martes, 13 de septiembre de 2022

(1827) Ulrico reconoce que, tras ser apresado Cabeza de Vaca, la convivencia entre los españoles fue un infierno. Hasta los carios, indios amigos, se rebelaron. Juan Muñoz (amigo del encarcelado) le envió al Rey una carta desgarradora.

 

     (1427) Ulrico  no nos había dicho que la Gobernación de Río de la Plata era un caos después de haber sido destituido Álvar Núñez Cabeza de Vaca, pero ahora no le queda más remedio que contar los graves conflictos que surgieron, que dejan al descubierto las envidias y ambiciones desmedidas de varios capitanes de aquel lugar, en un principio aliados para desbancar a Cabeza de Vaca y luego traicionándose brutalmente unos a otros: “Cuando ya lo habían despachado a Álvar Núñez Cabeza de Vaca a España, nosotros mismos, los cristianos, entramos en tal discordia, que ya no podíamos estar en paz. Nos peleábamos uno con otro día y noche, de suerte que parecía como si el mismo diablo, metido entre nosotros, nos mandaba, y nadie se creía seguro con los demás. La tal guerra  entre nosotros mismos duró dos años largos por lo ocurrido con Álvar Núñez Cabeza de Vaca”. ¿A qué extremo llegaría el asunto, para que Ulrico diga después?:  “Cuando los carios, nuestros indios amigos, vieron este estado de cosas, que nosotros mismos andábamos desunidos, y cómo nos traicionábamos y dividíamos, no quedaron con muy buena idea de nosotros, sino que sacaron en conclusión que todo reino que está dividido tiene que perderse. Por esto, entre ellos convinieron matarnos a los cristianos o arrojarnos de la tierra. Mas Dios, el Todopoderoso, ¡loado sea siempre y eternamente!, no consintió que estos carios se saliesen con la suya. Cuando comprendimos la situación, hicimos las paces entre nosotros, y  también una alianza con otras dos tribus, los yapirúes y los guatatas. Este ejército se nos juntó en número de unos 1.000 hombres de pelea, y con esto nos alegramos mucho”.

     La batalla contra los carios va a ser muy complicada, y recogeré su parte final: “Delante del pueblo llamado Karayeba, en el que se habían refugiado estos indios, estuvimos acampados 4 días, sin poderles sacar ventaja alguna, pero luego, por traición, que nunca falta en el mundo, vino un indio durante la noche a nuestro campamento, para ver a nuestro capitán, Martínez de Irala. Era el cacique principal de los carios y a él le obedecían. Pidió que no le quemásemos ni destruyésemos su pueblo, y dijo que él nos mostraría de qué manera tomarlo, por lo que nuestro capitán le prometió que no permitiría que le hiciesen mal. Después de lo cual este cacique nos mostró un camino apartado por el que deberíamos nosotros llegar al pueblo, y dijo que él encendería fuego en el pueblo cuando llegase el momento de meternos en él. Todo sucedió tal cual se había arreglado y mucha gente pereció a manos nuestras. Los que se dieron a la fuga cayeron en manos de sus enemigos los yapirúes, que mataron a la mayoría. Los que lograron salvarse, huyeron al territorio de un cacique que se llamaba Tabaré, que estaba a 140 leguas de este pueblo de Karayeba. No pudimos perseguirlos hasta allá porque todo  el camino estaba talado y obstaculizado, para que no pudiésemos hallar comida. No obstante, nos quedamos 14 días en Karayeba, mientras sanaban y descansaban los que estaban heridos”. Resulta extraño que la batalla fuera tan sangrienta y tan desastrosa para los carios después de haberle prometido Domingo Martínez de Irala, al cacique que los ayudó tan eficazmente, que ‘no permitiría que les hiciesen ningún mal’. La única explicación sería que Irala se limitara a no dañar el poblado, pero más lógico parece que se aprovechó del ingenuo cacique y llevó a cabo una masacre.

 

    (Imagen) Ulrico es implacable con Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Vamos a nivelar su criterio con lo que le escribió al Rey, de forma impresionante, JUAN MUÑOZ, un testigo de los hechos absolutamente ‘fan’ de Cabeza de Vaca. (El texto ya lo publiqué el 28 de agosto del año pasado). Lo resumo: "Con el debido acatamiento que debo a mi Rey, yo, Juan Muñoz, natural de la ciudad de Plasencia, conquistador en esta provincia de Río de la Plata, haré relación verdadera de las cosas sucedidas después de la prisión del gobernador Cabeza de Vaca, con el cual yo vine de España. Me pareció mal lo de su prisión, por haberle tenido siempre como Gobernador en esta tierra, y también por ver que lo prendieron los oficiales de Vuestra Majestad y el capitán Domingo de Irala no por servicio de Vuestra Majestad, sino por sus pasiones e intereses. Y así se comprobó luego por los malos tratamientos que hicieron a los indios, tirando sus casas, robándoles, tomándoles sus mujeres paridas y preñadas, y quitándoles las criaturas de sus pechos,  y todas las cosas que los míseros indios tenían para pasar su vida. Y sucedió que, viendo los conquistadores que ellos gozaban así de la tierra, cayeron en la vileza de ir robando y destruyendo como los oficiales de Vuestra Majestad y el capitán Domingo de Irala hacían, con tanta crueldad, que, el día en que se marchaban, había tantos llantos de los maridos por sus mujeres y de las mujeres por sus maridos, que parecían romper el cielo pidiendo a Dios misericordia y a Vuestra Majestad justicia. Y esto ha durado desde el día de la prisión del gobernador Cabeza de Vaca hasta el día de la fecha de hoy, pues traen manadas de estas mujeres para sus servicios como quien va a una feria y trae una manada de ovejas, lo cual ha sido causa de poblar los cementerios de esta ciudad". Luego se queja de que ha sido nombrado gobernador Domingo de Irala, y, de inmediato, "ha tomado para sí y para cuatro yernos que tiene, y ha dado a los cuatro oficiales de Vuestra Majestad lo más y mejor de la tierra,  y el resto lo ha repartido entre sus amigos y paniaguados, así como entre franceses,  italianos  y de otras naciones porque le han ayudado a hacer estas cosas que dicho tengo. Por lo cual suplico a Vuestra Majestad que no consienta quedar así esto, pues he hecho esta relación por parecerme que hago lo que debo a vuestro servicio y al de Dios, y, si Vuestra Majestad lo viese de otra manera, mándeme cortar la cabeza, como a hombre que a su Rey no le dice la verdad". La carta está fechada el quince  de junio del año 1556, en la ciudad de Asunción, provincia de Río de la Plata. Tiene su firma al pie, y la letra coincide perfectamente con todo el texto del documento. Seguro que tuvo una biografía apasionante, pero no he podido encontrar más datos sobre su persona.




lunes, 12 de septiembre de 2022

(1826) Ulrico nos sigue mostrando al gobernador Núñez Cabeza de Vaca como un tipo odioso, al que destituyeron por la fuerza. No deja de ser sospechoso que su sustituto fuera Domingo Martínez de Irala.

 

     (1426) Ya no sabe uno qué pensar, porque Ulrico está desprestigiando constantemente a Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien se encontraba muy enfermo, y envió a sus hombres a una zona para que fueran implacables con los indios:  “Mandó a 150 cristianos y 2.000 indios carios en 4 bergantines, a 4 leguas de distancia, con la orden de que matasen y tomasen prisioneros a los indios sueruekues, acabando con todo el que tuviese unos años de edad. Estos indios dichos nos habían hospedado bien antes de esto, pero tengo que decir cómo les correspondimos nosotros y las gracias que les dimos. Dios sabe que los tratamos injustamente. Cuando llegamos a su pueblo, no sospechaban tal cosa, y salieron de sus casas a encontrarnos de paz, aunque armados con arcos y flechas. Pero enseguida se armó armó un alboroto entre nuestros amigos, los carios y  los sueruekues, al extremo de que los cristianos disparamos nuestros arcabuces y volteamos a muchos.  También tomamos unos 2.000 prisioneros, hombres y mujeres, chicos y chicas, después quemamos sus pueblos y les quitamos cuanto tenían”.

     Cierto o exagerado, no queda más remedio que recoger las críticas que Ulrico hace de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Esto dice a continuación: “Enseguida bajamos adonde estaba nuestro capitán Cabeza de Vaca, quien quedó muy contento con lo que habíamos hecho. Después, en vista de que la mayoría de nuestra gente  se hallaba enferma, y de que se le tenía poco respeto, comprendió que no lograría nada con ellos. De manera que decidió preparar los navíos y navegamos hasta Asunción, donde se habían quedado los otros cristianos. Allí se enfermó nuestro capitán general y estuvo 14 días metido en su casa, más por pretexto y por darse importancia, que por enfermedad. No se comunicaba con la gente, pero se había portado con ella de una manera muy impropia, porque alguien que pretende gobernar un país ha de dar buena salida a todos, tanto a los sencillos como a los importantes. A tal persona le conviene portarse  de manera que sea  respetado, así como ser más discreto y saber más que aquellos a los que manda. Tampoco debe andar pavoneándose por su alto puesto, despreciando a los demás como el muy fatuo y orgulloso soldadote Traso en las obras de Terencio (un popular personaje de este autor romano). Porque cada capitán se nombra para bien de sus soldados, y no se recluta la tropa para bien de su capitán”. No hay duda de que Ulrico se despachó a gusto con estas últimas palabras, y de que era un hombre culto. Es una pena que no tengamos a mano un juez imparcial que nos saque de dudas sobre cómo era el verdadero Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Pero, en lo que sigue, que será muy conflictivo, podremos tener una impresión más clara acerca de la personalidad de Ulrico, y de las alianzas que tuvo con los protagonistas del drama que nos espera.

