viernes, 13 de mayo de 2022

(1722) El Gobernador Alonso García Ramón se preparó con entusiasmo para luchar contra los mapuches. Fue enviado a España para pedir refuerzos al Rey un curioso personaje que se llamaba a sí mismo El Gran Pecador Bernardo.

 

     (1322) Desde España, se tenía una idea confusa acerca de la verdadera situación de los españoles en aquellas atormentadas tierras : "El Rey estaba profundamente convencido de que los andrajosos soldados que habían llegado consumarían la conquista de Chile, y de que el dinero que había destinado a esta guerra bastaba para pagarlos y vestirlos convenientemente. Felipe III, además, había mandado que los gobernadores de Chile no volviesen a imponer contribuciones extraordinarias, ni exigiesen de los pobladores servicios militares obligatorios y gratuitos. García Ramón, por su parte, le comunicaba al Rey que la cantidad de dinero destinada no alcanzaba para pagar a los dos mil hombres que debían componer el ejército. El virrey del Perú (conocedor de la verdadera situación de Chile) no vacilaba en apoyar las peticiones del gobernador García Ramón, y escribía. 'Conviene al servicio de Vuestra Majestad y al rápido remedio con que se debe acudir a poner en paz de una vez a los indios rebelados, que tanto daño han hecho, que se aumenten los ciento cuarenta mil ducados que se han asignado, porque, con solo estos, ni aun con doscientos mil, es posible poder atender a todo lo necesario'. Los oficiales reales de Santiago se quejaban igualmente al Rey de esa insuficiencia, ya que, además, las rentas públicas de Chile eran verdaderamente miserables. Pero al mismo tiempo que se pedían al Rey nuevos recursos para terminar la conquista, se hacían tantos elogios de la riqueza del suelo de Chile y de la suavidad de su clima, que no parecía razonable dejar de facilitar aquellos auxilios. El capitán Antonio de Mosquera, al llegar a Chile en 1605, escribía al Rey estas palabras: 'Es esta la mejor tierra que jamás he visto, y, con la paz, acrecentará Vuestra Majestad mucha hacienda'. Los militares y los letrados repetían sin cesar los mismos conceptos y hacían concebir las mismas esperanzas, de tal manera que los consejeros del Rey creyeron indispensable hacer un nuevo sacrificio para asegurar la conquista definitiva. El 5 de diciembre de 1606, el Rey elevaba por fin la dotación para Chile a la suma de doscientos doce mil ducados anuales, y elevaba, además, algunos de los sueldos a los oficiales y soldados que servían en su ejército".

     Mientras Alonso García Ramón continuaba haciendo sus preparativos para salir de campaña, recibió un documento, fechado en enero de 1605 por el cual el Rey lo nombraba Gobernador Titular de Chile: "Esta confirmación del cargo supremo debió de estimular su empeño en llevar a cabo el proyecto de conquista que venía meditando desde hacía un año. Con las tropas recién venidas de España, más las que se habían unido en la capital, podía contar con unos mil doscientos hombres bien armados y vestidos. Jamás Santiago había visto un ejército más numeroso y en el que se pudiesen fundar más esperanzas de victoria. Partió de la ciudad el 6 de diciembre lleno de entusiasmo, y se cuenta que entre sus bagajes llevaba muchas cadenas para atar a los indios que tomara prisioneros. El 23 de diciembre llegó el Gobernador a Concepción, y dispuso que el coronel Pedro Cortés, que mandaba en las guarniciones de los fuertes situados al sur del Biobío, dejase en ellos las tropas necesarias para su defensa, y que, con el resto,  más quinientos indios amigos, marchase hacía Millapoa, donde debía reunirse todo el campo español para dar principio a las operaciones. El mismo Gobernador salió para esos lugares el 7 de enero de 1606 y fue a acampar con sus tropas en las inmediaciones del fuerte de Nuestra Señora de Halle. Allí el capitán Álvaro Núñez de Pineda le dijo que uno de los principales caciques, llamado Nabalburí, que había hecho guerra implacable a los españoles, estaba en tratos con él y parecía dispuesto a hacer las paces".

 

     (Imagen) Los españoles en Chile tenían conciencia de que, si no conseguían mayores refuerzos militares y más dinero, sería casi imposible lograr el sometimiento de los mapuches. Su mayor esperanza estaba en el Rey de España, y, entre otros enviados con esas peticiones, hubo un hombre extraño y diferente a todos los demás. El historiador chileno Diego Barros dice de él: "El cabildo de Santiago, para que apoyase sus deseos ante el Rey,  envió a un personaje misterioso que, habiendo venido a Chile en 1601 y regresado a España en 1603, había vuelto de nuevo con la expedición de Antonio de Mosquera. Vestía como un ermitaño, recorría las ciudades haciendo actos de caridad, y sólo era conocido con los nombres de Hermano Bernardo o Bernardo el Gran Pecador. ¿Era un agente secreto del Rey, encargado de darle informes seguros sobre lo que pasaba en estos países? ¿Sería realmente un pecador arrepentido que buscaba en mortificaciones y obras de caridad el perdón de antiguas faltas? Es difícil saberlo. El cabildo de Santiago, al nombrarlo apoderado suyo ante el Rey, lo recomendaba en los términos siguientes: 'A este reino llegó hace unos cuatro años un ermitaño que ya Vuestra Majestad ha conocido, y que es el que lleva este documento. Se llama a sí mismo El Gran Pecador. Todos consideran que es de vida santa y de gran ejemplo, porque, durante el tiempo que aquí estuvo, se dedicó a obras de gran mérito, yendo en persona a las ciudades del norte, de donde trajo sirvientes para el hospital de esta ciudad, y dando limosnas a hombres y mujeres necesitadas. Fue él quien informó a Vuestra Majestad de las grandes necesidades de Chile, y regresó con la ayuda de los mil hombres que vinieron bajo el mando de Antonio de Mosquera.  Por  ello, ahora nos ha parecido bien que volviese a España. Como esta ciudad no tiene posibles para pagar a una persona que vaya ante Vuestra Majestad, le hemos pedido a él que lo haga por vía de caridad, y así lo hace. Suplicamos a Vuestra Majestad que le dé crédito en lo que informase, porque, como hombre celoso de vuestro real servicio y tan buen cristiano, dirá la verdad". Parece exagerada la hipótesis de que el ermitaño Bernardo fuera un espía del rey Felipe III, pero lo poco que se sabe de él deja claro que era un hombre de notables cualidades, y apto para ser enviado a la Corte en representación de las autoridades chilenas. Curiosamente, en los archivos genealógicos aparecen datos sobre su persona. Se llamaba  Bernardo Sánchez. Nació hacia 1546 en Trujillo (Cáceres). Se casó el año 1588 en Ecuador con Catalina Pérez. Un hijo suyo, Juan Ruiz de Barragán, fue regidor en el cabildo de Buenos Aires. EL GRAN  PECADOR BERNARDO (que así firmaba)  murió en Perú el año 1609.




jueves, 12 de mayo de 2022

(1721) El ejército que salió de España llegó a Chile tras un año de viaje, con unos mil hombres y pocas deserciones. Había allí muchos españoles presos de los indios. Su vida era un horror, especialmente para las mujeres, y los rescates, escasos.

 

     (1321) Es difícil imaginar el esfuerzo y los sufrimientos que aquel larguísimo viaje iniciado en España les tuvo que suponer a los españoles que se aventuraron a ir a Chile (un país que solo conocían de oídas), quizá motivados por la necesidad de huir de la miseria que padecían en sus lugares de origen, y probablemente engañados por la ilusión de conseguir grandes victorias que dieran como resultado la gloria y la riqueza: "La navegación  por el río de la Plata, desde Maldonado a Buenos Aires, los retrasó ocho días, llegando allá el 7 de marzo de 1605. Al desembarcar el capitán Mosquera, encontró allí a Hernando Arias de Saavedra, el cual estaba al mando de aquel territorio, y se dedicó con mucho empeño a preparar víveres (que no fueron suficientes) y carretas para que los expedicionarios siguieran su viaje a Chile. Mosquera partió de allí con su ejército el día 17 de marzo, pero, por más esfuerzo que puso en acelerar su marcha, no le fue posible llegar a Mendoza (la distancia es de mil km, y les faltaban otros 300 hasta llegar a Santiago de Chile) antes del 2 de mayo, cuando los caminos de la cordillera de los Andes comenzaban a cubrirse de nieve, y (de intentar seguir) las tempestades del invierno habrían comprometido la suerte de toda la expedición. Se vio forzado a esperar la vuelta de la primavera, pero el celo que Mosquera desplegó para mantener la disciplina de la tropa la salvaron de las deserciones durante los seis que permanecieron allí. 'En tan largo tiempo, escribía Mosquera, ha habido muertos, pero solo desertaron seis hombres. En Mendoza se pusieron de acuerdo soldados para huir, di garrote (horca) a tres, y todos los demás quedaron pacíficos'. Por fin, en los últimos días de octubre, cuando la primavera había comenzado a derretir las nieves de los Andes, un total de novecientos cincuenta y dos hombres volvieron a emprender su marcha, y entraron en Santiago el 6 de noviembre de 1605. En los desfiladeros de la montaña, se cruzaron con Alonso de Ribera, quien, con un séquito de cuarenta hombres, se dirigía a hacerse cargo del gobierno de Tucumán".

