1744) El sistema de ‘guerra defensiva’ contra los indios, que había impuesto el padre Valdivia con el permiso del Rey, era tan nefasto, que el Gobernador hacía trampas para poder atacar sin contemplaciones a los mapuches.

 

     (1344) El gobernador Alonso de Ribera le encargó al maestre de campo Núñez de Pineda que defendiese los fuertes de Arauco y de Leuco, y él se fue a Concepción para protegerla del acoso de los mapuches fronterizos: "Los lamentos incesantes de los indios de paz le inquietaban sobremanera. Los bárbaros de Purén atacaban sin descanso a las tribus indígenas que vivían tranquilas cerca de los fuertes, les quemaban sus chozas, les destruían sus sembrados, les robaban sus mujeres y sus hijos y creaban una situación que hacía imposible conservar la tranquilidad. El mismo padre Valdivia, penetrado del peligro que corría el mantenimiento de la paz entre esas tribus, pasó también al norte del Biobío para hablar con el Gobernador, y buscar algún remedio contra aquel estado de cosas (es de temer que continúe con sus rígidos criterios). Se celebró con este motivo el 14 de febrero de 1613 una junta de guerra, y el Gobernador, acompañado por el padre Valdivia, recordó a sus capitanes las órdenes terminantes del virrey del Perú, que exigían limitar a  la guerra puramente defensiva las hostilidades contra los indios. No obstante, les pidió sus pareceres acerca de cómo se debían aplicar esas reglas en aquellas circunstancias. 'En caso de que los indios de guerra, decían las providencias del Virrey, hiciesen algún ataque en tierras pacíficas, solamente se les ha de rechazar y seguir hasta echarlos de aquellas fronteras, pero luego debe cesar la persecución por mayores que sean los daños recibidos, porque el volver a la guerra ofensiva no la podrá hacer nadie sin licencia de Su Majestad o mía en su nombre'. Pero, con el acuerdo de todos los capitanes, y con la aprobación del padre Valdivia, se decidió autorizar a los indios amigos a entrar en campaña contra los bárbaros de Purén, debiendo acompañarlos el ejército español como auxiliar, 'lo cual juzgaron todos, dice el acuerdo, ser meramente guerra defensiva, y que no se hace por otro fin sino por la defensa de los dichos indios amigos, conforme a la voluntad de Su Majestad". O somos o no somos. La decisión más bien parece un elaborado encaje de bolillos, delegando el derecho de violencia en los indios amigos, pero, además, pudiendo ir junto a ellos y defenderlos militarmente si hiciera falta, lo que equivalía a incumplir la absurda norma de la llamada Guerra Defensiva. Se diría que el padre Valdivia estuvo de acuerdo en que se infringiese (sin que lo pareciera) su querida táctica.

     También el historiador Diego Barros saca la misma conclusión, y hasta un ciego lo vería: "Autorizada de esta manera por el padre Valdivia, y, mediante este curioso medio, la expedición contra el territorio enemigo, el gobernador Ribera preparó rápidamente una campaña semejante a las que se hacían antes de decretarse la guerra defensiva. 'A 23 de febrero, escribió el mismo Gobernador, pasé el río de Biobío con el ejército de Vuestra Majestad para entrar en Purén y su provincia, donde hice daños muy grandes al enemigo, y fueran mayores si salieran a pelear como lo han hecho los años pasados. Se mató a algunos indios y se prendieron cincuenta niños y mujeres, quemándose muchos ranchos. De nuestra parte se perdió a un español que, sin permiso, se fue a comer uvas a las viñas de Angol, donde lo mataron unos indios".

 

     (Imagen) Hemos visto que el rey Felipe III, influido por el jesuita Luis de Valdivia, dio orden de que se utilizara con los mapuches la llamada 'guerra defensiva', que prohibía ataques de conquista, e incluso le otorgó al reverendo autoridad por encima del gobernador Ribera, el cual, con una artimaña, se saltó la norma y dio un buen castigo a los mapuches. Luego le escribió al Rey, para hacerle ver que  la guerra tenía que ser violenta, lo siguiente: 'Fue esta batalla de gran consideración para animar a nuestra propia gente y desanimar a los enemigos, dándoles a entender que tiene Vuestra Majestad fuerzas para castigar sus excesos, porque creían que, por falta de ellas y por miedo de los españoles, se utilizaba el sistema que nos trajo el padre Luis de Valdivia. Se sabe por experiencia en este reino de Chile que, donde no hay población de españoles, no hay paz. Y esto se vio muy claro el año pasado al despoblar Paicaví, pues los pocos indios amigos que estaban en la provincia de Tucapel se han unido a los enemigos para hurtarnos lo que han podido, y los de Elicura, al serles quitada su fortaleza, han venido a malear a los indios amigos. Y no es extraño que se hayan levantado al quitarles dicho fuerte, pues no pueden sustentar la paz, aunque ellos quieran, ya que han quedado desamparados de nuestras fuerzas,  sujetos a las del enemigo, y necesitados de unirse a ellos, además de que todos son unos y nos tienen el mismo odio'. A todo esto, el historiador Diego Barros añade: "Así pues, el nuevo sistema de 'guerra defensiva', sin favorecer la pacificación del país, sino, por el contrario, estimulando las hostilidades de los indios, solo había conseguido hacer retroceder algunas leguas la línea de frontera con los mapuches que ya tenían ganada los españoles. Un año escaso llevaba establecida la guerra defensiva, y ya había caído en el mayor desprestigio. Acogidas con desconfianza y hasta con resistencia por casi todos los pobladores de Chile, las órdenes del Rey habían sido, sin embargo, cumplidas con mucha exactitud en la forma en que las comprendía el padre Valdivia. Nadie se había atrevido a desobedecer los mandatos del clérigo, hasta el punto de que el impetuoso gobernador Ribera y los capitanes que servían a sus órdenes, aun conociendo los errores que se cometían y que ellos no podían impedir, se habían convertido, por espíritu de obediencia al soberano, en ejecutores de un sistema que desaprobaban. Pero los primeros resultados de este ensayo eran de tal manera desastrosos, que por todas partes se hicieron oír las más violentas quejas, y las más ardorosas acusaciones contra los sostenedores de aquella reforma impuesta tan rígidamente". En la imagen, Felipe III luciendo la famosa perla La Peregrina.




martes, 7 de junio de 2022

(1743) El padre Valdivia, a pesar de la tragedia, siguió firme en su sistema de suaves maneras con los mapuches. Para mayor desgracia, el Rey le había concedido autoridad política.

