lunes, 14 de septiembre de 2020

(Día 1213) Francisco de Carvajal mostró lo mejor y lo peor de su persona cuando lo ejecutaron de forma ignominiosa.

 

    (803) Siguiendo su compromiso con la verdad, Inca Garcilaso asegura que bastantes de las macabras ironías que se le atribuyeron a Francisco de Carvajal fueron inventadas como consecuencia de su siniestra fama (bien merecida), y luego recogidas sin contrastar por algunos cronistas. Él se limitará a contar lo que oyó a testigos serios: "Yo diré lo que oí a los que se hallaron con él, entre los cuales me crie desde los nueve años que cumplí cuando sucedió (9 de abril de 1548, batalla de Jaquijaguana), hasta los veinte años, en que salí hacia España (recién muerto su padre). El día en que lo ejecutaron (día 10), muy de mañana, llamó a Pedro López de Cazalla (pariente próximo del cronista Cieza de León), secretario de La Gasca, con el cual habló despacio y a solas, y le mostró tres esmeraldas (eran muy valiosas), rogándole que dos de ellas se las devolviera a sus dueños. Cogió luego la tercera y le dijo: 'Esta, que es la menor, es mía, me costó dos mil pesos (casi equivalente a 6 kilos de oro), y suplico a vuestra merced que se venda, para que el dinero obtenido se dedique a misas por mi ánima, para que Nuestro Señor se duela de ella y me perdone. Luego le dijo: 'Señor, yo no empecé esta guerra, ni fui su causa, mas, al contrario, iba camino de España, hui muchas leguas, pero no pude escaparme, y luego asumí la parte que me cupo, como lo habría hecho cualquier buen soldado, y como lo hice en servicio del Emperador cuando fui sargento mayor del licenciado Vaca de Castro, gobernador de Su Majestad. Yo no robé a nadie. Tomaba lo que me daban voluntariamente. Y, al final, me quitaron a mí eso y lo que tenía antes de la guerra'. Con esto, acabaron la plática". Si el valor de las esmeraldas era tan desorbitado, resulta llamativo que llegaran a alcanzarlo, sobre todo sabiendo que los españoles tardaron en darse cuenta de que iban a ser muy apreciadas. En cuanto a lo que cuenta Inca Garcilaso sobre Carvajal, podemos dar por ciertos los hechos, pero debería haber hecho algún comentario sobre el engaño o autoengaño de Carvajal a la hora de justificarse. Él mató a mucha gente arbitrariamente y sin darles opción a confesarse, y, aunque fue cierto que se vio forzado a participar en las guerras, la elección que hizo al seguir a Pizarro fue completamente libre.

     Luego describe la deshonrosa muerte que le aplicaron a Carvajal. Por petición suya, le enviaron un confesor después del mediodía, con el que estuvo toda la tarde, a pesar de las prisas que había en ejecutarle. Su deseo era salir de noche, pero no se lo consintieron: "El oidor Cianca y el maestre de campo, Alonso de Alvarado, que eran los jueces, mandaron que saliera. Lo metieron en una petaca en vez de un serón, la cosieron, y no le quedó fuera más que la cabeza. La ataron a dos acémilas para que lo llevasen arrastrando (se hacía en las ejecuciones humillantes). En los primeros pasos de las acémilas, dio Carvajal con el rostro en el suelo, y, alzando la cabeza, dijo como pudo: 'Miren vuestras mercedes que soy cristiano'. De inmediato, treinta soldados de los de Diego Centeno lo levantaron del suelo, y a uno de ellos le oí decir que lo llevaron hasta el pie de la horca, y que por el camino iba rezando en latín. De esta manera llegaron al lugar donde le ahorcaron, y él recibió la muerte son toda humildad, sin hablar palabra. Así acabó el bravo Francisco de Carvajal".

 

     (Imagen) El cronista Pedro Pizarro anota al final de su texto una reducida reseña sobre FRANCISCO DE CARVAJAL, personaje para él inolvidable, porque faltó poco para que el cruel anciano lo matara. Pero era un hombre multifacético, de gran personalidad, irónico y muy amigo de sus amigos, aunque ponía por encima de todo el objetivo de la victoria: "Francisco de Carvajal era muy lenguaraz, hablaba con inteligencia y a gusto de los que le oían; era hombre sabio, sagaz, cruel y muy experto en la guerra". Habla después de su fallido viaje: "Enterado de que Gonzalo Pizarro se rebelaba, fue a Lima para embarcarse hacia España, pero el virrey había ordenado que nadie saliese hasta que él llegara. Supo que había un barco en Arequipa, vino a mi casa, me dio dinero con el fin de que se lo entregase al maestre de la nave para que lo llevase a Panamá, pero no quiso, porque era del bando de Gonzalo Pizarro. Cuando se lo conté, dijo: 'Pues ya que el maestre no quiere llevarme, juro que haré de Gonzalo tan buen Gonzalo, que los nacidos se espantarán'. Y me dijo que me preparara, porque Gonzalo vendría a por mí y a por todos los vecinos de Arequipa. Y así fue. Este hospedaje que le di a Carvajal me dio la vida, pues después me tuvo preso dos veces para matarme, y, a la segunda, me dijo: 'Señor, ya van dos. Os juro que, si otra vez os tengo en mis manos, que sea Dios quien os dé la vida'. Aun así, me salvó otra vez pidiéndole a Gonzalo que no me matara cuando supo que iba a servir al Rey, aunque me quitó los indios y me desterró". Habla también de las barbaridades hechas por Carvajal que ya conocemos, y, con más datos, de una ejecución especialmente grave en aquellos tiempos: "Tras vencer en Huarina, ahorcó a un fraile en una losa que estaba hincada sobre una sepultura de los indios. Colgado el fraile, le dijo a Gonzalo Pizarro: 'Le voy a mostrar a su señoría a un fraile que está guardando una sepultura'. Al verlo, le dijo: 'Que el diablo os lleve. ¿Por qué habéis hecho esto?'. Y le contestó: 'Este fraile corría mucho, traía cartas del capellán La Gasca a Centeno verde (siempre irónico), y convenía que descansara un poco'. Yo no quise ver a Carvajal cuando murió, pues le di palabra de no hacerlo".




sábado, 12 de septiembre de 2020

(Día 1212) Dramática muerte de los capitanes derrotados en Jaquijaguana. Muerto Gonzalo Pizarro, solo quedaba vivo uno de los cinco hermanastros: Hernando Pizarro.

 

      (802) Llegó después el trágico final de los presos más importantes: "El día siguiente, se hizo justicia de Gonzalo Pizarro,  del maestre de campo (Carvajal) y de los capitanes Juan de Acosta, Francisco de Maldonado (el que fue enviado por Gonzalo Pizarro a Alemania para negociar con Carlos V), Juan Vélez de Guevara, Dionisio de Bobadilla y Gonzalo de los Nidos, de quien dicen que le sacaron la lengua por el colodrillo, y fue por las grandes blasfemias que dijo contra Su Majestad (a cada uno de ellos les dediqué una imagen). Ahorcaron a todos estos y a muchos otros, aunque eran hidalgos, sin respetarles su preeminencia, porque fueron traidores al Rey. Después les cortaron las cabezas para llevarlas a distintitas ciudades del reino. Las de Juan de Acosta y Francisco Maldonado las pusieron en la plaza del Cuzco. Yo las vi, aunque el cronista Palentino diga que llevaron la de Acosta a Lima. La de Dionisio de Bobadilla la llevaron a Arequipa, donde se cumplió el pronóstico que la buena Juana Leyton le echó al mismo Bobadilla cuando llevó allí la cabeza de Lope de Mendoza. Se dieron prisa en ejecutar a Gonzalo Pizarro y a sus ministros porque pensaban, como dicen los autores, que, mientras él viviera, no estarían seguras aquellas tierras". Inca Garcilaso utilizaba textos de otros cronistas (cosa normal), pero esta última frase deja claro que no conocía las cartas de Pedro de la Gasca, pues esa era la fuente en la que se basaron los demás para explicar la rapidez con que fueron ejecutados.

     Las macabras ejecuciones habían comenzado con Gonzalo Pizarro: "Le condenaron a cortarle la cabeza, por traidor, a que derribasen las casas que tenía en el Cuzco (qué absurdo desperdicio), se echase sal en el solar y pusiesen un pilar de piedra con un letrero que dijese: 'Estas son las casas del traidor Gonzalo Pizarro'. Todo lo cual lo vi yo cumplido. El día que lo apresaron (víspera de su ejecución), estuvo en la tienda del capitán Diego Centeno, donde lo trataron con el mismo respeto que tuvo en el tiempo de su mayor prosperidad. No quiso comer, y gastó todo el tiempo en pasear a solas, muy imaginativo. Le preguntó a Diego Centeno si lo matarían durante la noche. Diego Centeno le dijo (respetándole el tratamiento de gobernador): 'Vuestra señoría puede dormir tranquilo, que no hay que imaginar eso'. Pasada la media noche, se recostó un poco en la cama, y durmió como una hora. Luego volvió a pasear, y con la luz del día, pidió confesor, y estuvo con él hasta el mediodía (era cosa común tomarse muy en serio la última confesión)".

