jueves, 14 de abril de 2022

(1697) García Ramón, gobernador cesante, y su sustituto, Alonso de Ribera, se trataron con cierta cortesía, pero, en el fondo, estaban resentidos. Hubo otro que pretendió antes el cargo inútilmente: el peculiar Bernardo de Vargas Machuca.

 

     (1297) No solo Alonso de Ribera estaba decidido a no renunciar a su estrategia  militar, sino que, además, tuvo la conformidad de sus capitanes: "Como lo había previsto Alonso García Ramón, el plan de operaciones del nuevo Gobernador, que se centraba en no acometer operaciones militares que supusieran el fraccionamiento del ejército, fue aprobado unánimemente en la junta de guerra que celebraron los capitanes el 16 de febrero. Ese acuerdo le servía al nuevo Gobernador para justificar su conducta ante el monarca y ante el virrey del Perú. Además, tenía la consecuencia de apartar al gobernador cesante de toda intervención en los negocios militares, dejando  a Ribera en libertad de dirigir la guerra por sí mismo".

     A pesar de las buenas maneras, la tensión entre los dos gobernadores tuvo que ser desagradable. La separación de los dos no podía ser cordial, pero fue cortés. Y así se refleja en las siguientes palabras que le escribió Ribera al Rey: "Cuando García Ramón supo de mi llegada, vino a la ciudad de Concepción, donde tratamos de los negocios al servicio de Su Majestad. Quiso quedarse conmigo este verano (ya sabemos que no fue exactamente así), y yo también lo tuviera en mucho, pero después fueron su parecer y el mío tan diferentes, que nos pareció a los dos que de ninguna manera podríamos coincidir el uno en lo que el otro quería, y por eso decidió marcharse". Pero, según nos cuenta el historiador Diego Barros, ese comportamiento educado no duró largo tiempo: "García Ramón preparó una información para justificarse de los cargos que pudieran hacérsele por los pocos meses que había desempeñado el gobierno. Aunque el mismo Ribera firmó un escrito favorable a su antecesor, poco más tarde, cuando supo que esa información de García Ramón daba origen a que se le acusara a él en Lima de no haberle permitido que fuera a ayudar a las ciudades del sur, el Gobernador hizo redactar otra información para demostrar que García Ramón no había pensado nunca seriamente en hacer tal campaña. Ribera llevó su saña hasta escribir al Monarca y al Virrey que la firma que había puesto en el informe que se refería a la buena conducta de su predecesor, le había sido arrancada por sorpresa y por engaño".

     Es posible que ninguno de los gobernadores que llegaron a Chile en estos últimos tiempos fuera completamente consciente de las terribles circunstancias del país que le había tocado en suerte: "Cuando Ribera pudo centrarse en estudiar por sí mismo la situación del ejército de Chile, sufrió la más dolorosa decepción. Soldado distinguido e inteligente de los ejércitos de Flandes, discípulo de Alejandro Farnesio y de los más insignes generales de la segunda mitad del siglo XVI, había militado en los mejores ejércitos de su tiempo y conocía perfectamente las ventajas de la disciplina y de la buena  organización militar. Las tropas que iba a hallar en Chile no podían dejar de causarle la más penosa impresión. Sin contar los soldados que se hallaban en las ciudades del sur, y de quienes no se tenía la menor noticia desde hacía más de un año, el ejército de Chile disponía en esa época de unos 1.250. En este número estaban incluidos los 260 hombres que acababa de traer el nuevo gobernador, y las guarniciones repartidas en diversos lugares que no era posible abandonar. Las tropas utilizables para emprender una campaña contra los indios pasaban apenas de quinientos hombres".

 

     (Imagen) Alcanzar el cargo de Gobernador en las Indias era tener un título al que algunos aspiraban sin fijarse demasiado en los inconvenientes. Y, por entonces, había intentado serlo de Chile un personaje pintoresco: BERNARDO DE VARGAS MACHUCA, nacido en Simancas (Valladolid)  el año 1557. El historiador Barros nos lo muestra como un hombre no demasiado conocido por sus aventuras militares, pero sí por otras habilidades y una gran autoestima: "Conquistó cierta notoriedad escribiendo sobre historia y geografía de América. Después de servir diez años en Italia y durante la guerra contra los turcos, pasó a las Indias hacia 1574, militando en el Nuevo Reino de Granada (Colombia), y había tenido el cargo  de Gobernador de Portobello (localidad panameña). En 1594, dejó allí a su mujer y a sus hijos, fue a la Corte y solicitó en vano el premio de sus servicios. Poco después publicó un libro muy curioso con el título de 'Milicia y descripción de las Indias' (el que vemos en la imagen), una narración interesante sobre los países que había conocido y la manera en que los españoles hacían la guerra a los indios. Publicó, además, una 'Defensa de las conquistas de las Indias', refutando los escritos de Bartolomé de Las Casas. Vargas Machuca creía firmemente que su experiencia lo habilitaba para desempeñar cualquier cargo en las colonias de España. El 21 de agosto de 1599, le pedía al Rey el puesto que dejaba vacante la muerte en Chile del gobernador Óñez de Loyola, pero solo conocía el país por la lectura del poema de Alonso de Ercilla. A pesar de esas imperfectas nociones, el capitán Vargas Machuca  estaba seguro de acabar mediante su sistema la guerra de Chile en sólo cuatro años, aunque proponía en realidad los mismos métodos que, sin provecho alguno, habían utilizado los gobernantes anteriores. Su proposición debió de ser considerada como un rasgo de atolondramiento y de presunción, y por tanto fue desatendida por el Rey y por el Consejo de Indias. En vez del alto puesto que solicitaba, obtuvo algunos años después otro mucho más modesto, el de gobernador de la Isla Margarita (Venezuela), que desempeñaba todavía en 1615". Sin que esté muy claro el motivo, el libro que escribió para defender la forma en que se llevó a cabo la conquista del territorio de las Indias, no llegó a publicarse, quizá porque fuera muy tajante acusando a Bartolomé de las Casas de haber exagerado el mal trato que se dio a los nativos. Por otra parte, demostró intereses culturales tan amplios, que editó un método con reglas para montar adecuadamente a caballo, con el título de 'Compendio y Doctrina Nueva de la Gineta'. BERNARDO DE VARGAS MACHUCA murió en Madrid el año 1622.




miércoles, 13 de abril de 2022

(1696) Alternancias: La llegada del gobernador Ribera provocó que García Ramón se marchara a Perú, pero retornará como gobernador de Chile, y, cuando muera, volverá a serlo Alonso de Ribera. Los dos fueron muy valiosos.

 

     (1296) No era nada cómoda la situación del valioso y veterano Alonso García Ramón al tener que cederle el puesto al nuevo gobernador, Alonso de Ribera: "Por indicación del Virrey de Perú, Ribera debía desembarcar en Valdivia para socorrer inmediatamente a las ciudades sureñas, pues se suponía que estaban en el máximo grado de miseria y desamparo. Parece que era esa también la determinación del Gobernador, puesto que así se lo comunicó al Rey, pero, según navegaba, modificó su rumbo y arribó a Concepción el 9 de febrero de 1601. Dos días después, bajó a tierra con toda su gente y celebró su primera entrevista con García Ramón, que, obedeciendo a su llamada, había acudido rápidamente desde Hualqui. Al parecer, los dos capitanes se trataron afectuosamente. Ribera traía una carta del Virrey para García Ramón, en la que, con términos muy elogiosos e invocando el nombre de Dios y del Rey, le pedía con insistencia que continuase prestando sus servicios y sus valiosos consejos en el ejército de Chile. García Ramón, que seguramente estaba resuelto a volverse al Perú, donde había dejado a su familia, no se pudo resistir a esa petición, y se ofreció a quedar en el país un año más, pero no por eso perdió la desconfianza que debía inspirarle el nuevo Gobernador. Ribera, por su parte, aunque atento con su antecesor, estaba determinado a no dejarse conducir por los consejos de nadie, y deseaba, sin duda alguna, que García Ramón se alejase de toda intervención en la dirección de la guerra".

     Pero se impuso la realidad frente a las buenas intenciones, y siempre es de muy mal gusto que te quite el mando un recién llegado, que, además, va a despreciar tus planteamientos: "Aquel estado tirante de las relaciones de ambos capitanes no podía mantenerse largo tiempo sin producir una ruptura definitiva. En aquella primera entrevista, Alonso García Ramón había ofrecido dar a Ribera su parecer acerca del plan de campaña que convenía adoptar contra los indios (al fin y al cabo, él era quien contaba con gran experiencia chilena, y se había jugado a vida repetidas veces). En efecto, el siguiente día, 12 de febrero, le presentaba escrito un memorial en el que estaba formulado su dictamen. Según él, era necesario recomenzar pronta y enérgicamente la guerra con las fuerzas que entonces había en el país, como el único medio de aterrorizar a los bárbaros, haciéndoles comprender sin demora la superioridad militar de los españoles. A su juicio, las operaciones debían emprenderse simultáneamente con tres tropas. Una iría por la costa a socorrer la plaza de Arauco. Otra entraría por el valle central a auxiliar a Villarrica y Osorno, debiendo enseguida fundar un fuerte donde había existido La Imperial, para preparar la repoblación de esta ciudad. La tercera se encargaría de repoblar rápidamente las ciudades de Angol y Santa Cruz. García Ramón mostraba tanta confianza en el buen resultado, que él mismo se ofrecía para dirigir la parte más dificultosa de la empresa, la expedición a las ciudades del sur. Pero Ribera, que personalmente no había acostumbrado a retroceder ante ningún peligro, encontraba temerario este plan de operaciones que lo habría obligado a dividir imprudentemente sus fuerzas y a colocarse en la misma situación en que habían estado los gobernadores anteriores sin provecho alguno para la pacificación eficaz del país".