     Siempre que en Chile los españoles veían que llegaban más soldados para aliviar las angustias de los cercos a los que tenían sometidas varias poblaciones los implacables mapuches, se llenaban de alegría y la expresaban eufóricamente. Era un optimismo excesivo, pero necesitaban mantener la ilusión de que la continua pesadilla terminara algún día: "La llegada desde España de este refuerzo de soldados, el más considerable que hasta entonces habían tenido en Chile, produjo un contento infinito. Se celebraron en Santiago procesiones para dar gracias al cielo por tan oportuno socorro. El cabildo de Santiago acordó obsequiarle con una cadena de oro al capitán Mosquera, el cual escribió después: 'Gustaron mucho los soldados que yo traía, pues todos eran mozos, muy bien disciplinados y muy hábiles con las armas. Luego fue a verlos el Gobernador'. Pero los oficiales reales de Santiago, informando también al Rey, no omitieron decirle que estaban casi desnudos, y la mayoría sin camisas ni calzado. Se hizo un apaño con la ropa que el gobernador Alonso García Ramón tenía almacenada, recurriendo también a los  fondos de la Hacienda Real, a  los que había enviado el virrey de Perú y a la colaboración desinteresada de los vecinos". Habían, pues, terminado su larguísimo viaje trasatlántico los casi mil soldados, que iban a poder descansar un breve tiempo, pero pronto estarían preparados para la segunda parte de su odisea: la guerra contra los durísimos mapuches.

 

     (Imagen) Adelantemos algo de lo que se intentó hacer en Chile con el añadido de los refuerzos que llegaron de España: "Uno de los fines que el Gobernador García Ramón se había propuesto al emprender esta campaña era el de liberar a los cautivos españoles que vivían entre los indios en la más penosa esclavitud. Se sabía que, entre hombres, mujeres y niños, eran más de doscientos,  y los que habían podido fugarse contaban sus padecimientos con el más aterrante colorido. Movía sobre todo a compasión la suerte de las infelices mujeres: 'Llegadas las afligidas esclavas a las silvestres chozas (contaba un escritor de la época), comenzaron las mujeres de los indios a recibirlas con mil injurias e ignominias. De ser apacibles señoras, quedaron como esclavas sujetas a mil miserias. Las cosas en que comúnmente se ocupan, son las más abatidas y bajas en que se suelen ocupar los más viles y despreciados esclavos, maltratándolas los indios con rigurosos castigos. La noticia de estos padecimientos despertaba la compasión de todos los españoles de Chile. El virrey del Perú había encargado que no se ahorraran esfuerzos para restituir a sus hogares a aquellos desgraciados prisioneros. Los padres mercedarios de Lima, redentores de cautivos, habían recogido cinco mil pesos en limosnas, enviándolos a Chile convertidos en mercaderías para ser repartidas entre los indios por el rescate de sus prisioneros, pero, cuando se intentó canjearlas, se tropezó con dificultades de toda naturaleza. Los capitanes y oficiales que servían al lado del Gobernador presentaban sus propios méritos para que en esos rescates se diera preferencia a sus parientes cautivos. Los indios, por su parte, se negaban a entregar a los presos. Había, también, mujeres que, durante más de seis años de cautiverio, tuvieron hijos de los que ya no querían apartarse, o sentían vergüenza de presentarse con ellos delante de sus familiares. Los niños criados en el cautiverio habían adquirido las costumbres de los salvajes, hablaban solo su idioma y no querían cambiar de lugar. Total que los españoles solo pudieron rescatar a veinte hombres, treinta mujeres, dos mulatos y algunos indios amigos. El gobernador García Ramón, en vista del pobre  resultado obtenido mediante la templanza usada con los indios, le escribió al virrey: 'Pondré en ejecución lo que se me ordene, pero a lo que yo más me inclino es a que la guerra se haga como los indios la hacen, a fuego y sangre, para poder rescatar a las mujeres, aun a riesgo de que ellos las maten'. Estas penalidades del cautiverio se aumentaban con las noticias que recibían aquellas infelices cautivas de los nuevos desastres de los españoles y de la pérdida de toda esperanza de recobrar su libertad".





miércoles, 11 de mayo de 2022

(1720) El nuevo gobernador, Alonso García Ramón, llegó a Santiago. Durísimo viaje de los soldados de refuerzo que iban desde España. Las teorías del jesuita Luis de Valdivia van a ser una larga pesadilla para los militares españoles.

 

     (1320) La llegada de Alonso García Ramón a Santiago de Chile como nuevo gobernador (y esta vez en calidad de titular), fue celebrada con entusiasmo por todos los habitantes: "El Cabildo compró el caballo y la silla para que hiciera la entrada en la ciudad, y salió el alcalde, Jerónimo de Benavides, a recibirlo a las orillas del río.  Se había construido para tal efecto un vistoso arco cerca del convento de Santo Domingo. El Gobernador hizo su entrada solemne el 14 de julio de 1605, y después de prestar el juramento preceptivo bajo un dosel, fue llevado a su palacio con muchas fiestas y regocijos. En Santiago esperaba recibir las diversas tropas que necesitaba para organizar el ejército con que pensaba batallar la primavera próxima". En Chile siempre se estaba escaso de soldados, para desesperación de los sucesivos gobernadores, y eran muchas las dificultades para solucionar este problema, ya que, si se conseguían tropas nuevas, resultaban siempre escasas y llegaban con enorme demora: "Desde el año 1603, Felipe III había encargado al marqués de Montesclaros, virrey de México, que enviara a Chile un refuerzo de 400 soldados. En enero del año siguiente, al nombrar gobernador de Chile a don Alonso de Sotomayor, mandó (como ya vimos) que en la misma España se organizase un cuerpo de 1.000 soldados que debían ir a Chile por la zona de Río de la Plata (Paraguay). Pero, además de ser insuficientes, llegaron en menor número y con extraordinario retraso. El refuerzo pedido a México se redujo a 154 hombres, y el de España tardó cerca de dos años en alcanzar el territorio chileno".

     Ese retraso enorme se debió  a las dificultades del traslado: "A principios de octubre de 1604 se hallaban acuartelados 1.014 hombres en Lisboa bajo las órdenes de Antonio de Mosquera. Los víveres reunidos para su alimentación durante el viaje eran escasos, y su vestuario insuficiente. Las tropas partieron de Lisboa hacia Brasil y Río de la Plata el 22 de noviembre. La escuadrilla sufrió algunas averías, y tuvo que demorarse en varios puntos para repararlas. Mosquera llegó a Maldonado (en la costa uruguaya; le faltaban unos 300 km hasta Buenos aires) en los últimos  días de febrero de 1605 y en malas condiciones. Las enfermedades habían producido la muerte de 45 soldados (según la versión de Mosquera), y la causa fue la mala dieta que llevaban desde Lisboa, dándose la circunstancia de que más de 600 soldados llegaron casi desnudos".

     Como todo el viaje era un continuo tormento, Mosquera tomó precauciones : "Mandó que se adelantase una carabela, y que esta llevara a las autoridades de Buenos Aires una cédula del Rey y una carta del presidente del Consejo de Indias, en las que mandaban que se hicieran allí los preparativos necesarios para recibir y socorrer a los expedicionarios que iban de España, a fin de que pudiesen penetrar en Chile antes de que se cerrase la cordillera por la nieve. Recibidas estas órdenes en Buenos Aires el 9 de febrero de 1605, el gobernador interino de la provincia de Río de la Plata, Pedro Martínez de Zabala, dispuso que inmediatamente se enviara aviso al gobernador de Chile,  para que, por cuenta del Rey, se compraran los víveres necesarios para socorrer a la tropa, cuidando de fijarles un precio forzoso a los vendedores, a fin de evitar la explotación a que este negocio podía dar lugar".

 

     (Imagen) Es buen momento para hablar del jesuita LUIS DE VALDIVIA, hombre sin duda de grandes cualidades y valentía suicida, pero demasiado optimista en cuanto a su fe en la 'bondad natural' de los mapuches. Nació en Granada el año 1560. Después de estar cuatro años en Perú, llegó a Chile en 1593 con el grupo de los primeros jesuitas que fueron a establecer allí la orden religiosa de la Compañía de Jesús, los cuales, como vimos, fueron recibidos en Santiago con gran entusiasmo. Parece evidente que destacaba entre sus compañeros, ya que tenía la máxima autoridad en la iglesia que edificaron y en el colegio de enseñanza que inauguraron, actividad muy ligada a los jesuitas desde su fundación por San Ignacio de Loyola. Pero la gran batalla del padre Luis de Valdivia fue su empeño inquebrantable en que los militares españoles utilizaran como medio de pacificación de los nativos lo que se conoció como 'guerra defensiva', es decir, el derecho a oponerse a la agresividad de los mapuches, pero evitando cualquier tipo de provocación contra ellos. Al mismo tiempo, los clérigos se encargarían de ir convirtiendo a los mapuches en fieles cristianos, pero no vencidos, sino convencidos. Con gran disgusto, Valdivia tuvo que leer en la catedral de Santiago el año 1998 un texto del obispo interino Melchor Calderón, en el que le pedía al Rey que se autorizara esclavizar a los indios rebeldes. La dura proposición era consecuencia de que los mapuches acababan de matar salvajemente al gobernador Martín García Óñez de Loyola y a cuarenta españoles. El año 1606, Luis de Valdivia participó en una asamblea de Lima que discutía precisamente el modo de pacificar a los indios de Chile, y él, muy convencido de tener razón, siguió defendiendo el método humanista. A pesar de la oposición de casi todos los capitanes veteranos de Chile, su criterio fue convenciendo a las autoridades más importantes, y el Marqués de Montesclaros, nuevo virrey de Perú, lo convirtió en ley obligatoria. La mayoría de quienes vivían en Chile sufriendo los terribles ataques de los mapuches odiaban la estrategia de Luis de Valdivia, y dos gobernadores, el interino Juan de la Jaraquemada y el titular Alonso de Ribera (que repetía mandato) hicieron cuanto podían para desactivar las teorías de Luis de Valdivia. El tiempo se encargó de demostrar que carecían de eficacia real, y se fueron desprestigiando, sobre todo  a raíz de la muerte de tres jesuitas a manos de los mapuches. Se impuso la realidad, y el REY FELIPE IV (que no tenía nada de 'pasmado'), el año 1625 prohibió en Chile el método de la guerra defensiva e impuso la ofensiva. LUIS DE VALDIVIA murió en Valladolid el año 1642, y es de suponer que aferrado a sus ideas.




martes, 10 de mayo de 2022

(1719) Llegó a Chile el nuevo gobernador, Alonso García Ramón, acompañado del jesuita Luis de Valdivia, y, al parecer, ilusionado con sus ideas de trato 'angelical' a los mapuches, pero pronto perderá el entusiasmo.