     Acto seguido, Inca Garcilaso se revuelve contra lo que contó El Palentino sobre los últimos momentos de la vida de Francisco de Carvajal. Y la defensa que hace del temible anciano parece razonable, sobre todo teniendo en cuenta las razones que da: "Carvajal no estuvo tan desatinado aquel día (a punto de morir) como uno de los cronistas dice, sino todo lo contrario. Yo contaré lo que ocurrió, aunque Carvajal quiso matar a mi padre en la batalla de Huarina, por sus sospechas (de que traicionaba a Gonzalo Pizarro). Conforme a ello, antes debería yo hablar mal de él, que defender su honra. Pero la obligación del que escribe sobre los sucesos de su tiempo me fuerza a que diga la verdad".

 

     (Imagen) Es evidente que PEDRO PIZARRO fue un capitán de no mucho relieve, pues apenas se le menciona en las crónicas, pero pudo resarcirse cuando escribió la suya (de gran importancia). Dedica muy poco espacio a la decisiva batalla de Jaquijaguana, aunque aporta datos interesantes. Nos confirma que fue mucho el peligro que corrieron las tropas de Pedro de la Gasca al atravesar el gran río Apurímac, a gran altura, por un largo y rústico puente que ellos mismos acababan de preparar: "Pedro de la Gasca, cuando supo que Diego Centeno había sido derrotado en Huarina, recogió gente de todas partes, y fuimos unos ochocientos hombres al Cuzco en busca de Gonzalo Pizarro, pasando muchos trabajos, y estuvimos a punto de ser desbaratados al pasar el puente del Apurímac, pues, si Gonzalo Pizarro hubiese enviado a Francisco de Carvajal, que quería ir a derrotar al 'capellán' (así llamaba a La Gasca), en lugar de Juan de Acosta, nos habría derrotado.  Sin embargo, Acosta, que tenía doscientos cincuenta soldados, avanzó con demasiado calma, y perdió la ocasión de apresar o matar a los cien hombres que ya habíamos atravesado el puente. Como algunos de los suyos se pasaron a nuestro bando, pensó que nos habían avisado de su intención de atacar, y se volvió al Cuzco. Al saberlo Carvajal, dijo que Acosta había hecho una 'acostada', y le pidió a Pizarro, inútilmente, que le dejara cien hombres para ir a vérselas con el 'capellán' La Gasca. Cuando llegamos a Jaquijaguana, los de Gonzalo Pizarro pensaron que les íbamos a acometer, y que sería fácil vencernos con su artillería. Pero La Gasca mandó que estuviésemos todos quietos hasta que ellos vinieran a por nosotros. Viendo Carvajal que habíamos entendido su ardid, desmayaron él y su gente, y empezaron a pasarse algunos al campo de Su Majestad, y otros, a huir. Viendo esto, atacamos, y prendimos a Gonzalo Pizarro y a todos sus capitanes. Gonzalo Pizarro tuvo algunas buenas oportunidades de ponerse al servicio de Su Majestad, pero, con poca inteligencia, no lo hizo, a pesar de que Carvajal le aconsejó que lo hiciese". La imagen muestra el único ejemplar original de la crónica de Pedro Pizarro (depositado en una biblioteca de California).




viernes, 11 de septiembre de 2020

(Día 1211) Mientras, después su derrota, Gonzalo Pizarro esperaba la muerte en solitario, Francisco de Carvajal recibía visitas, y a todos les daba respuestas ingeniosas con una serenidad pasmosa.

 

     (801) La batalla había sido tan tempranera, que, para las diez de la mañana de ese nueve de abril de 1548, ya estaba todo en paz: "Por la tarde, fueron muchos capitanes y soldados a visitar a los presos, por parentesco, por amistad o por ser del mismo lugar. Unos iban a confortarles y otros por interés, por si les podían dejar algo en herencia". Dice Inca Garcilaso que a Francisco de Carvajal solo lo visitaban para reírse de él o por curiosidad morbosa, pero que siempre los ganaba en ingenio, y pasa a contar, según dice, más anécdotas suyas y mejor contadas que las que recogen otros cronistas. El sentido del humor de aquellos tiempos, muy acentuado en Carvajal, nos resulta ahora trasnochado, pero lo cierto es que él tenía respuestas para todo y para todos, y eso estando en el umbral de la muerte. Algunos prestamistas le reclamaban deudas que habían contraído sus soldados, alegando que él debía hacerse responsable de ellas por ser su capitán. Se lo tomaba a broma, y lo único que tenía, la espada, se la dio a uno de los pedigüeños. Explica el cronista por qué estaba en la ruina: "Lo más rico que tenía ya se lo habían quitado (confiscado), porque siempre llevaba toda su hacienda consigo, y era en oro, no en plata, para que hiciese menos bulto (a idéntico valor)". Inca Garcilaso habla de tres caballeros que llegaron a visitarle por separado, pero todos ellos en plan Tartufo, con la intención de darle lecciones vida ejemplar. Sus respuestas los frenó en seco, e, incluso, se hicieron populares, hasta el punto de que después los chasqueados fueron el hazmerreír del vecindario. No las recojo porque ahora resultan un poco simples. El cronista añade: "De esta manera triunfaba de los que querían triunfar de él, pues nunca en su mayor poder mostró tanta autoridad, gravedad y señorío, como aquel día de su prisión. Yo conocí a aquellos tres caballeros, y me acuerdo de sus nombres, pero no hay razón para que los diga aquí, salvo cuando hayan hecho grandes hazañas".

     Para variar, hubo alguien que visitó a Carvajal con el fin de mostrarle su gran afecto: "Fue a verle un soldado llamado Diego de Tapia, a quien yo conocí, el cual había sido soldado en la propia compañía de Carvajal, y muy querido suyo, porque era buen soldado y muy ágil  para cualquier cosa, pero se le había huido antes de la batalla de Huarina. Puesto delante de él, lloró a lágrima viva, con mucha ternura, y le dijo: '¡Oh, padre mío, cuánto me duele verlo así; yo daría mi vida por la suya! Si vuestra merced hubiera huido cuando yo lo hice, no se vería como ahora se ve'. Carvajal le contestó que sabía que su dolor era sincero. Y, en cuanto a lo de la huida, le dijo (con bastante ironía): 'Hermano Diego Tapia, pues, si éramos tan grandes amigos, ¿por qué cuando huisteis no me lo dijisteis, para que fuéramos juntos?'. Dio bien que reír su respuesta a quienes le conocían, y les causó admiración ver cuán en sí estaba para responder a todo. Esto y mucho más pasó con Francisco de Carvajal el día de la batalla. Gonzalo Pizarro estuvo solo, y nadie le vio, porque él lo mandó así, salvo Diego Centeno y unos siete soldados escogidos que estaban con él guardándole".

 

     (Imagen) Parece ser que la principal causa de que los indios quedaran diezmados se debió a epidemias contagiadas por los españoles, contra las que ellos carecían de defensas. PEDRO DE LA GASCA añade, además, los trabajos excesivos a los que fueron sometidos en los primeros años posteriores a la llegada de Colón. De ahí que el Rey dictara normas para protegerlos, aunque, sin duda, no debidamente cumplidas. Pero no se puede olvidar que Carlos V no cedió ante los rebeldes, a pesar de las guerras civiles. Esa es la preocupación que le muestra La Gasca al monarca en el escrito de la imagen, fechado el año 1551, cuando ya era obispo de Palencia. Lo resumo: "Yo deseo grandemente el buen tratamiento de los naturales del Nuevo Mundo, porque conozco que importa para el servicio de Dios que aquella gente sea humanamente tratada para que pueda conservarse, ya que, por no ser de tan robusta complexión (como los españoles), y por ser de menos ánimo, está predispuesta a perecer con el mal tratamiento, y, con el bueno, no solo se conserva, sino que se le convida a convertirse a nuestra santa fe católica, como se ha experimentado después de la derrota de Gonzalo Pizarro, pues, viendo que yo los trataba con justicia, y no con la crueldad anterior, se han convertido muy gran número de los indios más principales, y dicen que no lo hacían, por parecerles que la religión de hombres tan malos no podía ser buena, hasta que  han visto que su maldad se debía a los altercados en que andaban los españoles. La conservación de aquellas gentes es importante para el servicio de Vuestra Alteza, porque el provecho de la mucha riqueza que de aquella tierra le viene consiste en que no falten los naturales, porque, si faltaran, le sería de poco provecho a Su Majestad, y aun a los españoles que allá hay, los cuales, sabiéndolo, tienen tanta codicia, que, si no se les controlara, les darían tan excesivos trabajos, que en poco tiempo se acabarían, como ocurrió en la Isla Española (Isla de Santo Domingo)". Luego le dice al Rey que estuvo a punto de pedirle al virrey de México que le enviara tropas para acabar con el enorme desorden que había en Perú. Pero pronto cambió de idea porque se dio cuenta de que era capaz de derrotar a Gonzalo Pizarro. Y aquel a quien llamaban los pizarristas despectivamente "el capellán", lo consiguió.




jueves, 10 de septiembre de 2020

(Día 1210) Francisco de Carvajal, caído en desgracia y preso, era maltratado incluso por sus propios hombres, hasta que Diego Centeno, noblemente, lo impidió. Para evitar más conflictos, se hicieron ejecuciones rápidas.

