sábado, 12 de diciembre de 2020

(Día 1290) Pedro Hernández Leal, fingiendo tener que hacer 'una necesidad', logró escapar del ejército del rebelde Girón, quien se dirigía a Pucará para dar la última batalla.

 

     (880) Las tropas reales continuaron avanzando, pero dice el cronista que seguía habiendo discusiones entre los mandos: "Llegaron a siete leguas de la ciudad, aunque con mucho malestar entre los jefes, porque casi siempre, en lo que convenía ordenar que hiciese el ejército, se  mostraba la rivalidad que había entre ellos, unos mandando y otros desmandando". Continúa el cronista con  una anécdota relativa al 'Leal' que ya conocemos. Acabamos de ver que Francisco Hernández Girón, después de apresarlo, le perdonó la vida por insistencia de algunos hombres suyos, pero está claro que fue con la condición de que se incorporara  a su ejército. Y esto es lo que pasó después: "Estando yo en el Cuzco en un corredor de la casa de mi padre, a las tres de la tarde, vi entrar por la puerta de la calle a Pedro Hernández el Leal montado en su caballo Pajarillo, y, sin hablarle, entré corriendo al aposento de Garcilaso, mi señor, a darle la buena nueva. El cual salió aprisa y abrazó a Pedro Hernández con grandísimo regocijo de ambos. Nos contó que el día anterior, según caminaba el  ejército del tirano, a poco más de una legua de la ciudad del Cuzco, se apartó de ellos fingiendo una necesidad, entró por unas peñas del camino y, ocultándose con ellas, subió por aquella sierra hasta alejarse de los enemigos, y de esta manera escapó de ellos. Después se juntó con mi padre al ejército de su Majestad, y sirvió en aquella guerra hasta que se acabó, volviendo después con Garcilaso, mi señor, al Cuzco".

     Quien iba a establecer el lugar de la batalla era Francisco Hernández Girón, y los del ejército real, informados constantemente de su itinerario, lo seguían de cerca: "Caminaban con buen orden y muy alertas por si fuese menester pelear, pues temían que el tirano los esperara para dar la batalla en algún paso estrecho. Pero los enemigos no pensaban hacerlo, y caminaron sin pesadumbre alguna hasta un pueblo que se llama Pucará, a cuarenta leguas del Cuzco, sirviéndose de los soldados negros para que les trajeran el ganado y las provisiones que había por la comarca. Por el camino no dejaban de encontrarse corredores de un bando y del otro, pero no llegaron a pelear, y así, supieron que Francisco Hernández Girón los esperaba en Pucará, para darles allí la batalla. No faltaron traidores de una y otra parte huyendo al bando contrario. Los oidores mandaron que alguien volviese atrás para traer la munición de pólvora, mecha y plomo que habían dejado en Andahuaylas, porque no llegaban los que tenían que hacerlo, pero, con la diligencia que puso el enviado, que fue Pedro de Cianca, llegó al campamento parte de la munición un día antes de la batalla, lo cual dio gran contento a todo el ejército.

     Fue entonces cuando se enteraron los oidores del fracaso que había tenido Gómez Solís en Arequipa, donde, como vimos hace poco,  no solo salió sin refuerzos, sino que tuvo que huir por el acoso de los de Girón: "Recibieron mucha pesadumbre por la noticia, pero, no pudiendo remediarla, disimularon su enojo, y siguieron caminando hacia Pucará. Allí el enemigo estaba alojado con muchas ventajas (como pasó en la batalla anterior), porque el sitio era tan fuerte, que no podía acometerse por parte alguna, no teniendo más entrada que un callejón estrecho que iba dando vueltas".

 

     (Imagen) ANTONIO DE LUJÁN debía de ser un hombre cruel. Recordemos que en 1546 Francisco de Carvajal le escribió a Gonzalo Pizarro (con su peculiar fe cristiana) que habían intentado matarlo: "Pero Dios conduce las cosas como a su santo servicio conviene, y me lo descubrieron Juan Remón y Antonio de Luján, que estaban conjurados para la traición". El innoble chivatazo les costó la vida a cinco de los cabecillas. Juan Remón y Antonio de Luján se pasaron más tarde al bando de La Gasca. Pero, muerto Gonzalo Pizarro, ambos volvieron a las andadas, participando en las rebelión que inició Sebastián de Castilla al asesinar a Pedro de Hinojosa. Por entonces, Antonio de Luján, al servicio del también amotinado Egas de Guzmán (que lo había nombrado alcalde de Potosí), mató al contador Hernando de Alvarado, sin tener pruebas de que fuera cómplice de Hinojosa. Juan Remón abandonó a los rebeldes cuando quisieron que participara en un atentado contra el mariscal Alonso de Alvarado (que no llegó a ocurrir). La espantada de ANTONIO DE LUJÁN fue distinta, y rubricada brutalmente. Alguien, tras avisarle de que sus propios hombres, en un intento de congraciarse con el Rey, habían matado a Castilla, le pidió que él hiciera lo mismo con Egas de Guzmán, y, con la ayuda de otros, lo llevó a cabo. Alejados después de todo contacto con rebeldes, Remón se fue a Chile, y acabamos de verle a ANTONIO DE LUJÁN actuando, como capitán de las tropas del Rey, contra el último de los sublevados importantes, Francisco Hernández Girón. Entonces, le ocurrió lo que nos cuenta Inca Garcilaso: "Los leales a la Corona sabían que Francisco Hernández Girón seguía la ruta del Cuzco, aunque desconociendo que evitaría entrar en la ciudad. Yendo en su persecución, ocurrió una desgracia que todos lamentaron. El capitán ANTONIO DE LUJÁN  se paró a beber al borde del río Abancay, se le deslizaron los pies en la peña en que se había situado, dio con la nuca donde tenía los pies, cayó al agua, y desapareció, sin que pudieran encontrarlo. Una cota que tenía puesta, la llevaron los indios dos años después al Cuzco, siendo corregidor mi padre". Lo cual nos revela también lo bien situado socialmente que estaba su padre, Sebastián Garcilaso de la Vega, a pesar de las dudosas fidelidades que tuvo en tiempos difíciles. (La definitiva batalla contra Girón va a ser en Pucará, a 280 km al sur del Cuzco, y junto al lago Titicaca).




viernes, 11 de diciembre de 2020

(Día 1289) Girón le reprochó la poca fidelidad a su causa de los vecinos del Cuzco a su alcalde, Francisco Rodríguez de Villafuerte, cuyo hijo, según Inca Garcilaso, era un gran artesano. Los leales al Rey lograron atravesar el río Apurimac.

 

     (879) Francisco Hernández Girón siguió el consejo de los supuestos adivinos, aunque, primeramente, recibió una visita en las proximidades del Cuzco: "Se detuvo a las espaldas de la ciudad, donde fue a verlo Francisco Rodríguez de Villafuerte, alcalde ordinario del lugar, a quien Girón le dijo grandes maldades de sus vecinos, asegurando que los debería matar porque no se unieron a su rebeldía, todo ello con palabras falsas, considerándolos culpables por no querer seguirle.   Desde allí continuó su camino pasando con el ejército por encima de la ciudad del Cuzco, como se lo mandaron sus hechiceros. Llevaba consigo a su mujer, contra la voluntad de sus suegros, a los que les dijo que no quería dejar que la alcanzaran sus enemigos y se vengasen de él en ella".

     Ya vimos la espléndida hoja de servicios que se forjó en el Perú Francisco Rodríguez de Villafuerte, siendo, entre otras cosas, uno de los gloriosos Trece de la Fama. Es de suponer que la visita que le hizo al rebelde Girón fue simplemente protocolaria y diplomática, ya que tampoco él era amigo de deslealtades a la Corona. Por su parte, Inca Garcilaso, se toma un pequeño respiro para  hablar de algo que le emocionó personalmente, por un detalle de un viejo amigo: "El hijo segundo de Francisco de Villafuerte vive en Salamanca años ha, donde florece en todas las ciencias. Se llama Feliciano Rodríguez de Villafuerte, nombre bien apropiado por su bello ingenio. Este año de mil seiscientos once me hizo merced de un retablo pequeño lleno de reliquias santas, y, entre ellas, un lignum crucis, cubierto con un cristal y guarnecido de madera muy bien labrada por los cuatro costados. Con el relicario me envió dos relojes hechos por su mano. Uno es de sol, y el otro está galanamente adornado, teniendo la luna su creciente y su menguante, todo lo cual se ve muy claro en su movimiento circular. Todo lo ha hecho con sus propias manos, lo material y lo que es científico, y ha hecho que se admiren quienes lo han visto. Yo me he llenado de vanagloria al ver que un hombre nacido en mi tierra, y en mi ciudad (el Cuzco), haga obras tan galanas y tan ingeniosas, que admiren a los de acá (España). Lo cual es prueba del galano ingenio y la mucha habilidad que los naturales del Perú, tanto mestizos como criollos, tienes para todas las ciencias y las artes, como ya lo aseguré anteriormente, basándome en la autoridad de  nuestro preceptor y maestro el licenciado Juan de Cuéllar, canónigo de la santa iglesia del Cuzco. Sea Dios Nuestro Señor loado por todo. Amén". Otro detalle curioso es que los numerosos hijos de Francisco Rodríguez de Villafuerte fueron muy modernos en el uso de los apellidos. Su madre se llamaba Catalina de Retes, y ellos, sin excepción, se apellidaron 'Rodríguez de Villafuerte Retes', cosa muy rara en aquello tiempos.