 

     (1319) Quizá fuera porque el gobernador García Ramón iba acompañado de muchos soldados, pero, aunque los indios seguían dispuestos a continuar luchando contra los españoles, no tuvo problemas en su viaje hacia el encuentro con el ex gobernador Alonso de Ribera, que residía en Santiago. Sin embargo, García Ramón estaba seguro de que había una amenaza latente: "Notaba la intranquilidad que reinaba en toda la comarca a pesar de la paz aparente que habían dado los indios. No tuvo duda de que su antecesor Ribera había exagerado las noticias que daba acerca de la pacificación de aquellos lugares, pero se abstuvo de hacerle reproches. Por el contrario, le guardó a Ribera las consideraciones que le había encargado el virrey del Perú, le prestó los auxilios necesarios para emprender su viaje a Santiago y a Tucumán y, por último, le subrayó al monarca los servicios que había prestado en la guerra de Chile. En honor de la esposa del virrey del Perú, Gaspar de Zúñiga Acevedo, al fuerte Paicaví le puso el nombre de Santa Inés de Monterrey".

     Alonso García Ramón, de camino hacia Santiago, donde estaba el ex gobernador Ribera, se reunía con los indios que encontraba, acompañado siempre por el padre Luis de Valdivia, y comunicándoles las nuevas instrucciones que traía del virrey de Perú, como había hecho en Concepción: "Les repetía a todos los indios las concesiones que les dispensaba el Rey si decidían vivir en paz, y los amenazaba con los horrores de una guerra sin piedad si volvían a rebelarse contra su autoridad. Los indios se mostraban igualmente dispuestos a acogerse al perdón de sus faltas anteriores y a aceptar sumisos la dominación que se les imponía. Aunque García Ramón manifestaba alguna confianza en la solidez de estas paces, no descuidó ninguna de las precauciones militares que convenía tomar. Para ello, reforzó las guarniciones de los fuertes y dictó las instrucciones necesarias para mantener la más activa vigilancia. El coronel Pedro Cortés quedó encargado del mando superior de los fuertes colocados en la región de la costa, y el capitán Álvaro Núñez de Pineda del de las fortificaciones situadas en el valle central, a orillas del Biobío".

     Pero García Ramón tenía un sueño muy ambicioso: "Esperaba refuerzos considerables de España y de otras partes, y pensaba que que podría llevar a término definitivo la conquista del país. Quería repoblar las ciudades que habían sido destruidas en el sur, y rescatar por la fuerza a los numerosos cautivos españoles que los indios mantenían en sus tierras sujetos a la más dura esclavitud. Hallándose en el fuerte de Arauco, el 7 de mayo de 1605 publicó una orden por la cual mandaba que todos los encomenderos y vecinos de las ciudades despobladas se hallasen reunidos en Concepción el 1º de octubre, para que a cada uno se le devolviera sus posesiones, bajo apercibimiento de que, de no concurrir, se las darían a otros como vacantes. Este decreto fue publicado por bando en   todas las ciudades de Chile, pero, a pesar de la confianza que en él manifestaba el Gobernador sobre los resultados de la próxima campaña, no consiguió hacer renacer las esperanzas de los que habían perdido toda su fortuna en la pasada insurrección. Cuando se hubo liberado de estos primeros trabajos, el Gobernador partió de Concepción en los últimos días de junio hacia Santiago, con el fin de completar sus preparativos militares".

 

     (Imagen) El tenaz jesuita Luis de Valdivia, muy satisfecho de la aplicación de sus ideas, decidió seguir con su plan de pacificación, aprobado por el virrey del Perú: "Profundamente convencido de la sinceridad de las paces que habían prometido los indios, les seguía hablando de las ventajas de vivir sometidos al piadoso rey de España, y de recibir el cristianismo, y, en su candoroso entusiasmo, consideraba verdaderas las palabras siempre falaces de aquellos bárbaros. Contra el parecer de los capitanes veteranos, decidió ir a los campos vecinos sin más compañía que la de un mancebo llamado Ortiz de Atenas (al parecer, era novicio jesuita). En una ocasión, viajando solo el compañero del padre Valdivia, y cogido de improviso por los indios, pereció víctima de una muerte cruelísima. Estando vivo todavía el infeliz mancebo, le cortaban las carnes a pedazos y se las comían. El padre Valdivia, salvado de aquel terrible fin, tuvo que comprender los peligros de sus andanzas, pero, según se deja ver por su correspondencia, no perdió las ilusiones que se había forjado acerca de la excelencia de aquel sistema de pacificación de los indígenas. Los capitanes españoles más experimentados no tenían la menor confianza en la sinceridad de esas paces, ni esperaban nada de la pretendida conversión de los indios. Creían que solo por la fuerza, y mediante la más severa energía, se llegaría a asentar una paz duradera en aquellos territorios". También al gobernador García Ramón se le había pasado su borrachera de ilusión: "En Lima se había dejado impresionar por las teorías humanitarias del Virrey y de sus consejeros, y, llegado a Chile, parecía creer en el fruto que había de sacarse de las misiones que aconsejaba el padre Valdivia, pero iba poco a poco cambiando de ideas, y reafirmándose en que solo las armas podían afianzar la conquista. 'Últimamente, este verano pasado (le escribía al Rey) aceptaron la paz las provincias de Arauco y Tucapel, y lo que de ello se ha confirmado es que claramente se ha visto que lo hicieron para salvar sus provisiones, y, en recogiéndolas, las fueron enterrando en los montes y luego se sublevaron'. Y algunos meses más tarde, expresando más vigorosamente aún su pensamiento, decía lo que sigue: 'Estos indios son de tal condición que, en todos los siglos de los siglos, aunque los metan en una redoma, de no ser castigados ásperamente, procurarán hacer de las suyas'. Así, pues, había decidido que sus capitanes mantuviesen con mano firme la sumisión de las provincias en que estaban construidos los fuertes". El año 1614, era de nuevo gobernador Alonso de Ribera, y, como vemos en la imagen, Luis de Valdivia se le quejaba al Rey de que había abandonado la táctica 'amable' con los mapuches.




lunes, 9 de mayo de 2022

(1718) El nuevo virrey, Gaspar de Zúñiga, ingenuamente, quiso mejorar el trato que se daba a los indios en Chile. Para ello, envió a Luis de Valdivia, que era un jesuita con buenas intenciones pero muy terco, y será una pesadilla para los gobernadores.

 

     (1318) Chile se había convertido en un infierno, y nadie había dado con la solución a lo largo de cincuenta años. En enero de 1604, Alonso de Sotomayor, como hemos visto, no quiso volver a asumir el cargo de gobernador de aquellas tierras indomables. Sin embargo soñaba con que se estableciera un virreinato en Chile y él ocupara el cargo, pero el Rey Felipe III prefirió que el virreinato de Perú continuara conservando todo su poder, permaneciendo Chile como simple gobernación, donde figuraba al mando Alonso García Ramón como gobernador titular (ya lo había sido interino anteriormente). Y había obtenido el nombramiento de la siguiente manera: "Llegó al Perú don Gaspar de Zúñiga Acevedo, conde de Monterrey, para hacerse cargo del virreinato, por renuncia de don Luis de Velasco. Se informó pronto de la situación de Chile, y supo que Sotomayor no aceptaba el gobierno de este país. Tuvo una conversación con Alonso García Ramón, que había acudido a recibirlo, y allí mismo quedó resuelto que éste fuera a Chile a tomar el puesto de Gobernador. Pero el conde de Monterrey, que acababa de gobernar el virreinato de México, y que había conocido allí indios más o menos civilizados, que formaban la población del antiguo imperio azteca, mucho más aptos que los de Chile para aceptar un gobierno normal, creía que era posible someter a estos últimos por medios menos costosos y más humanos que la guerra despiadada que se les había hecho con tan poco fruto. Se hablaba mucho en Lima de las vejaciones que sufrían los indios de Chile, de las ofensas y crueldades a que los tenían sometidos los encomenderos, los cuales mantenían el sistema de servicio personal de los indígenas contra las repetidas órdenes del Rey. Se creía que estas eran las causas de la obstinación con que los mapuches luchaban para mantener su independencia. Había dos personajes que sostenían calurosamente estas ideas.  Eran Luis de la Torre, que había ejercido como protector titular de los indios de Chile, y el jesuita Luis de Valdivia, que había visitado una gran extensión del territorio chileno y que estaba en situación de dar los más minuciosos informes sobre la materia".

     El virrey de Perú, Gaspar de Zúñiga Acevedo, se dio prisa para convocar al respecto en Lima una junta consultiva de letrados y de teólogos: "Se discutió prolijamente la manera de poner remedio a la desgraciada  situación de Chile, y todos los presentes opinaron que debía suprimirse el servicio personal de los indígenas, como medio más eficaz para pacificarlos. Incluso García Ramón, que debía conocer mejor el carácter y las condiciones de los indios de Chile, se dejó llevar por la corriente de las opiniones dominantes y aceptó gustoso este parecer (da a entender Barros que era extraño que el veterano García Ramón estuviese convencido de que eso bastaría para pacificar a los bravos mapuches). Con arreglo a ese dictamen, el Virrey dio al nuevo Gobernador las instrucciones más terminantes para que el servicio personal fuese suprimido. Dispuso, además, que en compañía de García Ramón volviese a Chile el padre Valdivia para que ayudase a la adopción de esta reforma, plantease el sistema de reducción de los indígenas por medio de misiones y recogiese los informes necesarios con el fin de mejorar en adelante el gobierno de Chile. Se hicieron grandes ilusiones en los consejos del Virrey sobre el resultado que debía producir aquella medida. 'Con esto y otras cosas que el Virrey ha mandado proveer -escribió entonces García Ramón-, voy confiadísimo de que Dios Nuestro Señor ha de hacernos muy grandes mercedes'. Y, asimismo, el virrey y sus consejeros estaban persuadidos de que, con la supresión del servicio personal, la situación de Chile iba a cambiar como por encanto, induciendo a los indios a terminar la guerra".

