lunes, 14 de marzo de 2022

(1670) El nuevo virrey de Perú, Luis de Velasco, pudo con mucha dificultad enviar soldados a Chile, donde el gobernador no lograba reclutar gente suficiente. Al mando de los de Perú, llegaba Gabriel de Castilla, pariente del virrey y descubridor de la Antártida.

 

     (1270) Pero, aunque el virrey García Hurtado de Mendoza parecía querer ningunear al gobernador de Chile, Martín García de Loyola, tenía, además, una razón de peso para hacerlo, y se vio enseguida cuando llegó el nuevo virrey, Luis de Velasco, recién terminado su mandato en México, también como virrey. El mismo Diego Barros nos lo cuenta:  "El nuevo Virrey de Perú tomó el mando el 24 de julio de 1596. Enterado de la azarosa situación en que se hallaba el reino de Chile, mandó inmediatamente hacer levas para formar una columna de tropas, cuyo mando confió a su propio sobrino (otros dicen que era primo carnal) don Gabriel de Castilla, mancebo de pocos años que merecía todo el afecto del Virrey. Pero cuando se levantó la bandera de enganche, y cuando el tambor llamaba a los voluntarios, las gentes abandonaban los pueblos huyendo del servicio militar, y sobre todo negándose a servir en un país cuya guerra de casi medio siglo infundía por todas partes el desaliento y el terror (Chile era un infierno). Los agentes del Virrey se vieron en la necesidad de pagar adelantados a cada soldado ciento cincuenta pesos, y a prometerles con toda seriedad que el servicio no duraría más de un año. Aun así, sólo fue posible reunir doscientos quince hombres, muchos de los cuales eran muchachos inútiles todavía para el servicio militar. Esa columna partía del puerto del Callao (Lima) el 11 de octubre de 1596 con el propósito de alcanzar a servir en la campaña que debía emprenderse en Chile el verano próximo (que allí comienza en diciembre). Un mes más tarde llegaban a Valparaíso esas tropas y se trasladaron enseguida a Santiago para terminar su preparación militar. García de Loyola pensaba que en esta ocasión los vecinos de la capital harían un esfuerzo para ayudarlo con algunos soldados, caballos y armas para iniciar la próxima campaña. Un enviado suyo, el capitán Miguel de Silva, había llegado a Santiago a reclamar estas ayudas, pero encontró en casi todos los habitantes la más obstinada resistencia a abandonar sus casas y a contribuir a los gastos de la guerra. Sólo unos pocos de ellos se prestaron a acudir al llamamiento del Gobernador. Lo único que se consiguió fueron algunas provisiones, visto lo cual, el mismo Gobernador mandó suspender estas  tareas, pidiendo que, el año siguiente, los vecinos de Santiago le prestasen un apoyo más eficaz para poder continuar la guerra".

     El 10 de enero de 1597, comenzado ya el verano chileno, el gobernador Martín García Óñez de Loyola, haciendo de tripas corazón, se dispuso a proseguir batallando con las mermada tropa que tenía: "Se encontraban reunidos en Quinel los soldados que acababan de llegar del Perú, los pocos voluntarios que se alistaron en Santiago y los indios amigos que iban a colaborar. García de Loyola nombró al capitán don Gabriel de Castilla maestre de campo, y fue hacia las ciénagas de Lumaco y de Purén, donde los araucanos frecuentaban correrías con las que inquietaban a los pobladores de Angol y de La Imperial. Las tropas españolas no tenían más de trescientos soldados, pero bastaron para desbaratar a los indios en numerosos encuentros. García de Loyola levantó en Purén un fuerte al que dio el nombre de San Salvador de Coya. Durante muchos días, aquellas tierras fueron el teatro de una guerra incesante. Aprovechándose de la ausencia del Gobernador, los indios sitiaron esa fortaleza, pero sus defensores resistieron, y dieron tiempo a que García de Loyola acudiera en su auxilio. Los bárbaros fueron derrotados de tal suerte, que, al terminarse el verano, en el mes de marzo, la comarca parecía momentáneamente pacificada".

 

     (Imagen) Es de suponer que cualquiera que decidiese ir a la aventura de las Indias tenía que ser un tipo especial. Pero algunos destacaban por sus variados objetivos. Ese fue el caso de  GABRIEL DE CASTILLA (nacido en Palencia hacia el año 1577), quien, según acabamos de ver, llegó a Chile en 1596, enviado desde Perú por el nuevo virrey (pariente suyo) Luis de Velasco, al mando de algunos soldados de refuerzo, y le tocará luchar contra los temibles mapuches. Luis de Velasco había sido virrey de México, estando allí a su lado el jovencísimo Gabriel de Castilla como capitán de artillería, y, al legar a Perú en 1596, lo nombró General del Callao, puerto de Lima. De vuelta a Perú tras las batallas contra los mapuches, el virrey Juan de Velasco lo puso al mando, el año 1603, de tres navíos (uno de los cuales había pertenecido al corsario Richard Hawkins), con el fin de proteger las costas chilenas contra los ataques de piratas, siendo ya entonces la máxima autoridad de la llamada Armada del Sur. Le vino la oportunidad de obtener ese puesto de tanto relieve al desaparecer en el mar quien lo ostentaba anteriormente, Juan de Velasco y Barrio, también pariente del virrey de Perú. Lo cual da muestras claras de que Gabriel de Castilla había alcanzado gran prestigio, y, además, la nueva experiencia lo convertirá en un hombre famoso. De regreso al puerto del Callao, contrajo matrimonio el año 1605 con  Genoveva de Espinosa y Lugo, con quien llegó a tener seis hijos. Durante ese viaje en dirección sur por la costa de Chile, había ocurrido algo que ha colocado el nombre de GABRIEL DE CASTILLA en los anales de la Historia, porque descubrió las heladas costas de la Antártida . Aunque, con dudosos argumentos, algunos atribuyen el mérito a otros navegantes, la referencia más antigua la da un holandés que iba en la expedición de los tres navíos. Se llamaba Laurenz Claesz, y anotó: "Navegamos bajo el Almirante don Gabriel de Castilla con tres barcos a lo largo de las costas de Chile hacia Valparaiso (desde Lima), y desde allí hacia el estrecho (de Magallanes), en el año 1603. Y estuvimos en marzo en los 64 grados, y allí tuvimos mucha nieve. En el siguiente mes de abril regresamos de nuevo a las costas de Chile". Esta latitud no fue sobrepasada hasta el año 1773, por el famoso navegante británico James Cook, quien llegó hasta los 71 grados y 10 minutos de latitud Sur. A finales de 1989  se instaló en la isla de Decepción (a unos 100 km de la costa antártica) el refugio militar Gabriel de Castilla, para apoyar los trabajos de investigación y levantamientos topográficos que allí se estaban realizando en ese momento. La base está gestionada por la División de Operaciones del Estado Mayor del Ejército de Tierra.




domingo, 13 de marzo de 2022

(1669) Está claro que la desastrosa situación de Chile era un pesado lastre para el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza. El gobernador Martín García Óñez de Loyola se desesperaba porque no le llegaba ayuda de allí ni de España.

 

     (1269) Es de justicia reconocerle a Martín García Óñez de Loyola una valentía fuera de lo común por el hecho de aceptar el cargo de Gobernador de Chile, un lugar maldito debido a los brutales y constantes ataques de los incasables mapuches. Hay que dar por hecho que, en las ciudades que habían fundado los españoles, la gente civil viviera inmersa en un pánico constante, temiendo la muerte a manos de los indios, o también, en el caso de las mujeres, algo tan dramático y ultrajante como ser raptadas por ellos, quizá, incluso, después de ver asesinados a sus hijos. Mientras los pobladores de Santiago vivían con temor supersticioso el paso de un impresionante cometa, Martín García de Loyola luchaba en el sur con grandes apuros contra los mapuches. No obstante, fundó, en el inicio del año 1595, una pequeña fortaleza en la ribera del río Biobío, a la que le dio el nombre de Jesús. Luego se dirigió a la zona de Tucapel para destruir los sembrados de los indios. Salió de Santa Cruz con setenta soldados, y, temiendo que los mapuches atacaran esta nueva ciudad, le mandó al corregidor de Chillán, Juan Guirao, que fuese con los vecinos del lugar a defender Santa Cruz durante los quince días que iba a durar su campaña. Pero la gente estaba ya tan harta de problemas, que su orden provocó un motín. Sin  ningún respeto a la legítima autoridad del gobernador, los vecinos se negaron a cumplir la orden, haciéndolo, además, exhibiendo amenazantes sus armas. Al gobernador no le quedó más  remedio que disimular esa reacción anárquica, aunque tuvo la fortuna de que los indios no  estaban en un momento de intensa belicosidad, y no llegaron a entender que era una buena ocasión para lanzar un ataque fulminante.

     Era tan difícil la situación,  que el gobernador se veía obligado a actuar como un desesperado pedigüeño. Confiaba en que, al desparecer el temor a los corsarios que tanto preocupó el año anterior, el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza, estaría en disposición de enviarle la ayuda de soldados que le había pedido con tanta urgencia, y que cada día eran más indispensables. Así que, en junio de 1595, envió de nuevo al Perú al sargento mayor Olaverría para conseguir del Virrey y de la Audiencia de Lima la ayuda que se necesitaba. Además, en el caso de que le negaran su petición, Olaverría quedaba facultado para dirigirse a España y darle cuenta al Rey de lo que estaba ocurriendo. Llegado Olaverría a Lima, se puso en contacto con los oidores de la Audiencia de Lima, y les insistió en que la relativa tranquilidad que entonces mantenían entonces los indios chilenos se debía a la habilidad del gobernador García de Loyola. Afirmaba también que este gobernador, aunque contaba con mucho menos recursos que sus predecesores, había obtenido los mejores resultados, y que terminaría de forma definitiva con aquella durísima guerra si le enviaban los medios que exigía. Y en su informe les reclamaba textualmente "trescientos soldados para suplir la falta de los vecinos, doce mil pesos de plata anuales para comprar las provisiones necesarias, y, especialmente, cien mil pesos para cubrir los gastos del primer año de  la gente de guerra que llegue, pues, de lo contrario, en cuatro meses quedaría desnuda y necesitada". En los memoriales subsiguientes, Olaverría pidió, además, al Virrey la suspensión de las ordenanzas que prohibían al gobernador de Chile hacer servir en la guerra a los vecinos encomenderos de todo el reino.

