viernes, 14 de enero de 2022

(1619) En una buena racha, hubo varias victorias contra los mapuches. El duro, pero eficaz Lorenzo Bernal de Mercado, junto al bravo Nuño Fernández Rasura y doce héroes, lograron un triunfo que se consideró milagroso.

 

     (1219) Las batallas no cesaban, pero, a veces, disminuía la intensidad: "Habiendo pasado algunos meses sin alborotos, salió el mariscal Martín Ruiz de Gamboa de la ciudad de Valdivia para ir  a Villarrica, donde se habían descubierto unas minas, y envió por otra parte a su sobrino Andrés López de Gamboa a la ciudad Imperial con gente de socorro por tener noticias de que se preparaban los indios para combatirla. Este capitán llegó cuando estaban ya los enemigos en una loma a vista de la ciudad. Y, como los vecinos se vieron favorecidos con esta ayuda, salieron a dar contra los indios, trabaron batalla con ellos y los desbarataron, matando a muchos. Apenas se había ganado esta victoria cuando llegó el mariscal con el resto de la gente, y, pasados unos días, marchó con ciento ochenta españoles y muchos indios yanaconas a encontrarse con el gobernador Rodrigo de Quiroga (suegro suyo), que venía con su ejército. Llegando Gamboa al valle de Congora, a una legua de la ciudad de Los Infantes (Angol), tuvo aviso de que andaban por allí algunos indios inquietos, por lo cual se desvió para encontrar los escuadrones de los indios, y tuvo con ellos una refriega muy reñida. Destacó mucho en este conflicto Rafael Portocarrero entrando el primero de todos en medio de los enemigos, que estaban con su capitán Mellicande, los cuales serían unos quinientos. Peleó valerosamente hasta rendir al cacique y a muchos de los suyos, con lo cual ganó mucho prestigio entre los soldados. Finalmente, los enemigos fueron desbaratados, con pérdida de muchos de los suyos, muertos o presos en la batalla, que duró poco rato".

     Ni que decir tiene que, a pesar de la derrota, los mapuches 'no se arrugaban'. Partieron de allí los españoles y llegaron al campamento del gobernador: "Con los soldados que llevaban y los que el gobernador tenía se formó un ejército de quinientos, a los que se habían de añadir los indios yanaconas, que eran más tres mil. Estaba el campamento muy abastecido de vituallas, munición y armas, y mucho más de caballos, que pasaban de diez mil los que tenían, de guerra y de servicio. Pero el efecto que producía en los indios ver un campamento tan opulento y bien ordenado no fue acobardarse ni rendirse, sino reforzar su orgullo para oponerse a los españoles, convocándose unos a otros, y decidieron ir contra la ciudad de Angol. Figuraba por entonces el capitán Pedro Fernández de Córdoba como corregidor de la ciudad, el cual, sabiendo el alboroto que estaban preparando los indos, salió con veinte hombres muy armados a cogerlos antes de que se reforzasen. Pero, por mucha prisa que se dio, venía ya el capitán Guacaya con su ejército formado precediéndoles veintiséis indios escogidos para corredores del campo". Lo cual fue un error de Guacaya, porque  sus enviados se vieron solos frente a la caballería española, y no les quedó más remedio que pelear: "Lo hicieron como hombres desesperados de la vida. Apenas hubo alguien en ambos bandos que no saliese herido, ni siquiera los dos capitanes, porque el de los indios, llamado Arruay, recibió algunas lanzadas, y Pedro Fernández de Córdoba, una que le pasó la mano. Finalmente se hubo de volver cada escuadra por su parte, quedando algunos indios muertos, y también un español, cuyas canillas (tibia y peroné) se las sacaron después para hacer flautas, como acostumbran, para tocarlas en las batallas".

 

     (Imagen) El cacique mapuche Guacaya estaba empeñado en tomarse la revancha, de la derrota sufrida en Angol, atacando de nuevo a los españoles. El día 2 de febrero de 1577 se puso en marcha con mil quinientos indios. El cronista nos cuenta la providencial actuación de LORENZO BERNAL DE MERCADO en la batalla: "Se encontraba el capitán Bernal allí, en Angol, y, sabiendo que llegaban los indios, se presentó a caballo ante el corregidor, Pedro Fernández de Córdoba, y le rogó que le dejase salir al encuentro de los indios antes de que llegasen a poner cerco. Se lo permitió el corregidor, y le dio solamente catorce hombres. Salió Bernal con este escuadrón pequeño, aunque grande en los bríos y experiencia. Fueron descubiertos por los indios, los cuales, viendo que eran poca gente, se les enfrentaron con muy buen ánimo, ordenando su ejército en forma de media luna para coger a los españoles en medio. Pero, como Bernal era tan conocedor de los ardides de los indios, dijo a sus soldados que acometiesen con él a una de las dos alas descuidándose de la otra, porque ella sola se desordenaría". La estrategia resultó perfecta: la otra fue sin orden a ayudar a los atacados, y entonces los españoles  se volvieron contra esta, lo que a su vez provocó el desorden de la primera, creándose un revoltijo que favorecía a los escasos españoles: "Se diría que fue una suerte la de haber sido catorce estos soldados, pues parece un número encantado en Chile, ya que siempre han sido de catorce sus mayores hazañas (se convirtió en un tópico lo de Los Catorce de la Fama). Además era Lorenzo Bernal el que dirigía la 'danza'. Le mataron el caballo, pero él se levantó e hizo de las suyas con la espada en la mano. Y eran tan nobles los pocos soldados que llevaba, que le insistieron en que subiese a caballo, para lo que se quedó a pie uno de ellos. También se señaló mucho NUÑO FERNÁNDEZ RASURA, matando él solo gran número de indios, y ejercitando su ánimo, que era mucho y muy conocido. Aunque el esfuerzo de los nuestros era tan grande, recibían heridas y sentían el cansancio por ser muchos los contrarios, los cuales no cesaban de atacar. Y se habrían visto en mayor aflicción si no les llegara la ayuda de Dios y su gloriosa Madre, y la de algunos indios amigos. Con este socorro, comenzaron a desmayar los indios, y al poco rato volvieron las espaldas con pérdida de trescientos hombres y del cacique Guacaya, quedando los nuestros con gran regocijo y reconociendo lo mucho que a la Virgen se le debía, a cuyo templo acudieron todos a celebrar la victoria y dar las gracias a Ella y a su Hijo".




jueves, 13 de enero de 2022

(1618) Llegó a Chile desde España un refuerzo de 377 soldados, bajo el mando de Juan de Losada y Quiroga. Sirvieron para pacificar a los indios, pero volvió a sublevarlos el cacique Ripillán, quien lo pagó caro después.

 

     (1218) Por expreso deseo de  Felipe II, partió de España un refuerzo de soldados: "El año 1576, mientras ocurría  lo que acabamos de ver,  llegaron a este reino de Chile trescientos setenta y siete españoles enviados por Su Majestad con el capitán Juan de Losada (y Quiroga), Caballero del Hábito de Santiago, para mejora de las ciudades y continuación de la guerra comenzada contra los indios. Se le enviaron setenta de los llegados al gobernador Rodrigo de Quiroga, a la ciudad de Valdivia (Quiroga estaba en Santiago), con el capitán Gaspar Verdugo, que se los entregó al mariscal Martín Ruiz de Gamboa, pues había ya llegado (desde Santiago) con poderes del gobernador, su suegro, para ocuparse de lo que ocurriera en la zona de las ciudades de arriba (Osorno, Valdivia y Vullarrica). Gracias a esto se pudo impedir una conjuración de indios convocados por un cacique de Renigua y Guaron llamado Ripillán, contra el cual salió el mariscal Gamboa con los soldados que habían venido de refresco, con cuya salida cesó el daño que se iba tramando por el temor que los indios tuvieron de oponerse a esta gente, y así se hubo de quedar solo el cacique promotor del alzamiento. Y lo que resultó fue que los indios vinieron a ponerse a los pies del mariscal, rindiéndose a él con grandes promesas. Los admitió Gamboa con buen semblante con tal de que le trajesen al indio Ripillán, causante del desasosiego, y les dio palabra de poner en olvido todos sus delitos. Se juntaron para esto cincuenta caciques y aparentaron enviar gente para cogerlo, pero, al cabo de ocho días,  volvieron adonde mariscal Ruiz de Gamboa sin la presa que deseaba. Él mostró entonces mucho enojo y los amenazó tanto, que tomaron los indios el negocio de veras.  Dieron con un cuñado suyo que murió a puros tormentos por no querer confesar dónde estaba Ripillán, y lo mismo le ocurrió a un hijo suyo. Finalmente, como donde haya mujeres, no es de esperar que se guarde secreto, su misma mujer, al caer en manos de los indios que lo buscaban y deseando evitar el tormento con temor femenino, los llevó a un risco donde su marido estaba metido entre unas peñas.  Los indios intentaron persuadirle para que fuese voluntariamente a pedir perdón por el crimen cometido, pero lo que él pretendió fue convencerlos para proseguir el alzamiento. Entonces un cacique llamado Chao le atravesó con una la lanza el cuerpo, y, quitada luego su cabeza de los hombros, fue llevada en la punta de la misma lanza al mariscal Gamboa, acompañada de otras dos, que eran de un hijo suyo y una mujer que consigo tenía".  Luego el cronista (o quizá sea un añadido del jesuita Bartolomé de Escarbar, a quien le confió la revisión de su obra) se luce con sus conocimientos históricos: "Mas no es de extrañar que una persona que era india y mujer, dos cosas que sugieren pusilanimidad y falta de firmeza, entregase por temor a su marido, y menos todavía no siendo ella su única esposa. Pues ya sabemos que Erífile,  por el collar de oro que le dio Adrastro, le entregó a su marido Anfiarao, que estaba escondido en un lugar oculto. Y también se lee haber caído en lo mismo la famosa Helena, quien, vencida por el amor, puso a su marido Deífobo en manos de los griegos cuando estaba durmiendo. Y así, con este castigo de Ripillán y la riza (el estrago) que iba haciendo Gaspar Viera en el valle de Mangué, donde venció tres veces a los puelches, se pacificó la tierra por entonces, dando algún descanso a los ejercicios militares.