 

     (Imagen) Llama la atención que el que mejor conocía a los durísimos mapuches, Alonso García Ramón, se dejara contagiar por el entusiasmo del virrey Gaspar de Acevedo, quien, aunque era un recién llegado a Perú, estaba convencido de que 'mimando' a los indios de Chile, se lograría la paz definitiva: "García Ramón llegó a Concepción el 19 de marzo de 1604. Entonces hizo publicar su nombramiento de gobernador de Chile y las instrucciones que traía del virrey del Perú para suprimir el servicio personal de los indígenas. Reunido con los caciques de las tribus vecinas a la ciudad, les hizo saber que traía encargo de perdonarles los delitos cometidos en las rebeliones anteriores, y de plantear otro sistema de pacificación que pusiese fin a las injusticias y vejámenes de que hasta entonces se les había hecho víctimas. El padre jesuita Luis de Valdivia les leyó en lengua chilena las provisiones por las cuales el virrey del Perú los declaraba libres del trabajo personal, sustituyéndolo por un impuesto en dinero destinado a organizar el gobierno de los mismos indios, y atender a su conversión y bienestar. El padre Valdivia anotó en acta que los indios recibieron con gran alegría esta noticia. Uno de los caciques, llamado Unavillu, en representación de todos los demás, contestó al Gobernador para expresarle su agradecimiento  y su resolución de ser fieles vasallos del Rey y de vivir en paz bajo tales condiciones. García Ramón, después de asegurarles que esperaba grandes refuerzos de tropas de España, y que con ellos les haría guerra implacable si violaban aquel pacto, los despidió amistosamente. En los primeros momentos se creyó que el conocimiento de esta asamblea se extendería rápidamente por toda la comarca, y que afianzaría la paz de los indios que se consideraban ya como amigos, induciendo, además, a los otros a deponer las armas. Sin embargo, pasaron algunos días sin que por ninguna parte se percibieran los efectos que se esperaban de aquellas declaraciones. Por el contrario, los indios de la provincia de Tucapel, siempre inquietos y turbulentos, a pesar de las promesas que habían hecho de vivir en paz, no cesaban de hostilizar a los destacamentos españoles y de amenazar los fuertes. Por esto mismo, cuando García Ramón, después de cuidar del desembarco de su gente y de las municiones, del dinero y del vestuario que traía del Perú, quiso ir a reunirse con el ex gobernador Ribera, comprendió el riesgo que había en atravesar aquella parte del territorio, y, al ponerse en marcha a fines de marzo, se hizo acompañar por todas las tropas que le fue posible reunir. El padre Valdivia, (nacido en Granada en 1560 y de quien enseguida hablaremos) marchaba a su lado para concurrir a los parlamentos que el Gobernador debía celebrar con los indios de cada distrito".




domingo, 8 de mayo de 2022

(1717) Llegó como nuevo gobernador Alonso García Ramón. El sustituido, Alonso de Ribera, recibió, como mal menor, la gobernación de Tucumán. Tuvo poderosos enemigos, pero consiguió que el Rey reconociese su extraordinaria valía.

 

     (1317) Eso era lo previsto y querido por el Rey, que sustituyera a Ribera como gobernador de Chile el que ya lo había sido anteriormente: "Pero no era don Alonso de Sotomayor el que venía a reemplazar a Ribera en el gobierno de Chile. Se había negado a aceptar este cargo, y, en su lugar, el virrey del Perú acababa de confiárselo a Alonso García Ramón. Habiendo desembarcado este en Concepción el 19 de marzo de 1605, se demoró allí algunos días ocupado en varios trabajos, y el 9 de abril se presentaba en Paicaví para tomar el mando del ejército. Conocidas las relaciones de estos dos capitanes y su pública ruptura en 1601, cuando Ribera llegó a Chile a tomar el gobierno desbancando precisamente a García Ramón, era de temer que ahora se produjeran desagradables desavenencias entre ellos, pero no sucedió así. El virrey del Perú había encargado a García Ramón que guardase a su antecesor todas las consideraciones posibles. Ribera, a pesar de la irritable susceptibilidad de su carácter, no tuvo que quejarse de ningún ultraje ni de ninguna desatención. Cuando hubo entregado el mando de las tropas, Alonso de Ribera se trasladó a Santiago, donde residía su familia. Por orden del Rey, debía partir brevemente a tomar el mando (recién concedido, como compensación) de la apartada provincia de Tucumán, pero las nieves del invierno habían cerrado los caminos de la cordillera, y le fue forzoso aguardar la vuelta de la primavera. Queriendo alejarse de una ciudad en que residían muchos de sus enemigos, se instaló en Colina, pueblo de indios y de encomenderos, situado a seis leguas al norte de Santiago".

     Ese tiempo de espera le sirvió a Alonso de Ribera para escribirle al Rey un resumen de los logros que había obtenido durante su tiempo de gobernador, diciéndole, entre otras cosas, lo siguiente: "Cuando llegué a esta tierra por orden de Vuestra Majestad, con el cargo que me asignó sin yo pretenderlo, había guerra en la zona del río Maule, y los vecinos de la ciudad de Concepción estaban retirados en el convento del señor San Francisco, que servía de fuerte". Lo que quiere decir que el acoso de los mapuches era muy intenso. Diego Barros comenta al respecto: "Aunque el estado en que dejaba Chile distaba mucho de ser tan lisonjero como lo presentaba en su correspondencia, era verdad que había restablecido la confianza entre los españoles, afianzando la tranquilidad en las poblaciones situadas al norte del Biobío y evitando empresas temerarias que indudablemente habrían dado origen a nuevos desastres. Para que su palabra fuera creída en la Corte, Ribera presentó, además, una información de todos estos hechos, y otra concerniente a la administración que había llevado a cabo de los caudales públicos durante su gobierno. Antes de su partida, dio también por escrito a García Ramón su parecer sobre la manera de llevar adelante la pacificación de Chile. Le recomendaba que no deshiciese las compañías de infantería, 'que siempre llevase de ella más que de caballería, porque es el miembro más importante del campo del Rey', que mantuviese en todo su vigor la disciplina militar, y que no se aventurase en conquistas y poblaciones en el interior del territorio de los rebeldes, sin haber reducido primero la región vecina a la frontera, para no dejar enemigos a sus espaldas". Ya vimos que, en cuanto llegó a Chile,  se dio cuenta de dos cosas necesarias: potenciar la infantería, porque los mapuches ya tenían buena caballería, y establecer líneas de frontera tras haber dejado detrás pacificados a todos los indios, evitando así el riesgo de que cercaran asentamientos de españoles.

 

    (Imagen) En octubre de 1605, Ribera salió hacia Tucumán, como gobernador del lugar (en la imagen vemos el mapa de Argentina en blanco, pero señalada la zona de Tucumán en ocre): "Lo acompañaban, además de su esposa y sus criados, 29 soldados y 11 oficiales capitanes y alféreces, amigos suyos. García Ramón no opuso dificultades a la salida de esta gente, por respeto al ex gobernador de Chile, y porque estaba a punto de  llegar un considerable refuerzo de tropas españolas. Aunque Ribera dejaba en Chile muchos y muy encarnizados enemigos, le quedaban allí amigos que siempre le fueron fieles y lo admiraban. Por entonces, llegó a Chile un capitán español ajeno a las rencillas que habían perturbado los ánimos anteriormente. Para informar al Rey de lo que había hallado en Chile, le comunicó lo siguiente: 'Lo que han escrito a Vuestra Majestad contra el gobernador Alonso de Ribera, ha sido muy diferente de lo que yo he visto, pues penetró luchando muy adentro de los indios rebeldes, y ha servido a Vuestra Majestad con mucho cuidado y esfuerzo, como ya lo hizo en Flandes. Todos los prelados de los monasterios le están muy agradecidos y dicen que había gobernado muy bien, manifestando lo mismo la mayor parte de la gente principal de Chile. Por todo ello, merece que Vuestra Majestad lo honre y lo premie debidamente'. Pero los enemigos de Ribera no rebajaron sus odios al verlo alejado y destinado a un puesto muy inferior al que le correspondía por sus méritos y sus servicios. Cinco años más tarde, el doctor Luis Merlo de la Fuente recibió el encargo de aplicarle a Ribera el juicio de residencia habitual con los  gobernadores  cesantes. Aquellos obstinados enemigos acudieron presurosos a formular sus acusaciones contra Ribera, y acumularon toda clase de cargos para presentarlo como un gobernante despótico, irreligioso, inhábil para dirigir la guerra y hasta desprovisto de honradez. La sentencia de ese juicio le fue relativamente desfavorable, pero Ribera protestó de los procedimientos empleados en contra suya, acusó al juez de parcialidad, hizo revisar su juicio por el Consejo de Indias, y obtuvo poco más tarde una reparación espléndida. En efecto, no sólo no se ejecutó más que en parte la sentencia que lo condenaba al pago de multas considerables y a la suspensión de su destino por el tiempo que el consejo designase, sino que, en febrero de 1611, el Rey tomó en su honor una decisión. Reconociendo la importancia de los servicios de Alonso de Ribera en el desempeño de todos los cargos que se le habían confiado, lo nombró por segunda vez gobernador de Chile (y, como vimos, lo fue hasta 1617, año en que murió)".




viernes, 6 de mayo de 2022

(1716) El valioso gobernador Alonso de Ribera, aun sabiendo que le iba a sustituir Alonso de Sotomayor, seguía peleando contra los mapuches. Los indios hicieron una masacre, pero resultaron duramente castigados.