 

 

     (Imagen)  Sorprende la actitud terca del virrey de Perú García Hurtado de Mendoza negándole ayuda de soldados al gobernador de Chile Martín García Óñez de Loyola. El historiador Diego Barros lo deja muy claro, pero resulta extraño porque Hurtado de Mendoza, que había sido  gobernador de Chile, tenía un gran afecto por aquellas tierras. Barros dice: "Aquellas peticiones, por muy justas que pareciesen, se estrellaron contra la obstinada desconfianza del Virrey en las aptitudes del gobernador de Chile, contra su convencimiento de que la guerra de este país estaba mal dirigida y contra su resolución de limitar cuanto pudiese los gastos de la Hacienda Real". Después de oír las repetidas peticiones de Olaverría (el enviado por el gobernador de Chile), el virrey de Perú tomó en setiembre de 1594 una decisión que parece hipócrita: "En razón a  las peticiones presentadas, y a lo que Su Majestad tiene ordenado, se decide enviar 400 hombres armados, que son con los que se espera que se acabará aquella guerra de Chile; y por tenerse entendido que estos 400 hombres se reclutarán con más facilidad y a menos costa de Su Majestad en Panamá, se enviarán capitanes a aquella tierra para que los alisten y traigan en los navíos de Su Majestad, de manera que puedan estar en el reino de Chile por San Juan del año 1596. De esta manera se podrán evitar la vejación y la molestia que reciben los vecinos con sus recursos ordinarios. Y, en cuanto a los demás dineros y cosas que pide el gobernador de Chile, estamos aguardando la respuesta de Su Majestad". Y continúa diciendo Diego Barros: "Los repetidos esfuerzos de Olaverría para tener una resolución más eficaz y un socorro más rápido, fueron enteramente infructuosos. Todo hace creer que el Virrey de Perú, marqués de Cañete, no pensó nunca en socorrer a Chile con los refuerzos que prometía en esta disposición de septiembre de 1594. Sintiéndose viejo y enfermo, y deseando volver a España para atender sus intereses particulares, que por entonces no se hallaban en buen estado, y solicitar en la Corte el premio de sus servicios, había pedido con instancias al Rey que lo relevase del gobierno del Perú. Felipe II, por cédula de 10 de marzo de 1595, había accedido a su demanda, y nombrado en su reemplazo a don Luis de Velasco, que a la sazón desempeñaba el virreinato de Nueva España (México). Cuando el marqués de Cañete ofrecía ayudar a Chile, tenía ya conocimiento de la resolución del Rey, y sabía que su sucesor debía llegar en breve al Perú. Así, pues, no tomó las medidas convenientes para formar la columna de soldados que tenía ofrecida, y se alejó de Lima en mayo de 1596 dejando al virrey Velasco el encargo de entender en estos asuntos".




viernes, 11 de marzo de 2022

(1668) El gobernador García de Loyola intentó conseguir soldados y dinero por la fuerza, pero tuvo que renunciar por ser ilegal. Envió a su secretario, Domingo de Eraso, a España para pedírselo al Rey, y también fracasó. El gobernador siguió luchando.

 

     (1268) A pesar de que el virrey de Perú había prometido, como mal menor, reclutar en Panamá los soldados que hacían falta enviar a Chile, no lo llevó a cabo. Como el tiempo pasaba y los refuerzos no llegaban, el gobernador Martín García de Loyola consideró que podía desobedecer la orden que había recibido de Perú prohibiéndole reclutar vecinos civiles de Chile para incorporarlos a la guerra contra los indios, así como la de imponerles derramas económicas para costos militares.  En julio de 1594 le dio amplios poderes al sargento mayor Miguel de Olaverría para que entrara en acción: "De inmediato se trasladó Olaverría a la ciudad de Santiago, y, sin tener en cuenta las resoluciones dictadas por el virrey del Perú y por la Audiencia de Lima, comenzó a reunir gente, caballos y armas para la próxima campaña. Esta actitud produjo una excitación general en la ciudad. Todo el mundo protestaba por la decisión del Gobernador, el Cabildo se reunió parta tratar el asunto, y las quejas resultaron patéticas. Las crónicas indican que 'Los vecinos y moradores de la ciudad dijeron que estaban muy afligidos, y clamaban en las plazas contra los llamamientos para ir a la guerra y contra las derramas de dinero que se les imponían. Los predicadores en los púlpitos, y las mujeres por las calles, cargadas con sus hijos, lloraban y pedían a Dios por los daños que recibían'. El Cabildo decidió demostrar que los actos del Gobernador eran ilegales y, asimismo, enviar al sur a uno de sus miembros para exigirle el cumplimiento de las resoluciones dictadas por el virrey, siendo elegido para tal fin el capitán don Francisco de Zúñiga, regidor de la ciudad de Santiago".

     El resultado fue que el gobernador se quedó sin los refuerzos peruanos y  sin poder militarizar a la fuerza a los vecinos de la capital, Santiago, y le pasará lo mismo con las ciudades del sur unos meses después. De momento tuvo suerte con los mapuches, porque no eran conscientes de que él estaba en sus peores momentos, falto de recurso militares y sin capacidad de liderazgo. Pero no tiró la toalla, y se concentró en objetivos más  modestos, dedicándose a hacer correrías contra los indios, en las que tanto él como sus capitanes obtuvieron razonables éxitos, logrando, entre  otras cosas, dispersar a un número considerable de indios que se habían reunido en la ciénaga de Lumaco, al sur de Purén. A pesar del exiguo número de sus soldados, en el otoño de 1994 estableció un fuerte para controlar a los indios de Catirai y de Mareguano, poniéndole el nombre de Santa Cruz. Pasado un tiempo, el fuerte se convirtió en ciudad. El 1º de enero de 1595, después de las ceremonias que en estos casos se solían hacer, y según se recogió en acta, "el gobernador Martín García Óñez de Loyola hincó una lanza, y luego hizo levantar el poste de justicia en presencia de todos los capitanes y soldados de su campo,  y, porque todas las buenas obras de este mundo son frutos del árbol de la santa cruz, y para que de ella resulte el amparo y fuerza necesaria para la defensa, predicación y aumento de la fe y ley evangélica, le puso a la dicha ciudad  el nombre de Santa Cruz de Óñez, y a la iglesia mayor el de La Exaltación de la Cruz". Aquella ciudad, fundada tan ceremoniosamente, iba a tener, sin embargo, una existencia efímera. Ya vimos que, en la parte final de su texto, Pedro Mariño de Lobera hace referencia a esta fundación, pero no menciona que iba a desaparecer, porque terminó su crónica antes de que ocurriera.

 

     (Imagen) El vasco DOMINGO DE ERASO había llegado a las Indias en busca de aventuras marineras, pero, en Lima, su paisano el gobernador de Chile Martín García Óñez de Loyola lo fichó como secretario suyo. Y, ante la insostenible situación que los mapuches estaban creando, el gobernador lo envió a España para pedirle ayuda militar urgente a Felipe II, ya que con el virrey de Perú no se había conseguido nada. La misión consistía en lograr el aporte de unos seiscientos soldados, procurando no pasar por Perú para evitar que desertasen al oír las noticias tan preocupantes que se tenían sobre la guerra contra los indios de Chile, como ya  había ocurrido en otras ocasiones. Pero Eraso tenía otro encargo sorprendente, dado el empeño con que el gobernador se estaba enfrentando a los problemas. Quería que le manifestara de su parte al Rey que estaba cansado de tantos servicios en las Indias, por lo que deseaba que nombrase otro gobernador de Chile,  para poder volver a España y vivir con tranquilidad sus últimos días. Eraso partió a principios de 1595, y, por el peligro de los piratas más el percance de un naufragio, no pudo llegar a España hasta el año 1597. Inició sus gestiones de inmediato, pero, con tan mala suerte, que el Rey, gravemente enfermo (murió unos meses después), se veía muy limitado para atender los asuntos públicos, dedicando las pocas fuerzas que le quedaban a ocuparse de las grandes dificultades de la guerra con Francia. Además, como solía ocurrir, los fondos de la Hacienda Pública estaban casi agotados y había otros gastos preferentes, por lo que resultaba casi imposible enviar a Chile el importante contingente de soldados que pedía el gobernador Martín García Óñez de Loyola. No obstante, el competente Domingo de Eraso presentó un extenso y detallado informe en el que dejaba claro que Chile estaba en peligro de perderse y era urgente ir en su ayuda. El Consejo de Indias oyó atentamente su solicitud, reconoció la conveniencia de enviar los auxilios que se pedían, y hasta formuló un acuerdo en el que se fijaba el número de tropas que deberían componer el contingente, las armas y enseres que convenía enviar, y el salario y los premios que podrían darse a los oficiales y soldados que pasasen a servir en Chile durante seis años. Sin embargo, Domingo de Eraso salió de España de vuelta para las Indias a principios de 1598 llevando solamente la incierta promesa de que el reino de Chile sería socorrido. Pero, como veremos,  esa ayuda llegará después de ocurrir una catástrofe de consecuencias irreparables.




jueves, 10 de marzo de 2022

(1667) Los cronistas Góngora Marmolejo y Mariño Lobera nos han llevado hasta el año 1592 de la historia de Chile. Pero lo que sigue es de dramática importancia, y continuaremos con el historiador Diego Barros Arana.