    

     (Imagen) Nos ha hablado el cronista de que el año 1576 se presentaron en Chile 377 españoles que Felipe II envió con JUAN DE LOSADA Y QUIROGA para reforzar las tropas, siempre insuficientes frente a la pesadilla mapuche. Pero pasa por alto un detalle importante: el refuerzo llegó, pero Juan murió de camino. Enfermó mientras navegaban hacia su destino, y se vio tan mal, que hizo su testamento el día 17 de mayo de 1575,  cuando estaban ya en aguas caribeñas. En él declaraba ser vecino de Santiago del Nuevo Extremo (Santiago de Chile), Caballero de Santiago y Capitán General de la gente que llevaba por encargo del Rey. Indicaba que había nacido en Coto de Figueredo (Galicia). Dispuso que se le enterrara con el hábito de Santiago, y manifestó que su mujer, Francisca de Cárdenas, y sus hijos residían en Santiago de Chile. Murió casi de inmediato, y, sin duda alguna, su cuerpo tuvo que ser sumergido en el mar o enterrado en algún lugar costero, pues Santiago de Chile estaba muy lejos. De hecho, el viaje fue muy lento (por muchas demoras), ya que tardaron año y medio en ir desde España hasta Chile. Aunque llegaron a destino 377 soldados, lo hicieron desnutridos y casi desarrapados, habiendo desertado bastantes durante el trayecto, ya que partieron 500. Pero JUAN DE LOSADA ya había tenido anteriormente una intensa vida en las Indias. Nacido el año 1525, fue directamente a Chile en 1555, donde le esperaba su pariente, el ejemplar Rodrigo de Quiroga, tras haber partido de Perú con el gobernador García Hurtado de Mendoza, y teniendo el grado de capitán de caballería. De inmediato luchó contra los mapuches, y se dejó constancia escrita de que "mostró valeroso ánimo y esfuerzo". También Alonso de Ercilla, que luchó junto a Juan de Losada contra los mapuches, lo menciona en La Araucana alabando su gran valía. En 1563 era regidor del cabildo de Angol. Su pariente Rodrigo de Quiroga, siendo gobernador, lo nombró  el año 1566 alguacil mayor de Santiago de Chile. Sin que se sepa el motivo, pero por algunos intereses personales, hizo un viaje a España, registrándose en 1573 su presencia en Monforte de Lemos (Galicia), origen de su familia. Es probable que en Madrid tuviese oportunidad de ver de nuevo a Alonso de Ercilla. Fue poco después cuando Felipe II le confió la importante tarea del viaje a Chile con refuerzos,  y, como se ve en la imagen, les pedía el día 12 de  noviembre de 1573 a los oficiales de la Casa de la Contratación de Indias de Sevilla que se dieran prisa en enviar a Chile los quinientos hombres que había puesto bajo el mando de JUAN DE LOSADA.




miércoles, 12 de enero de 2022

(1617) Los españoles eran pocos, pero tenían luchando a su lado a numerosos indios (llamados yanaconas), a quienes los vengativos y crueles mapuches odiaban especialmente.

 

     (1217) No parece que haya habido en las Indias ninguna otra tribu de indios tan belicosa y pertinaz en su empeño de evitar el dominio de los españoles como la de los mapuches. Se diría que confiaban en que su numerosa población les daría la victoria, aunque fuera a costa de muchos miles de muertos: "Andaban en este tiempo las cosas tan revueltas en los términos de Valdivia, Osorno y Villarrica, que parecía que la misma tierra hacía brotar enemigos, pues, apenas se habían rendido en una parte, cuando salían por otra en mayor número. Esto sucedió en particular con la derrota que, como vimos, sufrieron en el fuerte de Lliben. Allí su capitán, Tipantue, fue apresado por un cacique de los confederados con los españoles, llamado Mellid, que vivía cerca los que se habían rebelado, y los indios, por tomar venganza de que hubiese puesto a su capitán en manos de españoles, acudieron, siendo más de dos mil, a su territorio, donde lo mataron a él y a muchos de los suyos, ejecutándolos con crueldad, destruyendo sus sementeras y llevándose de camino los ganados y todo lo que podían. Por esto y por ver que les llevaban a sus mujeres, se pusieron en defensa los indios que servían al capitán Juan de Matienzo usando la estratagema de decir a gritos que llegaban españoles para ayudarles contra ellos. Los indios enemigos, creyendo que era verdad, se retiraron algo de aquel lugar, pero cuando entendieron que había sido burla de los otros indios, quisieron dar la vuelta para atacarlos. Ocurrió que entonces  llegaban casualmente españoles tan a punto como si hubieran medido el tiempo con exactitud, lo que hizo que los indios enemigos dieran la vuelta  de inmediato. Esto les dio mucho que pensar, pues, según sus mismos agüeros, tienen por cierto que nunca les podrá ir bien en alguna fortaleza en la que alguna vez hayan sido vencidos. Por esta razón se apartaron un poco de aquel lugar, yendo a otro de una llanada bien fortalecida, que está entre la laguna y el río, en la que no serían fácilmente acometidos. Mientras esto ocurría, envió el capitán Pedro de Aranda Valdivia a doce hombres con un capitán llamado Francisco de Pereira Sotomayor, que a la sazón era alcalde de la ciudad (de Valdivia), persona muy benemérita en este reino y en el Perú,  y a su hermano Hernando de Aranda Valdivia con otra compañía de soldados, saliendo él mismo a acompañarle hasta una loma que llaman de Curaca, desde la cual tomó él otro camino hacia los llanos para llegar a la ciudad de Osorno a recoger gente, con la que llegó dentro de tres días a la provincia de Lliben a ordenar el campo con los que había enviado adelante y algunos otros enviados por el corregidor (de Valdivia) don Pedro Mariño de Lobera con la munición y arcabucería (el cronista se menciona  nuevamente a  sí mismo). Tenían los indios ya hechas sus trincheras y baluartes y un foso muy malo de pasar, pero los españoles se abrieron camino de madrugada, estando los indios algo retirados en un lugar donde se dedicaban a sus borracheras,  y habiendo dejado solo trescientos de guardia. Aunque estos quisieron al primer ímpetu defenderse del ataque, fue tanta la fuerza de los españoles, que los hicieron huir, tras haber alanceado a muchos de ellos. Y no contentos con esto, prosiguieron, al amanecer y tierra adentro, recorriéndola por todas partes hasta dejarla limpia de enemigos, y tomándoles el ganado que ellos habían robado a los indios de paz de la comarca".

 

     (Imagen) El cronista se ve obligado a seguir hablando de batallas porque los mapuches eran una constante pesadilla. Pero los españoles también tenían indios amigos: "Nunca faltaban en estos tiempos frecuentes desasosiegos en todo el reino de Chile, y muy en particular en los lugares circunvecinos a las ciudades mencionadas (Osorno, Valdivia y Villarrica, ver imagen), tanto, que ni siquiera el día de la fiesta de Corpus Cristi dejaron estos bárbaros de inquietar a los que la  estaban celebrando en Villarrica. Los indios se juntaron dos días antes, embriagándose y bailando según sus ritos para luego mantener la guerra contra los españoles. Y así, la víspera de esta festividad tuvieron que salir treinta soldados de la ciudad con su capitán, Arias Pardo Maldonado, llevando consigo unos dos mil indios yanaconas (servían a los españoles). Llegaron de noche a vista de los enemigos, y se dividieron en dos grupos, acometiéndolos por diversas partes. Aunque al principio los indios aguantaron bien a los que atacaron, después vieron que el otro grupo cargaba por las espaldas, y perdieron pronto el ánimo, de manera que desampararon su fuerte con pérdida de gente. Ni siquiera los que salieron huyeron contentos, pues los indios yanaconas iban a su alcance con gran coraje, sin perdonar a ninguno que pudiesen tener debajo de su lanza. Con esta victoria, se celebró la fiesta del Santísimo Sacramento con mayor solemnidad que la prevista, pues se añadió la acción de gracias que por tal merced se debía al Señor. No se descuidaba en este tiempo el capitán Pedro de Aranda Valdivia de recorrer la tierra y enviar gente que hiciese lo mismo por todas partes, nombrando a quienes irían al mando de los soldados, y en particular a Gaspar Viera, vecino de Valdivia, hombre de calidad, animoso y de buenas costumbres, a quien puso por caudillo de la provincia de Mangue. Este usó de los medios posibles para atraer a los indios a la paz, aunque también era riguroso con los que hallaba rebeldes, y así redujo a muchos de ellos en el tiempo que tuvo este cargo, hasta que le sucedió en él Salvador Martín por estar él necesitado de algún descanso. Se dedicó Viera a ir por todo el territorio, que a la sazón estaba poco seguro por andar en él los indios puelches probando suerte con los mapuches, y dándoles su merecido por ser ellos quienes, cuando se rebelaron,  les empujaron a pelear contra los españoles. Este capitán se dio tan buena maña, que venció dos veces a los puelches, limpiando la zona de estas sabandijas que andaban robando no solo  las haciendas de los nativos, sino también sus hijos y mujeres".




martes, 11 de enero de 2022

(1616) Después de tener una importante victoria contra los indios Pedro de Aranda, consiguió otra Arias Pardo Maldonado, que pone de manifiesto la ferocidad de la guerra entre españoles y mapuches.