     (Imagen) Al margen de que Ulrico critica muy duramente el comportamiento altivo y despótico de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, no hace ningún comentario sobre la parte positiva que pudiera tener, y nos detalla las decisiones que condujeron a algo sumamente castigado en aquellos tiempos, la fulminante destitución del gobernador: “Cabeza de Vaca no guardó respeto alguno a las personas, sino que, en todas las cosas quiso que se obedecieran sus opiniones, lleno de humo y de arrogancia. Y entonces se decidió que todos, nobles y plebeyos, se reunieran en asamblea. Se deseaba prender al capitán general Álvar Núñez Cabeza de Vaca y mandárselo a su Cesárea Majestad, haciéndole saber sus bellas cualidades (se nota agresividad en Ulrico), cómo se había portado con nosotros  y cómo había entendido él que debía gobernar, a lo que se añadían otros muchos cargos más. Enseguida, según lo convenido, se buscaron a estos 4 señores (entre ellos, un veedor, un tesorero y un escribano), Alonso de Cabrera, don Francisco de Mendoza, García Benegas y Felipe de Cáceres. Tomaron consigo 200 soldados y se apoderaron de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, nuestro capitán general, cuando él de tal cosa nada sospechaba. Esto sucedió el día de San Marcos, 25 de abril del año 1544. Lo tuvieron preso un año entero hasta que se preparó un navío provisto de víveres y de marineros, en el que enseguida despacharon a España al tantas veces nombrado Álvar Núñez Cabeza de Vaca junto con dos señores más de los que servían a su Cesárea Majestad. Después de esto, hubo que elegir a otro que gobernase en la tierra hasta que el Rey cubriese la vacante.  Enseguida tuvimos a bien, de acuerdo con el parecer y voluntad de la mayoría, que se eligiese a Domingo Martínez dándole los mismos poderes con que antes había gobernado la tierra, especialmente porque los militares se llevaban bien con él. Pero, no obstante, entre ellos había algunos que habían sido amigos de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. A estos no les hizo mucha gracia la cosa, pero no lo tomamos demasiado en serio. Por este tiempo me sentí mal y enfermo de la hidropesía, que yo y mis camaradas habíamos sacado de la última campaña, allí donde por tanto tiempo anduvimos en el agua, y fue tan grande la miseria por la que pasamos, que en esa ocasión enfermaron 80 de los nuestros y solo unos 30 escaparon con vida de sus dolencias”. Pero nos va a hablar de inmediato Ulrico de algo que él no relaciona con la ausencia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, y que quizá demuestre que la actitud de este gobernador fue mucho más valiosa de lo que él dice. El año 1556, como se ve en imagen, el Rey mandó dar a Cabeza de Vaca 12.000 maravedís de ayuda (en su desamparo) por estar enfermo.




domingo, 11 de septiembre de 2022

(1825) Llama la atención que el cronista Ulrico sea tan duro criticando al gobernador ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA, un hombre que fue tan heroico en La Florida. No hay que descartar que lo hiciera para apoyar al ambicioso Domingo de Irala.

 

     (1425) Hechas las paces con el cacique Tabaré, bajaron con él y con sus indios hacia el sur Domingo Martínez de Irala y sus hombres, entre los qua estaba el cronista Ulrico: “Fuimos aguas abajo del Paraguay (afluente del Paraná) a reunirnos con el capitán general Cabeza de Vaca y le contamos cómo nos había ido. Decidió entonces realizar su deseado viaje, y le pidió a Tabaré, ya que estaba pacificado, 2.000 indios armados, y él manifestó su conformidad, prometiendo que siempre la tendría. Ya todo dispuesto, tomó 500 cristianos, dejó 300 en la ciudad de  Asunción, nombró capitán a Juan de Salazar, y enseguida emprendió la marcha aguas arriba del río Paraguay. Los indios tenían 83 canoas y nosotros, los cristianos, 9 bergantines. Llegamos adonde  los indios payagaes, enemigos nuestros, pero huyeron presto con mujeres e hijos después de haber quemado sus casas. Avanzamos unas 100 leguas más sin encontrar gente alguna, hasta que dimos con una tribu de indios guajarapos, que no quisieron saber nada con nosotros y huyeron de allí. Vimos luego a los indios sacocíes, en el lugar en que estuvieron antes tres navíos nuestros. Nos recibieron muy de a buenas, y nuestro capitán

les pidió información sobre otras tribus, y solo le dijeron que los carios estaban aún en su territorio, pero no era así. Después nuestro capitán mandó a la gente que se preparase, porque él quería marchar tierra adentro (26 de noviembre de 1543), y dejó allí 150 hombres con los navíos y víveres para 2 años, llevando consigo los 350 cristianos más los 18 caballos y los 2.000 carios, y se metió tierra adentro. Pero fue poco el provecho que sacó, porque no era el hombre apropiado para empresa tan grande. A esto se añadía que todos los capitanes y caballeros eran enemigos suyos, y era él quien había ocasionado  tal grado de enfrentamiento por  su modo de portarse con la gente de guerra”.

     Con sus últimas y duras palabras, Ulrico  nos ha anticipado por qué Álvar Núñez Cabeza de Vaca va a fracasar como Gobernador de Río de la Plata, y ha dejado clara su opinión de que, lamentablemente, la culpa de lo que le esperaba la tuvo él mismo. Nunca sabremos si Ulrico fue sincero, ya que había muchas rivalidades por el poder, pero resulta evidente que no le tenía simpatía a Cabeza de Vaca. Sigamos con la crónica: “Caminamos durante 18 días sin encontrar indios, y no eran muchos los víveres que nos quedaban, por lo que nuestro capitán tuvo que volver a los navíos. No  obstante, mandó a un español llamado Francisco Ribera que él siguiera adelante con otros 10 españoles durante 10 días, y, si durante este tiempo no diesen con indio alguno, regresaran a los navíos, donde nosotros los esperaríamos. Ellos encontraron una gran tribu de los indios que tenían maíz y mandioca, volvieron a nuestro campamento y se lo contaron al capitán general, que se dispuso a ir tierra adentro, pero se vio obligado a desistir porque se lo impedían las aguas. No obstante ordenó preparar un navío con 80 hombres, poniendo como capitán a Hernando Ribera, y nos envió aguas arriba del río Paraguay a descubrir una tribu de indios llamados xarayes, debiendo penetrar en sus tierras durante dos días y volver pronto con información sobre  ellos”.

 

     (Imagen) Ya que resultan bastante repetitivos los encuentros con los nativos, los resumiré al máximo, para llegar pronto al gran conflicto que padeció Álvar Núñez Cabeza de Vaca, del que Ulrico no parece apiadarse, a quien acabamos de ver salir de expedición con 9 compañeros, bajo el mando de un capitán llamado Hernando de Ribera, y con la orden del gobernador de que no tardaran más de diez días en volver. Pero ocurrió que, en una de las tribus que encontraron, les hablaron de la existencia de las siempre misteriosas, y nunca encontradas, amazonas, que se cortaban un pecho para manejar mejor el arco. Se añadía que su zona estaba llena de ricas minas, e incluso los informadores tenían joyas que decían ser de aquellos lugares, y les regalaron algunas. Les picó la curiosidad y cambiaron su itinerario, sin encontrar nada al respecto, pero alargando mucho el tiempo del viaje, que duró 30 días. Y, al regresar navegando por el río, surgió un serio problema: “Nuestro capitán general Cabeza de Vaca (nunca le llama gobernador) ordenó, so pena de muerte, que ninguno de nosotros  se moviese de los navíos, hizo prender a nuestro capitán, Hernando de Ribera, nos quitó todo lo que habíamos traído de tierra adentro, y, para colmo de todo, quería ahorcar a nuestro capitán. Pero nosotros, cuando supimos tal cosa, armamos un gran alboroto, juntándonos, con otros buenos amigos que estaban en tierra, contra Cabeza de Vaca, para obligarlo a que dejase libre a Hernando de Ribera, y a que nos devolviese lo que nos había robado. Cuando él vio nuestro alboroto, y se dio cuenta de nuestras malas intenciones, decidió poner en libertad a nuestro capitán, nos devolvió todo lo que nos había quitado y nos habló con buenas palabras. Solamente así quedamos satisfechos. Cuando ya todo se había sosegado, nos pidió que le hiciésemos una relación de las tierras que vimos y que le contásemos por qué nos habíamos demorado tanto, y, al explicárselo, quedó muy contento. Pero luego se le antojó al dicho capitán general, interesado por lo que le habíamos contado, marchar con toda la gente a la tierra que nosotros  habíamos visitado”. Y ahora va a ser implacable Ulrico: “Pero los soldados de ninguna manera quisimos consentirlo, y menos en esta estación, en la que la tierra está anegada. Además,  la mayor parte de la gente no solo estaba muy enferma y cansada, sino que tampoco tenía ya respeto a Álvar Núñez Cabeza de Vaca, pues se trataba de un hombre que no tenía habilidad para mandar. Por este tiempo cayó gravemente enfermo, y quizá no se hubiese perdido gran cosa si esta vez hubiese fallecido, porque él era de muy poca valía para nosotros”. Es sabido que el ambiente social y militar en la gobernación de Río de la Plata fue especialmente duro y peligroso, pero llama la atención que Ulrico hable así de alguien que en La Florida demostró un coraje excepcional, aparte de ser un cronista extraordinariamente inteligente y culto.




viernes, 9 de septiembre de 2022

(1824) Nombrado gobernador de Río de la Plata Núñez Cabeza de Vaca, llegado a Brasil, tardó 8 meses en hacer por tierra el recorrido hasta Asunción. Ya no era el hombre humanitario con los indios de La Florida. Ahora tendrá que ser implacable.