    

     (Imagen) No le sirvió de nada a Alonso García Ramón el plan de ataque a los indios que le propuso al nuevo gobernador, Alonso de Ribera: "Como pasaron tres días sin que el Gobernador tomase una determinación, García Ramón le escribió de nuevo diciéndole que estaba esperando que le diera órdenes, y que, si no era necesaria su ayuda en Chile, le agradecería que le diera licencia para irme a su casa de Perú. Sin abandonar las buenas maneras que le aconsejaba la prudencia, pero dejando comprender claramente que solo a él correspondía la dirección superior de la guerra, Alonso de Ribera le contestó el mismo día en términos corteses a García Ramón, reconociendo sus méritos y sus servicios, pero concluía, sin embargo, diciéndole con respecto a su deseo de separarse del ejército, que él mismo, respetando las instrucciones que le hubiese dado el virrey del Perú, podía determinar lo que más a propósito le pareciese. La ruptura de los dos gobernadores había llegado a hacerse inevitable. El 16 de febrero Alonso de Ribera convocaba a sus capitanes para consultar sus pareceres acerca del plan de campaña que debía adoptarse. Había redactado al efecto una serie de preguntas a las que debían contestar los hombres más experimentados en aquellas guerras, pero, en una exposición preliminar que las precedía, Ribera no disimulaba su propia opinión. A su juicio era indispensable, y además posible, socorrer prontamente a los defensores del fuerte de Arauco, que se hallaban reducidos a la más espantosa miseria. Convenía también auxiliar a las ciudades del sur, pero lo reducido de sus tropas, la escasez de provisiones y la larga distancia que era preciso recorrer a través del territorio sublevado, hacían por entonces imposible esta operación. Ribera creía también que el fraccionamiento de sus tropas produciría inevitablemente la insurrección de los indios del norte del Biobío y la ruina de Concepción y de Chillán. García Ramón, viéndose desairado en sus opiniones, no vaciló ya en pedir perentoriamente su separación del servicio militar. Le dijo en un escrito: 'Vuestra Señoría cree que es lo acertado no dividir sus fuerzas antes de haber peleado con el enemigo, por lo cual mi persona y asistencia no serán de ningún efecto en esta tierra'. Y terminaba pidiéndole licencia para volverse al Perú. El mismo día le fue concedido este permiso en términos honorables, pero firmes". Era el año 1601, y, pasados otros cuatro años, el Rey comprendió la conveniencia de que ALONSO GARCÍA RAMÓN volviera a ser Gobernador de Chile, y lo fue hasta su muerte, ocurrida en 1619. Y, cosas de la vida, como se ve en la imagen, el Rey le ordenó en 1606 a Alonso García Ramón que sometiera al examen del Juicio de Residencia al ex gobernador Alonso de Ribera.




martes, 12 de abril de 2022

(1695) El bravo García Ramón siguió batallando mientras esperaba la llegada de su sustituto, el gobernador Alonso de Ribera. Pero tuvo que pelear en la zona norte, y fue injustamente criticado por no haber dado preferencia a las ciudades del sur.

 

     (1295) Como vimos, Alonso García Ramón no quiso quedarse de brazos cruzados a la espera de que llegara el nuevo gobernador que le iba a sustituir, Alonso de Ribera. Su sentido de la responsabilidad era enorme, y Chile se encontraba inmersa en durísimos problemas que exigían una pronta solución. Era necesario hacer algo, aunque solo fuera mitigar la tragedia: "A principios de diciembre partía García Ramón de Santiago, 'en medio de cien mil dificultades', como él mismo dice. El 2 de enero de 1601 llegaba a Chillán, y, según andaba recorriendo la zona, supo que por otro lado del río había una gran junta de enemigos que en número de cuatro mil hombres preparaban una expedición hacia el norte para levantar todo el país hasta las orillas del Maule. Le fue forzoso dar la vuelta a Chillán, y colocar algunos destacamentos de tropas a las orillas del Itata para cerrar el camino a los indios. Estos, por su parte, cuando vieron frustrados sus proyectos, recurrieron a los mismos artificios que usaban en ocasiones, fingiendo desear la paz. Chillán no podía considerarse tranquilo con esto solo, y además sufría la escasez de provisiones. García Ramón, sin embargo, dejando en esa ciudad los socorros de gente y de víveres de que le era posible disponer, continuó su marcha a Concepción el 7 de enero. Se le había avisado que en esa época habría llegado a esa ciudad el nuevo gobernador, pero pasaron muchos días sin que se tuviera la menor noticia de él. Mientras tanto, García Ramón creía que no era posible dejar pasar todo el verano sin hacer una tentativa para socorrer a Villarrica. Creía también que una campaña en el territorio araucano habría de permitirle rescatar de manos de los indios muchas de las numerosas mujeres cautivas que estos habían tomado en los asentamientos españoles, y que se suponían sometidas a los peores tratamientos. Importaba, además, ponerse en comunicación con el coronel Francisco del Campo, y con las ciudades de Osorno y de Castro, acerca de las cuales no se sabía nada desde el verano anterior. En Concepción se había tratado de equipar una pequeña embarcación para que fuese a Valdivia a inquirir noticias del gobernador, pero algunos soldados que querían fugarse de Chile, se apoderaron de ella una noche y se dieron a la vela hacia el Perú".

     El panorama era atroz, y la situación de las mujeres presas tenía que ser un infierno. Para que no faltara de nada, se observa que había también desertores, sin duda debido a que aquello era un espanto. Pero la generalidad de los escasos soldados conservaban valientemente la disciplina: "Habiendo consultado García Ramón a sus capitanes, aprobaron estos el plan de batallar en el territorio enemigo. Las fuerzas preparadas para esta atrevida empresa constaban sólo de 310 hombres. García Ramón estaba obligado a dejar el resto de sus tropas para la defensa de Concepción, de Chillán y de los otros puestos militares. Dio el mando superior de estas guarniciones al general Francisco Jufré,  y, creyendo que estas últimas eran capaces de defenderse, dispuso que su teniente general, el licenciado Viscarra, partiese para Santiago a pedir más soldados. García Ramón escribía a los del Cabildo de la capital explicándoles las causas de su determinación. Les pedía que enviasen al sur otros cincuenta hombres, y acababa diciéndoles que mandasen hacer oraciones por el buen éxito de la campaña. 'Vuestras Señorías pidan y supliquen a Dios, les decía, procurando que hagan lo mismo todos los conventos de esas ciudades, haciéndole sacrificios y pidiéndole que se sirva de darnos buenos éxitos".

     (Imagen)  En tiempos de vacas gordas, todo el mundo es feliz y comprensivo con los demás, pero no era entonces, ni de lejos, ese el caso de Chile. Alonso García Ramón, gobernador interino del país, había sido destituido de su cargo a pesar del extraordinario brillo de su biografía. Sabía que estaba a punto de llegar el nuevo gobernador, Alonso de Ribera (del que acabamos de hablar), y se le van a poner las cosas tan feas, que decidirá más tarde marchar a Perú. Pero antes va a ser criticado injustamente por una mezquina interpretación de sus actuaciones. Mientras esperaba la llegada del nuevo gobernador, seguía preparando ataques contra los mapuches. Pidió ayuda de hombres y oraciones a los del Cabildo de Santiago. Estas se las encargaron a los conventos, pero lo de los soldados era otro cantar: "El Cabildo, reunido el 25 de enero, recomendó a los conventos que rezaran, pero tuvo menos decisión para enviar el contingente de hombres, limitándose a lamentar la escasez de gente de la ciudad y a dejar a cargo del corregidor la decisión.  Sin duda, García Ramón no esperaba que sus órdenes hallasen esta oposición. Luego partió de Concepción a la cabeza de sus tropas, dispuesto a recorrer el territorio enemigo por la zona de Angol, Purén y Lumaco, para socorrer a Villarrica, pero doce días después se hallaba todavía a pocas leguas de Concepción. Allí recibió un aviso del capitán Hernando Cabrera, corregidor de esa ciudad, en el que le comunicaba que la población de Arauco, estrechamente sitiada por los indios, necesitaba con urgencia que se la socorriera. Estos informes le obligaron a detener su marcha. Más tarde se le acusó en juicio formal de que nunca había pensado seriamente en dirigirse hacia el sur, y que este retraso en su marcha así como las noticias que lo hicieron volver atrás, eran un simple ardid para ocultar su poltronería. En su descargo, García Ramón alegaba que los cabildos de Concepción y de Chillán le habían exigido que retrasase su marcha hasta que se hubiesen terminado las cosechas de los pocos sembrados que había en los alrededores de esa ciudad, y que luego la noticia del sitio de Arauco lo había determinado a aplazar su viaje hasta haber socorrido esta plaza. Seguramente, esta era la verdad, pero sea como fuere, la proyectada expedición en socorro de las ciudades del sur quedó sin efecto. Siguiendo la ribera norte del Biobío, la columna de García Ramón emprendió su vuelta a Concepción. El 10 de febrero se encontraba en Hualqui, y allí recibió el aviso de que Alonso de Ribera acababa de desembarcar. El nuevo Gobernador venía deseoso de conocer el estado del país, y de preparar los medios para su defensa, y llamó urgentemente a su predecesor para recoger esos informes".




lunes, 11 de abril de 2022

(1694) El gobernador Quiñones fue cesado, asumiendo el cargo interinamente García Ramón. El nuevo gobernador titular de Chile será Alonso de Ribera. Los españoles desconfiaban de su valía, pero resultó un prodigioso militar.