 

    (1216) Con los éxitos que iba teniendo el capitán Pedro de Aranda Valdivia, aumentaban su prestigio como militar y sus deseos de conseguir más y mayores victorias. De manera que dejó en Ranco  a un capitán con veinte hombres, y él partió de inmediato con otros treinta  soldados y buen número de indios amigos, el día 8 de mayo de 1576,  para derrotar a los indios y hacerse con el fuerte de Renigua. Como se le habían unido  más soldados y nativos procedentes de  la ciudad de Valdivia, pudo formar un escuadrón de setenta de a caballo y otro de indios, y llevó a cabo en primer lugar el ataque al fuerte de Guaron, donde había dos mil enemigos preparados para defenderse. Los cuales, al ver que que la tropa de los españoles era demasiado numerosa, se retiraron a otro lugar de difícil acceso para los caballos y más protegido por todas las partes, ya que, por un lateral era montañoso y el otro estaba al borde de una laguna: "Mandó Pedro de Aranda hacer cuatro canoas, y fue luego navegando por la laguna para hallar un lugar de fácil acceso, de manera que la tropa que iba por tierra pudiese también entrar en el fuerte con el amparo de los que iban en las canoas. De esta forma, se atacó el fuerte por ambas partes, trabándose una sangrienta pelea.  Fue tal el aprieto en que se vieron los indios, que su mayor cuidado fue mirar cada uno por dónde podía evadirse, pues era casi tan difícil la salida para ellos como lo había sido la entrada para los nuestros. Pero, aun así, resultaron muchos de ellos muertos y otros presos, a los cuales se les hizo justicia con ejemplares castigos para escarmiento de los demás rebelados. Fue muy valorada esta victoria en toda la tierra, y en particular en Valdivia, donde se hicieron devotas procesiones dando gracias a Nuestro Señor por ella, y alegres regocijos en significación del contento que de ella procedía. Estuvieron en este enfrentamiento, y en los pasados, Rodrigo de Sande, Hernando de Aranda Valdivia, Francisco de Herrera Sotomayor, Juan de Matienzo, Juan de Alvarado el Mozo, Alonso Domínguez de Blanca y don Alonso Mariño de Lobera, entre los demás caballeros que están arriba nombrados". (El último mencionado, Alonso Mariño de Lobera y Miranda, era hijo de nuestro cronista, Pedro Mariño de Lobera. Nació en Chile en 1550, donde murió el año 1590, cuatro antes que su padre).

     Ocurrió por entonces otro incidente, que el cronista considera providencial: "El capitán Arias Pardo Maldonado, estuvo ausente de este enfrentamiento por permisión divina, yendo a Villarrica, donde era corregidor, para evitar algo que se iba tramando entre los indios. Uno de ellos, llamado don Juan Vilinango (estaba bautizado), cacique principal y gran hechicero, tanto que era tenido por los indios como inmortal, intentó destruir la ciudad matando a todos los moradores de ella. Con este fin envió mensajeros a los pueblos comarcanos, para que, en su nombre, pidiesen a los indos que vinieran a ayudarles en su intención, y, como su persona tenía tanta autoridad en todas partes, se juntaron unos doce mil. Para efectuar su propósito, utilizó las procesiones de la Semana Santa, con cuyo excusa metió este cacique a los doce mil, pensando ejecutar lo decidido el último día de la Pascua, y para hacerlo hacerlo con mayor seguridad, se confederaron con los yanaconas que servían a los españoles, los cuales habían de coger las sillas y frenos a sus amos para que no fuesen señores de sus caballos, que era lo mismo que dejarlos sin pies y manos".

 

     (Imagen) Juan Vilinango, el carismático líder, a pesar de ser cristiano, convenció a dos mil indios para matar a todos los españoles de Villarrica, incluso con la complicidad de los nativos que servían a estos. Pero se le complicaron las cosas: "Quiso Dios que todo se descubriera por medio de un indio del Perú, yerno del mismo Vilinango, el cual, por tener más arraigada la ley de Cristo, no quiso permitir tan gran traición y dio aviso al corregidor Arias Pardo Maldonado. Este, por ser hombre discreto y buen cristiano, pidió que se dijese una misa solemne, e hizo que se juntase la mayor parte de la ciudad. Estuvo él allá con la mayor devoción que pudo, comunicó con algunas personas lo que se tramaba, se fue luego derecho al lugar donde estaba Vilinango con los caciques conjurados, siendo doce en total, y los apresó. Luego buscó información sobre sus intentos, los cuales se pusieron de manifiesto por confesión de muchos de ellos, y en particular por la de un cacique que hablaba español, llamado don Martín Vilinango. Por ser un asunto con tantos implicados, lo consultó el corregidor con algunas personas serias, y llevó a algunos religiosos que preparasen para morir a los presos. Al amanecer, mandó ahorcar a los caciques en la plaza de la ciudad. Cuando los indios lo supieron, les brotó la ira, fueron a un lugar en el que había muchas casas vacías que solían usar los españoles, y  las quemaron todas salvo una, donde ellos se juntaron para preparar la guerra. Tuvo el capitán Arias Pardo Maldonado noticia de esta rebeldía, y envió con gran presteza a un capitán llamado Juan de Almonacid con alguna gente que lo remediase. La cual, habiendo caminado toda la noche, llegó antes de amanecer a la casa, donde estaban los indios totalmente descuidados y dormidos. Y, aunque al punto en que los nuestros llegaron a la puerta comenzaron algunos indios a alborotarse, les valió de muy poco, por haberla cerrado el capitán por fuera, sin dejarles portillo por donde pudiesen evadirse. Para acabar de una vez con ellos, dio fuego a la casa, queriendo quemarlos con ella, como lo hizo, sin escapar hombre de los ciento setenta que dentro estaban. Al alarido que estos levantaron con la agonía de la muerte, acudieron los indios que se hallaron más cercanos, y, juntándose quinientos de ellos, trabaron furiosa refriega con los nuestros, arremetiendo como tigres con la ira que tenían por ver quemados a los suyos tan lastimosamente, pero lo que consiguieron fue dejar allí las vidas la mayoría, escapando muy pocos, y  estos en situación de quedar escarmentados". Ocurrió en Villarrica, y queda claro que la lucha contra los mapuches era feroz.




lunes, 10 de enero de 2022

(1615) Uno de los peores terremotos de Chile ocurrió el año 1576. Los obsesivos mapuches lo aprovecharon para atacar a los españoles. Hernando de Aranda, como otros conquistadores, había sido un brillante soldado en las guerras europeas.

 

     (1215) El alucinante terremoto que se había producido a finales del año 1575, dejó algo amenazante, cuyo peligro, al parecer, no se había tenido muy en cuenta, siendo los indios quienes resultaron más perjudicados. El desplazamiento de las tierras formó una presa muy alta, que fue reteniendo durante cuatro meses las crecientes aguas de la laguna Renigua: "A finales de abril del año 1576, reventó bramando, hundiendo el mundo y arrasando el agua cuantas casas hallaba por delante. Por llegar esta avenida a media noche, cogió a toda la gente en lo más profundo del sueño, ahogando a muchos en sus camas y a otros cuando salían de ellas despavoridos, y los que mejor se libraban eran aquellos que se subieron sobre los techos de sus casas, Estaba en esta ciudad el capitán don Pedro de Lobera como corregidor, el cual, temiendo muchos días antes este suceso, había mandado que la gente que tenía sus casas en la parte más baja de la ciudad, se pasase a la parte más alta del pueblo, lo cual fue cumplido exactamente.  Finalmente bajó el agua al cabo de tres días, habiendo muerto más de mil doscientos indios y gran número de reses".

     A pesar de la catástrofe, los indios continuaban pensando en matar a los españoles: "Pareciéndole a don Pedro de Lobera que podía ocurrir lo de 'a río revuelto ganancia de pescadores',  le preocupaba que los indios pudieran hacer algún desmán en el valle de Maque y en el fuerte de Liben, por donde andaba el capitán Pedro de Aranda. Envió a Hernando de Salazar a visitar aquel distrito, para ver si el capitán Aranda estaba necesitado de su socorro. Llegó a un pueblecillo donde se iban juntando los indios de guerra, y ya estaban allí diecisiete caciques con sus escuadras. Como no  creían que se acercara a aquel lugar ningún enemigo, estaban tan descuidados, que los españoles, siendo solo doce, fueron suficientes para desbaratarlos por dar contra ellos tan inesperadamente. Aunque algunos indios se defendieron un breve rato, fueron muchos más los que huyeron por diversas partes. Algunos quedaron muertos y, no pocos, presos en manos de los indios yanaconas, que iban en compañía de los españoles. A los apresados, que eran más de doscientos, mandó Hernando Salazar llevarlos  a una casa que estaba en la encomienda de Esteban de Guevara. Desde allí envió aviso al capitán don Pedro de Lobera, el cual volvió con veinte hombres e hizo justicia de los principales cabecillas de los rebelados. Después se volvió a su casa dejando orden al capitán Salazar de que continuase castigando a los demás, aunque menos rigurosamente".