 

     (1424) Bueno: pues el cronista da un buen salto en el tiempo, y ya nos presenta a Álvar Núñez Cabeza de Vaca a punto de llegar a Asunción. Resultará curioso conocer con qué ojos lo va a ver Ulrico. Sabremos si se muestra generoso con él o se coloca en el bando de los que lo apresaron y echaron de la gobernación de Río de la Plata (historia que ya conocemos): “Por entonces, llegó de España un gobernador y capitán general que se llamaba Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Venía con 400 hombres y 30 caballos en 4 navíos cuando arribó (29 de marzo de 1541) a un puerto de Brasil que se llama Santa Catarina. Queriendo conseguir provisiones, envió 2 carabelas a unas 8 leguas del puerto para buscar víveres, les sobrevino tal tempestad que las 2 se quedaron en el mar, y lo único que de ellas volvió fue su tripulación. Cuando el capitán general lo puso, ya no quiso exponer los otros 2 navíos que le quedaban, y fue por tierra hasta el Río de la Plata (en ese trayecto descubrió Cabeza de Vaca las cataratas de Iguazú). Luego llegó hasta nosotros, que estábamos en Asunción, trayendo solamente 300 hombres de los 400 que tenía, pues los demás habían perecido de hambre o de enfermedad. Este gobernador tardó 8 meses en recorrer el camino, que era de  500  leguas. Traía consigo de España el nombramiento otorgado por la Cesárea Majestad, y decía que Domingo Martínez de Irala tenía que entregare su gobierno y que toda la gente había de acatarlo”.

     Luego Ulrico deja un ligero y absurdo margen de duda sobre los derechos de Cabeza de Vaca: “Domingo Martínez de Irala y toda la gente declararon estar dispuestos a reconocer su autoridad, pero con la salvedad de que Álvar Núñez Cabeza de Vaca mostrase la prueba de que había obtenido la concesión de su Cesárea Majestad. Misterio este que no se pudo esclarecer, salvo que los sacerdotes y 3 oficiales lo verificaron, y, de este manera, Cabeza de Vaca tomó el mando”. Se nota en Ulrico un punto de suspicacia, y ya veremos si el nuevo gobernador va a ser santo de su devoción. No obstante, añade que, tras haber pasado revista Cabeza de Vaca y ver que contaba con 800 hombres, hicieron hermandad él y Domingo Martínez, y se juraron mantener la amistad. Los tres funcionarios que dieron por buena la documentación de Cabeza de Vaca fueron  Alonso de Cabrera, veedor, Felipe de Cáceres, contador, y Pedro Dorantes, factor: “Enseguida mandó Cabeza de Vaca preparar 9 bergantines para navegar por el Paraná aguas arriba, hasta donde se pudiese. Envió por delante 3 bergantines con 115 hombres, para que hallasen indios con provisiones, yendo bajo el mando de Antonio Cabrera y Diego Tabellino. Llegamos primero a la tribu de los suruchacuis, donde tenían maíz, pescado y carne. Los hombres usan en los labios una piedra lisa y grande como ficha de damas, y las mujeres andan con las vergüenzas por adorno. Con los de esta tribu, dejamos nuestras navecillas y nosotros nos metimos tierra adentro durante 4 días. Hallamos un pueblo de carios, y nos dieron buenos informes de aquella zona. Después volvimos a las navecillas y navegamos por el Paraná aguas abajo. Llegamos  a la tribu de los indios aracarés, y allí encontrarnos una carta de Cabeza de Vaca en la que decía que había que ahorcar a Aracaré, el indio principal de allí. Nuestro capitán obedeció la orden, y enseguida se armó una guerra grande, como se dirá después. Cumplido esto, emprendimos viaje aguas abajo hasta Asunción, y dimos cuenta a Álvar Núñez Cabeza de Vaca de lo que en este viaje habíamos hecho y visto”. Ocurría en febrero del año 1543.

 

     (Imagen) El nuevo gobernador, Cabeza de Vaca, inició de inmediato la conquista de aquellas tierras:  “Le dijo al principal de los nativos amigos, que estaban en Asunción, que tenía que facilitarle 2.000 indios y marchar con los cristianos aguas arriba. Ellos se ofrecieron de buena gana, pero le dijeron a nuestro capitán general que tendría que pensarlo bien antes de lanzarse tierra adentro, porque toda la provincia tabaré de los carios se había rebelado, y se disponían a marchar contra los cristianos. Ello se debía  a que su cacique, Tabaré, era hermano de Aracaré, el cual había sido ahorcado por los españoles, y quería vengar aquella muerte. Teniéndolo en cuenta Cabeza de Vaca, se preparó mejor, y renunció a encabezar la campaña. Le mandó a su ‘hermano de adopción’ (se habían prometido fidelidad) Martínez de Irala que tomase 400 hombres y 2.000 indios, marchase contra los tabarés  y expulsase o destruyese a todos ellos. Obedeció esta orden, partió con la gente de Asunción, avanzó contra los enemigos, y lo primero que  hizo fue requerir a Tabaré que se rindiera a la voluntad de su Cesárea Majestad. Pero no quiso ceder, y tenía mucha gente reunida, y su pueblo bien fortificado con tres muros hechos de maderos, y zanjas muy anchas. Pero nosotros ya sabíamos por experiencia qué valor darles a tales cosas. Acampamos hasta el cuarto día, y luego ganamos la primera ventaja. Tres horas antes de amanecer, entramos al pueblo, matamos a todos los que encontramos y tomamos a numerosas mujeres, que nos sirvieron de mucho después (para que los tabarés se rindieran). En esta escaramuza murieron 18 cristianos y muchísimos de los nuestros fueron heridos. También sucumbieron bastantes de nuestros indios amigos, pero los contrarios no nos llevaron ventaja, porque, de la parte de aquellos caníbales, los muertos llegaron a 3.000. No pasó mucho tiempo hasta que vino Tabaré con los suyos a pedirnos perdón y nos rogaron que les devolviésemos a sus mujeres e hijos, porque, de esa manera, también él, Tabaré, y sus indios nos servirían a los cristianos, y serían nuestros súbditos. Lo cual tuvo que concederlo nuestro capitán Domingo Martínez de Irala, porque así lo exigían las instrucciones establecidas por su Cesárea Majestad”. Parece ser que aplicaron la norma, dictada por el Rey, de perdonar dos veces las rebeldías de los arrepentidos, de manera que el castigo implacable les caería a los indios sublevados a la tercera. Cambia ahora radicalmente el escenario de Cabeza de Vaca. Triunfó como el famoso héroe que anduvo perdido, liderando a tres compañeros (Andrés Dorantes, Alonso del Castillo y el negro Estebanico), y conviviendo amigablemente con indios durante unos ocho años por territorio norteamericano. Pero lo vemos convertido en Gobernador de Río de la Plata, teniendo que organizar batallas muy duras e implacables contra los indios, y fracasará víctima de las rivalidades políticas.




jueves, 8 de septiembre de 2022

(1823) Regresando de Brasil, y por culpa del piloto, la tormenta hundió un barco. Se salvaron pocos, ente ellos el cronista Ulrico. Francisco Ruiz Galán tuvo que volver hacia España por su rivalidad con Domingo Martínez de Irala.