 

     (1316) No era fácil hacerse desde España una idea válida de lo que realmente ocurría en Chile: "Sin poder comprenderse las causas que hacían interminable la guerra de Arauco, el monarca y sus consejeros debieron imaginarse que este simple cambio de gobernador iba a dar cima a una obra en la que habían encallado tantos militares, y lo seguirían haciendo otros. Para ayudar en esta empresa a don Alonso de Sotomayor, se mandó formar una división de mil hombres, que en pocos meses más debía partir para Chile por la vía del Río de la  Plata, y se elevó hasta ciento cuarenta mil ducados la subvención anual que el tesoro del Perú debía entregar para el pago de ese ejército. Cuando Alonso de Ribera recibió la noticia del nombramiento de su sucesor, en octubre de 1604, se hallaba terminando sus preparativos para la nueva campaña que pretendía hacer contra los indios. El 18 de julio había reunido en Santiago a los más altos funcionarios civiles y militares para oír su parecer acerca del plan de operaciones que debería adoptarse, es decir, si convendría hacer la guerra en la zona de la Imperial  para liberar a los cautivos de manos de los enemigos, o si sería más conveniente hacerla en los territorios de de Concepción y San Bartolomé, que era donde los mapuches acosaban a los indios amigos de los españoles. Se sabe que Ribera había adoptado este segundo sistema desde los primeros días de su gobierno, pero deseando ponerse a salvo de las acusaciones que sin duda alguna habían de hacérsele, quería que sus capitanes y los funcionarios más caracterizados de la colonia, apoyasen su conducta. Para ello, les pidió su parecer, y se  mostraron conformes con los deseos del gobernador Ribera, cuyo plan abarcaba las provincias de Arauco, Catirai y Los Ángeles.  Era un idea bien concebida, sin duda, pero que no podía realizarse sino con una extremada lentitud, mientras que el Gobernador creía que en muy poco tiempo podía ejecutarlo y llevar a cabo la absoluta pacificación del país, por lo que sobraban motivos para conocer que esa empresa era del todo irrealizable. Durante ese mismo invierno de 1604, Pedro Cortés  y Alonso González de Nájera, que mandaban las tropas de Arauco, habían tenido una guerra constante con los indios. Sus tropas ascendían a quinientos hombres, pero los indios las hostilizaban sin cesar, y atacaban a todo destacamento que se atrevía a alejarse del fuerte. En los combates, los españoles obtuvieron ordinariamente la victoria, pero la porfiada resistencia y la audacia inquebrantable de los araucanos revelaban que aquella guerra no tendría término inmediato. Mientras tanto, la desmoralización de los soldados españoles parecía un mal incurable. En esos mismos días se fugaron del fuerte de Nacimiento diecinueve soldados de la última tropa que vino del Perú, y fueron a unirse a las fuerzas de los mapuches. Estos hechos, por desconsoladores que fuesen, no desvanecieron, sin embargo, las ilusiones del Gobernador. Al dar cuenta de ellos al Rey, no vacilaba en decirle estas palabras: 'Confío en Nuestro Señor que este verano se han de conseguir buenos efectos en servicio de Vuestra Majestad entrando a campear, porque están los enemigos de la frontera muy deshechos, sin caballos y sin comidas, y con el orden que llevo, irá esto cada día en mayor aumento. Y si llegase el socorro de los reinos de España que envié a pedir con el capitán Domingo de Eraso, espero en Dios que se daría fin a esta prolija guerra'. Estas ilusiones del Gobernador se fundaban en la idea equivocada de que los indios estaban todos unidos bajo el mando de un gran cacique. Pero lo que tenía de más terrible aquella formidable resistencia de los indios era precisamente esa falta de unidad en la dirección de las operaciones. Teniendo diversos caudillos, a veces se reunían para un ataque común, pero victoriosos o derrotados, volvían a la lucha en otros lugares. Si Ribera hubiese conseguido reducir a los indios próximos a su línea de frontera, resultaría que las tribus de más al sur renovaran la resistencia con igual tesón en cuanto se viesen amenazadas".

 

     (Imagen) Aun sabiendo Alonso de Ribera que no tardaría en llegar el nuevo gobernador, Alonso de Sotomayor, se entregó de lleno a la tarea de seguir atacando a los indios. Pensando que era el momento de avanzar la línea de frontera,  fundó un nuevo fuerte donde había estado la desaparecida ciudad de Cañete, y, entre finales del año 1604 y principios de 1605, estuvo persiguiendo implacablemente a los indios de la zona de Tucapel (donde tiempo atrás mataron cruelmente a Pedro de Valdivia): "Pero unos indios del territorio de Angol fueron a colocarse cautelosamente en las cercanías del fuerte de Yumbel, del que salieron cuarenta españoles con algunos nativos amigos el 28 de enero de 1605. Nada les hacía prever la proximidad del enemigo, y se vieron atacados estando apartados de sus caballos. El combate fue una verdadera carnicería. Veinticinco españoles quedaron muertos en el campo, y tres fueron tomados prisioneros. Los que lograron llegar al fuerte de Yumbel, volvieron desconcertados y cubiertos de heridas, y, cuando salieron tropas en persecución de los indios, ya  se habían dispersado de manera que fue imposible darles alcance. Este contratiempo debió de irritar profundamente a Ribera, pero no lo abatió ni tampoco le hizo perder la ilusión que tenía en los progresos de la reconquista de aquellos territorios. Sin tardanza despachó a su maestre de campo Pedro Cortés con treinta soldados para que fuese a castigar a los indios de Angol y sus cercanías. 'Llegado allí, comunicó este, saqué gente de los tres fuertes (Nuestra Señora de Halle, Nacimiento y Santa Fe), y, pasando el río Biobío, fui haciendo la guerra en la tierra del cacique Nabalburí, que fue el que había hecho este daño, y le desbaraté en una borrachera en que estaban gozando de su victoria, y le maté sesenta indios y tomé mucha gente de mujeres e hijos, y él se escapó con gran ventura por una quebrada'. Ribera, entre tanto, continuaba sus correrías por la zona de la costa. Su actividad incansable de soldado y el vigor de sus tropas le permitieron derrotar a los indios de esa comarca en varias ocasiones. Dando a estas ventajas un alcance que no tenían, el Gobernador llegó a persuadirse de que en ese mismo año podría adelantar mucho más al sur su línea de frontera. Para ello, tenía resuelto hacer dos nuevas fundaciones, una en el valle central y la otra en los campos de la costa que acaba de recorrer. Para la primera de ellas había elegido un sitio vecino a aquel en que años atrás se establecía la ciudad de Angol. Para la segunda, designó las orillas del río Paicaví y dio principio a la construcción de un fuerte. Pero la llegada de su sucesor, el nuevo gobernador don Alonso de Sotomayor (natural, como Pizarro, de Trujillo-Cáceres), vino a sorprenderlo durante estos trabajos".




jueves, 5 de mayo de 2022

(1715) Quizá por su carácter autoritario, los enemigos del valioso gobernador Alonso de Ribera consiguieron del Rey que fuera sustituido por Alonso de Sotomayor, quien llegará a Chile acompañado de un buen militar: Alonso García Ramón.

 

     (1315) No se puede olvidar que la política de aquellos tiempos, y más aún en las Indias,  era muy propicia a los abusos, por lo que, mientras un gobernador obtenía éxitos de importancia, podía cometer numerosos pero discretos fraudes sin que lo pusieran en peligro de destitución. La cosa se complicaba mucho cuando, además de ser responsable de graves errores, se había ganado muchos enemigos por la dureza de carácter o por repartir injustamente, con favoritismos, los premios que correspondían en justicia a los méritos y servicios de cada uno. Hemos visto que el cambio de gobernador se ha repetido con excesiva frecuencia en Chile, y lo seguiremos viendo, con el chocante matiz de que, en varias ocasiones, un gobernador será sustituido por otro que ya lo había sido. Esta inestabilidad se agravaba por el hecho de que las órdenes de cambio tenían que venir desde el palacio del rey de la lejana España. Escuchemos al historiador Barros: "Mecido por las ilusiones, partía el gobernador Ribera para Santiago a mediados de junio de 1604, meditando los proyectos que pensaba poner en planta en la primavera próxima para adelantar la línea de frontera mediante la fundación de nuevas poblaciones. En Santiago, como ya hemos contado, iba a verse envuelto en las dificultades y rencillas que en tantas ocasiones perturbaron la tranquilidad de su gobierno, e iba también a recibir la noticia de que el Rey le había nombrado un sucesor. Ribera, como se sabe, tenía enemigos apasionados".

     Baños echará la vista atrás en el tiempo porque el proceso que va a llevar a la destitución de Ribera era de largo recorrido, y, aunque estuvo basado en argumentos de cierto peso, hubo también acusaciones injustas, especialmente en lo que se refería a su valía como militar: "Habían dirigido al Rey los más desfavorables informes acerca de la ineptitud y hasta de la falta de probidad del gobernador de Chile. Pero, independientemente de esas acusaciones, de que tal vez no se habría hecho mucho caso en otras circunstancias, estaban en Madrid algunas personas que debían preparar su caída. En 1601 había llegado a la Corte el padre agustino fray Juan de Váscones como apoderado de las ciudades de Chile, y como representante, además, de los comerciantes de este país. Llevaba el encargo de pedir que se creara en territorio chileno un virreinato, y que se confiara su gobierno a don Alonso de Sotomayor. También llegó a la Corte, a principios de 1603, Domingo de Eraso, el secretario de Ribera, a quien este había enviado a hacer ante el Rey gestiones a su favor, con interés especial en que se enviaran tropas a Chile, pero Eraso no puso mucho interés en defender la imagen de Ribera".