 

     (1294) Alonso García Ramón va a ser sustituido, pero cuatro años después volverá a ser Gobernador de Chile, y esta vez no como interino, sino como titular del cargo. Sigamos con Diego Barros: "En esos momentos ya venía de camino un capitán llamado Alonso de Ribera, a quien el Rey acababa de nombrar gobernador de Chile. La noticia de este nombramiento, comunicada  por el virrey del Perú, llegó a Santiago en el mismo mes de septiembre (año 1601), cuando García Ramón hacía esfuerzos supremos para organizar una nueva campaña contra los indios. Casi por todas partes fue recibida con sorpresa y desagrado la elección del monarca. Ribera era un militar absolutamente desconocido en el Perú y en Chile, y nadie podía creer que poseyese la experiencia para dirigir la guerra de Arauco. García Ramón, sin embargo, disimuló su descontento, envió al Perú a su futuro sucesor los informes que podían interesarle sobre el estado lastimoso de Chile, y siguió adelantando sus preparativos para ir en ayuda de las ciudades del sur. En este empeño, al gobernador interino no le detuvo ningún pensamiento. A pesar de la pobreza de la ciudad de Santiago, García Ramón impuso contribuciones extraordinarias, tomó préstamos y mandó que en los pueblos de los indios amigos se sacasen caballos, vacas y carneros para el ejército. Los españoles no fueron tratados con más benignidad. Se quitaron a los vecinos de Santiago todas las armas, los caballos y mucha parte de sus haciendas, dejándola a falta de todo lo necesario para la defensa contra enemigos. Por estos medios, García Ramón llegó a formar a fines de noviembre una hueste de cuatrocientos hombres suficientemente armados y equipados".

     Alonso García Ramón tenía muy claro que era de suma urgencia frenar a los mapuches, y el anuncio del nuevo gobernador no paralizó sus preparativos de ataque: "Su presencia en el sur era urgente y necesaria. Las ciudades de Concepción y de Chillán, mal guarnecidas para su defensa, no tenían más víveres que los que se les enviaban de Santiago, porque todos los campos vecinos habían sido abandonados y eran el teatro de las correrías de los bárbaros. El antiguo Gobernador, don Francisco de Quiñones, acababa de salir de Concepción, embarcándose para el Perú, por lo que quedaban aquellas provincias en la más alarmante situación. En el lecho en que lo tenían postrado sus enfermedades, Quiñones había sabido que iba a llegar su sucesor, Alonso de Ribera. Supo también que el Virrey había pedido a este que le guardase todas las consideraciones debidas, y que le facilitase los medios de volver a Lima. Aunque estas recomendaciones revelaban que no había perdido el aprecio de sus superiores, don Francisco de Quiñones se empeñó en recoger todos los documentos que pudieran justificar su conducta. Hizo que el cabildo de Concepción le diera un certificado de sus servicios. Vuelto al Perú, y acusado como causante de las desgracias de la guerra, el anciano capitán pasó los últimos días de su vida ocupado en demostrar sus servicios y en agrupar documentos que justificasen sus actos como gobernante". Ya vimos que la biografía de Francisco de Quiñones fue absolutamente excepcional. Pero tuvo la mala suerte de dejarla inevitablemente algo deteriorada porque Chile era un infierno en el que hasta los más valiosos y lúcidos militares podían equivocarse. Algo de eso le pasó al final a Quiñones, quien en 1606 ya había muerto. Pero, como vimos, su viuda, Grimanesa Mogrovejo, presentó ese mismo año ante el Rey un extenso documento sobre los méritos y servicios de su marido. Todos los políticos de altos cargos que había en las Indias tenían que rendir cuentas al terminar su mandato, y se veían sometidos obligatoriamente a una peligrosa investigación de sus actuaciones oficiales por medio del llamado Juicio de Residencia.

 

     (Imagen) Enseguida veremos en acción al nuevo gobernador, ALONSO DE RIBERA Y ZAMBRANO, pero habrá que anticipar algunos detalles sobre sus inteligentes planteamientos. Se equivocaban los españoles de Chile al temer que fuera un incapaz. Nació en Úbeda (Jaén) hacia 1560. Con solo 19 años, estuvo luchando en las guerras de Flandes, y, transcurridos otros diez, vivió la triste derrota de la Armada Invencible frente a las costas inglesas. Luchando en Francia el año 1594, resultó gravemente herido, pero siguió labrándose el prestigio de un heroico militar, que, de nuevo en los Países Bajos, actuaba como sargento mayor al mando de 2.500 hombres. Nombrado por el Rey gobernador de Chile, Alonso de Ribera partió hacia su destino el año 1600. Al llegar a Panamá, se puso en contacto con su gobernador, Alonso de Sotomayor, que lo había sido de Chile, y obtuvo de él una información valiosa acerca de los mapuches. Vio que eran necesarios más soldados, y le escribió al Rey pidiéndoselos. Llegado a Chile, cometió un error que le pudo costar caro: se enamoró de María Lisperguer Flores, quien por despecho de amores, estuvo a punto de asesinarlo. Era pariente de la terrible Quintrala (de la que ya henos hablado), y parece confirmarse que en esa familia había tendencias siniestras. Los españoles de Chile recibieron a ALONSO DE RIBERA con reticencias, desconfiando de la valía militar de alguien que era un portento en ese terreno. Pero el 'ignorante' gobernador introdujo normas militares, para mantener a raya a los mapuches, que se hicieron clásicas en la estrategia chilena. Era necesario eliminar las levas de inexpertos civiles, y había que establecer una frontera permanente defendida por soldados profesionales. Remataba su estrategia ganándoles poco a poco terreno a los mapuches y llevando las fronteras más lejos. Ese sistema se convirtió en una estrategia estable en Chile durante siglos, practicada incluso por el Estado Chileno, independiente de España,  el año 1881, para la ocupación definitiva del territorio mapuche. Tras cinco años de gobernación en Chile, fue enviado en 1606 con el mismo cargo a la región argentina de Tucumán, pero el Rey vio la necesidad de que volviera a Chile, donde actuó como gobernador por segunda vez a partir del año 1611. El Rey, por consejo del jesuita Luis de Valdivia, quería que ALONSO DE RIBERA se limitara a practicar una táctica defensiva contra los mapuches, pero se impuso la realidad, y tuvo que permitirle utilizar de nuevo estrategias ofensivas, por estar palpablemente demostrado que eran las únicas eficaces. Y, ejerciendo el puesto, murió en Concepción el año 1617. Cada ciclo de sus tres misiones duró unos cinco años.




domingo, 10 de abril de 2022

(1693) El gobernador García Ramón confiaba en Dios y en sí mismo para acabar con el horror de Chile. Pero necesitaba más soldados, y envió a España, para pedírselos al Rey, a un valiente clérigo trotamundos: Juan de Váscones.

 

     (1293) Alonso García Ramón era, como hemos visto, un veterano capitán curtido en batallas durísimas, tanto en Europa como en las Indias. Llegó a Chile como gobernador interino sabiendo que aquello era un infierno, pero con la moral muy alta porque confiaba en sí mismo. Sin embargo, los informes que recibió al llegar a aquellas tierras tuvieron que mellar su entusiasmo: "García Ramón se puso de inmediato al corriente de la situación del país. Todos los informes que se le daban eran desconsoladores. En la ciudad de Santiago supo que las frecuentes derrotas habían costado la vida a cerca de seiscientos hombres, en su mayor parte buenos capitanes y soldados, lo que era una pérdida enorme dado el escaso número de españoles que había en el reino. Tuvo conocimiento de la reciente despoblación de las ciudades de Angol y de la Imperial. Supo, además, que desde hacía casi un año no se tenía noticia alguna de Villarrica, y que se ignoraba por completo lo que ocurría en Osorno y en Chiloé. Mientras tanto, la osadía de los indios era cada vez mayor. El día dos de agosto, cuando García Ramón acababa de tomar el mando, los indios aparecieron de nuevo, fueron al pueblecillo de Duao, dieron muerte a algunos españoles, y se llevaron como cautivos a las mujeres y los niños cristianos que se hallaban allí. El Gobernador tuvo que enviar a esos lugares cincuenta soldados bajo el mando del capitán Álvaro Núñez de Pineda para restablecer el orden".

     A pesar de todo, García Ramón no se dejaba desmoralizar, animaba a sus soldados y no perdía la esperanza de contar con la ayuda de Dios, como lo manifestaba en un escrito que le envió al Virrey de Perú: "Confío en su Divina Majestad que, si acabo de juntar el ejército, he de tener grandes y buenos éxitos. Y, para que sean tales, suplico a Vuestra Excelencia que también se lo pida, y que mande que, en todos los conventos de esa ciudad de Lima y de todo el reino de Perú se haga lo mismo, pues son las más verdaderas y principales armas para lo que pretendemos". Está claro que la confianza en la oración era uno de los principales recursos de aquellos rudos soldados para mitigar el lógico miedo que les podía atenazar en situaciones tan dramáticas. Pero, a su vez, esa dosis extra de confianza podía llevarlos al desastre. Aunque también es de suponer que, en medio de una sangrienta batalla, el instinto más fuerte sería el de supervivencia.