 

     (1267) Hemos terminado ya con la crónica de Pedro Mariño de Lobera, y su final es un gran elogio a la labor de pacificación que había hecho el gobernador Martín García Óñez de Loyola. Estaba siendo muy afortunada hasta entonces, pero al gobernador le va a costar muy cara su valentía, produciendo, además, consecuencias que afectarán a todos los españoles. Fueron hechos muy importantes que merecen ser conocidos y, para ello, a falta ya de cronistas de la época, utilizaré como apoyo la 'Historia  General de Chile' que escribió DIEGO BARROS ARANA, porque, entre otras virtudes, se le atribuyen la de ser muy objetivo. Según cuenta, el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza no confiaba mucho en las cualidades de Martín García de Loyola. Nunca creyó que fuera capaz de llevar a buen término  la misión que le encomendó Felipe II. Aceptó de mala gana reconocerlo como gobernador de Chile y no le facilitó la ayuda que necesitaba. Incluso llegó  pedirle al Rey  que lo sustituyera por otra persona más competente. Y añade Diego Barros: "Pero, aunque el virrey de Perú hubiera querido socorrer a Chile, los sucesos de que vamos a hablar más adelante se lo habrían impedido". El problema no era Martín García de Loyola, que lo estaba haciendo muy bien, sino los mapuches, como siempre.

     El historiador menciona a otro español que ya citó Mariño como unos de los hombres de confianza del gobernador García de Loyola. Se trataba de Miguel de Olaverría, con el que tendría buena amistad, ya que lo más probable es que fuera también vasco. De hecho, el gobernador, harto de la escasez que padecía de soldados, hizo un intento de conseguir ayuda del virrey de Perú, y para ello lo envió a Olaverría con esa petición. No hubo manera de convencer al virrey, y entonces Olaverría, a la desesperada, se presentó en enero de 1594 ante los oidores de la Audiencia de Lima, cuyas influencias eran poderosas. Y, para hacerles comprender lo desesperado de la situación, les presentó un informe (que todavía se conserva en los archivos oficiales) muy detallado y lleno de sensatas  razones, que hoy nos hacen comprender lo difícil que era vivir en Chile. Dice Diego Barros: "Exponía allí las penurias por las que pasaba Chile, la extraordinaria disminución de sus tropas por causa de la guerra, de las epidemias y de la deserción o abandono del país, la gran pobreza que se padecía, así como el peligro que había de que se despoblasen sus ciudades y de desaparecer todo lo realizado durante la conquista, si no se le prestaban los socorros más indispensables. En consecuencia, pedía que se enviasen a Chile quinientos soldados de refuerzo, sesenta mil pesos en dinero para pago de sueldos atrasados, y otros cuarenta mil cada año hasta que se consumase la pacificación definitiva del país. Todo ello dejaba ver la urgencia que había en socorrer al gobernador de Chile".

      Pero el  virrey se opuso a enviar gente a Chile, alegando además que, debido a la mala fama de la situación en aquellas tierras, provocaría el rechazo de los españoles de Perú, y prefirió que se reclutaran unos trescientos hombres en Panamá. Por si fuera poco satisfactoria esta situación, los oidores de la Audiencia de Lima tomaron otro acuerdo que luego ocasionó graves problemas en Chile. Esto es lo que decidieron: "Ordénese al Gobernador Martín García de Loyola, por ahora, que no utilice a los vecinos de las ciudades de aquel reino para la guerra, ni les cobre derramas para ella, y que solamente les obligue a que cada ciudad de la comarca envíe la cantidad de comidas, de los frutos de sus haciendas, que fuesen necesarias".

    

     (Imagen)  La crónica de Pedro Mariño de Lobera termina con la llegada, a finales de 1592, del nuevo gobernador de Chile, Martín García Óñez de Loyola. Corregida por el jesuita Bartolomé, estaba lista para ser publicada el año 1593 (pasaron siglos hasta que se pudo ver impresa). Y la termina alabando los importantes éxitos que en pocos meses consiguió el gobernador. Pero pronto dará todo un vuelco dramático en Chile, y, a falta de crónicas de la época, me apoyaré en el texto del historiador chileno DIEGO BARROS ARANA, aunque llegando solamente hasta donde tenga interés el proceso de la narración. Este historiador nació en Santiago de Chile el año 1830, y murió, también allí, en 1913. Tuvo una vida  muy intensa y fructífera. Utilizaré para este trabajo su obra más importante, titulada HISTORIA GENERAL DE CHILE (contiene 16 tomos que fue publicando desde 1884 hasta 1902). Sus primeros estudios no tuvieron nada que ver con temas históricos, pero, como ávido lector, fue adquiriendo conocimientos que le despertaron el interés por los tiempos pasados de Chile, y la Historia se convirtió en su verdadera vocación. Ejerció en puestos académicos importantes, que derivaron también en actividades políticas, campo en el que se mostró siempre como un firme liberal, lo que incluía una dura oposición a las influencias religiosas. Ejerció asimismo como mediador diplomático, siendo una de sus misiones la de resolver el conflicto entre Chile y Argentina sobre el reparto de la Patagonia. Es curioso que tuviera varios amigos de apellidos vascos, lo que quizá se debiera a que su ascendencia lo fuera, ya que tenía como segundo el de Arana. DIEGO BARROS ARANA era un hombre muy apreciado porque sus grandes méritos no estaban reñidos con la sencillez. El crítico literario, escritor y político chileno Pedro Nolasco Cruz Vergara dijo de él: "Es muy raro encontrar un autor que conozca bien los límites de su ingenio, que prometa únicamente lo que puede cumplir y que cumpla lo que promete. Esta probidad tiene su recompensa. El que ejercita sus facultades en la esfera que le corresponde y no se empeña en aplicar las que no están a su alcance, consigue desarrollarlas en sumo grado, y hará bien cuanto haga. A esa clase de escritores pertenece Diego Barros Arana". Y, recientemente, Luis Emilio Rojas, autor del libro Biografía Cultural de Chile, añadió: "Diego Barros Arana es el punto obligado, la referencia precisa, la síntesis de nuestro pasado y la base fundamental de cuanto trabajo de esta misma naturaleza se haya editado posteriormente".




miércoles, 9 de marzo de 2022

(1666) Se nos acaba aquí la crónica de Pedro Mariño de Lobera, y lo hace con una gran alabanza al gobernador Martín García Óñez de Loyola (que pronto morirá). Pero seguiremos contando la aventura de Chile recurriendo a un historiador chileno.

 

     (1266) Por su parte, el gobernador Martín García de Loyola no bajaba la guardia y tenía entre ceja y ceja el empeño de continuar acosando a los mapuches: "Fue a la sierra del Aulamilla, donde estaban los indios, y, aunque era difícil entrar, por haber mucho boscaje, le mandó al sargento mayor Miguel Olabarría (fue autor de un informe sobre la situación de Chile) que atacase con sesenta arcabuceros,  y lo hizo tan resueltamente, que a la primera rociada echaron a los indios del fuerte quedando algunos de ellos muertos, y asimismo resultaron heridos diez españoles, uno de los cuales fue el sargento mayor, sufriendo dos heridas de las que estuvo manco más de ocho meses".

     Pelear no era suficiente para el gobernador, pues pensaba en más cosas: "Llegado el año de 1595, fundó Martín García Óñez de Loyola una ciudad en la zona de Millapoa, que está junto al río Biobío, y le dio el nombre de Santa Cruz de Óñez. Esta población fue de suma importancia para tener a los indios a raya, pues hasta entonces eran señores de todas las tierras próximas a Concepción de la otra parte del río. Y con ello se han sometido, quedando pacificados no solamente los indios de ambas vegas, sino también los de Arauco, Talcamavida, Mareguano, Laulamilla y Chipimo, que son más de las dos terceras partes de los indios que Loyola halló rebelados en Chile. Y para tenerlo más asegurado, fabricó en el otro lado del río el fuerte de Jesús, para imitar a su tío (tío abuelo) Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, y por más asegurar el territorio con este divino nombre".

     Pero nunca faltaba algún sobresalto: "Contra esta fortaleza vino un indio llamado Nangalién, que era un capitán valerosísimo y cacique de la provincia de Mareguano. Le habían facilitado el acceso los indios que acababan de ser pacificados, ya que seguían viendo con malos ojos a los españoles. Llegó un día al amanecer con trescientos hombres, cogiendo descuidados a los españoles, que eran solo veintidós. Dio la alarma el centinela sin que se hallase hombre vestido, salvo un soldado viejo llamado Ríos que acudió al portillo por donde ya los indios iban entrando. Derribando dos de un arcabuzazo, puso luego mano a su espada y detuvo el ímpetu de los demás peleando varonilmente. A esto acudió el capitán llamado don Juan de Rivadeneira, y por otra parte fueron los soldados a la puerta principal, que estaba ya casi derribada, y, en particular, Juan Gajardo impidió a los indios que acabasen de derribarla oponiéndose con un mosquete con que mató a muchos enemigos. Viendo los enemigos cuan mal les iba en este asalto, se retiraron, aunque no muy escarmentados, pues tornaron a hacer de las suyas. Por esta causa decidió el gobernador perseguir a este cacique, y envió al sargento mayor Olaverría a darle una trasnochada con cuarenta y cinco hombres en la provincia de Mareguano. Tuvo el sargento buena mano en este lance, porque, entre otros indios, prendió a un cuñado del cacique Nangalién llamado Neretalia, y después de esto fue apresado un hijo del mismo Nangalién, lo cual sintió tanto su padre. que hubo de presentarse en son de paz con todos los suyos, con lo cual quedó la tierra muy tranquila".