 

     (1343) Los tres jesuitas demostraron un valor excepcional. Tenían que saber que había un gran riesgo en su visita a los mapuches, pero pudo más su confianza en los milagros y en las teorías pacifistas del padre Luis de Valdivia. Para ellos, era una apuesta que merecía la pena.  Nos cuenta Diego Barros: "No se pudo saber con exactitud cómo se llegó al desenlace de aquella tragedia, según algunos informes,  'los tres padres rogaron con muchas lágrimas que no los matasen,  y les decían a los indios que tenía poco mérito dar muerte a tres hombres rendidos y desarmados, que, por hacerles un bien, se habían puesto en sus manos'. El padre Valdivia permanecía entretanto en el fuerte de Lebu. Desde allí había enviado a un indio llamado Cayumari para llevarles una carta a los tres padres Aranda, Vechi y Montalbán. El 16 de diciembre ese emisario estaba de vuelta, y contó la tragedia que el día anterior tuvo lugar en Elicura. Había hallado los cadáveres de los padres, desnudos y cubiertos de heridas, y contó que, por dos indios, 'supo que ayer, de mañana, fue un grupo de enemigos a Elicura, y mataron a nuestros tres padres y a otros caciques del lugar, llevándoles sus mujeres e hijos, y que pelearon con los de Purén a la vuelta, los cuales han sentido mucho esta maldad, asegurando que están de parte de los españoles y dispuestos a luchar junto a ellos'. Pero esta información de Cayumari era un artificio para justificar no sólo a los indios de Elicura sino, también, a los de Purén, y para incitar a los españoles a penetrar en aquellos valles del interior. El padre Valdivia, sin embargo, dio entero crédito a estas falaces explicaciones. Inmediatamente se las comunicó a Ribera, pidiéndole que sin tardanza fuera con sus tropas al territorio enemigo. 'Vaya sin demora, le escribía, a por estos santos cuerpos, ya que, agradado Nuestro Señor por el sacrificio que estos santos padres le han hecho, ha de castigar a los indios con su poderosa mano, o ha de cambiar sus bárbaros ánimos. Mucho conviene, le decía al concluir su carta, que entre Vuestra Señoría pronto a ganar el territorio de Elicura antes de que los enemigos lo ganen para sí, y,  si se pudiera hacer allí un fuerte, hágase donde mejor le pareciere".

     Ya vemos que el padre Valdivia se apoyaba en tres pilares para mantenerse fijo en la misma dirección: era terco como una mula, confiaba ciegamente en la providencia divina (como si tuviera hilo directo continuo con Dios), y, además, disponía del poder político que le había concedido el Rey para imponer el sistema de la Guerra Defensiva, que tanto les gustaba a los mapuches: "Alonso de Ribera se hallaba entonces en la población de Arauco. Él y sus capitanes estaban muy inquietos por la actitud de los indios. ya que sobraban motivos para esperar un levantamiento general, aun en las provincias que estaban de paz. Cada día llegaba a su campamento alguna noticia alarmante, robos de caballos, muerte de algunos sirvientes, o correrías y depredaciones ejercidas en las cercanías. En esa situación, llegó a Arauco, en la tarde del mismo día 16 de diciembre, la carta del padre Valdivia. Las graves noticias que ella comunicaba, vinieron a confirmar los recelos del Gobernador y de sus compañeros".

 

     (Imagen) Tras saber el gobernador Alberto de Ribera que los mapuches habían matado a tres jesuitas, reunió a su gente: "Leyó a sus capitanes la carta del padre Valdivia y les pidió que dieran sus pareceres. 'Está comprobado, dijo el maestre de campo Núñez de Pineda, que todo lo prometido por los indios lo han hecho con fraude y traiciones, y es de suponer que seguirán haciendo lo mismo'. Su opinión era que el Gobernador debía limitarse a defender las fortalezas y proteger los indios amigos, porque la entrada del Gobernador en Elicura (donde fueron masacrados los jesuitas), daría origen a un levantamiento general de los indios. El parecer de los otros capitanes fue también contrario a la expedición que pedía el padre Valdivia,  quien luego, pagando a algunos indios amigos, recuperó los cadáveres de los jesuitas asesinados en Elicura, siendo después trasladados a Concepción, y conservados como reliquias de santos en la iglesia de los jesuitas. Pero, aunque el Gobernador estaba resuelto a mantenerse a la defensiva, las audaces provocaciones de los indios le iban a obligar a entrar de nuevo en campaña. Incluso el padre Valdivia, a pesar de su fe inquebrantable en el sistema de guerra solo defensiva, dejó ver que  reconocía su inutilidad. 'Se convocaron luego muchos indios enemigos, decía en una carta, para venir a hacer daño a los indios de Catirai y de Arauco porque nos habían aceptado la paz. Pero, gracias a Nuestro Señor, salió nuestro ejército y los desbarató,  matando a cincuenta, si bien es verdad que, antes de que nuestro ejército acometiera, ellos habían matado ya a quince indios amigos, y se llevaron mujeres y muchachos, siendo, entre muertos y vivos, un total de noventa y seis. Por nuestra parte,  cogimos vivos a seis indios, de quienes logramos saber todo lo que convino a través de un intérprete. Esto ocurrió estando yo presente. La otra parte del ejército español atacó el fuerte de nuestros enemigos, situado en  Catirai y se llevó cuatro indios y doce caballos, en la cual refriega no hubo muerte de español alguno. Pocos después han venido algunas tropas pequeñas de treinta indios, y de a doce, atacando seis veces en diversas partes y llevándose unas seis indias que estaban en sus sementeras, de las cuales han regresado algunas, pero también ladrones que entran con sutileza a hurtamos nuestros caballos'. Así, pues (concluye Diego Barros), la guerra defensiva y las aparatosas proposiciones de paz, solo habían servido para envalentonar a los mapuches y hacer más difícil y precaria la situación de la frontera que nos separa de sus tribus". El registro de la imagen muestra que el granadino Luis de Valdivia salió de España en 1602 en compañía del provincial de México, Ildefonso de Castro, y de otros 23 jesuitas.