 

     (800) Francisco de Carvajal era terrorífico cuando ostentaba un gran poder bajo el mando de Gonzalo Pizarro. Pero le ocurrieron, como hemos visto, dos cosas fatales: quedar un poco desplazado por su jefe y terminar preso tras la derrota en Jaquijaguana. Entonces salió a flote el gran odio que le tenían muchos, incluso de los suyos, gran parte de los cuales se habían pasado al bando de Pedro de la Gasca, y se ensañaron al verlo indefenso: "A los gritos de los que llevaban preso a Carvajal se unieron otros muchos de los de La Gasca, y, en lugar de consolarle en su aflicción, le tocaban con las mechas encendidas en el pescuezo. Yendo así, vio al capitán Diego Centeno, que volvía de dejar a buen recaudo en su tienda a Gonzalo Pizarro, y le llamó en voz alta. Diego Centeno, volviendo el rostro, le dijo que le pesaba mucho verlo así. Carvajal le respondió que, siendo tan caballero y cristiano, esperaba de él que mandase que aquellos gentiles hombres no hiciesen lo que estaban haciendo con las mechas. Como aun en su presencia se desvergonzaban en hacerlo, creyendo que, siendo Carvajal tan enemigo suyo, se alegraría de cualquier mal que le hiciesen, Diego Centeno arremetió contra ellos, y les dio muchos cintarazos, pues eran todos gente muy baja, marineros y grumetes que iban en aquel ejército para hacer cosas tan viles". Varias veces en estas crónicas se ha hecho referencia a que los marineros eran personas especialmente conflictivas, y eso que los soldados no serían precisamente unos santos.

     Los ruegos de atormentado preso surtieron efecto: "Diego Centeno, después de haber apartado de Carvajal a aquellos pícaros, mandó a dos de sus soldados que le acompañasen y que no consintiesen que se le hiciese mal trato alguno. Entonces les vio el gobernador Pedro de Valdivia, y le pidió a Diego Centeno que le dejara a él llevar a Carvajal ante Pedro de la Gasca, por ser tan importante prisionero. Estuvo conforme, pero le pidió que luego se lo devolviese a su tienda, donde debía permanecer preso. Cuando Pedro de Valdivia se lo presentó, Pedro de la Gasca le reprendió por sus tiranías y crueldades, y por haberlas hecho en contra del servicio a su Majestad. Carvajal no respondió palabra, ni hizo ademán de humillarse, ni muestra de escuchar lo que le decía, sino que miraba a una parte y a otra, con una mirada tan grave y señorial como si fuera el señor de cuantos tenía delante. Visto lo cual, el presidente La Gasca mandó que se lo llevasen de allí, y lo pusiesen en una tienda aparte, de manera que Gonzalo Pizarro y él no se volvieron a ver".

     Y se fue fraguando también el triste destino de los principales hombres que se mantuvieron fieles a Gonzalo Pizarro: "Prendieron al resto de sus capitanes, a algunos aquel día y a otros después, que no se escapó ninguno. Solamente el capitán Juan de la Torre Villegas (aquel miserable que provocó intencionadamente la ejecución del hermano del virrey) pudo esconderse en el Cuzco durante cuatro meses en una choza pajiza de un indio, criado suyo. En todo ese tiempo no se supo nada de él, como si se lo hubiera tragado la tierra, hasta que un español lo descubrió sin saber quién era, y luego fue ahorcado como los demás, aunque más tarde".

 

     (Imagen) Los que se pasaron al bando de Pedro de la Gasca antes de terminar la batalla de Jaquijaguana fueron perdonados. Los que se mantuvieron en su rebeldía fueron castigados, y quienes tuvieron alta graduación en el ejército enemigo, ejecutados. Pedro de la Gasca informó que a Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal se les cortó la cabeza casi de inmediato "para evitar el peligro de que huyeran, así como porque se estimó que, mientras Gonzalo Pizarro viviera, no sería segura la paz". También rápidamente, se ejecutaron a varios capitanes. Luego va indicando castigos y ejecuciones posteriores: "Se azotó a delincuentes y se les condenó a servir en las galeras de España, y a otros se les desterró perpetuamente a Chile. Se ajustició al bachiller Castro, que fue muy secuaz de Gonzalo Pizarro. Y a Diego Contias, que también lo era, y fue el que apresó al mensajero Damián Hernández, llevándoselo a Francisco de Carvajal, quien lo ahorcó después. Asimismo, a Gonzalo Morales, que también lo era, y había apresado a Páez, antiguo secretario de Vaca de Castro, siendo ahorcado por Carvajal". Después menciona a fray Luis de la Magdalena (el conflictivo clérigo del que ya hablamos). A pesar de ser un mitinero nato, se salvó de la muerte por ser clérigo. Se lo entregó al provincial de los dominicos, "el cual le condenó a clausura perpetua, a graves ayunos y a otras penitencias". En el Cuzco siguieron las ejecuciones, pero hubo dos casos similares y especiales: "El dos de mayo se hizo justicia de Diego de Carvajal (muy seguidor de Gonzalo Pizarro), que fue el que trajo al Cuzco con Francisco de Carvajal a las mujeres de Arequipa (entre ellas, María Calderón, a la que asesinó Francisco), y, porque una, que era mujer de Diego García de Alfaro, se escondió, atormentó a su madre hasta que le dijo dónde estaba, y, cuando la tuvo, según ella dice, la forzó, y, ultrajada por ello, tomó veneno, y ha estado, desde que entramos en el Cuzco, a punto de morir". Por otro caso parecido, se ejecutó a Antonio de Biedma, dándose la circunstancia de que la violada murió tras haberse envenenado. La Gasca quiso premiar los servicios de Pedro de Valdivia, y, solo 9 días después de la batalla de Jaquijaguana, lo confirmó como Gobernador de Chile. Así consta en la imagen (casi ilegible).



miércoles, 9 de septiembre de 2020

(Día 1209) Gonzalo Pizarro, ya preso, llegó ante Pedro de la Gasca, y tuvieron un cruce de palabras bastante tenso. Gonzalo insistía tercamente en que su rebelión había sido justa. A Francisco de Carvajal lo atraparon cuando huía.

 

     (799) Gonzalo Pizarro se presentó a caballo ante Pedro de la Gasca, con quien estaba únicamente el mariscal Alonso de Alvarado, pues los capitanes que le habían traicionado evitaron verlo: "El presidente La Gasca le preguntó si le parecía bien haberse rebelado en la tierra del Emperador, hacerse gobernador de ella y matar en batalla campal al virrey. Le respondió que él no se había hecho gobernador, sino que los oidores, por petición de todas las ciudades del reino, se lo habían mandado dándole una provisión que confirmaba una cédula de Su Majestad, según la cual su hermano, el Marqués, podía nombrar gobernador que le sucediera tras su muerte, y su hermano lo nombró a él, como era público y notorio, y que, además, era justo que fuera gobernador de la tierra que ganó".

     Era el terco argumento de un mal perdedor, ya que se apoyaba en derechos con los que trataba de ocultar, inútilmente, la nefasta ilegalidad de su rebeldía. Su vistosa alegación tenía los cimientos podridos. También intentó una imposible justificación de lo que hicieron con el virrey: "Dijo que lo del virrey se lo habían mandado los oidores, diciendo que convenía echarle del reino para la paz de aquellas tierras y al servicio de su Majestad. Añadió que él no lo había matado, sino que los agravios y las muertes que hizo tan sin razón habían forzado a que los parientes de los muertos las vengasen (en esto tenía bastante razón, pues por eso lo mató Benito Suárez de Carvajal).

     No le gustaron a Pedro de la Gasca sus explicaciones: "Le dijo que se había mostrado muy ingrato con las mercedes que le hizo Su Majestad a su hermano el marqués Francisco Pizarro, con las cuales había enriquecido a todos ellos (los cuatro hermanos), y que él no había hecho nada. Gonzalo Pizarro le respondió: 'Para descubrir las tierras bastó mi hermano solo, pero, para ganarlas, como las ganamos a nuestra costa y riesgo, fuimos necesarios los cuatro hermanos más nuestros parientes y amigos'. Entonces, ya enojado el presidente La Gasca, dijo en voz alta: 'Quítenmelo de aquí, que tan tirano está hoy como ayer'. Luego se lo llevó consigo Diego Centeno. A los demás capitanes presos los enviaron a otras partes, en las que estuviesen a buen recaudo".