 

     (Imagen) Terminamos ya la crónica de Pedro Mariño de Lobera, pero seguiremos con otras fuentes porque es importante hablar de lo que ocurrió después. Estas son las últimas palabras del narrador: "Mucho es de estimar en esta parte la prudencia y ánimo de Martín García de Loyola, pues, en menos tiempo, con menos gente y medios y con ninguna experiencia en cosas de Chile, ha logrado lo que otros gobernadores no pudieron, y se ha mantenido en paz y con el respeto de todos. Se ha atrevido a cosas extraordinarias, como salir solo a hablar con algunos indios rebelados sobre la paz. estando a vista de ambos ejércitos". Luego el cronista alaba una tomadura de pelo con la que el gobernador engañó a los temibles mapuches. Para bajarles los humos, los retó a un enfrentamiento un día determinado, que aceptaron con entusiasmo y seguros de vencer. Pero el gobernador llegó a propósito al lugar con sus hombres tres días antes, encontró a unos indios despistados y les dijo que fueran adonde sus caciques y les dijeran que los consideraba unos cobardes por no haberse presentado. El caso es que los caciques, al recibir el mensaje, quedaron perplejos, pensando que habían entendido mal la fecha, y se sintieron avergonzados de haber dado esa imagen de temerosas gallinas. Dicho lo cual, el cronista termina su texto de esta manera: "Para remate de esta historia, advierto que es mucho de ponderar el tesón de los indios, pues nunca se ha visto que ninguno de ellos se rinda ante un español, aunque le cueste la vida. Suele ocurrir estar un indio ante dos o tres españoles armados y no rendírseles hasta morir. Porque lo que más les duele de todos sus trabajos, es servir a gente extranjera, y, para evitar esto, llevan sustentando la guerra desde hace casi cincuenta años. Por lo cual han padecido tanta disminución, que, donde había mil indios, apenas se hallan ahora cincuenta. Y por esta causa está la tierra muy empobrecida y miserable, sin otro remedio más que la esperanza del cielo. Concluyo diciendo que el escribir muchos libros es cosa sin propósito, y que lo que importa es que oigamos este razonamiento: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque Dios ha de nivelar todas las cosas en su juicio y sentenciar lo bueno y lo malo según la balanza de su justicia. Y si este santo temor hubiera sido el impulso con que se conquistaron estos reinos, no estuviera esta historia llena de tantas calamidades como el lector ha leído en ella. Ojalá quiera Dios poner en todo su piadosa mano, para que en los corazones haya más amor suyo y más feliz prosperidad en los acontecimientos". Buen consejo final, pero añadido, probablemente, por el jesuita Bartolomé de Escobar.




martes, 8 de marzo de 2022

(1665) Veremos pronto que, a pesar de sus victorias, el gobernador Martín García Óñez de Loyola morirá en la batalla de Curalaba. Le ocurrirá lo mismo a otro héroe casi anónimo: Antonio de Galleguillos.

 

     (1265) Ya hemos hablado de ello, pero el cronista nos explica cómo se dio la alarma de que se acercaban piratas ingleses: "El gobernador Martín García de Loyola envió al capitán Juan Martínez de Leiva en una galizabra (embarcación de vela latina) para que descubriese a cierto corsario inglés que andaba costeando este reino, al cual apresó después en el Perú el marqués don García Hurtado de Mendoza, virrey de aquel territorio, enviando para ello a su cuñado don Beltrán de la Cueva, hijo del conde de Lemos. Fue este viaje de Juan Martínez de Leiva de mucha importancia, porque dio aviso en el Perú de la entrada de este corsario por el Estrecho de Magallanes, con lo cual se pudieron preparar las cosas necesarias para cogerlo. Hecho esto, se fue el gobernador Martín García de Loyola a Concepción donde invernó, y llegada la primavera, que entra por setiembre, recogió los pocos soldados que había y se fue con ellos a las ciudades del norte, donde anduvo multiplicando su gente. Habiendo juntado doscientos hombres, volvió con ellos a Talcamavida y Mareguano talando las sementeras de los indios y matando muchos de ellos. De manera que, por esto y por la singular prudencia con que procedía en todas las cosas, vinieron los indios de las riberas de Biobío en son de paz, cosa que no se había visto en estas tierras desde los tiempos del gobernador don García de Mendoza. Con este feliz suceso se quedó allí hasta el año 1594".

     Como siempre, en Chile uno de los problemas más graves era la falta de suficientes soldados para mantener pacíficos a los contumaces indios. El gobernador, una vez más, quiso obtenerlos del virrey de Perú, y envió con esa misión al maestre de campo Alonso García Ramón. El virrey no pudo conseguirle lo que le pedía, y, tras regresar de vacío el mes de marzo de 1594, el gobernador Martín García de Loyola se empeñó en encontrar alguna solución: "Le encargó de nuevo al maestre de campo la búsqueda de soldados, pero esta ver en la ciudad de Santiago, y, por su parte,  él mismo en persona fue a las ciudades del norte, y, habiendo juntado doscientos veinte hombres, hizo maravillosas campañas en las provincias de Mareguano y Talcamavida durante todo el año.  En una de ellas, sabiendo que había una junta de enemigos en la ciudad de Purén, fue allá con 130 hombres y acometió a los enemigos, que serían unos 300, y aunque halló ser la ciénaga casi inexpugnable, por la que no se podía entrar a caballo, se metió en el agua y le mandó al capitán Antonio Recio que le siguiese, quedando detrás los de la arcabucería para que los indios no molestaran a los nuestros. Y de esta manera, ganó este capitán el sitio de la ciénaga con muerte de muchos contrarios. Aun así, recibieron algún daño los españoles y en particular el capitán Antonio de Galleguillos a quien dieron un flechazo en un ojo.  Era este capitán corregidor de La Imperial, lo cual dio ánimo a los indios para atacar la ciudad, viendo que estaba herido quien era su cabeza. Se juntaron doscientos indios de a caballo, entraron dentro de ella corriendo todas las calles y quemaron muchas casas, sin poder impedírselo los soldados del pueblo, que eran más de cien.  No obstante, se levantó el herido corregidor, acaudilló a su gente, y fueron en seguimiento de los indios, los cuales, en su retirada, iban a matando muchos de los yanaconas que luchaban junto a los españoles".

 

     (Imagen) El cronista acaba de ensalzar el coraje de ANTONIO DE GALLEGUILLOS por haberse puesto, a pesar de sus heridas, al frente de los soldados que había en La Imperial. Tenía el cargo principal de la ciudad, el de corregidor, lo que ya dice mucho de su valía. Sin embargo han quedado pocos datos biográficos suyos. Quizá pase a la historia por el hecho de que fue uno de los que murieron, el 24 diciembre de 1598, en la decisiva batalla de Curalaba, donde veremos que también perdió la vida el gobernador MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA. Esa  victoria mapuche va a cambiar por completo los planes de los derrotados. Los españoles dejarán, durante largo tiempo, de insistir en someter a indios tan bravos, brutales y tercos, y se limitarán a defender las ciudades que habían fundado. El corregidor Antonio de Galleguillos era un criollo nacido en Osorno (Chile) hacia 1560, e hijo del capitán y funcionario español Alonso de Galleguillos. Pero la trágica muerte de un soldado no solía suponer el final para los logros de sus descendientes, porque  casi siempre había alguno que cogía la antorcha del fallecido. Primeramente lo hizo su yerno, Álvaro Gómez de Astudillo, el cual ejercía como maestre de campo, pero quien más destacó fue un  hijo de este y nieto de Antonio de Galleguillos, llamado casi como él: ANTONIO GÓMEZ DE GALLEGUILLOS, de quien daremos algunos datos.  Nació en La Serena (Chile) el año 1638, siendo ya su familia muy acaudalada, y allí se casó en 1564  con Catalina de Riberos y Castilla (también en buena posición social), bisnieta del gran conquistador Francisco de Aguirre (antiguo gobernador de Chile al morir Pedro de Valdivia), naciendo del matrimonio doce hijos, y llevando todos los apellidos de 'Galleguillos Riberos de Castilla' (cosa poco frecuente entonces porque los hermanos tenían a veces apellidos diferentes). No solamente fue un capitán de caballería y maestre de campo que se lució en las batallas, además de corregidor y alcalde de La Serena, sino que también se dedicó a actividades muy lucrativas, entre otras, las de la minería, los negocios financieros, la ganadería (siendo tu trabajo de mucha importancia para la creación del caballo típicamente chileno) y la agricultura, con cultivos de trigo, oliva y vid, consiguiendo en esta faceta elaborar productos que dieron prestigio al vino chileno. Lo cual no fue una casualidad, ya que Antonio Gómez de Galleguillos demostró ser un empresario meticuloso y preocupado en extremo por el detalle. ANTONIO GÓMEZ DE GALLEGUILLOS falleció el año 1695 en La Serena, siendo enterrado en la iglesia de San Francisco, donde había instalado un panteón familiar.




lunes, 7 de marzo de 2022

(1664) En 1593, los vecinos de Santiago recibieron con gran entusiasmo a los primeros jesuitas, cuyo padre superior era BALTASAR PIÑAS. Se dedicaron a su especialidad, la enseñanza y la conversión de los nativos. El gobernador seguía luchando.