     Los soldados del ejército de su Majestad, persiguiendo a Girón, llegaron al bravo río Apurimac, y lograron hacer algo a lo que nadie se atrevía, gracias a que un soldado llamado Francisco Menacho, que iba adelantado, había osado atravesarlo por un lugar que le pareció viable: "Con esta noticia, aunque temerosos, decidieron hacerlo todos los del ejército, para no retrasarse preparando un puente. Pusieron la caballería en medio del río para que quebrase la furia de su corriente, y así pasaron, sin ningún peligro, la infantería, los indios cargados y la artillería con las piezas al hombro. Aunque entonces lo consiguió todo un ejército, nadie se ha atrevido a intentarlo de nuevo".

 

     (Imagen) En la imagen anterior me referí a un clérigo ejemplar, el franciscano Martín de Robleda. Ahora veremos a alguien que fue la otra cara de la moneda; sin entrar en honduras, nos fijaremos  en sus méritos y en su carácter. Se trata de RODRIGO GONZÁLEZ MARMOLEJO.  Nació en Carmona (Sevilla) el año 1488, siendo,  sin duda, paisano y pariente muy cercano del soldado e interesante cronista de Chile Alonso de Góngora Marmolejo (del que ya conté algo). Llegó como fraile dominico a Lima en 1536, y pasó de inmediato al clero secular, justo lo contrario de lo que hizo el gran Bartolomé de las Casas, quien dejó de ser cura de parroquia adinerado para profesar como dominico (su proceso de canonización sigue en marcha). El reverendo Rodrigo estuvo de capellán con Francisco Pizarro, durante sus conflictos con Diego de Almagro, y después con Pedro de Candía (de apasionante biografía y triste final, como ya vimos), en la desafortunada y durísima expedición que le encargó Hernando Pizarro (año 1538) por tierras de los indios chunchos. Llegó a Chile con las tropas de Pedro de Valdivia en 1540, tras un viaje de pesadilla, y  estuvo presente en la fundación de Santiago de Chile, donde dicen que le enseñó a leer a la amante de Pedro, la incomparable Inés Suárez. Pronto hizo el clérigo algo muy poco espiritual: criaba caballos (que dieron origen a la famosa raza chilena), disfrutaba de encomiendas de indios, y, con el tiempo, tuvo hasta una mina de plata (al dejar de ser dominico, no estaba sujeto al voto de pobreza). Era, ciertamente, una inclinación mundana, pero no se puede olvidar que, incluso como capellán, corrió graves peligros en las campañas. Eso no le impidió seguir progresando en su carrera eclesiástica. En 1547, el obispo del Cuzco, Juan Solano (otro dominico de armas tomar) lo nombró vicario suyo en Santiago de Chile. RODRIGO GONZÁLEZ MARMOLEJO, hombre poco ascético, murió de gota, dejando una sustanciosa herencia. Fue nombrado obispo de Chile en 1561, sin duda por muerte de Martín de Robleda, que ya lo era, y a quien le había disputado el cargo. Pero le pasó lo mismo que a Robleda: murió (en Santiago de Chile el año 1564) sin haber sido consagrado en tal dignidad. Parece ser que fue generoso haciendo donativos y facilitando préstamos (quizá con intereses). Pero, en algunos juicios, se presentaron pruebas de su vida poco ejemplar.




jueves, 10 de diciembre de 2020

(Día 1288) Iba a haber otra batalla, pero, a pesar de su reciente victoria, seguían desertando soldados de un Girón muy supersticioso. En el bando contrario, había envidias entre los que mandaban.

 

     (878) Francisco Hernández Girón, que había permanecido un mes donde se dio la batalla de Chuquinga, al parecer atendiendo a los muchos heridos enemigos que allí quedaban, partió después, llevándolos como pudo, hasta llegar al valle de Antahuayla. Estaba muy resentido con los indios chancas, pues, durante la batalla, habían herido a muchos de los suyos con tiros de honda, y se vengó: "Mandó a sus soldados, negros y blancos (recordemos que llevaba un grupo de esclavos liberados), que saqueasen sus pueblos e hiciesen todo el daño que pudiesen. Desde Antahuayla, envió a recoger a Doña Mencía, su mujer, y a la de Tomás Vázquez, a las cuales hicieron los soldados un solemne recibimiento, y, a la de Girón, la llamaban los soldados muy impropiamente Reina de Perú. Caminaron después hacia el Cuzco, porque sabían que el ejército del Rey los andaba buscando".

     Por el camino, vieron lugares muy apropiados para fortificarse y repetir la estrategia que les había dado la victoria en Chuquinga, pero Girón tuvo que renunciar a detenerse en ellos para preparar un ataque inmediato, porque necesitaba que Piedrahita volviera con su tropa. Llevaba también, cosa habitual en las guerras civiles, el constante temor a las deserciones: "Un  día de aquellos, según caminaba el ejército, seis soldados, que habían sido de los principales del mariscal Alonso de Alvarado, se atrevieron a huir a la vista de todos, llevando escogidas cabalgaduras y sus arcabuces. Lo consiguieron porque Francisco Hernández Girón no quiso que fuesen perseguidos, pues temía que huyesen todos". También en el bando contrario fallaba la autoridad: "Aquellos seis soldados llegaron al campo de su Majestad, y dieron aviso de que Francisco Hernández iba hacia el Cuzco. Al saberlo los oidores, mandaron que el ejército caminase con rapidez y vigilante, y siguieron adelante, aunque, por las diferencias y ambiciones de mando que entre ellos y sus capitanes había, se cumplía mal y tarde lo que al servicio de Su Majestad convenía".

     Girón atravesó con todo el ejército el río Apurimac: "Dejó guardando el puente a Juan Gavilán, el cual, dos días después, vio asomar a corredores de los enemigos, y, sin asegurarse de qué gente y cuánta era, quemó el puente". El  cronista Palentino dice  que, al saberlo, se enfadó mucho Girón, pero Inca Garcilaso no le encuentra sentido a su reacción: "No sé qué razón tuvo para ello, pues, si ya no iban a volver atrás, había hecho bien Gavilán en quemarlo para que los contrarios se vieran obligados a trabajar en reconstruirlo. El ejército de Girón caminó hasta llegar a una legua del Cuzco, pero allí giró a mano izquierda para no entrar en aquella ciudad, porque, tras oír a sus adivinos, hechiceros, astrólogos y pronosticadores (que era muy dado a tratar con ellos), había quedado persuadido de no entrar en ella, pues le decían que, al día siguiente de salir del Cuzco para dar batalla, sería vencido. Para confirmarlo, el cronista Palentino cita a cuatro españoles y a una morisca que eran tenidos por hechiceros, los cuales decían que tenían un familiar que les descubría todo lo que pasaba en los dos ejércitos. De manera que los soldados de Girón no osaban huir ni hacer nada en perjuicio del tirano, por miedo a que el diablo se lo revelase".

 

     (Imagen) No estará de más hablar de otro clérigo muy notable, mencionado en la imagen anterior: FRAY MARTÍN DE ROBLEDA, nacido en Robleda (Salamanca) el año 1513. Empezó pronto su brillante recorrido como franciscano en un convento de Ciudad Rodrigo. Fue ordenado sacerdote en Salamanca el año 1538, cursando en su universidad estudios de Teología, de Derecho y de Humanidades, y llegó a dominar las lenguas clásicas, además de hablar correctamente el italiano, lo que hace suponer que pasó un tiempo en algún convento de aquella península. Quizá fuera entonces cuando conoció a Vicencio de Monte (sobrino del papa Julio III), con quien, como vimos en la imagen anterior, estableció una estrecha amistad, mantenida sin fisuras cuando se encontraron en las Indias. Fray Martín de Robleda era un hombre carismático y muy activo, lo que unido a su buena preparación, le dio fama de gran predicador. Pasadas las peores guerras civiles de Perú, en 1552 llegaron a Lima, para mayor eficacia de la evangelización, 37 franciscanos, entre los que se encontraba fray Martín de Robleda, pero, atendiendo una petición del futuro Felipe II (derivada de un deseo de Pedro de Valdivia), se trasladaron a Santiago de Chile cinco franciscanos, encabezados por Robleda, el cual, de inmediato, consiguió que el alcalde del cabildo, Juan Fernández de Alderete, les cediera una ermita y unos terrenos para fundar un convento. A ello se opuso un clérigo secular, Rodrigo González Marmolejo (al que dedicaré la próxima imagen), alegando que pertenecían a los sacerdotes de parroquias. El expeditivo Robleda defendió sus nuevos derechos yendo (se supone que por mar) hasta Lima (¡a 3.300 km!), y logró mantenerlos. En 1554, Robleda estuvo en Italia, representando a los franciscanos de Chile. Al regresar, volvió a España para llevar a las Indias más franciscanos, y figurando ya como el primer obispo electo de Chile. Como vimos, faltaba que le confirmaran el nombramiento, pero murió, reconocido como tal pero sin saberlo, el año 1561 en Madrid, donde se hallaba para encauzar asuntos chilenos. Curiosamente, el mencionado conquistador y alcalde Juan Fernández de Alderete profesó ese mismo año como franciscano en el convento fundado por el eficaz correcaminos FRAY MARTÍN DE ROBLEDA.




miércoles, 9 de diciembre de 2020

(Día 1287) Muerte de Antonio Carrillo. Las discusiones por el mando entre Gonzalo de Torres y Gómez Solís en Arequipa se acabaron cuando llegó Juan de Piedrahita y saqueó la ciudad.