     Su instinto de superviviente le había impulsado a Francisco de Carvajal a huir: "Siendo ya un viejo de ochenta y cuatro años (aunque era muy anciano, la edad exacta no se conoce), por el natural odio que a la muerte se tiene, se puso en huida. Iba en un caballo mediano, castaño y vejezuelo que yo conocí (aunque casi siempre usaba una mula muy popular entre sus soldados). Al pasar un arroyo, el caballo cogió impulso para subir cuesta arriba, y Carvajal, por su mucha edad y por sus muchas carnes, pues era muy grueso de cuerpo, al asirse de las crines se inclinó hacia un lado, y cayeron ambos en el arroyo, no pudiendo levantarse porque el caballo le aplastaba una pierna. Así le encontraron sus propios soldados, que también iban huyendo, y entre todos acordaron llevárselo preso a Pedro de la Gasca, para que, por tal regalo, les perdonase sus delitos".

 

     (Imagen) Sigamos con el informe que hizo Pedro de la Gasca sobre la victoria de Jaquijaguana el 3 de mayo de 1548 (24 días después de la batalla). Inca Garcilaso nos acaba de contar que a Francisco de Carvajal lo apresaron sus propios hombres (que también huían) y lo entregaron para conseguir el perdón de La Gasca. Y, sin duda, lo obtuvieron, pues el sensato clérigo se limita a decir que lo apresó el capitán (de Gonzalo Pizarro) Martín de Almendras. Cuando habla de la detención y entrega de Gonzalo Pizarro, difiere en algunos matices de la versión de Inca Garcilaso, en la que el cronista da a entender que estuvo muy brusco La Gasca, quien, en su escrito, suaviza los detalles, aunque es cierto que procuró bajarle los humos: "Preso Gonzalo Pizarro, me lo trajo el mariscal Alonso de Alvarado para presentármelo, viniendo un poco de tiempo los dos detrás de mí, porque yo andaba mandando a la gente que no se desordenase hasta que se confirmase del todo la victoria, pues aún me parecía que algunos de los enemigos estaban juntos; y también para no darle a entender a Gonzalo Pizarro que él tenía tanta importancia como en su prosperidad creía. El cual, cuando supo que Su Majestad había preguntado quién era aquel Gonzalo Pizarro, había dicho que él le daría a entender quién era Gonzalo Pizarro, y lo repetía a cada rato presumiendo de lo mucho en que Su Majestad lo había de tener. Cuando le atendí, quise consolarlo, y al mismo tiempo le hablé de sus equivocaciones, y se mostró tan duro diciendo que él había ganado el Perú, que me forzó a responderle áspero". La Gasca le habló de que él no participó en los trabajos del descubrimiento de aquellas tierras, y le dijo que los grandes méritos fueron de su hermano Francisco Pizarro, "quien le había agradecido a su Majestad las mercedes que le había hecho, y, durante su vida, se mostró fiel al Rey". La Gasca, viendo su terquedad, no quiso hablar más con él, y se lo entregó a Diego Centeno, "al cual le encargué que le dieran buen tratamiento". En la imagen se ve que La Gasca, un año después, envió a España a una hija de Juan Pizarro, otra de Gonzalo Pizarro, y un hijo de este, de unos doce años, para que los cuidaran sus parientes en Trujillo.




martes, 8 de septiembre de 2020

(Día 1208) La desbandada general de los de Pizarro convirtió la batalla en algo tan simple, que apenas hubo bajas. Gonzalo Pizarro no quiso huir, y se entregó con dignidad.

 

     (798) Todo se derrumbaba, y el Demonio de los Andes seguía con su siniestro estribillo: "Carvajal no dejaba su canto, y, cada vez que huía otra cuadrilla, volvía a entonarlo. Los piqueros del escuadrón, viendo que los arcabuceros habían huido, y que ellos no podían fingir que iban a escaramucear con los contrarios, soltaron las picas todos a una, y echaron a correr por diversas partes, y de esta manera se acabó de deshacer el escuadrón de Gonzalo Pizarro. Así fue la batalla de Jaquijaguana (si se le puede llamar batalla), en la que no hubo golpe de espada, ni encuentro de lanza, ni tiro de arcabuz. De la parte de Gonzalo Pizarro murieron unos doce, y los mataron Pedro Martín de Don Benito y otros semejantes persiguiendo a los huidos. Los de Pedro de la Gasca no mataron a ninguno de los enemigos, y, de los suyos, solamente murió uno, por descuido de un compañero que le dio un pelotazo". Inca Garcilaso no le da por muerto en la batalla a Pedro Martín de Don Benito, pero Pedro de la Gasca, como vimos, dejó bien claro que lo mataron sus hombres después de haber impedido que acabara con la vida del licenciado Cepeda durante su huida del campo de Pizarro.

     La escapada de los piqueros produjo ya una desmoralización general entre los mandos del ejército: "Gonzalo Pizarro y sus capitanes quedaron como pasmados porque no imaginaron tal cosa. Volviendo el rostro hacia Juan de Acosta, que estaba cerca de él, le dijo: '¿Qué haremos, hermano Juan?' Acosta, presumiendo de valiente, respondió: 'Arremetamos y muramos como los antiguos romanos'. Gonzalo Pizarro dijo: 'Mejor es morir como cristianos'. Con ánimo esforzado, quiso morir antes que huir, pues nunca los enemigos le vieron las espaldas. Luego caminó hacia el escuadrón del Rey con los capitanes que quisieron seguirle, que fueron Juan de Acosta, Francisco de Maldonado y Juan Vélez de Guevara, habiéndose ya pasado al bando de La Gasca Diego Guillén. Yendo así, se encontró con el sargento mayor Pedro de Villavicencio, el cual, viendo que iba bien acompañado, le preguntó quién era, y le dijo: 'Yo soy Gonzalo Pizarro, y me rindo al Emperador'. Le entregó el estoque que llevaba en la mano, porque la lanza la había quebrado en su misma gente, porque huían. Villavicencio se alegró mucho por la buena suerte que había tenido. Mostrándose agradecido porque se le había entregado, no quiso pedirle la espada y la daga que llevaba ceñidas, que eran de mucho valor, porque toda la guarnición era de oro".

     Quien le otorgó un tratamiento muy caballeresco fue Diego Centeno: "Llegó donde Gonzalo Pizarro y le dijo: 'Mucho me pesa de ver a vuestra señoría en este trance'. Gonzalo Pizarro sonrió levemente y le dijo: 'No hay que hablar de eso, señor capitán Diego Centeno, pues yo he acabado hoy, y mañana me llorarán vuestras mercedes'. Sin hablar más palabras, se fueron adonde estaba el presidente Pedro de la Gasca".

     Inca Garcilaso recoge después la versión que dieron tres cronistas, Zátare, Gómara y el Palentino, sobre el encuentro de Gonzalo Pizarro con Pedro de la Gasca. La más extensa es la del Palentino, pero, incluso esta, le parece insuficiente, y nos va a narrar la suya.

 

     (Imagen) Aunque la batalla de Jaquijaguana resultó ridícula, y la victoria de las tropas del Rey sumamente fácil, hay que subrayar que fue el resultado de un valioso y tremendo proceso de trabajos, inquietudes y peligros que podía haber acabado en el mayor desastre para los de Pedro de La Gasca tan solo unos días antes de la batalla, cuando atravesaron sus hombres el río Apurimac. Y es más: si Gonzalo Pizarro hubiese seguido los consejos de Francisco de Carvajal, manteniéndole también en el mando de la tropa, el veterano militar habría destrozado al ejército enemigo en ese paso. Pizarro había obtenido recientemente la casi milagrosa victoria de Huarina, que fue una dolorosa sorpresa para Pedro de la Gasca, y para su gran capitán, Diego Centeno, quien tuvo que esconderse en una cueva durante meses. Aquella victoria se debió al genio estratégico de Francisco de Carvajal, y no se entiende que en Jaquijaguana prescindiera Pizarro de él despectivamente, quizá harto de sus crueldades, pero olvidando que era el hombre más eficaz que tenía para el enfrentamiento. Pedro de la Gasca era muy consciente de lo que arriesgaban al pasar con el ejército el río por un puente de lianas improvisado, largo y a gran altura, y no cesaba de meter prisa a sus hombres para que lo hicieran lo antes posible. Un golpe de fortuna hizo que Juan de Acosta, el sustituto de Carvajal, se confiara en su salida, y llegara tarde al río Apurimac, cuando ya, fatalmente para los de Pizarro, los de Pedro de la Gasca lo habían atravesado y se dirigían hacia el campo de batalla. También es verdad que, aunque Pizarro destrozara a La Gasca, probablemente solo conseguiría retrasar su trágico final, porque, como le decía el astuto Francisco de Carvajal, "si matamos a este, luego vendrá otro". Era impensable que Carlos V tirara la toalla. Ningún rebelde había triunfado en la Indias. La única excepción fue la de Hernán Cortés. Se rebeló contra el gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, llegando a derrotar a sus tropas (enviadas najo el mando de Pánfilo de Narváez), y lo hizo consciente de que podía conquistar un gran imperio, pero no para él, como pretendía Gonzalo Pizarro, sino 'para entregárselo a Carlos V'. El resultado fue que su extraordinario éxito lo colmó de honores.




lunes, 7 de septiembre de 2020

(Día 1207) La vital batalla de Jaquijaguana resultó casi ridícula por el abandono masivo de los soldados de Gonzalo Pizarro. El bravo e incorregible Francisco de Carvajal siguió sarcástico en la derrota. Él y Gonzalo Pizarro, entre otros, fueron apresados.