     Como era de esperar, a los habitantes de Chile no les bastaban las oraciones como solución de sus males. Tenían la convicción de que el verdadero remedio estaba en que el Rey de España les enviara los refuerzos necesarios, y de que, si no lo había hecho, era porque carecía de información sobre la calamitosa realidad de Chile, por lo que decidieron enviarle a un mensajero que le hiciera comprender la tragedia que padecían: "Los cabildos de Santiago, la Serena, Concepción y Chillán, decidieron conjuntamente escoger para tal misión a fray Juan de Váscones, provincial de los religiosos agustinos. Se le dio el encargo de hacer un número considerable de peticiones de diversas clases para atender a la defensa de Chile contra los corsarios extranjeros y contra los indios rebeldes, y para favorecer la prosperidad del país. cuyos habitantes deseaban presentarlo como una de las más hermosas provincias de la monarquía española. Querían ante todo que se enviasen socorros de tropas, y que estas vinieran directamente de España, ya que los auxiliares enganchados en el Perú habían dado casi siempre mal resultado. Pedían, también, que de nuevo se enviase a Chile a don Alonso de Sotomayor, creando en este país un virreinato, para que este capitán actuara con libertad y con independencia de otras autoridades. Si no pudiera ser nombrado Sotomayor, que entonces desempeñaba el importante cargo de gobernador de Panamá, el padre Váscones debía recomendar para el mando de Chile a Alonso García Ramón, como hombre muy respetado en Chile por sus buenos servicios en la guerra araucana. El comisionado padre Váscones partió de Valparaíso en septiembre de 1600".

 

     (Imagen) Hemos ido viendo en las Indias a clérigos ante los que habría que quitarse el sombrero por su valentía y grandes cualidades, aunque quizá en sus conciencias hubiese sombras oscuras. Pero, en general, todos tenían el mérito de estar jugándose la vida. El provincial de los agustinos, JUAN DE VÁSCONES, partió hacia España con la misión de convencer al Rey de que ayudara con refuerzos para que las ciudades de Chile no fueran destruidas por los mapuches. He encontrado una reseña que habla de sus anteriores andanzas. El texto (muy extenso) lo ha escrito otro agustino chileno, llamado Osvaldo Walker (fallecido en 2017),  y voy a resumir parte de su contenido. JUAN DE VÁSCONES fue hijo de Diego de Váscones y de Francisca Morante, vecinos de Sevilla, pero radicados en México, donde Juan nació. Allí profesó como agustino el año 1573 y partió hacia Filipinas en 1580 con otros 9 religiosos. Tenía fama de ser muy instruido. Apenas llegado, lo nombraron prior de Calumpit, y luego lo fue del convento de Hagonoy. En 1585 fue destinado a España para tratar diversos asuntos en la Corte por su calidad de intérprete de chinos residentes en Manila que estaban a cargo de los agustinos. Llegado a España, presentó en la Corte un memorial para poder ir con otros agustinos a Filipinas. Tras serle otorgado, tuvo el apoyo   de dos cédulas reales para garantizar la seguridad del viaje, una dirigida a la Casa de la Contratación de Indias de Sevilla y la otra a la Audiencia de Manila. Hay versiones de que entonces, año 1588, murió Juan de Váscones en España, porque quien hizo el viaje a Manila en su lugar fue el padre Francisco Ortega. Pero ya sabemos que había partido para Chile, que es donde lo vemos ahora, año 1600, como provincial de los agustinos chilenos, y saliendo hacia España de nuevo con una delicada misión ante el Rey. Llegó el año 1601, y le entregó a Felipe III un informe en el que, entre otras cosas, contaba sus vivencias anteriores en territorio filipino. El año 1588, cuando el padre Váscones quedó al margen del viaje a Filipinas, apareció de repente en Ecuador, y pasó después a Perú, donde estuvo hasta 1595, año  en el que llegó a Chile. Un cronista que lo conoció, dijo de él que "era  un varón elocuente y circunspecto, de venerable presencia, alto de cuerpo, enjuto, penitente y de vida ejemplar". Veremos que, a pesar del extenso y documentado informe que FRAY JUAN DE VÁSCONES presentó en la Corte, no consiguió del Rey la salvadora ayuda que Chile necesitaba, por lo que decidió no regresar a ese país, sino a su México natal.  Pero incluso desde allí le escribió al Rey en 1607 para advertirle de algo que consideraba evidente: se mostraba contrario a que se fundaran nuevas poblaciones en Chile sin que previamente los indios quedaran totalmente pacificados.




viernes, 8 de abril de 2022

(1692) La vida de todos aquellos heroicos militares de Indias, especialmente en Chile, fue un novelón de sufrimientos, desde su juventud hasta la tumba. Al enfermo gobernador Quiñones lo sustituyó el excepcional Alonso García Ramón.

 

     (1292) El gobernador Francisco de Quiñones tenía por entonces sesenta años, y le quedaban seis de vida, pero, sobreponiéndose imprudentemente a su debilidad, seguía peleando: "El Gobernador, entretanto, se hallaba en Concepción en circunstancias no menos aflictivas. Su reciente expedición al territorio araucano, en que acababa de despoblar las ciudades de Angol y la Imperial, había sido un esfuerzo superior a sus años y al estado de su salud. Sin embargo, sabiendo que los mapuches habían atravesado el Biobío para inquietar los campos vecinos a Concepción, volvió a salir de campaña, hizo retroceder a los bárbaros e, incluso, mandó perseguirlos hasta el otro lado del río. Pero esta corta expedición, emprendida en el invierno, le resultó fatal. Sorprendido por la lluvia, sufrió un ataque de parálisis que le dejó sin movimiento todo un lado del cuerpo, y que durante meses lo tuvo postrado en su lecho. A pesar de sus dolencias, el Gobernador estaba obligado a atender los negocios de la guerra y de la administración, pero por todas partes lo rodeaban dificultades que mostraban el estado lastimoso a que había llegado el reino. Concepción estaba llena de gente de las ciudades recientemente despobladas. Muchos individuos, y entre ellos no pocos capitanes y soldados, emigraban para Santiago y aumentaban allí el desaliento. Se sabía también que los defensores del fuerte de Arauco, constantemente cercados, sufrían mil penalidades y estaban expuestos a perecer de hambre. Deseando socorrerlos, el Gobernador dispuso que el capitán Juan Martínez de Leiva fuese por mar a llevarles algunos víveres. Pero esta empresa produjo un verdadero desastre. La nave fue arrojada por los vientos del norte junto a la bahía de Arauco. Los indios se apoderaron de ese valiente capitán y de más de treinta hombres que iban con él, dieron muerte a muchos de ellos y conservaron a los otros como prisioneros. En aquellas circunstancias, Concepción vivió durante meses en tal estado de alarma, que las gentes se recogían cada noche en el convento de San Francisco, y las calles de la ciudad fueron cerradas con tapias para defenderlas contra ataques del enemigo. En el otoño de 1600 llegaron, además, a Santiago cuarenta y cuatro soldados portugueses que venían a Chile como ayuda, pero que luego pasaron a constituir un verdadero peligro para la colonia. Al percibir la miseria espantosa a que estaba reducido el reino de Chile, el desaliento general y la poca esperanza que había de que mejorase esa situación, aquellos portugueses solo hablaban de volverse al otro lado de los Andes (a Argentina). También muchos de los soldados recién venidos del sur se mostraban dispuestos a secundarlos en este proyecto. Todos los días se hablaba de intentos de motín de esas gentes, lo que era causa de que se viviese en Santiago en la mayor intranquilidad. El general Miguel de Silva, que desde el mes de mayo desempeñaba el cargo de corregidor de la ciudad, gozaba entre los suyos el prestigio de su valor y de más de treinta años de buenos servicios en la guerra de Chile, pero carecía de fuerzas para reprimir esos alborotos. Todo hacía temer que en la primavera próxima, cuando el derretimiento de las nieves abriese los caminos de la cordillera, el desbande de gente vendría a agravar los peligros de aquella terrible situación. Pero en esos momentos llegaba a Valparaíso un nuevo mandatario que había de infundir mayor confianza a los colonos".

 

     (Imagen) Quien llegaba a Chile echándole valor para ejercer el cargo de Gobernador Interino sustituyendo al enfermo y anciano Francisco de Quiñones, era ALONSO GARCÍA RAMÓN, de quien hemos hablado varias veces: "El virrey del Perú, don Luis de Velasco, tenía una alta opinión de este militar. Los antecedentes y los servicios de García Ramón lo hacían digno de esa confianza. Nacido el año 1552 en la ciudad de Cuenca (ver imagen), había combatido en España contra los moriscos sublevados en Granada. Sirvió en la escuadra de don Juan de Austria con 20 años, y después luchó en la conquista de Túnez. Desde 1579, hizo campaña en Flandes a las órdenes de Alejandro Farnesio, recibiendo dos heridas de arcabuz, pero tuvo la gloria de ser el primero que escaló las murallas enemigas, donde tomó dos banderas. Cuando llegó a Chile con don Alonso de Sotomayor, García Ramón era ya un militar de probado valor y gran experiencia militar. Ya hemos visto algunas de sus brillantes actuaciones de guerra durante el gobierno de don Alonso de Sotomayor, logrando gran fama de valiente y de esforzado. Al llegar a Chile, en 1592, el trágico gobernador Martín García Óñez de Loyola, el capitán García Ramón se trasladó al Perú, y mereció la confianza del Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza. Desempeñó entonces con lucimiento los cargos de corregidor de Arica y de Potosí,  y, desde 1599, el de maestre de campo de todo el Perú, siendo en Lima uno de los más acreditados consejeros a los que que Virrey don Luis de Velasco consultaba sobre los asuntos de guerra. Por más que el gobierno de Chile fuera en esas circunstancias un puesto muy poco codiciable, García Ramón lo aceptó de buen grado. Como todos los militares que eran llamados al desempeño de este penoso y difícil cargo, parecía creer que las desgracias del reino provenían principalmente de los errores y de la flojedad de sus predecesores, y que un esfuerzo de  constancia y de prudencia podía mejorar aquel lamentable estado de cosas. Iguales ilusiones se venían forjando todos los gobernadores, haciendo a los que los habían precedido responsables de faltas y de desastres que casi siempre estos no habían podido evitar. El Virrey no pudo suministrarle en esos momentos más que una buena provisión de víveres y de ropa. Sin embargo, García Ramón se embarcó resueltamente en Lima, y el 12 de junio de 1600 zarpó para Chile con dos buques. El viaje duró 47 días. Al fin, el 29 de julio llegaba ALONSO GARCÍA RAMÓN a Valparaíso, y el siguiente día hacía su entrada en Santiago. Su presencia hizo nacer desde el primer momento la esperanza de que los males y desgracias que aquejaban al reino encontrarían algún remedio". Era como agarrarse a un clavo ardiendo, que pronto les resultaría insoportable.




jueves, 7 de abril de 2022

(1691) Francisco del Campo, con pérdida de hombres, logró expulsar de Chiloé a los corsarios holandeses. Luego ejecutó a varios caciques y a un español que habían colaborado con los piratas.