 

     (1423) Entonces Ulrico tuvo la oportunidad de hacer un viaje que, en principio, debería ser como unas vacaciones, pero aquellos soldados siempre estaban amenazados por el riesgo: “El capitán del barco, Gonzalo de Mendoza, le pidió a Domingo Martínez de Irala que le diese 6 compañeros de la gente de guerra. Él se lo concedió, y, así, nos llevó a mí y a 5 españoles consigo, más otros 20 hombres de guerra y marineros. Partimos por mar el 4 de junio de 1538, llegamos a Santa Catarina un mes más tarde, y allí encontramos el navío que había llegado de España, y al capitán Alonso de Cabrera junto con toda su gente. Nos alegramos mucho, nos quedamos 2 meses (qué gozada para un sufrido militar), y cargamos los 2 barcos con arroz, mandioca y maíz. Después de esto, nosotros, los 2 navíos y el capitán Alonso de Cabrera con toda su gente partimos de Santa Catarina hacia Buenos Aires. Tras navegar unas 20 leguas, dimos con el agua de la desembocadura de los ríos Paraná e Iguazú. Llegamos la víspera de Todos los Santos, yendo juntos los dos navíos, porque es costumbre que los barcos se detengan al llegar la puesta del sol para comentar los incidentes de la jornada, comprobar cuánto se ha caminado y decidir el rumbo que se ha de seguir el día siguiente. Nuestro piloto aseguraba que ya estábamos en aguas del Paraná, pero el del otro barco decía que aún quedaba lejos ese punto. Como se verá más adelante, este piloto era más experto que el nuestro, y, por consejo suyo, su nave permaneció en alta mar, mientras nosotros tomábamos rumbo hacia la costa. Íbamos a obscuras, se levantó un recio temporal, y, a eso de las 12 de la noche, vimos tierra, pero antes de que pudiésemos largar nuestra ancla. Después encalló el navío, y nos faltaba como media legua de distancia para llegar a tierra. Entonces comprendimos que no nos quedaba más remedio que clamarle a Dios Todopoderoso que nos favoreciese y tuviese misericordia. En ese mismo instante, nuestro navío se hizo cien mil pedazos y se ahogaron 15 hombres y 6 indios. Algunos escaparon sobre trozos de madera, yo y 5 compañeros más nos salvamos en el mástil, y, de los desaparecidos, no pudimos recoger un solo cuerpo. El Señor Dios nos favorezca, a ellos y a nosotros todos”. No precisa que, entre los supervivientes, estaban el capitán de barco, Gonzalo de Mendoza y el torpe piloto.

     Los supervivientes pudieron alcanzar la costa, pero en condiciones calamitosas: “Después de esto nos vimos obligados a caminar a pie 10 leguas. Habíamos perdido toda nuestra ropa en el navío, los víveres también, y nos tuvimos que remediar con las raíces y frutillas que hallábamos en el campo, hasta que llegamos a una ensenada llamada San Gabriel, y allí encontramos el otro navío con su capitán, Alonso de Cabrera, que había llegado 3 días antes que nosotros. Le habían comunicado todo esto a nuestro capitán, Domingo Martínez de Irala, que estaba en Buenos Aires.  Él se afligió sobremanera por nosotros, y creyendo que habíamos perecido todos, mandó decirnos algunas misas. Después de llegar  nosotros a Buenos Aires, Domingo Martínez de Irala hizo llamar a nuestro capitán y al piloto. De no ser por los muchos ruegos que por él se hicieron, habría  hecho ahorcar al piloto, pero, no obstante, tuvo que pasar 4 largos años como simple marinero”.

 

     (Imagen) La crónica de Ulrico Schmídel ha tenido muchas traducciones y revisiones. Sobre la que estoy manejando, se hace referencia a que, quien figura como Domingo Martínez de Irala durante estos últimos hechos, es en realidad Francisco Ruiz Galán, el cual, dentro de poco, llegará a Asunción desde Buenos Aires, acompañado por Alonso de Cabrera, y se encontrarán con Irala. Dejaré sin tocar lo que  ya hemos visto en este último tramo de la crónica, pero eliminaré el nombre de Domingo Martínez de Irala cuando su presencia parezca errónea. Veamos, no obstante, quién fue FRANCISCO RUIZ GALÁN, muy poco amigo de Irala. Había nacido (ver imagen) en Guadix (Granada) el año 1500, y tuvo una relación muy estrecha desde joven con Pedro de Mendoza, el fallecido gobernador de Río de la Plata, adonde llegaron juntos los dos. Mendoza le había dado el máximo poder en la ciudad de Buenos Aires, como representante suyo, al tiempo que decidía mostrar su voluntad de que, en caso de fallecer, le sustituyera como gobernador Juan de Ayolas. Ya hemos visto que murió Mendoza y murió Ayolas después. Ulrico nos ha dicho que, en esa situación, casi por completa unanimidad, las autoridades y los militares reconocieron como nuevo gobernador a Domingo Martínez de Irala. La gobernación de Río de la Plata estuvo siempre inmersa en muchos dramas por las disputas del poder, y llegará al culmen, como vimos hace tiempo y volveremos a ver, al presentarse como gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Ahora la pelea va a ser entre tres contrincantes: Francisco Ruiz Galán, Alonso de Cabrera y Domingo Martínez de Irala, quien será el ganador, con gran rabia de Ruiz Galán y la conformidad de Cabrera, quedando después Irala, además, ratificado en el cargo por Carlos V. Si Río de la Plata tenía fama de ser una ‘gobernación sin ley’, e, incluso, se la llamaba ‘El Paraíso de Mahoma’ (por su desmadre sexual), Francisco Ruiz Galán se caracterizaba por ser muy cruel, poco fiable y una de las personas menos recomendables. En 1541 Martínez de Irala ordenó el abandono de Buenos Aires trasladando a Asunción a los pobladores. Entonces Francisco Ruiz Galán renunció a todo, y Martínez de Irala le permitió que marchara a la brasileña isla de Santa Catarina, para que pudiera ir a España y retornar a su lugar natal, Guadix. En dicha isla se perdió por completo el contacto con él, y, al parecer, murió allí entonces. El párrafo  siguiente es de Ulrico, y sigue hablando como si Irala estuviera presente: “Estando toda la gente reunida en Buenos Aires el año 1539,  mandó enseguida nuestro capitán general (Irala; pero quienes lo ordenaron fueron Ruiz Galán y Alonso de Cabrera), que se preparasen los bergantines, reunió a toda  la gente y quemó los navíos grandes. Después navegamos nosotros aguas arriba del Paraná hasta llegar a Asunción, y allí permanecimos 2 años largos esperando que la Cesárea Majestad enviara nuevas órdenes”.




miércoles, 7 de septiembre de 2022

(1822) Por la insensata decisión de tres españoles que estaban al mando, se ejecutó a varios caciques amigos. En la réplica, los indios mataron a 50 españoles, aunque fueron derrotados.

 

     (1422) Sigamos adelante con la crónica de Ulrico, aunque hay que andar con pies de plomo porque su redacción, traducida del alemán, resulta a veces  confusa: “Por entonces (marzo de 1541), Domingo Martínez de Irala ordenó que se preparasen cuatro bergantines, tomó 150 hombres, dejando a los demás en Asunción, y nos dijo que quería ir a traer a los españoles que se habían quedado con los indios timbúes, más 160 españoles que estaban en Buenos Aires. Partió con esa intención, pero antes de  que él llegara adonde los timbúes (allí estaba el fuerte español de Corpus Christi), ocurrió que el capitán Francisco Ruiz, el sacerdote Juan Pavón y un secretario que se llamaba Juan Hernández, actuando como gobernadores en funciones, decidieron que se había de dar muerte al cacique de los timbúes, y a otros indios principales. Así ejecutaron tamaño crimen, y los indios que, por tan largo tiempo, habían servido en todo a los españoles, fueron pasados escandalosamente de la vida a la muerte antes de que llegáramos nosotros. Al llegar Domingo Martínez de Irala, mucho le pesó esta matanza y la huida de los demás timbúes. Luego dejó provisiones en Corpus Christi, y también 20 hombres bajo el mando del  capitán Antonio de Mendoza, con la orden de que no se fiase de los indios, y de que, si los timbúes quisieran volver a ser amigos,  los tratasen bien y les mostrasen la vieja amistad. Después de esto, nuestro capitán general se llevó consigo a las tres personas causantes de la matanza, Francisco Ruiz, Juan Pavón y Juan Hernández. Cuando estaban para hacerse a la vela, se presentó allí un cacique de los timbúes, que se llamaba Legemi, gran amigo que fue de los cristianos, pero que, a pesar de esto, tenía que darles el gusto a los indios, y le dijo a nuestro capitán, Domingo Martínez de Irala, que debería llevarse a todos los cristianos consigo, porque los timbúes estaban alzados contra ellos y querían matarlos o expulsarlos del país.  A esto le contestó el capitán general  que él no tardaría en volver, y que sus soldados podían defenderse de los indios. Le dijo también al cacique Legemi que debería trasladarse con mujer, hijos y amigos adonde estaban los cristianos, a lo que contestó que así lo haría. De inmediato partió nuestro capitán general, Domingo Martínez de Irala,  aguas abajo y nos dejó allí solos”.

     Pero, si siempre los indios amigos podían convertirse en enemigos, más probale era todavía cuando los españoles habían castigado a su tribu:  “Unos 8 días después sucedió que el dicho timbú Legemi envió a uno de sus hermanos, llamado Suelava, con engaño, y rogó a nuestro capitán, Antonio de Mendoza que le mandase 6 cristianos armados, porque quería traernos con ellos a su familia, y en adelante vivir con nosotros. Además nos comunicaba que él desconfiaba de de los timbúes, y necesitaba seguridad para llevar a cabo su propósito con seguridad. Sus palabras nos convencieron de sus buenas intenciones,  nos prometía también que traería consigo comida y cuanto nos hiciera falta; pero todo esto era picardía y engaño. Por su parte, le prometió nuestro capitán que no sólo 6 hombres le daría, sino 50 españoles con buenas armas de defensa y ofensa, pero luego el capitán les dijo a estos 50 hombres que no se descuidasen,  y que estuviesen bien prevenidos, a fin de que no cayesen en alguna celada de los indios”.