 

     (797) Resulta sorprendente que todos los meticulosos preparativos y las grandes dificultades que hubo que superar hasta verse cara a cara los dos ejércitos en Jaquijaguana, desembocaran en una batalla de enorme importancia histórica, pero de una simpleza ridícula. Fue como el parto de los montes. Hubo muchos desertores en el ejército de Gonzalo Pizarro, y muy pocos muertos en total. Quizá porque fuera así, el cronista Inca Garcilaso de la Vega se distrae contando alguna anécdota: "Se fueron pasando otros muchos soldados al bando de Pedro de la Gasca, siendo uno de ellos Martín (Hurtado) de Arbieto (le dediqué recientemente una imagen). Iba en un buen caballo, y junto a él un soldado llamado Pedro de Arenas, natural de Colmenar de Arenas, hombre de bien, muy pulido, de pequeña estatura y buen soldado (al que después yo conocí). Iba en una yegua muy galana, pequeña de cuerpo, como su amo. Martín de Arbieto refrenaba a su caballo para no desamparar a Pedro de Arenas. Pedro Martín de Don Benito, que había alanceado a unos cinco peones, viendo que se iban los dos de a caballo, salió tras ellos. Martín de Arbieto, que iba delante de su compañero, pasó una ciénaga fácilmente, pero la yegua de Pedro de Arenas se entrampó en ella, y dio con su amo en el lodo. Al verlo Arbieto, dio la vuelta, y, para que no matase a su amigo, se puso frente a Pedro Martín de Don Benito, el cual paró su caballo. Arbieto le dijo entonces: 'Sigue adelante, ruin villano, y veremos quién mamó la mejor leche'. Pedro Martín no aceptó el desafío y se volvió adonde los suyos. En otra salida semejante, una pelota desmandada le pegó en la mano derecha a Pedro Martín, y se le cayó la lanza. Fue sin ella adonde Gonzalo Pizarro, y le dijo que ya no podía servir a su señoría, y luego fue a ponerse junto a los últimos de a caballo".

     Los negros pronósticos de Francisco de Carvajal se iban cumpliendo, pero nunca le abandonó su humor sarcástico, incluso cuando él era la víctima: "No cesaban de pasarse al ejército del Rey todos los soldados que podían. Francisco de Carvajal, viendo que, por no haberle hecho caso Gonzalo Pizarro, se iban perdiendo a toda prisa, empezó a cantar (como hizo otras veces): 'Estos mis cabellicos, madre, de dos en dos me los lleva el aire'. Y así hacía burla de los que no habían admitido sus consejos, hasta que no quedó ningún soldado de los que tenía bajo su mando. Salieron más de treinta arcabuceros dando a entender que iban a enfrentarse con los contrarios, pero, en cuanto se alejaron un poco, fueron a toda furia a unirse a las tropas de La Gasca, al cual le dijeron que no saliesen a pelear, porque muy pronto se pasarían todos los de Pizarro, y lo dejarían solo; y así fue hecho. Hasta el punto de que Gonzalo Pizarro envió a treinta de a caballo para que detuviesen a los huidos, pero lo hicieron con tanto empeño, que se unieron a ellos para entregarse al presidente La Gasca. De otro grupo de arcabuceros, huyeron otros cuarenta y ninguno de los de Pizarro se atrevió a perseguirles, porque los arcabuceros iban mirando hacia atrás con ánimo de defenderse. Además, Alonso de Mendoza y Diego Centeno, con sesenta de a caballo, se habían situado cerca para socorrer a los que por aquella parte fuesen huyendo hacia ellos".

 

     (Imagen) El goteo de deserciones en la tropa de Gonzalo Pizarro iba en aumento. En cuanto los de Pedro de la Gasca se instalaron en la llanura, se pasaron a su bando algunos 'peces gordos', como nos ha contado Inca Garcilaso fielmente. La Gasca lo confirma en su informe: "Entonces huyó hacia nosotros Garcilaso de la Vega (padre del cronista) y después un primo suyo (probablemente, Gómez Suárez de Figueroa) con otros, lo que fue para Gonzalo Pizarro un gran golpe. Asimismo, huyó luego el licenciado Cepeda, tras el cual salió en su persecución Pedro Martín, le alanceó el caballo, y, si los nuestros no lo socorrieran, también le habría alanceado a él; lo salvaron e, incluso, mataron luego allí a Pedro Martín". Podría parecer que acabaron con él de seguido, pero, por datos muy fiables que da Inca Garcilaso, ha de interpretarse que lo hicieron otros después, durante la batalla. Pedro de la Gasca hace referencia a que tuvo que perdonar a muchos desertores de Pizarro con pasado muy negro. Entre ellos estaba el Bachiller Díez "gran secuaz de Gonzalo Pizarro y harto metido en las cosas que habían pasado". Y, asimismo, a "Diego Guillén, no menos metido en ellas". En el siguiente párrafo, explica muy bien el porqué de estos perdones, tratando, de paso, con excesiva generosidad al padre del cronista: "Exceptuados Garcilaso de la Vega, su primo y los que con él vinieron, y algunos soldados que lucharon (y fueron derrotados por Gonzalo) junto a Diego Centeno en la batalla de Huarina, parece que todos los demás vinieron más por el temor de verse perdidos al conocer la pujanza y buen orden de nuestro ejército, que por acudir a la llamada de su Rey, pues tuvieron otras muchas ocasiones (¿y Garcilaso de la Vega, no?) de haber huido. Pero, en fin: se ha disimulado con ellos sus culpas para no castigarlos en justicia". Luego se refiere al fin de la batalla: "Fueron desbaratados los enemigos, y, como hombres perdidos contra los que Dios peleaba, se pusieron en huida. Entre ellos estaba Francisco de Carvajal, pero cayó de su caballo en una ciénaga, y lo apresó Martín de Almendras. Gonzalo Pizarro y otros capitanes no quisieron pelear, ni huir, y así, fueron apresados por Villavicencio".




sábado, 5 de septiembre de 2020

(Día 1206) Inca Garcilaso se empeña, inútilmente, en defender la lealtad de su padre al Rey. El miserable licenciado Cepeda se pasó al bando de Pedro de la Gasca, el cual nos cuenta datos de la decisiva batalla de Jaquijaguana.

 

     (796) Luego Inca Garcilaso muestra un diálogo entre Pedro de la Gasca y su padre, en el que, una vez más, se insiste en su condición de simple 'prisionero': "Le dijo La Gasca: 'Señor Garcilaso, siempre esperé que vuestra merced había de hacer este servicio a su Majestad'. Garcilaso, mi señor, respondió: 'Como prisionero sin libertad, no he podido hasta ahora servir a Su Majestad y a vuestra señoría, pero nunca me faltó el ánimo de hacerlo". Es probable que Pedro de la Gasca lo recibiera con esas bonitas palabras, pero ya vimos que, en un informe suyo, había comentado que tenía otro concepto de la actitud de Sebastián Garcilaso con respecto a Gonzalo Pizarro, considerando que era un incondicional suyo.

     También Gonzalo Pizarro pareció sorprenderse de esa traición y lo sintió mucho, pero lo disimuló para no desanimar a sus hombres. Le hizo un comentario a un primo del huido, con una pregunta lógica: "Le dijo a un primo de mi padre, que se llamaba Gómez Suárez de Figueroa: 'Garcilaso se ha ido. ¿Os parece que quedará bien librado si vencemos?' Lo dijo así porque todavía tenía la falsa esperanza de que había de alcanzar la victoria". En el siguiente comentario que hace el cronista tiene razón, puesto que lo confirma un informe de La Gasca: "La huida de mi padre fue como la he contado, aunque algún historiador dice que el primero en hacerlo fue el licenciado Cepeda, y que luego salió mi padre con algunos otros. Lo cierto es que Garcilaso de la Vega, mi señor, salió solo, sin compañía alguna, le siguieron después otros, y, tras estos, escapó el licenciado Cepeda". Comenta también que su padre, desde que le dio el caballo Salinillas a Gonzalo Pizarro, estaba esperando que le proporcionara otro. Pero tuvo una sorpresa más agradable: "Cuatro días antes de que Gonzalo Pizarro saliese del Cuzco para ir a la batalla de Jaquijaguana, le devolvió a mi padre el caballo Salinillas, y, cuando lo vio en su casa, le pareció que se lo había traído un ángel del cielo". Es una última prueba de que Sebastián Garcilaso de la Vega, en principio, iba a participar en la batalla.

     Marginado Francisco de Carvajal, fue el licenciado Cepeda quien puso en orden para el ataque el ejército de Gonzalo Pizarro (y luego salió huyendo para salvar el pellejo). Inca Garcilaso pasa, sin más, a describir la batalla: Por el lado de la sierra, salió un grupo de arcabuceros para escaramucear, aunque fueron obligados a retirarse por Hernán Mejía y Juan Alonso Palomino, sin daños en ningún bando. Jugaba la artillería, y la de Gonzalo Pizarro no hacía daño porque estaba emplazada en un lugar bajo. La de Pedro de la Gasca estaba en muy buen puesto, y mataron a dos enemigos, uno de ellos paje de Gonzalo Pizarro. El licenciado Cepeda, que andaba ordenando el escuadrón, pero deseaba pasarse a La Gasca, fingió que iba a buscar otro sitio mejor, y, cuando estaba un tanto apartado, dio de espuelas a su caballo".