 

     (1264) Nos cuenta el cronista cómo hicieron los jesuitas  el viaje a Chile:  "Partieron los ocho religiosos del puerto del Callao de Lima en el mes de febrero del año 1593, y tuvieron una procelosa tormenta en la que se vieron en gran peligro, llegando finalmente al puerto de La Serena, desde donde fueron todos en procesión hasta la ciudad, caminando muchas personas descalzas por haberlo prometido durante la tormenta. Los vecinos de este pueblo les pidieron con insistencia a los dichos padres que se quedasen allí, al menos dos de ellos, pero no fue posible porque no se había tramitado el permiso en la capital de Chile. Habiendo caminado los padres sesenta leguas, llegaron a los cercanías de Santiago, donde se había preparado todo para salir a recibirlos, pero los padres, queriendo evitar ruidos y aplausos, caminaron gran parte de la noche, y amanecieron dentro de la ciudad sin ser oídos ni vistos. La alegría, los júbilos y la devoción que se les hizo a esos padres no son explicables en pocas palabras, especialmente por ser el padre Baltasar Piñas hombre amabilísimo, y en todas partes muy respetado por su santidad y por su voluntad de agradar a todos. Causaba admiración que, desde el principio de su llegada, los indios hacían grandísimas procesiones todos los domingos cantando por las calles la doctrina cristiana, y era un espectáculo que embelesaba a la gente de la ciudad, que echaba  mil bendiciones a estos religiosos que tal mano tenían para emprender grandes cosas en poco tiempo. Y lo que más les admiraba era ver que un hombre como el padre Valdivia, recién llegado a aquella tierra, había aprendido en un mes el lenguaje de los naturales, que lo encontraban tan carismático, que andaban tras él en grandes cuadrillas colgados de sus palabras y mirándolo con tanto amor como si fuera su padre. Los españoles, admirados de su valía, decidieron conseguirles una casa, y les compraron la que había sido del fallecido gobernador Rodrigo de Quiroga, el cual había deseado mucho llegar a ver gente de la compañía de Jesús en este reino de Chile. Aquí fundaron los padres su colegio, en el que pusieron sus escuelas de latinidad para educación de la juventud, con lo cual culminar la buena obra que los padres hacían, y satisfacer el deseo con que anhelaba todo el reino de Chile ver a sus hijos en esta ocupación tan importante. Dio principio a este servicio un sacerdote llamado Gabriel de Vega, muy capaz de darlo a escuelas de más alta ciencia, lo que no le impidió  aprender luego la lengua de los indios y trabajar con ellos en las cosas de sus almas. Y, como para atender tan diversos servicios eran necesarios más jesuitas, volvió a la ciudad de Lima el padre Luis de Estella, que era un religioso muy cabal, con cuya misión fueron enviados más religiosos a este colegio de Chile, de manera que aumentó el número de ellos y la fuerza de los ministerios propios de la Compañía de Jesús".

     El cronista vuelve a las batallas con los mapuches: "Al principio del año de 93 fue el gobernador al fuerte de Arauco, y, viendo que el lugar estaba en buenas condiciones, partió para la provincia de Tucapel, donde los indios estaban mucho más agresivos que en otras partes. Fue grande el estrago que allí les hizo, talando los campos, recogiendo ganados y apresando muchos indios, además de haber muerto buena cantidad de los que ofrecieron resistencia. Luego volvió a la fortaleza de Arauco, y la tornó a abastecer de lo necesario para el invierno, que tardaría en llegar".

 

     (Imagen) Nos ha dejado claro el cronista que el jesuita BALTASAR PIÑAS era un hombre de excepcional valía, siendo admirado por todos los que lo conocieron. Estaba al frente, ya con mucha edad, de los primeros jesuitas que llegaron a Chile. Haremos un resumen de la apasionante biografía de este héroe de la espiritualidad. Había nacido en Sanahúja (Lérida) el año 1528. Estando en Valencia, ingresó en la Compañía de Jesús (fundada en 1534) el año 1550. Estudió Teología en Gandía, donde los jesuitas, dedicados desde un principio a la enseñanza, habían fundado su primera universidad, por iniciativa de Francisco de Borja, quien fue, además de jesuita, duque del lugar, y, tras su muerte, canonizado como santo. Fue ordenado sacerdote el año 1554 en Albarracín, de donde tuvieron que salir los jesuitas, ya desde aquella época envueltos en conflictos sociales. Se trasladó a Pedrola (Zaragoza), y allí, también cosa típica de su orden religiosa, estuvo evangelizando a musulmanes. Fue enviado a Cerdeña, donde estableció a los primeros jesuitas de la isla y fundó dos colegios de enseñanza. Regresó a Zaragoza el año 1570, y, dado su prestigio, le encomendaron la formación de los novicios jesuitas. Fallecido Francisco de Borja, que era el Padre General de los jesuitas, Baltasar Piñas asistió en Roma el año 1573 al nombramiento de su sucesor. Inició en 1575 su aventura definitiva, pues formó parte de un grupo de jesuitas, encabezado por Jesús de Cerdeña, que salieron con destino a Perú para reforzar a sus compañeros y hacer una inspección sobre sus actividades. Su valía se impuso en cuanto llegó. Los jesuitas lo nombraron en 1576 representante suyo en Madrid y Roma para todas las cuestiones relativas a su orden religiosa. Volvió a Perú cinco años después, pero no con las manos vacías, sino acompañado de otros 16 jesuitas. En cuanto se le confió el gobierno de toda la orden en Perú, decidió no aumentar el número de integrantes, dando preferencia a mejorar la disciplina de sus 130 miembros. Participó como provincial de su orden en el Concilio de Lima (año 1582), presidido por Toribio de Mogrovejo, el futuro santo. Fundó una misión en Tucumán (Argentina), y después un colegio en la muy lejana Quito, donde fue heroico atendiendo a enfermos durante una epidemia de peste. Lo acabamos de ver, en 1593, llegar a Chile al mando de los primeros jesuitas y fundar un colegio en Santiago. El año 1595, el extraordinario BALTASAR PIÑAS regresó a Perú, muriendo en Lima poco después.




domingo, 6 de marzo de 2022

(1663) El gobernador García de Loyola, en cuanto llegó a Chile, luchó con éxito contra los indios. Con él llegaron los primeros jesuitas, partidarios de pacificar a los indios sin violencia (pecando de optimismo). El superior era Baltasar Piñas.

 

     (1263) Estaba claro que el gobernador Martín García de Loyola tenía el firme propósito de enfrentarse a los mapuches con todas las consecuencias: "Determinó el Gobernador ir al territorio de Arauco, tomando tan a pecho las cosas de la guerra, que se propuso no asentarse en Santiago mientras ella durase y él permaneciese en el cargo. Y para no dejar raíces que le obligasen a volver algunas veces a esta ciudad desamparando la zona fronteriza con los enemigos, llevó consigo a su mujer y a toda su casa, y partió con casi trescientos soldados que juntó con harto trabajo, ayudándose de alguna derrama impuesta con mucha suavidad, más con ruegos que con exigencias, haciendo ver a los vecinos la necesidad presente y que era un asunto que afectaba a todos. La mujer de Loyola era una hija de los reyes indios del Perú, y la habían pretendido por mujer algunos caballeros de mucha estofa por su calidad y rentas, que eran de gran suma, por lo cual le pareció al comendador que podría ser esto de algún efecto para que los indios se allanasen viendo que una de su nación era mujer del inca que gobernaba la tierra, como en efecto lo fue, y por esta causa la llevó consigo sacándola de entre la gente que estaba de paz donde no había necesidad de este medio. Y habiendo llegado a la ciudad de la Concepción, no quiso parar en ella muchos días, saliendo pronto para volver a Arauco, donde era toda la refriega. Dentro de pocos días pasó con su campo el río de Biobío y lo asentó en Colcura, al pie de la famosa cuesta de Avemán, que está a cuatro leguas de Arauco. En este tiempo salió el maestre de campo de la fortaleza y tuvo una guazabara (lucha) con algunos escuadrones de los indios que le tenían cercado, de donde salió con la victoria habiendo matado a cien de ellos. Y como por una parte vieron esta pérdida y por otra lamentaron la llegada del gobernador, alzaron el cerco no atreviéndose a hacer frente a tanta gente española".

     Nos hace saber ahora el cronista (o quizá, más bien, el último corrector del texto, el jesuita Bartolomé de Escobar) que llegaron entonces a Chile, por primera vez, unos clérigos poco conocidos en las Indias: "Días después de la venida del gobernador Martín García de Loyola, llegaron algunos padres de la Compañía de Jesús, de cuya institución nunca se había visto hombre en Chile hasta entonces. Habían sido muy deseados por todas las personas graves interesadas en su aprovechamiento espiritual, y en particular de los gobernadores anteriores, por la buenas noticias que tenían del mucho fruto que estos padres habían hecho en el Perú, y el gran cambio que en aquellas tierras se experimentó por su correcta doctrina y buen ejemplo. Por esta causa, le suplicaron al rey Don Felipe Segundo que ayudase a este reino de Chile con algunos padres jesuitas, esperando por su medio lograr el sosiego que no habían podido alcanzar en tantos años por fuerza de armas. Acontece no pocas veces que las empresas arduas que no se consigue efectuarlas con grandes medios humanos, se logran con gran facilidad por la intervención de los servidores de Dios con la fuerza de sus oraciones, e incluso pacifican a los hombres, aunque sean enemigos, con la eficacia de las palabras que Dios pone en sus lenguas". Está haciendo referencia a que los jesuitas, enemigos de emplear la violencia con los nativos, consiguieron su amistad con su espíritu evangélico. Esto creó un gran malestar en varios países, que incluso los expulsaron de sus dominios, y hasta consiguieron muchos años después que el Papa suprimiera temporalmente sus actividades. Un ejemplo claro es lo que cuenta el argumento de la película La Misión, donde aparece Robert de Niro como un soldado portugués esclavista, arrepentido y puesto al servicio de los jesuitas para evitar la destrucción de los indios, y de su  mundo, al que la deliciosa música de Ennio Morricone convierte en un escenario idílico".