 

     (Imagen) Los españoles habían cometido el error de castigar injustamente a unos indios amigos: “No había más que un medio cuarto de legua de distancia entre nosotros los cristianos y estos timbúes, y cuando nuestros 50 hombres llegaron a las casas de ellos, en la misma plaza se les acercaron los indios y les dieron un beso, como Judas el traidor al Señor Cristo, y les trajeron de comer pescado y carne. Mientras comían los cristianos se les fueron encima estos timbúes que habían sido amigos y otros que estaban ocultos en las casas y en los rastrojos, y les bendijeron la mesa a los españoles de tal suerte que ni uno de ellos salió de allí con vida, salvo un solo muchacho que se llamaba Calderón. Dios los favorezca y tenga misericordia de ellos y de todos nosotros. Amén. Una hora después partió el enemigo, siendo unos 10.000 hombres, contra nuestro campamento, nos asediaron y creyeron podernos vencer, pero esto no sucedió, ¡Dios, el Señor, sea loado! Durante 14 días acamparon fuera de nuestro pueblo y nos asaltaban día y noche. En esta ocasión ellos se habían fabricado lanzas alargadas con las espadas, como lo habían aprendido de los cristianos, y con estas nos atacaban y se defendían. Aconteció en el mismo día en que los indios con toda la fuerza nos dieron el ataque nocturno y nos quemaron las casas, que corrió nuestro capitán, Antonio de Mendoza, con una espada a un portón. Allí estaban algunos indios tan ocultos, que no se los podía ver, y estos ensartaron al capitán con las lanzas, de suerte que ni ¡ay! pudo decir. ¡La misericordia de Dios le valga! Los indios ya no podían estarse más tiempo, pues se les acabó la comida, por lo que tuvieron que levantar su campamento y retirarse. Después de esto nos llegaron 2 bergantines con provisiones desde Buenos Aires, que nos mandaba nuestro capitán Domingo Martínez de Irala para que nos sostuviésemos allí hasta su llegada. Nosotros nos alegramos en  gran manera, pero no así los que vinieron  con los 2 bergantines, porque lo sintieron mucho al enterarse de la muerte de los 50 cristianos. Así, pues, decidimos entre todos no quedarnos más tiempo allí, en Corpus Christi, junto a los timbúes, nos fuimos todos juntos aguas abajo y llegamos a Buenos Aires, donde estaba nuestro capitán, Domingo Martínez de Irala. Él se alarmó mucho con las noticias y fue grande su pesar por la gente que se perdió, ya que no atinaba a saber qué sería de él, ni lo que haría con nosotros, porque ya no teníamos víveres. Pero días después nos llegó de España una pequeña nao, y nos trajo la buena noticia de que otro navío, cuyo capitán era Alonso de Cabrera, había arribado a Santa Catarina (Brasil) con 200 españoles. En cuanto lo supo nuestro capitán, hizo preparar otra nave, y la envió a Santa Catarina, que está a 300 millas de Buenos Aires (ver imagen), bajo el mando del capitán Gonzalo de Mendoza, encargándole que allí lo cargase con la máxima cantidad posible de víveres”.




martes, 6 de septiembre de 2022

(1821) Los indios naperus y piembas mataron al gobernador Ayolas y a todos sus hombres. Nunca se sabrá si Irala (nuevo gobernador) y los suyos (incluido el cronista Ulrico) los habían abandonado a propósito.

 

     (1421) Ulrico aporta luego datos que resultan bastantes confusos, sobre todo porque los nombres que hacen referencia a las tribus que van encontrando están muy deformados por su pronunciación alemana. Trataré de aclararlo. Los españoles permanecieron seis meses en Asunción, y se lo tomaron como un merecido descanso. Juan de Ayolas les pidió a los carios que le dieran datos sobre los indios payaguaes. Le dijeron que estaban a 100 leguas de distancia y le contaron cuál era su forma de vida y de qué se alimentaban: “Recogida esta información, nuestro capitán, Juan de Ayolas, les mandó a los carios que cargasen 5 navíos con comida, y ellos le dijeron que se prestarían a cumplir todo lo que el capitán les mandase. Cuando los navíos estuvieron cargados de provisiones, mandó nuestro capitán que se reuniese toda la gente y, de sus 400 hombres, separó 300 bien armados, y a los otros 100 los dejó en Asunción, donde en aquel tiempo vivían los carios. De ahí navegamos aguas arriba y encontramos cada 5 leguas un pueblo de los dichos carios, asentados junto al río Paraguay. Nos trajeron a los cristianos lo necesario con comida de pescado y carne”.

     Continúa Ulrico hablando del avance por aquellas tierras en las que abundaban los carios, pero también dieron con los indios piembas, de los que dice que les recibieron con buenas maneras y dándoles comida abundante (aunque anuncia que más tarde les iban a crear problemas). Entonces fue cuando Juan de Ayolas partió para una nueva expedición, dejando allí parte de su ejército bajo el mando de Domingo Martínez de Irala. Como ya sabemos por la crónica de Cabeza de Vaca, y veremos de nuevo, nunca más volvieron a encontrarse, por un malentendido o por falta de lealtad de Irala: “Nuestro capitán general, Juan  de Ayolas, pidió algunos indios piembas para que fuesen con él tierra adentro. Se prestaron de buen grado, y al punto, su cacique separó 300 indios para que lo acompañasen.  Enseguida mandó Juan de Ayolas zarpar en 3 de los 5 navíos que teníamos, y en los otros 2 quedamos 50 hombres.  Nos dio la orden de permanecer en aquella zona durante los  4 meses que iba a durar su ausencia, y, si se diese el caso de que él no se volviese a juntar con nosotros dentro del plazo estipulado, deberíamos regresar con estos 2 navíos a la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción. Pero aconteció que, aunque nosotros permanecimos con los indios piembas durante 6 meses, no supimos nada de nuestro capitán Juan de Ayolas. Ya no teníamos cosa que comer, así que nos vimos obligados a viajar con nuestro mencionado capitán Domingo Martínez de Irala de vuelta a la ciudad Asunción, según lo mandado por nuestro capitán general”.

     Ya hablamos hace tiempo de la decisión que tomó Ayolas de dejar a Domingo Martínez de Irala con varios hombres en el territorio de los indios piembas, mientras se lanzaba a la aventura hacia el norte con otra  tropa. Cuando regresó Ayolas, Irala y los  suyos se habían marchado, y hemos visto que Ulrico, con una sola frase, parece pretender justificar el abandono del lugar. Nos ha contado que Ayolas había ordenado que esperasen su regreso solamente durante cuatro meses, y que Martínez de Irala, no solo cumplió el plazo, sino que aguantó dos meses más. Ulrico continúa la narración hablando de lo que ocurrió a la vuelta de Ayolas. Nunca se sabrá si Irala, con la conformidad de sus hombres, incluido Ulrico, dejaron tirado a Ayolas.

 

     (Imagen) Siempre quedará la duda de si Domingo Martínez de Irala respetó la orden que le dio el burgalés Juan de Ayolas de esperar durante cuatro meses su regreso. En algunas crónicas se da a entender que Irala estaba deseoso de poder arrebatarle el cargo de gobernador de Río de la Plata. Pero Ulrico, que evita mostrar su opinión, nos sigue contando: “Ayolas y los suyos se vieron frente a muchas tribus que les atacaron, y luego  también murieron de hambre en este viaje la mitad de los cristianos. Llegó adonde los indios paizunos, y se vio obligado a retroceder con su gente, menos tres españoles, que, por estar enfermos, tuvo que dejar atrás entre los indios paisenos. Juan de Ayolas regresó con la gente adonde los indios naperus; allí quedaron y descansaron tres días, porque la gente estaba muy cansada y enferma, y ya no les quedaba munición. Pero entonces los  naperus y los piembas decidieron matar al capitán Juan de Ayolas y a los suyos. Cuando  ya se marchaban los españoles, fueron sorprendidos por estos indios. Embistieron sin piedad al capitán y a los cristianos, como si fuesen perros rabiosos, y acabaron de matar y destruir a los debilitados soldados junto con su capitán,  de suerte que ni uno de ellos escapó. Dios se apiade de ellos y de todos nosotros y nos tenga misericordia. Cuando los otros 50 hombres llegamos al asiento de Asunción,  y allí esperábamos a Juan de Ayolas y a nuestros soldados, supimos cómo les había ido por un indio que era esclavo del finado Ayolas. Nos contó todo de principio a fin, pero no nos fue posible creerle. Y durante el año que permanecimos  en la ciudad de Asunción, los carios le decían a nuestro capitán, Martínez de Irala, que Ayolas y los suyos tuvieron que haber perecido a manos de los piembas. Pero nosotros no queríamos creer que fuese cierto mientras no se lo oyésemos declarar a un piemba. Dos meses después llegaron allí los carios y le trajeron a nuestro capitán dos piembas que habían tomado prisioneros. Nuestro capitán les preguntó si ellos habían tenido parte en la muerte de los cristianos. Mintieron mucho y dijeron que los españoles no habían llegado a su territorio. El capitán consiguió conformidad del justicia y del maestre de campo para que se les interrogase con dureza. Se les dio tormento a tal punto, que confesaron ser verdad que ellos habían matado a los cristianos y a su capitán. Después de esto nuestro capitán, Domingo Martínez de Irala, hizo condenar a los dos piembas y atarlos a un palo con una gran hoguera para quemarlos. Entonces, a todos nosotros nos pareció bien elegir a Domingo Martínez de Irala capitán general, dado que se había portado muy bien con los soldados, pero ocupando el cargo durante el tiempo en que Su Majestad no dispusiese otra cosa”. Tiene sentido que lo escogieran al conocer el triste final de Juan de Ayolas, pero, al haber pasado tanto tiempo, Irala ya ejercía como gobernador interino antes de tener la certeza de su muerte.




lunes, 5 de septiembre de 2022

(1820) Donde pronto iba a nacer la ciudad de Asunción, los indios carios, entusiastas del canibalismo, tras ser derrotados se convirtieron en incondicionales aliados de los españoles. También pidieron la paz los indios agaces.