 

     (877) Dice el cronista que el sargento mayor de Girón, Antonio Carrillo, no fue menos confiscador de bienes en la ciudad de la Paz: "En muy pocos días, sacó de los caciques, de los tributos que debían a sus amos, una suma increíble. Y así, con esto, más muchas barras de plata del convento de San Francisco, y de otras partes, reunió, en cinco días que allí estuvo unos quinientos mil castellanos de oro. Todo lo cual se hizo por aviso de Francisco Boloña, que sabía bien dónde escondían tanta riqueza, pero él mismo, por remordimientos de conciencia, y por persuasión de Juan Vázquez, corregidor de Chucuito, lo restituyó todo a sus dueños después de haber matado él y algunos amigos suyos al pobre Antonio Carrillo a estocadas que le dieron en su aposento, y pusieron aquella ciudad al servicio de Su Majestad, como antes estaba".

     Lo tuvo más fácil Juan de Piedrahita, capitán de Girón, en Arequipa, porque había en la ciudad un conflicto de competencias. Los oidores de la Audiencia de Lima habían enviado allá como general, para seguir la guerra contra Girón, al capitán Gómez Solís, el  cual encargó a su alférez, Vicencio de Monte, que se adelantara para llevar el comunicado. Al conocer la noticia el corregidor del lugar, Gonzalo de Torres, le resultó insoportable, porque se consideraba mejor militar que Solís. Hasta el punto de que se negó a que los vecinos salieran a recibirle a las puertas de la ciudad: "Les dijo que los oidores jamás acertaban en sus nombramientos, que Gómez  no tenía capacidad para tal cargo, y que, mientras él estuviera como corregidor de la ciudad,  no se debía nombrar a otra persona que viniera de fuera".

     Mientras, se acercaba el representante de Girón: "Estando en estas discusiones, tuvieron noticias de que iba a llegar Juan de Piedrahita con más de ciento cincuenta hombres, entre ellos, más de cien arcabuceros. Entonces se fueron todos a la iglesia mayor con sus mujeres, hijos y los  muebles de sus casas, cerrándolas por todos los lados para que el enemigo no entrase. Situaron algunos arcabuceros que tenían en la entrada de dos calles. Tuvo aviso Piedrahita de estos preparativos, y, torciendo su camino, entró por otra calle". Ya emplazado Piedrahita, les envió un fraile para llegar a un acuerdo, diciéndoles a los de la ciudad que no quería guerra, sino que estaba dispuesto a permitir que cada uno escogiera libremente unirse a él o no hacerlo. El cronista no ha dicho nada, pero ya había llegado a Arequipa Gómez Solís, y era contrario a esta proposición, porque Piedrahita también exigía que les entregaran las armas. Además, varios soldados suyos se habían pasado al otro bando, y los demás no querían pelear: "Gómez Solís y los vecinos que con él estaban, viendo que no había quien pelease, huyeron como mejor pudieron, y dejaron a Piedrahita todos los bienes que tenían, los cuales tomaron los enemigos, y, viéndose ricos y poderosos, se volvieron en busca de Francisco Hernández Girón. Aunque en el camino se le huyeron a Piedrahita más de veinte soldados que habían sido del mariscal Alonso de Alvarado, no le importó nada, por el buen botín  que de oro, plata, joyas, armas y caballos había obtenido". Total que, se acabaron las discusiones  entre el corregidor Gonzalo de Torres y el capitán Gómez Solís.

 

     (Imagen)  Gómez Solís, capitán de las fuerzas realistas, envió un mensajero al Cuzco. Era VICENCIO DE MONTE, otro de los sufridos conquistadores enterrados en el olvido. Italiano (apellidado 'di Monti'), y nacido en Como, fue uno más de los muchos paisanos suyos que pelearon en las Indias. Además de ejercer cargos administrativos, tomó parte en la conquista de Perú, y estuvo al servicio, en 1545, de Francisco de Orellana en su segunda y fracasada expedición a tierras amazónicas. Después se trasladó a Chile, y fue Pedro de Valdivia quien, desde allí, lo llevó nuevamente a Perú, donde se incorporaron a las tropas de Pedro de la Gasca. Los chilenos, nada amargados por el recuerdo de los españoles, le han dedicado a Vicencio una magnífica calle en su capital, la ciudad de Santiago. Tras la derrota y muerte del rebelde Girón, retornó a Chile en 1557 con el cargo de veedor de la Hacienda Real. Se había casado en el Cuzco con Juana Copete, hermana  de dos valientes que ya conocemos, Gonzalo de los Nidos, ejecutado por rebeldía, y Mencía de los Nidos, que fue desterrada a Chile, y resultó tan brava, que abroncó a los españoles que querían abandonar la ciudad de Concepción (donde era corregidor Vicencio) ante un próximo ataque de los terribles araucanos, anécdota recogida en La Araucana, el gran poema de Ercilla. Nos queda otra particularidad notable de Vicencio. Era sobrino del Papa Julio III, cuya fama de pedófilo fue muy criticada, pero sin graves consecuencias en aquellos tiempos renacentistas en los que, en general, el alto clero no era precisamente un dechado de virtudes. Pero, al menos, fue un pontífice que, a diferencia del insensato e irresponsable papa Clemente VII, aliado del rey francés Francisco I, le facilitó las cosas a Carlos V en su angustiosa situación entre guerras europeas y ataques del imperio turco. Se dice que VICENCIO DE MONTE influyó mucho para que el franciscano Martín de Robleda fuera nombrado por el papa Julio III primer obispo de Chile. Obtenido el título en 1556, concedido con carácter de electo, necesitaba una confirmación definitiva en el cargo, pero Paulo IV, el papa sucesor, retrasó tanto el trámite, que, cuando se lo confirmaron, el clérigo falleció antes de tomar posesión. También terminó mal VICENCIO DE MONTE: lo mataron en su casa de Concepción los indios araucanos el año 1562, pero tras una vida de apasionante actividad.




martes, 8 de diciembre de 2020

(Día 1286) Tras la victoria de Girón, muchos huyeron del Cuzco, y algunos se libraron de ser ejecutados por la intercesión de su suegro, Alonso de Almaraz, y de otros vecinos. Los vencedores robaban cuanto podían.

 

     (876) La noticia de la derrota de los leales al Rey en Chuquinga se difundió por todas partes: "En el Cuzco se enteraron pronto porque llegaron a la ciudad siete soldados del mariscal, llamándose su cabo Juan de Cardona. Cuando se enteraron los vecinos de la derrota del mariscal, acordaron huir antes de que el tirano los matase. El alcalde, Francisco Rodríguez de Villafuerte (recordemos que era otro de los gloriosos Trece de la Fama), recogió a la gente que había, que, con los siete soldados huidos, apenas llegaban a cuarenta. Unos, entre ellos el alcalde, pararon a hacer noche a legua y media de la  ciudad, y otros lo hicieron a unas cinco leguas, que fueron los mejor librados, porque el 'buen' Juan de Cardona, cuando pudo, se volvió al Cuzco, y se lo contó al teniente general de Girón, Diego de Alvarado, el cual ya había llegado a la ciudad con la orden de que persiguiera a los que habían huido tras ser derrotados en la batalla de Chuquinga. Sabiendo Diego de Alvarado que el alcalde Francisco Rodríguez Villafuerte estaba tan cerca con solo veinte hombres, le mandó que saliese al verdugo general, Antonio González, con veinte soldados, y prendiese  al alcalde. Puso tan buena diligencia Alonso González, que, al día siguiente, a las ocho, se los había entregado a todos a su teniente general. El cual hizo ademán de matar al alcalde y a algunos de los suyos, pero, no hallándoles culpa, los perdonó por intercesión de los suegros y amigos de Francisco Hernández Girón". (Lo que quiere decir que, contra lo que yo supuse, aún vivía su suegro, Alonso de Almaraz).

     Dice el cronista que después Diego Álvarez, cumpliendo órdenes de 'rapiña', se apropió  de campanas en iglesias y conventos, dejando solamente una en cada templo. Las querían para fundirlas y hacer armas y otros útiles para el ejército: "En la catedral quitó dos, y se habrían llevado las cinco que había, de no haberles amenazado el obispo y los clérigos con excomuniones y maldiciones. Con cuatro campanas, hizo seis tiros de artillería, y uno de ellos reventó cuando lo probaron. Al más pequeño, le pusieron en letras la palabra Libertad". No pierde ocasión Inca Garcilaso de encontrar la intervención de la Divina Providencia: "Estos  tiros, que fueron hechos con metal que fue dedicado y consagrado al servicio divino, no hicieron daño en persona alguna, como más adelante veremos". Inca Garcilaso tenía entonces unos quince años, y dice que fue testigo de estos hechos. Vio cómo también se dedicaron los de Girón a robar a todos los vecinos leales al Rey que eran ricos y acababan de morir en la batalla de Chuquinga. Consiguieron un buen botín, entre otros, el que tenía enterrado en el huerto de su casa Alonso de Mesa, donde había sesenta barras de plata tan grandes, que cada una valía más de trescientos ducados: "Yo las vi sacar, pues, como su casa estaba cerca de la mi padre, me pasé a ella al oír los gritos de los que las desenterraban. Pocos días después, trajeron de la encomienda de indios de Juan de Saavedra 150 carneros cargados con 300 barras de plata, todas del mismo valor que las mencionadas. Se sospechó entonces que, si Juan de Saavedra no quiso salir de la ciudad del Cuzco cuando empezó la rebeldía de Girón, había sido para proteger esa plata, y, por mucho guardar, no guardó nada, pues la perdió, y la vida por ella. El  valor de estas partidas ascendió a 126.000 ducados, de a 365 maravedís cada uno (unos 500 kg de oro)".