     Tampoco los españoles eran amigos de dejar el trabajo a medio hacer. Pedro de Aranda intentó de nuevo atacar a los indios, y, cansado ya de tenerlos cercados en el fuerte de Liben, decidió acosarlos por tres lados:  "Acudieron los rebelados a los lugares por donde eran acometidos, y, aunque estuvieron peleando un rato, se vieron obligados a dejar las armas y abandonar la fortaleza. Pero aun así, quedaron más de quinientos indios muertos, unos en la batalla, y otros, ajusticiados por haber sido la causa de ella. El resultado  fue un gran temor que se metió en los corazones de los indios, con el cual se fueron rindiendo poco a poco a los españoles, acudiendo a dar la paz y pedir perdón de lo pasado".

 

     (Imagen) Hemos hablado de Pedro y Martín de Aranda Valdivia, padre e hijo respectivamente. Pero merece unos comentarios HERNANDO DE ARANDA VALDIVIA, hermano de Pedro, ambos nacidos en Porcuna (Jaén). Lo vemos en escena en la crónica de Mariño de Lobera y seguirá apareciendo, pero me centraré en una relación de méritos que presentó, y, concretamente, en la parte que nos lo presenta como un extraordinario capitán de las guerras europeas. Lo cuenta en tercera persona (lo resumo): "Empezó a servir en 1545  en África, y después en Alemania, Italia y otras partes. En Lombardía sirvió bajo las órdenes de don Fernando de Gonzaga para socorro de la ciudad de Plasencia (Italia) y de los españoles que dentro de su castillo estaban, donde tenían preso  a Pedro Luis, hijo del Papa Paulo III. Cuando don Pedro de Toledo fue virrey de Nápoles, hubo muchas rebeliones contra Su  Majestad. Allí el dicho Hernando de Aranda Valdivia se halló siempre a su servicio, acudiendo a las necesidades más importantes con mucha presteza, teniendo muy buenas armas y caballos, y luchando con lustre de caballero. Cuando el rey de Francia se venía apoderando de lo más importante de Alemania, Hernando de Aranda siempre sirvió como muy valiente soldado. Después el Emperador Carlos V fue a Cambray a reforzar su ejército, por habérsele muerto mucha gente, y salió luego con muchos soldados hacia Hedín y Firmona, fortalezas que el rey de Francia mantenía contra el Emperador, donde hubo muchas peleas, y en ellas  se halló el dicho Hernando de Aranda Valdivia sirviendo siempre a Su Majestad. Desde allí se volvió con el Duque de Alba y vino a los reinos de España, debido a la esperanza que le dio de que haría que Su Majestad le concediese alguna merced, por lo mucho y bien que le había servido". Llegado a Valladolid, HERNANDO DE ARANDA VALDIVIA, tuvo noticias de que su tío, Pedro de Valdivia,  era gobernador de Chile, y para allá partieron él y dos hermanos suyos, Pedro y Juan, aunque llegaron en 1555, cuando su tío ya había muerto. El gobernador García de Mendoza le tenía especial afecto a Hernando, y quiso que fuera su maestro de montar a caballo, ya que Hernando era un hábil jinete. Luego continuó su carrera militar sin descanso, siendo protagonista en un sinfín de batallas contra los indios. En 1565 se hallaba avecindado en La Imperial, y en 1578 en Valdivia. Estuvo casado con Bartolina de Miranda, hija de Alonso de Miranda, otro de los primeros conquistadores de Chile. Da la casualidad de que Francisca de Miranda, hermana de Bartolina , era la mujer del cronista Mariño  de Lobera. No hay constancia de la fecha del fallecimiento de Hernando.




sábado, 8 de enero de 2022

(1614) El constante vaivén: mapuches derrotados prometieron mantenerse en paz, pero, incapaces de aguantarlo, atacaron fieramente. Lucharon contra ellos Pedro de Aranda y su hijo Martín de Aranda, futuro jesuita martirizado.

 

     (1214)  Ni con razones ni peleando acababan los españoles de pacificar a los indios, y  estaban en un un tira y afloja entre unos y otros. Los indios, metidos en una empalizada, habían rechazado el ataque del capitán Pedro de Aranda: "Entonces  le pareció oportuno al capitán Arias Pardo Maldonado tratar un acuerdo de paz con los indios, y, para ello,  llegó a la entrada de su fortaleza. Era este caballero muy discreto, prudente y bien hablado, y sus razones fueron de tanta eficacia para con los indios, que los convenció con tal de que les asegurase la vida". Cuando lo  supo el capitán Aranda, quiso saber la opinión de los soldados veteranos y de los vecinos de la ciudad de Valdivia, y  su resolución fue exigente: "Para concederles la paz, era necesario que los indios dejasen el fuerte, restituyesen todo el ganado y  el oro que habían quitado a los dos hombres que mataron, y que sirviesen en adelante a los españoles como hasta entonces lo habían hecho". En principio, pareció  que el problema quedaba resuelto. Tras desmantelar el fuerte, Indios y españoles se volvieron a sus casas, e incluso un cacique y cuatro indios se entregaron como rehenes para garantizar la paz.

     Pero, a medida que pasaba el tiempo, crecían las dudas sobre el compromiso: "Quince días después, los indios mostraron su inquietud, o por temor de que habían de ser castigados por su pasada rebelión, o por querer recobrar su su antigua libertad, como ya lo habían intentado.  Se confederaron todos los que había en el distrito de cuatro ciudades, que eran Valdivia, Osorno, la Imperial y Villarrica, salieron declarándose en rebeldía y mataron a los españoles que pudieron tener a las manos. Envió Pedro de Aranda a un capitán con alguna gente para impedir a los enemigos sus correrías, y otro a la provincia de Ranco, que era Hernando de Aranda Valdivia, pariente suyo (era su hermano) y muy versado en las cosas de guerra. Acertaron los indios a dar con una de estas cuadrillas, que tenía sólo ocho hombres, y, dando en ellos, los hicieron retirar escapándose a uña de caballo, excepto uno, que quedó en las suyas, cuya cabeza pusieron en medio del camino en la punta de una lanza como triunfo de su victoria y para temor de los españoles. Y habrían salido los indios victoriosos si no llegara prestamente mucha gente española, entre ellos el capitán Juan de Matienzo con doce hombres, que fueron de mucha importancia para contener  a los indios, y mucho más al venir luego el corregidor Pedro de Aranda Valdivia con cincuenta hombres. Los españoles acordaron dar contra un gran escuadrón de dos mil indios que estaban encastillados junto a un río. El capitán Juan de Matienzo embarcó treinta hombres en las canoas, y, viendo que eran pocos, decidió pasar el río vadeándolo, aunque con gran peligro, arrojándose él delante de todos, con lo cual los obligó a ir en su seguimiento. Y fue tan bueno el lance, que los indios de aquella tierra se encogieron y arrinconaron, no osando pelear con los nuestros". No parece que el bravo capitán Juan de Matienzo fuera descendiente del importante oidor del mismo nombre que fue presidente de la Audiencia de las Charcas, ni tampoco de los Ortiz de Matienzo del Valle de Mena (Burgos). Lo más probable es que su origen familiar estuviera en Matienzo, localidad del ayuntamiento de Ruesga (Cantabria).

 

     (Imagen) Haremos una breve reseña de PEDRO DE ARANDA VALDIVIA y de un hijo suyo llamado MARTÍN DE ARANDA VALDIVIA. Pedro de Aranda fue otro precoz soldado que luchó en las guerras europeas contra los turcos. Llegó a Chile con su mujer, Catalina de Escabias, y ya con algún hijo, a principios del año 1554, cuando los mapuches acababan de matar a su tío, el gran Pedro de Valdivia. Después luchó bajo el mando de todos los gobernadores, siendo herido repetidas veces. Ejerció el importante cargo de corregidor en las ciudades de Villarrica, Osorno, La Imperial y Valdivia. Por sus méritos, el gobernador Rodrigo de Quiroga le permitió ir a España el año 1577 con cartas de representación para Felipe II, al que, personalmente, le hizo una ambiciosa petición para la conquista de tierras situadas al sur de Chile. Le decía textualmente: "A Vuestra Alteza suplico que se me den en gobernación quinientas leguas de demarcación, para mí y para un heredero, con título de adelantado, pues yo estoy presto para hacer las capitulaciones necesarias". No  hay constancia de que obtuviera lo que pedía, pero no le habría servido de nada, porque, de egreso a Chile, falleció antes del año 1581. Muy distinta fue la deriva de su hijo MARTÍN DE ARANDA VALDIVIA. Había nacido el año 1560 en Villarrica (Chile), llegó a profesar como jesuita, y fue masacrado por los indos con otros dos compañeros en 1612. Fue considerado un martirio religioso, lo que dio pie a que se criticara el método de cristianización pacífica que defendían los jesuitas. Creció en un ambiente familiar muy religioso, pero no fue obstáculo para que él y varios hermanos suyos se incorporaran a la milicia contra los indios, destacando Martín por su valentía, hasta el punto de que, por orden del virrey de Perú en 1589, se convirtió en el primer corregidor de Riobamba (Ecuador). Pero, al cumplir 31 años, dio un cambio sorprendente. Tras practicar los famosos Ejercicios Espirituales  de San Ignacio, ingresó como jesuita en la Compañía de Jesús, siendo ordenado sacerdote  el año 1599.  Posteriormente, en 1607, se trasladó a Santiago de Chile. Fue cinco años después cuando lo asesinaron en Elicura junto a dos compañeros. Los indios lo llevaron a cabo para vengarse de que los españoles retenían a dos esposas y dos hijas del cacique Anganamón, que, en realidad, se habían fugado voluntariamente. El año 1665 se inició una causa de beatificación de los tres mártires, pero está paralizada desde 1910. En la imagen, vemos que pervive su fama de santidad, pues los fieles continúan visitando el lugar de los hechos.




viernes, 7 de enero de 2022

(1613) Uno de los capitanes que derrotaron a algunos indios amigos que se habían rebelado, era Arias Pardo Maldonado. Se trató de convencer a los indios para que mantuvieran la paz, pero fue inútil.