 

     (1420) Una vez más se confirma que el canibalismo era habitual en muchas partes de Las Indias: “La tierra de estos carios es de mucha extensión, casi 300 leguas de ancho y largo, son hombres pequeños y gruesos, y valen más para servir a otros. Los varones tienen en el labio un agujero pequeño en el que meten un cristal amarillo. Esta gente, hombres y mujeres, andan en cueros vivos. Entre estos indios. el padre vende a la hija, el marido a la mujer, si esta no le gusta, y también el hermano vende a la hermana. Una mujer cuesta una camisa, o un cuchillo de cortar pan, o un anzuelo o cualquier otra baratija por el estilo. Estos carios también comen carne humana cuando pelean y toman algún enemigo, sea hombre o mujer, y, como se ceban los puercos en Alemania, así ceban ellos a los prisioneros. Pero si la mujer es algo linda y joven, la conservan por un año o más, y si durante ese tiempo no alcanza a gustarles del todo, la matan y se la comen, y con ella hacen fiesta solemne, o como si fuese para una boda, pero, si la persona es vieja, la hacen trabajar en la labranza hasta que se muere. Esta gente es la más caminante de cuantas tribus hay en el territorio de Río de la Plata, y son grandes guerreros por tierra. Su ciudad está rodeada con 2 empalizadas de madera. Habían cavado unos fosos, dejando unos hoyos en los que tenían clavadas estacas de palo duro y puntiagudas. Estaban tapados los hoyos con paja y ramas cubiertas de tierra y pasto, con el fin de que, cuando nosotros, los cristianos, persiguiésemos a los carios o atacásemos su ciudad, cayésemos en hoyos, pero fueron tantos, que hasta los mismos indios se caían en ellos”.

     Pronto tuvieron los españoles ocasión de medirse con los carios: “Nuestro capitán general, Juan de Ayolas, puso en orden a toda nuestra gente, menos 60 hombres que dejó de guardia en los bergantines, y con ella fue al ataque contra la ciudad de los indios. Nos divisaron estando nosotros a un tiro largo de arcabuz, siendo ellos unos 40.000. Por medio de un mensajero, nos pidieron que nos retirásemos, porque así nos proveerían de comida, y, de no hacerlo, se convertirían en enemigos nuestros. Pero esto de ningún modo nos convenía , ya que allí había abundancia de comida, y sabido era que, en los últimos 4 años, no habíamos probado ni visto un bocado de pan, sino sólo pescado y carne. Entonces empuñaron los carios sus arcos y con ellos en las manos nos recibieron. Ni aun así quisimos nosotros hacerles mal, y les rogamos por tercera vez que se mantuviesen en paz porque deseábamos ser sus amigos, pero no quisieron hacer caso, ya que no habían probado los arcabuces nuestros. Cuando nos pusimos cerca de ellos, les hicimos una descarga con nuestras bocas de fuego. Al oírlo eso y ver que su gente caía al suelo sin tener clavada flecha, sino solo un agujero en el cuerpo, se llenaron de espanto, y al instante huyeron en pelotón, cayendo unos sobre otros. Y fue tanta fue la prisa de meterse en su pueblo, que unos 200 carios cayeron en sus ya mencionados hoyos. Después de esto, nos acercamos a su pueblo y lo atacamos. Como ya no podían resistir más y temían por las mujeres e hijos, que también tenían consigo en la ciudad, nos pidieron misericordia, prometiendo complacernos en todo con tal que les perdonásemos las vidas. Le trajeron a nuestro capitán, Juan de Ayolas, 6 mujeres, de las que la mayor tendría unos 18 años. Luego se empeñaron en que nos quedásemos con ellos, y le regalaron a cada soldado 2 mujeres, para que nos sirvieran en el lavado y la cocina. Y, de esta manera, se hizo la paz entre nosotros”. Resulta curioso que los cronistas no suelan hablar claramente de la vida sexual de los soldados. Tema tabú.

 

     (Imagen) Va a ocurrir algo muy importante en Río de la Plata. Los indios carios, derrotados, se harán firmes amigos de los españoles y les van a construir una especie de refugio que hará historia: “Se vieron obligados a levantarnos una gran casa de piedra y madera, para que, si con el paso del tiempo ocurriese que se levantasen contra nosotros, pudiésemos defendernos. Tomamos este pueblo el día 15 de agosto de 1537, festividad de Nuestra Señora de la Asunción, y así se llama todavía esta ciudad.  En esta batalla cayeron de los nuestros 16 hombres,  y permanecimos allí 2 meses”. El lugar era muy estratégico, porque estaba al borde del río Paraguay y se convirtió en el centro de todo el territorio.  Fue el burgalés Juan de Salazar (natural de Espinosa de los Monteros)  quien consolidó su fundación con todas las formalidades notariales. Sigue diciendo Ulrico: “Llevanos a cabo un contrato con los carios por el que prometían acompañarnos a la guerra y auxiliarnos con 8.000 hombres contra los indios agaces. Después de que nuestro capitán general, Juan de Ayolas, hubo arreglado todo esto, partió con 300 españoles, más los carios, y recorrió, aguas abajo, las 30 leguas que hay hasta donde vivían los agaces. Los encontramos en el mismo lugar en que los dejamos, y los sorprendimos en sus casas porque aún dormían, gracias a que los carios los habían descubierto. Allí matamos a chicos y grandes, porque es costumbre de los carios, cuando guerrean y salen ganando, matar a todos sin compadecerse de nadie. Después de esto, tomamos nosotros 500 canoas y quemamos todos los pueblos que pudimos hallar. A los 4 meses, vinieron algunos de los agaces que no habían tomado parte en tal escaramuza por no haberse hallado en sus casas, y pidieron perdón. Nuestro capitán general, Juan de Ayolas, se lo tuvo que conceder, porque, según las órdenes establecidas por la Cesárea Majestad, era obligatorio perdonar a los indios hasta la tercera vez, de manera que solo si algún indio se alzase por tercera vez, debería quedar preso o esclavizado por toda su vida”. Los carios, en realidad, tenían su primitivo origen en la Amazonía del norte, y descendían de tribus caribeñas, por lo que conservaban con orgullo el nombre de ‘carios’. Se daba también la circunstancia de que habían sido  masacrados por otras tribus, como la de los agaces, y, al igual que pasó en muchos territorios de las Indias, se aliaron con los españoles para tomarse la revancha. Es llamativo también que, en general, los cronistas siempre han escrito honradamente, con objetividad y sentido ético. El gran Bartolomé de las Casas, sin embargo, llevado por su espíritu  justiciero, exageró la maldad de los españoles. No obstante, su proceso de canonización continúa, merecidamente, en marcha.




domingo, 4 de septiembre de 2022

(1819) Subieron por el río arriba descubriendo nuevos lugares. Schmídel da detalles de todo lo que ve. Mataron una enorme anaconda. Encontraron tribus amables y lucharon contra otras belicosas, muriendo 15 españoles.

 

     (1419) Se reunieron Juan de Ayolas, Alonso de Cabrera y Domingo Martínez de Irala, como principales en el mando, con otros capitanes: “Se hizo nueva revista de la gente y se halló que, con los nuestros y los otros recién llegados de España, había 550 hombres. Tomaron a 400 para sí, y los restantes 150 los dejaron donde los indios timbúes porque no cabían en los navíos. Quedó al mando de estos  un capitán llamado Carlos Dubrin, el cual en otro tiempo había sido paje de Su Cesárea Majestad. Después, partimos en 8 pequeños navíos aguas arriba del río Paraná, en busca de otro río, llamado Paraguay, donde viven los carios (guaranís de Paraguay). Así, pues, partimos del puerto de Buena Esperanza (pronto llamado Corpus Christi). El primer día llegamos a una nación de indios llamados corondas. Ellos compartieron con nosotros su pobreza, con carne, pescado y pieles. Nosotros les dimos abalorios, rosarios, espejos, peines, cuchillos y anzuelos. Permanecimos 2 días con ellos, y nos dieron 2 indios carios, que los tenían cautivos, para que nos sirvieran de guías  y de intérpretes”.