 

     (Imagen) Hablemos de alguien bajo cuyo mando (en Nuevo México y en Florida) estuvo el recién mencionado Pedro Hernández el Leal: TRISTÁN DE LUNA Y ARELLANO.  Fue uno más de los conquistadores  a los que todo se les volvió en contra. Nació el año 1514 en Borobia (Soria), en una familia de noble linaje. Llegó a México en 1530, acompañado por Hernán Cortés (que regresaba de su primer viaje a España) y su segunda mujer, Juana de Zúñiga, prima de Tristán, cuyo mejor amigo, Luis de Castilla Osorio, también iba en el barco. Retornó a España, pero volvió a México el año 1535, esta vez junto al virrey Antonio de Mendoza, también primo suyo. Unos años después, se incorporó, como Pedro el Leal, a la gran aventura de Coronado por tierras de Nuevo México, en busca de las Siete Ciudades de Cíbola, con fama de poseer fantásticas riquezas de oro. Volvieron el año 1542 con el mito hecho trizas, pero lograron grandes descubrimientos geográficos, como el del Cañón del Colorado. Tristán consiguió, por su valía, ser nombrado teniente general, pero regresó gravemente herido, enfermo y arruinado, siendo acogido por su fiel amigo Luis de Castilla. El año 1545 se casó en Oaxaca (México) con Isabel de Rojas, rica viuda y heredera de dos maridos, con la que tuvo dos hijos. Dos años después, al fallecer en España Hernán Cortés, Tristán le sucedió temporalmente como gobernador de México. Desde la muerte del gran  Hernando De Soto el año 1542, las tierras de La Florida habían quedado olvidadas, pero el año 1558 Felipe II quiso controlar aquella zona para impedir la llegada de molestos europeos. El virrey Luis de Velasco le adjudicó la tarea a TRISTÁN DE LUNA Y ARELLANO, ya viudo, encargándole que fundara alguna población y se asentara en la costa atlántica. Hacia allá partió (también iba Pedro el Leal) con una impresionante expedición de unos 500 soldados y 1.000 colonos. El viaje fue un infierno que duró dos años: los huracanes y la hambruna diezmaron a los aventureros. Tuvieron que dar la vuelta, quedando Tristán arruinado, inválido y sometido a los malos informes de algunos acompañantes, por lo que fue destituido y enviado a España, donde, al menos, le compensaron sus enormes pérdidas económicas. Decidió volver a México, y allí fue nuevamente acogido por Luis de Castilla Osorio (qué gran amigo…), terminando sus días el año 1573. Por fin, pudo descansar.




lunes, 7 de diciembre de 2020

(Día 1239) (Corresponde a 14 de octubre 2020) Gran recibimiento en el Cuzco a Don Francisco de Mendoza. Era hijo del virrey Don Antonio de Mendoza, quien, para contentar a PEDRO DE HINOJOSA, del que había falsas sospechas de planear una rebelión, lo nombró corregidor de las Charcas.

 

     (829) Teniendo Inca Garcilaso solamente doce años, vio cómo llegaba al Cuzco Don Francisco de Mendoza, a quien su padre, el nuevo virrey Don Antonio de Mendoza, lo había enviado, como acabamos de ver, a inspeccionar las poblaciones más importantes situadas al sur de Lima. Dice que los vecinos lo recibieron espléndidamente. Entró en deslumbrante cortejo hasta llegar a la catedral, y, pasados ocho días, se hicieron grandes festejos de toros y cañas "como nunca se había visto en esta ciudad". Todos los personajes y personajillos lucieron sus mejores galas. Cita a Juan Julio de Ojeda, Tomás Vázquez, Juan de Pancorbo y Francisco de Villafuerte, "todos conquistadores muy antiguos", los cuales llevaban cuadrillas engalanadas con vistosas ropas y abundantes joyas: "La de mi padre y sus compañeros, vestía de terciopelo negro, con columnas bordadas, de terciopelo amarillo, y un lazo que las unía, llevando un letrero que decía 'Plus Ultra', con una corona imperial encima. Todo esto lo vio Don Francisco de Mendoza desde el corredorcillo de la casa de mi padre, donde yo vi su persona". Después siguió D. Francisco su itinerario de visitas a otras ciudades: "Hasta regresar a Lima, caminó más de seiscientas cincuenta leguas, y llevó escrito y pintado el Cerro de Potosí, con sus minas de plata, y otros cerros, volcanes y valles que hay en aquella tierra". Al poco de llegar su hijo, el virrey lo envió a España con toda la información que había recogido, para conocimiento del Rey y de sus consejeros y funcionarios.

     Poco duró el virrey en su cargo, pues su enfermedad lo fue minando rápidamente. Lo que no perdía era la sensatez en el ejercicio del mando, pero, aun así, hubo algunos que tenían malas intenciones, y nuevamente aparecieron brotes de rebeldía: "Durante su enfermedad, ordenaron los oidores que se suprimiese el servicio personal de los indios a los españoles, y se pregonó en Lima, en el Cuzco y en otras partes, en todas con el mismo rigor, de lo cual resultó otro motín. Para suprimirlo, degollaron, como principal culpable, a un caballero que se llamaba Luis de Vargas, y no mataron a más para evitar alteraciones. En las averiguaciones, se habló del general Pedro de Hinojosa como sospechoso. Los oidores, para aplacarlo, lo nombraron corregidor y justicia mayor de la zona de las Charcas, porque tuvieron noticia de que allí muchos soldados andaban desvergonzados. La culpa de la que entonces se le acusaba, fue más sospecha que certeza de delito. Lo que los soldados decían era que les daba esperanzas de que, si iban con él a las Charcas, haría lo que le pidiesen. Ellos, deseosos de cualquier rebelión, interpretaban sus palabras a su gusto, pero nunca se supo si la intención del general era la de rebelarse, aunque indicios hubo de ello. Los soldados que había en la ciudad de Lima y pudieron hacerlo, se fueron a las Charcas, y escribieron a sus amigos a diversas partes del Perú para que los acompañasen". En la azarosa vida de Pedro Alonso de Hinojosa, hemos visto que era un capitán de gran prestigio y muy apreciado por Gonzalo Pizarro, a quien traicionó con un golpe bajo de tremendas consecuencias: la entrega en Panamá de su armada a Pedro de la Gasca. Ahora, ya marchado a España el habilísimo clérigo, vemos que, según Inca Garcilaso, había rumores de que pensaba volver a la rebeldía. Pero es difícil de creer, porque, muy pronto, lo van a matar por negarse a sublevarse contra el Rey.

 

     (Imagen) Llegamos a un punto en el que PEDRO ALONSO DE HINOJOSA, durante mucho tiempo siempre fiel a los Pizarro (no en vano eran de la misma localidad, Trujillo), y luego gran traidor a Gonzalo Pizarro entregándole su flota a Pedro de la Gasca, apenas marchado este a España, pareció coquetear de nuevo con la idea de sublevarse contra la Corona. Cosa extraña, ya que había sido premiado muy generosamente por La Gasca, e, incluso, el nuevo virrey, para ganárselo, le concedió el importante cargo de gobernador de la provincia de las Charcas. Sin embargo, por no definirse claramente, lo matarán los propios rebeldes. Veamos su trayectoria en Perú. Llegó a aquellas tierras el año 1534, reclutado en Trujillo por su paisano Hernando Pizarro, cuando terminó en España las gestiones que le había encargado su hermano Francisco, que tanto perjudicaron a su socio, Diego de Almagro. Luego, Hinojosa se portó heroicamente, junto a los hermanos Hernando, Gonzalo y Juan Pizarro en el cerco al que los sometieron los indios en el Cuzco. Superado el mal trago, llegó de Chile Diego de Almagro, resentido por considerarse estafado, se apoderó del Cuzco y apresó a Hernando, Gonzalo (Juan ya había muerto) e Hinojosa, pudiendo escapar de una muerte casi segura estos dos últimos. Luego Hernando, con astucias, consiguió también quedar libre. La línea de adhesión de Hinojosa a los Pizarro siguió recta cuando se trató de luchar junto a Vaca de Castro contra Diego de Almagro el Mozo. Y esa misma fidelidad le decidió a enfrentarse, junto a Gonzalo Pizarro, al virrey Blasco Núñez Vela, llegando al extremo de matarlo. Eso ya suponía estar en clara rebelión contra el Rey. PEDRO ALONSO DE HINOJOSA, a quien apreciaba en gran manera Gonzalo Pizarro y en quien tanto confiaba, permaneció, inicialmente, fiel a su lado cuando llegó Pedro de la Gasca a someterlos, pero intuyó que estaban cerca del desastre, y lo abandonó, entregándole, además, al habilísimo clérigo, el arma más poderosa que tenía Gonzalo: su temible flota. Muerto Pizarro, y partido para España Pedro de la Gasca, veremos enseguida cuál fue el último capítulo de la vida de alguien que, aunque no tiene en Trujillo un monumento como el de Francisco Pizarro, al menos queda recordado por LA CALLE PEDRO ALONSO DE HINOJOSA.