 

     (1213) Los indios eran tornadizos. A pesar de estar cristianizados los del numeroso grupo que había luchado al lado de los hombres de Martín Ruiz de Gamboa, se rebelaron, y, como hemos visto, mataron a dos españoles. Era una situación lamentable, porque se corría el riesgo de echar a perder la labor ya hecha de cristianizar (y, por tanto, pacificar) a un elevado número de indios: "Cuando lo supo el corregidor de la ciudad de Valdivia, que era el capitán Pedro de Aranda Valdivia, envió con toda presteza algunos soldados para que atajasen el daño, e incluso salió él mismo en persona con el mayor número de gente que halló a mano. Pero halló tan fortalecidos a los indios, que pidió ayuda a otro capitán que andaba recorriendo la tierra por orden del corregidor de Villarrica, aunque, como era de otra jurisdicción, no se atrevió a hacerlo sin comunicarlo antes a su corregidor, que era Arias Pardo Maldonado, el cual, no solo lo permitió, sino que salió él mismo en persona a pesar de estar medio tullido, y llevó consigo veintidós hombres. Entretanto, se les había juntado a los de Pedro de Aranda más gente de a caballo, y, todos juntos, atacaron a los indios, obligándolos a retirarse, aunque lo hacían echando una espesa lluvia de piedras sobre los nuestros. Estando en este conflicto, llegó el capitán Arias Pardo Maldonado, con cuyo socorro se animaron los españoles y obligaron a huir a los enemigos, desapareciendo en breve tiempo. Pareciéndole al capitán Aranda que sería mejor negociar con ellos por haber sido indios de paz, determinó ir en persona a hablar con los capitanes de los indios, los cuales sabían bien cuánto les convenía no innovar cosas tan importantes para el bien de las almas y sosiego de sus hijos y mujeres. A lo cual respondieron ellos que el haber matado a los dos españoles no era por rebelión, sino que se debía a la cólera encendida por las muchas injusticias y opresiones que les hacían, siendo uno un griego llamado Dimo, y el otro de tan mala condición como él, cuyo nombre era Pedro Redondo. Y que, cuando protestaron contra los españoles, no se debía a deslealtad, sino  a que se veían llevar por fuerza a manadas como carneros, y obligados a cosas de excesivo trabajo, como la guerra, la labor de las minas y otras ocupaciones en que los trataban como a jumentos, después de haberlos apartado muchas leguas de sus casas, hijos y mujeres. Procuró el capitán apaciguarlos diciendo que ellos tenían la culpa por no haberle dado parte de lo que sucedía. Asimismo, les prometió poner remedio si querían rendirse, porque, si  no, los tendría  como rebeldes y ejecutaría los castigos pertinentes. La respuesta que ellos dieron no fue con otras palabras, sino con obras, tirando muchas piedras y saetas entre gran murmullo de alaridos y amenazas. Los españoles, aunque pelearon valerosamente, no pudieron resistir la lluvia de piedras que los cubría, por ser tan espesa como granizo en tiempo de gran tempestad. Por esta causa se retiraron, no pudiendo hacer otra cosa hasta que después de pocas horas llegaron los españoles de socorro con algunos indios amigos".

 

     (Imagen) Vemos ahora que ni con razones ni peleando acababan los españoles de pacificar a los indios, a pesar de estar cristianizados. Uno de los capitanes metidos en el tinglado era ARIAS PARDO MALDONADO. Fue uno de los recordados, como compañero de fatigas, por Alonso de Ercilla en La Araucana. Había nacido el año 1534 en Ledesma (Salamanca),  de donde fue a Perú con solo 15 años. Llegó cuando ya había sido derrotado y ejecutado Gonzalo Pizarro, pero pasó el tiempo, y, en 1554, tuvo el valor y el mérito de luchar en Pucará contra el último rebelde, Francisco Hernández Girón, quien resultó también derrotado y muerto. Tres años después se embarcó para Chile con el gobernador García Hurtado de Mendoza, escribiendo luego de sí mismo que era «caballero hijodalgo e con tan buen lustre como uno de los principales hombres que en su compañía trajo». Peleó a su lado en victorias importantes y estuvo presente en la fundación de la ciudad de Cañete. El gobernador, en febrero de 1558, mandó que le entregasen 100 monedas de oro «por lo que sirvió en Arauco». Regresó a Perú, pero no le fue bien, y aceptó volver a Chile bajo el mando del  nuevo gobernador, Francisco de Villagra, quien le asignó el cargo de capitán, y le puso al frente de los 200 hombres que les acompañaban en el viaje. Sin duda, sufriría luego a su lado las muchas derrotas que tuvieron contra los mapuches. Pero conservarían la buena relación, puesto que Arias Pardo se casó con Ana Sarria, hija natural de Villagra. En el desastre de Mareguano (diciembre de  1562), heridos casi todos los españoles, Arias Pardo quedó con una pierna y un brazo paralizados (Mariño cuenta que seguía tullido, aunque luchador, en 1576), y, según Arias, esa fue la causa de que Francisco de Villagra no lo nombrara a él como sucesor en la gobernación, a la hora de su muerte, sino a su pariente Pedro de Villagra. Fallecido Francisco, y tomado el cargo por Pedro en 1563, nombró a Arias teniente de gobernador, pero de  inmediato lo envió a Perú para conseguir más refuerzos de gente, y no regresó hasta finales de 1565.  Arias seguía con aspiraciones, y le solicitó al Rey, inútilmente, que le diese una gobernación desde  Chiloé hasta el Estrecho de Magallanes. Vamos a ver de inmediato que, en 1576, derrotará a los indios, a pesar de seguir con su parálisis parcial. El año 1586, residía en Santiago de Chile casado con su segunda mujer, que era hija de nuestro conocido y duro Lorenzo Bernal de Mercado. Aún vivía en 1590, tras haberse traslado a Lima. La imagen muestra su firma.




jueves, 6 de enero de 2022

(1612) Terminada ya la crónica de Chile de Alonso de Góngora Marmolejo, que abarca hasta 1575, continuaremos con los 20 años siguientes, narrados por Pedro Mariño de Lobera, también testigo de los hechos.

 

     (1212) Nos acabamos de despedir (agradecidos) del cronista de Chile Alonso de Góngora Marmolejo, y vamos a continuar la historia de los hechos (que él termina el año 1575) utilizando lo que contó después Pedro Mariño de Lobera, que añadirá veinte años más de la aventura chilena. En la imagen daré más detalles sobre esta nueva crónica y sobre su autor.

     Para empezar, no estará de más recoger el breve 'retrato' que hace Mariño de Lobera del gobernador Melchor Bravo de Sarabia. A diferencia de Alonso de Góngora Marmolejo, lo trata con mucho respeto, y quizá toda la crónica peque algo de exceso de cortesía, puesto que la definitiva revisión del texto, con permiso de Mariño, fue llevada a cabo por su amigo jesuita Bartolomé de Escobar, quien, también es cierto, le dio más calidad literaria:  "Fue el doctor Sarabia natural de la ciudad de Soria, de España, hijo de padres principales y muy preparado en Derecho, habiéndose graduado como doctor con mucho reconocimiento. Fue primeramente oidor en el reino de Nápoles y después lo fue en la ciudad  de Lima, del Perú, más de veinte años, de donde pasó a Chile por Gobernador y Presidente de la Audiencia Real. Era muy menudo de cuerpo, muy sano de complexión, muy templado en el comer, muy recto en las cosas de su oficio y muy celoso en el servicio de Su Majestad. Gobernó Chile durante cinco años, teniendo allí a su mujer, doña Jerónima de Sotomayor, a su hijo Ramiriáñez (o Ramiro Yáñez) de Sarabia y a un yerno suyo, que era el general Alonso Picado, vecino de Arequipa, el cual tenía trescientos mil ducados en barras de plata, además de su renta, cuando se casó con la hija del gobernador, llamada doña Mayor de Sarabia, que es una señora de las más cabales de estos reinos. Sirvió el doctor Sarabia a su majestad en Chile dedicado a las cosas de justicia y las de guerra, ocupando en esta última su persona, la de su hijo y la de yerno, Alonso Picado, el cual, por ser, además de muy rico, extraordinariamente gastador y dadivoso, salió con menos dinero del que metió en Chile".