lunes, 6 de junio de 2022

(1742) La terquedad del jesuita Luis de Valdivia le costó la vida a tres misioneros compañeros suyos. Pero nada ni nadie le hará renunciar a su sistema para pacificar a los mapuches.

 

    (1342) Aunque hacía falta que fuera un soldado español a parlamentar con los mapuches para poder traer una versión fiable de sus intenciones, no era nada fácil la tarea. Sin embargo, el hecho de tener prisionero a uno de sus caciques, Tureulipe, mitigaba el riesgo, y, con este panorama, se ofreció voluntario a correr la aventura el sargento asturiano Pedro Meléndez. Partió en septiembre de 1612, y no tuvo problemas con los mapuches, e incluso los indios principales lo trataron bien y dieron muestras de querer la paz, aunque era un simple fingimiento. Como era de esperar, al volver Meléndez, el padre Valdivia dio por hecho que la paz estaba ya al alcance de las manos. El preso Tuleuripe le siguió el juego, dejándole convencido de que, si lo ponían en libertad, él conseguiría con facilidad convencer a todos los caciques mapuches para terminar la guerra. Fue inútil que Ribera y otros capitanes le hiciesen ver al padre Valdivia lo arriesgado que era dejar libre a un indio tan peligroso, pero él insistió en su parecer, e hizo valer los poderes que le había otorgado el virrey de Perú. A finales de octubre salió de Concepción llevando consigo a Tureulipe, para ir a negociar con los caciques mapuches. Cuando llegaron ante el gran cacique Anganamón, se efectuó el canje de los prisioneros:  "Los indios entregaron al alférez don Alonso de Quesada y al soldado Juan de Torres, y recibieron al cacique Tureulipe, que no cesaba de mostrar deseos de ver establecida la paz,  así como al hijo de un cacique apresado por los españoles hacía poco tiempo. El padre Valdivia habló a los indios de las disposiciones que acababa de dictar el Rey para establecer la paz. Ellos se mostraron dispuestos a dejar las armas, pero dijeron que les era necesario ponerse de acuerdo con las tribus de La Imperial y de Villarrica para conseguir la pacificación del país. Ellos mismos se ofrecían a ir a entablar esas negociaciones, y a volver en poco tiempo a Paicaví para perfeccionar la paz. El padre Valdivia expresó su deseo de que llevasen en su compañía a dos jesuitas para que éstos comenzasen la predicación religiosa y preparasen los ánimos de aquellas tribus en favor de los arreglos pacíficos, pero el cacique Anganamón y sus compañeros contestaron que sería mejor aplazar la entrada de los padres para cuando ellos volvieran a terminar el pacto que habían iniciado. En la mañana del 9 de diciembre volvieron los indios que habían acudido al parlamento de Paicaví. El padre Valdivia, estando ya en Concepción, había resuelto que, para una nueva negociación, fueran estos indios con dos jesuitas, y su elección había recaído en los padres Martín Aranda y Horacio Vechi, muy entregados a la conversión de los nativos y conocedores de su idioma. Debía acompañarlos también un hermano coadjutor   llamado Diego de Montalván. Esta resolución, hija de la más temeraria ceguera, fue combatida ardorosamente por el Gobernador y por todos sus capitanes: 'La entrada de los padres fue contra la voluntad de todo el ejército, le escribió Ribera al Virrey, y no hubo hombre que no les tuviese lástima. Pero  fue un asunto que corrió sólo por cuenta del padre Valdivia, como Vuestra Excelencia lo verá por las copias de sus cartas que le envío, donde claramente dice que obedece a impulsos del Espíritu Santo, y a las órdenes de su provincial. Y si yo me opusiera a esto, habría dicho el padre Luis de Valdivia que yo impedía la paz. Se le dieron todas las razones, además de las que él vio por sus ojos y oyó a los indios, y hasta a las mujeres del cacique Anganamón, pero nada sirvió para que dejara de enviar a los padres". También el jesuita Luis de Valdivia era un hombre valiente, pero víctima de su espíritu de iluminado providencialista, muy propio de un fanático.