     Ya en agosto de 1600, había creado Felipe III una sección dentro del Consejo de Indias compuesta de cuatro miembros y dedicada a informar sobre asuntos militares. En ella se sometió a estudio las memorias que habían llevado a España los representantes del territorio chileno, y le dieron su opinión al monarca. Alababan la capacidad militar de Alonso de Ribera, pero consideraban que le faltaba experiencia en cuanto a los problemas de Chile, y le proponían al Rey algo sibilino: "Conviene mucho sacarle de allí, pero premiándolo y ocupando a su persona como lo merece. Y, asimismo, que Vuestra Majestad mande que don Alonso de Sotomayor (que ya había sido Gobernador de Chile), presidente de la Audiencia de Panamá, que tiene tan larga experiencia de aquella tierra de Chile, vuelva allí a pacificar aquellas tierras".

 

     (Imagen) Además de aconsejarle sus asesores al rey Felipe III que el gobernador Alonso de Ribera fuera sustituido por el exgobernador  Alonso de Sotomayor, le decían también: "Que vaya a Chile con él Alonso García Ramón, que ha sido maestre de campo y gobernador de Chile, y ha servido muchos años con gran satisfacción. Y que Vuestra Majestad se lo mande a ambos prometiéndoles que, acabada la guerra, les premiará de manera que queden satisfechos". Luego sigue contando el historiador Barros: "Todo induce a creer que Domingo de Eraso, enviado a España por Alonso de Ribera, no puso ningún empeño en defenderlo,  y que, si bien en sus informes se abstuvo de hacerle acusaciones, en la negociación se puso de parte de los que pedían un nuevo gobernador. Por la tardanza de los asuntos administrativos o porque el Rey y sus ministros vacilaban en hacer tales innovaciones, se pasaron algunos meses sin que se tomase ninguna resolución. Pero, a fines de ese año, llegaban a Madrid nuevas noticias de Chile y de los pocos progresos que se hacían en la pacificación de los indios, junto con otras acusaciones contra Alonso de Ribera. Además de reprochársele el imponer pesadas contribuciones a los habitantes de Chile, y de atribuirse al Gobernador el propósito de enriquecerse con ellas, se decía que su sistema militar se reducía simplemente a permanecer en la guerra rodeándose de tropas considerables, dejando desguarnecidos muchos puntos importantes, con lo que conseguía evitar conflictos en los lugares en que él se hallaba, sin inquietarse por las desgracias que ocurrían en otras partes. La impresión que estos informes produjeron en la Corte fue fatal para Ribera. Llegó a contarse (con mucha exageración) que Chile estaba definitivamente perdido y todas sus ciudades destruidas por los indios. Sin duda alguna el Rey y sus ministros, mejor informados de la verdad por la correspondencia del virrey del Perú, no daban crédito a esos rumores,  pero pensaron que era llegado el momento de hacer los cambios propuestos por la junta de guerra. El 9 de enero de 1604, Felipe III firmó en Valencia el nombramiento de don Alonso de Sotomayor para el cargo de gobernador de Chile, y el de Alonso García Ramón para el de maestre de campo. El Rey había aceptado por completo las indicaciones que aquella junta había hecho sobre la manera de dirigir la guerra. Alonso de Ribera pasaría a desempeñar el puesto de gobernador de Tucumán (territorio argentino), que era lo mejor que se había hallado para premiar sus anteriores servicios". Ribera será de nuevo gobernador de Chile en 1612, y morirá siéndolo en 1617. La imagen muestra su firma en una carta que le envió al Rey desde Santiago del Estero (Tucumán) el 16 de  mayo de 1607.






(1714) Con buena visión, el gobernador Alonso de Ribera decidió abandonar temporalmente varias poblaciones alejadas y siempre acosadas por los mapuches. Hoy en día son pujantes ciudades chilenas.

 

     (1314) También la ciudad de Osorno se encontraba en grandes apuros. Allí mandaba el capitán Hernández Ortiz, que había llegado de Valdivia en abril de 1602, donde ya padeció muchas dificultades: "Los defensores de Osorno  tenían serios problemas para comunicar con Chiloé, que era, desgraciadamente, el único lugar de donde podían recibir socorros. Los indios enemigos les habían robado casi todos los caballos y ocupaban todas las inmediaciones. El número vecinos se había ido reduciendo poco a poco hasta quedar encerrados en un fuerte,  y, a fines de 1603, las tropas de Osorno que, tres años antes superaban los cuatrocientos hombres, estaban reducidas, a fines de 1603, a sólo ochenta. Ribera llegó a Concepción a primeros de noviembre para dirigir la nueva campaña que pensaba hacer contra los mapuches. Por entonces, entró un buque que traía del sur estas noticias lastimosas y una firme petición de nuevas y mayores ayudas para defender y sustentar aquellas apartadas poblaciones. Ante la imposibilidad absoluta de asistirlas convenientemente, el gobernador Ribera tomó una resolución suprema. Ordenó 'que los fuertes de Valdivia y de Osorno se quiten, y que la guerra vaya de aquí (Concepción) hacia el sur sin dejar en pie cosa que esté en rebeldía'. Al dar cuenta al Rey de esta determinación, el Gobernador explicaba prolijamente los hechos que la habían hecho indispensable, demostrando con verdadero tino militar que los pueblos enclavados en el corazón del territorio enemigo, incomunicados unos con otros, no afianzaban en manera alguna la conquista, y, además, ocasionaban gastos considerables, vivían en medio de continuas alarmas y se irían debilitando hasta llegar a su aniquilación. El buque que llevaba la orden del Gobernador para despoblar esos establecimientos sufrió algunos atrasos, y  llegó a Valdivia el 13 de febrero de 1604. En esta plaza no quedaban más que cuarenta y cuatro personas que, según la pintoresca expresión de Ribera, 'por tanta necesidad, no aguardaban sino la muerte'. Abandonando aquellos lugares en que habían sufrido tantas miserias y tantas fatigas, se hicieron a la vela para los mares de Chiloé. El Gobernador había ordenado que esa gente se estableciese en el puerto de Carelmapu (frente a la costa norte  de Chiloé), y que desde allí comunicara a los últimos defensores de Osorno la orden de despoblarla definitivamente".

     A pesar del catastrófico panorama, y del probable tenebroso futuro que les esperaba a los españoles de Chile, el Gobernador pensaba que las cosas podían mejorar: "Alonso de Ribera había comprendido mejor que sus predecesores el plan de guerra que debía adoptarse para lograr la pacificación. La despoblación de esas ciudades no era, según él, un verdadero desastre. 'Con esto queda aquella tierra reparada -le escribía al Rey-, y permitirá que la guerra se prosiga hacia el sur, siendo fácil si Vuestra Majestad envía la gente que he  pedido. Lo que conviene a vuestro real servicio es que la guerra vaya desde aquí (Concepción) hacia abajo, sin dejar detrás nada que que esté de rebeldía. Ya la llevo así, y espero enviar pronto a Vuestra Majestad muy buenas noticias y poner las poblaciones en situación de hacer guerra al enemigo sustentándose unas a otras'. Bajo el punto de vista estratégico, este plan era excelente, y el único practicable, pero el Gobernador se engañaba lastimosamente al creer que podía llevarse a cabo en pocos años y, más aún, cuando pensaba que a él le tocaría la gloria de dar cima a aquella obra gigantesca".


     (Imagen) Acabamos de ver que, cumpliendo órdenes del gobernador Ribera, los pocos que quedaban en Valdivia abandonaron la ciudad y se trasladaron al puerto del Carelmapu, llevando de paso el encargo de que fueran a Osorno para comunicar a sus vecinos que también ellos tenían que marcharse de allí. Y nos cuenta Diego Barros: "Cuando llegaron a Carelmapu, la ciudad de Osorno ya estaba abandonada. El capitán Francisco Hernández Ortiz había sufrido allí con ánimo firme las fatigas de la guerra y las penurias del hambre, pero después de un combate en que perdió dieciséis hombres, y cuando vio desvanecerse toda esperanza de recibir socorros, tomó sobre sí la única resolución que podía salvarle a él y sus compañeros de una muerte inevitable y desastrosa. El 15 de marzo de 1604, los últimos pobladores de Osorno y los soldados que la guarnecían, dejando abandonadas las casas y fortines en que habían vivido aislados, y cargando consigo todos los objetos que podían transportar, emprendieron la marcha hacia el sur, por entre bosques, ríos y pantanos. Si bien en este viaje no tuvieron que sufrir las hostilidades de los indios, que, sin duda, se entretenían en repartirse el miserable botín dejado en la ciudad, y en celebrar su triunfo, les fue forzoso soportar todo género de fatigas y privaciones. No tenían más que unos cuantos caballos, de manera que el mayor número de esos infelices marchaba a pie, cargando las mujeres a sus hijos, y abandonando en el camino los objetos que no podían llevar por más largo tiempo. En un lugar denominado Guanauca, Hernández Ortiz creyó que podía hacer alto y establecer un fuerte, pero, cuando hubo recibido algunos socorros de Chiloé, y supo que los defensores de Valdivia se encontraban en la costa vecina, cambió de determinación. De común acuerdo se trasladaron todos a la isla de Calbuco, ventajosamente situada entre la costa y Chiloé, y, hallando allí comodidades para establecerse, construyeron un fuerte y las habitaciones convenientes. Osorno, la ciudad que por más largo tiempo había resistido a la formidable insurrección araucana, acababa de desaparecer de una manera lastimosa, como habían desaparecido Santa Cruz de Coya y Valdivia en 1599, Angol y la Imperial en 1600 y Villarrica en 1602. Después de más de medio siglo de guerra incesante, la obra de la conquista de toda aquella porción del territorio chileno, emprendida con tanta arrogancia y con tan poco discernimiento, se había desplomado y caído al suelo, causando la muerte de más de un millar de hombres útiles y vigorosos, arrastrando en su ruina deplorable a todos los pobladores de aquellas provincias y retrasando el progreso del país (que más tarde llegará) por los sacrificios que le imponía tan larga y penosa lucha".




miércoles, 4 de mayo de 2022

(1713) El gobernador Ribera no dejaba de luchar, ni perdía la esperanza de vencer a los mapuches. Pero en la zona del sur la situación era tan dantesca que algunos españoles preferían desertar y pasarse a los indios.