 

     (Imagen) Llegaron a Chile casi al mismo tiempo y por primera vez los jesuitas  y el nuevo gobernador, Martín García de Loyola, quien quizá influyera para que los sacerdotes lo hicieran, ya que, siendo sobrino nieto de San Ignacio, les tendría aprecio. Sigamos la  crónica, y no olvidemos que su redacción estaba revisada por el jesuita Bartolomé de Escobar: "Su majestad autorizó que fueran desde España  a Chile ocho religiosos jesuitas,  pero, llegados a la ciudad de Lima, le pareció oportuno a su provincial trocar algunos de ellos con otros más experimentados en aquellas tierras, para que se organizase esto más acertadamente. Además, sabiendo que sería muy bueno para el  servicio de Dios, se le encargó esta empresa al padre BALTASAR PIÑAS, de conocida santidad en todo el Perú y en muchos sitios de Italia y España, por donde había andado buscando almas para el cielo con extraordinario fervor de espíritu. También había fundado colegios en algunos lugares de Cerdeña, España y no menos en el Perú, donde fue provincial. Y, últimamente, el colegio de Quito, a donde no había entrado la compañía hasta que él fue a ello el año 1586. Aunque por su mucha edad y cansancio corporal estaba ya retirado, dejó la seguridad por los peligros, no con ganas de batallar, sino de conseguir el bien de las almas. Fueron con él dos sacerdotes nacidos en Chile, que habían ido en su juventud a estudiar en Lima, de donde salieron con muy copioso caudal de letras y mucho mayor de virtud tras catorce años que habían estado en la misma Compañía de Jesús. Uno de estos padres se llamaba Hernando de Aguilera, hijo del capitán Pedro de Olmos Aguilera, de quien se ha hecho diversas veces mención en esta historia, y el otro Juan de Olivares, los cuales fueron a este asunto para que, así como sus padres habían hecho la conquista militar del reino de Chile, y sus hermanos estaban en ella actualmente, ellos se dedicasen a la espiritual, ayudándose con las letras y el espíritu que habían adquirido, y con la lengua de los indios, pues la conocían por haberse criado entre ellos. De la misma manera,  fue con ellos otro religioso llamado Luis de Valdivia, muy docto en cosas de letras y hombre muy espiritual, pero no viejo, el cual, por ser familiar del difunto gobernador Valdivia, partió con pretensión de imitarle en el valor, aunque de diferente manera, con celo de irse ganando pronto las almas de los indios, cuyas tierras había ganado su pariente, y también para reparar de esta forma los daños que les habían hecho a los indios durante las conquistas". Ha quedado retratado el estilo de conversión empleado por los jesuitas: convencer sin violencia, aunque, a veces, les costaba la vida.




viernes, 4 de marzo de 2022

(1662) Fue a Chile un nuevo gobernador, MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA, y lo hizo con gran ánimo, aun sabiendo cuán peligrosos eran los mapuches. Llegó justo un siglo después del descubrimiento de América. ¡Qué fructíferos años!

 

     (1262) Llega un nuevo gobernador a Chile, y el cronista nos lo presenta. Ya he mencionado en varias ocasiones que era un vasco sobrino nieto de San Ignacio de Loyola, el impresionante personaje en el que se dio la circunstancia de que, como ocurrió a veces en las Indias, fue soldado antes que sacerdote (y, por añadidura, fundador de la Compañía de Jesús, que tanta importancia ha tenido a lo largo de la Historia). Se trataba de MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA. Oigamos al cronista. "Habiendo sido nombrado muchos días atrás gobernador del Paraguay Martín García de Loyola, Caballero del Hábito de Calatrava, natural de la provincia de Guipúzcoa, de la casa de Loyola y descendiente de la cabeza de ella, y habiéndose retrasado su viaje, el cual había de hacer desde el Perú, donde residía, le llegaron provisiones del rey Don Felipe Segundo, en las que lo nombró gobernador y capitán general de estos reinos de Chile. Por entonces esta tierra se encontraba a la sazón tan miserable y el estado de las cosas de la guerra tan empobrecido, que, por no poder sustentarlas, había ido don Alonso de Sotomayor (sin saber que había sido cesado como gobernador) a la ciudad de los Reyes (Lima), del Perú, a pedir ayuda de gente, munición y dineros para que no decayesen del todo. Pero aun así, se animó el nuevo gobernador a tomar la posesión de su cargo, entrando a la ciudad de Santiago, con solo dos criados, en el mes de setiembre del año 1592. Fue muy bien recibido por todos, y lo primero que hizo fue enterarse de raíz de todas las cosas que entonces ocurrían, sin querer cambiar ni una piedra hasta tomar el pulso del estado de ellas. Habiendo sabido el gobernador que el maestre de campo Alonso García Ramón, que estaba con ciento treinta hombres en la fortaleza de Arauco, se encontraba en gran aprieto por tenerle cercado más de cuatro mil indios, dio orden de remediar este daño, tomando pareceres de los principales del pueblo y  de los más versados en las cosas de guerra. Como ya estaban todos muy cansados de tan largas molestias y no veían forma de  sacar adelante lo que en cincuenta años no habían podido concluir en tiempos en los que había sido más factible, manifestaron el parecer de que se abandonasen los fuertes que estaban fuera de las ciudades, pues había mucho que hacer en los pueblos, ya que estaban con gran necesidad de gente hacendosa, pues había mucha hambrienta, rota y casi desesperada por tantas calamidades y ninguna manera de alivio ni socorro. Pero se mostró Loyola tan animoso, que, no solamente no abandonó los fuertes ya fundados, ni desistió de la continuación de la guerra, sino que lo tomó todo con nuevos bríos, supliendo con sagacidad y prudencia la falta de medios,  que a la sazón eran muy escasos. Y, para que se consiguiese el refuerzo que se necesitaba, envió a Miguel de Olavarría (otro  vasco), su sargento mayor, a la ciudad de Lima,  del Perú, para que pidiese ayuda de gente y dinero para sustentar la guerra, pues le  constaba enteramente el deseo que don Garcia Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey de aquel reino de Perú, tenía de favorecer las cosas de Chile como cosa propia, por haber sido el más insigne benefactor de este reino". Las últimas elogiosas palabras dejan claro que el jesuita Bartolomé de Escobar, al hacer la última corrección de la crónica de Pedro Mariño de Lobera, quiso poner en muy buen lugar (aunque es cierto que tuvo grandes méritos como gobernador de Chile) al virrey García de Mendoza, quien le había encomendado el trabajo.

 

     (Imagen) Estamos viendo al gobernador MARTÍN GARCÍA DE LOYOLA llegar a Chile EL AÑO 1592, primer centenario de la asombrosa proeza de CRISTÓBAL COLÓN. Desde que  descubrió América, los españoles no dejaron de seguir  hacia delante, PLUS ULTRA. Nada les frenaba, y las consecuencias fueron una mezcla de grandes logros para la humanidad, pero no exentos de horrores y crueldades. Si algo los caracterizó fue el ansia de gloria y riquezas, pero a base de un esfuerzo y un heroísmo extraordinarios, a lo que se añadía un sincero deseo de cristianizar a los nativos. Muchos avances rozaron el fracaso. Colón les falseaba a sus marinos las distancias para que no se amotinaran al ver que el mar parecía inacabable. Igual que a él, España acogió a Fernando de Magallanes, quien encontró el paso, por el estrecho de su nombre, a ese inmenso Océano Pacífico que había descubierto el gran Vasco Núñez de Balboa el año 1513. Masacrado Magallanes por indígenas, Juan Sebastián Elcano completó la vuelta al mundo en 1522. Pero antes, en 1519, Hernán Cortés (quizá el más completo de aquellos héroes), descubrió y conquistó México tras haber estado a punto de que lo mataran. El increíble Francisco Pizarro, cuyos ojos vieron el Pacífico junto a Balboa, tardó ocho terribles años en encontrar el imperio inca y apresar a Atahualpa (en 1532).  Tristemente, luego llegaron las sangrientas guerras civiles de Perú. Por aquel tiempo, el culto Gonzalo Jiménez de Quesada (de quien  ya hablaremos), tuvo la habilidad de mantener su autoridad en Colombia (merecidamente) frente a dos temibles pretendientes, Sebastián de Belalcázar y el alemán Nicolás Federmann. Vimos las aventuras de Álvar Núñez Cabeza de Vaca por las tierras de Florida, y la manera ignominiosa en que, en 1544, fue destituido de su cargo como gobernador del territorio de Río de la Plata, y ahora (año 1592) estamos inmersos en la historia de la conquista de Chile, iniciada por el extraordinario Pedro de Valdivia. Durante estos cien años ha habido personajes de brillo excepcional, tanto militares, como políticos, funcionarios y clérigos, y gracias a su iniciativa, valentía y espíritu emprendedor, se fundaron unas setecientas ciudades, se construyeron numerosas catedrales, y se pusieron en marcha universidades, todo ello con tanta solidez, que, en su mayoría, siguen en pie llenas de vida. Hubo un 'gringo' que admiró incondicionalmente la aventura de los españoles en las Indias: CHARLES F. LUMMIS (fallecido en 1928).





jueves, 3 de marzo de 2022

(1661) Alonso de Sotomayor se retiró a Perú al ser cesado como gobernador de Chile, pero se le encargó luchar contra una poderosa flota de piratas ingleses. Tuvo un éxito espectacular, y resultaron muertos Hawkins y Francis Drake.