 

     (Imagen) Cumpliendo la insensata orden del padre Valdivia, los jesuitas Martín Aranda, Horacio Vechi y Diego de Montalbán fueron adonde los mapuches para convencerlos de que aceptaran una alianza de paz definitiva: "Además, el padre Valdivia, al dejar libre al cacique Utablame y a otro indio les facilitó una nave 'para que se sepa que se confía mucho  en la paz que han aceptado'. El gobernador Ribera, muy preocupado y disgustado por el viaje de los tres jesuitas, se fue a Arauco, mientras el padre Valdivia se dedicó a redactar un escrito sobre lo ocurrido, para que en Concepción, en Santiago, en Lima y en España se conociesen las grandes ventajas alcanzadas por sus esfuerzos con el fin de llegar a la completa pacificación de los indios. Durante el inicio de la marcha de los tres jesuitas todo transcurrió en la mayor tranquilidad. Y así, le escribieron al padre Valdivia llenos de satisfacción por el buen recibimiento que se les hacía y por la llegada de otros indios que parecían dispuestos a aceptar la paz. 'El contento que todos tienen de vernos en su tierra, escribían los padres, es increíble. Un indio explorador que hay aquí nos dice que toda la tierra está tranquila, y que ya no hay persona que contradiga esta paz, porque están todos convencidos de que no hay fraude ninguno de nuestra parte, que es lo que se temían. Mañana acabarán de mandar mensajeros a otras partes, y se han comprometido a arriesgar las vidas si hiciera falta hasta que lleguemos a nuestro destino. Todo va hasta ahora muy bien, y esperamos que Nuestro Señor nos dará muy buenos logros'. Aquel contento de los bárbaros, que los padres creían un signo de paz, eran, por el contrario, los preparativos para ejecutar un acto de la más feroz perfidia. En la tarde del 14 de diciembre, los indios hicieron alto cerca de las orillas del lago de Lanalhue. En la mañana siguiente, llegaron al campamento muchos indios de Purén, y entre ellos los arrogantes caudillos Anganamón, Tureulipe y Ainavilu. No se hizo esperar largo tiempo la consumación del crimen que aquellos salvajes tenían preparado. Los tres padres jesuitas fueron despojados de sus vestidos y llevados a un sitio abierto y despejado donde los piqueros pudieran esgrimir cómodamente sus armas, siendo allí alanceados inhumanamente. El padre Aranda recibió, además, un macanazo en la cabeza que, sin duda, acabó de quitarle la vida. Sus cuerpos, desnudos y cubiertos de heridas, fueron dejados en el campo. Después de esta matanza tan pérfida como brutal, los indios se dispersaron en todas direcciones para huir de la persecución de los españoles, que creían inevitable". En la imagen, versión artística de la atroz muerte de los tres jesuitas en Elicura.




domingo, 5 de junio de 2022

(1741) El jesuita Luis de Valdivia procuraba por todos los medios imponer las buenas maneras con los mapuches. Hoy en día, 500 años después, los jesuitas, dirigidos por Juan de Fuenzalida, siguen luchando contra la discriminación de los mapuches.

 

     (1341) Había indios que acogían muy favorablemente las normas de buen trato que los españoles empezaban a aplicarles, pero eran hechos aislados que tenían poca influencia en la terminación de la guerra: "Mientras tanto, otras tribus inquietaban constantemente a los indios que vivían en paz, les robaban sus ganados, les tomaban algunos cautivos, les quemaban sus chozas y los excitaban a la revuelta. Los españoles tenían orden de permanecer impasibles, pero esta actitud era para los bárbaros una prueba de impotencia. Un caudillo muy prestigioso de Purén, llamado Tureulipe, mozo turbulento y muy diestro jinete, hizo una correría en la zona de Arauco, y fue a atacar este emplazamiento. Un destacamento español, mandado por el capitán don Íñigo de Ayala, que salió a su encuentro, dispersó fácilmente a los indios, les quitó cuarenta caballos y apresó al caudillo Tureulipe, el cual fue enviado a Concepción, donde Ribera, conociendo la importancia de semejante prisionero, se empeñó en retenerlo cautivo".

     A pesar del optimismo inicial, muy pronto se produjeron reacciones negativas contra lo que ya muchos consideraban un comportamiento con los indios demasiado ingenuo: "La repetición de estas correrías de los indios hizo confirmar en su opinión a los que creían que la llamada guerra defensiva había de aumentar los peligros sin ningún provecho. Los militares, y hasta los religiosos que no eran jesuitas, hacían críticas de estas medidas administrativas. El padre Valdivia, sin embargo, mantuvo una obstinación inamovible, y se irritaba  sobremanera contra los que le llevaban la contraria. El Gobernador, siempre complaciente con sus exigencias, mandó pregonar en Santiago que nadie se atreviera a hablar contra las órdenes de Su Majestad relativas a la guerra defensiva, so pena de una sanción económica y de tener que servir un año en el ejército. Pero estas advertencias no podían impedir las murmuraciones y las críticas a la guerra defensiva. Por otra parte, el padre Valdivia temió que, por medio de escritos enviados al Rey, pudiera  ser objeto de acusaciones que desacreditasen sus trabajos y que ocasionasen su desprestigio. Para contrarrestarlas, preparó en la misma ciudad de Concepción, una información de testigos acerca de todo lo que había hecho en Chile en los cuatro últimos meses, y otra, en la ciudad de Santiago, por medio del hermano Francisco Arévalo, de la Compañía de Jesús. Estas informaciones eran tendenciosas, ya que los declarantes se inclinaban a defender las actuaciones del padre Valdivia, pero él  creyó que bastaban para justificarlo. Quiso, además, tener en la Corte un apoderado que se encargase de la defensa de su conducta.  Confió esta misión al padre Juan de Fuenzalida, uno de los jesuitas que con él habían venido de España. Los mensajeros que el padre Valdivia había enviado hasta entonces para ofrecer la paz al enemigo eran todos indios. Las respuestas que traían los que volvieron, eran generalmente contradictorias, pero el jesuita las interpretaba todas como favorables, recibiendo con agrado a los que les comunicaban que las tribus del interior estaban dispuestas a deponer las armas, y reprendiendo como embusteros a los que le traían noticias. Tales agentes no podían inspirar una confianza seria, y el Gobernador quería enviar a uno a cuya palabra se pudiera dar más crédito".