(Día 1285) Con buen criterio jurídico, el licenciado Diego de Altamirano, oidor de la Audiencia de Lima, se negó a ejercer como militar en la guerra. Girón disfrutaba de su victoria y preparaba el siguiente ataque.

 

     (875) Luego ocurrió algo curioso, que explica un poco la extraña situación en la que los oidores tomaban las armas, o la dirección de la guerra. Algunos se resistían a salir del marco de sus labores profesiones. No era un asunto claro, y lo que cuenta Inca Garcilaso a continuación lo pone de relieve: "Los oidores ordenaron que el ejército siguiese tras Francisco Hernández Girón, y que los de la Audiencia fuesen con ellos, tanto para aportar autoridad como para que la gente no murmurase de que ellos se quedaban descansando. Pero el licenciado Altamirano se opuso diciendo que la Audiencia  no podía salir de Lima, ni tendría valor jurídico lo que sus oidores hicieran fuera de la ciudad. Como el doctor Sarabia insistía en que la Audiencia debía salir, dijo el licenciado Altamirano que él no saldría de ninguna manera, porque el Rey no les había mandado  venir a pelear, sino a estar en sus estrados y sentenciar los procesos que hubiese. El doctor Sarabia le contestó que le suspendería de su cargo si no iba con el ejército, y ordenaría que no le pagasen salario alguno, pero después vino una cédula de su Majestad para que se le pagase". Así que hubo que tomar otra determinación: "Se decidió que el doctor Sarabia, el licenciado Santillán y el licenciado Mercado fuesen con el ejército, y que el licenciado Altamirano se quedase en Lima como justicia mayor de la ciudad. A Diego de Mora, vecino de Trujillo, que había venido con un buen grupo de arcabuceros, lo dejaron allí como corregidor, y le dieron su grupo de arcabuceros a otro capitán llamado Pedro de Zárate".

     En el campo contrario, el panorama era muy distinto: "Francisco Hernández Girón estuvo más de cuarenta días en el sitio en que ganó aquella batalla, para gozar de la gloria que sentía de verse en él, y por el deseo de ganarse a los heridos que quedaron del campo contrario. Los atendía y acariciaba todo lo que podía, para hacerlos sus amigos, y así ganó a muchos de ellos, que le siguieron hasta el fin de su rebeldía. En aquel tiempo dispuso que su maestre de campo, Diego de Alvarado (la mala bestia) fuese al Cuzco para alcanzar a los que habían huido hacia allá. Asimismo le mandó a Antonio Carrillo, su sargento mayor (para que perdiese algo de la melancolía que tenía por haber huido en la batalla de Chuquinga, creyendo que Girón había muerto), que fuese a varias ciudades para que recogiese toda la gente, armas y provisiones que pudiese; especialmente, la plata, oro y mucho vino que se había escondido, y que un soldado de los del mariscal, llamado Francisco Boloña, le había dicho que sabía dónde estaba. Con ese destino salió Antonio Carrillo con veinte soldados, llevando consigo a Boloña, y, de los veinte, dieciocho eran de los que habían servido al mariscal, por lo que se sospechó que Francisco Hernández enviaba con ellos a su sargento mayor para que lo maltratasen, y así sucedió, como veremos más tarde. Asimismo dispuso que su capitán Juan de Piedrahita fuese a la ciudad de Arequipa a recoger lo que hallase, y para ello lo nombró maestre de campo del Ejército de la Libertad, que así llamaba Girón al suyo. Y, a su maestre de campo, Diego de Alvarado, lo nombró teniente general. Con estos títulos mejoró a estos dos ministros suyos, para que con más soberbia y vanagloria hiciesen lo que después hicieron".

 

     (Imagen) Inca Garcilaso se va a referir ahora a un soldado llamado Juan Chacón, pero es casi seguro que se trata de JUAN DE LA TORRE CHACÓN, del que hice una reseña hace tiempo, dejando claro que no tenía nada que ver con el miserable Juan de la Torre Villegas, del que también he hablado. Fue uno de los gloriosos Trece de la Fama, de quien, absurdamente, desconfió Francisco Pizarro, y luego se arrepintió. Porque, además de valiente, Juan de la Torre Chacón fue siempre un ejemplo de fidelidad a lo legal, muy raro en aquellos disturbios, y lo vamos a confirmar enseguida. Era tan opuesto al tipo del soldado chaquetero, que ni siquiera cedió a las carantoñas de Girón, como nos cuenta el cronista: "En aquel viaje, llegó (al ejército del Rey) un soldado famoso que se llamaba Juan Chacón. Le habían apresado los tiranos en la derrota de Villacurí, pero, por ser un buen soldado, Francisco Hernández Girón, para que fuese su amigo, le había dado una compañía de arcabuceros. Sin embargo, Juan Chacón, siendo leal servidor de Su Majestad, trataba en secreto, con otros amigos suyos, de matar al tirano. Como entonces la única lealtad que se usaba era la de venderse unos a otros, dieron noticia de ello a Francisco Hernández. Al saberlo Juan Chacón, y antes de que lo prendiesen, huyó ante los ojos de Girón y de todos los suyos. En el camino corrió mucho peligro su vida, porque, como los indios tenían orden de que matasen a todos los que huyesen, y ellos no distinguían entre leales y traidores, cercaron malamente a Juan Chacón, y le habrían matado si no fuera por un arcabuz que llevaba, con el cual los ojeaba de lejos. Pero, aun así, llegó herido al campamento de Su Majestad, donde dio cuenta de todo lo que Francisco Hernández Girón pensaba hacer, con lo que los oidores y todo su ejército recibieron mucho contento, y siguieron caminando hasta la ciudad de Huamanga". JUAN DE LA TORRE CHACÓN murió en Arequipa hacia el año 1580, tras una larga vida llena de aventuras extremas y de gran  importancia histórica. Fue fiel a los Pizarro mientras ellos lo fueron a la Corona, pero se enfrentó a Gonzalo Pizarro sirviendo al virrey Blasco Núñez Vela y a Pedro de la Gasca, habiendo luchado anteriormente contra el rebelde Diego de Almagro el Mozo, y, posteriormente, como hemos visto ahora, contra Francisco Hernández Girón. Una hoja de servicios ilustre e impecable.




sábado, 5 de diciembre de 2020

(Día 1284) Fue tan inesperada la derrota, que los oidores creyeron que el licenciado Santillán les había traicionado. Una dura carta de Aldana les hizo ver que la causa fueron los errores de Alonso de Alvarado.

 

     (874) Se extendió tanto el falso rumor de que Francisco Hernández Girón había muerto (cuando en realidad el muerto era su 'doble', Juan Alonso de Badajoz), que llegaron a creerlo en el campamento de sus contrarios, y algunos españoles que estaban en aquella comarca escribieron a los oidores de Lima asegundándoles que se había matado y vencido a Girón. Como era costumbre en aquellos tiempos, les pedían también las 'albricias', el premio habitual cuando se daban grandes y buenas noticias, lo cual invitaba a enviarlas con urgencia (para que nadie se adelantase), sin ser contrastadas: "Pero pronto, lo que se supo fue que el mariscal y todos los suyos habían sido derrotados, lo cual causó tal escándalo en el ejército de Su Majestad, que, sin causa ni motivo para ello, se plantearon los tres oidores si habría que matar al licenciado y oidor Santillán (recordemos que a él y al obispo Loaysa les habían quitado el mando supremo por el fracaso anterior), o prenderlo y enviarlo a España, pero no se llevó a cabo por oponerse el doctor Sarabia. No hay que extrañarse mucho de sus dudas, pues la victoria de Francisco Hernández Girón fue tan contraria a lo imaginado que todos sospecharon que se había vendido al mariscal. Eran tan firmes las sospechas como si se las hubiera revelado un ángel. Y así, hasta que vieron que muchos de los sospechosos, que huían de la batalla, llegaron al campamento de su Majestad, y la mayoría estaban heridos y maltratados. Con lo cual, todos vieron claro que no había sido traición, sino desventura de todos ellos".