 

     (1291) Con la derrota de los piratas holandeses, llegó la hora de las duras represalias para que la ciudad de Castro quedara libre de nuevas amenazas: "Los españoles la ocuparon inmediatamente, pero cuando esperaban coger vivos a algunos enemigos, no hallaron más que veintiséis cadáveres de holandeses, y un solo prisionero, un español apellidado Juanes, que había servido a los invasores, y que en el acto fue arcabuceado como traidor. Mientras tanto, los holandeses, que retenían a bordo cinco españoles apresados poco antes, permanecían en el puerto. Aunque reducidos a solo veintidós hombres, algunos de ellos heridos, sabían que los soldados de tierra no podían atacarlos con las miserables piraguas que tenían a su disposición. Francisco del Campo les propuso que se rindiesen, pero el corsario Baltasar de Cordes, que debía suponer la suerte que le estaba reservada si caía en poder del enemigo, prefirió desafiar todos los peligros para salir al océano. El tercer día después del desastre, desplegaba sus velas y se lanzaba resueltamente fuera del puerto. La navegación de esos canales ofrecía las mayores dificultades en aquella estación a causa de los casi constantes vientos del norte. Por otra parte, eran los días inmediatos al novilunio, en el que las mareas adquieren allí una gran intensidad. Después de dos días de esfuerzos, sólo habían podido andar cuatro leguas, y, en la noche, sacudida la nave por el viento, fue a encallarse en un bajío. Hubo un momento en que Cordes debió de creerse perdido, y en que tal vez pensara en capitular. Dio libertad a dos de sus prisioneros, sin duda para que le sirvieran de mediadores, pero, cuando Francisco del Campo acudió a la costa vecina, la pleamar había puesto a flote la nave holandesa, y volvía a emprender su  navegación. Las piraguas de los españoles la seguían de cerca para impedir que los fugitivos desembarcasen en otro punto de la isla. Cordes salía entonces de Castro llevando en su nave una abundante provisión de carne salada y de trigo, que había de servirle para el resto del viaje. El 31 de mayo pasaba frente a la isla de Quinchao. En el norte de Chiloé desembarcó otros tres prisioneros españoles que llevaba  consigo. Por fin, el 4 de junio, después de vencer las dificultades que le ofrecía la navegación de los canales, Baltasar de Cordes entraba al océano. Según un antiguo relato, Cordes siguió buscando por la costa de Perú otros barcos piratas amigos, y capturando de paso algunas naves. Pero, finalmente, cambió de rumbo, atravesando el Pacífico hasta llegar a Las Molucas". Pero en la isla Tidore, los portugueses le destruyeron su nave en enero de 1601, apresaron a toda la tripulación,  y al parecer, no tardando mucho falleció BALTASAR CORDES. Era hermano de Simón de Cordes, otro famoso corsario que formaba parte de la misma expedición de piratas que andaba por Chile, pero se dio la circunstancia de que a este lo habían matado los mapuches a finales del año 1599. Los problemas que crearon los piratas holandeses  en la ciudad de Castro provocaron que pronto se creara el llamado Real Situado, con el cual el virrey de Perú se comprometía a reservar todos los años una fuerte cantidad económica destinada a que el gobierno de Chile contara con medios para afrontar las guerras contra los mapuches, y, asimismo, para rechazar los posibles ataques de piratas.

 

     (Imagen) Es imposible saber hasta qué punto algunas decisiones de los españoles fueron brutales, o un remedio necesario. El historiador chileno Diego Barros manifiesta de forma muy crítica su opinión.  Vayamos con los hechos: "Apenas se hubieron alejado los corsarios, Francisco del Campo dedicó toda su atención al restablecimiento del orden en el archipiélago de Chiloé. Confió el mando de Castro al capitán Luis Pérez de Vargas, entregándole 44 soldados de los que llevaba consigo desde Osorno para que sirviesen en la defensa de esas islas. Trasladándose entonces el Coronel Francisco del Campo al norte de Chiloé, averiguó meticulosamente quiénes eran los caciques que habían auxiliado a los holandeses. Algunos de ellos habían muerto a manos de los españoles en el asalto de Castro, pero el Coronel apresó a otros 18, en quienes se proponía ejercer una atroz venganza, que los españoles llamaron castigo ejemplar. Esos infelices fueron encerrados en una choza, y quemados vivos, 'dándoles a entender, escribió el autor de aquella inhumanidad, que los quemaba porque habían ayudado al pirata inglés'. Pero esto no satisfizo su saña. 'De allí escribí, añade enseguida, al capitán Luis Pérez de Vargas una carta en la que le mandaba que ahorcase hasta treinta caciques y algunos indios muy culpables, lo cual ha hecho, y me ha enviado testimonio de ello. Puso tanto temor este castigo, que todo Chiloé está llano como si jamás se hubiera alzado". Pero lo que no tiene duda, a pesar de la crítica de Barros, es que Francisco del Campo hizo lo que pensó que tenía que hacer. Y sigue diciendo Diego Barros (alabando esta vez a del Campo, con un 'pero'): "Terminados estos trabajos, Francisco del Campo dio la vuelta a Osorno. Aquella penosísima campaña, llevada felizmente a término en medio del invierno y dirigida con tanto acierto y con tanta entereza, bastaba para granjearle el crédito de un verdadero militar. Pero sus resultados eran en realidad poco satisfactorios. El Coronel del Campo había arrojado a los holandeses de Chiloé, pero, contando los muertos, los heridos y las tropas que había dejado en el archipiélago, había disminuido mucho el pequeño ejército con que estaba obligado a defender la vasta región de su competencia. Además, las lluvias incesantes y las marchas por terrenos encharcados produjeron en sus tropas enfermedades y dolorosos reumatismos. El mismo Coronel, atacado por esas enfermedades, pasó tres meses en cama en medio de crueles sufrimientos. Desde su lecho, sin embargo, ordenaba las salidas que que sus capitanes debían hacer en el entorno de Osorno para imponer respeto a los indios de la comarca sublevados".




miércoles, 6 de abril de 2022

(1690) Los corsarios atacaban a los españoles aprovechando la pesadilla que sufrían con los mapuches. Pero derrotó a los piratas, en la ciudad de Castro, el bravo capitán Francisco del Campo (muerto trágicamente más tarde).

 

     (1290) Es muy probable que los piratas vieran una magnífica oportunidad de obtener botín en aquel litoral del Pacífico por tener conocimiento de que los españoles andaban en continuos apuros con los indios: "Desde noviembre de 1599 no se había vuelto a ver ninguna nave corsaria en las costas de Chile. En los primeros meses del año siguiente se creía alejado este peligro, y las angustias ocasionadas por la guerra araucana habían pasado a ser la única preocupación del gobierno y de los particulares. Sin embargo, en los mares del sur quedaban todavía dos de los cinco buques holandeses que componían la escuadrilla del corsario Simón de Cordes, y luego entraba al Pacífico otra expedición que había de causar grandes daños y mayores perturbaciones al comercio de Chile. Esta expedición había sido organizada por otra compañía de negociantes de Rotterdam, de la que era jefe Pedro van Beveren, y llevaba a bordo 248 hombres. El mando de esa pequeña flota había sido confiado a Oliverio van Noort, antiguo marino natural de Utrecht. Como el objetivo de su viaje era ir a negociar en los archipiélagos de Asia, que los españoles pretendían explotar como únicos señores, Van Noort navegaba para hostilizarlos en esos mares y en las colonias de América a las que debía acercarse su rumbo".

     Luego Diego Barros hace grandes alabanzas de los méritos de Van Noort como marino, puestos de manifiesto desde su salida de Holanda: "Durante un año entero, Van Noort corrió las más atrevidas aventuras en las costas de África y en las costas de América, y desplegó un carácter admirablemente templado para este género de empresas. Atacaba los buques y los establecimientos portugueses, sostenía resueltamente los más peligrosos combates, se proporcionaba a viva fuerza los víveres que necesitaba, y reprimía con mano de hierro todo acto de insubordinación de sus marineros". Él y su gente sufrieron por la zona del Estrecho de Magallanes importantes tempestades, y la muerte de algunos compañeros a manos de los indios patagones, o víctimas del escorbuto. Mostró también su firmeza al dejar implacablemente en tierra y en solitario a uno de sus hombres por haber desobedecido sus órdenes. A finales de febrero de 1600 dejaron atrás el Estrecho y enfilaron hacia el norte por las costas chilenas. De camino abordaron un modesto navío español  llamado El Buen Jesús, trataron bien a los marineros y consiguieron de ellos valiosa información acerca de los conflictos de los españoles con los mapuches, por lo que Van Noort se dirigió resueltamente hacia Valparaíso, pero la falta de viento favorable lo obligó a abortar su intento de ataque. Incluso tuvo el detalle de dejar libres a los españoles que había apresado al capturar El Buen Dios. Pero el historiador Diego Barros explica una cruel decisión de Van Noort utilizando un tópico de la Leyenda Negra: "Juan de Sandoval, el piloto de El Buen Jesús (que seguía a bordo con ellos), fue arrojado al mar el 30 de junio después de una disputa en que se quejaba del mal tratamiento que recibía. Esta y otras crueldades eran el fruto, no sólo de la dureza de carácter de esos aventureros, sino también del odio profundo que los holandeses profesaban a sus antiguos opresores, los españoles, y de las atrocidades de que su patria había sido víctima. Continuando su navegación, Van Noort entraba a Rotterdam con una sola de sus naves el 26 de agosto de 1601, después de tres años de peregrinaciones y aventuras. La expedición no había reportado ningún provecho pecuniario a los armadores, pero el intrépido marino volvía a su patria justamente orgulloso con sus proezas y con haber sido el primer holandés que dio la vuelta al mundo".