 

     (Imagen) Hemos visto que el jesuita Luis de Valdivia, con la intención de que se valorara positivamente en la Corte su táctica de tratar amistosamente a los mapuches, envió ante el rey Felipe III a su compañero Juan de Fuenzalida. Por resultar curioso, haré un breve resumen de una entrevista hecha a otro Juan (Eduardo) Fuenzalida, un chileno también jesuita, y que, asimismo, es un defensor de los mapuches porque siguen todavía en conflicto con la sociedad chilena. Actualmente hay allí 'comunidades' en las que habitan los mapuches, y, en una de ellas, Tirúa, molestos por no ser atendidas peticiones suyas, 27 comuneros, tras una huelga de hambre, se apoderaron del ayuntamiento. El gobierno central actuó con mano dura, y el padre Fuenzalida, superior de los jesuitas de la zona,  dice:  "Frente a los hechos claramente racistas ocurridos, las comunidades reaccionaron tomando el edificio, pero sin daños a personas ni a los bienes municipales. A pesar de la opinión de las autoridades locales, el gobierno central envió un gran contingente policial y aparatosos medios de control (como aviones, drones, carros antidisturbios y lanzagases). Luego se procedió al desalojo. A partir de ahí comenzó una espiral. Se oían disparos, hubo quema de casas, manifestaciones y daños en las ya sensibles relaciones entre la población local, encendiendo los ánimos de todos. En el tema mapuche, el único avance que ha habido es a nivel de conciencia ciudadana. Si se lee parte de la prensa, se aprecia una mayor conciencia de que es preciso abordar el problema político de fondo, y no solo concentrarse en la necesidad de orden y respeto aparente de la ley. Los jesuitas estamos presentes desde el año 2000 en el territorio de Tirúa. Durante los distintos conflictos y con diferentes gobiernos, ha habido acercamientos con las autoridades políticas. Sin embargo, en estos 20 años hemos visto buenas intenciones pero malas medidas, poco interés en solucionar el conflicto en su vertiente política, y poca sensibilidad al diálogo intercultural que implica. La mirada centralista desde la capital del país, y los mandatos presidenciales de cuatro años, han hecho fracasar cualquier intento por enfrentar de fondo el tema mapuche. El abordaje intercultural y político son fundamentales y se hacen urgentes. Y eso necesita tiempos e intenciones que hasta ahora no han sido considerados". Casualidad o no, poco después el jesuita Juan Fuenzalida, considerado 'activista de la causa mapuche', fue objeto de una brutal agresión, recibiendo una grave perdigonada de unos asaltantes que le robaron el coche. Lo que se ve es que, 400 años después, el conflicto con los mapuches, aunque muy atenuado, continúa, y los jesuitas siguen siendo su apoyo con el mismo estilo pacifista.




viernes, 3 de junio de 2022

(1740) El jesuita Valdivia ocultó que los mapuches quisieron matarlo, y calificó la visita que les hizo de gran éxito pacifista. Tras escucharle el obispo Juan Pérez de Espinosa, lo celebró lanzando las campanas al vuelo.

 

     (1340) Según dice el historiador chileno Diego Barros, el padre Luis de Valdivia no se atrevió a contar a sus compañeros jesuitas que había estado en peligro de que los mapuches lo mataran, y dio una versión más prometedora: "No queriendo desalentar a nadie ni desprestigiar la pacífica táctica en la que estaba empeñado, le dio cuenta de lo ocurrido al provincial Diego de Torres en los términos mejor calculados para no producir alarma, manifestándole que su primera entrada en el territorio enemigo había sido una gran victoria alcanzada mediante la suavidad y la persuasión. Le explicaba que los indios rebeldes se mostraron deseosos de aceptar la paz, si bien pedían ciertas condiciones que estimó conveniente acordarles. En su relato no ocultaba el peligro que había corrido ni tampoco que, bajo la presión de las amenazas de los bárbaros, les había prometido la despoblación del fuerte de Catirai y la libertad de los indios prisioneros. 'La confianza que de mí se hacía, manifestaba, lograba paz y quietud,  y de lo contrario, me habrían perdido el respeto, resultando de ello un daño muy grande'. (Era, lo que se dice en términos jesuíticos, una mentira piadosa)". Sigue contando Barros: "En Santiago, adonde llegó la noticia de estos hechos transmitida por la carta del padre Valdivia, y donde sólo se dio a conocer lo que favorecía a los partidarios de la guerra defensiva, se valoraron como un triunfo mucho más grande. El obispo Juan Pérez de Espinosa mandó repicar las campanas de todas las iglesias, se hizo una suntuosa procesión en acción de gracias, se celebró una misa solemne con asistencia de las corporaciones civiles y eclesiásticas, y se predicó un sermón en honor de los que así preparaban la pacificación del reino. A pesar de todo este aparato, no se tardó mucho en conocer públicamente la verdad de lo ocurrido".