     Después Mariño habla del terremoto que hubo en Chile, en la zona de la ciudad de Valdivia, a finales del año 1575, al cual nos hizo referencia con bastante detalle el cronista Marmolejo. Ya de entrada, esta nueva narración, que pasaré por alto, nos sirve de aviso para lo que, probablemente, ocurrirá con frecuencia. Y me refiero a que el texto va a estar impregnado de comentarios muy cultos y providencialistas, que serán el resultado de los aportes que  el jesuita Bartolomé Escobar habría añadido a lo que redactó Mariño. Sigamos con la crónica: "Cuando ya los moradores de Valdivia, terminado el terremoto, pensaban haberse acabado sus trabajos, se les comenzó a preparar otro nuevo, casi de mayor pesadumbre que el pasado. Y fue que los indios de aquel distrito, que jamás habían tomado las armas contra españoles, intentaron en esta ocasión atacarlos para afligir más a los afligidos. Todo vino de que habían salido algunos días antes cuatro mil indios al servicio de Martín Ruiz de Gamboa, quien los llevó en su ejército para pelear con los araucanos y los tucapelinos. Como estos aprendieron a usar armas, tuvieron luego tan mala intención, que, cuando volvieron a sus tierras, las quisieron usar contra los mismos cristianos de quienes habían recibido la doctrina que profesaban. Los primeros que hicieron esto fueron los de Renigua, Lame y Quinchiba, los cuales, al iniciar la rebelión, mataron a dos españoles".

 

     (Imagen) PEDRO MARIÑO DE LOBERA fue otro de los personajes que brillaron como soldados y supieron, además, hacer una buena crónica de los hechos que vivieron directamente. Digamos algo de ambas facetas. Había nacido en Pontevedra (Galicia) el año 1528, y comenzó su recorrido militar muy joven, luchando en Francia. Se embarcó para las Indias el año 1545, alistándose de inmediato contra Gonzalo Pizarro en las tropas del gran Pedro de la Gasca. Llegó a Chile el año 1551, y militó, sucesivamente, bajo el mando de todos los gobernadores, Valdivia, Villagra, Mendoza y Quiroga. Su hijo, Alonso Mariño de Lobera, luchó también a su lado en algunas batallas, siendo apresado y herido por los indios en una de ellas, pero su padre logró liberarlo. Fue corregidor de la ciudad de Valdivia, y allí estaba, en 1575, cuando se produjo el impresionante terremoto. El poeta Pedro de Oña (de quien ya hemos hablado) elogió mucho su valía militar en el libro Arauco Domado. Luego Pedro se trasladó a Perú, donde fue asimismo corregidor en la ciudad de Camaná. En 1586, se encontraba en Lima otorgando poderes a letrados para que, yendo a Pontevedra, recogiesen los bienes de una herencia. En cuanto a su obra histórica, habrá que hacer algunos comentarios. Vamos a ver solamente la parte posterior a lo que Marmolejo ya nos ha contado. Antes de que se publicara, le confió a un amigo jesuita, Bartolomé de Escobar, que también estuvo en Chile, una revisión general de su trabajo, y el resultado fue una mejora de la redacción, más el añadido de comentarios moralizantes, propios de un clérigo. Parece ser que también el virrey de Perú García Hurtado de Mendoza tuvo interés en que colaborara el jesuita, con el deseo asimismo de que se ensalzaran sus logros cuando fue gobernador de Chile (quedó muy descontento de la versión de Ercilla en La Araucana), en lo que, sin duda, Mariño estuvo de acuerdo, ya que se tenían un aprecio mutuo. Es de suponer que, terminando la crónica de Marmolejo en 1575, Pedro Mariño de Lobera la utilizara como fuente de información en cuanto a los hechos ocurridos hasta esa fecha. El texto permaneció largamente casi en el anonimato, pues fue publicado oficialmente por primera vez el año 1865. Aunque algunos de sus datos se consideraron fabulosos, se ha podido comprobar la autenticidad de  muchos de ellos. PEDRO MARIÑO DE LOBERA falleció en Lima (Perú) el año 1594, estando casado con Francisca de Miranda. Tuvieron res hijos, Alonso, Ana e Inés Mariño de Lobera, pero se perdieron posteriormente los apellidos porque el varón no tuvo descendencia.




miércoles, 5 de enero de 2022

(1611) Martín Ruiz de Gamboa tuvo que abandonar la ciudad de Cañete, pero, al no conseguir que el gobernador Sarabia se implicara dándole una orden previa, dejó una prueba documental de lo ocurrido.

 

     (1201) En su caminar hacia la ciudad de Concepción, el gobernador Sarabia estaba inmerso en dudas por temor a encontrarse con indios preparados para el ataque. Decidió enviar por delante al capitán Juan Álvarez de Luna para que trajese a los caciques de Reynoguelen, supuestamente amigos, y aportaran informaciones sobre la situación: "Llegados el día siguiente, los caciques le dijeron que el camino estaba seguro, y que ellos no habían oído que hubiese gente aguardándolos, aunque después se supo que mintieron, porque como todos están unidos, cumplen más con sus naturales que con la amistad que tienen con cristianos. Sarabia volvió desde allí a Quines, donde los indios, que con los de Reynoguelen venían y habían andado muchas veces por aquellos caminos, le dijeron que ellos le llevarían por un camino a dar en la costa de la mar, sin que los enemigos se enterasen, y que, desde allí, podrían entrar seguros en Concepción. Luego el gobernador partió con los guías que tenía, y le llevaron por buen camino hasta una legua de la ciudad, donde mandó poner en orden a la gente que llevaba, y, caminado en orden de guerra, se fue a Concepción, donde le salieron a recibir los de la Audiencia con todos los demás vecinos y soldados, como correspondía a un gobernador del Rey".

     Recordemos que la Audiencia de Chile radicaba en Concepción, y no en Santiago, que era más natural, y allí fue trasladada después: "Llegado que fue Sarabia a Concepción, lo hospedó en su casa el licenciado Juan Torres de Vera (de quien ya hablamos), oidor en aquella Audiencia, donde fue muy bien servido, porque Torres era generoso". Luego Sarabia le escribió a Martín Ruiz, que se encontraba en Cañete, para que, de acuerdo con Gaspar de la Barreda, que  estaba en Arauco, se dejara libre de enemigos el camino que unía las dos ciudades, y así pudieran juntarse todos sus soldados. Martín Ruiz le respondió, con una carta muy pesimista, que no era posible, porque los indios tenían cerrado el camino, con intención de matar a quien saliese por él. Le dijo también que la gente que consigo tenía estaba descontenta, y que no iba a servir de nada permanecer en Cañete con intención de pacificar a los indios. La respuesta lo desconcertó a Sarabia, y pidió opiniones sobre el tema a los oidores y a sus capitanes de mayor confianza, teniendo  como asunto más importante el comentario de Martín Ruiz sobre la conveniencia de abandonar la ciudad Cañete y el fuerte de Arauco, y  les rogó que le hablaran con total sinceridad: "Los que allí estaban, que eran soldados, le dijeron que, en despoblar aquella ciudad de Cañete no se perdía cosa alguna, pues siempre se podría volver a poblar, y que suponía mucho costo sustentar allí a doscientos hombres de provisiones llevadas por la mar. Además, los que estaban en el fuerte de Arauco no hacían ningún buen servicio para el reino, más que el de estar allí metidos, donde podían ser derrotados. Los oidores eran de contrario parecer, pues no querían que se despoblara el fuerte, sino que se sustentara, como ellos lo habían hecho en su tiempo".

 

     (Imagen) Había, pues, ante el asedio de los indios, dos criterios: abandonar la ciudad de Cañete y el fuerte de Arauco, o resistir. Y veremos ahora cuán puntilloso era el sentido del honor del gobernador Sarabia y el  del general Martín Ruiz: "El gobernador le envió una carta a Martín Ruiz diciéndole que ningún socorro le podía mandar, y que hiciese lo que le pareciese más acertado. Lo que deseaba Martín Ruiz era que Sarabia le mandara claramente despoblar la ciudad, pero el gobernador no quería decírselo, para que no pareciese que era orden suya, sino que lo hiciese por su propia voluntad. Martín Ruiz le respondió que hablara claro, porque él no tenía la autoridad suprema, y que, si quería que despoblase aquella ciudad, se lo mandase con orden escrita, pues, si no lo quería hacer, él, por propia voluntad, se quedaría allí, pasara lo que pasara, hasta el último momento. También le indicaba que, antes de que él saliese, convendría preparar para su defensa el fuerte de Arauco, porque, en cuanto marcharan de Cañete, era seguro que los indios habían de ir contra él. Esta carta recibió el gobernador en respuesta a la suya, y comentó que Martín Ruiz tomaba muchas precauciones para no hacer nada que le pudiera ocasionar perjuicios posteriormente". Tampoco el gobernador quería pillarse los dedos con la responsabilidad del abandono de la ciudad. Entonces le envió otra carta a Martín Ruiz, limitándose a decirle lo mismo: que no le podía ayudar; y el capitán, ya harto, mandó a sus hombres que se prepararan para marchar de Cañete e irse a Concepción. Primeramente se embarcaron los treinta y seis soldados que había en el fuerte de Arauco, aunque tan acosados por los indios, que tuvieron que abandonar en la playa sus caballos. Llegó después otra nave, enviada por el gobernador, y, embarcando primeramente las mujeres y los niños de Cañete, MARTÍN RUIZ DE GAMBOA dio orden de zarpar, "pero no sin preparar antes una información con la que tener después base para justificar su salida, en la que, según me dijeron algunos testigos, contaba la verdad". Y el cronista recoge otro lamento: "Quedaron abandonados en tierra trescientos caballos, los mejores del reino, sueltos por aquel campo y mirando muchos de ellos al navío que partía, lo que daba grandísima lástima a sus dueños, pues sabían que no iban a tener otros como los que dejaban en poder de aquellos bárbaros". (Al margen de que el precio de los caballos era exorbitante). La imagen muestra el busto de MARTÍN RUIZ DE GAMBOA, situado en la plaza central de Castro, la ciudad chilena que fundó el año 1567, poco antes de su actual aventura.




martes, 4 de enero de 2022

(1610) La falta de provisiones obligaba a salidas que costaban muertos a los españoles. El gobernador cometió errores en el mando, y provocó discusiones entre Martín Ruiz y Miguel de Velasco.