     Despejadas las dudas, hubo que actuar para paliar otros posibles daños tras la derrota: "Los oidores mandaron a Antonio de Quiñones a Huamanga con sesenta arcabuceros, para proteger a los derrotados que huían en esa dirección, y también para proteger a esa ciudad, por si Girón enviaba gente allá  en busca de provisiones. En ese tiempo les llegaron a los oidores dos cartas. Una era del mariscal alonso de Alvarado, y en ella se quejaba de su mala fortuna y de sus hombres, pues no habían querido obedecerle, ni guardar el orden que les había indicado para la batalla". Ya vimos que, fallecido Alvarado, su mujer, Ana de Velasco, en una carta dirigida al Rey, dio la misma versión. Pero la otra carta que recibieron los oidores era del prestigioso Lorenzo de Aldana, testigo de los hechos, y se impuso como opinión general: "El lunes pasado escribí a vuestra señoría (el presidente de la Audiencia de Lima),  y  dije lo que temía. Acabada de enviar la carta, entró Lucifer en el Mariscal, y luego determinó dar la batalla a Francisco Hernández en el fuerte en el que estaba, contra la opinión de todos, y más de la mía. No obstante todo esto, actuó de manera que Francisco Hernández, desde su fuerte, nos desbarató, y mató a mucha gente, entre ellos a algunos muy principales. No sé decir la cantidad, porque, como era en su mismo fuerte, y se retiró el mariscal, no  se pudo comprobar. Él salió herido, pero no por pelear, ni por animar a su gente". Cada vez se comprende mejor por qué, tras esta derrota, el mariscal Alonso de Alvarado se fue hundiendo en una depresión tal, que hasta es posible que acortara sus días. Parece claro que equivocó tercamente su estrategia por la prisa en atacar. Por si fuera poco, Lorenzo de Aldana le está acusando de cobardía. El  gran mariscal, de enorme prestigio en el pasado, caía en desgracia, e incluso le había pasado lo mismo con Pedro de la Gasca. Participó en la siguiente batalla, la de la derrota definitiva de Girón, pero es de temer que lo hiciera relevado del mando supremo.

 

     (Imagen) Una persona tan peculiar como PEDRO HERNÁNDEZ EL LEAL merece que añadamos varios datos que he encontrado por casualidad, algunos necesitados de corrección. Nació hacia el año 1513. Y tropezamos con un primer error, provocado sin querer por Inca Garcilaso, quien nos acaba de decir que su hijo vivía en Oliva de Valencia. En realidad se refiere a Oliva de la Frontera (lugar donde nació Pedro Hernández el Leal), que colinda con Valencia de Mombuey, ambas en la provincia de Badajoz, y propiedad de los Duques de Feria, parientes del cronista, por lo que, para él,  era normal decir Oliva de Valencia. La mala interpretación se extendió, convirtiendo a un extremeño en un valenciano. Pedro partió el año 1538 hacia México, y pronto, quizá por su escogido linaje, formó parte de la guardia personal del gran virrey Antonio de Mendoza. Fue en México donde hubo otro con su mismo nombre que era sastre, y, para 'cabreo' de su amigo Inca Garcilaso, el cronista Palentino recogió el rumor de que era la profesión de  nuestro protagonista. Enseguida se apuntó a la campaña de Francisco Vázquez de Coronado (año 1540), la del descubrimiento del Cañón del Colorado, de donde volvió gravemente herido. Hacia 1543 se fue, con otros soldados, a Perú, para reforzar las tropas del virrey Blasco Núñez Vela, que luchaban contra los rebeldes a la Corona. Pronto se puso de relieve la seriedad de su espíritu responsable, y, para distinguirle de algún otro con nombre y apellido tan comunes, sus compañeros le llamaban Pedro Hernández el Leal. Se sintió tan  orgulloso, que lo convirtió en su apellido oficial, incluso para su hijo, Martín Leal. Y fue leal para siempre, con el virrey, con Pedro de la Gasca y, como lo vemos ahora, contra el rebelde Francisco Hernández Girón. El año 1561, Pedro marchó, bajo el mando de Tristán de Luna y Arellano (ya habían estado juntos en la aventura de Coronado), a conquistar en la zona de Florida, y resultó nuevamente herido. Más tarde, quizá buscando un merecido descanso, se trasladó definitivamente a vivir en Oliva de la Frontera, donde murió el año 1582. PEDRO HERNÁNDEZ EL LEAL, poniéndose como apellido propio su apodo, demostró tener un gran sentido de la fidelidad y el orgullo de un noble soldado. Fue un milagro que el rebelde Girón le perdonara la vida, pues mató a otros que eran mucho menos fieles que él a la Corona.




jueves, 3 de diciembre de 2020

(Día 1283) Aunque en la batalla hubo desconcierto por ambas partes, los que pagaron un alto precio fueron los leales al Rey. Alonso de Alvarado no conseguía retener a los soldados que se escapaban.

 

     (873) El mariscal Alonso de Alvarado, viendo la desmoralización de sus soldados, se llenó de ansiedad: "Como muchos de los suyos no querían pasar el río, lo volvió a pasar él para recogerlos y llevarlos a la pelea. Cuanto más lo procuraba a gritos, menos le obedecían y tanto más huían de Juan de Piedrahita, que iba tras ellos. Se fueron por diversas partes. Por aquellos caminos tan largos mataron los indios a muchos españoles, pues no se podían defender por ir sin armas. Mataron entre ellos a un hijo de don Pedro de Alvarado (el magnífico capitán de Hernán Cortes que había muerto el año 1541), aquel gran caballero que fue al Perú con ochocientos soldados. El hijo se llamaba Don Diego de Alvarado, al cual yo conocí. Fue hijo de tal padre, y su muerte, tan desgraciada, causó mucha lástima a todos los que conocían a su padre". Es curioso lo que cuenta Inca, porque nuca se habla de este hijo de Pedro de Alvarado. Pero lo afirma con tanta seguridad y conocimiento de causa, que hay que darle la razón. Tratar de distinguir a los Alvarado ha dado origen a muchas confusiones, pero, en este caso,  no hay duda: Diego de Alvarado fue uno de los hijos que Pedro tuvo con la princesa tlaxcalteca Luisa Xicotencatl.

     Señala también Inca Garcilaso otro grave error de los leales al Rey: "Y, si se atrevieron los indios a hacer esta maldad, fue porque los que mandaban en el campo del mariscal (no nombraré a nadie en particular), dando su victoria por segura, y para que no escapase ninguno de los rebeldes, mandaron que los indios matasen a todos los que huyeran por los caminos, y así lo hicieron, matando a más de ochenta (sin saber que eran de su propio bando). En total, los que murieron de la parte del mariscal Alonso de Alvarado fueron cerca de doscientos cincuenta hombres, y, de los rebeldes, no murieron más que diecisiete. Habida la victoria de Francisco Hernández Girón, su maestre de campo, el licenciado Diego de Alvarado (nada  tiene que ver este mal bicho, del que ya hablamos, con el hijo, recién mencionado, del gran Pedro de Alvarado), el cual no actuó en la batalla mejor que el peor de los soldados, quiso con la victoria mostrarse bravo y  hazañoso. Y así, trayendo los suyos preso a un caballero de Zamora, el Comendador Romero, que le había llevado al mariscal mil indios cargados de provisiones, envió recado a Alonso González de que, antes de que entrase en el campamento, lo matase, porque sabía que Francisco Hernández le había de perdonar si intercediesen por él. Y el cruel verdugo (sin duda Juan Enríquez, que siempre acompañaba al maestre, tal para cual) lo hizo como se le mandó.

     El cronista cuenta algo que ocurrió entonces: "Al principio de la batalla, mandó Hernández Girón que su sargento mayor, Antonio Carrillo, fuera con otros nueve de a caballo para que guardasen un paso por el que temía que huyeran algunos de los suyos. En plena batalla, llegó a ellos Alberto de Orduña, alférez general de los rebeldes, y les dijo que huyesen porque Girón ya había muerto. De manera que así lo hicieron. Al día siguiente supieron por los indios que Girón había vencido al mariscal Alonso de Alvarado. Al saberlo, volvieron al campamento, con harta vergüenza de su cobardía, aunque dijeron que habían ido persiguiendo a muchos del mariscal, y Francisco Hernández no les castigó, sino que hizo creer a los suyos que era cierto". Aunque Inca Garcilaso no lo dice, es probable que la huida fuese originada por el rumor (que, de hecho, se extendió) de que el soldado Perales había matado a Girón de un arcabuzazo.

 

     (Imagen) Inca Garcilaso, amigo de las anécdotas, nos va a hablar de PEDRO  HERNÁNDEZ EL LEAL, quien añadió a su apellido lo de 'Leal' por serlo tanto a la Corona, que hasta le habían puesto ese mote. No muchos podrían presumir de lo mismo. Nos cuenta que también a Pedro lo apresaron, y lo llevaron ante Girón. Critica asimismo al cronista Palentino porque recogió datos equivocados, como el de que tenía la profesión de sastre. Era un veterano que estuvo con el capitán Juan Vázquez de Coronado cuando descubrieron el Cañón del Río Colorado (Arizona). Inca Garcilaso tiene motivos para disentir del Palentino: "Yo conocí a Pedro Hernández el Leal, pues fue huésped de mi padre, y, antes de llegar a las Indias, fue criado de la ilustrísima Casa de Feria, de donde descendía  mi padre, y se trataban como hermanos, por lo que de tal hombre no puede el Palentino decir que era sastre. A un hijo suyo le puse yo una medicina en un ojo que tenía perdido, y hoy, que es año de 1611, vive en Oliva de Valencia (en realidad, 'de la Frontera'), y se llama Martín Leal. Su padre, cuando se enteró del levantamiento de los rebeldes, se puso al servicio del mariscal, lo apresaron en Chuquinga y se lo entregaron a Francisco Hernández Girón, quien, por ser enemigo de la gente leal, mandó que lo mataran, y lo llevaron al campamento para hacerlo. Después de ponerle la soga al pescuezo para darle garrote, el verdugo se volvió porque un soldado le preguntaba algo, y Pedro Hernández el Leal, aunque era hombre mayor, echó a correr tan ligero como un caballo, porque le iba en ello la vida. Así llegó donde estaba Francisco Hernández, y se echó a sus pies suplicándole que tuviese misericordia de él. Lo mismo hicieron todos los que se hallaron presentes, siendo uno de ellos Cristóbal de Funes (ejecutado después). Y, entre otras cosas, le dijeron que el triste ya había tragado la muerte, pues llevaba la soga al pescuezo. Francisco Hernández, por dar contento a todos, lo perdonó, aunque contra su voluntad. Esto pasó así, y en casa de mi padre se contó muchas veces, estando en ocasiones PEDRO HERNÁNDEZ EL LEAL". No tiene réplica el argumento de Inca Garcilaso, aunque se rumoreaba que Girón, tras perdonarlo, le dijo a Pedro despectivamente que las peleas de sastres se dan en las tabernas, y no enarbolando banderas al servicio del Rey. (Seguiremos con él en la próxima imagen).