 

     (Imagen) Indios y piratas: Chile era una pesadilla para los españoles. Como rara excepción, había un lugar donde se mantenía sin problemas la paz: el archipiélago de Chiloé, con su capital, Castro. Pero los piratas van a romper la magia. Llegó por allí otro corsario holandés, Baltasar de Cordes, quien se ganó la amistad de los indios, e incluso de tres españoles traidores. Estaba al mando en Castro Baltasar Ruiz de Priego, pero la idílica ciudad apenas contaba con defensas, y los holandeses se hicieron los amos de inmediato: "Aunque estos habían prometido garantías a sus habitantes, ejecutaron, según se cuenta, las más inauditas atrocidades. Mataron a todos los hombres que pudieron hallar a mano, apresaron a las mujeres y saquearon las casas y las iglesias, haciendo mofa de los santos que había en los altares". Enterado de lo que ocurría el Coronel Francisco del Campo, que se encontraba no lejos del archipiélago, logró juntar 150 hombres, y fue a poner remedio a la angustiosa situación: "Cuando los holandeses supieron que habían llegado españoles al norte de la isla, creyeron que, estando desprovistos de barcos, no  podrían avanzar hasta Castro. Se encontraban así de confiados cuando una mañana de mediados de mayo, antes de amanecer, se vieron repentinamente acometidos por todos lados. El coronel Francisco del Campo, desplegando la sagacidad de un verdadero militar, había ocultado hábilmente sus movimientos y dividido sus tropas en destacamentos que debían atacar la ciudad por diversos puntos. Luego, cayendo de improviso sobre Castro, realizó el ataque antes de que la luz del día pudiera dar la alarma al enemigo. Los holandeses, sin embargo, se defendían como valientes. Ocuparon sus puestos en el fuerte y en los cubos, y en los primeros momentos mataron a diez españoles e hirieron a otros doce.  Pero, al amanecer, cuando pudieron distinguir el gran número de los asaltantes y vieron que ellos mismos habían perdido cerca de veinte hombres, se refugiaron en el fuerte, determinados a continuar la defensa. Los indios que les ayudaban, después de sufrir pérdidas considerables, se dispersaron desordenadamente, pero los soldados de Cordes sostuvieron el combate durante un tiempo, hasta que, habiendo los españoles dado fuego a las puertas del fortín en que se defendían, y quedando vivos solamente doce holandeses, se arrojaron por una ladera que caía al mar, y fueron a refugiarse en su buque. El combate les había costado la pérdida de la ciudad y la muerte de la mayor parte de sus soldados". Casi todo lo fundado por los españoles ha pervivido: en la imagen vemos la Castro actual, que cuenta con 30.000 habitantes y fue creada por Martín Ruiz de Gamboa el año 1567.




martes, 5 de abril de 2022

(1689) El gobernador Francisco de Quiñones hizo bien en decidir abandonar las moribundas poblaciones de La Imperial y Angol. Aunque fue con la conformidad de los vecinos, después le criticaron y fue objeto de acusaciones oficiales.

 

     (1289) Se hicieron los preparativos para abandonar La Imperial con cierta tranquilidad, por saber que a los mapuches les infundía temor la llegada de los soldados: "Los indios, considerándose incapaces de presentar batalla campal a las fuerzas que acompañaban al Gobernador, se habían retirado a lo lejos. Quiñones, con la esperanza de volver a repoblar la ciudad cuando llegasen los refuerzos que se habían pedido a España, mandó que se ocultasen las campanas y los cañones, que el escribano recogiese los archivos y que los eclesiásticos cargasen los ornamentos de la iglesia y los vasos sagrados. Terminados estos aprestos, el 5 de abril de 1600 fue definitivamente abandonada la Imperial. Sus pobladores, contando hombres, mujeres, ancianos inútiles, clérigos y niños, no pasaban de sesenta personas en el momento de la despoblación".

     Como vimos ya anteriormente, la situación de la ciudad de Villarrica era especialmente angustiosa porque padecía un larguísimo asedio y nadie podía ir en su ayuda: "Don Francisco de Quiñones habría querido tal vez dirigirse entonces a socorrer Villarrica, acerca de la cual no se tenía la menor noticia desde los principios del levantamiento de los araucanos. Pero esta operación, difícil en cualquiera circunstancia, era casi imposible en aquellos momentos en que el invierno, próximo a entrar, podía dejar a los españoles aislados y perdidos en aquella apartada región". Añade, además, Diego Barros que el Gobernador consideraba que  le correspondía al coronel Francisco del Campo intentarlo, ya que tenía a su cargo la defensa de las ciudades del sur, pero tal cosa era imposible porque entonces había tenido que trasladarse a Chiloé para hacer frente a otros peligros. Dice también que Quiñones y sus hombres  consideraban muy probable que los vecinos de Villarrica, que estaban al pie los Andes, hubiesen escapado al otro lado de la cordillera: "Pero la justificación no resulta del todo convincente,  ya que Villarrica era la ciudad  más necesitada por el larguísimo cerco incomunicado. Podrían haber hecho lo mismo que acaban de hacer en La Imperial y lo que van a llevar a cabo en otra ciudad desesperada".

     El gobernador, pues, sin pensarlo más y sabiendo que sus hombres estaban de acuerdo, obró en consecuencia:  "Acto seguido, y casi sin vacilación, el Gobernador y su ejército se pusieron en marcha hacia el norte. Después de ocho días de camino, llegaban a Angol el 13 de abril. Habían atravesado los peligrosos campos de Purén y de Lumaco, teatro de tantos combates y de tantos desastres, sin encontrar un solo enemigo. Se diría que los bárbaros pensaban que los españoles, esquilmados y destruidos, abandonaban para siempre la región que, después de cincuenta años de guerra, no habían podido dominar. Angol no había pasado por los mismos sufrimientos y miserias que La Imperial, aunque la guerra fue también dura y constante en sus alrededores.  Su población no pasaba de doscientas personas, y comprendían que el abandono de la ciudad iba a sumirlos en la más espantosa pobreza. Habrían preferido que el Gobernador dejase allí una parte de sus tropas para defenderlos de los enemigo, pero Quiñones no se hallaba en situación de fraccionar su ejército exponiéndolo a nuevos desastres".

 

     (Imagen) El gobernador Don Francisco de Quiñones había despoblado la ciudad de La Imperial y ahora lo hacía con la de Angol, porque la situación era desperada debido al terrible cerco que los indios tenían puesto a los vecinos. Tomó la precaución de que ellos mismos lo decidieran, pero no se va a librar de acusaciones: "Obtenida su conformidad, dio la orden, el 18 de abril,  de abandonar la ciudad, y, al llegar a la de Santiago, pasados los primeros días, cuando los vecinos de Angol y de La Imperial se vieron en una desconsoladora miseria, comenzaron a olvidar los sufrimientos pasados, y a acusar al Gobernador de haber despoblado precipitadamente esas ciudades, donde, según contaban ellos, tenían medios para subsistir y defenderse. Cuatro meses más tarde, le dijeron eso mismo al capitán que acababa de llegar del Perú (era Alonso de Ribera) para reemplazar a Quiñones en el gobierno de Chile, el cual le comunicó al virrey: 'Se despobló la Imperial a pesar de tener más de quinientos hombres, y la oportunidad de  coger muchas provisiones. Y, sin ir a ver la ciudad de Villarrica, dio el Gobernador Quiñones la vuelta a Angol, despoblándola también. Las causas de que así actuara tuvieron que ser importantes. Y, puesto que lo hizo, él las dirá'. El virrey del Perú, al recibir este informe, lo transmitió al Rey sin atreverse a justificar la conducta del ex gobernador de Chile: 'En la entrada que hizo al territorio enemigo, escribía el virrey, don Francisco de Quiñones ha despoblado las ciudades Imperial y Angol por no  poderlas sustentar, sobre lo que hay varios pareceres'. No debe extrañar que, dos años más tarde, en abril de 1602, cuando ya había dejado de ser gobernador de Chile, y estando en Lima buscando el descanso que reclamaban su vejez y sus enfermedades, don Francisco de Quiñones estuviera todavía empeñado en reunir pruebas para justificarse contra las acusaciones originadas por lo que había ordenado". La burocracia del Imperio Español era muy estricta, y, por muy poderoso que fuera un político, se veía sometido, al dejar su cargo, a un riguroso examen de sus actuaciones pasadas, el llamado Juicio de Residencia, en el que no era raro que pagaran justos por pecadores. Así se vio FRANCISCO DE QUIÑONES (al que le quedaban pocos años de vida), un héroe ya legendario en las guerras europeas de Italia y Flandes, donde cayó preso de los turcos con otros muchos españoles, habiendo llegado a ser Comandante de la Caballería Real en Cerdeña. Como se ve en el documento de la imagen, fechado en 1606, ya había muerto. La referencia que lo encabezaba era muy expresiva: "Información de los méritos y servicios de don Francisco de Quiñones, hechos en España, Italia y Perú, a petición de su viuda, doña Grimanesa Mogrovejo, hermana de Santo Toribio Alfonso Mogrovejo, arzobispo de Lima".




lunes, 4 de abril de 2022

(1688) El virrey escatimó de forma mezquina los refuerzos de soldados para Chile. Aun así se consiguió una victoria importante. Pero en La Imperial la situación era terrible, y el gobernador Quiñones decidió que se abandonara la ciudad.