 

     (1200) Los indios seguían permaneciendo ocultos, esperando el momento oportuno para atacar a los españoles, que, aunque ya habían salido dos veces y traído de vuelta alimentos, tenían pendiente volver a otra zona en la que abundaban: "Martín Ruiz salió una tercera vez en busca de más provisiones, porque, como tenían muchos caballos y servicio de indios, se gastaba mucho y duraba poco lo que se traía. Preparó para esta jornada ochenta soldados, y fue hacia la quebrada en la que, al parecer, había muchos maíces, aunque iba bien precavido por lo que pudiera resultar. Los soldados se dividieron en grupos para coger de las sementeras, que había muchas, y Martín Ruiz se situó en un alto que había sobre la quebrada, llamado Payllataro. Los indios, pareciéndoles que era el momento, salieron de su embocada y fueron adonde Martín Ruiz estaba situado, con tanta determinación, que los cristianos, viéndose repentinamente acometidos en lugar mal acomodado, bajaron a lo llano. Los que estaban en lo bajo de la quebrada quisieron subir a lo alto para juntarse con los demás, pero no lo pudieron hacer porque los indios se lo impedían. Queriendo tomar otro camino, se embarazaron en unas ciénagas pequeñas,  y tuvieron que aventurarse a pasar entre indios que les aguardaban con sus lanzas en las manos. Según pasaban entre ellos peleando, mataron al capitán Juan de Alvarado (de cuya vida y muerte ya hablamos), vecino de Osorno, a Sebastián de Garnica, al que, hacía poco,  el rey don Felipe, por lo que en Chile había servido, le había hecho merced de tres mil pesos, y a Francisco López,  hiriendo a otros muchos. Mientras volvieron a la ciudad todos los que escaparon de esta refriega, los indios, con la fresca victoria, decidieron seguir impidiendo que salieran los españoles a  buscar bastimentos, pues sabían que no los tenían y pasaban necesidad. Todo ello se podría haber remediado si las autoridades de la ciudad de Valdivia hubiesen enviado con brevedad provisiones en el navío que tenían surto en el río, pero después se disculpaban con el gobernador Sarabia diciendo que, aunque habían hecho todo lo posible, el trigo que en él habían de embarcar estaba lejos de la ciudad, y no se podía hacer con tanta brevedad como se pensaba".

     No obstante, se solucionó el problema, al menos de momento, aunque se ve que el riesgo extremo era permanente: "Estando en la necesidad que hemos dicho la ciudad de Cañete, falta de todas cosas, llegó el navío que venía de Valdivia cargado de trigo y otros muchos bastimentos. Fue recibido con general alegría, como hombres que tan necesitados estaban y en gran manera faltos de toda suerte de vituallas, y también porque, si a tanta necesidad llegaban nuevamente, podían enviar a la ciudad de Concepción a las mujeres y niños, y los soldados se irían a la ligera por tierra, pues eran ciento cuarenta y estaban bien proveídos de muchos y muy buenos caballos, aunque después no les resultó tan bien como al principio pensaban. El general mandó sacar a tierra el trigo y los tocinos con los que se sustentaban de ordinario. El trigo se lo daban asimismo a los caballos para tenerlos con la fuerza necesaria".

 

     (Imagen) En las Indias, dadas las complicaciones y riesgos en los que con tanta frecuencia se veían inmersas las tropas, no eran raros los conflictos de mando entre los capitanes de máximo nivel. Tras el fracaso en el intento de auxiliar a la ciudad de Arauco, los soldados se replegaron en Cañete: "Entonces hubo discordia entre los dos generales, porque don Miguel de Velasco quiso ir a verse con el gobernador Sarabia para que supiera lo que había ocurrido con los indios. Tratándolo con Martín Ruiz de Gamboa, se desavinieron, pues decía que, estando la zona tan de guerra, no era prudente salir de allí. Le dijo, además, que él tenía el mando superior y se había de hacer lo que mandase. Algunos capitanes y soldados de la tropa de don Miguel lo animaban a que se fuese, pues no era  admisible que Martín Ruiz lo tuviese tan oprimido, y esto lo hacían también con intención de irse con él. Llegaron estas palabras a tanto, que fue necesario que intervinieran algunos soldados sensatos para que no se produjera la ruptura. Y  así, con la conformidad de los dos generales, enviaron adonde el gobernador,  en un barco que allí había, a un hidalgo llamado Pedro Lisperguer (del que ya hablamos: recordemos que fue abuelo de la bella pero siniestra Quintrala), natural de Bormes (Worms), en Alemania, hombre de buen entendimiento y criado desde niño en la casa del duque de Feria. Llegado a la ciudad de Concepción, trató con los oidores, por estar Sarabia en la ciudad de Angol y no poder ir allí debido a que  el camino lo habían cerrado los indios". Pedro les pidió que tomaran alguna decisión porque los dos generales no se llevaban bien, y, como era muy peligroso ir por tierra adonde estaba el gobernador Sarabia, les enviaron una carta a los dos mandándoles que  dejaran sus desavenencias e hicieran lo más conveniente: "Recibido el mensaje, estando ya de común acuerdo, se embarcó Miguel de Velasco en una fragata, navegó hasta Concepción, y, desde allí, fue al encuentro del gobernador. Don Melchor Bravo de Sarabia se alegró mucho de su llegada, y enseguida preparó gente para ir a la ciudad de Concepción. En el paso de un río, se ahogó el sargento mayor Gonzalo Mejía por tratar de salvar a una india de su servicio. Andaba en este tiempo Sarabia muy triste y disgustado viendo que las dificultades aumentaban y que todo le salía mal, dejando con ello ver el arrepentimiento que en su ánimo tenía por no haberse guiado desde el principio con prudencia de guerra y con el parecer de hombres veteranos que la entendían bien".




lunes, 3 de enero de 2022

(1609) Era tan terrible el acoso de los indios, que los soldados españoles llegaron a pensar que el gobernador les traía mala suerte. Veamos algunos datos complementarios sobre Rodrigo de Bastidas y el niño Juan de Maluenda.

 

     (1199) De manera que el plan de ataque de los indios se puso en marcha de inmediato: "En cuando Martín Ruiz de Gamboa salió de la ciudad, los espías indios informaron de cuántos eran los soldados y dónde iban a dormir. Martín Ruiz fue caminando sin ver indio alguno, porque se habían metido entre los árboles y las matas. Hizo alto la vanguardia hasta que llegasen los capitanes que atrás venían. Con su llegada coincidió una gran tempestad de agua, y se quedaron quietos para ver cómo deberían seguir su marcha. Los indios, al verlos parados, creyeron que los habían visto y no se atrevían a seguir caminando, por lo que salieron por muchas partes dando grandísimos gritos y tocando muchas cornetas. El general Martín Ruiz se quedó haciendo frente a los indios, y habló con don Miguel para que retrocediese con veinte hombres y diese orden de que se aderezasen algunos pasos cenagosos que atrás quedaban, para que, si fuese necesario, pudiesen salir sin peligro a la tierra llana, pues, entre tanto, procurarían seguir adelante haciendo su camino peleando con los indios". Los indos, sabiendo que los españoles iban bien protegidos contra las flechas, peleaban con lanzas largas, y además porque con ellas podían frenar a los caballos y alcanzar a sus jinetes. El camino era estrecho y difícil para los caballos: "Los españoles se vieron obligados a dar la vuelta, y en la huida fueron hasta pasar los pasos cenagosos que don Miguel había mandado aderezar. Mientras continuaban por tierra llana, los indios no dejaban de seguirlos, lo hicieron durante dos leguas, y les tomaron treinta caballos de los que llevaban de rienda, matando también a algún indio amigo. Llegaron  de  noche con esta pérdida al río, y no pudieron pasar por estar muy crecido. Esperando que bajase la marea, estuvieron en su ribera aquella noche tristes y quejosos, diciendo que, por la mala suerte del gobernador Sarabia, tenían todos aquellos casos de guerra tan adversos. Por la mañana entraron en la ciudad desconsolados, y perdida la esperanza de socorrer a los que estaban en el fuerte de Arauco".

     A los indios les encantaban las  estrategias de engaño: "No habiendo dado resultado la ida a Arauco, el general Martín Ruiz tuvo necesidad de salir a buscar provisiones, porque dentro de la ciudad no las había para tanta gente, y las sementeras de los indios estaban ya de sazón para cogerlas. Salieron ochenta soldados voluntarios a caballo con algunos bagajes, y cogieron todo lo que pudieron traer. A pesar de que los españoles salieron de nuevo para obtener otra partida de provisiones, los indios, que lo podían haber estorbado, no lo quisieron hacer, y no apareció ninguno en toda la comarca, como si estuvieran huyendo de los españoles, pero, en una quebrada que estaba a dos leguas de Cañete con muchos maizales, se emboscaron en secreto, quedándose quietos. Permanecieron esperando allí a que los cristianos vinieran a coger aquellos maíces, pues, a su parecer, era imposible que lo dejaran de hacer, ya que eran los mejores y más abundantes de todas aquellas tierras. Puestos en aquel lugar, se repartieron para preparar otras dos emboscadas muy  apropiadas".