 

     (1261) Como esta crónica va poco a poco llegando a su fin, el autor nos ampliará datos que ya aportó sobre el ex gobernador de Chile ALONSO DE SOTOMAYOR, el cual, aunque cometió errores graves al llegar a su cargo, luego fue enderezando el rumbo correctamente y alcanzó notables éxitos. Precisamente la última ocasión para lucirse le vino al ser sustituido en la gobernación de Chile por Martín García Óñez de Loyola. Veremos enseguida cómo el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza, le encargó un asunto verdaderamente peculiar:   "Don Alonso de Sotomayor fue natural de la ciudad de Trujillo (Extremadura), de padres y parientes muy ilustres. Se ejercitó la mayor parte del tiempo de su vida en cosas de guerra en las alteraciones de Flandes y algunos lugares de Italia, y finalmente vino a gobernar este reino de Chile el año 1583, entrando por Buenos Aires (desechando la travesía marítima del Estrecho de Magallanes), como se escribió al principio de esta tercera parte. Metió en esta tierra cuatrocientos españoles, de cuyo número fueron Francisco del Campo, que había sido sargento mayor en el tercio de Lombardía y en los estados de Flandes, y Alonso García Ramón, que fue el primer español que entró en la ciudad de Mastrique (Maastricht, guerra de Flandes) donde fue alférez del capitán Hernando de Andrade, y los capitanes Francisco de Cuevas, Tiburcio de Heredia y don Bartolomé Morejón. Y así mismo entraron en su compañía otros muchos caballeros como fue don Luis de Chávez, el capitán Sancho de Vargas, el capitán Francisco de Palacios, el capitán Herrera, Pedro de Cuevas y el capitán Cristóbal de Morales, y finalmente Pedro de Castro que fue en este reino soldado de mucha estima y mostró mucho valor en todas las batallas, mayormente en las que se halló el maestre de campo Alonso García Ramón, en cuya compañía anduvo siempre. Don Alonso de Sotomayor pasó muchos trabajos en Chile sirviendo a Su Majestad y pacificó muchas tierras rebeladas, después de lo cual fue al reino del Perú a verse con don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, que había entrado en aquellos reinos como virrey el año 1590, y volvió a Chile en el tiempo en que ya estaba allí como gobernador Martín García Óñez de Loyola, caballero del hábito de Calatrava, el cual le tomó el preceptivo juicio de residencia a Don Alonso, quien gobernó en Chile nueve años y cuatro meses, desde el doce de abril de 1583 hasta principio de agosto de 1592".

     El cronista añade que, tras pasar el trámite del llamado Juicio de Residencia, al que eran sometidos siempre los funcionarios y políticos al dejar su puesto, Don Alonso de Sotomayor se trasladó a Chile. Se supone que quedó libre de reproches acerca de sus actuaciones como gobernador, pero no sabemos si su plan inmediato era el de trasladarse a España, porque ocurrió algo imprevisto: "Terminado el juicio de residencia, Don Alonso de Sotomayor volvió al Perú el año 1595. En este tiempo recibió en Lima el virrey marqués de Cañete una cédula de Su Majestad en la que le avisaba de que en Inglaterra se estaba aprestando una gruesa armada para atacar la tierra continental de Nombre de Dios y Panamá, por lo que le pedía que mandase que la gente viajase con cuidado, de manera que no los cogiese el enemigo desprevenidos. Y entendiendo don García que la cosa más necesaria para prevenir este daño era el no faltar cabeza que dispusiese las cosas con prudencia, puso los ojos en don Alonso de Sotomayor y le confió esta empresa. Aunque don Alonso estaba muy cansado de tantas guerras y desasosiegos, aceptó el cargo de capitán general y partió luego a Panamá con mucha munición y artillería, llegando a su puerto a finales de noviembre de 1595".

 

     (Imagen) Dado que Felipe II avisó de que una armada de piratas ingleses había partido hacia las Indias para hacer el mayor daño posible, el virrey de Perú, García Hurtado de Mendoza, nombró a DON ALONSO DE SOTOMAYOR general del ejército que debería evitarlo. Oigamos al cronista: "Don Alonso fue a Nombre de Dios (zona panameña) y se fortificó con 600 hombres en el río Chagre, pero, por si los enemigos entrasen por tierra, le dio 60 hombres al capitán Juan Enríquez Conobut (era  holandés), el cual dispuso las cosas como hombre eficaz y valeroso. Después llegaron al puerto de Nombre de Dios 48 barcos ingleses, que habían salido de Plemoa (Plymouth) el 28 de agosto de 1595 con los generales Juan Aquines (Hawkins) y Francisco Draque. Por orden de la reina Isabel de Inglaterra iban a tomar Nombre de Dios y Panamá, que es el paso por el que las flotas de Castilla llevan plata a España. Llegaron haciendo algún daño en los puertos de Margarita y Santa Marta, aunque fue mucho mayor el que ellos recibieron en Puerto Rico, donde los españoles les mataron al general Juan Aquines y a 300 hombres de su compañía, por obra del capitán Sancho Pardo y los dos mil soldados con que contaba". Los demás ingleses llegaron a Nombre de Dios el 6 de enero de 1596, donde Drake apresó a algunos españoles, y desde allí envió por tierra a la ciudad de Panamá a 900 hombres. Iban muy seguros de sí mismos, pero la tropa de Juan Enríquez Conobut les salió al paso, mataron a sus dos capitanes, y, tras larga batalla, en la que también participó el capitán Agüero, tuvieron que retirarse los ingleses, dejando muertos a 190 de los suyos. Tras haber llegado también don Alonso de Sotomayor con sus hombres, fueron todos juntos persiguiendo a los ingleses, los cuales, antes de alcanzar Nombre de Dios, tuvieron otros 200 muertos y muchos heridos: "Viendo el capitán Drake este estrago, desesperó de conseguir su intento, y con la rabia que de ello tuvo, dio fuego a la ciudad de Nombre de Dios, que, por ser sus casas de madera, se quemó fácilmente. Pero le perjudicó hacerlo, porque algunos negros le atacaron cuando vieron las suyas quemadas, y mataron a algunos de sus hombres, muriendo, además, otros de pestilencia (el cronista olvida decir que uno de los que van a fallecer por esa peste es Drake). De manera que Francisco Drake volvió a su tierra menoscabado, enfermo y dejando siete hombres presos a manos de los españoles. Con esta victoria, que sucedió el 10 de enero de 1596, ganó gran fama el capitán Enríquez, y mucho más don Alonso, a quien el pueblo llamaba hombre enviado de Dios, y no menos al virrey don García por haberle dado munición y artillería".




miércoles, 2 de marzo de 2022

(1660) Sorprendentemente, el gobernador Alonso de Sotomayor marchó a Perú para conseguir más hombres. Dejó en Chile como suplente a Alonso García Ramón, uno de los militares más valiosos y valientes de Chile, como indica la imagen.

 

     (1260) Otra prueba de la necesidad que había de más soldados para tener a raya a los terribles mapuches la vemos en el hecho de que el gobernador de Chile, Alonso de Sotomayor, viendo la buena voluntad mostrada por el virrey García Hurtado de Mendoza, se fue personalmente a Perú buscando nuevos refuerzos, y le dejó toda la responsabilidad militar a Alonso García Ramón: "Como el maestre de campo vio que todo el peso de la guerra le incumbía a él más que a otro cualquiera de los de Chile, y contó con la mucha ayuda que le daban los capitanes Gutiérrez de Arce, Pedro de Cuevas y Gonzalo Hernández, se dio tan buena maña en pacificar la tierra, que en poco tiempo se vieron los indios forzados a pedir la paz o tener que abandonar sus casas y haciendas. Pero las cosas de este reino van de manera que, por más demostraciones de paz que los indios daban, y aunque se tranquilizaban por algún tiempo, era algo tan forzado, que estaban siempre con ganas de rebelarse contra los españoles. Y así, pasado el invierno, comenzaron los indios a formar escuadrón y hacer asaltos cuando veían la oportunidad, con notable detrimento de los indios pacíficos y de los mismos españoles, cuyas escoltas no podían pasar con seguridad, hasta que el maestre de campo salió a remediarlo con cuarenta hombres de a caballo".

     Así que, como siempre, los mapuches volvieron a las andadas: "Cuando llegó el verano y los indios vieron a los españoles encastillados en Arauco, determinaron luchar con todas sus fuerzas para acabar de una vez con ellos o morir en el intento. Para esto se juntaron seis mil hombres de pelea, y fue algo extraordinario en aquellos tiempos en los que los indios estaban tan menoscabados. Estando ellos cerca de la fortaleza por espacio de cuarenta días aguardando su oportunidad, llegó al puerto de Arauco un navío que envió el virrey del Perú con soldados por haber tenido noticia de que volvía el pirata inglés Tomás Scandi (Cavendish), como en efecto venía, aunque murió en el viaje junto a Buenos Aires, habiendo perdido tres navíos de cuatro que sacó de Inglaterra". Un inciso para aclarar que los datos son fidedignos. Ocurrían en 1591, como vimos, pero el cronista no precisa que los piratas no llegaron a pasar el Estrecho de Magallanes, por lo que las noticias de que se aproximaban a Chile tuvieron que conocerla por vía terrestre desde Buenos Aires.