     El jesuita Valdivia, tan apasionado de su método de la Guerra Defensiva, no confiaba mucho en que el nuevo gobernador lo respetara: "Fue a Concepción el 1º de julio, y se encontró allí al gobernador Alonso de Ribera, el cual lo recibió afectuosamente, agradeciéndole las diligencias que había hecho en la Corte para que le  confiaran de nuevo el gobierno de Chile. Cualesquiera que fuesen sus opiniones acerca de la manera de hacer la guerra a los indios, se mostró decidido a facilitar la ejecución de los planes del padre Valdivia, pues Ribera quería obedecer las órdenes del Rey. Además, los temores, que le habían surgido en España, de no hallar cooperación por parte del obispo de Santiago de Chile, quedaron desvanecidos enseguida. El adusto Pérez de Espinosa, cumpliendo el encargo del Rey, le otorgó la autoridad máxima en el obispado de Concepción. Pudo de esa manera  el padre Valdivia entrar, desde principios de agosto, en el ejercicio de estas funciones, darles poder a algunos de los jesuitas que lo acompañaban y administrar el gobierno eclesiástico sin otro contrapeso que la presencia de un provisor con el que tuvo luego que sostener algunos choques. Envió emisarios indígenas a todas partes para anunciar los beneficios que otorgaba  el Rey, y el cese de la guerra. Y así, algunos indios que tenían parientes cautivos entre los españoles, se acercaron a Concepción con el pretexto de aceptar la paz, pero con el propósito de reclamar la libertad de los suyos. Las autoridades de la ciudad no sólo les concedieron lo que pedían sino que les daban otras cosas que los indios apreciaban, y el Gobernador aceptaba siempre lo que el padre Valdivia pedía, sin ponerle ningún impedimento". Todo parecía muy bonito, y sin duda la población española empezaba a pensar que el método 'Luis de Valdivia' iba a ser el santo remedio para las tragedias chilenas.

 

     (Imagen) Por entonces, y desde el año 1600, era obispo de Santiago de Chile el franciscano JUAN PÉREZ DE ESPINOSA (ya le dediqué otra imagen), quien sintonizó pronto con  las ideas del testarudo jesuita Luis de Valdivia, partidario de usar más la diplomacia que la guerra contra los mapuches. Había nacido en Toledo (España) hacia el año 1558, y aparecen datos de que, en 1580, se encontraba en Michoacán (México) ejerciendo como profesor y misionero. Adquirió pronto gran conocimiento de lenguas de los nativos y de su forma de ser, interesándose siempre por su bienestar. Vuelto a España en 1599, fue consagrado un año después en Madrid, por una bula del papa Clemente VIII, como obispo de Santiago de Chile. Se dirigió entonces hacia su sede desde Portugal, al mismo tiempo que Alonso de Ribera, recién nombrado gobernador de Chile (por primera vez), lo hiciera desde Sevilla, pero las rutas fueron diferentes, la del gobernador por Panamá, y la del obispo por Buenos  Aires, más corta esta, pero con la complicación de que tuvo que detenerse al pie de los nevados Andes durante meses. Llegado por fin a Santiago, le tocó resolver asuntos desagradables. El canónigo Francisco Ochandiano tenía en su poder 3.000 pesos de oro de la caja de la catedral y escondió al canónigo Martín Moreno, que estaba acusado de homosexualidad activa, y, por si fuera poco, había otro clérigo que perdió la razón por el maltrato de sus compañeros. El obispo Juan Pérez de Espinosa continuó siendo tan apasionado defensor de los indios como lo era el jesuita Luis de Valdivia, lo que explica que se entendieran perfectamente desde el momento en que se conocieron, aunque el obispo hacía una distinción entre dos clases de nativos, postura que parece más realista. Consideraba que era necesario someter por la fuerza a los brutales mapuches, pero reclamaba un trato humano y justo a los indios que aceptaban la paz, lo cual facilitaría la labor evangélica de los clérigos, y, con esa intención, le dio más impulso al antiguo seminario, el lugar apropiado para formar nuevos sacerdotes cultos y ejemplares. No obstante, pasado un tiempo, en una carta que le escribió al Rey el año  1605 (la de la imagen), JUAN PÉREZ DE ESPINOSA le suplicó que, después de haberle servido 30 años en las Indias, le permitiera retirarse de la predicación e ir a una celda, ya que estaba enfermo y no conocía la lengua de los indios chilenos, aunque sí sabía la de los mexicanos por haberse educado allí. Al ser considerado insustituible, no  fue atendida su petición, y continuó siendo obispo hasta 1622, año en el que se trasladó a España y murió en Sevilla. Su carta al Rey (de buena caligrafía) termina con protocolaria humildad. Firma como 'mínimo capellán' del Rey y como 'obispo indigno de Santiago de Chile'.




jueves, 2 de junio de 2022

(1739) El gobernador Jaraquemada vio que Chile estaba peor de lo que creía. Más tarde llegará el jesuita Luis de Valdivia imponiendo de forma suicida un trato amable y pacífico con los mapuches que estuvo a punto de costarle la vida.

 

     (1339) Cuando llegó el gobernador Juan Jaraquemada desde Perú, con doscientos hombres, al chileno puerto de Valparaíso, tuvo la primera decepción: "No había allí más que una iglesia techada con paja y algunos galpones para depositar las mercaderías. Al arribo de cada buque, se trasladaban de la cercana Santiago los tesoreros reales para percibir los impuestos debidos a la Corona, aunque había contrabando por la falta de vigilancia en el puerto. Jaraquemada decidió que fuese el centro de toda la zona comarcana, dotándolo de un corregidor, y dio este cargo al capitán Pedro de Recalde, antiguo militar y encomendero de fortuna, que se ofreció a construir a sus expensas casas y bodegas para el servicio del comercio. Estos afanes retardaron su llegada a la capital. El 17 de enero era recibido por la Real Audiencia con calidad de jefe superior del reino de Chile. Jaraquemada se vio asediado de informes desfavorables a la administración de sus predecesores, y, aunque mantuvo una conducta prudente, pensó que el sometimiento de una gran porción de los indios de guerra, del que García Ramón le hablaba al Rey, era un simple engaño, y llegó a creer que la situación del país era verdaderamente lastimosa. 'Certifico a Vuestra Majestad, escribió Jaraquemada, que está esto peor que nunca, y que ha sido engaño manifiesto todo lo que se ha asegurado de esta paz, y que, quien lo contó, se debió de ver tan perdido, que quiso con esta cautela adornarlo todo,  porque con las victorias que han obtenido los indios, se sienten tan orgullosos, que casi se atreven a meterse en el territorio que ha quedado pacificado'. Con esta convicción, Jaraquemada dispuso que partiese al sur el coronel Pedro Cortés a hacerse cargo del mando del ejército y de la dirección de la guerra, y él se quedó en Santiago ocupado en el despacho de los más urgentes negocios administrativos. Como los hacendados de Chile, viéndose frecuentemente despojados de sus caballos como contribución para la guerra, se habían dedicado a la crianza de mulas, que tenían buena venta en el país para el transporte de mercaderías. En 1608, el gobernador García Ramón había dictado una ordenanza por la cual imponía penas a los que criasen mulas, y, en febrero de 1611 Jaraquemada, recordando que era una vergüenza que los españoles careciesen de caballos mientras los indios los tenían en gran abundancia, repitió aquel mandato, agravando las penas a los que lo desobedeciesen, de forma que esta ordenanza suponía una amenaza a la propiedad de los ganaderos".