 

     (1288) Después de cerca de un mes de perplejidades y vacilaciones, el Virrey dispuso que dos de las naves que acababa de armar para la guerra saliesen al mar bajo el mando de don Gabriel de Castilla, nombrado almirante de la flota. Debía llevar a bordo poco más de doscientos hombres y dirigirse al sur hasta Valdivia en busca de los corsarios holandeses: "El Virrey lo autorizó, además, para entregar a Quiñones las tropas que llevaba en su escuadrilla. Con estas instrucciones zarpaba de Lima el almirante el 1 de enero de 1600. Mientras se destinaba esa pequeña tropa para socorrer a Chile, amenazado a la vez por la formidable guerra araucana y por la presencia de los corsarios holandeses, el Virrey dejaba para la defensa de las costas más cercanas a Lima una flotilla de cuatro naves con más de doscientos sesenta marineros y con cuatrocientos sesenta soldados. Esta preferente atención dada por el Virrey a aquella parte del territorio, era tanto más injustificada cuanto que allí no había enemigos interiores como en Chile, y, además, había una población mucho más numerosa, que podía suministrar otros contingentes de soldados".

     La crítica que le hace Diego Barros al virrey parece justificada, y, por ello, fue mal visto su comportamiento, porque el lugar más necesitado de ayuda era Chile, territorio que se estaba convirtiendo en un caos espantoso para sus habitantes españoles y para los indios que les eran fieles: "Las naves que mandaba don Gabriel de Castilla llegaron a Concepción el 14 de febrero, cuando ya no había en las costas de Chile noticia alguna de los buques holandeses. Desembarcó allí doscientos veinticuatro hombres, número insuficiente, sin duda, pero que era un auxilio poderoso para los angustiados españoles. De esta manera, pudo contar el gobernador con un ejército expedicionario de cuatrocientos diez hombres. Mandó que todos sus soldados se confesaran y comulgaran, y se puso en marcha a la cabeza de sus tropas. Sin encontrar obstáculos de ninguna naturaleza, avanzó hasta la ribera del caudaloso río Biobío, y allí tuvo noticias de la proximidad del enemigo. Un soldado llamado Francisco Herrera, cautivo de los indios, o quizá uno de los desertores del ejército español, le dijo al Gobernador que, a corta distancia, había un campamento de diez mil indios dispuestos a cerrar el paso a los invasores. Los españoles se atrincheraron a la espera de que los bárbaros fueran a atacarlos. Sus avanzadas reconocieron los campos vecinos, y se proporcionaron noticias más completas del enemigo. Después de tres días, los indios creyendo que los españoles no se encontraban en condiciones de sostener un combate, comenzaron a acercarse provocativos. Por fin, la batalla se trabó en la tarde del 13 de marzo. Un destacamento español fingió retirarse atrayéndolos a terreno llano, y, cargando impetuosamente todo el ejército de Quiñones, consiguió destrozarlos completamente poniéndolos en entera dispersión. En esa jornada, los españoles habían reconquistado su crédito de militares esforzados y valientes. Sus pérdidas eran casi insignificantes, un muerto y algunos heridos, mientras que los bárbaros dejaban en el campo más de quinientos cadáveres, sin contar los que, cubiertos de heridas, perecieron en su fuga al otro lado del Biobío".

 

     (Imagen) Da escalofríos imaginar la situación de las poblaciones españolas cercadas por indios tan rabiosos y sangrientos: "El Gobernador Quiñones llegaba a las inmediaciones de la Imperial el 30 de marzo de 1600. Sus escasos defensores parecían resignados a una muerte segura e inevitable, sin recibir socorros de ninguna parte. Seis meses hacía que se había enviado al capitán Escobar a pedir ayuda al Gobernador, pero esos auxilios no pudieron llegar. El hambre se hacía intolerable, y las hostilidades de los indios eran cada día más tenaces. Hernando Ortiz, corregidor de la ciudad, intentó con unos cuantos hombres llegar hasta Angol buscando provisiones, pero fueron capturados por los indios y muertos a la vista de los habitantes de La Imperial. El capitán Francisco Galdames de la Vega, que tomó el mando de la plaza, se mantuvo decidido a resistir hasta la muerte. Incluso las mujeres  tomaron las armas, y se recuerda entre aquellas heroínas el nombre de doña Inés Córdoba de Aguilera, señora principal, hija y esposa de conquistadores, dando con sus hechos ejemplo de entereza. Pero la defensa se hacía insostenible, y se aseguraba que todos esos infelices habrían perecido de hambre si el socorro que les llevaba don Francisco de Quiñones hubiera tardado ocho días más. Sin duda alguna, el Gobernador tenía el propósito irrevocable de despoblar la Imperial, pero, para justificarlo, dirigió al Cabildo una comunicación consultando su parecer, y sus componentes, después de dejar constancia escrita de los sufrimientos indecibles por los que habían pasado durante un año entero, declararon de común acuerdo que era forzoso despoblarla. Sin embargo, Quiñones pidió también informe a todos los jefes de su ejército, con exclusión de su propio hijo, don Antonio de Quiñones. En todas partes los pareceres fueron unánimes a favor de la despoblación de la Imperial. Sus desgraciados habitantes llegaron a estampar en un acuerdo las palabras siguientes: 'Por amor de Nuestro Señor Jesucristo, de rodillas y vertiendo lágrimas y dando voces al cielo, le suplican (al Gobernador) que se compadezca de ellos y de tantas viudas, huérfanos, doncellas pobres, y niños inocentes como en la dicha ciudad hay, los saque de ella sin dejar a nadie, y los lleve con sus soldados adonde le pareciese bien'. El 4 de abril de 1600, cuando hubo reunido estas coincidentes opiniones, hizo don Francisco de Quiñones su entrada al antiguo recinto de la ciudad". Táctica infalible: muchedumbres de  indios cercaban las poblaciones e impedían la llegada de suministro. Abandonada la Imperial, será Angol la siguiente ciudad fantasma. La imagen muestra (en una plano de 1669) La Imperial resurgida posteriormente.




domingo, 3 de abril de 2022

(1687) El sangriento acoso de los mapuches (que iba en aumento), más la amenaza de piratas y la escasez de tropas españolas, tenían desesperado al gobernador Francisco de Quiñones, el cual había sustituido al interino Pedro de Vizcarra.

 

     (1287) El gobernador estaba al corriente de los desastres ocurridos, pero con escasos detalles, ya que los innumerables mapuches tenían cortados los caminos, y vivía angustiado temiéndose lo peor en la situación de las ciudades acorraladas: "Como ya sabemos, no era el drama de La Imperial lo único que afligía al atribulado Gobernador. Hacía más de un año que en Concepción solo se sabía de la ciudad de Villarrica que estaba cercada por los indios. Francisco del Campo, después de sus últimos y efímeros triunfos sobre los indios de Osorno, pedía empeñosamente nuevos socorros para proseguir la campaña, y el Gobernador no podía enviárselos. Se decía  que Angol estaba sitiada por un ejército formidable, y que todos los indios de la comarca estaban rebelados. En Chillán se defendía resueltamente el corregidor Alonso Cid Maldonado, teniendo que sostener constantes combates con los bárbaros. Los capitanes Pedro Cortés y don Antonio de Quiñones, hijo del Gobernador, apenas podían mantener el prestigio de las armas españolas. Por si fuera poco, circulaban por todo Chile las más alarmantes noticias, exagerando los desastres. 'A la hora que escribo ésta, se decía en una carta fechada en Santiago en marzo de 1600, ha venido noticia de que los de La Imperial perecieron todos de hambre después de un año de cerco. Sólo se escaparon veinte hombres, cuya suerte fue mucho más trabajosa que la de los muertos, porque, necesitados por el hambre, se pasaron al bando de los indios'. Don Francisco de Quiñones, contrariado por tantos desastres, convencido de su impotencia para vencer la rebelión de los araucanos, al mismo tiempo que pedía empeñosamente al Rey los socorros indispensables, reclamaba que se enviase a Chile un gobernador joven y vigoroso que viniera a relevarlo del mando, y que fuera capaz de dirigir la guerra con más energía y con más fortuna".

     Las calamidades se amontonaban. A la pesadilla mapuche, se añadió la amenaza de los piratas, probablemente aprovechando como las hienas las calamidades que estaban sufriendo los españoles en Chile: "El virrey del Perú tenía listos a fines de noviembre cuatrocientos hombres para enviar a Chile, utilizando al efecto una parte de las tropas que volvían de Quito después de sofocar una insurrección que había estallado en los años anteriores. Cuando se preparaba la partida de esos refuerzos, llegó al Perú, el 2 de diciembre de 1599, la noticia de la presencia de corsarios en los mares de Chile. Seis días más tarde entraba en el puerto de Lima el capitán Diego de Ulloa con el buque quitado a los holandeses en Valparaíso, y con seis prisioneros que podían informar sobre los propósitos de los piratas. Estos graves sucesos demoraron el envío de los socorros a Chile, y lo que era más lamentable, fueron reducidos considerablemente. Se le avisó al Virrey desde España que de Holanda había salido una expedición de corsarios para los mares del sur (el Pacífico) y desde Paraguay se le confirmó esta noticia. Ante este nuevo peligro, el Virrey olvidó por el momento la guerra de Arauco, y consagró todos sus esfuerzos a equipar una escuadrilla para batir a los corsarios y  guarnecer las costas del Perú".