     Siguieron su ruta y encontraron más indios emparentados con los corondas y del mismo idioma. Nuevamente actuaron los nativos con buen talante y les dieron de comer, correspondiendo con regalos los los españoles. Siguieron caminando durante 18 días sin ver indio alguno hasta que dieron con un poblado de indios machkuerendes, y tuvieron un curioso incidente: “Tras estar cuatro días con estos indios, hallamos estirada en la tierra una serpiente extremadamente grande, que medía 25 pies de largo, gruesa como un hombre, de negro y amarillo, y la matamos con un arcabuz. Los indios se maravillaron de su tamaño, porque jamás habían visto otra igual. Esta serpiente, según nos contaron, los tenía muy preocupados, porque, cuando se bañaban en el agua, siempre solía estar oculta bajo ella, envolvía a los indios con la cola y, zambulléndose con ellos, se los tragaba. Yo mismo medí esta serpiente, y puedo dar cuenta cabal de cómo era de larga y gruesa. Después los indios la despedazaron, la asaron y se la comieron en sus casas. De allí navegamos por el Paraná arriba y, después de 4 días de viaje, encontramos una tribu  de indios Chanaes. Tanto hombres como mujeres, mozos como viejos, andan en cueros vivos, tal y como vinieron al mundo,  sin vestir ni un trapillo ni cosa alguna que les sirva para tapar las vergüenzas, y están en guerra con los machkuerendes”.

     Los españoles se estaban acostumbrando a ser  bien recibidos, pero tuvieron una sorpresa: “Permanecimos solo una noche con ellos, porque no tenían qué comer. Es una nación que se parece a los salteadores de caminos de nuestro país. Viven a unas 20 leguas del río para evitar que los tomen por sorpresa sus enemigos. De allí llegamos donde unos indios que se llaman mepenes. Son unos 100.000 hombres, y tienen más canoas que cualquier otra tribu, cabiendo en cada una de ellas 20 personas. Esta gente nos salió al encuentro por agua en son de guerra, con 500 canoas, pero les matamos a muchos con nuestros armas, porque hasta entonces no habían visto arcabuces ni cristianos. Mas, cuando llegamos a sus casas no les pudimos sacar ventaja alguna, porque el lugar distaba una legua del río Paraná, donde teníamos los navíos, y sus pueblos estaban rodeados de agua muy profunda por todas partes, así que no les pudimos hacer mal alguno, ni quitarles nada. Como no nos pareció prudente apartarnos demasiado de nuestros navíos, retornamos a ellos,  porque la guerra que hacen estos indios es solo por el agua”.

 

     (Imagen) El cronista Ulrico Schmídel tiene todas las características del alemán curioso y perfeccionista en el detalle, por lo que, según avanza por aquellas tierras, va recogiendo los datos antropológicos, zoológicos, fitológicos y geográficos que le llaman la atención. Para situarnos, conviene fijarse en el plano de la imagen. Toda la enorme gobernación lleva el nombre de Río de la Plata, pero vemos que, en realidad, lo que se llama así es el estuario situado en el Atlántico. De allí parte el río Paraná, que, más al norte, enlaza con la bajada del río Paraguay. Ahora Ulrico y los suyos, con sus naves, alcanzan este lugar: “Llegamos a un río llamado Paraguay, navegamos aguas arriba, y encontramos muchísima gente de indios llamados  Kueremaguéis, que solo tienen para comer pescado, carne y pan de algarrobo, con el que hacen vino. Nos trataron muy bien y nos proporcionaron cuanto nos faltaba. Son altos y corpulentos, así hombres como mujeres. Estos hombres se horadan las narices y en la aberturita meten una pluma de papagayo. Las mujeres se pintan la parte inferior de la cara con unas rayas largas de azul, que les duran toda la vida, y se tapan las vergüenzas con un pañito de algodón desde el ombligo hasta las rodillas. Para llegar desde los indios mapenis, tuvimos que andar  40 leguas, y nos quedamos aquí 3 días. Luego fuimos donde una nación de indios llamados agaces, que tienen pescado y carne. Son altos y bien formados, uno y otro sexo. Las mujeres son lindas, se pintan y se tapan las vergüenzas. Pero, en cuanto llegamos adonde ellos estaban, se presentaron aguerridos y dispuestos a pelear con nosotros, con intención de no dejarnos pasar adelante. Viendo esto y que no había más remedio, nos encomendamos a Dios Todopoderoso, y nos pusimos en orden de batalla por agua y por tierra. Luchamos enérgicamente y acabamos con muchísimos de los agaces, pero ellos nos mataron a 15 hombres. Dios los premie a todos. Estos agaces son buenos guerreros, los mejores que hay si es por agua, pero por tierra no lo son tanto. Con tiempo, habían hecho huir a sus mujeres e hijos,  y del mismo modo habían ocultado la comida y cuanto tenían, de manera que no les pudimos aprovechar nada (más tarde volverán adonde ellos). Después de esto tuvimos que dejar a estos agaces y llegamos a otra nación, la de los indios carios (eran a los que buscaban). Allí Dios, el que todo lo puede, nos dio su santa bendición, porque estos carios tenían maíz, mandioca, batatas, pescado, carne, ciervos, jabalíes, avestruces, guanacos, conejillos, gallinas y gansos. También tienen miel, de la que se hace vino, en mucha abundancia, así como muchísimo algodón”.




viernes, 2 de septiembre de 2022

(1818) La mitad de la tropa que estaba en Buenos Aires murió. Se decidió destruir la ciudad y trasladarse a Asunción. La idea fue de Alonso de Cabrera. Pronto morirá el Gobernador Pedro de Mendoza. Años después, Cabrera, trastornado, mató a su mujer.

 

     (1418) La catástrofe de la expedición había sido hasta entonces enorme, e impresiona la serenidad con que Ulrico Schmídel habla de aquel infierno en el que él mismo era protagonista: “Habiendo sucedido todo esto, la tropa no tuvo más remedio que volverse a meter en los navíos, y don Pedro de Mendoza, nuestro capitán general, entregó la gente a Juan de Ayolas (su protagonismo va a ir en aumento), y lo puso en su lugar para que fuese nuestro capitán. Enseguida pasó Ayolas revista de la gente, y halló que, de 2.500 hombres que habían sido, no quedaban con vida más de 560. Los demás habían muerto en batalla o perecido de hambre. Dios Todopoderoso se apiade de ellos y nos ayude. Después de esto, Juan de Ayolas, nuestro capitán, preparó 8 navíos pequeños,  se quedó con hombres de los 560 y 160 los dejó en los 4 grandes navíos, poniéndoles por capitán a un tal Juan Romero y dejándoles provisiones para un año, a razón de 8 onzas de pan diarias para cada soldado, de manera que, si querían comer más, se lo buscasen. Más tarde partimos con Juan de Ayolas por el río Paraná arriba, viniendo también con nosotros el capitán general don Pedro de Mendoza. Dos meses después, llegamos, tras recorrer 84 leguas, hasta donde estaban unos indios timbúes. Se ponen en cada lado de la nariz una estrellita de piedras de colores. Son hombres altos y bien formados, pero sus mujeres, tanto viejas como mozas, son horribles, porque se arañan la parte inferior de la cara, que siempre está ensangrentada. Cuando nos vieron, salieron pacíficos a recibirnos en 400 canoas. Luego el cacique nos condujo a su pueblo y nos dio de comer carne y pescado hasta hartarnos. Pero, si hubiésemos tardado 10 días más en llegar a este sitio, a buen seguro que pereceríamos todos de hambre. Aun así, 50 de los nuestros sucumbieron, y damos gracias a Dios porque no fue mayor el número de fallecidos”.

     Sorprendentemente, los españoles se establecieron allí durante un tiempo muy largo: “En este pueblo permanecimos cerca de 4 años. Pero  nuestro capitán general, don Pedro de Mendoza, agobiado de sus dolencias (ya dijimos que padecía sífilis), con muchas dificultades para mover manos y pies, y había gastado en este viaje 4.000 ducados en oro,. ya no podía quedarse más tiempo con nosotros en este pueblo y se volvió con dos pequeños bergantines a Buenos Aires. Allí tomó 2 de los 4 navíos grandes y partió para España. Pero, cuando estaban como a medio camino, la mano de Dios, que todo lo puede, cayó sobre él, y murió con gran desamparo. Dios le tenga misericordia. No obstante, don Pedro de Mendoza, nos había prometido antes de dejarnos que, cuando los 2 navíos llegaran a España,  mandaría otros 2 al Río de la Plata, consignándolo fielmente en su testamento, y se cumplió. En cuanto los 2 navíos arribaron a España y lo supieron los del consejo de la Cesárea Majestad, sin demora y en nombre del Rey, equiparon y enviaron al Río de la Plata otros 2 navíos con gente, comida, rescates para trueques y lo demás que pudiera necesitarse. El capitán de estos 2 navíos se llamaba Alonso Cabrera, y traía consigo 200 españoles y víveres como para 2 años. Arribó a Buenos Aires, donde los otros 2 navíos habían quedado con los 160 hombres el año 1538”. El cronista dejó algo confuso. En realidad luego fueron más al norte, llegando en 1539 adonde estaban estos dos navíos. Lo cual explica otra cosa que me asombraba. Si Ulrico y los suyos iban a permanecer cerca de 4 años en un mismo lugar, fue porque en aquella era la zona donde se fundó después Asunción, la capital de toda la gobernación de Río de la Plata.