     Llevaba Cepeda un caballo tan elegantemente adornado, que pronto lo detectaron: "Salió tras su seguimiento Pedro Martín de Don Benito en un caballo tan ligero, que en un tranco alcanzaba más tierra que otros en dos. Alcanzó al licenciado Cepeda, y le dio una lanzada en las caderas al caballo, que cayó en el cieno, y otra al caballero en el muslo derecho, y lo acabaría de matar si no vinieran en su socorro cuatro caballeros de los de Pedro de la Gasca, que estaban por allí para semejantes lances. Luego Pedro Martín volvió adonde los suyos, y el presidente La Gasca recibió con grandísima alegría al licenciado Cepeda". Hay algo que molesta en estos perdones tan amplios. Sin embargo, La Gasca llegó a besarle a pesar de que estaba cubierto de barro, porque consideraba que, con la huida de Cepeda, tenía ya ganada la batalla.

 

     (Imagen) Leyendo los informes de Pedro de La Gasca, se ve que fueron utilizados por varios cronistas, pero no por Inca Garcilaso, ya que muestra algunas dudas sobre detalles que en los textos de La Gasca son contundentes. Sigamos, pues, viendo cómo narra el clérigo la batalla de Jaquijaguana un mes después de que terminara. Sus hombres llegaron a lo alto de la sierra, lograron echar a los arcabuceros de Gonzalo Pizarro, y, desde allí, pudieron conocer con bastante precisión el número de sus enemigos y la distribución de sus tropas, e, incluso, el mejor camino para descender con su propio ejército. Según lo hacían, los de Pizarro disparaban sus arcabuces, pero sin hacer diana, porque estaban mal emplazados. A petición de los que habían subido al cerro, La Gasca permitió que emplazaran allí cuatro piezas de artillería, para atacar a los contrarios, y al mismo tiempo para que el ejército pudiera descender sin ser molestado. Se puso al mando Gabriel de Rojas, a quien La Gasca le reconoce gran mérito: "Nuestra artillería disparó con gran rapidez, porque Gabriel de Rojas tenía tan a punto las cosas, que cada pieza llevaba en su cajoncillo las pelotas preparadas, y, en otro, las cargas de pólvora. Con la diligencia que se tuvo en disparar, mataron a un criado de Gonzalo Pizarro, que estaba junto a él, y asimismo a un hombre y un caballo (este dato lo da Inca Garcilaso como algo que 'se oyó' decir)". Y entonces se produjo el primer síntoma de desmoronamiento del ejército de Pizarro: "Como caían tan rápidamente las pelotas entre los enemigos, hubo en su orden alguna confusión, la cual dio lugar a que algunos que no estaban tan firmes con Gonzalo Pizarro, se le pudiesen empezar a huir. Bajado nuestro ejército a lo llano, se puso con gran presteza en el orden que habíamos previsto". Luego La Gasca explica con precisión militar cómo se distribuyeron los diferentes cuerpos de su ejército. Como en algún lugar dijo Inca Garcilaso, era un hombre de maltrecho cuerpo, pero de excepcionales cualidades. Fue un clérigo humano, de gran inteligencia y habilidad diplomática, pero asombra que también derrochara valentía y dotes de mando. En la imagen, Bolivia y España recordándolo.




viernes, 4 de septiembre de 2020

Día 1205) Va a empezar la última batalla. El cronista explica el emplazamiento de los contrincantes, y, de forma indirecta, revela que su padre, Sebastián Garcilaso de la Vega, sí luchaba al lado de Gonzalo Pizarro.

 

     (795) Llegó, pues, la hora de la verdad aquel histórico día nueve de abril de  mil quinientos cuarenta y ocho. Inca Garcilaso se recrea en describirnos la distribución de las tropas: "Luego que amaneció, se pusieron en escuadrón los del ejércitos del Rey. Colocaron toda la infantería con sus capitanes, ya nombrados, quedando dos filas de arcabuceros a sus lados. A la parte izquierda, pusieron doscientos de a caballo con los capitanes Diego de Mora, Juan de Saavedra, Rodrigo de Salazar (el Corcovado) y Francisco Hernández Girón (el futuro rebelde). A la parte derecha iban los capitanes Gómez de Alvarado, Don Pedro de Cabrera y Alonso Mercadillo con doscientos de a caballo, para proteger el Estandarte Real, llevado por el licenciado Suárez de Carvajal, alférez general. A su mano derecha, estaban los capitanes Alonso de Mendoza y Diego de Centeno; tenían sesenta caballeros que, en su mayoría, eran de los que pudieron huir de la batalla de Huarina, los cuales, como compañeros en las adversidades pasadas, no querían otro capitán, sino a Alonso de Mendoza. Estos se pusieron cerca del río para socorrer a los que viniesen huyendo, pues sabían que habría mucha gente que se pasase al ejército del Rey, y que por aquella banda correrían más peligro los que huyeran. El capitán Gabriel de Rojas trabajaba en bajar la artillería al llano, con mucha dificultad por la aspereza de la sierra". Nos hace ver también donde se colocaron Pedro de la Gasca y sus acompañantes: "A las espaldas de todos estaba el presidente La Gasca, con los obispos de Lima, del Cuzco y de Quito, más los supriores de los dominicos y los mercedarios, así como un gran número de clérigos y frailes que iban con el ejército. Para protegerlos a todos ellos, estaban cincuenta de a caballo".

     Resulta llamativo que, en el otro bando, un dolido Francisco de Carvajal había quedado voluntariamente al margen del mando: "De la otra parte, Gonzalo Pizarro ordenó, cuando clareció el día, formar su escuadrón en el llano que está entre la barranca del río y la sierra. Le mandó al licenciado Cepeda que organizase la batalla, porque Francisco de Carvajal, como hombre menospreciado por no haber seguido Gonzalo Pizarro su consejo, daba ya por perdida la batalla, y no quiso aquel día ejercer como maestre de campo, y había ido a ponerse en el escuadrón con su compañía como capitán de infantería, y por eso los historiadores  no hacen mención de él en lo que se refiere a la organización de la gente". Hay que recordar que, en la reciente batalla de Huarina, al mando de los arcabuceros, y utilizando una genial estrategia, fue el verdadero artífice de aquella milagrosa victoria.

     Bueno, pues por fin (ya era hora) Inca Garcilaso deja claro que su padre no se limitaba a estar de mirón en las batallas junto a Gonzalo Pizarro. Ahora lo vemos en plena acción militar, pero, curiosamente, justo cuando se pasó al bando del Rey: "Andando todos los de Pizarro muy diligentes para ponerse en su puesto, Garcilaso de la Vega, mi señor, se salió de entre ellos, y, fingiendo que el indio que tenía que entregarle la lanza no se la había llevado, bajó hacia el río dando voces al indio, y, cuando le ocultaba la barranca del río, fue hacia el escuadrón del Rey. Luego subió más adelante la barranca, quedando al descubierto entre ambos ejércitos, para presentarse ante el presidente La Gasca, el cual lo recibió y abrazó con mucha alegría".

 

     (Imagen) SEBASTIÁN GARCILASO DE LA VEGA (el padre del cronista), a quien nadie le puede negar su gran valía como capitán, cobró fama (bastante discutible) de oportunista en sus fidelidades, hasta el punto de que era conocido como "el leal por tres horas". Tuvo durante diez años como pareja a la nativa Isabel Chimpu Ocllo, de la más alta nobleza inca, y de cuya relación nació, en 1539, el cronista Inca Garcilaso, pero, medio obligado por el entorno del rey Carlos V, tuvo que abandonarla, le buscó como marido a Juan del Pedroche, y se casó con la española Luisa Martel de los Ríos. El cronista siguió viviendo con su padre, por quien siempre tuvo una incondicional admiración, siendo constante el afecto mutuo. Los titubeos de Sebastián Garcilaso surgieron después de un acto heroico: vivía en el Cuzco y se negó a reconocer a Gonzalo Pizarro como Gobernador de Perú. Huyó hacia Lima para unirse al virrey, y se encontró con que lo habían apresado. No le cortó la cabeza a Garcilaso el terrible Francisco de Carvajal porque se lo impidió Gonzalo Pizarro, exigiéndole a cambio que se pusiera a su servicio. Y así estuvo durante un tiempo, pero no como nos cuenta el cronista (sin participar en las batallas). No hay duda de que luchó en la de Iñaquito, donde murió el virrey, y en Huarina, durante la derrota de Diego Centeno. Ahora le hemos visto pasarse, de forma poco airosa, al bando de Pedro de la Gasca, el mismo día y escasas horas antes de la  batalla de Jaquijaguana, sin duda intuyendo la derrota trágica de Gonzalo Pizarro. Pedro de la Gasca le premió después generosamente sus servicios. Más tarde luchó contra el último rebelde, Francisco Hernández Girón, cuya magnífica encomienda de indios, una vez muerto, pasó, como premio, a sus manos. No solo se enriqueció, sino que también demostró ser muy generoso, con sus aportaciones para el bien público y ayudando especialmente a antiguos compañeros suyos en estado de necesidad. En la imagen vemos que, el año 1553, el fiscal les reclamaba a él y a Diego de Maldonado una cantidad por haber sido fiadores del fallecido y cruel Hernando Bachicao. SEBASTIÁN GARCILASO DE LA VEGA murió en 1559, y, un año después, partió para España su hijo, Inca Garcilaso.




jueves, 3 de septiembre de 2020

(Día 1204) Los enemigos se tantearon varios días en Jaquijaguana. El temor de Gonzalo Pizarro a las deserciones iba en aumento. Pedro de la Gasca quería lograr una paz para evitar muertes, pero era evidente que aplazar el combate sería desastroso.