     Sigamos con el cronista:  "De estos soldados que vinieron de Perú, se aprovechó Alonso García Ramón en este trance, poniéndolos a guardar la fortaleza mientras él sacaba de ella cien hombres de pelea que allí tenía para ir a enfrentarse con los indios, que estaban muy cerca y con su ejército formado. Pero, como había falta de caballos por haberse muerto muchos en el invierno, solo pudo contar con cuarenta y cinco soldados, entre los cuales salió el capitán Víllaoslada, que era recién llegado del Perú, los tres capitanes antes referidos, y el alférez Gonzalo Becerra, aunque, tal y como todos los españoles se mostraron en este enfrentamiento, eran dignos de que fuese aquí escrito el nombre de cada uno de ellos". Hemos visto muchas veces que, en Chile y en el resto de las Indias,  los cronistas hablan de ejércitos de miles de indios, con cifras que casi siempre estarían exageradas. Pero lo que sí resulta muy creíble es que la desproporción con respecto al número de españoles fuera enorme, porque siempre facilitan el dato de forma muy precisa, limitándose, como mucho, a unos cientos de soldados. Aunque tampoco hay que olvidar que esas tropas de españoles iban con frecuencia acompañadas de muchos indios que luchaban a su lado.

    

     (Imagen) Aunque fuera por la buena causa de conseguir del virrey García Hurtado de Mendoza un nuevo refuerzo de soldados, resulta extraño que el gobernador ALONSO DE SOTOMAYOR  se marchara a Perú dejándole al maestre de campo, ALONSO GARCÍA RAMÓN, la dura misión de ocuparse de todas las batallas contra los mapuches. Lo que no sabía el gobernador era que, antes de volver, sería sustituido por uno nuevo, MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA (sobrino nieto de San Ignacio). El cronista continúa su relato: "Después de salir los nuestros de Arauco, hallaron un escuadrón de trescientos indios de a caballo, los cuales se fueron retirando con mucho orden para llevar tras sí a los cristianos hasta el grueso de su ejército. El maestre de campo entendió su estratagema, pero no rehusó ir adelante hasta dar con otro escuadrón de seiscientos indios. Se trabó entonces la batalla derramándose mucha sangre por ambas partes. Cayó muerto un soldado, y viendo los nuestros que los indios iban a coger su cuerpo para cantar victoria como suelen, se arrojaron todos a impedirlo. Anduvo la cosa tan metida en coraje, que no se había visto durante años batalla más reñida. Y es cosa de gran admiración que, aun siendo los españoles no más de cuarenta y cinco, duró unas seis horas. Estuvo el maestre de campo a punto de perder la vida en este conflicto, porque le mataron los contrarios el caballo y él cayó en tierra, de modo que los indios acometieron para cogerlo o matarlo, como lo habrían hecho si no lo socorrieran los suyos con presteza. Finalmente ganaron los nuestros con pérdida de ochenta hombres del bando contrario, aunque del nuestro no hubo nadie que no saliese muy herido. El último efecto de la victoria fue que vinieron los indios en son de paz para someterse a los españoles, viendo que no era posible prevalecer contra ellos. Por entonces llegó a Chile como gobernador Martín García Óñez de Loyola, y apreció mucho a ALONSO GARCÍA RAMÓN, el cual permaneció ejerciendo como maestre de campo hasta que se fue al Perú a que le gratificasen los servicios que había  hecho en Flandes y en este reino de Chile. Lo cual cumplió el virrey de Perú, don García Hurtado de Mendoza, ocupándolo allí en oficios de mucha importancia: primero, como general del puerto de Arica y, después, como corregidor de la villa de Potosí, cuya vara de autoridad tomó el mes de marzo de 1596". La imagen nos muestra a ALONSO GARCÍA RAMÓN en un cuadro que hace referencia escrita a que el valentísimo español (como ya sabemos) mató en un duelo personal al toqui (cacique) principal de las tierras de Arauco.




martes, 1 de marzo de 2022

(1659) Terminada una racha de buenas victorias, el gobernador Alonso de Sotomayor decidió ir en persona a Perú para conseguir más soldados, y dejó el mando en Chile a su hombre de confianza, Alonso García Ramón.

 

     (1259) Sobre la marcha, el gobernador Alonso de Sotomayor iba haciendo nuevos nombramientos: "Rafael Portocarrero, el nuevo coronel del ejército, fue marchando con sus hombres hacia Tucapel y Arauco,  y se alojó en el estero de Vergara,  donde en la revista que se hizo en presencia del gobernador se hallaron cuatrocientos quince españoles, y entre ellos doscientos cincuenta arcabuceros. En este lugar, el gobernador hiso alférez general a un cuñado suyo llamado don Carlos de Irazábal, y nombró capitanes a don Pedro Páez Castillejos, don Bartolomé Morejón, don Juan Rodolfo Lisperguer, Diego de Ulloa y Pedro de Cuevas (en aquellos tiempos ser 'Don' suponía relieve social). Estando todo puesto a punto, fueron recorriendo las tierras de Mareguano, Millapoa y Talcamavida, llegando finalmente a la cuesta de Villagrán, para entrar por ella en Arauco. En este paso estaban fortificados los enemigos, pero los nuestros caminaban sin miedo aun viendo grandes huestes de enemigos que los seguían sin atreverse a acometerles hasta llegaran al fuerte que tenían hecho. Frente a este, se alojó la gente española, y luego  los arcabuceros y los de a caballo se prepararon para la batalla.  Aunque los indios tenían puestos muchos obstáculo y hoyos abiertos, con otras estratagemas, acometieron los nuestros acometieron y trabaron una batalla muy sangrienta por espacio de dos horas, en la que mataron a muchos indios, perdiendo de nuestra parte a un caballero portugués del hábito de Cristo, al que lo mató, por error, un soldado bisoño de un arcabuzazo. Finalmente, el fuerte de los enemigos quedó desbaratado, bajando sin obstáculos la gente española al campo raso, y al día siguiente se alojaron en el sitio donde solía estar la casa fuerte en tiempo de Valdivia, don García y otros gobernadores. Después el gobernador don Alonso puso los en un sitio muy cómodo y apacible, y allí construyó una casa fuerte con mucho esfuerzo de los soldados, pues, además de trabajar en esta obra, también que defenderse de los enemigos".

     Terminada la preparación del fuerte, los españoles pudieron intensificar los ataques a los indios: "Salían con mucha frecuencia a dar trasnochadas a los adversarios, hallándose personalmente en todo el maestre de campo, Alonso García Ramón. Con lo cual se vieron los indios tan acosados, que muchos de ellos acudieron a someterse a los españoles. Pero había otros tan perseverantes en la defensa de sus tierras, que se congregaron para dar contra los nuestros muriendo o matando. Unos ocho mil indios fueron marchar en busca del maestre de campo, que andaba peleando lejos de la fortaleza. El general que estaba en ella, sabiendo lo que pasaba, salió con más de cien españoles y llegó a la vista de los enemigos, los cuales se fueron retirando y los nuestros tras de ellos, picándoles en la retaguardia mientras el maestre de campo llegaba en busca de ellos. Al  juntarse, volvieron todos a la fortaleza, y el gobernador envió al maestre de campo Alonso García Ramón a la ciudad Lima para pedir ayuda de gente y municiones al virrey que, por entonces, lo era don García Hurtado de Mendoza marqués de Cañete de cuya respuesta se hablará en su momento".

 

     (Imagen) Nos vamos acercando al final de esta crónica, por lo que, a falta de nuevos personajes, iré nutriendo las imágenes de los últimos comentarios del cronista. Nos habla ahora de que el gobernador Alonso de Sotomayor estaba consiguiendo el año 1590 pacificar a muchos indios. Entre ellos, a los de la isla de Santa María, aquellos que habían sido duramente castigados por matar a mensajeros españoles: "Luego sometió gran parte de los territorios de Tucapel, y sus capitanes Pedro Cortés y Juan Rodolfo Lisperguer, que tuvieron muy dura pelea con dos escuadrones de indios, salieron victoriosos, aunque perdieron a un soldado. Con esto, puso don Alonso de Sotomayor fin a las batallas que tuvo en Chile, en todas las cuales, y en las demás cosas del gobierno, mostró mucho valor y prudencia. Lo cual no era nuevo en su persona, porque muchos años antes había sido tan estimado entre los capitanes de Flandes, que, teniendo que enviar los generales un embajador a Su Majestad, pusieron los ojos en este caballero por la satisfacción que de él tenían. Y como en aquel viaje lo encontró el señor Don Juan de Austria, lo regresó consigo por no ser por entonces necesaria su embajada, pero después de llegar a Flandes, lo volvió a enviar él mismo como mensajero adonde el Rey, siendo su guía el flamenco Juan Enríquez, quien después lo ayudó mucho en Chile". Luego el cronista nos muestra el afecto que sentía García Hurtado de Mendoza, virrey de Perú, por las tierras chilenas, donde había sido gobernador: "El celo que trajo de España acerca del remedio de las cosas de Chile se manifestó tanto en otras ocasiones de su gobierno, como en esta de ahora, cuando el maestre de campo se trasladó a Perú para pedirle ayuda de gente,  porque lo tomó esto con tantas ganas, que, en pocos días, lo mandó de vuelta con buen número de soldados para acabar ya con guerra tan prolija. Llegó el maestre de campo  a Chile en salvamento con la gente que traía de Perú y alcanzó al gobernador en los términos de la ciudad de Concepción, el cual, estando muy deseoso de verse con el nuevo virrey del Perú y tratar con él despacio del remedio que necesitaba este reino de Chile, partió el año 1591, dejando encargado su ejército al maestre de campo Alonso García Ramón, de quien estaba tan satisfecho como sus obras merecían. Y, porque los lugares más necesitados eran Arauco y Tucapel, le confió en particular la defensa de la fortaleza que había en aquella zona, dejando en las demás los medios y los capitanes necesarios para protegerlas". En la imagen vemos que RERE, una pequeña población chilena, recuerda a su fundador, el gobernador Sotomayor.