     Allá en la distancia de España seguía viéndose con malos ojos el trato que se daba a los indígenas chilenos: "Se sabía que el Rey persistía en su deseo de suprimir el servicio personal de los indígenas a los españoles, lo cual supondría para los agricultores de Chile la privación de brazos para la explotación de los campos. La alarma era general en todo el reino. En Santiago se celebró, el 7 de febrero de 1611, un solemne cabildo público en el que se trató de este importante asunto, y se decidió elevar nuevas súplicas al Rey para obtener la permanencia del uso tradicional. Aunque el cabildo de Santiago tenía ya como representante en la Corte con este objetivo al religioso franciscano fray Francisco de Riberos, resolvió darle por compañero a fray Diego de Urbina, creyendo, sin duda, que el carácter sacerdotal de ambos tendría gran peso en las decisiones que tomase el piadoso Felipe III. Jaraquemada, testigo de esta agitación, comenzó a comprender los peligros de las reformas que preparaba la Corte del Rey". Había, pues, dos temas peliagudos con respecto a los indios: los españoles necesitaban esa mano de obra nativa, gratis o casi gratis, y, en cuanto a los soldados, no querían saber nada de la Guerra Defensiva, que consistía en mimar a los duros mapuches, siempre y cuando no atacasen ellos.

 

     (Imagen) El jesuita Luis de Valdivia era muy partidario de llevar al extremo el trato humanitario a los indígenas. A eso se añadía la firmeza de su terco carácter. Pero los españoles de Chile esperaban a principios del año 1612, muy preocupados, la llegada del gobernador Alonso de Ribera y del padre Valdivia, porque Felipe III, convencido sobre todo por el jesuita, había ordenado que se usara la llamada Guerra Defensiva contra los mapuches, que obligaba a dejarlos en paz si ellos no atacaban de antemano. Llegó primeramente el jesuita Valdivia a Concepción, y, aunque inmediatamente comprendió que lo que había ordenado el Rey podía originar muchas resistencias, dio orden a los capitanes que mandaban en los fuertes próximos para que suspendiesen todo acto de hostilidad contra los mapuches. En el colmo de su osadía, el reverendo decidió presentarse ante los mapuches con promesas de paz y respeto. Abrevio lo que contó Luis de Góngora (hijo del gran cronista Alonso de Góngora Marmolejo): "Como persona que ha 40 años que sirvo a Su Majestad en esta guerra, yo le dije al sacerdote que no fuese adonde aquellos indios porque no saben conocer el bien ni la verdad. Entonces llegaron cuatro mapuches diciendo que querían hablar con el padre Luis de Valdivia. El cual habló con ellos, y los indios quedaron con él en que fuese a Catirai, porque no le harían mal, pero todo era una traición. Más tarde el padre se fue allá con algunos caciques pacíficos, aunque estos no iban con mucha voluntad porque dijeron que los indios de guerra eran muy peligrosos y temían que los matasen. Yo les rogué mucho que fuesen con el dicho padre, y así lo hicieron. Habiendo llegado a Catirai justo cuando los indios de guerra estaban en una borrachera, les pidieron estos a los caciques que iban con el padre Valdivia que les diesen su conformidad para matarle a él, al capitán Juan Bautista Pinto, que hacía de intérprete, y a otro soldado español que iba con ellos. Los dichos  caciques les dijeron a los mapuches que no los matasen, porque no había motivo, que el padre Valdivia no era más que un hombre con cuya muerte ganarían poco, y que, sin embargo, cumpliría su promesa de  despoblar el fuerte de San Jerónimo de Catirai y devolver doce prisioneros que les había cogido el capitán Zuazo, pues mejor era esto que matar al padre. Y, tal y como me lo contaron los dichos caciques después de volver, gracias a esto, no los mataron". Sin embargo, aun salvado por fortuna de una muerte que parecía inevitable, el padre Valdivia, aferrado  a su criterio de manera utópica, no perdió su confianza en los resultados de la Guerra Defensiva. Dos años después, le envió al Rey la carta de la imagen, mostrando que no había cedido un ápice en sus ideas.




miércoles, 1 de junio de 2022

(1738) Los gobernadores solían durar poco. Merlo de la Fuente, a pesar de haber hecho un estupendo trabajo, fue pronto sustituido por Juan Jaraquemada, el cual, también de corta gobernación, fue duro con los mapuches.

 

     (1338) El gobernador interino Luis Merlo de la Fuente se tomó muy en serio las responsabilidades de su cargo. Continuó la repoblación de la ciudad de Angol, trasladándola a otro lugar cercano más apropiado, y la rebautizó con el nombre de San Luis de Angol (sin duda por llamarse él Luis): "Habría querido continuar las operaciones militares y llegar hasta el territorio de La Imperial, e, incluso, su maestre de campo, Núñez de Pineda, obtuvo en la región de la costa una señalada victoria, tomando más de cien indios prisioneros que fueron marcados para ser vendidos como esclavos. Pero no fue posible pasar más adelante. Los capitanes españoles sabían que el gobierno interino de Merlo de la Fuente no podía durar largo tiempo, y ponían poco empeño en obedecer sus órdenes. Uno de ellos, llamado Guillén de Casanova, que mandaba en la plaza de Arauco, le impidió el paso a un mensajero del Gobernador que llevaba la orden de obligar a entrar en campaña a una división. Semejante desobediencia, que pudo dar origen a un gran desastre, quedó impune por el cambio de gobernador que se operó muy poco después".