 

     (794) Empiezan los preparativos de la histórica batalla, aunque poco sangrienta, al menos durante su desarrollo: "Asentó Gonzalo Pizarro  su ejército en un rincón del valle de Jaquijaguana, entre un pequeño río y una sierra, de tal manera que ni por una lado, ni por el otro, ni por las espaldas le podían acometer. El presidente La Gasca, que iba a paso muy corto, llegó tres días después, y otros tres gastaron en algunas escaramuzas que no tuvieron importancia. Estuvieron luego dos días observándose y  sin acometerse, aunque Gonzalo Pizarro y sus capitanes estuvieron muy atentos para que ninguno de sus hombres se pasase al otro bando. Esa desconfianza, aunque tarde, se apoderó de Pizarro, lo cual no ayudaba a salir con determinación a luchar contra el enemigo. Contaba con más de mil soldados, pero cuatrocientos arcabuceros eran de los que fueron derrotados junto a Diego Centeno, y así, en la batalla, iba a tener mucho cuidado de que no huyesen, y alancearía a los que se marcharan".

     En ese sentido, el panorama de Pedro de la Gasca era una bendición: "Tenía gran confianza en que se le unirían hombres de Gonzalo Pizarro, especialmente el licenciado Cepeda, el cual le había enviado, por medio del dominico fray Antonio de Castro, promesa de que, si Gonzalo Pizarro no aceptase ningún convenio, se pasaría al servicio del Emperador cuando estuviese a punto de ser derrotado". No queda más remedio que hacer un comentario: Después de haber visto la absoluta implicación que Cepeda tuvo con la rebeldía de Gonzalo Pizarro, hasta el punto de convertirse en un colaborador suyo tan próximo como lo fue Francisco de Carvajal, y estando, pues, pringado hasta el cuello de responsabilidades como traidor, resulta casi incomprensible que, como veremos, La Gasca aceptó su cambio de bando sin castigo alguno. Es cierto que prometió un perdón general para todos los que abandonaran a Gonzalo, pero cuesta creer que, por ejemplo, se lo hubiese concedido a Francisco de Carvajal, tan manchado de sangre. Una cosa es perdonar a la mayoría, y otra muy distinta hacerlo con el crápula de Cepeda, quien después se vio envuelto en múltiples acusaciones particulares, por las que se le apresó, muriendo en su encierro, y, según se decía, envenenado por sus propios parientes.

     Confiando Pedro de la Gasca en esas numerosas deserciones, hizo un cálculo humanitario: "Les preguntó a sus capitanes si sería bueno dar lo batalla, o evitarla para impedir las muertes que podrían resultar en ambos bandos. Aunque todos querían que no hubiese batalla, les pareció por otra parte que no convenía aplazarla, puesto que ya tenían mucha necesidad de provisiones de leña e incluso de agua, ya que la traían de muy lejos, de todo lo cual estaban los enemigos muy abundantes, lo que hacía temer a Pedro de la Gasca y a sus capitanes que, forzados por el  hambre, se pasaran los suyos al bando contrario. Pensando en ello, acordaron dar la batalla al día siguiente". También Gonzalo Pizarro estaba temeroso ante el combate, y va a hacer en el último momento una  propuesta de paz, pero con una exigencia inaceptable. No podía exigir demasiado después de haber hecho tanto daño, pues lo ocurrido anteriormente no se podía borrar.

    

     (Imagen) La fecha de la decisiva batalla de Jaquijaguana fue el 9 de abril de 1548. Sigamos escuchando lo que Pedro de la Gasca narraba en su informe: "El día 7 de abril partimos de lo alto de la sierra y fuimos a hacer noche a  cuatro leguas de los enemigos. Llegó  luego un anacona (no era un esclavo, sino un criado indio) que venía huyendo en busca de su amo, que un día antes se había pasado a nosotros, y nos avisó de que se acercaban para hacernos dos celadas los capitanes Acosta, el licenciado Cepeda, Diego Guillén y Juan de la Torre, y fueron el capitán Mejía y Pedro de Valdivia en ayuda de los que estaban en peligro. El día 8, antes de la puesta del sol, los enemigos mostraron intención de acometernos por dos partes. Nos pareció que se les debía hacer frente con algunos hombres. Y así se envió hacia ellos a los capitanes Alonso de Mendoza, Mercadilo, Meneses y Mejía, mandándoles que no bajasen al llano, donde estaban los enemigos en formación, sino que echasen de la cuesta a los que estaban subiendo por ella, y así lo hicieron. El día 9 (el de la batalla), muy de mañana, varios capitanes bajaron para ver dónde nos podíamos asentar en el llano, y vieron que en lo alto había espías de Gonzalo Pizarro para saber cuánta gente había en nuestro ejército, pero no se les permitió acercarse lo suficiente para comprobarlo". Después Gonzalo Pizarro utilizó una rebuscada estratagema, con la misma intención de conseguir datos sobre las fuerzas de Pedro de la Gasca: "Para ello, había enviado a dos clérigos (el uno, que se ocupaba de su hijo y de otro de su hermano Francisco Pizarro, y el otro, que era capellán de Cepeda), con la excusa de requerirme que deshiciera  el ejército y no le hiciese guerra hasta que Su Majestad fuese informado de las cosas que les había encargado comunicarle a Lorenzo de Aldana y a Gómez de Solís. Estos clérigos venían apartados del camino para entrar imprevistamente en el campamento, y dijeron que llegaron así porque se habían perdido. Con el fin de que no pudieran informar sobre la gente que teníamos,  logré que el obispo del Cuzco los detuviese, y así, no pudieron volver para contarlo". El colmo del absurdo era que Gonzalo, sabiendo que Aldana y Solís se habían pasado al bando de La Gasca, pretendiera todavía que fueran a hablar con el Rey.




miércoles, 2 de septiembre de 2020

(Día 1203) Ambos ejércitos avanzaban tan rápidamente como podían. La actitud suicida de Gonzalo Pizarro, que siempre venció en las batallas, fue minando la lealtad de sus hombres. Pedro de la Gasca nos informa de esa enorme tensión previa.

 

     (793) Inca Garcilaso cambia de escenario: "Volviendo a Pedro de la Gasca, pues nos conviene ir y venir de una parte a otra, como los tejedores, para que con ambas se vaya haciendo la tela, diré que, con la retirada de Juan de Acosta, quedó el campo libre para que el ejército del Rey pudiese caminar sin miedo a los enemigos". Pero perdieron tres días hasta poder juntar en lo alto de la cuesta, con los que arriba estaban, la artillería, los carruajes y la intendencia que llevaban: "El presidente La Gasca mandó luego que caminasen todos con mucho orden, pero no pudieron caminar tan rápidamente como querían, por todo el estorbo que llevaban, de forma que solo alcanzaban a andar, como máximo, dos leguas cada día. Por su parte, Gonzalo Pizarro daba prisa a sus hombres, los cuales, mozos y valientes, también esperaban impacientes el final de aquella aventura, con la que imaginaban ser ya los señores del Perú. Sin embargo, a Francisco de Carvajal y a los que pensaban como él, que era la gente más sensata y la más ajustada a lo que exige la guerra, se les hacía muy duro salir a recibir al enemigo, principalmente por llevar compañeros en cuyas manos no se podía poner la vida, como Gonzalo Pizarro lo hacía, pues, de los que llevaba consigo, más de trescientos habían sido del ejército de Diego Centeno, gente derrotada tan recientemente, que muchos de ellos traían aún parches en las heridas". Una y otra vez se ve cómo los derrotados se pasaban en masa, casi siempre forzadamente, al bando del vencedor, salvo algunos que, por negarse, eran con frecuencia ejecutados. Da la impresión de que este rigor era mucho más implacable por parte de los de Gonzalo Pizarro, y ya no digamos si quien estaba circunstancialmente al mando era Francisco de Carvajal, encantado de matarlos entre chistes. No parece que se acostumbrase hacer prisioneros. Por eso resulta extraño el empeño de Inca Garcilaso en mostrarnos a su padre como una especie de prisionero de lujo de Gonzalo Pizarro (al cual le faltan pocos días para pasarse al bando victorioso de Pedro de la Gasca).