 

(Imagen) Completemos algunos datos sobre el heroico RODRIGO DE BASTIDAS y el afortunado mozo JUAN DE MALUENDA. Bastidas nació el año 1551, sin duda en España, porque su padre, el hidalgo Julián de Bastidas, natural de Briviesca (Burgos) y nacido el año 1528, fue a Perú en 1555 como criado del virrey Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete. En 1557 llegó a Chile, acompañando al hijo del virrey, Don García de Mendoza, y destacó por su bravura contra los mapuches, siendo citado con elogios por Ercilla en La Araucana. Con valentía, le escribió al Rey criticando la situación de Chile y el comportamiento del gobernador Francisco de Villagra. Volvió a Perú, donde hizo testamento en 1602, y murió siete años después en Lima. Por su parte, su hijo, RODRIGO DE BASTIDAS tuvo cargos políticos importantes, como Regidor y Corregidor de Osorno, y el de Corregidor de Villarica, donde tan trágicamente murió. A su mujer, Ana de Chavarría, y a su pequeño hijo, que había sido apresado y amenazado de muerte por los indios, los liberaron después de matar a Rodrigo de Bastidas. Del muchacho JUAN DE MALUENDA, que se fugó del asedio de los indios, cabe decir lo siguiente: Había sido capturado, teniendo menos de catorce años, junto a su madre, abuela, dos primas y una tía. Su madre escapó del cautiverio ocho años después. En 1612, Juan obtuvo una encomienda importante y vivió en La Ligua (Chile) con sus escasos familiares supervivientes. Se casó con la española Cristobalina de Benavides. Pronto demostró su valía. En 1615 alcanzó el grado de Teniente General de Caballería, y el año 1621 fue nombrado Maestre General de Campo. Fue después corregidor de las ciudades de La Serena y Santiago de Chille, en la que falleció el año 1635. Lista de los últimos que resistieron en el fuerte de Villarrica, con muerte de todos los varones (menos Maluenda): Rodrigo de Bastidas, Alonso Becerra, Juan Sarmiento de León, Gabriel de Villagra, Alonso de Córdoba, Domingo de Urasandi, Pedro Alonso, Francisco Núñez, Pablo Fernández de Córdoba, Juan de Maluenda casi niño, y el cura de Villarrica, Sedeño de apellido. Las mujeres eran: María Zapata, Lorenza de la Calzada, Isabel de Luna, Ana de la Paz, Inés de la Paz,  María de Plasencia, Juana Chavarría, su hermana Ana, mujer del capitán Bastidas, y Beatriz Lozano. Recordemos que murieron también en el fuerte tres hijos de Juan Álvarez de Luna. Veo, con sorpresa, que uno de los fallecidos era el amable Gabriel de Villagra, tío de Francisco y Pedro de Villagra.




sábado, 1 de enero de 2022

(1608) Los mapuches, tras su victoria, enviaban cabezas de españoles para invitar a la lucha a otros indios. Muchos años después mostrarán su crueldad en el terrorífico asedio de la ciudad de Villarrica.

 

     (1198) Los soldados podían convertirse en un grave problema si se producían deserciones sobre la marcha: "El gobernador Sarabia, para que estuvieran más animados, envió con ellos a su hijo Ramiro Yáñez, mancebo de mucha virtud. El mando sobre todos ellos lo llevaba el general Martín Ruiz de Gamboa, quien, por su inteligencia, atención y cuidado, supo animar a los amigos y contrarios para ir a hacer aquel socorro a las dos ciudades. El general don Miguel fue con él, y caminaron por la montaña hasta que, fatigados por el sueño, pararon a vista del valle de Cayocupie, a cuatro leguas de Cañete. Por la mañana, después de haber castigado (ejecutado) a unos indios, que, disimulados, se habían juntado con ellos, y eran espías que iban a saber el número que eran y el camino que hacían, partió, y llegó a la ciudad sin que en ella tuviesen noticia de su llegada.  Tan descuidados estaban, que si fueran los indios contra ella, gozarían de una vitoria mejor que la de Catiray. Por su parte, el gobernador había ido a Angol para recoger los arcabuces que había, por pensar que serían necesarios, y, pareciéndole que Cañete estaría falta de provisiones, mandó a Pedro Guajardo, natural de Córdoba, que fuese a la ciudad de Valdivia para cargar un navío con todo lo que pudiese y enviarlo a Cañete.  La principal misión de Martín Ruiz era socorrer el fuerte de Arauco, dejando así abierto aquel camino para comunicarse unos con otros. Y también juntar más de gente con el fin de sujetar y castigar a los indios de aquella provincia".

     Se respira en el ambiente que los vecinos de algunas ciudades vivían muy asustados: "Llegado a Cañete Martín Ruiz, fue recibido, por la poca gente que en ella había, conforme a la necesidad que de su venida tenían para seguridad de sus vidas, mujeres e hijos. Después se preparó para ir al fuerte de Arauco con el propósito de que, abierto aquel camino, se pudiesen socorrer unos a otros, pues se temía que los indios cercasen el fuerte, y sería posible acabar derrotados por falta de provisiones, debido a que no estaban en sazón las que en el campamento había, y solo podrían obtenerlas a lanzadas con los indios que estaban al acecho. Preparó cien soldados a la ligera, no llevando más carga que sus armas, y también algunos caballos por si fuesen necesarios. Pasaron el río que está junto a la ciudad, y después pararon para dormir a dos leguas de Arauco. Los indios, por orden del cacique Millalelmo, cuando desbarataron al general don Miguel en Catiray habían enviado mensajeros por toda la provincia, manifestando el buen éxito que habían tenido, mandándoles como presente muchas cabezas de cristianos para que creyesen que era verdad lo que les decían, y rogándoles que tomasen las armas y no perdiesen tan buena oportunidad como tenían para quedar libres de los españoles. Dándose cuenta de que el momento les era favorable, todos quisieron aprovechar la ocasión, y, muy convenidos, se juntaron gran número de indios en un  lugar llamado Quiapo". Había otra cosa que tenían muy clara los indios. Necesitaban impedir que hubiera comunicación libre entre las ciudades de Cañete y Arauco, que era lo que los españoles deseaban para unir sus tropas fácilmente si fuera necesario. Tomaron también la precaución de infiltrar indios espías en el campamento español, y anticiparse así a sus movimientos.

 

     (Imagen) Acabamos de hablar de Juan Álvarez de Luna explicando que murió en 1598, por lo que no pudo ser testigo de la muerte de sus tres hijos. Aunque esa fecha nos queda lejos todavía, la historia fue tan terrible, que procede comentar lo que ocurrió. Los mapuches cercaron la ciudad de Villarrica, y, español que salía, español que procuraban matar. Al final (año 1602) murieron todos, menos las mujeres que se entregaban a los indios para no morir de hambre, y un niño, JUAN DE MALUENDA. Gracias a él y a algunas de esas mujeres (una de ellas fue la madre del niño), se pudo conocer el infierno en que vivieron. El gran problema era el hambre. El capitán RODRIGO DE BASTIDAS (a quien acaba de mencionar el cronista Marmolejo) había logrado construir una eficaz defensa dentro de la ciudad, quedando todos bien protegidos, pero salir en busca de  alimentos era una muerte casi segura. Los soldados llegaron al extremo de pensar en echar a suertes a quién matar para comérselo, pero Bastidas les quitó la idea con un remedio desesperado: el de comerse a los indios que pudiesen matar. En el colmo del espanto, una madre enloquecida lo hizo con la  niña que le acababa de nacer. También los indios debían de estar hartos de tan largo asedio, y su  cacique, Cuminahuel (Puma Rojo), le ofreció a Rodrigo de Bastidas libre paso hacia la ciudad de Valdivia si se rendían, pero su respuesta fue que preferían la muerte a la rendición. Luego se repitió la histórica escena de Guzmán el Bueno, porque los indios amenazaron a Bastidas con matar a un hijo suyo que tenían preso, y tampoco cedió. La consecuencia fue un ataque masivo de los indios, que consiguieron incendiar el fuerte, en el que ya solo estaban el niño Juan  de Maluenda (que logró escapar), diez hombres y nueve mujeres, tan bravas como ellos, y, en la pelea, los mataron a todos, salvo a Rodrigo de Bastidas, Juan Sarmiento de León y sus mujeres, a los que se llevaron presos. En cuanto a Rodrigo de Bastidas, hubo indios que, por admiración, eran partidarios de perdonarle la la vida, pero se impuso el criterio de quienes querían matarlo. El cacique Cuminahuel indicó que la mejor manera de recordar aquella gloriosa victoria era untar sus flechas en la sangre de tan valiente guerrero. Lo mataron con un golpe de maza, le extrajeron el corazón y se lo comieron. Luego, cortándole la cabeza, la ensartaron en una larga pica que clavaron en el suelo, y después se pusieron a bailar y cantar victoriosos a su alrededor. ¿Cómo pudo ocurrir que  no les llegara ayuda (durante tres años) desde las otras poblaciones españolas? La ciudad de Valdivia está a solo 129 km.