(Día 1282) En otro desastre para las tropas de Alonso de Alvarado, Juan de Piedrahita, capitán de Girón, apresó a trescientos de sus hombres.

 

     (872) Una vez más, como otros muchos conquistadores a lo largo de su vida, Gonzalo Silvestre evitó su muerte: "Habiéndole quebrado una pierna su caballo al caer al suelo, se pudo escapar de la batalla porque un indio suyo, que traía otro caballo,  no tan bueno, le socorrió con él, ayudándole a subir. Huyó con el indio hasta Huamanga, y después le sirvió hasta el fin de esta guerra, como si fuera su propio hijo.

     (De paso, quiero aclarar que, por un despiste, dejé muy reducido este tramo que estamos viendo de la crónica de Inca Garcilaso. Lo he ido rellenando, pero aún queda corto, y, ya que nos acaba de hablar el cronista de lo cerca que estuvo Gonzalo Silvestre de la muerte, me sirvo de su presencia para anunciar que, cuando termine el relato de las Guerras Civiles del Perú, comenzaré a tratar otro asunto apasionante, en el que participó Gonzalo Silvestre, y después fue la principal fuente de información para Inca Garcilaso. Se trata de la trepidante y trágica expedición del gran Hernando de Soto (que murió en el empeño), cuyo objetivo era el descubrimiento y la conquista de La Florida, hechos que ocurrieron años antes de lo que ahora vemos, pues duró la aventura desde 1539 hasta 1543).

     Sigamos con las Guerras Civiles del Perú. Además de los principales que he nombrado, los de Francisco Hernández Girón mataron también a unos sesenta soldados famosos. Intercala Inca Garcilaso una anécdota curiosa: "Un soldado que se apellidaba Perales se pasó al bando del mariscal Alonso de Alvarado, y le pidió un arcabuz cargado, para dispararle a Francisco Hernández Girón, diciendo que le conocía bien y sabía de qué color andaba vestido, y habiéndoselo dado, tiró y mató a Juan Alonso de Badajoz, creyendo que era Francisco Hernández, porque estaba vestido del mismo color y se parecía en el aspecto de su persona, por lo cual se alabó en público de haberlo matado. Después, cuando se conoció la victoria de Francisco Hernández, volvió adonde él diciendo que estuvo en el otro bando porque le habían apresado. Pero no tardó mucho en pagar su traición, pues, pocos días más tarde, estando Perales en el Cuzco, donde se encontraba el maestre de campo de los rebeldes, el licenciado Diego de Alvarado, al enterarse Francisco Hernández de que Perales había presumido de haberlo matado, le envió al licenciado una orden de que lo ahorcase. Así se hizo, y yo le vi ahorcado en la picota de la plaza del Cuzco".

     Dicho lo cual el cronista recupera el hilo: "Volviendo a la batalla, diremos que luego llegó el desorden y la confusión, y muchos de los soldados del mariscal no quisieron pasar el río, ni pelear con los enemigos, por miedo a los arcabuces. Viendo el capitán Juan de Piedrahita el desorden y temor que había entre los soldados del mariscal Alonso de Alvarado, mandó a los suyos que le siguiesen deprisa. Con los arcabuceros que pudieron ir con él, que eran menos de cincuenta, salió Piedrahita veloz de su fuerte cantando victoria y disparando los arcabuces adonde había grupos de soldados, y todos se le rendían entregándole las armas y la pólvora, que era lo que los enemigos más necesitaban. De esta forma, rindió a más de trescientos hombres. Los llevó consigo, y no osaban apartarse de él, por miedo a que otros soldados enemigos los maltratasen".

 

     (Imagen) Ya hablé de JUAN ALONSO DE BADAJOZ, el hombre que burló a la muerte durante muchos años, pero, como a todos, le llegó la Parca, y veremos que de forma absurda. Nació en Badajoz hacia el año 1487. Ampliaré algunos datos a los aportados anteriormente. Igual que Diego de Trujillo (el protagonista de la imagen anterior), fue de España a Perú llevado por Francisco Pizarro el año 1530. Pero luego se alió con su rival y antiguo socio Diego de Almagro. Derrotados en la batalla de las Salinas, Almagro fue ejecutado, y Juan Alonso no fue castigado, aunque siguió conspirando contra Francisco Pizarro hasta su asesinato. Acogido al amparo de Diego de Almagro el Mozo, luchó contra Vaca de Castro. El resultado fue una nueva derrota, con muerte del Mozo, y un Juan Alonso de Badajoz libre de todo mal, salvo la pérdida de su cargo de gobernador en Lima. Es probable que, dados sus roces, no se uniera a Gonzalo Pizarro para enfrentarse al virrey. Además, no hay duda de que, en los momentos previos a la batalla de Jaquijaguana, Juan Alonso estaba al servicio de Pedro de la Gasca, quien lo deja claro en un informe que hizo el 3 de mayo de 1548. Dice que le pidió a Juan que se diera prisa en pasar el puente del río Apurimac con las municiones, porque, por orden suya, se había quedado retrasado, dando prioridad de paso a los soldados por miedo a que el peso de la artillería ladeara el puente, dejándolo inservible o muy peligroso. Cuando se produjo el alzamiento de Francisco Hernández Girón, volvió Juan Alonso de Badajoz a dejarse tentar por la rebeldía, y se puso a su servicio, al parecer, con gran entusiasmo. Se diría que hasta los dioses se cansaron de su terquedad. Esto fue lo que ocurrió: "Un soldado apellidado Perales se pasó al bando del Rey, y pidió un arcabuz para disparar a Francisco Hernández Girón, diciendo que lo conocía bien y de qué color iba vestido. Habiéndosele dado, miró, disparó y mató a Juan Alonso de Badajoz (que tendría unos 67 años), creyendo que era Francisco Hernández, porque estaba vestido del mismo color y se semejaba en el aspecto de su persona. Después, cuando llegó la victoria de Francisco Hernández, volvió Perales a su bando diciendo que los contrarios lo habían apresado". Pero su excusa no sirvió, y lo ejecutaron. Aunque tenía buena puntería, cometió un error garrafal, para desgracia suya y de JUAN ALONSO DE  BADAJOZ.




miércoles, 2 de diciembre de 2020

(Día 1281) Además de precipitado, el primer ataque de los de Alvarado careció de orden por culpa del fanfarrón Martín de Robles, y sufrieron un gran daño.

 

     (871) Y, según dice Inca Garcilaso, se cumplió al pie de la letra lo que dijo el soldado al que llamaban Coronel Villalba. Enseguida puso Girón sus tropas en orden, con espacio suficiente, mientras que los enemigos se verían obligados a avanzar de uno en uno, de manera que podían dispararles con facilidad: "Martín de Robles, capitán del mariscal, pasó el río con su compañía de arcabuceros, e, imaginándose  vencedor por estimar en poco a los contrarios, y deseoso de que nadie más participase de la honra de la victoria, atacó con tanta prisa, que ni siquiera aguardó a que todos los soldados pasasen el río, sino que empezó la batalla con los que lo habían atravesado. El agua del río les había llegado hasta la cintura, y muchos no se dieron cuenta de que se les mojó la pólvora. El capitán Piedrahita y sus compañeros, viendo llegar a Miguel de Robles tan aprisa, y tan sin orden, le salieron al encuentro con gran ánimo, y le dieron una muy buena rociada de arcabuces, matándole muchos soldados, de manera que el capitán Robles y los suyos huyeron hasta volver a pasar el río. Luego llegaron cerca del fuerte de Piedrahita los capitanes Martín de Olmos y Juan Remón, los cuales, viendo que Martín de Robles había fracasado en su acometida, quisieron ganar lo que el otro había perdido, arremetieron con mucha furia contra los enemigos, pero los recibieron con otra rociada de los arcabuces, y, aunque la pelea duró algún rato, tuvo la victoria el capitán Juan de Piedrahita, que los hizo retirarse hasta el río con muerte y heridas de muchos de ellos. Mientras le sucedieron estas dos desgracias al mariscal por no querer Martín de Robles esperar el sonido de la trompeta, ni  guardar el orden que se le había mandado, los demás capitanes y soldados del Rey bajaron al río. Los arcabuceros de Francisco Hernández, viendo que los enemigos pasaban el río con mucho trabajo, les salieron al encuentro y mataron, dentro del mismo río, a muchos de ellos con los arcabuces. Fueron muchos los muertos y heridos en aquel paso, y también en el llano, donde no les dejaron situar su escuadrón".