     Aunque Francisco de Carvajal le volvió a insistir a Gonzalo Pizarro en que era una insensatez ir a atacar a los enemigos, no cedió, y se mostró tan firme en su propósito, que muchos pensaron que algún maleficio le cegaba. Fue también surgiendo una oleada de desánimo entre los suyos: "Aunque Gonzalo Pizarro decidió salir a luchar contra la voluntad de la mayoría de sus amigos, no osaron contradecíselo, y así, casi todos se aferraron a su propósito de mirar cada uno lo que le conviniese, que era abandonar a Gonzalo Pizarro, porque veían que él iba a entregarse a la muerte, que le estaba llamando en lo mejor y más feliz de su vida, pues andaba en los cuarenta y dos años de edad, habiendo vencido cuantas batallas tuvo que librar contra indios y españoles. Y últimamente, unos seis meses antes, había alcanzado la victoria de Huarina, con la cual estaba encumbrado sobre todos los famosos del Nuevo Mundo (aunque exagere, debió de ser muy meritoria). Estas prosperidades, y las que podía esperar, y su vida con ellas, las llevó a enterrar al valle de Jaquijaguana".

 

     (Imagen) Pedro de la Gasca, infatigable redactor, fue recogiendo datos detallados (muchos vividos directamente por él) de todo lo que pasaba, para informar después al Consejo de Indias. El cronista Inca Garcilaso nos acaba de mostrar cómo Juan de Acosta fracasó al intentar detener el avance del ejército de La Gasca tras haber pasado el puente sobre el río Apurimac. Veamos lo que cuenta Pedro de la Gasca: "El día 4 de abril (la batalla definitiva será el día nueve), tras aderezar el puente, lo pasaron muchos, yendo con ellos el arzobispo de Lima (Jerónimo de Loaysa) y yo. Fuimos cuesta arriba y llegamos al fuerte de la cima". Pronto tuvieron algunas escaramuzas con los hombres de Juan de Acosta, capitán de Gonzalo Pizarro: "El día cinco, el capitán Diego Centeno envió cien hombres de tanteo por los campos; y fueron tantos porque Juan Núñez de Prado, que acababa de pasarse a nosotros, decía que muchos de los de Pizarro deseaban venirse a nosotros, pero no se atreverían a hacerlo si no fueran defendidos por muchos de los nuestros". Luego dice que los soldados de la avanzadilla vieron a Juan de Acosta, y les pareció que iba en cabeza de todo el ejército de Gozalo Pizarro, porque confundieron con soldados al gran número de indios que llevaban en medio (curiosamente, Inca Garcilaso acaba de decir que también Acosta tuvo el mismo despiste con los de La Gasca, pero, en este caso, fue un engaño preparado). Pero luego se dieron cuenta de que no eran más de trescientos, y continuaron los amagos de ataque entre unos y otros. Aunque pronto habrá una desbandada general de los hombres de Gonzalo Pizarro, todavía el día seis de abril (tres antes de la batalla final) fanfarroneaban de serles fiel a muerte: "Todos estos días, los de las avanzadillas de Gonzalo Pizarro se desmandaban diciendo palabras de desacato, llegando a responder a los nuestros (que les decían que se viniesen a servir al Rey, y que, si no lo hacían, se perderían, porque venía un poderoso ejército al servicio de su Majestad) que ellos tenían buen rey en el gobernador Gonzalo Pizarro, que tomasen a cuestas al Rey y al sacristán que enviaba (La Gasca), y otras palabras más sucias y deshonestas, y que, si tanta pujanza traía el Rey, para qué querían ellos que se pasasen a su bando".




martes, 1 de septiembre de 2020

(Día 1202) Estaba tan seguro de vencer Gonzalo Pizarro, que nuevamente rechazó un prudente consejo de Carvajal: que no iniciara él el ataque. Y hasta le dijo que prefería morir a mostrarse huidizo.

 

     (792) Viendo Gonzalo Pizarro que Juan de Acosta había fracasado en su misión de impedir que los de Pedro de la Gasca pasaran el puente del río Apurimac, se decidió, sin más, a ir a su encuentro y atacarlos: "Determinó salir del Cuzco a enfrentarse con el presidente Pedro de la Gasca, ya que estaba confiado en vencer, debido a las victorias que siempre había obtenido, tanto de indios como de españoles". A Francisco de Carvajal le parecía un disparate porque había otra estrategia más acertada. Incluso le hizo mención de que existía un presagio que le aconsejaba aplazar el combate hasta que pasara el momento que se anunciaba fatídico para Gonzalo. No le va a hacer caso, y, sin embargo, ya vimos que daba importancia a esas supersticiones, pues, en su peripecia por el Amazonas, le pedía consejos al capitán Jerónimo de Villegas (el viudo de la trágica María Calderón), el cual era tenido por astrólogo entre sus compañeros de armas. Inca Garcilaso expone este último argumento de Carvajal sin hacer ningún comentario: "Gonzalo Pizarro mandó que se preparasen todos para ir, al cuarto día, a Jaquijaguana, a cuatro leguas de la ciudad. Cuando lo supo Francisco de Carvajal, fue adonde él muy alterado, y le dijo: 'De ninguna manera le conviene a vuestra señoría ir a recibir a su enemigo, pues sería aliviarle el trabajo'. Pizarro le respondió que tenía elegido en Jaquijaguana un sitio muy bueno para dar la batalla, donde los enemigos solo podían atacar de frente, por lo que, con la artillería, esperaba desbaratarlos".

     Carvajal le dijo que Jaquijaguana  no era el único lugar apropiado, y que él le podía encontrar otros sitios tan buenos o mejores, pero que lo importante era cansar al enemigo: "Lo que yo pretendo es que estas cuatro leguas que vuestra señoría quiere andar en busca del enemigo, las camine hacia atrás, y le espere en el sitio llamado Orcos, a cinco leguas de aquí, para que ellos anden las unas y las otras, y verá su señoría la confusión y trabajo que a sus contrarios causa, pudiendo luego darles batalla, como desea, o seguir con la retirada, como yo le suplico".

     Y le explica entonces que le aconseja seguir retirándose para que pase el tiempo en el que un funesto augurio le pronostica su muerte (como lo cuenta, parece ser que también Gonzalo lo conocía): "Le suplico a su señoría que se retire, aunque solo sea por no menospreciar los pronósticos que le han echado los astrólogos, que han determinado el año de su vida en el que correrá grandísimo riesgo de perderla, y que, si sale de él, vivirá muchos años en gran felicidad. Ese año es el presente, y el día está cercano, y, por tanto, haga lo que es en beneficio de su vida retirándose hasta ver cumplido el plazo". Estas palabras no le hicieron mella a Gonzalo Pizarro: "Le contestó que de ninguna manera le aconsejase retirarse, porque a su reputación y honra les convenía seguir adelante, fuera cual fuera su destino, y dar fin a lo que tenía determinado, que era esperar a su enemigo en Jaquijaguana y dar la batalla, sin mirar la luna y las estrellas.

 

     (Imagen) Tendremos que decir algo sobre FRANCISCO DE AGUIRRE, entre otras cosas, por los enfrentamientos que tuvo con Juan Núñez de Prado. Nació, de familia noble, en Talavera de la Reina (Toledo) hacia el año 1500. Conoció en las guerras europeas a capitanes (como Pedro de Valdivia y Jerónimo de Alderete) que luego vivieron a su lado la aventura de Chile. Brilló militando el año 1525 en la famosa batalla de Pavía, que causó gran expectación internacional por el apresamiento del ambicioso y poco fiable rey francés Francisco I. También Francisco de Aguirre tuvo un carácter dominante y de pocos escrúpulos, que le impulsó, por ejemplo, a desplazar (como vimos) a Juan Núñez de Prado. Con el consentimiento del gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, que le tenía un gran aprecio, le 'birló' los derechos que le había concedido Pedro de la Gasca en la zona argentina de Tucumán, y lo envió preso a Chile. Dejó abandonada la población de El Barco (fundada por Núñez en honor a La Gasca), y la refundó en cercanos terrenos de Chile, dándole el nombre de Santiago del Estero. Demostró entonces dotes de visionario, porque comprendió que por allí podía trazarse una ruta terrestre que uniese Lima con Buenos Aires. Después, otro personaje lúcido, Juan de Matienzo, consiguió, convenciendo al Rey, que se hiciera realidad (ver la imagen, ya mostrada anteriormente). Juan Núñez de Prado quedó libre de su injusta prisión, y el que anduvo luego envuelto en procesos judiciales fue Aguirre, siendo incluso investigado por la Inquisición, pero tampoco salió malparado, ya que Felipe II le premió sus muchos méritos devolviéndole su categoría de gobernador. Los de la Inquisición se tuvieron que conformar con que, en una ceremonia religiosa, renegara de sus herejías (que no debían de ser tales). Una de sus proezas fue la de triunfar contra los casi imbatibles mapuches, a pesar de que murieron dos hijos suyos luchando y él resultó gravemente herido. FRANCISCO DE AGUIRRE murió el año 1581, tras una larga y apasionante historia de conquistas y fundaciones, que quizá algún día podamos contar con más detalle tocando el tema general de la conquista de Chile.