     Ya vimos anteriormente algún aspecto negativo del carácter demasiado autoritario de Merlo de la Fuente, pero ahora Diego Barros, aprovechando este incidente,  que merecía un grave castigo a Casanova, pone de manifiesto sus buenas cualidades: "A pesar de estas contrariedades, y, aunque Merlo de la Fuente no era militar, había dirigido la guerra con vigor, y evitado las sorpresas y desastres que sufrieron otros gobernadores. Las prolijas instrucciones que dejó a su sucesor al entregarle el mando, revelan que había estudiado bien la situación militar de Chile. Las observaciones que se permitió hacerle al Rey para un cambio del sistema de conquista, mostraban un juicio recto y seguro, así como un anhelo desinteresado por el servicio público. Muchos en su tiempo pensaron que, si su gobierno se hubiera prolongado algunos años, el gobernador interino habría podido suavizar o tal vez terminar aquella fatigosa guerra. Había en esto un exceso de optimismo, pero es lo cierto que por su entereza, por su integridad y por su rectitud, Merlo de la Fuente habría podido mejorar la organización militar de los españoles y corregir numerosos abusos".

     Si echamos la vista atrás, llama la atención el gran número de gobernadores, interinos o titulares, que se fueron sucediendo en Chile desde los tiempos del gran conquistador Pedro de Valdivia, el pilar de aquella epopeya que casi se vino abajo al ser salvajemente matado por los mapuches en 1553, habiendo estado al mando desde el año 1541. Todo cambió después, comenzando un ciclo de gobiernos mucho más breves, y, sin duda, esta inestabilidad se debió a la terrible agresividad de los indígenas de aquellas tierras. Pero demos la bienvenida a otro sufrido mandatario, porque el gobierno de Luis Merlo de la Fuente no podía tener larga duración. Había quedado como gobernador interino de Chile por voluntad expresa del anterior, Alonso García Ramón, manifestada por escrito cuando vio cercana su muerte. Por mandato del Felipe III, el virrey de Perú debía decidir quién iba a ser el  gobernador titular, y, según dice el historiador Diego Barros, había descartado confirmarle como tal a Merlo de la Fuente debido a no simpatizar con su forma de ser. Dadas las circunstancias, Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros y Virrey de Perú, escogió como Gobernador de Chile a alguien de su total confianza: Juan de Jaraquemada.

 

     (Imagen) Se acabó la gobernación interina de Luis Merlo de la Fuente, y el virrey de Perú nombró como titular a JUAN JARAQUEMADA, siendo otro que también duró poco en el cargo. Diego de Barros dice de él: "Era un militar originario de las Islas Canarias, que desde muy joven había servido en el ejército español durante las guerras de Flandes. Protegido por la familia del virrey marqués de Montesclaros, había pasado con este a las Indias, mereciendo su confianza en varias misiones que le encargó en México y Perú. 'Juan Jaraquemada, decía el Virrey, es cuerdo, prudente, de autoridad y veterano, y de él vi hacer al Adelantado Mayor de Castilla, mi tío (Martín de Padilla, Conde de Santa Gadea), mucha estimación, lo que me obligó a encargarle, desde que estoy en las Indias, cosas de importancia, de lo cual me ha dado satisfacción'. Para rodearlo de buenos consejeros, el Virrey le dio al coronel Pedro Cortés el título de maestre de campo de todo el ejército de Chile, y escribió al coronel Miguel de Silva para que acompañase a Jaraquemada en los primeros trabajos de su gobierno". Añadamos algunos datos más sobre sus andanzas. JUAN JARAQUEMADA nació en 1563. Su llegada a Flandes la hizo como paje del Duque de Alba. Nombrado gobernador de Chile, hizo su entrada en Valparaíso, con 200 soldados, el 1º de enero de 1611 (y solamente ejerció hasta marzo de 1612). Lo primero que hizo fue corregir la anormalidad de que los mapuches tuvieran más caballos que los españoles, quienes, mezquinamente, habían fomentado la cría de mulas, sabiendo que el ejército no se las iba a requisar. Pronto dejó claro también que iba a ser riguroso contra los mapuches. Pasado el invierno, se dispuso a empezar los ataques. Tuvo que castigar a unos mapuches que, tras aceptar la paz, habían matado a dos españoles, y decidió ahorcar a los cabecillas de la rebelión. Hubo  otro incidente que confirma la dureza con que se trataba en aquel tiempo la práctica de la homosexualidad. Dos soldados pillados in fraganti  fueron apresados cuando trataban de huir adonde los indios, y Jaraquemada ordenó que fueran quemados en la hoguera. A pesar de que consiguió después una brillante victoria, Felipe III decidió sustituirlo por otro gobernador, Alonso de Ribera (que ya lo había sido anteriormente), con la intención (equivocada) de utilizar tácticas más humanas con los mapuches. JUAN DE JARAQUEMADA aceptó sin reticencias, pero le insistió al Rey en que la llamada 'Guerra defensiva' (tan tercamente exigida por el jesuita Luis de Valdivia) era un grave error que todos los españoles odiaban. De hecho, hasta Ribera la llegó a detestar. En la imagen vemos, en 1611, la firma de JUAN JARAQUEMADA, siendo dudosa la fecha de su fallecimiento.