     El cronista cita los nombres de los capitanes más importantes del mariscal (a los que ya conocemos) que murieron en ese enfrentamiento: Juan de Saavedra, el sargento mayor Villavicencio, Gómez de Alvarado, Hernando Álvarez de Toledo, Don Gabriel de Guzmán, Diego de Ulloa, Francisco de Barrientos y el alférez Simón Pinto. Los heridos fueron Martín de Robles, Martín de Alarcón y Gonzalo Silvestre; y comenta el cronista:  "El cual perdió en aquel lance un caballo por el que le ofrecía dos días antes Martín de Robles doce mil ducados (cuesta creerlo: eran unos 480.000 euros), y no lo quiso vender, para servirse en la batalla de tan buen caballo". La vida de Silvestre ya la conté, y merecería una amplia biografía. Fue un superviviente nato de mil aventuras. Entre otras, la que, como vimos, protagonizó con el gran Hernando de Soto en la campaña de Florida, donde descubrieron el río Misisipi. Además le sirvió de fuente de información a Inca Garcilaso muchos años después, y murió en España, muy anciano, en 1592.

 

     (Imagen) Después de mucho tiempo, encontramos a un viejo amigo: DIEGO DE TRUJILLO. Dije entonces de él que era uno de los cronistas de la conquista de Perú, que contaba lo que vio, y que daba pena que su texto fuera demasiado breve, ya que estaba muy bien escrito. Inca Garcilaso se limita ahora a incluirle en un grupo que iba a ponerse al servicio del Rey contra Girón. Es posible que no lo mencione más, así que aportaré otros datos sobre su vida. Diego nació el año 1502 en Trujillo (Cáceres), lugar cuajado de conquistadores de Perú. Llegó por allí Francisco Pizarro en el único viaje que hizo a España, y se lo llevó a las Indias, con otros paisanos suyos, el año 1530. A Diego le tocó vivir la parte más esplendorosa de la proeza de Pizarro, el tiempo en que apresaron a Atahualpa. Tuvo luego el acierto de volver a su tierra natal convertido en un hombre rico por el botín obtenido, donde permaneció unos diez años, que le sirvieron para evitarse el drama de la ejecución de Diego de Almagro, el asesinato de Francisco Pizarro y la ejecución de Diego de Almagro el Mozo. Pero, quizá porque le abrumara la nostalgia de las tierras peruanas, regresó hacia el año 1546, aunque en mala hora, porque, al llegar, se vio envuelto en la rebelión de Gonzalo Pizarro, al que se unió contra Pedro de la Gasca, es de suponer que por su vieja amistad (sin duda jugaron juntos de niños en Trujillo, y, para él, Francisco Pizarro habría sido como un heroico padre). Todo cambió  cuando, encontrándose Diego de Trujillo en el Cuzco, Diego Centeno tomó la ciudad en nombre del Rey. Probablemente fue entonces cuando (pensemos que por un impulso de sensatez) se unió a Centeno para ponerse al servicio de Pedro de la Gasca, bajo cuyo mando luchó en Jaquijaguana, donde perdió la batalla y la vida su viejo amigo, Gonzalo Pizarro. Vencido luego también Girón, DIEGO DE TRUJILLO se retiró al Cuzco, siendo siempre un hombre muy querido allí por su carácter afable. Escribió tranquilamente, en 1571, su amena y fiel crónica por encargo del virrey Francisco de Toledo, y murió el año 1576. Tuvo la suerte de no enterarse de que su brillante trabajo permaneció desconocido hasta que el gran historiador peruano Raúl Porras Barrenechea descubrió el texto el año 1935 en la Biblioteca Real de Madrid, y lo publicó después con notas aclaratorias muy interesantes.




martes, 1 de diciembre de 2020

(Día 1280) Alvarado se enfadó con los que le aconsejaban esperar, y se preparó para el ataque, como si, medio desquiciado, quisiera tomar la revancha del reciente triunfo de Girón.

 

     (870) Nuevamente Alonso de Alvarado va a dar muestras de que estaba desquiciado, y muy susceptible a cualquier muestra de oposición, quizá ya vencido por el peso de sus 56 años, que en aquel tiempo eran ya muchos para tantas responsabilidades militares: "El mariscal, no acordándose de que había perdido otra batalla en aquel mismo río, respondió con cólera, diciendo que él lo tenía todo bien mirado, y que su oficio y la reputación le obligaba a él y a todos los soldados a no permitir que aquellos tiranillos anduviesen tan desvergonzados, haciendo escaramuzas todas las noches, por lo que estaba determinado a darles batalla aquel mismo día. Entonces les dijo que no le hablasen más de aquello y que se preparasen rápidamente para la batalla, y que se lo ordenaba como su capitán general, so pena de considerarlos traidores".

     No hay duda de que el merecido gran prestigio militar que había ganado Alonso de Alvarado desde los tiempos de Francisco Pizarro y Diego de Almagro se había ido a pique entre sus soldados: "Los vecinos salieron de la reunión bien enfadados, y algunos dijeron que, como no eran sus hijos, parientes o amigos, no le importaba nada que el enemigo los matase, y que era una desgracia tener  un capitán general tan apasionado y melancólico (quizá tuviera ya síntomas depresivos, como más tarde se confirmó). Con esta desesperación, se prepararon para la batalla los vecinos, capitanes y soldados". Hubo algunos que confiaban en su superioridad numérica, pero el cronista dice que los de Girón, aunque fueran muchos menos, tenían gran número de excelentes arcabuceros "capaces de matar un pájaro con una pelota, y entrenados por un mestizo mexicano, apellidado Granado, que les enseñó a disparar en cualquier postura". También era una gran dificultad para el ataque de los de Alvarado las pésimas condiciones del terreno, que dejaban a la caballería con poca posibilidad de maniobra. Además, se sospechaba que Girón mezclaba veneno con la pólvora, lo que convertía en mortales las heridas de arcabuz, por pequeñas que fueran: "Con estas dificultades, salieron a la batalla, que a muchos de ellos les costó la vida".

     El mariscal Alonso de Alvarado preparó el plan de ataque. Ordenó que, pasado el río,  Martín de Robles, con los arcabuceros, se situara a la izquierda del enemigo, y los capitanes Martín de Olmos y Juan Remón, a la derecha, debiendo esperar el  sonido de la trompeta para atacar al mismo tiempo: "Ordenó luego que el resto de la infantería y todos los de caballería bajasen por una senda muy estrecha, pues no había otro camino, hasta llegar al río, y que, habiéndolo pasado, formasen escuadrón en un llano pequeño, cerca de los enemigos, para, desde allí, atacarlos a toda furia. Francisco Hernández Girón miraba desde su puesto el orden que seguían los contrarios, y le dijo a sus hombres que se preparasen, porque aquel era el día de vencer o morir. Un soldado de mucha experiencia, al que los suyos llamaban Coronel Villalba, pareciéndole que sus compañeros estaban tibios, les dijo que no tuviesen temor alguno, porque el mariscal no podría conservar el orden, y que, al pasar el río, iban a ser desbaratados, mientras que ellos estaban protegidos por un fuerte en el que podían esperar, atacar y defender, aunque fuesen diez mil hombres".

 

     (Imagen) Insistiendo en que había demasiada gente en Perú, Pedro de la Gasca dice que se ha enterado de que sobra aún más "porque, según me escriben, son muchos los que allá han ido desde que yo partí, hace tres años". Y añade: "A los que pecaron en las rebeliones de Don Sebastián y Francisco Hernández Girón, el menor castigo que se les debe dar es el de enviarlos a España. Y lo mismo a aquellos que han vuelto a Perú después de que yo los desterrara perpetuamente por su servicio a Gonzalo Pizarro; e igualmente a quienes no ayudaron a luchar contra los rebeldes, que serán muchos. Pienso que la única manera de dar de comer a quienes, habiendo servido al Rey, viven pobres, sería enviarlos a poblar nuevas tierras, pero sin perjudicar a los indios, y procurando atraerlos a nuestra religión cristiana. Yo no pienso que se debería tener remordimientos por el hecho de que los pobladores ocupasen tierras que los indios tienen en común, pues sobran tantas, que no se les causa perjuicio, o muy pequeño, pues también redundará en su beneficio espiritual, y es justo que den algo de lo temporal, como dice San Pablo". Aconseja asimismo que al nuevo virrey que vaya a Perú le dé el emperador poderes tan amplios como los que él llevó,  y se pone como ejemplo de haberlos empleado sensata y honradamente: "Solamente usé los que creí que convenían al buen gobierno y justicia de aquellas tierras, y todos los cargos que di, fueron concedidos por el tiempo que Su Majestad dispusiera. A pesar de que tenía largos poderes para dar gobernaciones, solamente asigné la de Chile (a Pedro de Valdivia), y con muchas más limitaciones que las habituales. Con respecto al poder de gastar de la hacienda de Su Majestad para las cosas de la guerra y logro de la paz, estuve tan recatado, que nunca quise que un solo maravedí pasase por mis manos, sino por las de los oficiales reales, con mi asistencia. Y, por todo esto, bendito sea Dios, no resultó ningún inconveniente de los largos poderes que me dieron. Perdone vuestra señoría tanta prolijidad, pues sale del largo deseo que tengo de cumplir lo que se me manda". Es de suponer que adornara sus servicios, pero fue tan meritoria y difícil la labor que hizo en Perú, que ha pasado a la Historia como PEDRO DE LA GASCA EL PACIFICADOR.