 

     (Imagen) Dice Ulrico: “Llegó el capitán Alonso de Cabrera a la isla de los indios timbúes, y nuestro capitán, Juan de Ayolas, se dispuso a enviar otro navío a España, porque el Consejo de la Cesárea Majestad quería saber qué proyectos había en esta tierra y en qué estado se hallaban”. Me serviré de algo que conté  hace casi una año acerca de ALONSO DE CABRERA. No mucho después de lo que ahora estamos viendo, y en estos mismos lugares, Cabrera, en la tropa de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, tenía el puesto de veedor (inspector). También existían los cargos de tesorero, secretario, escribano (notario) y contador público, teniendo preeminencia sobre todos ellos el de factor. Lo que no  impedía que ejercieran labores militares o políticas. Ese fue el caso de Alonso de Cabrera. Su hoja de servicios fue impresionante. Había nacido hacia el año 1500 en Loja, provincia de Granada, aunque otros dicen que fue en Guadix, a unos 100 km de distancia. No llegó a Río de la Plata con Cabeza de Vaca en 1542, sino que ya figuraba como veedor el año 1538, porque había sido enviado también (como luego Cabeza de Vaca) para dar solución a los graves problemas que, según los rumores, existían en la gobernación de Pedro de Mendoza. La pronta muerte de este gobernador exigía un sustituto, que podía haber sido el mismo Cabrera, pero, tras morir también el candidato Ayolas (lo cual, como he dicho, ocurrirá pronto), se prefirió encauzar el asunto de manera que el nombrado fuera Domingo Martínez de Irala,  por su capacidad de liderazgo. Fue tal la influencia de Cabrera en Irala, que lo convenció para que destruyera la recién nacida población de Buenos Aires, con el argumento de que todo el poder se trasladaría a Asunción, de donde era gobernador el propio Irala. Dicho y hecho: se quemó Buenos Aires y sus habitantes se trasladaron a Asunción. Pero llegó Cabeza de Vaca, al que dos arcabuzazos estuvieron a punto de matarlo, y muchos pensaron que fue una maniobra de Irala. La alianza Irala-Cabrera continuó, logrando destituir a Cabeza de Vaca, y lo enviaron preso a España. ALONSO DE CABRERA hizo también el viaje a la Corte con el fin de atacar judicialmente al gobernador derrocado y apresado. No se sabe muy bien cómo pasó Cabeza de Vaca sus últimos años de vida. Hasta se dice que ingresó en un convento, pero lo que sí se conoce es el triste y extraño final de ALONSO DE CABRERA: Muerto Irala el año 1556, regresó de nuevo a España, y, sin que se sepa por qué, asesinó a su mujer. Debió de ser un evidente acto de locura, ya que no fue condenado, y pasó el resto de su vida en un manicomio. Su registro de embarque (año 1535) muestra que partió hacia Río de la Plata con la graduación de alférez general, y da por hecho que nació en Loja.




jueves, 1 de septiembre de 2022

(1817) Murió en combate Diego de Mendoza, hermano del Gobernador. Los españoles establecieron un fuerte donde años después se fundaría Buenos Aires, y allí sufrieron un hambre atroz y un drama espeluznante.

 

     (1417) Después don Pedro de Mendoza mandó embarcarse  y pasaron todos  al otro lado del río Paraná (con el río Uruguay, forma el estuario del Río de la Plata): “Allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos aires (en realidad, un fuerte que duró poco; hubo que esperar hasta 1580 para que Juan de Garay fundara la verdadera ciudad). También traíamos de España, en los 14 navíos, 72 caballos y yeguas. En esta tierra dimos con un pueblo en el que estaban unos 2.000 indios querandíes con las mujeres e hijos, y nos trajeron de comer carne y pescado. No tienen habitaciones propias, sino que dan vueltas a la tierra, como los gitanos en nuestro país. Estos compartieron con nosotros sus miserias de pescado y de carne durante 14 días, y luego no volvieron. Entonces nuestro general, don Pedro de Mendoza  envió a Juan Pavón con dos de a caballo adonde los querandíes, y, cuando llegaron, fueron atacados y volvieron los tres bien escarmentados. Don Pedro de Mendoza, al saberlo, envió a Diego de Mendoza, su hermano, con 300 de a pie y 30 de a caballo. Yo iba con ellos, y las órdenes eran tomar presos o matar a todos esos indios y apoderarnos de su pueblo. Pero, cuando nos acercamos a ellos, eran ya unos 4.000 hombres, porque habían reunido a sus amigos. Al atacarlos, se defendieron con mucho brío, y nos dieron harto que hacer en aquel día. Mataron a nuestro capitán, don Diego de Mendoza, y con él a 6 hidalgos de a pie y de a caballo. De los nuestros cayeron en total unos 20, y de los de ellos unos mil, pero se batieron tan bravamente, que salimos bien escarmentados. Estos querandíes pelean con arcos y con dardos. También emplean unas bolas de piedra (las boleadoras que todavía usan los gauchos argentinos) sujetadas en un cordel largo, y son del tamaño de las balas de plomo que usamos en Alemania. Con estas bolas enredan las patas del caballo y lo hacen caer. Fue también con estas bolas como mataron a nuestro capitán y a los hidalgos, pues yo lo vi con los ojos de esta cara, y a los de a pie los derribaron con los dichos dardos”.

     A pesar de todo, la victoria  fue de los españoles: “Dios, que todo lo puede, tuvo a bien darnos el triunfo, y nos permitió tomarles el campamento, pero no pudimos apresar a uno sólo de aquellos indios, porque sus mujeres e hijos ya habían huido antes de atacarlos nosotros. Partimos de allí dejando unos 100 de los nuestros para que pescasen y con ello nos abasteciesen, porque eran aquellas aguas muy abundantes de pescado; la ración de cada uno era de 6 onzas de harina de trigo por día y al tercero un pescado. Cuando llegamos a nuestro campamento, nos dedicamos a trabajar, y se levantó allí una población con un muro de tierra  y dentro de ella una casa fuerte para nuestro general. Pero la parte de muro que un día se levantaba se nos venía abajo al otro. Llegó un momento en el que la gente ya no tenía qué comer y la miseria era grande, hasta el punto de que ya ni los caballos servían, pues no podían prestar servicio alguno. Fue tanta la necesidad y la miseria, debido a la hambruna, que no quedaron ratas, ni ratones, ni culebras, ni sabandija alguna que nos remediase en nuestra gran necesidad, y hasta  nos comimos todos los zapatos y cueros. Aconteció que tres españoles robaron un rocín y se lo comieron sin ser oídos, pero, cuando se pudo saber, los mandaron prender y les hicieron declarar con tormento. Confesaron el delito, los condenaron a morir en la horca, y los colgaron a los tres. Esa misma noche, otros españoles se acercaron a los tres ahorcados en las horcas y les cortaron los muslos y más pedazos de carne y cargaron con ello a sus casas para satisfacer el hambre. También hubo un español que comió parte del cuerpo de un hermano suyo que había muerto”.

 

     (Imagen) Ulrico va narrando rápidamente, aunque con frecuencia se muestra detallista. Y más concentrado aún es el antiguo grabado de la imagen, que recoge en una sola escena lo que ha contado el cronista. Los españoles que estaban en Buenos Aires llevaban un largo tiempo ‘muertos de hambre’. En la parte alta de la imagen se ve a tres españoles que han robado un caballo. Dentro del fuerte, se les ve matándolo. Y se lo comieron. En el exterior, a la derecha, aparecen ahorcados por apropiarse de lo que era de todos. Por la puerta del fuerte salen dos hombres para ir a la horca y juntarse con tres que ya han cortado las piernas de los ejecutados para coméselas. El cronista dice que otro español se comió a su hermano muerto, pero no hace mención a que estos últimos fueran castigados, y quizá se debiera a que, ascos aparte, las autoridades consideraran que la antropofagia fue un caso de extrema necesidad. También se ve el Río de la Plata bañando el fuerte,  varias lanchas en la ribera, y dos militares que ven en ellas una posible salvación. Lo cual enlaza con lo que Ulrico nos sigue contando: “Nuestro capitán general, don Pedro de Mendoza, vio que no podía mantener por más tiempo a la gente, y ordenó, de acuerdo con sus capitanes, que se preparasen cuatro pequeñas embarcaciones en las que entraban hasta 40 hombres, y también otras tres menores. Cuando ya estuvieron listas, le mandó al capitán Jorge Luján  que fuera en ellas con 350 a buscar indios. Pero estos, al vernos llegar, nos dejaron muy frustrados porque quemaron su campamento con todo lo que había para comer, y nos fue necesario seguir adelante sin más alimento que tres onzas de pan al día. Se nos murió de hambre la mitad de la gente en este viaje, y el resto tuvimos que volver al fuerte en el que estaba don Pedro de Mendoza. Después de esto, seguimos un mes todos juntos pasando grandes necesidades en Buenos Aires hasta que se pudieron reparar nuestros navíos. Por este tiempo, nos atacaron allí juntos unos 23.000 indios de cuatro tribus distintas, carendíes, guaranís, charrúas y chanás. Pero Dios Todopoderoso, nos favoreció con bajas moderadas. Tributémosle a Él alabanzas por los siglos de los siglos, ya que de los nuestros sólo cayeron unos 30, entre soldados, capitanes y  un alférez (acostumbrados a las tragedias, a Ulrico le parece poca pérdida). Y conseguimos la victoria a pesar de que, cuando llegaron los indios hasta Buenos Aires, arrasaron nuestra casas tirando flechas encendidas, porque los techos eran de paja. También nos  destruyeron cuatro navíos, que estaban cerca, pero los españoles siguieron disparándoles desde otros tres con tanta intensidad, que los indios huyeron precipitadamente, quedando los cristianos muy alegres. Fue el día de San Juan del año 1536.