 

     (1313) No hay duda de que españoles y mapuches eran una pesadilla mutua: "Al acercarse el invierno, el gobernador Ribera dio la vuelta a Concepción. Aunque sólo lo acompañaban unos ochenta hombres, pudo atravesar sin el menor inconveniente toda la porción de territorio vecino costero que media entre la población de Arauco y el río Biobío, teatro constante de emboscadas de los indios, y de combates terribles y desastrosos. Ahora, todos esos campos estaban yermos y despoblados, 'y certifico a Vuestra Majestad -decía Ribera- que parecía hacer muchos años que en toda ella no habitaba gente, porque hallé los caminos con la yerba alta, y en toda ella no vi ni rastro de hombre, ni de caballo, ni sementera, ni ranchos de vivienda'. Pero, aunque los indios habían abandonado por entonces aquellos lugares, donde había existido una numerosa población, el Gobernador no se hacía la ilusión de que la paz quedaba allí sólidamente asentada. Muy al contrario, había dejado permanentemente guarnecidos todos los fuertes que defendían la línea de frontera, y en Arauco puso fuerzas mucho más considerables. Mandó que se quedaran allí el maestre de campo Pedro Cortés y el sargento mayor Alonso González de Nájera con quinientos hombres, no sólo para la defensa del fuerte sino, además, para hacer la guerra a las tribus vecinas y lograr su sometimiento. También esperaba recibir más refuerzos para repoblar el verano siguiente una ciudad en las orillas del río Lebu, ilusionándose con que sería la base de la pacificación de toda aquella parte del territorio, en la que había tenido su origen la gran rebelión de los indios, y donde la guerra había sido más dura y obstinada. El resultado de esta campaña no era en modo alguno satisfactorio. Es cierto que la línea de fuertes establecida en las riberas del Biobío parecía asegurar la tranquilidad de las poblaciones que los españoles mantenían al norte de ese río, a condición de que se mantuviesen puramente a la defensiva y que no intentasen nuevos ataques sobre el territorio enemigo. Pero, además de que Ribera proyectaba avanzar esa línea de frontera volviendo a fundar el año siguiente otras poblaciones en Tucapel y en Angol, habría debido convencerse de que, incluso la defensa de su primera línea, exigía fuerzas considerables y una vigilancia continua. Las correrías practicadas por los indios en el mes de marzo al norte del Biobío, que produjeron una gran alarma en esas poblaciones, probaban que los araucanos eran enemigos tan audaces como incansables".

     Diego Barros añade otro detalle preocupante: "En ese verano habían ocurrido nuevos y más graves desastres en las provincias del sur. Se recordará que allí quedaban todavía en pie, además de la ciudad de Castro en Chiloé, la de Osorno y el fuerte construido en el sitio en que estuvo Valdivia. Esas poblaciones habían soportado los más dolorosos padecimientos producidos por el hambre y por la guerra, sin que el Gobernador hubiera podido prestarles los socorros necesarios para sostenerse. Según contamos más atrás, en junio de 1602 Ribera había enviado a aquellas provincias un buque con un pequeño refuerzo de tropas y con algunos otros socorros, pero eran tales las dificultades de las comunicaciones, que se pasaron más de seis meses sin que Ribera volviese a tener noticia alguna de aquellas ciudades, en las que cada día eran mayores los sufrimientos y la miseria".

    

     (Imagen) El historiador Barros deja claro que la situación de los españoles se agravaba progresivamente. La guerra no paraba, y, además, en el sur había ciudades largo tiempo cercadas, a las que tampoco acompañaba la suerte: "El buque que, por orden del Gobernador, les llevaba un refuerzo, se había perdido. Arrastrado por los vientos, se estrelló en los arrecifes, con pérdida de su carga y de veinte hombres, entre ellos el maestre y el piloto de la nave, así como los  capitanes Rosa y Mejía. Los que se salvaron fueron socorridos por los españoles de Chiloé y pudieron llegar a la ciudad de Castro. Mientras tanto, las poblaciones del sur pasaban las más dolorosas angustias y una miseria desesperante. El fuerte de Valdivia contenía más de 220 hombres, pero se hallaba constantemente asediado. Su guarnición tuvo una lucha continua con los indios, que, desde la destrucción de La Imperial y de Villarrica, eran dueños de la comarca. Los españoles aguantaban con entereza, pero se acabaron los víveres, y entonces comenzó para los defensores del fuerte una serie de sufrimientos casi indescriptibles. La deserción comenzó a hacerse sentir entre esos infelices, prefiriendo vivir cautivos entre los bárbaros a la muerte cruel que les estaba reservada. El capitán Gaspar Viera, resuelto a resistir a todo trance, hizo ahorcar a un alférez, un soldado y una mujer, que tenían concertada su fuga. A mediados de enero de 1603, la guarnición de Valdivia estaba reducida a 36 hombres, 14 mujeres y 2 indios auxiliares. Sesenta y un soldados, muchas mujeres y niños habían muerto de hambre, además de los que perecieron a manos del enemigo. En esas circunstancias, llegó a Valdivia el 23 de enero una pequeña embarcación que llevaba a sus defensores víveres y municiones. Era enviada desde Concepción por el gobernador Ribera, y llegaba en los momentos en que la miseria de los defensores de la plaza tocaba los últimos extremos. Aunque poco más tarde recibieron un nuevo socorro, su situación continuó siendo desesperada. Por orden de Ribera, había tomado el mando de su guarnición el capitán Gaspar Doncel, buen soldado de las guerras de Flandes, y hombre de energía probada. Pero toda su entereza no podía mejorar aquel estado de cosas. Doncel sofocó valientemente una insurrección de sus propios soldados y se defendió contra los ataques de los indios, pero, a fines de 1603, el fuerte de Valdivia parecía fatalmente destinado a sucumbir de una manera desastrosa en muy poco tiempo". La imagen es de un escrito dirigido al Rey por Alonso de Ribera, pero su secretario, Domingo Hernández, indica que no lo pudo firmar porque murió en Concepción unos días antes, el 9 de marzo de 1617.




lunes, 2 de mayo de 2022

(1712) En Chile todo era cuesta arriba para los españoles. No obstante el gobernador Ribera seguía empeñado en someter a los mapuches teniendo pocos soldados y poco dinero. Ni siquiera los indios amigos eran de fiar.

 

     (1312) Atendiendo al deseo que, impacientemente, tenía Alonso de Ribera para darles alicientes a los soldados, el Rey fijó una cantidad anual de 20.000 ducados, destinada al pago de sus salarios a través del virrey de Perú. En cuando lo supo el gobernador Ribera, lo hizo público en un bando con las siguientes palabras: "Se comunica a los soldados y oficiales lo ordenado por el Rey para que, todos los que quisieren venir a tener su puesto bajo las reales banderas, sepan que se les darán los dichos sueldos, conforme a la plaza que en que cada uno sirviere". Sin embargo, lo prometido no era una gran cantidad: "Conociendo el gobernador que, a causa del alto precio de la ropa y de otros artículos, esos sueldos eran relativamente mezquinos, y que, además, las penalidades de la guerra habían de atraer a pocas personas que quisieran enrolarse voluntariamente en el ejército, el Gobernador ofrecía en premio repartimientos de indios a los soldados que sirviesen mejor, y decía que iba a hacer las gestiones convenientes para obtener un aumento en los mismos sueldos. Con este aliciente, Ribera, dejando algunas tropas para la defensa de Concepción y de los fuertes establecidos, pudo formar una columna de 580 hombres, al frente de la cual se proponía hacer una nueva campaña en los meses que quedaban de verano. Había podido reunir con dificultad los caballos necesarios para una tropa de doscientos jinetes. Los cuales, partiendo por delante, y penetrando más al sur de los últimos fuertes españoles (era la estrategia de adelantar la frontera con los mapuches), comenzaron a hacer una guerra implacable a los indios que poblaban los campos de Angol y de Mulchén. Ribera, entre tanto, había salido de Concepción el 28 de febrero al frente de las tropas de infantería, y se dirigía también al sur, para dar mayor impulso a las operaciones. Esta campaña duró sólo quince días".

     En ocasiones, los mapuches eran conscientes del impulso agresivo de sus enemigos, y se retiraban: "Los bárbaros, según su costumbre, no querían empeñar combate con fuerzas compactas de los españoles, y se dispersaban en fuga en todas direcciones, yendo a refugiarse de forma numerosa en las famosas ciénagas de Purén y de Lumaco, donde en tantas ocasiones se habían escapado de la persecución de sus enemigos. Ribera, sin temer ninguna dificultad, mandó que los indios amigos cubriesen los pantanos con fajina (montones de ramas), y, haciendo avanzar su infantería, obligó a los bárbaros a abandonar sus posiciones y a continuar su fuga y su dispersión. Si en estas jornadas no consiguió hacer al enemigo daños más considerables, logró al menos rescatar a veintiséis cautivos, muchos de ellos apresados en la Imperial, en Valdivia y en Villarrica (su situación tenía que ser tremenda)". Alonso de Ribera informó lo siguiente: "Recibió el enemigo en esta entrada mucho daño en sus provisiones y ganados, porque se quemaron más de seiscientos ranchos, en los que tenían gran cantidad de comidas. En sus personas se les hizo poco, porque no se mataron más que seis o siete,  ya que estos huyen fácilmente cuando les conviene, y tienen la tierra  tan en su favor, que, aunque de nuestra parte se hicieren todos los esfuerzos posibles, no hay forma de conseguir más de lo que digo".

