(11) Pizarro, hombre largo en hechos pero
corto en palabras y sin saber escribir, fue casi mudo para la historia y solo
hablaron por él sus hazañas. Sus motivaciones, las tenemos que suponer. Podía
haber seguido con su padre batallando, pero no lo hizo. Quizá su situación
junto a él no fuera satisfactoria. O quizá sí pero fue más poderosa la
atracción de las prometedoras noticias que llegaban de Las Indias y, como los
jugadores obsesivos, apostara por el ‘todo o nada’. La navegación hasta las
Indias tuvo que ser para él una experiencia muy excitante. Lo que no pudo
imaginarse fue la tremebunda y triunfal novela que protagonizaría después. Tenía, además, en su contra que, rondando ya la
treintena, superaba con creces la media
de edad de los embarcados y le quedaba menos tiempo para hacer realidad sus
sueños. Durante el viaje, vería todo el boato de Nicolás de Ovando y trataría
con muchos de los 1.500 pasajeros transportados por 32 naves, entre los que
había gente de toda condición. Muchos, como Pizarro, licenciados en paro de
distintos ejércitos, huían de la inactividad y la pobreza; además, habían sido
educados desde niños en una cultura de guerra que ya tenía menos sentido en
España por dos logros de los Reyes Católicos: acabar con las batallas entre los
nobles banderizos y con la amenaza
musulmana. Por si fuera poco, les parecería que los sufrimientos serían
soportables y la gloria y la riqueza fáciles de alcanzar. Se equivocaban en
ambas cosas. Aunque también ocurrió que algunos protegidos de los dioses
escribieron después brillantes hojas de servicio para la Corona (y para sí
mismos), como el asombroso Bartolomé de las Casas, al que Pizarro tuvo que
tratar durante la travesía y que lo fue todo, soldado, explotador de minas,
sacerdote poco ejemplar y luego, cambiando de vida, fraile y obispo que está
ahora a punto de ser canonizado, defensor acérrimo (con demasiado pasión) de
los nativos y uno de los más grandes cronistas de Las Indias. Pero, de momento,
lo único que podía vislumbrar Pizarro en los que partieron junto a él hacia
América era su carácter.
El nombre de Pizarro siempre va asociado a
Perú. Y, normalmente, solo a Perú. Pero ¿cómo fue su vida durante los 22 años
que precedieron al inicio de sus expediciones hacia el territorio inca? Aunque
él no contó nada, se puede seguir su rastro en las crónicas, no como una figura
de primer orden, pero sí como uno de esos segundones a los que sus jefes
estiman en gran medida por alguna cualidad especial, y, en el caso de Pizarro,
por el valor, la inteligencia natural, la sensatez, el liderazgo sobre los
soldados bajo su mando, que le correspondían con un gran respeto, la veteranía
en España como soldado e, incluso, su excepcional resistencia física y su capacidad
de sufrimiento. Mantuvo desde su llegada una intensa actividad, y, aunque en
segundo plano, se labró un sólido prestigio y consiguió también una destacada
posición social que le permitía vivir de las rentas. Este éxito le facilitó
asentarse en Panamá con tranquilidad. Con demasiada tranquilidad para su
grandeza de espíritu. Porque esa ciudad era también el trampolín irresistible
para comprobar si eran ciertas las maravillas que los indios contaban sobre
misteriosas civilizaciones situadas hacia el sur. ¿Sería mentira, como ocurrió
con otras fantasías que se convirtieron en el fracaso y la tumba de muchos
españoles? Pizarro quiso despejar el enigma, y veremos la grandeza y el horror
de su excepcional aventura. Pero hay que volver a lo anterior, a los 22 años
previos que le sirvieron para dejar su sello personal en numerosas
expediciones.
Ya vimos cómo el primer susto que se llevó
Pizarro al llegar a Indias fue el tremendo huracán que hundió los barcos de la
flota en la que salía para España Francisco de Bobadilla. Iría tomando nota de
la verdadera realidad de aquellas tierras, llenas de muchas promesas, pero
también de grandes dificultades inmediatas. Pasaron algunos años, pocos, en los
que se le pierde la pista, hasta que se incorporó a las fuerzas de un capitán y
gobernador peculiar.
(Imagen) Durante los 22 años previos a la
campaña del Perú, Pizarro, sin duda, estuvo implicado en multitud de
enfrentamientos militares, participando primero en la pacificación total de La
Española (la isla de Santo Domingo) y luego, probablemente, también en la
colonización de la isla de Cuba. Pero su nombre empezó a adquirir un relieve
notable en las primeras expediciones a las tierras del continente, bajo el
mando de Alonso de Ojeda. Fue un salto desde La Española hasta la costa atlántica
colombiana, como indica la flecha, en el entorno del insalubre golfo de Urabá.
Allí consiguió que tuvieran eco oficial sus excepcionales cualidades en
situaciones muy apuradas.
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