 

     (Imagen) En las Indias, todos sus protagonistas demostraron ser hiperactivos, y, por supuesto, extraordinariamente valientes. Nos hemos dejado atrás al anciano gobernador del atormentado territorio de Chile PEDRO DE VIZCARRA, al que ya vimos en acción. Pero hay mucho más que contar sobre él. Nació en Sevilla (a pesar de que el apellido es vasco) en torno al año 1525. Aunque suele figurar con el apellido Viscarra, no hay duda de que él firmaba VIZCARRA, y así lo muestra la imagen (documento fechado en 1591). La firma, breve y clara, nos revela también que era Licenciado en Leyes, y, no obstante ser esa su preparación, aparece en Nicaragua el año 1554 luchando contra Juan Gaitán, cuya rebeldía contra la Corona ya vimos hace mucho tiempo, resultando gravemente herido el letrado en su valiente empeño. Se le asignó en la Audiencia de Guatemala el cargo de Relator, a quien le correspondía informar a los jueces sobre el curso que llevaban los procesos. Cerrada la Audiencia en 1564, lo enviaron a España para que agilizara su reapertura, la cual no se consiguió hasta 1572, y entonces Vizcarra, ascendido, llegó a Lima como Relator de su Audiencia. El año 1590 fue Vizcarra a Chile. Recordemos el proceso de los cargos que desempeñó. Sustituyendo al gobernador interino Ruiz de Gamboa, ocupaba el puesto oficial Alonso de Sotomayor, quien dejó a Vizcarra al mando de Santiago de Chile mientras él iba a batallar contra los mapuches. Luego Sotomayor fue a Perú buscando refuerzos, y dejó como gobernador interino de Chile a PEDRO DE VIZCARRA. En ese tiempo Felipe II sustituyó a Sotomayor por otro gobernador, Martín García Óñez de Loyola, y, mientras este llegaba desde España  a Chile, Pedro de Vizcarra continuó ejerciendo como gobernador interino. Cuando García de Loyola tomó posesión del cargo, tuvo importantes éxitos contra los indios, pero estos lo masacraron a él y a casi todos sus hombres en diciembre de 1598. En situación tan desastrosa, le tocó a PEDRO DE VIZCARRA asumir otra vez la gobernación, y lo hizo bien a pesar de su avanzada edad, e incluso aplicó duros castigos a los mapuches. Afortunadamente para él, pronto llegó a Chile, como vimos hace poco, el nuevo gobernador, Francisco de Quiñones. Pero PEDRO DE VIZCARRA no se jubiló, sino que, en ocasiones, volvió a ser gobernador interino, y, como definitiva y última ocupación, se dedicó a ejercer como juez e intervino en procesos de gran importancia, siendo acusado en uno de ellos nuestro conocido capitán Juan Rodolfo Lisperguer (pariente de la siniestra Quintrala), quien logró escapar antes de ser sentenciado. PEDRO DE VIZCARRA murió en Chile hacia el año 1605.




viernes, 1 de abril de 2022

(1686) Al sur del río Biobío, todas las ciudades estaban cercadas y acosadas por los mapuches, que contaban con la ayuda de algunos españoles traidores. La ciudad de Valdivia quedó arrasada. Otro héroe: Pedro de Escobar Ibarreche.

 

     (1286) Los españoles y los indios tenían que guiarse por conjeturas:  "Osorno, en efecto, se hallaba amenazada por los indios. Las tropas que allí había, unidas a las que llevaba el Coronel, sumaron unos cuatrocientos hombres. Los indios, sin embargo, creyendo hallar a los españoles tan desprevenidos como en Valdivia, atacaron una noche la ciudad, y pusieron fuego al convento de San Francisco. El coronel Francisco del Campo logró rechazarlos, y aprovechándose del pavor que en el enemigo debió producir esta sorpresa, hizo algunas correrías por la zona, dio muerte a muchos indios, aprisionó a otros y acabó por creer más o menos asegurada la tranquilidad en esa región. Confiado en esto, dio la vuelta a Valdivia para descargar sus pertrechos. Había dejado en Osorno una parte de sus tropas, y creía que con este refuerzo, la ciudad no tenía nada que temer del enemigo. Pero Francisco del Campo se engañaba lastimosamente. El jueves 19 de enero de 1600, el formidable ejército araucano, en número de cerca cinco mil hombres, caía sobre Osorno acometiendo al amanecer por varias partes. Creyeron sorprender dormidos a los españoles, pero los habitantes de la ciudad se recogían cada noche en un fuerte que habían construido. Los indios corrieron por la ciudad prendiendo fuego a las iglesias y a las desiertas casas. Dos valientes capitanes, Jiménez Navarrete, corregidor de la ciudad, y Blas Pérez de Equeicias, a la cabeza de algunas compañías de arcabuceros, pretendieron batirlos, pero, aunque hicieron algunos estragos en las filas enemigas, les fue forzoso replegarse al fuerte y mantenerse estrictamente a la defensiva. Allí mismo se vieron acometidos por los bárbaros. Los españoles renegados les habían enseñado a construir mantas o parapetos portátiles, y defendidos por estos aparatos, los indios se acercaban a las murallas del fuerte para socavarlas".

     Una vez más, el auxilio llegó en el último momento: "El sitio se habría prolongado por más tiempo, y los españoles, escasos de provisiones, habrían sucumbido sin la pronta vuelta de Francisco del Campo con el refuerzo que había ido a buscar en Valdivia. El 21 de enero, al saber los indios que se acercaban a Osorno tropas españolas, levantaron prontamente el cerco de la ciudad y se dispersaron por los campos vecinos. Habiendo reconcentrado sus tropas, el coronel del Campo se dedicó activamente a reparar los estragos del incendio, y dispuso diversas campañas en toda la comarca vecina para recoger provisiones y para escarmentar a los indios. Estas correrías fueron casi siempre afortunadas, pero no podían dar un resultado medianamente positivo. El activo capitán esperaba asentar la tranquilidad de esa comarca, para después repoblar Valdivia, y enseguida correr en auxilio de Villarrica, que se hallaba cercada por los indios desde un año atrás y reducida a los últimos extremos por el hambre. Pero a fines de marzo, cuando se preparaba para volver a Valdivia, recibió las más alarmantes noticias de Chiloé. Los corsarios acababan de hacer su aparición en el archipiélago, habían derrotado a los españoles y parecían dispuestos a establecerse allí. Cambiando, pues, de plan, Francisco del Campo se vio obligado a marchar contra ellos. Más adelante daremos cuenta de esta expedición". Total que, tras un conflicto, había que correr para  enfrentarse a otro. Con esa fama que Chile tenía de tierra calamitosa, no es de extrañar que fuera tan difícil conseguir que llegara ayuda de  soldados desde otras zonas, y el entusiasmo de las aguerridas multitudes mapuches aumentaba  sin cesar viendo cada vez más posible y más cerca su victoria.

 

     (Imagen) A principios del año 1600 la situación general de los españoles de Chile parecía insostenible. Las ciudades estaban sitiadas por los mapuches y solo podían comunicarse por mar, donde también había amenazas de los piratas. Angol, La Imperial y Villarrica parecían condenadas al desastre total: "El capitán Hernando Ortiz, corregidor de La Imperial, queriendo comunicarse con el Gobernador y pedirle la ayuda  indispensable para la defensa de la ciudad, construyó una pequeña embarcación. Un joven de carácter resuelto, don PEDRO DE ESCOBAR IBARRECHE, que nunca había navegado, se ofreció para llevar a cabo esa temeraria empresa. Se embarcó con nueve soldados, y, bajando por el río Cautín, navegó algunos días por el océano, llegando a fines de octubre de 1599 a la ciudad de Concepción, donde estaba el gobernador don Francisco de Quiñones. El cual, en medio de tantas dificultades y complicaciones que lo rodeaban por todas partes, se empeñó en que se llevara ayuda a La Imperial. Equipó apresuradamente un barco, puso a bordo alguna gente con las provisiones y vestuarios de que podía disponer, y, venciendo no pocos inconvenientes, lo hizo partir en auxilio de la ciudad asediada. Pero, por más voluntad que el capitán don Pedro de Escobar puso en cumplir su misión, fracasó en esta empresa. Le fue imposible hacer entrar la nave en el río Cautín, y se vio forzado a dirigirse a Valdivia, con la esperanza, sin duda, de llegar a La Imperial por los caminos de tierra. Allí le esperaba una nueva y más dolorosa decepción. Valdivia había sido quemada y destruida pocos días antes por los indios, y sólo se veían ruinas cenicientas y cadáveres destrozados. El capitán Escobar, acompañado de dos frailes que iban en su nave, bajó a tierra a dar sepultura a los muertos y a celebrar por sus almas los oficios religiosos de difuntos. También entró en relaciones con los indios amigos para rescatar algunos españoles cautivos, pero, atacado pérfidamente por los bárbaros, le fue forzoso recogerse a su nave y dar la vuelta a Concepción para llevar la noticia de aquel nuevo y espantoso desastre. La Imperial, privada así de aquellos socorros, debía pasar algunos meses más de grandes zozobras y de las más crueles privaciones. Los defensores de esta ciudad, después de los desastres sufridos en abril de 1599, habían llegado a los últimos extremos de la miseria; pero desplegaron en la resistencia esa energía que infunde la desesperación y, sobre todo, el convencimiento de que no  se iban a retirar sus implacables enemigos". El gran drama de las ciudades era el aislamiento. Veremos enseguida que Villarrica llevaba más de un año cercada por los mapuches.