 

     (Imagen) Todo se iba a ir complicando, pero el gobernador Ribera se empeñaba en ver síntomas de mejora: "Creía que los indios habrían escarmentado con los castigos que sufrieron, pero, en marzo de 1604, mientras él estaba de campaña en Purén, los mismos nativos caían por sorpresa sobre los españoles en Hualqui y repetían las habituales depredaciones. Dieron muerte a los españoles y a los indios amigos que encontraron en su camino, y apresaron a muchos otros para llevarlos cautivos. 'En esto echará de ver Vuestra Majestad, decía Ribera en una carta, cuán bravos son estos indios. Ocurre también que les ayuda mucho el hecho de ser tan grandes traidores los indios de paz, que ningún secreto hay en nuestra tierra que no se lo comuniquen. Pero no se les castiga, porque sería menester ahorcar a casi todos los indios de la frontera.  Y, además, todo esto se les sufre porque nos ayudan en lo que es la guerra, y porque nuestra principal intención es someterlos al servicio de Vuestra Majestad y a la santa fe católica, cosa que ellos toman tan de burla, que es grandísima lástima, y, a mi entender, no se salvará ninguno (en el más allá), excepto los niños que mueren bautizados en la edad de la inocencia'. Estas palabras del Gobernador muestran el carácter especial de aquella guerra interminable, y la inutilidad de los esfuerzos que se habían hecho para convertir a los indios a la religión cristiana". El Gobernador quedó decepcionado, y tuvo que repetir la campaña: "Estas hostilidades de los indios obligaron a Ribera a volver con sus tropas a los mismos lugares en que había luchado tres meses antes. Emprendió de nuevo la estéril persecución de los indígenas, los cuales se refugiaban en las montañas abandonando sus campos y sus habitáculos a la saña implacable de sus perseguidores. Contra el parecer de la mayoría de sus capitanes, que creían avanzada la estación para hacer nuevas expediciones, el Gobernador se dirigió a la plaza de Arauco. Habiendo llegado allí el 1º de abril, hizo correrías  que solo dieron como fruto la destrucción de los sembrados y chozas de los indios. Por un momento, Ribera se hizo la ilusión de que los poblados de esa comarca querían aceptar la paz. Incluso recibió mensajeros de algunos caciques, y se empeñó en demostrarles las   ventajas que obtendrían poniendo término a esa guerra en la que ellos mismos eran los más perjudicados. Pero, como siempre, no llegaron a ningún resultado práctico. Los bárbaros sabían que, con la paz,  quedarían en una condición semejante a la de los esclavos, y, además, se ganarían el odio y la guerra de las otras tribus, con las atroces depredaciones que estas ejercían sobre aquellos de sus compatriotas que se sometían a los españoles".




domingo, 1 de mayo de 2022

(1711) El hiperactivo gobernador Ribera no cesaba de pedir más soldados, de preparar a los que tenía y de construir fuertes, uno de ellos junto al río Vergara, cuyo nombre era el recuerdo de uno de los primeros que llegaron a Chile: Gaspar de Vergara.

 

     (1311) El historiador chileno Diego Barros Arana (a quien voy siguiendo), el cual publicó su Historia General de Chile a finales del siglo XIX y principios del XX, hace ahora un extenso comentario subrayando que, siendo gobernador de Chile Alonso de Ribera, se fue produciendo un cambio en las relaciones del poder civil y militar con el eclesiástico. Afirma que los clérigos aumentaron su autoridad, para gran disgusto del colérico gobernador. Barros considera que la causa  principal de ese aumento de protagonismo por parte de las autoridades clericales provino de la forma de ser del Rey Felipe III, al que califica de hombre muy religioso y de poco carácter. Voy a dejar de lado ese tema porque Diego Barros no tenía ninguna simpatía por el clero en general, e incluso parece un poco simplista su opinión sobre el monarca. Seguiré adelante recogiendo hechos concretos, pero sin tener en cuenta las opiniones personales del historiador, ya que, en este aspecto, parecen bastante dudosas.

     Aunque el Gobernador estaba harto de la jerarquía eclesiástica, ante todo era un militar: "En medio de estas complicaciones y dificultades, Ribera no descuidaba las atenciones de la guerra. Mandó crear por cuenta del Rey un sistema de preparación de tejidos de lana para proveer a sus soldados. Quiso, además, obtener otros artículos necesarios para su ejército: 'También tengo hecha -le decía al Rey- una industria en Santiago, que es de mucha importancia, porque, con los cordobanes, badanas, vaquetas y cueros de suela que se labran en ella, ayudan mucho al calzado de los soldados y a las sillas que se van haciendo para los que cabalgan'. Ribera, además, había mandado construir carretas en Santiago y en Concepción para el transporte de víveres y bagajes".

     También era insistente en algo que casi nunca podía conseguir: "El día 6 de agosto de 1603, decidió enviar a Lima un agente de confianza, que por su conocimiento de las cosas de Chile pudiera dar al Virrey noticia cabal del estado de este país y le solicitara las ayudas que se necesitaban. El agente designado por el Cabildo fue el capitán Pedro Cortés de Monroy (tantas veces mencionado), que en las últimas campañas había desempeñado el alto puesto de maestre de campo de Ribera. Era un militar tan distinguido por su valor como por su actividad, que había venido a Chile a la edad de dieciséis años, y que servía en la guerra de este país desde el tiempo de don García Hurtado de Mendoza. Estos antecedentes hacían creer que su palabra sería escuchada con consideración. A mediados de octubre de 1603, cuando hubo terminado sus preparativos, Ribera partía de Santiago, y fundó junto al río Biobío un fuerte al que dio el nombre de San Pedro de la Paz. Avanzó luego hacia el sur, hasta el río Vergara, y allí, en un sitio elevado y pintoresco, fundó el 24 de diciembre un nuevo fuerte que, por ser la festividad religiosa de ese día, recibió el nombre de Nacimiento, con  el cual se conoce hasta ahora ese lugar. La línea fortificada de frontera, que había ideado Ribera, quedaba así mucho mejor defendida".

     Para variar, el gobernador recibió buenas noticias: "Ribera tuvo entonces que volver a Concepción porque habían comenzado a llegar las ayudas que, gracias a las gestiones hechas por el capitán Pedro Cortés, enviaba el virrey del Perú. Esos refuerzos suponían un total de 371 soldados. Aunque el número era inferior al que esperaba Ribera, su ejército podía emprender operaciones más decisivas. Y, además, le llegaron al Gobernador comunicaciones de la más alta importancia. El rey de España, conocedor de las necesidades de la guerra contra los araucanos, anunciaba que pronto enviaría mil hombres, y que, incluso, había determinado que en Chile se mantuviese un ejército permanente de mil quinientos hombres".

 

     (Imagen) Vamos contando cosas, y muchos de sus protagonistas quedan en el mayor de los olvidos. Un pequeño incidente nos va a 'resucitar' a uno de ellos por pura casualidad. Vivió la aventura de Chile en los inicios de su conquista, pero echaremos la vista atrás para recuperar su memoria. Hemos visto que el gobernador Ribera estableció un fuerte junto al río Vergara, nombre que, sin duda, tenía que corresponder al apellido de un español de familia vasca. Y así es. Se trataba de GASPAR DE VERGARA. Nació el año 1507 muy cerca de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca). Llegó a Perú sumamente joven, el año 1535, poniéndose al servicio de Diego de Almagro, lo que marcaría muy negativamente el curso de sus aventuras por la Indias, ya que tuvo que vivir los conflictos iniciales de la guerra civil de Perú. El ejército de Almagro se agarró como a un clavo ardiendo a la esperanza de que en Chile conseguirían la riqueza y la gloria sin necesidad de enfrentarse a Francisco Pizarro. Regresaron de aquellas lejanas tierras totalmente decepcionados, recurrieron a las armas contra los Pizarro, y fueron derrotados. Ejecutado Diego de Almagro, apareció la figura excepcional de Pedro de Valdivia con la loca idea de intentar de nuevo la conquista de Chile, y Gaspar de Vergara, a pesar de su triste y durísima experiencia anterior, decidió ir con él. Fue, pues, el más veterano de la expedición (Valdivia incluido). Partieron el año 1539, atravesaron penosamente el desierto de Atacama, comenzaron los logros, y pronto se vio que Pedro de Valdivia le tenía mucho aprecio a Gaspar. Tras asistir Vergara  a la fundación de Santiago (año 1541), lo nombró, en 1549, regidor del lugar. Estuvo también presente al crearse la ciudad de Concepción (siendo en ella regidor y alcalde). El año 1553 se estableció la población de Angol, y en ella aumentó el prestigio de GASPAR DE VERGARA. Fue allí premiado por Pedro de Valdivia con encomiendas de indios de tanta rentabilidad, que, en breve tiempo, el curso fluvial que circulaba por aquella zona quedó para siempre conocido como RÍO VERGARA. En aquel mismo año, Pedro de Valdivia salió de la ciudad para luchar contra los mapuches, y, mostrando toda su confianza  a Gabriel de Vergara, lo dejó en ella asumiendo el mando como teniente de gobernador. Lo que nadie imaginaba era que, al enfrentarse Pedro de Valdivia en Tucapel contra los indios, iban a morir de forma terrible él y unos cuarenta de sus hombres. En 1554, declaró contra el gobernador interino, Francisco de Villagra, en un juicio que lo acusaba de ser responsable del abandono de varias ciudades por el acoso de los mapuches. GASPAR DE VERGARA,  a pesar de ser soltero, tuvo varias hijas, que se casaron con españoles, y se desconoce la fecha de su fallecimiento.